07 junio 2020

1405 – EL HOMBRE AL QUE PUDE MATAR

XL Semanal, 7 de junio de 2020

Ocurrió hace años. Estaba sentado en la terraza de un bar cuando se me acercaron dos jovencitos quinceañeros. «Tú quisiste matar a mi padre», dijo uno de ellos a quemarropa. Los miré, desconcertado. «¿Quién es vuestro padre?», pregunté. Me lo dijeron. Estuve un momento callado y luego pregunté quién les había contado eso. «Nos lo ha contado él», respondieron. Me gustó su aplomo, su decisión de críos dispuestos a ajustar cuentas. «¿Y vuestro padre me guarda rencor?», inquirí. Fue el mayor quien respondió. «No, porque dice que él habría hecho lo mismo». Entonces les pedí que se sentaran. Lo hicieron, recelosos. No quisieron tomar nada y se quedaron en el borde de la silla, muy tensos. Eran chicos duros y me gustó que lo fueran. Entonces les conté mi versión de la historia.

Ocurrió a finales de 1975 en un lugar del Sáhara llamado El Farsía; que era como estar en mitad de la nada, con la diferencia de que esa nada estaba llena de soldados marroquíes que tenían cercada a una diezmada katiba de guerrilleros saharauis. Y había un problema adicional: había allí dos periodistas españoles de veintipocos años, con la mala suerte de no estar con los marroquíes sino con los otros, los guerrilleros. Y tanto éstos como los periodistas lo estaban pasando muy mal. No había forma de salir de allí, al que se movía lo achicharraban, y para colmo no quedaba agua para beber, el sol pegaba vertical con unos 45º a la sombra —si hubiera habido sombra, que no era el caso—, y la inmovilidad, el sudor, los tiros, el tormento de las moscas, el miedo, ponían los nervios al límite de su resistencia.

Todo ser humano, por templado que sea, tiene unos límites. Son las circunstancias las que te acercan o alejan de ellos. Aquel día de tortura insoportable, los nervios de uno de los reporteros tocaron el límite antes que los del otro. Salió primero su número. Así que, tras haber aguantado durante días y sobre todo durante las últimas horas, agotado por la tensión, perdió la compostura. Hay que rendirse, dijo. Gritemos que somos periodistas, levantemos los brazos y salgamos de aquí. Su compañero, sin embargo, no lo veía así de fácil. Nadie sabía que estaban allí, opuso con cierto sentido, y a los de enfrente les daban igual dos vidas más o menos. Tampoco les iba a gustar que hubiera testigos de aquello, ni que dos reporteros fueran en plan coleguillas con sus enemigos. Y si los cogían vivos, añadió, quizá fuera peor, porque les iban a ir dando por el culo hasta Tarfaya. Esa fue exactamente la frase, concreta, inolvidable: «Nos van a ir dando por el culo hasta Tarfaya».

El plan, había dicho el jefe de los saharauis, era esperar la noche para infiltrarse entre los marroquíes y escapar. Pero para eso había que estar tranquilos y callados. Sin embargo, el otro periodista no se dejaba convencer. Empezó a ofuscarse y a gritar, todo eso tirados cuerpo a tierra, parapetados entre las piedras desnudas, roncos de sed y con el sol asesino sobre sus cabezas. Y cuando hizo ademán de levantarse para ir hacia los marroquíes, su compañero le sacó a uno de los que estaban tumbados junto a ellos una pistola que el guerrillero llevaba en una funda colgada al cinto: una vieja Astra del 9 largo. El caso es que cogió la pistola, le quitó el seguro, se la puso al colega en la cabeza y señaló a los saharauis. «Nos pones en peligro a todos —dijo con toda la firmeza de que fue capaz—. Si te pego un tiro, éstos no van a decir nada a nadie». Y los saharauis miraban, callados y aprobadores.

Esa misma noche, en absoluto silencio los guerrilleros y los periodistas consiguieron infiltrarse entre los marroquíes —todavía hoy parece un milagro al recordarlo— y escapar de allí. Excepto aquellos diez minutos de crisis, el comportamiento del periodista que había perdido un momento los nervios fue impecable. Arrastrándose en la oscuridad se condujo con un valor tranquilo, y hasta se arriesgó un par de veces para esperar y ayudar al compañero. Publicados en España, los reportajes y fotografías fueron una gran exclusiva: éxito total. Ninguno volvió a comentar el incidente hasta una semana más tarde, cuando tomaban juntos una copa con las chicas del cabaret de Pepe el Bolígrafo, en El Aaiún. En un momento determinado, de improviso, uno de ellos sonrió y le dijo al otro: «Supongo que yo habría hecho lo mismo que tú». Ésa fue su absolución de hermanos, y no hubo nada más. Después se miraron a los ojos en silencio y encargaron a Chocolate, el camarero negro, la botella de champaña que Silvia y la Franchute llevaban mucho rato pidiendo.

26 abril 2020

1399 – LA ESTRELLA MORIBUNDA

XL Semanal, 26 de abril de 2020

Durante cierto tiempo, las estrellas fueron importantes en mi vida. Crecí junto al mar cuando la costa no era todavía un continuo paisaje de cemento y luz artificial, y las noches en la playa, junto a fogatas hechas con madera de deriva, transcurrían bajo una hermosa bóveda celeste que giraba despacio alrededor de la Polar. Fue con Paco el piloto, en las noches en que salíamos al mar para que él se buscara la vida con los barcos extranjeros fondeados, con quien aprendí a tomar la distancia desde la Osa Mayor para encontrar la estrella maestra. Más tarde, cuando navegué en mi propio velero, algunas noches apagaba —aún lo hago— todos los instrumentos de a bordo para, sentado junto al timón, sentir el placer de navegar un rato con sólo las referencias del cielo. Y cuanto tengo alguna duda, todavía consulto el Starfinder, el disco localizador de estrellas que me regaló, hace ya muchos años, el capitán de la marina mercante don Carlos de la Rocha.

También, cuando trabajé en lugares donde la luz no sólo no era posible sino que podía ser peligrosa, muchas noches transcurrieron en la oscuridad, a cielo abierto, y a menudo dormí o esperé tumbado sobre la arena o en el saco de dormir, mirando estrellas hasta aprenderme varias constelaciones de memoria: El Cisne, La Cruz del Sur, Las Pléyades, Cefeo, Orión… De todas ellas, Orión es la que más vinculada está a mi vida, y no sólo por ser la más hermosa. Desde niño me fascinó su leyenda, la del cazador con la espada y el escudo, que vigila el cielo; el que guió a Ulises en su visita al Hades y tiene dos estrellas en los hombros, Betelgeuse y Bellatrix, tres en el cinturón y dos en los pies, una de las cuales se llama Rigel. A Orión debo tal vez la vida, como se la debe mi entonces compañero el fotógrafo Claude Glüntz; porque una noche de febrero de 1976, cuando recorríamos con un Land Rover y un conductor del Polisario una pista cercana a Mahbes, en el Sáhara, fue la posición de Orión, que estaba donde no debía estar —o más bien éramos nosotros los que no estábamos— la que nos hizo descubrir que nuestro conductor saharaui se había despistado y rodábamos por una pista minada que, además, nos llevaba directamente a las posiciones marroquíes.

Anoche, cuando pensé en escribir hoy este artículo, me asomé a ver con prismáticos el firmamento, que desde donde vivo se ve nítido y limpio. Y allí estaba el impasible y fiel Cazador, muy próximo al horizonte. Me detuve un rato en el punto rojizo de Betelgeuse, la estrella más hermosa de esa constelación, el Uluriajuak de los esquimales, Basn de los persas e Ib al-Jauza de los árabes, que en las tablas astronómicas de Alfonso X el Sabio aparece ya como Beldengeuze. Y mientras la observaba recordé que estaba mirando una estrella condenada a muerte. Todo el Universo y cuanto contiene lo está, tarde o temprano; pero Betelgeuse tiene, incluso, fecha de caducidad conocida.

Ahí donde se la ve, tan hermosa desde que nació como gigante azul hace ocho millones de años, Betelgeuse agoniza sin remedio. Se desvanece. En sólo un año su brillo ha perdido casi dos tercios de intensidad; y no porque sea una estrella de resplandor variable, que lo es, sino porque está consumiendo su combustible interno y eso la conduce, inevitablemente, al colapso que la hará estallar en lo que los astrónomos llaman supernova: una explosión que durante tres meses iluminará de noche la tierra, que hará el hombro del Cazador tan brillante como la luna llena, y que se irá apagando hasta desaparecer para siempre en uno o dos años. Según los astrónomos, para que eso ocurra quedan, como mucho, menos de 100.000 años. Y de ahí para abajo. O sea, mil cortos siglos. Cifra que si a los estúpidos humanos que estamos aquí nos parece enorme, para el impasible cosmos y sus reglas es un aperitivo de nada. Un simple suspiro entre dos aparentes eternidades.

Recuerdo que una noche, cuando estábamos mojados por el relente a bordo de su barco, esperando cartones de Winston junto a la isla de las Palomas —habíamos pescado calamares con potera mientras anochecía, para matar el rato—, el Piloto encendió un pitillo con su chisquero, miró la bóveda celeste que recortaba las alturas negras de la costa, y refiriéndose a las estrellas me dijo: «Qué pequeño y qué analfabeto se siente uno aquí debajo. ¿A que sí, zagal?». Y era cierto, y lo sigue siendo. Más de medio siglo después, pese a todo lo visto y leído desde entonces, mientras anoche observaba Orión mirando el hombro rojo y sentenciado a muerte del Cazador, volví a sentirme tan pequeño y analfabeto como aquella noche lejana junto al Piloto, en el barquito que se mecía despacio bajo las estrellas.

18 septiembre 2019

Dosier de prensa para 'Sidi'


Alfaguara - 18/09/2019

«Sidi, Sidi, clamaban. Reía Diego Ordóñez satisfecho, brutal, quitándose la sangre de la cara con el dorso de una mano.

—Te llaman señor, Ruy. ¿Los oyes?... Te llaman señor.»

La Península Ibérica del siglo XI se vertebraba en reinos que guerreaban unos con otros; a veces los cristianos se enfrentaban a los musulmanes o moros, pero otras luchas eran entre cristianos. Era éste un mundo turbulento en el que la palabra España no existía y Reconquista era un término por forjar en el mismo crisol donde se fundían el acero de espadas y alfanjes. Las alianzas cambiantes iban tejiendo un tapiz donde se anudaban las vidas de personajes malditos y héroes de leyenda. Había hombres, sin embargo, que encarnaban ambas cosas, dependiendo del lugar desde donde se contara la historia. Uno de ellos fue Rodrigo Díaz de Vivar, un guerrero duro y hábil conocido como el Cid Campeador. Ganar ese sobrenombre, temido y respetado a ambos lados de la frontera, le costó odios, traiciones, muertes y renuncias. Y lo hizo inmortal.

Arturo Pérez-Reverte ha recreado en 'Sidi' la precuela del héroe: los primeros meses de exilio, cuando aquel infanzón orgulloso y seguro de sí, diplomático, valiente y desconocido, forjó su propia leyenda. «Yo nací de mí», diría seis siglos después Lope de Vega. Una frase que podría aplicarse a Sidi; en realidad, a todos los héroes creados por el genio inconfundible de este escritor.

"Un relato de frontera" es la frase que completa el título de esta novela. Uno y otra avisan al lector de lo que va a encontrar al franquear la magnífica portada de Augusto Ferrer-Dalmau: una visión nueva y personal dentro de la iconografía cidiana. 'Sidi', el título elegido por el autor, no es casual: subraya el mestizaje del personaje como encarnación de esa España donde él y su mesnada (hombres duros en un territorio duro) luchaban por sus vidas.

En cuanto a la manera de contar un hecho histórico, lo definió el propio autor hace doce años en 'Un día de cólera': «Este relato no es ficción ni libro de Historia». Esta definición está vigente en 'Sidi', novela que constituye un doble concepto fronterizo: cercana al género del "western" americano, de estilo picado, directo y sensorial, también se mueve en la línea difusa entre realidad y ficción que vertebra todo relato histórico revertiano. 'Sidi' es una argamasa narrativa contundente que une con eficacia las piezas históricas documentadas con el rigor y la minuciosidad que caracterizan a su autor.

«La cabalgada», «La ciudad», «La batalla» y «La espada» constituyen las cuatro partes en las que se divide esta novela compacta, donde la fiereza de un puñado de hombres, contada con un lenguaje mesurado en su anacronismo y escogido por su eficacia, consigue que el lector se mantenga suspendido en el relato, magnetizado por los hechos, hasta el final del mismo.

«La cabalgada» se centra en la presentación de Rodrigo Díaz y su hueste: mercenarios dirigidos por un infanzón, contratados todos por los burgueses de Agorbe para perseguir a una aceifa de moros que arrasa el campo entre el río Guadamiel y la sierra del Judío. Esta extensa tierra de nadie entre la Castilla cristiana y los reinos musulmanes es el paisaje que funciona como un personaje más del relato. El lector asiste en esta parte a la espera, la incertidumbre, la camaradería forjada más en los silencios que en las palabras, la tensión de un enemigo que no se materializa pero que se percibe la soledad como compañera inevitable de un líder conocedor de las traiciones y los afectos, que añora el calor de su familia, planea tácticas, asume posibles fracasos y se mantiene impasible ante la victoria. Y la frontera como glacis inabarcable por el que se mueven unos personajes apenas descritos pero reconocibles por sus gestos, actitudes y miradas, con una elocuencia que arrastra inevitablemente al lector hacia la nube desordenada de polvo bajo el infierno de sudor y metal de la cota de malla, lo ciega con el brillo de las armaduras, lo ensordece con el relincho aterrado de los caballos y lo dispone a seguir leyendo a pesar de sentir el latido de la sangre brotar del tajo de carne abierta por una hoja certera.

En «La ciudad», el autor modula la acción e invita al lector a recorrer la vida urbana de una urbe medieval española, las intrigas palaciegas y el complejo entramado de filamentos cortantes que el héroe ha de tejer para poder conservar el título de Campidoctor fuera del campo de batalla, logrando el respeto del aliado sin traicionar las propias reglas. O al menos sin traicionarlas del todo al mantener el equilibrio dificilísimo y casi homérico entre osadía tramposa, orgullo y valentía, lo que en esta parte de la novela también se hace extensible al sexo. Al otro lado de los reinos cristianos, la vida refinada y culta de Zaragoza, taifa musulmana, y la relación singular y respetuosa entre su poderoso rey, Mutamán Benhud, y Sidi, contrasta con la actitud del conde Berenguer Remont y su corte de caballeros francos. Piezas todos ellos sobre los escaques grises de un juego lúcido de ajedrez.

«La batalla» es el corazón de la novela: un rebato nocturno, la batalla de Monzón y la presión del rey moro para el enfrentamiento con su hermano Mundir, rey de Lérida, dejan sin aliento al lector. Todo ello está contado con un torrente léxico contenido y perfecto, puesto al servicio de la acción total. Cristianos y moros combatiendo juntos bajo un mismo juramento de lealtad al rey de Zaragoza; hombres procedentes de dos mundos separados por fronteras, lenguas y religiones que la batalla convierte, por un tiempo, en una hermandad de sangre.

«La espada» cierra el relato con una venganza y una merecida y mítica recompensa. El lector, al terminar esta historia sobre un puñado de hombres valientes, comprende por qué el Cid es una leyenda.

«Si flaqueo, muero; si retrocedo, muero; si no venzo, muero.»

En el momento del relato España no es más que una amalgama de reinos cristianos y moros cuya historia belicosa y ruda se forjaba en un juego de conjuras y sangre, coronas, acero, honor, lealtades y traiciones a un lado y al otro de las fronteras, donde un rey valía lo que era capaz de pagar a los hombres que defendían su trozo de tierra. En ese paisaje, el Cid avanza en zigzag como la pieza del caballo que se mueve a ciegas por un tablero difuminado en el que el enemigo cambia de posición cada día. Nunca un héroe fue tan español, duro, seco y resistente, encarnación casi geológica de la tierra que lo vio nacer.

