25 mayo 2022

Pérez-Reverte presenta 'Historias del Camino'

Pérez-Reverte presenta 'Historias del Camino'

Europa Press - 25/05/2022

El escritor Arturo Pérez-Reverte y el editor y periodista Sergio del Molino han presentado este miércoles la obra literaria 'Historias del Camino: Ficciones y verdades en torno al Camino de Santiago', un conjunto de relatos que narran historias de peregrinos en sus aventuras del camino, publicado por Zenda con patrocinio de Iberdrola. La presentación, que ha tenido lugar en el restaurante NuBel del Museo Reina Sofía, ha contado con la asistencia del presidente del Partido Popular, Alberto Núñez Feijóo, y con la vicepresidenta segunda del Congreso, la dirigente "popular" Ana Pastor.

En este sentido, Reverte ha manifestado sus agradecimientos al editor de 'Historias del Camino'. "Esta vez ha sido Sergio del Molino quien ha editado esta obra. Gracias por su generosidad, por su compañía, por su trabajo y por todo", ha añadido, al tiempo que ha recordado que ya son 17.000 artículos publicados hasta ahora en la revista y más de 1.000 autores que han escrito y han colaborado en Zenda. Asimismo, ha recordado que la cooperativa Zenda fue creada para "aquellos autores que no tienen influencia, para que todos puedan tener un espacio en el que ser conocidos, escribir y mostrar sus novedades". De esta manera, ha explicado que para estos autores, el beneficio es que "la revista se vuelca en él, apoya esa literatura y le da el apoyo mediático que a veces no pueden permitirse autores pequeños".

En la presentación también ha participado el secretario del Consejo de Administración de Iberdrola, Julián Martínez-Simancas, que ha asistido en representación del patrocinador de Zenda, y que ha valorado el libro como "una de las obras más bonitas que se han escrito". "Se descubren cosas tan maravillosas como que Ramón y Cajal era navarro o como que hay una isla que una mitad del año es parte de Euskadi y la otra mitad es francesa. Es una belleza y, si me permitís, una guía turística", ha expresado Martínez-Simancas.

Por su parte, Sergio del Molino ha mostrado sus agradecimientos a Zenda "por su confianza", al tiempo que ha indicado que la idea de la obra surge bajo la idea de que el Camino de Santiago "no se limita solo a las rutas marcadas, sino que tiene que ver con una idea de peregrinaje, con un modo de vida, con una forma de entender las relaciones, de entender la cultura". Así, reclutó a los quince autores que conforman esta obra literaria, con firmas destacadas como son la de Juan Eslava Galán, Soledad Puértolas, Lorenzo Silva, Cristina López Barrio, Arturo Pérez-Reverte, Rosa Montero, Marta Sanz, Espido Freire, Agustín Fernández Mallo, Susana Fortes, Luz Gabás, Juan Gómez-Jurado, Emilio Lara, Clara Sánchez, José Ángel Mañas, Nuria Barrios, Cristina Rivera Garza, Eva García Sáenz de Urturi, Luisgé Martín, María José Solano, Rubén Amón, Arturo González-Campos y Nuria Labari. "Recluté a un grupo de escritores, muy vinculados al camino, muy jacobeos, que contaban historias del Camino de Santiago, mezclado con historias del camino, del camino en general. Con esa libertad que creo que da el camino, con esa libertad de la exploración europea y de echarte a andar para llegar al final, o no llegar", ha apostillado el periodista.

El libro, que no estará a la venta en librerías, ha sido coordinado por Leandro Pérez y Miguel Munárriz, y la ilustración de la portada es de Ana Bustelo. Sin embargo, la versión electrónica de 'Historias del Camino' podrá descargarse de forma gratuita en Zenda desde este mismo miércoles. Además, a lo largo de los próximos días se irán publicando los diferentes relatos que pueblan el libro, según ha informado Pérez-Reverte.

"El Camino y las grandes novelas no se parecen sólo en su longitud ni en su división por capítulos, sino en que cada escritor o cada caminante se enfrenta al abordarlas con el más terrible de los escenarios: la libertad", cuenta Del Molino. Según ha transmitido el periodista, los escritores han transmitido su manera de recorrer, vivir e imaginar historias que abordan el Camino de Santiago "desde miradas a veces inesperadas y sorprendentes".

"Algunos escribieron cuentos jacobeos impecables, ficciones ambientadas en el Camino. Otros tiraron de autobiografías o de historias secretas desenterradas a la vera del camino, y alguno nos salió cronista y literato de viajes. No han faltado los eruditos que han preferido contar los caminos que hicieron otros escritores muertos a quienes ya no puedo invitar a escribir, e incluso un filósofo que se ha acordado de un caminante japonés, a saber por qué", ha apostillado el editor.

Entre los proyectos que hay en camino, Arturo Pérez-Reverte ha informado de que "está a punto de asomar en las pantallas" 'Toda una vida', una serie en la que autores y personalidades "de mucho canal" aparecerán en varias entrevistas que emitirá Movistar+ a partir del próximo mes. El académico y escritor también ha mencionado la colección Zenda-Edhasa en la cual, aliadas, recuperarán la literatura de aventuras y publicarán miles de libros. El primero de ellos saldrá a la luz el próximo 2 de junio.

Feijóo acude a la presentación del libro de Arturo Pérez-Reverte

Europa Press - 25/05/2022

Imágenes del escritor Arturo Pérez-Reverte y el editor y periodista Sergio del Molino, que han presentado este miércoles la obra literaria 'Historias del Camino: Ficciones y verdades en torno al Camino de Santiago' y que ha contado con la asistencia del presidente del Partido Popular, Alberto Núñez Feijóo.(Fuente: PP)

17 mayo 2022

Cuando las opiniones sirven para conocer mundo

Antonio Pulido - fundacioncajasol.com - 17/05/2022

Por nuestra sede de la Plaza San Francisco en Sevilla pasan muchas personas, pero en los últimos años entre las que más concurren los pasillos está el gran Arturo Pérez-Reverte. Lo conocí hace años, y sigue sorprendiéndome en cada conversación, en cada anécdota y en cada discurso que da. Hombre de palabra y siempre comprometido con las causas, vio una oportunidad de oro a la hora de realizar unos de los eventos culturales más importantes de la Fundación Cajasol, Letras en Sevilla. En este 2022 se ha llegado a la sexta edición, en la que la dualidad entre monarquía y república ha sido tema de conversación. Pero antes otros temas candentes se tocaron: la Guerra Civil y la literatura, la figura de Chaves Nogales o la de los hermanos Quintero, así como los toros en la sociedad.

Cuando conversábamos sobre esta edición Arturo me confirmaba que esperaba lo mismo que las anteriores: muchas ideas y respeto, que fueran a engrandecer el foro realizado en la Fundación Cajasol. “Me interesa muchísimo que aquellos que no están de acuerdo escuchen argumentos diferentes. En España nos limitamos a escuchar a los que coinciden con lo nuestro y rechazar justamente lo otro”, me explicaba. Del mismo modo, el escritor, que hace una pareja, a mi forma de entender, casi perfecta con Jesús Vigorra, me comentó que Letras en Sevilla es un espacio que tiende a lo contrario, en el que aunque cada uno defiende su opinión, también escucha argumentos radicalmente diferentes a los suyos.

Prosigue nuestra amena charla y hacemos retrospectiva. Hablamos sobre las primeras conversaciones para poner en marcha Letras en Sevilla y las ediciones pasadas, los invitados y alguna que otra anécdota. En el momento en el que le sugiero que me diga si hay alguna de estas ediciones que le ha gustado más, Pérez-Reverte lo tiene claro. “Todas son parte de un mismo proceso. Estamos haciendo una especie de obra fluida de gran debate continuado, contando la actualidad en bloques, pero es un mismo proceso”, explicaba. Así, no veía mucha diferencia entre la primera, la penúltima, que se hablaba sobre el toreo, y esta que ha tenido lugar. “Se trata siempre de lo mismo. La idea es escuchemos aquello que no nos gusta”, comentó.

Posteriormente, conversamos sobre las próximas citas culturales que se organizarán en la Fundación Cajasol. Algunas de ellas le sorprendieron, y es por ello que le pregunté su opinión sobre la labor cultural que promovemos desde la Fundación Cajasol. Su opinión fue muy favorable, aunque toda la parte que conoce la denomina como “espléndida”. “Que este debate sea posible, a la Fundación Cajasol la sitúa en un lugar muy alto. Evidentemente la Fundación hace muchas cosas, unas pueden interesarme más y otras menos, unas son más folclóricas y locales y otras más nacionales o internacionales. Pero es evidente que en el amplio abanico de las cosas que desarrolla considero que Letras en Sevilla puede ser de las actividades, sin desprestigiar a las otras, de las más útiles e intelectualmente potentes y brillantes”, resaltó.

Cambiando de tercio, comentamos la actual situación a nivel mundial, con un conflicto entre Ucrania y Rusia que está haciendo posible ver la versión más solidaria de los españoles, algo que el propio académico señalaba con sus comentarios. “La población española es generosa y solidaria, lo ha demostrado muchas veces”, apuntilló. No obstante, Arturo recalcó que hay condicionantes que hacen que esta solidaridad pueda estar condicionada. “Es cierto que la manipulación, la injerencia política o los intereses espurios la enfrentan. Pero cuando la dejan libre de sus sentimientos y sus tendencias, es generosa, solidaria y amistosa. En ese sentido es admirable, mucho más que otros países”, explicó.

Por último, comentamos el éxito rotundo de su último libro, ‘El italiano’, una obra que lleva menos de un año de vida y que narra la historia de unos personajes en la zona de Algeciras y Gibraltar durante la II Guerra Mundial. Pérez-Reverte me comenta que la obra nace de sus vivencias, de historias que escucha de su boca y que han hecho posible que esta obra naciera. “La obra nace de mi infancia, cuando voy con mi padre, que conoce mucho los temas del mar y de la guerra (…). Lo tenía en mi cabeza y durante mucho tiempo quise contar, y un día decidí que era el momento de contarla”, destacó.

Pero lo que más valora de su último libro es la libre categorización que tienen sus personajes. Aunque, relataba, siempre hay protagonistas y secundarios que dan una narración particular a la obra, en este caso, esto no ocurría en ‘El italiano’. “Es una historia en la cual no hay ni buenos ni malos, como es muy típico de mis historias, sino una escala de grises. Ahí se mueven los héroes, son humanos, y sobre todo la mirada de la mujer, Elena Arbués, que es la que construye al héroe que es lo que me interesaba”, recalcó. Y que según su forma de presentar al soldado, Teseo Lombardo, destacaba que es una persona que no tiene lecturas, que sólo cumple con su fin, que es la guerra. Pero es la figura de Arbués la que descubre al héroe. Todo ello en un proceso de regeneración increíble. Del mismo modo, el escritor me explicó que la novela le ha servido para darse cuenta que su patria es el mar mediterráneo. De esta manera, la novela que ha escrito es un ejercicio de cercanía sentimental y cultural por este lugar, además de destacar el amor hacia su padre.

Por último, Arturo me dejó sin palabras al contarme que esta obra es verdaderamente un acto de justicia para devolverles la dignidad a los buzos italianos de la Segunda Guerra Mundial, tan señalados históricamente hablando.

https://fundacioncajasol.com/antonio-pulido-arturo-perez-reverte/

21 septiembre 2021

Dosier de prensa para 'El italiano'


Alfaguara - 21/09/2021

'El italiano' relata una asombrosa historia de amor, mar y guerra. En los años 1942 y 1943, durante la Segunda Guerra Mundial, buzos de combate italianos hundieron o dañaron catorce barcos aliados en Gibraltar y la bahía de Algeciras. En esta novela, inspirada en hechos reales, sólo algunos personajes y situaciones son imaginarios. Elena Arbués, una librera de veintisiete años, encuentra una madrugada mientras pasea por la playa a uno de esos buzos, desvanecido entre la arena y el agua. Al socorrerlo, la joven ignora que esa determinación cambiará su vida y que el amor será sólo parte de una peligrosa aventura.

