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14 septiembre 2025

El escritor español Arturo Pérez Reverte estuvo en Buenos Aires para presentar su nueva novela

María Elena Ripetta - diariocronica.com.ar - 13/09/2025

“Estoy asistiendo a algo a lo que no esperaba asistir. Es un privilegio ver un mundo que se acaba. Lo había leído muchas veces en los libros, el final del Imperio Romano, del Imperio Persa, de Grecia, de Roma, de Constantinopla. Ahora estoy viendo el final de un mundo en el que fui criado, educado, en el que viví. Esa Europa se acabó, está muerta, es patética, se ha convertido en un parque temático para turistas. Veo el final de una manera de entender la vida, la cultura, la sociedad. Asisto con interés, es un privilegio poder asistir al final de un mundo y eso no es que me guste”, dice el escritor español Arturo Pérez Reverte café de por medio durante su visita a Buenos Aires, Argentina.

—¿La inteligencia artificial, como escritor, te preocupa?

—Tengo 74 años, tengo 30 novelas publicadas. ¿Crees que me debe preocupar a mi edad? La edad te pone a salvo de muchas cosas. Me permite ver las cosas con ecuanimidad, con serenidad. Mis novelas están ahí, ¿qué me va a preocupar? Y si el lector un día me sustituye por una inteligencia artificial, pues es que el lector no me merece.

—¿Es verdad que juegas a los videojuegos?

—Algunos, sí. El libro como objeto está sentenciado a muerte. De aquí a 20 años, el libro en papel habrá desaparecido prácticamente. Estoy convencido, pero no es nada dramático. Como antes han desaparecido tantas cosas. Si yo fuera ahora un joven que quisiera contar historias, yo no me pondría a escribir novelas, haría guiones para videojuegos, series de televisión. Intentaría adaptar mi creatividad, mi trabajo a los soportes del futuro. El ser humano ha necesitado siempre que le cuenten historias, desde que el ser humano existe. Lo que cambia es el soporte, el mecanismo con el cual te las cuentan. Fue el pergamino, el libro, la televisión, el cine. Van cambiando, evolucionando. Igual que ya nadie lee pergaminos, el libro también pasará y vendrán otros soportes que como yo no voy a estar aquí, ya me da igual los que sean. El libro será un objeto para aficionados, fanáticos o coleccionistas de arte, pues el libro será un objeto para un grupo selecto. Ya ocurre. Yo vine volando de Madrid y el único que iba leyendo un libro era yo. Estaban todos con los teléfonos. No es dramático, cambian las maneras, cambian las formas, eso es todo. Cuando era joven, iba a la guerra, veía el horror, el dolor, la muerte, los asesinados, lo veía con el estupor de un joven que descubre cosas que le asombran. Ahora lo veo todo con la experiencia del veterano que sabe que esas cosas forman parte del mundo y de la vida. Que el ser humano es así, que el mundo es así, que los mundos, las cosas terminan, la gente muere. No paro de enterrar amigos. Entonces pasan dos cosas: si eres una bestia analfabeta, dices que horror, si eres alguien con una cultura determinada comprendes que esas son las reglas. Lo bueno que tienen los libros es que te ayudan a entender, a asumir, a comprender, aceptas el mundo como es. La vida que llevé, libros que leí, me ayudaron a entender el mundo como es y a ver mi envejecimiento, el final del mundo que conozco, la muerte de los amigos, como parte de la de la vida.

—¿Las guerras nunca se van a terminar?

—¿Cómo van a terminar? La guerra forma parte de las redes humanas como el amor, como la sociedad, como la familia. Es una institución social más de la humanidad. Es una manera de resolver cosas que tiene el ser humano. ¿Cómo va a desaparecer? ¿Por qué? Siguió pasando, verdad. ¿Quién va a impedir que un hijo de puta, dictador, no dictador, un tipo que quiere ese territorio, aquel o las minas o el tesoro o el oro, o a esa población, si tiene medios, que lo haga? La guerra es una manera como otra cualquiera.

—¿Cómo surgió esta novela?

—Quería contar la historia de una mujer que se venga de su marido. Podría haber elegido muchos escenarios, pero quería que la novela tuviera interés, emoción, acción, violencia. También quería hacer una novela donde se juntaron dos cosas. Hacer una novela de una mujer y una novela de piratas de corsarios modernos. Entonces las dos confluyeron. Año 37, guerra civil española, vi que el escenario era adecuado. Pero la protagonista es la mujer. Una antigua modelo, bella, que se casó con un hombre, que no la ama, pero la quiere como trofeo social. Con el tiempo, la convivencia, él termina amándola, pero ella ha dejado de amarlo. Entonces de ese desfase nace el rencor de esta mujer y cuando en esa isla, por razones de la guerra, aparece un marino que va a estar ahí temporalmente, ella se acerca a él como consuelo. Y bueno, esa es más o menos el comienzo de la historia.

—¿Meterte en los personajes femeninos es más difícil?

—Depende. Tengo edad, he vivido cosas, he leído cosas y no soy tonto. Me fijo, sé mirar y conozco. Tengo una hija que he visto crecer también y me enseña mucho sobre las mujeres. Verla desarrollarse y afirmarse como mujer también es importante. Tengo una visión de la mujer. No hay nada más leal en el mundo que una mujer enamorada, ni animal más filoso que una mujer herida.

—En un momento de la novela que la mujer suele transformar al hombre en héroe.

—Sí, con la mirada. La mujer es muy generosa cuando se enamora. Vuelca en el hombre, en el objeto de su amor, toda su vida. Un ejemplo, un hombre casado, con una familia, conoce a una mujer de la que se enamora, va a intentar mantener las dos todo el tiempo. Una mujer que se enamora es capaz de dejar al marido de los hijos e irse con el hombre de la se enamora. Eso ya marca dos actitudes muy diferentes. El valor de la mujer, el coraje. Cuando la mujer se enamora de un hombre, entonces ese hombre se convierte en un mito para ella. No sigue a un hombre y deja todo, sino que está siguiendo a un héroe homérico. Es la mirada de la mujer la que lo convierte. Los hombres somos normales, mediocres, vulgares, cobardes, como seres humanos normales, somos egoístas, sexualmente promiscuos, somos un montón de cosas negativas... y también somos cosas buenas. Cuando la mujer descubre que no es héroe, entonces el héroe se cae en pedazos. Y cuando la mujer se quiere vengar, "yo me equivoqué, pero mi error lo vas a pagar, cabrón". A eso me refería.

—¿Te sigue pareciendo lo más aburrido escribir?

—Me gusta más imaginar. Escribir me aburre muchísimo y corregir más todavía. Me la paso muy bien pensándola. En esta novela me fui a Grecia, estuve en el Egeo buscando un lugar, hablando con la gente, comiendo, tomando fotos, tomando notas, leyendo, la fase maravillosa.

—¿Eso es mucho del periodista?

—El periodismo me dio una serie de mecanismos. Lo bueno que saco del periodismo es la manera de obtener información rápida, procesarla y utilizarla. Me dejó muchos vicios que todavía intento quitármelos. Porque el lenguaje periodístico no es el lenguaje de novela. Y cuando en una nueva novela se ve al periodista, es una mala novela, y cuando en un reportaje se ve atrás al escritor, es un mal reportaje. Son dos géneros que no hay que mezclar.

—¿Qué te gustaría que se encuentre en el libro?

—Me gustaría que se encuentre lo de siempre, pero diferente. Podría estar haciendo la misma novela siempre como hacen otros. Pero no, eso me aburriría. Lo que quiero es que encuentren los temas, mis temas, que reconozcan a Pérez-Reverte. La mujer, el héroe, el ambiente, la violencia, la derrota, la muerte, la vida. Que reconozcan los temas que me interesan, pero que al mismo tiempo vean una historia diferente, que no me repita. O sea original el tratamiento, aunque los temas sean los de siempre.

—No escribís en tus novelas con escenarios en la actualidad

—La actualidad me molesta mucho, los teléfonos móviles y esas cosas. Hoy todo es con teléfonos móviles, con ordenadores y tal. Es decir, si ves una película, no hay una que no aparezcas veinte veces hablando por teléfono o con ordenador. Eso me aburre muchísimo. Mi mundo, yo vi un mundo donde eso no era importante. Quiero seguir escribiendo sobre el mundo que conozco, que es el mío.

—¿Estas con otra novela?

