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17 agosto 2026

«La guerra ha sido el factor que más ha condicionado mi vida»


Entrevista de María José Solano - Ethic - 17/08/2026

Más que una entrevista, esta charla es, en realidad, la conversación que quedó pendiente después de editar el libro. El proceso de edición de ‘Enviado especial’ (Alfaguara, 2026) me había obligado a convivir manejando una gran cantidad de material, por lo que después de casi un año leyendo crónicas, ordenando guerras, fechas, muertos, hoteles y personajes, me resultaba extraño enfocar una entrevista al uso. Había demasiadas capas de trabajo acumuladas: el reportero que fue, el novelista que vino después y también mi propia mirada; la de quien había tenido que reconstruir todo ese itinerario desde los periódicos viejos, las miles de fotos y las crónicas originales. El recurso me permitía ordenar el aire de la escena, devolver perspectiva y mostrar que, además de las palabras, también estaban ocurriendo otras cosas: silencios, fatigas, ironías, recuerdos que aparecían antes que las respuestas. Por eso decidí, a la hora de escribir esta charla con el autor, alejar mi voz y mirar desde fuera. De alguna manera, esta mirada externa funciona como el último gesto de edición del libro. Después de pasar tantos meses dentro del campo de batalla revertiano, quizás era la única forma posible para mí de contar.

—Escribiendo novelas durante toda mi vida, la guerra ya había ido goteando por todas partes —dice Arturo Pérez-Reverte, acomodándose apenas en la silla—. Había goteado en mis novelas, sobre todo en 'El pintor de batallas', en 'Territorio comanche', y también en los artículos que llevo escribiendo desde 1993. Por eso, la idea de una biografía me parecía superflua.

María José Solano sonríe.

—De hecho, nunca la has escrito.

—Nunca he querido hacer una biografía. Está repartida por toda mi obra, tanto periodística como narrativa. Pero hubo una presión amistosa, de editores, de amigos… Así que permití que el libro existiera. Yo no lo he hecho. He dejado que lo hicieran. No participé en la selección ni en los prólogos. Ni siquiera lo he leído entero.

—Eso precisamente te iba a preguntar. ¿Ni siquiera por encima?

Reverte niega lentamente.

—Muy poco. Fragmentos. A veces ni completos. Apenas una quinta parte.

La periodista baja la vista al ejemplar.

—Lo curioso es que el epígrafe habla de una biografía. Y tú nunca habías querido reunir los textos de guerra, aunque sí existieran otros volúmenes de artículos. ¿Crees que ese subtítulo es justo?

Reverte tarda unos segundos en responder.

—Ahora creo que sí. Nunca me lo había planteado hasta hace dos o tres semanas, cuando me vi frente a este libro. Y comprendí que ahí estaba mi biografía real. La guerra ha sido el factor que más ha condicionado mi vida. Esta selección permite levantar un mapa cronológico y biográfico de lo que he sido. No es una biografía convencional. Es más fiel que una autobiografía escrita deliberadamente.

—Porque aquí están las fuentes directas.

—Exacto. Hasta ahora el lector tenía la memoria mezclada con literatura y con cuarenta años de distancia. Aquí está el barro original.

Solano asiente.

—Y, sin embargo, hay algo más. En el 'XL Semanal' aparecía otra cosa: memoria, personajes, recuerdos… Ese género híbrido tan tuyo. Mi pregunta es si has sido capaz de mirar con objetividad a aquel reportero.

Reverte sonríe con cansancio.

—No lo he releído apenas. Pero sí he comprendido algo. Antes esa biografía estaba dispersa entre muchas cosas; aquí la guerra queda concentrada. Y eso la vuelve brutalmente visible. Me he dado cuenta de hasta qué punto la guerra construyó al hombre que soy ahora.

—¿Y crees que esos artículos tendrían hoy el mismo valor si no hubieras sido novelista después?

—Para mí no lo sé. Pero para el lector, creo que sí tiene valor. Llevo cuarenta años publicando novelas. Cualquier lector mío encontrará aquí claves fundamentales. Escenarios, personajes, colores, soledades, violencia… Verá que cuando hablo de ciertas cosas no hablo desde la teoría ni desde los libros. Hablo desde la experiencia.

Hace una pausa.

—Comprenderá de dónde sale todo.

La periodista sonríe.

—Durante los meses de trabajo leyendo periódicos enteros para preparar esta edición, percibí de manera muy reconocible un estilo propio. Incluso en las primeras crónicas en 'La Verdad' de Murcia, antes de ser periodista, ya hay una voz distinta. Literatura, memoria… El pasado explicando el presente. ¿Eras consciente de eso?

Reverte se encoge de hombros.

—Yo llegué al periodismo con muchos libros leídos. Siempre digo que cuando hay literatura en un reportaje suele haber mal periodismo. Y cuando hay periodismo en una novela suele haber mala literatura. Pero es cierto que yo ya llevaba una formación literaria muy intensa encima. Había leído mucho para mi edad. Eso se nota inevitablemente en la sintaxis. Y también en la manera de mirar.

—No todos los periodistas tenían esa mirada.

—No lo sé. Lo que sí sé es que eso no me hacía mejor ni peor. Me daba un tono. Un sello personal. Desde el principio, el lector atento podía intuir un poso de lecturas.

Solano sonríe.

—Hay un momento singular en una crónica donde dices sentirte como Fabrizio del Dongo en Waterloo. 

Los ojos de Reverte brillan, divertidos.

—Mi gran ventaja, desde la guerra de Chipre en el 74, fue que proyectaba mis lecturas sobre lo que veía. Cuando veía a un soldado despidiéndose de su mujer, veía a Héctor y Andrómaca. Cuando veía a un padre con su hijo, veía a Príamo llevando el cuerpo de Héctor. Los libros eran mis referencias. Me ayudaban a ordenar narrativamente el caos.

—Y esos libros estaban siempre en la mochila.

—Siempre.

—¿Qué libros recuerdas especialmente?

—Plutarco. Jenofonte. Tito Livio. Stendhal. Thomas Mann. Procuraba viajar con obras completas en uno o dos volúmenes porque necesitaba libros que duraran semanas o meses. En Eritrea llevaba a Jenofonte. La montaña mágica viajó conmigo media vida. 

Se ríe. 

—Llegar a un hotel miserable, sacar el cepillo de dientes, el jabón y el libro… Eso era mi hogar.

—¿Y el Plutarco que salvaste en Eritrea?

Reverte asiente lentamente.

—Tuve que tirar casi todo para cruzar a Sudán. Pero el Plutarco sobrevivió. Lo tengo todavía.

María José Solano lo observa unos segundos antes de continuar.

—Sin embargo, cuando haces referencia a tus maestros hablas tanto de escritores clásicos como de reporteros franceses.

—Yo quise ser reportero de guerra desde los catorce años. Me preparé para eso. Buceador, paracaidista, lector obsesivo. En Francia existía el gran reportaje internacional. 'Paris Match' era extraordinario. Yo estudiaba aquellos nombres. Quería ser como ellos.

—¿Y luego los conociste?

—A algunos, sí. Llegué a las guerras siendo un pardillo absoluto, pero conocía sus trabajos. Eso me abrió puertas. Me acogieron muy bien. Hice más amigos franceses e italianos que españoles.

La periodista cambia ligeramente el tono.

—Leyendo el libro hay lugares que aparecen constantemente: el Sáhara, Líbano, Eritrea…

—Porque ahí me hice periodista.

—¿Qué tenía el Sáhara?

—Todo. Aventura, adrenalina, formación. Allí aprendí la crónica diaria, las fuentes, las mentiras, los contactos, la supervivencia profesional. Chipre fue mi bautismo. El Sáhara, mi escuela. El Líbano me enseñó el horror y la complejidad humana. Eritrea fue el límite. Sarajevo, la despedida. Pero en ese momento yo ya escribía novelas y me iba bien. Pude elegir. Siempre tuve mucha suerte.

Baja la voz.

—Empecé muy joven y en unos pocos años maduré de golpe.

—Y también descubriste la ética del oficio. 

Reverte sonríe con ironía. 

—No había ética. En 'Pueblo' aprendí que la ética era relativa. «No dejes que la realidad te estropee un buen reportaje». Cada periodista fabrica su propia ética. Yo tenía límites claros, pero aprendí todos los trucos del oficio.

—¿Qué aprendiste exactamente?

—Que un periodista debe dar un paso más. No limitarse a mirar. Intervenir ligeramente en el hecho para obtener algo distinto. Sin falsearlo. Pero empujándolo un poco.

—La osadía.

—No solo, pero algo de eso había, claro. Ahí nació mi manera de trabajar. 

La conversación avanza lentamente hacia otro territorio. 

—En los años 80 aparece algo nuevo en tus crónicas: el cansancio. El periodista empieza a mirarse a sí mismo. Aparece el futuro novelista.

Reverte asiente.

—Sí. Sin darme cuenta empecé a acumular material humano, emocional, narrativo. No hacía crónicas desde el «yo», pero comprendí que también era interesante contar cómo veía el reportero el miedo de la gente, el cansancio de los soldados, los rostros de la derrota…

—Y aparece el héroe cansado.

—Pero el cansancio era mío.

El silencio se instala unos segundos.

—Comprendí que llevaba veinte años contando guerras y que el mundo seguía igual. Ni una bala menos. Ni un muerto menos. La misma guerra siempre. Entonces pensé: «Al menos esto me ha cambiado a mí». Y de ahí sale el novelista.

Solano lo mira fijamente.

—¿Por eso vuelves siempre al Mediterráneo?

Reverte sonríe y asiente en silencio.

—Porque Europa, la Europa en la que yo creí, ya no existe. Soy un apátrida europeo. Mi única patria verdadera ha terminado siendo el Mediterráneo. Caótico, mestizo, violento, luminoso. Siempre estuvo ahí.

—¿Y la nostalgia? 

Niega con la cabeza.

—No puedo sentir nostalgia de aquel periodismo porque ya no existe. Nosotros éramos una tribu. Competíamos entre nosotros. Ahora compites contra drones, móviles, satélites y redes sociales. Todo eso terminó.

La periodista cierra lentamente la Moleskine.

—Siempre hablas de remordimientos. ¿Con qué soñabas después de las guerras?

Reverte tarda en responder.

—Con hoteles vacíos. Con calles oscuras. Con aeropuertos. Con taxis que no llegaban nunca. Curiosamente, durante la guerra apenas soñaba. Quizá porque la pesadilla ya estaba afuera.

—Y el miedo.

—El miedo siempre tiene para mí la misma imagen: un amanecer gris y kleenex blancos atrapados en unos arbustos. 

—¿Y la felicidad? 

Esta vez sonríe de verdad.

—Salir vivo de Sarajevo. Sentarte al sol después de semanas. Comer caliente. Que no te disparen. Eso era la felicidad absoluta.

Solano hace una última pregunta.

—¿Y la foto más importante?

Reverte le sostiene la mirada.

—La del etíope muerto mostrado como trofeo: Meik-mi uan photo. Ese día comprendí que era capaz de mantener la cabeza fría en medio del horror. La foto era perfecta técnicamente. Y estoy orgulloso de ella, no por el horror que muestra, sino porque significa que aquel día pasé la prueba.

Luego guarda silencio.

