19 enero 1975

Un tema explosivo: el de los refugiados de origen turco


Pueblo, 19 de enero de 1975

El problema de los refugiados comenzó en Chipre el 20 de julio, cuando los paracaidistas turcos cayeron sobre Nicosia para consolidar la cabeza de puente de la invasión. La violencia de los combates arrancó de sus lugares a la población turca y grecochipriota, obligándola a errar por la isla entre dos fuegos o a emprender el éxodo hacia la protección de las bases británicas del sur. Desprovistos de socorros, sin medios de vida y envueltos en una confusión total, los refugiados fueron instalándose en improvisados campos de concentración. Tras los primeros días de la guerra, los desarraigados constituían ya un tercio de la población civil de Chipre.

La situación de los refugiados griegos en el sector controlado por el Ejército otomano era la peor de todas. Alejados de sus lugares, en un medio hostil, se vieron sometidos a innumerables vejaciones y, en algunos casos, fueron ejecutados. En las proximidades de la base británica de Epistopis tuve ocasión de comprobar cómo los refugiados turcos debían ser protegidos por el Ejército inglés y pude comprobar la veracidad de las violencias cometidas por ambos bandos.

El mayor número de refugiados se instaló en el sector sur de la isla, bajo dominio grecochipriota, pero al amparo, generalmente, de la bandera de Su Majestad. De los 198.000 refugiados del sur, la mayor parte son de origen turco, incluidos los prisioneros de guerra. Fue el secretario general de las Naciones Unidas, Kurt Waldheim, quien logró incluir en las conversaciones de paz entre turcos y grecochipriotas la cuestión de los refugiados, que era calamitosa. Poco a poco, las ayudas de la Cruz Roja y los organismos internacionales fueron llegando a su destino y comenzaron los primeros intercambios.

Sin embargo, a pesar del alto el fuego, el conflicto diplomático continuó con numerosos escollos, uno de los cuales era el de las transferencias de chipriotas turcos a la zona norte. Esto levantó una airada protesta de las autoridades grecochipriotas, alegando que la repatriación perjudica notablemente los intereses de los refugiados griegos, ya que los turcos recién llegados al norte ocuparán sus hogares y sus tierras, las más fértiles de la isla, que constituyen el 40% de ésta. La decisión británica de proceder a la repatriación de los turcochipriotas ha hecho crecer considerablemente la tensión, amenazando la precaria paz que a duras penas se mantiene en Chipre. Sobre todo si recordamos las declaraciones del Gobierno de Ankara el pasado septiembre, amenazando con utilizar la fuerza en caso necesario, para conseguir el traslado de los turcochipriotas al norte de la isla.

03 enero 1975

Los mercenarios: Fantasmas sobre África

Pueblo, 3 y 4 de enero de 1975

1 – El grupo de los “grandes”

El proceso descolonizador de las colonias portuguesas en África limita la presencia blanca en el continente al cono sur, con Rodesia y Sudáfrica. Especialmente en el caso de Mozambique, los colonialistas del sur se verán privados del colchón protector que la presencia de Portugal les proporcionaba quedando expuestos a la infiltración, cada vez en aumento, de los movimientos que luchan por la “africanización” total del continente negro. En lo que a Angola respecta, los intereses del capitalismo occidental, profundamente enraizados gracias al antiguo régimen portugués, no están dispuestos a verse privados de las materias primas de la rica región, diamantes y, sobre todo, el petróleo de Cabinda.

Todo ello ha vuelto a poner sobre el tapete un tema que parecía olvidado: los mercenarios. Durante los últimos meses, los medios de comunicación de todo el mundo han señalado la existencia de contactos entre acaudalados colonos y soldados de fortuna, con vistas a salvaguardar los intereses europeos en los escasos bastiones que para los blancos van quedando en África. Los rumores del reclutamiento de mercenarios en Europa, e incluso la presencia de algunos de éstos en las zonas de fricción africanas, han sido unas veces desmentidos y otras confirmados por los interesados, sin que hasta el momento se hayan conseguido pruebas evidentes en uno u otro sentido. Mike Hoare, jefe del 5º Comando durante la guerra contra los simbas en el Congo, desmintió públicamente haber sido contratado para combatir al FRELIMO en Mozambique. Sin embargo, por la misma época, un oficial retirado de mercenarios, ex paracaidista francés en Argelia y después militante de la OAS, afirmaba en Alicante que grupos de voluntarios europeos habían sido ya reclutados y se entrenaban en Malawi. Hace un mes, los movimientos de liberación de Angola señalaban la presencia de mercenarios en el área de Cabinda, donde la Gulf Oil se ha sacado de la manga un nuevo “movimiento de liberación”, cuyo objeto no es otro que obtener la secesión del resto de Angola, a fin de que el petróleo siga controlado por la empresa multinacional que ahora lo explota.

¿Otra vez los mercenarios en África? Aunque expertos en el tema sostienen que su época concluyó con la guerra de Biafra, numerosos indicios parecen señalar la presencia de cuadros europeos en el continente, entrenando a los indígenas que se utilizarán, llegado el momento, para un enfrentamiento con los movimientos de liberación africanos, o para “pequeños trabajos” locales. Soldados profesionales procedentes en gran parte de unidades especializadas de ejércitos europeos, enrolados por dinero o por afán de aventura, los mercenarios han forjado su propia leyenda en África al socaire de las convulsiones de países a veces inmaduros políticamente, casi siempre agitados por los intereses colonialistas de las potencias.

Entre los soldados de fortuna existe una gran variedad de tipos, que van desde asesinos a sueldo procedentes de los barrios bajos de cualquier capital del mundo a los reclutados por los gobiernos de Occidente para defender sus intereses zonas determinadas, verdaderos “agentes secretos” de Gran Bretaña, Francia o Estados Unidos.

La primera generación de los mercenarios modernos estuvo compuesta en su mayor parte por “soldados perdidos” de las últimas guerras, antiguos “paras” franceses de Indochina y Argelia, militantes de la CAS, belgas, ingleses, sudafricanos, que por diversas razones habían abandonado sus respectivos ejércitos, y que encontraron en África un ambiente propicio para la aventura, para el dinero y para desempeñar junto a los viejos camaradas el único oficio que conocían a fondo: la guerra. El servicio mercenario convertiría en compañeros de armas a individuos que años atrás se destrozaban mutuamente. Antiguos soldados de la Wehrmacht o las Waffen SS, franceses que se habían fogueado en el maquis, británicos procedentes de los comandos… Todos ellos, por el dinero, la gloria o el folklore, se lanzaron a la apasionante aventura de África.

Muy pronto los nombres de algunos pasaron a la leyenda: Trinquier, Faulques, Duchemin, Michel de Calry, Mueller, Denard, Tony de Saint Paul, Mike Hoare, Peters, Steiner, Schramme, asombraron al mundo con sus métodos, sus barbaridades o sus proezas. Los juicios sobre sus actividades africanas difieren notablemente según los puntos de vista. Faulques, por ejemplo, uno de los mercenarios enviados por Francia para apoyar la secesión de Katanga, calificado de pillo y sádico por el entonces representante de la ONU en Elizabethville, Conor O’Brien, en su libro ‘To Katanga and Back’, es notoriamente ensalzado por Pierre Sergent, autor de ‘Je ne regrette rien’, obra en la que se narra la historia del I Regimiento Paracaidista francés en indochina y Argelia.

Roger Faulques es un caso notorio. Nacido cerca de Coblenza, de un temple e iniciativa admirables, se batió en las dos guerras coloniales francesas: Indochina y Argelia. Gravemente herido en la desastrosa operación de Cao Bang, donde el I REP perdió 470 de sus 500 componentes, fue capturado por los vietminh y liberado después. Tras la guerra de Argelia quedó “sin trabajo” hasta que su amigo el coronel Trinquier, también amigo antiguo “para”, aceptó la oferta de Moise Tshombe y se lo llevó a Katanga. Allí Faulques se puso al frente de la guerra revolucionaria tras desembarazarse hábilmente de los consejeros belgas que había en torno al presidente. Utilizando a un suboficial congoleño analfabeto al que ascendió a general en jefe, el mercenario francés se hizo el amo de Katanga en lo que a “guerra psicológica” respecta. Convertido en pesadilla del representante de las Naciones Unidas, trazó un plan excelente para batir a las tropas de la ONU, plan que no llegó a terminarse con éxito porque Tshombe, político hábil pero extremadamente voluble decidió despedir al grupo de Faulques en pleno combate. Este tuvo entonces que abandonar Katanga, pero su prestigio e inteligencia le hicieron aparecer más tarde en el Yemen, donde fue superior de Bob Denard. Ausente del Congo en la revuelta de los mercenarios, intervino en la guerra de Biafra dirigiendo una audaz operación al mando de voluntarios franceses. Al parecer, las heridas recibidas en los combates, que le dejaron prácticamente inválido, le obligaron a buscar el retiro.

Bob Denard —un metro ochenta centímetros y bigotes de mosquetero— había sido suboficial de los comandos de marina franceses en Indochina. Durante la secesión de Katanga se reveló como un genio en el manejo del mortero, y se asegura que liquidó con su arma predilecta a unos trescientos soldados de la ONU. Muy querido por los congoleños, fue de los últimos en abandonar Katanga. Con solo cuarenta hombres tuvo en jaque a los cascos azules hasta que en 1963, agotados y sin municiones, acosado en todas partes por el enemigo, pasó a Angola con los supervivientes de su grupo. Reclutado por el Yemen, combatió pagado por Arabia Saudita contra los republicanos, teniendo a sus órdenes a otro mercenario que se haría famoso con el hombre de “Mad” (el Loco) Mike Hoare. En 1964, Denard volvió al Congo como coronel del Ejército congoleño. Tras la marcha de Lamouline, se hizo cargo del 6º Comando, interviniendo en la revuelta de los mercenarios contra Mobutu en 1967. Herido en un parietal por un rebote de bala, metió a sus heridos, blancos y negros, en un avión y se fue a Rodesia. Al salir del hospital participó en la frustrada invasión del Congo para apoyar a Schramme, que se estaba batiendo en torno a Bukavu. Tras el fracaso de la operación, cuya responsabilidad le fue atribuida por varios de sus hombres, que hablaron de sobornos de la CIA, Denard tomó el retiro.

Mike Hoare, ex suboficial británico convertido en afrikáner al establecerse como banquero en Durban (Sudáfrica), consejero en Katanga, súbitamente ascendió con rapidez. Hay quien afirma que era un agente del “Intelligence Service” británico. El caso es que más tarde se hizo cargo del 5º Comando, compuesto por voluntarios de habla inglesa, abandonándolo tras el fin de la guerra contra los simbas. Mercenario en el Yemen con la graduación de coronel, Hoare decidió retirarse después, aunque volvió a aparecer públicamente para amenazar a los mercenarios franceses que combatían junto a los biafreños con intervenir él por cuenta del Gobierno federal de Lagos. Dueño de una considerable fortuna reside en la actualidad en África del Sur.

Jean Schramme, heredero de una fortuna importante, “hijo de papá” y plantador en el Congo se vio despojado de sus propiedades tras la independencia. El antiguo plantador belga se convirtió en soldado de fortuna. En 1967 dirigió la revuelta de los mercenarios dispuesto a derribar al Gobierno de Kinshasa. Con solo ciento cuarenta voluntarios blancos y unos centenares de antiguos simbas y katangueños tomó Bukavu y peleó duramente con el Ejército congoleño, que estaba asesorado por agentes de la CIA. Desbordado por los congoleños, tras varios meses de lucha se vio forzado a replegarse a Ruanda, de donde fue repatriado en 1968. En Bruselas fue condenado a prisión por el asesinato un año antes del mercenario Maurive Quentin en el Congo.

2 – Así surgió la leyenda

Durante una década, el soldado mercenario blanco fue un temible instrumento de guerra en manos de quienes le contrataban para pelear en África. Su mayor preparación militar, su capacidad de reacción ataque, contraataque y organización le conferían una notable superioridad sobre el soldado indígena, muchas veces mal armado y peor entrenado. El valor y la iniciativa de los mercenarios produjo seiscientos cincuenta muertos a los cascos azules en Katanga. Su brutalidad aplastó a los simbas en Stanleyville; su audacia mantuvo en jaque durante meses al Ejército congoleño de Mobutu, a pesar de los “consejeros” norteamericanos. La desesperación y el pundonor profesional empujó a los mercenarios a magníficos golpes de mano que prolongaron durante algún tiempo la supervivencia de Biafra… Y así surgió la leyenda

Tshombe, privado de sus consejeros belgas, se vio obligado en 1960 a reclutar mercenarios para apoyar la secesión de Katanga. La muerte de Patricio Lumumba —a manos de mercenarios, según se aseguró— decidió al Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas a intervenir en el Congo y solicitar la inmediata retirada de los voluntarios extranjeros. Sin embargo, Tshombe, que contaba con el apoyo de numerosas potencias occidentales y el respaldo de la Unión Minera belga, formó, encuadrado por mercenarios, un cuerpo militar indígena, al que se denominó Gendarmería Katangueña, cuyo objetivo era enfrentarse al Ejército congoleño de Mobutu, y a la ONU si fuera preciso.

O'Brien, representante de la ONU en Katanga, decidió limpiar el país de mercenarios para debilitar la fuerza de Tshombe. Sin ellos, las tropas de la Gendarmería Katangueña serían insuficientes para mantener durante mucho tiempo la secesión de la provincia. Utilizando los cascos azules, O’Brien desencadenó la “Operación Ponche al Ron”, que obtuvo resultados irrisorios. Únicamente fueron detenidos algunos aventureros europeos con escaso valor militar. Pero 96 mercenarios, de los que 54 eran belgas, escaparon de la red. 

