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17 septiembre 2026

"El fascinante caos que nos parió a todos": Leyendo a Pérez-Reverte

Paolo Luers – paololuers.com - 17/09/2026

Por años he leído, aparte de sus libros, cada semana la columna "Patente de Corso" de Arturo Pérez-Reverte. A veces me convencen, a veces no, pero nunca aburren. A principios de septiembre, la columna se mudó al periódico ‘El Mundo’, y ahí ya no es gratis la lectura. ‘El Mundo’ te obliga a suscribirte, y yo no estaba listo para hacerlo. Ya demasiado estoy pagando mensualmente para leer ‘El País’, ‘The New York Times’, ‘The Wall Street Journal’, ‘The New Yorker’, ‘Der Spiegel’ y ‘Die Zeit’ en Alemania.

La primera columna de Pérez-Reverte en su nueva casa la pude leer solamente porque alguien puso en Twitter/X la foto de la contraportada donde está impresa. Se llama "¿Contra quién va a votar usted?", y no me convenció. No me gustan los juicios sumarios contra toda la clase política. Recomiendo que la lean y que cada uno se forme su opinión. La pueden leer gratis, pues lo que no sabía era que Pérez-Reverte está publicando sus columnas cada domingo en ‘El Mundo’, donde no es gratis, pero la vuelve a publicar el jueves siguiente en el sitio Zenda, fundado por él. En este sitio de literatura y diálogos culturales la lectura es gratis.

Hoy sale en Zenda la segunda columna, titulada "La venganza del Mediterráneo". Y esto es el Arturo Pérez-Reverte que me gusta. Me sorprende, me hace reír y pensar. Cuando en Europa y Estados Unidos todos discuten cómo detener y revertir la migración; cuando España está en shock sobre lo que pasó en Ceuta, la invasión inesperada de decenas de miles de marroquíes, Arturo no hace un análisis político de quién es responsable de esta crisis, sino publica una columna que nos dice que nos relajemos, que esto es la esencia del Mediterráneo. Lo que durante siglos pasó, ahora pasa y estará pasando siempre en el Mediterráneo, para el autor, no es una maldición, aunque a veces provoca crisis. Es la bendición de los pueblos que comparten este mar y que a través de el mezclan sus culturas, lenguas, comidas y formas de vivir y pensar.

Es refrescante leer, en medio de la discusión imbécil sobre identidad nacional y pureza cultural que tiene ocupado a Europa, la reseña que Arturo Pérez-Reverte hace del Mediterráneo como espacio de intercambio de culturas y religiones. Estos son los textos que necesitamos escribir, leer y discutir en nuestra Europa en búsqueda de su identidad y del denominador común entre sus naciones miembros. Por supuesto, la identidad es la historia común de mestizaje. Este es el Arturo Pérez-Reverte que necesitamos.

No se asusten cuando de repente Pérez-Reverte ceda ante la tentación de jugar a analista político y escribe textos mal pensados sobre la clase política de la democracia liberal. Simplemente esperen el siguiente jueves y una nueva columna que les mueva el piso con perspectivas inesperadas que permiten entender el mundo loco en que vivimos con Trump, Putin, los nuevos nacionalistas y las democracias cansadas.

Escribiendo sobre "el fascinante caos que nos parió a todos", Arturo llega a una conclusión que puedo compartir sin reserva: "Los ultranacionalistas patinan como parvulitos. Eligen el peor escenario para esencias eternas y razas puras. El Mediterráneo escucha impasible, con la atención que dedicaría a unas gaviotas discutiendo por una raspa de sardina…". No tengo nada que agregar.

https://www.paololuers.com/columnas/el-fascinante-caos-que-nos-pario-a-todos---leyendo-a-perez-reverte

01 septiembre 2026

"Este periódico me obliga a estar más despierto, me exige más lucidez"


Antonio Lucas y Juanma Lamet - El Mundo - 01/09/2026

A los 74 años, con la vida bien apurada y lo aún por vivir como un estímulo grande, Arturo Pérez-Reverte ha decidido dar un golpe de timón en su aventura de periódicos. Treinta y tres años después de comenzar sus colaboraciones en 'XL Semanal', ha dado por concluida esa larga expedición y, después de unas semanas de descanso, comienza a escribir en 'El Mundo'. A partir del próximo domingo alojará sus artículos, titulados 'Patente de corso', en la contraportada de este periódico. Meses de conversaciones quedan rematados en este impulso bueno que lo trae hasta la redacción de la Avenida de San Luis, en Madrid. Uno de sus principios es responder siempre a los desafíos.

Es académico de la Lengua y el narrador español vivo de mejor impacto internacional (más de 27 millones de ejemplares vendidos en todo el mundo). En el articulismo tiene la senda hecha pero aún le quedan batallas que dar, observaciones que hacer, nostalgias que desanudar. Gasta una sastrería convencional que oculta a quien se mueve por la vida sin dogma, por eso algunos sexadores de ideas no saben en qué bando lo han de ubicar. Exactamente ése es su sitio: la frontera entre algún lugar y cualquier lugar. Como los mares.

—Bienvenido a 'El Mundo'.

—Gracias. Estoy aquí, sobre todo, por algunos amigos. Más concretamente, por un par de ellos. En este periódico tengo buenos colegas y algún enemigo. A los primeros conviene tenerlos cerca y a los otros, más cerca todavía. 'El Mundo' es un buen lugar donde estar.

—¿Qué significa para usted el salto a este diario?

—Hay un componente sentimental bastante acusado. He escrito en el 'XL Semanal' durante 33 años y estuve bien allí. No me fui por ningún motivo concreto, pero sentí que un ciclo terminaba. En 'El Mundo' me ofrecieron colaborar y lo acepté. Ésta es una redacción viva. Me recuerda, en algunos aspectos, a los viejos tiempos de mis inicios en el diario 'Pueblo'. Además, aquí también estuvo Raúl del Pozo más de tres décadas. Y Raúl era mi vínculo con ese otro periodismo que ejercí en su momento: bronco, de calle y acción. Habitar el espacio donde Raúl escribió hasta el fin de su vida y vincularme al lugar de amigos tan importantes para mí es una sensación grata. Veremos si decepciono o no. A veces creas expectativas que no siempre están a la altura de la realidad. Espero que el interés y el afecto demostrado merezcan la pena. Y que en 'El Mundo' no se arrepientan.

—Mantendrá el título de la columna, 'Patente de corso'. ¿Qué pueden esperar los lectores en esta nueva etapa?

—Lo mantengo por varias razones. Primero, porque llevo 33 años con él. Uno de mis libros se titula así y la forma de expresar mi opinión está bien reflejada en él. Vaya donde vaya irá conmigo. Es mi patrimonio. Un patrimonio personal para lo bueno y lo malo. Los artículos que ahora publicaré en 'El Mundo' mantendrán ese espíritu. No voy a hacer artículos más políticos, ni necesariamente ceñidos a la actualidad... Haré lo que siempre he hecho: desplegar mis intereses, curiosidades y rechazos, mis lecturas, mi memoria, la literatura, el cine... Sólo cambia el medio al que ahora me vinculo, el contexto, el entorno. Pero mi escritura seguirá siendo la misma.

—Suele advertir de que sus artículos son, principalmente, subjetivos.

—Porque lo son. Aceptar la propuesta de 'El Mundo' implicaba un riesgo: este periódico, como casi todos, prioriza la información política. Mi reserva tenía que ver con que me pidieran una mayor implicación en el columnismo político. Entre otras cosas, porque mi opinión sobre esos asuntos es subjetiva. Yo no soy un analista, sino un observador con la suficiente edad y experiencia como para saber interpretar lo que veo. Escribiré sobre política cuando sea oportuno o cuando me parezca bien. Pero que el lector no espere de mí una implicación política constante bajo ningún concepto.

—¿Ha influido su momento vital a la hora de decantarse por este periódico?

—Tengo 74 años y a esta edad uno corre el riesgo de relajarse o ser previsible. 'El Mundo' me obliga a permanecer despierto, me exige lucidez. Es como navegar: el mar te obliga a estar atento y pendiente del barómetro, de aquella racha de viento, de aquel destello, de una nube a lejos... El mar te mantiene vivo por la saludable incertidumbre que genera. Incorporarme a este periódico me provoca esa saludable incertidumbre. Me saca de mi rutina. Me encontraré con nuevos lectores que quizá se sumen a los que ya me acompañan desde hace tres décadas. Y eso sucederá en un espacio diferente y, además, en un momento muy delicado de España.

—Los artículos de 'Patente de corso' son también una autobiografía en marcha.

—Algunos lectores me sugieren que escriba mi autobiografía, pero ya la he escrito. Acumulo más de tres décadas de artículos, en las cuales he contado de todo: recuerdos personales, historias de guerra, viajes, broncas, peleas, amigos, muertes de amigos, hallazgo de amigos, opiniones políticas, opiniones sociales, religiosas... Mi biografía está ahí como lo está en uno de mis libros recientes, 'Enviado especial', que reúne mis reportajes de guerra. Entre unas piezas y otras está mi vida. En los artículos no invento porque he gozado de una existencia bien agitada, muy movida. Me han pasado cosas buenas y malas, y todo eso lo fui echando a la mochila. Trabajo con ese capital acumulado y seguiré sacando material de esa mochila. Voy dando mi biografía poco a poco, semana a semana. Aún me quedan, por suerte, cosas que contar. De otra manera no estaría aquí. E, insisto, este periódico me obliga a estar muy atento a cómo las cuento.

—Un cambio notable respecto a su etapa anterior es que ahora publicará los domingos en la contraportada del periódico.

—Es un lugar de honor que agradezco. Estar en las páginas interiores me habría obligado a mantener un vínculo mayor con la actualidad. Y, ciertamente, no quiero estar atado a ella. A mi edad los artículos empiezan a volver la mirada atrás con frecuencia. Al futuro no miro porque futuro no tengo ya. Sólo veo presente y pasado. Publicar en la última página me facilita escribir con libertad, incluso un poco ajeno a lo inmediato si es preciso. Insisto: los amigos que me conocen han acertado con el lugar donde alojarme.

—Dice que el periodismo donde aprendió este oficio ya pasó a mejor vida. ¿Qué espera hoy de un periódico?

—Me acerco a ellos con más curiosidad que afán informativo. Leo prensa escrita para contrastar más que para estar al tanto. La irrupción de las redes sociales ha cambiado radicalmente nuestra relación con los periódicos. Al amanecer sabes lo que está sucediendo en el planeta por las redes sociales y por la radio. Por eso me acerco a los periódicos para leer a otros columnistas, algunos amigos míos, por si ofrecen claves o enfoques distintos. En los periódicos busco criterio. El error grave es leer un solo medio informativo, por objetivo y limpio que pueda ser.

