16 enero 2023

Historia, revolución y novela: El México de Arturo Pérez-Reverte (1911-1923)

Carlos Rilova Jericó - diariovasco.com - 16/01/2023

Estas pasadas Navidades cayó en mis manos la, de momento, última novela del académico Arturo Pérez-Reverte, 'Revolución', y aunque no tenía mucha intención de leerla (pese a su tema), acabé con ella en cuestión de unos cinco días. Y es que, no duelen prendas en reconocerlo, es una magnífica (y hasta necesaria) novela histórica (aunque su autor niega que lo sea) sobre la revolución mexicana.

He leído a lo largo de los años bastante de lo que ha escrito el académico. Algunas de sus novelas me han gustado tanto como a Hollywood (que vale tanto como decir a casi todo el mundo). Por ejemplo 'El club Dumas', donde se manejó con mucha habilidad narrativa, en la misma línea que Umberto Eco en 'El péndulo de Foucault', a la que esa otra novela, 'El club Dumas', rinde un notorio homenaje. Incluyendo al propio Eco, sin nombrarlo, entre los secundarios de la trama.

Otras producciones de Pérez-Reverte, sin embargo, las he visto más bien con muy poco entusiasmo. O más bien con desazón. La del historiador que lleva trabajando desde hace décadas en archivos y que ve que esas novelas, que salían bajo el marchamo de “históricas”, están basadas en una lectura de la Historia que choca de lleno con esa materia de archivo que describe una realidad muy distinta, algo especialmente notorio en la primera obra de Pérez-Reverte, 'El húsar', o en su serie de novelas dumasianas centradas en la figura del célebre capitán Alatriste. En 'El húsar', por ejemplo, se veía un perfecto y fascinante reflejo de la “epopeya napoleónica”, pero en esa novela la nación en armas española que se alza y reorganiza de manera asombrosa (para toda Europa) en 1808, quedaba, en cambio, reducida a unas incomprensibles figuras sombrías que salen de un mundo atávico y salvaje y no de una decantada sociedad europea capaz de organizar -en medio de una invasión del corso que ha derrotado a toda Europa- unidades regulares tan brillantes como los húsares de Cantabria, los de Burgos o los de la División Iberia, que causan admiración incluso en los británicos que luchan hombro con hombro con ellos en batallas como la de Vitoria en 1813. Fallos de planteamiento estos, según parece, fruto de reminiscencias noventayochistas en el escritor cartagenero que, a medida que pasa el tiempo y aumenta la investigación histórica en España, han ido quedando cada vez más desfasadas y sin verdadero fundamento.

Eso, sin embargo, parece haberse disipado, afortunadamente, en 'Revolución', donde Arturo Pérez-Reverte ha sabido sacudirse ese oscuro manto literario del noventayochismo que, en efecto, visto desde la investigación histórica en la España de las últimas tres décadas, empezaba a resultar tan fuera de lugar como los planes de Valle-Inclán de pasearse en elefante por el centro de Madrid. Si hay algo aún de ese noventayochismo en 'Revolución' es, sin embargo, el de la mejor especie. Es decir: el de ese Pío Baroja (que cumple ahora su 150º aniversario) y sus novelas del mar, como 'La estrella del capitán Chimista' o 'Los pilotos de altura'.

Así, el autor de 'Revolución' ha llevado a sus últimas consecuencias el gran potencial que ya había demostrado hace años en otra novela, 'El tango de la Guardia Vieja', reflejando en la primera de ellas una realidad histórica contundente, sorprendente todavía -seguramente- para muchos lectores, donde los españoles juegan exactamente el papel que jugaron en la realidad histórica del año 1911 en el que comienza 'Revolución'. Esos españoles, empezando por Martín Garret Ortiz, el principal protagonista, son los que, más allá de las novelas trágicas del noventayochismo, realmente andaban por el mundo en 1911. Así, Garret es un muchacho de clase media, español pero que, como su primer apellido indica, tiene ascendencia anglosajona, algo muy común en la España del sur de la que procede, donde los consorcios hispano-británicos para la explotación agrícola y minera han sido habituales tras el fin de las guerras napoleónicas. De ahí, pues, viene el protagonista de 'Revolución', de la verdadera intrahistoria española decimonónica sobre la que Miguel de Unamuno teorizó pero que, acaso, no llegó a desarrollar bien por, precisamente, esa ceguera transitoria causada por el exagerado brillo de la artillería norteamericana en Cavite y Santiago de Cuba.

Porque, como sabemos quienes sondeamos los archivos de esa época (españoles, norteamericanos, franceses, británicos…), para hacer tesis doctorales por ejemplo, lo que realmente quedará cuando se disipa el humo del “Desastre” no es precisamente una nación hundida, como lamenta el noventayochismo. Queda, justo al contrario, una potencia que va redoblar sus esfuerzos económicos, diplomáticos, bélicos… en recuperarse de ese mazazo e intervenir en los asuntos del mundo del mismo modo en el que actúan otras potencias como Francia y Gran Bretaña que, conteniendo el aliento ante lo que Estados Unidos ha demostrado ser capaz de hacer en las Antillas y Asia -donde ellos también tienen grandes intereses-, necesitan en Europa una España recuperada y fortalecida.

Y así encontramos en 'Revolución' a un Martín Garret vestido como todo un caballero europeo de la época -con sombrero, traje de tres piezas y cuello duro- y portando bajo la chaqueta un revólver Orbea (fabricado en la prolífica industria armera guipuzcoana), que está allí para explotar las minas mexicanas junto a la frontera estadounidense. Está también allí, muchas más páginas adelante, Bernardo Cólogan, el embajador español que dirigió las operaciones en los famosos 55 días en Pekín en los que las potencias occidentales y su alumno asiático aventajado -Japón- se hicieron con el control de un imperio chino (éste sí) en irremediable decadencia y extinción. Y el Cólogan de Pérez-Reverte es un Cólogan descrito con la verdadera crudeza histórica que corresponde al personaje: un curtido diplomático europeo que marcha mano a mano con los Estados Unidos en controlar un proceso revolucionario (el mexicano) que se sale de madre, de las manos de una burguesía mexicana -europeizada a la “Belle Époque” hasta dar vahídos, como muy hábilmente reflejan muchas escenas de 'Revolución'- que considera que la miseria generada por Porfirio Díaz y la cáfila del Partido Científico es un callejón sin salida histórico que ha llevado al levantamiento en armas de peligrosos don nadies. Como ese Pancho Villa que cabalga por muchas páginas de esta novela de Pérez-Reverte y que también es retratado en toda su magnificencia y la misma brutalidad que acabará llevándolo al desastre (y a su asesinato el 20 de julio de 1923), ese momento que deja en manos de los posibilistas más moderados el proceso revolucionario. Institucionalizándolo. Tal y como quiere -por ejemplo- el rival amoroso de Martín Garret, el coronel Jacinto Córdova.

Con esas premisas Arturo Pérez-Reverte ha conseguido revivir una larga Historia de la revolución mexicana manejando con mucha habilidad referentes históricos crudos y ciertos por eso mismo (desde las palabras de un diplomático español a las fotos de las sufridas soldaderas) y toda la Literatura y el Cine donde se ha popularizado esa epopeya contemporánea, retomando la historia del Hermano Menor de 'Ragtime', de E. L. Doctorow, o la del dinamitero irlandés interpretado por James Coburn en '¡Agáchate, maldito!', de Sergio Leone, pasando por otros numerosos guiños y referencias que van desde los libros de Paco Ignacio Taibo II sobre la revolución mexicana hasta películas tan diversas como '¡Viva Villa!' y 'El hombre de Laramie', de la que Pérez-Reverte parece sacar el atuendo (una chaqueta de pana gringa, un sombrero Stetson…) con el que finalmente su protagonista se sumerge de lleno en esa revolución que lo hace protagonista, a su vez, de una Historia muy verdadera. De España, de México y de ese mundo que va a saltar en pedazos en 1914 y 1939, como bien se deja entrever, también, en 'Revolución', una novela que, por todo eso, realmente merece la pena leer.

https://blogs.diariovasco.com/correo-historia/2023/01/16/historia-revolucion-y-novela-el-mexico-de-arturo-perez-reverte-1911-1923/

15 enero 2023

Entrevista a Arturo Pérez-Reverte y Augusto Ferrer-Dalmau

María José Solano - ffdmagazine.es - 15/01/2022

La Rotonda del hotel Palace a media mañana es un espacio narrativo; un deambulatorio señorial envuelto en el elegante murmullo de gente que cruza, sin conocerse, conversaciones de negocios, citas clandestinas, amistades lejanas, curiosidad por la belleza o la historia del lugar; ajetreo cosmopolita amortiguado por los tapices y las mullidas alfombras.

Allí esperan para este encuentro con 'FFD' dos de los hombres más relevantes del arte y la cultura españolas, cuyo trabajo e influencia traspasan fronteras desde hace décadas. Relajados y sonrientes, descartan desde el principio la entrevista. “Esto es una charla entre amigos”, sentencia APR. Jeosm me mira sonriente detrás del objetivo y yo sé exactamente lo que quiere decir; son muchos años de trabajo conjunto y lenguaje codificado. Asiento en silencio: hoy somos dos afortunados testigos de excepción de la crónica de una amistad.

APR toma la palabra pidiendo permiso a AFD. “Sí, sí, adelante, tú eres el narrador profesional”, apunta Augusto. Como no podía ser de otra manera, Pérez-Reverte cuenta con pausa y en orden, como si la historia de esta amistad fuese un relato o una crónica periodística, una sucesión de hechos susceptibles de transformarse en literatura.

—Un día voy caminando por la calle, veo una exposición y entro por curiosidad. Ferrer-Dalmau ya era conocido para mí, por supuesto, pero nunca había visto sus cuadros al natural. No recuerdo exactamente el año —se vuelve, interrogante, hacia Augusto, que se encoge de hombros, desdibujando cronologías—. Finales de los noventa —añade, y continúa—. Entro y casualmente Augusto estaba allí; nos saludamos, yo le expresé mi admiración y él se ofreció a enseñarme la exposición. Recuerdo que hablamos mucho de pintura, y de historia, y también recuerdo que en aquella conversación salió enseguida el "carlistón" que Augusto siempre ha llevado dentro.

Augusto sonríe y trata de hacerse con el curso de la narración justo en ese punto: “La exposición era de temática carlista; era natural hablar del tema y expresar mi admiración por aquel momento histórico y aquellos hombres. Al poco, Arturo y yo quedamos un día para comer en el magnífico restaurante madrileño Al-Mounia”…

Arturo hace un gesto con la mano. “Un momento —pide mirando mi libreta—, antes debo decir que, en aquella conversación, lo que me hizo gracia de él fue la sorprendente inocencia con la que me hablaba del tema. Claro, mi imagen de los carlistas pasaba por Pío Baroja, y nadie que haya leído a Baroja puede tener un buen concepto del carlismo. Me cayó bien aquel pintor desconocido precisamente por esa manera tan suya, casi romántica, de abordar el tema”.

