26 julio 2025

Entrevista inventada por Grok a Alatriste

X - 26/07/2025

@perezreverte: Diablos. Grok desbarra a menudo, pero esto es muy bueno. Mis saludos a  @pobhabdeept.

"Haz una entrevista a Diego Alatriste como si tú fueras un periodista y él estuviera en la actualidad española.

Entrevista con Diego Alatriste: Un soldado del Siglo de Oro en la España del 2025

—Estamos en una taberna moderna en el corazón de Madrid, pero con un aire que recuerda a las antiguas posadas del siglo XVII. Frente a mí, con una jarra de cerveza en la mano, se sienta Diego Alatriste y Tenorio, el célebre "capitán" de los Tercios Viejos, espadachín a sueldo y protagonista de las novelas de Arturo Pérez-Reverte. Por alguna jugarreta del destino, este hombre de mirada fría y pluma roja en el sombrero ha aparecido en la España contemporánea. Aprovecho la ocasión para charlar con él sobre su vida, su tiempo y cómo ve este mundo tan distinto al suyo. Capitán Alatriste, gracias por concederme esta entrevista. Para empezar, ¿cómo se siente un hombre del siglo XVII en la España de 2025?

—(Mira al periodista con ojos entornados, como midiendo sus palabras) No soy capitán, aunque así me llamen. Este mundo… (hace una pausa y da un sorbo a la cerveza) es un caos de luces y ruido. Vuestras máquinas voladoras, esos "móviles" que todos miráis como si fueran reliquias sagradas… Me recuerda a las intrigas de la Corte, pero sin espadas. Todo es más rápido, pero no sé si más noble. En mi tiempo, al menos, sabías quién era tu enemigo cuando desenvainaba.

—Hablando de de enemigos, usted vivió en una España de grandes glorias, pero también de decadencia. ¿Qué opina de la situación actual de España, con su política, su economía y su sociedad?

—(Se recuesta en la silla, con un gesto que mezcla cansancio y desdén) Vuestra España es rica, más de lo que nunca soñamos en los días de Felipe IV. Pero veo los mismos males: hombres en el poder que se sirven a sí mismos, promesas que se quiebran como espadas mal forjadas. Vuestros "políticos" discuten en esa caja que llamáis televisión, pero no veo acción. En Flandes, si no actuabas, morías. Aquí parece que todo es hablar y esperar. Aunque, he de decir, vuestras tabernas tienen mejor vino que las de mi Madrid.

—Usted fue soldado, espadachín, un hombre de acción. ¿Cree que aún hay lugar para alguien como usted en esta sociedad?

—(Sonríe con amargura). Un hombre como yo… Aquí no hay Tercios, ni duelos en la Plaza Mayor. Pero siempre habrá quien necesite una espada, aunque ahora sea de palabras o de leyes. He visto a vuestros "abogados" y "periodistas" te señala con un dedo, y no son tan distintos de los rufianes de mi tiempo. La diferencia es que yo mataba de frente, con acero. Vosotros lo hacéis con plumas y pantallas. Pero no me quejo; cada época tiene su guerra.

—Hablando de guerras, ¿cómo ve los conflictos actuales? No hay Tercios, pero hay tensiones globales, guerras tecnológicas, ciberataques…

—(Frunce el ceño). En mi tiempo, la guerra era sangre, lodo y el grito de un hombre al caer. Ahora veo que lucháis desde lejos, con máquinas que no entiendo. Pero el corazón es el mismo: codicia, poder, traición. Vuestros enemigos no son holandeses ni turcos, sino sombras en esas "redes" de las que habláis. No sé si es más valiente o más cobarde, pero es igual de sucio. Al menos, en Rocroi, sabía por qué moría.

—Usted convivió con grandes figuras como Quevedo o Lope de Vega. ¿Qué opina de la cultura actual? ¿Cree que el Siglo de Oro sigue teniendo eco?

—(Suspira, con un brillo nostálgico en los ojos) Quevedo estaría escribiendo versos feroces contra vuestros gobernantes en ese "tuiter" que usáis. Lope… él estaría haciendo esas "series" que la gente ve sin parar. Vuestra cultura es un torbellino: hay belleza, como en los cuadros de Velázquez, pero también mucha basura. En mi tiempo, un poeta podía cambiar el rumbo de una Corte con un soneto. Ahora, parece que cualquiera con un "móvil" se cree poeta. Pero el Siglo de Oro… (se encoge de hombros) vive en los libros, en las calles de este Madrid que aún huele a historia.

—Su relación con Íñigo Balboa fue central en su vida. Si estuviera aquí, ¿qué le diría sobre cómo vivir en este siglo?

—(Se queda en silencio, mirando la jarra vacía) Le diría que no confíe en las palabras bonitas, que busque el honor en lo que hace, no en lo que promete. Este mundo es traicionero, Íñigo. Aquí te apuñalan con sonrisas y contratos, no con dagas. Pero también le diría que no pierda la esperanza. Hay cosas buenas: el pan es más abundante, las guerras menos sangrientas… a veces. Que sea leal, como yo intenté serlo, aunque el mundo no siempre lo merezca.

—Una última pregunta, capitán. Si pudiera volver a su tiempo, ¿lo haría? ¿O se quedaría en esta España moderna?

—(Se levanta, ajustándose el sombrero con la pluma roja) Mi tiempo era duro, pero claro. Sabías quién eras, para qué luchabas. Aquí… todo es confuso, pero hay comodidades que no soñé. No sé si volvería. Pero te diré algo: en cualquier siglo, un hombre debe encontrar su camino, con espada o sin ella. Ahora, si me disculpas, esta taberna me debe otra jarra.

Con un gesto cortés pero firme, Diego Alatriste se aleja hacia la barra, dejando tras de sí el eco de un hombre fuera de su tiempo, pero eternamente fiel a su código.

22 julio 2025

Los hemos traído nosotros

ABC y medios del grupo Vocento - 22/07/2025

Los hemos traído nosotros: ustedes, yo, la infame clase política española y todos los que durante décadas, pese a las señales, los ejemplos y las advertencias, han preferido encogerse de hombros y mirar hacia otro lado. Ahora, pese a lo que sostienen los demagogos y los oportunistas de guardia, ya no hay quien lo remedie. El problema vino a España para quedarse. A otros países con más eficiencia, más organización y más cabeza que las nuestras, el asunto se les está yendo o se les ha ido de las manos; así que ya podemos, ya pueden ustedes, irse acostumbrando. El único y triste consuelo será ese: que pagamos y vamos a pagar las propias facturas. Las de nuestra estupidez, nuestra imprevisión y nuestro egoísmo.