En 'Sidi', Arturo Pérez-Reverte recupera esa crudeza, sacrifica al héroe para recrear al mercenario, por lo que en este relato de frontera no encontraremos la idealización de la leyenda, sino la épica de un hombre. 'Sidi' es también una invitación a la reflexión sobre el acontecer histórico, pues su autor rotura la historia con unos hechos que, si no fueron así exactamente, así pudieron ser.

«Doscientas lanzas, pensaba removiéndose en la oscuridad. Doscientos hombres confiaban en él para ganarse el sustento, y de ellos era responsable. La suerte que le deparase Dios —y no había suerte, buena o mala, que no dependiera también de quien la jugaba— arrastraría consigo la de todos ellos. Para bien o para mal, de sus aciertos o errores iba a depender el futuro inmediato de su gente.»

'Sidi' puede leerse también en clave de lección de liderazgo. El protagonista se desenvuelve como capitán de un ejército improvisado de hombres leales y sabe que su fuerza está, en parte, en la manera en la que es capaz de conservar la lealtad de su hueste. La mesnada campea por esta novela como un protagonista más, movido por reglas impensables en el mundo civilizado, pero necesarias en territorio hostil. Arturo Pérez-Reverte afirma que para ahondar en el liderazgo consultó, además de la bibliografía «sidiana», otros textos más específicos: desde máximas de Napoleón y estudios sobre el combate de Ardant du Picq o Guy Debord, hasta el 'Arte de la guerra' de Sun Tzu, o los códigos de los samuráis de Taira Shigesuke o Jocho Yamamoto. Todos ellos le permitieron afinar la idea del mando y gobernación de los hombres en situaciones extremas.

«Si un guerrero va a morir y está dispuesto a ello, actúa como si ya estuviera muerto […]. Igual que si su vida no fuera suya. Entonces combate con todas sus fuerzas, permanece unido a sus compañeros y no busca la salvación, sino hacer al enemigo todo el daño posible.»

De nuevo estamos ante una novela coral que viene a completar la galería de héroes clásicos de Arturo Pérez-Reverte, pero a diferencia de Alatriste y Falcó, esta vez no se trata de un héroe solitario. Sidi mantiene intacto el territorio literario característico del autor. Como El húsar o Alatriste, es una historia de camaradería, guerra y amistad, y comparte con esas novelas la manera reconocible de mirar el mundo sometido a las reglas singulares de lealtad y honor. Como construcción narrativa, 'Sidi' es pariente directo de 'Cabo Trafalgar' y 'Un día de cólera', por la manera característica de contar y entender ciertos pasajes históricos como una sucesión de hechos que descansan sobre los hombros de un puñado de hombres en la tesitura de morir o matar.

De nuevo esta historia, como aquéllas, es narrada por la voz de un escritor que maneja las palabras como un fotógrafo el zoom de una cámara —acercando o alejando la escena en función de la necesidad del relato— con la eficacia veterana del reportero de guerra y el talento fresco e intuitivo de un narrador de raza. 'Sidi' es también la aventura de un puñado de guerreros perdidos en territorio enemigo que se dirigen hacia el mar a lo lejos, en Levante, mientras venden cara su piel para poder sobrevivir. En este relato, entre otras muchas fuentes, emerge la 'Anábasis' de Jenofonte, una lectura escolar de Arturo Pérez-Reverte que fue definitiva para la formación del imaginario del futuro escritor.

Personajes

Rodrigo Díaz, Sidi

"Su nombre ya sonaba legendario, y lo sabía. No sólo por ser el único que, humilde infanzón castellano, se había atrevido a exigir juramento a un rey, sino porque batallaba desde los quince años y nadie tenía un historial de armas como el suyo".

Cuando un hombre se convierte en leyenda suele perder su condición humana. La historia cataloga los hechos y la memoria colectiva los idealiza y transforma en grabados, manuales, estudios críticos y monumentos públicos. Sólo la literatura es capaz de devolver la carne a las estatuas de las plazas, el aliento a los hombres desconocidos cantados en las gestas que hoy apenas recordamos.

El Cid que ha sobrevivido hasta nuestros días, el más famoso, es el Cid de Valencia, alguien con prestigio, guerrero poderoso y respetado. Este relato se centra en el otro Cid: el que cabalga en sus primeros seis meses de destierro, cuando tras el juramento de Santa Gadea, sale de Castilla con una mesnada de cuarenta o cincuenta hombres fieles a buscarse el pan y la vida en la peligrosa frontera del Duero, sin más bandera que la de la propia supervivencia. El Cid de esta novela es un líder hecho de silencios, autoridad y valentía, con un sentido de la justicia forjado en las lealtades que nacen en torno al fuego de un vivac después de enterrar a los muertos, repartir el botín y rezar a Dios más por costumbre que por fe, tras la última cabalgada.

Alvar Fáñez, Minaya

"Tenía las facciones picadas de viruela y cicatrices de aceros: una de esas caras que necesitaban un yelmo y una cota de malla para parecer completas.

—¿Y tú Minaya?... Por qué viniste tú?

— Me aburría en Burgos —emitió el otro una risa corta y seca—. Desde que éramos críos, sé que contigo no se aburre uno nunca".

Pariente lejano y amigo de Ruy Díaz desde la infancia. Tiene facciones picadas de viruela y cicatrices de los golpes del acero. Lento en la reflexión y diligente en la ejecución, es el perfecto subalterno de mesnada castellana.

Diego Ordóñez

"Fue Diego Ordóñez quien alzó una mano.

—¿Necesitamos prisioneros?

—No […]. Podemos matar todo lo que se mueva, hombre o animal.

Sonreía el otro feroz. Satisfecho.

—Me gusta el plan".

Duro, brutal y experimentado. Famoso por matar a tres Arias en el palenque de Zamora cuando desafió a la ciudad por la muerte del rey Sancho. Su ecosistema ideal son las casas incendiadas, los suelos repletos de cadáveres y una parte del botín. Un guerrero magnífico y temible, amante de los asaltos y el degüello.

Mutamán

"Era un hombre atractivo, alto, de buena planta. Debía de rondar la cuarentena. No iba armado, a excepción de plata y marfil en la faja".

Rey de Zaragoza, enfrentado a su hermano Mundir, rey de Lérida, Tortosa y Denia. Astuto, ambicioso, valiente. Un duro negociador que contrata a Sidi para una empresa que sólo el castellano puede sacar adelante.

Raxida

"Su piel o su carne, advirtió él, emanaban una agradable tibieza que nada tenía que ver con los perfumes y que traspasaba la seda del vestido. Sus labios bien dibujados, gruesos, sensuales, removían sensaciones turbadoras en el castellano".

Hermana de Mutamán, junto a quien vive en palacio desde que quedó viuda. Mujer fuerte, seductora, inteligente, culta y desafiante, que vive con una libertad inusual en la época.

Yaqub Al-Jatib

Líder de los moros de Zaragoza en la hueste de Ruy Díaz. Leal, pragmático, inteligente y bravo.

Berenguer Remont II

"Bien parecido, alto de cuerpo, lucía una barbita rubia rojiza con bigote rizado. Sus modales eran de lánguida autoridad y daban por sentado, al primer vistazo, que la máxima jerarquía en aquel lugar de la tierra eran Dios y él mismo, por vía directa y en ese orden".

Conde de Barcelona. Asesinó a su hermano gemelo para no compartir el cargo. Desprecia a Ruy Díaz y a los suyos y, apoyando a Mundir, se enfrenta a la hueste del castellano y al ejército del rey de Zaragoza.

Fray Hernán

"Era joven pero no le faltaba entereza. Fraile, clono o guerrero, la frontera del Duero templaba a cualquiera que sobreviviese algún tiempo allí".

Fraile. Hijo de colonos que proporciona servicio espiritual a la hueste de Ruy Díaz. Ducho en el rosario, pero también con los mapas y usando la ballesta.

El paisaje

"Sobre el campamento, en la bóveda negra del cielo, millares de astros luminosos giraban muy despacio en torno a la estrella maestra; y Orión, el cazador, ya mostraba su aljaba en los bordes sombríos de la cortadura. Todo paisaje tenía cuatro o cinco significados distintos, pero ellos no veían más que uno".

La hueste

"La mayor parte eran hombres de frontera, curtidos en algaras y escaramuzas, de las que sabían cosas por haberlas visto no porque se las contaran. La prueba de que las habían aprendido era que seguían vivos. Aventureros aparte —un tercio aproximado de la hueste—, el resto eran mesnada de Vivar, unida a su jefe por lugar y familia. Eso permitía apretar algo más las clavijas, pues las individualidades se diluían en la disciplina del grupo. Entre todos sumaban setenta años de experiencia militar. Incluso los jóvenes eran tropa hecha, cuajada en escaramuzas [...]. Tenían disciplina y tenían paciencia. Y a todos intimidaba Ruy Díaz. Junto a todos ellos había cabalgado antes y los conocía de sobra. Hasta por su forma de moverse era capaz de adivinarles el estado de ánimo".


03 octubre 2018

Dosier de prensa para 'Sabotaje'


Alfaguara - 03/10/2018

«Hay hombres nacidos para mandar y hombres nacidos para obedecer, pero él no es ni lo uno ni lo otro.»

Arturo Pérez-Reverte (Cartagena, España, 1951). Uno de los autores más destacados de la literatura en español por su estilo directo, culto y envolvente. Los mundos y los héroes a los que da vida en su obra han transformado sus apellidos en un género literario: lo perezrevertiano, ese territorio construido a partir de los grandes relatos de las pasiones y miserias humanas. Lo que hace especial a las historias de Arturo Pérez-Reverte son las fisuras y las contradicciones de los seres que las protagonizan. Ya sea el Lucas Corso de 'El club Dumas', el íntegro Jaime Astarloa, de 'El maestro de esgrima', la Teresa Mendoza de 'La Reina del Sur' o el incorrecto Lorenzo Falcó. Ningún lector sale ileso de esa galería humana.

Los de Pérez-Reverte son mundos construidos con maestría, porque los conoce de primera mano. Fue reportero de guerra durante veintiún años, desde 1973 hasta 1994. Cubrió más de dieciocho conflictos en El Salvador, Nicaragua, Sudán, Mozambique, las Malvinas, los Balcanes e Irak. Ha visto lo mejor y lo peor del ser humano; a los lobos y a los corderos, que consigue esculpir en mármol literario. Académico de la lengua, periodista y escritor, Pérez-Reverte es alguien que descree de las poses, sean cuales sean.

A partir de 2016, Pérez-Reverte eligió el siglo XX como materia narrativa —un tiempo al que se asomaba ya en 'El tango de la Guardia Vieja'— y emprendió un nuevo ciclo protagonizado por Lorenzo Falcó, un ex traficante de armas y mercenario que trabaja como espía para los servicios de inteligencia del bando nacional durante los días cruentos de la Guerra Civil española, en los años de entreguerras de la primera mitad del siglo XX. La novela inaugural de la saga, 'Falcó' (2016), que fascinó a los lectores y la crítica (más 300.000 ejemplares vendidos), tuvo su continuación con 'Eva' (2017). 'Sabotaje' completa ahora lo que, de momento, podría ser una trilogía. 

La nueva entrega de la serie se desarrolla en el París intelectual de los años treinta, el epicentro de la Europa moderna en la que ya se dejan ver las primeras señales de lo que se avecina, una guerra sanguinaria —ésa en la que confluyen el nazismo, el fascismo y el comunismo—, mientras Hemingway farda de su heroicidad de salón en los cafés de Montparnasse y Pablo Picasso, pagado por la República, pinta el 'Guernica' en una buhardilla del número 7 de la rue des Grands-Augustins.

'Sabotaje'. Con ese título firma Arturo Pérez-Reverte la tercera novela protagonizada por Lorenzo Falcó, un jerezano elegante y bien plantado, un ex traficante de armas que trabaja para el Grupo Lucero, una sección del Servicio Nacional de Información y Operaciones (SNIO), el organismo de inteligencia de la Falange, y del que él es su principal estrella. Sin embargo, Falcó libra su propia guerra. Su naturaleza configura sus movimientos. Es un hombre peligroso. Alguien que sólo es leal a su propia causa y a quien la cercanía de la acción inyecta en sus venas una lucidez especial. Para él, vivir es depredar. Sean mujeres o misiones. Sabe paladear el lento placer de los que llevan una navaja escondida en el sombrero mientras beben un cocktail o salen airosos de un sucio calabozo.

Arturo Pérez-Reverte presentó ante los lectores a su más reciente criatura en una primera entrega publicada en 2016, 'Falcó'. A ésa siguió, en 2017, 'Eva', una historia fascinante que se desarrolla en Tánger, un puerto cosmopolita del que entran y salen todo tipo de personajes y donde se dirimen los más turbios asuntos. En 'Sabotaje' el agente habita el París de finales de los años treinta del siglo XX, una metrópoli donde coinciden los cimientos culturales de la modernidad, al mismo tiempo que experimenta la electricidad de los indicios que anticipan su demolición ante el próximo estallido de la Segunda Guerra Mundial. Es la capital donde se mezclan las raíces del pensamiento ilustrado —la cuna occidental moderna— con fugitivos, espías y conseguidores; e intelectuales de la más destacada pluma —algunos de ellos a expensas de un activismo de salón— con otros que se juegan el poco pellejo que les queda.

La acción transcurre apenas unos meses después de la misión de Marruecos narrada en 'Eva'. Estamos en la primavera de 1937. Concretamente, en mayo. Unos pocos días después del bombardeo de Guernica por los aliados alemanes e italianos del bando sublevado. La Guerra Civil Española está a punto de cumplir el primer año de duración. Nada sabe Falcó de la agente Eva Neretva, aquella espía soviética que le juega reveses a este hombre que no acepta sorpresas. A pesar de eso, no consigue borrarla de sus recuerdos. Falcó ignora si Eva vive o muere. Y aunque la memoria de aquella mujer lo aguijonea, lo importante es su siguiente misión, que es doble: por una parte, debe convertir a un afamado intelectual comunista, Leo Bayard, en un traidor, y por otra destruir el Guernica, el cuadro encargado a Picasso para engalanar a la República en la Exposición Internacional de París.

Si en la misión de la primera novela de la serie, que consistía en liberar a José Antonio Primo de Rivera de la cárcel de Alicante, Falcó se adentraba en terreno político, y en la segunda debía traer de vuelta treinta toneladas del oro del Banco de España que un barco de la Marina al servicio de la República retenía en el puerto de Tánger, ahora tendrá que adentrarse en la Europa intelectual, la de la cultura y los artistas. Y lo hará en su capital natural: París. Ese lugar de las vanguardias y los intelectuales comprometidos, la olla a presión de los genios y los farsantes: los que confunden obra con impostura y se relamen, satisfechos de sí mismos, en la propaganda de guerras que nunca han librado.

Para conseguir su objetivo, Lorenzo Falcó habrá de convertirse en Ignacio Gazán, un chico de buena familia española afincada en La Habana. El heredero de un boyante negocio familiar dedicado al tabaco. Alguien con mucho dinero, simpatizante de la República y coleccionista de arte. La ayuda de un agente de la Abwehr permitirá al jerezano llegar a Bayard y tenderle una trampa. El objetivo es provocar su asesinato a manos de los soviéticos tras una campaña de intoxicación para acusarlo de fascista y desacreditarlo como gran fraude de la izquierda internacional. A eso se suma, por supuesto, la encomienda de destruir como sea el 'Guernica' de Picasso, lo cual implica acercarse al malagueño y dar el zarpazo. Hasta el estudio de la rue des Grands-Augustins llegará el espía para cumplir su objetivo.

