05 noviembre 2022

"Si fuera gallego podría escribir novelas de Galicia durante toda mi vida"

Entrevista de Ana Carro - laopinioncoruna.es - 05/11/2022

Un hombre, tres mujeres, una revolución y un tesoro. La historia de todo ello se esconde en 'Revolución', el último libro publicado por Arturo Pérez-Reverte, que ayer visitó A Coruña para presentarlo. Confiesa que nunca ha sufrido la crisis de la hoja en blanco, que todavía tiene mucho que contar y que le gustan los “pueblos que han sufrido”, como Galicia, porque “tienen una sabiduría especial”.

—¿Por qué volver a México?

—Yo soy escritor profesional, una novela es un artefacto que debo contar con eficacia. Ese es el objetivo principal. Yo cuento historias, no soy un artista. Uno elige los lugares, los personajes y las tramas que son más útiles para la historia que quiere contar. Esta es una historia de aprendizaje, de cómo un joven, que no es romántico ni literario, es un ingeniero, ve cómo cambia su vida, enfrentado a la vida real, a la violencia, a la guerra, a la revolución, al sexo, a la amistad… Pensé que México era un buen lugar para ese aprendizaje. Es una aventura de la formación de un joven a través de la violencia.

—¿Escribirá alguna de esas aventuras en A Coruña?

—No lo sé, pero en 'La Reina del Sur' sale Santiago Fisterra, un gallego que está en el Estrecho de Gibraltar.

—También aparece un Francisco Vázquez en 'El puente de los Asesinos'. ¿Tiene algo que ver con el exalcalde?

—No, nada. Paco es un viejo amigo de hace muchísimos años. Pero tengo muchos gallegos en mis novelas.

—¿Hay historias de aquí que le atraigan?

—Muchas. Lo que pasa es que un escritor no puede hacerlo todo, tiene que acotar su mundo, y mi mundo me lleva lejos de Galicia. Pero aquí hay mucho material. Si yo fuera gallego podría escribir novelas de Galicia durante toda mi vida. Hay temas apasionantes del mar, de la tierra, de la gente, de las mujeres, de la política, de la historia y del campo. De todo. Los pueblos que han sufrido tienen una sabiduría especial. Los pueblos cómodos son hasta aburridos. Los que han sufrido, han luchado y han tenido mucha amargura tienen lecciones de vida muy interesantes. Soy un fan de Castelao. Aquí hay una riqueza enorme. Por eso a mis amigos gallegos, como Pedro Feijóo o Manolo Rivas, los admiro mucho, porque aquí hay una fuente inagotable de tipos humanos y de historias de dolor. Narrativamente envidio a los gallegos.

—¿Son sus viajes los que le inspiran y le permiten entrar en estas historias? 

—Claro. Yo tengo una ventaja: pasé mucho tiempo en lugares como el de 'Revolución'. Tengo una cierta experiencia personal. A mí la violencia no me la han contado, la he vivido. No he estado en la revolución mexicana, pero sí he estado en otras revoluciones. He llevado parte de mi experiencia personal a la novela. Cuando hablo en el libro de violencia, de muerte o de horror es porque lo he vivido.  

—¿Qué le ha dado de esa experiencia al protagonista de su último libro, Martín Garret?

—Muchas cosas. Entre otras, el asalto al banco. La novela empieza con un asalto a un banco en Ciudad Juárez. Yo asalté un banco en el año 77 con unos guerrilleros en Eritrea. Fui con ellos, volaron el banco, mataron a todo el mundo y se llevaron el dinero. Me he llevado eso en el tiempo a otro lugar, pero la sensación, la mirada, mi recuerdo de aquello me ha valido para montar la historia. No hay que buscar nunca en una novela la realidad, porque es imaginativa, pero la realidad te ayuda a montar la historia.

—O sea, que alguna vez le ha ocurrido lo mismo que a su protagonista de pensar “no me quiero morir aquí”.

—Sí, es verdad, no he querido morirme en muchas ocasiones. Esa sensación de “soy demasiado joven para que me maten”. La mirada de Martín Garret se beneficia de mi propia experiencia, pero no soy yo, evidentemente. Es un personaje muy joven.

—¿Lo quería así para que fuese evolucionando?

—Exacto. Yo era un chico bien educado, con una visión del mundo occidental organizada, es decir: los guardias son buenos, las familias están unidas… y descubrí que no. Cuando fui a la guerra con 22 años descubrí que el mundo no era lo que me habían enseñado. La guerra no era heroica, era sucia, olía mal, era horrible, sangrienta y desagradable. Sometí a revisión los valores con los que me habían educado. Al protagonista le pasa un poco eso. Es un joven que en la revolución descubre que la vida es otra cosa. Es como un máster de vida en la revolución mexicana.

—¿Hay diferencias entre la revolución y la guerra?

—Bueno, la revolución incluye la guerra a menudo. La guerra, como yo la entiendo, es la violencia del hombre contra el hombre. Yo cubrí 18 conflictos como reportero, de los que 7 u 8 eran revoluciones. Hay muchos rasgos comunes, pero también hay diferencias. La revolución es más una guerra civil que una guerra abierta. 

—¿Es duro pensar que de tanta violencia se puede sacar un aprendizaje?

—No, no es duro. También lo saca un pescador gallego cuando sale a la mar con 18 años a ganarse la vida, o un minero asturiano o un médico de urgencias. Nosotros, en Occidente, vivimos en un territorio más bien confortable. En general, un mundo cómodo. Pero la gente que está en contacto con la realidad dura de la vida se da cuenta de que hay momentos muy duros.

—En ese horror también hay sitio para el amor y el desamor. En la novela aparecen tres mujeres.

—Siempre he pensado que el hombre progresa a través de las mujeres. Que el hombre que no ha tenido mujeres en su vida, y hablo de madres, hermanas, tías, abuelas, hijas, amantes o esposas, le falta un grado importante en el aprendizaje de la vida. La mujer enseña muchas cosas. El hombre que se acerca a ellas con humildad profesional, dispuesto a aprender, progresa mucho en la vida. En la novela, a Martín le pongo a tres mujeres que le hacen entender cosas que nunca había entendido sin ellas.

—¿Todavía le quedan historias  que contar?

—Sí. Soy un escritor profesional. La cuestión es el momento adecuado para contar esas historias. Hay algunas que ya no puedo contar porque se han hecho viejas y otras para las que todavía no estoy preparado. A la edad que tengo ya, hay que tener mucho cuidado con las historias que se eligen. Soy un escritor feliz, no tengo angustia creativa. Al contrario, saco una novela y ya tengo otra preparada. Es mi trabajo.

—¿Le molestan que digan de usted que saca demasiados libros?

—Me encanta. Soy escritor prolífico. Eso no merma la calidad.


"El escritor que se limita a hacer una novela con lo que ya cree que sabe del mundo está muerto"

Entrevista de OUV - elidealgallego.com - 05/11/2022

Reconoce que se ha ganado fama de “duro”, pero todo lo contrario, y menos aún con sus lectores. Rompe el hielo con una broma y se prepara para ir al grano: lo que le trae a A Coruña es la presentación de su nueva novela, ‘Revolución’, una historia que nos trasladará a México, en tiempos de Villa y Zapata, pero desde los ojos no románticos de un ingeniero español, Martín Garret.

—¿Por qué México en tiempos de la revolución?

—Soy un escritor profesional, cuento historias e intento que sean lo más eficaces posible. Busco personajes, escenarios y situaciones que me permitan contar la historia mejor. Para una historia de un joven, para quien la revolución y la guerra es el aprendizaje de la vida, la revolución mexicana era muy interesante, creí que era un buen escenario para que admirase el mundo: un ingeniero, no romántico, ni revolucionario, un tipo normal que descubre que allí aprende cosas.

—En Martín Garret se ven ciertas similitudes con usted.

—Uno escribe con lo que ha vivido, con lo que ha leído, con lo que imagina, con su talento narrativo, el que lo tenga. Pero en este caso yo tenía una ventaja, y es que cuando hablamos de violencia, de revolución, de guerra, de muerte... eso yo lo he vivido, tengo un máster de 21 años en lugares así (ríe). Tengo una experiencia personal que me permite ir con más solvencia al desarrollo de la historia. Martín Garret no soy yo, en absoluto, pero se beneficia de cierta forma de mirar el mundo que esa vida me dejó.

—A pesar de compartir idioma, el hecho de leer a un personaje mexicano y que sus palabras suenen reales debe de ser complicado.

—Yo tenía un problema técnico, y es que no podía hacer que hablaran igual gente de la clase alta que gente del pueblo. No podían hablar igual un abogado como Madero que un bandolero medio analfabeto como Pancho Villa. Tenía que darles registros diferentes, que fuese creíble. Quería que el lector oyese hablar en mexicano. Yo conozco bien México, pero conozco el habla de ahora, no el de hace un siglo. Me fui a las novelas contemporáneas, que hay muchas y muy buenas, y fui estudiando, sacando palabras, expresiones, refranes... que me fui llevando a la novela para darle ese tono de verosimilitud.

—El lector español se traslada al México de hace un siglo, pero ¿cómo lo están recibiendo los propios mexicanos?

—Acabo de llegar de allí. Estaba preocupado: un español que llega allí y se atreve con el tema sagrado de México, la revolución. Pero ha gustado mucho.

—Decía que acudió a muchas novelas. Siempre se dice que es una persona muy metódica en lo que a documentación se refiere.

—Una ventaja que tengo es que sigo siendo lector, disfruto mucho leyendo. Para mí una novela no es sólo un acto profesional de vender libros, también se trata de que me lo paso muy bien, aprendo, pienso, me mantengo vivo, lúcido, me obliga a plantearme cosas y a leer, a buscar libros, películas... Esa documentación es muy divertida. No soy un escritor que sabe mucho y escribe con lo que sabe. Cada novela que me planteo es un aprendizaje nuevo, es un estímulo para conocer cosas que no conocía. Ese proceso es magnífico. Escribir es casi como la parte funcionarial, pero la fase inicial es como enamorarte: viajas, lees libros, haces fotos... vives enamorado de la historia con la que estás. El escritor que deja de sentirse vivo y estimulado mientras está con una novela y se limita a hacerla con lo que ya cree que sabe del mundo está muerto.

—Documentarse sobre Villa o Zapata quizá es más fácil, pero en el libro se dan detalles muy concretos sobre la forma de vestir o las armas que utilizaban.

—Llego leyendo. He leído todas las novelas contemporáneas sobre la revolución. También compro catálogos de ropa, de armas, de objetos... De ahí saco cuánto vale la lata de aceite para armas o qué ropa está de moda en el año 11 para las mujeres. Tengo mucho material en la biblioteca y lo consulto para tratar de que no haya anacronismos, aunque siempre hay algún lector que dice “ahí se ha equivocado” (ríe). Aunque ahora internet me facilita el trabajo, por ejemplo, para ver imágenes antiguas del Hotel Gillow de México, que aun existe, pero ya no es igual: cómo estaba la calle, si pasaba el tranvía, si había una marquesina con un anuncio de Levi’s... Ese tipo de cosas, que también son muy divertidas, es como jugar. Soy un escritor que todavía juega. Hay una parte infantil en algunos escritores, somos niños jugando a disfrazarnos, y yo me disfracé de mexicano en el año 11.

—En A Coruña siempre le reciben bien. Ayer (el jueves) se pasó varias horas firmando libros a puerta cerrada, y la vez anterior estuvo hasta bien entrada la noche atendiendo a sus lectores.

—Tengo una ventaja que es que llevo 35 años escribiendo. Hay un sector de lectores fieles que lee tus novelas, “a ver la novela de Pérez-Reverte”, ya lo de menos es la novela, es que es la nueva tuya. Es como cuando yo me leo a Stephen King, a Manolo Rivas o a Pedro Feijóo, leo su siguiente novela, me guste más o menos. En Galicia siempre me han recibido muy bien, nunca he tenido queja del público gallego, al contrario.

—Habla de la fidelidad. En una de sus últimas visitas un lector llegó a regalarle una gabardina, sabiendo que buscaba usted una.

—Me dijeron que murió este año. Me dio mi gabardina, sí. Hay lectores que establecen una relación que va más allá. Un lector es un amigo que comparte tu mundo, tu vida, tus pensamientos durante 400 páginas. No conozco las caras de todos, pero sé que están ahí. Cuando aparecen los reconozco y nos abrazamos porque somos amigos. Me conocen mejor que yo mismo, me llevan estudiando 35 años (ríe). Por eso jamás he sido grosero con un lector, nunca, yo que tengo fama de duro, y eso no habrá ni un solo lector que te diga he sido descortés.

—El saber que la gente va a leer sí o sí su novela, ¿aporta presión o da tranquilidad?

—Presión. No te puedes descuidar, no puedes decepcionar. Intento no decepcionar. Yo no hago novelas en serie, son todas muy diferentes, hago experimentos, porque si no me aburriría. Esos experimentos, meterme en terrenos que no había trabajado, son espinosos, porque me puedo equivocar y decepcionar, y entonces tengo cuidado. Por el momento, parece que voy bien (ríe). Cuanto más fieles son los lectores, más miedo tienes a decepcionar.