Arturo Pérez-Reverte, que a finales de los años sesenta se adiestró en actividades subacuáticas en el Centro de Buceo de la Armada de su ciudad natal, Cartagena (España), traslada parte de su experiencia a esta novela basada en hechos reales. Reportero de guerra durante veintiún años, cubrió dieciocho conflictos armados para los diarios y la televisión. Con más de veinte millones de lectores en el mundo, traducido a cuarenta idiomas, muchas de sus obras han sido llevadas al cine y la televisión. Hoy comparte su vida entre la literatura, el mar y la navegación. Es miembro de la Real Academia Española.

«Al fin y al cabo, tú me enseñaste a amar a los héroes.»

Hay decisiones que cambian un día y marcan una vida entera. Después del éxito de 'Línea de fuego', Premio de la Crítica 2020 y uno de los mejores libros del año según 'El Cultural', 'Esquire', 'El Periódico' y Vozpópuli, Arturo Pérez-Reverte entra en un complicado mundo de fronteras, saboteadores, espías y operaciones militares ocultas. Estamos en Gibraltar, La Línea y Algeciras durante la Segunda Guerra Mundial. Una geografía salpicada de peligros, donde cualquier error puede costar caro, los riesgos son múltiples y un paso en falso puede resultar fatal. El Mediterráneo es un tablero de estrategias en el que los aliados intentan ganar la partida a las fuerzas del Eje. En ese difícil escenario, nadie puede confiar en nadie, y allí se cruzan los destinos de Elena Arbués y Teseo Lombardo. Un tropiezo imprevisto que originará una admiración mutua y despertará sus sentimientos, pero que también dará pie a una trama de espionaje que discurrirá a ambos lados de la verja gibraltareña. En uno de ellos están los ingleses, que desean extender su dominio naval; enfrente, los italianos, que intentan impedírselo, y, en medio de los dos, la España de la posguerra.

Arturo Pérez-Reverte aprovecha este contexto bélico, colmado de tensiones, para reflexionar sobre el valor de la amistad, las decisiones que se toman en tiempos de guerra, el respeto al adversario y cómo, transcurridos los años, esos recuerdos perviven en la memoria. Pero también ahonda en qué es un héroe y cómo la literatura ha moldeado la idea que conservamos sobre ellos. A través de ese hombre que el mar devuelve a la tierra, resulta inevitable reflexionar sobre cómo nuestra herencia cultural, desde la Odisea y la Eneida hasta las novelas de aventuras más recientes, han modelado nuestra imaginación y nos han predispuesto a identificarlos. «Yo estaba adiestrada para reconocer a un héroe. Y no pronuncio esa palabra en su sentido moderno, sino en el clásico. Por eso pude reconocerlo cuando lo vi», admite Elena Arbués, la protagonista de 'El italiano'. Porque un héroe, como cuenta esta novela, no es alguien ideal, sino una persona que convive con sus fantasmas, como el Aquiles de la 'Ilíada', sobrelleva el dolor y no desprecia «la cólera de los dioses por alarde ni fanfarronería», sino «con sencillez, sin darle importancia, porque la vida, la historia, su patria» lo han «colocado en la necesidad de hacerlo». Es alguien que valora los méritos de la austeridad, la importancia del respeto y aprecia el coraje. Pero que, sobre todo, entiende, como ocurre en esta novela, que las medallas y las condecoraciones no sirven para nada, salvo para honrar a los amigos que ya no están y mantener vivo el tiempo que pasaron a nuestro lado.

«Llevo queriendo escribir esta casi increíble historia, fiel a los hechos, desde que mi padre me la contó siendo yo un niño. Espero haberlo conseguido.» -Arturo Pérez-Reverte

Arturo Pérez-Reverte ha convivido con los hechos que relata El italiano durante más de cuarenta años. Se los escuchó por primera vez a su padre cuando era pequeño y desde entonces han permanecido en su memoria. Fue, como ha sucedido tantas veces en el pasado, uno de esos relatos que nacen al hilo de unos acontecimientos reales y que se van traspasando de unos a otros hasta que alguien los escribe y pasan a formar parte de la literatura. Con esta historia, el novelista hace un acto de reivindicación y rescata a esos soldados, menospreciados en demasiadas ocasiones, como se subraya en el libro, que, con una enorme dosis de valor, participaron en uno de los capítulos más duros y olvidados de la Segunda Guerra Mundial. A diferencia de otros muchos, no sucedieron lejos de España, sino en el mismo litoral de nuestra península.

Estos soldados, constituidos en unidades que no llegaban a una veintena de hombres, acometieron una serie de acciones bélicas a lo largo del Mediterráneo que pusieron en jaque a los aliados. Sus protagonistas eran submarinistas y buzos, previamente entrenados y adiestrados para estas misiones, procedentes de la marina italiana. Estaban dotados con sofisticados equipos submarinos, como reconocen los protagonistas ingleses de 'El italiano'. Con sus trajes de goma y adelantados sistemas para respirar bajo el agua, se sumergían en el mar y, eludiendo las minas y las barreras defensivas, se infiltraban en el puerto de Gibraltar para hundir los barcos de guerra británicos que atracaban allí durante sus travesías. Una delicada operación que ejecutaban con un arma imprevista y moderna: los "maiali", unos torpedos tripulados con cabezas explosivas que pusieron en jaque a la armada de Inglaterra. Con ellos hundieron, sólo en Alejandría, dos acorazados: el Valiant y el Queen Elizabeth. Aunque sus golpes de mano también se conocieron en Argel. La marina inglesa siempre gozó de mayor fama y superioridad que la italiana durante la contienda. Sin embargo, estas operaciones, con un reducido contingente de tropa y oficiales, dejaron fuera de servicio catorce naves sólo en el sur de España y, de haberse implementado esta fuerza, la batalla por el Mediterráneo, decisiva para el devenir de la contienda, hubiera sido muy distinta a la que recogen los libros. Arturo Pérez-Reverte nos enseña ahora quiénes eran estos hombres y lo que hicieron.

«Por entonces no era novelista, ni pretendía serlo. Sólo un periodista joven, reportero entre continuos viajes, al que le gustaban las historias del mar y los marinos.»

'El italiano' discurre en dos tiempos narrativos distintos. El primero, en 1942 y 1943, momento en el que se producen las incursiones en Gibraltar. El segundo, a principios de la década de los ochenta, cuando un reportero que pasea por Venecia entra en una pequeña librería próxima a la Accademia. Con afición por los libros antiguos y las historias de marinos, aunque tiene ya mucha profesión a sus espaldas y sus manos se manchan habitualmente con la tinta de los periódicos, todavía no sospecha que el encuentro con esa librera de pelo canoso y maneras elegantes animará en él una larga investigación alentada por la curiosidad y sus recuerdos. Este periodista iniciará una serie de recorridos y travesías en distintos momentos de su trayectoria vital y profesional para encontrarse con los supervivientes de aquellos acontecimientos y sus descendientes. Su intención es comprender qué ocurrió, acceder a datos desconocidos y descifrar los enigmas sin resolver de aquellas jornadas de la Segunda Guerra Mundial. El hombre, que debido a su fama como novelista también será reconocido por estas personas, irá mencionando sus indagaciones, los autores que lee, expresando sus dudas y apuntando las obras que consulta en un serpenteante recorrido donde los protagonistas de ayer y los de hoy se entrecruzan.

El periodista reconocerá también que trabajó en el diario español 'Pueblo', que publicó en sus páginas reportajes sobre esta epopeya y que, cuando ya no quedaba nadie vivo relacionado con aquellos acontecimientos, es cuando se ha decidido a escribir un libro, que es el que los lectores leen: 'El italiano'. Una escritura que cultiva desde los márgenes de la ficción y no de la prosa histórica por motivos que él mismo explica en la narración: «Hacía tiempo que era escritor profesional: ahora contaba historias imaginadas, o tratadas mediante ese filtro. Recreaba el mundo a mi manera y ofrecía a los lectores vidas alternativas, posibles o probables, con la certeza de que, paradójicamente, la ficción permitía penetrar más en lo sucedido que el simple relato de los hechos». Una voz narrativa evocadora que nos ayudará a saber qué ocurrió y, a la vez, impregnará estas páginas con un tono nostálgico, de añoranza, el que sin duda corresponde a los héroes que se han marchado.

«España está en la cuerda floja. Ya no es como cuando Alemania ganaba la guerra. Ahora la cosa anda indecisa; y Franco, que es un fenómeno, hace encaje de bolillos y guarda las formas. No es la primera vez que la Guardia Civil detiene a agentes nazis o fascistas y los expulsa de aquí.»

Arturo Pérez-Reverte cuestiona en esta novela el tópico de la neutralidad española durante la Segunda Guerra Mundial. El novelista refleja la atmósfera que prevalecía en aquella España de los años cuarenta. Es una tierra todavía marcada por las cicatrices que ha dejado la contienda de 1936, que él mismo recordó en la serie 'Falcó', con una población que se divide entre germanófilos y aliadófilos, y que discute en los bares sobre la Convención de Ginebra, el respeto que se debe dispensar a los soldados capturados en acciones bélicas o el derecho a fusilar o no a los individuos que son sorprendidos pasando información o infiltrados entre sus líneas. Nadie ha olvidado todavía la represión contra los maestros republicanos ni tampoco la huida al extranjero de los que defendían posiciones políticas más liberales.

Durante años se ha defendido la idea de una España no beligerante, pero la realidad histórica es que España ha enviado la División Azul a Rusia, el Gobierno ha mantenido una reunión con Hitler en Hendaya en 1940 y algunos sectores reconocen de manera abierta su simpatía hacia las fuerzas del Eje, al menos, mientras Alemania e Italia van ganando la guerra. Pero ese momento ya ha pasado cuando discurre la acción de 'El italiano'. Es un instante posterior. De delicados equilibrios. Nada está claro ya. La prensa recoge los siguientes titulares: "La Wehrmacht, a las puertas de Stalingrado". "La RAF golpea Düsseldorf y Bremen". "Un convoy británico rompe el cerco de Malta". Como reconoce uno de los protagonistas: «Los españoles tienen mucho cuidado, pues quieren parecer irreprochables. La neutralidad les conviene más que nunca».

La península ibérica es un confuso escenario donde el espionaje desempeña un papel fundamental y muchas potencias se mueven a su antojo por sus ciudades, traspasando sus fronteras, invadiendo sus aguas territoriales o bombardeando sus mercantes, aunque luego se disculpen ante las autoridades y compensen a las familias. Desde las costas, los españoles distinguen embarcaciones de distintas nacionalidades y se divisan sumergibles. Todos los países tienen muchos intereses en el nuestro. Unos, para que preste su apoyo: los alemanes; y, otros, para que se mantenga al margen, que es lo que procuran los ingleses a través de enviados. Y las preguntas son inevitables: ¿Cuál fue nuestro papel? ¿Fuimos permisivos? ¿Jugamos a dos barajas o nos amoldamos a las circunstancias? Como reconoce uno de los personajes de El italiano: «La idea era golpear sistemáticamente Gibraltar, y que los enemigos no adivinaran de dónde venían los ataques submarinos, buceadores procedentes del mar... Que imaginaran lo que pudieran. Y realmente se volvieron locos. La base de Algeciras era por completo secreta, y lo siguió siendo durante toda la guerra. Sólo después averiguaron los ingleses qué ocurría».

«Las guerras también se ganan con cultura.»