—Cambia de cabecera en un momento político convulso.

—A mi edad he asistido a los retos suficientes como para saber hacer un balance ajustado de la realidad. He padecido parte del franquismo, he vivido la Transición, he participado de la llegada democracia, he visto cómo se boicotea la democracia desde dentro... Ahora me siento más testigo que partícipe. Un periodista joven tiene la obligación de participar activamente en la batalla de su tiempo, sea la que sea. Se le debe exigir un compromiso con la verdad, con la justicia, con la honradez, con la decencia, con la ecuanimidad, con la objetividad... Pero yo no soy joven y ahora me corresponde observar. Mi papel en estos tiempos no es militante... ¿Que cómo veo yo el mundo? Es de lo que quiero hablar en mi 'Patente de corso', con la libertad que me conceden mi biografía y mi página. Vienen tiempos convulsos, evidentemente, y de eso quedará reflejo en mis artículos con ironía, con incredulidad, con humor, con sarcasmo. No tengo ya interés en ondear banderas. He visto a demasiados canallas, sinvergüenzas y mangantes envolverse en ellas. 'Patente de corso' es un lema de vida. Los corsarios no tienen dios ni amo.

—Nunca ha esquivado un debate fuerte.

—He publicado artículos sobre política, religión, nacionalismo o fútbol que han provocado reacciones tremendas. No me preocupa. Voy a seguir haciéndolo.

—¿La situación en Ceuta puede generar un estallido social?

—De hecho, me sorprende que no haya ocurrido aún. Esto demuestra que la gente tiene una paciencia extraordinaria. Y una lucidez y una prudencia asombrosas. Los ciudadanos son conscientes de que un estallido no tendría vuelta atrás y por eso se están reprimiendo. Pero todo tiene un límite. No podemos forzar la bondad y la prudencia de la gente. Esa situación, tal como está, es insostenible. Por mi experiencia de viejo reportero sé que cuando empujas al ser humano a callejones sin salida se revuelve y aflora la violencia. Me asombra que aquel a quien corresponde vigilar y prever estas cosas no considere peligroso el polvorín de Ceuta. En cuanto haya un incidente, un muerto, una pelea grave será tremendo. La pasividad casi criminal del Gobierno en estos hechos es de una imprudencia pasmosa. O no saben lo que es el ser humano o les importa un carajo. Creer que un estallido social en Ceuta puede ser útil para avivar el miedo a la extrema derecha es otro error y la gente no se lo va a tragar.

—Y el Gobierno español no le planta cara a Marruecos...

—Otro error imposible de justificar.

—En algunos ámbitos de poder en Marruecos hablan de Ceuta y Melilla como "territorios ocupados" sobre los que tienen "derechos históricos y geográficos".

—Desconozco qué hará Marruecos al respecto, pero demasiada gente en España olvida o ignora que Marruecos tiene la diplomacia más fina y sofisticada del mundo árabe. La integran familias que desde hace generaciones se educan para eso. Marroquíes muy bien preparados, gente que viaja, estudia fuera, habla idiomas, y uno por uno le dan mil vueltas a los payasos que a menudo tenemos aquí como ministros de Exteriores. Los torean por los dos pitones sin despeinarse. Pero además hay otro factor importante: Marruecos, militarmente, tiene más el respaldo de EEUU y de Israel. Eso nos deja una situación de inferioridad diplomática y geopolítica. España todavía tiene herramientas para frenar la agresión marroquí, pero utilizarlas sería adoptar una posición de firmeza, de entereza internacional, que les viene grande al Gobierno y a nuestra diplomacia. España no está capacitada en este asunto. Sobran marionetas como el ministro Albares. Necesitamos diplomáticos de mejor nivel.

—La inmigración es ahora el gran eje de la política internacional.

—Les remito al que será mi segundo artículo en la contraportada de este periódico.

—Sostiene que asistimos a la decadencia de Europa. ¿Qué le atrae de este momento histórico?

—He visto la caída de muchos mundos. El mío, por ejemplo. Aquel de mi infancia y mi juventud. Lo digo sin lamento. He visto la atrocidad en Sarajevo, en Nicaragua, en Líbano... Pero en esos desastres yo sólo era un turista profesional. Iba allí con mi pasaporte en el bolsillo, un billete de avión, miraba, escuchaba, lo escribía y regresaba. No era mi mundo el que ardía en Sarajevo, ni en Managua, ni en el Golfo, ni en Beirut. Ahora es mi mundo el que empieza a arder. Asistimos al final de eso que llamamos Europa y Occidente. Ver cómo Cervantes, Platón, Aristóteles, Dante y tantos otros están condenados a muerte... Ver cómo 'Las meninas' es pasto de masas que se plantan delante apuntando al cuadro sus teléfonos móviles y lo miran por la pantalla... Ver cómo Europa es un parque temático que perdió, con sus errores y sus aciertos, el sitio como referente mundial y es despreciada y ridiculizada... Son demasiados estímulos adversos. Nuestra Europa de 3.000 años de memoria escrita, en la que fui educado y en la que todavía soy muy feliz leyendo, navegando por ella y viajando, se desmorona ante los nuevos bárbaros, que somos nosotros mismos. Porque nosotros somos nuestros bárbaros. Es un espectáculo muy interesante.

—¿La edad le ha hecho más escéptico?

—Bastante. Hoy está todo manoseado por los peores: religión, patria, bandera, honor, nación... Cuando lees a los griegos y a los latinos te das cuenta de que ya todo estaba escrito. Pienso en Suetonio, en Tito Livio, en Séneca, en Jenofonte. De ellos he extraído palabras e ideas donde me refugio. La vida no me ha hecho un cínico. Podría haber sido así, pero los libros, los amigos y algunas pocas cosas más me han mantenido lejos del cinismo. Puedo ser irónico, sarcástico o amargo, pero nunca un cínico. Aún sigo creyendo en unas cuantas cosas.

—Reivindica la cultura también como una herramienta defensiva.

—Porque lo es. Y nutritiva. Y revitalizante. Y fundamental para sobrevivir y mantener en pie lo que queda del mundo que importa. Los canallas llevan décadas desmontando la cultura y eso es terrible, pues nos deja indefensos en manos de todos los manipuladores. Si hubiera un Núremberg cultural en España iban a faltar sogas para tanto ministro de Educación y de Cultura.

—¿Y en qué ha cambiado, si es que ha cambiado, su forma de relacionarse con la literatura?

—Soy, sobre todo, un lector que escribe novelas. Eso no ha cambiado, aunque sea un lector diferente. Cuando era joven me acercaba a la literatura para descubrir el mundo. Era una primera fase. Más tarde, la literatura pasó a ser una forma de entender y de soportar el mundo en el que vivía. Y ahora, en la vejez, la literatura es una forma de reflexionar y mirar hacia atrás. La literatura que me dio certezas cuando empecé con ella, muy joven, con el tiempo me las ha quitado. Ahora tengo menos certezas que antes.

—En octubre publica nueva novela, 'La hipótesis más peligrosa'. ¿Qué trae de nuevo?

—Tiene bastante que ver con lo que hemos estado hablando. Narra la historia de un chico joven que busca al padre que no conoció, que trafica con arte en un velero por el Mediterráneo y se embarca con ese padre recobrado con el que nunca ha convivido. En ese viaje descubre aspectos de sí mismo, completa su memoria y aprende sobre historia. Es una novela de aventuras, policial, de intereses culturales. He sido muy feliz escribiéndola. Espero que los lectores sean felices leyéndola.

—Este año hay elecciones en la Real Academia Española, a la que pertenece. ¿Qué relación mantiene ahora con la Casa?

—Lo sabrán ustedes en un próximo artículo. Quizá el cuarto de mi nueva etapa. Quizá el quinto. Qué sé yo...

https://www.elmundo.es/papel/cultura/2026/09/01/6a971b9ae9cf4ae40c8b459d.html

Vídeo:

https://www.youtube.com/watch?v=IadgKwnRw7U

Pérez-Reverte escribirá su 'Patente de Corso' para 'El Mundo'

El reportero Pérez-Reverte que estaba allí

Alberto Rojas - El Mundo - 01/09/2026

Notábamos el cortisol saliéndonos por las orejas. El cuerpo detecta antes que la cabeza cuándo has cruzado una línea que no deberías traspasar. Ni los pájaros cantaban. El sonido de un dron interrumpió ese silencio inquietante. Un cuadricóptero ruso armado con una carga explosiva se colocó sobre nosotros y nos miró durante los 30 segundos más largos de nuestras vidas. Mi traductor quiso correr hacia los árboles, pero el soldado ucraniano que nos acompañaba hizo un gesto con la cabeza para que se quedara quieto. El piloto de dron, por razones que jamás conoceremos, no quiso matarnos aquel día. Cuando por fin nos movimos, nuestros pies pisaron cristales rotos. Entonces recordé que todo esto ya lo había leído: "Territorio comanche es el lugar donde el instinto aconseja dar media vuelta y se camina escuchando los cristales rotos bajo las botas". Sí, Arturo estaba allí.

La generación de reporteros que nos destetamos con las crónicas de Arturo Pérez-Reverte descubrimos sobre el terreno que él ya había estado allí antes que nosotros. No sólo físicamente -en el Líbano, en el Sahara, en los Balcanes, en Cisjordania-, sino lingüística y conceptualmente. Que las palabras que necesitábamos para explicar el horror de lo que veíamos ya existían, acuñadas con precisión quirúrgica en algún hotel sin agua caliente de Sarajevo, en algún control de carretera sin nombre del Líbano o en la selva de Angola. Pérez-Reverte fijó a fuego unos cánones quizá ya definidos antes por otros artesanos del oficio como Manuel Leguineche o su admirado Jean Lartéguy. Los soldados siguen hoy fumando en las trincheras con la brasa oculta en la palma de su mano, el frente sigue teniendo un olor inconfundible a goma quemada, metal derretido y basura vieja y siempre queda champán en los bares de las ciudades en guerra.

A veces, en un hospital de campaña lleno de mutilados, un cementerio con cientos de tumbas recientes o una posición de artillería me preguntó cómo lo hubiera contado Arturo. Aunque quizá Pérez-Reverte no sólo escribió sobre la guerra: escribió un manual de instrucciones que los demás hemos ido usando mientras la vivíamos. El hotel de los periodistas como ese espacio liminal donde conviven el miedo, el alcohol, la camaradería y la información, la soledad del testigo como la conciencia de que estás viendo algo que el mundo necesita saber pero que nadie, salvo quienes han estado allí, va a entender del todo por mucho que te esfuerces en describirlo, ciertas dosis de cinismo necesario como coraza emocional, la tierra de nadie no sólo geográfica sino moral donde las reglas normales no aplican y el periodista debe seguir su propia brújula ética. "El síndrome de Ulises", "la mirada de los mil metros", "el síndrome del superviviente" o "la línea de no retorno" son ya las llaves maestras de muchas cajas de herramientas, el mundo 'revertiano' como legado intergeneracional.