—A pesar de su fama de broncas y de que Reverte siempre acojona un poco, también él me cayó bien a mí —añade Augusto— (risas). En serio. Con Arturo, como con otros escritores, suele ocurrir que crees conocerlo porque lo has leído, pero en su caso concreto me di cuenta de que efectivamente él era exactamente igual a sus personajes.

Jeosm y yo asentimos, comprensivos. Arturo se remueve, incómodo en el sillón de cuero del Palace. “Retomemos la narración ordenada de los hechos, si os parece”. Aquello no es una propuesta, sino una orden. Todos escuchamos atentos.

—Hay una cosa evidente que une nuestras respectivas profesiones, que en nosotros son más que eso, pues las consideramos casi un acto vital, una manera de mirar y de estar el mundo —continúa Arturo—, y es el gusto por la Historia, que a él le emociona y a mí me gusta muchísimo. En torno a ella surgieron inevitablemente títulos de libros y películas que habían conformado nuestra infancia y juventud y que suponían un territorio común reconocible.  

—Y la pintura, Arturo —recuerda Ferrer-Dalmau—, porque desde el principio hablábamos de pintura y de pintores que nos gustaban a los dos: Cusachs, Detaille, Meissonier…

—Muy cierto —confirma Reverte—. Yo he sido siempre un enamorado de la pintura militar francesa. Todos esos pintores de batallas, Detaille, Meissonier, Géricault, habían iluminado iconográficamente mi infancia. Imagina entonces encontrarme un día con un tío que los conoce, que conoce a Neuville. Y no sólo eso, sino que los admira, los estudia, maneja su obra y la tiene como inspiración para su trabajo. 

—Me regalaste aquel magnífico álbum, ¿recuerdas, Arturo? El de Meissonier, una joya. Me llevé una sorpresa, porque Arturo no regala un libro antiguo de su biblioteca así como así. Vamos, nunca, diría yo (nosotros reímos y Arturo asiente en silencio). Ahora sí es apropiado en el discurso cronológico de esta crónica decir que un día nos fuimos a comer al restaurante Al-Mounia, ¿no, Arturo?… Pues bien. Allí, en mitad del cuscús de verduras con cordero, Arturo me preguntó: ¿tú harías un cuadro que yo te encargara? Y recuerdo que lanzó tres propuestas: una carga de caballería, una encamisada y el final de la batalla de Rocroi. Y claro. Rocroi era Rocroi, un episodio inolvidable de la Historia de España, pero también y sobre todo tenía un significado literario incuestionable, pues es en esa batalla donde muere el Capitán Alatriste. Precisamente por eso me entusiasmó la idea, pero había un problema, digamos, técnico, y así se lo hice saber: yo nunca antes me había enfrentado a un proyecto iconográfico como aquel. Quiero decir que sí había pintado jinetes a pie, pero nunca soldados de infantería. 

—Pero lo convencí enseguida —interviene Arturo—, porque aquella tarde le conté con detalle la batalla: los restos de infantería reunidos en el último cuadro, los rostros de cansancio, el piquero, la sangre, el gran campo de batalla, el miedo de los franceses a acercarse a aquellos tipos desharrapados, sucios, bravos, peligrosos… Y quedamos allí mismo en que haría aquel cuadro de los Tercios. Él me pidió que lo ayudara en la documentación y recuerdo que incluso en un par de ocasiones fui a su casa de Valladolid a mirar la evolución de la pintura.

—Y a corregirme cosas —añade Augusto—. ¿Te acuerdas que me dijiste lo del perro, Arturo? Aquel perro que terminó dándole el contrapunto al cuadro, el toque, digamos, melancólico; el canelo español abandonado, solo, leal, se convertiría en el famoso “perro de Rocroi”, y eso es de tu exclusiva autoría. Yo me limité a pintarlo. En realidad, aquel cuadro de Rocroi era de mi factura pictórica, claro, pero a partir de la narrativa del relato, de la imaginación y el conocimiento histórico de Arturo. 

—Digamos que, desde aquel magnífico cuadro de Rocroi, nuestra amistad se fraguó; pasamos del respeto mutuo a la amistad y Augusto pasó a ser “el pintor de batallas” —concluye Arturo.

—Debo decir que Arturo siempre me ha empujado a enfrentarme a retos pictóricos. Porque lo de pintar infantería no es nada comparado con enfrentarse a lo que vendría a continuación: mi primer cuadro de mar y guerra: 'Caza al amanecer'. Fue un encargo de un coleccionista gallego, quien me pidió que pintara un cuadro de temática naval, pero sin especificar nada más. Yo, claro, después de la experiencia de documentación, trabajo y rigor de Rocroi, lo que hice fue llamar a Arturo. Y entonces el gran narrador que es acudió enseguida en mi ayuda. No solo porque me abrió su biblioteca particular, con una sección de libros de historia de marina apabullante, sino que allí sentado, en mitad de aquella biblioteca, oír contar a Arturo la historia de aquel barco fue decisivo para mi cuadro. ¿Recuerdas?

—Claro. Le inventé una historia para que la pintara en el cuadro. En la madrugada del 2 al 3 de noviembre de 1805 una goleta de la Marina mercante española, la Alejandra, regresa cargada de mercancía de América e intenta entrar en la ría de Pontevedra; pero claro, no olvidemos que en aquel año las fragatas inglesas se hallaban patrullando la costa. La tripulación de la Alejandra intenta ir por las islas Cíes para tratar de llegar a Pontevedra de noche, pero no hay suerte: el viento es contrario y todo es una pérdida de tiempo. Amanece y aún están fuera de la ría. La goleta tiene que enfrentarse entonces a un dilema: huir al sur, donde la alcanzarán los ingleses, o, viendo que tiene la ría a pocas millas y el viento le es favorable, jugársela. Ese momento de máxima tensión con la goleta exprimiendo sus recursos al máximo tras un viaje de 81 días desde el continente americano, perseguida por las fragatas inglesas, es lo que Augusto representó magistralmente. 

—Fue un trabajo duro, del que me siento muy orgulloso —afirma Augusto—, sobre todo porque me permitió desarrollar las herramientas técnicas para realizar posteriormente el que quizás sea uno de los grandes proyectos de mi carrera pictórica hasta ahora, encargado por el almirante Rodríguez Calderón, entonces director del Museo Naval. Él me encargó un cuadro naval y casi al mismo tiempo, Arturo y yo decidimos que tenía que ser la historia del Glorioso, la carrera del Glorioso, los combates del Glorioso o el viaje del Glorioso, un navío de la Real Armada Española enfrentado hasta en cinco ocasiones con varios escuadrones de navíos y fragatas británicos que trataban de capturarlo. Realmente la lucha encarnizada por la supervivencia y la derrota final convirtió a ese navío en el símbolo inequívoco de que hay derrotas mucho más dignas que ciertas victorias. La historia me apasionaba, pero debo reconocer que jamás habría podido llegar a buen puerto (y nunca mejor dicho) sin el asesoramiento histórico, pero sobre todo técnico, de Arturo. Ahí descubrí lo muchísimo que sabe del mar y los barcos, y lo buen capitán que es.

—Bueno, digamos que colaboré en lo que pude —insiste Arturo—, pero lo importante aquí es contar lo bien que nos lo pasamos con aquella maqueta, ¿recuerdas, Augusto?… Un día me fui a tu casa de Valladolid y allí, frente a una maqueta que habías encargado, hicimos de ingleses: con un taladro del calibre de la bala de cañón, taladramos el barco hasta que cayeron todos los palos. Movimos las velas y así se quedó… Luego Augusto fotografió varios ángulos, eligió el más adecuado y recreó la escena. El cuadro, destinado al Museo Naval de Madrid, fue presentado con todos los honores con la asistencia de su majestad don Felipe VI, como correspondía a tal ocasión, pero con el cambio de dirección del museo, y tal vez sin entender que muchas veces hay más gloria en la derrota que en la victoria, se retiró de allí. Ahora está en el museo naval de San Fernando, donde luce en un lugar privilegiado, con todos los honores, como pieza emblemática de la institución.

—Lo gracioso del asunto —recuerda Augusto— es que mi pintura nace, de alguna manera, de la literatura, y la literatura de Arturo es en parte pictórica. 

—Es verdad —reflexiona Reverte— eso de que su pintura está basada en la literatura. Él no es un testigo ocular, pues no ha visto las escenas que representa, y tampoco hay películas en las que pueda apoyarse. Por tanto, el gran mérito de Augusto es que de textos —ya sean una novela de Baroja, una biografía de Zumalacárregui, unas memorias de un general carlista— saca el material para pintar cuadros que son auténticos relatos, porque este tío es un narrador. Augusto pinta para contar historias. Esa pasión es lo que lo hace tan especial y tan diferente. Él no pinta imágenes estáticas ni estampas históricas; pinta pasiones, desilusiones, derrotas, furia, agonía, compasión, crueldad, y eso es narrar.

—Me gusta creer que es así —confirma Augusto.

—En cuanto a mis novelas —prosigue Arturo—, yo soy algo visual narrando porque a mí la guerra no me la han contado, la he visto, y lo que hago es llevar mi memoria a mis relatos. Mis novelas están, digamos, llenas de imágenes. Además, Augusto le ha añadido sus propias imágenes a algunas de ellas; pues hizo la hermosa portada de 'Perros e hijos de perra', con un dibujo de mi perro Sherlock en ella; y también los bocetos de algunos de los personajes de 'Línea de fuego', la portada de 'Sidi' y la portadaza (quizás mi favorita de todas las portadas de mis novelas) de 'El italiano'. Por supuesto, no podemos olvidar las magníficas portadas de la colección de clásicos de Zenda-Edhasa, donde juega con lo literario, lo pictórico, pero sobre todo lo cinematográfico, pues esos diseños son auténticos fotogramas de cine en blanco y negro.

—Sí, desde luego —reconoce Augusto—. Es un reto, pero también una estupenda diversión emprender esos proyectos. Es, además, una excusa estupenda para volver a leer todas aquellas novelas de juventud. Y mira, nunca lo había pensado así, pero a estas alturas de la charla (o la crónica) sinceramente creo que Arturo y yo tenemos razones para la amistad y también una en concreto para batirnos a muerte, como lo oyes. Con elegancia y respeto, pero a muerte. Porque hay una afición que ambos compartimos hasta rozar la patología, y tal vez por eso, y solo por eso, él y yo, en un momento determinado, seríamos capaces de enfrentarnos a duelo: nuestra pasión por los sables de caballería. 