Dotada de todavía más acción y velocidad, de una dosis mayor de humor, incorrección y maestría, en las páginas de esta novela reaparecen personajes únicos de la serie, como el Almirante, el jefe del Grupo Lucero, o Paquito Araña, un asesino a sueldo capaz de pintarse las uñas antes de torturar a un prisionero. Regresan viejos y oscuros fantasmas, como Pavel Kovalenko, jefe de los servicios de inteligencia soviéticos en España, el hombre que puede iluminar y oscurecer el paradero de Eva Neretva. También aparecen en 'Sabotaje' nuevos secundarios extraordinarios: el agente Hupsi Küssen, el contacto del Grupo Lucero en París, Sánchez, la fotógrafa Eddie Mayo o la inolvidable María Onitsha, además de personajes históricos, como el artista Pablo Picasso o la actriz Marlene Dietrich, o los que han sido inspirados en alguno de ellos, como Gatewood, trasunto del escritor norteamericano Ernest Hemingway, o Nelly Mindelheim, tras cuya figura se adivina a la mecenas estadounidense Peggy Guggenheim.

El lector encontrará en 'Sabotaje' a un Falcó más letal y al mismo tiempo divertido, alguien que se entrega al sexo en coches cama del expreso de Hendaya en su trayecto hacia París, pero también aquel al que vendrán a visitarlo algunos demonios. Lorenzo Falcó resume los claroscuros del ser humano que Arturo Pérez-Reverte conoció en sus años como corresponsal de guerra. Y en esta novela ofrece una nueva, refinada y todavía más fibrosa versión del depredador más eficaz. Nada sobra en estas páginas. Diecisiete capítulos y un epílogo llenos de emoción e ironía. Un retrato de la Europa de entreguerras ejecutado con maestría.

Vuelve Falcó. Esta vez para sabotear cualquier voluntarismo. Vuelve Falcó, alguien cuyo encanto y crueldad le permiten caer de pie en todos los tejados y que en estas páginas besará a Marlene Dietrich, zurrará a Ernest Hemingway o se hará retratar por Pablo Picasso. Eso es esta novela, 'Sabotaje': una muestra más de un Arturo Pérez-Reverte en estado de gracia, que intenta cerrar algunas de las grandes incógnitas de esta serie, al tiempo que abre otras nuevas. Porque 'Sabotaje' lo cambia todo. Una novela autónoma que animará a los lectores que no se han sumergido aún en las aventuras de Falcó a buscar las entregas anteriores y que sembrará en los ya iniciados algunos interrogantes.

Una vez más, la Guerra Civil Española hace las veces de telón de fondo para una historia que sobrepasa la contienda nacional y abre ante el lector un mundo fascinante atravesado por la corriente de la modernidad. Ese París donde se juntan las galerías, los marchantes de arte, los fotógrafos, los cafés, las modelos, las musas y amantes, así como editores, periodistas, escritores, comisarios políticos y aprovechados. Un sitio que bulle, al mismo tiempo que intuye ya los oscuros resortes del nazismo, que se cierne como una amenaza implacable. A Francia la gobierna el Frente Popular encabezado por Léon Blum, líder del Partido Socialista Unificado y de la Sección Francesa de la Internacional Obrera. Pero algo ya apunta a lo que será la República de Vichy y la ocupación nazi. París es el hervidero donde coinciden espías británicos del MI6, los servicios de inteligencia rusos, los agentes nacionales y republicanos españoles, así como las mentes oscuras de movimientos nacionalistas y de ultraderecha, que se intercambian la baraja de la vida y la muerte. Huele a guerra, cada vez más cerca, en esta novela. Los fascismos, el comunismo y las revueltas son una realidad en España y en el resto de Europa. Los vascos urden planes de nacionalismo entre San Sebastián y Hendaya y los catalanes se cobran su propia carnicería, mientras nacionales y republicanos se desangran en una contienda que apenas cumple su primer año de duración. Stalin perpetra sanguinarias purgas entre trotskistas y anarquistas, y Alemania ensaya su arsenal en una España que libra una cruenta guerra, ésa que servirá de laboratorio en el bombardeo de la localidad de Guernica, en abril de 1937.

En ese escenario, Francia se convierte en el corredor natural. 'Sabotaje' comienza en Biarritz y se desplaza desde Hendaya y San Sebastián hasta Berlín y los rincones de un París refinado y moderno: el del Mauvaises Filles, un local que alude con su nombre al espíritu liberal de aquella década; el mítico restaurante Le Dôme, uno de los locales señeros del barrio de Montparnasse —un lugar tocado por el espíritu art déco, con sus vitrales y lámparas historiadas— o el boulevard de Saint-Germain, pero también las orillas del Sena, lleno de gabarras, con los arcos de sus puentes —Neuf, des Arts— y al que acuden elegantes caballeros y hermosas modelos que buscan convertirse en musas de algún artista o al menos hacer la calle de la mejor forma posible.

Aparecen en 'Sabotaje' el Picasso consagrado al que la República paga un ático para acometer una obra que devino en maestra, aunque comenzara como propaganda; también un trasunto del Ernest Hemingway que imparte lecciones de valentía con un coñac en la mano, o el remedo de aviador aventurero que inspira a Leo Bayard, un intelectual francés que luchó con la República y hace la vista gorda a las purgas estalinistas mientras bebe una copa de champán. Será justo a ese sujeto a quien Falcó deba perjudicar para avanzar en esta doble misión, una encomienda en la que nadie es lo que parece y su mentor y jefe, el Almirante, le exigirá el doble.

Los personajes

Lorenzo Falcó

Ex traficante de armas y mercenario reconvertido en espía al servicio del Movimiento Nacional. Su historia comenzó en la primera entrega, publicada en 2016. Lorenzo Falcó es un joven seductor y apuesto. Alguien que ha sido contratado por el aparato de inteligencia de la Falange, a través del Almirante, jefe del Grupo Lucero, la unidad de trabajos sucios de los rebeldes. Falcó es un hombre de acción y naturaleza amoral. Aunque aún no cumple los cuarenta, este héroe revertiano se revela en 'Sabotaje' bastante más frío que en las dos novelas anteriores. Su humor es más fino y su proceder más cruel.

Las claves de su biografía aparecen en los libros anteriores, pero resurgen en 'Sabotaje'. Lorenzo Falcó creció en una familia acomodada de Jerez vinculada a las bodegas y la exportación de vino (está emparentado con la dinastía de los Domecq). Es elegante y cuidadoso en cada detalle de todo cuanto hace: desde la pitillera de plata y la cápsula de cristal con las cafiaspirinas para las jaquecas, a su dieta espartana, la afición a los cocktails y el reflejo mecánico de comprobar que su pistola Browning está preparada para disparar. En él todo es letal, desde llevar escondida en el sombrero una hoja de afeitar hasta su forma de librar las batallas de alcoba. No deja nada al azar. Lorenzo Falcó es un canalla en toda regla. Expulsado de la Armada por un asunto de faldas, lo mueven la aventura, las mujeres, el peligro y la adrenalina.

Una vez más, Falcó presume de conocer y controlar los ambientes más lujosos —balnearios, hoteles y restaurantes de la Europa de los años treinta y cuarenta—, pero también los lugares sórdidos de Estambul, los Balcanes, África y las distintas zonas de la Europa de entreguerras, donde se ha cobrado la vida de varios hombres y mujeres, sin parpadear siquiera, ya sea vendiendo armas, visitando Cataluña para matar anarquistas o el Berlín del Reich al que fue a parar para formarse con la Gestapo. Un lobo. Un depredador de ojos grises y traje impecable. Hay un personaje importante en el espíritu de este Falcó, Manuel González-Osborne, el tío Manolo, de quien parece proceder el encanto y la elegancia del díscolo agente secreto.

Si en la anterior entrega, 'Eva', el lector conoció rincones y claves de la biografía de Lorenzo Falcó —el espíritu de un hombre que siempre buscó estar en otro lugar—, en ésta se encontrará una versión más letal del héroe incorrecto. Alguien que se reencontrará con una mujer llamada María Onitsha —un eco de aquella Moira Nikolaos de Tánger— y al que no lo abandona el recuerdo de Eva Neretva, la agente del NKVD que ya aparecía en el primer volumen y que atraviesa 'Sabotaje' como una sombra inquietante. Una pieza clave aun en su ausencia.

Hubert (Hupsi Küssen) 

Agente del Abwehr, organización de inteligencia militar alemana. Dará apoyo en París a Falcó para sabotear el proceso de creación del 'Guernica', cuadro que Picasso pinta por encargo del gobierno de la República para la Exposición Universal. También él será clave para perjudicar al intelectual vinculado con el comunismo Leo Bayard. Küssen se hará pasar por un marchante de arte, amigo personal de Picasso, y servirá de puente para colocar a Bayard y a su pareja, la fotógrafa Eddie Mayo, a tiro de piedra de Falcó. Küssen es de origen austríaco. Alguien dotado de un extraño sentido del humor y la ironía. Destaca por su bonhomía y frivolidad, aunque un rasgo físico habla de su sentido del compromiso y su antigua condición de soldado: una cicatriz que va de mentón a nuca, un recuerdo del ataque con un lanzallamas que asoló su búnker en 1918, en la batalla de Arras, veinte años antes, durante la Primera Guerra Mundial.

Sánchez

Contacto del Servicio Nacional de Información y Operaciones (SNIO) que prestará ayuda a Falcó en su misión en París. Es un hombre de mediana edad, aire cansado y aspecto funcionarial. Será él quien advierta a Falcó de las muchas redes de espías y agentes que operan en esa ciudad en el tiempo extraño de entreguerras: desde los servicios soviéticos, ingleses y alemanes diseminados por toda la capital junto a otros agentes de los bandos nacional y republicano, hasta los miembros de La Cagoule, una organización clandestina de extrema derecha al mando del coronel Verdier. A Sánchez lo sofoca una tos de trinchera —está enfermo a causa de gases tóxicos de combate—. Posee un sentido de la lealtad y del deber inquebrantables. No es un agente sin escrúpulos, y ni siquiera contempla el asesinato como el primero de los métodos a aplicar. En muchas ocasiones se cuestiona la verdadera necesidad de algunos procedimientos cruentos de Falcó, a quien reprocha no tener una lealtad o ideología a la que servir.

Leo Bayard

Intelectual francés. Hombre de mundo, distinguido y arrogante, de cuarenta y dos años. Escritor de éxito, aviador y aventurero simpatizante del comunismo, aunque no milita en el Partido. «Un vanidoso cantamañanas», según el Almirante. Bayard siente admiración por el gobierno de Stalin, que en esos años realiza las purgas contra trotskistas y anarquistas. Pese a ello, Bayard niega las sombras del régimen y sólo proclama las bondades. Partidario de la República, combatió en la primera fase de la Guerra Civil al mando de una escuadrilla de aviación formada por voluntarios que él mismo reclutó. Pero como parte de la política de unificación de la acción internacional soviética, Bayard fue relevado en España por André Marty, comisario político de las brigadas internacionales. De vuelta en París, saborea la gloria adquirida en sus misiones de combate, al tiempo que escribe a favor de la causa republicana. Prepara un libro y una película sobre su experiencia española y presiona al gobierno del frente populista de Léon Blum para que Francia apoye a la República en la guerra. La misión de Falcó es desacreditarlo, relacionándolo con fascistas.

Eddie Mayo

Ex modelo, fotógrafa y artista inglesa, es uno de los personajes más enigmáticos e importantes en los resortes de la trama de esta novela. Amante de Leo Bayard, esta mujer aparentemente delicada, rubia y de ojos azules fríos y penetrantes es dueña de unas poderosas sagacidad e intuición. Estuvo relacionada con figuras como Man Ray, para quien posó en algún momento. Ella será la única en dudar de Falcó. Mujer de carácter y marcada inteligencia, a sus pies se rinden desde el Picasso consagrado que forma parte de su círculo cercano, hasta Gatewood, trasunto del escritor norteamericano Ernest Hemingway, por el que ella siente, en contraposición, un auténtico desprecio.

María Onitsha

Tal y como la describe Pérez-Reverte en estas páginas, es una mujer grande, poderosa y perfecta. Acaso la más hermosa que Falcó hubiese conocido jamás. Una mujer de etnia herero, tribu del África Sudoccidental casi extinguida por el genocidio alemán, una masacre aún más brutal que la perpetrada por los turcos contra los armenios. Perseguida por los nazis, esta hermosa cantante deberá huir del cabaret berlinés donde la conoció Falcó para radicarse en París. Se reencontrarán en el Mauvaises Filles, un local que regenta Toni Acajou, un gigoló turco-armenio que debió salir de una Alemania cada vez más siniestra.

Emilio Navajas

Jefe de la inteligencia republicana en París. Comunista y veterano de las checas murcianas. Un detonante dentro de una trama mayor.

Malena Izaguirre

Agente en una misión previa de Falcó en Biarritz. Una chica joven proveniente de una familia bien posicionada vasca y de tradición carlista. Tras el asesinato de su padre y su hermano a manos de los republicanos en la matanza del 25 de septiembre a bordo del barco prisión Cabo Quilates, atracado en la ría de Bilbao, decidió pasar a la acción directa apoyando a los rebeldes. «Era una buena chica, pensó él. Hembra de fiar, seria y valerosa.»

El Almirante

Los lectores se reencontrarán con el responsable del núcleo estratégico dentro del espionaje franquista: el Almirante. Su rango militar se escribe siempre con mayúsculas, como si sustituyera su nombre propio. Es gallego, pequeño, listo, malhumorado y de muy pocas palabras. El Almirante, a quien llaman el Jabalí, mantiene con Lorenzo Falcó una relación que se mueve entre la jerarquía y lo paterno-filial. Su hijo, asesinado, parece revivir en su trato con este díscolo agente, a quien en esta entrega prodiga más reprimendas… y recompensas. Ambos se conocieron cuando el Almirante era todavía jefe del servicio de inteligencia español en el Mediterráneo Oriental. En aquel momento, al percibir la determinación de aquel joven jerezano, lo reclutó.

Paquito Araña

Puede que sea uno de los personajes secundarios más insólitos y fascinantes de Arturo Pérez-Reverte por su extraño humor y oscura violencia. Homosexual, torturador, asesino a sangre fría y, al mismo tiempo, estrambótico sujeto capaz de pintarse las uñas antes de molerle la mandíbula a golpes a alguien para sacarle una confesión. Su aparición en 'Sabotaje' es fugaz, pero providencial para aquellos que disfrutan riéndose con sus cuitas.

Lisardo Queralt

En esta novela permanece adormecido el oscuro jefe de policía y seguridad de la Falange. Sin embargo, se respira su presencia. Acaso porque, en la medida en que pueda, siempre será un peligro para las carreras profesionales de Falcó y el Almirante. A Queralt lo conocen como el carnicero de Oviedo debido a su falta de escrúpulos. El coronel Queralt es capaz de cualquier cosa.

Eva Neretva

Los lectores la conocieron como Eva Rengel, una rubia espía que se hizo pasar por integrante de la Sección Femenina de la Falange durante la primera entrega de la serie. En Eva, la segunda novela, la espía soviética Eva Neretva será la enviada del NKVD en España para asegurar que el oro de España llegue a Rusia. La eligió para aquella tarea Pavel Kovalenko, asesor soviético y jefe en España de la Administración de Tareas Especiales del NKVD, un individuo con fama de implacable criminal que en esta novela tiene un papel decisivo.

La crítica ha dicho...