El reportero Pérez-Reverte estaba allí y ahora es un privilegio para nosotros que el periodista más influyente de su generación esté aquí, en el diario que de verdad lee.

https://www.elmundo.es/papel/2026/09/01/6a9718efe85ece0d6f8b4575.html

Arturo a bordo

Jorge Bustos - El Mundo - 02/09/2026

«Nació con el don de la risa y la intuición de que el mundo estaba loco, y ese era todo su patrimonio». Estará de acuerdo Arturo Pérez-Reverte en que este, el de 'Scaramouche', es uno de los mejores arranques de la historia de la literatura. Solo un talento fastuoso o uno de esos instantes de gracia que las avaras musas no prodigan permiten a un escritor capturar la mente de varias generaciones con la primera frase. Reverte lo sabe bien porque a mediados de los 90 él también experimentó el divino soplo: "No era el hombre más honesto ni el más piadoso, pero era un hombre valiente. Se llamaba Diego Alatriste y Tenorio".

La originalidad de la obra de Sabatini estriba en que su arco narrativo desanda el camino del héroe clásico: empieza presentando a un cínico que va progresando hacia el idealismo. Alatriste, en cambio, no puede dejar de ser otro quijote cansado que honra un código de bizarría innegociable incluso cuando asesina por encargo. Si el lacónico Alatriste desahoga su indignación moral con la espada, su padre recurre a la tecla cada vez que el mundo le desafía. Porque el mundo está mal hecho desde que lo habitan los hombres, y a menudo no queda sino batirse.

No hay muchos escritores vivos (mucho menos españoles) que hayan legado un personaje inmortal a la cultura popular de su país. Ni que hayan vendido 30 millones de ejemplares en todo el mundo. Ni que hayan ganado su independencia y hasta su barco al ejercicio exclusivo de la escritura. Pero no conviene equivocarse con Reverte: su ferocidad de polemista enmascara al moralista cordial que no transige con la vileza ni con la estupidez, y pese al sillón de académico nunca pasará a la reserva de la opinión senatorial. Por mucho que insista en sus arrugas y sus canas, el cuerpo le sigue pidiendo guerra. Y ha encontrado el tercio idóneo donde librarla.

Arturo llega a 'El Mundo' a solventar sus propias querellas en libertad, sin alquilarse por nadie. En este periódico escriben varios de los mejores, cada cual en su estilo, cada quien con su querencia, pero derrochando todos la destreza y los arrestos. Porque aquí ninguno está de vuelta. Todos salen al folio cada día persiguiendo su verdad, que no siempre coincide con la del lector, mucho menos con la del político. El columnismo es el arte de coincidir honestamente con uno mismo. Y de cobrar la pieza. Y de pagar el precio. Bienvenido, capitán.

https://www.elmundo.es/opinion/columnistas/2026/09/02/6a986450fdddff6f158b4592.html

15 agosto 2026

Pérez-Reverte deja de publicar 'Patente de corso' en 'XL Semanal'

Pérez-Reverte comunica a Vocento que dejará su artículo semanal

Rubén Arranz – El Confidencial - 15/08/2026

Tres décadas y media después de que Arturo Pérez-Reverte comenzara a colaborar con la revista ‘XL Semanal’, el afamado escritor dejará de publicar de forma semanal su columna, ‘Patente de corso’, y lo hará por voluntad propia, tal y como han detallado a este periódico fuentes del grupo Vocento, propietario de la cabecera.

La editora prevé que su sustituto sea Andrés Trapiello, cuya incorporación a la casa anunciaba en fechas recientes, tanto para su dominical como para ‘ABC’. "El escritor leonés (Manzaneda de Torío, 1953) es uno de los grandes nombres de nuestras letras y un columnista lúcido y libre", detallaba el diario en la nota en la que anunció el fichaje.

Este movimiento dejó a ‘El Mundo’ sin una de sus firmas de referencia, de ahí que en la cabecera de Unidad Editorial reaccionara y presentara una propuesta a Pérez-Reverte para que se una a su nómina de columnistas, detallan desde su redacción de la madrileña Avenida de San Luis, que aclaran que todavía no existe ningún acuerdo entre las partes.

Durante los dos últimos años, Pérez-Reverte había enviado algún texto ocasional a esta cabecera. La última se publicó el pasado julio con el título ‘Lecciones de la cloaca’, en el que exponía un "manual de educación política para una futura reina".

En la planta noble de Vocento confían en que el escritor pueda firmar de forma ocasional en ‘ABC’ a partir de ahora, pero reconocen que el pasado julio expresó su voluntad de desvincularse de su colaboración semanal, que era una de las más longevas de la prensa española. En estos años, el escritor y académico de la lengua ha publicado más de 1.700 columnas en la citada revista dominical, que también cuenta con autores como Juan Manuel de Prada, Isabel Coixet, Carmen Posadas y Lorenzo Silva.

En 1991, firmó su primera colaboración para ‘Suplemento Semanal’, una publicación que posteriormente fue rebautizada como ‘XL Semanal’. En 1993 inauguró su 'Patente de corso', que ha mantenido hasta la fecha. Si nada cambia, Andrés Trapiello le sustituirá a partir de septiembre. Autor por autor. Tres décadas y media después de que Arturo Pérez-Reverte comenzara a colaborar con la revista 'XL Semanal', el afamado escritor dejará de publicar de forma semanal su columna, Patente de corso, y lo hará por voluntad propia, tal y como han detallado a este periódico fuentes del grupo Vocento, propietario de la cabecera.

https://www.elconfidencial.com/comunicacion/2026-08-15/perez-reverte-abandonara-su-colaboracion-semanal-en-vocento-tras-mas-de-30-anos_4406533/

Arturo Pérez-Reverte anuncia su adiós de la revista XL Semanal tras más de 30 años

David Lorao - Artículo 14 - 17/08/2026

Una de las columnas más longevas y reconocibles de la prensa española llega a su final. Arturo Pérez-Reverte dejará de publicar semanalmente en 'XL Semanal' después de más de tres décadas vinculado al suplemento dominical, una decisión adoptada por voluntad propia y que pone fin a una etapa iniciada a comienzos de los años noventa.

Según ha informado 'El Confidencial', el escritor había comunicado ya durante el mes de julio su intención de abandonar su colaboración regular con la publicación de Vocento. Si no se producen cambios de última hora, Andrés Trapiello ocupará desde septiembre el espacio que deja Pérez-Reverte, después de que el grupo anunciara recientemente su incorporación como una de sus nuevas firmas.

El movimiento cierra una relación periodística que ha acompañado prácticamente toda la carrera literaria de Arturo Pérez-Reverte y que ha dado lugar a más de 1.700 artículos sobre política, historia, libros, guerras, lenguaje, sociedad y vida cotidiana. La relación de Arturo Pérez-Reverte con el suplemento comenzó en 1991, cuando publicó sus primeras colaboraciones de manera esporádica. Dos años después, en 1993, quedó definitivamente establecida 'Patente de corso', la columna con la que terminó convirtiéndose en una de las firmas más reconocibles del dominical. Desde entonces, prácticamente cada semana ha publicado un texto en el que ha mezclado experiencia personal, memoria periodística, literatura y opinión.

La columna sobrevivió a cambios de nombre, de diseño y de etapa editorial. El antiguo 'El Semanal' terminó convirtiéndose en 'XL Semanal', pero Pérez-Reverte permaneció como uno de sus autores de referencia durante más de treinta años. Su propia página oficial conserva además un enorme archivo de esos artículos, muchos de los cuales fueron posteriormente recopilados en volúmenes como 'Patente de corso', 'Con ánimo de ofender', 'No me cogeréis vivo' o 'Los barcos se pierden en tierra'.

Patente de corso terminó adquiriendo una identidad muy definida. Arturo Pérez-Reverte utilizó durante décadas ese espacio para escribir sin necesidad de ajustarse a los asuntos de la actualidad inmediata. En una misma temporada podía abordar una guerra que había cubierto como reportero, recomendar una novela de aventuras, discutir sobre el idioma, recordar una taberna desaparecida o lanzar una crítica política especialmente contundente. El propio escritor explicó en una ocasión que había escogido el nombre porque poseía una auténtica patente de corso del siglo XIX y le parecía una buena justificación para “navegar sin dios ni amo”. Esa independencia se convirtió precisamente en la principal característica de la columna, tanto para quienes compartían sus opiniones como para quienes discutían frecuentemente con ellas.

La salida de Trapiello ha provocado otro movimiento dentro de la prensa nacional. Según las informaciones conocidas hasta ahora gracias a 'El Confidencial', 'El Mundo' ha planteado una propuesta a Arturo Pérez-Reverte para incorporarlo a su nómina de articulistas. No existe, sin embargo, un acuerdo cerrado. El escritor ya había publicado ocasionalmente algunos textos en el diario durante los últimos años, pero eso no significa que su salida de 'XL Semanal' vaya a desembocar necesariamente en una colaboración fija. Su último texto ocasional en esa cabecera apareció en julio bajo el título 'Lecciones de la cloaca', donde construía un particular “manual de educación política para una futura reina”. Vocento, por su parte, confía en que Pérez-Reverte pueda mantener alguna colaboración ocasional en 'ABC', aunque desaparezca su compromiso semanal.

La retirada de Patente de corso también permite medir la extraordinaria duración de la carrera periodística de Arturo Pérez-Reverte. Nacido en Cartagena en 1951, comenzó a trabajar como periodista a principios de los años setenta. Durante más de dos décadas ejerció fundamentalmente como reportero, primero en el diario 'Pueblo' y después en Televisión Española. Cubrió conflictos en lugares como Líbano, Eritrea, el Golfo Pérsico, Croacia o Bosnia. Buena parte de aquella experiencia terminaría alimentando posteriormente tanto sus novelas como sus artículos. Cuando abandonó el reporterismo diario para concentrarse en la literatura, la columna semanal quedó como uno de sus vínculos más estables con el periodismo.