Unos llegaron por vía natural, cuando este país de licenciados universitarios empezó a encontrarse sin fontaneros, sin carpinteros, sin albañiles; con pocos que trabajasen bajo el plástico de un invernadero de Almería, ni con cuarenta grados en un melonar de Murcia, ni en una obra, ni en un barco pesquero, ni en nada que exigiese partirse el lomo currando. Importamos sin reparos toda esa mano de obra barata y ganamos dinero gracias a ella, del mismo modo que la emigración hispanoamericana vino a cubrir otras necesidades y a enriquecer, o al menos dar vida, a muchos grandes y pequeños empresarios. Lo que pasa es que a diferencia de ésta, con la que compartimos idioma y ciertos valores de los antes llamados occidentales, aquélla otra, la musulmana, era más difícil de integrar, pues el Islam es una potente forma de vida que trasciende lo religioso para ser, también, rígido prescriptor social. Ya entonces hubo quienes –permitan que me incluya entre ellos, pues pagué el precio por hacerlo–, por sentido común o por experiencia viajera, advirtieron de las consecuencias que a largo plazo podía tener aquello si no se encauzaba de manera razonable procurando –o exigiendo, en casos extremos– la integración social adecuada, el respeto a las normas y el señalar la puerta cuando éstas se vulnerasen.

Nada se hizo, por supuesto. Cualquier llamada a imponer reglas claras que no hiciesen retroceder nuestro mundo de derechos y libertades a la Edad Media se calificó de xenofobia y racismo por parte del equipo de imbéciles habituales. Medios informativos de variado signo, a tono con el ambiente, pasaron mucho tiempo edulcorando problemas, escamoteando detalles, filtrando cualquier signo de futuro inquietante por el tamiz de lo políticamente correcto. Y eso se acentuó en la etapa siguiente, cuando los hijos de aquella primera generación de inmigrantes musulmanes instalados en España empezaron a comprobar que lo tenían aún más difícil que sus padres: ni trabajo, ni recursos, ni reconocimiento social, aún más bloqueadas sus vías de integración por la incompatibilidad casi absoluta –insisto, casi absoluta– de sus valores familiares, referencias culturales y religiosas, con la sociedad moderna, avanzada y libre en la que vivían.

A ese rencor social, perfectamente explicable, vino a sumarse la ciega política de las autoridades educativas españolas, incapaces de integrar a esos jóvenes en un mundo de valores europeos que, después de siglos de lucha y sacrificios, había conseguido erradicar las mismas o parecidas costumbres reaccionarias, machistas, religiosas, de las que esos jóvenes seguían y aún siguen impregnándose tanto en casa como en la mezquita o en su entorno social, sobre todo porque en ellos encuentran respaldo, consuelo, compañía, orgullo, dignidad y ese cálido afecto fraterno y familiar, tan habitual entre musulmanes, que es propio de su cultura. Y así, barrios enteros de población inmigrante se van cerrando en sí mismos, y aquellos lugares donde antes las mujeres gozaban de una mayor o más relativa libertad se ven ahora, como reacción y alarde de identidad propia, bajo la vigilancia de imanes y vecinos cada vez más radicalizados, llenos de hiyabs, niqabs y hasta burkas; mientras el Estado, en vez de adoptar medidas para proteger a esa población musulmana del fanatismo y la coacción, la deja indefensa ante sus propios extremos, condenándola a la sumisión sin alternativas; tolerando usos que denigran la condición femenina, envalentonan el machismo islámico, alientan la hostilidad y el desprecio hacia los no musulmanes y ofenden la razón.

Así ha sido y así es cada vez más. Durante mucho tiempo, en vez de advertir las dimensiones del problema observando lo que ocurría en otros países cercanos como Francia –donde la mayor parte de la comunidad musulmana antes se afirma argelina o marroquí que francesa– en España se mantuvo la política del avestruz, fajándose en estúpidos debates sobre el uso del velo en las escuelas –incluso por parte de profesoras, que son quienes educan–, dando barra libre, salvo en casos clamorosos, a los imanes radicales de las mezquitas y haciendo como que no se oían ni veían los aplausos y tremolar de banderas de jóvenes musulmanes que celebraban la barbarie del ISIS o los ataques de Hamás contra Israel. Todo, naturalmente, con el respaldo público de determinados movimientos sociales autodenominados progresistas –¡incluso feministas!– que nunca tuvieron ni la más remota idea de lo que de verdad es el Islam radical, ni de su rechazo hacia el modo de vida europeo; hacia la libertad duramente conseguida de que éste goza, pudiendo ser adúltera sin que te lapiden, blasfemar sin que te quemen o ser homosexual sin que te cuelguen de una grúa.

Pero no todo acaba ahí. Al problema de los jóvenes musulmanes de segunda generación nacidos o instalados desde niños en España se ha sumado en las últimas décadas la gran inmigración ilegal: los desembarcos masivos que vuelcan en pueblos y ciudades de España a centenares, miles de personas que ni siquiera tienen, con este nuevo mundo donde se mueven, los vínculos de quienes por razones laborales y familiares llevan aquí desde hace mucho. Para muchos recién llegados, gente dura que a veces sufrió mucho para llegar aquí, España, como el resto de Europa, es un territorio ajeno, hostil, débil a menudo, con el que nada tienen de afectivo. Un sitio donde medrar y depredar, con trabajo –si lo hay, que ésa es otra–, o con métodos fáciles e inmediatos: violencia, automarginación, delincuencia. Agrupados en pandillas de supervivencia y ataque –ya hay organizaciones radicales que defienden el rechazo a la tierra de acogida–, solidarios entre sí, como musulmanes que son, frente a estos españoles hoscos y racistas pero tan estúpidos por otra parte, en su opinión, como para permitirles campar con impunidad e incluso beneficiarse de ayudas, sistemas sanitarios y otras ventajas. Vente para acá, Mohamed, primo, que en España puedes ocupar una casa ajena, decirle puta a una zorra con minifalda, robar a punta de navaja y al día siguiente, si te pillan, estás en la calle. Y si eres menor, para qué te cuento. Además, te subvencionan. A qué pasar hambre, si es de noche y hay higueras.