«Una sucesión trepidante de lances y situaciones sorprendentes contadas con firme pulso narrativo.» Ángel Basanta, 'El Cultural'

«La combinación Falcó-Tánger resulta irresistible [...]. Eva Neretva es una de las grandes creaciones femeninas de Pérez-Reverte.» Jacinto Antón, 'El País'

«Pocos escritores europeos saben dotar a sus novelas de un mundo propio [...]. La trama, como siempre en Pérez-Reverte, está soberbiamente narrada.» J. M. Pozuelo Yvancos, 'ABC Cultural'

«Sus ojos son una cámara de vídeo; su ritmo, el de las manecillas de un reloj; su limpieza, la del filo de una espada.» Raúl del Pozo, 'El Mundo'

«La segunda aventura de Falcó supera a la primera. Al primero que seduce es a su creador, que escribe sus aventuras con el entusiasmo con que las leerá su público […]. Falcó tiene el gusto del reencuentro con grandes arquetipos de la ficción literaria y cinematográfica.» Justo Navarro, 'Babelia'

«Falcó y Eva habrían sido prohibidos en los años cuarenta.» Jorge Fernández Díaz, 'La Nación'

«Pérez-Reverte ha impreso un nuevo e inesperado brillo al hasta ahora más bien adormilado género de espías español.» Sergio Vila-Sanjuán, 'Cultura/s' de 'La Vanguardia'

«Magnífica Eva, superior a la ya brillante Falcó.» Juan Gómez Jurado, 'ABC Cultural'

«El espía con glamour de Pérez-Reverte.» 'Reforma'

«El trabajo de Reverte en Falcó, una novela trepidante, moral, caníbal, nos recuerda que habita en el podio de los grandes narradores en castellano.» Edu Galán, 'La Nueva España'

«Tanto es Eva una profundización en el mundo de Lorenzo Falcó que este se nos presenta con sus rasgos más característicos aún más pronunciados, e incluso doblando la apuesta […]. Es Falcó al cuadrado, o 2.0, o versión 1937. Es así, y así seguirá siendo, porque la tercera novela ya está en camino.» Rogorn Moradan, Zenda

Extractos de la novela:

Sobre la misión de Falcó en París

«—Como sabes —proseguía el Almirante—, y si no lo sabes te lo digo, ese pintamonas de Picasso está en París. Tiene allí uno de sus estudios. Sus simpatías por la República son conocidas, así como sus amistades; de manera que no voy a extenderme en eso. Lo que importa es que ha aceptado el encargo, y hace días que trabaja en él. […] Tu misión en París es doble. Además de hacer pasar a Bayard por un agente fascista y lograr que se lo carguen sus propios camaradas, tienes que sabotearle el cuadro a Picasso. […]

—¿Perdón?

—Lo que he dicho, carallo —gruñó el almirante—. Sabotearlo, romperlo, quemarlo, acuchillarlo… Lo que se te ocurra. El caso es dar una lección a los rojos... Destruir esa puñetera mierda antes de que la lleven a la Exposición.»

«Sánchez llenó el vaso y lo bebió de un tirón, casi sin respirar. Después se echó hacia atrás en la silla. Toqueteaba la cajetilla de Gitanes. Al fin se la guardó en la chaqueta.

—Estaba previsto que el pabellón español se inaugurara este mes, pero es imposible. La misma Exposición, que ya tendría que estar abierta, va con retraso.

—¿Mucho?

—Demasiado. El gobierno francés, criticado por la derecha, quiere conseguir un respaldo público basado en su apoyo a la cultura. Esperaban inaugurar el primero de mayo, pero no hubo forma. De los cuarenta y cuatro países invitados, sólo están acabados el pabellón ruso, el alemán, el italiano y algún otro. El alumbrado aún no funciona y las calles están sin pavimentar. Es una chapuza. Así que Picasso tendrá tiempo, imagino.

—Si nada se lo impide.

—Claro —el otro volvió a dirigirle la una mirada de curiosidad—. Si nada se lo impide.»

Sobre la naturaleza de Falcó

«A diferencia de otros hombres y mujeres, a Lorenzo Falcó el peligro le inyectaba una fría lucidez. Casi disfrutaba de la sensación de soledad y peligro allá arriba, en un tejado de París y con un artefacto explosivo a la espalda […]. Los hombres, pensó una vez más, nacen, caminan, pelean y se apagan. Mientras tanto, era formidable seguir jugando a los juegos nunca olvidados, vivir en márgenes que uno mismo fabricaba: siempre, naturalmente, que se estuviera dispuesto a pagar cuando llegasen las facturas.»

«—¿Tú crees en algo, chico?

—Creo en un tajo en la ingle, sobre la arteria femoral, no hay torniquete que lo pare.

Movió la cabeza el Almirante, como para esquivar la sonrisa que parecía tentarle los labios.

—¿Hasta cuándo piensas llevar esa vida?

—Mientras el cuerpo aguante.

Chirrió, semejante a un gruñido, la risa queda del Almirante.

—Conozco pocos espías y aventureros que, al cumplir los cincuenta, no deseen haber sido boticarios del pueblo o funcionarios municipales.

—Todavía tengo trece años de margen. Ya se lo contaré, señor, cuando me sienta así.»

«—Tú, sin embargo, follas de marquesa para arriba. Eres una estrella del espionaje patrio y ojito derecho del Jabalí. Te basta con sonreír para que a todos se les haga el culo agua de limón.»

«—Falcó sacó el encendedor del bolsillo, en la mano izquierda, y con un chasquido rojizo se iluminó la sonrisa. Había tiburones que sonreían así.

—Soy el que no se levanta cuando el Caudillo habla por la radio.

—No sé de qué me habla.

Falcó guardó el encendedor.

—Ya lo suponía —dijo.»

«—¿No cree que ya está bien? —preguntó, bajando aún más la voz.

—Ya está bien ¿de qué?

—Dos muertos es suficiente.

De pronto, los ojos de Falcó parecieron cuajarse en metal. Hechos de acero gris.

—En España mueren por docenas o centenares todos los días —dijo despacio, casi con suavidad.

—Esto es diferente.

—Oiga… Cuando usted y sus amigos militares se sublevaron contra la República, yo estaba dedicado a otros asuntos. No empecé esto. Por razones diversas me encuentro de su lado, y no protesto. Hago mi trabajo con lealtad y eficacia. Pero no venga a tocarme las narices con escrúpulos de conciencia… Si los suyos pagaron la orquesta, ahora disfruten de la música.

—También usted es de los míos —objetó Sánchez, molesto.

—Ahí se equivoca. Yo bailo solo.»

«—¿Me permite una pregunta? —aventuró Küssen.

—Hágala y lo sabremos.

—Tengo entendido que Picasso ha sido amable con usted.

—Mucho. Incluso me hizo un retrato.

—¿Y no le causa ninguna clase de…?

Se había detenido buscando la palabra.

—¿Remordimientos? —sugirió Falcó.

—O de reparos. Algo así.

—¿Y por qué habría de causármelos?

—Pues no sé. Usted me lo preguntó a mí hace un par de días hablando de Bayard, ¿lo recuerda? La traición siempre deja pelos en la gatera.

Falcó lo miró con sorna.

Es extraño que usted diga eso, Hupsi. Su vida, por lo que sé, es una traición continua a todos con los que se relaciona.

—Oh, desde luego —sonrió con astucia el otro—. Soy, por decirlo de algún modo, un traidor sin complejos. No pretendo ocultárselo a usted. Pero hay una diferencia.

—¿Que usted se enriquece con ello? […]

—Aquí donde me ve, sirvo al Reich como un soldado fiel —se tocó maquinalmente la cara—. Lo que fui en la Gran Guerra. A diferencia de usted, tengo ideología, ¿sabe? Tengo afectos.»

«—¿Sabe lo que nos dijo su jefe al almirante Canaris y a mí en San Sebastián?

—No.

—Dijo, como si fuese una virtud, que usted era un hombre sin afectos. Y que eso garantizaba su eficacia.

Falcó no dijo nada. Küssen seguía chupando la rodaja de limón.

—Supongo que su jefe tenía razón […]. Los afectos acaban causando sufrimiento, y eso hace vulnerable, comentó… Por eso, en su opinión, usted se aparta de los afectos como de una enfermedad, sustituyéndolos por la lealtad, que es fría y más fácil de gestionar.

—Vaya… ¿Todo eso les contó el Almirante?

—Más o menos. Y también dijo: “Hay hombres nacidos para mandar y hombres nacidos para obedecer, pero él no es ni lo uno ni lo otro”.»

Sobre la Guerra Civil española como laboratorio mundial

«—¿Es verdad lo que se rumorea de Guernica?

—¿Qué se rumorea?

—Que no la han destruido los rojos, sino que la bombardeamos nosotros —indicó a los alemanes—. Ellos, concretamente… Esos guapos chicos rubios.»

«Pensaba Falcó en los aviadores a los que había visto por la mañana en el café, en los Junker y Savoia, con el aspa nacional pintada en el timón de cola. España, eso era fácil adivinarlo, se estaba convirtiendo en ensayo general de algo aún más enorme y más terrible. Con aquella música siniestra terminarían bailando muchos otros.»

«—La cólera de los idiotas llena el mundo —añadió malhumorado—. Y lo nuestro es un bonito ensayo general. Un prólogo para los grandes mataderos que se avecinan.»

«—Es terrible lo que pasa en España. ¿Cómo explicas lo que ocurre?

Falcó miraba su copa.

—No hace falta ser un sabio para explicarlo —respondió—. El comunismo, el anarquismo y el fascismo penetran en un pueblo que lleva siglos queriendo ajustar cuentas consigo mismo… Y que, en su mayor parte, apenas sabe leer.»

Sobre la Europa previa a la Segunda Guerra Mundial

«—Aquí el que no corre, vuela —concluyó entre sorbos el café—. Hasta el hijo de Negrín anda por aquí, mangoneando con parte de los fondos sacados en oro del Banco de España y con la cuenta abierta en Londres por su padre… Francia estaba llena de presuntos exiliados que viven de subvenciones, defendiendo la República en los cafés. […]

—A veces parecen retrasados mentales —dijo de pronto—. ¿Podrá creer que aquí se espían unos a otros, y que nos pasan información para fastidiarse entre ellos?… Y no imagina la de intelectuales que vienen a pavonearse lejos de España y de los tiros… Señoritos y mangantes oportunistas, odiándose y en busca de hacerse la puñeta. Ya vio a los anarquistas en Barcelona, hace unos días.

—Sí. Ya lo vi.

Se lo quedó mirando, el otro.

—Lo dice como si lo hubiera visto de verdad.

Durante un segundo, Falcó rememoró el caos de las calles, los tiroteos. Los italianos a los que había ido a asesinar. La expresión de ambos al comprender que no eran policías quienes les apuntaban en la nuca.»

«—Francia está podrida —opinó—. Que no os despiste que ahora gobierne el Frente Popular. Sus generales son reaccionarios y antisemitas. Si los alemanes atacan, la mitad de los franceses se pasará al enemigo.»

«—Fijaos en Berlín, ahora. Hasta los revisores de tranvía llevan un alfiler con la esvástica en la corbata. Y para pedir un sándwich de pepino en la terraza del Eden, o un cocktail en Ciro Bar, casi te obligan a exhibir un certificado Deutschgeboren de pura raza aria.

—Hiciste bien en salir de ahí —dijo Falcó— Y traerte a María.

—No tenía opción, viejo amigo… Mírame despacio: negro, sexualmente indeciso e intérprete de música degenerada. […]

—¿Y qué tal París, en ese caso? —el trompetista parecía preocupado—. ¿Lo ves como un lugar seguro?

Falcó retiró la boquilla, secándola con el pañuelo que aún tenía rastros del rouge de Marlene Dietrich. Pensaba en las pensiones y cafés baratos de la ciudad, a los que afluían centenares de exiliados que, huyendo de las cárceles, los campos de concentración y el tiro en la nuca, se encontraban allí con la desconfianza de la policía francesa, amenazados con la expulsión y la deportación. Los infelices restos de todos los naufragios de Europa recalaban en París sin recursos, sin pasaporte y sin futuro.

—No sé qué decirte. Tal y como está todo, pronto no habrá lugares realmente seguros.»

Sobre el París de los años treinta

«Se encontró con Marlene Dietrich saliendo del tocador de señoras: cabello rubio ondulado, ojos claros muy maquillados y labios en rouge color cereza. Un pequeño bolso plateado en la mano. Casi tropezaron a la entrada del pasillo y él se detuvo con una disculpa. Fue algo inesperado, pues mientras conversaban con Gatewood no la había visto levantarse.

—Perdón —murmuró Falcó.

—No importa —dijo ella.

—Discúlpeme —dijo apartándose un poco.

La miraba con tal fijeza, tan absorto, que la Dietrich parpadeó con interés […].

—¿Qué le ocurre? —preguntó la actriz, divertida.

—Que ojalá pudiera besarla. […]

—¿Y qué se lo impide?... Hágalo.»

«Fueron a Montparnasse, al Dôme. La terraza bullía de gente como una sartén de patatas fritas, así que entraron a situarse en la barra, pidieron cocktails boston-flip y bebieron en grupo, fumando y charlando con animación mientras Petit-Pierre se quedaba en la puerta. En torno se oía hablar en varias lenguas, y Falcó pensó que, en aquellos tiempos agitados, esa babel internacional parecía organizada por una agencia de relaciones públicas norteamericana libre de complejos raciales o políticos. Como cantos rodados de un torrente, refugiados y fugitivos de toda Europa, lejos temporalmente de las alambradas, las fronteras inciertas y los fusiles, se mezclaban allí con los turistas. A Falcó le gustaba el ambiente abigarrado de los cafés de París, donde tan frecuente era pasar inadvertido como, un minuto después, saludar a todo el mundo.»

«No llovía, y el cielo se dejaba ver azul entre desgarrones de nubes sobre los tejados de pizarra y mansardas del bulevar. La temperatura era agradable y el tráfico poco ruidoso. Turistas, ociosos, trasnochadores y busconas aún no se habían echado a la calle para llenar las terrazas de los cafés.

Las mesas de Les Deux Magots estaban ocupadas por clientela propia de la hora cercana: señoras con sombrero y perrito acurrucado a los pies, tipos de aspecto respetable que leían Le Figaro. Todo discurría tranquilo, formal y burgués. París por la mañana, de toda la vida.»

Sobre el coraje

«Inclinó el herido la cabeza, como si reflexionase, y permaneció así un momento. El rostro moreno y obstinado mostraba una expresión de desafío cuando lo alzó de nuevo.

—Viva la República —masculló entre dientes.

Falcó se inclinó un poco más hacia él.

—Disculpa, no te he oído bien… ¿Qué has dicho?

—He dicho que viva la República, cabrón.

—De acuerdo, camarada. Te vas como un tío. Eres un rojo hijo de puta, pero tienes cojones. A cada cual lo suyo—cogió la pistola y se puso en pie—. ¿Algún encargo de última hora?

—Que te den.

Asintió Falcó, casi melancólico.

—Me darán —sus pupilas se contrajeron, carentes de humor—. A todos nos acaban dando.

Después le apoyó el supresor de sonido en la frente y apretó el gatillo.»

Sobre el compromiso y la impostura de los intelectuales

«Picasso lo había recibido sin entusiasmo, pero tampoco con hostilidad.

Parecía acostumbrado a que a todas horas se presentaran visitas, oportunas o inoportunas. No se le veía molesto, sino indiferente.

— ¿Le apetece tomar algo? —preguntó—. Ayer me trajeron vermut español.

—Sí, gracias. […]

—¿De verdad no piensa viajar allí, maestro?

—¿A España?... Ya se lo dije: no sé. Aunque mis amigos insisten mucho en eso. Al fin y al cabo me han nombrado director honorario del Prado. "Noblesse oblige", como dicen aquí… Pero tengo demasiado trabajo. Tal vez más tarde, dentro de unos meses.

—Madrid es muy peligroso, dicen. Hay bombardeos a todas horas.

—Sí. Esos puercos fascistas. Mujeres y niños —señaló una veintena de fotografías recortadas de revistas, clavadas con chinchetas en la pared—. Ya ve usted las fotos. Pero los madrileños resisten de un modo admirable.

—Admirable —repitió Falcó con aire convencido.

—Es una guerra de clases… Si la ganamos, se fortalecerá la causa del pueblo en el mundo entero.

Encajó Falcó aquel plural con una ácida mueca interior. Picasso no había pisado España en muchos años, ni mostraba intención de hacerlo. Era fácil, se dijo, hablar de ganar guerras del pueblo desde un estudio a orillas del Sena.»

«El sarcasmo cayó en el vacío. Entornaba Sánchez los ojos con desdén, atento a sus propios rencores.