—Y porque seguí vivo.

https://ethic.es/entrevistas/entrevista-arturo-perez-reverte-enviado-especial

14 julio 2026

Periodistas

Andrés Chaves – Diario de Avisos – 14/07/2026 

Cualquier periodista al que le quede algo del viejo oficio en el cuerpo debería leer el último libro de Arturo Pérez-Reverte, ‘Enviado especial’ (Alfaguara, 2026). Reverte estuvo 21 años escuchando el silbido de las balas, tan cercanas como la que rozó la oreja de Trump. Algunos personajes de sus escritos de guerra inevitablemente se repiten, pero sus crónicas, ahora compiladas en un tomo, son lecciones de periodismo, de valentía, de sinceridad y de audacia. Un periodista es, generalmente, un burlanga y Arturo se atreve hasta alabar, por fin, al plumilla que dirige el cotarro desde las mesas de las redacciones, no sólo a los que se baten en las trincheras con la máquina fotográfica abollada colgando y un block de notas lleno de mierda. En casa, Reverte recordaba una frase de un redactor jefe de ‘Pueblo’, el mejor periódico español del siglo XX. Sonaba un teléfono de la redacción incesantemente y nadie lo cogía. De detrás de una mampara apareció la cabeza del redactor-jefe de turno que gritaba: “No cojan el teléfono, cabrones, que puede ser una noticia”.

Comparto con Arturo todos sus escritos, en revistas, periódicos y libros y estoy de acuerdo con él en las traiciones de España a la gente que se batió por el país en el Sahara, finalmente regalado a Marruecos. Nadie como él contó la guerra de los Balcanes y las crueldades serbias contra hombres, mujeres y niños. Contra ancianos, contra hospitales, contra heridos indefensos, contra mujeres que cruzaban una calle en busca de un trozo de pan para sus hijos. Los periodistas robaperas que cobran generosamente del Gobierno, tras el parapeto de un gabinete de prensa, esos que nunca han estado al borde del abismo, deberían, más que nadie, leer este libro, cuyas 600 páginas he devorado en un par de días. Esta profesión atesora, escondida en su mierda tradicional, su pequeñita gloria; pero pocos tienen fundamento para contarla con rigor. Pérez-Reverte es uno de ellos.

https://diariodeavisos.elespanol.com/2026/07/periodistas/

09 julio 2026

Cuenta lo que fuimos

Ismael Carvallo Robledo - panamarevista - 09/07/2026

“Ahora, periódicos y periodistas se toman tan en serio a sí mismos que aburren a las ovejas. Así que, aburridos, los viejos reporteros van y se mueren. Los sacrificios heroicos, pero inútiles, no ayudan a nuestro pueblo, sino que lo perjudican. Nuestra ventaja es que esta guerra la hacemos donde queremos y cuando nos parece más conveniente. La guerrilla, aquí como en todas partes, consiste en hacer la puñeta al enemigo, concienzudamente, sin prisas, hasta que reviente. No hay problema, amigo. Todos tenemos que morirnos de alguna forma”.

Nomás vi anunciado el libro tomé nota para el momento en que saliera a la venta. Lo compré en el intermedio del partido de México contra Inglaterra (lo vimos en el bar de Sanborns, donde entre otras cosas venden libros). Ya sé que puede quedar fuera de tono y de foco, pero así fue. Uno tiene sus pasiones u obsesiones, sus vicios o como se quiera ver.

A Pérez-Reverte lo sigo desde hace mucho tiempo, sobre todo a través de sus entrevistas antes de que tuviera lugar el “boom” o moda –que todo lo anega y todo lo fastidia allí donde ocurre– de los “youtubers” y los video-podcasts, en donde ahora cualquiera se hace periodista y entrevistador, y es mucho más frecuente verlo por ahí. Antes no era así, y yo disfrutaba mucho de su conversación franca, sin eufemismos, directa.

A veces aparecía y aparece una que otra discrepancia con sus afirmaciones, cosa que es natural. Siento que Pérez-Reverte tiene una suerte de pesimismo histórico y antropológico –razones hoy en día es lo que menos falta, eso sí– respecto de España y su historia en una perspectiva ilustrada o moderna –digamos–, colindante con la Leyenda Negra que yo no comparto pero que es común en México y en toda América Latina, cosa de todo punto paradójica porque fue precisamente a través del personaje central de su saga novelística situada en la España del Siglo de Oro, Diego Alatriste –mejor conocido como el Capitán Alatriste, veterano de los tercios de Flandes–, como encontré la figura clave a partir de la cual podría acaso ser posible reconstruir una historia general del orbe de habla hispana en el que México es hoy por hoy el buque guía por virtud de tener el mayor número de hispanohablantes del planeta –demográficamente hablando, estamos desde la mitad del siglo pasado en la Edad Mexicana del español–, haciéndola gravitar en torno de una forma histórica del heroísmo estoico en donde, en correspondencia, fuera posible reconocer a la figura del guerrillero moderno del que hablara lo mismo Carlos Marx que Carl Schmitt en su 'Teoría del partisano' y para la encarnación de la cual los mexicanos contamos con el fascinante ejemplo del libertador José María Morelos y Pavón.

Y es que lo que yo creo es que se inspira y transmite mucha más fuerza, potencia y vigor a través de la ejemplaridad de un luchador o de un guerrero que la que se inspira y transmite a través de una víctima infantilizada, que es hacia donde el progresismo blando y socialdemócrata de hoy quiere llevar la discusión contemporánea desde las coordenadas del globalismo oficial de la ONU, la UNESCO o la UNICEF, en función de las cuales el sujeto fundamental de la historia, digámoslo así, son las víctimas de lo que sea, a las que hay que pedirles perdón por todo, para todo y antes que todo y alrededor de las cuales se ha organizado una suerte de Complejo Industrial Internacional de los Derechos Humanos. En ese plan, hablándole todo el tiempo a las víctimas dolientes, vencidas y sufrientes, estarán de acuerdo conmigo, es muy difícil levantarle la moral a un pueblo.  

Pero Diego Alatriste era otra cosa. Era un guerrero desencantado y no necesariamente bueno, pero valiente. Y el valor en la vida es algo fundamental. No era una víctima pidiendo derechos o exigiendo que se le pida perdón, ni mucho menos un hombre sensible y deconstruido desde las nuevas masculinidades. Él estaba hecho para pelear y, como el Ché Guevara, Marx o Don Quijote, era sólo en la batalla en donde encontraba su verdadera y tal vez única razón de ser.

Y ocurre que en esto que yo les cuento que detecté no estaba solo, y fue ni más ni menos que el mismísimo Viggo Mortensen quien, habiendo vivido en su primera infancia en Venezuela y Argentina, declaró alguna vez en una entrevista sobre su caracterización de Diego Alatriste en la fantástica película de Agustín Díaz Yanes inspirada en la saga de Pérez-Reverte (Alatriste, 2006, que recomiendo muchísimo), que fue sólo hasta que comprendió el significado de todo lo que fue el imperio español durante tres siglos como le fue dado sentirse entonces, siendo él un poco argentino, venezolano o en todo caso americano, como parte o heredero de algo que fue verdaderamente grande, y de rango universal. 

Ocurre entonces que Arturo Pérez-Reverte me inspiró siempre un gran respeto. Y la razón es muy sencilla: sabía que, antes que novelista, fue corresponsal de guerra. Por eso sus juicios son duros, francos y un tanto desencantados, escépticos. Puedes estar de acuerdo o no, pero lo que dice es dicho desde la perspectiva de alguien que vio de cerca la guerra, y que forma parte entonces, siguiendo el canon de Norberto Fuentes, de la escuela de los duros.

Recuerdo a estos efectos algo que le dijo precisamente a uno de estos “youtubers” famosos de millones de seguidores con relación al conflicto palestino. Con ese estilo franco y directo de la escuela de los duros dijo Pérez-Reverte algo más o menos como esto (voy a parafrasearlo mucho): “Mire usted, amigo mío. Sé que esto me va crear muchos enemigos, pero no me importa. En la guerra no puedes querer ver las cosas en blanco y negro, o en función de buenos y malos. En la guerra todos son unos hijos de puta. Y en esa, como en todas las guerras, todos son unos hijos de puta. La diferencia es que Israel es nuestro hijo de puta”. Lapidario y certero como proyectil de alta precisión.

En otra ocasión recuerdo también algo que dijo y que se me quedó grabado, y que de hecho suelo utilizar cuando se me invita a dar conferencias sobre temas históricos y geopolíticos. Resulta ser que, ante la pregunta por el que para él es el personaje más importante de toda la historia de la humanidad, su escalofriante respuesta fue: “Probablemente sea Mahoma”. No hacen falta comentarios para hacer las correspondientes proyecciones, extrapolaciones e interpretaciones según se quiera.

El libro del que estoy hablando es entonces, ya digo, el que estaba deseando leer en todo este tiempo, pues es en el que estarían las claves fundamentales del universo de criterios, experiencias e ideas fuerza de Arturo Pérez-Reverte. Y por fin salió ‘Enviado especial: Una biografía de guerra’ (Alfaguara, 2026), que recoge, bajo el cuidado de María José Solano, los artículos y crónicas de guerra desde la década de los setenta del siglo pasado hasta el 2025, acomodados en los siguientes bloques: “1970-1973: Los años de aprendizaje”; “Los años 70: Como Fabrizio del Dongo en Waterloo”; “Los años 80: ¿Hay aquí alguien que haya sido violado y que hable inglés?”y “1990-2025: Lugares de los que nunca se vuelve”.

En las palabras iniciales del texto de presentación, Pérez-Reverte dice lo siguiente: “A veces, cuando miro hacia atrás –y la lectura de este libro me obliga a eso–, tengo la impresión de que las muchas vidas que viví son ajenas, de otro. No más. Se me hace extraño recordar los diversos hombres que fui antes de ser lo que, para bien o para mal, pueda ser ahora. Antes de Nicosia y Beirut, antes del Sáhara, de los paisajes devastados y las fronteras inciertas, había empezado a tantear el oficio al que encaminaba mi futuro. Y hasta que ahora, después de tantos años, me veo enfrentado a estas páginas, había olvidado casi por completo aquellos primeros textos. Después llegaron los viajes azarosos, los conflictos armados, las fotografías, y a partir de entonces creí que todo para mí –biblioteca aparte– había empezado con bombas y disparos. Ahora compruebo que no: antes de la primera guerra me había familiarizado con otra clase de oscuridad y otra clase de miedo. Aunque, si lo pienso bien, acabo concluyendo que siempre, bajo cualquiera de sus formas, se trataría siempre de la misma oscuridad y del mismo miedo” (p. 13).

Aristóteles dice en la Ética a Nicómaco que la valentía se define por la ausencia de temor ante la muerte bella, que es la muerte en batalla. La guerra es entonces el escenario fundamental en donde se mide el valor de un hombre o una mujer. Esa es la categoría en la que habría que colocar a ‘Enviado especial’, de Pérez-Reverte, compartiendo trinchera con el Hemingway al que Norberto Fuentes atribuye el padrinazgo, en el siglo XX, de la escuela de los duros: “Nadie lo concibe con smoking. Pero todos nosotros lo conocemos como corresponsal en España y junto con guerrilleros franceses. El Hemingway que vemos en esos instantes es un tipo sonriente, lleno de entusiasmo, que alardea de sus hazañas. Ese que vemos es el reportero. Con una herencia y una tradición periodística que fue fundada (y continuada) por autores de primera línea como Mark Twain, Stephen Crane, Jack London y Ring Lardner, a Hemingway se le ofreció la oportunidad de entrar al terreno para luchar bajos las condiciones que él exigía: la de competir sólo con los grandes” (Norberto Fuentes, ‘La escuela de los duros’, Cuarteles de Invierno, 2025, pp. 38 y 39). 