De ese modo, en España hemos conseguido un siniestro doblete: una inmigración descontrolada, con la creación de guetos raciales, culturales, sociales y religiosos que rechazan la integración y cada vez son más activos y hostiles, y la cólera creciente de quienes sufren eso, incluso de españoles desfavorecidos que piensan –y a menudo comprueban– que un recién llegado ajeno a todo recibe más atención y más ayudas que él. Con el resultado de que dos extremos se frotan las manos: las izquierdas analfabetas encantadas con ponerse de parte de cualquier víctima real o inventada, con mucha kufiya al cuello y mucho «Hermana, tu velo es un acto de libertad», y las derechas en busca de argumentos que justifiquen el resonar de botas y el palo y tentetieso. Y mientras aquellos idiotas sostienen que la solución es legalizar de golpe a todo cristo, los que han llegado y los que están por llegar, estos otros idiotas afirman que la solución es expulsar a miles o millones de forma indiscriminada, sin especificar de qué manera, ni cómo, ni a dónde. Y ahórrenme, por favor, eso de «En vez de tanto criticar hay que dar soluciones». Mi trabajo no es dar soluciones, sino contar el mundo como lo veo. Y lo que veo, quizá porque tengo 73 años, una biblioteca y cierta biografía a mis espaldas, es que hay cosas que no tienen solución. La hubo en su momento: o goza usted de nuestro respeto y simpatía si juega según nuestras reglas y vive de modo compatible con nuestros usos –por algo vino aquí huyendo de los de su país de origen–, o se atiene a las consecuencias, que son la ley en todo su rigor y la sala de embarque de un aeropuerto.

Eso que acabo de decir, firmeza, tolerancia mutua y respeto por el espacio común, aún era posible hace unos años; pero ahora es demasiado tarde. Así que, me temo, todo irá a más haciendo estallar nuevos conflictos, porque ese rencor social del que antes hablaba acaba volcándose no sobre los verdaderos responsables –los políticos ineptos e incapaces de prevenir y solucionar el problema– sino contra la comunidad musulmana de forma indiscriminada, mezclando a justos con pecadores, poniendo en el punto de mira al inmigrante, sea cual sea su generación, que trabaja honradamente, que tiene su pequeño o razonable negocio, que paga sus impuestos, se gana de la vida de una manera decente y contribuye a que su pueblo, su ciudad, España, la Europa en la que vive, sean lugares mejores, más prósperos y habitables. Y cuando los demagogos y los canallas que cobran por agitar pasiones ajenas utilizan la inmigración y los problemas que de ésta se derivan como arma política, los que pagan el precio del disparate no suelen ser los malvados, sino la gente honrada a la que queman la tienda, destrozan el coche, apalean si la encuentran indefensa por la calle. Y al final, sin remedio, también esa gente, o los hijos de esa gente, acabarán formando sus propios grupos de defensa para ajustar cuentas. Y arderán barriadas y ciudades como ya ha ocurrido en otros lugares de Europa, en estallidos cada vez más intensos de los que, discúlpenme el término, no hemos aprendido una puñetera mierda.

Pero, como digo, los hemos traído nosotros: a todos ellos, a unos y a otros, con nuestro egoísmo nuestra imprevisión, nuestra cobardía, nuestra ignorancia y nuestra incompetencia. Nosotros y la gentuza a la que votamos, seguimos votando y votaremos en el futuro. Así que ahí lo tienen ustedes: lo que tenemos y lo que vamos a tener.

17 julio 2025

El penúltimo Alatriste

José María Pozuelo Yvancos - zendalibros.com - 27/07/2025

Está anunciada para septiembre la publicación de 'Misión en París', última novela de la serie dedicada al capitán Alatriste, creada en 1996 por Arturo Pérez-Reverte, que ha conocido siete entregas hasta la fecha: 'El capitán Alatriste' (1996), 'Limpieza de sangre' (1997), 'El sol de Breda' (1998), 'El oro del rey' (2000), 'El caballero del jubón amarillo' (2003), 'Corsarios de Levante' (2006) y la última, con el título 'El puente de los Asesinos', aparecida en el ya lejano 2011. Catorce años de silencio de la serie que seguramente sitúa a Pérez-Reverte a la cabeza de la recuperación de episodios centrales de nuestro siglo XVII. A 'El puente de los Asesinos' quiero dedicar este artículo. La idea que me mueve a recuperar a Alatriste donde quedó es que los lectores tengan presente, cuando vayan a 'Misión en París' en el próximo septiembre y se encuentren en el escenario del París de Alexandre Dumas, que otro escenario emblemático había sido la ciudad que vivió la que se ha conocido como “Conjuración de Venecia”, episodio histórico en el que parece ser que anduvo implicado el propio Quevedo, uno de los escritores de referencia de toda la serie, pues la atraviesa toda, según pude desarrollar en mi estudio “Quevedo y Alatriste”, que en 2007 cerró un congreso dedicado a este héroe revertiano.

Estoy convencido de que lo que distingue finalmente al buen escritor de los que no llegan a serlo es la relación que aquel termina teniendo con su propia obra. Y Pérez-Reverte ha ido creciendo en cada entrega de su Alatriste con igual compromiso que con 'El pintor de batallas', 'Un día de cólera', 'El problema final' o 'La isla de la Mujer Dormida'. Mientras leía en 2011 'El puente de los Asesinos', séptima entrega de la serie, pensaba si acaso no sería este conjunto de personajes y el recorrido con ellos por episodios cruciales de la historia de la España de los siglos de Oro el que ha situado por sí mismo a Arturo Pérez-Reverte en un primer lugar entre los escritores españoles de hoy. No es detalle menor que haya conseguido que su héroe sea familiar y tenga reconocimiento de miles de lectores que creen en este personaje con la misma convicción que tienen por la vida de un lazarillo de nombre Lázaro o un buscón llamado Pablos. Es más, llegarán los profesores a tener que advertir en su día que Alatriste e Íñigo Balboa fueron hijos del ingenio y la invención, y que, aunque parezca que no es así, están en otro plano que Gonzalo Fernández de Córdoba, Lope de Aguirre o Alonso de Contreras, todos ellos personajes reales de aquellos años que han tenido presencia en la Literatura. Porque al final se trata, cuando de literatura hablamos, de que la vida ganada por la ficción vaya más allá de aquello que los menos sabios llaman realidad, o de quienes se arman un lío cuando trazan dibujos que no conocen entre los espacios de vida y literatura. Alatriste es importante porque enseña que no hay vida mejor que la literaria, pero también porque el mejor premio que un escritor logra alcanzar es que la distinción misma entre lo vital y lo inventado termine siendo inoperante, precisamente porque los lectores lo leen como la vida misma.

Hay además un crecimiento en el interior de la serie. Sólo a quien no la conozca bien pasan inadvertidos los guiños que El puente de los Asesinos va haciendo al resto de las aventuras, aunque no a modo de auto-homenajes, sino para que el lector vaya teniendo fresca la memoria de quién es cada quién, pues cuando publicó 'El puente de los Asesinos' habían pasado cinco años desde 'Corsarios de Levante' y muchos más desde 'El oro del rey'. Algunos, como Íñigo Balboa, estuvieron siempre (por él sabemos todo, pues se trata de sus memorias), otros se incorporaron en Orán, como el moro Gurriato, otros, como Copons, lo hicieron en Flandes, y la gran novedad aquí es el nuevo lugar que obtiene la eterna lucha entre Diego Alatriste y su enemigo Gualterio Malatesta. 