El representante de la ONU no se dio por vencido. Dispuesto a aplastar a los voluntarios extranjeros que le estaban ridiculizando en Katanga, lanzó una nueva operación, “Morthor”, utilizando todos sus efectivos. En el curso de la “operación de limpieza” los cascos azules hindúes cometieron innumerables salvajadas, matando civiles belgas y ejecutando sobre el terreno a todos los heridos de la Gendarmería Katangueña y de los grupos mercenarios. Esta vez, la superioridad militar de la ONU era manifiesta, pero el pequeño grupo de aventureros estaba dispuesto a ganarse el sueldo con creces. Bajo las órdenes de Roger Faulques, los voluntarios europeos se desparramaron por Katanga, hostigando e incesantemente a suecos, irlandeses e hindúes. La batalla fue extraordinariamente dura: frente a 2500 soldados de las Naciones Unidas, apoyados por blindados, los 96 mercenarios y algunos centenares de katangueños se batían a la desesperada. O'Brien estaba seguro de haber ganado ya la partida, pero Faulques le echó encima un jarro de agua fría al ocupar la emisora de radio y hacer 32 prisioneros. Los golpes de mano y las emboscadas se sucedían por todas partes y los cascos azules debieron atrincherarse y esperar. 

Entre tanto, el avión que transportaba al secretario general de la ONU, Dag Hammarskjold, para buscar la solución al conflicto, era derribado por los mercenarios. La guerra se prolongaba demasiado y la Unión minera abandonó a Tshombe. Otro tanto hicieron los Estados Unidos. El presidente de Katanga se había quedado solo con sus mercenarios y la ONU pasó una vez más al ataque. Faulques había sido despedido por Tshombe; muchos voluntarios, reclamados por sus gobiernos, y los cascos azules habían recibido considerables refuerzos. Cuarenta mercenarios “los últimos de Katanga”, se dispusieron a vender cara su derrota, mandados por Bob Denard. Frente a ellos, 16.000 cascos azules y todo el Ejército Nacional congoleño se lanzaron a la última acometida. Renunciando a volar la presa Delcommune, que habría arruinado a Katanga, los mercenarios se retiraron hacia Angola sin dejar de combatir. Allí, en “paro forzoso”, se dedicaron a esperar un nuevo contrato.

En Stanleyville se habían sublevado las tribus, impulsadas por los maoístas. Millares de blancos, atrapados en territorio simba, eran mantenidos como rehenes, violadas las mujeres y despedazados los hombres. Las tropas de la ONU se habían retirado, impotentes, y el Gobierno congoleño comprendió que solo quedaba una solución: los mercenarios. Tras las primeras operaciones, dirigidas por Mike Hoare en 1964, con Mueller —antiguo SS— bajo sus órdenes, quedaba un duro hueso por roer: los rebeldes amenazaban, si los mercenarios persistían en su avance, con ejecutar a todos los blancos prisioneros. El avance quedó paralizado. Pero cuando los simbas comenzaron las violaciones de religiosas detenidas en Bunia y los actos de canibalismo se recrudecieron, Mobutu comprendió que había que actuar rápidamente.

Dos columnas de mercenarios encuadrando el Ejército congoleño se lanzaron sobre Stanleyville en una carrera contra reloj, dispuestos a salvar la vida de la mayor parte posible de rehenes. No se hizo un solo prisionero: por donde pasaban los mercenarios, excitados por una furia asesina, dejaban la tierra arrasada y tras de sí un mar de cadáveres que no siempre fueron simbas. Luchando aldea por aldea, casa por casa, los rebeldes se defendían pegados al terreno. Mientras las dos columnas cercaban Stanleyville, los boinas rojas belgas se lanzaron sobre la ciudad. La matanza de los rehenes había comenzado pero paracaidistas y mercenarios consiguieron poner a salvo a la mayor parte. Los simbas huyeron a la selva, y allí continuó una lucha en la que uno de cada dos mercenarios habría de encontrar la muerte. A pesar de que en muchos casos no consiguieron llegar a tiempo, los combatientes a sueldo se abrieron paso hasta las misiones aisladas en la selva, para liberar a sus habitantes de las atrocidades simbas, e innumerables sacerdotes y religiosas debieron sus vidas a los mercenarios.

En 1967, tras el rapto de Tshombe, los mercenarios que se encontraban en el este del Congo decidieron derrocar al Gobierno de Mobutu. “Tenemos una deuda de honor con Tshombe”, declaró Bob Denard a ‘Paris Match’. No llegaban a doscientos, pero estaban acostumbrados ya a batirse en inferioridad de condiciones y contaban con unos tres mil ex gendarmes katangueños y algunos simbas que les que se les habían unido para vengarse del Gobierno central. En lo que había de ser la más audaz empresa de los soldados de fortuna, se prepararon para enfrentarse a los 25.000 hombres de Mobutu. Sin embargo, dos hechos de vital importancia habían de frustrar la atrevida empresa: la ayuda que mediante “consejeros” de la CIA prestaron los Estados Unidos al Gobierno centra,l y la herida que dejó a Denard fuera de combate el 7 de julio, enviándole a un hospital de Salisbury.

Entretanto, Schramme, que había tomado el mando, se retiró hacia Bukavu con sus ciento cuarenta mercenarios, acosado por el Ejército congoleño. La suerte de los soldados blancos que caían en manos de la ANC no era envidiable: 31 de ellos fueron capturados en Kinshasa y torturados durante varios días hasta morir. En Bukavu, Schramme se mantuvo durante cuatro meses, batiéndose con solo sus mercenarios, seiscientos treinta gendarmes katangueños y doscientos simbas contra 13.000 soldados del Ejército congoleño, apoyados por hombres de la CIA. Pero el 28 de octubre la ANC lanzó una formidable ofensiva, con una cobertura aérea proporcionada por T-28 americanos, pilotados por cubanos anticastristas. Schramme, tras una dura defensa, se vio obligado a abandonar Bukavu y replegarse hacia Ruanda. La operación de apoyo, montada por Denard a su salida del hospital, en la que intervenían ciento diez mercenarios españoles, franceses y belgas, fracasó, debido a la intervención de los Estados Unidos. A partir de entonces Denard fue acusado —nunca hubo pruebas— de haber aceptado sobornos de la CIA. Así terminó la revuelta de los mercenarios.

La intervención de los mercenarios en la guerra civil de Nigeria fue confusa, pero evidente. No fue ésta una guerra convencional, sino una sucesión de golpes de mano y operaciones nocturnas en la selva, donde no se hacían prisioneros. Los mercenarios organizaron los llamados “comandos de la muerte”, cuya actuación consistía en infiltraciones tras las líneas federales. El legendario Faulques, Denard, Ropagnol, Steiner y otros viejos conocidos fueron quienes, por mil dólares mensuales, permitieron a los ibos de Biafra resistir algunos meses más, pero Inglaterra necesitaba petróleo nigeriano, e intensificó su apoyo al Gobierno federal, acelerando el desastre de los rebeldes. En medio de una anarquía enloquecedora, en unos combates en los que no se concedía cuartel, los mercenarios murieron o abandonaron el país. Solo un pequeño grupo, bajo el mando de Steiner, resistió hasta que un altercado con el coronel Amadi le hizo coger un avión portugués. Williams, un sudafricano, asumió entonces el mando. Casi no quedaban mercenarios en Biafra. La guerra se proseguía a golpes de machete, y el general Ojukwu, abandonó el campo. Los últimos mercenarios embarcaron en aviones de socorro o se hundieron en la selva con sus ibos. Así terminó la última guerra mercenaria.

08 octubre 1974

¿Por qué luchan los palestinos?

Mundo Árabe - 1974

[Mucha gente se pregunta todavía en España: ¿por qué luchan los palestinos? ¿Qué buscan? Y hay quien piensa que si fueron arrojados de sus casas, podrían ser compensados con una cantidad de dinero. Lo que no comprenden muchos es que el objetivo final de la lucha no es la paz simplemente, ni mucho menos la comodidad, sino la paz basada en la justicia. Si el movimiento revolucionario palestino pudiese ser comprado, caería, por su propio peso, el concepto de REVOLUCIÓN. Nuestro compañero Arturo Pérez-Reverte se ha desplazado a Beirut recientemente y ha buscado, no entre la clase dirigente, no entre los cuadros de mando, sino entre los propios palestinos refugiados y desamparados, las razones de su lucha. He aquí pues, el testimonio de ese pueblo sencillo, sin ambiciones, sin otra ilusión que se cumpla en ellos la justicia internacional, porque se saben pioneros de algo consustancial en el mundo: la lucha por una humanidad mejor.]

Hannah

“El llamado estado de Israel se descompone, como un cuerpo que se pudre al sol. Es ahora cuando, entre su propio pueblo, comienzan a levantarse voces que desean la paz y claman —todavía con voz débil— contra las injusticias que durante años se han cometido contra hombres con los que se podía haber vivido en armonía. Eso lo hace tambalearse. Golda Meir y Dayan sabían que, a partir del momento en que Israel comenzase a horrorizarse de sus actos, eso lo destruiría; habría llegado el principio del fin. Ellos quisieron evitarlo, manteniendo la confianza de su pueblo en sí mismo. Pero pasó su época”.

Entre las ruinas, Hannah recoge el cartucho de un cohete israelí y lo pone ante mis ojos, arrojándolo luego, lejos. Después clava sus ojos negros en un punto lejano, entre las montañas, y su voz suena monótona y cansada en este santuario de silencio que un día fue el campo de refugiados palestinos en Nabatiya.

—Ahora tiene miedo; siente que la tierra comienza a faltar bajo sus pies. Está desapareciendo su orgullo. Si no cede a tiempo, llegará el día en que sea aplastado. Y su final marcará el nacimiento del Estado Democrático Palestino.

Hannah tiene veintiún años, y hace cinco que milita en las filas de la OLP, en el servicio de prensa de Al Fatah. Cuando habla, lo hace absorta en sus propias palabras, como subrayando con un chasquido de la lengua cada una de ellas.

—Sabe que el peligro somos nosotros. Si no existiéramos, todo sería mucho más fácil para él. Somos la corte de los mendigos y de los guerreros que, arrastrando tras nosotros las sombras de todos nuestros camaradas muertos, atormentamos de noche el sueño de los sionistas. Para ellos, la tierra no mana ya leche y miel, sino sangre. Tel Aviv nos tiene miedo. Por eso, con su política actual, quiere destruir los movimientos de liberación árabes y asegurar de esta forma su propia supervivencia. Sus métodos están a la vista: intensificar sus acciones represivas en el interior de Palestina, intensificar sus ataques en el exterior, intensificar sus presiones diplomáticas... Pero no se da cuenta, o no quiere darse cuenta, de que al golpear a los palestinos está golpeando también a los movimientos de liberación de todo el mundo. Y éstos jamás podrán perdonárselo.

—Hannah... ¿Odias a los judíos?

—Odio el sionismo. Odio el racismo, la injusticia y la opresión. Pero no, no odio al judío. ¿Sabes que muchos de ellos colaboran con nosotros? Me gustaría poder llegar a vivir el día en que vea a un palestino y a un judío arar juntos la misma tierra. Pero para eso aún deben morir muchos hombres. Ellos no quieren reconocer nuestra existencia, como si nunca hubiésemos existido. Pero nosotros estamos allí. Y si algún día, no lejano, comprenden que deben construir la paz, tendrán que venir exclusivamente a nosotros.

—Hannah... ¿Has pensado alguna vez que puedes morir antes de que ese momento llegue?

—Sí. Y estoy preparada. Ya muchos otros, antes que yo, bajaron un día por una colina con la sonrisa en los labios, para no volver más. Las vidas son valiosas para construir la paz; pero antes, deben ganar la guerra. Lo único que importa es golpear allí donde el sionismo se cree en seguridad. Mantener las consecuencias positivas de la guerra de octubre. Por eso ahora sólo actuamos en el interior de la Palestina.

—Ahora quiero que me respondas con absoluta sinceridad a una pregunta. En ese Estado Democrático Palestino convivirán judíos y árabes. Todo el mundo será igual ante la Ley, y los hombres, olvidado el odio, trabajarán en un esfuerzo común... ¿Es así?

—Así esperamos que sea, en efecto.

—¿Te casarías con un judío, Hannah?

—Creo que no... Seguro que no. Antes tendría que lavarme demasiada sangre y olvidar los rostros de muchos muertos... Quizás mis hijos... Quizás.

Rahim

Es delgado y nervioso. Mientras mordisquea una “chawarma” habla de modo atropellado, con vehemencia. De vez en cuando se detiene y contempla los muros del castillo de Saida, como si encontrase en ellos argumentos elocuentes. En su rostro, muy moreno, hay profundas arrugas.

—El pueblo está con nosotros. Entiéndeme, el pueblo libanés, el jordano, el egipcio... Todos. Nos apoyan y nos alientan, sintiendo nuestros éxitos como suyos propios. Aquí, en el Líbano, es fácil comprobar que la gente está del lado de los palestinos. Sin embargo, no sucede lo mismo con algunas clases dirigentes.

—¿Por qué esa diferencia de actitud entre la masa popular y esas clases dirigentes del Líbano?

—Es lógico. Para los que estén arriba, somos una fuente inagotable de preocupaciones. Eso sucede aquí y en otros sitios. Si no existiese el pueblo palestino, ya hace tiempo que algunos países árabes se habrían entendido con Israel. Pero nosotros hacemos el papel de conciencia, y se ven obligados a adoptar una línea política que en muchas ocasiones no es la que mejor encaja con sus intereses. Aunque nos acogen, nos ayudan en lo que pueden —que no es mucho— y a veces parece que hasta nos defienden y se preocupan por nuestros intereses, nuestras reivindicaciones y nuestro futuro, en el fondo querrían desembarazarse de todos nosotros. Nos hemos convertido en huéspedes muy molestos.