04 noviembre 2022

«Me contengo muchísimo, si dijera siempre lo que pienso tendríamos polémica todos los días»

Entrevista de Ana Abelenda Vázquez - lavozdegalicia.es - 04/11/2022

«Soy un tipo que juega», dirá Arturo Pérez-Reverte (Cartagena, 1951) en los minutos (o líneas) finales de esta conversación en A Coruña, que le ha acogido «muy bien, como siempre», con un frío discreto que en las horas centrales de este primer viernes de noviembre se ha ido rindiendo al sol. Fiel a su estilo, con libro, sombrero y gabardina, cuidando (sin hacer de ello gesto explícito) su conexión gallega, el escritor ha vuelto con 'Revolución', tras haber participado en la inauguración de la librería Arenas de la avenida de Oza el otoño anterior a la pandemia. De aquella visita de noviembre del 2019 a la que llegó con 'Sidi', Pérez-Reverte se llevó una gabardina, «una Burberry's clásica con cinturón y dos filas de botones, de las antaño llamadas trincheras» a la que dedicó una columna. Más que a la gabardina, al hombre que se la regaló en esa visita coruñesa, Manuel. «Fue un acto muy cariñoso», que él no olvida. Ese amigo falleció. La gabardina y su historia se conservan. La memoria es, de la mano de Pérez-Reverte, contemporaneidad.

—«Ésta es la historia de un hombre, una revolución y un tesoro». Así comienza 'Revolución', que nos lleva al México de 1911, a los tiempos de Emiliano Zapata y Pancho Villa, pero es fácil encontrar en esta novela conexiones con la actualidad.

—Todas mis novelas tienen que ver con la actualidad. Todas son falsamente históricas. En todas apunto algo que tiene que ver con el ser humano hoy.

—Parece incluso que hay mensajes directos, muy dirigidos.

—Los hay. En todas los ha habido siempre. Yo escribo para un lector del presente. Soy un autor que vive en el presente. Yo no hago recreaciones históricas tipo Walter Scott, para escribir como en el mundo de hace dos siglos o tres. Lo que intento es utilizar ese mundo para comprender mejor el mundo de ahora. Para que, a mí mientras escribo y al lector mientras lee, nos sirva de aprendizaje, de iniciación.

—¿'Revolución' es una ficción histórica, podemos calificarla así?

—Es una ficción histórica. El rigor histórico es extremo; mi obligación profesional como escritor es que todo lo histórico sea rigurosamente histórico. Ahora bien, como novelista que soy, no soy historiador; puedo falsear lo que no es necesariamente histórico, con lo cual introduzco personajes, situaciones, tramas que novelizan los hechos. Frente a un rigor histórico, al que soy escrupulosamente fiel, existe una creatividad narrativa. Digamos que yo no pretendo sustituir los libros de historia. 

—He tenido que ir a buscar contexto sobre la revolución mexicana, para saber qué pasó en 1911.

—Mira, has dicho algo interesante: «He tenido que ir a buscar». La revolución mexicana fue la primera revolución del siglo XX. De ella tenemos unas nociones folclóricas: Pancho Villa y tal... Obligar al lector a ir a mirar es algo bueno, hacer que el lector mire qué pasó en esa revolución es interesante. No es mi obligación moral, pero me alegro de que ocurra. 

—La curiosidad tiene un papel protagonista en la novela. Es el motor de Martín Garret, ese ingeniero de minas que se ve envuelto casualmente en esta revolución. En lo que conocemos de usted, de su trabajo, también la curiosidad parece el motor. 

—Cierto, hay algo de eso... Es un error buscar al autor en la novela, porque una novela es una trama de ficción que uno construye con libertad, usando la realidad o manipulándola. Lo que pasa es que yo quería contar una historia de aprendizaje. La violencia, la muerte, el dolor, el horror, la lealtad, el sexo, la amistad... cómo eso transforma a un joven. Para mí, la revolución mexicana era un buen escenario para la historia. Cuando hablo de esas cosas, yo tengo una ventaja: la experiencia que viví. Esto no es mi biografía, pero es verdad que hay algunos elementos de mi biografía que me permiten hacer que mi protagonista sea más real. Digamos que le traslado parte de mi mirada y de mis recuerdos, transformados en literatura.

—También se puede encontrar algo de usted en la reportera Diana Palmer...

—Sí, de mí o de cualquier persona que haya viajado y vivido. Todos los personajes tienen algo de ti. Hay recuerdos personales míos, claro, pero mi consejo al lector es que no busque al autor, que no busque la vida real en lo que ocurre en la novela. Todo es literatura.

—Es interesante su presentación en Twitter: «No tengo ideología, lo que tengo es biblioteca». Es difícil encajar la vida en un pensamiento, en una forma de pensar. ¿Una cosa es lo que pensamos y otra cosa lo que somos?

—Es una pregunta oportuna, porque me da pie a decirte esto: yo no quería un revolucionario ni un romántico. Yo no quería a alguien que quiere cambiar el mundo. Yo quería un técnico frío que, mirando ese espectáculo de la vida, la crueldad y el horror humano, aprende. Necesitaba un testigo no implicado emocionalmente, implicado únicamente en cuanto a observación. Eso no es un revolucionario, como no lo era yo cuando iba a una guerra. Yo he estado en guerras con muchos bandos, no me sentía parte de uno, yo era un tipo que miraba. Yo aquí quería un tipo que mirase y que, mirando, aprendiese. Necesitaba que no tuviera una implicación moral ni política, porque entonces habría perdido la ecuanimidad necesaria para mi personaje. Quería alguien limpio de ideologías que, en la guerra, en la revolución en este caso, aprendiese cosas sobre la vida y la muerte, sobre los seres humanos. Por eso, aunque lucha hasta el final, él nunca es un revolucionario. Es un revolucionario accidental.

—¿Y usted?

—Yo, una vez en mi vida, una nada más, tuve que combatir. Fue en Eritrea en el año 77. Había que irse de allí, me junté a un grupo y llegamos a la frontera. Pero no combatí en abril del 77 por Eritrea, combatí por sobrevivir. Yo solo era un tipo que quería sobrevivir. Quiero decir que uno puede estar metido en una causa ideológicamente determinada, pero no formar parte de esa causa, sino estar ahí por azar, por accidente, por circunstancias... Es lo que le pasa a Martín Garret. Él descubre que la revolución, quedarse allí, es un máster de vida. Es aprender, comprender las causas del mundo. El tío se queda porque se engancha al espectáculo del ser humano en lo bueno y en lo malo, queda fascinado, se enamora de esos hombres y mujeres que hacen esa revolución, por cómo se comportan, por cómo mueren y cómo viven; su dignidad, su estoicismo, su valor, su coraje, su violencia, su crueldad...

—Escribe en la novela sobre Garret que no es su fe en la causa, sino en quienes pelean por ella.

—Es exactamente eso.

—¿Eso le pasa a usted, como a Garret?

—Sí. Yo fui un chico bien educado. Tuve la suerte de tener una educación buena, una biblioteca, una vida cómoda. Yo fui educado para un mundo determinado, en el cual los policías eran buenos, los sacerdotes eran santos, los matrimonios eran para toda la vida...

—Esas cosas no están mal.

—No reniego, pero cuando salí al mundo, cuando empecé a vivir, me di cuenta de que el mundo no era eso, de que el mundo era mucho más complicado. Toda esa demolición, ver que la guerra no era épica ni heroica, sino sucia y cruel, toda esa demolición del mundo en el que me educaron dio lugar a una curiosidad extrema por el mundo. Entonces, me pasé 20 años mirando. ¿Qué pasa? Ninguna ideología sobrevive a estar con todos los bandos de un conflicto. Yo he estado con todos los bandos de un conflicto. Yo en el Líbano, por ejemplo, estuve con los palestinos, con los cristianos, con los de Hezbolá, con los sirios, con los israelíes... Cuando estás con todos los bandos de un conflicto y ves que todos tienen razones para hacer lo que hacen no es que no tengas ideología... Eso es una "boutade", claro que tienes ideas, pero...

—¿Se puede no tener ideología?

—No, siempre tienes ideas. Eso es una broma tuitera. Se trata de que las ideas que tienes no te cieguen, de ser capaz de entender al otro. Por ejemplo, Guerra Civil: mi familia luchó con la República, pero eso no me impide comprender que en el bando nacional había gente con motivos para estar ahí también. Teniendo tu ideología, tus ideas o tu punto de vista, puedes comprender al otro; de eso es de lo que se trata. Con esa broma tuitera me refiero a eso. La vida que llevé me enseñó a que la línea de «este bando es bueno, este malo» es relativa. 

—Seguramente mis ideas son heredadas. Buena parte una herencia, y otra parte el esfuerzo en demoler toda esa herencia.

—Es que la vida es eso, la vida es una demolición de una educación y su sustitución por la propia experiencia, ¡y la combinación de ambas! No pierdes todo lo otro... De ahí salen los seres humanos. ¿Tienes hijos? [Asiento] Te pongo un ejemplo: ver crecer a un crío es fascinante, para lo bueno y para lo malo. Martín Garret lo que está viendo es crecer a gente, y de eso aprende. Uno aprende muchísimo de los hijos. 

—En sus declaraciones en 'El hormiguero' sobre los jóvenes, ¿había una crítica encubierta al modelo de los padres helicóptero de hoy?

—No encubierta, una crítica abierta, absolutamente clara, a la hiperprotección. El problema es que somos culpables de eso, los hiperprotegemos tanto... A  mí también me pasó. Yo estuve superprotegido cuando era niño, en los 50. Yo crecí en el lado bueno de la sociedad. A los chicos los protegemos tanto tanto que cuando vienen los golpes de la realidad (me refiero a los chicos de la sociedad occidental en la que vivimos) a veces se encuentran un poco desconcertados, porque los golpes vienen de lugares que no se esperaban. Quizá nos falta a los padres prepararlos también para el dolor, el horror, la soledad, el fracaso, la falta de dinero, el desastre económico, la enfermedad, la muerte... Antes moría un abuelo y se le decía al niño: «Anda, dale un beso al abuelo»; ahora los niños no saben que la gente se muere. Yo no critico a la juventud ni mucho menos, pero es verdad que está bien prepararlos para hacer frente a los ratos malos.

—Con Martín Garret ha querido diseñar una mente científica y pragmática, pero también se le ve romanticismo en las escenas eróticas de esta novela.

—La vida tiene aspectos románticos, evidentemente. Románticos por llamarles de alguna manera, afectivos, sentimentales... Yo hablaba de lo que es la ideología de la revolución. Otra cosa es su vida con las mujeres o su visión de la amistad. Enamorarse de una causa es muy fácil, por eso creo que hay que mantenerse un poco fuera de la idea para verla mejor. 

—Sin romanticismo el mundo sería horrible, dice Manuel Vilas. ¿Coincide?

—Lo que pasa es que el romanticismo a veces mezclado con otras cosas impide ver. Yo, quizá por carácter o por la vida que llevé, creo que hace falta una cierta frialdad a la hora de analizar. Incluso al analizar cosas que amas o cosas que detestas, o especialmente en esos casos, hay que ser ecuánime. Te pongo un ejemplo: yo detesto a Hitler, pero antes de asesinarlo me sentaría a hablar con él. «Cuénteme, don Adolfo, ¿cómo hizo usted?». Del mal se aprende mucho. «¿Hemos terminado? Pues ahora le voy a pegar un tiro, por cabrón». El negarte a escuchar a los malos es malo, porque te priva de aprendizaje. El ser humano aprende tanto de los buenos como de los malos. En mis novelas ocurre, como en mi vida ocurrió. Pancho Villa mandó asesinar a miles de personas, pero tiene cosas interesantes y positivas... ¿Es malo o es bueno? Las dos cosas, y eso es lo que es la vida.

—¿La moral debe quedar al margen de lo literario?

—Mi objetivo no es moral. Hay novelistas como Saramago, que era amigo mío, que quería hacer el mundo mejor con sus novelas. Es muy legítimo hacer eso, pero yo no lo hago. Yo quiero contar historias. Yo no tengo la obligación de cambiar el mundo con mis novelas. Yo cuento historias, y que el lector saque sus conclusiones. 

—Jenofonte está en 'Revolución', como estuvo en su ingreso en la Real Academia Española. ¿Es importante para usted?

—Jenofonte está en mi vida. Yo estudié... fueron, con repeticiones, nueve años de latín y cuatro de griego. Me leí todos los clásicos de jovencito y a algunos los traduje, como a Jenofonte. Eso es una ventaja importante, porque la cultura occidental arranca de ahí. A la hora de ver el mundo he proyectado en el mundo las lecturas que he tenido. Esa formación clásica me ayudó mucho a entender el mundo y a digerirlo mejor. Jenofonte en mi vida es muy importante, claro... Esos soldados luchando en territorio enemigo, sabiendo que si son derrotados van a ser aniquilados y se quieren volver a casa y ver el mar... Yo me he sentido así muchas veces.

—Martín Garret, en un par de momentos de esta novela, se ve desde fuera, ve cómo ha cambiado con alguna de las cosas que presencia y que le ocurren. Hay vivencias que marcan un antes y un después, que lo convierten en otro. ¿También le ha pasado a usted?

—Y a ti. A todos nos pasa, no hace falta a irse a una guerra. La cuestión es que hay gente que se da cuenta y otra que no. Algunos somos conscientes de que el mundo nos cambia, nos va marcando la cara, dejando cicatrices por dentro y por fuera... Es normal. Lo triste es esa persona que es igual que hace 20 años. Entonces, mala señal, no ha cambiado, no ha evolucionado, es una ameba, está ahí quieto...