—Es mi trabajo, soy escritor profesional. Hay novelistas que quieren cambiar la lectura de la literatura en cada página. Pero yo no soy ese tipo de escritor. Soy un escritor normal, cuento historias. No quiero cambiar el mundo, no tengo una misión. Yo no quiero que el lector, después de leer mi novela, quiera hacer el mundo mejor o que él sea más feliz. A mí eso me importa un carajo. Lo que quiero es que se lo pase bien con mi novela, que lo lea y que se le queden cosas en la cabeza.

https://www.diariocronica.com.ar/noticias/2025/09/13/124267-el-escritor-espanol-arturo-perez-reverte-estuvo-en-buenos-aires-para-presentar-su-nueva-novela

06 mayo 2025

Confesiones de un autor best seller

Entrevista de Mariano Casas Di Nardo - Perfil - 06/05/2025

Con 'La isla de la Mujer Dormida', su nuevo libro, bajo el brazo, el escritor Arturo Pérez-Reverte aterrizó en Argentina para participar de la 49ª Feria Internacional del Libro de Buenos Aires. El escenario no podría ser más propicio: una ciudad que respira literatura y que lo recibe como a su amigo más querido. Porque este español de 73 años, al igual que Pichuco en el tango “Nocturno de mi barrio”, a nuestro país “siempre está volviendo”. Autor de la trilogía 'Falcó' y del best seller 'El italiano', ahora vuelve a encontrarse con su público más austral, ávido por escuchar las historias de un hombre que escribió sus más de 30 novelas con la misma intensidad con la que vive. 

Sin embargo, Pérez-Reverte no es un narrador cualquiera. Antes de convertirse en uno de los autores más leídos del mundo, con veintisiete millones de libros vendidos y traducido a más de 40 idiomas, fue periodista de guerra durante más de dos décadas. Hoy, exitoso y ya del lado de los que hicieron y vivieron mucho, se dispone a disfrutar. Prefiere no hablar de su pasado bélico, del cual ya habló mucho, y tampoco de política, porque “la historia se repite y lo que podría decir hoy ya lo dije hace 20 años”. Entonces queda lo más interesante y confidencial: su intimidad. Los recovecos de su cabeza, ese río de tinta que genera una historia tras otra, de intriga, amor, sexo, poder, ambición y traición.

“Hay novelistas cerebrales, como mi admirado y recordado amigo Javier Marías, pero yo soy más cazador, siempre mirando fuera. Mis novelas no son introspecciones, reflexiones sobre yo y mi intimidad. Voy por la vida con los binoculares puestos. A saber: “chica guapa”, “situación”, “aventura”, “peripecia”, todo adentro. Y voy echando en la mochila. Esa actitud de estar atento a todo, a lo que me puede ser útil, es la base de mi escritura y lo que me mantiene vivo”.

—¿Quien crea que en sus novelas están sus miedos y contradicciones está equivocado? 

—Yo vivo del exterior, de proyectar. Mi mochila está cargada del mundo exterior. Si yo corto el vínculo y me dedico a mí, a estar en casa pensando en mí, en mi vejez, mi mujer, mis hijos y lo que tenga, no creo que le guste a nadie. Aclaro que surgen novelas excelentes de ese mundo, pero no es el mío. La savia del afuera es lo que me motoriza todos los días. Lo que me permite sentir y no envejecer como un abuelo gruñón.

—Se lo escucha entre intuitivo y apasionado, pero el mercado requiere un cierto patrón literario.

—Hoy soy un novelista profesional. Cuando empecé era puro entusiasmo. Hoy ya no, ya llevo 30 novelas escritas y tengo una experiencia y público lector en más de 40 países, por lo que tengo que estar atento a ese espectro de lectores. Argentinos, chinos, polacos y rusos, entre muchos más. Entonces, a la hora de plantear una novela, quiero ser eficaz. Quiero que mi lector chino la disfrute igual que el lector italiano e inglés. Entonces, necesito moverme en parámetros que sean lo suficientemente generosos para acogerlos a todos, y eso requiere de mucho esfuerzo.

—¿La inspiración qué papel juega en un autor de su talla?

—Mi trabajo se basa en una estructura. Yo no me siento a ver qué sale. Algunos escritores se sientan a ver qué sale y sacan obras maestras, pero yo necesito planificarlo mucho antes. Mi mayor orgullo es ser un escritor eficaz. Entonces, me levanto todos los días a las siete de la mañana, hago ejercicio, me doy una ducha y a las ocho estoy en mi biblioteca escribiendo. Trabajo seis u ocho horas todos los días, tenga ganas o no tenga ganas. Tengo un sistema de trabajo absolutamente espartano, rutinario y cuando llega el momento bueno, de inspiración fluida, lo aprovecho, y cuando no, a darle con más fuerza. 

—El español es su lengua madre.

—La lengua española no es perfecta, como ninguna lengua. Y yo muy lejos estoy de ser perfecto. Entonces, como novelista estoy todos los días en problemas, porque tengo en la cabeza lo que quiero contar perfectamente, pero no consigo encontrar esas palabras. Y tengo una edad en la que ya mis maestros no están. Entonces, ¿qué hago? Acudo a los más grandes maestros. Los eternos. Voy a mi biblioteca y busco: “A ver, maestros Balzac, Borges, Arlt. ¿Cómo lo hacéis vosotros? Y en ellos encuentro la solución. Mi biblioteca no es un lugar de libros muertos ni de libros futuros, sino de libros vivos.

En los últimos 20 años, Pérez-Reverte se convirtió en uno de los autores más replicados en cine. Es que su prosa tiene el plus de su experiencia personal. Y si bien no la vuelca en sus páginas, la conoce y la trasmite en tercera persona. Su nuevo libro, 'La isla de la Mujer Dormida', no es la excepción. Ambientada en un paraíso tan bello como perturbador, la novela vuelve a poner en juego los dilemas morales que caracterizan su obra. "Durante la etapa final de mi anterior libro, 'El problema final', estuve en Grecia, y fue con ese paisaje que apareció esta novela en mi cabeza, y empecé a tejer. Esa isla tal, una historia equis, ese corsario, un pirata moderno, que sea durante la Guerra Civil Española, la historia de una mujer como Lena, un hombre como Jordán, un matrimonio en el medio... Y con todo eso tenía aventura, amor, sexo, frustración. Tenía mi nuevo libro".

—¿Nunca una nueva historia le cambió los planes?

—Sí. Varias veces. Me pasó muchas veces de darme cuenta que estaba escribiendo novelas que no eran para ese momento. Con dos páginas, con diez y hasta con tres meses de trabajo. Me pasó con 'El tango de la Guardia Vieja'. La empecé y al tiempo me di cuenta de que tenía que dejarla porque me iba a equivocar. 20 años después entendí que era una buena novela. Hoy diría que es muy sólida. Se divide en tres lugares y momentos, Buenos Aires, la Costa Azul y Sorrento. Es un amor en tres fases. Donde la pareja se conoce, donde se reencuentra y ya en la vejez. ¿Y por qué no había funcionado cuando la empecé? Porque me faltaba edad y experiencia para escribir la segunda y tercera etapa.

—Muchos directores llevaron sus novelas al cine. Una amalgama que deja enojado casi siempre al escritor.

—Cuando escribo nunca pienso en el cine. Pero los críticos dicen que yo soy muy visual, entonces imagino que le debo de facilitar la tarea al director. Han hecho muchas series y películas, y la verdad es que casi nunca me gusta lo que veo. Roman Polanski hizo 'El club Dumas' y le fue muy bien. Hicieron 'La tabla de Flandes' y me quise ir a pelear con el director. Tenía otra edad y otras energías. Con el tiempo he aprendido que uno cobra los derechos y suelta. No soy responsable. Si me gusta, aplaudo; si no me gusta, me callo.

—En su literatura la mujer ocupa un lugar preponderante. 

—Hasta las mujeres secundarias tienen papeles importantes en mis novelas. ¿Por qué? Porque por la guerra he visto a las mujeres en situaciones muy extremas. En lugares críticos, siendo violadas, siendo botín del vencedor, siendo ellas y vengándose de los hombres, matando, muertas... Y yo quiero ver siempre a esa mujer que pelea, la que no resigna su papel en la historia. Una mujer vengativa es el ser humano más peligroso que la raza pueda experimentar, mientras que una enamorada es la persona más fiel que existe. No así el hombre. Mi novela 'La Reina del Sur' habla un poco de ello.

—La literatura y el cine se empecinan en el fin del mundo. 

—Hay dos maneras de afrontar el horror que el mundo propone: o te espantas y generas más caos o te vas a la ventana con una copa de vino y observas, como en su momento alguien habrá observado a los bárbaros haciendo arder Roma. Y lo que te permite estar en la ventana mirando sin gritar espantado es la cultura. Una vez viajé en un avión entre Chipre y Beirut y pensé que se caía. Todos empezaron a gritar descontrolados, y yo me decía: “¿Voy a morir entre estos gilipollas alienados? No puedo morir como ellos". Entonces me relajé y empecé a mirarlos. La cultura es saber que llegó el momento y que se cumplen las reglas inexorables de la vida. Mi suerte es que llego a la vejez con esa cultura que me permite digerir de una manera razonable y estable mi propia vejez y la decadencia del mundo en que he vivido.

https://noticias.perfil.com/noticias/cultura/arturo-perez-reverte-confesiones-de-un-autor.phtml

01 mayo 2025

“Argentina es Europa, pero perdió su influencia moral y se vulgarizó”

Entrevista de Mariana Arias - La Nación - 01/05/2025

Arturo Pérez-Reverte asiste con curiosidad al final de una época. Tiene la piel curtida, no solo por sus viajes como navegante bajo el sol de su mar Mediterráneo, su casa, sino por ese ayer remoto en que aún no era el autor de célebres novelas ni formaba parte de la Real Academia Española. Cuando, alejado de los claustros y de las presentaciones pergeñadas por editoriales, se ganaba la vida —vaya paradoja— reportando la muerte como cronista de guerra. Pérez-Reverte no reniega de aquel pasado; lo lleva dentro. Se nutre de él, como también lo hace de sus múltiples lecturas, para emprender la batalla de intentar descifrar el mundo. Está nuevamente en Buenos Aires con ocasión de la Feria Internacional del Libro, con la excusa de la publicación de su más reciente novela, 'La isla de la Mujer Dormida', donde el mar es otra vez testigo de una historia de amor, desilusión, mezquindades y coraje. Con su galantería de siempre, accedió a una entrevista en la que comparó los tiempos de ayer con los de hoy, sin atisbo de melancolía.