“Hice entonces mi trabajo -continúa diciendo Pérez-Reverte- sin fingir que era uno de ellos. Con la mayor honradez posible, sin demagogias ni imposturas… Lo importante fue la lección aprendida. Que no hay que huir del riesgo ni abalanzarse a él, sino medirlo. Estudiar, en el ajedrez del trabajo y de la vida, las posibilidades más eficaces; averiguar, antes de hacer el primer movimiento, por dónde vas a entrar y por dónde vas a salir. Y tener conciencia de que cruzar ciertas líneas no tiene vuelta atrás… A partir de 1976 viajé al Líbano una y otra vez: Beirut, campos palestinos, líneas invisibles y peligrosas, milicias, religiones y venganzas antiguas. Allí hice muchos amigos soldados, periodistas, civiles, diplomáticos, y vi morir a algunos de ellos. Conocí a combatientes de distintos bandos, milicianos adolescentes con fusiles, mujeres que sobrevivían en medio del caos. Cuando muchos años después pasé a este otro lado de la colina y dejé el reporterismo para dedicarme a la novela, incluso mientras escribía algunas de éstas, Beirut siguió siendo, como el Sáhara, un lugar de continua evocación, porque hay lugares de los que jamás se va uno del todo.” (pp. 14, 16 y 17).

El libro es un considerable tabique de seiscientas once páginas. Yo voy en la ciento cuarenta y tres. Son textos breves, concisos, directos y objetivos. No fingía Pérez-Reverte, en efecto, ser “uno de ellos”. Sólo estaba ahí para entrar, salir y contar. Eso era todo. Eso fue todo. Este es el libro que yo quería leer.

“Factografía” fue el término acuñado por los soviéticos según Norberto Fuentes para referirse a este tipo de textos de no ficción pero que tenían un cierto nervio o brillo narrativo y retórico, instrumentalizado para deslizar luego alguna nota de ironía, sarcasmo o denuncia, como cuando dice Pérez-Reverte, hablando sobre la guerra de las Malvinas, esto: “La de las Malvinas incluyó un nuevo escenario: el Atlántico Sur, las islas barridas por el viento, el hundimiento del crucero Belgrano, soldados jóvenes a los que se arengaba con palabras patrióticas mientras tiritaban de frío, aviadores valientes que despegaban para no volver; y esa dura frase que escribí porque era cierta: mientras sus muchachos luchaban y morían, Argentina hablaba de fútbol” (p. 18).

Al final de la película ‘Alatriste’, situada en el contexto de la batalla de Rocroi del 19 de mayo de 1643 entre el reino de Francia y el imperio español representado por el último cuadro de infantería de los temidos tercios españoles en donde se había templado el capitán Alatriste, uno de los soldados le dice antes de morir al personaje que coprotagoniza la película, Íñigo Balboa, un joven e impetuoso soldado hijo de un antiguo compañero de Alatriste y que era el único que sabía escribir, “cuenta lo que fuimos”, deseando que alguien, en algún momento, por quién sabe qué designio, contara lo que fue todo aquello para que el esfuerzo, el sacrificio, la locura, el sinsentido y el heroísmo no se hayan manifestado en vano y pudieran entrar así, de alguna forma por modesta que fuera, en la historia.

‘Enviado especial’ es un libro emocionante y dramático que yo estaba esperando leer en donde Arturo Pérez-Reverte, efectivamente, cuenta lo que fue.

https://panamarevista.com/cuenta-lo-que-fuimos/

04 julio 2026

El oficio más duro, ingrato y hermoso del mundo

José Belmonte – laverdad.es - 04/07/2026

En el fondo, tampoco ha cambiado tanto. Al menos, en lo esencial. Sigue igual de flaco y fibroso, como un lobo famélico que caza solo. Expeditivo y tenso como la cuerda de un violín. Se mantiene en forma. Lee todos los días (a los clásicos, sobre todo). Es cumplidor y disciplinado con su trabajo. Y, como la cámara de su viejo amigo Márquez, no deja de observar atentamente cuanto hay a su alrededor. Eso que llamamos mundo. Sólo que ahora ya no fuma. De ahí que la espléndida fotografía, en blanco y negro, de la portada de este nuevo libro resulte muy llamativa. Atractiva, incluso.

Aquel muchacho veinteañero e ingenuo ─aunque ingenuo, lo que se dice ingenuo, nunca lo fue del todo─, algo así como un Fabricio del Dongo, el joven aristócrata idealista y apasionado de 'La cartuja de Parma' de Stendhal, con el paso de los años y su concurso en más de una veintena de conflictos bélicos repartidos por todo el mundo, se ha convertido en una especie de Meursault, el reflexivo, desencantado y existencialista personaje de 'El extranjero' de Albert Camus.

Hace unas cuantas fechas conmemorábamos los cuarenta años de la aparición de la primera novela de Arturo Pérez-Reverte. Fue en 1986 y se tituló 'El húsar'. Algunos de los artículos que se recogen en este hermoso y bello volumen, datan de 1970; es decir, de hace más de medio siglo, cuando el escritor cartagenero era, que diría García Márquez, feliz e indocumentado (o no tanto), e iba por el mundo con una pequeña cámara fotográfica en el bolsillo, con la que hizo excelentes y dolorosas fotografías, y una mochila al hombro cargada de libros y unos pocos enseres de primera necesidad.

La edición y los comentarios preliminares corren a cargo de María José Solano, que se ha empapado de estos textos que aquí se recogen, y ha expresado, con no poco rigor y mucha delicadeza, su opinión sobre los mismos. De esos artículos publicados en prensa entre 1970 y 1973, cuando Reverte era prácticamente un crío, un zagal inquieto y resuelto que ya había leído a Dumas y a Conrad, destaca el aparecido un domingo, 30 de septiembre de 1970, en el diario ‘La Verdad’, titulado 'Profundidad. Así se vive en la mina'. El joven colaborador tenía dieciocho años, y tuvo el cuajo, como cuando luego tenía el valor de asomar la cabeza por donde pasaban las balas en las guerras, de bajar a lo más profundo de una mina de La Unión, la conocida con el nombre de Artesiana, experimentando así, por primera vez, el peligro como condición del oficio.

Pero antes de entrar en estas páginas, el propio Pérez-Reverte se permite legarnos una reflexión sobre esa época, sobre ese tiempo que parece echar algo de menos, refiriéndose a esa impresión de las muchas vidas que vivió y que ahora le resultan un tanto ajenas, como si fueran de otro y no suyas. Yo, que tantos hombres he sido, que dejó escrito Borges. En ese mismo texto, el autor de 'El maestro de esgrima', sin pudor alguno, alude a ese modo de buscar la mayor honradez posible, sin demagogias ni imposturas, que siempre ha perseguido, como si fuera el Santo Grial del mejor periodismo. Y no deja de recordar, con agradecimiento, ese «nido de piratas desalmados, genios sin escrúpulos, maestros del oficio», de las redacciones de diarios como 'Pueblo' del que formó parte. Reverte aprovecha la ocasión para evocar a esos compañeros, la mayor parte de ellos ya desaparecidos, que, como a él mismo le gusta decir, formatearon para siempre su disco duro: colegas de redacción y colegas en el campo de batalla, con sus cámaras al hombro, como sus inseparables Gerva Sánchez o José Luis Márquez, el rubicundo de ojos azules que no le tenía miedo a la muerte, que formó con Arturo la dupla legendaria del reporterismo español.

José Luis Martín Nogales, novelista y crítico literario que ha escrito y reflexionado sobre gran parte de estos artículos, ya nos advirtió del hecho de que, en estos textos, que parecían efímeros, flor de un día, se intuye, tan tempranamente, su obra literaria más seria, más reflexiva, más ambiciosa. Quien no haya estado jamás en una guerra, en una guerra de verdad, jamás podrá llevar a cabo novelas como 'Revolución' o 'Línea de fuego', dos de sus relatos más emblemáticos. Ni podrá reflexionar, de modo profundo, sobre la existencia humana y el escaso valor de una vida, como lo hace Faulques, que, por cierto, es, a su vez, el nombre real de un mercenario enviado por Francia para apoyar la secesión de Katanga, en 'El pintor de batallas', una de las novelas más autobiográficas y desgarradoras de toda su carrera literaria.

En estos artículos que ahora nos presenta, incluso en los más antiguos, el creador de ficciones asoma cuando uno menos se lo espera, como una semilla a punto de germinar, porque la sensibilidad está a flor de piel, y hay momentos en los que uno asiste a ese instante único del que es preciso empaparse la retina por si no hubiera un mañana, y cristalizan descripciones de un marcado e inequívoco lirismo.

Y así, poco a poco, página a página, llegamos hasta los artículos de los años 90 hasta la actualidad, con lo que, como apunta María José Solano, Pérez-Reverte lleva a cabo uno de los proyectos periodísticos de mayor envergadura de todo el contexto español. Y se llega, asimismo, sin proponérselo nuestro autor, a una síntesis entre periodismo y literatura: a esa bien delimitada geografía revertiana, más que reconocible, en la que nuestro escritor sonríe a la memoria de las viejas putas «que me enseñaron el oficio más duro, más ingrato y más hermoso del mundo».

https://www.laverdad.es/ababol/libros/oficio-duro-ingrato-hermoso-mundo-20260704171721-nt.html

27 junio 2026

Cuando Arturo Pérez-Reverte iba a la guerra

Sergio Vila-SanJuán - La Vanguardia - 27/06/2026

“El joven reportero que en 1974, con una Olivetti Lettera 32 y un par de cámaras Nikon y Pentax colgadas al cuello, empezó a moverse por la vasta geografía de las catástrofes, aprendió muy pronto que la guerra se parecía muy poco a lo que había leído o imaginado hasta entonces: era una sucesión de monotonías y brutalidades, de esperas largas y sucesos rápidos, miradas cansadas, hombres a los que veía envejecer, como él mismo, en sólo unos días”, escribe el Pérez-Reverte actual. Y aprendió también otra cosa importante: que “la guerra que Homero, Jenofonte y otros le habían contado (...) seguía latiendo intacta, siempre la misma, en los conflictos del siglo XX. Seres humanos llevados al extremo, miedo, orgullo, fatalismo, violencia, resignación, valor, crueldad”.

Había empezado, aún estudiante, escribiendo para 'La Verdad' de Murcia reportajes donde ya volcaba su interés por el mar, su curiosidad por los hombres y mujeres independientes y originales, y su pasión por la aventura. Pero es en el diario madrileño 'Pueblo' donde inicia una carrera como corresponsal de guerra que le llevará a Chipre, Líbano, Sáhara, Eritrea, Nicaragua, Irán, Angola, Irak, El Salvador, las Malvinas... Una trayectoria que continuaría en TVE, con especial atención al conflicto de los Balcanes, hasta que, cansado y empezando a triunfar como novelista, decide jubilarse del periodismo bélico.

Aquel pasado profesional afloraría después en artículos y novelas, invistiéndole de una autoridad poco común (no es lo mismo novelar la guerra tras haber vivido unas cuantas que después de ver algún documental televisivo). Pero las fotografías que tomó “parecían condenadas a la oscuridad y al olvido”. Había realizado miles de negativos; los metió en un cajón “y no volvió a ocuparse de ellos”.

Coinciden ahora dos libros que recuperan ese periodo. 'Enviado especial: Una biografía de guerra' es una extensa recopilación de textos sobre el terreno y artículos rememorativos posteriores, en edición de María José Solano. Fotografías de guerra 1974-1985 ofrece una selección de material gráfico, que el autor no ha querido datar ni explicar. Imagen en bruto, siguiendo su convicción de que todas las guerras son la misma guerra.

Arturo Pérez-Reverte ya era muy bueno de muy joven, y desde sus primeras piezas se trasluce esa combinación de viveza narrativa; olfato y arrojo personal; buena documentación técnica; atención al factor humano y a su pintoresquismo; utilización de la cultura clásica, y un cierto casticismo y humorística chulería que desdramatizan el conjunto y brindan piezas memorables. Pérez-Reverte habla muy en serio de la tragedia contemporánea, desde la visión directa de la destrucción, la brutalidad y la muerte, pero no editorializa. Valora la lealtad y la valentía; no soporta la falta de compasión, pero sonríe con (y practica a veces) la picaresca. Y su compromiso con las víctimas no le impide tratar informativamente a los victimarios, como esos simpáticos y elegantes oficiales de la armada argentina que resultaron ser despiadados torturadores.