—Es verdad —certifica Arturo—. De hecho, a mí me gustaron las armas blancas desde siempre, pero nunca pensé en ellas con afán de colección. Tenía un sable de dragón francés napoleónico y era feliz con él. Pero Augusto, que lo había visto, me echó la bronca porque no tenía ninguno español, y al día siguiente apareció en casa con un sable español modelo 1860, para regalármelo.

—Exacto, ese fue el gran error de mi vida —se lamenta Augusto—, porque abrí sin pretenderlo la caja de Pandora. Y entonces perdí el control sobre la colección y sobre el mercado, porque Arturo, con el método y el rigor que le caracterizan, se puso manos a la obra. En apenas diez años se ha hecho con una de las colecciones más importantes que conozco de sables reglamentarios de tropa de caballería. 

—Alguno me falta todavía —sonríe Arturo.

—Es verdad, porque yo tengo en mi poder un sable que él no tiene, y que sé que desea sobre todas las cosas. Se lo dejaré, por supuesto, en herencia, porque a este paso y visto lo poco que me cuido, me parece que voy a morir antes que él: un sable de hoja inglesa modelo 1796 con empuñadura española modelo 1815.

Augusto no desea terminar esta charla sin recordar que Arturo ha estado en muchos de sus proyectos importantes, y no va a ser menos en el caso de la FFD, el gran proyecto vital de su carrera: la Fundación Arte e Historia Ferrer-Dalmau, que, como el propio pintor ha dicho muchas veces, es hacer realidad un sueño. 

—Cerrando el círculo de esta conversación, realmente el motor que mueve esta iniciativa es precisamente el que mueve mi amistad con Arturo: la importancia de conocer y transmitir la Historia. Y es que yo creo que pasamos por este mundo y es bonito dejar algo para la posteridad, y esta es mi oportunidad. Pienso que tengo una edad buena para poder enseñar a otras personas y aprender yo también de ellos, que me enseñen cosas que yo no sé. 

—Son afortunados de tenerte como maestro —puntualiza Arturo—. Realmente afortunados.

—Espero estar a la altura de sus expectativas. Y en ese contexto quiero destacar que la Fundación colabora con la Universidad Nebrija en el desarrollo del primer Máster en Pintura de contenido histórico y narrativo en España. Este programa máster, de un año académico de duración, es un programa de formación artística de alta especialización en la práctica de la pintura figurativa y realista, punto de partida fundamental para la creación de imágenes pictóricas inéditas, que investiguen, interpreten y pongan en valor hechos, tanto del pasado como del presente, de la historia de España. Los participantes aprenderán a realizar con éxito proyectos de pintura narrativa e histórica de mi propia mano. Y tengo la gran suerte de que tanto Arturo como tú, María José, formáis parte de esta iniciativa como impulsor y colaborador el primero, y como docente de Historia del Arte tú. Realmente, la Historia, la pintura y los libros son un territorio apasionante en torno al cual se ha forjado buena parte de mi vida, además de esta gran amistad con Arturo, un hombre al que admiro y en el que confío plenamente, tanto como él confía en mí… Decir esto, con nuestra edad y nuestras vidas, no es decir poco, vive Dios. 

https://ffdmagazine.es/entrevista-a-arturo-perez-reverte-y-augusto-ferrer-dalmau/

15 diciembre 2022

Presentación de 'Revolución' en Murcia

"En España se tiende a caer en el fanatismo y la polarización"

elindependiente.com - 15/12/2022

El escritor Arturo Pérez-Reverte (Cartagena, 1951) ha manifestado este jueves en Murcia que «la violencia puede ser muy educativa porque permite comprender mejor a los seres humanos», y observándola «se aprende a no amar ni odiar», en referencia a su experiencia como reportero de guerra durante 21 años. 

En la presentación de su última novela, 'Revolución', publicada en octubre con la editorial Alfaguara, el autor cartagenero ha señalado que en España se tiende a caer en «el fanatismo y la polarización», por lo que la observación de la violencia ofrece un contraste de valores que supone «una gran enseñanza». «En las redes sociales no existe violencia», ya que solo son «un lugar donde la gente vuelca sus frustraciones, sus odios o sus inquietudes», algo que «no tiene nada que ver con las torturas, violaciones o asesinatos» que, a su juicio, sí lo son. Así, reconoce que la violencia ha sido para él «un máster de lucidez» que ha influenciado su nueva obra, 'Revolución', ambientada en el México de 1911 y que narra la historia de un joven que alcanza su madurez en medio del caos que supone un conflicto bélico. Situación que guarda cierta similitud con la vida del autor cartagenero, que se enfrentó a su primera guerra como reportero en Beirut, en 1974, cuando tenía 22 años. Pérez-Reverte ha afirmado que esta novela toma sus orígenes en las historias que un amigo de su bisabuelo, ingeniero de minas que trabajó en México en plena revolución, le contó cuando era pequeño, y que ese recuerdo le ha aproximado a su propia relación con la aventura y le ha llevado a escribir su «propia biografía de juventud». 

El académico de la RAE se encuentra sumido en la que será su nueva novela, de la que apenas ha dado datos, pero que asegura que le «mantiene vivo» porque la escritura le obliga a «a aprender constantemente», siempre y cuando la temática sea diferente porque le aburre escribir siempre de lo mismo.

https://www.elindependiente.com/tendencias/2022/12/15/perez-reverte-la-observacion-de-la-violencia-ofrece-un-contraste-de-valores-que-supone-una-gran-ensenanza/

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"La violencia proporciona una amarga lucidez"

Cristina Fernández - murciaplaza.com - 15/12/2022 

Dice el escritor cartagenero Arturo Pérez-Reverte que él no deja de ser "un escritor profesional que cuenta historias". Y que 'Revolución', su última novela, "es una más". Eso sí, diferente al resto de las que ha escrito durante los últimos 35 años, porque "yo no soy como otros escritores que siempre escriben la misma novela, que es muy respetable. Pero, me aburriría; necesito desafíos". Y con esta historia ambientada en el México de Emiliano Zapata y Pancho Villa eran muchos los que se le planteaban. Así lo ha contado este jueves en el Centro Cultural Las Claras de Cajamurcia durante un acto para presentar el libro, previo al encuentro de la Cátedra de la UMU que lleva su nombre. Es por eso que le acompañaba como anfitrión Pascual Martínez (director de la Fundación Cajamurcia) y Alexis Grohmann, director de la citada cátedra y catedrático de Literatura Española Contemporánea en la Universidad de Edimburgo.

Esos desafíos eran diversos, desde la documentación y ambientación -se trata de la primera novela del cartagenero que transcurre completamente fuera de Europa, como le hizo observar Grohmann-, el recibimiento por parte de los lectores mexicanos -ante la osadía de que un "pinche" español escribiera sobre su historia- y sobre todo el lenguaje. Porque sus personajes tenían que hablar mexicano, del que se practicaba en el primer tercio del siglo XX, distinguiendo las expresiones que podía utilizar un terrateniente de las que eran propias de un campesino analfabeto. Pero ahí entra, ha explicado, la tarea de "un escritor vivo", que no deja de "observar, aprender y emprender cada novela como una aventura nueva". "Si no fuera así, si no hiciera cosas diferentes, terminaría muriendo como escritor".

Lo que no puede, o no quiere, evitar Arturo Pérez-Reverte (Cartagena, 1951) es esa "amarga lucidez" con la que mira al mundo, fruto del "máster de violencia" que realizó como periodista en un sinfín de conflictos bélicos. Por eso, la mirada de su protagonista, un joven ingeniero de minas que se ve envuelto en una revolución que no es la suya, es también la mirada del autor. Porque como le pasó a él -que tenía 22 años cuando se enfrentó a su primera guerra como reportero en Beirut en 1974-, "la violencia se presenta como un aprendizaje clave de la vida y el chico del principio de la historia no es el hombre que la termina". Y es que "la violencia, aunque tiene muy mala prensa y es algo horrible, puede ser muy educativa. Permite comprender mejor a los seres humanos, a no amar ni despreciar a los hombres, solo a intentar entenderlos". Ante todo lo que él ha vivido en primera persona -se pierde unos segundos en sus recuerdos-, Pérez-Reverte se ríe de lo que pueda pasar en Twitter. "La violencia de verdad salpica, lo de Twitter solo puede llegar a irritar. Lo que pasa es que hemos pervertido el lenguaje". A él, además, le divierte y le parece interesante sociológicamente la red social en la que es muy activo. "Yo tiro la piedra y se crea una onda que se va haciendo más grande mientras me limito a observar", explica el académico de la RAE.

Pérez Reverte ha contado que 'Revolución' guarda sus orígenes en las historias que le contaba un amigo de su bisabuelo, ingeniero de minas que trabajó en México en aquella época. Y como tantas historias que ha ido atesorando a lo largo de su vida, encontró el momento de sacarla a la luz. El escritor considera que tiene sentimientos encontrados sobre las revoluciones, porque entendiendo que hay que hacerlas, sabe por experiencia que suelen perderlas quienes las empiezan. "Quien sale a la calle, quien da la cara, quien pelea, vierte la sangre, se la juega y se destroza la vida por cambiar el mundo… cuando termina todo, entonces llega el otro, el que estaba detrás o el que no estaba y dice, apártate que ya me encargo yo de gestionar esto". "Tengo esa melancolía de que las revoluciones terminan siempre con un Daniel Ortega en su finca". Así que "esa película no me la cuenten, que ya sé el final", apunta, aunque insiste en que "no por ello hay que dejar que pelear".

https://murciaplaza.com/perez-reverte-presenta-revolucion-en-murcia

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https://twitter.com/i/status/1603361265606434817

Audio:

https://www.orm.es/informativos/noticias-2022/perez-reverte-la-violencia-nos-permite-tener-una-lucidez-sobre-el-ser-humano/

10 diciembre 2022

"Quise contar el amor, la lealtad, el sacrificio"

Entrevista de José Luis Martínez - milenio.com - 10/12/2022 

Arturo Pérez-Reverte presentó en la FIL de Guadalajara su novela 'Revolución' (Alfaguara, 2022), protagonizada por un ingeniero de minas español, Martín Garret, quien de pronto se ve inmerso en un mundo desconocido y violento, el de la guerra civil en México. Dejándose llevar por las circunstancias, se involucra en la División del Norte de Pancho Villa y observa, siempre con distancia y aparente frialdad, los hechos, los personajes, las contradicciones de un movimiento en el que la violencia y la sevicia no proscriben la ternura ni la amistad. De acuerdo con sus editores, 'Revolución' “es un relato de iniciación y madurez a través del caos, la lucidez y la violencia: el asombroso descubrimiento de las reglas ocultas que determinan el amor, la lealtad, la muerte y la vida”. En esta entrevista realizada en Guadalajara, Pérez-Reverte habla de esta novela, en la que reconoce que hay mucho de él, de su visión de la guerra y los afectos. 

—¿Cuál fue tu principal reto al escribir esta novela? 