El italiano no es sólo una historia de guerra y amores inevitables. Arturo Pérez-Reverte brinda en este libro, como lo hizo con anterioridad en 'El club Dumas', un espléndido homenaje a la literatura, la cultura clásica y las civilizaciones que han nacido al amparo de los pueblos mediterráneos y dieron a Occidente sus primeras epopeyas. La novela recuerda ese mundo antiguo desde que Elena Arbués halla a un hombre herido en una playa. Una escena que alude a uno de los pasajes de la Odisea, cuando Nausícaa, hija de Alcínoo, rey de los feacios, encuentra a Ulises en la orilla del mar y lo recoge.

Los nombres elegidos para 'El italiano' tampoco son aleatorios ni fruto de la casualidad. Argos, el nombre escogido para el perro de la protagonista, es un guiño al cachorro que cuidaba Odiseo cuando partió hacia Troya. Años después, al regresar el héroe a Ítaca, el can, ya mayor y envejecido, será el primero en reconocerlo debajo de sus prendas de vagabundo y fallecerá en sus brazos. Tampoco es fortuito el nombre seleccionado para el italiano de la novela, Teseo, que invoca al héroe griego que venció al Minotauro, se enfrentó a los centauros y fue rey de Atenas.

En este mundo incendiado por las bombas, con el mar impregnado con el aceite de los motores, donde el olor del salitre se mezcla con el de la gasolina derramada en los puertos y la muerte es corriente, sobresale la importancia de las librerías y los grandes cenáculos de la cultura. Son vehículos para encontrar lecturas de entretenimiento, pero también para acceder al conocimiento. Una de las librerías la dirige Elena Arbués y se llama Circe, como la hechicera que se enamoró de Ulises y que convirtió a su tripulación en animales. Las otras dos que se mencionan en 'El italiano' son Olterra, ubicada en Venecia, que mantiene abierta una anciana muy especial, clave para el inicio de la narración, y, Line Wall Bookshop, en Gibraltar, que lleva un sexagenario de barba blanca, Sealtiel Gobovich, que tendrá un papel esencial para el desarrollo de la narración. A través de sus anaqueles, Arturo Pérez-Reverte menciona las novelas que estuvieron de moda en la época, cita grandes obras de todos los tiempos y, sobre todo, reivindica el papel que desempeñan los libros en la manera de contemplar el mundo.

El novelista, que defiende con frecuencia la cultura clásica desde sus artículos en prensa y su cuenta de Twitter, no olvida la trascendencia de la tradición oral, la manera en que, durante siglos, se transmitió la primera literatura europea. En 'El italiano' apela a ella a través de esas entrevistas y encuentros que el narrador mantiene con los testigos de los sucesos. De esta manera conversacional, entre una bruma de revelaciones y de confidencias, es como llega a los lectores parte de lo que ocurrió y, también, se plantean algunos misterios que tendrán que resolverse. «Nunca supe con certeza, mientras buscaba encajar diferentes versiones de una historia nacida de varias voces, a qué se debió el nuevo encuentro de Elena Arbués y Teseo Lombardo», reconocerá el narrador.

Teseo Lombardo

Moreno, de ojos verdes. Sonrisa blanca y, cosidos en el uniforme, galones de la marina de guerra italiana. De nervios templados y carácter valiente, está acostumbrado al riesgo y a la muerte. Es un buceador de combate y conoce de sobra el padrenuestro del soldado: camaradería en la unidad, fidelidad al compañero y arrojo en la misión. Tripula uno de los "maiali" que diezman la Armada británica en el puerto de Gibraltar. De buena percha, conducta noble y comedido en el gesto, su estampa recuerda a las esculturas de los viejos dioses griegos y romanos. Su encuentro con Elena Arbués salvará, primero, su vida; después, determinará su misión y, por último, abrirá las puertas a una historia de amor, pero, también, a un arriesgado juego de espionaje.

«Durante su breve y único encuentro anterior no llegó a verlo sonreír: un trazo blanco, simpático, que ahora ilumina el rostro moreno de corte meridional, atractivo, inequívocamente mediterráneo, que ella sabe es italiano, aunque lo mismo podría ser español, griego o turco. Una característica criatura del sur, nacida entre orillas e islas sin árboles ni agua: aceite, vino tinto, atardeceres rojizos, profundidades cálidas y dioses sabios y cansados. Mirarlo trae todo eso a su memoria. Y es, además, un hombre guapo.» (pág. 21)

Gennaro Squarcialupo

Socarrón y divertido, como corresponde a un napolitano de pura cepa y a un joven con apenas veintisiete inviernos tallados en las mejillas. Es el compañero de Teseo Lombardo. Su «binomio», como tienen al uso llamarse en el cuerpo los compañeros que comparten un maiale. Juntos acometen el arriesgado papel de mandar al fondo de la bahía los buques ingleses. Hombre franco, directo, de mayores brusquedades que su amigo, pero no de menos coraje, recordará, desde la altura de la vejez, qué sucedió en aquellas misiones, qué fue de sus amigos y qué los separó. Partidario de Mussolini y de su patria, arrastra la amargura de los hombres que primero han sido jaleados como héroes y después han sido denostados. En su mirada brilla la nostalgia de los buenos momentos vividos y el arrepentimiento de una mano tendida que no se supo recoger a tiempo.

«Es bajo, atlético, con un pelo ensortijado y espeso que intenta domar peinándolo hacia atrás con gomina. Un meridional de buen carácter y excelente humor a quien gusta disfrutar de la vida. Camina despacio, satisfecho, un cigarrillo en los labios y las manos en los bolsillos del pantalón, gozando del paseo y del día soleado que la brisa del sudeste mantiene agradable.» (pág. 44)

Lauro Mazzantini

Es jefe del grupo Orsa Maggiore. Persona decidida, pero cauta, que desconfía de las casualidades, pero sabe aprovechar las oportunidades cuando se presentan. Educado, directo, templado, mide los pasos y sabe coordinar y dirigir a los subordinados en la delicada operación que les han encomendado. Su objetivo: cumplir con las órdenes, mantener oculta su base de operaciones, que hasta ahora ha pasado desapercibida por el enemigo, y proteger a sus muchachos. Cuando Elena Arbués tropieza con ellos, no lo duda. A pesar de que Teseo Lombardo confía en ella, él ordena investigarla para resolver unos interrogantes lógicos: ¿Su aparición es fortuita? ¿Es un cebo de los ingleses? ¿Trabaja para alguien? Enseguida comprenderá que ella trae consigo una ventaja con la que jamás había contado.

«Es un joven delgado y atlético, de hombros anchos. Pelo rubio, ojos azules, mentón cuadrado. Viste ropas civiles, como todos: pantalón corto, camiseta blanca y sandalias.» (pág. 69)

Elena Arbués

Los ingleses mataron a su marido durante una operación y la convirtieron en una viuda prematura. Ensoñadora, leída y culta, hija de un viejo maestro republicano que envejece traduciendo a los clásicos, dirige una librería y ayuda a su amigo Sealtiel Gobovich a llevar otra en Gibraltar. Prudente y discreta, aunque eso jamás le ha impedido dar un paso adelante, posee una intrepidez que nadie sabe definir si proviene de un alma vividora o de ese poso literario que dejan las historias grecorromanas y los viejos relatos de aventuras. Su encuentro con Teseo Lombardo es casual, pero enseguida reconocerá en la talla de ese náufrago de la guerra a un héroe clásico, a un Ulises que el destino ha dejado a sus pies. Por amor, idealismo o venganza, esta enigmática mujer, capaz de enfrentarse a los hombres y de aguantar lo que muy pocos pueden, se embarcará en una labor de espionaje en la que se dirimirán muchos destinos.

«El vestido ligero y veraniego ceñido al talle, las dos manos sosteniendo el bolso contra el regazo, el cabello castaño corto, a la moda, levemente ondulado. Un buen aspecto de mujer todavía joven, figura esbelta, casi delgada, tal vez demasiado alta para la media española, con su 1,76 de estatura cuando no lleva zapatos de tacón: Elena María Arbués Ortiz, veintisiete años, viuda desde hace dos. Propietaria de la librería Circe, situada en la calle Real de La Línea de la Concepción.» (pág. 23)

Doctor Zocas

Samuel Zocas, más conocido como doctor Zocas, es uno de los parroquianos que frecuentan el café Anglo-Hispano y uno de los amigos más cercanos de Elena Arbués. Es un hombre de talante abierto a la conversación, con ideas propias, que participa de los debates que animan las sobremesas y reuniones. Perteneció a una logia masónica y sus ideas liberales le obligaron a refugiarse en Gibraltar durante la contienda española. Sólo pudo regresar cuando tuvo garantías de que estaría a salvo en España. Tiene una extraña afición por los ferrocarriles, un entretenimiento que pocos comprenden en una persona de su inteligencia, pero en el que se esconde algo inesperado y crucial.

«Es menudo, calvo, miope, y la única mácula en su pulcro aspecto son dos dedos de la mano izquierda amarillos de nicotina. Siempre parece recién rasurado y huele a loción de afeitar como si acabara de salir de la barbería. Lleva lentes de acero y cierra con atrevidas pajaritas los cuellos impecables de sus camisas.» (pág. 29)

Harry Campello

Gasta treinta y seis primaveras y no es ningún angelito. De voluntad impetuosa, manos hechas para las friegas más duras y una expresión marcada por las cicatrices de la viruela, tiene la ingrata encomienda de proteger Gibraltar de espías, saboteadores y enemigos. Sobre todo, ahora que los italianos están mandando a pique los navíos de Su Majestad. Posee el instinto natural de los guardias desconfiados y es capaz de detectar quién viene con malas intenciones. Es un guardián astuto y precavido, que huye de las prisas y que se ha fijado en Elena Arbués. No se fía de esa mujer agradable, pero cortante, y ha puesto tras sus pasos a los mejores sabuesos. Junto a él van dos matones de cuidado y, entre los tres, aplican a sus prisioneros unos interrogatorios capaces de ablandar al más entero.

«Comisario de la Policía local, su trabajo coincide con su aspecto: dirige el duro Gibraltar Security Branch, la sección paramilitar que depende directamente del gobernador del Peñón y goza de una autonomía ajena a las normas. Centrado en la represión del sabotaje enemigo, “el Branch”, como lo llaman los iniciados, es una discreta mano izquierda que mantiene limpia la mano derecha de los británicos. Dicho en corto: el que se encarga del trabajo de contraespionaje más sucio.» (pág. 91)

Royce Todd

Desde la atarazana que le dan sus, aproximadamente, veinticinco años, observa la guerra como una contienda entre caballeros. Es el encargado de proteger el puerto y abortar las misiones de los italianos, sus adversarios, a los que va tomando la medida y entendiendo el juego que se traen. Proviene del mundo civil, pero, a pesar de su juventud, es un reputado experto en trabajos submarinos. De talante educado y con una comprensión de lo que hacen las contiendas a los hombres, siente una secreta admiración hacia esos «espagueti» que, en medio de la noche, se internan en el mar para reventar sus barcos. Es elegante, es noble y es inteligente. Un extraño ejemplo de individuo que se mantiene firme a unos principios básicos a pesar de las bombas y los muertos. También es el autor de un libro, 'Deep and Silent', que, con los años, consultará el narrador de la historia.

«Un inglés excéntrico de la variedad agradable; uno de esos individualistas inclinados al deporte y la aventura, a los que sólo circunstancias excepcionales logran vestir de uniforme; e incluso entonces se toman la guerra como un partido de tenis. Todd encaja en el perfil: seguro de sí mismo, enemigo de protocolos, indisciplinado en tierra, todo indica que en el mar él y su equipo de Protección Submarina ya son otra cosa.» (págs. 108-109)

Jack Wilson

El mundo le ha conducido a la guerra, pero su vocación queda en el campo de la literatura. Bien formado, con gusto por el teatro, escribe poesía, le gusta visitar librerías, es risueño y tiende por carácter a la alegría. Tiene la ardua tarea de llevar la cultura a aquellos que no saben leer ni las tiras cómicas. Y, como tantos de sus compatriotas, y más en los severos tiempos de guerra, siente cierta debilidad por la bebida. Uno de sus comentarios pondrá a Elena Arbués en el ojo del huracán.