Sólo el modo como se miden las proximidades y distancias de quienes mejor se conocen y temen merece ya la novela. También vuelve a haberlas, de otro modo con el propio Íñigo Balboa. Llamo la atención sobre este trenzado porque es muy importante saber leer estas novelas (como es importante para un marino la carta de navegación), ya que cada episodio añade una pieza del tablero. Juntos muestran lo que fue la España del siglo de Oro, pero cada uno da lo suyo, en personajes nuevos (formidable aquí la judía Livia Tagliapiera, como suelen serlo las mujeres maduras en experiencia y tratos de vida dibujadas por Pérez-Reverte, cada más interesado en esos perfiles femeninos). Y lo son los espacios. Quienes conozcan la serie saben que Italia es el mundo en que más a gusto se encuentra Pérez-Reverte con sus criaturas. Aquí se recorre Nápoles, no a vuela pluma sino en perspectivas muy conocidas por el autor, pateadas, precisas, como lo será, después de un homenaje al Castello milanés, esa Venecia que en esta entrega alcanza su lugar de gran protagonista. El trazado de esos espacios permite a Pérez-Reverte dar cuenta, como buen conocedor de la Historia, de la importancia geoestratégica que cada plaza (ciudad) italiana tenía en la lucha política librada contra España por el papa Urbano, Francia, la rebelde Holanda, y la Serenísima Venecia. Incluso sostener una tesis propia: en el fondo la lucha contra el turco fue la que interesó a esos enemigos europeos de España, pues debilitó las fuerzas que para el tablero flamenco necesitaba.

¡Qué Venecia encontró en 'El puente de los Asesinos' el lector! Lo curioso es que sea Venecia misma, no la que conoce como turista, porque Pérez-Reverte le muestra otros lugares distintos, puentes, esquinas, callejean por ella sus criaturas sabiendo que Venecia es la única ciudad que hoy permite ser mirada como la vieron Alatriste y Malatesta, porque permanece igual; isla de San Giorgio, el puente de la Zeca, el campo de San Angelo, la Mercería, Drapería, la calle de la Mandola, lugares que van creando un mundo que cada cual puede todavía encontrarse (si tiene ojos para mirar y saber ver). Dije en otra ocasión que el mundo de un escritor es el lenguaje y que la verdadera aventura que la serie de Alatriste nos hacía vivir, más allá de sus lances de capa y espada, es haber resucitado cientos de palabras que sin Pérez-Reverte habría desaparecido de nuestra lengua y que se recuperan aquí como se hiciera en las anteriores (sobre todo en las tres últimas, en que ha crecido la preocupación de su autor por la precisión léxica y por ese mundo de giros, sentencias, apotegmas y quiebros verbales). Pero añado ahora que El puente de los Asesinos dio un paso más allá en esta gran aventura del lenguaje. Pasó de la riqueza de un mundo tan especifico como era el de los corsarios y la navegación a ocupar ya todos los espacios, desde el lupanar a la iglesia, desde la taberna a las vestimentas, desde  la balhurria de los canales… hasta el barrachel de la Justa y sus corchetes, que impedían patear calles y desabrigar mondongo (pág. 298). Este festín de lenguaje resulta impagable, pero porque no se limita a ser un monumento, no está muerto como túmulo homenaje a lo que nuestro español fue, sino como vida ganada de nuevo por cada palabra. Sabe su autor que una literatura necesita ser lenguaje para ser ella misma y saber contar, describir, reflexionar o decir que dádivas ablandan peñas y vio el lector en la trama de la novela que es una gran verdad con la que seguramente nos volveremos a encontrar en 'Misión en París'.

https://www.zendalibros.com/el-penultimo-alatriste/

15 julio 2025

Pérez-Reverte apadrina la colección más ambiciosa de novelas clásicas de aventuras

Miguel Pérez Pichel - eldebate.com - 15/07/2025

Apadrinada por el escritor Arturo Pérez-Reverte —quien firma los prólogos— y el pintor Augusto Ferrer-Dalmau —que se encarga de ilustrar las cubiertas— la editorial Zenda-Edhasa ha reinventado la forma en que se editan en España la literatura de aventuras y ha recuperado clásicos universales.

Desde el lanzamiento del primer título en febrero de 2022, 'Las cuatro plumas', de A. E. W. Mason, Zenda-Edhasa ha publicado trece títulos de la mejor literatura de aventuras de todos los tiempos. 'El enigma de las arenas', de Robert Erskine Childers; 'La isla de coral', de R. M. Ballantyne; 'Taras Bulba', de Nikolái Gogol; 'El jorobado de Notre Dame', de Víctor Hugo; 'Las aventuras de Simbad el Marino', de René Khawam; 'Juventud', de Joseph Conrad; 'Fantomas', de Pierre Souvestre y Marcel Allain; 'Peter Pan', de James M. Barrie; 'Los cañones de Navarone', de Alistair MacLean; 'La máscara de Dimitrios', de Eric Ambler; 'La flecha negra', de Robert Louis Stevenson; y 'Scaramouche', de Rafael Sabatini.

La editorial Zenda-Edhasa nace del amor por la novela clásica de aventuras, exploraciones y descubrimientos. Viejos mapas, barcos a vela, exploradores, valientes soldados, mitos fantásticos que persiguieron a marineros de todas las épocas… Los libros de Zenda-Edhasa se presentan como un preciado tesoro oculto durante décadas en el fondo de un baúl de madera quebradiza hallado al fondo de un oscuro desván. Sus promotores reconocen que les mueve un amor incondicional por los clásicos de aventuras y por recuperar grandes obras descatalogadas y olvidadas, así como otras nunca publicadas en España.

En ese sentido, no es casual el padrinazgo de Pérez-Reverte, un autor que siempre ha tenido por bandera, y así se percibe en sus novelas, esa admiración por la literatura clásica de aventuras y por los mitos clásicos que construyeron la conciencia de Europa. La literatura de aventuras ha estado tradicionalmente vinculada en España a la literatura juvenil, con ediciones que muchas veces maltrataban el original para hacerlo más accesible a los jóvenes y con diseños muchas veces infantilizados. Zenda-Edhasa huye de ese modelo y apuesta por diseños cuidados y traducciones respetuosas con el original con una edición que resulta apetecible tanto a adultos como a jóvenes (tratados como adultos).