—Es triste pensar que una época termina, que nuestros valores ya no son los mismos.

—Es la historia, es la vida. No es triste. Los ciclos pasan. Los mundos, los imperios, las civilizaciones desaparecen y vienen otras. Cuando estás en medio de una no eres consciente de su fragilidad, pero cuando llega el ocaso puedes identificar los síntomas, como ya ocurrió en el pasado. Es muy interesante. Es una experiencia que no esperaba y que la vida me da.

—¿De qué nos despedimos?

—De una manera de entender el mundo y la vida, las relaciones humanas, la educación, la cultura. Mis abuelos nacieron en el siglo XIX. Venimos de un mundo con cosas buenas y malas, y ese mundo se va desvaneciendo. Aún queda la orquesta, hay serpentinas por el suelo, queda una pareja allá al fondo. Es el final de fiesta. Y en la puerta están los desfavorecidos, los que no bailaron, esperando entrar a ese nuevo mundo, a ver si esta vez tienen oportunidad.

—¿Qué rol cumple el escritor en este tiempo? ¿La creatividad, las palabras, las ideas pueden cambiar algo en esta transición?

—Hay muchos tipos de escritores. La cultura, la lucidez y la experiencia hacen que los lectores puedan comprender. El problema es que cuando vienen los cambios llegan también los problemas: fracaso, dolor, soledad. Si no tienen herramientas para entender, para prepararse para lo que viene, es traumático. El escritor —novelista, ensayista— da herramientas para que el lector comprenda mejor el mundo. Ese es nuestro papel, nuestra misión.

—Qué importante es que cada vez más podamos acceder a ese conocimiento.

—Muy importante. Te doy un ejemplo: cuando yo iba a los primeros países en guerra, con veinte años, y veía el horror, las violaciones, la muerte, ya había leído; iba a la guerra con una mochila de libros leídos, y eso me permitía entender. Sin esos libros me habría traumatizado de una manera tal que me habría perdido en los meandros de la vida. El problema ahora es que no todo el mundo valora ese conocimiento adecuadamente, y entonces se siente indefenso cuando la realidad pega su golpe.

—Si no tienes ese conocimiento, los malos te pueden manipular.

—Si no tienes conocimiento, sigues al falso profeta y al falso líder. La cultura no es un lujo; es un arma defensiva. Es la posibilidad de defenderte frente a los malvados, de no ser tonto. Lo peor no son los malos —que los ha habido siempre—; el problema es cuando el tonto se deja guiar por el malo. Con un malo y mil tontos, tienes mil y un malos.

—El lector no tiene que ser un espectador sino un cómplice. ¿Cómo hacés para lograr eso?

—Como novelista, lo atraigo con trucos profesionales nobles. Escribo novelas hace cuarenta años; conozco mi oficio y sus mecanismos. Intento prever los movimientos del lector. Lo quiero llevar a vivir una historia que no viviría. “Ven a jugar conmigo, que sin mí no podrías jugar”. Vas a ser pirata, hombre o mujer enamorados, millonario, anarquista, guerrero, sacerdote… Gracias a mi novela vas a ser alguien distinto.

—'La isla de la Mujer Dormida' es tu última novela. Nació en el mar Egeo, en el Mediterráneo. Miguel Jordán, el marinero mercante, es descrito así: “Hay cosas en el mar que solo se tienen valor para ver una vez; él las vio más veces, y eso lo volvió resignado y tranquilo”. Alguien a quien le pasaron muchas cosas y ya está en un estado de resignación.

—Lo malo es resignarte antes de ir a la batalla. Después de la batalla te resignas al resultado. Sólo se es joven en vísperas de la batalla. Cuando vas a combatir estás preparándote, pero cuando ya has luchado, tienes sangre en las manos, has matado o te han herido, tienes remordimientos: ya has envejecido. Esa es la cuestión. El ser humano se justifica en vísperas de la batalla. Después de haber vivido, es comprensible que busque paz y serenidad. El personaje está en esa fase.

—El mar es tu lugar en el mundo; navegas y te da felicidad.

—Paso mucho tiempo en el velero, en el Mediterráneo. Antes era cronista de guerra y pasaba días sin dormir, me daban culatazos y pasaba días en la cárcel en Sudán. Ese chico que murió sigue en mi memoria y en mis libros. Lo bueno del mar, ahora que llevo una vida estable como escritor, es que me obliga a estar muy atento, lúcido, a ser otra vez aquel que fui. Me hace sentir que aún merezco la pena.

—El mar Mediterráneo es para vos un lugar seguro.

—Es la memoria. Nací en un puerto frente al Mediterráneo. Todo viene de allí: la Biblia, el Corán, Homero, la Ilíada, los viejos dioses, el mármol, el vino tinto, el aceite de oliva. Esa madre, esa cuna, ese origen lo tengo ahí. A la vejez, volver a navegar por mi cuna, recuperar antes de morir esos lugares, paisajes y escenas, me hace feliz.

—Esta obra habla de marinos mercantes convertidos en mercenarios para intervenir en la Guerra Civil Española de 1937. Están entre el Mar Negro y el Egeo, atacando barcos rusos que asisten a la República.

—La guerra civil no es más que un escenario. Quería contar una historia de piratas modernos, de corsarios. Una aventura en esa isla de la Mujer Dormida, que tanto me interesaba por la figura femenina. La mujer en mis novelas siempre ha tenido un papel importante: la mujer lúcida, la que pelea, la que tiene cuentas que ajustar.

—¿Todas?

—Sí, pero no todas se atreven a hacerlo. Las mías son conscientes y buscan cierta revancha, una venganza frente al hombre que les hundió la vida. En esta novela quise una mujer derrotada, una que no lucha porque ya fue vencida: Lena Katelios. Lena es feroz, enigmática, una exmaniquí de Jean Patou. Se entrega al amor, idealiza y luego se decepciona.

—“Te creía un héroe, pero ahora comprendo que fue mi imaginación la que te construyó: sin lo que yo imaginé, no eres nada”, dice el personaje. Muchas mujeres proyectan al hombre como héroe.

—Es la mirada de la mujer la que convierte a un hombre vulgar en alguien especial. Por eso lo sigue y renuncia a tanto por él. De pronto ve que todo era ficción; fue ella quien lo construyó. La decepción es terrible cuando decide vengarse de su propio error. Él la conoce y la conquista sin amarla, la convierte en trofeo que exhibe en los bailes. Ella se casa, enamorada; con el tiempo él se enamora, pero ella ya no lo ama.

—El triángulo amoroso es enigmático. ¿En la vida una tercera persona revitaliza o destruye un vínculo?

—Pueden suceder ambas cosas. Aquí el daño es tan grande que ella pierde su inocencia. El hombre de la guerra se va, pero ella se aferra a la última ocasión de sentir lo que dejó de sentir.

—El barón, tercer personaje, dice: “Los tiempos de antaño que obligaban a la lealtad, compromiso, obligación, honor (escurridiza palabra) eran ya términos difusos de límites impredecibles, una trampa peligrosa para quienes, como él, se veían obligados por las antiguas formas”. ¿Se perdieron esas formas?

—No del todo, pero la sociedad ya no las exige. Algunas son arcaicas, otras no. Lo importante es que valores de cortesía, educación y convivencia han desaparecido. Antes, hasta el más patán quería ser educado y se esforzaba, deseaba que sus hijos lo fueran para tener mejor posición social. Hoy, la falta de educación se exhibe como bandera. Es doloroso.

—Quizá recuperar aquellos valores…

—No se recupera nada. Hay cosas que se terminan. Es la ley de la vida.

—¿Tenemos nostalgia de esas cosas?

—La nostalgia es peligrosa. La confundes con los valores y tiendes a pensar que aquello era mejor; y no siempre lo fue.

—En 'La isla de la Mujer Dormida' hay dos espías amigos de ideologías opuestas que se ayudan. ¿Querés rescatar la posibilidad de que distintas ideologías se comprendan?

—Son republicano y nacionalista, se conocen antes de la guerra y se ayudan con respeto mutuo. El fanatismo raya en la estupidez. Es muy bueno intercambiar con quien no piensa como tú. Estos dos espías son para mí el ejemplo de cómo debería ser el mundo: ideas distintas, pero con mutuo respeto.

—¿El mal y el bien pueden convivir y aprender el uno del otro?