—Hay quien ve el cambio como una falta de coherencia.

—Uno puede ser fiel a ciertas cosas y al tiempo asumir con naturalidad aquello que cambia. ¿Cómo no vas a cambiar? Del chico de 20 años que era yo y se fue a la guerra con una mochila a los 71 que tengo ahora, ¡claro que he cambiado! Negarlo sería absurdo. Al contrario, me alegro, ¡y lo que yo he aprendido, gracias a hombres y a mujeres que han estado en mi vida! El ser humano progresa por circunstancias, pero cuando el hombre encuentra mujeres importantes en su vida progresa más rápido y mejor, porque la mujer tiene unas cargas de lucidez, instintiva a veces, que hacen que el hombre progrese con más rapidez. Los grandes pasos que da un hombre en la vida muchas veces se dan a través de mujeres. Yo a las mujeres les debo haber visto cosas de mi vida que sin ellas no habría sido capaz de ver.

—¿Se refiere a mujeres en un contexto de guerra?

—Hablo de madres, de primas, de hermanas, de amantes, de esposas, de hijas, de amigas... La mujer tiene una visión del mundo diferente. Si el hombre se acerca a la mujer con humildad profesional, y la mira, la observa, si observas los estragos que la vida le ha causado, los triunfos que ha tenido, las amarguras y las felicidades, y ves cómo ve el mundo, e intentas comprender cómo ha llegado ahí, aprendes un montón. Sobre ti y sobre todo. Una mujer es una escuela de aprendizaje extraordinaria. Yo he tenido la suerte de que eso lo aprendí de joven. 

—En la novela refleja cómo se acerca una mujer a un moribundo, de una manera muy distinta a la de un hombre.

—Sí, las reglas son distintas. 

—Ha dicho que «un viejo no puede ser contemporáneo». Usted, a sus 71, es muy contemporáneo, ¿no? Está en todos los temas de hoy.

—Hay que saber ser contemporáneo. Yo soy un viejo. Un viejo no se puede comportar como si tuviese 20 años. Un viejo tiene que comportarse, tiene que que ser contemporáneo con arreglo a la edad que tiene y al mundo del que procede. Un viejo no puede renunciar a su biografía para renunciar a un mundo que ya no es el suyo. Mantener la mirada que la vida te ha dejado adaptada al mundo actual no siempre es fácil, requiere un esfuerzo. Un tío de mi edad no puede asumir el mundo actual como si fuese un joven de 20 años. Es grotesco, es ridículo y además no funciona: vas a ser el abuelo que juega a ser joven, y eso no está bien.

—Sobre Javier Marías lo dijo todo en un tuit: «El Nobel se queda sin Javier Marías». La editora Pilar Reyes nos contó que Marías tenía un lugar especial en su casa para las espadas que le regalaba usted...

—Espadas no. Pistolas, ametralladoras... armas de fuego.

—¿Qué brizna de recuerdo personal de Marías puede revelarnos?

—Javier tenía un punto infantil, y ahí nos reuníamos los dos. Porque yo también soy un tipo que juega. Javier y yo jugábamos a películas, a tebeos, a recordar... Tuvimos la misma formación los dos, de libros, de tebeos y de películas. Él quería escribirlo y yo quería vivirlo. Los dos jugábamos a ser niños. Fue para mí un honor y un privilegio haber jugado con Javier Marías a ser niño. 

—¿A quién le daría el Nobel?

—Hace mucho que dejó de interesarme el Nobel. Creo que es una operación de tipo cosmético, social, como pueden ser los Premios Príncipe de Asturias. Pero no digo con eso que no haya premios Nobel que lo merezcan...

—Suele desatar la polémica en redes con pocas palabras tocando casi cualquier tema: franquismo, feminismo, educación... ¿Dice siempre lo que piensa?

—No. Si dijera siempre lo que pienso tendríamos polémica todos los días. Me contengo muchísimo. Una de las cosas que he aprendido es a no decir siempre lo que pienso. Lo digo a veces.

—No será por miedo a herir a otros...

—¿Tengo yo cara de tener miedo? Hay cosas que son innecesarias. ¿Y sabes qué pasa? Que cuanto mayor me hago, más pereza me da explicar. El que no entiende que no entienda.

Arturo Pérez-Reverte: «Me contengo muchísimo, si dijera siempre lo que pienso tendríamos polémica todos los días» (lavozdegalicia.es)

02 noviembre 2022

La sorpresa de Arturo Pérez-Reverte al ver convertida su novela en un videojuego: "Me habéis dejado boquiabierto"

ondacero.es - 02/11/2022

En su último libro, Arturo Pérez-Reverte transporta al lector a través de un viaje por la historia y el lenguaje. 'Revolución' se enmarca en el contexto de la revolución mexicana en tiempos de Emiliano Zapata y Pancho Villa a finales del siglo XIX. La novela es, también, un 'revolucionario' recorrido por la variedad de carácteres, acentos, expresiones del español. Pérez-Reverte, mediante los diálogos y narraciones, plasma las procedencias geográficas y sociales de sus personajes. Con ello, busca que "el lector oiga hablar en mexicano al leer a los personajes", de los que ha mantenido los distintos registros de cada clase social.

El escritor confiesa en 'Más de uno' que disfruta escuchando a los mexicanos de las clases más populares, que tienen una manera especial "de cantar las expresiones" y, al hablar, "mezclan el humor con refranes, frases hechas y neologismos". Precisamente por eso, en su novela Arturo Pérez-Reverte ha tratado que luzca esa melodía a través de los diálogos de los mexicanos más analfabetos, quienes "crean un lenguaje mucho más interesante".

El personaje principal se une a la revolución mexicana movido por sus ganas de aprender, "por curiosidad". En principio, no es un revolucionario, pero se junta a ellos para conocer de cerca cómo viven, cómo luchan y cómo matan. En definitiva, "es una novela de formación, de aprendizaje a través de la violencia y de la revolución", explica Reverte mientras admite que en su personaje ha dejado su propia mirada.

Durante sus años como reportero de guerra, Arturo Pérez-Reverte miraba el mundo violento fascinado por el horror de la guerra y por la cantidad de cosas que de ella aprendía. "Cuando estás arriba ves todo claro: la revolución, buena; dictadura, mala. Pero cuando te acercas al ser humano, al final son chiquillos asustados, gente que sufre, que muere", sostiene el escritor sobre cómo se diluye la frontera entre el bien y el mal. Al contrario que muchos compañeros y amigos suyos, Reverte asegura que él nunca fue "un yonqui de la guerra", sino que para él "era un máster horrible y al mismo tiempo fascinante de la condición humana". Todas aquellas lecciones le sirven ahora para escribir novelas como 'Revolución'.

En una de sus últimas entrevistas, Arturo Pérez-Reverte admitía que si fuese un joven escritor no haría novelas, haría videojuegos y series de televisión para adaptarse a los gustos de los jóvenes. Al hilo de esto, los guionistas de 'Más de uno' han desarrollado una versión piloto de 'Revolución' como si fuese un videojuego. Tras escucharlo, el escritor ha quedado fascinado y, agradecido por el esfuerzo, ha mostrado su asombro: "Son unos genios, quiero que siga. Me habéis dejado boquiabierto y eso es raro".

Pérez-Reverte ha insistido en su tesis sobre el final sentenciado de la novela tal y como la conocemos actualmente; "la novela como novela tiene fecha de caducidad". En definitiva, el futuro a la hora de contar historias dependerá del soporte en que se haga: "una historia puede vivir de una manera más intensa en otro soporte. Si el soporte se adapta al público, todavía es mejor la historia", defiende el escritor.

Audio y vídeo:

https://www.ondacero.es/programas/mas-de-uno/audios-podcast/entrevistas/sorpresa-arturo-perezreverte-ver-convertida-novela-videojuego-habeis-dejado-boquiabierto_20221102636265ffbf23cd000162d6d4.html

https://www.youtube.com/watch?v=8zcOs2378WE


29 octubre 2022

Forastero y con cananas

Xavier Velasco - milenio.com - 29/10/2022

La historia suele ser de quien la cuenta y las revoluciones no son la excepción. Ciertos historiadores padecen lo indecible siempre que un novelista supera su trabajo en vividez y verosimilitud, por mencionar dos temas no siempre compatibles con la objetividad. El juego de escribir y leer novelas tiene que ver con un punto de vista, al cual nos suscribimos para hacer nuestra la trama en cuestión y ocupar el pellejo de los protagonistas. Por eso la pregunta no es si el autor me dice toda la verdad, sino si ha conseguido que le crea. ¿Qué más puede querer el autor del lector, si no una generosa línea de crédito?

Una novela como la recentísima 'Revolución', de Arturo Pérez-Reverte, enfrenta por principio a un ancho pelotón de lectores mexicanos resueltos a vender caro su crédito. La idea es temeraria desde su mismo origen, aunque acaso también a la medida de un narrador afecto a jugarse el pellejo, cuya experiencia en guerras y revoluciones ya ha producido títulos del calibre de 'Territorio comanche', 'El pintor de batallas' y 'Línea de fuego', amén de conocer el México profundo con una nitidez de aventurero que aquí ha de someterse a una prueba suicida de por sí.

Tampoco yo pretendo ser objetivo. Hará algo más de una veintena de años que anduve de parranda con mi amigo Pérez-Reverte por cierta periferia de Garibaldi donde la vida suele valer poco. Recuerdo especialmente la mirada felina del novelista que atenazaba escena tras escena de uno y otro tugurio, mientras allá en Madrid le aguardaba el manuscrito a medias de 'La Reina del Sur'. De entonces para acá lo he visto atesorar cultura mexicana como quien se prepara con vistas a una guerra, y hoy que esa guerra ha llegado al papel e incluye a Pancho Villa entre sus personajes, no he podido por menos de devorarme el libro en unos pocos días, instalado en los huesos de un tal Martín Garret, llegado desde España a la turbulenta primavera de 1911.

Sucede en ocasiones que la suerte de quien escribe la novela es paralela a la de su protagonista. Martín Garret es un ingeniero de minas que ha caído por azar entre las tropas de Francisco Villa, cuya fama no es precisamente la de simpatizar con los gachupines. Para sobrevivir, ha de poner sus conocimientos en explosivos al servicio incondicional de los alzados, y con suerte ganarse su confianza. No se las da de bravo, ni comparte los ideales de nadie, pero menos aún se atreverá a menospreciar el hambre de experiencia que lo empuja a seguir adelante, sin pensar demasiado en el granizo de plomo y metralla.

Lejos está el autor de jugar a sentirse mexicano. En lugar de eso nos hace extranjeros. Yo, lector, soy también ese fuereño de pocas palabras que sobrevive casi de chiripa entre guerreros rústicos y desconfiados, seguramente nunca tan peligrosos como esos citadinos de modos educados y lealtad serpenteante que un día te enaltecen como un héroe y al otro te encaminan al paredón. Hay un México ruin, magnético, burlesco, subyaciendo estas páginas rudas y polvorientas. Nada que se parezca a la épica oficial –solemne, jactanciosa, cursilona– que tantas veces hemos deglutido, sin propiamente acabar de tragárnosla. La Patria, la Justicia, los Postulados… Nada de eso aparece en esta trama escasa de mayúsculas, donde lo único claro es la suerte torcida de quienes siempre pierden con las guerras libradas en su nombre.

Tengo la sensación de sólo haber parado la lectura para escupir el polvo del camino, y si bien no creo ser el sujeto adecuado para ofrecer un juicio de valor, tampoco está de más decir que alguna vez, hace ya muchos años, mi abuela me contó de la mañana en que, de la mano de su hermana mayor, recorrió espeluznada la Ciudadela, sembrada de cadáveres tras el final de la Decena Trágica. Esta novela me ha devuelto a ese mundo, y la historia siguió, sin darme cuenta, de la mano de un nuevo narrador. Porque la historia, insisto, es de quien nos la cuenta.

https://www.milenio.com/opinion/xavier-velasco/pronostico-del-climax/forastero-y-con-cananas

27 octubre 2022

"Quería contar mi México a través de la Revolución Mexicana"

Clivia Torres - wradio.com.mx - 27/10/2022

El escritor regresa a México después de 10 años para presentar su nueva novela, una historia de aventuras en la que reconstruye un país que ya no existe. Confiesa por ello, que su personaje favorito era Zapata por sus silencios, su inteligencia y su formación cultural, pero que hoy es Pancho Villa porque es leal, pero mujeriego y demás.

“No es un libro de historia, es un libro de aprendizaje. Hay marcas en la cara y la memoria en el descubrimiento del mundo a través de la Revolución Mexicana. Lo que yo hablo ahora en la novela es lo que yo he visto y he vivido como reportero de guerra”, agregó.

Recordó que empezó a ser reportero de guerra en los años 70 y reflexionó que el salto tecnológico ha cambiado por completo el panorama de la información. “Comprendí que el mundo que venía era demasiado complejo y demasiado diferente al mío, me retiré a tiempo de hacer cobertura de guerra. Revolución es una aventura, el protagonista no es un revolucionario ni un héroe romántico, es un hombre que descubre que en la aventura hay hombres y mujeres de los que se enamora porque entiende que a través de ellos, hay una lectura diferente del mundo”, expresó.