—¿Y qué opina el Ejército?

—El Ejército, en el Líbano y en casi todas partes, está con las clases dirigentes.

—¿Os ayudarán los otros países árabes a crear vuestro Estado Palestino?

—Palestina sólo confía en los palestinos. Con los otros, o sin ellos, llegaremos al final. Tendremos nuestra tierra, aunque deba ser a pesar de algunos gobiernos árabes.

Samir

Es un periodista de veinticinco años, reflexivo e inteligente. En su despacho de Beirut, con las paredes cubiertas de carteles con las efigies de los camaradas muertos, hojeamos la prensa libanesa. “Un enfrentamiento entre un grupo de libaneses y palestinos tuvo lugar ayer en...”.

—El Estado Democrático Palestino albergará en su seno a árabes y judíos, y las representaciones en el Gobierno se establecerán según los porcentajes demográficos. Esa es una de las razones por las que Israel no quiere aceptarlo. Su ritmo de crecimiento es cada vez menor. Ellos practican la anticoncepción, por lo que el número de hijos por familia es reducido. Para ellos sólo queda aceptar fuertes contingentes de judíos inmigrados... Sin embargo, el crecimiento demográfico de los árabes es altísimo. Israel tiene miedo a desaparecer entre nosotros.

—Debe haber muchas otras razones por las que los judíos no están dispuestos a compartir Palestina con vosotros.

—Indudablemente. Hay factores de todo tipo: culturales, sociales, políticos, económicos, religiosos... Al final, puestos entre la espada y la pared, deberán doblegarse. Pero queda mucho camino todavía.

—Y el precio será muy alto.

—Ya ha sido muy alto. Hay gentes que pagan más que otros, eso es todo. El “fedayín” que va a morir como un lobo acosado paga más que el comerciante que contribuye con dinero. Todo cuesta; pero hay algo que es claro para pobres y ricos, para los que tienen cultura y una ideología y para los que carecen de ellas. Hay algo de lo que sí están seguros: que quieren volver. No tienen nada; ni pasaporte, ni dinero, ni siquiera personalidad. La mayoría no existen jurídicamente. Pero saben que allí, al otro lado, está Palestina.

—¿Es auténtica esa armonía que dicen existe entre los palestinos y os libaneses?

—Sólo en parte, y según los niveles sociales. Los partidos de derecha libaneses están radicalmente contra nosotros. Nuestra situación aquí es muy difícil. Nos asesinaron en Jordania... El Líbano es nuestro último refugio y, al mismo tiempo, nuestra gran posibilidad. Pero los dirigentes se sienten incómodos con nuestra presencia. Hay muchas tensiones, especialmente con el Ejército, los capitalistas y algunos partidos. Opinan que somos un semillero de discordia y un imán para los ataques sionistas, que nos utilizan como excusa. El Líbano se siente perjudicado. Por eso, todos nuestros esfuerzos se encaminan a que no se produzca un conflicto. En este punto, esos grupos a los que he aludido, que se encuentran enfrentados a nosotros, también buscan cuidadosamente evitar complicaciones serias entre libaneses y palestinos. Un enfrentamiento grave entre ambos podría significar tanto el desastre para los palestinos como el desastre para los libaneses.

—Eso es lo que procura Israel, ¿verdad?

—Eso es lo que procuran Israel y Jordania. Constantemente emplean todas sus fuerzas para que se produzca un conflicto. El ataque a los puertos, los secuestros, los desórdenes, están alentados y organizados precisamente para enfrentar físicamente a libaneses y palestinos. Por eso se bombardea y se abusa y se mata. Para forzar al Líbano a desembarazarse de los “peligrosos” palestinos. Cada vez que Israel ataca al Líbano, no dice hacerlo porque le interesa, por ejemplo, llegar a las fuentes del Litani, sino porque los palestinos son un peligro en la frontera. Y así se ha llegado a crear este clima de tensión.

—¿Por qué sigue en el trono Hussein de Jordania?

—Uno de los objetivos de nuestra revolución es liquidar al régimen jordano. Sin embargo, aún no es el momento. Los tanques israelíes no están demasiado lejos de Ammán. Hay que tomar las cosas con calma, si se quiere vencer al final.

—Samir; supongamos que estalla un conflicto grave entre libaneses y palestinos...

—Habría guerra civil en el Líbano. Recuerda que la masa popular está de nuestro lado. Pero esa guerra civil, sin lugar a dudas, terminaría provocando una intervención israelí o norteamericana. Eso es lo que busca Israel.

—Una última pregunta, Samir. Considero que eres un hombre realista... ¿Crees en ese Estado Democrático Palestino? ¿Crees en la victoria final?

El periodista sonríe y me alarga un cigarrillo. Después, pausadamente, me señala las fotografías de la pared.

—Ellos creyeron. Si yo no tuviese la misma fe, no estaría aquí. Habría abandonado la Revolución.

Yussef

Tiene los ojos azules y el aire indolente. Pero cuando habla, sus palabras adquieren tal seguridad que parecen pesar como el plomo. Tiene 32 años, nacido en Jerusalén. Doctor en Ciencias Sociales.

—Creo en el Estado Democrático de Palestina. Considero que árabes y judíos pueden vivir en paz, sobre la misma tierra. De hecho, muchos judíos ayudan ya a los palestinos en los territorios ocupados, e incluso están encerrados en cárceles sionistas. Diversos movimientos —especialmente jóvenes— judíos dan su apoyo total a un diálogo con la OLP. Sin embargo, antes de llegar a eso habrá que solucionar muchos problemas. El pueblo palestino no sólo debe enfrentarse al sionismo, sino que también se ve amenazado, y muy seriamente, por los regímenes reaccionarios árabes. Y en realidad, si me detengo a pensarlo, no puedo predecirle a largo plazo cuál de los peligros va a ser el mayor.

—¿Cuál es su opinión sobre la actitud de Jordania respecto al problema de Palestina?

—Muy personal. A mi mejor amigo lo mataron en Ammán. Quizá se esté preguntando usted por qué no se dedican los palestinos a derribar el régimen hachemita... En primer lugar, nosotros no tenemos intención de liberar Jordania, sino Palestina. En segundo lugar, para la liberación de Jordania...

—Perdón. ¿Liberar quiere decir rescatar una zona ocupada por un enemigo?

—En este caso, sí. Decía que, en segundo lugar, para la liberación de Jordania haría falta un frente democrático jordano que, por desgracia, ya no existe. La oposición organizada contra Hussein fue aniquilada en septiembre de 1970. En tercer lugar, hacer caer a Hussein no es tarea fácil. Su caída sería también la de Feysal y la de otros regímenes reaccionarios. Le recuerdo que Arabia Saudí participó también indirectamente en la matanza de septiembre.

—Resumiendo: existe un complot contra los palestinos.

—Efectivamente. Por un lado, tenemos a Israel y los EEUU. Por otra parte, alineamos a los regímenes reaccionarios árabes, para los cuales los palestinos son un peligro. Esa es la tenaza que cada día amenaza estrangular a mi pueblo.

—Una pregunta, Yussef. ¿La revolución palestina está encaminada sólo a liberar los territorios ocupados y a crear el Estado Democrático?

—Esa es solo su primera fase.

—Luego hay otras después...

—Efectivamente. La siguiente es extender la revolución a todos los países árabes.

—Y la tercera, entroncar con la revolución mundial.

—Exacto.

—Entonces, no creo que los países más reaccionarios, que al fin y al cabo son los que más tienen que perder, estén muy dispuestos a que ustedes consigan sus objetivos.

—Naturalmente que no. Están desplegando todos sus esfuerzos para que nuestra revolución fracase. Piensan, no sin razón, que el Estado Democrático Palestino puede ser en el futuro un foco que exporte subversión a sus respectivos países. Esa es la razón de que, mientras declaran hacer causa común con el pueblo palestino, se dediquen bajo cuerda a su auténtico objetivo, que es eliminarnos del mapa. Su problema es que ellos mismos se han cogido los dedos en su propia trampa y, lo que es paradójico, algunos nos esgrimen todavía como bandera de combate.

Shalim

Le he conocido en las calles de Saida. Viene caminando desde el campo de Angelua, donde no quiere permanecer durante el día porque tiene miedo a los Phantom israelíes. Como él, una multitud de palestinos vaga por la ciudad, sin atreverse a regresar a los campos hasta la caída del sol. Es joven, delgado y muy moreno. Correctamente vestido, con algo de dinero en el bolsillo, me ha contado que es estudiante, pero aún no sé si creerle o no. Tiene los ojos grandes y asustados, y no se avergüenza de contarme su miedo mientras comemos frente al mar, en la Escuela de Hostelería de Saida.

—Ya ves... No todos los palestinos somos comandos, ni somos valientes... Yo tengo miedo las veinticuatro horas del día. Creo que se puede hacer una clara distinción entre los palestinos: un grupo, el que se encuentra movido por una ideología profunda, el que tiene fe en el futuro de Palestina y está dispuesto a luchar por él, y a morir si es necesario, es el que nutre las filas de los “fedayín”, los hombres para el sacrificio. En el otro grupo estamos los que tenemos miedo a morir, los que odiamos las bombas... Los que estamos cansados de recoger cadáveres entre las ruinas, de vivir acosados como animales... Los que estamos hartos de ser nadie, hombres sin patria y sin personalidad... Los eternos vapuleados por todos, árabes y judíos. A nosotros, a los que son como yo, que no tienen madera de héroes, que estamos hartos de morir de hambre y de vivir entre la miseria y la indiferencia, nos da igual ir allí que a otra parte, con tal de que nos dejen vivir tranquilos y no tengamos que pasar el día mirando al cielo, esperando ver aparecer los bombarderos judíos, esperando ver aparecer nuestra propia muerte. Mírame. ¿De veras me ves cara de comando? Yo ya estoy muerto; todos estamos muertos. Si no nos matan los israelíes lo harán los libaneses, o los americanos... No. Todos los palestinos no somos héroes; algunos hasta hemos perdido ya la capacidad de odiar. Queremos, quiero trabajar; quiero comer. Y me da igual que sea aquí o en otro sitio. Todo lo que deseo es que esto se acabe de una maldita vez.

Sakir

Es un doctor en Historia de veintinueve años, con largo bigote y los ojos escondidos tras los gruesos cristales de unas gafas. En su oficina del Palestine Research Centre de Beirut escucho su voz, a veces apagada por el ruido de los automóviles que circulan por la calle. Tiene el pelo castaño claro, casi rubio, y sabe sonreír como los niños.

—No. Yo no creo que los libaneses quieran terminar con los palestinos. Lo que sí desean es quitarnos las armas, desarticular nuestra organización política, etc. Tenga en cuenta que el Líbano necesita de los palestinos, porque alguien debe encargarse de los trabajos duros. Nuestro pueblo constituye aquí una clase social que es explotada. Desde hace cinco años, el objetivo de las clases dirigentes es mantenerlos a ese nivel. Los libaneses son muy prácticos. La creación del Estado Democrático Palestino les privaría de su más barata mano de obra.

—¿Cuál es en la actualidad el balance de fuerzas en el Líbano?

—Por una parte está el pueblo palestino armado, con su organización, sus cuadros de mando, sus medios de información y su aparato burocrático. Mucho más fuertes que en la Jordania de 1970, contamos con la simpatía de las masas árabes que, aunque no inciden poderosamente en el Líbano, nos respaldan con su apoyo. En contra, tenemos parte del Ejército, a las fuerzas paramilitares de los partidos de derecha, los regímenes árabes más reaccionarios, Israel y el imperialismo. En realidad, no estoy seguro de que este segundo grupo pueda liquidarnos fácilmente. El Líbano no es Jordania. Aquí estamos bien organizados, y ello daría lugar a una guerra civil en la que no intervendríamos solos. Cuando los combates del mes de mayo, gran parte de la población se puso de parte de la Resistencia. Cuando venga el ataque de nuestros enemigos, creo que no será de tipo militar.

—¿Cómo piensan sus enemigos impedir la creación del Estado Democrático?

—Nos gustaría contar con el incondicional apoyo de Siria, pero ellos se ven seriamente condicionados por una serie de problemas en su propio territorio. Llegado el momento, podrían acudir en nuestro socorro; pero también podría suceder que se viesen imposibilitados de hacerlo. El complot consiste en llevar a la Resistencia hasta una situación de conflicto que termine por hacerla capitular incondicionalmente, entregando sus armas. Eso quieren los regímenes reaccionarios, que prefieren tolerar la existencia de Israel con tal de que los palestinos no se vuelvan una fuerza política. Quieren que, si hay un Estado Palestino, en último término éste no sea independiente. Nos tienen verdadero miedo. En el Líbano se encuadra concentrada la potencia militar palestina independiente. El enemigo no sólo quiere enfrentar a libaneses y palestinos, sino que incluso desea oponer a la población palestina con la Resistencia. Quiere dividir con sus represalias y con el terrorismo al mismo pueblo palestino.

Fatma 

Licenciada en Derecho, joven y bonita. Cree firmemente en el futuro Estado Democrático Palestino, pero ello no le impide ser plenamente consciente de los peligros que amenazan el nacimiento de su nación.