—En la guerra aprendí más de los malos que de los buenos. Un malo inteligente te muestra cosas que no veías. El mal tiene más matices y verlo te ayuda a precaverte. En los ochenta estuve en Angola con un torturador que me contó cosas fascinantes sobre el ser humano. Aprendí del mal de un modo que jamás habría hecho con un bueno. El esfuerzo por acallar al mal no es sano. Cuando estás formado, el mal no contamina.

—¿Palabras como fe, patria o Dios son sospechosas?

—Son nobles, pero hay que desconfiar de quien las use. Se han esgrimido como banderas para cometer barbaridades. La cultura te permite identificar esas manipulaciones y decidir por ti mismo. La cultura es un mecanismo de supervivencia.

—Creo que la evolución humana debe tender a lo bueno. Para mí, la maldad, la crítica y la violencia están ligadas a la involución.

—Sí, pero ignorar el mal impide evolucionar; hay que conocerlo. Tendemos a silencarlo, pero el mal está en la sociedad actual: lo vemos en Ucrania, en Medio Oriente… Es la misma guerra de siempre, de Troya a Gaza. Si conoces la historia, puedes entender y mejorar el presente.

—“Europa ya no es nada, es una caricatura, un parque temático para turistas”, dice el barón. ¿Cómo ves Europa hoy?

—Europa fue faro de civilización mil años, y Argentina “es” Europa. Pero perdió su influencia moral y se vulgarizó. Es una piltrafa con un escenario bellísimo. Asistir al ocaso de Occidente es un privilegio.

—¿Trump es parte de esa decadencia?

—Claro. Trump y Putin son síntomas de destrucción de tu mundo.

—El papa Francisco acaba de dejarnos, un papa argentino cercano a la gente. ¿Cómo ves su legado?

—No soy religioso. Para mí, la Iglesia católica es una institución cultural. La historia de Europa es inconcebible sin ella. Veo a los papas como gerentes de una empresa cultural, política y social. Francisco, buen jesuita, se adaptó a su tiempo, como Juan Pablo II o Pío XII.

—¿Dónde está tu germen espiritual?

—En mis novelas. Quien las lea se acercará a mi espiritualidad.

Vídeo:

https://www.lanacion.com.ar/videos/arturo-perez-reverte-si-no-tienes-conocimiento-sigues-al-falso-profeta-y-al-falso-lider-la-cultura-nid01052025/

Y entrevista de Cristina Mucci para 'Los siete locos'

https://www.youtube.com/watch?v=ZZkzZFj_QO4

03 febrero 2025

«La línea entre el bien y el mal, que somos tan aficionados a trazar, es falsa»


Entrevista de Edu Galán - ethic.es - 03/02/2025

El hotel Palace de Madrid, uno de los lugares favoritos de Arturo Pérez-Reverte (Cartagena, 1951), parecería estos días una metáfora de toda su obra: lo están reformando para que siga igual. Suena ‘La isla de la Mujer Dormida‘ (Alfaguara) a eso: al esplendor de regresar a la obra revertiana, al mar, al héroe, al siglo XX, a tantos lugares donde reencontrarse.

—Esta novela es una vuelta a muchas cosas. Tú siempre vuelves. La primera, Grecia.

—Con Grecia me está pasando un fenómeno curioso. Yo soy mediterráneo, nací en Cartagena, una ciudad donde ya existían los griegos, los fenicios… Tengo ya una memoria mediterránea desde niño. Y después, lecturas. Leí la 'Ilíada', la 'Odisea', la 'Eneida', y también te marcan. Además estudié nueve años de latín y tres de griego. En la memoria lectora tengo a Grecia como una de las referencias primeras. Para mí el Mediterráneo siempre ha sido la patria de verdad. Siempre he dicho que yo, bueno, soy español, soy europeo, pero sobre todo soy mediterráneo. Mi patria es el Mediterráneo. Desde Algeciras a Estambul. Ese es mi ámbito cultural, personal, biológico. De todo. Entonces, con la edad, con el tiempo, igual que uno tiende siempre con la edad a recordar la juventud, la infancia o la niñez, uno tiende a valorar más o a sublimar los recuerdos de infancia y de juventud. Entonces me he dado cuenta de que en los últimos años tengo una tendencia a irme al Mediterráneo, y a Grecia como madre de todo el Mediterráneo. En la última novela está cada vez más presente esa influencia, ese pasado, esa patria mediterránea. Como dije, mi patria principal en este momento es el Mediterráneo. O quizá lo haya sido siempre y ahora soy más consciente de ello. Entonces hay una especie de retorno, de reflexión sobre esa patria original de la que vengo y por la que navego.

—El tema de la novela, de su protagonista, es dejar a la familia atrás. Tú eso lo has vivido muchísimas veces. 

—Uno no puede desprenderse de aquello que vive o que lee: mi clave fundamental está en que yo viví lo que había leído en los libros. Es decir, cuando yo empecé a moverme por el mundo fui a la guerra con veintipocos años, y empecé a viajar por ahí. Yo proyectaba en el mundo que vivía, que conocía, lo que había leído. Todo me sonaba allá, todo era "déjà vu" porque todo lo había leído. Entonces la 'Ilíada', la 'Eneida' y la 'Odisea' fueron mis libros fundamentales. Cada vez que yo veía una tragedia, un héroe, una desgracia, una mujer que se despedía de su marido, un cadáver, era como verlo por segunda vez, porque ya lo había visto como lector. Esos libros estuvieron en el origen de todo, me dieron las primeras claves. Creo que los libros ayudan a entender el mundo. Quien ha leído mucho entiende mejor el mundo. Quien no ha leído comprende peor el mundo. Y comprender el mundo es digerirlo mejor. Esos libros fueron los que me ayudaron —cuando descubrí el mundo violento, duro, que era la guerra o la vida que llevé— a mirarlo con serenidad, me ayudaron a comprender. Han sido como mis guías que me llevaron de la mano por ese mundo caótico. Después ya fui adquiriendo otra serenidad y otra certeza. El primer refugio intelectual que tuve cuando me enfrenté al mundo real fueron estos libros que había leído de jovencito. Otra cosa: traduje a Virgilio, a Homero y a Jenofonte. Los traduje verso por verso. O sea, que mis clases de griego eran buenas. No era el griego que te quitas de en medio. Tuve una profesora que se llamaba Gloria, que era magnífica, y el de latín, que era Antonio Gil. Y traduje verso a verso. El trabajar en ese mundo no es solamente la parte mecánica, me impregné. Y a un mediterráneo como yo le era muy fácil impregnarse de eso. Reconocí en esos libros a mis antepasados de verdad. Yo soy descendiente. Tú eres un bárbaro del norte.

—Sí, yo no pertenezco a esa cultura. 

—Yo reconozco a mis abuelos. Ulises es mi abuelo. Cuando Ulises trampea, engaña, miente, seduce… Lo he visto en los puertos de Cartagena, lo he visto en Nápoles, lo he visto en Estambul. Son mis compatriotas. Estoy mucho más cercano culturalmente, incluso biológicamente, de un turco, de un italiano, de un siciliano, de un napolitano, que de un francés, o de un alemán, o de un inglés, o de un norteamericano.

—No sabía que habías traducido.

—Todavía puedo traducir. A César puedo traducirlo todavía sin diccionario. A Cicerón no, porque ya es más complicado. Y el griego, por supuesto, necesito diccionario. Pero 'La guerra de las Galias' la puedo traducir casi sin ningún problema.

—¿Cómo eres con tus traductores? 

—Hay traductores que no sé lo que hacen. Por ejemplo, el chino. Yo estoy traducido a cuarenta y dos —me parece— lenguas. Me pasó el otro día una cosa muy graciosa. ¿Te he contado lo del israelí del barco?

—No, no.

—Íbamos en el barco todos los periodistas y al lado hay una pareja y dice: «¿Es usted novelista?». «Sí». «Pues nosotros estamos leyendo a un novelista español». Y sacan 'El club Dumas' en israelí, que no estaba mi foto. Y digo: «Lo he escrito yo. Es mío, soy yo».

—No fastidies. 

—Todos los periodistas, todos acojonados. Algunos lo han mencionado en las crónicas. Bueno, ¿cuál es la pregunta?

—Cómo es tu relación con la traducción y, de paso, el éxito en Francia de 'El italiano'.

—Yo no sé lo que hace el griego y lo que hace el chino o el croata o el árabe o el israelí. No puedo leerlo, afortunadamente, porque creo que el chino lo traduce del francés, con lo cual ya debe ser la hostia. Pero leo las traducciones inglesa, portuguesa, francesa e italiana y las que vigilo antes de que se publiquen. Y estoy muy contento. Tengo traductores muy buenos. El traductor no se trata solamente de que traduzca, es que el traductor se adapte a la idiosincrasia del lector de cada lugar. A mí me traducía en Francia François Maspero, un hombre legendario de la izquierda francesa, un buen amigo mío y un traductor excelente. Murió, desgraciadamente. Pero Maspero era un cabrón y entonces me ponía trampas. En la novela original yo decía que tal personaje «enciende un cigarrillo», y él añadía en la traducción que me mandó: «Cosa que me parece muy mal, el tabaco es malo para la salud». Me reía mucho y le contesté: «Hijo de puta, hijo de puta». Y una de estas travesuras se metió en el libro y salió en la edición. Todas mis novelas en Francia han ido muy bien. Y hay una cosa que agradezco mucho, que es que me tratan bien todos, la derecha o la izquierda. Tanto 'Libération' como 'Le Monde' como 'Le Figaro' me tratan bien. No hay una decantación ideológica de unos u otros. Todos ellos coinciden. Me he sentido siempre muy bien arropado, muy querido.