Entre los libros ya editados no podía faltar 'Juventud', de Joseph Conrad, un libro que el propio Pérez-Reverte ha reconocido llevarse y releer durante sus travesías marítimas. Un libro, 'Juventud', donde Conrad da voz por primera vez a su alter ego, el oficial Charly Marlow, al que convertiría en personaje inmortal al llevarlo hasta el corazón de las tinieblas.

https://www.eldebate.com/cultura/20250715/perezreverte-apadrina-coleccion-ambiciosa-novelas-clasicas-aventuras_317113.html

11 julio 2025

Arturo Pérez-Reverte no es de los tuyos (ni de los nuestros)

Gonzalo Cabello de los Cobos - eldebate.com - 11/07/2025

Hace poco estuve en un concierto y me encontré con un amigo al que hacía tiempo que no veía. Tras los saludos de rigor, no tardó en lanzarme la batería habitual de preguntas. Es curioso cómo algunas personas creen que, por escribir en un medio, tu opinión tiene más peso que la de los demás. Tal vez antes fuera así, pero hoy, cuando hasta el más tonto tiene algo que decir y un altavoz donde hacerlo, la cosa ha cambiado bastante. La conversación derivó, como era de esperar, en los inevitables: «Qué desfase lo del PSOE, ¿no? ¿Qué crees que va a hacer Pedro Sánchez? ¿Va a haber elecciones? Es imposible que esto siga así, ¿no?». La verdad, no supe muy bien qué decirle. Y, en el fondo, me alegro.

Hasta hace no tanto, siempre tenía una opinión para todo. Recopilaba datos, los analizaba y me esforzaba por construir un juicio sobre cualquier asunto que considerase relevante. Pero cada vez me descubro más ajeno a esa actitud. Prefiero simplemente callar. En un tiempo donde el análisis crítico no le importa a prácticamente nadie, todo empieza a darme bastante igual. Y con cada nueva noticia, más escabrosa, más grotesca, crece en mí el impulso de alejarme, casi con desesperación, de la podredumbre moral que nos envuelve.

Por eso, cada vez me siento más identificado con esa actitud vital que Arturo Pérez-Reverte profesa desde hace años y que logró condensar magistralmente en una célebre (al menos para mí) frase: «No tengo ideología, tengo biblioteca». Pérez-Reverte cabrea a muchos porque dice lo que piensa, sin importarle las consecuencias. Está por encima de la estupidez de los partidos y los bandos. A mí, personalmente, me divierten mucho las reacciones de sus dolidos fans cuando no sigue la pauta que ellos mismos se han inventado. Cuando unos creen que está de su lado, abre la boca y se sienten traicionados; cuando otros lo imaginan en el bando contrario, vuelve a hablar y se desesperan porque, en su pequeñez, no entienden nada. Compungidos, exclaman: «¿Cómo alguien a quien he seguido durante treinta años puede decir esto o aquello sobre algo que creía que compartíamos profundamente?». Pues muy sencillo, señor o señora: porque don Arturo solo se casa con el criterio de Pérez-Reverte.

Y eso, en el fondo, es lo que debería alegrarles. Pero parece que hoy en día lo que de verdad desconcierta, y molesta, es que alguien piense por su cuenta. «Es que no es monárquico y entonces es republicano», «es que se ha metido con Abascal o Feijóo, y eso es inadmisible en un patriota como él», «es que ha dicho no sé qué bueno de Giorgia Meloni, entonces es un facha». Y claro, uno entiende que, al escuchar semejantes sandeces repetidas una y otra vez, el escritor piense: «Pues miren, ¿saben qué? Váyanse a la mierda». Lógico.

Por eso no me sorprendió en absoluto la reacción de Pérez-Reverte ante un periodista hace pocos días, en una escena que se pudo ver en redes sociales y que retrata a la perfección el circo en que se ha convertido el debate público. El periodista, presumiblemente conservador o algo parecido, lo abordó en plena calle, micrófono en mano, para preguntarle por la imputación del fiscal general del Estado: «¿Cree que debería dimitir?». Reverte, visiblemente incómodo, le soltó un sequísimo «no me interesa». Al insistir el entrevistador, el escritor intentó zafarse, cubrió el micrófono con la chaqueta y remató: «¡He dicho que no, que no!».

Tras el incidente, Pérez-Reverte lo despachó con un tuit: «Ya no me acordaba de este imbécil», y el periodista, que en el fondo solo buscaba su complicidad desde el primer momento, respondió con una salida burda, más propia de un niño de cuatro años con una rabieta que de un supuesto profesional: «Iba borracho y con una jovencita, es lo único que se me había olvidado mencionar».

Más que una anécdota, el episodio retrata con bastante precisión el estado actual del diálogo público en España y, en este caso concreto, la calidad moral del «periodista». Aquí no importa la pregunta ni la respuesta, sino el teatrillo posterior: la bilis, la indignación prefabricada, la necesidad de hacer ruido, aunque no haya nada que decir.

Frente a toda esta basura, qué quieren que les diga, uno solo puede agradecer que aún quede alguien dispuesto a mandar a paseo a cualquier cantamañanas que se le cruce por delante. Sea quien sea.

Por eso, hoy lo más sensato es callar ante la necedad y no alimentar el hambre insaciable de contenido vacío. No se dejen arrastrar por esta maquinaria de bandos y odios prefabricados, diseñada para distraerles de lo verdaderamente importante. Solo hay una forma de resistir la manipulación masiva: guardar silencio frente a la idiocia y pensar por uno mismo. El criterio, el suyo, sigue siendo la única forma auténtica de libertad.

https://www.eldebate.com/opinion/en-primera-linea/20250711/arturo-perezreverte-no-tuyos-nuestros_315988.html

28 junio 2025

Capa y espada: la literatura más afilada

Toni Montesinos - La Vanguardia - 28/06/2025

En el año 2022, una revista digital de libros, auspiciada por Arturo Pérez-Reverte, y una editorial independiente que cumplía en esas fechas setenta y cinco años de andadura, se aliaban para crear Zenda-Edhasa bajo una premisa común: recuperar clásicos de corte aventurero. Este sello, así, volvía a poner al alcance del lector libros que en su momento habían sido superventas y en ocasiones habían sido adaptados al cine, y con ello, desempolvaban viejos valores anclados en la nobleza, la valentía, el honor y el instinto por viajar y descubrir lugares insospechados.

