28 marzo 1983

Así se desactivan las bombas

Pueblo, 28 de marzo de 1983

[Con motivo del reportaje que ‘Pueblo’ realizó en el País Vasco, publicamos esta fotografía de Miguel Garrote, en la que nuestro enviado especial, protegido por un equipo Tedax, soportaba la explosión de una bomba de ETA a un metro de distancia.]

No hay dos bombas iguales. Cada una tiene personalidad propia, según el carácter, el ingenio y la preparación técnica del hombre que la construye. Las hay tan elementalmente simples que hasta un niño podría desactivarlas, y tan complejas que incluso los más destacados expertos, tras echarles un vistazo, prefieren hacerlas detonar a distancia en lugar de librar el peligroso duelo hombre-bomba con escasas probabilidades de supervivencia.

Las bombas son tan diversas como el ingenio humano, dotadas a menudo con una serie de trampas destinadas precisamente a matar al hombre que intenta desactivarlas: contactos especiales, hilos casi invisibles, cuya tracción desata el estallido, circuitos que la hacen explotar al ser cortados, electroimanes que, al ser privados de corriente, hacen bajar una placa metálica que produce el letal contacto… Normalmente, el experto en desactivar explosivos, voluntario que realiza ese peligroso trabajo por un extraño impulso de curiosidad, vocación y amor al riesgo, prefiere desactivar antes que recurrir al fácil recurso de hacer estallar a distancia el artefacto. Es así como se aprende, me decía hace pocas semanas, en Bilbao, uno de los Tedax de la Policía Nacional, compañero de los dos hombres que en el País Vasco acaban de ser víctimas de una bomba de ETA.

Los Tedax del País Vasco cuentan con un moderno equipo para desactivar artefactos: trajes especiales, robots dotados con cámaras de televisión. Sin embargo, lo habitual es que sus propias manos sean las herramientas a las que se recurre con mayor frecuencia. La explicación es simple. A veces como fue el caso de la reciente tragedia, la bomba está colocada en un lugar cuya explosión a distancia produciría, sin embargo, graves daños materiales en las proximidades, e incluso, por la premura del tiempo, la pérdida de vidas. Además, cuando el artefacto se encuentra en zonas urbanas, como una calle estrecha, un pasillo o un lugar de difícil acceso, la utilización del robot u otros medios voluminosos o que hacen difícil la maniobra entorpece considerablemente el uso de estos recursos precautorios. “Gato con guantes no caza ratones” es otra de las frases favoritas de los Tedax de la Policía Nacional. Por eso, lo frecuente en el tenso duelo hombre-bomba es que éste se desarrolle de tú a tú, contando el desactivador, como mucho, con la ayuda de unos alicates, su buen pulso, su paciencia y su ingenio.

No es habitual que las bombas de ETA sean complicadas. La organización terrorista las fabrica simples, consistiendo a menudo en un simple circuito electromecánico, una pila de alimentación, un detonador y la carga explosiva. No es frecuente que haya trampas suplementarias, ni siquiera que el diseño del artefacto sea complicado. La razón es muy sencilla: el que fabrica una bomba corre durante la operación un peligro directamente proporcional a la complejidad de ésta, y un error cualquiera durante el proceso, incluso durante el transporte o la colocación posteriores, puede suponer un estallido prematuro y mortal.

Sin embargo, para el desactivador que se enfrenta a la tarea de convertir la bomba en un objeto inerte e inofensivo, aparte del factor de riesgo implícito en la operación, existe un peligro inmediato y latente, cuyo cálculo resulta imposible de establecer. El terrorista sabe, aproximadamente, cuándo va a estallar el artefacto, ya que él mismo, al activarlo, ha establecido la hora de la explosión. Sin embargo, el Tedax que se acerca al paquete donde está la bomba, ignora cuánto tiempo le queda para desactivarla antes de que ésta haga explosión. El plazo hasta el estallido puede ser de horas, de minutos, o acaso de segundos. Es ahí donde tiene lugar la estremecedora carrera contra el tiempo que, a veces, como en el reciente suceso de San Sebastián, se salda con la victoria de la bomba.

Cuando se produce la alarma, el equipo Tedax entra en alerta inmediata. Normalmente, se actúa por parejas, siendo un policía nacional el encargado de desactivar, mientras su compañero realiza las tareas de apoyo. Tras un primer reconocimiento visual del artefacto, el Tedax que va a operar, equipado con escudo y casco especiales, a los que se añade una pequeña coraza protectora, se aproxima al paquete sospechoso, llevando en la mano un maletín con herramientas simples, como alicates, destornilladores, cinta aislante y un bisturí. Tras palpar el paquete, el Tedax efectúa un corte con el bisturí en el envoltorio, que le permita ver lo que hay en el interior. Es así como quedan a su vista los circuitos, el reloj, la carga explosiva, las pilas eléctricas que la alimentan…. Después, con infinita paciencia, el desactivador comprueba si existen trampas suplementarias. Una vez comprobado que no es así, o desmontadas las existentes, se aplica a la tarea de estudiar detenidamente el sistema, comparándolo mentalmente con otros, en los que ha trabajado en experiencias anteriores. A veces, cuando surge una duda, el Tedax se retira a consultarla con su compañero, que se mantiene a pocos metros, dispuesto a aconsejarle o a poner a su alcance nuevos medios técnicos que puedan ser precisos.

Establecido el modelo de artefacto, comprobada la ausencia de trampas, el Tedax utiliza los alicates y sus manos para aislar la carga explosiva del circuito, procurando evitar que restos de la carga adheridos al cebo puedan hacer explosión. Aislada la carga, cortados los cables, la bomba se convierte en un conjunto inofensivo.

Cuando una bomba estalla en plena desactivación, sólo puede ser por tres motivos: el Tedax ha cometido un error, hay una trampa suplementaria o el reloj que activa la bomba ha llegado a la hora establecida para la explosión, antes de que finalice la operación. El primer caso no suele ser frecuente, ya que la larga experiencia de los Tedax que actúan en el País Vasco, su preparación técnica y características psicológicas han sido previamente probadas hasta la saciedad antes de aceptar su oferta voluntaria para este tipo de trabajo. La segunda posibilidad, la de la trampa, puede ser habitualmente descartada, ya que, o bien ETA suele colocar artefactos simples, o bien la preparación del Tedax le permite detectar la existencia del engaño. Lo habitual, cuando se produce una tragedia como la de San Sebastián, es que el tiempo fijado por el terrorista para la explosión haya pasado ya, y el reloj que detona la bomba la haga explotar entre las manos del hombre que lucha por neutralizarla, sin saber cuánto tiempo le queda para hacerlo. La victoria de la bomba sobre el Tedax no es una victoria del terrorista, es tan sólo un siniestro azar de los segundos que transcurren implacables en el reloj que lleva en la muñeca el hombre que trabaja sin saber que va a morir.

http://www.icorso.com/hemeroteca/PUEBLO/PDF/ASI%20SE%20DESACTIVAN%20LAS%20BOMBAS.pdf

01 marzo 1983

Diez hombres tranquilos


Pueblo, 1 de marzo de 1983

[Los desactivadores de bombas de la policía nacional en el País Vasco: “No somos locos ni héroes, porque los locos y los héroes suelen terminar enterrados”. Nuestro enviado especial soportó, junto a un Tedax, la explosión de una bomba fabricada por ETA, a un metro de distancia.]

Son diez hombres tranquilos. Ni locos ni héroes, porque los locos y los héroes suelen terminar enterrados, y ellos siguen vivos. Se juegan la vida de forma calculada y técnica, no al buen tuntún. Entre los Tedax de Bilbao, las “machadas” están proscritas. Es norma tácita arriesgar la piel sólo en función de lo que esa vida que se pone sobre el tapete gane a cambio. Actúan por parejas, y el menos experto lleva dos años desactivando bombas. Son dos sargentos y ocho policías nacionales, sólo hay dos hombres solteros en el grupo y a todos les gusta su oficio. Casi todos empezaron cuando niños, mezclando azufre con clorato potásico, chamuscándose los dedos y aterrando a los vecinos del barrio.

Con este oficio, te dicen, pasa como con el que es aficionado al juego. El gusanillo se mete en el cuerpo y después resulta difícil, muy difícil, dedicarse a otra cosa. Es algo que el Tedax lleva dentro, que siente con la misma intensidad que el aficionado a la música. La bomba entre las manos es como una droga, el tú y yo con los cables y los circuitos es más intenso, más íntimo, que el tú y yo con una mujer. Y el triunfo final sobre el tiempo y la máquina, la victoria, proporciona una sensación más embriagadora que una hermosa hembra que se le abandone a uno, entregada, entre los brazos.

La bomba no es el enemigo. Se trata sólo de un artefacto que está ahí, trampa letal agazapada dentro de una bolsa de plástico, sobre la rueda de un vehículo, en una calle de Bilbao. La bomba no tiene conciencia ni intención de hacer daño. Es tan sólo un conjunto de pilas, cables, materia explosiva, detonador... La bomba ni siente ni padece, no rechista hasta que llega el momento en el que, según está programada, revienta y crea el infierno a su alrededor.

El enemigo es el tiempo, ese reloj que está en la muñeca del hombre cuya vida pende del lento movimiento de las agujas. Ese tiempo, determinado por el terrorista creador del artefacto y que sólo él conoce. Ese tiempo ignorado, horas que permitirán desactivar la bomba, o sólo unos pocos segundos más, al término de los cuales el hombre que trabaja para desmontarla la verá (o sólo la sentirá) reventar entre sus manos antes de que la vida le escape por los agujeros del cuerpo destrozado.

Coraza, coquilla, casco y escudo protector. El hombre, el Tedax, en terminología policial, trabaja con calma, sin prisas, aunque sabe que el tiempo sigue jugando en su contra. Las manos palpan cuidadosamente el paquete, buscando una o varias trampas preparadas para estallar al menor movimiento en falso. Unos metros más atrás, el compañero observa sus movimientos, cambia con él impresiones, se acerca para proporcionarle algún instrumento o para confirmar o rebatir una duda del hombre que trabaja. En el reloj, los segundos siguen pasando implacables.

Maletín. La mano empuña un bisturí, y, sin temblar, como la de un cirujano, rasga cuidadosamente la envoltura del paquete. Dentro hay un reloj y unas barras rojizas, parecidas a chorizos. Son cuatro. Exactamente cinco kilos de goma-2, suficiente para barrer la calle y cuantos en ella se encuentran.

Miguel Garrote se acerca y encuadra las escenas en el visor de su Nikon. El Tedax coge ahora el paquete y lo deposita en el suelo, para trabajar mejor. Alicates. Pinzas. Los movimientos ahora son más rápidos porque ha reconocido el tipo de bomba, comparando todos los aspectos con los datos que tiene almacenados en el cerebro, que fluyen con facilidad. Él mismo, en las horas libres, ha construido cientos de bombas similares para familiarizarse con ellas. Artefacto de fabricación casera de tipo simple, mecánico-eléctrico. ETA no se preocupa demasiado en fabricarlos complicados: demasiado riesgo para el constructor. La alarma de bomba, el acordonamiento de la calle, el desalojo del edificio próximo y la noticia que mañana aparecerá en los diarios son resultado suficiente. ETA no tiene artistas que se arriesguen por crear la bomba casi perfecta, aquella cuya desactivación es difícil. Nadie garantiza que, al activar esa misma bomba, ésta no le reviente al creador en la cara a causa de un leve error de cálculo. ¿Para qué complicarse la vida, si con unos cartuchos y un reloj se cumple el objetivo publicitario?

El Tedax no siente nada mientras actúa. No suda, no le tiemblan las manos, no tiene la garganta seca… Todo eso se queda para las películas. Ejecuta los movimientos de forma tranquila, mecánica. Sólo a veces la pregunta de cuánto tiempo le queda antes de que todo estalle pasa fugazmente por su cabeza, pero se disipa con rapidez ante la concentración que exige la tarea. Va a dar un corte con los alicates en un cable, pero, de pronto, la mano se queda inmóvil. Hay algo más, hay una trampa. Hay un electroimán oculto que, al cortar el cable, hará bajar una placa, detonando la carga. Una pausa y un “cabrones” entre dientes, apenas audible. El Tedax aísla la placa y después, sin vacilar, corta el cable con los alicates.