—Aquí en España te está pasando también. Te están tratando bastante bien. 

—Esto es una pedantería. No puedo hablar de esto.

—Te tengo que preguntar. 

—Sí, me están tratando bien. Y hay una cosa que me complace. Tengo buena relación con todos ellos. Es decir, en España hay una cierta tendencia a discriminar que si este es de mi ideología o este es de aquella lo saco o no lo saco. Si este vende mucho no lo saco. Si este vende poco lo saco.

—O pertenece a un grupo editorial u otro.

—Claro. Los periódicos tienen, digamos, sus condicionantes, que son lógicos en todas partes. Pero a mí me pasa aquí igual que me pasa en el extranjero, que me tratan bien todos. Siempre hay alguno que no le gusta tu libro. Es evidente. O siempre hay alguno que te ajusta cuentas que no tienen que ver con la literatura, a través del libro. En ese sentido soy transversal, curiosamente. Estoy muy contento por mi relación con la prensa cultural: casi todos me respetan, por no decir todos. Y a veces me siento sorprendido. Porque no es usual. Y eso hace que me sienta muy bien. Pero es que no sé qué más decirte sobre esto. Suena ya a pedantería o vanagloria.

—Eres un autor popular y respetado por la crítica. Muy raro. Se te puede encontrar en suplementos culturales y en el supermercado.

—Eso es interesante. Pero no es porque yo ahora sea tuitero… Hay una cosa que tampoco puedo decirla yo, pero es que todas mis novelas, desde la tercera, desde el año 90, todas han estado en la lista de más vendidos.

—Eso no es una cosa que puedes "contar" tú, ese es un dato objetivo. 

—Pero dicho de mi boca suena pedante. Yo iba a la Feria del Libro y me sentaba y tenía público, como tenía todo el mundo. Pero la prensa acabó convirtiendo la Feria del Libro en aquellos tiempos en una especie de competición. A ver quién ha vendido más. Fíjate: un día estoy firmando libros y aparece un tío con una cinta métrica para medir mi cola.

—Eso es divertido y muy loco.

—Me levanté, firmé el último libro y dije: «Nunca más voy a la feria». Y estuve como diez años sin ir. Al final volví otra vez porque ya no se plantea como competición. Creo que ni siquiera dicen quién ha vendido más.

—No, en la Feria de Madrid se dice el número total de libros. En Sant Jordi continúan con lo de los más vendidos.

—Parecía un concurso. Aparte, que eran amigos míos: Gala, Marías, Almudena… No iba a competir con ellos, iba a vender mis libros y a firmarlos. Otra cosa: todos los libreros querían que yo estuviera con ellos. Pero no podía estar con todos. Entonces algunos se ofendían, y decidimos dejar de ir a casetas de libreros: ir a la carpa y hacer allí la firma. A veces me han obligado a hacer ciertas cosas que no eran para mí.

—Me interesa mucho esa contradicción con la que juegas con el lector de 'La isla de la Mujer Dormida': como en 'Falcó', haces que les caiga bien alguien que trabaja para el bando sublevado.

—Estamos hablando de novelas. Eso es fundamental. No de vida personal: de novelas. La novela es un artefacto narrativo que busca eficacia. Busca que el lector, seducido por esa historia, la siga hasta el final y compre la siguiente. [Risas]. Es una definición básica de novela. Y además es la más honrada que vas a oír. Pueden entrar factores personales, como aficiones, deseos, sueños, pero es un artefacto narrativo que debe funcionar. En ese artefacto narrativo hay una cosa que aprendí en la vida y que me la llevo en mis novelas, y esto es muy importante: la línea entre el bien y el mal, que somos tan aficionados a trazar y más en los últimos tiempos, es falsa. No hay una línea que separe claramente el bien y el mal. Pero la estupidez de la sociedad nos está haciendo creer que sí. Sé que el ser humano es muy complejo, que se mueve en una gama de grises. Una novela en la cual el protagonista o los personajes tienen clara la línea que separa es muy aburrida. ¿Qué vas a esperar? Ese rollo de un tío que es republicano, pues es siempre republicano. Franquista, pues siempre franquista. Religioso, siempre religioso.

—Es como literatura infantil.

—Pero lo interesante narrativamente para mí está en los grises, en la contradicción. Te pongo un ejemplo claro. Una novela en la cual un personaje es cliente de la prostitución. Ese tío no es un personaje recomendable. Está claro. Paga dinero por acostarse con mujeres. Está claro. Pero resulta que ese personaje se enamora de una prostituta y decide salvarla. Entonces deja ya de ser blanco o negro. Entra en los grises. Está enamorado. Se juega la vida por ella. Intenta rescatarla. Se enamora. Entra ya en un territorio gris donde las posibilidades narrativas son muy superiores. Los grises te dan más posibilidades narrativas que los blancos y negros. Y además, se parecen más a la vida real. Yo prefiero moverme en la gama de grises en mis novelas. En 'Falcó' aparece un franquista que te cae bien. Aquí, un marino mercante que trabaja con los franquistas pero en realidad no lo es ideológicamente. Hay dos espías, uno de cada bando, que juegan al ajedrez y se llevan bien. Lo gracioso es que no me lo invento. La vida es así. Esa parte de la vida la utilizo para situar mi territorio narrativo. Elijo esos grises. Ahí está el núcleo básico de todas mis novelas. Como 'Línea de fuego'. La República tiene razón. Los franquistas no la tienen. Pero cuando te acercas al ser humano encuentras gente de todo tipo. Un tío que está porque está obligado, otro que quiere desertar, uno que es un fascista pero que tiene buenos sentimientos o un comunista que mata… Ese es mi territorio, esa ambigüedad, que es muy fértil narrativamente. En ese sentido, esta novela es arquetípica. Está justo en el centro de esa concepción de la novela.

—Esa contradicción para el mundo actual: la camaradería entre enemigos.

—Hay una escena en mi novela 'Línea de fuego' con la que se rayaron mucho los franceses. Uno está fumando y oye al otro que dice: «Rojo, que te veo». Y en vez de pegarle un tiro, le da un cigarro. «Gracias». «De nada». No me lo invento. Era así. Mi padre y mi abuelo hicieron la guerra y me lo contaron. Ahora te venden una especie de producto.

—Dices en una página de 'La isla de la Mujer Dormida': «En asuntos de riesgos en el mar nunca se sabe». En asuntos de riesgos nunca se sabe en general, pero parece que vivamos ajenos.

—Por eso me gusta tanto el mar, porque yo mismo a veces olvido que el mundo es un lugar hostil y peligroso. Yo mismo lo olvido. Y eso que tengo experiencia. Me dejo llevar por el confort. Funciona la luz. Se enciende y se apaga. El camarero. La calle. El semáforo. El niño. El inválido. La señora. El abuelito. Pero cuando estás en la guerra no es así. El mar me recuerda —ya no puedo ir a la guerra, ya no tengo edad para ir a la guerra y además la guerra ya me dio lo que me tenía que dar— que estoy en un lugar peligroso. Me produce una saludable incertidumbre. Me devuelve la certeza de que si me descuido, si no estoy atento, si no soy buen marino, si no miro el tiempo, la luz, el barómetro y tal, el mar me puede matar a mí y a los que están a mi cargo como tripulantes. Entonces, el mar me mantiene en lucidez permanente. Es una especie de recordatorio. Hago 73 años, me devuelve mi propia estimación de vida. Yo soy un anciano ya. La palabra "anciano" a mí no me da ningún complejo. A mi edad se es anciano. Estoy en buena forma física, pero soy viejo y anciano. Cuando en el mar hago frente a una situación mala, a un temporal de varios días, a un problema, a una avería de agua y me comporto adecuadamente, soy marino. Dejo de ser el anciano que ya soy, o que empiezo a ser. Y veo que todavía conservo cosas de las que puedo estar orgulloso de mí mismo. El mar me es muy útil en ese sentido, en lo personal.

—¿Y te gusta celebrar los cumpleaños? 