La marcha de Arturo Pérez-Reverte no significa que vaya a dejar de escribir artículos ni que desaparezca su presencia pública. Continúa desarrollando su obra literaria, mantiene una intensa actividad a través de Zenda y sigue interviniendo con frecuencia en debates culturales y políticos. Lo que termina es algo mucho más concreto y, precisamente por eso, significativo: la obligación autoimpuesta de entregar una columna cada semana a la misma revista durante más de treinta años. Desde septiembre, 'XL Semanal' comenzará una etapa diferente con Andrés Trapiello. Y Pérez-Reverte quedará liberado de una rutina periodística que había acompañado a varias generaciones de lectores desde 1993.

https://www.articulo14.es/cultura/arturo-perez-reverte-anuncia-su-adios-de-la-revista-xl-semanal-tras-mas-de-30-anos-20260817.html

07 junio 2020

1405 – EL HOMBRE AL QUE PUDE MATAR

XL Semanal, 7 de junio de 2020

Ocurrió hace años. Estaba sentado en la terraza de un bar cuando se me acercaron dos jovencitos quinceañeros. «Tú quisiste matar a mi padre», dijo uno de ellos a quemarropa. Los miré, desconcertado. «¿Quién es vuestro padre?», pregunté. Me lo dijeron. Estuve un momento callado y luego pregunté quién les había contado eso. «Nos lo ha contado él», respondieron. Me gustó su aplomo, su decisión de críos dispuestos a ajustar cuentas. «¿Y vuestro padre me guarda rencor?», inquirí. Fue el mayor quien respondió. «No, porque dice que él habría hecho lo mismo». Entonces les pedí que se sentaran. Lo hicieron, recelosos. No quisieron tomar nada y se quedaron en el borde de la silla, muy tensos. Eran chicos duros y me gustó que lo fueran. Entonces les conté mi versión de la historia.

Ocurrió a finales de 1975 en un lugar del Sáhara llamado El Farsía; que era como estar en mitad de la nada, con la diferencia de que esa nada estaba llena de soldados marroquíes que tenían cercada a una diezmada katiba de guerrilleros saharauis. Y había un problema adicional: había allí dos periodistas españoles de veintipocos años, con la mala suerte de no estar con los marroquíes sino con los otros, los guerrilleros. Y tanto éstos como los periodistas lo estaban pasando muy mal. No había forma de salir de allí, al que se movía lo achicharraban, y para colmo no quedaba agua para beber, el sol pegaba vertical con unos 45º a la sombra —si hubiera habido sombra, que no era el caso—, y la inmovilidad, el sudor, los tiros, el tormento de las moscas, el miedo, ponían los nervios al límite de su resistencia.

Todo ser humano, por templado que sea, tiene unos límites. Son las circunstancias las que te acercan o alejan de ellos. Aquel día de tortura insoportable, los nervios de uno de los reporteros tocaron el límite antes que los del otro. Salió primero su número. Así que, tras haber aguantado durante días y sobre todo durante las últimas horas, agotado por la tensión, perdió la compostura. Hay que rendirse, dijo. Gritemos que somos periodistas, levantemos los brazos y salgamos de aquí. Su compañero, sin embargo, no lo veía así de fácil. Nadie sabía que estaban allí, opuso con cierto sentido, y a los de enfrente les daban igual dos vidas más o menos. Tampoco les iba a gustar que hubiera testigos de aquello, ni que dos reporteros fueran en plan coleguillas con sus enemigos. Y si los cogían vivos, añadió, quizá fuera peor, porque les iban a ir dando por el culo hasta Tarfaya. Esa fue exactamente la frase, concreta, inolvidable: «Nos van a ir dando por el culo hasta Tarfaya».

El plan, había dicho el jefe de los saharauis, era esperar la noche para infiltrarse entre los marroquíes y escapar. Pero para eso había que estar tranquilos y callados. Sin embargo, el otro periodista no se dejaba convencer. Empezó a ofuscarse y a gritar, todo eso tirados cuerpo a tierra, parapetados entre las piedras desnudas, roncos de sed y con el sol asesino sobre sus cabezas. Y cuando hizo ademán de levantarse para ir hacia los marroquíes, su compañero le sacó a uno de los que estaban tumbados junto a ellos una pistola que el guerrillero llevaba en una funda colgada al cinto: una vieja Astra del 9 largo. El caso es que cogió la pistola, le quitó el seguro, se la puso al colega en la cabeza y señaló a los saharauis. «Nos pones en peligro a todos —dijo con toda la firmeza de que fue capaz—. Si te pego un tiro, éstos no van a decir nada a nadie». Y los saharauis miraban, callados y aprobadores.

Esa misma noche, en absoluto silencio los guerrilleros y los periodistas consiguieron infiltrarse entre los marroquíes —todavía hoy parece un milagro al recordarlo— y escapar de allí. Excepto aquellos diez minutos de crisis, el comportamiento del periodista que había perdido un momento los nervios fue impecable. Arrastrándose en la oscuridad se condujo con un valor tranquilo, y hasta se arriesgó un par de veces para esperar y ayudar al compañero. Publicados en España, los reportajes y fotografías fueron una gran exclusiva: éxito total. Ninguno volvió a comentar el incidente hasta una semana más tarde, cuando tomaban juntos una copa con las chicas del cabaret de Pepe el Bolígrafo, en El Aaiún. En un momento determinado, de improviso, uno de ellos sonrió y le dijo al otro: «Supongo que yo habría hecho lo mismo que tú». Ésa fue su absolución de hermanos, y no hubo nada más. Después se miraron a los ojos en silencio y encargaron a Chocolate, el camarero negro, la botella de champaña que Silvia y la Franchute llevaban mucho rato pidiendo.

26 abril 2020

1399 – LA ESTRELLA MORIBUNDA

XL Semanal, 26 de abril de 2020

Durante cierto tiempo, las estrellas fueron importantes en mi vida. Crecí junto al mar cuando la costa no era todavía un continuo paisaje de cemento y luz artificial, y las noches en la playa, junto a fogatas hechas con madera de deriva, transcurrían bajo una hermosa bóveda celeste que giraba despacio alrededor de la Polar. Fue con Paco el piloto, en las noches en que salíamos al mar para que él se buscara la vida con los barcos extranjeros fondeados, con quien aprendí a tomar la distancia desde la Osa Mayor para encontrar la estrella maestra. Más tarde, cuando navegué en mi propio velero, algunas noches apagaba —aún lo hago— todos los instrumentos de a bordo para, sentado junto al timón, sentir el placer de navegar un rato con sólo las referencias del cielo. Y cuanto tengo alguna duda, todavía consulto el Starfinder, el disco localizador de estrellas que me regaló, hace ya muchos años, el capitán de la marina mercante don Carlos de la Rocha.

También, cuando trabajé en lugares donde la luz no sólo no era posible sino que podía ser peligrosa, muchas noches transcurrieron en la oscuridad, a cielo abierto, y a menudo dormí o esperé tumbado sobre la arena o en el saco de dormir, mirando estrellas hasta aprenderme varias constelaciones de memoria: El Cisne, La Cruz del Sur, Las Pléyades, Cefeo, Orión… De todas ellas, Orión es la que más vinculada está a mi vida, y no sólo por ser la más hermosa. Desde niño me fascinó su leyenda, la del cazador con la espada y el escudo, que vigila el cielo; el que guió a Ulises en su visita al Hades y tiene dos estrellas en los hombros, Betelgeuse y Bellatrix, tres en el cinturón y dos en los pies, una de las cuales se llama Rigel. A Orión debo tal vez la vida, como se la debe mi entonces compañero el fotógrafo Claude Glüntz; porque una noche de febrero de 1976, cuando recorríamos con un Land Rover y un conductor del Polisario una pista cercana a Mahbes, en el Sáhara, fue la posición de Orión, que estaba donde no debía estar —o más bien éramos nosotros los que no estábamos— la que nos hizo descubrir que nuestro conductor saharaui se había despistado y rodábamos por una pista minada que, además, nos llevaba directamente a las posiciones marroquíes.

Anoche, cuando pensé en escribir hoy este artículo, me asomé a ver con prismáticos el firmamento, que desde donde vivo se ve nítido y limpio. Y allí estaba el impasible y fiel Cazador, muy próximo al horizonte. Me detuve un rato en el punto rojizo de Betelgeuse, la estrella más hermosa de esa constelación, el Uluriajuak de los esquimales, Basn de los persas e Ib al-Jauza de los árabes, que en las tablas astronómicas de Alfonso X el Sabio aparece ya como Beldengeuze. Y mientras la observaba recordé que estaba mirando una estrella condenada a muerte. Todo el Universo y cuanto contiene lo está, tarde o temprano; pero Betelgeuse tiene, incluso, fecha de caducidad conocida.

Ahí donde se la ve, tan hermosa desde que nació como gigante azul hace ocho millones de años, Betelgeuse agoniza sin remedio. Se desvanece. En sólo un año su brillo ha perdido casi dos tercios de intensidad; y no porque sea una estrella de resplandor variable, que lo es, sino porque está consumiendo su combustible interno y eso la conduce, inevitablemente, al colapso que la hará estallar en lo que los astrónomos llaman supernova: una explosión que durante tres meses iluminará de noche la tierra, que hará el hombro del Cazador tan brillante como la luna llena, y que se irá apagando hasta desaparecer para siempre en uno o dos años. Según los astrónomos, para que eso ocurra quedan, como mucho, menos de 100.000 años. Y de ahí para abajo. O sea, mil cortos siglos. Cifra que si a los estúpidos humanos que estamos aquí nos parece enorme, para el impasible cosmos y sus reglas es un aperitivo de nada. Un simple suspiro entre dos aparentes eternidades.

Recuerdo que una noche, cuando estábamos mojados por el relente a bordo de su barco, esperando cartones de Winston junto a la isla de las Palomas —habíamos pescado calamares con potera mientras anochecía, para matar el rato—, el Piloto encendió un pitillo con su chisquero, miró la bóveda celeste que recortaba las alturas negras de la costa, y refiriéndose a las estrellas me dijo: «Qué pequeño y qué analfabeto se siente uno aquí debajo. ¿A que sí, zagal?». Y era cierto, y lo sigue siendo. Más de medio siglo después, pese a todo lo visto y leído desde entonces, mientras anoche observaba Orión mirando el hombro rojo y sentenciado a muerte del Cazador, volví a sentirme tan pequeño y analfabeto como aquella noche lejana junto al Piloto, en el barquito que se mecía despacio bajo las estrellas.

22 abril 2018

1294 - EL TENIENTE ALBALADEJO


XL Semanal, 22 de abril de 2018

Hacía cuarenta años que no veía su rostro, aunque lo recordaba bien. Mi amigo el grafitero y fotógrafo Jeosm, que está positivando miles de negativos de mi vida anterior a ésta, acaba de entregarme los del Sáhara de 1975, cuyas fotos nunca vi del todo porque enviaba los rollos por avión desde El Aaiún, y luego sólo veía las que se publicaban. Y en una de esas imágenes está él, de uniforme y de perfil, el pelo corto cano y rizado, los ojos de acero y la boca apretada como una línea de granito silenciosa y dura.