«En la guerrera lleva los tres galones de sargento y la insignia —un libro abierto sobre dos rifles cruzados— del Grupo de Educación del Ejército. Su rostro es vulgar, pero habla un inglés elegante, de resonancias cultas. Hay mucha literatura leída en esa voz.» (pág. 162)

La crítica ha dicho sobre el autor:

«Arturo Pérez-Reverte sabe cómo retener al lector a cada vuelta de página.» 'The New York Times Book Review'

«Arturo Pérez-Reverte consigue mantener sin aliento al lector.» 'Corriere della Sera'

«Los lectores no serán capaces de volver la página lo suficientemente rápido.» 'Publishers Weekly'

«Hay un escritor español que se parece al mejor Spielberg más Umberto Eco. Se llama Arturo-Pérez-Reverte.» 'La Repubblica'

«Arturo Pérez-Reverte nos hace disfrutar de un juego inteligente entre historia y ficción.» 'The Times'

«Pérez-Reverte en su mejor momento. Sus novelas trazan lazos de unión unas con otras, hasta formar una urdimbre que es lo que los clásicos llamaban estilo, y los modernos, mundo.» José María Pozuelo Yvancos, 'ABC Cultural'

«Nada más serio que el juego de Pérez-Reverte. Ese juego se llama literatura.» 'La Revue des Deux Mondes'

«Pérez-Reverte es su sensibilidad radicalmente moderna, inteligente y compleja [...]. Un resumen de un argumento de Pérez-Reverte es emocionante, pero no tan interesante como sus libros, cada uno de los cuales crea una atmósfera psicológica que es irresistible.» 'The Boston Globe Book Review'

«Colocando muy alta la bandera de la ficción apasionante, Arturo Pérez-Reverte elabora sus novelas como un viejo barman español refinado y elegante que se emborrachase de vez en cuando con Corto Maltés. Déjense ustedes instruir por este maestro de la aventura.» 'Minute'

«Uno se siente como el perro de Goya, enterrado hasta el cuello en las historias de Pérez-Reverte, tan abrumado como fascinado; incapaz de huir, pese a que cada frase arroja en el alma un capazo más de arena, de pesar, de tinieblas.» Jacinto Antón, 'El País'

«Su estilo elegante se combina con un gran manejo de la lengua española. Pérez-Reverte es un maestro.» 'La Stampa'

«Pérez-Reverte tiene un talento endiablado y un sólido oficio.» 'Avant-Critique'

25 septiembre 2020

Dosier de prensa para 'Línea de fuego'


Alfaguara - 25/09/2020

La novela

La noche del 24 al 25 de julio de 1938, 2.890 hombres y 18 mujeres cruzan el río Ebro. Forman parte de la XI Brigada Mixta del ejército republicano y su misión es afianzar una cabeza de puente en la localidad de Castellets del Segre, una posición defendida por medio batallón de infantería, un tabor marroquí y una compañía de la Legión. Durante diez días, nacionales y populares, personas de diferente orden, edad, procedencia, conciencia y condición, lucharán por cada palmo de tierra sin descanso y sin ceder al desaliento. Algunos son voluntarios, combatientes aguerridos y valerosos, convencidos de sus ideales, que pelean por sus principios, pero la mayoría son individuos corrientes, muchos de ellos dolorosamente jóvenes, que han dejado sus vidas atrás para participar en la batalla más sangrienta de nuestra historia.

Sin embargo, la XI Brigada Mixta, Castellets del Segre y las tropas atrincheradas en esta localidad jamás han existido. En 'Línea de fuego', Arturo Pérez-Reverte afronta su obra más ambiciosa y construye una novela coral, de una extraordinaria dureza y humanismo, para homenajear a los miles de soldados anónimos de uno y otro bando que participaron en el enfrentamiento que selló el devenir de la Guerra Civil española. En estos personajes, alimentados por las vivencias y los testimonios de docenas de supervivientes, vibra la memoria de nuestros padres y abuelos, y sale a relucir el coraje, la voluntad, el heroísmo, el miedo, el dolor, la generosidad y los sufrimientos que padecieron los miembros de esos contingentes, cuyos nombres pocas veces aparecen consignados como merecen en las páginas de los libros de historia.

Con el rigor documental al que nos tiene acostumbrado en sus novelas y apoyándose en la ingente documentación que ha llegado hasta hoy (partes de guerra, informes militares y las declaraciones de los testigos y principales actores), el autor ha reflejado, en una narración vívida y emocionante, la verdadera magnitud de este acontecimiento como nunca se ha hecho antes. Alejado de entonaciones partidistas y posiciones ideológicas, Arturo Pérez-Reverte, el novelista más leído de nuestra literatura, ha escrito un relato ecuánime sobre aquel capítulo esencial de nuestro pasado común. Una narración que, como en las mejores ficciones, da cuenta de lo que verdaderamente sucedió tan bien como la propia realidad.

Contexto histórico

Doce y quince minutos de la noche. Encubiertas por la oscuridad y agazapadas en botes, las fuerzas republicanas cruzan en silencio la corriente del río. Ha comenzado la batalla del Ebro. A un lado, confiadas y bien apostadas, aguardan las tropas nacionales, muchas de ellas compuestas por veteranos bien fogueados. Están respaldadas por intendencia, divisiones de auxilio, aviación y cañones, pero en ese momento no son muy numerosas y están desguarnecidas. Los mandos son optimistas. Enfrente no existen puentes y el adversario carece de suficiente fuego artillero. Sólo una ofensiva por sorpresa y coordinada en diversos sectores podría sacar adelante uno de los mayores desafíos tácticos que existe en cualquier guerra: el paso de un río.

La República necesita una ofensiva que devuelva la autoestima a su ejército, le reporte un éxito de cara a las grandes potencias democráticas internacionales y alivie el cerco que Franco ha dispuesto alrededor de Valencia. Una victoria que le permita reorganizarse, mantener abierta la guerra y prolongarla el tiempo suficiente para que se desate en Europa el conflicto con Alemania, que a estas alturas ya todos creen inevitable. Para conseguirlo, la República lanza a la batalla a 100.000 hombres que librarán encarnizados combates con las divisiones nacionales. Los dos contingentes harán frente al calor, el hambre y la sed, y verán una brutalidad y una violencia antes desconocida. Cuando los combates concluyan el 16 de noviembre, en el terreno habrán quedado más de 20.000 almas de ambos bandos. El saldo total de bajas se acercaría a las 80.000 en una España que en 1936 no alcanzaba los 25 millones de habitantes. Nunca se había librado en suelo español un choque más cruento y despiadado.

Diez días de guerra

'Línea de fuego' es una novela de guerra narrada desde el frente. Arturo Pérez-Reverte, que durante años fue corresponsal en distintos conflictos bélicos, cuenta como nadie hasta hoy lo ha hecho cómo combatieron los nacionales y los republicanos en el Ebro. Describe las armas que emplearon, los efectos de la artillería y el fuego cruzado desde las tapias, casas, bardas y campanarios; la amenaza que suponen las granadas, los carros de combate, los bombardeos de la aviación, los asaltos a las colinas por pendientes que resultan eternas y las temidas cargas a bayoneta sobre las trincheras y posiciones del enemigo. A través de estas diez jornadas en las que transcurre la acción de la novela se muestra cómo lucharon a brazo partido novatos que nunca habían visto un muerto y curtidos oficiales conscientes de que la veteranía es un grado pero no un chaleco antibalas. Aquí, jóvenes y viejos, tropa y oficiales de este bando y de aquel, sobreviven, pelean y mueren juntos codo con codo.

Pero el autor también recoge aspectos comunes de la vida diaria del combate. Con un acertado pulso literario narra el calor que padecieron (aquel verano tuvo temperaturas extraordinariamente altas), los estragos del hambre (sobre todo entre los republicanos, con líneas de abastecimiento más débiles) y la sed que sufrieron debido a la lejanía de los pozos o las fuentes. Unos y otros mitigaban la sequedad con lo que encontraban a mano: vino, coñac... Pero en la mayoría de las ocasiones sólo les quedó aguantar y mojarse los labios resecos con la lengua. Lo único que no escaseó fue el café, o un derivado semejante que improvisaban, y que preparaban al alba. Tampoco faltaron los mosquitos y los tábanos, que se convirtieron en una pesadilla junto a las picaduras de los piojos que infestaban sus ropas debido al hacinamiento y la deficiente higiene.

Arturo Pérez-Reverte detalla con precisión la tensión de los hombres antes de entrar en acción. Sus rituales y silencios; los minutos en los que redactan una misiva a sus madres o se ponen en paz consigo mismo y piensan en sus esposas o hijos antes de retomar las armas. Se acerca los distintos tipos de miedo que asaltan a los combatientes, independientemente de su rango y experiencia. «El temor a lo que está por llegar es el peor de todos», se comenta. Para aplacar los nervios, la mayoría fuman, porque en la guerra el tabaco es tan imprescindible como la munición.

No escapa a la mirada del novelista el desolador paisaje en el que se desenvolvieron esas unidades. El autor da cuenta de los cadáveres que se pudren al sol porque no pueden ser enterrados, y de cómo, escondidos detrás de parapetos, los soldados, con los rostros sucios, los ojos enrojecidos y las mejillas tiznadas de pólvora, oliendo a sudor, sangre y grasa de armas, ven reducidos sus uniformes a jirones con el transcurso de las jornadas. Todos ellos deambulan por un paisaje en ruinas, salpicado de casquillos, vendas ensangrentadas, arbustos quemados, edificios picados por la metralla y heridos a los que asisten como pueden porque las medicinas van terminándose, la evacuación es lenta, la retaguardia está lejos y los camilleros no disfrutan de salvoconducto y también caen abatidos como todos los demás. Durante la noche o los minutos en los que cesa el fuego, para elevar la moral de los suyos y desanimar al contrario, rojos y fachistas, como se llamaban entre ellos, se dedicaban insultos o coplillas de himnos militares.

En este mundo donde no existen las reglas y el azar es un elemento más de la supervivencia, 'Línea de fuego' no se olvida de los sentimientos. Ahí está el odio, la rabia, el dolor y la impotencia que embargan a los soldados cuando pierden a un compañero, o los ajustes de cuentas cuando la victoria se decanta de uno de los lados. Pero en este territorio hostil, fiero y violento, también hay hueco para la compasión, y en los instantes más inesperados asoma la generosidad hacia el adversario. Es una pequeña rendija de luz en el negro infierno. El lugar por donde asoma el alma de unos hombres que sólo anhelaban que todo terminara pronto para volver a sus hogares.

Una guerra de hombres... y de mujeres

Arturo Pérez-Reverte ha dejado de lado los habituales héroes de sus libros y en 'Línea de fuego', una novela que sigue la senda de 'Un día de cólera' (2007) y 'El Asedio' (2010), teje una obra de múltiples voces que permite acercarnos a los distintos puntos de vista que concurrieron en la batalla del Ebro. A través de sus protagonistas, bien matizados y definidos por el lenguaje castrense, popular, culto o vulgar que cada uno de ellos habla, el autor nos adentra de lleno en el combate, nos revela detalles esenciales que definieron el enfrentamiento y nos permite conocer las razones políticas, ideológicas o vitales que condujeron a muchos soldados hasta este momento clave de nuestra historia. Un abanico de hombres y mujeres, de distintas hechuras y carácter, que retratan el paisaje humano de una batalla, pero que también nos brinda la oportunidad de aproximarnos a las mentalidades que predominaban en la contienda.