Ya está. La carga ha sido separada del cebo, la bomba no es más que un conjunto inofensivo. El hombre se levanta la visera del casco y enciende un cigarrillo. El mano a mano, el tú y yo entre el Tedax y la bomba, entre el hombre y el tiempo, ha terminado.

Tienen máquinas, modernos instrumentos, estetoscopio electrónico, rayos X, trajes especiales que permiten sobrevivir a dos kilos de goma-2 que estallen a pocos metros... Hasta cuenta con “Luis Ricardo”, un avanzado robot que puede retirar paquetes explosivos, llevar una cámara de televisión, disparar cartuchos de postas para detonar un artefacto. Tienen todo eso, que haría su trabajo más seguro, que protegería su vida, otorgándoles mayores probabilidades de supervivencia. Sin embargo, los Tedax de Bilbao suelen prescindir de toda esa parafernalia del desactivador de bombas para trabajar utilizando sus dos herramientas más estimadas y eficaces: la vista y las manos. Es curiosa la importancia que para estos diez hombres tienen sus manos. En primer lugar, habida cuenta de que el principal enemigo es el tiempo, la utilización de medios especiales, robot, trajes reforzados, supone proporcionar al artefacto un margen suficiente para que estalle antes de ser desactivado. Ante una bomba cuya hora de explosión se ignora, lo que se impone es la rapidez.

“Preferimos —dicen— hacer las cosas a mano para ganar tiempo. Mientras uno se pone el traje especial, utiliza los aparatos, intenta mover el robot y demás, la bomba puede estallar diez veces. No nos gusta hacer el ridículo. El tiempo es fundamental. Por otra parte, preferimos desmontar la bomba a detonarla, porque así aprendemos cómo está hecha y, qué diablos, además nos gusta hacerlo. Por otra parte, sabemos por experiencia que unas manos adiestradas tienen menos margen de error que una máquina. Al fin y al cabo, se trata de nuestra vida, y cada uno se la juega como cree más conveniente.”

“Luis Ricardo” apenas trabaja. Es un robot poco fatigado. “Es que no cabe en todas partes —cuentan los Tedax—. Las calles son estrechas, hay coches… Además, su capacidad es limitada. Resulta eficaz en campo abierto, pero para eso nos hace falta desactivar. Se detona la bomba y listo. Las únicas herramientas realmente útiles son el bisturí y los alicates. Y, sobre todo, las manos, los ojos y una cabeza tranquila”.

“Había separado la goma del cebo, pero el reloj estaba en malas condiciones e hizo un contacto. Estalló el cebo con la poca goma que le quedaba adherida. Noté el chasquido entre las manos y di un salto hacia atrás, de forma automática, sin pensarlo. Sentí el golpe de la explosión, mientras pensaba rápidamente en dónde había dejado el núcleo principal de la carga, teniendo instantánea conciencia de que aquello no podía matarme ya. Caí, alcanzado en la pierna, mientras se me borraba todo de la mente. El compañero se llevó una esquirla en el vientre”. “Lo anecdótico ocurrió cuando me llevaban al hospital. Al entrar, vi un cartel de Herri Batasuna y pensé: Estás listo compañero. Aquí te rematan”.

Había una bomba. Era de ETA, y todavía no se la había desactivado. Su potencia se calculaba a ojo, desconociéndose con exactitud. “¿Quiere usted saber lo que se siente cuando una bomba le explota a uno a un metro?”. Dije que sí, y Garrote preparó la Nikon sobre un trípode. Coraza, casco y escudo de fibra de vidrio. La boca abierta, para evitar que revienten los tímpanos. El escudo levemente inclinado, para evitar que la onda expansiva lo arroje a uno patas arriba. El Tedax, también a un metro de la bomba, te mira sobre el borde de su escudo. “¿Listo?”. Listo. El mundo se rompe en mil pedazos. El puño poderoso de la goma-2 golpea contra el escudo y el brazo. La presión te oprime el cuerpo y la llama, el sonido, estallan dentro de tu cerebro. Después, cuando te levantas entre el humo, con los pulmones anegados de azufre, miras el escudo y lo ves cribado por esquirlas de metralla. El Tedax te da una palmada en la espalda y sonríe. “Ahora ya lo sabe usted”, te dice. Ahora ya lo sabes.

http://www.icorso.com/hemeroteca/PUEBLO/PDF/DIEZ%20HOMBRES%20TRANQUILOS.pdf


29 enero 1983

Uno se siente aquí como en Fort Apache

Pueblo, 29 de enero de 1983

Una casa cuartel con 16 guardias y sus familias en el País Vasco.

“A veces estoy de humor para encontrarle un lado gracioso a todo esto, y me acuerdo de una película que vi una vez. Era un fuerte de la caballería norteamericana, en territorio indio. Los soldados vivían allí dentro completamente aislados, sin ningún contacto con el exterior, aguantando ataques de los indios, cercados y tensos, sobre las armas. ¿Sabe a qué película me refiero? Creo que salía John Wayne. Se llamaba 'Fort Apache'... Bueno, pues, a veces, uno se siente aquí como en Fort Apache.

El sargento F. se pasa el dedo índice por las guías del poblado mostacho y sonríe. Al otro lado de la ventana de cristales empañados, donde golpea la lluvia, el cielo y los campos tienen el color de la ceniza. En este húmedo atardecer de enero, la pequeña casa cuartel de la Guardia Civil de B. es una mancha blanca y verde en el paisaje gris de Vizcaya.

Cuatro o cinco críos están sentados junto a una estufa de butano, en torno a una mesa de camilla. Tienen los libros de texto entre los codos y escuchan con aire concentrado las explicaciones que les da el cabo S., que hace las veces de maestro para los ocho niños que viven en la casa-cuartel. En la escuela de B. no hay sitio para los hijos de los guardias civiles.

—Los chiquillos son los que más sufren. Si van al colegio, en cuanto allí se enteran los otros de que son hijos de guardias civiles, les hacen faena tras faena. Te vienen llorando, contando que les han llamado “chakurras” (perros) y que les hacen la vida imposible. “Tu padre es un tal y un cual”, les dicen. O les pegan una paliza los propios compañeros. También hay algún maestro que se las trae. Así que no hay otro remedio que tenerlos aquí. A veces, cuando en un puesto, o en una ciudad o pueblo grande, hay muchos críos, entonces es posible buscarles profesores que les den clase a todos juntos. Pero en sitios pequeños, como éste, donde sólo hay cuatro o cinco, y no de las mismas edades, tenemos que apañárnoslas como podemos. En B. tenemos la suerte de contar con el cabo S., que siempre que tiene un rato libre se ocupa de ellos. Otras veces nos turnamos los que podemos, y las madres también se encargan. Así, a trancas y barrancas, entre todos, los vamos sacando adelante.

En B. hay un sargento y quince guardias, de los que ocho están casados y siete de ellos viven aquí con las familias. La casa cuartel es un edificio viejo, sin calefacción, de poco más de un centenar de metros cuadrados. Hoy es un día más de rutina, una jornada técnica en la vida de “Fort Apache”, como lo llama el sargento F., con su cerrado acento extremeño. Varios de los guardias se encuentran en el campo, de servicio, rastreando unas mugas y bordas próximas. Las esposas de los que han salido están sentadas juntas frente al televisor, acompañadas por las otras mujeres y algunos de los guardias, que se quedarán con ellas hasta que regresen sus hombres. De vez en cuando, una de ellas deja la labor sobre el regazo y, ajena a la conversación, sorda y ciega ante las imágenes y las voces que brotan del viejo televisor en blanco y negro, mira furtivamente a través de la ventana hacia la lluvia, que, en este momento, en alguna parte no lejos de aquí, empapa a su hombre, que camina sobre el barro, con el capote hasta las orejas y el agua chorreándole sobre el brillante charol del tricornio.

—Aquí, como ve, nuestra fuerza es el compañerismo. Los guardias que no están de servicio se reúnen con las mujeres de los que están fuera, les hacen compañía, procuran distraerlas y aliviar su temor y su incertidumbre. Y es que si los niños lo pasan mal, las mujeres figúrese. ¿Sabe usted lo que es ir a la compra ahí abajo, al pueblo, y llegar por ejemplo a la carnicería y ver que a todas las demás mujeres las atienden antes que a una? Les dan lo peor, les hablan en euskera para que no entiendan nada, las insultan… A veces, cuando uno está aquí y las ve llegar, sofocadas y a lágrima viva, negándose a contarnos lo que les ha pasado para que no nos enfurezcamos o apenemos, a uno se le pone una congoja muy grande aquí dentro, oiga, y en ese momento sería capaz de hacer una barbaridad. Claro que, en seguida, uno se resigna. ¿Qué le vamos a hacer? Así son las cosas. Y quiero que anote algo, señor periodista. Yo y todos los guardias de este puesto, como el resto de los compañeros que estamos en el País Vasco, estamos orgullosos de nuestras mujeres. Cuando andamos muy jodidos y las vemos a ellas apretar los dientes y aguantar, eso nos da unos ánimos y una moral que no se puede imaginar. Estas mujeres tienen casta, se lo dice a usted el sargento F.

En la garita de la puerta, charol y capote verde, un guardia observa la carretera con el subfusil en posición de tiro. Ocho horas diarias de servicio para cada uno de los dieciséis hombres, más los trabajos de seguridad reforzada del cuartel. En otros puntos de España menos conflictivos hay un guardia de vigilancia durante la jornada. Aquí hay que patrullar, vigilar en diversos lugares de la casa-cuartel durante el día y la noche, hacer servicios exteriores. Las ocho horas se convierten a menudo en diez, en quince, a veces en veinticuatro. Y el tiempo libre, cuando lo hay, transcurre entre los cuatro muros de “Fort Apache”.

—Cada día nos juntamos casi todas las familias en un solo pabellón, de forma casi rotatoria, y la señora de la casa invita a los demás. El problema es el espacio. Ya ve usted que, en este puesto, cada vivienda tiene sólo dos o tres habitaciones. Algunas casas-cuartel ni siquiera tienen baño individual, sino que todas las familias, o parte de ellas, deben utilizar uno común. No suele haber calefacción en las casas-cuartel viejas como la nuestra, y cada familia se compra una estufa de butano o un radiador para pasar el invierno. Los gastos corren a cuenta de cada uno, a excepción de los comunitarios, como luz de escalera, agua y demás, que se pagan entre todos.

En “Fort Apache” salir al pueblo a divertirse es inimaginable. La televisión constituye la única distracción, a menudo el único nexo de unión con el resto del país. A veces, cuando ya no pueden más, los guardias cogen a sus esposas y se van en coche a algún lugar lejos de aquí, a un pueblo o ciudad en los que nadie los conozca, nadie los señale con el dedo, para poder ir al cine o tomarse unas cervezas o un café.

—Los vascos nos huyen como si tuviéramos la peste. No quieren saber absolutamente nada de nosotros, y en cuanto nos conocen nos desprecian e insultan. Incluso quienes nos ven con buenos ojos no se atreven a dirigirnos la palabra, por miedo. Aquí al que habla con un guardia lo consideran ya un delator o algo por el estilo, y arriesga la piel. A algunos han matado ya. Todavía, en muy raras ocasiones, hay alguna casa de campo en la que, cuando llegas de servicio, te atienden, te ofrecen un vaso de leche, un café... Pero es raro. En la mayor parte están recelosos, hostiles. Antes no era así. Llegabas a un caserío y te trataban de maravilla, eran muy amables, pero esa hospitalidad tan tradicional en los vascos se ha extinguido. Ahora todos tienen miedo. Todo eso nos crea un ambiente de vivir constantemente en autodefensa, un ambiente de cerco. Es duro no poder responder a las agresiones, a los insultos. Aquí te sientes como si no tuvieras otra cosa en el mundo que a los compañeros, la mujer y los críos. Es muy duro, de verdad. Pero no hay más remedio que apretar los dientes y tirar “p’adelante”.