Pepe Albaladejo, como el comandante Labajos, el capitán Gil Galindo, el cabo Belali y algunos otros, fue uno de mis amigos y también de mis héroes. De mis últimos héroes, matizo, pues con ellos quedaron atrás muchas inocencias. Yo tenía veintitrés años cuando me mandaron al Sáhara como enviado especial de 'Pueblo', a contar en crónicas diarias la crisis en la frontera, la Marcha Verde y demás. Todos eran de la Policía Territorial, que tenía mandos españoles y tropas nativas. Les caí bien y me acogieron en su cuartel y sus misiones. Viví con ellos nueve meses de patrullas, de camaradería, de bar de oficiales, de copas nocturnas en aquel Aaiún colonial donde era posible vivir todavía, antes de que desapareciese para siempre, un mundo canalla, áspero, peligroso, fascinante, que hoy sólo es posible conocer en las películas y las novelas.

Llegaron a ser mis amigos, como dije. Muy amigos. Leales y acogedores, me permitieron acompañarlos a lugares y situaciones extraordinarias, y junto a ellos viví cosas que conté lo mejor que supe, y otras que callé y no contaré nunca, o no contaré del todo; no por vergonzosas, pues fueron todo lo contrario, sino porque a algunos les habría costado un consejo de guerra. Hay acciones que en el cine quedan estupendas en plan heroico y tal, cómo nos gusta Clint Eastwood y todo eso, pero que en la vida real, juzgadas por quienes ven los toros desde la barrera, hacen levantar las cejas y se convierten en escandalosos titulares de periódico.

Pepe Albaladejo era teniente chusquero, como se decía de los que ascendían desde simples soldados. Africanista de toda la vida, ex legionario, debía de tener unos cuarenta y cinco años. Era uno de los más duros soldados que conocí en dos décadas largas de mochila y sobresaltos: sobrio, valiente, tranquilo, tenaz, profesional. Conociéndolo comprendías Tenochtitlán, Pavía, Rocroi, Baler o Belchite. Aparte de darle un aplomo extraordinario, la veteranía modelaba su cara curtida por el sol, tallada como a cincel de profundas arrugas. Era implacable en su trabajo, pero también poseía, y eso era lo que más me gustaba de él, una ternura ruda y espontánea. La forma de darte un cigarrillo, de ofrecerte una copa, de quedársete mirando, aprobador, cuando hacías algo de acuerdo con sus códigos. Me llamaba gollete, como sus compañeros: chaval, niño en hassanía.

Las putas de Pepe el Bolígrafo, el dueño del cabaret de El Aaiún —humo de grifa, alcohol, música, periodistas, legionarios, tropas nómadas—, adoraban al teniente Albaladejo porque las respetaba como nadie, no bebía estando de servicio y nunca permitía que lo invitaran. Además de vivir con él aventuras en el desierto, viví muchas noches cabareteras que parecían sacadas de Marruecos o 'Beau Geste'. Y ligado a él tengo un recuerdo preciso, inolvidable: el de una ocasión en la que una guapa chica del cabaret llamada Silvia bailó un apretado tango, o tal vez fueron dos, con un jovencísimo reportero que le caía simpático, y un técnico canario de Fosbucraa, que andaba encaprichado de la señora e iba pasado de copas, agarró un calentón, empalmó una churi de un palmo de hoja e intentó apuñalar al reportero, tirándole una serie de navajazos ante los que el joven se defendió como pudo. Hasta que el teniente Albaladejo se metió en medio, empezó a darle puñetazos al de la navaja y lo sacó así hasta la calle. Clávamela a mí, le decía. Si tienes huevos.

Murió hace tiempo, sin que yo volviese a verlo nunca después del Sáhara. Su hermano, que vino a saludarme en una firma de libros, me dijo que acabó hace algunos años en una residencia de ancianos, duro e impasible como había vivido, mirando con mucha calma acercarse la muerte cara a cara. Y yo contemplo ahora su foto en blanco y negro, su perfil de granito, las barras de condecoraciones cosidas en la camisa junto a los emblemas de la Legión, el Sáhara y la Policía Territorial, y me viene a la boca una sonrisa tierna y agradecida.

26 abril 2015

1138 - 40 AÑOS DESDE EL SÁHARA

XL Semanal, 26 de abril de 2015

Hacerse mayor, o viejo, es que de todo cuanto recuerdas hayan pasado veinte años. Miras atrás, haces un poco de memoria, y resulta que todo ocurrió en pretérito pluscuamperfecto. Y no digamos cuando lo que han pasado son cuarenta. Ocurre a menudo al mirar viejas fotos o escuchar antiguas canciones, o cuando se te cruza un rostro que ya se cruzó antes, y tras escrutarlo como quien interroga a la esfinge reconoces a un amigo de la mili, un amor de juventud, un compañero de colegio. O no lo reconoces en absoluto, y a veces ni siquiera te reconoces a ti mismo. 

Hace tres días me dijo una señora: «Soy la hija del comandante Labajos», y disparó una intensa cadena de recuerdos y sentimientos. Hace muchísimos años, cuando aún era un joven reportero, me acerqué a un hotel donde se casaba esa misma señora, entonces jovencita. Su padre era el militar español al que más quise y respeté en mi vida, y él me quería tanto como yo a él; así que cuando aparecí por el hotel del convite, el comandante Labajos —quizá ya era teniente coronel, pero para mí siempre fue el comandante—, vestido de azul oscuro de gran gala, dejó a la hija y a los invitados, se vino al bar a beber conmigo, y a los tres cuartos de hora tuvo que ir su hija, enfadada, a devolverlo a la fiesta. Estábamos hablando de sus recuerdos y de los míos. Estábamos hablando del Sáhara. 

Aterricé en El Aaiún con veintitrés años —ahora hace cuarenta—, y permanecí allí nueve meses que cambiaron mi vida. El joven reportero que sólo llevaba en la mochila un par de guerras en plan pardillo, sur del Líbano y Chipre, se forjó allí en la disciplina de la crónica diaria, la brega local, la censura, las autoridades militares. Fue una aventura fascinante. En el Sáhara me hice de verdad periodista, y allí, testigo de la agonía de aquel pintoresco mundo africano y colonial, fui amigo de muchos de sus protagonistas, legionarios, paracaidistas, soldados de Nómadas o de la Territorial, y compartí con ellos patrullas, sobresaltos, episodios que nunca conté —aquellas incursiones clandestinas en Marruecos—, y también borracheras en el antro de Pepe el Bolígrafo y confidencias en compañía de una botella, un cartón de cigarrillos y alguna chica guapa —Silvia, la Franchute— de las que venían de la Península para animar el cabaret Oasis. 

El comandante Labajos y otros —capitán Gil Galindo, capitán Sandino, teniente Albaladejo, teniente de nómadas Rex Regúlez— me adoptaron casi como padres y hermanos. Ahora unos están muertos y otros envejecen jubilados, recordando. Como hago yo ahora. Fui hace un rato a mirar sus viejas fotos y ahí están todos, aún jóvenes, apuestos, curtidos por el sol y la arena, en el desierto junto a sus tropas nativas: soldados magníficos, de leyenda, que parecen sacados de las páginas de 'Beau Geste'. Presencié su sacrificio, su valor, su calderoniana disciplina de hombres honrados, y también su amargura y su vergüenza, su desesperación, cuando sus jefes, los generales y los políticos que pasteleaban con Washington y con Rabat, ordenaron desarmar a las tropas nativas y entregar el territorio a Marruecos. Algunos, los que se atrevieron, ayudaron a sus hombres a escapar y unirse al Polisario. Más tarde, durante muchísimo tiempo, cuando nos tomábamos una copa en Madrid después de que yo regresara de algún reportaje en la frontera con Argelia, todos me preguntaban lo mismo: «¿Has visto al cabo Belali, o al sargento Embarek?... ¿Siguen vivos Laharitani, Sidahmed, Brahim?... ¿Se acuerdan de mí?». 

Cuarenta años, ya. Cuatro décadas de esa aventura y esa vergüenza. El Sáhara ya es marroquí sin remedio, y aquel sueño de arena no es más que una quimera de campamentos de refugiados, en la frontera perdida de ninguna parte. Mis amigos de entonces, los que siguen vivos —Mayandía, Roberto, Olegario, Yoyo—, echan tripa y envejecen añorando lo que fueron. Los demás se fueron, su lista aumenta a medida que envejezco, y algún día también yo me uniré a ellos: Rex Regúlez, Diego Gil Galindo, el teniente coronel López Huerta, el teniente Albaladejo, el comandante Labajos, el cabo Belali uld Maharabi... Como en esos momentos finales de las películas de John Ford, sus rostros de entonces se superponen en mi recuerdo, con el rumor del viento soplando entre las dunas. Cuarenta años ya, desde el Sáhara. Rediós. Eso es toda una vida. Me veo en el espejo, luego miro las viejas fotos, y apenas reconozco al muchacho flaco que sonríe con los brazos en los hombros de tantos amigos muertos.

20 noviembre 2011

959 - EL VIEJO SOLDADO

XL Semanal, 20 de noviembre de 2011

Al principio no lo reconozco. El suyo es un rostro como cualquier otro. Camina bajo la lluvia fina, con la cabeza descubierta y las manos en los bolsillos del chaquetón impermeable. Pasa por mi lado y me mira un instante, tímido y confuso, como si dudara entre saludarme o no, antes de seguir su camino sin decir nada. Entonces, de golpe, recuerdo. Me detengo y lo llamo: grito su nombre por encima del ruido de los automóviles. Se detiene como sorprendido, al oírlo. De que lo recuerde. Y se vuelve hacia mí. La ropa de paisano le sienta mal; no parece propia de él. Ha engordado, y el pelo que le queda es gris. Sin embargo, la sonrisa es la misma. La cicatriz del mentón —estuve presente el día que se la hizo, o se la hicieron— se embosca entre las arrugas de la cara, en la piel recién afeitada. 

—Niño —dice. 

Me hace gracia el viejo apelativo, tanto tiempo después. Así me llamaban él y sus compañeros: yo tenía entonces veintitrés años. También lo llamo ahora como entonces. 

—Mi capitán —respondo. 

Nos estrechamos la mano, entre las luces de los escaparates y los semáforos que se reflejan en el suelo mojado. Tras las primeras palabras quedamos en silencio, mirándonos cautos mientras nos reconocemos los adentros. Resolviendo si es cosa de seguir cada cual su camino, o de quedarse un rato. Recordar y recordarnos. Nos miramos indecisos hasta que, de mutuo acuerdo, decidimos recordar. Con asombrosa naturalidad recobramos antiguos ritos: una palmada en el hombro, más sonrisas, nombres de personas y de lugares que afloran como un torrente. Y luego buscamos un bar apropiado. Una tasca del Madrid de los Austrias, casi vacía. Nos acodamos en la barra, él pide una cerveza y yo un vermut rojo; y con ellos pasamos revista a los recuerdos mientras desgranamos un rosario de nombres queridos: el teniente coronel López Huerta, el comandante Labajos, el capitán Gil Galindo, el teniente Rex Regúlez, el cabo Belali uld Maharabi, el teniente Albaladejo… Casi todos ellos están muertos hace mucho tiempo. Como decíamos entonces, dejaron de fumar. 