Patricia Monzón y el grupo de mujeres de la sección de Transmisiones

Más conocida como Pato. Forma parte de la sección de Transmisiones, integrada únicamente por mujeres. Valiente, disciplinada y con unas creencias políticas situadas más a la izquierda que su propio corazón. A los dieciocho años se afilió a la Agrupación de Mujeres Antifascistas, pero, como toda joven de la capital, aún recuerda los bailes en las Vistillas y la música de un tiempo en que no se necesitaba conciencia política. No ha olvidado a los muertos que han dejado los bombardeos fascistas en Madrid y no siente ninguna lástima por los sublevados. Sin embargo, algo se le remueve por dentro al ver sus cadáveres. «Lo mismo que la mayor parte de sus compañeras, cuando hace cuarenta y ocho horas supo que su destino estaba al otro lado del Ebro se hizo rapar el pelo por dos razones de importancia: que no se vea de lejos que es mujer, y reducir en los próximos días, poco favorables a la higiene, la posibilidad de que le aniden piojos u otros parásitos. A sus veintitrés años eso le da un aspecto andrógino, de muchacho, acentuado por el gorrillo cuartelero, el mono azul, el cinto de cuero con cantimplora, pistola Tokarev TT-33 y dos cargadores de reserva, además de las botas de clavos rusas».

Ginés Gorguel Martínez, soldado del ejército nacional

El primer soldado nacional en advertir el avance republicano. Su pueblo cae en la zona roja, pero el alzamiento lo sorprendió en Sevilla y ahora combate con los sublevados. Su temple no está hecho precisamente de arrojo y valor, y considera que todo esto no va con él. Sólo piensa en regresar a su pueblo junto a su mujer y su hijo. Hasta piensa en cruzar las líneas y desertar, pero la guerra lo persigue como una maldición. Por mucho que intenta escapar del frente, siempre acaba en primera línea, pisando cadáveres y vainas vacías de balas. Piensa que a la fuerza incluso ahorcan y, en el Ebro, el dicho, para él, parece más cierto que nunca. «El soldado de infantería Ginés Gorguel Martínez lía a tientas un cigarrillo con la picadura que guarda en la petaca, pasa la lengua por el filo del papel, lo hace girar entre los dedos y se lo lleva a la boca. […] Tiene treinta y cuatro años, sabe leer y escribir, conoce las cuatro reglas. En su hoja de servicios, si es que alguien la tiene al día, constará su intervención en las batallas de Brunete y Teruel; pero en ambos episodios procuró mantenerse lejos del tomate, actitud para la que posee un especial talento. […] En realidad, carpintero de oficio como es, no entiende de política ni nunca se afilió a nada, ni siquiera a un club de fútbol; y en tal sentido, lo mismo le dan unos que otros».

Los dinamiteros Julián Panizo Serrano y su compañero Olmos

Tosco y más duro de roer que el acero. Minero desde los catorce años en Murcia. Durante diecinueve años estuvo volando piedra en túneles por un salario más justo que una propina. Todo para dar de comer a su mujer, sus cuatro hijos y su padre enfermo. Pelea por la República y luce las mismas agallas que todo un batallón de legionarios. Un combatiente de los que sabe estar a las buenas, pero, sobre todo, cuando las cosas vienen mal dadas. Miembro del Partido Comunista, ahora es barrenero junto a su inseparable compañero Olmos. Ninguno soporta a los fascistas, a quienes llaman despectivamente fachistas. «El compañero se llama Francisco Olmos y es murciano como él, antiguo minero de La Unión, comunista desde el año 34, cuando los de carnet aún eran cuatro gatos, antes de convertirse en fuerza decisiva […]. Veteranos ambos, Panizo y Olmos, de casi todos los fregados desde la sublevación facciosa: dinamiteros improvisados al principio, zapadores de choque después, no se han perdido casi ninguna: Madrid, Santa María de la Cabeza, Brunete, Belchite, Teruel. Un buen currículum».

Santiago Pardeiro Tojo y la 3.ª Compañía de la XIX Bandera de la Legión

Competente, minucioso, con inteligencia táctica y, como reclama el puesto en el Tercio, con bravura, cuajo y sentido del deber. Es oficial reciente en la Legión y en la cabeza no deja de darle vueltas a lo que cantan los veteranos: alférez provisional, cadáver efectivo. Lo peor es que sabe que es verdad. En la primera refriega, caen la mitad. Y en esta ocasión, le ha tocado jaleo para dar y tomar. Hombre de orden, defensor del trabajo, se metió en el cuerpo para defender una nación con valores frente al desorden que traen los «rogelios», como denomina a los rojos. Un líder en la retirada y un ejemplo de valor en el ataque. En el bolsillo lleva una carta aún sin acabar para la familia. Por si acaso... «Santiago Pardeiro Tojo, veinte años a punto de cumplirse, jefe accidental de la 3.ª Compañía de la XIX Bandera de la Legión, recibe de un enlace la orden de mover la unidad hacia Castellets para establecer allí, a lo largo de la carretera que cruza el pueblo, una posición de defensa. […] Ignora lo que está pasando de verdad, y no sabe qué encontrará cuando llegue al pueblo. En todo caso, su responsabilidad es mucha: hasta hace un año estudiante de Ingeniería Naval en El Ferrol, es alférez provisional y se halla al mando de la unidad por baja del capitán».

Faustino Landa y la XI Brigada Mixta

Como dicen los suyos, es de los que vive y deja morir. Es teniente coronel de la XI Brigada Mixta. De los que contemplan la guerra con prismáticos y con distancia. Da órdenes, pero no precisamente en las trincheras. Uno de los responsables de la ofensiva republicana. Sabe cuál es su deber y es cumplidor. Talento prudente y templado de humor, desconfía de los líos, le gusta la prensa y goza de la confianza de Líster. No es muy amigo de excesos verbales ni de las discusiones en tono alto. Sobre todo, si hay comisarios políticos del Partido Comunista a su alrededor. «El teniente coronel de milicias Faustino Landa, jefe de la XI Brigada, ascendido de grado hace sólo un par de semanas […], tiene cuarenta años y es ancho de cuerpo, con manos de obrero y ojos de pirata listo. […] Vividor, amante de la buena mesa, […] menos republicano que comunista, como casi todos los mandos y comisarios del ejército del Ebro, antiguo acomodador de sala de cinematógrafo y afiliado de primera hora a las Juventudes Socialistas, se pasó al Partido con la gente de Santiago Carrillo».

Emilio Gamboa (Gambo) Laguna y el Tercer Batallón de la XI Brigada Mixta

Concienzudo, serio y con una valentía sin tacha. Es un comunista de pura cepa. Un alma con ideales aparte de convicciones, pero con la mirada despejada de espurios adoctrinamientos ideológicos. Más frío que el hielo, es un luchador nato, de los que venden cara la piel y que no se arredra cuando vienen duras, y muchas veces le vienen así. Exige a sus hombres, que son de los mejores que tiene la República, todos comunistas convencidos. Tiene fama de ser honesto con ellos y demasiado claro en ocasiones con sus superiores, lo que, en su bando, puede salir muy caro. «El comandante del Tercer Batallón de la XI Brigada Mixta mira el cielo aún con más preocupación que el río. […] Como la mayor parte de su gente, y aunque sólo tiene treinta años, Gambo es un curtido luchador: hijo de albañil asturiano, menor de ocho hermanos y único de su familia que fue a la escuela, botones en un hotel de Oviedo, afiliado al Partido a los dieciocho años, organizador del Sindicato de Oficios Varios, encarcelado dos veces antes de huir a la Unión Soviética […], a su regreso a España fue instructor de las Milicias Antifascistas, defensor de Guadarrama en el verano del 36».

El capitán Juan Bascuñana y los soldados de la quinta del biberón del Cuarto Batallón

Está al mando de los reclutas más jóvenes, la llamada quinta del biberón, y es responsable de doblegar el punto de resistencia más enconado de los nacionales. En pocas palabras, le ha tocado bailar con la más fea. Oficial de izquierdas de cabo a rabo, pero cuestionado por los comisarios políticos. Es un hombre con mucha guerra encima, que ha visto lo suficiente para poner en duda muchas consignas del Partido. «Ser soldado de esta República y pensar no es una combinación cómoda», asegura. Descreído, con un aura triste en el rostro, pero más firme que un roble, mira a la realidad de frente, sin hacerse ilusiones, pero sin arrugarse. Aprecia a sus jóvenes reclutas y siempre se mantiene a su lado. «Lleva la gorra muy inclinada hacia el lado derecho, con un toque de chulería viril, y al cinto una Star Sindicalista. Es un hombre apuesto. Manos finas, poco proletarias. Como de treinta y pocos años. Pese a las huellas de fatiga, su rostro tiene un aire simpático. Ojos tristes sobre una sonrisa de niño. […] Hay en ellos una resignación fatalista, lúcida. […] La mirada de quien no se hace ilusiones sobre el presente ni el futuro».

El cabo Selimán y las tropas de Regulares del tabor marroquí

Le dieron cuarenta duros al mes, una lata de aceite y unas alpargatas, y se apuntó para la guerra de España. Pertenece al tabor marroquí, las temidas tropas moras que los nacionales han traído para sacrificar en el frente como carne de cañón. Los republicanos saben muy bien de lo que son capaces y él es consciente de lo que los republicanos también son capaces si cogen vivos a los suyos. Entre mucho iallah, jandulilá y mektub, sobrevive y reparte cera de la buena. Valiente, sin escrúpulos y más peligroso que una hoja de afeitar, se convertirá en el compañero de Gorguel en mil faenas. Combate a los «arrojos cabrones» por no creer en Dios y considera que Franco es un santo. «El moro que está a la derecha de Gorguel asoma también la cabeza y los dos se miran: una cara atezada sin afeitar, con prematuras arrugas y algunas canas en el bigote, bajo un tarbús sucio de tierra que lleva cosido un galón de cabo. Como de treinta y tantos años largos.

—Si nosotros tener el fusila loca no escapar ni uno —dice el moro, con aire de quien conoce el percal.

—¿Fusila loca?

—Máquina de mucho pum-pum seguido —el moro mueve un dedo en el aire, como apretando repetidas veces un gatillo—. Almitralladora».

Oriol Les Forques, Agustí Santacreu y los requetés de la compañía de choque del Tercio de Montserrat

Amigos desde la infancia, Les Forques y Santacreu se encontrarán en la punta de lanza del contraataque nacional. Son gente de valor probado y de un hondo catolicismo, que sienten un odio profundo hacia los comunistas y los separatistas. Como muchos de los que están con ellos, se curtieron en «la lucha callejera contra la anti-España de Azaña, Negrín, Largo Caballero y Companys», y aunque en un primer momento, después del alzamiento, salieron mal parados, ahora están ahí en primera línea. Los republicanos conocen sus agallas y los temen. Cuando asoman sus boinas rojas, no les hace ninguna gracia. «Sobresaltado, el cabo Oriol Les Forques —rostro moreno y agradable, pelo muy corto, buena planta—, que dormitaba apoyado en el hombro de un compañero, está a punto de caerse al suelo. […] El propietario del hombro contra el que dormitaba abre también los ojos y se los frota con los puños. Es flaco, rubiasco de pelo y gasta patillas a lo Zumalacárregui. Se llama Agustí Santacreu y, como Les Forques, es natural de Barcelona, nacido y criado igual que él en la rambla de Cataluña. […] Tienen veintiún años […] pero son veteranos de guerra con muchos tiros en los ojos, la memoria y el instinto».