Aquellas navidades en el Sáhara —de donde fue expulsado— o Beirut; el contacto con los grandes del oficio, como Manu Leguineche, Julio Fuentes o nuestro Tomás Alcoverro; personalidades fuera de norma como su “madrina” libanesa Aglae Masini o el íntegro comandante Labajos; la pesadilla de las transmisiones; cabarets como el de Pepe el Bolígrafo; los omnipresentes Kalashnikovs; las balas silbando sobre la cabeza; una y otra vez, los muertos, adultos y niños... 'Enviado especial' constituye un fidedigno testimonio de la cara oscura de nuestro tiempo y, aunque configurado con material de archivo, se coloca de salida entre lo mejor del autor. Lo deposito ya en mi galería de imprescindibles revertianos al lado de 'El club Dumas', 'La piel del tambor', 'El tango de la Guardia Vieja' y 'Revolución'.

https://www.lavanguardia.com/cultura/culturas/20260627/11573151/perez-reverte-iba-guerra.html

19 junio 2026

Arturo Pérez-Reverte recopila en 'Enviado especial' medio siglo de actividad periodística

Pablo Ignacio de Dalmases – catalunyapress.es - 19/06/2026

El hoy afamado novelista fue y sigue siendo por encima de todo un periodista intrépido que ha informado sobre toda suerte de guerras y conflictos desde los lugares mas inverosímiles, actividad que recoge en este libro, una verdadera antología de su quehacer informativo.

Para quienes hemos sido unos anónimos proletarios del periodismo la figura de Arturo Pérez-Reverte adquiere la categoría de leyenda y ello por muchas razones. La primera, su audaz intrepidez, que le llevó desde muy joven a cubrir las informaciones más arriesgadas desde cualquier punto del planeta y a hacerlo con una notable probidad informativa y excelente factura literaria. Y la segunda, por su enorme capacidad de trabajo que le permitió, aún inserto en este colectivo en el que campea con harta frecuencia la vagancia y la estulticia, disponer de tiempo para iniciar paralelamente una carrera literaria que le ha convertido en una de las figuras señeras y más celebradas de la literatura española contemporánea y a adquirir por derecho propio la condición de “inmortal” en la RAE, lo nos honra a todos sus compañeros de profesión, pese a algunos tan pertinaces maltratadores del idioma. 

Pues bien, desde el pináculo de la fama literaria, Pérez-Reverte ha querido recordar su siempre presente actividad periodística recopilando a título de antología centenar y medio de textos de sus diferentes etapas profesionales. Así los tres primeros años, entre 1970 y 1973, supusieron su debut en ‘La Verdad’ de Murcia, donde ya apuntó maneras bajando a convivir con los mineros o navegando en un petrolero; siguió luego el resto de la década de los setenta, durante los cuales brilló con luz propia en ‘Pueblo’, el periódico de los sindicatos verticales, que gobernaba con puño de hierro e insólita libertad de actuación Emilio Romero, así como en otras revistas varias. Empezó entonces a frecuentar escenarios bélicos con el consiguiente riesgo, algo que continuó haciendo en la década posterior cuando la continua repetición de tragedias y desgracias no desembocó en cinismo e indiferencia sino en un escepticismo operativo con crónicas situadas en un espacio ambiguo entre la tragedia objetiva del conflicto y la estructura informativa que lo transmite e interpreta. Por escenarios tan diversos como Chipre, Líbano, el Sáhara español, Eritrea, la Antártida, Irak, Irán, El Salvador, Nicaragua, Yugoslavia, Angola, Mozambique, Chad, Guinea ecuatorial, las Malvinas o el Atlántico sur. Y, en fin, en los últimos treinta y cinco años cambió de registro y lo que escribió ya no son crónicas de guerra, sino textos a caballo entre el periodismo y la literatura con una progresiva toma de distancia con respeto a lo narrado y con prevalencia de los personajes sobre los hechos narrados. “Consciente de que en esa clase de lugares el intruso debe limitarse a preguntar lo justo” y a desarrollar el trabajo “con la mayor honradez posible, sin demagogias, ni imposturas”.

‘Enviado especial’ es, por una parte, un testimonio la historia contemporánea a través de la mayor parte de sus peores conflictos. Pero también una lección de excelente periodismo, del que acepta el riesgo sin tentar la suerte. Y que cuenta lo que ve con objetividad. Y, en fin, si me lo permite el lector, añadiré una coda final. Coincidí con Pérez-Reverte en las postrimerías de nuestra “provincia 53”, el Sáhara entonces español, cuando el sueño de la autodeterminación se desmoronó por la cobardía del gobierno español. Él, como enviado especial de ‘Pueblo’; yo, como responsable de los dos medios de información locales, la radio y el diario, lo que nos dio una perspectiva distinta del conflicto y de sus personajes y un trato bien diferenciado por parte de algunos mandamases a los que dedica generosos elogios, en mi modesta opinión harto inmerecidos.

https://www.catalunyapress.es/articulo/me-gusta-leer/2026-06-19/5925952-arturo-perez-reverte-recopila-enviado-especial-medio-siglo-actividad-periodistica

«En cincuenta años no hemos aprendido nada y que el mundo sigue siendo el mismo lugar hostil»

elplacerdelalectura.com - 19/06/2026

Existen carreras profesionales que te conducen por muy distintos caminos. Periodismo creo que es una de las más diversificadas. Puede estar orientada al análisis de cualquier arte; pertenecer a un gabinete administrativo; dar rienda suelta al lado más chismoso, dedicándose a lo denominado «corazón», deportivo, político… o puede solventar las ansias de aventuras convirtiéndote en corresponsal de guerra.

Estos últimos, tal y como nos los presentó el cine y la literatura, se podría decir que han cambiado bastante. No era lo mismo informar en tiempos en que la tecnología actual no era más que ciencia ficción, que hoy día, donde la mayoría informa desde la comodidad de unas instalaciones a las que va llegando la noticia en tiempo real sin ni tan siquiera tener que desplazarse al lugar de los hechos.

Hubo una época en la que los corresponsales de guerra estaban en el campo de batalla, entre la metralla, las bombas y las balas de los francotiradores. Periodistas que ponían sus vidas en peligro —muchos de ellos incluso pagaron con ella— por mantenernos informados desde primera línea, sin intermediarios que tergiversaran lo que allí sucedía. Corrían desesperados hacia algún teléfono que funcionase, de aquellos que iban por cable, para poder transmitir su crónica en primicia.

Pérez-Reverte perteneció a esta élite de profesionales que arriesgaban su vida por el mero hecho de llevar la verdad hasta nuestros salones. Esto le permitió una vida fascinante, pero el precio por cumplir su vocación fue demasiado alto, no solo por dejar a multitud de amigos y compañeros por el camino ni poner su vida en peligro infinidad de veces, también al descubrir en primera persona el lado más oscuro y los límites inimaginables a los que puede llegar el ser humano.

En ‘Enviado especial’ Arturo Pérez-Reverte reúne, en orden cronológico, crónicas y reportajes que realizó durante veintiún años sobre los conflictos a los que acudió en las décadas de los setenta y ochenta, conflictos que forjaron su carrera y que marcaron su trayectoria como escritor, dejando huella en sus posteriores novelas. Sus escritos llegan a dos mil veinticinco, donde se nutre de experiencias y recuerdos.

Del estilo de Reverte creo que a estas alturas sobra hablar, siendo uno de los escritores más leídos y respetados de este país, con el que podrás estar más o menos de acuerdo en cuanto a opiniones personales, pero al que todos han de reconocer como uno de los mejores autores del panorama actual.

Cada una de sus crónicas se perciben escritas desde el corazón, no se conforma con una información objetiva, pues si algo sobra en la guerra es lo impersonal, por lo que es de agradecer esa nota cálida con la que el reportero analiza y expone la situación, donde no acude al recurso fácil de hablar de buenos y malos, porque si algo queda claro es que en todos los bandos y frentes siempre son los inocentes lo que sufren, que ninguna bala es buena.

Lo que queda claro es que el ser humano no deja de sorprendernos tanto por lo sórdido como por lo extraordinario, esa dicotomía que puede existir dentro de la misma persona, y como Pérez-Reverte señala, el mismo individuo puede ser por la mañana un ángel y por la tarde el peor de los verdugos.

Pero aquí no aparecen solo hechos relacionados con la guerra. Comienza con cronicas elaboradas en las entrañas de minas de carbón, o a bordo de barcos que frente al temporal no eran menos inofensivos que la más cruenta de las batallas. Estremece la crónica que trata y analiza esa práctica tan absurda como cruel que es la ablación, y donde se sigue llevando a cabo en muchos países.

A pesar de indicar en uno de los pasajes que la crónica debe prescindir de literatura, en los primeros reportajes de Arturo se vislumbra su alma novelesca, puesto que la emoción y el poder de cautivar que provoca en quien le lee está impregnado en cada renglón. Cómo narra lo de la jornada en la mina, o los petroleros, compartiendo jornadas con jóvenes soldados que caerían por el camino; nos engancha y emociona como si de la novela más fascinante se tratara, con la única diferencia de que todo lo narrado es real.

Esta cualidad debe ser innata, pues cada una de sus crónicas, donde describe los estragos de la batalla, las incursiones, los personajes y colegas que lo acompañaron, las situaciones más surrealistas que vivió, la descripción de lo terrible del sufrimiento de inocentes, o los momentos de asueto, resultan igual de adictivos a la hora de leer. Concluyendo que en cincuenta años no hemos aprendido nada y que el mundo sigue siendo el mismo lugar hostil, con la única diferencia de que ahora toda la información que nos llega hay que ponerla en cuarentena porque aquellos reporteros, que se jugaban la vida a cambio de compartir la verdad, son ya una raza extinta.

https://elplacerdelalectura.com/2026/06/enviado-especial-una-biografia-de-guerra-de-arturo-perez-reverte-en-cincuenta-anos-no-hemos-aprendido-nada-y-que-el-mundo-sigue-siendo-el-mismo-lugar-hostil.html

12 junio 2026

El reportero que no se fía de la memoria pero la usa

Antonio Isidro Graña Ojeda - revistacervantes.com - 12/06/2026

Conviene recordar, antes de abrir 'Enviado especial', qué fue Arturo Pérez-Reverte antes de ser uno de los novelistas más leídos de España. Fue corresponsal de guerra durante más de veinte años: Chipre, el Líbano, las Malvinas, el Sahara, Angola, Mozambique, el Golfo Pérsico, Bosnia. No fue corresponsal de salón. Fue de los que se quedan cuando los demás se van. De esa experiencia nació, con el tiempo, una manera de escribir ficción que ningún taller podría enseñar: la de quien ha visto lo suficiente como para saber que la realidad no necesita adornos.

'Enviado especial' es su regreso explícito a ese material. No como novela, sino como testimonio. La escritura de crónica que reúne aquí tiene la marca de quien ha aprendido que la precisión y la emoción no son incompatibles: son, en el mejor periodismo literario, la misma cosa. Pérez-Reverte escribe en estas páginas desde la distancia que da el tiempo, pero sin que esa distancia enfríe lo narrado. El resultado es un libro que funciona a la vez como memoria y como declaración de principios sobre el oficio.