Sobre la cuestión de ¿para quién escribe?, el escritor respondió que comenzó a escribir novelas en los años 80 y es demasiado viejo para cambiar, por lo tanto no hace cosas para que se conviertan en películas, sino que las hace siendo él. “El soporte del futuro ya no será el papel”, añadió.

Finalmente confesó que mandó una copia de su libro a Palacio nacional y aclaro que no hubo un pleito con AMLO. “Yo dije lo que pensaba de él y él dijo lo que pensaba de mí. Uno tiene derecho de hablar con honradez y dureza de aquello que ama. Yo jamás osaría meterme en una cosa mexicana interna si no me sintiera de la misma patria”, concluyó.

Audio: https://wradio.com.mx/programa/2022/10/28/asi_las_cosas_con_carlos_loret_de_mola/1666909193_382202.html

“Un mundo de borregos sumisos sería insoportable”

Entrevista de Vicente Gutiérrez - milenio.com - 27/10/2022

Arturo Pérez-Reverte (España, 1951) dice que si fuera mexicano escribiría una novela cada seis meses ante lo maravilloso que es este país y a pesar de “que lo han machacado durante tantos siglos, tanto hijo de puta”. “México está lleno de cosas, cada persona que conoces es una novela, una cantina, una calle, una conversación, un taxista. Descubro historias continuamente en México, pero no tengo vida ni capacidad de escribirlas. Es un país tan ricamente variado y tan asombrosamente vivo. A pesar de que lo han machacado durante tantos siglos tantos gobiernos, tanto hijo de puta que ha destrozado a los mexicanos desde hace generaciones, todavía tiene esa capacidad brillante, ese coraje, ese potencial para el bien o para el mal”.

“Siempre me digo: "Qué pena un país donde la gente es brillante, hasta los narcos, hasta los delincuentes son tan brillantes en cuanto a imaginación y osadía; si eso fuese puesto en el lado del bien, si emplearan todo el talento, esa brillantez, ese valor, esa dignidad, ese orgullo en causas comunes que lo llevaran a resultados, sería un país maravilloso, sería el paraíso". Pero desgraciadamente no es así y sufro mucho por los mismos mexicanos”, dice.

El escritor y periodista es un tipo duro, y lo deja claro desde el principio de la charla con 'Milenio' para hablar de su libro 'Revolución' (Alfaguara), el cual lo trajo de regreso a México después de una década. No puede evitar dirigirse al fotógrafo para lograr un mejor encuadre y a este reportero lo ve con desconfianza; él es un periodista nato y eso no se olvida nunca.

—En 'Revolución' todo comienza con un robo, y sé que participaste en el asalto a un banco.

—En la novela, Martín roba un banco como yo cuando era joven (risas). Fue en Eritrea, en África, el 4 de abril de 1977. Yo iba con guerrilleros, atacaron la ciudad, volaron la caja fuerte del banco, se robaron todo y tomé dos fotografías. Tengo el recuerdo de un asalto al banco de joven, como personaje de mis películas o novelas, y me produce cierto orgullo en retrospectiva. Pero tiene su parte dura porque mataron a todo el mundo, una parte que no es divertida ni jocosa, pero para un joven de 22 años todas esas peripecias son un mundo fascinante.

—¿Martín, el protagonista de Revolución, tiene mucho de ti?

—Ninguna novela es autobiográfica. Lo que sucede es que el autor va dejando gotitas de sí mismo en los libros para hacerlo evidente. A Martín Garret yo le presto mi descubrimiento de la vida. Yo fui a mi primera guerra a los 22 años y descubro que es un mundo fascinante donde el horror también es una escuela de aprendizaje sobre el ser humano. Le presto un poco mi aprendizaje, el punto de la vida en la guerra, con los amigos, las mujeres, el dolor o la violencia.

—Parece que entre Teresa, de 'La Reina del Sur', y Martín hay un hilo que los une.

—Lo hay, porque también el de Teresa Mendoza es un proceso de aprendizaje. Es una chica analfabeta de Culiacán que termina siendo la reina de narcotraficantes en el estrecho de Gibraltar y vuelve a México a vengarse. Me gusta que las novelas sean el proceso del estallido de los personajes. Un personaje que hace una cosa y la vida lo obliga hacer otra, y verse abrumado por el golpe de la vida lo saca de sí mismo y lo hace pelear, avanzar, madurar.

—Y 'Revolución' ¿es una novela histórica o es de aventuras?

—Más que una novela sobre la revolución, que lo es, es el aprendizaje de un joven y cómo la aventura, la violencia, la amistad, el horror, la lealtad, el dolor, la muerte, pueden hacer que un joven inexperto se convierta en alguien con una mirada lúcida. Es un proceso de madurez, de iniciación.

—¿La famosa fotografía del desayuno en Sanborns de dos guerrilleros detonó la novela?

—Toda novela es compleja y se hace de vida, de recuerdos, de imaginación y de lectura. En mi casa conocíamos mucho de la revolución mexicana por un amigo de mi bisabuelo pero un día vi esa foto del desayuno afuera del bar La Ópera y me di cuenta de que ese mundo, esa vida, esa memoria revolucionaria mexicana entroncaba con la famosa foto del archivo Casasola y mi biografía de niño en casa.

—El México de Revolución ya no existe.

—Quedan huellas, pero sí, ya no existe como tal. Para reconstruir el México revolucionario me leí todo lo que pude, me dediqué a ver películas, buenas y malas, como 'Enamorada' y hasta 'La soldadera', con Silvia Pinal; compré mapas, revistas de la época, me rodeé de un material que me permitía moverme con soltura por el mundo aquel.

—Entonces, ¿qué México ves ahora?

—Lo gracioso es que llego a México y no veo el de ahora, veo el de mi novela. Ha sido tanto el tiempo con eso en mi cabeza que ahora elimino lo moderno porque estoy viendo debajo; los tranvías, los carros, el quiosco en la plaza del Zócalo… es una singular sensación la del novelista que a fuerza de trabajar con la imaginación termina modificando en su cabeza la realidad actual.

—Una revolución no es romántica.

—Ninguna lo es. A veces, en la posteridad, se hace que la miremos de una manera romántica o embellezcamos la revolución, pero todas son sucias, crudas, sangrientas y malas.

—¿Y qué sucedió con la Revolución Mexicana?

—Se vendió una revolución folclórica con Pancho Villa o “si Adelita se fuera con ese tipo” que tapó la realidad más dura, profunda y dramática de la Revolución, donde los humildes por primera vez se levantaron, pelearon, y donde los ricos tuvieron miedo. Donde el mexicano demostró lo mejor y lo peor de su naturaleza: brillante y sombrío, cruel y tierno, violento y generoso. Esa gran lección de la Revolución mexicana ha quedado tapada por el folclor. Con esta novela quiero devolverle a la Revolución, sobre todo a los personajes, esa ternura, violencia y dureza que el folclor y los clichés han ido desvaneciendo.

—Mencionas mucho que no eres un gachupín.

—En México aprendo continuamente, aprendo de todo, voy a una cantina y escucho. Aprendo coraje, dignidad, memoria, muchas cosas. Me siento mexicano. Yo no quería que esta novela fuera escrita por un turista, un gachupín que viene aquí y se va. Quien la lea, que sea como si la hubiera escrito un mexicano, y a eso me he dedicado, y que los lectores decidan, y si no pues que me "afusilen" cantando.

—Parece que Villa es tu personaje favorito en tu historia.

—Sí, porque reúne lo mejor y lo peor del mexicano, un bandolero, mujeriego, fanfarrón, gritón, mientras que Zapata era mejor persona, noble, un tipo culto y silencioso. Para mi novela Villa es el gran personaje de la Revolución Mexicana, era el mexicano que yo quería y es espectacular, por eso lo utilicé más.

—En la novela escribes que “para cualquier mexicano la palabra "gobierno" es sinónimo de enemigo”.

—Todavía ahora. Me gusta mucho la música mexicana, los narcocorridos, la Revolución y la palabra "gobierno" siempre aparece como enemigo. El lado malo para el pueblo siempre es el gobierno, del gobierno nunca viene nada bueno; los rurales, los pelones, los de hacienda, el amo que es próximo al gobierno, y es muy significativo que todavía hoy en día en México la palabra "gobierno" tenga connotaciones negativas.

—No crees en las revoluciones.

—No creo en el resultado de las revoluciones. He leído demasiado historia y soy un hombre informado. Yo creo que siempre terminan secuestradas por los de arriba, y cuando el de abajo llega arriba se convierte en los de arriba. Hace falta la idea de la revolución. Es posible que los hombres se rebelen, peleen o que fracasen. El acto de pelear ya es una revolución. ¡Un mundo de borregos sumisos sería insoportable!

—¿Hasta aquí llegaste con México?

—No lo sé. Yo tengo 71 años y sé lo que me queda. Puede ser uno, dos o 12 años, y hay novelas que seguiré escribiendo mientras no empiece a chochear como algunos escritores, que ya se les va la olla. Mientras me sienta vivo y feliz, lo seguiré haciendo.

https://www.milenio.com/cultura/literatura/arturo-perez-reverte-mundo-borregos-sumisos-insoportable


26 octubre 2022

Rueda de prensa en México para presentar 'Revolución'

 El viaje de Pérez-Reverte a la Revolución mexicana, ida y vuelta

Constanza Lambertucci - elpais.com - 26/10/2022

Arturo Pérez-Reverte ha llegado a Ciudad de México con otra urbe en la cabeza. Desde que empezó a escribir su novela más reciente, 'Revolución' (Alfaguara, 2022), el escritor español ha estado estudiando mapas antiguos de la capital mexicana, revisando líneas de tranvía, mirando fotografías de época para reconstruir un país, el de principios del siglo XX, que ya no existe. Y hace unos momentos, mientras venía en el coche a presentar el libro ante la prensa, tuvo una sensación extraña: “Estaba como borrando lo que veía, eliminando elementos modernos y colocando ahí mentalmente lo que he tenido durante dos años en la cabeza”. El lugar del encuentro no es baladí: aquí, en la Casa de los Azulejos, en el Centro Histórico, transcurre parte de la historia.

Hacía casi un década que Pérez-Reverte (Cartagena, España, 71 años) no venía a Ciudad de México. “Tenía que dar la cara, me la partan o me la aplaudan”, dice ante una veintena de medios porque su novela trata de uno de los episodios más relevantes de la historia mexicana. El protagonista de su historia, un ingeniero de minas andaluz, entra casi por accidente a las tropas de Pancho Villa, que está haciendo la revolución en el norte del territorio. Martín Garret –el apellido inglés le viene de un bisabuelo– ayudará a los insurgentes a volar puentes y bancos, y vivirá con ellos episodios marcados por la pólvora, el sotol y la testosterona.

“Él no quiere hacer mejor el mundo, él no cree en la revolución”, dice Pérez-Reverte, y sigue: “No está enamorado de la revolución, sino de los hombres y mujeres que la hacen. Él quiere aprender, y México se convierte en un lugar que le cambia la vida”. El autor, que fue corresponsal de guerra durante dos décadas y ha cubierto una veintena de conflictos armados, reconoce sus propias ideas en el protagonista: “No creo en las revoluciones, pero al mismo tiempo creo que hay que hacerlas aunque solo sea por sacudir el mundo, porque corra algo de sangre de vez en cuando, porque el que está arriba duerma con un ojo abierto”. “Pero sabiendo”, agrega, “que cuando el de abajo llega arriba se convierte en el de arriba”.

Son las once de la mañana y en el interior de la Casa de los Azulejos un pianista toca en vivo. Pérez-Reverte repite una tras otra, como si las tuviese listas para los periodistas, frases redondas y efectivas. Este edificio, donde ahora habla el autor, albergó en la época en que ocurre la historia el Jockey Club, un punto de encuentro de la élite porfirista. En la novela, aquí se realiza un homenaje a Francisco I. Madero, que después de liderar la Revolución en el norte ya es presidente. En esos salones “todo era buen tono”, escribe Pérez-Reverte: “Crujían los vestidos almidonados de las señoras, aleteaban los abanicos, y el alto espacio hasta el techo (...) se espesaba con humo de cigarros y rumor de conversaciones”.

El edificio que se alza hoy a un costado del Palacio de Bellas Artes fue remodelado en 1905. Una placa sobre la calle Condesa da algunos datos más: “La construcción moderna de esta casa mide 18,25 metros a partir de esta esquina hacia el sur y 23,20 metros hacia el oriente”. Las cerámicas del exterior, las que le dan el nombre al inmueble, dibujan una sucesión de cuadrados azules; de cerca, cada cuadrado es, en realidad, un centro del que nacen cuatro flores. En el interior, la luz entra desde el techo como en un invernadero. No cuesta imaginar que aquí, a principios del siglo XX, se reunía la élite política y económica del país.

“Cuando empecé la novela”, dice Pérez-Reverte, “creía que este era el Sanborns de la época”. El autor se refiere a una cafetería fundada en aquellos años por los hermanos Frank y Walter Sanborn. Fotografías de la época muestra a revolucionarios, villistas y zapatistas armados, desayunando allí. “Cuando empecé a investigar vi que no era cierto”, continúa. La cafetería se encontraba, en realidad, un poco más adelante. “Después se vinieron aquí”, explica el autor. Todavía funciona en el inmueble un restaurante, aunque la empresa familiar fundada por los hermanos Sanborns ha pasado a ser propiedad del Grupo Carso, del magnate Carlos Slim.