—No. Ni los santos, ni las Navidades, ni la Nochebuena. Es una razón muy simple. Pasé toda mi vida afuera. Pasé mis cumpleaños solo en un hotel de mierda, con fiebre, tomando aspirinas, o en el desierto, o en mitad de la guerra… Y mi infancia está muy lejos. No tengo esa vinculación emocional que hay con las fechas familiares, de la familia, Nochebuena, el árbol de Navidad, el Belén, los Reyes… Tengo mis recuerdos de infancia, que son muy bonitos, como todos los críos. Todas esas fechas para un niño son maravillosas. Pero pasé demasiado tiempo solo en lugares extraños y no tengo ese vínculo.

https://ethic.es/entrevistas/entrevista-arturo-perez-reverte/

24 enero 2025

Llamadme Miguel Jordán

Chapu Apaolaza - ABC - 24/01/2025

Como lo han contado Peláez y el propio autor, ya puedo decir que me parezco más allá de lo casual al protagonista de 'La isla de la Mujer Dormida', la última novela del maestro Arturo Pérez-Reverte, que me ha concedido el regalo de esta íntima posteridad. Hace mucho tiempo me recomendó un libro por correo electrónico y, quizás sin saberlo, tomó el testigo de mi padre en ese mar compartido que mi jefe me enseñaba de niño desde la Peña de los Balleneros del monte Ulía en San Sebastián. Allí mi "aita" me contaba historias de ballenas lejanas, de arpones y remos que hacían crujir los toletes, y de pronto gritaba «¡por allí resopla!» sobre ese Cantábrico azul de cobaltos infinitos que resultaron no serlo. Años después y faltando mi padre, Reverte me llevaba casi de la mano de sus novelas a aquellos mundos de agua en los que uno duerme a dos pulgadas de madera de la eternidad. Yo le seguía por los párrafos con la lealtad que los hombres guardan hacia algunos capitanes, y así vivía en la fantasía del mar, que es como se vive de verdad.

Lo conocí en la cubierta del Príncipe de Asturias en el bicentenario de Trafalgar. Él recibía la Gran Cruz al Mérito Naval y yo intentaba mantener la verticalidad en la cubierta. Vivía en Cádiz y, por la invitación a la vagancia de los atardeceres sobre las azoteas, me fui dejando el pelo largo y me tomaba por Jack Aubrey, el personaje de las novelas de O'Brian, a las que me introdujo Reverte. Saludaba tocándome con el nudillo la frente y, para escaquearme de los sitios, por dentro ordenaba a mi segundo, también imaginario, que metiera la fragata en la niebla. Raspaba un estay, dormía en un coy, comía el "pudding" con pasas que llamábamos "perro moteado" y que preparaba un malhumorado cocinero. Tocaba al violín melodías de Bocherini con el cirujano del barco, un independentista catalán interesado en las aves y las tortugas. Después de las batallas, sobre todo si las ganaba, regresaba a mi cabina y, mientras los hombres baldeaban la sangre de las cubiertas, me invadía una profunda y lánguida soledad.

En mis ratos más taciturnos me tomé por Queequeeg y por las noches tallaba un sarcófago de palabras. Y también fui Ismael, aunque ya casi nunca me sorprende un noviembre lluvioso. No me detengo más tiempo del que debiera ante los escaparates de las tiendas de ataúdes, ni siento el impulso irrefrenable de salir a la calle a derribar los sombreros de los transeúntes. Ahora me podéis llamar Miguel Jordán, mando una lancha torpedera en el Egeo y sé que mi tripulación, llegado el momento, hará lo que se espera de ella, de revertianas maneras. Vivo atrapado en una misión maldita de una guerra que no es mía del todo y un amor a la deriva. De todos los hombres del mar que he sido, me quedo con este: «Cumplidos los 48 años, Jordán había cambiado poco: seguía siendo alto y fuerte, aunque el cabello le escaseaba en las sienes, la barba rubia estaba entreverada de canas y pequeñas arrugas fruncían sus ojos claros […]. Llevar uniforme facilitaba los engorrosos trámites locales, y por esa razón vestía la chaqueta azul marino con botones de latón dorado, un ancla y cinco galones en las bocamangas».

https://www.abc.es/opinion/chapu-apaolaza-llamadme-miguel-jordan-20250124000511-nt.html

22 enero 2025

Fuego en el mar

Luis Alonso Girgado - Diario de Ferrol - 22/01/2025

A día de hoy, el cartagenero –gaditano y andaluz, por tanto– Arturo Pérez Reverte (n. en 1951), periodista de carrera, corresponsal de conflictos bélicos por medio mundo, hombre de mar hasta la médula (es capitán de yate) y apasionado navegante por más de siete mares, es un escritor en plena y aún fecunda madurez que conjuga en sus trabajos y días el ejercicio periodístico que iniciaba en 1973 en las populares páginas del madrileño 'Pueblo', dirigidas por el no menos popular y hasta conflictivo (dentro de un orden) Emilio Romero.

Tiempo después se iniciaba en la literatura narrativa con 'El húsar' (1986), terreno en el que ha producido (narrador sólido y prolífico como es) más de una treintena de títulos, algunos agrupados en series como las del Capitán Alatriste o Falcó. Los premios son innúmeros, entre ellos el de la Crítica por 'Línea de fuego', el Jean Monnet por 'La piel del tambor', el Grand Prix policíaco por 'El Club Dumas', el Mediterráneo por 'La carta esférica', el de la Academia Sueca de novela detectivesca por 'La tabla de Flandes' y otros varios, a los que hay que añadir los obtenidos en el ámbito de la prensa, que en países como Francia, Suecia, Dinamarca o Estados Unidos han elogiado algunas de sus mejores novelas.

Guionista de cine y televisión, ha visto no pocos de sus títulos en dichos medios. Se trata de un escritor polémico, crítico y disidente que con frecuencia opina de cuestiones de actualidad (materia política y cultural sobre todo) sin morderse la lengua, sin evitar la confrontación y los posicionamientos a contracorriente. La vida española, la historia (momentos o etapas como la Guerra Civil o los Siglos de Oro), sus hechos y figuras ocupan cientos de páginas narrativas o periodísticas. Miembro de número de la RAE, fundador de la revista literaria Zenda, es narrador de sólido oficio, cultiva las historias de aventuras con claro predominio de la acción, la violencia y la elevada tensión en el rápido fluir de sus bien ajustadas tramas en las que reitera los escenarios marinos.

De esto es buen ejemplo su más reciente novela, 'La isla de la Mujer Dormida' (Alfaguara, 2024), cuya temática está en la línea de 'El italiano' (2021), también de escenario marino, y también bélica como 'Línea de fuego' (2020), esta narración centrada en la Batalla del Ebro. En el frecuente relato de guerras y batallas el autor siempre destaca la presencia española, y en nuestra contienda civil de 1936 se posiciona en el bando sublevado o “nacional”. 

En este caso nos hallamos ante una historia de amor, de guerra y de espionaje y contrabando que discurre en 1937 por zonas mediterráneas como Grecia y Turquía, por el mar Egeo en el estrecho del Bósforo o las islas griegas. El protagonismo del marino greco-español, el capitán Miguel Jordán, recio y solitario pero plano y unívoco, se ve opacado por la atractiva y misteriosa, compleja y enigmática figura de Lena Katelios, de trágico destino y existencia a la deriva entre drogas soledades y sexo degradado. Ella, en una situación triangular entre el dominio y el sometimiento, junto al verismo de los combates entre barcos republicanos y la lancha torpedera de los franquistas, La Loba, o las conversaciones de los dos espías sobre el curso de la guerra, son lo mejor de la novela.

Es de destacar, entre la antagónica conflictividad de los dos bandos, el equilibrio en el enfoque de ambos, así como el dominio del léxico bélico y el marítimo, el crescendo bien gradualizado de las situaciones de confrontación, la belleza de los frecuentes paisajes de mar y el cuidado engranaje estructural del conjunto en un ambiente enrarecido e inquietante, de incertidumbre y miedo.

Como detalle, digamos que El Ferrol (aún no “del Caudillo”) marca con su presencia la apertura y el cierre de esta novela que también registra la rebelión de la marinería republicana y su sangriento enfrentamiento con los oficiales y mandos de los navíos, suceso que provocó en la ciudad el desencadenamiento de las hostilidades. 

Los ingredientes que el veterano escritor maneja hacen de 'La isla de la Mujer Dormida' una novela que desde un comienzo sosegado se mete en el lector cada vez más a fondo, entreteniéndolo y recabando su atención fruto de la maestría en el oficio de contar de Arturo Pérez-Reverte.

https://www.diariodeferrol.com/articulo/nordesia/letras-espanolas-arturo-perez-reverte-fuego-mar-5147662

16 noviembre 2024

“Si no pudiera escribir novelas me iría en un barco”

Entrevista de Carlos Rubio Rosell - Milenio - 16/11/2024

Historia de corsarios en el Mediterráneo griego, con hombres de mar al margen de la ley en un escenario cuyas inmediaciones son como un tablero de ajedrez en el que se mueven piezas que contienen intrigas y azares, 'La isla de la Mujer Dormida' (Alfaguara), la nueva novela del escritor español Arturo Pérez-Reverte, es una narración que en muchos sentidos le ha acompañado durante toda su vida.