—No podía venir aquí como un gachupín que llega de turista y monta una novela desde fuera; no podía hacer eso. 'Revolución' es una novela seria, hecha desde dentro. Tengo la ventaja de que conozco muy bien México, desde hace muchos años; conozco bien el país, la gente, las hablas distintas, pero tenía que conseguir que los personajes hablasen como se hablaba entonces, no como ahora. No podían decir “pinche güey”. Lo que hice fue estudiar, leer muy bien las novelas de la época, que las hay excelentes: 'Los de abajo', 'Vámonos con Pancho Villa', 'Cartucho', 'Se llevaron el cañón para Bachimba'... Las leí todas. Leí los periódicos de aquel tiempo. Fui sacando palabras, expresiones, giros —la jerga popular de la época era muy divertida, muy interesante, muy ingeniosa—, para conseguir que al lector mexicano no le resultara ajena la novela. Para mí, lo peor hubiera sido que me dijeran: “Oye, tus personajes no hablan como mexicanos, no reconozco a México en esta novela”. Por eso investigué mucho y, con los medios que pude conseguir, traté que el mexicano diera por buena la historia. Con esta novela, mi principal tragedia hubiera sido que las expresiones, que el lenguaje no correspondiera a esa época. Si no hubiera sido capaz de controlar eso, no la habría escrito. 

—¿Por qué volver a la Revolución Mexicana, un suceso del que, como tú mismo has dicho, se ha escrito una gran cantidad de novelas? 

—Porque, entre otros, la revolución mexicana es un factor de aprendizaje para el protagonista, Martín Garret, un ingeniero de minas español. Yo quería que aprendiese de la revolución, de la gente que hace una revolución; él no es un revolucionario, es un tipo que mira y, al mirar, aprende y madura. Quería que aprendiese todo esto durante el tiempo terrible y espléndido de la revolución mexicana. Hay otro factor, más importante todavía: la revolución mexicana ha sido mitificada en el propio México. México ha vendido al exterior una imagen de su revolución no siempre exacta, con mucho folclor, muchas adelitas, mucho heroísmo, pero también hubo traiciones, suciedad, crueldad, barbarie; hubo mucha sangre y mucha muerte. Entonces, yo quise hacer una novela ecuánime que presentara a la revolución mexicana con luces y sombras, con crueldad y con tragedia, con basura y con gloria. Para conseguir esto, me documenté lo más que pude para dar una imagen que tal vez a un mexicano le resultaría más difícil porque está mediatizado por su propia historia, por las lecturas que se han hecho de la revolución mexicana —la veas como la veas—, pero yo venía de fuera con la limpieza del ecuánime. Yo no tengo ninguna vinculación con Villa, ni con Zapata, ni con Madero, ni con Carranza, ni con nadie. Soy un tipo que mira. Así que esa mirada ecuánime, digamos más fría, quizá podría ser útil para que los mexicanos vean cómo ve su revolución alguien que no es mexicano, que no está condicionado y la ve desde fuera. La novela responde a ese intento de contarles a mis amigos mexicanos cómo veo su revolución.

—Novelas como 'Los de abajo', de Mariano Azuela, plantean claroscuros y desmienten algunos mitos en torno a la revolución. 

—Para hacer mi novela, te repito, leí todas las que existen. 'Vámonos con Pancho Villa', por ejemplo, de Rafael F. Muñoz, es durísima, es la decepción de unos amigos que se involucran en ella y poco a poco van siendo destruidos por la misma revolución. Esa visión fue muy importante para mí, porque necesitaba ver cómo se había contado la revolución y elegir, de aquello que se contó, lo más conveniente para mi proyecto. Por otra parte, quería huir de la concepción romántica que hay en España y México de la revolución: tiros al aire, adelitas, ¡viva Zapata! No, quería hacer algo mucho más complejo, sucio, turbio, traicionado, amargo, sangriento, impreciso y trágicamente fracasado de lo que lo vemos ahora. Con la humildad de quien viene de fuera a mirar y con la ecuanimidad de quien no está implicado, yo quería contar esa historia. 

—Martín Garret, el protagonista, se deja llevar por las circunstancias; parece simple y sin embargo es un personaje bastante complejo. ¿Cómo lo imaginaste? 

—No quería hacer una novela en la que un hombre se vuelve revolucionario, no quería hacer una novela de un militante, necesitaba la frialdad del observador, necesitaba la frialdad técnica de un ingeniero, de alguien que ve las cosas como un fenómeno casi antropológico; necesitaba esa frialdad. Un revolucionario me habría estropeado el personaje porque hubiera tomado partido, hubiera sido alguien arrastrado, digamos, sentimental, ideológicamente por la revolución. Y aunque Martín actúa de una manera muy directa en ella y al final termina combatiendo como uno más, o mucho más que otros combatientes y pagando el precio, siempre se mantiene sereno, con ese distanciamiento que le permite observar. Yo he visto muchas revoluciones y muchas guerras, y sé que quien está dentro solo ve lo suyo: ve al enemigo al que odia y al amigo al que ama, excluye la virtud del enemigo y el error en el amigo. Yo quería que mi personaje lo viese todo, por eso construí a Martín Garret, y estoy muy contento de haberlo mantenido fuera de la contaminación, entre comillas, ideológica. En ningún momento él se siente un revolucionario, se siente alguien que quiere, que ama, que es leal, que tiene vínculos afectivos con revolucionarios, pero él no es un revolucionario; él no cree en la revolución, no está ahí para cambiar sino para comprender el mundo. Creo que esa es la clave de la novela: el personaje no está para cambiar el mundo, sino para comprenderlo; lo que a él le importa es la gente que lucha: Genovevo Garza y su mujer Maclovia Ángeles, el mismo Pancho Villa. Sus lecciones de vida no son una revolución que triunfa o fracasa, sino los hombres y las mujeres que la hacen. 

—En la novela, además de Garret, aparecen otros dos extranjeros, el mercenario Tom Logan y la periodista Diana Palmer, ambos norteamericanos. 

—Ella es una testigo viajera, es una periodista de la época inspirada en Nellie Bly; el otro es simplemente un aventurero, pero Martín es un observador, un científico. A Martín Garret lo llevo a una cosa personal. Pasé veinte años en países en guerra, y los primeros tres o cuatro fueron de fascinación, no por la guerra que es horrible, sino por los hombres y mujeres que hacen la guerra. Me di cuenta de que la gente se comporta de manera diferente en la guerra que en la paz y que en la guerra afloran cosas que nada tienen que ver con la vida normal, o con la que nosotros llamamos normal. Ese hecho me dejó fascinado y enganchado y, entonces, a Martín Garret le presté esa fascinación, insisto, no por la guerra sino por los hombres y las mujeres que hacen la guerra, en este caso, una revolución. Martín está en proceso de aprendizaje y los afectos que entabla no son con el hecho sino con quienes participan del hecho. Por eso llora cuando muere su “compadre” Genovevo Garza y Maclovia le dice: “Él hubiera llorado por ti”. En ese sentido, narrativamente hablando, me importa un carajo la revolución mexicana; es el escenario, pero lo que yo quiero contar son las cosas que ocurren dentro de ella, cómo es posible descubrir la lealtad, el amor, el sacrificio, la admiración. Descubrir a gente como Genovevo Garza, quien se viste con ropa charra para la que va a ser la última carga de su vida, y al final le dice a Martín: “Ya me torcieron, compadre”. Ahí se resume todo. Son lecciones de dignidad, de hombría, de coraje, de lealtad, por eso el Martín que llega al término de la novela es tan distinto del que la comienza. Es muy complicado, hay mucha carga personal en esta novela, una novela muy sentimentalmente mía. 

—Uno de los personajes más poderosos de la novela es la soldadera Maclovia. 

—Que habla con silencios, y de esta forma habla hasta por los codos. Maclovia me gustó mucho. Y hago un paréntesis. Yo quería huir de María Félix en 'Enamorada' y quería irme a Silvia Pinal en 'La soldadera'. Ahí está la diferencia entre la terrible vida de la soldadera de Silvia Pinal que nada tiene que ver con la romántica película de telefolletín de 'Enamorada'. Estoy muy contento porque Maclovia es de verdad, no es una ficción que me he inventado; por lo que he leído y estudiado, así eran las soldaderas de verdad. Ese silencio que guarda, ese sacrificio de conseguir y cargar con la comida y todas las cosas, esa dignidad del personaje, que no es en ningún momento sumisa ni humillada, me gusta mucho. De las tres mujeres de la novela —Diana Palmer, la aristócrata Yunuen Laredo y Maclovia Ángeles—, de la que estoy más orgulloso es de Maclovia. 

—¿Cómo consigues que Martín Garret mire ese mundo fragmentado en que se va convirtiendo la revolución sin perder la brújula, sin extraviarse en las diferentes facciones y caudillos? 

—¡Con trabajo! Pero hay una cosa evidente. Eso sucede porque Martín no es revolucionario; si lo hubiese sido en alguna parte hubiera quedado fragmentado. Él cae con Pancho Villa porque Genovevo Garza está con él, porque le simpatiza la gente que colabora con él, ese es el vínculo. Pero podría haber caído con Pascual Orozco o con Venustiano Carranza, o con quien sea, da igual, solo que cae en un lugar donde crea lazos afectivos. Él mantiene la lealtad porque da igual que Villa cuelgue, ejecute, asesine; da igual que Genovevo Garza mate un prisionero, da igual porque son los suyos y lo que él está mirando es el comportamiento de esos hombres, no está juzgando ideológicamente su comportamiento, los está mirando y eso es lo que lo mantiene vinculado a ellos. A mí me gusta imaginar a ese español caído por casualidad en la revolución mexicana cabalgando en Celaya, con las cargas suicidas de Villa. ¿Pero por qué va? No porque crea que una de esas cargas salvará a México. México a él le importa un carajo, no es México lo que le interesa, le interesan los hombres que conoce en México y él carga porque cargan los suyos. Hay mucho sentimiento en Martín Garret, pero es un sentimiento humano, no revolucionario. Él no cree que el mundo pueda cambiar, no cree en la revolución, comprende enseguida que no va a ninguna parte. Pero cree en la amistad. Por eso, cuando llegan a la Ciudad de México se lleva a Genovevo Garza y a Maclovia Ángeles a desayunar al Sanborns y en el Hotel Regis, cuando no quieren admitirlos, le dice al gerente: “O les dan una habitación o le pego fuego a este pinche hotel”. Eso es lo que lo hace sentirse bien, de eso se trata. 

—¿Estás satisfecho de haber escrito esta novela? 