Me habla de mis novelas, que ha leído todas. O eso dice. Del capitán Alatriste, que como veterano soldado es, naturalmente, su favorito. Por mi parte hablo de él mismo, de mis recuerdos a su lado. De su juventud, que durante ocho meses también fue la mía. De otros países, otras fronteras y otras guerras que vinieron después. De nuevos compañeros y amigos en los que, sin duda, se habría reconocido. Al fin, con la tercera cerveza y el tercer vermut, me cuenta de su mujer, de sus dos hijas. De sus tres nietos. De cómo acabó siendo su trabajo hasta hace poco: la mesa cubierta de papeles, la jornada con horario burocrático, el desesperado aburrimiento que en los últimos tiempos invadió hasta el último rincón de su vida. El piso familiar que reservó para su jubilación —Melilla, apunta con una luz singular en los ojos, África a fin de cuentas—. La rutina, los años, la resignación. El consuelo de los recuerdos. De lo que en otro tiempo fue, o creyó ser. Hace siglos, comenta con una sonrisa amarga, que en su vida no hay sorpresas, noches en vela, escaramuzas en el desierto, patrullas nómadas bajo la Cruz del Sur, chicas como las del cabaret de Pepe el Bolígrafo, soldados fieles —a los que traicionamos como a perros, apostilla— como los saharauis de su tropa nativa. Se acabó, amigo. Safi. Una vez fui de vacaciones, en plan visita, a los campamentos de Tinduf, añade. Y me pasé el tiempo llorando. 

Cuando salimos de nuevo a la calle, las luces verdes de los taxis pasan por Puerta Cerrada. Miro el reloj. Siento marcharme, digo. Tengo una cita de trabajo. Asiente, comprensivo. Está claro que no desea que nos separemos. Soy parte de su memoria, de sus sueños perdidos y sus nostalgias. Durante tres cervezas ha vuelto a ser el que era, junto a un testigo de lo que en otro tiempo fue: un joven oficial que aún creía en patrias y banderas mientras jugaba a los héroes en un escenario perfecto e irrepetible. Y en cuanto nos separemos, a ojos de cuantos se crucen con él —pocos llevan la biografía escrita en la cara—, volverá a ser un transeúnte más: viejo, anónimo, de aire fatigado. Quizá por eso hay una amarga desolación en su sonrisa cuando estrecha mi mano y vuelve la espalda, alejándose. Aunque se detiene a los tres pasos, como si hubiera olvidado algo. 

—Allí no había nada —dice de pronto—. Sólo viento y arena, ¿te acuerdas?… Pero era el lugar más hermoso del mundo.

05 diciembre 2010

909 - EL SOLDADITO DE EL AAIÚN


XL Semanal, 5 de diciembre de 2010

Lo que voy a contarles ocurrió hace treinta y cinco años exactos, casi día por día, en diciembre de 1975, pero me acuerdo bastante bien. Es una historia que en su momento —yo era un jovencísimo reportero, enviado especial del diario 'Pueblo' en el Sáhara desde hacía ocho meses— no me dejaron publicar. No eran buenos tiempos ni para la libertad de prensa ni para otras libertades, pero uno se las apañaba allí lo mejor que podía. Aunque en esta ocasión no pude. Recuerdo el episodio con mucho sentimiento, por varias razones. De una parte, los últimos sucesos en el Sáhara le dan, para mí, especial significado. De otra, algunos testigos fueron muy queridos amigos míos. Casi todos de los que tengo memoria están muertos, excepto el entonces capitán Yoyo Sandino, de la Policía Territorial, que creo estaba presente. Yo mismo viví la última parte del episodio, pero ya no recuerdo quién más estaba allí, aparte del teniente coronel López Huerta y el comandante Labajos, ya fallecidos. Acababa de morir Franco, y España entregaba el Sáhara a Hassán II. El Aaiún era una ciudad en estado de sitio, con toque de queda, cuarteles y barrios en poder de los marroquíes, y otros aún bajo autoridad española. Uno de éstos era Casas de Piedra, feudo del Polisario; la custodia de cuyo perímetro, rodeado de alambradas y caballos de Frisia, correspondía a la Policía Territorial. En sus sectores, la gendarmería real y las tropas marroquíes se comportaban con extremo rigor. Había innumerables detenidos. Y cada día, muchos jóvenes saharauis, así como veteranos de Tropas Nómadas y de la Territorial, huían al desierto para unirse a la guerrilla que ya combatía en las zonas abandonadas del este. 

Aquella noche, una patrulla marroquí que pasaba cerca de Casas de Piedra fue tiroteada desde el otro lado de la alambrada. Los dos soldaditos españoles de guardia a la entrada del barrio —reclutas de mili obligatoria, destinados forzosos al Sáhara como policías territoriales— se apartaron de la luz, inquietos, y se quedaron allí hasta que hubo ruido de motores con resplandor de faros, y varios vehículos se detuvieron en el puesto de control. De ellos bajó nada menos que el coronel Dlimi, comandante general de las fuerzas marroquíes en el Sáhara, acompañado por todo su estado mayor y una sección de soldados de las fuerzas reales. Todos, incluido Dlimi, venían armados con fusiles de asalto, y estaban dispuestos a entrar en Casas de Piedra y arrasar el barrio como represalia por los tiros de media hora antes. Imaginen la escena: la noche, los faros iluminando la alambrada, el coronel en contraluz con todas sus estrellas y galones, y los dos soldaditos con todo aquello encima. Acojonados. 

Lamento no recordar sus nombres, o tal vez no los supe nunca. Pero esto fue lo que hicieron: mientras uno de ellos echaba a correr hacia donde tenían la radio para avisar a sus jefes, el otro tragó saliva, se cuadró y les dijo a los marroquíes que no pasaban —yo conocí a su oficial superior, el eficaz y duro teniente Albaladejo, y estoy seguro de que el chico prefirió vérselas con ellos antes que con el teniente—. Como pueden ustedes suponer, Dlimi se puso hecho una pantera. A gritos, descompuesto, mandó al territorial que se quitara de allí o le iban a pasar por encima. "Tengo órdenes de no dejar entrar a nadie", dijo éste. "No sabes con quién estás hablando", etcétera, aulló el otro. Luego blandió su arma e hizo ademán de cruzar la alambrada, seguido por todos los suyos. Fue entonces cuando el soldadito dejó de ser lo que era, un humilde recluta forzoso que hacía la mili en el culo del mundo, para convertirse en otra cosa. En lo que juzguen ustedes que fue. Porque en ese momento, casi con lágrimas en los ojos y temblándole la voz, montó su fusil —clac, clac, chasqueó el cerrojo al meter una bala en la recámara— y le dijo en su cara al poderoso coronel Dlimi, jefe de las fuerzas marroquíes en el Sáhara, estas palabras extraordinarias: "Mi coronel, por mi pobre madre que, como alguien pase de ahí, le pego un tiro". 

El aviso me pilló en el bar del cuartel de los territoriales, y a Casas de Piedra me fui, quemando neumáticos en el Seat 600 con el cartel "Prensa" que teníamos alquilado a medias Pedro Mario Herrero, del diario 'Ya', y el arriba firmante. Tuve así oportunidad de asistir al último acto del episodio, cuando llegaron los jefes españoles y tras una tensa negociación lograron que Dlimi se retirase con su gente. En cuanto al soldadito que le paró los pies salvando el barrio de una represalia, no eran, como digo, tiempos para la lírica. Me temo que la única recompensa que obtuvo aquella noche fue el cigarrillo Coronas que el comandante Labajos le ofreció de su paquete, la palmada en la espalda del teniente coronel López Huertas y esta página en la que hoy lo recuerdo.

13 enero 2008

758 - UNA FOTO EN LA FRONTERA


XL Semanal, 13 de enero de 2008

Guardo entre mis papeles una vieja portada del diario 'ABC'. Se trata de una foto hecha en el Sáhara el 5 de noviembre de 1975, víspera de la Marcha Verde. En la foto, tomada a través de las alambradas de la frontera norte, cerca de Tah, se ve un Land Rover con varios soldados encima. «Miembros de la Policía Territorial del Ejército español patrullan la zona fronteriza», dice el pie. La imagen es un poco borrosa por el efecto del sol en el desierto, y la distancia. En la parte trasera del vehículo, un territorial salta fusil en mano y otro mira a lo lejos, hacia el fotógrafo que, desde el lado marroquí, toma aquella foto con teleobjetivo. Esa portada la conservo porque el soldado que mira hacia las alambradas no es un soldado: soy yo con veintitrés años, vestido con el uniforme que mis amigos de la Territorial me prestaban para que pudiera acompañarlos camuflado en sus patrullas, sin que el cuartel general de El Aaiún, que tenía prohibido a los reporteros el acceso a esa parte de la frontera, se enterase de nada. Pronto supimos que el control de periodistas no era simple rutina. Por órdenes del Gobierno —a Franco le quedaban dos semanas de vida— se había montado aquel paripé fronterizo, los campos de minas y demás, para justificar la entrega del Sáhara a Marruecos. No querían testigos rondando cerca. Algunos lo hicimos, pese a todo, contándolo todo lo mejor que pudimos y nos dejaron. Gracias, entre otras cosas, a aquel uniforme prestado por los territoriales, cuyo elzam —el turbante de tela color arena— todavía conservo treinta y dos años después, cuidadosamente doblado en un cajón. 

Hoy quiero hablarles de un tipo corpulento que aparece de espaldas en esa portada del 'ABC', sentado junto al conductor del Land Rover. Se llamaba Diego Gil Galindo y era capitán de la Policía Territorial del Sáhara. También era uno de mis héroes. Después de algunos problemas que tuve con las autoridades militares locales, que no podían expulsarme pero sí quitarme el alojamiento oficial y otras facilidades operativas, él y sus compañeros me habían adoptado como quien se hace cargo de un perro abandonado. Por ese tiempo vivía clandestinamente en su cuartel, salía de patrulla con ellos y trasmitía mis crónicas a hurtadillas, por el teléfono del bar de oficiales. Todos cuidaron de mí hasta el final, correspondiendo generosos a una estrecha relación fraguada desde el primer día en que, joven reportero del diario 'Pueblo', aterricé en El Aaiún. Durante nueve meses ellos fueron mis amigos, mis padres y mis hermanos; y a su lealtad debo exclusivas en primera página, experiencias intensas y episodios singulares; alguno de los cuales, fiel a las reglas, no publiqué jamás. Eso incluyó desde incursiones clandestinas en Marruecos —esas playas con marea baja a la luz de la luna— a historias personales, como la noche en que el teniente Albaladejo, un tipo duro de los de toda la vida, le partió la cara a un canario borracho cuando éste quiso apuñalarme en el cabaret El Oasis mientras yo me defendía torpemente, acorralado contra la pared, con una cazadora enrollada en el brazo izquierdo. También incluyó las lágrimas del capitán Gil Galindo —aquel hombretón de casi dos metros lloraba desconsolado, como una criatura— la última vez que recorrimos El Aaiún, entregado a las tropas marroquíes, mientras él repetía, una y otra vez: «Qué vergüenza, gollete —siempre me llamaba gollete, niño, en hassanía—... Qué vergüenza». 