Una mesa y una botella de vino. Un parchís y cuatro rostros curtidos por la intemperie que se inclinan moviendo las fichas con absoluta concentración, como si estuviesen haciendo lo más importante del mundo. Es curiosa la importancia que en este lugar se da a detalles que en otros lugares pueden parecer monótonos o banales. En la casa-cuartel de B. jugar una partida de parchís o de dominó se convierte en todo un rito que se saborea lentamente, disfrutando al máximo de todas las posibilidades que ofrece la situación, convirtiéndola en algo importante.

—Sí, señor. Aquí echar un cigarro con los compañeros o charlando con la mujer, jugar una partida, ver una película en la tele, son cosas que cuando se hacen se procura disfrutar al máximo. No son muchas las distracciones que tenemos; por eso hay que sacarles todo el jugo, saborearlas a fondo, ¿me entiende? Quienes están en otros lugares, ustedes que llevan una vida normal, que pueden salir a la calle cuando lo desean, ir al cine o a un restaurante, que pueden pasear sin estar volviendo constantemente la cabeza esperando de un momento a otro ver llegar al que te va a pegar un tiro, no saben lo que tienen. De verdad que no lo saben.

Dos guardias jóvenes, vestidos con ropas de paisano, se disponen a marcharse en un viejo Seat 1430. Están libres de servicio y van a darse una vuelta, a tomar unas cervezas. Bajo los chaquetones llevan las pistolas con una bala en la recámara listas para disparar.

—Mire usted. Hay que salir de vez en cuando, obligarse a sí mismo a hacer ciertas cosas, porque si no, puede terminar uno mal de la cabeza, viendo asesinos por todas partes. Los jóvenes, como esos dos, solteros, salen más que nosotros los casados. Es normal, porque ellos se aburren mucho aquí dentro. En las ciudades grandes es más fácil salir y camuflarse entre la gente, yendo a donde nadie lo conoce a uno. En sitios pequeños, como éste, lo mejor es irse a otros pueblos, donde tu cara no le suene a nadie. No ya sólo por el riesgo que puedan correr los guardias, sino porque vas a menudo a un mismo sitio, a un restaurante o a un bar en el que el dueño no te demuestra hostilidad y terminas por comprometerle. En otros sitios, donde los puestos son pequeños y no caben todos, los solteros lo pasan mal, porque tienen que buscar pisos de alquiler, y nadie quiere alquilarle nada a un guardia civil o a un policía nacional. Así que cuando encuentran una casa se meten dentro cuatro o cinco, se preparan ellos las comidas y viven así, ayudándose los unos a los otros. ¿Novias vascas? Bueno, a veces. Pero las chicas que salen con guardias solteros corren riesgos, desde luego. Los vecinos las miran mal, y ha habido incidentes, muchos. No es que las chicas tengan nada, por lo general, contra uno por ser guardia, pero allí en donde las conocen se andan con mucho ojo. En las grandes ciudades es diferente. Vas a una discoteca, nadie te conoce, nadie pregunta nada. Y si se enteran de que eres guardia civil, a menudo les da igual. Pero en sitios como B. la cosa es distinta. No bailan contigo ni amarradas. Sin embargo, eso no es obstáculo para que muchos de nuestros chicos se echen novia en el País Vasco e incluso se casen.

En la pared un viejo reloj desgrana los minutos con monotonía. La lluvia sigue golpeando en la ventana, y el centinela sigue inmóvil en la puerta, observando el camino. Junto a la estufa de butano, los niños recitan los nombres de los cabos y golfos de Europa, corregidos de vez en cuando por la voz paciente del cabo S. Frente al televisor, las mujeres de los que están fuera miran la pantalla sin prestar atención a las imágenes, atentas a los pasos que señale el regreso de sus hombres. Es un día como cualquier otro, como lo fue ayer, como lo será mañana. El sargento F. moja los bigotes en el vaso de vino y guiña un ojo.

—Se lo digo yo, señor periodista. Como en aquello de John Wayne, pero con más moral que el Alcoyano.

http://www.icorso.com/hemeroteca/PUEBLO/PDF/UNO%20SE%20SIENTE%20AQUI%20COMO%20EN%20FORT%20APACHE.pdf

05 enero 1983

Los niños quieren matar marcianos


Pueblo, 5 de enero de 1983

Es posible que el español del futuro no sea más listo o más hábil que los de las generaciones precedentes, pero de lo que no cabe la menor duda es de que será un experto en matar marcianos. Cualquiera de esos enanos bajitos, muchos de los cuales apenas saben todavía hablar correctamente, que ni siquiera han hecho la primera comunión ni dicho su primer taco, son ya consumados expertos en el manejo de rayos láser, disparos electrónicos, campos de defensa magnética y demás artilugios de la guerra espacial. Se mueven ante la pantalla con una consumada veteranía que ya quisieran para sí los más destacados héroes de las galaxias siderales. Y estos críos, más familiarizados con las computadoras que con el Cola-Cao, le han enviado a los Reyes (es un decir, pues los pequeños monstruos son ahora tan escépticos que ni en eso creen ya) unas cartas que le pondrían los pelos de punta a cualquier ingeniero electrónico.

“Queridos Reyes, troncos —puede ser la “carta tipo”—, quisiera un videogame Star Trek con doble mando y otro Computer 82 de cinco niveles. También un Halcón Milenario equipado con pilas alcalinas y un Dune electrónico de esos que llevan minicomputador y pantalla independiente para la visualización del objetivo...”.

Tampoco hay que perder de vista las cartas de las niñas. También una “carta tipo” podría ser la que pide: “Un horno microondas modelo Galaxin 2000, un juego de maquillaje espacial de la Señorita Pepis y una muñeca que llore, ría, tosa y tenga la regla...”.

Para los padres, la fecha de los Reyes Magos se ha convertido en un suplicio. Y no sólo por el hecho de que sus vástagos soliciten juguetes de tan extrañas denominaciones y características que sea necesaria una enciclopedia electrónica para averiguar de qué se trata, sino también por los infames precios que los ultramodernos artefactos de marras alcanzan en el comercio.

Este año, los números uno del “hit parade” de juguetes infantiles se ven ocupados, indiscutiblemente, por los juegos electrónicos. Los “comecocos de marcianitos”, inicialmente llegados a España en forma de máquinas tragaperras y que hace un par de años supusieron un “boom” nacional, han sido desplazados en la calle por las maquinitas de frutas, limones y demás, pero su comercialización en la versión vídeo, adaptable al televisor casero, hace furor ahora entre los críos. En el mercado hay docenas de modelos distintos en forma de cassettes intercambiables que los hijos de papás con recursos económicos adquieren y manejan con entusiasmo. Poco a poco, la electrónica se enseñorea de los juegos infantiles: naves espaciales que se mueven, encienden y apagan luces por control remoto, coches teledirigidos, barcos que navegan, submarinos que disparan torpedos, el clásico juego de la “batalla naval”, que antes se desarrollaba con un lápiz y papel cuadriculado, ahora a base de computadora...

Las carreras de coches, tipo Scalextric, son otro de los regalos más codiciados por los pequeñajos; un regalo que los padres compran a menudo con agrado porque también a ellos les “tira”, so pretexto de los hijos, jugar a glorias de la Fórmula 1. Los trenes eléctricos, ahora dotados de todo tipo de accesorios, siguen ocupando lugar destacado entre las preferencias infantiles y paternas.

En los últimos años, lejos ya de aquellas arquitecturas de piezas de madera coloreada que conocimos en nuestra infancia, hacen furor los juegos de construcción en plástico de casas, castillos y, especialmente, una serie que incluye naves espaciales y barcos mercantes y de guerra, de variados modelos y astronómicos precios. Muy lejanos también los tiempos de los soldaditos de plomo y hojalata, incluso de los que eran simplemente de plástico ligeramente flexible y coloreado, ahora son los Clicks y los Airgamboys articulados, con todos sus vehículos, animales, monstruos prehistóricos o siderales, naves y demás parafernalia, los utilizados por los niños para vivir aventuras. Y hay que destacar la influencia que en el consumo de estos últimos ha venido teniendo últimamente la publicidad televisiva, hasta el punto de comer sensible terreno a los Madelman y Geyperman, tan de moda hace un par de años, que por otra parte se mantienen en cotas razonables.

Las niñas han sufrido menos variaciones, ya que por lo general son más fieles a los patrones clásicos. Las muñecas de ahora hacen de todo, pero siguen siendo muñecas, aunque la técnica las haya perfeccionado tanto que algunas de ellas parecen ya auténticos seres de carne y hueso. Se siguen vendiendo cocinitas, vestiditos y demás puñetitas encantadoras para que las niñas sean tan femeninas como masculinos son los niños, aunque el jovencísimo sexo débil tampoco le hace ascos a los juegos de construcción —casitas y castillitos— ni a los vídeo-juegos entre otros. Además, ahora que todos los infantes, sin excepción, comienzan a enamorarse del extraterrestre “ET”, es de prever un aluvión de peticiones de este muñeco a los Reyes, si bien el tardío estreno en España de la película ha dado lugar a que el bicho galáctico en cuestión todavía no se encuentre disponible en el comercio en cantidades masivas, como es de esperar que ocurra si Dios no lo remedia, dentro de pocas semanas.

Entre los juguetes “clásicos” siguen contándose este año los artículos deportivos: bicicletas, balones de reglamento, esquíes, etc., con un notable descenso del monopatín, que tanto se pidió a Reyes de anteriores años. Las maquetas de aviones, barcos y tanques en plástico y madera, siguen manteniéndose en un alto nivel de venta, así como los llamados “juegos de sociedad”, que se cuentan por centenares y a los que hay que añadir el “boom” que ya comienza en España, de los llamados “wargames” o juegos de guerra de salón, ampliamente aceptados tanto por chicos de doce o trece años de edad en adelante como por los papis.

Y hablando de guerra, naturalmente, no podemos pasar por alto un tipo de juguete, que a pesar de todas las campañas pacifistas sigue siendo el favorito de la gran mayoría de los críos: el juguete bélico “puro”: la pistola, el fusil, la ametralladora. Casi todos construidos en plástico, buena parte con sonido e incluso pilas que encienden luces y demás, continúan siendo pedidos y aceptados por los niños españoles. A pesar de que el mercado les ofrece matar marcianos, cruzar galaxias en plan Ulises y viajar a bordo de naves espaciales, todo ello a base de martirizar computadoras, buena parte de los enanos pequeñajos, cuando se cansan de apretar botones o escarallan el videogame, siempre terminan empuñando un colt de plástico o disfrazándose de Mosqueperros, echándole a sus juegos un poco de imaginación y de aventura viva “clásica”. Gracias a Dios todavía no han triunfado del todo los invasores que vienen del espacio.

http://www.icorso.com/hemeroteca/PUEBLO/PDF/LOS%20NINOS%20QUIEREN%20MATAR%20MARCIANOS.pdf

29 octubre 1982

Noche de esperanza

Pueblo, 29 de octubre de 1982

La noche del jueves fue, en Madrid, la noche de la esperanza. Las ventanas se abrieron y un soplo de aire fresco recorrió las calles, barriendo sombras y trayendo consigo ilusión y alegría desbordante. Madrid era bastante más que una fiesta. A medida que la radio y la televisión, los diarios, los altavoces o el panel de televisión de la plaza Mayor iban suministrando los últimos datos sobre el recuento de votos, la gente se echaba a la calle, silenciosa o exultante, individuos solitarios y bulliciosos grupos que se saludaban sin conocerse, se abrazaban, bailaban en la Puerta del Sol o la Gran Vía, hacían sonar las bocinas de sus automóviles y se gritaban unos a otros que ya era hora, que a ver, que por fin parece haber llegado el momento de que “esto” sea mejor, diferente.