Lo interesante aquí reside en la tensión que recorre el libro de principio a fin: la tensión entre el periodista que registra y el escritor que interpreta. En las mejores crónicas de este volumen, esa tensión no se resuelve; se sostiene. Pérez-Reverte no pretende la objetividad del archivo ni la omnisciencia del narrador novelístico. Escribe desde el yo de alguien que estuvo allí, que cometió errores de perspectiva, que vio algunas cosas mejor que otras. Esa honestidad sobre los límites del testigo es uno de los valores más sólidos del libro.

La prosa es, como siempre en él, limpia y rítmica, con esa oralidad construida que parece fácil y no lo es. No obstante, lo más revelador no es el estilo —que conocemos de sobra— sino la selección. Qué ha elegido contar y qué ha dejado fuera dice tanto sobre el autor como lo que aparece en la página. 'Enviado especial' no es una memoria exhaustiva sino una cartografía selectiva: los momentos en que la guerra mostró algo que Pérez-Reverte no había sabido poner todavía en palabras.

Merece la pena subrayar que el libro se lee también como un ajuste de cuentas silencioso con cierta idea de la literatura de no ficción que se ha puesto de moda. Frente a la no ficción que se doblega ante el mercado editorial —el arco emocional prefabricado, el trauma como estructura, la resolución final que tranquiliza al lector—, Pérez-Reverte ofrece aquí algo más incómodo: crónicas que no siempre terminan bien, que no siempre enseñan una lección, que a veces simplemente constatan lo que hay.

Es un libro necesario en su catálogo y un recordatorio útil, en tiempos de sobreproducción narrativa, de lo que puede hacer la prosa cuando está al servicio de algo que de verdad ocurrió.

https://revistacervantes.com/enviado-especial-de-arturo-perez-reverte-el-reportero-que-no-se-fia-de-la-memoria-pero-la-usa/

06 junio 2026

"Hoy no sería capaz de ir a cubrir una guerra. Aquel mundo era otro, y yo también"


El Cultural (El Español) - 06/06/2026

—¿Qué libro tiene entre manos?

—Dos en este momento. 'De Dante a Borges', de José María Micó, y 'La última carrera del Glorioso', de Alberto Fortes.

—¿Cuál es el libro que más le ha 'autoayudado'?

—La 'Anábasis', de Jenofonte.

—Si no hubiera podido ser reportero y escritor, ¿qué hubiera querido ser?

—Marino.

—¿Qué ha sentido al repasar sus "crónicas guerreras" para preparar 'Enviado especial'? ¿Nostalgia de una vida aventurada?

—Nostalgia de mi juventud. Sólo eso.

—Dice que en Enviado especial está "el origen de todo" lo que ha sido después como escritor. ¿Qué le debe este, el escritor, al reportero de entonces?

—La mirada con la que el escritor escribe novelas se fraguó en el reportero que leía libros mientras cubría guerras.

—¿Cuando estalla una guerra todavía se le activa, en los primeros instantes al menos, el deseo de ir a cubrirla?

—No, sé que hoy no sería capaz. Ni física ni técnicamente. Aquel mundo era otro, y yo también.

—Lamenta que la gente ya no quiere que le pongan delante de los ojos la verdadera crudeza de la guerra. ¿A qué se debe esta blandenguería?

—A que ahora nos gusta creer que no sufriremos ni moriremos nunca.

—En su libro de fotografías ha preferido no datar las imágenes. ¿Cuál es el motivo?

—Cambian los medios técnicos de arrasar ciudades o matar a seres humanos, pero siempre es la misma guerra.

—Hoy arranca la Feria del Libro. ¿Qué significa para usted este cónclave libresco masivo?

—La fiesta popular que más vale la pena. Tal vez la más digna.

—Un acontecimiento histórico que le habría gustado vivir in situ. ¿Por qué?

—La Ilustración en París y la caída del Imperio Romano. Pero de esta última estoy siendo testigo ahora. Resulta fascinante.

—Un disco/canción que se ponga en bucle estos días.

—El tango "Cambalache".

—¿Cuál es la serie que ha devorado más rápido? ¿Diría, por cierto, que es la mejor que ha visto? ¿O es otra?

—'Band of Brothers' es la guerra de verdad. Una obra maestra.

—¿En qué película se quedaría a vivir?

—En 'Río Bravo'.

—¿Ha experimentado alguna vez síndrome de Stendhal? ¿Ante qué?

—Ante los atardeceres lentos en el Mediterráneo.

—No se muerda la lengua, díganos algo que ya no soporte del mundillo cultural.

—El mundillo cultural no lo soportaba antes ni lo soporto ahora. Y lo que menos soporto de lo que no soporto es a ese insoportable ministro de Cultura insoportablemente apellidado Urtasun.

—Una obra (disco, libro, obra, banda musical...) sobrevalorada.

—Creía que demandaban ustedes respuestas cortas.

—Un placer cultural culpable.

—Releer a Jardiel Poncela y Agatha Christie.

—¿Cuál es la última exposición a la que ha ido? Impresiones...

—A una mía. De fotos de guerra. Me impresionó que ha pasado casi medio siglo desde que las hice.

—¿La inteligencia artificial matará la creación artística?

—En absoluto. Bien usada, colaborará con ella.

—España es un país...

—Históricamente enfermo. Incurable.

https://www.elespanol.com/el-cultural/letras/20260606/arturo-perez-reverte-hoy-no-capaz-ir-cubrir-guerra-mundo/1003744267148_0.amp.html

30 mayo 2026

Esencia de periodismo

Rafael Álvarez Gil - teldeactualidad.com - 20/05/2026

Arturo Pérez-Reverte nos regala un libro inesperado (aunque suele publicar una novela al año) sobre sus andanzas en su época de reportero: ‘Enviado especial: Una biografía de guerra’ (Alfaguara). Acaba de salir a la venta y rescata sus crónicas de los años setenta, ochenta y noventa como corresponsal en medio de diversos conflictos. Y quien dice conflicto es, bajo el aura mítica de antaño, puro periodismo. Aunque no lo es como tal: descubrió lo peor de la condición humana. Sus miserias, sus bellaquerías, sus egoísmos… lo peor de lo peor cuando amenaza el peligro y la muerte. Mas también lo mejor cuando la delgada línea con el morir se siente tan liviana y cercana. Un legado que al escritor siempre le acompaña; en cualquier instante, en medio de los desvelos de la madrugada como cuando estará esperando en Madrid un taxi o en un acto cotidiano similar. Por eso dicen que el peso de la conciencia nunca duerme.

En las páginas del libro aparece el Sáhara Occidental, Líbano, la antigua Yugoslavia… e irrumpe el joven Pérez-Reverte con todas las ganas de comerse el mundo. Ese afán de la juventud por querer conquistarlo todo, a pesar de que concurran señales de prohibido. Su ciclo dorado como reportero coincide con el apogeo de la prensa tradicional. Y aunque hoy parezca otro mundo, hubo un día que las crónicas de los corresponsales eran esperadas en la Redacción como agua de mayo. Una firma cotizaba. 

Pérez-Reverte es una de esas personas con las que debe ser una gozada compartir conversación en una larga sobremesa, sin prisas ni estorbos. Escucharle atentamente. Lo digo con la querencia de un lector mas igualmente con la seguridad del que reconoce con el nacido en Cartagena que atesora el olfato que estila el periodismo y la vida realmente vivida. Cuando muchos se dejaban llevar por la comodidad del sofá, o del teléfono móvil en el presente, él ya estaba batiéndose el cobre en medio mundo. No digo que sea para cambiar unas vidas por otras, la sensatez es una virtud de la madurez, pero sí para reconocer su valía. Pérez-Reverte presume de tener biblioteca más que ideología. Y que molesta a las dos Españas. Lo bueno de ser leído es que no te pueden doblar los prejuicios de uno u otro bando, los embusteros que te rodean en la oficina, familia y diversos entornos. Qué importante es tener criterio. Para empezar, para que nadie te engañe.

https://teldeactualidad.com/art/181437/esencia-de-periodismo-arturo-perez-reverte-biografia-guerra

29 mayo 2026

El infierno de Pérez-Reverte como reportero de guerra, imagen a imagen

Abraham Rivera - elconfidencial.es - 30/05/2026

Con 23 años, Arturo Pérez-Reverte se lanzó al mundo y sus guerras. Se dice pronto. Eritrea, Sahara, Chad, Kuwait, Arabia Saudi, Croacia. Allí fue un barbilampiño reportero del diario 'Pueblo', el más importante de la época. Y desde aquellos lugares contó lo que vio, con una cámara de fotos y su inseparable Olivetti Lettera 32. Objetos que pueden verse en la exposición 'Fotografías de guerra (1974–1985)', una muestra imprescindible si se quiere conocer un poquito de lo que fue un oficio que con los años, y las nuevas tecnologías, ya es muy diferente. Y de cómo uno de nuestros grandes escritores se desenvolvió en trincheras, hospitales y campamentos de refugiados. Son 42 fotografías que retratan sobre todo a personas, a niños guerrilleros y a destinos que cualquier día podrían ser el nuestro. 

“La selección ha sido dificilísima”, destaca la comisaria y escritora María José Solano. “Pero el trabajo de archivo y de elección fue extraordinario, porque además las imágenes son muy buenas: retratos, escenas de combate, momentos íntimos”. Y así es. El trabajo es de un nivel magnífico, ya que además el propio Pérez-Reverte enviaba aquellos carretes sin revelar. La mayoría de esas fotografías ni las vio ocupando las portadas del periódico.

Esos carretes y negativos Pérez-Reverte los recuperó en 1984, cuando 'Pueblo' cerró. En un cajón de su casa, “estaban durmiendo el sueño de los justos”, como le gusta decir al escritor. “Estamos hablando de miles de imágenes, unas tres mil fotografías aproximadamente, tomadas durante toda aquella etapa como reportero. En 'Pueblo' era al mismo tiempo periodista y fotógrafo: escribía las crónicas y hacía también las fotografías”, señala Solano. “Los carretes llegaban a Madrid de las formas más accidentadas que podamos imaginar: en manos de azafatas, amigos, conocidos, gente que salía de un territorio en guerra y podía transportar el material hasta España”. Con la ayuda del fotógrafo Jeosm, el archivo se positivó. Se revelaron las fotografías, se ordenaron y se guardaron. “Algunas las fuimos viendo poco a poco, aunque evidentemente era imposible revisarlo todo de golpe. Y aquello quedó ahí durante bastante tiempo”, dice Solano. “Recuerdo que en el 'XL Semanal' hubo un momento en el que algunas de esas imágenes se publicaron por primera vez. Debió de ser hace un par de años. No se exactamente si coincidió con la publicación de 'Línea de fuego' o vino a raíz de aquello, pero el caso es que parte de ese material empezó entonces a salir a la luz”.

Y así llegó ya el proyecto actual, acompañado de la recopilación y edición de los artículos de guerra de Arturo Pérez-Reverte, de cuya edición se ha ocupado también ella. “Ahí es donde todo empieza a conectarse. Los textos, las fotografías, el archivo personal y toda esa memoria periodística acumulada durante décadas”, advierte. 'Enviado especial' (Alfaguara, 2026) recoge muchas de las crónicas que escribió el autor de 'Soldados de Salamina' [sic] desde el frente armado, y que sirven como excelente lupa desde la que contemplar la exposición. Una obra fundamental también para disfrutar, comprender e imbuirse de todo el aura que esos años nos transmiten.