Pérez-Reverte reconoce que tenía “un problema fundamental” al empezar a escribir. “El México del siglo XX no lo tenía controlado y no podía cometer errores porque me iban a crucificar”, dice. Leyó, sobre todo, novelas contemporáneas de la Revolución mexicana –”todas, todas, todas”– para dominar la forma en que hablan sus personajes y publicaciones posteriores, como 'Gringo viejo', de Carlos Fuentes, o la biografía que escribió de Pancho Villa Paco Ignacio Taibo II. “Mi Villa es el correcto”, dice sobre su personaje: “Es un bandolero medio analfabeto, cruel, mujeriego, elemental, vital, a quien las circunstancias lo convierten en líder. Y tiene un instinto táctico extraordinario. Es al mismo tiempo fascinante y repulsivo. Es un hombre al que yo posiblemente hubiera hecho fusilar, pero me hubiera tomado un tequila antes. O él me habría hecho a fusilar a mí”.

“Disculpen que hable con cierta insolencia, pero aquí no estoy en el extranjero. Estoy en mi casa, vamos”, advierte a los periodistas. Si 'La Reina del Sur', un éxito de ventas que publicó en 2002 sobre una mujer que se abre camino en el mundo del narcotráfico, fue para él “el descubrimiento” de México, este libro es “una especie de conclusión”: “Es un rendir cuentas, es decirle a los mexicanos: "Esto he aprendido de ustedes en lo bueno y en lo malo". Uno se horroriza, cuando lee este libro, de lo cruel que puede ser el mexicano y se admira de lo asombrosamente brillante, divertido, generoso, valiente que puede ser”.

Pérez-Reverte sabe narrar, es evidente, sonríe educado, evita responder sobre política española, marca el tiempo para las preguntas, que ya se va acabando, y recuerda que la noche anterior fue al Salón Tenampa, una histórica cantina fundada después de la revolución que frecuentaron José Alfredo Jiménez o Chavela Vargas. “Ayer volví, encontré a mi amigo César, mariachi”, empieza y por un momento parece que se va a quebrar, pero sigue: “Me siento en paz con México, que me ha dado muchas cosas y yo intento darle otras. Con esta novela puedo ir al Tenampa con la frente muy alta”. “Ustedes juzgarán”, continúa, “si he entendido México o si sigo siendo un pinche gachupín que se pasea por aquí sin enterarse”.

https://elpais.com/mexico/2022-10-25/el-viaje-de-perez-reverte-a-la-revolucion-mexicana-ida-y-vuelta.html

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“Me siento en paz con México”

Vicente Gutiérrez - milenio.com - 26/10/2022

Después de casi 10 años de ausencia, Arturo Pérez-Reverte, escritor y colaborador de 'Milenio', presentará una novela en Ciudad de México: 'Revolución' (Alfaguara), pero antes, claro, se fue al Salón Tenampa. “Me dijeron que no fuera porque la zona estaba peor, pero yo iba al Tenampa hace años y cada noche; tengo amigos mariachis, me sé todas las canciones de la Revolución y tenía que volver. Crucé la plaza Garibaldi, mirando de reojo, pero crucé y me siento en paz con México, que me ha dado muchas cosas, y con Revolución puedo ir con la frente muy alta al Tenampa”, comentó el escritor en un encuentro con medios de comunicación en el Sanborns de los Azulejos, uno de sus lugares consentidos, que incluye en su libro, claro.

“Disculpen que a veces hable de México con cierto calor  y cierta insolencia pero es que aquí yo no estoy en el extranjero, estoy en mi tierra y uno tiene  derecho a hablar con dureza y respeto de lo que ama. Cuando hablo de México es un acto de amor, no soberbia y estoy en mi casa”, agregó. Pérez-Reverte señaló que no quiere que 'Revolución' se vea como un libro escrito por un “gachupín” y no quería ser sacrificado en México si cometía un error en “los tiempos“ que reconstruyó en su historia. “Que viene de turista y hace una novela sobre México, ¿no? Quería que fuera como 'La Reina del Sur', contada desde adentro. Digamos que esa novela fue el descubrimiento del país. Veinte años después escribo 'Revolución' como una especie de conclusión de todo lo que he aprendido; es un rendir cuentas, es decirle a los mexicanos: "Esto he aprendido de ustedes, en lo bueno y en lo malo, y gracias", pero cuando lo lean ustedes juzgarán si he entendido México o sigo siendo un ¡pinche gachupín! (risas)”. El escritor confesó tener una deuda: “Yo en México he comprendido muchas cosas sobre el ser humano y el concepto de la violencia: comprendí que aquí la violencia es lenta; es decir, no es un estallido, es un estado de cosas”.

En la charla con los medios de comunicación, el escritor detalló que 'Revolución' es la historia de “un joven ingeniero español (Martín Garret Ortiz), que trabaja en el norte de México en 1911 y se ve envuelto en la Revolución. Por accidente se encuentra con los villistas, que lo obligan  a asaltar un banco de Ciudad Juárez y se mezcla con ellos. Se da cuenta de que la revolución, la violencia, la crueldad, la lealtad son una buena escuela, y descubre que mirando aprende. La Revolución Mexicana es una experiencia de aprendizaje para este joven”.

Así, en una novela muy mexicana, aparece un tesoro en tiempos de Emiliano Zapata y Francisco Villa y un México violento, sangriento, para el que el escritor tuvo que leer todos los libros sobre la Revolución Mexicana, y fue a las fuentes originales con el fin de que fuera fiel con datos, lugares y sobre todo el lenguaje de aquella época. “Todo arranca con un amigo de mi bisabuelo que era ingeniero de minas y vivía en México y le cuenta la Revolución; mandaba cartas a casa contándole todo lo que pasaba con la Revolución y yo crecí escuchando las historias, siempre me fue muy familiar. Con el tiempo, un novelista, al final, es lo que lee más lo que escribe, lo que imagina y lo que ha vivido, y un día decidí que quería contar la historia”, contó.

Pérez-Reverte señaló que como reportero estuvo en 18 guerras, de las que siete fueron revoluciones. “Tengo cierto conocimiento de primera mano y sé cómo se comportan las personas. No quisiera decepcionar a nadie pero lo que me interesa de la Revolución mexicana no es la revolución en sí, porque lamentablemente no cambió gran cosa. Lo que me interesa es el comportamiento de las mujeres y los hombres que lucharon, que fueron crueles y leales, valientes y cobardes. En las guerras que estuve entendí que con la violencia descubres cosas que a lo mejor en la vida normal tardas mucho más. Como el protagonista, él aprende cosas a través de la Revolución, pero él no quiere cambiar nada, no cree en la Revolución ni le importa, pero para él lo que hace la gente es fascinante y por eso termina siendo parte de ellos”.

Arturo Pérez-Reverte habló de muchos temas, como cuando pasó una peligrosa noche en una cantina en Tepito,  de su labor como escritor, de la “corrección política” que luego le provoca algunas peleas y cancelaciones en redes, “pero a mi edad puedo mandarlos al carajo. Estamos borrando la carcajada, la libertad y la sonrisa espontánea”, dijo.

El escritor habló de su amor por México, los lectores y finalmente confesó no tener un buen concepto de las revoluciones y sus finales. “Pero creo que son necesarias y hay que hacerlas. Es necesario hacerlas y que los que están arriba no duerman tranquilos; pero cuando el de abajo llega arriba se olvida de los de abajo. Esa desilusión, esa falta de esperanza en el resultado final de la Revolución, México tuvo esos años necesarios pero tampoco cambió tanto”.

https://www.milenio.com/cultura/arturo-perez-reverte-me-siento-en-paz-con-mexico

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"En México hay una mezcla de violencia y ternura, de crueldad y generosidad"

Reyna Paz Avendano - cronica.com.mx - 26/10/2022

“En México comprendí que la violencia es lenta, es decir, no es un estallido, es un estado de cosas. Esa mezcla de violencia y ternura, de crueldad y generosidad, de orgullo y fraternidad que he encontrado siempre en México me ha hecho entender al ser humano”, expresó el escritor español Arturo Pérez-Reverte (Cartagena, 1951) a propósito de su reciente novela 'Revolución'. Esta obra, editada por Alfaguara, narra la historia de Martín Garret Ortiz, un joven español ingeniero que en 1911 llega a trabajar a Ciudad Juárez, no obstante, se encuentra con la Revolución, en específico con los villistas, y este joven es seducido no por el movimiento armado sino por los hombres y las mujeres que hacen la revolución.

“Tengo una deuda con México. En este país entendí que el gris es el color de la vida no el blanco ni el negro. ‘Revolución’ es un balance, es un rendir cuentas, es decirle a los mexicanos: esto he aprendido de ustedes, lo bueno y lo malo, muchas gracias”, indicó Pérez-Reverte en conferencia de prensa. El escritor confesó que se horroriza de lo cruel que puede ser el mexicano, pero también se asombra de lo brillante, divertido, generoso y valiente que puede ser el mexicano, contradicciones que, en su opinión, se reflejan en Francisco Villa. “Lo que yo detesto y amo de México está en Villa”, reconoció.

El autor narró el por qué en la novela Villa tiene más presencia que Emiliano Zapata. “No puedes juzgar a Villa por su suicida obstinación y sangrienta en Celaya, ni a Zapata por sus errores cometidos. En esta novela debía de elegir con qué me quedaba, con norte o sur. Para lo que quería contar el sur era demasiado triste, el sur campesino, ese Zapata culto pero silencioso, era una parte demasiado triste”, dijo. Mientras que el norte se acoplaba a su novela. “Era bestial, cruel, fanfarrón, mujeril. Preferí a Villa como el personaje que más aparece”, señaló y reveló que leyó sobre ese personaje, en especial la biografía hecha por Paco Ignacio Taibo II. “Mi Villa es el correcto, no creo que Taibo tenga reproches que hacer”, agregó. El también miembro de la Real Academia Española indicó que Villa es un bandolero medio analfabeto, cruel, mujeriego, elemental y a quien las circunstancias lo convierten en líder. “Tuvo un instinto guerrillero, táctico extraordinario, es un hombre providencial y eso lo hace fascinante y repulsivo, lo eleva y lo rebaja; es cruel, es impulsivo, es generoso, es la mezcla de todo lo que es muy mexicano. Villa encarna lo peor y lo mejor del mexicano, esa violencia tamizada por la ternura, esa crueldad tamizada por la lealtad, esa personalidad orgullosa, indomable”, afirmó.

Arturo Pérez-Reverte, que se desempeñó como corresponsal de guerra y quien en sus novelas aparece de manera constante el tema de movimientos armados, expresó que las revoluciones son necesarias, aunque éstas terminen con ilusiones destrozadas. “En mis 21 años como reportero estuve en 18 guerras en las que siete fueron revoluciones, es decir, tengo un cierto conocimiento de primera mano sobre qué es una revolución y cómo se comportan las personas”, dijo. Lo que interesa al autor de la Revolución Mexicana no es la revolución en sí porque no cambió las condiciones de vida de la sociedad mexicana de manera radical. “Me interesa el comportamiento de los seres humanos que lucharon, que fueron crueles, leales, valientes y cobardes, que fueron seres humanos”, indicó.

Cuando fui a la guerra por primera vez, descubrí que la guerra es una escuela de lucidez importante, añadió Pérez-Reverte. “En la vivencia de la guerra descubrí cosas que en la vida normal tardaría años en descubrir, mirando a los seres humanos que un mismo día hacían lo bueno y lo malo de ahí uno aprendía, acercándome a ellos podía completar mi formación como ser humano. Y a mi personaje en esta novela le presto esa mirada”, señaló.

¿Cuál es su opinión de la utopía? "No tengo buen concepto del final de las revoluciones, creo que son necesarias para que los de arriba no duerman tranquilos. Cuando los de abajo llegan arriba, a menudo, se convierten en gente de arriba y se olvidan de los de abajo. Toda esa escéptica melancolía, esa desilusión, esa falta de esperanza, ese resultado final de la Revolución también está aquí, México tuvo esos años necesarios y uno se da cuenta que no cambió tanto. Toda esa gente que murió, luchó, peleó, aquí estamos, cruza la calle y buena parte de ese esfuerzo y esa lucha mezclada con lo que es la condición humana, no cambió gran cosa, aún siguen los de abajo y los de arriba. Esa falta de ilusión es algo que plantea el libro".

Pérez-Reverte detalló que para escribir la novela leyó toda la narrativa de la Revolución Mexicana, desde 'Cartucho', de Nellie Campobello, hasta 'Gringo viejo', de Carlos Fuentes. “Además, tenía que reconstruir a México de los años de 1911 al 1920 y para eso trabajé con fotografías antiguas, con archivos como el Casasola, conseguí un mapa de Ciudad de México de 1920 donde aparecen líneas de tranvía, comercios, hoteles”, compartió. Por esos escenarios camina su personaje Martín Garrett para contar su aprendizaje, de cómo un joven técnico, un ingeniero no romántico, un gachupín no lector queda seducido por la Revolución y, por tanto, México le cambia la vida.