En la plaza Mayor, donde el alcalde Tierno organizó para el evento todo un espectáculo, con actuación de grupos rockeros y un gigantesco panel de televisión, no cabía un alfiler. Pasotas de Malasaña, jóvenes duros de San Blas y Entrevías, universitarios que el jueves estrenaron su derecho al voto, proletarios con pegatinas sindicales, banderas —incluida la de España, la buena, la nueva—, pancartas, champán, juerga y, sobre todo, esperanza. Toneladas de esperanza en cada mirada, en cada gesto, en cada voz. Una belleza de apenas dieciocho años, con una rosa roja en la mano, una pareja que se besaba bajo el panel de televisión, niños sobre los hombros de sus padres que agitaban banderines, bocadillos, porros y una solidaria hermandad de gentes que reconocían en sus semejantes precisamente eso, semejantes. “Esto va a cambiar, esto va a cambiar”. Puños levantados —no demasiados, es cierto—, pero sin rencor ni revanchismo. Porque esa noche, en Madrid, el periodista que recorría las calles encontraba a su paso una multitud adulta, serena, feliz. Gente buena que se descubría a sí misma y a los demás, gente que, por una noche al menos, se sentía estrechamente unida al resto de la gente. Y sólo por presenciar eso ya merecía, quizá, la pena haber llegado hasta aquí.

Frente al hotel Luz Palacio, cuartel general de Alianza Popular, el tráfico había formado un embotellamiento impresionante. Toques de bocina, coches que taponaban el lateral de la Castellana, densos grupos de seguidores que afluían hacia allí. “Somos “la” oposición”... El ambiente era bastante distinto del de la plaza Mayor, Sol y el hotel Palace, sede socialista. En Castellana había abrigos de pieles, cuidada vestimenta, moderación en la alegría, aplausos y pocos gritos. Del barrio de Salamanca, a dos pasos de allí, llegaban vehículos con pegatinas de banderas españolas, llevando a guapas chicas cuidadosamente maquilladas y a jóvenes de pelo meticulosamente peinado. La oposición se puso elegante para celebrar el acontecimiento de ser la segunda fuerza política de la democracia española.

En Cedaceros y en el hotel Gran Versalles, militantes de UCD y del Partido Comunista, respectivamente, se miraban unos a otros sin terminar todavía de creérselo, rumiando la noche triste. Ucedeos con cara de funeral, algunos de los cuales todavía no acababan de comprender demasiado bien las razones —que en otros lugares de Madrid saltaban a la vista de forma rotunda y notoria— de su desastre. Jóvenes desmoralizados, veteranos militantes curtidos por muchos lustros de carné, hacían auténticos esfuerzos por no echarse a llorar como chiquillos...

Barrio de Salamanca. Zona “nacional” de tradición y afición. Calles desiertas, en cuyos muros levantaban todavía la barbilla con digno gesto patéticos salvadores de la Patria que acaban de encontrarse con la evidencia de que la Patria puede, sabe y quiere salvarse sin su concurso. Cafeterías y “pubs” desde los que a diario se han venido trazando y gritando en voz alta odios y revanchas permanecían ayer vacíos, silenciosos, con algunos parroquianos habituales que bebían en silencio, soñando con amaneceres redentores y Dios quiera que lejanos.

El resto, Madrid era la noche del jueves 26 mucho Madrid. Desde la esperanza viva y palpable de los barrios humildes hasta el hermoso clamor de fraternidad que vibraba en el centro de la ciudad. A un lado y otro de la calle, esperando que el semáforo del paso de peatones se volviese verde, densos grupos de hombres y mujeres se saludaban de acera a acera con los brazos levantados, no para insultar, sino para saludar con sonrisas y amistad... Una vendedora de tabaco con una pegatina sobre cada cajetilla, una furcia buscando clientes en la esquina de Montera: “Esta noche, por ser hoy, el que sea guapo se lo hago gratis”. Un oso y un madroño regados de champán, un niño de la mano de su padre que miraba el mundo con ojos muy abiertos y al que un desconocido, acercándose y dándole un beso, le dijo: “Qué suerte tienes, chaval, yo nunca tuve de niño una noche como ésta”... Un viandante absolutamente bebido con una pegatina, “Empieza el cambio”, dándole la murga a un municipal enorme y benévolo:

—Hemos ganado, señor guardia.

—Sí, hombre, sí.

—Hemos ganado, señor guardia.

—Que sí, hombre, que sí. Váyase a dormir.

—Hemos ganado, señor guardia. ¡Viva Felipe!

—Que sí, hombre, que viva.

Y flores. Y vino. Y canciones. ¿Quién sería capaz de defraudar a toda esta gente, cazadoras de cuero, canutos humeantes y latas de cerveza?... “Tronco, nosotros pasamos de milongas políticas ¿sabes? Pero un día es un día, oyes. Por esta vez hemos votado, porque a esto había que darle marcha. Pero que no sirva de precedente...”. Una pareja que se pasea estrechamente abrazada entre la multitud, como ajena a todo, y de pronto él se para, la mira a los ojos —ella es bajita, morena y tierna— y le dice: “Esta es una buena noche para tener un hijo”.

Junto al edificio de la Dirección General de Seguridad, fuerzas de reserva de la Policía Nacional contemplaban el espectáculo con los brazos cruzados, sin casco y sin armas, porque, por Dios que sí, esa noche no había en Madrid necesidad de usarlas absolutamente para nada. Como debe ser. Como debe continuar siendo en este país tan puñetero a veces, pero que la noche del jueves 28, volcado en la calle y confiando en el mañana por primera vez en muchos años, no había nadie que no fuese capaz de jurar que parecía, maldita sea, el país más hermoso del mundo.

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07 octubre 1982

Mientras peleábamos, Argentina hablaba de fútbol

Pueblo, 7 de octubre de 1982

[En Argentina el tema es tabú. Nadie quiere hablar de lo ocurrido en las Malvinas, y las autoridades evitan cuidadosamente que los jóvenes soldados que allí estuvieron narren públicamente el horror que les tocó vivir. Arturo Pérez-Reverte, que durante dos meses cubrió el conflicto del Atlántico Sur, ha regresado a Argentina en busca de esos testimonios que proporcionan buena parte de las claves de la derrota y que hoy ofrecemos a nuestros lectores en rigurosa exclusiva.]

Calle Florida, en pleno centro de Buenos Aires. En la esquina con Lavalle, dos jóvenes se abalanzan sobre un transeúnte y, sin mediar palabra, la emprenden con él a golpes y puntapiés, ante la atónita mirada de los numerosos viandantes que a esa hora pasean por la principal arteria comercial bonaerense. Gritos, policías que llegan a la carrera... Los dos jóvenes agresores son detenidos y se les conduce a un coche celular aparcado en las inmediaciones. Momentos antes de ser introducido en el interior, uno de ellos se vuelve hacia los curiosos y señala al agredido, al que la gente ayuda en ese momento a levantarse del suelo:

“Ese hijo de puta era nuestro teniente cuando estábamos en las Malvinas —grita—. Se quedaba con nuestra comida y se portó siempre como un cerdo. Habíamos jurado pegarle un tiro cuando empezase el combate, pero se largó con los primeros tiros, dejándonos solos en la posición...”.

Y la Policía tiene que intervenir de nuevo, esta vez para impedir que los indignados transeúntes linchen al teniente. La escena no me la ha contado nadie, sino que tuve ocasión de presenciarla hace sólo un par de semanas, en la capital argentina, precisamente cuando acudía a una cita con varios chicos de los que combatieron en Puerto Argentino durante la guerra de las Malvinas. En un país sumido en el caos por la crisis económica y los inhábiles titubeos políticos del Gobierno militar que lo rige, la inútil guerra del Atlántico Sur, con la derrota que trajo consigo, sigue siendo hoy, casi tres meses después del fin de las hostilidades, una herida abierta, una llaga en carne viva que resulta imposible cerrar.

Tienen dieciocho o diecinueve años y se pasean por la vida con el aire ausente, la mirada fija, perdida, como si ante sus ojos desfilasen todavía las imágenes de horror que la estupidez y la incompetencia de sus dirigentes les obligaron a vivir. Desde que, tras ser hechos prisioneros por los ingleses y devueltos a su patria, fueron desmovilizados, las autoridades militares han procurado hacer caer sobre ellos una cortina de silencio. Parece que a nadie le interesa que lo que ocurrió “allá abajo”, en las heladas tierras australes, bajo el diluvio de fuego y metralla británica, se remueva demasiado. Nadie quiere ahora hablar de las Malvinas en Argentina, y muchos menos dejar oír la voz de estos chicos que, en sus cansados ojos de niños que han madurado demasiado rápida y trágicamente, llevan una muda y dolorosa acusación contra quienes les enviaron al matadero mal equipados y peor entrenados, carne de cañón, que dejó en el archipiélago maldito, salud, juventud, amigos, un brazo o una pierna o su propia vida. Casi nadie quiere oír hoy en Argentina a los chicos de la guerra. Quizá porque su relato es demasiado atroz.

Marcelo tiene dieciocho años, y llegó a Malvinas con sus compañeros de la quinta del 63, con sólo tres meses de entrenamiento militar. Es, junto a otro, el único superviviente de un grupo de doce soldados que defendían una posición de ametralladoras MAG, en las afueras de Puerto Argentino. Su compañero no puede hablar ni conmigo ni con nadie, pues se encuentra todavía en la sala psiquiátrica de un hospital militar, gritando: “¡Los gurjas! ¡Son los gurjas!”, y escondiéndose bajo las sábanas en cuanto alguien se acerca a su cama.

“Estábamos durmiendo en las trincheras cuando empezó el ataque. Los ingleses venían gritando, sin protegerse casi, subiendo por la ladera. Habían puesto delante a los gurjas, que avanzaban drogados, escuchando música con los auriculares de sus Sony Walkman, riéndose y disparando. Les estuvimos tirando con todo lo que teníamos, pero les daba igual. Se metieron en un campo de minas y saltaban por el aire, pero seguían subiendo. Nuestro sargento nos había dicho que aguantásemos allí mientras hubiera munición, que él nos daría la señal de repliegue. Pero los ingleses nos machacaron con morteros y después los gurjas llegaron hasta nosotros. Algunos chicos que estaban un poco más abajo tiraban las armas y se rendían, pero los gurjas los degollaban con sus cuchillos. Desde arriba les oíamos gritar. El sargento no aparecía por ninguna parte, así que cuando nos quedamos sin munición echamos a correr. Sólo Silvio y yo llegamos a Puerto Argentino… Las calles estaban llenas de chicos que tiraban el equipo y se sentaban en el suelo a llorar: nos habían pasado por arriba por todas partes. Allí encontramos al sargento R. Se había retirado al comienzo del combate sin avisarnos. Ahora lamento no haberle matado en cuanto le vi, pero entonces estaba tan cansado y aterrado que no hice más que llorar y llorar.”

Guillermo es de la quinta del 62. Estuvo trabajando en el acondicionamiento del aeródromo de Puerto Argentino y luego fue trasladado al frente, en las cercanías de Monte Tumbledown.

“Cuando ya era prisionero, a bordo del Canberra, un inglés me preguntó que cuánto entrenamiento tenía yo antes de ir a la guerra. Cuando le dije que un año y que yo era de los veteranos, el tipo no se lo podía creer... ¿Sabes? Durante la batalla un suboficial me entregó granadas de fusil y cuando le dije que no sabía cómo usarlas, se limitó a responder: “Bueno, flaco. En cuanto tengas a los ingleses enfrente, ya verás cómo aprendes rápido”. Tuvo que ser otro compañero, un soldado, el que me enseñara cómo utilizarlas. Cuando llegaron los ingleses estuve tirándolas todas hasta que se terminaron: después usé mi fusil, un FAL que recuperaba mal y sólo disparaba tiro a tiro. Cuando se me acabó la munición me quedé allí, sin saber qué hacer, escondido en un agujero. Entonces llegaron los ingleses y me rendí”.