—Por no hablar de ese Alberti —añadió, ácido—. Un mal poeta comunista que se pasea por Valencia pistolón al cinto, del brazo de su mujer, denunciando a gente honrada y pavoneándose en los cafés, sin haber visto el frente más que de visita, para arengar a los camaradas proletarios…»

«El norteamericano se golpeó una pierna con una de sus manazas, cual si todavía le doliera.

—Guadalajara ha sido la batalla más decisiva de la guerra de España —añadió, evocador—. Estuve allí. Aquellos italianos muertos, patéticos, desparramados por la nieve… Se estudiará en las academias militares, ya veréis. Para los italianos fue un desastre comparable con Caporetto —miró con violencia a Falcó—. Yo estuve en Caporetto.

—Tú has estado en todas partes —apuntó desdeñosa Eddie, apagando la colilla del habano en un cenicero.

—No entiendo cómo un español puede estar fuera de España, en vez de estar luchando.

Sonreía Falcó, conciliador.

—No todos somos héroes, ¿sabe?

—Ya lo veo.

—Déjalo en paz —dijo Eddie.

—Todos los españoles deberían de ser héroes. Hay momentos de la Historia en que ser héroe es obligatorio… Si yo fuera español, me avergonzaría estar en París, en la barra de un bar.»

Sobre Falcó y las mujeres

«Pensaba Falcó en Eva Neretva, alias Luisa Gómez, alias Eva Rengel, alias Dios o el diablo sabrían qué. En aquel tiempo, se dijo, a diferencia de otros aún más recientes, sobrevivían las hembras más duras, inteligentes, tenaces. Se veían filtradas por pruebas nuevas. La Historia, acelerada en la modernidad, imponía una selección natural donde la mujer, sin duda, emergía como nueva heroína del siglo. Ellas hacían cosas que nunca habían hecho antes, y las abordaban con más disciplina, con más fe, con más crueldad, incluso, que los propios hombres.»

«—No milito por venganza —murmuró ella después de un largo silencio.

Había girado la manivela de la puerta para bajar el cristal. Arrojó fuera el cigarrillo, y el aire exterior metió dentro centelleos de chispas.

—Ya estaba con quienes preparaban el Alzamiento —añadió— mucho antes de que asesinaran a mi padre y a mi hermano… Esto es una cruzada contra el marxismo ateo y el separatismo.

Asintió Falcó, ecuánime. Empezaban a verse las primeras casas de Hendaya. Los faros iluminaron un cartel con el rotulo de la población.

—El propósito de hacer daño ayuda bastante —dijo en tono neutro, como si eso lo resumiera todo.

—El propósito de hacer daño— repitió Malena dando una palmada en el volante—. Suena bien eso. ¿Hay remordimientos cuando matas, o matas demasiado?

Guardó él silencio unos segundos, como si lo pensara. En realidad, no necesitaba pensarlo.

—Se puede —dijo.

—¿Y deja recuerdos incómodos?

—A veces.

—Me pregunto qué tal te llevas con todos tus muertos.

Aplastó Falcó su cigarrillo en el cenicero, bajó la ventanilla y tiró la colilla apagada.»

«—No era Falcó de los hombres a los que les gusta mirar. No era ése su carácter, ni su visión del mundo y la vida. Dos mujeres semidesnudas acariciándose en la penumbra del departamento sólo tenían sentido para él si contribuía de manera activa a que las cosas discurrieran de modo adecuado.»

«De pronto sintió un hondo cansancio. En otras circunstancias. Con un arrebato de aplomo descarado, habría tomado a aquella mujer en los brazos, la habría llevado al dormitorio y le habría hecho el amor hasta dejar en blanco la cabeza de ella y la suya propia. Al diablo Leo Bayard y al diablo todo. Pero supo que eso no iba a ocurrir nunca. […]

—¿Y usted Eddie? ¿Qué merece usted?

Ella permanecía lejos, al otro extremo de la habitación: un contraluz de mujer sin rostro en la ventana. Y entonces dijo algo extraño.

—Yo tengo mis propios fantasmas, créame. Mis propios remordimientos.»

«Eva Neretva. Desde luego que no podía olvidarla. Resultaba absurdo. Habría hecho falta otra vida para olvidar, y ni siquiera de eso estaba seguro. Eva Neretva, alias Eva Rengel, alias Luisa Gómez. Miembro del Grupo A de Tareas Especiales del NKVD. Se preguntó si seguiría viva a estas alturas.»

«Estudiaba Falcó sin disimulo su vestido y cuanto contenía, pregonado en el escote rotundo donde relucía una fina cadenita de oro sobre la carne tersa y oscura de los senos. María Onitsha, pensó, era la mujer más hermosa entre cuantas había conocido. Una belleza agresiva, casi animal. Sentada en el taburete, cruzadas las piernas perfectas cubiertas de seda, el crespón de color crema moldeaba, esculpiéndolo con minuciosa precisión, un cuerpo espectacular. Millones de hombres, concluyó, y también no pocas mujeres, habrían vendido su alma por poseerlo durante un rato.»

22 abril 2018

1294 - EL TENIENTE ALBALADEJO


XL Semanal, 22 de abril de 2018

Hacía cuarenta años que no veía su rostro, aunque lo recordaba bien. Mi amigo el grafitero y fotógrafo Jeosm, que está positivando miles de negativos de mi vida anterior a ésta, acaba de entregarme los del Sáhara de 1975, cuyas fotos nunca vi del todo porque enviaba los rollos por avión desde El Aaiún, y luego sólo veía las que se publicaban. Y en una de esas imágenes está él, de uniforme y de perfil, el pelo corto cano y rizado, los ojos de acero y la boca apretada como una línea de granito silenciosa y dura.

Pepe Albaladejo, como el comandante Labajos, el capitán Gil Galindo, el cabo Belali y algunos otros, fue uno de mis amigos y también de mis héroes. De mis últimos héroes, matizo, pues con ellos quedaron atrás muchas inocencias. Yo tenía veintitrés años cuando me mandaron al Sáhara como enviado especial de 'Pueblo', a contar en crónicas diarias la crisis en la frontera, la Marcha Verde y demás. Todos eran de la Policía Territorial, que tenía mandos españoles y tropas nativas. Les caí bien y me acogieron en su cuartel y sus misiones. Viví con ellos nueve meses de patrullas, de camaradería, de bar de oficiales, de copas nocturnas en aquel Aaiún colonial donde era posible vivir todavía, antes de que desapareciese para siempre, un mundo canalla, áspero, peligroso, fascinante, que hoy sólo es posible conocer en las películas y las novelas.

Llegaron a ser mis amigos, como dije. Muy amigos. Leales y acogedores, me permitieron acompañarlos a lugares y situaciones extraordinarias, y junto a ellos viví cosas que conté lo mejor que supe, y otras que callé y no contaré nunca, o no contaré del todo; no por vergonzosas, pues fueron todo lo contrario, sino porque a algunos les habría costado un consejo de guerra. Hay acciones que en el cine quedan estupendas en plan heroico y tal, cómo nos gusta Clint Eastwood y todo eso, pero que en la vida real, juzgadas por quienes ven los toros desde la barrera, hacen levantar las cejas y se convierten en escandalosos titulares de periódico.

Pepe Albaladejo era teniente chusquero, como se decía de los que ascendían desde simples soldados. Africanista de toda la vida, ex legionario, debía de tener unos cuarenta y cinco años. Era uno de los más duros soldados que conocí en dos décadas largas de mochila y sobresaltos: sobrio, valiente, tranquilo, tenaz, profesional. Conociéndolo comprendías Tenochtitlán, Pavía, Rocroi, Baler o Belchite. Aparte de darle un aplomo extraordinario, la veteranía modelaba su cara curtida por el sol, tallada como a cincel de profundas arrugas. Era implacable en su trabajo, pero también poseía, y eso era lo que más me gustaba de él, una ternura ruda y espontánea. La forma de darte un cigarrillo, de ofrecerte una copa, de quedársete mirando, aprobador, cuando hacías algo de acuerdo con sus códigos. Me llamaba gollete, como sus compañeros: chaval, niño en hassanía.

Las putas de Pepe el Bolígrafo, el dueño del cabaret de El Aaiún —humo de grifa, alcohol, música, periodistas, legionarios, tropas nómadas—, adoraban al teniente Albaladejo porque las respetaba como nadie, no bebía estando de servicio y nunca permitía que lo invitaran. Además de vivir con él aventuras en el desierto, viví muchas noches cabareteras que parecían sacadas de Marruecos o 'Beau Geste'. Y ligado a él tengo un recuerdo preciso, inolvidable: el de una ocasión en la que una guapa chica del cabaret llamada Silvia bailó un apretado tango, o tal vez fueron dos, con un jovencísimo reportero que le caía simpático, y un técnico canario de Fosbucraa, que andaba encaprichado de la señora e iba pasado de copas, agarró un calentón, empalmó una churi de un palmo de hoja e intentó apuñalar al reportero, tirándole una serie de navajazos ante los que el joven se defendió como pudo. Hasta que el teniente Albaladejo se metió en medio, empezó a darle puñetazos al de la navaja y lo sacó así hasta la calle. Clávamela a mí, le decía. Si tienes huevos.

Murió hace tiempo, sin que yo volviese a verlo nunca después del Sáhara. Su hermano, que vino a saludarme en una firma de libros, me dijo que acabó hace algunos años en una residencia de ancianos, duro e impasible como había vivido, mirando con mucha calma acercarse la muerte cara a cara. Y yo contemplo ahora su foto en blanco y negro, su perfil de granito, las barras de condecoraciones cosidas en la camisa junto a los emblemas de la Legión, el Sáhara y la Policía Territorial, y me viene a la boca una sonrisa tierna y agradecida.

17 octubre 2017

Dosier de prensa para 'Eva'


Alfaguara - 17/10/2017

Arturo Pérez-Reverte nació en Cartagena, España, en 1951. Su universo es uno de los más fascinantes de la literatura escrita en español. Los mundos y los héroes que dan vida a su obra han transformado sus apellidos en un género literario: lo perez-revertiano, ese territorio construido a partir de los grandes relatos de las pasiones y miserias humanas. Él las conoce, de primera mano. En la obra de Arturo Pérez-Reverte los personajes lo son todo, por ello merece una mención especial 'Las aventuras del capitán Alatriste', serie dedicada al soldado español de los tercios de Flandes Diego Alatriste, un personaje con la fuerza Sherlock Holmes, Marlow o Hércules Poirot, que los lectores hicieron y continúan haciendo suyo incluso después de veinte años. La saga está compuesta hasta ahora por siete volúmenes, reunidos en 2016 por Alfaguara en el compendio 'Todo Alatriste'. 

A partir de este último año, Pérez-Reverte dio inicio a un nuevo ciclo protagonizado por Lorenzo Falcó, un ex traficante de armas y mercenario que trabaja como espía durante los años de entreguerras, en la primera mitad del siglo XX. La novela inaugural de la saga, 'Falcó' (2016), que fascinó a los lectores y a la crítica (más de 300.000 ejemplares vendidos en todo el ámbito hispanohablante), adquiere el carácter de novela inaugural de un ciclo narrativo con la aparición ahora de 'Eva', una novela que demuestra que Arturo Pérez-Reverte está en su mejor momento literario.

Desde el año 1991, Pérez-Reverte escribe su columna semanal 'Patente de Corso', que se difunde en más de veintitrés diarios en toda España. Sus libros han conquistado a veinte millones de lectores en todo el mundo, han sido traducidos a más de cuarenta idiomas y suscitado el interés del cine y la televisión en varias ocasiones, la más importante de ellas 'Alatriste', película dirigida por Agustín Díaz Yanes y protagonizada por Viggo Mortensen. En noviembre de 2017 se estrenó 'Oro', un filme también dirigido por Agustín Díaz Yanes y basado en un texto inédito de Pérez-Reverte. En 2003 Arturo Pérez-Reverte ingresó en la Real Academia Española, y desde abril de 2016 es editor y cofundador de la web de libros y autores Zenda. Comparte su vida entre dos pasiones: la literatura y el mar. Cuando no escribe, navega.

«Para Falcó, palabras como patria, amor o futuro no tenían ningún sentido. Era un hombre del momento, entrenado para serlo. Un lobo en la sombra. Ávido y peligroso.»

Esta no es una historia cualquiera, porque él no es un personaje cualquiera. Lorenzo Falcó es un hombre peligroso. Alguien que sólo es leal a su propia causa y a quien la cercanía de la acción inyecta en sus venas una «intensa y satisfecha lucidez». Arturo Pérez-Reverte lo presentó ante los lectores en una primera entrega, 'Falcó', y ahora ahonda en su territorio en 'Eva', una historia fascinante en la que Pérez-Reverte vuelve a ese mundo de entreguerras en el que los mercenarios y espías se mueven a sus anchas para sacar tajada de la carnicería ajena. Corren los años treinta y cuarenta de un siglo en el que bullen los fascismos, el comunismo y las revueltas. 

Por los dos lados de una línea que separa los hoteles de lujo de los calabozos donde otros mueren como perros se mueve el jerezano Lorenzo Falcó, protagonista de esta historia de aventuras y espionaje. Es alguien a quien no le tiembla el pulso para matar ni tampoco para deslizar la cremallera del vestido de una mujer hermosa. Así es Falcó: un cazador sin escrúpulos. Joven, elegante, apuesto, mujeriego, canalla y aventurero, este ex traficante de armas trabaja para el Grupo Lucero, una sección del Servicio Nacional de Información y Operaciones (SNIO), el departamento de la inteligencia del Movimiento Nacional encargado del trabajo sucio. En pleno estallido de la Guerra Civil, Falcó avanza con una sola lealtad: la que se debe a sí mismo y a su jefe, el Almirante. Ambos se conocieron cuando el Almirante era todavía jefe del servicio de inteligencia español en el Mediterráneo Oriental. Entonces Falcó traficaba con armas por su cuenta. Tuvo dos opciones el Almirante: aniquilarlo o reclutarlo. Optó por lo segundo. Desde entonces, Lorenzo Falcó es el hombre a su servicio, su ficha en este tablero. Y, por qué no, el hijo díscolo que él se empeña en proteger.

Tras la primera misión, que consistía en liberar a José Antonio Primo de Rivera de la cárcel de Alicante, Falcó debe enfrentar ahora una nueva encomienda: traer de vuelta a la España nacional treinta toneladas del oro del Banco de España que un barco de la marina al servicio de la República retiene en el puerto de Tánger. La tarea no es sencilla, pero se complicará todavía más. Reaparecen personajes y fantasmas: un enemigo en la sombra, Lisandro Queralt, y una mujer con la que Falcó no termina de estar en paz, Eva Neretva, alias Eva Rengel o, en esta ocasión, Luisa Gómez. A fin de cuentas la misma persona que había conocido: una mujer capaz tanto de matarlo como de salvarle la vida. Una espía soviética, fría y pasional, que ha abierto grietas en la coraza de hormigón de Lorenzo Falcó. Ella será el obstáculo más peligroso.

Una vez más, la Guerra Civil Española hace las veces de telón de fondo para una historia que sobrepasa la contienda regional y asoma al lector a un mundo en el que mandan los que mejor se colocan. En una guerra en la que todos libran su propia batalla, Lorenzo Falcó avanza encantador y letal, eficaz y amoral. Tras unos años trabajando para quien mejor pagara su servicios, Falcó pasó por Estambul, Lisboa, París, Berlín o el Líbano. Todo lo ha visto, todo lo ha hecho: desde seducir a hermosas y elegantes señoras en restaurantes de cubertería de plata, hasta cerrar, en esos mismos lugares, o acaso otros peores, unos cuantos negocios —casi siempre turbios— en los que él se las arregla, siempre, para salir victorioso. Falcó no trabaja para el bando franquista porque tenga una posición ideológica, aunque todos se la reclamen. Esta no es su guerra, ni ésta una novela sobre la Guerra Civil. Los dieciséis capítulos de 'Eva' lo dejan muy claro, otra vez.