Justamente el propio Pérez-Reverte prologa los libros de esta colección, llamada Zenda Aventuras, como en el caso de su última novedad, 'Scaramouche', de Rafael Sabatini, un italiano que acabó afincándose en el Reino Unido. La gran pantalla hizo célebre esta novela publicada en 1921 y ambientada en la Francia de la Revolución en que un joven abogado, tras el asesinato de un amigo a manos de un noble, jura vengarlo. Perseguido por las autoridades, se esconde en una compañía de teatro, donde se pone a interpretar al personaje cómico de Scaramouche, para más tarde convertirse en un hábil espadachín y político.

La misma editorial Edhasa (pero ahora en solitario) ha publicado 'Los Pardaillan', de Michel Zévaco (1860-1918), un periodista, anarquista y novelista francés que dotó de gran dinamismo y pasión a sus novelas, mezcla de aventura, política, amor y justicia en pleno siglo XVI. Su obra narra las peripecias de una familia de nobles espadachines —el valeroso padre y su intrépido hijo— enfrentados al poder corrupto y a las intrigas cortesanas en unas páginas donde la libertad choca con la traición, el fanatismo religioso y las ambiciones del trono.

Y es que el género llamado de capa y espada tiene una larga tradición. Ciertamente, muchas de estas espadas son francesas y parten de revisitar el pasado histórico, como en 'El jorobado', de Paul Féval; aquí, durante el reinado de Luis XIV, el protagonista, Henri de Lagardère, con su espada y un disfraz, siempre está dispuesto a “ desfacer entuertos”, por decirlo al modo quijotesco. Y es que, como dijo Honoré de Balzac en su prefacio de 'La comedia humana': “He hecho algo mejor que el historiador, porque soy más libre”. El autor, tan representativo de la llamada novela realista, empezaría su andadura con una serie de obras de formato folletinesco, en el contexto de un fenómeno que cambió el paradigma del lector literario: la novela por entregas en la prensa, en que era vital que el final de cada capítulo despertara el interés por seguir leyendo la historia en un nuevo capítulo.

El folletín, a lo largo del siglo XIX, produjo tiradas que se contaban por cientos de miles en París, y el que más dinero ganó con ello (unos 200.000-300.000 francos al año) fue Alexandre Dumas, a menudo con negros a su cargo para agilizar el ritmo de escritura: un total de setenta y tres empleados, entre los que destacó el historiador Auguste Maquet. He aquí el nacimiento de la literatura como cadena de fabricación, cuando la obra literaria se convierte en “mercancía” por tener su tarifa de precios y pautas concretas de elaboración y fecha de entrega. En el folletín, Dumas llevó a la excelencia esa necesidad de dejar en suspenso la trama para avivar la curiosidad del lector, que disfrutó en los años cuarenta del siglo XIX de 'El conde de Montecristo' y la trilogía formada por 'Los tres mosqueteros', 'Veinte años después' y 'El vizconde de Bragelonne'. 

Esta literatura concebida para el entretenimiento alcanza nuestros días y ha empapado el mundo del cine en lo que se da en llamar “capa y espada”, un género de narrativa aventurera donde el honor y el romanticismo comparten líneas con la intriga y la acción, con protagonistas valientes y nobles y, desde luego, una habilidad pasmosa para manejar la espada frente al villano de turno. Dicho género, tan proclive a ser denostado por su claridad y sencillez, y sobre todo por su alcance popular, fascinó en su momento a grandes narradores para los que los personajes de Dumas dejaron un poso indeleble; fue el caso de Robert Louis Stevenson, que dijo en un ensayo: “Acaso mi mejor y más entrañable amigo sea D’Artagnan, el viejo D’Artagnan de 'El vizconde de Bragelonne'. No conozco alma más humana ni, en su estilo, más exquisita”.

Más de cien años después de estas palabras, Arturo Pérez-Reverte, autor de la novela 'El club Dumas' y creador del viejo soldado de los tercios de Flandes, el espadachín capitán Alatriste, incidirá en esa sensación en un artículo de prensa; de esta manera, apuntó que sus mejores cuatro amigos, a lo largo de tres décadas, eran Athos, Porthos, Aramis y D’Artagnan, y que cada vez que terminaba de leer la trilogía protagonizada por este cuarteto, se le humedecían los ojos al cerrar el último tomo. El autor ha anunciado que el próximo otoño nos llegará un nuevo título de la saga Alatriste, la figura más destacada del género capa y espada en español.

Otro autor inmensamente conocido en este campo del arma blanca fue Edmond Rostand, creador de 'Cyrano de Bergerac', una obra teatral en verso que se mantuvo más de un año en cartel desde su estreno en 1897. La historia es bien conocida, y además para ella Rostand se basó en un individuo real del siglo XVII: Savinien de Cyrano, un cadete de gran destreza oratoria y poseedor de una gran nariz, amén de escritor, que se enamoraba en vano de una mujer en la ficción (basada en una persona real, a la que jamás amó).

Junto al ámbito francés, destacaría el inglés, con títulos tan famosos como 'El prisionero de Zenda' (1894), de Anthony Hope, 'La Pimpinela Escarlata' (1905), de la Baronesa Orczy, o 'La flecha negra' (1888). Esta última novela de Robert Louis Stevenson, que transcurre en torno a la guerra de las Dos Rosas (siglo XV), también acaba de ser recuperada por Zenda Edhasa. Pero, con todo, tal vez el personaje clásico que empuña una espada que con más fuerza ha llegado hasta la actualidad es El Zorro, creado en 1919 por el estadounidense Johnston McCulley: un forajido con máscara y capa que escapa de sus perseguidores al tiempo que arriesga su propia vida, en el México de los años 1821-1846, con tal de defender a la gente vulgar y corriente. Un héroe para nuestros días, y para todas las épocas.

https://www.lavanguardia.com/cultura/culturas/20250628/10817760/capa-espada-literatura-mas-afilada.html

21 junio 2025

Los Tigres del Norte: la polémica detrás de 'La Reina del Sur'. ¿Fueron amenazados de muerte?

Jovanni Paniagua - posta.com.mx - 21/06/2025

En octubre de 2002, Los Tigres del Norte lanzaron 'La Reina del Sur', un álbum que se convirtió en su tercer número uno en la lista Billboard Top Latin Albums, con 14 canciones que mezclan corridos, rancheras y baladas. El sencillo principal, 'La Reina del Sur', basado en la novela de Arturo Pérez-Reverte y escrito por Teodoro Bello, narra la historia de Teresa Mendoza, una mujer sinaloense que asciende en el mundo del narcotráfico tras la muerte de su pareja, el Güero Dávila. El vídeo, filmado en Pamplona, España, desató controversia en México, donde las autoridades de Chihuahua acusaron a la banda de glorificar el narcotráfico, imponiéndoles multas y prohibiciones. En medio de la polémica, surgieron rumores sobre amenazas de muerte contra los integrantes, alimentados por la sensibilidad del tema y el contexto de violencia en México.