Héctor tiene dieciocho años, quinta del 63. Antes de la batalla fue “estaqueado” por robar comida. El estaqueo es un castigo que fue profusamente aplicado en las Malvinas; al soldado se le ataba a las estacas que sujetan las tiendas, en el suelo, y se le dejaba allí a la intemperie, bajo el espantoso frío, durante varias horas. Algunos de los soldados que sufrieron este castigo fueron víctimas de congelación en diverso grado. A otros se les despojaba de botas y calcetines y se les obligaba a permanecer con los pies dentro del agua helada.

“Nuestra posición estaba bastante lejos de Puerto Argentino. Al principio llegaba comida todos los días, después se fue haciendo más escasa, y finalmente no llegaba nada. Así que otros chicos y yo hacíamos “equipos de recuperación” y bajábamos a los almacenes de Puerto Argentino a robar algo de comida. A mí me agarró la Policía Militar, y un capitán mandó que me estaquearan. Estuve seis horas, hasta que otro capitán me vio y me soltó, tras una violenta discusión con el que me castigó. Cuando me soltaron yo estaba muy mal, no sentía ni los pies ni las manos. Estuvieron a punto de cortarme los dedos de los pies, como le ocurrió a otro chico de Compañía… ¿Qué por qué no nos llegaba la comida? No lo sé. Mala organización, supongo. En mi sección, el teniente mandó hacer un depósito con raciones que nos prohibió tocar para usar sólo cuando empezara el combate. Nadie tocó esas raciones excepto él, que cada día agarraba lo que necesitaba para su comida y la de los otros oficiales. Ante esa situación no había más remedio que ir por ahí a buscar algo. Lo que más bronca me da es que después, una vez rendidos a los ingleses, en Puerto Argentino descubrimos casas llenas de comida y prendas de abrigo hasta el techo. Comida y ropas que nadie nos entregó. Estuvimos pasando hambre y frío con todo aquello a pocos kilómetros de nosotros. En cualquier país decente, a los responsables de aquello les habrían fusilado.”

No todos hablan mal de sus oficiales. Por ejemplo, Marcelo reconoce que, aunque le hubiera gustado pegarle un tiro a su sargento, “el capitán era un tipo bárbaro, estupendo. Hacía lo que podía. Se ocupaba de nosotros y pasaba noches enteras en nuestras posiciones, enseñándonos todo cuanto sabía. Lo que ocurre es que la desorganización era mucha, y cuando los ingleses nos pasaron por arriba quedó desbordado. Le faltaban medios”... Los soldaditos reconocen que muchos de los mandos dieron muestras de bravura y heroísmo, como un teniente, jefe de sección, que estaba herido y se quedó disparando una MAG para proteger al repliegue de sus hombres hasta que le mataron. Todos coinciden en que las tropas que mejor pelearon en la batalla terrestre fueron las pertenecientes al V Batallón de Infantería de Marina, que aguantaron el diluvio de metralla firmes en sus posiciones de Monte Williams y la orden de repliegue les llegó cuando se preparaban a lanzar un desesperado contraataque. “Lo que ocurrió —cuenta Raúl, el único miembro de ese batallón al que pude entrevistar— fue que las otras tropas que estaban a los flancos, del Ejército de Tierra, se vinieron abajo. Esos soldaditos hicieron lo que podían, pero tenían menos preparación militar que nosotros y estaban mucho peor mandados.”

Raúl reconoce que los efectivos de Infantería de Marina estaban bien provistos de ropa, alimentos y munición, pero que el equipo de la mayor parte de los soldados destacados en Malvinas dejaba mucho que desear. “Y ya se sabe —comenta encogiéndose de hombros— que si a unos chicos muertos de hambre y de frío, mal armados, les tiras encima todo lo que les tiraron los ingleses, y, además, resulta que esos chicos tienen tres meses de entrenamiento y nadie les enseñó a sobrevivir en la guerra, y además sus mandos son incapaces o están desbordados… Pues eso, es muy poco lo que se puede hacer. ¿Los jefes y oficiales? Bueno, si hemos de ser sinceros, yo diría que, en general, un 70 por 100 estuvieron bien, hicieron lo que pudieron, procuraron mantener la moral de la tropa y pelearon duro. El resto, el otro treinta por ciento... de esos es mejor no hablar”.

Héctor se queja de la pasividad con la que el Mando fue dejando acercarse a los ingleses hasta Puerto Argentino, después del desembarco en San Carlos. “Sabían que los ingleses venían y no hicieron nada por frenarles hasta que les tuvimos encima. Les dejaron pasearse tranquilamente por toda la isla, pensando que les detendrían nuestras defensas en torno a la ciudad. ¡Ja! Una noche llegaron, nos aplastaron y ganaron, eso fue todo. En mi posición, por ejemplo, una de las más avanzadas, no sabíamos que estaban tan cerca hasta que les escuchamos gritar mientras subían al asalto. Y en aquel maremágnum, nadie nos dijo si teníamos que aguantar, contraatacar o replegarnos. Nos dejaron allí tirados, con los ingleses encima, sin acordarse de nosotros. Mi sargento, un tipo bárbaro, organizó la cosa como pudo y estuvimos tirándoles a los ingleses durante un par de horas. Matamos a muchos, pero cuando empezaron a darnos con la artillería, la cosa se nos puso muy mal. El teniente nadie sabía dónde estaba y el sargento dijo: “Bueno, hijos, ya hemos cumplido. Vámonos de aquí.” Echamos a correr todos hacia Puerto Argentino, muy preocupados por si alguien consideraba que habíamos desertado frente al enemigo... Y cuando llegamos nos enteramos de que éramos los últimos de nuestro sector que se habían retirado. Todos los que estaban detrás se habían largado mucho antes que nosotros. El sargento se presentó después voluntario para una compañía que se organizaba para lanzar un contraataque, pero todos volvieron al poco rato. Los ingleses ya estaban encima de nosotros. Al sargento le habían matado”.

Jaime, de padre y madre españoles, es el único de los cinco chicos que entrevisté que no habló mal de nadie. Tirador de élite en el Monte Longdon, durante el combate, sirvió sucesivamente en una ametralladora MAG, como camillero y finalmente como sirviente de una pieza de artillería. “Estuvimos tirando —cuenta— mientras la pieza funcionó. Los ingleses tenían unos aparatos que les permitían localizar nuestros cañones, y los fueron destruyendo uno por uno, matando a muchos chicos. Yo estaba con cinco más y un subteniente, y llovía metralla por todos lados. El subteniente no paraba de blasfemar mientras cargábamos y disparábamos. A cada tiro inglés nos bajaban uno de los cañones nuestros. Yo pensaba: “El próximo, el nuestro. El próximo, el nuestro”. Pero las municiones se terminaron antes y no podíamos ir a por más porque los ingleses ya estaban a cincuenta metros. El subteniente nos hizo armar las bayonetas —era un tipo estupendo, ¿sabes?— mientras él inutilizaba el cañón. Después nos pusimos a joder todo lo que podía servirles a los ingleses, hasta que los chicos que teníamos delante pasaron por nuestro lado, corriendo. Entonces tiramos contra los ingleses que llegaban, matamos a los primeros y nos retiramos ordenadamente. Me da igual que ahora se diga lo que se diga. En mi grupo peleamos bien”.

Hay algo en lo que todos ellos coinciden, y lo hacen con una dolorosa amargura. Mientras estaban allá abajo, mientras esperaban la acometida inglesa, tenían la impresión de que en su propio país, Argentina, la gente consideraba el asunto de las Malvinas como algo lejano, que no afectaba muy directamente. Quizá sea Guillermo quien mejor define esa sensación:

“Mira. Lo que más bronca deba era poner la radio buscando información sobre lo que estaba pasando y encontrarse con que en Argentina la gente se preocupaba más del Mundial de fútbol que de nosotros. El ochenta por ciento de los boletines de radio hablaban de Maradona, de que si en tal partido había vencido el equipo cual... Y nosotros allá abajo, helados de frío y pasando hambre, sin saber si íbamos a vivir o no, nos mirábamos sin dar crédito a lo que oíamos. “Estamos en la guerra —nos decíamos— y esos hijos de puta hablan de fútbol”. Aquello fue duro, ¿sabes? Nos minaba mucho la moral. Estábamos peleando y muriendo por un país cuya máxima aspiración era quedar campeón en el Mundial. Te juro que si aquello no hubiera sido una isla, las deserciones se habrían contado por millares... Yo hubiera agarrado por el cuello a todos aquellos locutores de radio y televisión que tanto hablaban de luchar hasta el último hombre, hubiera agarrado por el cuello a todo el Gobierno, a los generales y toda esa gente que aplaudía en plaza de mayo, cuando Galtieri decía que Argentina estaba dispuesta a tener cuarenta mil muertos por defender las Malvinas, y me los habría llevado conmigo a mi agujero helado, con la mierda hasta las cejas y bajo las bombas inglesas, con los gurjas encima degollándolos como a nosotros, a ver si entonces seguían tan entusiasmados con el asunto. La frase “resistir hasta el último hombre” queda muy bonita dicha en Buenos Aires, pero cuando el último hombre eres tú mismo, la cosa cambia”.

Y una última reflexión, triste reflexión:

“¿Sabes? Nosotros pensábamos que, después de lo que habíamos hecho allá abajo, al regresar a la patria las cosas iban a cambiar. Creíamos que los milicos, que tanto sacrificio nos habían pedido a cambio de todo eso nos darían pelota, qué sé yo, que procurarían hacer un país mejor para todos nosotros. Cuando se es lo bastante adulto para morir peleando, también se es para asumir responsabilidades políticas y ciudadanas. Pienso que todos los chicos que estuvimos allá, en Malvinas, los vivos y los que murieron, merecemos al menos respeto y esfuerzo por parte de nuestros gobernantes; que cumplan todas las promesas de democratización que hicieron cuando tanto nos necesitaban para que fuésemos a luchar. Sin embargo, no ha cambiado nada. Nadie quiere acordarse de aquello, nadie quiere acordarse de que nosotros no sufrimos allá abajo para que las cosas sigan igual, sino para que la vida en Argentina sea mejor. ¿Te cuento una cosa? Cuando regresé a mi patria después de la guerra, tras haber pasado cuanto pasé, mi madre me estaba esperando. Se echó a llorar, me abrazó y después, como yo estaba en mangas de camisa, me dijo: “Willy, ponte un pullover, porque te vas a resfriar”. Y en ese momento yo me di cuenta: pensé que para los que se quedaron aquí todo seguía igual que antes, éramos niños pequeños, no había cambiado nada”.

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12 julio 1982

Aumenta la presión militar israelí / 8000 bombas sobre Beirut

Pueblo, 12 de julio de 1982

[Beirut Oeste. De nuestro enviado especial, Arturo Pérez-Reverte]

Desde el pasado viernes, las bombas siguen cayendo sin interrupción sobre los barrios sureños de Beirut oeste, convertidos en un laberinto de ruinas, de escombros. La máquina militar israelí, en un derroche artillero sin precedentes, sigue dando vueltas de tornillo en torno al estrangulado cuello de los 6.000 fedayines palestinos que, aferrados a sus posiciones, resisten como pueden el chaparrón de fuego y metralla que cae sobre ellos, ante los ojos indiferentes de los “países hermanos árabes”.

En la madrugada de ayer, tras una breve pausa, los combates se recrudecieron a lo largo de la línea de frente, en los barrios de Al Laykali, Borj el Brajneh, Ramel al Aali y Hay al Selum. La artillería palestina respondió al fuego concentrado de los cañones judíos, alcanzando a un blindado israelí y posiciones judías en el sector de la Facultad de Ciencias. Pero, a pesar de su violencia, en el momento de transmitir esta crónica los bombardeos no habían alcanzado todavía la atroz intensidad del pasado viernes, una de las más duras concentraciones de artillería realizadas por Israel desde que el pasado 6 de junio invadió el Líbano. En la acción del viernes, efectuada por cañones y buques de guerra israelíes, toda la zona sur de Beirut oeste y la línea de demarcación fueron salvajemente castigadas, produciéndose abundantes víctimas, tanto entre combatientes palestinos e izquierdistas libaneses como entre la población civil.