—Los sionistas, en las condiciones actuales, no pueden emprender una guerra contra el Líbano para limpiar la franja sur de palestinos hasta el río Litani. Esa es la razón por la que buscan que sean los dirigentes libaneses los que hagan para ellos el trabajo sucio, presionando sobre los palestinos, desarmándoles y desguarneciendo los campos de refugiados. Por eso los jefes de la Resistencia procuran andar con pies de plomo; son muchos los problemas alentados por el enemigo, incluso la división en el mismo seno de la OLP. La exigencia es doble: por una parte, hay que continuar la presión de tipo militar contra las ciudades de Palestina ocupada, si queremos hacernos respetar e ir —si alguna vez vamos— con argumentos de peso a Ginebra. Sin embargo, no podemos indisponernos con los libaneses, quienes ya están bastante preocupados por su propia seguridad... El segundo aspecto es que se debe mantener la difícil armonía entre las diversas ramas de la Resistencia, pues un conflicto armado entre ellas es precisamente el objetivo esperado por el enemigo. No olvidemos que uno de los problemas a que debe enfrentarse la tarea de creación del Estado Palestino es precisamente la división que existe en el mismo movimiento de la Resistencia.

Abu 

Es un famoso médico dentista de Beirut. En su consulta de la calle Hamra me muestra folletos y estudios que él mismo ha realizado sobre el potencial humano del futuro Estado Democrático Palestino.

—Me preocupan los hombres que deben construir la paz, cuando la guerra haya terminado. He tenido la suerte de poder efectuar estudios sobre los palestinos que han hecho carreras universitarias, incluso los que se encuentran en países distantes. De paso, comprobaba sus sentimientos y los lazos que les unen a su pueblo. Todos han respondido.

—¿Cuál será el papel de esos hombres, élite altamente cualificada, en el Estado Palestino?

—Muchos de mis encuestados, que se encuentran trabajando en excelentes condiciones en el extranjero, me han escrito diciendo que están dispuestos a trabajar por la causa, a regresar a su tierra cuando llegue el momento. No son guerreros, sino técnicos. Y Palestina necesitará muchos técnicos cuando sea libre. Al mismo tiempo, esa élite palestina es la que, sin saberlo, ha empujado a existir a la Revolución. Los primeros cuadros no fueron 1os jóvenes de ahora, sino ese grupo ilustrado. Es la élite la que ha potenciado el movimiento, la que ha impulsado a las masas. Vive y trabaja en todos los países árabes y aporta su contribución a la Revolución. Otros, como yo, tienen la nacionalidad libanesa, o kuwaití... Pero no se lavan las manos. Cada uno aporta en la medida de sus posibilidades.

—Sin embargo, si están bien situados en otros países árabes, no creo que estén dispuestos a cambiar una posición estable por un problemático futuro dentro del Estado Palestino.

—En efecto, muchos no tienen ya deseos de volver, pues ya han normalizado su vida y están sólidamente establecidos. Pero ello no les impide continuar sintiendo amor por su patria. Son nuestros aliados en el exterior, envían dinero, etc. Otros sí están dispuestos a regresar. Pero no es cuestión de que llegado el momento lo hagan o no. Lo que buscamos es el reconocimiento de nuestro derecho a dejar esto e irnos a Palestina, no porque alguien nos haya obligado, sino porque nosotros queremos ir. En una palabra, exigimos el derecho a elegir.

—Entonces, el papel de estos hombres en la Revolución es por el momento más bien pasivo.

—En parte sí, en parte no. Habrá muchos intelectuales que, creado el Estado, irán a Palestina. Siempre habrá gente dispuesta a ir allá y preguntar: “¿Qué debemos hacer?”.

—¿De qué tipo son esos técnicos de los que en el futuro dispondrá el Estado Palestino?

—Ha comenzado a cambiar la antigua tendencia hacia carreras humanísticas. Ahora los palestinos altamente cualificados se dedican más bien a la electrónica, química y mecánica. En el Estado Palestino, el sector educativo será el que esté mejor cubierto. El profesional electromecánico y médico será el más deficiente. Por esa razón la Organización Mundial de la Salud ha hecho un llamamiento a los jóvenes para que estudien Medicina, pues hay una escasez alarmante. Palestina necesita urgentemente técnicos. Es un fenómeno que se da también en todos los países árabes: hay carencia de estamentos intermedios entre los ingenieros de la élite y la masa. Falta el técnico. Eso no sucede en Israel, que se encuentra mucho mejor preparado que nosotros en ese terreno. Además, posee escuelas especiales e incluso los importa de Europa, dándoles preferencia.

—Doctor; constantemente remarcan ustedes la palabra “democrático” cuando hacen referencia al futuro Estado Palestino. En ese Estado, dicen, convivirán pacíficamente árabes y judíos. Sin embargo, hay algo que puede ser fuente de innumerables problemas: las diferencias de tipo socio-cultural entre “sabrás” y palestinos. ¿Cree que para la creación de ese Estado Democrático habrá evolucionado lo suficiente el pueblo palestino? ¿No existirá en el seno de ese estado una desigualdad de nivel entre las dos comunidades?

—En efecto, opino que habrá un tremendo problema de tipo cultural y social. Esa es la razón de que algunos palestinos piensen que no será posible hacer un Estado Democrático, sino que es preferible dar a cada comunidad un Estado independiente. Yo creo que debe ser un Estado democrático. Por eso debemos esforzarnos en ampliar las perspectivas de nuestro pueblo. Lo importante es la buena voluntad y el deseo de vivir en paz. Tengo gran confianza en los cristianos de Palestina. A ellos corresponde ser lazo de unión y limar las asperezas que, sin lugar a dudas, surgirán. Pero creo que, hartos los hombres de la injusticia y de la guerra, llegará el día en que comprendan que vivir sin odio, hermanados en el trabajo, que es lo único que realmente cuenta, es mucho más precioso que el afán de poder o el racismo.

Recopilación completa de los reportajes de Pérez-Reverte sobre la guerra de las Malvinas.

07 septiembre 1974

Una olla a presión

Pueblo, 8 de septiembre de 1974

[Cerca de ciento cincuenta soldados israelíes penetraron ayer a las dos de la tarde hora local en territorio libanés, en las proximidades de la ciudad fronteriza de Aita Chaab, a 22 kilómetros al sudeste de Tiro, en el sur del Líbano. Mientras los soldados israelíes trataban de rodear la ciudad, la artillería y los blindados ligeros libaneses, según informa el Ministerio de Defensa, abrieron fuego contra los invasores, que debieron retroceder hasta el otro lado de la frontera.]

—Ir al sur del Líbano es una locura; no hay un solo extranjero allí.

Atravesar el control militar sobre el río Litani y encontrarse a veinte kilómetros la frontera con Israel produce una extraña sensación. El ambiente está enrarecido. La costa, desierta en su mayor parte, parece completamente indefensa. La gente no puede evitar mirar el mar con temor, sabiendo que cualquier día pueden aparecer en el horizonte las cañoneras israelíes.

Tiro se adentra en el mar, enclavada sobre una pequeña península. Las calles están llenas de refugiados palestinos que deambulan sin ir a ninguna parte, negándose a permanecer en los campos por temor a los Phantom de Israel. Cuando bajó del “jeep” mi mochila con las cámaras fotográficas, los hombres que fuman sentados sobre la escollera me miran con suspicacia. El teniente de la policía, tras las cortesías iniciales de rigor, no se anda por las ramas y me pregunta qué diablos vengo a hacer aquí.

—Mire usted, me parece muy bien que sea un periodista español, pero ya tengo demasiadas complicaciones. Me dice que viene buscando palestinos y yo estoy hasta la coronilla de tener todos los días problemas con los palestinos. Si está dispuesto a aceptar un consejo, lo mejor es que se suba otra vez al “jeep” y se largue.

Cuando le digo que quiero entrar en el campo de Borj et Chemali, el teniente se agarra un extremo del bigote y me mira como si estuviera loco.

—Escuche —su voz se ha vuelto cansada—. Para esos hombres todo extranjero que pasa por esta región es un espía israelí. Hay una enorme psicosis de espionaje en el sur del Líbano. Es muy frecuente que los sionistas se infiltren en esta zona precisamente haciéndose pasar por periodistas. Tenga en cuenta que viven en el miedo, y las incursiones israelíes son frecuentes. Desconfían de todo, hasta de ellos mismos. Además, aquí no encontrará comandos, sino milicianos. Los comandos están desplegados unos kilómetros más abajo a lo largo de la frontera. Y le aseguro que los milicianos no se andan con bromas. Si usted continúa hacia el sur debo comunicarle que me lavo las manos, declinando toda responsabilidad. Ni siquiera puedo pedir a nadie que le acompañe, pues todos temen que les acusen de colaborar con los israelíes. Y ahora va a disculparme. He dejado todo mi trabajo por usted y ya no puedo dedicarle más tiempo.

Me repitieron cien veces las mismas palabras que el teniente desde que salí de Sidón un par de días antes. La psicosis de espionaje en el sur del Líbano aumenta desde las últimas incursiones de Israel. A lo largo de la costa, en torno a la frontera, el temor a las represalias sionistas crea un clima de tensión que flota en el aire. Todos tienen miedo de todos. Los fedayines se encuentran en estado de alerta constante en las proximidades de la frontera. Sin embargo, las incursiones en los territorios ocupados ya no parten de aquí, por lo general. Los golpes que las escuadras suicidas de comandos asestan en el corazón mismo de Israel son ataques organizados por la resistencia en el interior de Palestina.

La explicación es simple: los fedayines saben que cualquier ataque formal desde la frontera implicará una reacción israelí sobre el territorio libanés. La existencia de los palestinos en el sur del Líbano es el pretexto que desde hace mucho tiempo utiliza Israel para justificar sus operaciones en la frontera y quizá algún día sea también el pretexto para la anexión por Israel de los veinte kilómetros que separan a los actuales límites del río Litani, frontera natural largamente apetecida por Tel Aviv. Esa es la razón por la que la resistencia ha cambiado de actitud en los últimos meses, haciendo que todas las operaciones militares broten dentro de los territorios ocupados.

—Nuestra situación es muy delicada —me decía un miembro de Al Fatah en Beirut—. No sólo tenemos que luchar contra Israel, sino evitar que nuestros ataques y las brutales represalias israelíes no sean dispongan con el Gobierno libanés. El Líbano es hoy el lugar donde se decidirá el puerto el futuro del conflicto de Oriente Medio, pues en él está concentrada la potencia militar independiente de la Resistencia palestina. Y esta potencia nuestra condiciona, evidentemente, la independencia política de nuestro huésped.

Precisamente la independencia de que goza por el momento la Resistencia en el Líbano es la causa de que hayan fracasado todos los esfuerzos —norteamericanos e israelíes, por supuesto— para conseguir que el régimen jordano ostente la representación exclusiva del pueblo palestino. Por eso todos los intentos de Israel están encaminados a romper el frente que forma la Resistencia, único obstáculo en la actualidad para neutralizar las fronteras con los países árabes: Egipto ya tiene Suez y su franja del Sinaí, garantizada por las Naciones Unidas; Jordania está más inclinada a un compromiso con Israel que a seguir la lucha, pues la existencia de los palestinos sigue siendo una espina clavada en el cuello de Hussein; en Siria, un emparedado de cascos azules... Sólo queda el Líbano. La existencia de los palestinos es el único inconveniente para la ruptura total del que, en otro tiempo, fue compacto frente de guerra árabe. Israel lo sabe y, lejos de preocuparse cuando hay un ataque de la Resistencia, lo archiva rápidamente en el cajón de los pretextos a esgrimir cuando llegue el momento de arrasar un poco más el sur del Líbano, preparándose el terreno.

El alto mando israelí sabe que bombardear las bases de los fedayines, y solo eso, es inútil y absurdo. No es en las bases de comandos donde se encuentra la raíz del mayor problema con que en la actualidad debe enfrentarse el sionismo. El “quid” radica en el interior. Es allí donde se reclutan comandos, donde todos los palestinos, tanto los que se encuentran en el extranjero como los que viven en el Líbano, concentran esfuerzos y organizan cada vez más eficazmente la Resistencia. Los campos de refugiados constituyen una cantera inagotable de fedayines; son el alma de la resistencia. Por eso, durante un tiempo, Israel se ha dedicado a machacar sistemáticamente los campos de refugiados, a fin de enfrentar a la población civil palestina con las organizaciones militares palestinas.

Sin embargo, el “sistema” ha producido resultados completamente opuestos a los deseados por Tel Aviv. En primer lugar, por cada familia abrasada por el napalm, por cada niño en cuyas manos estallaba un juguete-bomba, uno, cuatro, diez palestinos desesperados se presentaban en los cien centros de reclutamiento de la OLP, pidiendo formar parte de las “escuadras suicidas”. En segundo lugar, la adopción por el Consejo Nacional de El Cairo del programa de diez puntos para crear un sólido poder nacional palestino hizo fracasar las aspiraciones sionistas para desmembrar la resistencia.

¿Qué otra solución queda a Israel? Desafortunadamente para él, en la actualidad no puede iniciar una guerra contra el Líbano que le permita limpiar el sur de palestinos. Y no puede hacerlo porque en tal caso destruiría su laboriosa tarea de hormiguita en los demás frentes árabes. Todos los resultados, militares y diplomáticos, que han ido consiguiendo durante tanto tiempo se vendrían abajo con una invasión al Líbano. Y en las actuales circunstancias, no demasiado fáciles, por cierto, Israel sabe que tendría que volver a empezar desde Suez hasta Kuneitra.

Sin embargo, los “cerebros” de Tel Aviv encontrado una solución, quizá la más peligrosa para los palestinos en toda su historia de exilio. Los israelíes han comprendido que si ellos no pueden liquidar personalmente a los palestinos alguien debe hacerlo. La maniobra de Husein en aquel “septiembre negro” no dio malos resultados y la Resistencia palestina en Jordania fue destrozada en las calles de Ammán. Por eso los dirigentes sionistas están decididos a que sea el Gobierno del Líbano quien esta vez haga para ellos el trabajo sucio. El sistema es sencillo, no ofrece riesgos para Israel y si triunfa liquidará el único inconveniente que en la actualidad le impide hacer doblar la rodilla para siempre a los países árabes. Los pasos a seguir son elementales: presionar provocando enfrentamientos entre las autoridades libanesas y la Resistencia palestina.