La canción, que retrata a Teresa Mendoza como una figura valiente, fue señalada por autoridades de Chihuahua, como la alcaldesa María Eugenia Campos, por supuestamente glorificar el narcotráfico, violando ordenanzas locales que prohíben los narcocorridos. En 2012, tras un concierto en Chihuahua, la banda fue multada con al menos 20,000 pesos por interpretar el tema, y se les prohibió volver a tocar en la ciudad. Esta no fue la primera vez que Los Tigres enfrentaron problemas en Chihuahua; años antes, su canción 'Contrabando y traición' también generó críticas similares. La controversia se intensificó por el contexto de la guerra contra el narcotráfico en México, que en 2002 ya generaba tensiones sociales y políticas.

La letra, escrita por Teodoro Bello, narra el ascenso de Teresa Mendoza, apodada “La Negra” o “La Mexicana”, desde la tragedia hasta el poder en el mundo del narcotráfico. Tras la muerte de su pareja, el Güero Dávila, un piloto del cartel de Juárez asesinado en una avioneta Cessna (“En la sierra lo mataron”), Teresa recibe una advertencia: “El güero le dijo a Tere: / "Te dejo mi celular. / Cuando lo escuches, prietita, / no trates de contestar”. Este momento marca su entrada al crimen organizado, no por elección, sino por supervivencia. Huyendo a Melilla, España, bajo la protección de Epifanio Vargas, Teresa se asocia con Santiago Fisterra, construyendo una red que trafica droga a Francia, Italia, África e incluso a los rusos, como señala el verso: “Le vende la droga a Francia, / África y también a Italia. / Hasta los rusos le compran”. La canción destaca su astucia y capacidad para adaptarse, aprendiendo el acento español y proyectando una imagen de poder con “bota de cocodrilo” y “cinto piteado”. La letra refleja cómo el crimen organizado ofrece poder, pero a un costo de inestabilidad y pérdida de identidad, especialmente para una mujer en un entorno dominado por hombres.

Aunque los rumores sobre amenazas de muerte circularon ampliamente, no hay evidencia concreta que confirme que Los Tigres del Norte recibieran amenazas directas por 'La Reina del Sur'. Los rumores surgieron debido a la naturaleza provocadora del corrido y el clima de violencia en México, donde los narcocorridos a menudo son vistos como un desafío tanto por autoridades como por grupos criminales. Jorge Hernández, líder de la banda, nunca confirmó públicamente tales amenazas, y en entrevistas posteriores minimizó conflictos relacionados con la serie de televisión inspirada en la novela, atribuyéndolos a problemas administrativos.

https://www.posta.com.mx/entretenimiento/los-tigres-del-norte-la-polemica-detras-de-la-reina-del-sur/vl2055459

19 junio 2025

Bond y Alatriste: la batalla como respeto

Aitor Pilán - El Español - 19/06/2025

Esta columna, permítaseme la libertad, no es un mero ejercicio de arqueología literaria, no es una divagación sin puerto. Es una celebración. El Capitán, que creíamos empadronado ya en el silencio, vuelve en septiembre. Vuelve el soldado, y su regreso nos obliga a preguntarnos por qué, en este presente tan saturado de ruido y huérfano de certezas y liderazgos, celebramos la vuelta de un hombre tan callado, eficaz, sereno, honrado y, pese a ello, roto.

Quizás lo esperamos porque su figura, como la de Bond, es un faro. No es un héroe impoluto, sino un hombre que camina con la dignidad de quien lo ha perdido todo menos el respeto por sí mismo. Cito a Tennyson, que en su vejez aún sentía que "no es demasiado tarde para buscar un mundo nuevo". Volver a desenvainar la espada, aun con el brazo cansado, es la forma más noble de no rendirse.

Y este mundo, relleno de pamplinas, merece que no nos rindamos.

Acaso celebramos su vuelta porque, en un mundo de lealtades líquidas, de lenguaje ambiguo y mentiras constantes, la integridad áspera y silenciosa del capitán o del agente se nos antoja como el más necesario de los tesoros. La prueba de que, aunque los imperios caigan y los reyes mueran, hay algo en el espíritu humano, un último bastión, que se niega a entregar la espada que nos es más necesaria que nunca.

Menos mal, Don Arturo, que lo trae de vuelta.

La literatura nos ha regalado dos figuras que parecen la misma, como digo separadas no solo por siglos, sino por escenarios y métodos diferentes de sus autores. Sin embargo, epítomes del poso de la manera.

Pensemos en uno, con el alma curtida por el sol de Flandes y la mirada entornada por el humo de las tabernas del Madrid de los Austrias, un hombre cuya espada es tan afilada como su silencio. Y en el otro, con el corazón enfriado por la niebla de la Guerra Fría, un agente secreto que se protege del vacío con trajes caros y una lealtad mecánica a una corona que ya no rige los mares. Diego Alatriste y el James Bond de las novelas de Fleming. ¿No son, acaso, el mismo hombre contemplando el mismo atardecer de su imperio?

Su existencia es una paradoja. Sirven, sí, pero sin creer ya en los señores, solo en el servicio. Y uno se pregunta, ¿cómo es posible tal cosa? ¿cómo se puede seguir obedeciendo en medio del naufragio? Su lealtad no es para los hombres que mueven los hilos desde sus despachos alfombrados, esos de manos limpias y conciencia flexible, sino a una idea, a un eco, al juramento hecho a una bandera que ya solo ondea con toda su gloria en la memoria.

Son la encarnación de esa estirpe de hombres de los que hablaba Tennyson en su 'Ulysses'. Condenados a vivir en tiempos menguantes que ya no están a la altura de su código. El viejo orden cambia, cediendo el paso a uno nuevo, y ellos permanecen. Reliquias, peligrosas y tristes, con un pie en cada mundo.

La semejanza se adentra en el árido territorio del afecto, en la manera en que ambos hombres se relacionan con el mundo íntimo. Ninguno de los dos es capaz de construir un hogar, pues su verdadera casa es la desconfianza.

El amor duradero exige una forma de paz y de entrega que les está vedada, porque el soldado que sobrevive es el que aprende a no echar raíces, a no dejar nada tras de sí que el enemigo pueda utilizar como arma. Su soledad, por tanto, no es un capricho de carácter, sino la armadura indispensable para poder seguir respirando al día siguiente. ¿No es esa actitud el modo perfecto de sus autores de mostrar la enorme debilidad del héroe?