Como él mismo explica en entrevista con 'Laberinto', desde que empezó a escribir siempre quiso contar una historia de piratas pensando en ese lector joven que fue, de modo que esa novela fue madurando sin darse cuenta, adueñándose de su territorio, hasta que un día se le ocurrió al fin escribirla y pensó que mejor que una novela de piratas era hacerla sobre corsarios; es decir, piratas con patente de corso, piratas que tienen la bendición de un gobierno o un Estado y tienen unas reglas. Y mientras navegaba por el mar Egeo, imaginó una isla que fuera al mismo tiempo lugar de prisioneros y exiliados, una isla a orillas del mar Negro, con tres mil años de antigüedad, que atrapara a sus personajes como atrapó al poeta Ovidio cuando estuvo desterrado por el emperador Augusto, “el viejo mar atrapándolos en siglos de espuma y esmeralda”.

“Pensé que sería un buen lugar”, dice Pérez-Reverte, “porque por ahí pasaban los barcos rusos que llevaban armas y material para la República española durante la Guerra Civil. Así que elegí ese momento histórico, 1937, como escenario y como telón de fondo, pensando en una operación como la que describo en la novela, de la que por otra parte no había ningún registro, así que tuve que inventármela y planificarla como si hubiera sido yo el jefe del Estado Mayor que debía dirigirla, de forma casi militar”.

Para ello, el escritor se documentó, leyó, viajó, estudió cartas náuticas, los tipos de barcos que surcaban esas aguas, habló con gente y comenzó a construir 'La isla de la Mujer Dormida, con el Kuomitang rechazando colaborar con los comunistas, Birmania escindiéndose de la India, Egipto siendo admitido por la Sociedad de Naciones y Europa confirmando las purgas de Stalin mientras Hitler y Mussolini sostenían a Franco y los suyos.

—¿Por qué eligió ese momento histórico y no otro?

—Como novelista, la Guerra Civil no me interesa ideológicamente, sino narrativamente. Conozco bien esa época. Además, cuando escribí 'El tango de la Guardia Vieja', que transcurre en los años veinte y treinta, la época me gustó, me moví muy a gusto con el material que había estudiado: la moda, las costumbres, el final de un mundo y el umbral de otro que aún no empezaba. Me sentía tan a gusto que seguí utilizando esa época para las novelas de Falcó.

—En ese sentido, usted siempre ha afirmado que no utiliza la novela para dar lecciones de historia.

—Vivimos un tiempo en el que se exige que uno tome una posición, que se sitúe en una línea, bien o mal, a favor o en contra, y la vida no es eso. Con la edad he descubierto que tengo muchas menos certezas, cosa que no pensaba cuando era joven. Estoy a punto de cumplir 73 años y tengo más incertidumbres que certezas. Y me gusta. Me gusta ver que el mundo es un lugar ambiguo donde el bien y el mal, el blanco y el negro, el rojo y el azul, son relativos, que todo es cambiante y no hay fronteras claras sino más bien líneas difusas. Creo que pensar así es mucho más fértil, porque cuando uno tiene certezas, cuando uno tiene claro el bien y el mal, su vida se vuelve muy aburrida y monótona, y puede caer en el fanatismo, y el fanatismo significa la Inquisición, y luego el exterminio del adversario. Así que no me gusta el camino al que llevan las certezas y las fes con mayúsculas. En ese sentido, la ambigüedad es saludable. Por supuesto tengo mis ideas, sé dónde estoy. No soy equidistante, soy ecuánime, que es distinto. Acepto que puedo estar equivocado y que mi enemigo puede tener razón algunas veces. Creo que esto es saludable: reconocer virtudes en el adversario y defectos en el bando propio. Creo que es muy higiénico y saludable, aunque eso ocurre muy poco hoy en día. Así que soy un novelista orgulloso de sus incertidumbres.

—Uno de los personajes de su novela dice precisamente: “Quien crea que esto se hace por una causa o una fe no tiene la menor idea”.

—Mis personajes nunca matan o mueren o sufren o pelean por una causa o una fe. Pelean porque las circunstancias los llevan a pelear. Desde 'Alatriste' hasta 'Revolución', incluso en 'Territorio comanche' o en 'El pintor de batallas', es así. Y en el caso de 'La isla de la Mujer Dormida' hay un personaje muy revertiano: el marino Miguel Jordán, un tipo que cuando mata y hunde barcos no sufre porque mate seres humanos. Para él matar, morir, hecho como está a una vida dura y áspera, forma parte de la existencia, pero lo que le conmueve es que está matando a compañeros de profesión, a hermanos de oficio. Esa es su tragedia, su contradicción. Es gente de mar en una época en la que el mar era muy hostil, porque no había teléfonos móviles ni toda la parafernalia que existe hoy. Admiro a esos marinos justamente por su estoicismo. Y este personaje es uno de esos marinos.

—Hay otros dos personajes magníficos en esta novela: el barón Katelios y Lena, su mujer, quienes protagonizan una serie de episodios de la novela realmente fascinantes. Háblenos de ellos.

—Él es un hombre que ha perdido la fe en el mundo, un hombre que pertenece al siglo XIX y que ve cómo su mundo se hunde y desaparece. Y eso le da una fría lucidez, un importante egoísmo intelectual. Ahí entra ella. Él se casó con una mujer hermosa, una antigua modelo rusa, sin amarla, porque era la mujer trofeo que le permitía brillar en sociedad. No la amaba, y ella a él sí. Lo que pasa es que con la convivencia él ha empezado a amarla y ella ha dejado de amarlo. Y ahí viene el conflicto, un conflicto permanente, porque ella ve que él es un héroe con pies de barro, y viene la decepción, la amargura y a veces el rencor. La mujer puede hacer dos cosas: o marcharse, o vengarse y quitarle todo. Y aquí aparece el tipo de mujer de mis novelas, mujeres que luchan en un mundo de hombres contra los hombres y se vengan de ellos. El problema es que en este caso, a diferencia de las mujeres del resto de mis novelas, se trata de una mujer derrotada, quien ya no tiene siquiera a dónde ir, no tiene retaguardia ni esperanza. Esa mujer, en esa isla que es una prisión simbólica, no tiene salida, y su único recurso es vengarse del hombre que la llevó allí. ¿Y cómo lo hace? Utilizando el sexo como venganza intelectual. No le permite tocarla pero le cuenta sus amores con otros hombres, hasta que aparece Jordán y se forma un triángulo turbio y desesperado que me interesaba para abordar ese lado oscuro de la mujer y su relación con los hombres.

—Por otra parte, en la novela se habla también de la obtención de rasgos universales a partir del análisis de numerosos hijos de puta, una reflexión de corte aristotélico.

—Quien me conoce sabe que no soy un hombre que tenga gran fe en la humanidad. Creo que la humanidad está llena de causas hermosas que el ser humano estropea. Ha ocurrido siempre. Palabras que en su momento fueron esperanza para la gente, como comunismo, socialismo, nacional-socialismo, anarquismo, fascismo, y que en la época de mi novela aún había gente decente que creía en ellas, no habían mostrado aún su lado oscuro. Era una época que, en relación a esas palabras, era inocente, y eso es muy interesante. Esa época me interesa porque aún eran posibles los sueños y proyectos, que después la vida demostró que eran horribles. El problema es que el mundo actual ya no tiene esperanzas; sabemos que todo proyecto hermoso termina pervertido por la sucia condición humana. Paradójicamente, el progreso nos ha quitado la esperanza. Ahora los lúcidos tenemos menos fe porque sabemos que todas las empresas hermosas terminan en números ridículos o trágicos.

—En otro momento, escribe: “Tenía la sensación de que abandonaba un pasado ajeno para penetrar en un presente propio”. ¿Revela esto algo del escritor, del propio Arturo Pérez-Reverte frente a la escritura de sus novelas?

—Es un error buscar al autor detrás de sus novelas, porque la novela es un artefacto de ficción y, evidentemente, el autor puede poner gotas suyas, pero una vez que está metido en una novela ya no hay verdad, sino literatura, y se aleja de uno, que puede manipular y hacer trampas con ello sin ser responsable. Sin embargo, es verdad que al escribir una novela también reflexiono sobre mí sin darme cuenta. Tengo una edad y he leído mucho y eso me da una manera determinada de ver el mundo, así que cada novela es una manera de mirar hacia atrás, ordenar ese mundo y descubrir cosas que no había descubierto. Digamos que hay una utilidad secundaria que me obliga durante año y medio a reflexionar sobre cosas que me interesan narrativamente pero que al final también forman parte de mí mismo. Hay una frase mía de una novela que dice: “El cazador siempre queda marcado por el tipo de caza que persigue”. Eso es verdad. Si bien hay un distanciamiento y nada de lo que se dice en una novela mía puedo suscribirlo con mi firma, es cierto que todo tiene que ver conmigo y eso me hace evolucionar y moverme. No soy el mismo después de escribir una novela, e incluso mis novelas han cambiado. Mi territorio es el mismo, pero la manera de contar, los problemas que se plantean y la manera de resolverlos han ido evolucionando con mi edad y con el mundo en el que vivo. Por eso me siento un escritor vivo. Lo malo es cuando un escritor se limita a repetir la misma fórmula. Así que mientras tenga esa actitud de vigilia activa seguiré vivo como escritor.

—Otra frase de la novela sobre la que vale la pena reflexionar es cuando apunta que “es raro que las palabras mejoren el mundo. Lo más común es que lo empeoren”.