Los periodistas internacionales: Phil Tabb, Vivian Szerman y Chim Langer

Son los enviados de la prensa extranjera. Redactores y fotógrafos. En ellos resuenan los nombres de Robert Capa y Gerda Taro. Aunque llegan al frente con permiso de la República y su visión es imparcial, no se engañan ni se hacen ilusiones. La realidad es demasiado cruda y su mirada sobre España es lúcida, cariñosa y lacerante al mismo tiempo. Con ellos entra en 'Línea de fuego' el mundo de los corresponsales de guerra, pero también algunas de las conclusiones y reflexiones más certeras sobre la Guerra Civil española. «Vivian Szerman lo cree en el acto, pues el corresponsal del 'New Worker' tiene el ojo rápido para esas cosas: lleva dos años en España y ha visto de todo. […] Alto y delgado con las piernas flacas y el cabello un poco más largo de lo normal, pausado de movimientos y tan sereno cual si acabara de salir de un club londinense. Así es Phil Tabb. Vivian sale del coche. […] Pelirroja, menuda, lleva el cabello cortado hasta la nuca y tiene unos ojos claros que según la luz viran del azul al gris. Aunque no es guapa, los ojos, las pecas en la nariz y los pómulos, las formas sugeridas por el cinturón y bajo la camisa son una especie de salvoconducto entre los españoles, y no sólo con ellos. Chim Langer […], bajo y fornido, manos rápidas, ojos nerviosos de centroeuropeo desconfiado y siempre al acecho. Espaldas de luchador bajo una mugrienta cazadora de ante con el polvo de algunas batallas. El pelo revuelto, ensortijado, muy negro, se enrosca sobre su frente bovina y estrecha, ancha y aplastada la nariz en gimnasios y rings».

Saturiano Bescós y la XIV Bandera de Falange de Aragón

Un hombre de campo. Terroso, resistente y callado. Hasta que fue reclutado cuidaba cabras en los montes. Aunque es muy joven, está habituado al sol, el frío y la lluvia. Afinó puntería defendiendo el rebaño de los lobos que lo acechaban. Y ahora no falla un tiro. Es de carácter valiente, de los que no retroceden ante los disparos ni una herida lo deja porque sí en el hospital de campaña. Pero también es sencillo, humilde y con un temperamento inclinado a la bondad. «Obediente, el falangista Saturiano Bescós canta con sus compañeros mientras camina cargado con su equipo, el casco colgando del correaje. Rubio de pelo, cachazudo de carácter, pastor de profesión, analfabeto que apenas sabe garabatear su nombre, acaba de cumplir veinte años, aunque su físico grande, fornido, lo haga parecer mayor. Bajo el gorrillo isabelino azul con madroño rojo, el sudor gotea por su cara y le moja la camisa».

Temas principales

Un combate cruel

En la batalla del Ebro se combatió con una ferocidad inusitada. Esto se debió a la presencia de unidades altamente ideologizadas en los dos bandos. En el republicano había numerosos comunistas de carné y gente de Partido que participaban en el conflicto de manera voluntaria y cuya militancia y voluntad estaba fuera de cualquier duda. Entre los nacionales, ese testigo lo recogían los requetés, los falangistas, que no conocían merced alguna en caso de caer prisioneros, y las tropas moras, famosas por sus atrocidades. Pero el grueso de los dos ejércitos estaba conformado por soldados y oficiales que únicamente deseaban regresar vivos a casa. Son los inocentes atrapados entre esas dos posturas enconadas. Hombres que llegaban a plantearse la deserción o cruzarse al enemigo, que sólo pensaban en sus familias y se arrancaban las divisas de su graduación de las camisas cuando atisbaban la derrota o, como refleja muy bien 'Línea de fuego', rompían los carnés de afiliación para escapar de un posible ajusticiamiento en caso de que fueran hechos presos.

Una peligrosa división

En 'Línea de fuego' asoma uno de los motivos que propició la derrota de la República. Los nacionales, a diferencia de sus enemigos, supieron mantenerse unidos a pesar de su diversidad. Compartían un motivo común: había que ganar a los rojos. Uno de los personajes lo expresa con claridad: «No buscamos revolucionar el mundo; sólo echar a esos indeseables... Y luego, cuando hayamos vencido, ya veremos quién nos decepciona y quién no». En cambio, la República se desangraba por las divisiones políticas internas, las depuraciones, la desconfianza y las sospechas. En la novela aparecen los comisarios políticos del Partido Comunista y esa disciplina exportada de Moscú que sugería que se podía disparar a quien no avanzara y que si un militar no alcanzaba sus objetivos, ocurría por una única razón: era un traidor.

Las mujeres

Están representadas por la sección de Transmisiones. Han avanzado en libertades, derechos y estudios y temen que esos logros puedan perderse si Franco gana la guerra. Saben que la palabra «miliciano» concede prestigio, pero que su femenino, «miliciana», no. De hecho, ocurre todo lo contrario. Al principio las usaron como propaganda para la causa: esas fotografías de mujeres con el pelo a lo garçon, mono y cartucheras que ilustraron las portadas de las revistas. Pero ya llevan hecha mucha guerra y han pagado un precio por esa imagen de revista. Ahora quieren estar al lado de sus compañeros, pero no como enfermeras en la retaguardia, sino en el frente, para demostrar lo que valen.

Las Brigadas Internacionales

El último gran combate que libraron fue en la batalla del Ebro. Aquí sus filas sufrieron incontables bajas. Su voluntad ya venía muy quebrada y sus ilusiones diezmadas. Llegaron a España para detener el fascismo, pero pronto comprendieron, como hizo George Orwell, que los sueños son frágiles y se rompen con extrema facilidad. 'Línea de fuego' ofrece una semblanza amarga y verídica de estas unidades, a la vez idealistas y abnegadas, que afrontaron sus últimos días con más resignación que fe.

La quinta del biberón

Arturo Pérez-Reverte subraya lo jóvenes que eran los soldados de los dos bandos en la batalla del Ebro. Pero sobre todo subraya la juventud de la quinta del biberón. En 'Línea de fuego' les dedica una emotiva descripción: «En mi compañía tengo ciento treinta y cuatro críos de diecisiete y dieciocho años que hace un mes aún estaban en sus casas: catalanes, valencianos, murcianos... Se les ordenó presentarse con cuchara, plato, manta y calzado. Algunas madres los acompañaban de la mano hasta la puerta misma del cuartel con bocadillos envueltos en papel de periódico». Todos estos chicos, muchos de los cuales aún no han conocido lo que es el amor y nunca han pegado un tiro, se verán envueltos en los combates sin saber qué hacer, acobardados por la falta de experiencia y su escasa instrucción. Un destino aciago para las generaciones que, en principio, eran el futuro de todo un país.

Confraternización

El autor recoge varios ejemplos de la confraternización que se dio durante la batalla del Ebro, uno de los aspectos menos conocidos del enfrentamiento. Los dos bandos llegaron a pactar en diferentes momentos treguas para recoger agua de los pozos, intercambiar tabaco y otros artículos menudos que escaseaban y que, si bien no decantaban la balanza de la batalla, al menos sí servían para sobrellevar mejor tantas fatigas y desánimos. En ocasiones también se permitió que el adversario socorriera a sus heridos. Y todo ello ocurrió porque, como dice uno de los protagonistas de la novela: «Es lo malo de estas guerras. Que oyes al enemigo llamar a su madre en el mismo idioma que tú».

Represión

Los protagonistas de 'Línea de fuego' conocen el frente, pero también lo que sucede en la retaguardia. Un republicano asegura: «He visto asesinar a mucha gente. Y no por sublevarse contra la República, sino por haber votado a las derechas. A críos fusilados por ser de Falange, a mujeres a las que pegaban un tiro después de acusarlas de fascistas y violarlas... He visto a criminales liberados de la cárcel, vestidos de milicianos, ir a matar y robar a los jueces que los condenaron». Otro de los personajes de la novela, el falangista Saturiano Bescós, también ha visto cómo se aplica esa misma regla en sus filas y cómo los suyos lo llaman eufemísticamente «depuración de personal desafecto en la retaguardia».

La prensa internacional

Se juegan la vida para informar. Tienen claro, como suscriben, que «a un reportero nunca lo asesinan en una guerra. Muere, eso es todo. Lo matan trabajando». Los periodistas de 'Línea de fuego' reconocen que de todos los hombres y mujeres que están en el frente, ellos son los únicos que están ahí porque quieren. También han asumido que los conflictos, por naturaleza, son «criminales». Con estos preámbulos, cubren la batalla del Ebro. No ignoran los riesgos y los aceptan. Con ellos no llega sólo la voz de una profesión y de los riesgos que se corren al ejercitarla, sino también, la visión de una España dividida que sacrificó a lo mejor que tenía en los campos de batalla. Como concluye Saturiano Bescós: «Cuánto dolor en familias, novias, padres, esposas, hijos. Cuánta fuerza, inteligencia, capacidad de trabajo y promesas de futuro malogradas de modo absurdo».

Más que un contador de batallas

A través de su trayectoria literaria, Arturo Pérez-Reverte nos ha llevado desde la Edad Media hasta el siglo XX. Un conjunto de historias que nos han mostrado cómo eran las batallas en el pasado. Pero con estas historias también ha descubierto a miles de lectores los motivos y la mentalidad de los hombres que participaban en las guerras. En 'Sidi' descubrimos no sólo a un héroe, Rodrigo Díaz de Vivar, el Cid, sino también el pensamiento de aquellos hombres de frontera que abundaron en el siglo XI. En la serie del capitán Alatriste delineó a esos soldados de los tercios que luchan por una paga, pero que también son fieles a un rey y una religión, aunque a cambio de sus desvelos sólo obtengan indiferencia; en 'El húsar' dibujó los sueños de fama que rodea el ejercicio militar y que a más de un joven iluso lo empujó a tomar las armas por Napoleón y descubrir por sí mismo la realidad que esconde la gloria militar; en 'Un día de cólera' esbozó con maestría el levantamiento de un pueblo ciego de rabia que anhelaba la independencia y deseaba expulsar al invasor; y, en las novelas de la serie de Falcó aporta una reflexión nueva y da fe del cinismo que impregna los credos morales del siglo XX y cómo las lealtades ya no se corresponden con valores o principios, sino con la cartera y con quien mejor paga. En 'Línea de fuego', el autor refleja, sin tomar partido, las diferentes mentalidades que confluyeron en los años treinta y en la Guerra Civil española.

07 junio 2020

1405 – EL HOMBRE AL QUE PUDE MATAR

XL Semanal, 7 de junio de 2020

Ocurrió hace años. Estaba sentado en la terraza de un bar cuando se me acercaron dos jovencitos quinceañeros. «Tú quisiste matar a mi padre», dijo uno de ellos a quemarropa. Los miré, desconcertado. «¿Quién es vuestro padre?», pregunté. Me lo dijeron. Estuve un momento callado y luego pregunté quién les había contado eso. «Nos lo ha contado él», respondieron. Me gustó su aplomo, su decisión de críos dispuestos a ajustar cuentas. «¿Y vuestro padre me guarda rencor?», inquirí. Fue el mayor quien respondió. «No, porque dice que él habría hecho lo mismo». Entonces les pedí que se sentaran. Lo hicieron, recelosos. No quisieron tomar nada y se quedaron en el borde de la silla, muy tensos. Eran chicos duros y me gustó que lo fueran. Entonces les conté mi versión de la historia.

Ocurrió a finales de 1975 en un lugar del Sáhara llamado El Farsía; que era como estar en mitad de la nada, con la diferencia de que esa nada estaba llena de soldados marroquíes que tenían cercada a una diezmada katiba de guerrilleros saharauis. Y había un problema adicional: había allí dos periodistas españoles de veintipocos años, con la mala suerte de no estar con los marroquíes sino con los otros, los guerrilleros. Y tanto éstos como los periodistas lo estaban pasando muy mal. No había forma de salir de allí, al que se movía lo achicharraban, y para colmo no quedaba agua para beber, el sol pegaba vertical con unos 45º a la sombra —si hubiera habido sombra, que no era el caso—, y la inmovilidad, el sudor, los tiros, el tormento de las moscas, el miedo, ponían los nervios al límite de su resistencia.