21 julio 1974

Chipre, regreso del infierno

Pueblo, julio de 1974

[Nuestro compañero Arturo Pérez-Reverte, que se encontraba de vacaciones en Oriente Medio, al tener noticias del golpe militar en Chipre se trasladó a Nicosia, siendo el primer periodista español que llegaba a la isla tras el derrocamiento de Makarios. Huésped del Ledra Palace, con más de un centenar de periodistas de diversos países, nos ofrece en este primer reportaje su testimonio directo de los acontecimientos dramáticos y las horas de angustia pasadas en dicho hotel hasta conseguir los periodistas ser evacuados por soldados de las Naciones Unidas.]

La batalla por Nicosia comenzó a las seis horas cinco minutos del sábado [20 de julio de 1974], cuando seiscientos paracaidistas turcos tomaron tierra a dos kilómetros del hotel Ledra Palace, en la zona norte de la ciudad. 

En el Ledra, donde los periodistas habíamos establecido nuestro cuartel general, soldados chipriotas y turistas descompuestos por el pánico corrían de un lado a otro mientras el tableteo de las ametralladoras y los obuses de mortero se iban aproximando. Los paracaidistas se estaban abriendo paso con rapidez hacia el sector turco. Mujeres y niños corrían en busca de refugio, y en las calles hacían su aparición los primeros civiles armados, con escopetas de caza y viejos fusiles ingleses.

Movilización general en Chipre. Muchachos de 18 años, soldados, reservistas con su cartilla azul en las manos crispadas, afluían a los centros de reclutamiento. Los partidarios de Makarios, que durante días habían estado combatiendo a la Guardia Nacional, salían de sus escondites de francotiradores para unirse a los que hasta entonces habían sido sus adversarios. Ni Sampson ni Makarios contaban ya. Llegaban los turcos, el enemigo secular de los grecochipriotas. Ellos eran en aquellos momentos el único enemigo al que había que destruir.

Se combatía en todas partes al norte de la isla. Las noticias sobre la situación en Kyrenia eran alarmantes. Camiones cargados de hombres pálidos por el miedo, conducidos como ovejas a morir en algún lugar de Chipre. Marchas militares, proclamas de radio y soldados que pasan cantando a grandes voces para darse ánimos unos a otros. Y los puños se levantaban al cielo con rabia cuando los Phantom turcos volaban muy bajo entre el humo de las granadas antiaéreas bajo el cielo increíblemente azul de la isla.

En el Ledra se distribuyen uniformes a los camareros y recepcionistas. Las mujeres preparan alimentos y agua para los treinta soldados chipriotas que, mandados por un oficial griego, se disponen a defender el hotel frente a los turcos, que ya están tomando posiciones al otro lado de la piscina. Del aeropuerto nos llega el fragor de las explosiones: se lo bombardea para evitar un posible desembarco de tropas griegas en Nicosia.

La batalla del hotel Ledra Palace comienza a las siete, cuando una ametralladora emplazada en la terraza abre fuego contra los aviones turcos. El Ledra, según nos cuenta el teniente griego, es un objetivo de vital importancia estratégica. Desde sus ventanas se domina la ciudad y puede convertirse en un magnífico observatorio. Y efectivamente, los turcos parecen haberse dado cuenta de ello. Los disparos de mortero comienzan a caer por todas partes y la gente corre a refugiarse en los sótanos.

Nadie logra convencer a los chipriotas de que si se hacen fuertes en el hotel los turcos pueden matarnos a todos los que estamos dentro. Los soldados se atrincheran en la planta baja y en las ventanas. Frente a la piscina cuatro soldados muy jóvenes buscan abrigo tras los instrumentos abandonados de la orquesta del hotel. El piano pronto queda destrozado por las balas y el suelo se cubre de cartuchos vacíos. Un morterazo cae sobre la terraza, matando a un soldado e hiriendo grave a otro. Ante nuestros ojos, el muchacho se desangra con la frente apoyada sobre el cañón destrozado de su arma.

En la planta baja las vidrieras saltan hechas añicos. Soldados y periodistas nos arrastramos por el suelo haciendo cada uno su trabajo. Gritos, órdenes y explosiones que hacen temblar las paredes del hotel. El equipo de Televisión Española rueda a dos metros de mí cuando una bala se lleva el brazo de un soldado que discutía con Javier Pérez Pellón. El suelo se llena de sangre. Una periodista belga llora en un rincón, con los nervios destrozados. Se adivina a los paracaidistas turcos apenas a doscientos metros de las ventanas. Las habitaciones de los pisos altos están siendo literalmente barridas por fuego de ametralladora. Durante una pausa del combate una ambulancia de las Naciones Unidas procede a la evacuación del herido; en el salón, junto a los cristales desechos por las balas, un matrimonio británico, impasible, se dedica a llenar crucigramas.

“Niki, ¿estás luchando por Sampson?”. El soldado sonríe y se echa hacia atrás el casco de acero. No, él no lucha por Sampson, él no muere por Sampson. Nosotros, los periodistas, siempre estamos metiendo la pata. Ahora él se está batiendo por su vida, porque si los turcos toman el Ledra los van a matar a todos. Después, en segundo lugar, que quede bien claro, Niki lucha porque los turcos son el enemigo, porque están atacando Chipre y porque tiene una mujer y cuatro críos escondidos en un sótano. Por eso es por lo que Niki está toda la mañana disparando ráfagas hacia aquellos árboles de enfrente con el fusil ametrallador pegado a la cadera, muerto de miedo y de angustia. Y… “vete quitando de ahí, periodista imbécil, porque te van a volar la cabeza”.

Al anochecer, una patrulla canadiense de las Naciones Unidas llega al hotel y nos comunica que se ha conseguido de los turcos un alto el fuego en torno al Ledra durante la noche. Megáfono en mano, el oficial sale al jardín al descubierto y repite una y otra vez las palabras que estamos escuchando durante toda una terrible noche. “Cease fire, cease fire. United Nations patrol in the Ledra Palace”. Las ráfagas de ametralladora siguen brotando del otro lado del jardín. Después el fuego disminuye… para dar paso a un bombardeo con morteros que, con intervalos de media hora, continuará hasta el amanecer.

Las noches son largas en la guerra. En la oscuridad, mientras intentamos conciliar el sueño, surge el llanto de un niño. Los centinelas, la culata del fusil pegada a la cara, escudriñan las sombras con el rostro desencajado por la tensión que apenas ilumina la brasa de un cigarrillo. No hay agua, no hay electricidad, se acabaron los alimentos. Los morteros turcos nos obligan a encogernos en nuestros refugios; se habla en un susurro. Estamos en una ratonera y somos como ratones asustados.

Un periodista italiano, que dormita a mi lado, me pregunta con un gesto si quiero acompañarle fuera, al jardín. Arrastrándonos por el borde de la piscina llegamos hasta la posición avanzada de los soldados; en inglés nos ordenan guardar silencio, pues los turcos están a solo 50 metros. Se escucha el canto de los grillos apagado de vez en cuando por un obús o una ráfaga aislada que pasa sobre nuestras cabezas. El soldado, de quince años, solloza tendido boca abajo con las manos sobre la cabeza, y rechaza el cigarrillo que le ofrezco. Regresamos al hotel, donde el italiano y yo nos miramos como si hubiésemos pasado juntos muchos años. Solo hemos recorrido treinta metros, pero esta noche, en el Ledra Palace, nos sentimos como si hubiésemos regresado del fin del mundo. 

Al amanecer, las tropas de la ONU consiguen de turcos y griegos un alto el fuego para evacuar a las trescientas personas atrapadas en el hotel. Norteamericanos y británicos parten en primer lugar, con los alemanes. A las doce, cuando el plazo de alto el fuego está a punto de finalizar, aún quedamos un centenar de periodistas en el hotel. Los soldados chipriotas no nos dejan salir; nos apuntan con sus armas. Saben que en el momento que el último de nosotros abandone el Ledra los turcos lo atacarán con la artillería pesada que han estado concentrando durante la noche. En el vestíbulo suceden algunas escenas violentas entre periodistas y soldados. Nos hemos convertido en rehenes.

A la una de la tarde llegan los camiones. Los soldados de la ONU consiguen hacernos salir y escapamos bajo el fuego de griegos y turcos hacia las bases británicas del sur de la isla. Desde las ventanas en las azoteas los francotiradores hostigan a las tropas chipriotas. Atravesamos campos abrasados, casas destruidas, encrucijadas guarnecidas por tanques, y soldados que esperan a los turcos con el miedo en los ojos. 

En Dekhalia, apenas descendemos de los camiones, un oficial británico nos comunica que los paracaidistas turcos atacaron el Ledra diez minutos después de nuestra partida. La mayor parte de los soldados que durante dos días he estado fotografiando están muertos o prisioneros. Me pregunto qué habrá sido del teniente, del soldado que sollozaba de noche en el jardín, de Niki, que tenía a su mujer y a los cuatro críos escondidos en un sótano. ¿Saben ustedes?... “Niki”, en griego, significa “victoria”.

CHIPRE, BAJO BANDERA BRITÁNICA

Pueblo, julio de 1974

Todo el mundo huye hacia el sur. Cuatro mil personas aterrorizadas, bajo la precaria protección que presta la bandera británica que ondea en los camiones, observan con temor las columnas de humo que surgen del horizonte y miran al cielo con angustia, esperando de un momento a otro ver aparecer los cazabombarderos turcos. Rostros marcados por la fatiga, mujeres que aprietan contra su pecho niños dormidos, livianos equipajes hechos a toda prisa entre el fragor de las explosiones… Es la imagen eterna, la que se repite en todas las guerras. Las familias que huyen huyen siempre, no importa a dónde. En ellos solo una idea late fija: escapar de los turcos, escapar de las bombas, escapar de Chipre, escapar de la muerte.

La base británica de Dekhalia está enclavada en el extremo sudoriental de la isla. Los soldados ingleses instalan a los refugiados en lo que fue un campo de deportes. Mantas, sacos de dormir, agua, alimentos… La eficiencia británica en su más depurada manifestación. Encuentros emotivos al descender de los camiones: aquí está aquel amigo que se perdió en Nicosia, aquella mujer que desapareció en el bombardeo de Famagusta… pero también hay centenares de personas que vagan por el campo buscando entre los rostros desconocidos a alguien a quien posiblemente no volverán a ver jamás.

Pero no es momento para ponerse sentimental. Ahora hay que luchar por una manta, aunque se diga que hay para todos; luchar por el agua, aunque se diga que hay de sobra; luchar por la comida, por un puesto en esa maldita cola donde te dan un papelito que quizá te sirva para salir de aquí.  Afortunadamente, la siempre bien engrasada máquina militar británica termina por ordenarlo todo, por disponerlo todo, por parcelarlo todo. Los refugiados se van reuniendo por grupos nacionales, y ante la porción de terreno donde la mayor parte deberá pasar la noche se colocan cartelitos con el nombre de los distintos países. Un pequeño número, entre los cuales estamos la mayor parte de los periodistas, conseguimos autorización para pernoctar en la base. Pero tras las rejas del campo miles de personas ven partir impotentes a los turistas ingleses y norteamericanos, para los cuales se ha organizado una gigantesca operación de salvamento. Los demás, libaneses, españoles, israelíes, egipcios, suecos… tendremos que esperar.

Esperar. La vida en el campo se convierte en una continua espera. Un educado oficial inglés —“I'm sorry, sir”— nos comunica que solo se ha recibido orden de evacuación para aquellas nacionalidades que tienen representación diplomática en Chipre. Los demás deberán permanecer concentrados en la base hasta que los respectivos gobiernos se pongan en contacto con las autoridades británicas. Eso puede durar días quizá más de una semana. Entretanto hay que tener paciencia y esperar. 

Somos siete los periodistas españoles que estamos en Dekhalia. Pedro Sánchez Queirolo, de ‘La Vanguardia’, Luis López del Pecho, de Radio Nacional, el equipo de Televisión Española y yo. Necesitamos salir de Chipre, encontrar télex y teléfonos, entregar las fotografías y las películas que durante dos terribles días hemos estado impresionando en un Ledra Palace barrido por ráfagas de ametralladora. Pero los españoles “no están en la lista”. “I'm sorry, sir”. Lo siento, señor. ¿No tienen ustedes un vicecónsul honorario en Nicosia? 

Pues es verdad. Resulta que en Nicosia hay un vicecónsul, aunque parece ser que no es español. “¿Y dónde se ha metido?”. Ni idea, nuestro representante diplomático en Nicosia parece haberse desvanecido con la guerra. Durante el asedio del Ledra, cuando todos los cónsules y embajadores llamaban por teléfono preguntando por los turistas y reporteros de sus países respectivos, cuando el embajador egipcio acudió allí personalmente a pesar de los bombazos turcos, los siete españoles nos sentíamos como huérfanos. Los siete enanitos del Ledra Palace.

En el interior de la base encontramos a muchos compañeros del hotel. Están allí Aglae Masini, Rolando, del diario argentino ‘La Nación’, Marco, el taciturno cámara italiano… Conseguimos cenar potaje inglés, sándwiches ingleses, té inglés. Y dormimos en un pabellón de sargentos ingleses. Para ser completamente felices solo nos falta obtener pasaje en un avión inglés. 

Y la noticia llega al amanecer. A las siete y media sale un avión hacia Londres transportando refugiados. Nos apresuramos a obtener el permiso de evacuación, pero dos miembros del equipo de Televisión Española no llegan a tiempo y debemos dejarlos en Dekhalia.