Diego Gil Galindo murió hace unos días. Me llamó su hija para decírmelo. Estando en las últimas quiso que telefonearan a sus amigos para desearles Feliz Navidad. Entre ellos incluyó mi nombre, aunque en treinta y dos años sólo habíamos vuelto a vernos una vez, durante apenas cinco minutos de agridulce nostalgia de aquel Sáhara que tanto amamos y que ya no existe. Cuando hace unos días recibí el mensaje, el antiguo capitán de la Territorial ya había muerto. Me contó su hija que supo irse como había vivido: mirando el último salto cara a cara, estoico, sereno, con los redaños donde siempre los tuvo: en su sitio. Que un cura fue a verlo, y al terminar Diego le dijo: «¿Ya estoy listo para irme, padre?», y luego fue a Dios callado y humilde, como buen soldado. Él creía en esas cosas, así que deseo que haya llegado a donde quería: a esa orilla donde sólo llegan los hombres valientes. Espero que ahora esté en el bar de oficiales de allí, apoyado en la barra con los viejos camaradas: López Huertas, Fernando Labajos y los otros. Los muertos y los que morirán. Y que, cuando todos se hayan reunido de nuevo, salgan a nomadear por la Eternidad, bajo la Cruz del Sur, recorriendo los grandes desiertos sin fronteras. Ojalá también esta vez me reserven un elzam, una manta y un sitio en el Land Rover.

08 abril 2001

405 - El comandante Labajos


XL Semanal, 8 de abril de 2001

El otro día encontré su nombre por casualidad, en un reportaje sobre el intento de volar el parador nacional de El Aaiún, en 1975, cuando los marroquíes entraron en el Sáhara. A un militar español se le fue la olla y quiso cepillarse al estado mayor del general Dlimi —un importante hijo de puta, dicho sea de paso—, y otro militar español, un comandante de la Territorial, fue al parador, desmontó la bomba y le dijo al dinamitero que como volviera a jugar a terroristas le daba de hostias. Ese comandante de la Territorial se llamaba Fernando Labajos, había pasado la vida en África con la Legión y con tropas indígenas, y era duro de verdad. Flaco, moreno, la cara llena de cicatrices y mostacho negro. No de esos duros de discoteca que van por ahí marcando cuero y posturitas, sino duro de cojones. Además era mi amigo. Lo era tanto que cuando escribí aquella gamberrada histórica titulada 'La sombra del águila', lo reencarné en el concienzudo capitán García, del 326 de Línea. Y le dediqué el librito, a él y a un saharaui que estuvo bajo sus órdenes antes de unirse al Polisario y morir peleando en Uad Ashram: el cabo Belali uld Marahbi. Ahora también Fernando Labajos está muerto. Y aunque tenía los tres huevos fritos de coronel en la bocamanga cuando dejó de fumar, yo siempre me refiero a él como el comandante Labajos. Así lo conocí, y así lo recuerdo.

Hay cosas de mi larga relación sahariana con el comandante Labajos que no contaré nunca, ni siquiera ahora que a él ya le da lo mismo. Resumiré diciendo que era de esos tipos testarudos y valientes que lo mismo aparecen en los libros de Historia con monumentos en la plaza de su pueblo, que se enfrentan a un consejo de guerra, se comen una cadena perpetua o son fusilados en los fosos de un castillo. También tenía sus lados oscuros, como todo el mundo. Y el hígado hecho polvo, porque era capaz de echarse al cuerpo cualquier matarratas. Muchos de sus subordinados no lo querían, pero todos lo respetaban. Yo lo quería y lo respetaba, entre otras cosas porque me cobijó en su cuartel cuando llegué al Sáhara de corresponsal con veintitrés años y cara de crío, porque me hizo favores que le devolví cuando se jugó la piel y la carrera, y sobre todo porque una noche que los marroquíes atacaron Tah, en la frontera norte, y el general gobernador prohibió ir en socorro de los doce territoriales nativos de la guarnición para no irritar a Rabat —ya saben: esa digna firmeza española de toda la vida—, Fernando Labajos desobedeció las órdenes y organizó un contraataque. Para que quedase constancia de sus motivos si algo salía mal, me llevó con él en su Land Rover, a modo de testigo; y nunca olvidé aquellos setenta y cinco kilómetros rodando de noche hacia la frontera, los territoriales españoles y nativos embozados en sus turbantes en los coches, entre nubes de polvo, con el general histérico por la radio ordenando que la columna se volviese y Fernando Labajos respondiendo sólo con lacónicos «sin novedad», hasta que se hartó y apagó la puta radio, y a la vuelta no lo encerraron para toda la vida en un castillo de puro milagro, o tal vez porque había un periodista de testigo.

Ya he dicho que está muerto. De coronel, pues no quisieron ascenderlo a general. Muerto como lo está el cabo Belali, que aquella noche era uno de los doce nativos cercados en Tah. Como lo están el teniente coronel López Huerta, el teniente de nómadas Rex Regúlez y algunos otros que marcaron mi juventud y mis recuerdos. Muertos como el joven y apuesto Sergio Zamorano, el reportero Miguel Gil Moreno, el guerrillero Kibreab, el croata Grüber y algunos más —parece mentira la de amigos que llevo enterrados ya—. Qué cosas. Uno lleva todo eso consigo sin elegir llevarlo. Simplemente porque forma parte de su vida; y a veces se encuentra, sin proponérselo, dialogando con sus fantasmas ante una foto, una botella de algo, un recuerdo inesperado. Nostalgia, supongo. A fin de cuentas, somos lo que recordamos. "Siempre hay uno que sobrevive para contarlo", decía el torero Luis Miguel Dominguín. Y un día, callado o ante otros, recuerdas. Lo cierto es que, aunque han transcurrido por lo menos quince años, el comandante Labajos es una de esas sombras más queridas. No sé si en los cuatrocientos cuatro artículos que llevo tecleados en esta página lo mencioné alguna vez. Pero al ver su nombre en el periódico, con la firma de otro, me he sentido extraño. Incómodo. Como si alguien hurgara en algo que me pertenece.

La última vez que lo vi acababa de casarse su hija. Él era el padrino. La boda era en Málaga, y yo fui a verlo al banquete de boda. Estaba con uniforme de gala y todas sus medallas, dejó plantados a los novios y los invitados y nos fuimos al bar a emborracharnos, hasta que vinieron a buscarlo. Ya les he dicho antes que era mi amigo.

07 noviembre 1999

331 – EL CABO BELALI

XL Semanal, 7 de noviembre de 1999

Ocurrió hace veinticuatro años. Había una vez un Sáhara que se llamaba Sáhara español, y había una crisis con Marruecos, y en mitad del desierto había un puesto fronterizo llamado Tah: un pequeño fortín como los de las películas, que en las noches sin luna era atacado por los marroquíes. También había, para defender ese fortín, un pequeño destacamento de tropas nativas: doce saharauis mandados por el alférez Brahim uld Hammuadi y el cabo Belali uld Marahbi. También había un periodista jovencito que pasó todo aquel año allí, mandando crónicas diarias para ‘Pueblo’, y que varias noches compartió los sobresaltos bélicos de quienes defendían Tah. Durante aquellas horas de vigilia, oscuridad y frío, paqueo moruno, cigarrillos con brasa escondida en el hueco de la mano y susurros en voz baja, aquel periodista se hizo muy amigo del cabo Belali. Tan amigo se hizo que el cabo, la noche que una compañía marroquí cercó el fuerte, y el comandante Fernando Labajos, desobedeciendo órdenes expresas —doce saharauis no eran importantes para los generales españoles— fue en socorro de sus nativos y el periodista jovencito lo acompañó en la aventura, el cabo Belali le regaló al periodista su anillo de plata saharaui, el que llevaba en la mano desde niño. Y el periodista lo guardó siempre como si fuera una medalla. Su roja insignia del valor.

El cabo Belali era flaco y tostado de piel: un guerrero del desierto, que tenía una sonrisa simpática y un curioso mechón blanco en el pelo. En las fotos que el periodista jovencito y él se hicieron juntos, el cabo Belali viste la gandura de la policía territorial nativa, con el turbante negro en torno al cuello, lleva una corta barbita en punta y su fusil al hombro, y detrás ondea, como un infame sarcasmo, una bandera de España. Tan amigos se hicieron que algo más tarde, poco antes de la Marcha Verde, cuando el periodista jovencito acompañado de Santiago Lomillo, de ‘Nuevo Diario’, y Claude Glüntz, un ex paracaidista francés reconvertido a fotógrafo de guerra, cruzaron un día la frontera y pasaron al otro lado a charlar con los marroquíes, y se demoraron mucho en volver porque el sargento del puesto alauita los interrogó primero y luego los invitó a un té, entonces el cabo Belali y sus compañeros creyeron que los marroquíes los habían apresado. Y tras mucho discutir, Belali, que no podía dejar a su amigo en manos de los marroquíes, convenció al alférez Brahim para atacar el puesto marroquí. Y cuando los tres periodistas volvieron a Tah, se encontraron a los saharauis armándose hasta los dientes, dispuestos a rescatarlos por las bravas. Y supieron que ese día habían estado a pique de desencadenar una guerra.

Después España abandonó a su suerte a los saharauis, y el periodista jovencito vio llorar al cabo Belali el día que sus jefes españoles le ordenaron entregar el fusil. También lo vio, formado en el patio del cuartel de El Aaiún, saludar por última vez a aquella bandera que ya no era suya; y ese mismo día lo acompañó hasta la Seguía, por donde una noche como la de hoy, hace exactamente veinticuatro años, el cabo Belali se fue camino del desierto hacia el este, con muchos de sus camaradas, para unirse al Frente Polisario. El periodista jovencito y él se encontraron cuatro meses más tarde, cuando los guerrilleros saharauis luchaban a la desesperada por mantener abierta la ruta de Guelta Zemmur y Oum Dreiga. El cabo Belali había envejecido, ya no tenía un mechón sino todo el pelo blanco, y era piel y huesos; pero la sonrisa era la misma. Bebieron juntos los tres tés tradicionales: amargo como la vida, suave como el amor y dulce como la muerte. Y aquella noche, a la luz de una fogata, el periodista jovencito escuchó al cabo Belali la más exacta definición de la muerte que oyó nunca: «Alguien cogerá tu fusil, alguien te quitará el reloj, alguien se acostará con tu mujer. Suerte».