Todo ser humano, por templado que sea, tiene unos límites. Son las circunstancias las que te acercan o alejan de ellos. Aquel día de tortura insoportable, los nervios de uno de los reporteros tocaron el límite antes que los del otro. Salió primero su número. Así que, tras haber aguantado durante días y sobre todo durante las últimas horas, agotado por la tensión, perdió la compostura. Hay que rendirse, dijo. Gritemos que somos periodistas, levantemos los brazos y salgamos de aquí. Su compañero, sin embargo, no lo veía así de fácil. Nadie sabía que estaban allí, opuso con cierto sentido, y a los de enfrente les daban igual dos vidas más o menos. Tampoco les iba a gustar que hubiera testigos de aquello, ni que dos reporteros fueran en plan coleguillas con sus enemigos. Y si los cogían vivos, añadió, quizá fuera peor, porque les iban a ir dando por el culo hasta Tarfaya. Esa fue exactamente la frase, concreta, inolvidable: «Nos van a ir dando por el culo hasta Tarfaya».

El plan, había dicho el jefe de los saharauis, era esperar la noche para infiltrarse entre los marroquíes y escapar. Pero para eso había que estar tranquilos y callados. Sin embargo, el otro periodista no se dejaba convencer. Empezó a ofuscarse y a gritar, todo eso tirados cuerpo a tierra, parapetados entre las piedras desnudas, roncos de sed y con el sol asesino sobre sus cabezas. Y cuando hizo ademán de levantarse para ir hacia los marroquíes, su compañero le sacó a uno de los que estaban tumbados junto a ellos una pistola que el guerrillero llevaba en una funda colgada al cinto: una vieja Astra del 9 largo. El caso es que cogió la pistola, le quitó el seguro, se la puso al colega en la cabeza y señaló a los saharauis. «Nos pones en peligro a todos —dijo con toda la firmeza de que fue capaz—. Si te pego un tiro, éstos no van a decir nada a nadie». Y los saharauis miraban, callados y aprobadores.

Esa misma noche, en absoluto silencio los guerrilleros y los periodistas consiguieron infiltrarse entre los marroquíes —todavía hoy parece un milagro al recordarlo— y escapar de allí. Excepto aquellos diez minutos de crisis, el comportamiento del periodista que había perdido un momento los nervios fue impecable. Arrastrándose en la oscuridad se condujo con un valor tranquilo, y hasta se arriesgó un par de veces para esperar y ayudar al compañero. Publicados en España, los reportajes y fotografías fueron una gran exclusiva: éxito total. Ninguno volvió a comentar el incidente hasta una semana más tarde, cuando tomaban juntos una copa con las chicas del cabaret de Pepe el Bolígrafo, en El Aaiún. En un momento determinado, de improviso, uno de ellos sonrió y le dijo al otro: «Supongo que yo habría hecho lo mismo que tú». Ésa fue su absolución de hermanos, y no hubo nada más. Después se miraron a los ojos en silencio y encargaron a Chocolate, el camarero negro, la botella de champaña que Silvia y la Franchute llevaban mucho rato pidiendo.

26 abril 2020

1399 – LA ESTRELLA MORIBUNDA

XL Semanal, 26 de abril de 2020

Durante cierto tiempo, las estrellas fueron importantes en mi vida. Crecí junto al mar cuando la costa no era todavía un continuo paisaje de cemento y luz artificial, y las noches en la playa, junto a fogatas hechas con madera de deriva, transcurrían bajo una hermosa bóveda celeste que giraba despacio alrededor de la Polar. Fue con Paco el piloto, en las noches en que salíamos al mar para que él se buscara la vida con los barcos extranjeros fondeados, con quien aprendí a tomar la distancia desde la Osa Mayor para encontrar la estrella maestra. Más tarde, cuando navegué en mi propio velero, algunas noches apagaba —aún lo hago— todos los instrumentos de a bordo para, sentado junto al timón, sentir el placer de navegar un rato con sólo las referencias del cielo. Y cuanto tengo alguna duda, todavía consulto el Starfinder, el disco localizador de estrellas que me regaló, hace ya muchos años, el capitán de la marina mercante don Carlos de la Rocha.

También, cuando trabajé en lugares donde la luz no sólo no era posible sino que podía ser peligrosa, muchas noches transcurrieron en la oscuridad, a cielo abierto, y a menudo dormí o esperé tumbado sobre la arena o en el saco de dormir, mirando estrellas hasta aprenderme varias constelaciones de memoria: El Cisne, La Cruz del Sur, Las Pléyades, Cefeo, Orión… De todas ellas, Orión es la que más vinculada está a mi vida, y no sólo por ser la más hermosa. Desde niño me fascinó su leyenda, la del cazador con la espada y el escudo, que vigila el cielo; el que guió a Ulises en su visita al Hades y tiene dos estrellas en los hombros, Betelgeuse y Bellatrix, tres en el cinturón y dos en los pies, una de las cuales se llama Rigel. A Orión debo tal vez la vida, como se la debe mi entonces compañero el fotógrafo Claude Glüntz; porque una noche de febrero de 1976, cuando recorríamos con un Land Rover y un conductor del Polisario una pista cercana a Mahbes, en el Sáhara, fue la posición de Orión, que estaba donde no debía estar —o más bien éramos nosotros los que no estábamos— la que nos hizo descubrir que nuestro conductor saharaui se había despistado y rodábamos por una pista minada que, además, nos llevaba directamente a las posiciones marroquíes.

Anoche, cuando pensé en escribir hoy este artículo, me asomé a ver con prismáticos el firmamento, que desde donde vivo se ve nítido y limpio. Y allí estaba el impasible y fiel Cazador, muy próximo al horizonte. Me detuve un rato en el punto rojizo de Betelgeuse, la estrella más hermosa de esa constelación, el Uluriajuak de los esquimales, Basn de los persas e Ib al-Jauza de los árabes, que en las tablas astronómicas de Alfonso X el Sabio aparece ya como Beldengeuze. Y mientras la observaba recordé que estaba mirando una estrella condenada a muerte. Todo el Universo y cuanto contiene lo está, tarde o temprano; pero Betelgeuse tiene, incluso, fecha de caducidad conocida.

Ahí donde se la ve, tan hermosa desde que nació como gigante azul hace ocho millones de años, Betelgeuse agoniza sin remedio. Se desvanece. En sólo un año su brillo ha perdido casi dos tercios de intensidad; y no porque sea una estrella de resplandor variable, que lo es, sino porque está consumiendo su combustible interno y eso la conduce, inevitablemente, al colapso que la hará estallar en lo que los astrónomos llaman supernova: una explosión que durante tres meses iluminará de noche la tierra, que hará el hombro del Cazador tan brillante como la luna llena, y que se irá apagando hasta desaparecer para siempre en uno o dos años. Según los astrónomos, para que eso ocurra quedan, como mucho, menos de 100.000 años. Y de ahí para abajo. O sea, mil cortos siglos. Cifra que si a los estúpidos humanos que estamos aquí nos parece enorme, para el impasible cosmos y sus reglas es un aperitivo de nada. Un simple suspiro entre dos aparentes eternidades.

Recuerdo que una noche, cuando estábamos mojados por el relente a bordo de su barco, esperando cartones de Winston junto a la isla de las Palomas —habíamos pescado calamares con potera mientras anochecía, para matar el rato—, el Piloto encendió un pitillo con su chisquero, miró la bóveda celeste que recortaba las alturas negras de la costa, y refiriéndose a las estrellas me dijo: «Qué pequeño y qué analfabeto se siente uno aquí debajo. ¿A que sí, zagal?». Y era cierto, y lo sigue siendo. Más de medio siglo después, pese a todo lo visto y leído desde entonces, mientras anoche observaba Orión mirando el hombro rojo y sentenciado a muerte del Cazador, volví a sentirme tan pequeño y analfabeto como aquella noche lejana junto al Piloto, en el barquito que se mecía despacio bajo las estrellas.

18 septiembre 2019

Dosier de prensa para 'Sidi'


Alfaguara - 18/09/2019

«Sidi, Sidi, clamaban. Reía Diego Ordóñez satisfecho, brutal, quitándose la sangre de la cara con el dorso de una mano.

—Te llaman señor, Ruy. ¿Los oyes?... Te llaman señor.»

La Península Ibérica del siglo XI se vertebraba en reinos que guerreaban unos con otros; a veces los cristianos se enfrentaban a los musulmanes o moros, pero otras luchas eran entre cristianos. Era éste un mundo turbulento en el que la palabra España no existía y Reconquista era un término por forjar en el mismo crisol donde se fundían el acero de espadas y alfanjes. Las alianzas cambiantes iban tejiendo un tapiz donde se anudaban las vidas de personajes malditos y héroes de leyenda. Había hombres, sin embargo, que encarnaban ambas cosas, dependiendo del lugar desde donde se contara la historia. Uno de ellos fue Rodrigo Díaz de Vivar, un guerrero duro y hábil conocido como el Cid Campeador. Ganar ese sobrenombre, temido y respetado a ambos lados de la frontera, le costó odios, traiciones, muertes y renuncias. Y lo hizo inmortal.

Arturo Pérez-Reverte ha recreado en 'Sidi' la precuela del héroe: los primeros meses de exilio, cuando aquel infanzón orgulloso y seguro de sí, diplomático, valiente y desconocido, forjó su propia leyenda. «Yo nací de mí», diría seis siglos después Lope de Vega. Una frase que podría aplicarse a Sidi; en realidad, a todos los héroes creados por el genio inconfundible de este escritor.

"Un relato de frontera" es la frase que completa el título de esta novela. Uno y otra avisan al lector de lo que va a encontrar al franquear la magnífica portada de Augusto Ferrer-Dalmau: una visión nueva y personal dentro de la iconografía cidiana. 'Sidi', el título elegido por el autor, no es casual: subraya el mestizaje del personaje como encarnación de esa España donde él y su mesnada (hombres duros en un territorio duro) luchaban por sus vidas.

En cuanto a la manera de contar un hecho histórico, lo definió el propio autor hace doce años en 'Un día de cólera': «Este relato no es ficción ni libro de Historia». Esta definición está vigente en 'Sidi', novela que constituye un doble concepto fronterizo: cercana al género del "western" americano, de estilo picado, directo y sensorial, también se mueve en la línea difusa entre realidad y ficción que vertebra todo relato histórico revertiano. 'Sidi' es una argamasa narrativa contundente que une con eficacia las piezas históricas documentadas con el rigor y la minuciosidad que caracterizan a su autor.

«La cabalgada», «La ciudad», «La batalla» y «La espada» constituyen las cuatro partes en las que se divide esta novela compacta, donde la fiereza de un puñado de hombres, contada con un lenguaje mesurado en su anacronismo y escogido por su eficacia, consigue que el lector se mantenga suspendido en el relato, magnetizado por los hechos, hasta el final del mismo.

«La cabalgada» se centra en la presentación de Rodrigo Díaz y su hueste: mercenarios dirigidos por un infanzón, contratados todos por los burgueses de Agorbe para perseguir a una aceifa de moros que arrasa el campo entre el río Guadamiel y la sierra del Judío. Esta extensa tierra de nadie entre la Castilla cristiana y los reinos musulmanes es el paisaje que funciona como un personaje más del relato. El lector asiste en esta parte a la espera, la incertidumbre, la camaradería forjada más en los silencios que en las palabras, la tensión de un enemigo que no se materializa pero que se percibe la soledad como compañera inevitable de un líder conocedor de las traiciones y los afectos, que añora el calor de su familia, planea tácticas, asume posibles fracasos y se mantiene impasible ante la victoria. Y la frontera como glacis inabarcable por el que se mueven unos personajes apenas descritos pero reconocibles por sus gestos, actitudes y miradas, con una elocuencia que arrastra inevitablemente al lector hacia la nube desordenada de polvo bajo el infierno de sudor y metal de la cota de malla, lo ciega con el brillo de las armaduras, lo ensordece con el relincho aterrado de los caballos y lo dispone a seguir leyendo a pesar de sentir el latido de la sangre brotar del tajo de carne abierta por una hoja certera.