Llegamos al aeropuerto británico de Akrotiri, al sur de la isla, por vía aérea. Pero allí nos espera una amarga decepción —“I'm sorry, sir”—. Los españoles no pueden ser evacuados hasta que no se reciban noticias de su gobierno. Posiblemente este vaya a fletar un avión especial para repatriarles. “No tardará mucho”… “¿Cuánto?”… “Una semana, como mucho”. Un oficial nos ofrece “plum cake” y limonada para consolarnos. Pero esta vez hemos perdido el apetito.

Es la una de la tarde cuando se nos informa de que vamos a ser trasladados a Episkopis, donde el mando británico va a estudiar nuestro problema. Subimos a un autobús, donde también encontramos almacenados a los periodistas libaneses, egipcios y suecos. Somos 28. Pero la eficaz máquina inglesa, en vez de llevarnos a Episkopis, nos mete en un campo de refugiados turcos, custodiados por la policía militar. Es un auténtico campo de concentración y se nos trata como a verdaderos refugiados. En torno nuestro, tiendas de campaña, colas para la comida y el agua, dolor, miseria y centinelas. Un panorama ciertamente acogedor. Se nos informa que allí estaremos hasta que acabe la guerra, y eso es la gota que colma el vaso. Así que ponemos el grito en el cielo.

Los oficiales británicos se arman un lío; ahora resulta que los refugiados españoles no son refugiados, no quieren quedarse aquí, quieren largarse de la isla o regresar a Nicosia y, lo que es más insólito, dicen que están hartos de encontrarse bajo protección británica. Inexplicable. Como seguimos armando jaleo y los turcos del campo comienzan a alborotarse, los ingleses deciden llevarnos a Episkopis para quitársenos de encima. Nuestra llegada hace perder a los oficiales británicos su tradicional flema. Gritamos, amenazamos con escribirlo todo con pelos y señales, decimos que esto es una discriminación indigna y que en cuanto tengamos delante una máquina de escribir vamos a montar un número que se les va a caer el pelo.

En el preciso momento en que un fotógrafo sueco y un servidor se dirigían a robar un coche para irse a Nicosia, un sonriente capitán nos comunica que todo está arreglado. Un avión francés está listo para llevarnos a París. A partir de este momento los españoles podemos beneficiarnos también de la magnífica operación de salvamento organizada por los británicos. Nuestra aventura chipriota termina a las doce de la noche del lunes cuando el DC-9 que nos lleva a Francia despega del aeropuerto de Akrotiri.

El reportaje del equipo de RTVE

Patente de Corso: El oso de peluche (2001)

19 julio 1974

Sombrilla antiaérea (piden los palestinos)

Pueblo, 19 de julio de 1974

Acabo de regresar del sur, tras recorrer durante varios días la costa y los campos palestinos de Nabatie, Tiro y Sidón. A pocos kilómetros de los fedayines, uniforme de camuflaje y fusil AK en bandolera, detuvieron mi coche y me interrogaron durante una hora bajo un sol de justicia. Me habían tomado por un espía judío.

La psicosis de espionaje en el sur del Líbano va en aumento desde las últimas incursiones israelíes contra los puertos pesqueros. El problema de la seguridad de los campos sigue poniendo de relieve las disensiones que a pesar de las declaraciones optimistas de los últimos días oponen a la resistencia y a las clases dirigentes libanesas.

Takieddine Solh se esfuerza por calmar la efervescencia que reina en el seno de la guerrilla, especialmente en lo que a cohetes antiaéreos respecta. Para ello quiere convencer a los jefes palestinos de que acepten la constitución de un sistema defensivo libanés que cubriría el conjunto del territorio. Los palestinos objetan que esa sombrilla antiaérea solo sería eficaz en un plazo de diez años e Israel tiene demasiada prisa en liquidarlos para andarse con demoras; en segundo término, al ser parte integrante de un hipotético sistema de defensa libanés, la protección de los campos estaría en manos del Gobierno de Beirut y éste, según me decía un dirigente palestino, no se mostró demasiado combativo cuando los aviones judíos machacaban los campos de refugiados.

Por su parte, el gobierno libanés está resuelto a impedir que con la fortificación de sus campos de refugiados los palestinos lleguen a la creación de un estado dentro de otro estado, y el Líbano no es Jordania. Aquí la resistencia es fuerte, está bien organizada y la constitución del sistema defensivo palestino convertiría los campos en fortines inexpugnables incluso para el Ejército libanés.

Aunque aquí se descarta un peligro inminente de nuevos ataques aéreos, todos piensan que estos podrían reanudarse en cualquier momento. Esa es la razón por la que los dirigentes palestinos están desplegando todos sus esfuerzos para conseguir del Gobierno libanés luz verde que les permita emprender por cuenta propia la fortificación de los campos.

26 junio 1974

Liz Taylor y Richard Burton: Divorcio definitivo

Pueblo, 26 de junio de 1974

A la vigésima va la vencida. Ayer, un tribunal de primera instancia puso punto final a trece años de broncas y diamantes. Elizabeth Taylor y Richard Burton, posiblemente a causa de “haberse amado demasiado” (Liz), resolvieron definitivamente vivir en el futuro sus vidas por separado. El escenario, la localidad suiza de Saanen. El motivo, “irreconciliables diferencias”. Telón.

“¿Te han dicho alguna vez que eres una chica preciosa?”… ‘Cleopatra’ fue un fracaso comercial para la 20th Century-Fox, pero para las revistas del corazón significó el alumbramiento de un filón en apariencia inagotable. Y mientras el “número cuatro”, Eddie Fisher, se veía obligado a emprender un discreto mutis por el foro llevándose sus atalajes de “chevalier servant” (a un hospital donde se le sometería a una cura de reposo absoluto para olvidar la eterna inconstancia femenina), Marco Antonio y la reina de Egipto comenzaban el que había de revelarse como largo y tormentoso idilio. Para Sybil, por aquel entonces todavía señora Burton, llegó el amargo trance de retractarse de aquellas frases que habían reproducido las revistas en letras así de gordas: “Richard es mío. Todo mío. Siempre será mío. Nunca lo entregaré a la Taylor o a cualquier otra mujer”.

Cleopatra había ganado la partida. La primera vez que Burton abrió la boca para hacer declaraciones sobre el romance fue con unas palabras que no dejaban lugar a la menor duda: “Debo reconocer que Elizabeth me fascina. Me pregunto qué es lo que la hace tan estupenda. Te mira con esos ojos y tu sangre se agita”… Tanto se le agitó la sangre a Marco Antonio que el 16 de marzo de 1964, tras haber conseguido sonados divorcios de sus respectivos cónyuges, la feliz pareja se ligó, para lo bueno y para lo malo hasta que la muerte etcétera, ante diez amigos íntimos que les acompañaron a Montreal. Primera plana, por supuesto.

‘¿Quién teme a Virginia Woolf?’ tuvo el indudable mérito de mostrar a los espectadores de todo el mundo cómo una pareja puede tirarse los trastos a la cabeza. Ello habría de ser de suma utilidad a posteriori como marco de referencia cuando la gente comenzó a enterarse de que las cosas no marchaban ya como correspondía a un amor tan apasionado. Se habló de alcohol, de celos, de agarradas interminables, de lágrimas, portazos y búsquedas de consuelo en “solo buenos amigos”. Se fotografiaron encuentros enternecedores, entradas y salidas de hospitales, reconciliaciones y diamantes como puños. Comenzaba el “show” de los Burton.

“No puedo imaginar la vida sin él. Le amo. Le adoro. Nuestro amor es tan profundo que no me importa nada lo que la gente piense sobre nosotros. Si se tiene una auténtica intimidad con el hombre que se ama se puede transformarlo todo en mágico”... Sí que es cierto, sí. Pero cuando el hijo de Liz, Michael Wilding, se soltó el pelo y profesó de “hippie” en una comuna —con perdón— galesa toda la magia del asunto no pudo evitar que Richard se sintiese francamente molesto con el yerno. “A quién habrá salido”, y cosas así. 

Siguió la juerga. “Se divorcia él”… “Se divorcia ella”... Después resultó que no, que de momento no se divorciaban, porque no podían vivir el uno sin el otro. “Esperamos que la tormenta pase pronto”. Más titulares, más fotografías, más reconciliaciones, más canas al aire y nuevas reconciliaciones. “Pienso que quizá tenga yo la culpa de todo esto, de esta increíble decisión de Liz, al no dar mayor importancia a sus problemas familiares. Me consta que su madre está enferma, pero le he hecho poco caso al asunto. Y sé que esto molesta mucho a Liz, porque ella adora mucho a su madre”... Sin embargo, Peter Lawford se mostró más comprensivo, dedicándose por aquella época a comentar los problemas familiares con Elizabeth en los clubes nocturnos de Beverly Hills.

Intentos de solucionar la papeleta a cargo del matrimonio Ponti, frustrados en toda la línea. Todo parece anunciar el inminente divorcio, cuando Liz debe someterse a una intervención quirúrgica en California, y a la salida del centro médico Richard decide invitarla a un desayuno con diamantes. Todo parece solucionado. Richard promete no volver a oler el alcohol. Se dice que 1974 va a ser el año de felicidad definitiva de la pareja. Se admiten apuestas. Y se divorcian. Punto.

Marco Antonio y Cleopatra se van, cada uno por su lado, y los “paparazzi” afinan sus cámaras fotográficas para tenernos informados de con quién, cuándo y dónde volverán a ser actualidad informativa. Los lectores sentimentales piensan que es una lástima; los escépticos opinan que se encontrarán de nuevo; los indiferentes que ya iba siendo hora; los futurólogos se callan. El mundo da tantas vueltas…

22 enero 1971

Con los petroleros en el Mediterráneo


La Verdad, 22-25 de enero de 1971

[La ruta del petróleo ha sido cubierta por 'La Verdad'. Nuestro colaborador Arturo Pérez-Reverte, a bordo del Puertollano, ha navegado hasta Ras Lanuf, en Libia. Las impresiones de este viaje —un viaje que es el pan nuestro cotidiano de los marinos de REPESA— las ofreceremos a nuestros lectores en una serie de reportajes. Hoy el primero]

1 - El Puertollano, en ruta hacia Libia

Embarcar en un petrolero, aprovechando las vacaciones de Navidad, no resulta tan fácil como puede llegarse a pensar en principio. Díganselo si no al que, frágil presa en las redes de la burocracia, estuvo a un pelo de verse obligado, por conseguir este reportaje, a prestar servicio militar en la Marina de Guerra. Esto sucede al que navega en edad de vestir uniforme. Pero esa ya es otra historia, así que omitimos detalles, y nos vamos al puerto petrolero de Escombreras, donde a las diez de la noche un taxi acaba de dejarnos ante la escala del buque-tanque Puertollano. 

Subir la pasarela de un buque, cuando sólo se lleva una bolsa de viaje, tomavistas, cámara fotográfica y máquina de escribir —que además es portátil— debe de parecer también la mar de sencillo para cualquiera que posea dos piernas y sentido del equilibrio en buen uso; pero les aseguro que cuando la pasarela es estrecha y el mar tiene ganas de broma, no se pasa un buen rato. Afortunadamente todo se encuentra iluminado a la perfección, y uno se ahorra más de un trastazo al recorrer después la cubierta, bien provista de tuberías, válvulas y, en resumen, todos aquellos objetos que pueden ser de alguna utilidad para romperse la crisma en un abrir y cerrar de ojos. 

De las entrañas del barco sube un rumor sordo que hace vibrar la cubierta; a un lado, las mangueras de descarga se estremecen cada vez que las bombas extractoras arrojan a través de ellas el petróleo crudo, recién llegado de Nigeria. En el agua se reflejan las luces de la refinería, que se encuentra ahí al lado, tras aquella montaña. 

Dejo el equipaje en cubierta y mirando desamparado como un huérfano a mi alrededor —se van a dormir pronto, aquí— descubro en el puente al oficial de guardia, al cual me aproximo tras procurar revestir a mi chaquetón y jersey de cuello alto del aspecto más marino posibles. 

—Buenas noches... Soy el pasajero. ¿Le han informado de mi llegada? 

Resulta que sí le han informado; que el segundo oficial es un hombre joven y simpático —"de Madrid, me parece"— y que cuando te vas a dar cuenta estás instalado en un camarote con vistas al mar. Y como el barco zarpa mañana a las ocho y dentro hace un calorcillo muy agradable, vas y te quedas durmiendo como un bendito. 

El ruido de los ventiladores y las primeras luces del día me hacen dar un salto de la cama. En cubierta terminaron ya las operaciones de descarga y los madrugadores tripulantes ultiman los preparativos de la partida. Las familias de algunos oficiales han venido a despedirlos —sólo han tenido un día para estar con ellos— y los de la pasarela esperan a que abandonen el buque para retirarla. Cuando salgo al pasillo alguien me ofrece un café, y lo bebo en la cámara, cambiando entre sorbo y sorbo unas palabras con el segundo de a bordo, que se encuentra en la mesa, a mi lado. El Puertollano va a Ras Lanuf, en Libia, a traer crudo. 

El primer oficial, quien no necesita confirmarnos que nació en Cádiz, porque su acento lo pregona por los cuatro costados, se acerca al tocadiscos —"una de las pocas distracciones que tenemos aquí; lo malo es que casi no hay nada que poner bajo la aguja"— y una voz de mujer que es profunda, acariciante, se deja oír teniendo como fondo el murmullo de los motores del Puertollano que, muy despacio, comienza a hacerse a la mar de la mano de los remolcadores. 

Un hombre marchó, 

dejó su casa, 

dejó su ciudad... 

Escombreras queda atrás y el buque, libre ya, va ganando velocidad impulsado por su motor diésel de 7375 Hp. Cartagena se pierde por la popa, oculta tras una densa capa de nubes bajas. Estamos en la ruta del petróleo. 