—Sí, en esta novela afloro yo, hay mucho de mí en esta novela. No es que el personaje tenga mucho de mí, sino que he puesto en ella mucho sentimiento, amor, afecto, simpatía, lealtad. Con esta novela soy leal a México, al que le debo mucho y donde he aprendido muchísimo. Es una novela hecha con toda la nobleza posible. Era una deuda personal que tenía con México y estoy muy orgulloso de haberla escrito.

https://www.milenio.com/cultura/laberinto/arturo-perez-reverte-revolucion-deuda-personal-mexico

La revolución mexicana al estilo de Pérez-Reverte

Fernando Larenas - primicias.ec - 10/12/2022

Narrar una guerra o una revolución es quizá la mayor fascinación del escritor Arturo Pérez-Reverte (Cartagena, España, 1951), ex corresponsal y reportero de varias batallas, investigador de la historia y académico de la lengua española. ‘Revolución, una novela’ (Penguin Random House, 2022) es el libro más reciente del autor español, que ha escrito más de 30 obras en las que sobresalen episodios históricos reales, investigados y narrados con el lenguaje propio del territorio de los personajes. 

Durante los días previos y posteriores a la presentación del libro, el escritor reconoció el rico aporte mexicano a las letras y a los neologismos en un país tan enorme y diverso culturalmente. Son las primeras décadas del convulsionado Siglo XX, los personajes fueron los líderes de una revolución que ilusionaba, que triunfó y no duró mucho, pero dejó lecciones dolorosas. El personaje es un español (gachupín), Martín Garret, ingeniero de minas de 24 años de edad, que por causa de la revolución vio cómo se paralizaba la minería y de repente, sin proponérselo, se involucró con los revolucionarios del norte, comandados por el famoso y temible Francisco 'Pancho' Villa. Desde su hotel escuchaba explosiones, ametralladoras, disparos de fusil y salió a curiosear; los mexicanos lo miraban con recelo, pero muy pronto se dieron cuenta cuán útil sería la especialidad del ingeniero: dinamitero. Las primeras acciones con explosivos fueron en un banco de Ciudad Juárez, luego vino el derribo de puentes, destrucción de vías férreas. En total fueron 11 acciones realizadas por el ingeniero entre Zacatecas y Ciudad Juárez. 

En las explicaciones acerca del libro, Pérez-Reverte decía que “las revoluciones las pierden quienes las hacen”. Que precisamente es lo que ocurrió en México con apellidos tan famosos como Madero, Villa, Zapata o el mismo Venustiano Carranza. La revolución comenzó con Francisco I. Madero, quien sucedió en el poder al dictador Porfirio Díaz, que había gobernado México durante treinta años. Pero Madero, se lamentaba Villa, era un blandengue que seguía confiando en los funcionarios del derrocado dictador Díaz. El caudillo decía que “los puercos de antes no pierden el olor, son los puercos de siempre”. Por el sur, Emiliano Zapata y, por el norte, Villa trataban de consolidar una revolución que a Madero en la capital se le hacía cuesta arriba por causa de las traiciones, conspiraciones y escaso liderazgo político. Al contrario de ‘Línea de fuego’, en la que narra la Batalla del Ebro, ‘Revolución’, aclara el autor, no es una novela histórica, es su particular mirada a una historia que comenzó a pensarla hace 20 años. 

Martín Garret no fue un revolucionario ni simpatizaba con la revolución, simplemente se encontró con ella y trabajó para que se consolide. Tampoco pudo escapar a las tentaciones sentimentales; fueron tres las mujeres que se le cruzaron durante la cruenta campaña. Garret no la tuvo fácil, pudo ser fusilado, pero tenía claro un pensamiento mexicano: “Cuando te toca (la muerte) ni aunque te quites; y cuando no te toca ni aunque te pongas”. Los personajes son reales, por ejemplo, Victoriano Huerta, que según la historia desplazó al general Pascual Orozco, que había sido uno de los protagonistas del derrocamiento de Porfirio Díaz y que luego se levantaría en armas contra Madero. Huerta consideraba inútil confiar a 13 millones de indios analfabetos una elección presidencial y creía que “la revolución consiste en que muchos que no saben leer ni escribir se adueñan de las propiedades de los pocos que sí saben leer y escribir”. 

El lenguaje de la guerra, el autor lo pone en práctica en la descripción de los episodios: "Las granadas estallaban sobre Zacatecas en forma de nubecillas de color azafrán, escupiendo granizadas de reluciente metralla sobre los federales encogidos en barricadas y trincheras". "Tras invadir hoteles y cantinas, bandas de revolucionarios celebraban la victoria destruyendo, saqueando, entrando en las casas a sangre y fuego mientras resonaban descargas de piquetes de fusilamiento". Se calcula en 5.000 el número de fusilamientos ordenados por Villa. ¿Qué pasará con él? Se preguntaban: “Terminará refugiado en Estados Unidos o negociando, quizá le den un rancho, dinero… la revolución no sabe qué hacer con él, se mantendrá al margen o lo acabarán matando”, que fue lo que finalmente ocurrió.

https://www.primicias.ec/noticias/firmas/revolucion-mexicana-estilo-perez-reverte/

07 diciembre 2022

La revolución de Arturo

Raúl del Pozo – El Mundo – 07/12/2022

‘Revolución’ suena a Kipling. Si me exigieran ponerle un defecto diría que le falta síntesis, una de las señales del talento. Pero la maestría, el realismo, el ritmo, la fabulación, confirman a Arturo Pérez Reverte como el mejor novelista de nuestro tiempo. Hay muchos jornales en esta obra de arte; al autor le parece corta la jornada de ocho horas. Todo vuela por los Aires en 464 páginas, entre balaceras y peines de ametralladoras tartamudas bajo las estrellas.

No han matado al que se ha atrevido a contar lo que no puede contar un gachupín porque Arturo ama a México y sabe que maltratar a un mexicano, a la vez cruel y tierno, no solo es una injusticia sino un peligro. El autor ha tenido el valor de hablar hasta de Malinche y contar que debió de ser impresionante ver llegar a esos hombres barbudos, venidos del mar.

El estremecedor relato del México insurgente, aquella revolución, contada por Reed, que degeneró en dictadura perfecta. En el novelón vemos cómo analfabetos llegaban a generales y oímos la carcajada de Villa como la hoja de un cuchillo, después de limpiarse el bigote de un manotazo o de mandar a los borrachos al pelotón de fusilamiento. Digo Villa por no decir tantos héroes y bandidos, y porque lo describe Arturo con su odio a los españoles, sonoro, vital, pelo crespo, ojos color café, mitazas de cuero hasta las rodillas.

No se puede reducir tan gran historia en un folio, pero que no se me olvide decir que Arturo se propuso rescatar la revolución real y dejar al lado la romántica, la bonita, que parece más un musical.

Lo que más me asombra de la novela es cómo el autor, ladrón de oído, refleja el habla mexicana, con sus arcaísmos y metáforas: “aluego”, hijos de la “tostadampelones”, “jijos” de su pinche madre, la soldadera, ándele mi doña, indio culero, jálese “pallá”, gallo… ‘Revolución’ no es western, sino como ha escrito el ‘Excelsior’, la violencia y la crueldad suavizadas por la lealtad: “Eso que encarna y define a México”.

Martín Garret, el ingeniero andaluz, es el que sigue el autor cortando hilos telefónicos. Hay, además, amor, epopeya, crimen, política y más Pancho villa que viva Zapata.

https://www.elmundo.es/opinion/columnistas/2022/12/07/638f7e3cfdddffb02e8b45bd.html

28 noviembre 2022

Rueda de prensa en la FIL de Guadalajara para presentar 'Revolución'

Arturo Pérez Reverte armó su propia Revolución

Vicente Gutiérrez - milenio.com - 28/11/2022

“En estos tiempos, no volvería a escribir 'La reina del Sur'”, reveló el escritor Arturo Pérez-Reverte en la presentación de su nueva novela, 'Revolución' (Alfaguara), en el marco de la Feria Internacional del Libro de Guadalajara. “El narco que yo conocí era diferente. Tampoco es que fuera bueno, pero estaban los viejos que tenían sus reglas: mujeres y niños no se tocan, había respeto... Por eso pude estar con ellos y me contaban cosas, porque yo quería saber más que comprender. Pero ahora sería imposible, hay mucha violencia y crueldad”, agregó el escritor.

Arturo Pérez-Reverte es muy querido en la FIL de Guadalajara, El salón está lleno de público y le festejan todo, hasta algunas groserías muy chilangas. Habló de su pasión por la Revolución Mexicana, sus personajes y la cultura. “Yo cuento historias y lo hago de la mejor manera que puedo. Trabajo ocho horas todos los días, la revolución es un tema que siempre me ha apasionado, y por fin pude contar una historia de aprendizaje y de crecimiento”.

Su novela, 'Revolución', es la historia de un joven que descubre las claves de la vida y la muerte en un lugar peligroso, en medio de la Revolución Mexicana. “México me daba mucho juego y una profundidad humana muy especial. Es una mezcla entre violencia y ternura; son contrastes muy mexicanos”, explicó. En la charla, el escritor reveló su profundo amor por México, un país que le da una narrativa potente para contar una gran historia. “He aprendido que aquí, hay gente generosa, fascinante, amenazadora… y a lo mejor tengo una idea romántica del mexicano, pero es que son únicos con su lengua y su cultura”.

Durante su encuentro con el público, Arturo Pérez-Reverte habló de Los Tigres del Norte, de su experiencia en el norte del país y dijo ser un artesano muy curioso, como un cazador. “Una novela te obliga a estar alerta, a estar vivo… Tengo más de 70 años y sigo aprendiendo y trabajo todos los días para contar historias”, finalizó.

https://www.milenio.com/cultura/fil/arturo-perez-reverte-armo-su-propia-revolucion

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Llega la ‘Revolución’ de Arturo Pérez-Reverte a la FIL de Guadalajara

Mauricio Ortega - vanguardia.com.mx - 28/12/2022

El escritor español Arturo Pérez-Reverte aseguró en la FIL de Guadalajara que cualquier revolución es necesaria, pues la naturaleza de los seres humanos es rebelarse contra lo que consideran injusto. “Incluso aunque fracasen hay que hacerlas, es necesario. El ser humano debe pelear cuando la injusticia, la humillación y la sumisión lo ponen contra la pared. Debe levantarse y pelear. Si no, es despreciable”, acentuó el escritor español en entrevista con la Agencia Efe. En este sentido, Pérez-Reverte aseveró que cualquier lucha contra lo injusto vale la pena, ya que hacerlo “dignifica” a quien se levanta y busca ese cambio.

El escritor presentó su último libro, 'Revolución', novela en la que se adentró en la Revolución Mexicana, en la FIL de Guadalajara. En la novela se narra la historia de Martín Garret, un ingeniero de minas que pone sus conocimientos al servicio de la Revolución, como una forma de comprender los motivos de los combatientes y también de aprender en su vida personal.