Las bombas de fósforo y de fragmentación —las dos siniestras “vedettes” de esta sucia guerra de exterminio— fueron, una vez más, protagonistas. El barrio de Ramlet el Bada, donde está lo que queda de la Embajada española —evacuada por sus ocupantes, que no mantienen presencia oficial en Beirut oeste, a diferencia de diplomáticos de otras nacionalidades— sufrió, una vez más, graves daños, mientras las baterías palestino-progresistas contestaban al fuego judío con cañones y cohetes, enviando también disparos sobre los sectores cristianos de Beirut este.

Mientras la gente sigue muriendo en Beirut, mientras la escasez de agua, electricidad, alimentos, medicamentos, continúan convirtiendo el sector oriental de la ciudad en un infierno, las negociaciones continúan. Israel bombardea, negocia, bombardea, negocia... Los palestinos, conscientes de que el Ejército judío no desea por nada del mundo tener que meterse en una durísima lucha callejera para conquistar el Beirut oeste, se mantienen duros en sus posiciones negociadoras, confiando en que la mediación internacional ponga fin a este drama. Sin embargo, aunque por todas partes se asegura de vez en cuando que se han obtenido “progresos”, lo cierto es que la tragedia de Beirut parece instalada en un callejón sin salida próxima, agravada por el cinismo de Siria que, a última hora, teniendo buena parte de culpa de lo que actualmente ocurre en un Líbano (cuya mitad ha estado ocupando durante siete años), sale por peteneras, negándose a recibir en su territorio de forma permanente a los 6.000 fedayines.

Por su parte, Israel mantiene su intransigencia tradicional, y las tropas judías en el Líbano se preparan para pasar aquí el próximo invierno. En las estancadas negociaciones los principales puntos de fricción siguen siendo el desarme de los palestinos pretendido por los dirigentes judíos —mientras que los fedayines exigen abandonar Beirut con su armamento individual— y el lugar en el que se establecerá la sede la Organización para la Liberación de Palestina, aspecto este último para el que Siria, esta vez, sí parece estar favorablemente dispuesta. Otro punto que paraliza la posibilidad de llegar a un acuerdo estriba en las declaraciones hechas el sábado por el ministro israelí de la Defensa, Ariel Sharon, quien sigue excluyendo completamente la posibilidad de que la OLP, tras su hipotética salida de Beirut, pueda mantener en la ciudad una representación, ni siquiera a título simbólico.

Se ha sabido aquí, mientras tanto, que se mantiene el ofrecimiento de Francia a colaborar en la posible evacuación de los palestinos de Beirut oeste, único aspecto positivo tras la retirada palestina de las negociaciones y la negativa siria a acoger a los combatientes en su suelo. Los Estados Unidos, sin duda, habrán recibido con satisfacción esta oferta francesa, ya que Washington prefiere que sea un contingente militar galo el que, junto a sus “marines”, supervise el posible final de la batalla de Beirut, en lugar de una fuerza multinacional de la ONU, organismo en el que la URSS tiene voz y derecho al veto. Y la obsesión de la Administración Reagan en el conflicto consiste en evitar que la crisis libanesa sea aprovechada por la URSS para incrementar su influencia en los asuntos de la región.

Sin embargo, el campo de batalla, desde aquí, se ve muy lejos de las mesas negociadoras. Entre un insoportable calor, entre basuras y escombros, Beirut oeste se sigue pudriendo y sigue siendo demolida por las bombas. Y los fedayines palestinos, los hombres del Kalashnikov, se siguen batiendo con la esperanza de que, de una vez, alguien haga algo por sacarlos de este infierno.

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http://www.icorso.com/hemeroteca/PUEBLO/PDF/AUMENTA%20LA%20PRESION%20MILITAR%20ISRAELI.pdf

8.000 BOMBAS SOBRE BEIRUT

Pueblo, 12 de julio de 1982

[Beirut Oeste - De nuestro corresponsal Arturo Pérez-Reverte]

Ayer, lunes, la sitiada Beirut se despertó para contemplar, aterrada, los efectos del devastador bombardeo que la artillería israelí lanzó sobre ella durante el pasado fin de semana, contabilizándose 8.000 proyectiles de todo calibre. Se ignora la cifra exacta de muertos y heridos, pero una primera evaluación, todavía no completa, señala setenta y dos muertos y más de dos centenares de heridos. En el sector cristiano, la zona oriental de la ciudad, la respuesta palestino-progresista a la artillería israelí también se cobró un trágico precio: quince muertos y cuarenta y cinco heridos.

¿Por qué los palestinos disparan sobre el sector cristiano si las fuerzas libanesas no participan directamente en esta fase de la guerra? La respuesta es evidente. El Ejército judío ha tomado posiciones en los sectores altos de la ciudad, entre barrios cristianos, en los que habita población civil. Desde allí, la artillería hebrea tiene buena línea de tiro para alcanzar sus objetivos en Beirut oeste, pero cuando los palestinos inician el fuego de contrabatería, las bombas caen tanto sobre los judíos como sobre los edificios próximos. Y esta falta de delicadeza de los israelíes a la hora de escoger emplazamientos para sus cañones, está dando mucho que pensar a la población cristiano-libanesa sobre las consecuencias de la acción israelí en el Líbano (que al principio fue acogida con entusiasmo, pues puede ser el golpe definitivo para el fin de la guerra). Sin embargo, la presencia judía se hace más intensa, las tropas parecen haberse instalado en el país para bastante tiempo y muchos libaneses se preguntan si tras haber tenido aquí a palestinos y sirios no habrá ahora que soportar durante años a los “libertadores” que, de hecho, son los nuevos amos del país.

Mientras tanto la OLP ha preparado, aseguran fuentes palestinas, un nuevo documento para la “pacificación de Beirut oeste”, que ha sido enviado ya, se asegura, a Francia y Arabia Saudita. El programa de las condiciones palestinas prevé los siguientes puntos:

-Un alto el fuego efectivo y real.

-Retorno de las fuerzas palestinas a los campos de refugiados, previa una retirada israelí de la zona de Beirut.

-Toma de posiciones en Beirut oeste de una fuerza multinacional de pacificación y del Ejército regular libanés.

-Evacuación de Beirut oeste por los combatientes palestinos, seguida por la salida de los dirigentes políticos.

-Mantenimiento en el Líbano de una presencia política y militar de la OLP que sea garantía de protección para los campos de refugiados.

Estas son las líneas generales de la nueva propuesta palestina, que se teme tampoco encuentre excesivo eco en la intransigente actitud del Gobierno israelí, especialmente en lo que se refiere a una retirada judía de Beirut y al mantenimiento de la presencia política y militar palestina en el Líbano, aunque ésta sea a título simbólico. Se ha tenido conocimiento, por otra parte, de que también Egipto ha preparado unas propuestas de paz para el Líbano que estarían a punto de ser presentadas ante el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas y en las que podría incluirse el ofrecimiento de El Cairo como futura sede política de la OLP.

Por último, las noticias procedentes de Israel dejan poco lugar al optimismo. El punto muerto de las negociaciones está impacientando a los “halcones” judíos, y se teme aquí que, en los próximos días, el Gobierno Beguin adopte sus “propias decisiones” para expulsar a los palestinos de Beirut oeste.

Artículo en pdf:

http://www.icorso.com/hemeroteca/PUEBLO/PDF/8000%20BOMBAS.pdf

03 julio 1982

La batalla de Beirut


LA BATALLA DE BEIRUT

Pueblo, 13-16 de julio de 1982

[En Beirut Oeste, un infierno en el que se carece de lo más indispensable para la supervivencia, la guerra del Líbano y la tragedia del pueblo palestino están conociendo posiblemente su hora más dramática, más atroz. ‘Pueblo’ ha destacado a la zona de combate a Arturo Pérez-Reverte, especialista en cubrir conflictos bélicos desde la primera línea y sus crónicas de guerra]

1 - EN PRIMERA LÍNEA CON LOS “FEDAYÍN”

En Borj el Brajneh, barrio periférico de Beirut Oeste, son las once de la mañana. Ruinas por doquier, inmuebles de varios pisos que se han venido abajo como castillos de naipes. El aire abrasa y bajo los edificios derruidos el sofocante calor —40-45 grados— hace apestar con hedor insoportable los cuerpos aplastados que desde hace días se pudren bajo los escombros. El suelo está alfombrado de casquillos vacíos, de trozos de metralla, de basuras, sobre las que revolotean enloquecidos enjambres de moscas. Esa es la imagen. El sonido, el fondo sonoro de este escenario de pesadilla, es un constante retumbar de explosiones entre los edificios próximos, un bum-bum continuo y estremecedor, punteado por el impacto de las balas perdidas que zumban por todas partes y rebotan en los martirizados muros, marcados por la viruela de la metralla y la guerra, que todavía se tienen en pie.

Escenario y sonido. Faltan los personajes, porque en este aterrador paisaje no se ve un alma. Michel, compañero de otras guerras, fotógrafo de la agencia Sygma, camina a mi lado en busca de esos personajes que faltan para completar el cuadro de la batalla de Beirut. Avanzamos pegados a las fachadas de las casas, empapados de sudor de arriba abajo, encogiéndonos instintivamente cada vez que un estruendo próximo desgarra el aire y la calle se llena de polvo denso que nos enrojece los ojos y cubre las lentes de nuestras cámaras fotográficas. Marchamos a pie, buscando en este laberinto de calles desiertas algo o alguien, alguna imagen viva que justifique nuestra presencia aquí. El taxista que nos acercó a Borj el Brajneh —100 libras, unas 2.500 pesetas por cinco minutos de recorrido— se negó a continuar cuando comenzó el bombardeo, nos hizo bajar y se alejó a toda velocidad, haciendo rechinar sus neumáticos al perderse tras la esquina más próxima. 

Por fin hay alguien. Un chiquillo de unos catorce años, vestido con uniforme camuflado y con un Kalashnikov colgado del hombro, nos mira con sorpresa desde la boca de un refugio.

—"Ana sahafiyin hispani ua fransaui. Ascari?" (Somos periodistas, español y francés. ¿Dónde están los soldados?).

El jovencísimo fedayín coge el fusil de asalto entre las manos, dice “iallah” (vamos) y echa a andar delante de nosotros. Diez minutos más tarde estamos los tres agrupados en la esquina de una calle batida a intervalos por ráfagas de francotiradores judíos. Al otro lado, unas figuras vestidas de verde nos hacen gestos para que corramos hacia ellos de uno en uno. Estamos en la posición palestina más avanzada de Borj el Brajneh, a 400 metros de las líneas del Ejército israelí.

Cruzar una calle puede ser toda una aventura. Se espera a que los judíos que disparan hagan una pausa, se aprietan los dientes, se sujetan las cámaras contra el cuerpo, se agacha la cabeza y se echa a correr como una flecha, con una desgarradora angustia cuando, a mitad de camino, escuchas el estampido de las balas que parten. Cuando sabes que alguien, 400 metros a tu derecha, está intentando pegarte un tiro precisamente a ti.

La llegada a la meta. El sofoco tras el desesperado “sprint”. La bendita y protectora pared, tras la que te derrumbas sin aliento. Unos rostros mal afeitados que se inclinan hacia ti, un “welcome”, unas manos ásperas que estrechan la tuya. Sacos terreros, cajas de munición, Kalashnikov, las granadas, olor acre a la grasa de armas, olor penetrante de la pólvora, a cordita de las bombas que siguen cayendo alrededor. Penumbra, una aspillera de la que se ven las posiciones judías, incluso un carro de combate que se ha acercado demasiado y que dispara contra el fortín, intentando tocarle encima un impacto directo que lo haga saltar en pedazos con los otros dentro. Del techo se desprenden regueros de tierra, trocitos de piedra y cemento, y las paredes del refugio tiemblan, bajo la onda expansiva, como si fuesen de cartón. La guerra es sucia, huele mal, hace sudar, da sed, deja la boca seca como papel de lija. Y da miedo, muchísimo miedo, os lo juro.