“Uno de mis bisabuelos paternos, ingeniero de minas que dirigía unas explotaciones primero en Linares y luego en La Unión y en Cartagena, tenía un amigo, compañero en la Escuela de Minas, que fue a trabajar a México en esa época. Desde allí le escribía cartas a mi bisabuelo contándole que habían llegado Pancho Villa y Zapata, y todo lo que allí veía”, dijo. Entonces para el autor la Revolución Mexicana fue muy familiar desde que era niño, y aclaró que si habla con tanta holgura del país es porque él no se siente un extraño, un gachupín turista, sino alguien que puede comentar opiniones entre sus amigos. “Disculpe que hable de México con cierto calor e insolencia, aquí no estoy en el extranjero porque igual que un mexicano en España, es un amigo y tiene el derecho de hablar. Tomen siempre mis declaraciones un acto de amor y no soberbia”, indicó.

“Estoy acostumbrado a oír hablar de las soldaderas como algo romántico. Uno ve ‘Enamorada’, la película de María Félix y está la imagen romántica, pero eso es mentira; tienen que ver ‘La soldadera’, con Silvia Pinal, es una película de verdad, donde está la amargura, la tristeza, el sometimiento, las mulas de carga”, dijo Pérez-Reverte. La vida de ellas fue un horror. “Lo que me extraña es que no haya un monumento a la soldadera en la Ciudad de México, quizá lo hay pero no lo conozco, pero un monumento a una mujer con el rifle del hombre, con las carrilleras, con el bulto de la comida, con los niños agarrados a su falda y sola, sola, sola”, dijo.

https://www.cronica.com.mx/cultura/mexico-hay-mezcla-violencia-ternura-crueldad-generosidad.html

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Pérez Reverte desmiente la revolución en México: "Esa cosa romántica del tiro al aire, las canciones, el folclor y la alegría no es verdad"

Efe - 27/10/2022

El escritor español Arturo Pérez-Reverte aseguró este miércoles que México ha vendido mal su revolución y su nueva novela es un intento por dar una imagen menos festiva y más real de lo que fue el gran suceso de inicios del siglo XX. "México ha vendido de forma inexacta su revolución. Esa cosa romántica del tiro al aire, las canciones, el folclor y la alegría no es verdad, la imagen de las soldaderas es falsa también", dijo el autor en la presentación de 'Revolución'.

Ante unos 200 lectores, en una plática guiada por el novelista Elmer Mendoza, el autor originario de Cartagena, Murcia, habló sobre el proceso creativo de la obra editada por Alfaguara y se refirió a su idea de apegarse a la verdad al narrar sucesos de la Revolución Mexicana (1910-1917). "En esta novela quería rescatar la revolución real y dejar de lado la romántica, la bonita que parece más un musical. En la película 'La soldadera' (1966), con la mexicana Silvia Pinal, ellas son como bestias de carga, con sus hijos, peleando por comida y maltratadas por el hombre borracho. Esa fue la verdadera soldadera", opinó.

El libro, que está en las librerías de México, recrea desde la ficción los acontecimientos que estremecieron a México en el primer tercio del siglo XX, con una mirada desde el asombro más que desde el discurso político. "Quería escribir una novela de iniciación; el aprendizaje de un joven que a través de la violencia y la observación ecuánime de esta alcanza la madurez y me di cuenta de que la Revolución Mexicana era un buen lugar para que esa historia se desarrollara", indicó.

Pérez Reverte, con más de 30 novelas escritas, defendió el derecho de que el escritor juegue mientras escriba y regrese de esa manera al niño que fue. "Cuando éramos pequeños, veíamos una película y jugábamos a ser eso. Veíamos Moby Dick y queríamos ser arponeros, una del oeste y ser pistoleros. Esa capacidad de jugar el ser humano la va perdiendo, pero el escritor conserva ese instinto de juego", explicó. Según el autor, escribir una novela es disfrazarse de revolucionario, de vaquero, de espadachín, astronauta, marino o lo que sea y consideró importante que el escritor sea siempre capaz de escribir como si jugara e invite al lector a jugar con él. "Cuando el escritor pierde la capacidad de jugar esta muerto", observó.

Elmer Mendoza mencionó una frase del libro que le llamó la atención: "Pocos revolucionarios siguen siéndolo cuando alcanzan el poder" y le dio tema a Pérez-Reverte a abundar sobre esa idea. El novelista español recordó que en 1979 cruzó la Plaza de Managua con los sandinistas y entró en el búnker de Somoza y lamentó en lo que se convirtió aquella rebelión romántica. "Todo eso para que ahora Daniel Ortega tenga una finca que se llama Nicaragua como Fidel Castro tuvo una finca que se llama Cuba. Con eso en la cabeza, al trabajar con Villa y Zapata, me he sentido angustiado de verdad, me he sentido muy amargo", concluyó.


25 octubre 2022

Prólogo para 'Taras Bulba'

Una inolvidable historia de cosacos

Nada hay más poderoso narrativamente que los mundos de frontera. Allí suelen darse situaciones extremas, perfilándose en ellas una clase de personaje que siempre me interesó mucho; primero como lector, después como reportero y al fin como novelista. Héroes cansados o cerca de estarlo, mercenarios de sí mismos fieles a sus propias reglas; gentes de singulares lealtades, capaces —a veces en la misma jornada— de actos heroicos y de hechos abyectos o atroces. Pura condición humana, a fin de cuentas. Moviéndome por ese complejo mundo de fronteras, observando a esos hombres y mujeres, haciéndolos material de trabajo y también, en ocasiones, amigos míos, comprendí muy pronto que hay lugares y momentos donde la crueldad, la violencia, las pasiones y los odios son tan naturales como el amor, la generosidad o la ternura.

Desconocer —o pretenderlo— la naturaleza del ser humano y del duro mundo donde nace, ama, odia, trabaja, lucha y muere es negar la comprensión de un problema complejo llamado vida. Y eso es, incluso, más peligroso que la violencia o el mal. Ignorar, despreciar o condenar lo que no encaja en el canon social o moral de cada momento —por otra parte, tan inestable y cambiante siempre— genera individuos maniqueos, limitados, propensos a situarse fácilmente en los extremos propios de cada momento. Haciéndolos, así, incapaces de entender lo hermoso y lo terrible de su propia y, a fuerza de humana, contradictoria naturaleza.

Pensaba en todo eso estos días al releer 'Taras Bulba', más de medio siglo después de la primera vez que lo hice. Al tener en las manos esta nueva edición de una novela que, como tantas otras leídas en la juventud, fue muy reveladora para el lector que en esos años se asomaba por primera vez, a través de los libros, a la sorprendente gama de grises que dibuja el ambiguo corazón del ser humano.

Pero además de la memoria personal del lector que fui —y que confío en no haber dejado de ser todavía—, hay otros elementos que dan a esta novela de Gogol, hoy casi olvidada, un carácter actual, didáctico incluso para cualquier lector. Y no sólo por ilustrar de un modo asombroso la historia de las fronteras móviles del Cáucaso, las luchas continuas entre rusos, ucranianos, turcos y polacos, su compleja nacionalidad cambiante, sus leyendas, su duro paisaje… Además de todo eso, que no es poco, esta excelente novela encierra en sí misma la clave de muchas de las humanas contradicciones, de los rincones oscuros del ser humano a los que antes me refería.

Empecemos por el autor mismo: Nikolái Gogol, nacido en la provincia de Poltava, en el corazón de una Ucrania donde pasó su infancia y juventud para trasladarse después a San Petersburgo, donde escribiría en ruso porque deseaba triunfar en la poderosa capital de la gran Rusia. Sin embargo, pese a ese exilio deliberado, la memoria y las costumbres de su tierra natal iban a seguir interesando al escritor a lo largo de toda su carrera. 'Taras Bulba' es quizás el mejor ejemplo de ello, pues la historia de Ucrania, escrita en ruso, se trasluce con nitidez a través de su protagonista: un veterano cosaco que encarna el ideal del héroe valiente, libre e inevitablemente dotado por el autor de una aureola trágica y romántica, como corresponde al gusto de la época. Porque al leer 'Taras Bulba' conviene tener presente que fue escrita hacia 1830, en pleno Romanticismo. Es decir, en pleno torrente de ideas y relatos que ensalzaban el pasado. Cuando las palabras “identidad” y “nación” eran renovadas con flamantes mitologías y por doquier se agitaba la bandera de los pueblos oprimidos que, luchando por su independencia y libertad, veneraban a personajes reales pronto convertidos en leyenda, como lo fueron Lord Byron o Simón Bolívar.

El momento de la escritura de 'Taras Bulba' es también el tiempo de la última gran épica al otro lado del océano, en el continente norteamericano y sus vastas llanuras, cabalgadas como en las estepas del este europeo por hombres duros que trazaron su vida a sangre y fuego. Empezaba por esas fechas la fiebre del oro en California, y daba los primeros pasos propios el "western", que pronto popularizaría de modo extraordinario la literatura y luego el cinematógrafo. Porque, efectivamente, la literatura los creó; pero fue el cine el que, con su inmensa potencia social, consolidó esos dos tipos singulares de héroe a caballo que llegan hasta nuestros días: el vaquero y el cosaco.

Hoy es difícil imaginar la impresión que hace sesenta años sintió este jovencísimo lector de Gogol cuando acudió al estreno, en la sala del cine Mariola de Cartagena, de 'Taras Bulba', la adaptación en cinemascope de la novela, leída solo unos meses antes en la colección Universal de la editorial Calpe. Una superproducción a todo color con interpretaciones estelares. Yul Brynner, nada menos, gran estrella del momento, era Taras Bulba; un papel que parecía hecho a medida para él, pues, aunque nacionalizado americano, había nacido en Vladivostok, de padre ruso y madre moldavo-ucraniana. Interpretando al rebelde hijo del cosaco, la película contaba con otro actor de moda en ese momento, el apuesto Tony Curtis. Y cerrando el triángulo de actores estaba la bellísima actriz austríaca Cristina Kaufmann, que interpretaba a la princesa rusa enamorada del joven cosaco ucraniano. Y, por cierto, sus irresistibles ojos azules no sólo enamoraron al personaje, sino también al actor, quien, tras un escándalo que desbordó el plató y paralizó el rodaje, pues con diecisiete años ella era menor de edad, terminó abandonando a su mujer para casarse con la joven actriz. Pero ésa es otra historia.

O tal vez, en el fondo, no sea del todo otra historia. Al fin y al cabo, eso también alimenta la literatura: pasiones, lealtades y deslealtades, mujeres hermosas y hombres valientes, una historia de amor apasionado y una despedida. La caballería cosaca, sables en alto con el vodka en el cuerpo suficiente para calentar los últimos cien metros antes de matar y morir. Historias y personajes, cine, literatura, imaginación, que inevitablemente calarían hondo en aquel lector y espectador asombrado que, entre películas y libros, creció admirando a un tipo de héroe tal vez imperfecto, no el más honesto ni el más piadoso, pero valiente y fiel a sus propias reglas.

La misma palabra en cosaco —“kazajo”, en ruso, del turco "kazak", que significa “aventurero” u “hombre libre”— ya contiene, de partida, esa complejidad enriquecedora en la vida, el cine y la literatura. Utilizados como mercenarios por polacos y rusos, los cosacos cabalgaban a un lado y otro de las fronteras en incursiones sanguinarias. Eran salvajes y luchaban bajo la bandera de quien mejor pagaba, pero tenían sus propios códigos. Tan singular historia se extiende desde los tiempos de Iván el Terrible hasta la adhesión de las huestes cosacas a la causa zarista, pasando por la retirada napoleónica de Moscú. Donde, por cierto, el soldado Nicolás Bobrowski, abuelo del polaco Joseph Conrad, escritor como Gogol de origen ucraniano, casi murió de inanición al final de la campaña de Rusia, tras la desastrosa retirada de 1812.

Ya en tiempos más cercanos a los actuales, el concepto y la imagen del cosaco se fue modificando a impulso de las nuevas guerras. La Revolución Rusa los dividió entre los ejércitos blancos y rojos. Y más tarde muchos cosacos fueron persuadidos por Hitler para que combatieran contra Rusia en la Segunda Guerra Mundial, del mismo modo que se vieron, antes y después, sometidos a las persecuciones de Stalin. Más tarde, su legendaria libertad y bravura los llevaría a tomar parte durante la era Yeltsin en la campaña de Chechenia. Y en fechas más recientes los vimos actuar y pelear, ya sin pizca de romanticismo literario ni cinematográfico, integrando grupos paramilitares que lucharon junto a las tropas rusas durante la invasión de Georgia en 2008, o en la anexión armada por parte de Rusia de la región ucraniana de Crimea en 2014. De algún modo, la reciente guerra de Ucrania de 2022 ha vuelto a llevar a los cosacos al plano de la actualidad.

No es posible, en suma, mayor vigencia para esta historia de personajes legendarios, recios jinetes pobladores de una región extensa, lejana y fértil en leyendas y fronteras, azotada por incursiones atroces entre pueblos que no pueden dejar de luchar entre sí porque nunca tuvieron tiempo para olvidar: Turquía, Polonia, Rusia, Ucrania… Piezas de un eterno ajedrez que se disputa desde hace siglos sobre un tablero de duras estepas y orillas donde van a morir viejos ríos llamados Ural, Don, Volga, Dniéper, y en cuyas márgenes nacieron grandes y temibles huestes guerreras. No es extraño, por tanto, que los cosacos, orgullosos de su libertad de servir al señor que más convenga, impredecibles, valerosos y fieros, hayan dado a la literatura y el cine, desde Tolstoi y 'Los cosacos' a Gogol y 'Taras Bulba', desde la elegante estrella del cine mudo John Gilbert hasta el polifacético Yul Brynner, algunos de los relatos más apasionantes de la literatura universal.