“Él está especialmente orgulloso de esas imágenes en las que compartía el mismo peligro que los soldados, recibiendo las mismas balas y corriendo exactamente el mismo riesgo. Hay fotografías tomadas a pie de batalla: detrás de un soldado que corre en Eritrea, después de estallar un obús, o en las noches de los hoteles de Beirut. Son imágenes imposibles de conseguir si no estás realmente allí dentro”, destaca Solano mientras menciona también algunos de los objetos que acompañan a las fotografías (en riguroso y nítido blanco y negro), como es el casco que llevó en la guerra de los Balcanes, las cámaras de fotos (una Pentax MX y una Pentax Spotmatic, la Nikon la vendió) o las diversas acreditaciones de prensa. Un recorrido gráfico donde hay una presencia constante de niños. “Niños refugiados, niños armados, niños soldados. Eso impresiona muchísimo en la exposición y también en el catálogo. Porque, al final, son el rostro más brutal de todas esas guerras. Él hablaba mucho de eso, de cómo los niños terminaban convirtiéndose en un paisaje habitual en el conflicto, algo casi insoportable de asumir”, nos recuerda la curadora.

Algunos de los militares de sus crónicas, luego se van a convertir en personajes reales. Por ejemplo, Andrés Faulques, el fotógrafo de guerra que es uno de los personajes principales de su novela 'El pintor de batallas'. “Era un militar real. Y como él, otros muchos personajes, otros muchos nombres y perfiles humanos que después terminarán reapareciendo en sus novelas”, comenta Solano, que también es la encargada de la colección Zenda-Edhasa, dedicada a publicar aventuras de corte clásico. “Y luego está, por supuesto, ese concepto tan profundamente revertiano del héroe cansado. Eso aparece ya clarísimamente en las crónicas”.

A Solano le gusta destacar cómo Reverte ya desde muy joven apunta a cómo será un escritor inquieto y perspicaz y perseverante. “Primero publica en Murcia, cuando todavía no era universitario, apenas un estudiante de bachillerato. Pero ya estaba ahí esa ambición, esa inquietud de reportero, esa necesidad de contar lo que ocurría”, se maravilla Solano, que recuerda una crónica en la que un jovencísimo Pérez-Reverte baja a las minas de La Unión y hace un reportaje fantástico sobre los mineros. “Lo importante es que baja con ellos. Él ya está dentro del territorio, dentro de la historia. Tiene desde muy joven esa obsesión por contar desde el lugar donde ocurren las cosas, nunca desde fuera ni desde casa”, incide. Y luego está también el viaje en petrolero. “Se embarca en un petrolero para narrar cómo viven los marinos, cómo es la vida dentro del barco, en un momento además muy delicado, los años de la crisis del petróleo, en torno a 1973, si no recuerdo mal”, cuenta de esa intuición periodística de estar donde está pasando algo importante. Todos esos artículos están incluidos en el libro de crónicas. “Son los antecedentes de que vendrá después. “Hicimos una selección, naturalmente junto al propio autor, de toda la parte vinculada ya a su trabajo como reportero de guerra y enviado especial”.

En los textos de principios de los setenta todavía se percibe el entusiasmo del reportero joven, casi aventurero, fascinado por el oficio y por el mundo. Según avanzan los años ochenta aparece ya otra mirada. “Sigue siendo un periodista joven, realmente muy joven, pero ya se nota una lucidez mucho más amarga y, sobre todo, un cansancio moral muy evidente”, expresa Solano que para recopilar, bucear y de algún modo asimilar a aquel escritor en ciernes, se va a patear mercadillos y va a comprar muchos de esos periódicos de la época.

“Durante mucho tiempo fui comprando ejemplares antiguos, revistas, copias originales. Tengo bastantes números de 'Pueblo' y, sobre todo, de la revista 'Defensa', de la que Arturo fue editor durante unos años. Allí publicó muchos artículos, algunos reutilizados desde 'Pueblo' y otros completamente originales”, comenta. Además, hay también una labor importantísima de archivo y digitalización que hizo la página iCorso. “Ellos digitalizaron prácticamente todos los ejemplares de 'Pueblo' en los que escribía Arturo. Es una hemeroteca extraordinaria, casi una obra de arqueología periodística”, continúa explicando.

La exposición recoge un documento verdaderamente único. La carta que Manuel Cruz, jefe de internacional del diario 'Pueblo', envió a su corresponsal en El Cairo contándole que llevaba varias semanas sin saber nada de Pérez-Reverte. Se le daba por desaparecido. “Arturo estaba entonces en Eritrea, en plena ofensiva, y habían perdido completamente el contacto. Pensaban literalmente que había muerto”, señala Solano. “En la carta le pide que, por favor, si encuentra el cadáver, lo identifique para poder iniciar los trámites de repatriación y toda la documentación oficial”. Lo fascinante es un final casi novelesco. Nadie logró averiguar nada porque Reverte había conseguido salir andando hasta la frontera. “Y tiempo después, de regreso a España, se cruzó por casualidad con aquel corresponsal en un aeropuerto. El otro se quedó completamente helado y le dijo: "Pero bueno, ¿tú estás vivo? Llevo semanas buscándote". Y sí, estaba vivo”, bromea con una media sonrisa Solano.

Por último, tres compañeros que acudieron a la inauguración de la exposición que termina este fin de semana y que forman parte de ese oficio que tanto ha influido a Reverte. “Aunque en los años de 'Pueblo' trabajaba muy solo —el sistema de reporterismo entonces era así. Mucha precariedad, mucha improvisación y muchísimo oficio aprendido sobre la marcha—, siempre ha mantenido una fidelidad enorme hacia aquella generación de reporteros de guerra con la que compartió oficio y riesgos”, relata Solano. A la presentación acudieron José Luis Márquez, el cámara de guerra al que Pérez-Reverte dedicó 'Territorio comanche'. También estuvo Paco Custodio, que fue quien grabó, entre otras imágenes históricas, el incendio de la biblioteca de Sarajevo. Y estaba Luis Miguel de la Fuente, el más joven de todos ellos, que llegó cuando los demás empezaban ya a retirarse, aunque todavía coincidió con aquella generación en los Balcanes y sigue siendo hoy un estupendo reportero gráfico. “Arturo los cita constantemente. Sigue hablando de ellos con enorme admiración y con una mezcla de memoria, afecto y nostalgia por una manera de ejercer el periodismo que prácticamente ha desaparecido”, concluye Solano.

https://www.elconfidencial.com/espana/madrid/2026-05-30/el-infierno-de-perez-reverte-como-reportero-de-guerra-imagen-a-imagen_4363194/

28 mayo 2026

“Cuando voy a Argentina no voy al extranjero”

Entrevista de Juan Cruz - clarin.com - 29/05/2026

Da escalofríos esta escritura de Arturo Pérez-Reverte, aquel joven escritor que aun no sabía qué iba a ser de su talento. Iba, en seguida, para periodista y muy pronto, además, encontró el camino de la literatura. Ahora es académico de la Lengua en España, conocido en todo el mundo, y es un amigo ferviente, un hermano, de la Argentina.

El triste rostro de la derrota llamó al desarrollo de la contienda de Argentina contra los ingleses. Él vivió ese desastre. Lo contó entonces, se cuenta de nuevo en este libro, 'Enviado especial' (más de seiscientas páginas), que ahora parece una novedad absoluta de su literatura y que en su tiempo formó parte de las crónicas que Arturo hizo para contar el mundo que iba viviendo.

Pérez Reverte ha llenado su historia de grandes títulos literarios: 'El tango de la Guardia Vieja', 'El pintor de batallas', 'La Reina del Sur', 'El capitán Alatriste', 'Patente de corso', y ahora ha visto publicada esta obra que ahora es uno de sus grandes libros: 'Enviado especial'. Una biografía de guerra recoge lo mejor que ha escrito contando las contiendas mundiales que han jalonado su vida de periodista trotamundos. Él era “un joven con una mochila y una cámara”. Ahora es un académico y sigue siendo un trotamundos. Este libro nuevo (que refleja lo mejor de su periodismo) es también, ahora, una señal de juventud.

—No te lo parecerá, pero quizá este es uno de tus mejores libros.

—No es mío. Es la recopilación que han hecho de una serie de momentos de mi vida cuya publicación autoricé. Me convenció la editora de Alfaguara, Pilar Reyes. Decía: “Quien lee estos artículos seguidos entienden mejor tus novelas”. Cuando lo he mirado me he dado cuenta de qué cantidad de cosas apuntan en mis novelas de lo que aquí aparece. La forma de ver el mundo, los personajes, la actitud ante la vida y ante la muerte, y ante todo la violencia. Este libro se mueve por las fuentes en las que se formó mi mirada. En ese sentido sí es un libro interesante para mis lectores.

—No es una sucesión de columnas de opinión. Es la vida.

—Yo nunca he sido columnista. Cuando era reportero era reportero. En los últimos treinta años he hecho columnas, pero no son columnas periodísticas, son imágenes que esa vida me dejó. Yo no estoy hablando de ninguna actualidad. Estoy recordando momentos que me permiten explicar mi vida y el mundo.

—La parte argentina es como si lo que pasó en aquella guerra hubiera pasado en tu país…

—Cuando voy a Argentina no voy al extranjero. Sigo en un ámbito que se llama lo español, lo hispano, lo hispanoitaliano, lo latino… Ese es mi mundo. Nací en el Mediterráneo, así que cuando voy a Italia, a Gracia, a Turquía… estoy visitando a los parientes. Cuando voy a Buenos Aires ocurre eso también. Es mi patria. Una guerra argentina es también mi guerra… Ahora estuve allí: es mi casa, iba por la calle, a las librerías, charlaba con la gente, y siempre me sentí de allí, y así me recibían. En la guerra, cuando la cubrí, me asombraba que estuvieran muriendo chiquillos y todo el mundo estuviera pendiente de un par de partidos de fútbol.

—El artículo principal respecto a ese viaje a la guerra argentina hace referencia al fútbol… “Mientras peleábamos, Argentina hablaba de fútbol”.

—Vivía en el Sheraton, el hotel de los periodistas. Hacía mi crónica y la transmitía desde la calle Florida. Ahí escuché, cuando iba a enviar mi escrito “¡¡¡gol!!!” y dije: “¡Hostia, es que a lo mejor no merecen ganar…! ¡Están muriendo chicos y aquí están pendientes de si Maradona ha marcado!”… Desde el punto de vista moral fue una guerra muy difícil, estúpidamente dirigida por una junta militar criminal. No se pueden borrar el valor, el coraje, y la decencia de mucha gente que luchó creyendo que lo hacía por su patria….

—¿Cuál sería para ti ahora la lección que tú trajiste de Argentina entonces?

—Argentina es un país como España: enfermo. No consigue meter el hilo en el agujero de la aguja nunca. Y me duele porque es un país que amo. Como España. La gente es estupenda y tiene algo que nosotros no tenemos: la cultura sigue teniendo allí un eco extraordinario. Ahí sigue todavía esa Argentina culta, serena. Es posible que no esté, pero el eco está ahí. Existe ese tejido, ese respeto, ese impulso, esa inercia cultural que la hizo un país tan grande que culturalmente no se ha perdido. En el desgaste cultural que vive el mundo en general, Argentina está mejor situada que España. Aquí hemos perdido una tradición cultural que no conserva con afecto ni con devoción.

—Este es un libro lleno de periodismo…

—Siempre fui un periodista, un reportero. Yo lo he contado siempre: mi vida ha sido mirar y contar. Siempre he recordado al reportero que miraba y contaba. Y es lo que hice en la guerra: era un reportero de guerra, no iba de escritor: mi pasión entonces era la vida como reportero.

—Pero por esa vida ha pasado el tiempo y ahora es también pura literatura…

—Sí, pero no es algo deliberado. Yo hago novelas, artefactos narrativos que intento que sean eficaces para que el lector los viva conmigo y me acompañe en mis aventuras. Ese es mi objetivo como escritor. Claro, no puedo evitar una mirada forjada en la biblioteca del niño que fui… Esas lecturas me dieron un conocimiento del mundo, de las mujeres, de los hombres, de las guerras, del dolor, de la soledad, de todas las cosas… De modo que ahora todo lo que hago, también la literatura, también el periodismo, es evidentemente literatura. Un escritor es una mirada; un escritor es cómo ve el mundo… El que no tiene mirada no vale, no es un escritor interesante. Borges, Bioy, Valle-Inclán… Cada uno tiene una capacidad, pero sin mirada propia no es nadie.