—Sí; el crudo se trae de Trípoli, Banyas o Libia, a través del Mediterráneo. Antes se iba a Sidón, pero ahora aquello no marcha. También se hacen viajes al mar Negro, por el petróleo ruso. Estos son los viajes más cortos; en los otros vamos a Ras Tanura o a los demás puertos del Pérsico —dos meses de navegación— doblando el cabo de Buena Esperanza... Ese viajecito sí se las trae. Algunas veces, como en el último, traemos de Nigeria o de Maracaibo, en Venezuela. Pero por lo general se carga en el Medio Oriente... ¿A Nigeria? Veintitantos días ida y vuelta, y eso si no hay que esperar turno. 

En el puente, paso un rato con el segundo y un joven agregado que embarcó ayer, recién llegado de la Transmediterránea. El agua y el cielo tiene siempre el mismo color, y las máquinas suenan con monotonía exasperante. Parece como si ni siquiera nos moviésemos, y sin embargo vamos a toda marcha; la costa hace ya un buen rato que se perdió de vista y cada minuto es idéntico al que le precedió. Hablamos de viajes, de racismo, del juicio de Burgos... Después se agotan los temas de conversación y todos vamos sumiéndonos en un silencio cada vez más prolongado. Se respira un aire de resignada indolencia de la que uno, aunque sólo lleva un día a bordo, empieza a sentirse contagiado a pesar suyo; y terminas irremediablemente jugando al ajedrez, o recostado en la borda imaginando cosas. Pero dicen que eso sucede hasta en las mejores familias. 

Aquí los horarios de comidas difieren un poco de los de tierra; once de la mañana y seis de la tarde, pero a todo te acostumbras. El crujir que viene de no sé dónde, y el ruido constante de los ventiladores no me dejan pegar ojo en toda la noche. 

Cuando empieza a clarear por la proa, se distingue hacia el horizonte un cúmulo de gruesos nubarrones con abundante aparato eléctrico; tormenta a la vista. El mar se pica por momentos y a los relámpagos les da por desgarrar las nubes, llenando el agua de reflejos amarillentos. Tras la cortina de lluvia —porque no sé si les habré dicho que además llueve a cántaros— nos cruzamos con las siluetas de dos grandes petroleros, que regresan con las cubiertas casi a ras de mar. Pero ni siquiera la tormenta sirve para dar amenidad a la travesía; en todos los rostros sigues viendo la misma expresión de aburrimiento. Y es que ni un rayo que se colara por la chimenea iba a romper la monotonía de la vida a bordo. A propósito de rayos: ¿qué pasaría si uno cayese sobre el barco? El tercer oficial me mira de un modo raro; a lo mejor se ha figurado que lo estoy deseando, pero lo cierto es que no me haría la menor gracia. Me apresuro a asegurárselo, porque no quiero terminar el viaje en la bodega y cargado de grilletes. 

—Hombre, lo preguntaba por curiosidad... 

Inconvenientes de la leyenda negra del periodista. Por lo visto, la gente está convencida de que cuando surge una desgracia de él, engorda varios kilos. Menos mal que aquí resultan todos bastante razonables. 

—Pues si una chispa eléctrica fuese a dar cerca de esas salidas de gas que hay sobre los palos, podría producirse una explosión. Eso ahora que sólo hay gas en los tanques; cuando van cargados el riesgo es de incendio y hay que andarse con mucho ojo. Esto puede llegar a ser una bomba con chimenea. 

Me lo dice así, y se queda tan tranquilo; yo estoy mirando a un señor que, con una máscara antigás que le cubre el rostro, baja al interior de un tanque vacío —"Están limpiándolos; hay que hacerlo tras cada descarga..."—. Cuando cojo la cámara para hacerle una fotografía, ya se ha metido dentro. A varias millas por la proa nos precede un buque de guerra cuya bandera nos resulta imposible distinguir. Hay gaviotas por todas partes y por ahí cerca, a estribor, debe de estar la costa de África.

2 - El Puertollano estuvo en peligro de ser dinamitado

—¿Que cuándo tengo un permiso? Hace nueve meses tan sólo que entré al servicio de esta empresa, y hasta que cumpla el año no me corresponde. Después, si las cosas marchan bien, hay un mes en casa cada cinco...

Mi interlocutor, uno de los oficiales del Puertollano, sonríe unos instantes con amargura y luego se queda mirando a los hombres que trabajan en cubierta. La estela del buque-tanque va quedando atrás, blanca de espuma. 

—Al menos, los que hacen navegación costera pisan tierra a menudo, pero aquí... Tras dos meses al Pérsico o a donde sea, llegada a Escombreras, dos días para descargar y vuelta a salir para otro sitio. A veces hasta se llega a perder la noción del tiempo que se pasa en estos barcos. Es necesaria mucha vocación para aguantar eso...

Y no me extraña lo más mínimo. Observo que incluso algunos de los agregados más jóvenes, quienes se supone conservan intacta la vocación que les impulsó a embarcar, aparecen hastiados, mostrando en ocasiones una acusada pérdida de interés por lo que les rodea. Sus veinte años se rebelan sordamente contra lo que los mantiene en esta irritante inactividad. Todos recuerdan con melancolía el tiempo en que navegaban recreándose en ello, Liverpool, el Caribe... Se les ilumina el rostro al recordar; lo hacían con ilusión, antes. Ahora este cielo, siempre el mismo, gravita sobre sus espaldas y así lo confiesan sus ojos cansados ya de contemplar el mar. 

—No sé si podré resistir mucho tiempo aquí —me han dicho—. Me gustaría haber terminado ya; quedar en tierra, tener una casa y despertar en ella todos los días… 

—¿Por qué embarcasteis entonces? 

—Desde allá se veía todo muy distinto a como es en realidad; el hombre ha sido creado para habitar la tierra, pero la lección se aprende cuando es demasiado tarde para volver atrás. Encontrarás pocos marinos que, teniendo familia, sientan aún el impulso que los llevó un día sobre la cubierta de un buque. Y es que el mar quema a los hombres. 

—Y si esta clase de vida les cansa, ¿por qué no aceptan un trabajo en tierra? ¿Por qué regresan siempre a ese mar al que con tanta facilidad llegan a aborrecer? 

—Un barco es un mundo aparte. Aunque se impone la convivencia, cada uno conserva su interior celosamente oculto, inaccesible a los demás. Aquí te faltan los puntos de apoyo que necesita el hombre, social por naturaleza. No tienes amigos, ni familia... Te llegas incluso a sentir abandonado de Dios, si tras diez años de vida en el mar aún crees que existe. Después, en un permiso, bajas a tierra y te notas incómodo porque estás acostumbrado a lo otro. También te das cuenta de que no puedes hacer otra cosa, y necesitas dinero para mantener a esa familia que has formado. Acabas regresando a pesar tuyo. Aquí posees al menos una personalidad; te conocen. Es tu mundo. Un mundo que hasta puedes llegar a odiar, pero tu mundo al fin y al cabo. 

Es entonces cuando el marino se va envenenando de amargura, al saberse impotente para escapar a ese destino que ve acercarse tras cada milla que recorre. Hay quien busca una solución en el alcohol. Y esto no sucede sólo en los petroleros; todos los marinos lo han sentido en su carne alguna vez, aunque desde luego, no todos reaccionan del mismo modo...

—Y vosotros, que tenéis veinte o veinticinco años, que sabéis todo esto y podéis ver en los que os rodean lo que va a ser vuestra vida, ¿continuáis embarcados? 

Los agregados me han mirado con tristeza. Son jóvenes, y sin embargo el rostro se les ensombrece al mirar por encima de la borda. 

—Algunos nos echaremos atrás tarde o temprano. Estamos aquí porque ya perdimos demasiados años en la escuela de Náutica antes de saber cómo era esto en realidad; cuando hayamos conseguido ese título que tanto nos cuesta obtener, quizás nos vayamos lejos. Otros permanecen navegando; son los marinos natos, los que creen poder resistirlo. Tienen voluntad, y lo consiguen porque son conscientes de la importancia social del trabajo que desempeñan. 

—Eso suena a tópico... 

—Puede, pero es una verdad como un templo. Es gracias a ese camino que sobre el mar tienden con su esfuerzo y con tantas ilusiones olvidadas a lo que debe la industria petrolera de todo el muerdo el auge en que se encuentra. El crudo es el fluido vital del mundo en que nos ha tocado vivir. Sin él, maquinaria, transportes, industria, todo quedaría paralizado. Ellos lo saben y se mantienen en su puesto. Protestan, sufren... Es cierto: no podemos olvidar que son hombres. Pero por encima de ello está su propia estimación; es saberse peones imprescindibles de ese vasto ajedrez que la humanidad juega desde hace siglos. Ahí encuentran algo que luego, a solas con ellos mismos, les dice que su vida no está desprovista de sentido; y los petroleros siguen cruzando el mar. 

He pasado la tarde haciendo fotografías. El cabeceo del buque no se acaba nunca y por ahí andan rompiéndose cosas; las oigo desde el camarote. En el techo, el último ocupante dejó pegado un dibujo que levanta el ánimo: un barco semejante a un castillo cuyas puertas y ventanas se encuentran cubiertas de gruesos barrotes; de la proa pende un hombre ahorcado. Humor pero que muy sano el de a bordo, palabra. En la cena todo el mundo permanece en silencio; el movimiento del agua produce un malestar general. Sobre la mesa, unas pastillas efervescentes. —“Es vitamina C, para el escorbuto y todo lo demás”—. La radio italiana se dedica a informarnos de lo que pasa en el mundo. El bip-bip de la cabina del radiotelegrafista se está oyendo hasta muy avanzada la noche, y lo cierto es que uno empieza ya a estar harto de tanta inactividad. 

Pero el caso es que no todos se muestran descontentos con su profesión. Ahí tenemos al primer oficial, sin ir más lejos. Resulta que por nada del mundo cambiaría su trabajo, las guardias en el puente, los discos de Mari Trini y María Dolores Pradera... —“¡Tampoco hay que decir que navegar es un infierno, caramba!”—. Y lo dice de un modo que no deja la menor duda. Los marinos son los primeros en estar de acuerdo con que las condiciones económicas, de higiene y confort, son satisfactorias. Pero a veces en tierra parece olvidarse que son hombres como los otros; sienten necesidades afectivas, y que hay cosas a las que nunca podrá desplazar el dinero. Tienen familia; mujer e hijos que les necesitan. Y esta constante separación es más de lo que un hombre llega a soportar.

Lo que el dinero tampoco llega a compensar son los riesgos a los que, en ocasiones, estos hombres deben enfrentarse. No podemos pasar por alto los frecuentes viajes que hacen a zonas epidémicas o de guerra y lo peligroso de la carga que transportan. 

—En abril pasado, cuando fuimos por última vez a Sidón y nos encontrábamos a medio llenar tanques, recibimos un aviso en el que se nos comunicaba el intento de unos comandos para colocar una bomba en uno de los petroleros atracados en el puerto. Ya puede figurarse la noche que pasamos; la cubierta llena de mangueras y extintores y la tripulación de guardia a lo largo de la borda con reflectores.

Y no ha sido la única vez. Otras, mientras cargaban en ciudades de Oriente Medio, les acompañaba un fondo de explosiones y ráfagas de ametralladora procedentes del otro lado de la ciudad. Ahora José Carlos ríe al recordar; tiene veinte años, y además de piloto estudia Económicas. Durante las guardias camina arriba y abajo, como aburrido. Hace proyectos para cuando obtenga el título y pueda bajar a tierra. José Carlos tiene veinte años y está cansado del mar...

3 - Ras Lanuf, zona epidémica

Son las tres de la madrugada cuando, cual pájaro mañanero, me enfundo hasta las orejas en un marino chaquetón y voy a hacer compañía a los que están de guardia en el puente. Allí arriba hace un frío de bigote y la cubierta, como en todos los barcos a estas horas, se encuentra resbaladiza por la humedad. Las islas de la Galita parecen, al pasar frente a ellas, dos enormes monstruos que broten del mar en medio de la noche. El blanco destello del faro ilumina a intervalos sus propios acantilados, a los que las olas golpean con furia. El mar va encrespándose violentamente y al romperse contra el casco del Puertollano hace exhalar a éste un gemido sordo y prolongado. El petrolero se estremece una y otra vez, traicionado por sus tanques vacíos. “Vamos a tener que lastrar”, está murmurando el capitán. Momentos después son abiertas las válvulas y el agua penetra en los depósitos; el balanceo disminuye un poco, pero la proa se hunde en el mar, éste salta hecho espuma sobre cubierta, y tú te agarras a cualquier sitio porque ya no puedes tenerte derecho. “Al menos esto nos sirve de distracción”, dice alguien. Ahora al barco le ha dado por escorarse a estribor, así que me siento en el primer lugar que encuentro, porque el trastazo lo estoy viendo venir. 

A lo lejos se distinguen dos luces; una de intensidad fija, que se desplaza con lentitud y la otra intermitente, siempre en el mismo sitio. 

—Es otro petrolero que dobla cabo Bon. Por lo cerca de tierra que está virando y con la noche que hace, debe de estar pasando un mal rato. 

En la pantalla de radar, luminosa en la oscuridad, puedo ver nítidamente el contorno de la punta que se adentra en el mar y la pequeña manchita que está bordeándola muy despacio. Más tarde, abandonamos la ruta de Suez, Trípoli y Banyas y se pone proa hacia el golfo de Sidra, pasando entre Ras Mostefa y Pantellería. 

—Como el agua siga así no vamos a poder fondear en cuanto lleguemos a Ras Lanuf. Tendremos que esperar dando vueltas por allí...

El día amanece cubierto de nubes, aunque de vez en cuando el sol se filtra entre ellas y se da un paseo por aquí abajo. El mar tiene un color gris plomizo. Después de comer, los oficiales colocan en la cámara un arbolito con bolas de cristal y guirnaldas. Dentro de tres días será Navidad. 