Dotada de todavía más acción y velocidad que 'Falcó', de una dosis aún más ácida de humor e intriga, 'Eva' perfecciona y encarna el mundo que Arturo Pérez-Reverte ya presentó en la primera entrega de una serie que promete llegar lejos. En estas páginas aparecen, además, nuevos pliegues en la biografía de Lorenzo Falcó. Tendrá que combatir con más ferocidad para seguir vivo, acaso porque su verdadero oponente es, en esta ocasión, una mujer por la que se ha metido en problemas. El mayor de ellos: que le importa.

En estas páginas reaparecen personajes como Paquito Araña, un asesino a sueldo capaz de pintarse las uñas antes de torturar a un prisionero, y aparecen otros nuevos, como Moira Nikolaos, una griega, de Esmirna, a la que Falcó conoció cuando la vio subir a una barcaza de refugiados durante el asedio turco a esa ciudad y que vendrá a recordarle quién es él y qué ha sido a lo largo de estos años. ¿Ya era fascinante el mundo que conocíamos de Falcó? Sí, lo era. Pues en Eva irá a más. Porque Lorenzo Falcó resume los claroscuros del ser humano que Arturo Pérez-Reverte conoció en sus años como corresponsal de guerra. Todos aquellos rasgos, que maceró en el oficio de quien acumula una obra sin fisuras, los vuelca ahora en esta serie: una de las mejores versiones literarias de sí mismo.

Marzo de 1937. Han transcurrido apenas cuatro meses desde que Lorenzo Falcó usara su pistola Browning para salvar la vida a Eva Rengel —o Neretva—, aquella espía soviética que le jugó una carta inesperada al jerezano en su misión para liberar a José Antonio Primo de Rivera. A pesar de eso, él le salvó el pellejo entonces. Dejarla en libertad le causó muchos problemas. Al separarse en la frontera con Portugal, en la primera entrega de la serie, ella aseguró que las cosas estaban en paz entre los dos. Pero no lo estaban. En absoluto. Y esta novela lo demostrará.

Mientras la Guerra Civil sigue su trágico curso, una nueva misión encomendada al Grupo Lucero llevará a Lorenzo Falcó hasta Tánger. En esa ciudad mestiza, en la que todos están de paso, mandan varias facciones y países. Es un territorio con demasiados actores en juego: Estados Unidos, Bélgica, Inglaterra, Italia, Francia, España y Portugal tienen ahí sus intereses. El territorio es pasto de espías y trapicheos. Falcó lo sabe de sobra. Estuvo ahí, varias veces, la última en 1934, prestando sus servicios a la joven República. Ahora volverá contratado por el bando contrario.

En los últimos meses, la República ha enviado diez mil cajas con el oro del Banco de España rumbo al Mar Negro. Un buen pellizco del cargamento, sin embargo, no llegó a Rusia. Se desvió en otras direcciones, tanto a cuentas bancarias oficiales de la República como a cuentas particulares. Quedan aún treinta toneladas. Cien millones de pesetas en monedas de oro. Cuatro millones en libras esterlinas que un barco, el Mount Castle, que permanece fondeado en el puerto de Tánger, guarda en su interior. En la bocana está el destructor Martín Álvarez esperándolo. Hay que darse prisa y devolver a la España nacional ese oro, como sea. Por las buenas, sobornando a su capitán; o por las malas, hundiendo al Mount Castle.

Será Lorenzo Falcó (a quien expulsaron de la Academia Naval con deshonor por acostarse con la mujer de un profesor, para mayor ironía) quien tenga que resolver tan delicada operación. El policía franquista Lisardo Queralt, quien compite por conquistar el poder en el aparato de inteligencia del bando nacional, tiene las narices metidas en esta misión. Quiere tres cosas: el mando total del servicio de espías, la cabeza del Almirante y, por supuesto, la de Falcó, con quien tiene cuentas pendientes. Para salvar la vida a la espía rusa Eva Neretva, que el propio Queralt se disponía a machacar, Lorenzo Falcó mató a tres de sus hombres; lo dejó a él en ridículo, en su propio terreno. Si esta operación sale mal, más de uno se verá en problemas.

Un asunto adicional complica las cosas. A bordo del Mount Castle, el barco que custodia el oro que debe viajar a Odessa, una mujer ha sido enviada por Pavel Kovalenko, jefe del NKVD en España, para que supervise y asegure la llegada del cargamento a Rusia. Esa mujer no es otra que Eva Neretva.

Hay suficientes ingredientes en esta novela para que el lector no pueda apartarse de lo que ocurre a lo largo de sus casi cuatrocientas páginas. Eva comienza en Lisboa, pero avanza hacia muchos otros escenarios: Sevilla, Salamanca y Tánger. El lector caminará junto con Falcó por el Zoco Chico; mirará las covachas morunas e israelitas de cueros, babuchas y mercerías de la calle de los cristianos; entrará en bares donde suena el "Mon légionnaire" de Edith Piaf o "Mélancolie, un jour s’achève, mélancolie on n’y peut rien", de Jean Sablon; se topará con moras de piel aceitada y mujeres europeas; con marinos franceses e ingleses, pero también con legionarios españoles. El lugar transmite el rumor cosmopolita de voces y conversaciones en media docena de lenguas.

En ese puerto donde distintas potencias cobran su ración de autoridad y corrupción, todo adquiere el tono turbio de las fronteras. Ahí, Lorenzo Falcó se desenvuelve sin problemas. Ya conoce esos lugares: ha estado en los zocos de África, en tabernas centroeuropeas, en burdeles de Alejandría y cantinas sudamericanas. Se conduce por Marruecos con la misma soltura con que lo haría en el Ritz de París o el Plaza de Nueva York. Eso sí: sin quitar un ojo de la puerta del cabaret donde bebe una copa, palpando la hoja de afeitar escondida en la badana del sombrero y con la pistola —la Browning FN, claro— siempre a mano.

En ese escenario cobran protagonismo dos hombres y sus embarcaciones. Los barcos en esta historia son personajes tan potentes como quienes los comandan. Se trata de dos marinos secos y correctos: Fernando Quirós, el capitán de la marina mercante al mando del Mount Castle, embarcación al servicio de la República, y el marino de guerra y capitán de fragata Antonio Navia, comandante del Martín Álvarez, el barco destructor de los nacionales que espera hasta que se cumpla el plazo para, si es preciso, hundir el Mount Castle. Falcó tendrá que reunir a ambos y convencer a Quirós para que se pase de bando y entregue el cargamento. Eso, si Eva Neretva y su gente no lo impiden antes.

Todo tendrá que hacerlo en tierra, ese lugar donde pululan enlaces que podrían no ser de fiar, tripulaciones enemigas, así como republicanos y nacionales, capaces en ocasiones de apartar las diferencias una noche para dar una paliza a una pandilla de ingleses que les llaman sucios españoles. Pero hay más, mucho más en esa ciudad: rufianes y matones, prostitutas que chasquean la lengua a las puertas de las tabernas, moros que venden la cabeza de alguien por dos duros y el cuerpo entero a quien se lo paga al doble; pero también gente sencilla y escarmentada y, por supuesto, la larga sombra de Eva, el verdadero oponente de Falcó en esta historia. La ocasión resulta propicia a Pérez-Reverte para volcar en tierra los códigos de los hombres de mar, al mismo tiempo que confeccionar la fauna de quienes son capaces de cualquier cosa. Ya sea morir o matar.

Los personajes

Lorenzo Falcó

Ex traficante y mercenario reconvertido en espía al servicio del Grupo Lucero, una sección del Servicio Nacional de Información y Operaciones (SNIO) que forma parte del aparato de inteligencia del Movimiento Nacional. Hombre de acción, de treinta y siete años y proceder amoral. Es elegante y cuidadoso en cada detalle de todo cuanto lleva encima: desde la pitillera de plata, el tubo de las cafiaspirinas para las jaquecas o los gemelos que elige, hasta la pistola Browning. Lorenzo Falcó es un canalla en toda regla. Lo mueven la aventura, las mujeres, el peligro y la adrenalina. Sin embargo, su capacidad para actuar con determinación y frialdad lo hacen letal. «Una navaja suiza en una barra de hielo […]. No conozco a nadie en el mundo en que vivimos capaz de manejar lo cruel y lo oscuro con la naturalidad con la que lo haces tú. Eres un actor perfecto, un truhan redomado y un criminal peligroso», así lo definió su jefe, el Almirante.

Miembro de una familia acomodada de Jerez, vinculada a las bodegas y la exportación de vino, Falcó abandonó el hogar para dedicarse al tráfico de armas. En esta novela, el lector tendrá más pistas sobre el entorno al que él ha renunciado. No quiere ver a su madre ni a su hermano Alfonso, quien desde la muerte del padre dirige el negocio familiar: producción de vino fino Tío Manolo y coñac Emperador. «Después del Alzamiento había recuperado la propiedad de todo, tras la fuga o fusilamiento de los sindicalistas que convirtieron el negocio en una caótica cooperativa de trabajadores. Lorenzo Falcó y su familia llevaban más de diez años sin verse las caras. Sin escribirse, siquiera. El episodio del hijo o hermano pródigo contenía inexactitudes: cierta clase de ovejas negras nunca volvía a casa. Tampoco Caín se enfrentaba siempre a Abel. Para ti los corderos y las hortalizas, querido. Que te aprovechen. A veces, Caín se limitaba a hacer las maletas», escribe Arturo Pérez-Reverte para abocetar su historia familiar.

En esta novela, el lector conocerá rincones y claves de la biografía de Lorenzo Falcó. Datos que apuntan, en ocasiones, a la soledad y al cinismo. Alguien que, aun siendo capaz de degollar con precisión y sin miramientos, posee grietas remotas. Dos mujeres, cada una por una razón diferente, enseñarán esas fracturas que humanizan a Falcó: Eva Neretva y Moira Nikolaos. Ambas lo exponen, cristalizan el espíritu de un hombre que siempre buscó estar en otro lugar. Las dos le mostrarán que hay sitios de los que no se vuelve. Y él lo sabe.

Eva Neretva

Los lectores la conocieron como Eva Rengel, una rubia espía que se hizo pasar por integrante de la Sección Femenina de la Falange durante la primera entrega de la serie. En esta ocasión, la espía soviética Eva Neretva (cuyo alias es Luisa Gómez) será la enviada del NKVD en España para asegurar que el oro de España llegue a Rusia. La ha elegido Pavel Kovalenko, asesor soviético y jefe en España de la Administración de Tareas Especiales de NKVD, un individuo con fama de implacable criminal. Esa es la misión de Eva: impedir cualquier negociación del enemigo con el capitán del Mount Castle y, por supuesto, su hundimiento a manos de los nacionales. Neretva tiene el arrojo y la sangre fría suficiente para hacerlo. La acompaña un comisario político español, Juan Trejo, y otro extranjero, Garrison, pero ella, sin duda, es quien manda en la misión de defender esa embarcación.

Hija de un ingeniero inglés casado con una española, Eva derrocha seguridad y coraje. Es hermosa, inteligente y no tiene piedad. Está ideológicamente comprometida y no está dispuesta a fallar ante los suyos. Se muestra ante el lector como un enigma que no termina de resolverse: una mujer capaz de pegar y torturar, y al mismo tiempo de atravesar el alma de alguien que parece no tenerla: Lorenzo Falcó. Ella es la única persona —la única mujer— que lo ha engañado. La relación entre ambos está a mitad de camino entre la historia de amor y el combate por la supervivencia. Eva siempre resulta mucho más peligrosa de lo que el lector y el propio Falcó puedan llegar a imaginar. «Incluso dormida, desnuda, indefensa, vulnerable en ese momento, Eva Neretva seguía siendo un enigma», asegura Falcó.

Caridad Montero

Ella, como su hermano Ginés, lucha con valor y candidez. Con «aires de chica bien, alterado por vientos de pueblo», Caridad —Cari, como se la llama en la novela— es una mujer voluntariosa, aunque desprovista del arrojo y la dureza de su compañera de lucha, Eva Rengel. Como el resto del comando falangista, desconfía de Lorenzo Falcó. No lo considera un camarada, no lo considera uno de los suyos: no está afiliado, no juega todas sus cartas. Sin embargo, la esperanza y la fe en el resultado de la misión que está por emprender pesan más que cualquier sospecha.

El Almirante

Los lectores se reencontrarán con el responsable del núcleo estratégico dentro del espionaje franquista: el Almirante. Su rango militar se escribe siempre con mayúsculas, como si sustituyera al nombre propio. Pequeño, listo, malhumorado y de muy pocas palabras, el Almirante mantiene con Lorenzo Falcó una relación que se mueve entre el respeto por el rango jerárquico —por parte de Falcó—, y lo paternal —por parte suya—. Ambos se conocieron cuando el Almirante era todavía jefe del servicio de inteligencia español en el Mediterráneo Oriental. En aquel momento, al percibir la determinación de aquel joven jerezano, lo reclutó. En esta segunda novela de la serie, es posible conocer más datos de su biografía: ha perdido a un hijo, una ausencia que lleva al lector a entender por qué su tendencia a mirar a Falcó con una ternura inusual en alguien distante como él.

Coronel Lisardo Queralt

Jefe de policía y seguridad de la Falange: la secreta. Lo conocen como el carnicero de Oviedo debido a su falta de escrúpulos y, lo que es todavía peor, de código ético. Queralt es capaz de cualquier cosa. Se la tiene jurada al Almirante, porque ansía hacerse con el poder una vez que se reunifiquen todos los servicios de inteligencia del Movimiento Nacional. A eso se suma un elemento adicional: Lorenzo Falcó le ha dado un duro golpe de autoridad. Por eso no dudará un minuto en hundirlos a ambos. A su jefe y a él.

Paquito Araña

"¿Puedo recibir refuerzos, en caso necesario?", pregunta Falcó. "Puedes. ¿En quién estás pensado?", responde su jefe. "En Paquito Araña, siempre que no esté ocupado asesinando a alguien". Así presenta Arturo Pérez-Reverte al que puede que sea uno de los personajes secundarios fundamentales del libro, por sus episodios de humor y oscura violencia. Homosexual, torturador, asesino a sangre fría y, al mismo tiempo, pintoresco sujeto capaz de pintarse las uñas antes de molerle la mandíbula a golpes a alguien para sacarle una confesión.

Capitán Fernando Quirós

Capitán de la marina mercante y responsable del Mount Castle, embarcación plegada a la República en la que viajan treinta toneladas del oro de España que deben llegar a Rusia. Quirós es asturiano, un hombre de probado valor y destrezas como marino, tanto como para despistar a varios destructores nacionales antes de llegar a Tánger. Le espera una muerte segura, pues el Martín Álvarez tiene instrucciones de hundirlo. Falcó intentará negociar con él para conseguir que se pliegue. Los principios de Quirós, eso sí, son firmes como su vocación de mar. Parco y desconfiado, «el capitán Quirós parecía tan poco simpático como su barco: ancho, duro, chato, pequeño y compacto a la manera de un ladrillo», describe Arturo Pérez-Reverte. La identidad de Quirós se funde con la de la nave que comanda. Eso lo explica todo. «Había algo especial en el modo en el que había dicho mi barco, y Falcó compendió que se refería a un territorio ajeno a la jurisdicción terrestre. Era obvio que no se trataba de orgullo o vanidad, sino de simple enunciación de un hecho objetivo: el Mount Castle era su barco; el de Fernando Quirós, capitán de marina mercante, único amo a bordo después de Dios. Y, ahora, laica como era, la República simplificaba ese escalafón».

Capitán Antonio Navia

Comandante del destructor nacional Martín Álvarez, embarcación que tiene la orden de hundir al Mount Castle si, llegado el plazo, su capitán no entrega el oro. Navia es un marino seco y correcto. Formal y de maneras rígidas. «Soy marino, soy católico y amo España. Me sublevé contra el caos de la República por mis ideas, y hago la guerra para cumplir con mi deber, no para contentar a mis jefes», se describe a sí mismo ante Falcó y el lector. Ambos: Navia y Quirós comparten códigos. Se respetan aunque las circunstancias los coloquen en extremos opuestos de una misma línea: cazador y presa. Los dos, como los barcos que comandan, son honestos y cumplen su deber.