Meses después, en Amgala, otro guerrillero amigo, llamado Laharitani, le contó al periodista jovencito que el cabo Belali había muerto peleando en Uad Ashram. Se retiraban después de una emboscada, dijo. Le habían dado, se quedó atrás y no pudieron ir a buscarlo. Estuvieron oyendo el fuego de su Kalashnikov durante mucho rato, hasta que por fin dejaron de oírlo. Esa es la historia del cabo Belali uld Marahbi. Y cada año, por estas fechas, el periodista jovencito —que ya no es periodista ni es jovencito— abre una pequeña caja de madera que tiene, y recuerda a su amigo mientras toca el anillo de plata.

21 septiembre 1997

220 - UNA PAELLA EN EL AAIÚN

El Semanal, 21 de septiembre de 1997

Era decadente y mágico, o al menos yo lo recuerdo así. Se llamaba El Oasis y era el más famoso cabaret local: una especie de puticlub colonial clavadito a los de las películas, con poca luz, legionarios tatuados, oficiales de tropas indígenas que volvían de patrullar el desierto, lumis, traficantes y periodistas. Había una guerra no declarada en la frontera, con minas, y emboscadas, y toda la parafernalia. Franco estaba a punto de caramelo, pero coleaba todavía. Y El Aaiún era la capital de aquel Sáhara del que ahora no se acuerda nadie.

Yo tenía veintitrés benditos años. Cada noche, durante nueve meses, después de transmitir mi crónica al diario 'Pueblo', me iba a tomar una copa al bar de la Territorial, y luego recalaba en El Oasis a charlar con Pepe El Bolígrafo mientras Chocolate, el barman negro, me ponía una copa. Luego iba a sentarme al fondo, a la mesa donde nos reuníamos los tres o cuatro corresponsales fijos en el territorio. Las chicas venían a sentarse con nosotros cuando no había clientes. No usábamos el género, aunque siempre pedíamos una botella para que ellas se ganaran el jornal. Charlábamos, se levantaban para ir con un cliente, volvían al rato. Así discurría noche tras noche, entre la música, el humo, el calor, copa tras copa, interrumpidos a veces por una bomba terrorista que estallaba en la calle, o por una escaramuza en la frontera que nos hacía a todos, militares y periodistas, salir corriendo. Demorabas el irte a dormir, y sólo al final, cuando Chocolate ponía las sillas sobre las mesas vacías y las chicas se despedían soñolientas, o se iban con un cliente, te levantabas con desgana y salías a la ciudad desierta, bajo el cielo increíblemente estrellado, para fumarte un último cigarrillo con la patrulla de policías saharauis que montaban guardia al final de la calle.

Recuerdo aquellos nueve meses como el tiempo más feliz y más intenso que un joven reportero podía desear: patrullas por el desierto, combates en la frontera, borracheras, aventuras, firma diaria en primera página. También recuerdo a los amigos. A los que siguen vivos, como Claude Glüntz, Pedro Mario, Yoyo Sandino, Diego Gil Galindo y los otros. Y a los muertos: el comandante Labajos, el teniente Rex Regúlez, o el cabo Belali uld Maharabi. Pero sobre todo las recuerdo a ellas, a las chicas del cabaret de Pepe El Bolígrafo. A Patricia, una andaluza de bandera que cantaba coplas que te ponían la piel de gallina, y cuando entonaba "Tatuaje" conseguía que los barbudos legionarios llorasen como magdalenas. A la Franchute, tranquila y bondadosa, haciendo punto entre descorche y descorche. A Silvia, morena de verde luna, que tenía unas tetas magníficas y muy mala leche. Y a las demás. En aquellos largos meses llegué a conocerlas igual que a mis mejores amigos. Me contaban sus recuerdos, su cansancio infinito, su historia, que siempre era la misma historia. Me enseñaban los trucos del oficio: cómo elegir a un pringao, cómo sacarle botella tras botella, cómo hacer que se mamara y etcétera. Supe así el modo en que se las ingeniaban para arañarle jirones a la vida. Porque allí, en aquel tugurio del culo del mundo, arrojadas por la resaca de todos los naufragios de todos los cabarets y todos los antros de la Península y Canarias, sólo aguantaban las duras. Las supervivientes. Y sin embargo, aún les quedaba corazón. Cuando estaba tieso de viruta y sin compañeros, y no tenía para pagarles una copa, se venían a mi mesa igual, y se turnaban para no dejarme solo. Un día que volví de una incursión peliaguda en la frontera oriental, Patricia me dedicó públicamente una copla —«para mi niño», dijo— y luego nos marcamos un baile muy agarrado en la pista; tan agarrado que puso celoso a un canario que se la trajinaba, y mi amigo el teniente Albaladejo tuvo el detalle de romperle la cara al fulano por mí, porque yo no llevaba navaja. Y otro día que cumplí veinticuatro, las chicas, que no parecían las mismas sin maquillaje y con ropa de día, me hicieron una paella y una tarta en la playa, y me cantaron cumpleaños feliz.

Después se murió Franco, y el Sáhara se fue al carajo, y yo me fui a otros sitios y otras guerras. Y cinco o seis años después encontré a Patricia y a la Franchute en un cabaret de Las Palmas. Estaban muy hechas polvo, pero aún mantenían el tipo. Nos abrazamos y se echaron a llorar, poniéndome perdido de colorete y de rímel. Esa noche les pagué todo el champaña del mundo. Me gustó que llorasen por mí, y que todavía me llamaran niño.

24 diciembre 1995

129 – AQUELLA NAVIDAD DEL 75


El Semanal, 24 de diciembre de 1995

Estaba el arriba firmante el otro día en Sevilla, presentando un libro, cuando en mitad del trajín se acercó a la mesa un tipo grande, cincuentón largo, con una portada de 'ABC' vieja de veinte años.

—¿Sabes quiénes son éstos?

Miré la foto. Un Land Rover en el desierto, junto a una alambrada. Soldados con turbantes y cetmes. Un militar fornido, en quien reconocí a mi interlocutor. A su lado, un joven flaco con el pelo muy corto, gafas siroqueras, ropa civil y cámaras fotográficas colgadas al cuello. El titular decía: “Tropas españolas patrullan la frontera del Sáhara Occidental”. Cuando terminé el acto y fui en busca de mi visitante, éste se había ido. Lamenté no poder darle un abrazo. No sé qué graduación tendrá ahora, pero en aquella foto era capitán. Se llamaba Diego Gil Galindo, y durante casi un año compartimos tabaco, arena del desierto y copas en el cabaret de Pepe el Bolígrafo, en El Aaiún, cuando éramos jóvenes y él creía en la bandera y en el honor de las armas, y yo creía en los Reyes Magos y en la virginidad de las madres. Y tal día como hoy, víspera de Navidad, hace exactamente veinte años, a Diego Gil Galindo lo vi llorar.

Ahora, con esto de la transición, y el Centinela de Occidente dos décadas criando malvas, y la peña en plan nostalgia, voy y caigo en la cuenta de que me perdí todo eso. De la muerte del Invicto me enteré tres días después, cuando el grupo de guerrilleros polisarios a quienes acompañaba atacó un convoy marroquí cerca de Mahbes, y entre los efectos personales de los muertos —también les quité el tabaco, y dátiles— había una radio de pilas. Y luego vine aquí una semana, y me fui a Argel el 3 de enero del 76, de allí al Líbano, que empezaba entonces. Y cuando entre unas cosas y otras regresé a España, resulta que esto era una monarquía y a la gallina de la bandera le habían retorcido el pescuezo. Quizá por eso siempre me sentí un poco al margen de la película.

En realidad, mi transición personal tuvo lugar en el Sáhara aquella víspera de Navidad de 1975, cuando el todavía gobierno Arias Navarro entregó a los saharauis atados de pies y manos a las fuerzas marroquíes. Cuando el ejército español abandonó el territorio de puntillas y con la cabeza baja, mientras los soldados indígenas de Territoriales y Nómadas, desarmados y traicionados, vistiendo todavía nuestro uniforme, huían por el desierto hacia Tinduf, para seguir luchando (ese mismo Tinduf al que iría después Felipe González a hacerse fotos polisarias, hasta que fue presidente y le dio el ataque de amnesia).

Esa última noche, víspera de Navidad, cuando el director de mi periódico —'Pueblo'— cedió a la presión de Presidencia del Gobierno y me ordenó salir del Sáhara con las tropas españolas, la pasé en el bar de oficiales de un cuartel desmantelado, mientras los archivos ardían en el patio y los soldados del general Dlimi se apoderaban de El Aaiún. Algunos de los militares que me acompañaban ya están muertos. Pero guardo su amistad bronca y generosa, hecha de cielos limpios llenos de estrellas, nomadeando bajo la Cruz del Sur: viento siroco, combates en la frontera, agua de fuego, chicas de cabaret, infiltraciones nocturnas en Marruecos… Sin embargo, lo que en este momento veo son sus ojos tristes aquella última noche, su amargura de soldados vencidos sin pegar un tiro. Atormentados por su palabra de honor incumplida, por sus tropas indígenas engañadas y por aquella inmensa vergüenza de cómplices pasivos que les hacía inclinar la cabeza. Y también recuerdo la concienzuda borrachera en que nos fuimos sumiendo uno tras otro, y mi desilusión al verlos de pronto tan humanos como yo, infelices peones de la política, víctimas de sus sueños rotos. Compréndanlo: yo tenía veintipocos años y ellos habían sido mis héroes.

También me acuerdo de que aquella noche llovió sobre El Aaiún. A veces se oía un tiro aislado hacia Jatarrambla, o los motores de las patrullas marroquíes que llevaban saharauis detenidos. Veo el llanto infantil del teniente coronel López Huerta, la fría y oscura cólera del comandante Labajos, la sombría resignación del capitán Yoyo Sandino. Y recuerdo a Diego Gil Galindo, la enorme espalda contra la pared de la que colgaban trofeos de combates olvidados que ya a nadie importaban, con lágrimas en la cara, mirándome mientras murmuraba: “Qué vergüenza, Niño. Qué vergüenza”.

Así fue mi última Navidad en el Sáhara, hace veinte años. La noche que murieron mis héroes, y me hice adulto.