En opinión de Pérez-Reverte la ciencia siempre ha estado al servicio de la violencia, por lo tanto las guerras son espacio natural para generar nuevos conocimientos científicos. “Las guerras hacen progresar a la humanidad en lo científico. Es una paradoja asombrosa, pero es cierta: sin guerras quizás iríamos más despacito. La guerra estimula la necesidad científica. Es un horror pero es así: el científico es al mismo tiempo el que hace progresar a la humanidad y el que ayuda a destruirla”, explicó el escritor.

La fascinación que el autor de 'La Reina del Sur' (2002) tuvo por la Revolución Mexicana emergió durante su infancia y adquirió fuerza cuando leyó acerca de Francisco Villa, Emiliano Zapata o Francisco Madero, considerados héroes de la historia mexicana. El también periodista considera que es tal vez la singularidad de estos personajes la que hace que esta etapa en México sea tan para historiadores, biógrafos y escritores que, como él, han intentado profundizar en ellos. “Pocos momentos en la historia de la humanidad han dado tantos personajes apasionantes e interesantes como la Revolución Mexicana. Hubo mucho y notable: la concentración de talento, de valor, de coraje, de crueldad, brillantez, de originalidad, de pasión, ambición, de lujuria, de violencia, de todo aquello que hace al ser humano lo dio la revolución mexicana... y es fascinante”, explicó Pérez-Reverte.

La experiencia de Pérez-Reverte como corresponsal de guerra durante poco más de 21 años le sirvió para conseguir que Garret fuera un “testigo que mira y que aprende mirando” y que aprende de la gente que lo rodea. Para realizar esta novela, el escritor se documentó con cientos de fuentes de diferentes tipos. Sin embargo lo más importante fue la mirada extranjera, “menos visceral y más fría” de un tema que a los mexicanos les apasiona y que celebran cada año. Comentó que esto le permitió abordar la novela de la manera más “ecuánime” y “sin prejuicios”. “He intentado que no sea una novela de un turista, de un gachupín que viene aquí a contarles a los mexicanos su historia, sino al contrario: lo que hice es un homenaje al México que amo, que respeto y que me interesa. Para eso hubo una documentación seria en la que intento plantear cómo junto al horror, el dolor y la sangre hubo cosas hermosas, generosas y admirables”, concluyó.

https://vanguardia.com.mx/show/artes/llega-la-revolucion-de-arturo-perez-reverte-a-la-fil-de-guadalajara-KL5386693

Vídeo: https://www.eldebate.com/cultura/libros/20221128/advertencia-arturo-perez-reverte-sobre-cualquier-revolucion_75890.html

Arturo Pérez-Reverte llega a los 71 años: esto es lo que piensan sus lectores

infobae.com - 28/11/2022

El escritor español es una de las voces más leídas de la literatura española en los últimos años, con seguidores en todas partes de Hispanoamérica. A propósito de su cumpleaños, en Infobae hemos reunido algunas de las opiniones de quienes lo han leído con mayor entusiasmo.

La de Arturo Pérez-Reverte es una de las obras más leídas de la literatura en castellano durante las últimas décadas. Sus novelas se han abierto paso entre los lectores dejándolos con la sensación de querer más. Si la obra del español fuera una droga, varios se declararían adictos a ella. Su carrera literaria inició en 1986, con la publicación de su novela 'El húsar', y se ha mantenido desde entonces, explorando varios géneros y registros. Pérez-Reverte ha escrito desde guiones para cine y televisión, hasta cómics y artículos periodísticos.

Mucho antes de ejercer como novelista, fue periodista de guerra durante 21 años, entre 1973 y 1994. Estuvo en Chipre, Líbano, Eritrea, Libia, Chad, Sudán, Mozambique, Angola, el Sáhara, las Malvinas, El Salvador, Nicaragua, el golfo Pérsico, Croacia y Bosnia, entre otros sitios. Esas experiencias lo marcaron profundamente y, por ende, en casi todas sus obras hay referencias a estos años. Ha escrito más de treinta libros; entre los que más recuerdan los lectores son 'El club Dumas' (1993), 'La Reina del Sur' (2002), 'El pintor de batallas' (2006), 'Hombres buenos' (2015) y la serie de 'Las aventuras del capitán Alatriste', siete novelas publicadas entre 1996 y 2011. Sus dos títulos más recientes son 'El italiano' (2021) y 'Revolución' (2022), con los que completó cinco años consecutivos publicando nuevos libros, después de haber presentado, además, 'Los perros duros no bailan', 'Sidi' y 'Línea de fuego', y los dos más recientes ya mencionados, en 2018, 2019 y 2020.

El pasado 25 de noviembre, a tan solo unos días de presentarse en la FIL de Guadalajara, el autor español cumplió 71 años. La suya ha sido una carrera admirable y no solo sus lectores lo reconocen, también sus pares, periodistas y escritores. En Infobae quisimos recopilar voces de lectores; algunos de ellos hablaron directamente con nosotros, mientras que otras opiniones fueron rastreadas en foros de lectura, medios y redes sociales:

“Hablar de Pérez-Reverte es hablar de un personaje sincero y que políticamente piensa y dice diferente. Puede crear amores y odios fácilmente, pero nadie desconoce su poder para crear y narrar. En sus novelas vemos a un Arturo fresco, documentado y audaz” - Anthony Pulgarín, librero e influencer literario.

“Lo que más engancha de sus novelas es que los personajes se desenvuelven de tal manera que no queda nada por decir después. La descripción física y emocional que hace de los mismos es todo” - Rebecca Londoño, lectora entusiasta. Trabaja en Branding.

“Siempre que ando dudosa y quiero leer algo que me vaya a gustar seguro voy a por Reverte. Su manera de escribir me hace caer rendida y enfrascarme en la historia que cuenta, de esos personajes a la vez tan anónimos y tan especiales, y de demostrar que en el tema de las guerras nunca hay ganadores” - Rachel Std, en Goodreads.

“Algo que me disfruto muchísimo de los libros de Pérez-Reverte es su prosa fluída y a veces tan rebuscada que te hace leer sus obras con un diccionario al lado” - Alexis Vélez, en Goodreads.

“(Pérez-Reverte) se documenta bastante, sabe atrapar al lector y es entretenido (...). Lo que me gusta de él es que tiene huevos del tamaño de pelotas de baloncesto. No duda en cargar contra lo políticamente correcto o la corrupción política. Y tiene el pellejo blindado contra los idiotas” - Gino Rospigliosi, en Quora.

“Al lector común (...) le debe de parecer Arturo Pérez-Reverte un escritor en extremo disperso. Alguien que salta de las guerras napoleónicas en 'El húsar' (...) al Siglo de Oro con las andanzas de un espadachín; que lo mismo recrea los narcocorridos mexicanos que el viaje de unos académicos ilustrados españoles a Francia para traer la Enciclopedia; que da vida tanto a un grafitero como a un espía franquista (...). Tal impresión a primera vista es errónea, y Pérez-Reverte resulta ese autor por completo coherente y hasta unitario (...). Podría decirse que toda la obra del escritor conforma una narrativa de valores -los hay en los libros aludidos con intensidad y hasta vehemencia- incorporados sin impertinentes moralizaciones ni didactismos al vértigo de sucesos y anécdotas de una prosa de acción y aventuras” - Santos Sanz Villanueva, 'El Cultural'.

https://www.infobae.com/leamos/2022/11/28/arturo-perez-reverte-llega-a-los-setenta-y-un-anos-esto-es-lo-que-piensan-sus-lectores/

25 noviembre 2022

'Revolución': El hombre que mira

Rogorn Moradan - zendalibros.com - 25/11/2022

«A veces los de abajo me caen mejor que los de arriba», dice el joven ingeniero español Martín Garret a Pancho Villa un día de 1911 en Ciudad Juárez. «¿Solo a veces?», le responde el histórico líder revolucionario. «A menudo», corrige Martín. «Ahí lo dijo derecho, amiguito», aprueba Villa, complacido.

Durante toda su carrera como reportero de guerra, Arturo Pérez-Reverte siempre encontró más tiempo para reflejar en sus artículos las palabras de soldados u oficiales de menor graduación que las de grandes mandatarios, y no porque acceder a estos fuera más difícil (de hecho, a menudo, sus ganas de salir en los papeles lo habría puesto fácil), sino porque son los que cuentan la verdad de lo que pasa sobre el terreno. Y por ahí precisamente es por donde Garret («¿qué hago yo aquí, si soy de Linares?», llegará a preguntarse alguna vez) se ve atrapado en la Revolución Mexicana de principios del siglo XX. Desocupado porque los alborotos han cerrado las minas donde trabaja, empieza a oír tiros, se asoma a ver qué pasa (con la curiosidad y la ignorante osadía de sus 24 años de edad) y cuando un espabilado mayor de brigada se da cuenta de que sus conocimientos sobre explosivos pueden resultar útiles a los rebeldes, ya no queda marcha atrás. Se confesará «horrorizado y excitado» al mismo tiempo, sí, pero a la vez impelido sin remedio a seguir adelante. Además, dicen los pinches güeros de la Unión Americana que en las catástrofes hay dos tipos de personas: las que corren de ellas y las que corren hacia ellas. Martín, atraído hacia lo segundo, empieza a averiguar tantas cosas sobre sí mismo, cuanto más se ve sumergido en ellas, que precisamente por eso mismo la fascinación aumenta. El propio Pérez-Reverte dice siempre que las guerras (que por otra parte odia, en contra de las caricaturas que a veces lo pintan al revés) es donde se ve cómo es cada uno, y que son algo que aumenta y saca a la superficie lo que cada uno lleva dentro: generosidad, cobardía, valentía, egoísmo, afán de medro… Como la vida «normal», pero multiplicado. «La balacera lo pone caliente», le llegará a decir Villa.

En su recorrido por México durante los años siguientes, Martín pasará por su «viaje del héroe», o su camino de Bildungsroman, o cualquier otra forma literaria que se prefiera usar para calificarlo, intensificando ese nuevo conocimiento de sí mismo con el de varios hombres y mujeres. Entre los primeros hay más revolucionarios, algunos más de fiar que otros, y varios personajes de más alcurnia, a los que tiene acceso debido a sus conexiones como ingeniero, la mayoría de ellos buscando ver cómo pueden sacarle partido a sus relaciones con este peculiar protagonista, fiable en lo profesional y a la vez con las agallas para pasearse por el lado más peligroso de la vida sin tener por qué. Porque por mucho que Martín responda a las preguntas sobre qué pinta allí con un lacónico «no tengo otro sitio donde ir», se le recuerda en varias ocasiones que cuando quiera puede comprar un billete de tren para salir del país, y el mismo Villa incluso le llega a decir que «hay toda una España para recibirlo, si quiere». Quienes realmente no tienen otro sitio donde ir son los mexicanos que llevan generaciones sufriendo hambre, penurias, violencia y maltrato, incluso siglos después de que ya no los gobernaran ni mayas ni aztecas ni españoles.