En la posición hay una docena de fedayín. Algunos son muy jóvenes, diecisiete o dieciocho años, y sus rostros imberbes recuerdan los de aquellos muchachos alemanes movilizados para defender Berlín en los últimos días de la Segunda Guerra Mundial. Para esta batalla, que puede ser batalla final, el mando militar palestino ha lanzado a la lucha a todos sus efectivos capaces de empuñar un arma.

Un vaso de té. Todavía queda tiempo en esta guerra de ofrecer un vaso de té a los periodistas atrozmente sedientos. El tanque israelí sigue disparando contra el fortín. Algunos de sus tiros pasan altos y se van a estampar sobre los edificios cercanos. Otros caen muy cerca, y el refugio se sacude como bajo un terremoto, demasiado cerca. Maldita sea.

—¿Tomarán Beirut los israelíes?

El jefe del grupo, de treinta años, Kalashnikov al hombro y prismáticos sobre el pecho, sonríe a medias, sin ganas. “Los judíos —remarca en un correctísimo inglés— carecen de experiencia en la lucha callejera, su superioridad es técnica, como combatientes individuales. Hombre a hombre, casa por casa, a granada, fusil de asalto y cuchillo, el fedayín es mejor combatiente. No en vano lleva a cuestas siete años de experiencia, que se lo pregunten a los “kataeb”, a los cristianos del otro lado. Esos sí que son buenos, casi tan buenos como los palestinos, no en vano se han estado destripando unos a otros por estas calles desde 1976. Para que Israel tome militarmente Beirut Oeste haría falta primero que sus cañones demolieran la ciudad casa por casa, calle por calle, antes de que penetrase la infantería”.

—¿Y creen que están dispuestos a hacerlo?

Un silencio. Después, desde un rincón, una voz grave responde que quizá sí, que posiblemente estén dispuestos a hacerlo. Sin embargo, pagarán un precio condenadamente caro por ello. Por eso, los judíos prefieren una solución negociada que haga marcharse del Líbano a los palestinos sin necesidad de tener que entrar en Beirut a buscarlos.

—¿Y se marcharán ustedes? ¿Aceptarán una solución negociada que los dejen marchase a Siria o a otro lado?

Se encogen de hombros. Ni creen que otros países árabes los acepten ni tienen ganas de irse del Líbano. Beirut es un sitio tan bueno como otro cualquiera para morir.

2 - LAS ALMAS ERRANTES

Se les ve caminar por las calles próximas a Hamra, el sector de Beirut oeste menos castigado por la guerra, con uniformes sucios, el pelo revuelto, el Kalashnikov colgado del hombro, mirando a su alrededor con ojos ausentes, sin saber a dónde ir. En su mayor parte son muy jóvenes; hacen tiempo, un momento de descanso antes de volver a la zona de combate. Caminan solos o en grupos, sin rumbo fijo, ojos de viejo en rostros que no han cumplido los veinte años. Son los palestinos, las almas errantes que vagan por las calles de esta ciudad sombría, estrangulada por el hambre, por la miseria, por la guerra.

¿Cómo llegaron hasta aquí? Su historia, una historia jalonada de muerte y destrucción, de dolor y sangre, comenzó en 1948, cuando la creación del Estado de Israel arrojó a esta tierra, entonces tierra de refugio, a 140.000 fugitivos, árabes de Palestina. Establecidos en quince campos de refugiados diseminados por este pequeño país, su número fue creciendo por etapas sucesivas tras las guerras de 1967 y 1973, tras el “septiembre negro” de 1970 en Jordania, hasta alcanzar las 400.000 personas. La creación de la Organización para la Liberación de Palestina, en 1964, y los acontecimientos posteriores, fueron el embrión para el establecimiento de una presencia armada en los campos palestinos, con el objeto de proteger éstos de las incursiones judías y relanzar la lucha, la eterna lucha, por la liberación de la tierra expoliada.

Su presencia, sin embargo, alteró gravemente el delicado equilibrio de fuerzas en un país tan artificial como era el Líbano de la época, complicada mezcla de razas, de religiones, de ideologías. El resultado fue una polarización del país en dos tendencias opuestas: de un lado, musulmanes y partidos de izquierda libaneses, favorables a una presencia armada palestina. De la otra, los grupos cristianos de derechas y el Ejército libanés, que veían con recelo la creación de un “Estado palestino” en el interior del frágil Estado libanés, incapaz de controlarlos.

Las incursiones israelíes contra el Líbano, ejecutadas a menudo con la más despiadada eficacia, agravaron la situación. La OLP había establecido su Estado Mayor en Beirut, y la propia capital se vio envuelta en el sangriento juego de las represalias hebreas. La tensión se hizo insostenible y, finalmente, en 1975, estalló la guerra civil. La vecina Siria, que nunca ocultó sus ambiciones territoriales respecto al Líbano, intervino primero para apoyar a los cristianos, luego, a favor de los palestino-progresistas, quedándose finalmente en el país como “fuerza de paz”, eufemismo que apenas ocultaba la ocupación por las tropas de Damasco de la mitad del país, concretamente el fértil valle de la Bekaa.

La guerra civil, más o menos, en “tablas”. Los cristianos conservaron un enclave que incluía Junieh, convertida de hecho en la auténtica capital del Líbano derechista y maronita, así como el sector oriental de Beirut. Por su parte, palestinos y musulmanes de izquierda permanecieron en Beirut oeste, extendiéndose su sector hasta el sur fronterizo con Israel, incluyendo las ciudades de Sidón y Tiro. Pero la situación distaba mucho de ser estable. Por una parte, subsistía la tensión entre las diversas fuerzas existentes, y por la otra, los enfrentamientos entre palestinos y judíos convirtieron el sur en un auténtico polvorín. Y la invasión del Líbano por Israel, iniciada el pasado 6 de junio, cambió por completo la situación.

Durante diez días he visto a las tropas israelíes actuar en el Líbano, he visto caer sus bombas, he estado con los palestinos bajo el fuego de su artillería y aviación. Esta vez no se trata, es evidente, de una “acción preventiva” de las tropas hebreas. Esta vez, Israel pretende borrar la presencia palestina del Líbano, bien mediante una negociación que los lleve lejos de su frontera norte, a otro país árabe, o bien, si la negociación fracasa, mediante la guerra de exterminio. El enclave palestino-progresista del Líbano se reduce ahora a algunos kilómetros cuadrados en Beirut, la capital libanesa.

Y las tropas venidas de Israel, dotadas del más avanzado material bélico, con el respaldo internacional que, como es habitual, les presta el “padrino” estadounidense, están aquí para quedarse. Para quedarse hasta que la última “kufiya” y el último Kalashnikov palestinos hayan desaparecido del Líbano. Por las buenas o por las malas.

¿Después? Después volverá el Líbano a ser un Líbano de predominancia cristiana, del que las Fuerzas libanesas (organización en la que se agrupan las milicias derechistas cristianas) serán núcleo básico de un nuevo ejército que el gabinete Beguín sueña con convertir en el guardián de su frontera norte. Un Líbano en buenas relaciones con Israel y con los Estados Unidos, estado-tapón frente a Siria, desde el que los fedayín ya no podrán seguir lanzando, desde sus campos militares, acciones de guerra en su lucha por la recuperación de Palestina. Y todos serán felices y comerán perdices mientras que los palestinos, expulsados de una u otra forma, desprovistos de su material de guerra pesado, en países árabes que les permitirán mucho menos margen de acción que el permitido en el Líbano, se harán matar en otra parte, sin molestar ya al Estado hebreo, bajos las armas de los “hermanos árabes” que, como Hussein en Jordania en 1970, darían un ojo de la cara porque el problema palestino desapareciera de la faz de la tierra.

Porque una lección sí tienen bien aprendida los palestinos que estos días pelean y mueren en Beirut, en una de las más desesperadas batallas de su dramática existencia. Los regímenes árabes, que tanto han explotado demagógicamente su causa, no los quieren. Los regímenes árabes han dado al mundo la más escalofriante lección de cinismo y de falta de vergüenza de los últimos tiempos, contemplando pasivamente cómo Israel, respaldado por los Estados Unidos, desencadenando un diluvio de fuego y metralla, ponían a los palestinos en Beirut arrinconados contra la pared. Y los palestinos se baten sin querer abandonar esa ciudad infernal, porque saben que, en cualquier país árabe que haga el “inmenso sacrificio” de acogerlos como refugiados, serán eternamente hombres marcados de los que se desconfía, fuente de problemas, raza maldita, prisioneros entre sus propios hermanos de raza y religión.

Seis mil combatientes y varias decenas de miles de ancianos, mujeres y niños, aplastados por 30.000 soldados y por la implacable máquina militar israelí, esperan su sentencia entre las ruinas de Beirut Oeste. Son, ya lo hemos dicho, almas errantes que se mueven por el laberinto de escombros de la ciudad sitiada. No tienen patria, no saben a dónde ir. Su pasado es la muerte y el exilio, su presente es una sangrienta tragedia. Y no existe su futuro.

3 - LA CIUDAD ESTRANGULADA

Son duras las noches de Beirut Oeste. La única luz en las calles desiertas es el resplandor, luminoso y tétrico, de las bombas judías que caen sobre la ciudad. Una claridad que surge a intervalos, espectral, recortando de forma siniestra los esqueletos de los edificios devastados por la guerra. De vez en cuando se escucha un motor de automóvil, una patrulla palestina que pasa a toda prisa, los faros apagados, viniendo del combate o yendo hacia él, con ocupantes silenciosos que empuñan armas, fantasmas confusos que se pierden en la noche.

Los pobladores de esta ciudad martirizada duermen amontonados en los sótanos. Refugiados palestinos, que han abandonado los campos cañoneados para buscar la protección de la zona céntrica; libaneses, que no quieren abandonar sus casas todavía intactas, o libaneses que no pueden abandonar lo que queda de las suyas porque no tienen recursos económicos para marcharse al otro lado, al Este, lejos del cerrojo de fuego y hierro que se cierra cada día más sobre la ciudad.

Jamás olvidaré los sótanos de Beirut. Ni los del lado cristiano durante los años anteriores, cuando eran ellos los perdedores, ni los del sector palestino-progresista en estos terribles días de la batalla de Beirut. Cuerpos tendidos en las sombras, llanto de niños, olor a muchedumbre apiñada, a sudor y a miedo. Y por encima de todas las cabezas, este batir sordo y espantoso de las bombas de grueso calibre que afuera, en la calle, reducen a escombros los inmuebles cercanos.

Tampoco olvidaré los hospitales. De todas las guerras que he vivido, los espectáculos más trágicos, más turbadores, no los he presenciado en el campo de batalla, sino en los hospitales. Y el Líbano se lleva la palma. Aquí, lejos de la luz del sol, del aire libre, las heridas, los vendajes empapados de sangre, los miembros amputados que se amontonan en los cubos de basura, las expresiones inolvidables de los heridos, de los moribundos, de los niños quemados por el fósforo, de los cuerpos destrozados para siempre por las bombas de fragmentación, constituyen un cuadro atroz que permanece en tu memoria mucho tiempo después de haberte alejado del lugar con paso rápido, sin mirar atrás, como quien huye de una pesadilla. Porque el rostro más descarnado de una guerra, eso se aprende pronto, no es el frente de combate. Es la anónima, gimiente y martirizada retaguardia, donde la guerra está desprovista de cualquiera de esos rasgos de espectacularidad, gloria o aventura que algunos imbéciles atribuyen a un campo de batalla.

