El reportero Pérez-Reverte que estaba allí
Alberto Rojas - El Mundo - 01/09/2026
Notábamos el cortisol saliéndonos por las orejas. El cuerpo detecta antes que la cabeza cuándo has cruzado una línea que no deberías traspasar. Ni los pájaros cantaban. El sonido de un dron interrumpió ese silencio inquietante. Un cuadricóptero ruso armado con una carga explosiva se colocó sobre nosotros y nos miró durante los 30 segundos más largos de nuestras vidas. Mi traductor quiso correr hacia los árboles, pero el soldado ucraniano que nos acompañaba hizo un gesto con la cabeza para que se quedara quieto. El piloto de dron, por razones que jamás conoceremos, no quiso matarnos aquel día. Cuando por fin nos movimos, nuestros pies pisaron cristales rotos. Entonces recordé que todo esto ya lo había leído: "Territorio comanche es el lugar donde el instinto aconseja dar media vuelta y se camina escuchando los cristales rotos bajo las botas". Sí, Arturo estaba allí.
La generación de reporteros que nos destetamos con las crónicas de Arturo Pérez-Reverte descubrimos sobre el terreno que él ya había estado allí antes que nosotros. No sólo físicamente -en el Líbano, en el Sahara, en los Balcanes, en Cisjordania-, sino lingüística y conceptualmente. Que las palabras que necesitábamos para explicar el horror de lo que veíamos ya existían, acuñadas con precisión quirúrgica en algún hotel sin agua caliente de Sarajevo, en algún control de carretera sin nombre del Líbano o en la selva de Angola. Pérez-Reverte fijó a fuego unos cánones quizá ya definidos antes por otros artesanos del oficio como Manuel Leguineche o su admirado Jean Lartéguy. Los soldados siguen hoy fumando en las trincheras con la brasa oculta en la palma de su mano, el frente sigue teniendo un olor inconfundible a goma quemada, metal derretido y basura vieja y siempre queda champán en los bares de las ciudades en guerra.
A veces, en un hospital de campaña lleno de mutilados, un cementerio con cientos de tumbas recientes o una posición de artillería me preguntó cómo lo hubiera contado Arturo. Aunque quizá Pérez-Reverte no sólo escribió sobre la guerra: escribió un manual de instrucciones que los demás hemos ido usando mientras la vivíamos. El hotel de los periodistas como ese espacio liminal donde conviven el miedo, el alcohol, la camaradería y la información, la soledad del testigo como la conciencia de que estás viendo algo que el mundo necesita saber pero que nadie, salvo quienes han estado allí, va a entender del todo por mucho que te esfuerces en describirlo, ciertas dosis de cinismo necesario como coraza emocional, la tierra de nadie no sólo geográfica sino moral donde las reglas normales no aplican y el periodista debe seguir su propia brújula ética. "El síndrome de Ulises", "la mirada de los mil metros", "el síndrome del superviviente" o "la línea de no retorno" son ya las llaves maestras de muchas cajas de herramientas, el mundo 'revertiano' como legado intergeneracional.
El reportero Pérez-Reverte estaba allí y ahora es un privilegio para nosotros que el periodista más influyente de su generación esté aquí, en el diario que de verdad lee.
https://www.elmundo.es/papel/2026/09/01/6a9718efe85ece0d6f8b4575.html
Arturo a bordo
Jorge Bustos - El Mundo - 02/09/2026
«Nació con el don de la risa y la intuición de que el mundo estaba loco, y ese era todo su patrimonio». Estará de acuerdo Arturo Pérez-Reverte en que este, el de 'Scaramouche', es uno de los mejores arranques de la historia de la literatura. Solo un talento fastuoso o uno de esos instantes de gracia que las avaras musas no prodigan permiten a un escritor capturar la mente de varias generaciones con la primera frase. Reverte lo sabe bien porque a mediados de los 90 él también experimentó el divino soplo: "No era el hombre más honesto ni el más piadoso, pero era un hombre valiente. Se llamaba Diego Alatriste y Tenorio".
La originalidad de la obra de Sabatini estriba en que su arco narrativo desanda el camino del héroe clásico: empieza presentando a un cínico que va progresando hacia el idealismo. Alatriste, en cambio, no puede dejar de ser otro quijote cansado que honra un código de bizarría innegociable incluso cuando asesina por encargo. Si el lacónico Alatriste desahoga su indignación moral con la espada, su padre recurre a la tecla cada vez que el mundo le desafía. Porque el mundo está mal hecho desde que lo habitan los hombres, y a menudo no queda sino batirse.
No hay muchos escritores vivos (mucho menos españoles) que hayan legado un personaje inmortal a la cultura popular de su país. Ni que hayan vendido 30 millones de ejemplares en todo el mundo. Ni que hayan ganado su independencia y hasta su barco al ejercicio exclusivo de la escritura. Pero no conviene equivocarse con Reverte: su ferocidad de polemista enmascara al moralista cordial que no transige con la vileza ni con la estupidez, y pese al sillón de académico nunca pasará a la reserva de la opinión senatorial. Por mucho que insista en sus arrugas y sus canas, el cuerpo le sigue pidiendo guerra. Y ha encontrado el tercio idóneo donde librarla.
Arturo llega a 'El Mundo' a solventar sus propias querellas en libertad, sin alquilarse por nadie. En este periódico escriben varios de los mejores, cada cual en su estilo, cada quien con su querencia, pero derrochando todos la destreza y los arrestos. Porque aquí ninguno está de vuelta. Todos salen al folio cada día persiguiendo su verdad, que no siempre coincide con la del lector, mucho menos con la del político. El columnismo es el arte de coincidir honestamente con uno mismo. Y de cobrar la pieza. Y de pagar el precio. Bienvenido, capitán.
https://www.elmundo.es/opinion/columnistas/2026/09/02/6a986450fdddff6f158b4592.html
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