—El reportero no te abandona…

—Hay algo importante para mí. Yo he vivido como reportero… Igual dormía con cucarachas en Angola, en Luanda o en Mozambique que en el hotel Alvear o en el Palace de Madrid… Eso te da conocimiento, soltura profesional en ambientes muy opuestos, y eso te da la riqueza de observar, la capacidad de observar que es evidentemente útil. En vi vida eso ha dado una acumulación de informaciones que ahora me sirven como novelista. Es un saco riquísimo del que saquear todo lo que me interesa…

—La verdad es que eras novelista casi desde que naciste…

—Sí, pero yo no lo sabía. Yo quería ser periodista, y a ello me llevó Pepe Monerri, jefe de 'La Verdad' de Murcia… Me puso a trabajar a los diecisiete años. Y ese aprendizaje mi llevó también a ser novelista, a tener una actitud literaria…

—Igual que hiciste muchas guerras también pudiste hacer otros periodismos… ¿Por qué la guerra te llamó tanto?

—En realidad fue el periodismo. Javier Marías y yo nos decíamos que habíamos leído los mismos libros y los mismos tebeos… Él quería escribir las historias y yo las quería vivir, y eso nos hizo recorrer los caminos para luego aparecer cada uno con un equipaje diferente… A mí no me gustaba la guerra. La guerra era un máster acelerado. Y me hice periodista para ir a la guerra. Para mí era como un pretexto. Yo quería vivir los libros que había leído, quería conocer chicas guapas por el mundo, burdeles en Bangkok... Creí vivir por calles bajo el suelo, quería ser un héroe. A los dieciocho años lo quieres hacer todo. Fue una manera de abrir un objetivo, pero el impulso era ese: una manera de llegar a ese mundo del que luego nació el periodista.

—La guerra se quedó en tu cabeza y ya no te abandonó más. Has releído la guerra y ahora este es tu libro…

—Las guerras… La guerra española fue aquello, como la guerra de los Balcanes… Me pidieron que hiciera un prólogo del libro… Eso me llevó a leer algunas partes de lo que había escrito. "Qué camino tan largo he recorrido", me dije, y señalo en el prólogo. El chiquillo que creció en una biblioteca mirando al mar y soñando con viajes y aventuras… Treinta y cinco años llenos de cosas. No ha sido una especie de orgullo melancólico.

—No: ha sido puro periodismo.

https://www.clarin.com/opinion/perez-reverte-voy-argentina-voy-extranjero_0_Ktk9RJ5CLX.html

Band of brothers


María José Solano - abc.es - 28/05/2026

Forman parte de esa vieja estirpe de cámaras españoles que aprendieron el oficio cuando el reporterismo de guerra todavía consistía en cargar veinte kilos al hombro, cruzar calles con francotiradores y volver, si había suerte, con imágenes que olían a sangre y gasoil. Gente de aquella televisión pública que durante décadas tuvo a algunos de los mejores reporteros gráficos del mundo, aunque en España casi nunca se les reconociera como tales. 

Mientras otros daban la cara, ellos sostenían el plano. Y sostener el plano en Sarajevo, Beirut, Nicaragua o Afganistán significaba sacar medio cuerpo detrás del muro, aunque silbaran las balas. Significaba dormir vestido en hoteles agujereados por morteros, aprender a distinguir el sonido de un Kaláshnikov serbio de un FN belga, correr con veinte kilos al hombro y seguir grabando.

José Luis Márquez fue quizá el más legendario. Vietnam, Angola, Mozambique, Nicaragua, Yugoslavia, la Intifada, Tiananmen. Aquel hombre consiguió sacar clandestinamente de China las imágenes de la represión de Pekín escondiendo las cintas entre ambulancias y heridos. Paco Custodio. Su nombre quedó unido para siempre a la Biblioteca Nacional de Bosnia ardiendo bajo las bombas serbias: millones de páginas convertidas en ceniza mientras Europa discutía diplomáticamente su cobardía. 

En esa generación, muchos cámaras tenían una relación física con el peligro muy distinta de la actual: no iban "a cubrir" una guerra; vivían dentro de ella. Dormían en hoteles bombardeados, viajaban en convoyes militares, cruzaban avenidas bajo fuego de mortero y seguían grabando. El periodista podía esconderse detrás de una libreta; el cámara tenía que sacar medio cuerpo para filmar.

Miguel de la Fuente, más joven, es heredero directo de esa escuela clásica. Trabajó durante más de tres décadas en RTVE y estuvo en Bosnia, Irak, Afganistán, Gaza, Siria, Georgia o Ucrania. De la Fuente pertenece ya al tránsito tecnológico: empezó con cámaras pesadas de televisión analógica y terminó retransmitiendo guerras con mochilas satelitales y equipos digitales. Él mismo ha contado cómo el oficio pasó del celuloide y el U-matic al directo permanente y al teléfono móvil.

Lo extraordinario es que todos parecen salidos de aquel poema de Tennyson. «No puedo descansar de viajar», dice Ulises de vuelta a Ítaca. Y eso podría haberlo pronunciado cualquiera de estos hombres. Viejos compañeros que regresaban una y otra vez al horizonte porque quedarse quietos equivalía a empezar a morir. Aquí siguen. Márquez. Custodio. Miguel de la Fuente. Y también el reportero Arturo Pérez-Reverte, convertido luego en escritor, para siempre miembro de aquella Hermandad. «Venid, amigos míos. No es demasiado tarde para buscar un mundo nuevo». Los viejos compañeros de Ulises. Los hombres que siguieron filmando mientras Troya ardía.

https://www.abc.es/cultura/cultural/maria-jose-solano-band-brothers-20260529232356-nt.html

22 mayo 2026

La misma oscuridad, el mismo miedo: Arturo Pérez-Reverte y la guerra

Víctor Núñez Jaime - milenio.com - 22/05/2026

Una de las lecturas que marcaron el curso de mi carrera universitaria fue la de 'Territorio comanche'. Porque después del punto final de ese libro breve de Arturo Pérez-Reverte, uno se ve obligado a preguntarse si existe una ética en el filo entre la vida y la muerte. Al contar una visión descarnada de la guerra (no exenta de cierta ternura e ironía), nos acercamos al día a día de un corresponsal en la lucha armada de Yugoslavia, tal vez el último conflicto bélico cubierto por los grandes corresponsales que se forjaron informando sobre las atrocidades de la Humanidad (porque luego, con la llegada de las nuevas tecnologías y la crisis de los medios, todo ha sido diferente).

“Para un reportero en una guerra, territorio comanche es el lugar donde el instinto dice que pares el coche y des media vuelta; donde siempre parece a punto de anochecer y caminas pegado a las paredes, hacia los tiros que suenan a lo lejos, mientras escuchas el ruido de tus pasos sobre los cristales rotos. Territorio comanche es allí donde los oyes crujir bajo tus botas, y aunque no ves a nadie sabes que te están mirando.” Así describía Pérez-Reverte el inquietante escenario donde se movía en aquel conflicto que acabó en la división definitiva de los Balcanes.

Las lecciones de periodismo desprendidas del libro, al igual que el 95% de lo aprendido en la carrera, han sido inaplicables en el ejercicio de mi profesión (poco tiene que ver la romantizada teoría que nos inculcan con la cínica realidad), pero sustentan el testimonio de una época en la que los reporteros crecían “en un nido de piratas desalmados, genios sin escrúpulos, maestros del oficio, donde la exclusiva y el firmar en primera página justificaban casi cualquier método”, como dice, muchos años después, el ahora afamado novelista que acaba de publicar 'Enviado especial. Una biografía de guerra', la antología de sus crónicas, reportajes y columnas sobre los conflictos más cruentos del último tercio del siglo XX.

El volumen es valioso no sólo porque el autor comparte con los lectores las experiencias que marcaron su vida, sino porque el compendio de textos constituye los cimientos de la mayoría de sus posteriores historias de ficción. Se nota, además, que el hoy escritor y académico supo sacarle jugo a los últimos años de una forma de periodismo que hoy ya no se practica, que fue a la guerra con la mirada educada por la lectura y que ahora hace novelas con la mirada que la guerra le dejó.

De manera paralela a la publicación de 'Enviado especial', en el Ateneo de Madrid se exponen varias de las fotografías que ilustraron algunos de sus reportajes bélicos, las cuales enviaba con un piloto o una azafata (“no existía la inmediatez de ahora”). Son 47 imágenes y en sólo dos de ellas parecen personas muertas. “Es que ahora la guerra molesta y se pixela. Antes se hacían fotos para remover conciencias, para mostrar el horror y remover estómagos con niños sobre charcos de sangre o gente con las tripas de fuera. Y ahora esconden eso para no herir sensibilidades”, reflexiona el hombre que estuvo donde pocos querían estar y contó lo que muchos prefieren olvidar.

De Chipre, pasando por Líbano, El Salvador, Nicaragua o Irak, hasta Yugoslavia, Arturo Pérez-Reverte vio guerras que siempre, bajo cualquiera de sus formas, tenían “la misma oscuridad y el mismo miedo”. Primero las contó en las páginas del diario 'Pueblo' o en revistas como 'Gaceta Ilustrada' y, finalmente, en la pantalla de Televisión Española. A la tele se llevó, dice, “una forma personal de mirar el mundo, una mirada amarga que ya no me abandonaría nunca”. Es que, para entonces, la lección ya estaba aprendida: “no hay que huir del riesgo ni abalanzarse a él, sino medirlo. Averiguar antes de hacer el primer movimiento, por dónde vas a entrar y por dónde vas a salir. Y tener conciencia de que cruzar ciertas líneas no tiene vuelta atrás y que dejan huella”.

Finalmente, el joven reportero dio paso al veterano que recordaba los lugares de su vida anterior, ya sólo habitados por fantasmas, y a partir de ese momento la literatura se convirtió en la herramienta más eficaz para ordenar el caos, los remordimientos y los desastres (compruébenlo, por ejemplo, en su novela 'El pintor de batallas'). Porque “la guerra se queda en tu cabeza y ya no te abandona jamás”, dice. “Y sólo los que hemos estado ahí tenemos conciencia de lo frágil, de lo incierto”.

https://www.milenio.com/cultura/laberinto/la-misma-oscuridad-el-mismo-miedo-arturo-perez-reverte-y-la-guerra

16 mayo 2026

De ‘Enviado especial’ a ‘El pintor de batallas’

José María Pozuelo Yvancos – zendalibros.com – 16/05/2026

Ha querido el azar que, en el momento de redacción del capítulo cuatro de un libro en preparación sobre la narrativa de Arturo Pérez-Reverte, precisamente el capítulo dedicado a estudiar su novela ‘El pintor de batallas’, aparecida hace ahora veinte años, llegara a mis manos el impresionante volumen de crónicas de guerra escritas por Arturo Pérez-Reverte durante su cuarto de siglo como reportero, crónicas seleccionadas en el libro ‘Enviado especial: Una biografía de guerra’ (Alfaguara), que ha editado con gran cuidado María José Solano. La primera tentación, que eludiré, sería ir a buscar en los reportajes aparecidos sobre distintas guerras, que fueron enviados al diario ‘Pueblo’, la ‘Gaceta Ilustrada’ o ‘La Actualidad Española’, correspondencias con páginas concretas de la novela ‘El pintor de batallas’. Digo que eludo hacerlo, incluso en el caso de la cercanía de hechos de la guerra de los Balcanes rememorados en la novela por su protagonista Andrés Faulques y las crónicas que con horrores parecidos en escenarios semejantes de Sarajevo o Vukovar había enviado el joven reportero a Televisión Española, cuando era periodista y fotógrafo de guerra. Hacerlo sería fácil, pero engañoso.