Moira Nikolaos

A los cincuenta y cuatro años, es todavía una mujer atractiva. Eso sí, escarmentada por los años y la vida. Alguna vez, esta griega fue completamente hermosa y enamoró a Falcó con su carácter y temple. La conoció en Esmirna, cuando la vio subir a una barcaza de refugiados durante el asedio turco a esa ciudad, en el año 1922. En aquel tiempo, Moira perdió mucho más que el brazo, del que ahora exhibe un muñón. Su hijo y su marido murieron en el asedio a la ciudad. Toda ella es cicatriz, propia y ajena. Amante primero; fiel amiga luego, el de Moira por Falcó es un afecto de muchos años. Será ella quien lo ayude en Tánger, pero, todavía más: permitirá revelar las fisuras del jerezano. «¿No te cansas de vivir así?», preguntará Moira a un Falcó que, por primera vez desde que los lectores lo conocen, mirará al pasado.

Ramón Villarrubia

Radiotransmisor, policía e integrante del Servicio de Información para el Norte de África (SINA), uno de los organismos nacionales de espionaje controlados desde Salamanca por el jefe de policía y seguridad Lisandro Queralt. Villarrubia honra a su placa y sus deberes. Será él quien acompañe a Falcó para facilitar las transmisiones de radio en Tánger. Y así como el Ginés Montero o el Fabián Estévez de la primera entrega, este personaje introduce una isla de rectitud en una guerra donde sobrevivir se antepone a cualquier cosa.

Chesca Prieto

En 'Eva' reaparece la magnética Chesca Prieto. Esa mujer rotunda y de ojos claros que desde la primera novela cautiva a Lorenzo Falcó. La inteligente y recelosa esposa de un capitán de infantería del banco Nacional vuelve a cruzarse con el espía, quien en esta ocasión llegará algo más lejos en su acercamiento. Lo suficiente como para provocar un enfrentamiento (de forma algo inusual) con Pepín Gorguel, capitán de los regulares, conde de la Migalota, el marido de la inaccesible presa que Falcó persigue desde la primera entrega.

La crítica ha dicho...

«Bien documentado y perfectamente trazado, Falcó refleja las muchas habilidades narrativas del autor [...]. El lector queda atrapado hasta el final, a la espera de nuevas sorpresas.» Martin Beagles, 'The Times Literary Supplement'

«El modo como Pérez-Reverte demuestra ser artista en su mejor momento está en haber salvado una dificultad inherente a su personaje en relación con la sensibilidad de los lectores. ¿Cómo pueden estos ponerse del lado de un espía a las órdenes de Franco que además parece un cínico guiado por su propio interés y que actúa a menudo con cruel desaprensión? Pues ocurre.» 'ABC Cultural'

«Falcó tiene el gusto del reencuentro con grandes arquetipos de la ficción literaria y cinematográfica […]. Es literatura pop: asimila lo esperado y lo inesperado, marcas de colonias y de pistolas, sexo y tortura, personalidades históricas y criaturas de fábula, todas a merced de un caudillo omnipotente en su cuartel general del palacio episcopal de Salamanca.» Justo Navarro, 'El País'

«Un aventurero en busca de adrenalina y que se basta de sí mismo para torcer el destino a su favor.» 'Clarín'

«Pero nada tiene tanto que ver con su literatura como esa autobiografía de combatiente periodista: a él no hace falta contarle la guerra, ni que se la cuenten los escritos de otros. Esa sabiduría hallada en el mundo real es la que le ha servido, también en esta ocasión, para retratar en Falcó esa pieza que le faltaba a su obra.» 'La Nación'

«El espía con glamour de Pérez-Reverte.» 'Reforma'

«Espía, asesino, sinvergüenza y carismático, Lorenzo Falcó, protagonista de la última creación literaria de Arturo Pérez-Reverte, lleva al autor a revivir los claroscuros del ser humano y la violencia, que tan bien conoce tras veinte años como corresponsal de guerra.» 'La Vanguardia'

«Falcó, la nueva novela de Arturo Pérez-Reverte (Alfaguara), llega con todos los presagios de una serie. El personaje, el desenlace, los secundarios [...]. Todo apunta a que los incondicionales del escritor están conociendo un paisaje nuevo al que volverán más de una vez.» 'El Mundo'

«Sus lectores pueden estar seguros: Lorenzo Falcó ha llegado para quedarse. Falcó podría perfectamente disputar a Alatriste el trono de los héroes revertianos.» Vozpópuli

«Falcó, un best seller de Pérez-Reverte impecable.» El Confidencial

Extractos de la novela

Sobre Lorenzo Falcó

«Lorenzo Falcó era un individuo para el que los años vividos, las incertidumbres, los peligros y el adiestramiento fraguaban en un compacto bloque de reflejos útiles y rutinas defensivas. Su visión del mundo era simple en la forma y compleja en las causas: un mecanismo de relojería hecho de reacciones automáticas, egoísmo vital, realismo descarnado, sentido del humor oscuro y fatalista, y la certeza intelectual de que el mundo consistía en un lugar hostil, regido por reglas implacables y poblado por bípedos peligrosos, donde era posible, con voluntad y ciertas aptitudes, ser tan peligroso como cualquiera.»

«—¿Siempre es así de insolente?

—Tiene virtudes que lo compensan.

—Tranquilíceme. Dígame alguna.

El Almirante lo pensó un segundo.

—El encanto es su segunda naturaleza.

—¿Y la primera?

—Es leal.

—¿A quién?

—A él mismo. Y a mí.

—¿Por ese orden?

—Por ése... Pero hay espacio suficiente para ambas lealtades.»

« Jean Sablon cantaba ahora "Vous qui passez sans me voir", y el kif empezaba a hacer efecto. Falcó se refrescó la boca con un sorbo de absenta y se reclinó un poco más. Antes de hacerlo había retirado la pistola de su cintura, poniéndola bajo el diván. Nunca un arma cerca, con alcohol o drogas de por medio. Eran sus reglas. La mano de Moira se le posó en un brazo.

—Me dejaste hermosos recuerdos, muchacho —murmuró con voz adormecida.

—Tú a mí también.

Se quedaron un rato en silencio, escuchando la canción. Pasándose el kif.

—¿No te cansas de vivir así? —preguntó ella.

—¿Cómo es así?

—Ya sabes. Esa vida incierta. Peligrosa.

Movió la cabeza Falcó.

—¿Existe otra clase de vida?... Hay quien suele creerlo, pero no es cierto. Tú sabes que sólo hay una.

[…]

Había cogido la pistola de debajo del diván antes de ponerse en pie tambaleante, sacudiendo la cabeza para intentar despejarse. Procurando controlar los movimientos, devolvió el arma a su funda. Moira lo miraba desde muy lejos.

—Y veo que allí sigues, muchacho. Con tus piratas... Hay lugares de los que nunca se vuelve.»

Sobre Lorenzo Falcó y Eva Neretva

«Estamos en paz, recordó de nuevo. Eso había dicho Eva Neretva cuatro meses atrás, cuando él fumó el último cigarrillo junto a ella, al lado del coche detenido junto a la carretera, ya en territorio portugués, después de que Falcó hubiera conducido toda la noche mientras Eva dormitaba en el asiento de atrás, reposando su cuerpo torturado bajo el abrigo de uno de los policías a los que él mató para liberarla. Sí. Estamos en paz. Pero eso no era cierto. Sentado ante la ventana por la que se veían el puerto y los barcos a lo lejos, obligándose a beber muy despacio, Falcó decidió que ella y él no estaban en paz en absoluto, ahora en nuevos paisajes y con diferentes personajes. No hay paz, resumió tras otro sorbo de vermut, entre tú y yo. No aquí, ni ahora.»

«Nunca lo habían engañado antes, recordó absorto. Nunca una mujer, y nunca de esa manera. Eva Neretva, alias Eva Rengel, alias sabía Dios qué. Se había revelado maestra indiscutible en el juego turbio, arriesgado, que jugaban ambos. Con su frialdad tan soviética. Casi inhumana.»

 «La recordaba de un modo nada común en él. Con melancolía. Y eso no contribuía a serenarle los sentimientos: caminando de su brazo por Cartagena con Caridad Montero —aquella pobre chica luego fusilada, como otros a los que Eva y el propio Falcó traicionaron—, y también la recordaba a ella torturada y violada a su vez, obscenamente desnuda, atada al somier de la casa de Salamanca donde él, vulnerando todas las precauciones, toda la sensatez y todas las reglas, había matado a tres hombres de Queralt para liberarla.»

«Eva no había tocado nada, aunque había dejado una hoja de papel escrita con la estilográfica de Falcó: un escueto mensaje de despedida, o tal vez un anuncio de cómo iba a ser el próximo encuentro entre ambos. Era una sola línea, en alemán, y leerla arrancó a Falcó una sonrisa triste. "Die letzte Karte spielt der Tod". La última carta la juega la Muerte.»

«Los dos cayeron al suelo. Había sido un impacto violento contra una constitución musculosa y tensa. Más bien sólida. Ella vestía pantalones de hombre y una canadiense. Espaldas de nadadora, recordó. Aquello nada tenía que ver con la carne desnuda y suave que Falcó recordaba de dos noches atrás, en la habitación 108 del hotel Continental. Ahora se trataba de un cuerpo duro, adiestrado. Dispuesto a pelear. A matarlo, comprendió en seguida. (…) Las manos de la mujer, crispadas y duras como garras, se cerraban en torno a su garganta, apretando inexorables. Hombre y mujer tenían los rostros muy juntos, y el aliento agitado de ella, sus gruñidos de furia, el soplo de su respiración entrecortada por el esfuerzo de matar, estaban apenas a unos milímetros de la boca de Falcó. En ese momento, él tuvo una erección.»

Sobre Tánger, el escenario de esta historia

«Entró con los sentidos alerta mientras palpaba instintivamente la pistola bajo la chaqueta, en la funda de cuero sujeta al cinturón. Desde su llegada a Tánger, Falcó tenía siempre la Browning con una bala en la recámara y el seguro puesto. Y ahora, el peso familiar del arma —quinientos setenta sólidos gramos con el cargador lleno—, la certeza de tenerla a mano, resultaba tranquilizador, pues llevaba demasiado tiempo moviéndose por Tánger. Dejándose ver. Había hablado con mucha gente, y aquella ciudad era lugar idóneo para la delación, el espionaje, la maniobra sucia. Allí no había casi nadie que no trabajase para alguien, y a menudo para varios a la vez.»

Sobre los bandos de una guerra, una pelea en el Cabaret de Hamruch

«Victoria española, en fin, por puntos, pensó Falcó. De sutura. Los ingleses se habían marchado ya. Los marinos nacionales y republicanos se iban congregando en la calle, mezclados todavía entre sí, ante la mirada severa de los gendarmes y la curiosidad de los noctámbulos que andaban cerca. Falcó había salido tras ellos y los observaba desde un cafetín moruno. Formaban un conjunto curioso. Se agrupaban con la cabeza baja, mostrando en la cara y los puños las huellas de la reciente pelea, e incluso alguno iba sostenido por sus compañeros. En ese momento estaban mezclados, uniformados del Martín Álvarez y marineros en ropa civil del Mount Castle. Algunos comentaban entre ellos las incidencias de la pelea. […] Ya no había en sus rostros hostilidad, observó Falcó, sino curiosidad. Una especie de mudo y tranquilo reconocimiento. Se miraban estudiándose como si se vieran por primera vez y pretendieran recordarse en el futuro.»

Sobre los barcos y los capitanes de esta historia

«El Martín Álvarez y el Mount Castle, cazador y presa, eran barcos honrados, cumplían su deber. Nada tenían que ver con esos caprichos estilizados, blancos y pulidos, que sólo se aventuraban en mar abierto bajo el cielo azul y con razonable seguridad.»

«—Ha hecho un trabajo difícil en los últimos siete meses —dijo de pronto el comandante Navia.

Quirós lo pensó un instante.

—Tuvo sus momentos.

—Tengo entendido que lo hizo siempre de forma muy competente...

No era fácil moverse por donde usted navegaba.

Asintió Quirós, objetivo.

—No lo era.

—El Mediterráneo es un mar pequeño —señaló Navia.

—Excesivamente.

—¿Demasiadas patrullas nacionales?

—No sólo eso —arrugaba la frente el capitán del Mount Castle, como si tuviera que hacer memoria—. También italianos: submarinos y unidades de superficie.

—Comprendo. Supongo que no se lo hemos puesto fácil.

—En absoluto.

(…)

—¿Qué opinan sus hombres? —insistió Navia—. Ustedes tienen comités de marineros y todo eso. Debaten las cosas.

—Entre mi gente no hay debates. Tienen un capitán.

—Un barco no es una democracia —sonrió el otro.

—Por supuesto que no.

—Me gusta oír eso.

—Me agrada que le guste.

Navia volvió a mirar hacia el ventanal.

—No puede usted escapar de Tánger —dijo—. Haga lo que haga, estaré esperándolo o le iré detrás. Esta vez no tiene ninguna posibilidad. En cuanto salga de la zona de las tres millas de aguas neutrales le voy a dar el alto. (…)

—Sabemos de la lealtad a su armador, que puso sus barcos al servicio de la República —dijo, regresando a la mesa con el quinqué—.

En cuanto a las ideas políticas...

—Mis ideas políticas son cosa mía. Estoy aquí como marino. Y como tal, mis ideas consisten en cumplir con mi deber. (…)

—También se debe a sus hombres, y eso es incompatible con llevarlos a una muerte segura. O, si debe arriar bandera allá fuera, al cautiverio —hizo la pausa adecuada antes de añadir lo importante—. Quizás al paredón, una vez en tierra... No es la primera vez que se fusila a marinos republicanos capturados.

Había procurado que no sonara como una amenaza, aunque lo era.

—Casi siempre lo hacen —murmuró Quirós.»

«Falcó es muy revertiano, mis héroes nunca desertan.»

El escritor y académico publica Eva, la segunda novela de su serie protagonizada por el espía Lorenzo Falcó. Las cosas no estaban en paz entre Eva y Falcó; y a juzgar por esta nueva entrega, no lo estarán en mucho tiempo. Marzo de 1937. Cuatro meses han transcurrido desde que Lorenzo Falcó usara su pistola Browning para salvar a la vida a aquella espía soviética que le jugó una carta inesperada en su primera misión para el Grupo Lucero, un departamento del sistema de inteligencia del Movimiento Nacional.

Mientras la Guerra Civil sigue su trágico curso, una nueva misión lleva a Lorenzo Falcó hasta Tánger, una ciudad que hace las veces de encrucijada de espías, tráficos ilícitos y conspiraciones. Falcó tendrá que conseguir que el capitán de un barco al servicio de la República cargado con oro del Banco de España cambie de bandera y traiga el cargamento a los nacionales. El asunto no sería tan complicado de no ser por un detalle: una mujer viaja a bordo para asegurar la llegada del cargamento a Rusia. Se trata de Eva Neretva.

En 'Eva', esta segunda novela de la serie dedicada a Lorenzo Falcó, Arturo Pérez-Reverte carga tintas. Hay más humor, más incorrección, aventura y lucha. Son dieciséis capítulos escritos con maestría y contundencia. Las suficientes para sujetar al lector, como el cazador a su presa. Espías nacionales, republicanos y soviéticos, hombres y mujeres, calles, zocos, cabarets infectos y hoteles de lujo. Vuelven personajes: desde el Almirante hasta el oscuro Lisardo Queralt. Los ingredientes están servidos y de ellos habla Arturo Pérez-Reverte en esta entrevista.

—Eva es la segunda entrega de la serie. Hay más acción… y mar, claro.