El viento está soplando con ganas y el oleaje no acaba nunca de calmarse. Un par de veces la gorra está a punto de largárseme por la borda. Apenas si se ve alguien sobre cubierta; el viento y el sueño los retienen a todos en sus camarotes. En el alerón, el segundo oficial toma con el sextante la altura del sol para fijar nuestra posición. 

—¿Puedo subir al mástil para tomar unas fotografías? 

—Bueno; pero tenga cuidado si está el radar funcionando. Dicen que, entre otras cosas, sus radiaciones producen esterilidad...

Eso por si faltaba algo. Así que ya lo saben: ojo con los radares, hermanos. Y es que parece que no, pero cualquier semejanza de un petrolero con un centro psiquiátrico es mera coincidencia. Y ya que estamos con la cosa de las navegaciones largas y tal, a ver si puedo enterarme de una vez si los grandes “todo a popa” le están dando la puntilla definitiva al canal de Suez, o si todavía se abrigan esperanzas de volverlo a utilizar como ruta petrolera. Porque hasta ahora llevo escuchadas dieciséis versiones distintas al respecto...

—Lo que es indudable es que la guerra árabe-israelí está dejando por completo impracticable el canal para la navegación —me informa el primer oficial, el de los discos de Mari Trini—. Dejando aparte lo de las minas y barcos hundidos, si quedara libre hoy mismo aún serían necesarios muchos meses para dragar la arena que se ha ido acumulando en su fondo desde que empezó la guerra. De todos modos, allí hay tela para rato. 

—Y en caso de que pudiera ser abierto nuevamente ¿no sería ya de poca utilidad a los grandes petroleros que se construyen actualmente? Por sus dimensiones, apenas van a poder usarlo...

—A la ida, cuando marchasen de vacío, sí podrían. Un “todo a popa” cruza el canal sin problemas si en sus tanques no hay nada. Una vez cargado iba a ser imposible el regreso por el mismo sitio, pero de todos modos se acortaría considerablemente, cerca de quince días, el viaje al golfo Pérsico. Usando Suez sólo tendríamos que rodear África una vez, a la vuelta. Y ahorrarse quince días de navegación no es cualquier cosa. 

No, si ya; ya me voy dando cuenta. Si tuviera que pasar dos meses sin pisar tierra firme, a bordo de un chisme de estos, iba a tener un hermoso sepelio marinero. Tan sólo llevo cinco días y voy por los pasillos como un alma en pena. Y de bajar a Ras Lanuf, nada; ayer por la mañana, cuando con la mayor diplomacia abordé la cuestión, el capitán me informó de la imposibilidad de poner pie en suelo libio. 

—El oleoducto se encuentra mar adentro, en unas boyas. De todos modos, aquel lugar sólo es un desierto...

Don Daniel Reina me lo dijo muy serio, así que a reprimir los anhelos de libertad tocan; otra vez no será. Y a propósito de subir y bajar, ¿qué tal el asunto del cólera? 

—Tenemos que andar con mucho cuidado —me han dicho hace un momento—. En el último viaje no dejábamos subir a nadie a bordo. No podemos correr el riego de un contagio. A pesar de las precauciones que nosotros tomamos hay que dejar transcurrir cinco días desde que salgamos de Libia hasta la bajada en Escombreras. Un plazo preventivo, y eso que antes de salir nos vacunaron a todos, los de Sanidad. 

Toma, y a mí. El cólera, la viruela y la fiebre amarilla; aún tengo los brazos que no los siento, en serio. Y por si alguien alberga dudas, aquí me tiene firmando un documento en el cual un servidor “releva de responsabilidad a los fletadores y armadores, y renuncia a toda acción legal o reclamación de daños, enfermedad, accidente o muerte que el que suscribe pueda sufrir...”. A esto llamo yo previsión. Casi nada. 

y 4 - Navidad en el golfo de Sidra

Hoy es el segundo día que el buque-tanque Puertollano amanece en el puerto petrolero de Ras Lanuf, en la costa de Libia. El día de ayer lo pasamos fondeados a tres millas de la costa, una delgada línea pardo-amarillenta en la que apenas se distinguen los achatados cilindros grisáceos de los tanques de crudo. No estamos solos; tres barcos llenan ahora sus depósitos en las boyas flotantes situadas entre nosotros y tierra. A nuestro alrededor, otros tres petroleros aguardan igualmente su turno para aproximarse, y el sol hace ya un rato que se levantó en el cielo, tras aquel espigón que avanza con tenacidad entre el oleaje que lo cubre de espuma. 

—Ya se acerca el práctico. 

Pues iba siendo hora, caray. Con ayuda de los prismáticos pueden verse media docena de cobertizos en tierra, y una carretera cubierta de arena que corre paralela a los “pipelines” que se extienden desde los tanques al agua. En Ras Lanuf —que, por cierto, pertenece a la Mobil Oil Co.— hay diez prácticos: cinco alemanes, cuatro ingleses y un noruego. ¿Cuánto tiempo deben pasar aquí? 

—Estos pueden marchar a casa cada cuarenta días y los sueldos llegan a ser bastante buenos. Cuando necesitan algo urgente, un médico o lo que sea, utilizan una avioneta que tienen en un campo cercano y van a Trípoli. No están mal del todo...

Se nota, vaya que sí. Y por si hay dudas, ahí está el práctico subiendo la escala con un “walkie-talkie” en bandolera; apenas llega al puente, empieza a dar instrucciones por el transmisor-receptor y todo se pone en movimiento. Herr Hille es un alemán rubio y sonrosado, como los que vemos en las películas vestidos con el uniforme de la Wehrmacht, y doy fe de que le encanta el brandy español. El barco se acerca a las boyas y el ancla se hunde en el mar haciendo vibrar la cubierta. Unos pequeños remolcadores van tendiendo los cabos y el Puertollano se coloca junto a las balizas de carga. —“Ahora vendrán los de la aduana”—. Yo estoy en cubierta, filmando a los libios que trabajan en los botes y que me saludan agitando la mano. El primer oficial se me acerca con aire de misterio. 

—¿Declaró esos chismes antes de embarcar? 

Los chismes son mis aparatos fotográficos, y le digo que lo hice en tierra, pero que no me dieron justificante; no me volví a preocupar de ellos. 

—Ya los está escondiendo, porque como se los vean los de aduanas se los cepillan...

Una juerga, vamos. Y esos señores que ya están subiendo la escalerilla. Salgo disparado hacia mi camarote y me falta tiempo para meterlo todo bajo siete llaves; jadeando como una bestezuela voy al pasillo y me doy de narices con cuatro libios de uniforme que me saludan muy serios. Después resulta que el capitán tenía una declaración de mis máquinas y tal, redactada por no sé quién, la cual las pone a salvo de aduaneros escrupulosos; así que me dejo caer en un sillón de la cámara, exhalando suspiros de alivio. La cosa no es para menos. 

Tras dar un paso por el barco, los militares se ponen a sellar documentos y autorizaciones mientras trasiegan Coca-Cola; uno de ellos lleva un revólver de seis tiros con balas en la recámara y un bigote que le cubre el labio superior. Ultimados los trámites, quedamos autorizados para efectuar la carga y se marchan como vinieron. El del bigote me da la mano y después se la lleva al pecho; cosas de los libios. Pero lo importante es que aquí no ha pasado nada y la cubierta comienza a bullir de actividad: la baliza de la manguera submarina de carga es izada a bordo y conectada a los tanques. El petróleo va llenando los 27 depósitos del Puertollano a un ritmo de 3.000 toneladas por hora. Sin embargo, lo único que este momento nos preocupa es que son las once de la mañana y tanta visita ha terminado por abrirnos el apetito. 

Herr Hille nos acompaña en la mesa y nos cuenta que conoce Barcelona y Málaga; pero suele permanecer silencioso, atento a las noticias que desde tierra le llegan por el transmisor-receptor que ha colgado del respaldo de la silla. Pasará todo el día con nosotros, así que José, el camarero, lo conduce a un camarote. El largar amarras está previsto para las ocho de la noche, la hora en que se supone deberíamos estar celebrando la Nochebuena, pero el trabajo es lo primero. 

Las mangueras de carga producen un murmullo constante y el olor a crudo es muy fuerte en la cubierta. Por todos lados hay equipos de extinción listos para ser usados a la menor señal de emergencia. Junto a la escotilla de un tanque, el primer oficial inspecciona el interior, que va llenándose lentamente. La salida de gas es muy acusada y se enturbia la visión a través de ella. 

—Tanto gas es perjudicial: si uno está quince segundos asomado ahí, coge una trompa que le hace caerse de espaldas. Equivale a una botella de ron. Yo me voy de aquí porque ya no puedo más. 

Bajo el alerón de estribor, el tercer oficial juega una partida de ping-pong con Yanqui, el radiotelegrafista. José Carlos ha encontrado unas obras completas de Somerset Maugham y Bruno se dedica a pasear con las manos en los bolsillos; el tedio de la espera ha vuelto a adueñarse del barco. 

Y como no hay otra cosa que escribir, creo llegado el momento de informarles de que el Puertollano fue construido en El Ferrol por la E. N. Bazán, que desplaza 26.100 toneladas, desarrolla quince nudos y quema fuel en marcha y gas-oil en maniobra... Pero todo eso debían ya de saberlo ustedes a estas alturas del reportaje, así que no insisto demasiado en el tema. Además, para obtener esos datos, basta con buscar en cualquier lista oficial de buques. 

“Y busco senderos 

entre las montañas 

que van al mar...” 

El tocadiscos sigue desgranando siempre la misma canción. El práctico acaba de anunciar que los depósitos estarán llenos a las siete en punto; las gaviotas describen círculos sobre nosotros y a uno de los marineros han estado a punto de destrozarle la mano de un picotazo. Incluso ellas parecen al colmo del aburrimiento. Sobre Ras Lanuf comienza a bajar el sol, y de tierra viene un viento que produce escalofríos. 

Nunca había visto anochecer en el desierto, y debo reconocer que es un espectáculo impresionante. El sol, convertido ya en un disco rojo de contornos perfectamente delimitados, va descendiendo hacia la línea del horizonte; la arena comienza a enrojecer y las últimas luces, reflejadas en las dunas, tornasolean entre los jirones de nubes que parecen detenerse unos instantes. El tamaño del disco va decreciendo hasta no ser más que una pequeña porción de sol concentrado que desaparece bruscamente; es entonces cuando todo Ras Lanuf parece arder, como si se hubiesen inflamado los depósitos que ya apenas pueden verse a lo lejos. Y ese resplandor, que sólo dura unos instantes, se va apagando como una brasa que se enfría en la oscuridad; el agua recobra su color verde esmeralda y a lo largo de la costa se enciende el rosario de luces de los petroleros. El hechizo se ha roto, pero nadie parece notarlo; todos se encuentran concentrados en su trabajo. Y es que había olvidado que el Puertollano debe zarpar esta noche. En cubierta se llenan los últimos metros de los tanques. Provistos de linternas, los tripulantes observan el nivel ascendente del líquido pardo oscuro, casi negro. 

—Hay que dejar una cámara de aire; el tanque no debe llenarse hasta la misma escotilla porque entonces, si el líquido se dilata a consecuencia del calor, existe el peligro de que rebosen los depósitos. Por eso tenemos colocado ahí este listón de madera con una escala grabada; cuando el nivel llega a la señal, cerramos las válvulas y todo en orden. Estos van terminándose —son los más grandes—. Los otros ya están cerrados. 

Por la pequeña escotilla abierta en la tapa del tanque, el gas sube con fuerza, y tengo ocasión de experimentar personalmente los efectos contra los cuales me previno antes el primer oficial. Las emanaciones hacen el aire prácticamente irrespirable. Sobre la pasarela, el práctico alemán lo supervisa todo, incansable. De vez en cuando se detiene y, vuelto hacia tierra, habla con alguien que debe encontrarse en ella, junto a las luces que señalan la ubicación de los depósitos. Herr Hille sonríe un instante y vuelve a medir con sus pasos apresurados la pasarela. Esta noche desea encontrarse pronto en tierra. 

—Ya están todos los tanques llenos y cerrados. Todo listo para la maniobra...

Nos vamos al puente, desde donde el capitán y el práctico dirigen ya la salida del petrolero. El oleoducto submarino es devuelto al agua, se recogen cabos y anclas y el Puertollano va saliendo del círculo de balizas. Ras Lanuf se apaga por la popa y Herr Hille hace ya un rato que descendió por la escalerilla hasta la embarcación que le aguardaba junto al costado; después se alejó, fundiéndose con la oscuridad que lo llena todo. Lo último que vemos antes de adentrarnos en las aguas del golfo de Sidra son los faros de un automóvil que recorre la carretera cercana a la costa. 

Más tarde, sentados a la mesa ante una cena idéntica a la de otros días —la de Nochebuena ha sido aplazada a causa de la maniobra— hemos permanecido en silencio, sin atrevernos a abrir la boca. Esta noche se respira en el mar una brisa de tristeza. En algún sitio se escucha una grabación magnetofónica con villancicos, que el capitán guardaba para hoy. Bajo el árbol de Navidad cubierto de algodón —no tenemos nieve a mano— han colocado un pequeño Nacimiento de plástico. El segundo oficial ha perdido una botella de champagne a los dados; hemos estado buscando un trozo de turrón por todo el barco, pero el que hay se guarda para la cena de mañana. 

Ya en la soledad del camarote, he celebrado la Navidad tendido sobre mi litera, escuchando los pasos del tercero que se encuentra de guardia en el puente. Se me han acabado los cigarrillos, y ni siquiera pueden verse las estrellas.