Y entre las segundas, tres mujeres en concreto. Una es Maclovia Ángeles, la soldadera que sigue fiel a su marido revolucionario de batalla en batalla. Indígena pura, taciturna, hacendosa, seria, cargada como una mula y siempre lista con unas tortillas de maíz con carne y trocitos de papa, es objeto de fascinación para Martín, principalmente por poder conocer a través de ella una parte de la experiencia humana que nunca se habría imaginado. Otra es Yunuen Laredo, lo opuesto en la escala social: una hermosa joven de ascendencia mixta, de rasgos indios pero ojos azul cuarzo, posiblemente resultado de algo como lo que ocurrió en otro relato de Pérez-Reverte, ambientado durante la época de Hernán Cortés y titulado, precisamente, Ojos azules. Aparte de encarnar, en opinión de Martín, al propio México, Yunuen también representa el mundo por el que Martín debería estar moviéndose de no ser por la revolución (recogiendo lo que dijimos al principio, Martín lo matiza más tarde diciendo que él pertenece «a los del medio, pero viniendo de abajo», en concreto viniendo de familia de mineros silicosos en La Unión, entre otros sitios). Las experiencias por las que pasa el joven le dan un aire de peligro excitante que atrae cierta atención entre la gente de alto copete, tanto masculina como femenina, que lo hacen descollar entre los demás gallos del corral, aunque si eso llevará a considerarlo o no un buen partido, eso ya es otra conversación. Y por último está Diana Palmer, una periodista estadounidense, con el nombre de la novia del Hombre Enmascarado (el primer «amor de cómic» de Pérez-Reverte), con el aspecto de toque masculino ya habitual en las novelas del cartagenero, y con el tono de arrestos de pioneras clásicas de aquella época como Nellie Bly. Esta será la más difícil de aquilatar por parte de Martín, ya que a veces sus encuentros son más bien desencuentros, pero todas ellas contribuyen, desde el punto de vista de él, a darle una visión de las cosas desde miradas diferentes. Y se vuelve así a confirmar la gran importancia que Pérez-Reverte da a sus personajes femeninos.

Famosos son también en las novelas de Pérez-Reverte sus «héroes cansados», con mucha experiencia vivida y muchas ideas de juventud ya descartadas o reformadas. Garret representa, en este caso, el principio del viaje, el joven que se es antes de cansarse. El propio autor ha dicho que sí le ha prestado varios detalles de su propia biografía o, más bien, el tono de cómo se pasa de saber poca cosa a saber que poco se sigue sabiendo todavía (pero al menos más que antes). Sin embargo, no ha de confundirse esto con una autobiografía camuflada, y mucho menos una «autoficción». Estos toques pueden ir desde un detalle extraordinariamente específico, como pensar en que tu frente se va a chocar contra la pared si te colocan cara a ella para dispararte (Nicaragua, 1978), pasando por la revelación de ver a aguerridos guerreros, salvadores de tu vida, convertirse en violadores y asesinos en el mismo día unas pocas horas más tarde (Eritrea, 1977), hasta llegar a grandes ideas universales como la pasar por «un aprendizaje valioso para quien de un modo u otro, sin engañarse a sí mismo y dispuesto a pagar el precio, fuese capaz de advertir las líneas y curvas, ángulos y azares sujetos a reglas implacables bajo la bóveda fría de un cielo sin dioses». Para más detalles, véase El pintor de batallas.

Pérez-Reverte ya había usado México como lugar de inicio de una novela anterior, La Reina del Sur (cuya tercera temporada «oficial» en versión de telenovela, con Kate del Castillo aún al frente, se ha estrenado, por cierto, este mismo mes), y siempre ha dicho que si fuera mexicano nunca se le acabarían las ideas para novelas. También ha mostrado siempre un gran interés por el habla de la calle, desde la germanía del siglo XVII para la saga Alatriste (a la que incluso dedicó su discurso de entrada en la RAE) hasta lo más cheli del Madrid de los 90, que llevaba a la radio en el premiado programa La ley de la calle, pasando por la increíble creatividad del lenguaje mexicano. Y por mucho que se disfrute que la trama esté bien trabada, con batallas y misterios expertamente repartidos por las casi 500 páginas de Revolución, va a ser difícil, creo yo, que la parte favorita del libro, para casi todos los lectores, no sean las frases hechas, los refranes y las impagables réplicas de muchos de los personajes locales, entre ellos principalmente el simpar Genovevo Garza, a quien, lisa y llanamente, se echa de menos siempre que no está en escena. Garza tiene el grado de mayor en una brigada de revolucionarios, cuya viva imagen representa: valiente, bigotudo, canana doble cruzada al pecho, con su soldadera, Maclovia, siempre detrás de él con un plato listo de tacos de cecina y frijoles. «Los que quieran juntársenos pa pelear contra quienes exploten y humillan al pueblo, vengan a este lado». Y si disparar sus armas no se le da mal, sus balas verbales no le van a la zaga, con un arsenal inagotable de «dijendas», como las llamaría Ramón J. Sender. La favorita de Pérez-Reverte parece ser «aquí van a faltar sombreros», cuando se alude a una más que posible serie de muertes cercanas, pero también sobresalen muchas más. Su apellido es homenaje a Alejo Garza, otro mexicano, de cien años más tarde, cuya historia de hombre de hígados merece leerse entera sin necesidad de resúmenes.

Decir que el lugar donde ocurre una historia es un personaje más de ella es uno de los grandes topicazos al comentarlas, pero aquí sí que se llega hasta el punto de incluir el tema de qué es México y cómo definirlo en muchas conversaciones. Es un sitio donde Garza dice que «sólo mama el que tiene chiche, y los dueños son sanguijuelas». Diana Palmer, cuyo oficio es precisamente contar las cosas claras, llama a todo el país «bárbaro» y «tierra criminal y disparatada», ve «demasiada injusticia y hambre acumulada, demasiada desesperación», y por seguro que le parece un lugar que «no es un juego». A pesar de todo, de su boca sale una reflexión que comparte el propio autor: «Aquel país está maldito, y buena parte de la culpa la tenemos los norteamericanos». «No me gusta lo que los estadounidenses hacemos con México». Una serpiente de moqueta como Emilio Ulúa acude a que «en México se mata fácil» para complementar sus amenazas de salón, y Jacinto Córdova lo llama «singular, violento y raro». Raúl Madero lo considera «desgraciado» y «siempre enfermo de sí mismo». La propia Yunuen, desde su atalaya protegida, y por eso a la vez no libre de ataques, dice que «en México acabas por acostumbrarte a la violencia. Por encontrarla natural, como si formara parte del paisaje». «¿A quién puede gustarle este disparate?». Y su madre, doña Eulalia, señala que «la resignación en una mujer no depende de su posición social. Por desgracia, las mujeres en México lo sabemos bien». Martín, por su parte, reflexiona que México es un «perpetuo sobresalto» donde «las campesinas envejecían con rapidez», donde «nada acaba del todo, siempre vuelve a empezar» y que «es una buena escuela para alguien que mira». Al final, tras cada vez que se menciona al país, no hay otra manera de resumirlo que simplemente: «Esto es México».

«Claro que valió la pena», será el resumen final de Martín, hecho a la misma edad a la que Arturo Pérez-Reverte dejó de ser reportero de guerras y se puso a escribir novelas con lo que le habían dejado en la mochila y en la mirada.

https://www.zendalibros.com/revolucion-el-hombre-que-mira/

24 noviembre 2022

"El mundo occidental está perdiendo las bases culturales de las cuales proviene"

Entrevista de Laura Ventura - lanacion.com.ar - 24/11/2022

“Siento curiosidad, nunca he visto una revolución”, dice Martín Garret Ortiz en 1911 en México, y se lanza a esta experiencia transformadora. Pólvora y polvo, cartuchos, sombreros charros, huaraches yaquis –una forma de tortura que consiste en rebanar las plantas de los pies al enemigo– y cigarros recorren la última aventura de Arturo Pérez-Reverte (España, 1951). 'Revolución' (Alfaguara) es una novela de formación, la historia de un joven un ingeniero de minas español que se suma al estado mayor de Pancho Villa. “La guerra, había aprendido, se componía de partes iguales de espera e ignorancia. Ibas de acá para allá privado de una visión de conjunto, obedeciendo órdenes sin saber realmente qué ocurría, hasta que tocaba entrar en fuego; y aun entonces solo era posible percibir lo que estaba a la vista”, dice el narrador de 'Revolución', próximo a las experiencias que el propio Pérez-Reverte vivió en carne y hueso, curtido corresponsal de guerra en una treintena de conflictos bélicos.

Existe un fiel y vibrante romance entre el mundo audiovisual y las narraciones de Pérez-Reverte. 'El italiano', su novela anterior, se convertirá en serie de TV y se estrenó en España la adaptación de 'La piel del tambor', convertida en película. Además, la saga del capitán Alatriste (llevada al cine y a la TV), 'La novena puerta', con Johnny Depp, 'La tabla de Flandes', 'El maestro de esgrima' y 'La Reina del Sur' son también algunas de las adaptaciones audiovisuales de historias de Pérez-Reverte, quien no teme pensar ni decir –la cultura de la ultracorrección lo ha tenido siempre sin cuidado–que el futuro de la narración se encuentra en los videojuegos y en la TV.

–Martín Garret, un extranjero, se suma a un proyecto, que es la Revolución Mexicana. Lo hace por curiosidad, mientras es testigo de la lucha de este sector, pero también de su crueldad. ¿Cuándo decidió crear este personaje desde esta perspectiva?

–Esta historia me acompaña desde niño por razones familiares, pero nunca había escrito sobre ella. Un día lo tuve más claro: vi una historia de aprendizaje sobre un hombre joven, un técnico, no un romántico, por eso elegí que fuera ingeniero, un hombre frío, un testigo ecuánime que descubre que la violencia, la guerra y la revolución tienen lecciones de vida muy importantes. Es un hombre que mira. Le traspasé cierta forma mía de mirar el mundo cuando tenía esa edad. La novela es un artefacto narrativo y en este caso presiento que sí le di algunas dosis de memoria personal.

–¿Cuál es su vínculo familiar con la Revolución Mexicana?

–Uno de mis bisabuelos era ingeniero de minas. Su mejor amigo fue a México a trabajar en la época de la Revolución y le mandaba cartas a mi bisabuelo donde le contaba de Pancho Villa, de Zapata. Esas referencias fueron continuas y me quedó un interés durante mi vida que fui engrosando con libros.

–“Pocos revolucionarios siguen siéndolo cundo alcanzan el poder”, dice un personaje. Si la revolución se prolonga en el tiempo, una vez que ha conquistado el poder, ¿piensa que sigue siendo revolución o pierde su esencia?