—Lo tiene. Aunque no es una novela de mar. Mis novelas marítimas son 'La carta esférica' y 'Cabo Trafalgar'. Lo que sí es cierto es que, desde hace mucho tiempo, tenía en mente una novela sobre marinos en tierra. Eva me ha dado la oportunidad de escribirla. Yo soy marino. Desde hace veintitrés años navego en un velero. Lo que más respeto en el mundo, por encima de todo, es a un capitán de la marina mercante. Me crié entre ellos y muy probablemente sienta esa veneración por ese motivo. Los barcos en esta novela tienen alma y carácter. Tienen personalidad. Barcos buenos. Barcos malos. Barcos torpes, estúpidos, arrogantes, inteligentes.

—En esta novela comenzamos a saber más cosas de Falcó: su familia, a la que no ve, su soledad.

—Falcó evoluciona. Lo bueno de una serie es que conoces más a los personajes. La narración exige una mayor encarnadura. Ya lo hemos visto en unas situaciones, así que nos toca verlo en otras. Adentrarse en el personaje.

—En 'Eva', Falcó tiene que pelear más, que exponerse más, pero también hay más humor.

—Sí, hay un humor muy de Falcó. Un humor negro, cínico. No es un humor simpático. Falcó es cínico, egoísta, guapo, todo eso genera una especie de fatalismo resignado que se lo he prestado yo.

—Moira Nikolaos, esta vieja amante y amiga, ayudará al lector a saber más de Falcó.

—Lo que ocurre entre Falcó y Moira, se da en la vida: una relación sentimental puede o no acabarse, el sexo puede desaparecer, sin embargo queda un afecto cómplice entre personas que se comprenden. Eso es más duradero que el amor.

—Ella lo conoce. Hace mención incluso a un episodio de la vida de Falcó que lo descoloca.

—Falcó es un tipo duro y además peligroso. Muy peligroso. Pero como todos los seres humanos, tiene sus rincones húmedos. Su infancia. Sus frustraciones. Miedos. Soledades. Ante alguien con quien tiene la confianza que tiene con Moira, se relaja y asoma algo de eso. Pero inmediatamente se da cuenta y para. "Esto me hace vulnerable", piensa, y entonces se levanta y se va.

—Hablemos de la mujer central de esta historia. Eva demuestra ser todavía más fría y fuerte que Falcó.

—Ellas siempre son más fuertes. Falcó es un hombre peligroso y duro. Pero Eva le ha abierto grietas y él es consciente de eso.

—Se podría decir que, en la relación entre ambos, Eva lleva uno y Falcó cero.

—Eva, como mujer, se toma en serio las cosas, mucho más que un hombre. Tiene esa firmeza implacable. No hay nada más peligroso que una mujer que tiene fe en algo: en el amor, en los hijos, en conseguir triunfar en la vida. Todas sus fuerzas las concentra en aquello que realmente desea. Por eso las mujeres consiguen tantas cosas, porque dedican mucho más esfuerzo y tienen esa concentración en el objetivo a abatir, mientras que el hombre se dispersa.

—Una vez más, la militante Eva sigue reprochándole a Falcó el no creer en nada.

—Porque ella tiene fe en la revolución y el comunismo. En aquel tiempo, los ismos (el fascismo, el comunismo, el nazismo) eran percibidos como soluciones a graves problemas sociales y políticos. Por eso existieron muchos que creyeron de buena fe. Eva es de esos. Fue gente que lo pagó muy caro: con el exilio, la vida, la soledad, la cárcel. Justamente por eso Eva le reprocha a Falcó: «Eres un vividor y yo soy una mujer con fe. Yo mato, yo puedo torturar pero lo hago porque sé que cambio el mundo para mejor. Tú, hijo de la gran puta, lo haces porque para ti es una aventura. No tienes un objetivo noble que lo justifique.» Ese es el razonamiento. Algo como «tu maldad es injustificable, pero la mía sí.» Es un dilema moral serio.

—El sexo y el combate en ellos se solapan. Esta vez, literalmente.

—Esta no es una novela políticamente correcta, claro.

—Eva ha aparecido como un terremoto y como tal vuelve a desaparecer. ¿Estarán en paz alguna vez?

—Esa es la cuestión. En 'Eva' hay varias claves. Falcó es un machista, sí. De acuerdo con su época, claro. Pero desafío a cualquiera a crear un personaje tan poderoso como Eva, un personaje tan feminista como ella cuando serlo podía pagarse con la vida. Y, como ves, entre ambos hay chispa. Porque la vida es así de compleja. Algunos indocumentados me tildan de machista porque no han leído ni una sola novela mía. Les bastaría leer 'La Reina del Sur' para cerrar la boca. Pues bien, Eva es una feminista de verdad, no una folclórica de las redes sociales. En su comportamiento, en su ideología, en su actitud, en su pelea. No es un invento literario, existen mujeres así.

—Falcó y las mujeres: en esta entrega veremos a fondo esa faceta…

—Él es un depredador. Es guapo, peligroso, valiente y un hombre al que le gustan mucho las mujeres. Y es lo bastante guapo para poder tenerlas. Su actitud ante ellas es la de un cazador. Es así. ¿Eso es políticamente incorrecto? Naturalmente que lo es, pero el mundo siempre ha sido así. Justo esa incorrección política de Falcó es uno de los aspectos que me gusta de él. Es más sencillo construir un héroe sin defectos, que respete a las mujeres, que no torture ni mate. Éste no es el caso.

—¿Falcó resume los claroscuros del ser humano que usted ha visto en la guerra?

—Esta es una novela que transcurre en el mundo real. Las personas han olvidado que el mundo es un lugar muy peligroso: la gente viola, mata, tortura, roba y hasta los que presumen de ser muy rectos, cuando les toca, lo hacen. Cuando todo se va al carajo, la gente se vuelve muy peligrosa. Mi novela se mueve en ese mundo real.

—¿Por qué Tánger? ¿Qué añadía con respecto a otro sitio?

—Tánger está elegido deliberadamente: un lugar en el que el poder es corrupto y todos pueden comprar, sobornar. Podría haber elegido Argelia u otro sitio, pero Tánger me parecía perfecto.

—En sus personajes secundarios hay opuestos: desde Rexach, el enlace de los nacionales, un hombre rastrero y traidor, hasta Villarrubia, un hombre recto.

—Ese tipo de gente está en todas partes, el cobarde que busca sacar provecho y el inocente que se ve arrastrado por las circunstancias.

—¿Lisardo Queralt es mucho más oscuro de lo que pensábamos?

—Él es el malo de verdad. Queralt simboliza para mí muchas cosas. Puedo tomarme una copa con Paquito Araña, con un Garrison, con Eva, pero no con un hijo de puta como este. Porque hay hijos de puta que tienen rasgos que los humanizan, Queralt no. Hay gente, como él, compacta en su maldad. No puedes aprender nada de ellos.

—Vuelve Paquito Araña, un personaje que se pinta las uñas para torturar a otro, y que introduce humor y crueldad a partes iguales.

—Aquí crece Paquito Araña. Los personajes secundarios son fundamentales. John Ford me enseñó que los sargentos son los que hacen las películas. Puede estar John Wayne pero sin Victor McLaglen la película no se sostiene. Doy mucha importancia a los personajes secundarios. Paquito Araña tiene muchos contrastes. Es homosexual y un torturador. Es muy maricón, pero viene de un pasado violento y es peligroso como nadie. Es capaz de pintarse las uñas y de cometer la peor brutalidad. Cuando degüella lo hace con una frialdad absoluta, sin pasión. Hay muchos secundarios importantes: el Almirante, los capitanes también me gustan mucho.

—Los capitanes Navia y Quirós como personajes tienen un código.

—Hay una cosa peculiar entre la gente de mar. Si miras la historia de las guerras navales, la guerra en el mar es más cruel, porque el mar es más despiadado. Entre los marinos hay un código mayor que entre la gente de tierra. Existe una camaradería, aunque sean enemigos, se rescatan. Los marinos son muy revertianos, en ese sentido. Me apetecía mucho que en una guerra civil tan violenta y cruel como la nuestra aparecieran personajes como ellos, con unos códigos de humanidad y honor. Esos dos personajes los simbolizan.

—Y ambos aceptan su destino.

—Yo he visto hombres y mujeres así. Personas a las que van a matar y que ese día se levantan, se lavan la cara, montan las armas. Esa gente capaz de asumir su destino inmediato con la naturalidad de quien juega y asume esas reglas. Me gusta esa gente que sabe pagar sin descomponer el gesto. Ese marino asumiendo su destino con naturalidad me gusta. Los he admirado por eso.

—Los ha visto, por supuesto.

—Escribo con mi propia vida, con mis recuerdos, mis amigos, mis odios. Todo eso está ahí. Es una gran ventaja: las cosas que escribo las he vivido. Sé cómo huele el miedo, porque huele. No es una figura literaria. Sé cómo huele un tipo cuando lo han torturado. Ese sudor frío. Eso es oro puro, me da seguridad a la hora de construir esas situaciones.

—En este libro hay muchas metáforas políticas. Por ejemplo, «un barco no es una democracia», dice Quirós.

—En un temporal, en medio de una racha de viento, nadie discute órdenes. Todo el mundo sabe que debe existir una voz. Una sola. De lo contrario, el barco no funciona. «¿Nos estamos hundiendo? ¿Qué opináis?» No, eso no existe. Te lo digo yo, te lo dice un marino. Por eso todo el mundo asume que quien manda es el capitán. Me apetecía dejar muy claro que un barco no es una democracia. Una democracia no vale para todo, y desde luego en un barco no. Para la guerra tampoco, o menos. Tú no puedes decir: «Atacamos mañana, almirante, ¿qué piensa?» En esos momentos deben existir liderazgos indiscutidos, con sus errores, sus aciertos y sus responsabilidades.

—Cada vez que mira a alguien que sobrevive, Falcó se pregunta qué habrá tenido que hacer ¿Por qué?

—Eso me lo pregunto yo también. Es una pregunta injusta. Hay gente que está viva por suerte. Pero hay otros que lo están por terror, por aguantar, o por vilezas. En una ocasión, en la guerra de Croacia, vi a un padre que dejó que a su hijo le pegaran una paliza. Atizaron al chico hasta mearse encima. Cualquier padre hubiese intervenido con tal de no ver a su hijo en esa situación. Pero de haber intervenido, probablemente lo habrían matado. Quizá por eso sobrevivieron los dos. Siempre me pregunto qué hay detrás de la palabra "sobreviviente". No es una acusación. Es una reserva.

—«El cabaret de la Hamruch»: en ese capítulo la tripulación republicana y nacional pelean juntas en un bar contra unos marinos ingleses que los insultan… Sí, cuando les llaman sucios españoles. Esta novela está escrita para poder contar esa escena, la tengo en la cabeza desde hace ya mucho tiempo: dos tripulaciones enemigas que se hacen amigas en tierra.

—«Victoria española, en fin, por puntos, pensó Falcó. De sutura», así cierra la escena.

—La tenía muy elegida, medida y trabajada. Llegar a ella era algo que quería y necesitaba hacer. En España, evidentemente, había un radicalismo político. Pero siempre hubo una comprensión del adversario. En las trincheras, alguien podía decir: «¿Quién vive? ¡Soy Mariano!, ¿De dónde eres?, Soy de Tomelloso y mañana te voy a bombardear. No tienes huevos» —dramatiza Pérez-Reverte—. Pero esa enemistad con complicidad o esa complicidad enemistosa es muy española. Y quería que eso quedara claro en esa escena. ¿Cómo no van a entender dos tíos que son del mismo pueblo? Se pueden odiar porque uno le quitó la novia al otro, o porque la vaca se comió el pasto de su terreno, pero cuando hay un parentesco común y hay un tercero que viene tocar los cojones, se vuelven a entender. 

—Ha insistido siempre en que la Guerra Civil es sólo un telón de fondo en Falcó. Ahora, el escenario se amplía: está más cerca la Segunda Guerra Mundial, Europa está más presente.

—Estas novelas no cuentan la Guerra Civil, cuentan a Falcó. Y Falcó se mueve. De hecho, la tercera entrega ocurre totalmente fuera de España. He tenido cuidado, en todo momento, de que no sean novelas sobre la Guerra Civil.

—El oro de España que desencadena la trama da para retratar a muchos. Queda claro, por ejemplo, que la República lo usó a su antojo.

—Robaron muchísimo y por la documentación pude verlo. Muchos líderes republicanos sacaron dinero hacia sus cuentas personales con la excusa de ponerlo a salvo. Vivieron como reyes en el exilio. Mientras unos estaban en campos de refugiados, otros estaban de maravilla en México, París o Moscú.

—Falcó, Eva, los capitanes… todos van hasta el final. Los héroes de Pérez-Reverte no desertan.

—Es verdad. Mis héroes no desertan. Pueden ser asesinos, torturadores, crueles, muchas cosas, pero no son desertores ni cobardes.

—En esa genealogía de los héroes revertianos ¿cómo se comporta Falcó?

—Falcó es muy revertiano.

—En un hipotético salón de héroes suyos, ¿cómo se relaciona Falcó con el resto?

—Alatriste es un mercenario, pero tiene un fondo moral. Falcó no. Él tiene impulsos. Lealtad hacia gente como Eva o el Almirante, pero no tiene una ética general. No tiene códigos. Cualquier lector de Pérez-Reverte reconoce a Falcó y a Eva, ambos son puro Reverte; lo que no puede hacer un autor es repetir el cliché. Mi propio placer me exige dar variaciones, aunque el territorio sea el mismo. A la hora de asumir Falcó decidí deliberadamente su incorrección; cargar las tintas en lo moral. Está deliberadamente apartado de Alatriste. De todos mis personajes, con Lucas Corso de 'El Club Dumas', es el más cínico. Si los ordenamos en opuestos, en el colmo de la moralidad estaría Astarloa, de 'El maestro de esgrima', y el almirante Zárate, de 'Hombres buenos'. Son la extrema bondad, honradez y decencia. En el otro extremo estaría Falcó. Él es la antítesis de 'El maestro de esgrima'.

—El estilo es importante en esta entrega. Los diálogos y los párrafos sintéticos cobran un protagonismo todavía mayor.

—Cada novela tiene sus técnicas, sus exigencias. No puedes contar 'La sombra del águila' de la misma forma que 'Hombres buenos'. Al plantearme una novela, me pregunto cómo la voy a contar, con qué ritmo, con qué frases, con qué párrafos. Esta es una novela mucho más picada, más viva y sintética, con menos descripciones. Eso lleva mucho trabajo, tanto como un párrafo largo. A veces cuesta más trabajo tres líneas sintéticas que veinte descriptivas.

—El aroma cinematográfico también se intensifica.

—Claro, porque sé que el lector de 'Falcó' ha visto mucho cine. Por eso recurro a esa enciclopedia visual.

—El próximo Falcó será en Biarritz. ¿Qué pasará con Falcó? ¿Adónde va a parar?

—Vamos a verlo evolucionar en los siguientes años, seguro. No sé cuántas novelas voy a escribir, depende de las ganas que tenga y de cómo las acojan los lectores. Lo que sí puedo decir es que veremos a Falcó en los siguientes diez años.

—¿Cómo será Falcó de mayor?

—Voy a escribir un relato para explicarlo. Falcó se jubila en Buenos Aires en los años sesenta. Consigue un golpe de suerte, una renta. Toma una habitación en el Hotel Alvear, se instala allí, y allí envejece hasta su muerte en la Recoleta.

—Hay apuestas al respecto. Hay quienes dicen que se encontrará con Remil, el personaje de Jorge Fernández Díaz.

—Sin duda, se van a encontrar. El Almirante, que lo conoce, se lo presentará.

—¿Habrá alguna otra novela que pudiese llegar a interrumpir esta serie?

—No lo sé. El mundo de un novelista suele ser cambiante. Sé que comienzo el próximo Falcó en otoño. Lo que no sé es si después de esa vendrá otra.

—Finalmente… ¿qué es ganar para Falcó?

—Haber vivido. Que te disparen y no te maten. Le va la marcha, la acción, las mujeres. Él siempre gana y además está dispuesto a pagar si pierde.