Podría dedicar esta crónica a analizar, como ayer, la situación política internacional por la se ha llegado a esto, el balance de fuerzas en el Líbano, cifras estadísticas sobre efectivos militares, tanques, aviones, judíos... Podría intentar explicar qué es lo que bloquea la negociación, cuáles son las condiciones exigidas por uno y otro bando... Podría hacer todas esas cosas como otras veces, periodismo documentado y serio, lejos del color y del folklore. Pero no tengo ganas. Para eso están los analistas de chaqueta y corbata, las agencias de noticias, algunos colegas que informan desde el bar de un hotel, mirando la guerra de lejos. No me da la gana, repito, de ponerme a analizar coyunturas de política internacional. Estoy cansado, y me da igual la bronca que me va a echar mi director. Vengo el frente, del lugar en donde caen las bombas, del calor, del miedo y de la mierda. Vengo con náuseas en el estómago del olor a cuerpos que se pudren, de la basura que llena los barrios destruidos de Beirut oeste. Vengo aterrado y con ganas de vomitar bilis porque estoy viendo a unas gentes, me importa un bledo que sean palestinos, cristianos o el lucero del alba, que están siendo implacablemente asesinados, destrozados por las bombas, carbonizados por el fuego, desgarrados por la metralla israelí, fabricada bajo patente USA. Y todo eso, maldita sea mi estampa, ocurre mientras las altas instancias internacionales juegan al ping-pong con el problema palestino, mientras los analistas analizan, mientras los observadores observan, mientras los negociadores negocian, mientras los hijos de puta discuten si el misil Fulano está dando en esta guerra mejores resultados que el tanque Mengano...

Había un niño con la cara quemada que me miraba, en el hospital, con sus ojos grandes y tristes. Había una anciana palestina sentada a la puerta de su casa, en Borj El Brajneh, en la zona de guerra, bajo el bombardeo, que había sido olvidada en la evacuación y estaba allí sola, sorda y medio ciega, sin comprender nada de lo que ocurría a su alrededor, esperando a que alguien se ocupara de ella. Había un joven llamado Mussa que me dio un cigarrillo y después salió a la calle con un lanzagranadas a ver si podría destruir un tanque Merkava judío y lo mataron. Había una casa reventada, sin muros, con una cama de matrimonio entre los escombros. Había en el suelo una muñeca aplastada por las orugas de un tanque. Había un loco que se paseaba por la línea de fuego con los brazos en cruz, rezando, y al que milagrosamente nadie le disparaba. Había una calle larga y vacía, sin un alma, sin un ruido, que me causó más pavor que el más encarnizado de los combates. Había un cachorrillo, un perrito abandonado, que se pegaba a mis talones porque yo era el primer ser vivo que pasaba a su lado desde hacía varios días, y al que hube de alejar de una patada para que no me siguiera hasta el frente de combate. Había un hospital sin medicamentos de primera necesidad, una tienda de comestibles sin nada que comprar, un grifo del que no salía agua. Había bombas, cuyo efecto hace arder la piel y la carne sin que nada pueda apagarlas. Había balas que no siguen, al entrar en la carne, la trayectoria normal, sino que oscilan, cambian de dirección, se fragmentan, destrozan los huesos y convierten a su vez esos fragmentos en nuevos proyectiles que se reparten por el interior del cuerpo, desgarrando los órganos internos. Había aviones limpios y relucientes que pasaban volando allá en lo alto, y cuyos pilotos, aseados y frescos en su cabina transparente, mataban sin ensuciarse las manos, apretando botoncitos de colores que hacían caer las bombas y que disparaban los misiles. Había... 

Había un grupo de seis fedayín atrincherados en una de las posiciones más avanzadas de las líneas palestinas, en el sector del aeropuerto. Conviví con ellos durante una noche y una mañana; comieron mi chocolate y mis galletas y yo comí su pan duro y su arroz frío, bebí su agua. En mal inglés me contaron su vida: campos de refugiados, bombas, muerte... Me hablaron de esa Palestina fuera de la cual nacieron, pero a la que siguen soñando con regresar un día. Y cuando, terminado mi trabajo, me eché el macuto a la espalda y me alejé sorteando los escombros de la calle, ellos me dijeron adiós sin poder ocultar una cierta envidia porque sabían que yo llevaba un pasaje de avión en un bolsillo, un pasaporte hacia la libertad y hacia la vida.

4 - LOS ÁRABES PAGARÁN SU TRAICIÓN

“Los países árabes se han portado con nosotros como auténticos perros. Nos han abandonado, se han lavado las manos del problema palestino. ¿Y sabe una cosa? Cuando podamos, en la primera oportunidad, se lo vamos a hacer pagar muy, pero que muy caro. Ahora, nuestro lema de combate es “las capitales árabes antes que Jerusalén; los regímenes árabes antes que Sharon”. Vamos a hacer cuanto podamos por ir cazando uno a uno a esos malditos traidores. A cazarlos como a conejos”

Más claro, agua. En este Beirut cercado, cuando todavía se baten por su supervivencia, las facciones palestinas más radicales se preparan ya para pasar a los “hermanos árabes” la factura por el abandono de que han sido objeto. Pero ni siquiera dentro de la misma OLP los líderes gozan del fervor popular. La aceptación, en principio, de un desarme general de las fuerzas palestinas y de un traslado del estado mayor de la OLP a otra capital árabe, ha sentado como un tiro en numerosos sectores de los hombres que se baten en las calles, Kalashnikov en la mano, y que se siente, como suele ocurrir en estos casos, distanciados física y psicológicamente de buena parte de sus dirigentes, a los que acusan de querer salvar el pellejo, aunque ello suponga la admisión de condiciones vergonzosas.

Incluso en las altas instancias de la dirección palestina las opiniones siguen divididas. La “línea dura” sigue siendo partidaria de resistir a toda costa en Beirut, donde gozan de buenas posiciones defensivas y poseen alimentos y material de guerra para ofrecer una durísima resistencia que puede prolongarse todavía durante meses. Y en ese tiempo, sostienen, los acontecimientos internacionales y el tiempo, que juegan contra Israel, pueden dar lugar a un cambio en la situación que les permita otra salida diferente al desarme y a un nuevo exilio. Porque lo que está claro es que a Israel no le va a ser tan fácil roer el hueso palestino como los estrategas de Tel Aviv creían en un principio. Y aunque los comunicados oficiales y declaraciones judías insisten una y otra vez en que los palestinos están “acabados” y que sólo la benevolencia israelí les permitirá, si son razonables, irse con la música a otra parte, lo cierto es que, a cada día que pasa, los judíos descubren con más inquietud que se encuentran metidos en un atolladero que sólo una salvaje solución militar —con la desfavorable repercusión que ello tendría en el mundo— podría desbloquear en un plazo relativamente breve.

Una cosa parece cierta: Israel no se irá del Líbano hasta que el problema palestino haya sido “resuelto” de una u otra forma. Los políticos y los militares judíos tienen ya preparado todo un plan de relaciones futuras con el nuevo Líbano de predominancia cristiana, independiente y soberano, que se creará cuando todo haya terminado. El candidato más deseado por los israelíes para la presidencia del país es Bechir Gemayel, de treinta y cuatro años, hijo del fundador de las falanges cristianas. El hoy jefe de las fuerzas unificadas libanesas es inteligente, ambicioso y goza de una extraordinaria popularidad en la población cristiana, ganada a lo largo de los siete años de guerra civil. Y para colaborar activamente en que este hombre ocupe el asiento presidencial que hoy detenta Elías Sarkis, Israel sólo espera que la habilidad política de “Chef” Bechir le permita obtener el apoyo, aparte del de los cristianos maronitas, de las otras 16 comunidades étnicas y religiosas que forman el mosaico nacional libanés. Y en este lado oriental de Beirut se trabaja en ello.

Samir tiene treinta años, habla el francés a la perfección. Es el prototipo del cristiano libanés de clase alta: cultura occidental, vestido impecablemente, una gruesa cadena de oro con un crucifijo en torno al cuello. Samir es uno de los hombres de “Chef” Bechir, y también uno de los responsables de las Fuerzas Libanesas, el Ejército cristiano que agrupa a las milicias derechistas que durante siete difíciles años combatieron contra la coalición palestino-progresista. Estamos en su casa de Hasmieh, en el Beirut cristiano, observando desde la terraza cómo los judíos bombardean el otro lado.

—Esta vez, la guerra se ha terminado —me dice—. Todavía puede tardar semanas o quizá prolongarse un par de meses, pero se acabó. De una u otra forma, los palestinos en el Líbano están liquidados. Los israelíes se están encargando de ello, por la cuenta que les trae. Y la solución del problema palestino en nuestro país supone, sin lugar a dudas, la desaparición del factor que ha estado envenenando durante una década la convivencia de los libaneses, causando la división política y la guerra. Cuando se marchen de aquí, el Líbano podrá, por fin, iniciar una auténtica reconciliación nacional de cristianos y musulmanes, sin extranjeros. Un Líbano nuevo y fuerte, con un Ejército sólido que se haga respetar; que mantendrá buenas relaciones tanto con Occidente como con los países árabes, a cuyo conjunto pertenece. Unos y otros nos necesitan, y nosotros a ellos. Sólo queremos olvidar la guerra.

—Sin embargo, gracias al respaldo de Israel, el nuevo Líbano será un país de predominancia cristiana... ¿Qué va a ocurrir con los musulmanes, tanto con los que viven de este lado como los que hay en el otro?

Samir frunce las cejas. El nuevo Líbano, asegura, va a construirse mediante una política de reconciliación nacional en la que tendrán participación tanto los cristianos como los musulmanes, sin distinción de confesiones. Cierto es, matiza, que puesto que los vencedores de la guerra han sido las fuerzas libanesas, el Ejército cristiano, la alta dirección estará en manos de éstos y, posiblemente será Bachir Gemayel, hijo del fundador de las falanges cristianas y actual jefe de las fuerzas unificadas libanesas, el futuro presidente. Pero no se incurrirá en los mismos errores que en el pasado, marginando a la población musulmana. Por el contrario, ésta participará de todos los sectores de la actividad del país.

Samir, y como él la mayor parte de los cristianos libaneses, lo tienen muy claro. Sin embargo, a la hora de hablar de Israel se muestran reservados, prudentes, recelosos. Nadie sabe aquí exactamente a cuánto va a ascender la factura que los judíos pasarán al Líbano por liquidar la guerra y la idea de convertirse en un estado satélite del hebreo, aunque nadie la formula en voz alta, pasa a menudo por la mente de los libaneses, dando a sus rostros tintes extremadamente sombríos.

Ahora bien, para rostros sombríos, hay que ver los de los musulmanes, tanto de un lado como de otro. La idea de que precisamente el ala más derechista de las fuerzas políticas libanesas, las milicias cristiano-conservadoras, emerjan de la guerra civil como vencedoras, no les permite hacerse muchas ilusiones sobre el futuro. A pesar de las promesas de reconciliación nacional e igualdad de oportunidades en la participación política del futuro, los musulmanes, al fin y al cabo perdedores en el conflicto, hayan o no combatido, saben que se encuentran en inferioridad de condiciones y que quien manejará en el futuro el cuchillo para cortar el pastel serán los cristianos, principal fuerza militar existente en el país, con 15.000 hombres altamente preparados, que fácilmente, mediante movilización general, pueden ascender a 40.000.

Las fuerzas libanesas, las milicias cristianas unificadas, no han participado en esta última fase de la guerra que Israel lleva a cabo contra los palestinos. Tras haberse batido sucesivamente contra los palestino-izquierdistas y contra los sirios, peleando duramente por un Líbano independiente, unificado y libre de la presencia extranjera, los jóvenes combatientes cristianos se mantienen ahora a la expectativa, conscientes de que la hora de la victoria ha llegado. Muchos de ellos se integrarán en el nuevo ejército del Líbano. Otros serán desmovilizados y se reintegrarán a la vida civil. Son jóvenes de veintitantos años que se han hecho adultos a lo largo de siete años de guerra civil, abandonando sus estudios y que no saben hacer otra cosa que pelear. Y uno de los problemas que más preocupa a las nuevas autoridades libanesas es la difícil readaptación a la vida civil de esta “generación del Kalashnikov”.

Reportaje en pdf con fotos del autor:

http://www.icorso.com/hemeroteca/PUEBLO/PDF/LA%20BATALLA%20DE%20BEIRUT.pdf