En «La ciudad», el autor modula la acción e invita al lector a recorrer la vida urbana de una urbe medieval española, las intrigas palaciegas y el complejo entramado de filamentos cortantes que el héroe ha de tejer para poder conservar el título de Campidoctor fuera del campo de batalla, logrando el respeto del aliado sin traicionar las propias reglas. O al menos sin traicionarlas del todo al mantener el equilibrio dificilísimo y casi homérico entre osadía tramposa, orgullo y valentía, lo que en esta parte de la novela también se hace extensible al sexo. Al otro lado de los reinos cristianos, la vida refinada y culta de Zaragoza, taifa musulmana, y la relación singular y respetuosa entre su poderoso rey, Mutamán Benhud, y Sidi, contrasta con la actitud del conde Berenguer Remont y su corte de caballeros francos. Piezas todos ellos sobre los escaques grises de un juego lúcido de ajedrez.

«La batalla» es el corazón de la novela: un rebato nocturno, la batalla de Monzón y la presión del rey moro para el enfrentamiento con su hermano Mundir, rey de Lérida, dejan sin aliento al lector. Todo ello está contado con un torrente léxico contenido y perfecto, puesto al servicio de la acción total. Cristianos y moros combatiendo juntos bajo un mismo juramento de lealtad al rey de Zaragoza; hombres procedentes de dos mundos separados por fronteras, lenguas y religiones que la batalla convierte, por un tiempo, en una hermandad de sangre.

«La espada» cierra el relato con una venganza y una merecida y mítica recompensa. El lector, al terminar esta historia sobre un puñado de hombres valientes, comprende por qué el Cid es una leyenda.

«Si flaqueo, muero; si retrocedo, muero; si no venzo, muero.»

En el momento del relato España no es más que una amalgama de reinos cristianos y moros cuya historia belicosa y ruda se forjaba en un juego de conjuras y sangre, coronas, acero, honor, lealtades y traiciones a un lado y al otro de las fronteras, donde un rey valía lo que era capaz de pagar a los hombres que defendían su trozo de tierra. En ese paisaje, el Cid avanza en zigzag como la pieza del caballo que se mueve a ciegas por un tablero difuminado en el que el enemigo cambia de posición cada día. Nunca un héroe fue tan español, duro, seco y resistente, encarnación casi geológica de la tierra que lo vio nacer.

En 'Sidi', Arturo Pérez-Reverte recupera esa crudeza, sacrifica al héroe para recrear al mercenario, por lo que en este relato de frontera no encontraremos la idealización de la leyenda, sino la épica de un hombre. 'Sidi' es también una invitación a la reflexión sobre el acontecer histórico, pues su autor rotura la historia con unos hechos que, si no fueron así exactamente, así pudieron ser.

«Doscientas lanzas, pensaba removiéndose en la oscuridad. Doscientos hombres confiaban en él para ganarse el sustento, y de ellos era responsable. La suerte que le deparase Dios —y no había suerte, buena o mala, que no dependiera también de quien la jugaba— arrastraría consigo la de todos ellos. Para bien o para mal, de sus aciertos o errores iba a depender el futuro inmediato de su gente.»

'Sidi' puede leerse también en clave de lección de liderazgo. El protagonista se desenvuelve como capitán de un ejército improvisado de hombres leales y sabe que su fuerza está, en parte, en la manera en la que es capaz de conservar la lealtad de su hueste. La mesnada campea por esta novela como un protagonista más, movido por reglas impensables en el mundo civilizado, pero necesarias en territorio hostil. Arturo Pérez-Reverte afirma que para ahondar en el liderazgo consultó, además de la bibliografía «sidiana», otros textos más específicos: desde máximas de Napoleón y estudios sobre el combate de Ardant du Picq o Guy Debord, hasta el 'Arte de la guerra' de Sun Tzu, o los códigos de los samuráis de Taira Shigesuke o Jocho Yamamoto. Todos ellos le permitieron afinar la idea del mando y gobernación de los hombres en situaciones extremas.

«Si un guerrero va a morir y está dispuesto a ello, actúa como si ya estuviera muerto […]. Igual que si su vida no fuera suya. Entonces combate con todas sus fuerzas, permanece unido a sus compañeros y no busca la salvación, sino hacer al enemigo todo el daño posible.»

De nuevo estamos ante una novela coral que viene a completar la galería de héroes clásicos de Arturo Pérez-Reverte, pero a diferencia de Alatriste y Falcó, esta vez no se trata de un héroe solitario. Sidi mantiene intacto el territorio literario característico del autor. Como El húsar o Alatriste, es una historia de camaradería, guerra y amistad, y comparte con esas novelas la manera reconocible de mirar el mundo sometido a las reglas singulares de lealtad y honor. Como construcción narrativa, 'Sidi' es pariente directo de 'Cabo Trafalgar' y 'Un día de cólera', por la manera característica de contar y entender ciertos pasajes históricos como una sucesión de hechos que descansan sobre los hombros de un puñado de hombres en la tesitura de morir o matar.

De nuevo esta historia, como aquéllas, es narrada por la voz de un escritor que maneja las palabras como un fotógrafo el zoom de una cámara —acercando o alejando la escena en función de la necesidad del relato— con la eficacia veterana del reportero de guerra y el talento fresco e intuitivo de un narrador de raza. 'Sidi' es también la aventura de un puñado de guerreros perdidos en territorio enemigo que se dirigen hacia el mar a lo lejos, en Levante, mientras venden cara su piel para poder sobrevivir. En este relato, entre otras muchas fuentes, emerge la 'Anábasis' de Jenofonte, una lectura escolar de Arturo Pérez-Reverte que fue definitiva para la formación del imaginario del futuro escritor.

Personajes

Rodrigo Díaz, Sidi

"Su nombre ya sonaba legendario, y lo sabía. No sólo por ser el único que, humilde infanzón castellano, se había atrevido a exigir juramento a un rey, sino porque batallaba desde los quince años y nadie tenía un historial de armas como el suyo".

Cuando un hombre se convierte en leyenda suele perder su condición humana. La historia cataloga los hechos y la memoria colectiva los idealiza y transforma en grabados, manuales, estudios críticos y monumentos públicos. Sólo la literatura es capaz de devolver la carne a las estatuas de las plazas, el aliento a los hombres desconocidos cantados en las gestas que hoy apenas recordamos.

El Cid que ha sobrevivido hasta nuestros días, el más famoso, es el Cid de Valencia, alguien con prestigio, guerrero poderoso y respetado. Este relato se centra en el otro Cid: el que cabalga en sus primeros seis meses de destierro, cuando tras el juramento de Santa Gadea, sale de Castilla con una mesnada de cuarenta o cincuenta hombres fieles a buscarse el pan y la vida en la peligrosa frontera del Duero, sin más bandera que la de la propia supervivencia. El Cid de esta novela es un líder hecho de silencios, autoridad y valentía, con un sentido de la justicia forjado en las lealtades que nacen en torno al fuego de un vivac después de enterrar a los muertos, repartir el botín y rezar a Dios más por costumbre que por fe, tras la última cabalgada.

Alvar Fáñez, Minaya

"Tenía las facciones picadas de viruela y cicatrices de aceros: una de esas caras que necesitaban un yelmo y una cota de malla para parecer completas.

—¿Y tú Minaya?... Por qué viniste tú?

— Me aburría en Burgos —emitió el otro una risa corta y seca—. Desde que éramos críos, sé que contigo no se aburre uno nunca".

Pariente lejano y amigo de Ruy Díaz desde la infancia. Tiene facciones picadas de viruela y cicatrices de los golpes del acero. Lento en la reflexión y diligente en la ejecución, es el perfecto subalterno de mesnada castellana.

Diego Ordóñez

"Fue Diego Ordóñez quien alzó una mano.

—¿Necesitamos prisioneros?

—No […]. Podemos matar todo lo que se mueva, hombre o animal.

Sonreía el otro feroz. Satisfecho.

—Me gusta el plan".

Duro, brutal y experimentado. Famoso por matar a tres Arias en el palenque de Zamora cuando desafió a la ciudad por la muerte del rey Sancho. Su ecosistema ideal son las casas incendiadas, los suelos repletos de cadáveres y una parte del botín. Un guerrero magnífico y temible, amante de los asaltos y el degüello.

Mutamán

"Era un hombre atractivo, alto, de buena planta. Debía de rondar la cuarentena. No iba armado, a excepción de plata y marfil en la faja".

Rey de Zaragoza, enfrentado a su hermano Mundir, rey de Lérida, Tortosa y Denia. Astuto, ambicioso, valiente. Un duro negociador que contrata a Sidi para una empresa que sólo el castellano puede sacar adelante.

Raxida

"Su piel o su carne, advirtió él, emanaban una agradable tibieza que nada tenía que ver con los perfumes y que traspasaba la seda del vestido. Sus labios bien dibujados, gruesos, sensuales, removían sensaciones turbadoras en el castellano".

Hermana de Mutamán, junto a quien vive en palacio desde que quedó viuda. Mujer fuerte, seductora, inteligente, culta y desafiante, que vive con una libertad inusual en la época.

Yaqub Al-Jatib

Líder de los moros de Zaragoza en la hueste de Ruy Díaz. Leal, pragmático, inteligente y bravo.

Berenguer Remont II

"Bien parecido, alto de cuerpo, lucía una barbita rubia rojiza con bigote rizado. Sus modales eran de lánguida autoridad y daban por sentado, al primer vistazo, que la máxima jerarquía en aquel lugar de la tierra eran Dios y él mismo, por vía directa y en ese orden".

Conde de Barcelona. Asesinó a su hermano gemelo para no compartir el cargo. Desprecia a Ruy Díaz y a los suyos y, apoyando a Mundir, se enfrenta a la hueste del castellano y al ejército del rey de Zaragoza.

Fray Hernán

"Era joven pero no le faltaba entereza. Fraile, clono o guerrero, la frontera del Duero templaba a cualquiera que sobreviviese algún tiempo allí".

Fraile. Hijo de colonos que proporciona servicio espiritual a la hueste de Ruy Díaz. Ducho en el rosario, pero también con los mapas y usando la ballesta.

El paisaje

"Sobre el campamento, en la bóveda negra del cielo, millares de astros luminosos giraban muy despacio en torno a la estrella maestra; y Orión, el cazador, ya mostraba su aljaba en los bordes sombríos de la cortadura. Todo paisaje tenía cuatro o cinco significados distintos, pero ellos no veían más que uno".

La hueste

"La mayor parte eran hombres de frontera, curtidos en algaras y escaramuzas, de las que sabían cosas por haberlas visto no porque se las contaran. La prueba de que las habían aprendido era que seguían vivos. Aventureros aparte —un tercio aproximado de la hueste—, el resto eran mesnada de Vivar, unida a su jefe por lugar y familia. Eso permitía apretar algo más las clavijas, pues las individualidades se diluían en la disciplina del grupo. Entre todos sumaban setenta años de experiencia militar. Incluso los jóvenes eran tropa hecha, cuajada en escaramuzas [...]. Tenían disciplina y tenían paciencia. Y a todos intimidaba Ruy Díaz. Junto a todos ellos había cabalgado antes y los conocía de sobra. Hasta por su forma de moverse era capaz de adivinarles el estado de ánimo".