Me parece más importante reflexionar sobre lo mucho que podemos aprender, más que de sus similitudes, de las diferencias de los dos géneros de escritura que han tenido a Arturo Pérez-Reverte como autor enfrentado al gran tema de la guerra, que en su caso son las guerras, pues ha sido cronista y fotógrafo, según el libro recorre, de varias en África (el Sahara, Yemen, Eritrea), Latinoamérica (Nicaragua), Oriente Medio, del Líbano a Irak o Yugoslavia, en la cruenta guerra habida entre serbios, croatas y bosnios que está en el fondo de la novela ‘El pintor de batallas’. No puede dejar de decirse que hay momentos en que un mismo motivo ha dado lugar a páginas memorables tanto de las crónicas como de la novela, por citar solamente uno: la despedida de Héctor y Andrómaca aparece en una crónica publicada en ‘XL Semanal’ en 2015 y había sido adelantada en ‘El pintor de batallas’, motivo que recogía con calidad no superada la epopeya que está a la cabeza de cualquiera que quiera conocer lo que es una guerra: la ‘Ilíada’ de Homero.

Puesto que se trata de hablar de diferencias de géneros, me referiré al acierto de María José Solano al compilar las crónicas de los años 70 en el siguiente epígrafe: Los años 70: «como Fabrizio del Dongo en Waterloo». Como conocedora de la obra de Pérez-Reverte, no le ha pasado desapercibida la importancia del capítulo que Stendhal dedica a la gran batalla de la derrota napoleónica en ‘La cartuja de Parma’. Siendo una obra de ficción, y no habiendo el novelista francés seguido directamente esa guerra, acertó como nadie en representar al soldado perdido, enfrascado en buscar agua, para él más importante que las líneas estratégicas que desconocía. Tampoco necesitó Goya estar en Mayo de 1808 en Madrid para que sus fusilamientos sean el testimonio pictórico más elocuente de aquella guerra. La literatura y el arte, cuando aciertan a ser cumbres, son capaces de decir la guerra de un modo insustituible y propio, sin necesidad de verse refrendados por la presencia o experiencia concreta de los hechos narrados. Esa gran lección la obtenemos también en ‘El pintor de batallas’ y ojalá la edición de ‘Enviado especial’ sirva para que los lectores recuperen aquella novela de 2006, que me parece la mejor que Arturo Pérez-Reverte ha escrito.

Precisamente porque el gran tema de aquella novela era la posibilidad o imposibilidad de que tanto la fotografía como la pintura fueran capaces de representar el horror. Hay momentos en que la ficción ha podido ir a donde el reportero no había ido; son los momentos de decidir lo que es decible o indecible, lo que puede quedar cuando la realidad que había originado la trama de la novela ha dejado de existir. María José Solano recoge una reflexión que incide en esa diferencia al evocar la siguiente manifestación de Pérez-Reverte: “Si en un reportaje hay literatura, es un mal reportaje; si en una novela hay periodismo, difícilmente será una buena novela”. En ‘El pintor de batallas’ hay literatura, y en tal dimensión vence al reportaje. No lo sustituye, ojo, lo lleva a un lugar donde el reportaje no pudo ir. Sirva eso también para las similitudes biográficas que ‘El pintor de batallas’ pudiera tener con Arturo Pérez-Reverte. Es Faulques un fotógrafo de guerra, nacido en un pueblo minero de la costa mediterránea, e incluso uno de los momentos excelsos, realmente álgido de la novela, recrea un paseo con la amada Olvido Ferrara por los derrumbes mineros próximos a la bahía de Portman. Pero lo que de vida pudiera haber en tales similitudes languidece ante las diferencias, pues el caso es que en ese momento de la novela ocurre entre los dos amantes un reconocimiento que solo la ficción puede hacer tan elocuente. Habría quedado desmayado, habría sido otra cosa, si acaso fuese la reproducción de un hecho biográfico real.

Porque ‘El pintor de batallas’ es una novela nacida precisamente para ir allá donde el reportaje periodístico de guerras no habría llegado nunca, porque su condición y límites son otros. Tanto en la novela como en las crónicas se reflexiona sobre un hecho: la necesidad de que el fotógrafo registre aquello que, si es buen fotógrafo, no puede teñir de metafísica. La fisicidad de lo acontecido es tan cruenta que para decirla de ese otro modo ha sido necesario para este autor escribir una novela en 2006, cuando había dejado de ser reportero de guerra varios años atrás. No es este el momento y lugar, lo haré en el capítulo de ese libro ahora en preparación, de ir al problema crucial de la representación que tanto en pintura como en fotografía nutre reflexiones universales a los que todo artista de la imagen ha tenido que enfrentarse y que solamente la palabra literaria puede quizá salvar del olvido, recuperando con hondura pocas veces escrita en español una reflexión sobre el sentido mismo del arte.

Hay, por último, en el libro ‘Enviado especial’ una serie de artículos emocionantes dedicados a la historia común de un grupo de compañeros reporteros embarcados en aventuras y riesgos de increíble lealtad personal y de oficio, por quienes han escrito la mejor historia del periodismo español, si bien excede mi capacidad valorarlo. También hay algo que no es literatura: homenajes, como el que cierra el libro, que dedica a Luis Ángel de la Viuda, quien fue su jefe en ‘Pueblo’, y que le cubrió las espaldas cuando comenzaron aquellas traiciones del Sáhara, ahora aumentadas, y la página de cierre dedicada por Pérez-Reverte a esos viejos reporteros que sí mueren.

https://www.zendalibros.com/de-enviado-especial-a-el-pintor-de-batallas/

Una biografía de guerra

Ricard Gil Otaiza - que-leer.com - 16/05/2026

Tengo sobre mi mesa de trabajo un libro excepcional; tal vez lo mejor que se haya editado en materia de crónica y de reportaje de guerra en los últimos años, se trata de 'Enviado especial: Una biografía de guerra' (edición de María José Solano) (Alfaguara, 2026) de Arturo Pérez-Reverte, y me asomo a estas páginas, que son muchas (611) y densas, desde la mirada asombrada frente a una vida que no ha dado tregua a la experiencia extrema, primero desde el oficio de reportero en distintos escenarios bélicos para múltiples medios por más de dos décadas, y luego como novelista de larga trayectoria, y aunque ambos oficios parecieran antinómicos no lo son; es más, se complementan en una suerte de imbricación y de vértigo frente a la tragedia humana.

El novelista que es Pérez-Reverte no es la resultante de la metamorfosis del reportero, a quien los largos años en duros escenarios de guerra lo agotaron física y anímicamente, para entrar luego en el descanso y la comodidad aburguesada de la autoría de libros, sino que en estos textos que hoy se conjuntan —y en los que nos cuenta todo lo que acontece en medio de las refriegas y el dolor humano, del miedo a la muerte, de la pérdida de esperanza del retorno al hogar ya lejano, de la confrontación entre seres no muy distintos entre sí en los bandos encontrados en armas— hallamos ya el germen de lo literario.

Solo puede contar quien ha vivido. Nos lo recuerda con fino sarcasmo Jorge Luis Borges (quien poco vivió y lo hizo desde los libros, que son una forma de vivir, qué duda cabe), y es esa experiencia y ese moverse en distintos campos de confrontación lo que hoy podemos leer en este imperdible y magnífico tomo, y lo hacemos en un mundo no muy distinto al de las décadas de los 70 y de los 80, periodo de tiempo en el que nuestro autor actuó como reportero en diversos lugares (Líbano, Chipre, Sáhara, Nicaragua, El Salvador, Irán, Iraq, Angola, Mozambique, Sarajevo, Beirut, Eritrea, etc.), y digo esto porque el presente es tan turbulento como el ayer, o  quizás más cruento y enrarecido, y no precisamente por el odio, las rivalidades, los intereses económicos y los atavismos, que serán siempre los mismos —aunque con distintos ropajes— a pesar de los pesares, porque la guerra es la guerra, sino por la tecnología que marca un punto de inflexión insalvable (misiles teledirigidos, drones y sistemas autónomos, inteligencia artificial militar, ciberarmas, armas láser, etc.), y que se erige en eje fundamental en nuestros días y, que, si bien, despersonaliza la guerra, al modo de las trincheras como a la antigua, la hace más letal e inverosímil, aunque tan inhumana y monstruosa como aquella.

Esta “biografía de guerra” (como la denominan los editores) que acaba de entregarnos Pérez-Reverte es de una importancia capital en la comprensión del ayer y del presente, y su estructura u ordenamiento pretende ir desde lo cronológico y por etapas, de manera tal que cuando la leamos tengamos la sensación (o la plena conciencia) del hilo de la historia de décadas aciagas (se incorporan además crónicas posteriores a su etapa como reportero de guerra propiamente dicho, y nos topamos con textos de la actualidad hasta el 2025 que giran alrededor de la temática), y desde cada crónica y reportaje (escritos con la precisión y la hondura del maestro que se ya se perfilaba desde entonces) podamos avistar lo que se esconde tras cada hecho bélico: la estupidez de la naturaleza humana, pero también su desamparo y vulnerabilidad.

En este sentido, hallamos un deslumbrante primer texto, 'Un joven con una mochila y una cámara' (a propósito de “una cámara”, y si la vista no me engaña, la que veo colgada de su cuello en la fotografía de la tapa es una Pentax, como la mía, que tuve que dejar a mi partida de Venezuela), en que a modo de introito el autor narra aquellos años: sus temores y desconciertos, pero también el ingente aprendizaje que hizo de él el hombre que es en el ahora. En esta mirada introspectiva (mejor, retrospectiva) hallamos al prosista del presente, pero además al intelectual que de vuelta de los caminos es capaz de decirnos sin rubor, a propósito del cierre de su periodo como reportero: "El joven reportero dejaba lugar al veterano que, al rememorar los lugares diversos de su vida anterior, a menudo los encontraba habitados por fantasmas. Fue entonces cuando la literatura, las novelas, se convirtieron en herramienta eficaz para ordenar el caos". De seguidas, el libro se abre por etapas cronológicas: 1970-1973: Los años del aprendizaje. Los años 70: Como Fabrizio del Dongo en Waterloo. Los años 80: ¿Hay aquí alguien que haya sido violado y que hable inglés?. 1980-2025: Lugares de los que nunca se vuelve. Y Punto final. Los viejos reporteros sí mueren. Hay en total 149 textos (entre crónicas y reportajes), sin contar el primero y el último de los citados. 

Ni qué decirlo, el libro se deja leer tanto por la prosa muy perezrevertiana (aguda, incisiva, cortante, desnuda, combativa y directa, irónica y sarcástica, culta y al mismo tiempo coloquial, con referentes históricos y a la vez de actualidad, y con una voz narrativa que la hace personal y cercana), como por las temáticas que aborda, que nos llevan a extremos sensibles, muchas veces de inaudita crueldad, pero en los que el autor no se solaza para sacar rédito de ello, sino como punto de partida de hondas reflexiones de carácter ontológico.

Hay en estas páginas la nostalgia por los tiempos idos, la prosa quebrada por los viejos amigos y reporteros que se marcharon y por la desaparición del periodismo “vespertino, cimarrón, bohemio, entrañable” que él conoció; la extraña certeza de ser un veterano en cuya persona se cierran en sí misma épocas y aventuras, aprendizajes y vivencias, que la sostienen en el ahora, y que han hecho de él el hombre, el intelectual, el académico y el narrador que hoy muchos admiramos (y que otros tantos adversan).

https://www.que-leer.com/2026/05/16/una-biografia-de-guerra/