—Durante toda mi vida creí que el verbo, la palabra, mejoraba el mundo. Creía que las palabras eran buenas porque ayudaban al ser humano a mejorar, a entenderse. Pero con la edad he comprendido que hay más palabras que hacen daño en el mundo que palabras que lo benefician. Yo he visto utilizar palabras de forma noble, pero también infame. Y en el mundo actual hay tantas palabras circulando, tanto ruido, tanta demagogia, tanto apropiarse de palabras con fines bastardos, que las palabras se han vuelto muy sospechosas.

—¿Podemos decir que es usted un narrador de aventuras?

—Hay una frase de Joseph Conrad que dice: “Creía que la aventura era la vida”. Cuando salí al mundo con una mochila a vivir aventuras pensaba que la aventura era algo que había que perseguir. Y luego me di cuenta de que la aventura no es algo a lo que vas, sino una forma de vivir. He vivido una aventura muy interesante toda mi vida, una aventura que ha tenido guerras, viajes, amor, odios, violencia, soledad... Pero a mí no me gusta la palabra "aventurero" porque creo que la aventura se encuentra. Mis personajes no buscan la aventura, la encuentran; es gente cuya vida los pone ante situaciones ante las cuales tienen que actuar de una forma determinada, y eso es para mí la aventura. La aventura es una persona normal a quien la vida pone en una situación en la que debe recurrir a su talento, su valor, su coraje, su dignidad, para sobrevivir o para ayudar a sobrevivir a la gente que ama. Esa es la aventura que me interesa. Yo cuento historias, y todo ese tipo de azares y peligros, lo que llamamos aventuras, me ayudan a contar mejor esas historias. Y eso es todo.

—Al final uno de sus personajes dice que un barco es suficiente y no necesita nada más. ¿Piensa usted lo mismo?

—Es cierto. Si yo no pudiera escribir novelas me iría en un barco. Y con eso es suficiente. Hay gente para quien la tierra firme está llena de desagradables certezas y prefiere la incertidumbre del mar a las sucias certezas de la tierra. Y esos son mis personajes y quizá, en cierta forma, ese soy yo también.

https://www.milenio.com/cultura/laberinto/los-corsarios-modernos-de-arturo-perez-reverte

08 noviembre 2024

«Lo bonito del mar es cuando viene lo peor… y lo superas»


Entrevista de Marta Flich - Forbes / Nautik - 08/11/2024

Lo ha vuelto a hacer. El genio de la novela de acción, histórica o lo que se le antoje, ha vuelto a demostrar con su última novela, 'La isla de la Mujer Dormida' (Penguin Libros) que tiene la fórmula del éxito y de la exquisitez. Entrevisto a Arturo Pérez-Reverte para la primera edición de 'Nautik' de la revista 'Forbes'. Da igual las veces que lo hayas visto o conversado con él. Siempre impresiona. Su halo, elegancia y carisma llenan de golpe la habitación donde entre. Se sienta, sonríe. Arrancamos a charlar. “Espera, que grabo”, y me sumerjo en un rato delicioso con el autor de habla hispana más potente de las últimas décadas.

—Qué interesante siempre la relación que tienen los marinos con el mar, algo que plasmas perfectamente en tu libro.

—Ojo con el mar. Eso de que me gusta mucho el mar… La gente piensa en uno navegando, un atardecer bonito, una puesta de sol en la playa, una chica guapa. El mar es muy cabrón. El mar en invierno es muy frío, muy peligroso; da muchos malos ratos, muchas horas de cansancio, temporales, viento. Es un lugar muy hostil y muy desagradable. Lo bonito del mar es que cuando viene lo peor, y viene siempre, y lo superas, sobrevives, te sientes marino. Dices: “Lo he hecho. He llevado el barco estos cinco días a la capa. He conseguido llegar en mitad de una niebla. He tenido una avería. He sido marino. Soy marino”. Lo bonito del mar es eso, estar junto al desastre y conseguir escapar tú y la gente que llevas a bordo, claro. Porque yo como capitán soy responsable de los de a bordo.

Lee la entrevista completa en el primer número de 'Nautik Magazine'. Encuéntralo en quioscos y en la tienda de SpainMedia.

https://forbes.es/nautik/538646/arturo-perez-reverte-lo-bonito-del-mar-es-cuando-viene-lo-peor-y-lo-superas/

07 noviembre 2024

'La isla de la Mujer Dormida', de Arturo Pérez-Reverte

Élmer Mendoza - El Universal - 07/11/2024

Una novela es un cuerpo. Puede tener escoriaciones, incluso mutilaciones y partes nebulosas, pero algunas son cuerpos perfectos que brillan por sí mismas, que en la lectura se olvida el autor o autora porque la novela ocupa completamente nuestra mente. Es lindo. Es estimulante. Hasta puede atenuarse por un momento que una ciudad esté en un torbellino de violencia y que apenas ayer asesinaran a uno de tus mejores amigos porque se negó a pagar derecho de piso. Hay novelas tan bien escritas que es posible hacer una pausa y apartar nuestra fragilidad. Tal es la gran virtud de 'La isla de la Mujer Dormida', novela de Arturo Pérez-Reverte, publicada en España y México en octubre de 2024, por Alfaguara, del grupo Penguin Random House. “El novelista más perfecto de la literatura española de nuestro tiempo”, dice 'El País'. Por supuesto que avalo esas palabras, y lo que sigue.

En esta novela, durante la Guerra Civil Española los soviéticos enviaban armas y otras cosas a los republicanos a través del mar Egeo. Los franquistas, apoyados por Alemania e Italia, comisionan a Miguel Jordán, un recio marino mercante que “prefería la certidumbre del mar a los azares desconocidos de la tierra firme”, para que dirija una operación de hundimiento de barcos con carga bélica en el estrecho de Dardanelos. Para esto le facilitan una torpedera veloz y un grupo de marinos aventureros que no temen morir. Se instalan en una isla perdida, la isla de la Mujer Dormida, propiedad de Katelios, un noble griego venido a menos, casado con una bella exmodelo rusa que a pesar de sus años conserva parte importante de su belleza.

Roldán establece una buena relación con el piloto Eleonas, un contrabandista griego, necesario para tener éxito en la misión. A la par de narrar los preparativos de los marinos para cumplir su trabajo, con información que se genera en Estambul que obtiene un espía, que intercambia datos con otro espía español del bando contrario, con quien juega ajedrez y se relaja, Pérez-Reverte cuenta la historia de la pareja y las características de la relación, desde sus tiempos en la "jet set" hasta el estado actual en que, además de dos sirvientes, son los únicos habitantes de la isla, donde viven en una casa antigua en franco deterioro. Pronto el barón Katelios invita a Jordán a su casa para conocerlo. El marino es taimado, no tiene interés en la pareja y no puede revelar nada, pero entiende que está en su territorio. Por supuesto que despierta interés en la baronesa Lena Katelios. Ya descubrirán cuáles son sus pretensiones y por qué visita con frecuencia Syros, la isla más cercana; alguien que opina, “solo una mujer vulgar… acepta ser obediente a la moda”.

Mientras la guerra en la península continúa, la torpedera inicia su cacería en el Egeo. Además de la paga, que depositan en algún banco, el grupo cuenta con un cocinero que cumple, alguien que no tiene reparos en que su mujer atienda a los varones, previo acuerdo pecuniario. Jordán se sorprende, pero el piloto lo convence de que es mejor que los hombres se desfoguen. ¿Qué pasa con los operativos?, ¿fueron completamente exitosos?, ¿qué pasa con un grupo tan especial? “Para bien o para mal, las cosas son lo que hacemos que sean”, expresa uno de los personajes, y a algunos lectores no nos queda otra que mirarnos las manos y recordar lo que tenemos de gitanos. Lean esta excelente novela y me cuentan qué les pareció. Para mí, es un homenaje al buen gusto.

https://www.eluniversal.com.mx/opinion/elmer-mendoza/la-isla-de-la-mujer-dormida-de-arturo-perez-reverte/

06 noviembre 2024

Entrevista en 'El hormiguero'


Entrevista de Pablo Motos - Antena 3 - 04/11/2024



Artículos derivados:














































02 noviembre 2024

Cinco lobitos tiene la 'Loba' de Arturo Pérez-Reverte

José Belmonte - La Verdad - 02/11/2024

La dama, en esta ocasión, Lena Katelios, y anda en la línea no de Emma Bovary, personaje al que detesta, sino de la Milady de 'Los tres mosqueteros'. En las ocasiones en las que el autor nos advierte de su presencia, parece que estemos frente a un delicado cuadro de Matisse, o ante una genial página de Scott Fitzgerald.

Parece que fue ayer. Pero desde 'El húsar', aparecido en 1986, cuando el autor ya era un conocido y bien reputado reportero de guerra, han paso casi cuarenta años; y el mundo, con la aparición de las redes sociales, las nuevas tecnologías y una voraz...

https://www.laverdad.es/ababol/libros/cinco-lobitos-loba-arturo-perezreverte-20241102074557-nt.html