Y ahora, con usted, afortunado lector, 'Taras Bulba'. La historia del primer cosaco.


24 octubre 2022

Otras reseñas sobre 'Revolución'

«Revolución», de Arturo Pérez-Reverte

laslecturasdeguillermo.wordpress - 24/10/2022

«‘Revolución’ no es una novela histórica. Utilizo la historia, como tantas otras veces, como pretexto, como marco narrativo. Es una novela de aventuras, novela de aprendizaje de cómo un joven, durante diez años de revolución, termina descubriendo cosas de la vida, de la violencia, de la muerte, del amor, de la lealtad, de la amistad y un montón de cosas gracias a esa aventura a través de los años violentos de la revolución mejicana en sus comienzos.»

La nueva novela del prolífico escritor nacido en Cartagena Arturo Pérez Reverte, 'Revolución', fue presentada el lunes 3 de octubre en un desayuno de prensa celebrado en el Westin Palace de Madrid y ha sido publicada por la Editorial Alfaguara.

El autor se siente muy unido a Méjico, país que conoce muy bien y que ha visitado en varias ocasiones atreviéndose a pasear por barrios oscuros y fascinantes en los que la policía no es bienvenida, como el de Tepito, pero esa es otra historia, porque entonces era más joven y podía correr, nos cuenta divertido. Con esta novela vuelve a Méjico este cazador de historias, como se denomina, una obra de cocción lenta, que estaba ahí desde que, en casa de su bisabuelo, ingeniero de minas, se leían las cartas de un compañero de escuela que estaba viviendo la revolución mejicana; curioso por profesión y naturaleza, en los viajes posteriores que realizó a este país, se dedicó a recopilar información sin pensar aún en escribir este relato. Por eso, esta novela es el resultado de toda una vida.

La amplia documentación que utilizó para escribir esta novela es una de las señas de identidad del autor; ha leído muchos libros, visto un sinfín de documentales, películas antiguas y más modernas, escuchado canciones… convenientemente pasado todo por el filtro de la narrativa para convertirlo en literatura, porque no se puede utilizar en crudo. Pero lo más importante es que ha echado mano de su biografía como reportero de guerra, lector infatigable y de sus muchos años de oficio como periodista y escritor. Afirma que no es una novela autobiográfica, como se ha dicho, porque nada de lo que le pasa al joven Garret le pasó a él, pero su mirada sí es la de Arturo, de lo que vivió en las guerras que cubrió —Chipre, Líbano, Eritrea, Sáhara, Malvinas, El Salvador, Nicaragua, la crisis de Libia, Sudán, Mozambique, Angola, la revolución de Rumanía, Croacia, Bosnia…—. Al autor lo que le interesa es desentrañar lo que ocurre en el corazón del ser humano y las complejas relaciones que establece, la violencia en la que se ve inmerso. ¿Qué mecanismos se disparan en su cabeza para que una persona buena, con una familia, una profesión y una vida aparentemente normal por la mañana tenga un comportamiento correcto, y por la tarde se convierta en un ser brutal, alguien que mata, tortura y viola sin piedad? ¿Tiene que ver con el grupo de referencia? La presión del grupo diluye responsabilidades, porque lo que nunca haríamos estando solos, dentro de un grupo de colegas está permitido, nos sentimos arropados, amparados y hacemos lo que se espera de nosotros…

La vida de cualquier hombre es un proceso de aprendizaje en el cual uno va descubriendo, con los años, con las etapas, cosas nuevas, nuevos enfoques de la vida y de las cosas.

Arturo Pérez-Reverte no pretende reconstruir la historia, sino que la utiliza para entender mejor el presente, mostrándonos un hombre que tiene conflictos de ahora y que está en un continuo proceso de aprendizaje; la revolución mejicana no es el tema principal de la novela, aunque sí actúa como telón de fondo y es la clave y el entorno en el que transcurre la acción.

El papel de la mujer es fundamental en esa búsqueda iniciática del protagonista. El autor afirma que, sin la mujer, sin la presencia de la mujer, sin la violencia incluso, sin los silencios, sin la mirada de la mujer, el hombre nunca dará los pasos completos. En este caso, ese papel está representado por tres totalmente distintas, pero fundamentales en el camino que emprende Garret: “la soldadera analfabeta, grasienta, hecha a una vida áspera y rural y revolucionaria y campesina; la niña fresita, la niña bien de buena familia que muestra otra faceta de la mujer en la vida y la sociedad, y la periodista norteamericana que acompaña en algunos tramos al protagonista”. Habla de la MUJER con mayúsculas.

Pérez-Reverte ha cuidado todos los detalles en esta novela; merece especial atención el tratamiento de un lenguaje que él conoce muy bien, pero el moderno. Ahí empezó otro proceso de documentación, porque en los años 11, 12 o 13 no se hablaba como ahora y él quería que el lector, oyera hablar en mexicano a la hora de leer la novela… extrayendo expresiones, frases, refranes, ese ingenio maravilloso de los mexicanos para hacer refranes, para hacer albures y juegos de palabras y fue haciendo un glosario, una larga relación de términos para ir utilizándolos en los momentos adecuados. De la lectura de la obra, antes de su publicación, para evitar cometer anacronismos, se encargó un escritor mejicano al que sus editores enviaron 'Revolución'.

Arturo Pérez-Reverte sabe que, a pesar de lo vivido, el proceso de aprendizaje tiene que estar siempre presente en la vida de una persona. Invito a los lectores a disfrutar de Revolución y emprender con Garret, ese conociendo fundamental que ayuda a crecer. ¡Ah!, y nunca dejen de mirar… porque lo que perciben les puede servir más adelante.

PERSONAJES:

-Martín Garret Ortiz tiene veinticuatro años y es un ingeniero de minas, español, nacido en Linares; trabaja en Méjico. Desde su hotel en Ciudad Juárez escuchó un disparo. La curiosidad le hace salir a las calles para averiguar qué pasa. Significó el inicio de una búsqueda.

-Yunuen Laredo procede de una familia acaudalada de México; sus ojos tienen el color del cuarzo y su silueta es esbelta; es coqueta por naturaleza y perspicaz. Acabará sabiendo que, en la vida, existen motivos más poderos que el amor.

-Diana Palmer es una periodista enjuta de ropas desteñidas que nunca finge lo que no es. La respetan sus colegas por su personalidad extraordinaria, y, a la vez, es admirada por los guerrilleros con los que se mueve. Desafía sin pestañear los convencionalismos profesionales; es decidida y encara las dificultades que se la presentan. Será la mirada brillante de Martín para entender los acontecimientos.

-Maclovia Ángeles es una soldadera con las mejillas atenazadas por el sol y el ánimo desbrozado por los combates. Viaja con su hombre, ayudándole en todo lo que necesita y actuando contra el enemigo cuando es necesario. Recia y lista; valerosa y con carácter. Tiene la cultura que da la vida.

-Pancho Villa fue un de los líderes de la revolución mejicana, valeroso y decidido; poderoso de hombros, cuello ancho y cabeza grande; iris color café de mirada intensa; magnánimo con los suyos y cruel con el enemigo. De risa atronadora que intimida. Siempre cauto y vigilante.

-Francisco Madero era de rostro bondadoso, pequeño y de apariencia frágil. Un espíritu escindido entre los ideales del intelecto y las armas que lleva al cinturón. Quiere que la justicia deje de ser una utopía en Méjico. Es un idealista.

-Genovevo Garza tiene los ojos negros y duros, y una cicatriz que le atraviesa desde la sien hasta la mandíbula. Es tierno y peligroso, astuto y sibilino. Representa al soldado de mirada clara, obediente y esforzado que no conoce cobardías ni historias imposibles. Posee el espíritu sencillo del pueblo llano.

-Jacinto Córdova, un oficial pulcro herido por los celos; guapo y disciplinado, con trazas de militar severo y con un peculiar sentido de la cortesía y el honor; y Tom Logan, el yanqui enamorado de Méjico como tantos otros… El resto, los encontrarán disfrutando de la novela.

https://laslecturasdeguillermo.wordpress.com/2022/10/24/revolucion-de-arturo-perez-reverte/

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La Revolución, sin anestesia, según Pérez-Reverte

Israel Sánchez - reforma.com - 27/10/2022

México, opina el escritor y periodista español Arturo Pérez-Reverte, ha vendido de una forma inexacta su Revolución. "Esa cosa romántica del tiro al aire, las canciones, el folklore y la alegría, una revolución alegre, no es verdad", expresó este miércoles el también miembro de la Real Academia Española, durante la presentación de su más reciente novela: 'Revolución' (Alfaguara). Como ejemplo refirió el caso de una figura como es la soldadera, vista a través de dos cintas: 'Enamorada', de Emilio "El Indio" Fernández y protagonizada por María Félix, como esa imagen positiva, romántica y bella, contra 'La soldadera', protagonizada por Silvia Pinal; "esa sí que es de verdad", sostuvo el autor. "Esa mujer que es una bestia de carga, que carga con los hijos, con las otras peleando por la comida, maltratada por el hombre borracho. Esa es la verdadera soldadera", resaltó Pérez-Reverte desde el Polyforum Siqueiros, acompañado por su colega mexicano Elmer Mendoza. "Entonces, en esta novela yo quería, digamos, rescatar un poco la Revolución real, y perdónenme la osadía para hacerlo, siendo que soy un gachupín, no un mexicano. Rescatar esa revolución real, y dejar un poco de lado esa otra revolución romántica, bonita, casi que parece más un musical que una verdadera revolución".

A la primera oportunidad, Mendoza haría la pregunta obligada, la de cómo un autor de Cartagena, España ("un pinche gachupín", arreglaría Pérez-Reverte) decide escribir algo así. A lo que el autor de la colección 'Las aventuras del capitán Alatriste' o 'La Reina del Sur' refirió que la Revolución Mexicana era el mejor contexto para la historia que deseaba contar sobre un joven que a través de la observación ecuánime de la violencia alcanza la madurez. Además de tres razones: uno de sus bisabuelos era ingeniero de minas, y su mejor amigo que vino a México a trabajar en las minas del norte le enviaba cartas; su padre le cantaba corridos de la Revolución, y el impacto que le causa la fotografía de los zapatistas desayunando en Sanborns. "La novela iba a titularse 'Desayuno en Sanborns', ése era el título original; pero me hicieron comprender los editores que fuera de México Sanborns no era conocido", compartió Pérez-Reverte. "Además, hubieras tenido que pagarle una lana a Carlos Slim", agregó Mendoza, quien elogió la precisión y la pulcritud del lenguaje y las expresiones usadas en la obra, como "van a sobrar sombreros", "cada gallo picotea su máiz" o "quien tiene cola de zacate no debe jugar con lumbre". "Una que me costó muchísimo descifrar, pero que me encanta: 'es más valiente que el primero que se comió un zapote prieto'", añadió el español, explicando que no podía hacer hablar igual a un abogado como Francisco I. Madero que a un bandolero medio analfabeto como Pancho Villa. Por lo que acudió a tantas obras de la literatura mexicana sobre la época como le fue posible: Los de abajo, de Mariano Azuela; Cartucho, de Nellie Campobello, o Se llevaron el cañón para Bachimba, de Rafael F. Muñoz, por mencionar algunas; "y de ahí fui sacando, con paciencia de orfebre, palabras, expresiones, refranes que después adapté", detalló. "Intenté que el lenguaje de los de abajo fuese de verdad", insistió. "Yo quería que al leer el lector la novela le sonara al oído. Fue un trabajo duro, complicado".

A propósito de la forma de hablar en México, Pérez-Reverte confesó que su interés en ello comenzó cuando recorría con Mendoza "los sitios más inconfesables" en Culiacán, preparando La Reina del Sur, apuntando y preguntando cosas como: "¿Qué significa 'wachar'? ¿Qué significa 'teibol'? Nadie crea lenguaje nuevo en el español como los mexicanos. Quizás sea la proximidad con Estados Unidos, no sé", comentó el autor. "Y, además, hay una cosa singular: cuanto menos cultura tiene el mexicano, más osado y más creativo es el lenguaje. Es verdad", remarcó ante las risas del público. "Es verdad, ustedes saben que tengo razón. Un analfabeto mexicano puede crear palabras justamente por su ignorancia, por la osadía que da la ignorancia, de una belleza, de una rotundidad, de una potencia extraordinaria". Aquí el español reveló que una de las cosas que le gusta hacer en México, quizás ahora con menos frecuencia por no poder correr como antes, es visitar cantinas en Tepito o en las calles detrás del Tenampa, poner a Vicente Fernández o Los Tigres del Norte en la rocola e invitar un tequila a quien le parezca más peligroso. "Y era fascinante oírlos hablar. Después salía y me ponía a apuntar lo que había oído, porque era extraordinario. Mi admiración por el habla mexicana es sincera", reiteró. "Esta novela es un resultado, en ese sentido, de mi interés y mi admiración por cómo hablan los mexicanos. E insisto: cuanto más incultos, mejor. Un mexicano culto, meh, es normalillo; pero un mexicano inculto es fascinante".