–No es que lo piense, es que tengo la autoridad del testigo. He visto varias revoluciones en las que participé como testigo de primera fila, soy lector de historia y he visto que todas terminan igual. Pueden pasar dos cosas: cuando termina la revolución, el que no la ha hecho dice: “Vale, bien, de acuerdo, ahora apártate para que pueda yo gestionarlo”, esto es lo más frecuente; o también sucede que el que consigue llegar arriba se olvide de los que están abajo. La guerra en Nicaragua fue una revolución muy dura, conocí a los sandinistas, vi morir y luchar a muchos chicos, vi el horror… para que ahora Daniel Ortega mantenga su poder en Nicaragua. Otro ejemplo es el de Cuba. Me quedó un cierto saludable escepticismo respecto a las revoluciones o a su final, pero eso no significa que no piense que las revoluciones son necesarias, que el hombre debe luchar aunque sepa que va a fracasar.

–En la novela aparece la figura del cacique o del caudillo. Cambian sus rostros, pero este rol persiste en distintas partes y sociedades. ¿Por qué?

–En todos los lugares y momentos del mundo hay líderes, personalidades que la vida o ellos mismos se ponen ellos a la cabeza de movimientos determinados porque no todos tienen el mismo nivel de imaginación, ni creatividad, ni el mismo coraje, ni inteligencia o la misma suerte. He visto a gente con este carisma lograr que otros hicieran cosas inauditas porque se los admiraba o se los respetaba. Una novela mía, 'Sidi' [inspirada en el Cid Campeador], intenta explicar cómo un hombre logra que otros lo sigan en el destierro, en la guerra y en la muerte. Esa novela se utiliza en las escuelas de negocios porque dicen que es una lección sobre liderazgo. Había dos personalidades atrayentes para mí, narrativamente, en esta novela: Pancho Villa y Emiliano Zapata. Quería que uno de ellos fuese amigo de mi personaje. La disyuntiva era que Zapata era el indio del sur, triste, sombrío, desconfiado y culto. Era muy raro y poco creíble que Martín Garret se hiciese amigo de él, pero Pancho Villa, era el norteño violento, fanfarrón, mujeriego, generoso, pasional. He tenido amigos como él. Lo elegí, pero no oculto su parte oscura.

–Aparece en 'Revolución' un personaje poco mencionado –es cierto que Elena Poniatowska escribió 'Las soldaderas'– de la historia de la Revolución mexicana: las mujeres de los soldados que se encargaban tanto de cocinar como de combatir. ¿Cuán importante fue la labor de estas mujeres?

–Sí, he leído el libro de Poniatowska. La figura de la soldadera ha sido romantizada por las canciones y el folklore. Hay dos películas muy interesantes con visiones opuestas: una es 'Enamorada', protagonizada por María Félix, en la cual una joven de buena familia, por amor, acompaña a su hombre a la guerra. La película, bellísima, es una verdadera gilipollez, porque no tiene nada que ver con la realidad. La otra se llama 'La soldadera', con Silvia Pinal, que sí muestra lo oscuro, triste y sombrío. Las mujeres fueron víctimas: eran mulas de carga que iban siguiendo a los hombres con los niños, con la comida, maltratadas y cuando al hombre lo mataban quedaban indefensas. Fue una verdadera pesadilla.

–Hay en la novela una corresponsal de guerra, Diana Palmer, que enfrenta todas las complicaciones de esta labor a principios del siglo XX. ¿Ha seguido alguna cobertura o labor periodística en la guerra en Ucrania? ¿En qué ha cambiado esta tarea desde su época como corresponsal?

–Cubría guerras de otra manera, y eso no significa que fuera ni mejor ni peor, sin el despliegue tecnológico que hoy permite ver las imágenes de una guerra casi en directo. El conflicto de Ucrania actual no se parece a los que yo cubrí en cuanto a cobertura; sí se parece en cuanto a reglas generales: el ser humano es siempre el mismo animal peligroso, desde Troya hasta Kiev.

–'Revolución' es una novela cinematográfica, y no lo digo solo por la acción y el viaje que emprendemos junto a Martín Garret, sino también por la cantidad de diálogos con la que construye la trama, casi un guion.

–El diálogo era importante por muchas razones. No soy un creador exquisito, soy un tipo que cuenta historias con la mayor eficacia que puede. Mi misión es que el lector vea la novela desde dentro y no desde fuera. He decidido con el tiempo describir cada vez menos el estado de ánimo y hacer que el lector lo recoja en el diálogo porque agiliza a la novela, le da más vida y en este caso quería que el lector oyese hablar en mexicano porque es muy español muy potente.

–Imanol Arias, quien protagonizó 'Territorio comanche', donde interpreta a su propio alter ego durante la cobertura de la guerra en Bosnia, es la voz del audiolibro 'Revolución'. ¿Qué opinión le merece este formato? ¿Suma –no sé si llamarlos así– lectores?

–Sí, son lectores. Como escritor, para mí lo ideal es el libro en papel, pero también es verdad que comprendo que los formatos cambian. Hay situaciones en las cuales el libro no llega o no es posible manejarlo y entonces el audiolibro o incluso el cine o la televisión son maneras de llegar a públicos a los que el libro no llegaría. Lo que importa es la historia; el formato es secundario.

–Las series o las plataformas de "streaming" han ingresado en nuestras vidas. No tiene prurito en decir que es un gran espectador de series. ¿Reemplazaron las series al antiguo folletín?

–Sí, las series de televisión hoy son los folletines del siglo XXI. No es bueno ese concepto elitista de la narración que debe ser únicamente para gente culta y exquisita. Le pongo un ejemplo: si doña María que tiene cuatro hijos y por la mañana tiene que llevar los hijos al colegio, trabajar, hacer la comida, limpiar la casa porque su marido es un hijo de puta que pasa completamente de las labores domésticas… ¿Qué va a hacer doña María a la noche? ¿Leer a Proust? Eso es una gilipollez. ¡Bendito sea Dios que existe una teleserie que se llama 'Amor en verano' o 'Luz del amanecer' donde ella se puede imaginar, soñar o vivir vidas que no vivirá! Si yo fuera un joven escritor, me dedicaría más a escribir para la televisión o para videojuegos que para novelas. Allí está el futuro.

–¿Cuál es entonces el futuro de la novela?

–El mundo occidental, desde Chile hasta el Mediterráneo oriental, está perdiendo las bases culturales de las cuales provienen. Cada vez es más difícil que un joven interprete un comentario de Dante o un guiño de Cervantes porque les estamos privando a las jóvenes generaciones de la gran cultura. Esta gran educación siempre ha sido el arma moral, social y humanista de Occidente. El problema está en que no estamos educando a los que escribirán en el futuro para que mantengan el vínculo con Homero, Dante, Platón, Aristóteles, Cervantes, Montesquieu o Voltaire. Les estamos privando de argumentos. Los narradores del futuro lo harán sin el bagaje intelectual que sus antepasados tenían. Mi miedo es que el empobrecimiento de la educación actual genere narraciones más pobres y que el público tampoco sea capaz de reconocerlas. En este sentido sí soy un poco apocalíptico.

–Tiene una presencia destacada en Twitter y sus comentarios suelen generar polémica. ¿Cómo se lleva con esa repercusión?

–¡Qué divertido! Las redes son una herramienta muy interesante. Me la paso muy bien. Yo meto un tuit y me quedo mirando. No debato ni discuto con la gente. A veces voy provocando, es verdad, y aprendo mucho viendo cómo la gente reacciona. Es una herramienta muy potente muy interesante por el ritmo de difusión y porque permite para observar la condición humana. Pero ni mi vida, ni mis sentimientos, ni mi tranquilidad dependen de Twitter.

–Pareciera no temer a la cancelación. Hay un caso reciente de dos escritoras [Mariana Enríquez y Carolina Sanin] que fueron insultadas y canceladas en Twitter.

–Muchos amigos se han ido de Twitter por este motivo, pero yo digo, “¿Qué más te da?”. Que un analfabeto o analfabeta que firma “Nick Pérez” o “Morgana de Noche” te quite el sueño o vida, no te lo tomes como cosa personal. Lo que le importa a un autor son sus lectores, que se lo conozca por sus libros o artículos. ¿Usted piensa que a mis 71 años me va quitar el sueño lo que escriban en Twitter? Mis lectores me conocen de sobra y eso me da una tranquilidad, una libertad, una independencia que a lo mejor otros con menos suerte no tienen. Entiendo que a un joven escritor le afecte porque pueden hacerle políticas de acoso que sí le perjudicarían.

–¿Cómo analiza este momento de la llamada era la ultracorrección potenciada por las redes sociales?

–El problema no es Twitter, sino la gente que actúa en Twitter. El estúpido puritanismo anglosajón norteamericano que hemos importado en todo el mundo sin cuestionar, esa maniquea forma de mirar el mundo, estúpida y simplona como son ellos, hace que hayamos sustituido en la sociedad occidental, antaño culta e inteligente, la palabra humanismo por humanitarismo. Ahora no tenemos razones; tenemos sentimientos. Nos realizamos sintiendo: “Siento que los animales son buenos”, “Siento que a las focas hay que salvarlas”, “Siento que la mujer tal”… Lo que usted siente me importa un carajo. Lo que me importa es que usted me lo razone, que usted se apoye en Aristóteles, en Platón, en Dante, en Homero y lo razone. Ahora, basta con un clic para sentirme que ya he cumplido con la humanidad, que formo parte de la gran nación de la gente buena. Eso es muy peligroso porque excluye la razón y los sentimientos no valen para estas cosas. Twitter es una exposición de sentimientos, no de razones.

–Quisiera preguntarle por su amigo Javier Marías, recientemente fallecido. ¿Debería existir el Nobel póstumo?

–El Premio Nobel se ha convertido más en un ritual snob que en un premio real. Ya no se premia el mérito, sino el efecto social internacional. Pero es cierto que Javier Marías sí tendría que haber tenido el Premio Nobel, cuando aún era un premio prestigioso. Que Javier Marías haya muerto sin el Nobel es una vergüenza para el Nobel. Como amigo que soy, porque yo lo quería mucho y él a mí, pienso que es una vergüenza. Tampoco lo tuvo Borges.

–¿Cómo le gustaría que se la literatura recordara a Javier Marías?

–No se lo recordará y tampoco me recordarán a mí. El mundo corre demasiado de prisa. Le pongo un ejemplo: Osvaldo Soriano. Yo entendí la Argentina a través de Soriano. Nunca lo conocí en persona, hablábamos por teléfono. Recuerdo su tristeza porque lo ninguneaban, los que no eran los nombres más destacados por los suplementos literarios, esos que no vendían un puto libro, lo despreciaban. No era reconocido por la élite literaria cultural argentina. Se ha hundido en la bruma del olvido. Cosa graciosa, algunos que lo despreciaban, después prologaron su obra completa. Cuando un autor muere, sus libros van poco a poco desapareciendo de las librerías. Ojalá no sea así con Javier, el último de los grandes clásicos. Soy muy escéptico de los recuerdos póstumos y ojalá me equivoque.