17 julio 2026

Alatriste

José Belmonte Serrano - laverdad.es - 17/07/2026

A Arturo Pérez-Reverte, que, en estos últimos años, se ha creado una bien ganada fama de polemista por llamarles a los tontos por su nombre, siempre le han 'puesto' esas novelas cuyo inicio es algo así como un soberbio puñetazo en el estómago, como si con ello se tratara de espabilar al lector, que aún no ha entrado del todo en la trama. Y, aunque con frecuencia ha recurrido al principio de la 'Ilíada' -«Canta, oh diosa, la cólera del Pelida Aquiles»-, siempre ha puesto de ejemplo las primeras líneas de uno de sus relatos favoritos, esos que le han acompañado, alojados en el fondo de su mochila, en todas las guerras: 'Scaramouche', del francés Rafael Sabatini, que deja al lector más exigente con la boca abierta: «Nació con el don de la risa y la intuición de que el mundo estaba loco».

La primera entrega de las aventuras del capitán Alatriste, que salió a la luz a mediados de los años noventa, hace honor al deseo de Reverte de empezar una historia con buen pie, como un señuelo con el que poder embaucar a quienes se acerquen a ella. Y no es para menos: «No era el hombre más honesto ni el más piadoso, pero un hombre valiente».

El propio escritor cartagenero ha contado, en más de una ocasión, la razón por la que, en un momento dado, dejó a un lado esas novelas que lo habían convertido en uno de los autores más leídos en todo el mundo ('El maestro de esgrima', 'La tabla de Flandes', 'El club Dumas', 'La piel del tambor'...), y decidió sacarse de la manga la serie del capitán Alatriste. Sucedió cuando, al repasar las páginas dedicadas al Barroco español de uno de los libros de su hija Carlota, apenas encontró unas pocas notas, unas ideas mínimas, que, en absoluto, hacían justicia a uno de los periodos más brillantes del arte y de la literatura española de todos los tiempos. De ahí que, en los ocho volúmenes dedicados a Alatriste, aparezcan con frecuencia personajes como Quevedo, que, con su mal humor permanente, cumple con un papel muy destacado en estas páginas, Lope de Vega, que pasea su fama de genial comediógrafo por la Corte, Velázquez, que ha dejado su Sevilla natal para convertirse en pintor del Rey, el todopoderoso Conde-Duque de Olivares o el mismísimo y rubicundo Felipe IV, tan aficionado a la caza mayor como a la caza de las damas que le ponían a tiro, y, muy especialmente, si eran cómicas.

Pérez-Reverte, acaso sin proponérselo, ha hecho más por la historia y por la literatura española del Siglo de Oro que todos nosotros, los profesores, que nunca hemos sabido administrar tantos datos, tantos nombres, tantos hechos gloriosos de esa España del pasado sin aburrir a los pacientes y pobres discentes. Don Francisco de Quevedo, por ejemplo, resulta mucho más atractivo, mucho más "digerible", cuando Arturo mezcla sus poemas con sus pendencias, sus sonetos con sus numerosas y habituales riñas: "¡No queda sino batirnos!".

En los inicios de los años veinte del siglo pasado, algunos teóricos de la literatura, como Ortega y Gasset, que, amén de genial filósofo, también tenía un fino olfato para analizar la creación literaria, dieron por finiquitado el género novela, tras la desaparición de los grandes narradores europeos del XIX ─Stendhal, Flaubert, Dickens, Tolstoi, Galdós y compañía, dignos herederos del viejo maestro Cervantes─ y la publicación del 'Ulises', de James Joyce, que puso patas arriba todo ese mundo a punto de extinguirse.

Pérez-Reverte ha sido uno de los pocos escritores que ha sabido conectar con ese espléndido pasado con relatos en los que, por ejemplo, ha desempolvado la figura de Alejandro Dumas y sus mosqueros. Hacía décadas que los héroes como Fabricio del Dongo, Edmundo Dantés, Ana Karenina o Anita Ozores habían desaparecido de la escena para dejar paso a una suerte de antihéroe mucho más difuminado, más desvalido y oscuro, perdido en la noche. Reverte ha vuelto a poner en pie esa vieja tradición del héroe con atributos, aunque ahora, por mor de la posmodernidad, sean "héroes cansados". Así nacen personajes como Astarloa, Lucas Corso, Macarena Bruner, Falcó y don Diego Alatriste y Tenorio, el mejor símbolo de estos tiempos convulsos y feos, capaz de vender su alma al mejor postor, de ponerse al servicio del mejor pagador, aunque siempre cumpla con unas reglas, un estricto código de honor que le convierte en un sujeto mucho más noble, más leal y más honrado, que el resto de los mortales. A un tipo así nadie podría negarle una estatua.

https://www.laverdad.es/opinion/jose-belmonte-alatriste-20260717235256-nt_amp.html

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