Ante las palabras de Mendoza, quien calificó 'Revolución' como una novela muy bien escrita, donde los arcos de tensión son perfectos y las atmósferas emocionales están colocadas donde deben, Pérez-Reverte sostuvo que el orgullo de los escritores profesionales es contar historias, "y contarlas bien, de una forma eficaz para que el lector se meta y viva cosas que no viviría si no las leyera". Evocando sus días de corresponsal en conflictos internacionales, equiparó la novela con tender una emboscada: "Planificas la emboscada para que el lector vaya al lugar donde quieres llevarlo, y si lo haces bien, si tienes la suerte o el oficio de conseguirlo, la novela funciona".

Finalmente, Pérez-Reverte contó sentir una profunda melancolía después de estar tan metido en la Revolución Mexicana al grado de sentirse un revolucionario más, atestiguando tanto coraje, valor, generosidad y esperanza, pero también tanta crueldad, tanta sangre, tanto ahorcado y tanto fusilado, "para tan poco". Sobre todo cuando, de camino de su hotel a un restaurante para una cena de 5 mil o 10 mil pesos, ve a una mujer sentada en la calle con un niño agarrado de la falda, "vendiendo para ganarse 5 pesos y poder comer. Es un insulto, es un insulto a la gente que creyó que con eso (la Revolución) cambiaba el mundo y cambiaba México. Me queda una tristeza enorme", refrendó, recordando que justamente como periodista le ha tocado ver muchas revoluciones. "Yo crucé la plaza de Managua con los sandinistas, y entré en el búnker de Somoza; los vi combatir en muchos sitios, los vi morir. Todo eso para que ahora Daniel Ortega tenga una finca que se llama Nicaragua", recriminó. "O para que Fidel Castro tuviera una finca que se llama Cuba. Me he sentido angustiado de verdad, me he sentido muy amargo. ¿Para qué?".

Pero de inmediato el autor ofreció una respuesta, producto de las reflexiones que hacer este libro le han dejado: "Para demostrar que cuando se acorrala a un ser humano, y tiene un machete, al final lo utiliza. Y si no, lo busca, o lo crea, lo inventa. Para demostrar, aunque sea un fracaso cada revolución que ha habido (muy pocas, quizás sólo la francesa, han tenido un resultado realmente ejemplar), que el de arriba debe tener cuidado con el de abajo. 'Cuidado, mira de reojo, duerme con un ojo abierto'. O sea, no es ya tan importante la victoria como la lucha. "Hacen falta revoluciones, aunque fracasen", estimó Pérez-Reverte. "Uno puede hablar con dureza o con honradez de aquello que ama, y yo a México lo amo mucho. Con esta novela, digamos, a lo mejor saldo mi deuda moral. Yo lo veo así".

https://www.reforma.com/aplicacioneslibre/articulo/default.aspx?id=2493646

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Polvo serán

Jorge Bustos - elmundo.es - 29/10/2022

Se figura Arturo Pérez-Reverte que ha escrito sobre la violencia del hombre por el hombre, cuando en realidad ha publicado una declaración de amor a las palabras. En su lúgubre memoria de reportero acumula las trizas de la historia y teclea furiosamente para aclararse la retina. Pero no puede. No sabe que ese polvo no proviene de un puente dinamitado, o de una ciudad sitiada, sino de un idioma de mármol y de adobe que se pega a las yemas de sus dedos como esa ceniza ingrávida que protege al parecer las alas de las mariposas.

Bajo su convincente disfraz de autor de éxito hay en Reverte un artesano de la noble germanía. La arcilla olorosa del español salvaje se entrega en sus manos a una alfarería trasatlántica, remotamente imperial, rabiosamente viva. Celebra que su destino sea la lengua castellana, afincada en nuestro México con tanta cédula como en la mera Valladolid. Y esa fratría de mil acentos y ninguna necesidad de traducción, esa casa grande que no valoramos porque aún no nació el algoritmo que nos la ocupe sobrevivirá a los ágrafos violentos con mando en ministerio y a los codiciosos resentidos que se camuflan de indígenas.

La novela de Reverte no versa sobre otra revolución que la del habla tenaz, matérica y caliente que un océano no sofocará. El siglo que aún comienza convoca a los hispanohablantes a la única causa que no divide por renta, raza, voto, género o color: la causa del vagido con que nacemos y el gemido con que morimos. La causa de la lengua en que blasfemamos, amenazamos, odiamos y milagrosamente somos perdonados. Armados con ella barrenaremos el hormigón de las frases hechas, cavaremos galerías ventiladas bajo los lugares comunes, dispondremos minas compuestas de verbos y pronombres en el engranaje opresivo de una expresión cada vez más automática, servida en iconos que estabulan la razón y pretenden cifrar el sentimiento. Y luego, retirados a una distancia prudencial, habremos de aguardar con placer el estallido del significado cuando se reúne amorosamente con su significante. A esa paciente lujuria la llamamos escribir.

Se figura Reverte que ha escrito sobre revolucionarios mexicanos que alinean sus frases en cananas, desenfundan cañones metafóricos y disparan una línea de diálogo. Pero al terminar el libro, exhaustos y polvorientos, comprendemos el íntimo sentido de la única revolución que no fracasa: la de las palabras. Polvo serán, mas polvo enamorado.

https://www.elmundo.es/opinion/columnistas/2022/10/29/635bb70fe4d4d80c4a8b458c.html

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La 'Revolución' de Arturo Pérez-Reverte, una novela hollywoodiense para todos los públicos

Juan Marqués - elmundo.es - 31/10/2022

Quien, por razones sobre las que sería divertido especular, dé por supuesto que con estas palabras comienza una reseña hostil contra 'Revolución', la nueva novela de Arturo Pérez-Reverte (Cartagena, 1951), va a llevarse una pequeña sorpresa. Y, desde luego, quien desee leer esa reseña va a tener que buscar en otro sitio, porque lo cierto es que por aquí nos ha entretenido bastante. Eso sí: "entretener" no significa "gustar mucho", ni siquiera "interesar", sino sólo eso, "distraer", "proporcionar un rato agradable, amable o despreocupado", "encantar" en el sentido de "hechizar durante un tiempo", no en el de "entusiasmar"... Y eso de la diversión es algo que las novelas de Pérez-Reverte ofrecen con famosa maestría.

Hacía, eso sí, 20 años que yo no lo comprobaba. Leí todas las novelas del autor hasta 'Cabo Trafalgar', y lo hice con agrado y buen apetito, y desde entonces no he leído ninguna, hasta ahora. Quiero decir que recuerdo bien el primer tramo de la obra de Pérez-Reverte, y no conozco en absoluto el reciente. O, por decirlo de otro modo, leí todas las novelas de Alatriste y no he leído ninguna de Falcó. No por ningún motivo especial, sino porque, simplemente, se apagó el interés, sin meditarlo ni decidirlo me fui a otros sitios a partir de cierta edad, de modo natural, pero cuando se ha dado la ocasión siempre he defendido al autor como un estupendo especialista en el tipo de narrativa que él cultiva, un gran creador de tramas (más que de personajes, siempre un poco arquetípicos, robóticos, simplones), que además resuelve bien. Pérez-Reverte es un escritor que no tiene negros, que posee un mundo particular, que es un hombre culto, y que ha leído el Quijote... Y eso, tan en principio exigible, de ser simplemente un autor es algo que en el deprimente contexto actual de la literatura popular ya es mucho.

Leyendo 'Revolución', sea como sea, hay motivos para pensar que Pérez-Reverte ha relajado y rebajado algo el listón de autoexigencia que aplicaba a sus novelas del siglo pasado. Comparada con 'El club Dumas' o 'La piel del tambor', que recuerdo como obras maestras de la intriga, 'Revolución' palidece un tanto, lastrada en buena parte por cierta previsibilidad hollywoodiense, algo que digo no sólo por la facilidad con la que el lector puede ir adelantándose a casi todo lo que va a pasar, y cuándo, y por parte de quién... sino porque hay fragmentos que realmente parecen secuencias cinematográficas, casi se pueden ver las bambalinas y los decorados, están escritos como si fuese la descripción de algo no imaginado sobre la realidad sino proyectado en pantalla. Resulta difícil explicarlo, pero es algo muy nítido.

Pero estos son los principales reproches que se pueden hacer a una novela que, por lo demás, entrega a manos llenas lo que prometía. Sobre el rigor histórico no tengo nada que apuntar porque nada sé, pero es obvio que el autor se documenta a conciencia, aunque sea para después retirar el andamio de la investigación y dejarnos la narración desnuda, sin digresiones eruditas ni, para entendernos, notas al pie. De hecho, para ciertos lectores, como yo mismo, eso es un problema, o al menos una lástima: se nota (y se agradece) que el autor se lo ha pasado muy bien en el proceso de escritura, pero esa alegría intelectual no acaba de llegar al texto, como mucho lo sobrevuela, se queda en la trastienda de la redacción. Pero ya se entiende que el público de estas novelas reclama muchos más tiros que datos, más escaramuzas que archivos, más tensión en la trama que audacia en la aportación historiográfica, más chicha en los escarceos sexuales que originalidad ante los profesores de teoría literaria.

Lo que sí es de justicia aplaudir es el esfuerzo con el lenguaje, que en este caso no tenía que acertar sólo con el lugar sino con el tiempo, un doble desafío. No sólo había que replicar distintos registros del habla mexicana, culta o vulgar, sino remontarlos a los días de Pancho Villa y, aún más, adaptarlos a las situaciones de tensión, o al español que pudieran saber los periodistas estadounidenses, o al contexto fronterizo. 'Revolución' es, pues, una novela impecable, muy ajustada a su lector ideal, que la disfrutará, y acogedora con el lector algo más exigente, al que entretiene. Más que un regreso a las lecturas juveniles, supone un grato descanso.

"Para esta novela me vi todas las películas mexicanas, antiguas y modernas, y me leí todo lo que hay, sobre todo por el lenguaje. Las novelas buenas de verdad son las contemporáneas de la revolución", sostiene el escritor. "Saqueé, de una manera gozosa, apuntando expresiones como 'van a sobrar sombreros', '¿viene usted de mujerear?'... Son expresiones espectacularmente mexicanas y no hay español más potente que el mexicano".

https://www.elmundo.es/la-lectura/2022/10/31/635ff5c221efa0bd718b4591.html

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'Revolución: una novela', de Arturo Pérez-Reverte

reginairae.blogspot - 06/02/2023

La última novela de Pérez Reverte está ambientada en la revolución mexicana (1910-1917 o 1920, según autores), época conocida internacionalmente por la gran cantidad de películas y novelas que la reflejan, con lo cual no resultan extraños algunos de sus protagonistas (Zapata, Pancho Villa, Madero, etc). Habría que preguntar a un mexicano pero así, en principio, parece bien reflejado el lenguaje típico del país, con sus giros y expresiones, así como la idiosincrasia y otros rasgos culturales (algunos un poco arquetípicos como lo de los "hombres machos"). Eso hace que resulte creíble la descripción de las tropas de Villa y de la sociedad mexicana en general, o al menos, similar a la imagen que tenemos del México de inicios del siglo XX por el cine (estadounidense, preferentemente). La ambientación es el punto fuerte de esta novela. Se ve que el autor ha investigado con diligencia. O visto muchas pelis sobre la época.

La prosa, dicho esto, es muy sencilla, adaptada a una lectura rápida que es de agradecer, ya que el libro es largo, o parece largo para lo que cuenta. Para mí, el principal inconveniente es que no hay una trama muy definida. La historia me ha parecido floja, sin sorpresas, sin giros, con un final un tanto "deus ex machina" (de todas formas, cualquier lector avezado sabe que no va a ocurrir eso de lo que el autor trata de convencernos que va a ocurrir). Más que trama, vemos una sucesión de escenas o estampas con el hilo común de estar ambientadas en la revolución, con un personaje que, la mayor parte del tiempo, se deja arrastrar por los acontecimientos. Todo es tan, tan frío que hasta las subtramas que podrían ser de romance se quedan en no-romance. Y por culpa del protagonista.

Esa es otra, los personajes, que (salvo un par de excepciones) carecen de relieve. En realidad el problema principal está en los inventados, el protagonista, por ejemplo, cuya personalidad no está definida, de forma que no logramos empatizar con él. Apenas tiene reflexiones originales, solo tres o cuatro clichés sobre la guerra, la hombría, fatalismo, etc, que recuerdan sospechosa y peligrosamente a otros personajes del autor. Me resulta muy gracioso que los líderes de la revolución, e incluso personas del gobierno y de la alta sociedad, tengan en tantísima estima a un extranjero que ha protagonizado un lance de guerra casi por casualidad. Muy sorprendente su repentina influencia en las altas esferas, solo explicable porque... es el protagonista. Hay varios personajes cuya función dramática o rol narrativo es desconocido (el mercenario gringo, etc). Las mujeres objeto de interés por parte del protagonista, muy idealizadas, sobre todo la mexicana de la alta sociedad.

La novela no agobia ni molesta, pero tampoco te genera ninguna emoción, al menos a mí. Todo parece contado muy "desde fuera" de las personas, y para mi gusto, hay un exceso, como viene siendo habitual en el autor, de escenas bélicas, llenas de tiros y explosiones que, la verdad, si es ahora, hubiera saltado o leído más deprisa.

En resumen, una novela que puede gustar a los fans del autor e interesados en obras bélicas o históricas, pero que a mí me ha parecido algo fría e inconexa, sin trama clara, con varias cosas previsibles (como que cierto personaje iba a morir en el lance de guerra final o que cierto otro no iba a morir en situación algo delicada).