Y se parecen, finalmente, en la mirada. Ambos poseen el ojo del profesional, esa capacidad para desmenuzar la realidad en un inventario de peligros y detalles. Alatriste no solo ve a un embozado, sino que calibra la calidad de su capa, la empuñadura de su espada, la intención que se esconde en su forma de pisar el barro de la calle. Bond no solo entra en una habitación, sino que registra las salidas, el peso de una cortina, la marca de un cigarrillo, las debilidades del hombre al que ha venido a matar.

Ese detallismo obsesivo, que tanto Fleming como Pérez-Reverte bordan en su prosa, no es un mero adorno literario. Es el reflejo del alma de sus criaturas: hombres para quienes la supervivencia depende de ver aquello que los demás no ven, de entender que el mundo es un texto escrito en una letra diminuta y a menudo mortal.

https://www.elespanol.com/valencia/opinion/20250619/bond-alatriste-batalla-respeto/1003743811131_13.html

14 junio 2025

Los Tercios de Olivares recorren las calles de Sevilla con un espectador sorpresa: Arturo Pérez-Reverte


Andrés González-Barba - ABC - 14/06/2025

Los Tercios de Olivares han vuelto a realizar este sábado su tradicional desfile por las calles de Sevilla. Pero lo que nadie contaba era con la sorpresa de un espectador muy especial: el escritor Arturo Pérez-Reverte. El famoso autor de 'El maestro de esgrima' ha estado presente en la Plaza del Salvador, un lugar por el que las tropas de los Tercios han pasado.

Hay que recordar que los Tercios de Olivares han celebrado este año el 426º aniversario del nacimiento del pintor Diego Velázquez, así como el cuarto centenario de la famosa rendición de Breda, cuadro que inmortalizara el maestro sevillano y que popularmente se conoce como 'Las lanzas'. Se da la circunstancia de que Pérez-Reverte anunció recientemente que va a publicar una nueva entrega de las aventuras del capitán Alatriste, personaje que está íntimamente relacionado con los Tercios españoles. De hecho, la tercera novela de esta saga se llamaba 'El sol de Breda' (1998). En dicho libro, el capitán Alatriste se encontraba en el Flandes bajo dominio español en el asedio a la ciudad de Breda en 1625 por los Tercios españoles.

https://www.abc.es/sevilla/ciudad/tercios-olivares-recorren-calles-sevilla-espectador-sorpresa-20250614225444-nts.html

Clases de literatura (avanzada) con Arturo Pérez-Reverte y Pierre Lemaitre


Zenda - 14/06/2025

Muera el cliché del escritor y sus musas: para Pierre Lemaitre y Arturo Pérez-Reverte, dos de los novelistas contemporáneos más populares, la escritura es, ante todo, un oficio. Con motivo de la charla #ElOficioDeSerEscritor, que ambos impartieron en el Espacio Fundación Telefónica de Madrid el 11 de junio de 2025, rescatamos las aportaciones más reseñables de estos maestros de la intriga literaria.

REINVENTAR LOS CLÁSICOS

Pérez-Reverte: Cuando uno lee a los narradores teatrales grecolatinos clásicos o, por ejemplo, El conde de Montecristo, se da cuenta de que todo está ahí: la venganza, el tesoro, el amor, el odio, la traición… Todo está contado ya. Scott Fitzgerald decía que todo escritor tiene solo tres o cuatro temas, y que la cuestión era cómo los cuenta de una forma distinta cada vez. Lo que un novelista de talento debe hacer es adaptar a su tiempo y su público los grandes temas de la literatura.

Lemaitre: Nuestro trabajo como novelistas contemporáneos es hacer algo nuevo a partir de lo viejo. Pero ¿cómo contar una historia para que sea contemporánea? Si todo esta contado ya, ¿por qué los lectores siguen teniendo interés por las historias que ya conocen? Porque lo dispone un escritor nuevo, con su propia identidad, que va a darle su propia forma y que, siguiendo con el ejemplo de El conde de Montecristo, además de la venganza va a destilar otras cosas en la historia. Nuestra labor es narrar temas muy antiguos desde una perspectiva contemporánea. En tu Alatriste hay toda una mitología que ya estaba en la novela del siglo XIX, así que tú también cuentas historias que ya se han contado, pero tus libros son muy leídos porque lo cuentas a tu manera, que es contemporánea para tus lectores.

Pérez-Reverte: Yo creo que somos niños que siguen jugando a disfrazarse. Decimos al lector: “Ven a jugar con nosotros. Acompáñame en esta aventura”. Y para seducir al lector hay que darle elementos que tengan que ver con su propio mundo, el actual. No es posible que una novela del siglo XIX, pongamos de Balzac, funcione de forma rigurosamente actual, pero sí se puede transformar a Balzac en Pierre Lemaitre y dar así al lector la posibilidad de recuperar las historias de siempre.

Pérez-Reverte: Tú y yo nos criamos en el folletín: Dumas, Balzac, Zola, y en España, Galdós. Pero cuando empezamos a escribir, todos esos novelistas estaban sobrepasados: se hacía otro tipo de literatura y estaba mal visto contar historias. En esa literatura que triunfaba entonces importaban los personajes y, como mucho, la trama subyacente. Luego eso fue cambiando y los críticos que tenían esa actitud distante hacia la literatura que contaba cosas modificaron su actitud. ¿Crees que esa batalla está vencida, que el folletín sigue siendo el aprendizaje obligatorio para cualquier escritor?

Lemaitre: Estoy bastante de acuerdo sobre la genealogía de la literatura. Los franceses no estamos muy bien situados a ese respecto porque nuestra literatura atravesó un gran vacío durante los años 50 a 70 del siglo pasado. Lo llamaban le nouveau roman, la nueva novela, y sus autores pensaban que la trama no era algo demasiado interesante y que el personaje no era un elemento que hubiera que conservar. Y los escritores a quienes nos gustaban las historias y los personajes nos preguntábamos: si no hay ni lo uno ni lo otro, ¿cómo va a ser la novela? En realidad, le nouveau roman era algo muy antiguo. Sobre el cambio posterior, para mí un signo muy revelador fue la llegada de las series de televisión, que siguen la fórmula del folletín y desde hace unos veinte años se consideran un arte en toda regla. Una fórmula que inventaron los novelistas hace mucho tiempo. Hoy en día no hay nada tan moderno como esa forma tan antigua de escribir historias.

EL ESCRITOR ARTESANO

Pérez-Reverte: Un escritor que ha leído desde niño puede utilizar todo ese bagaje y jugar con él para aplicarlo al asunto que quiera tratar. Es la idea del escritor artesano. Lo he dicho muchas veces: tú y yo no somos artistas. No tenemos el síndrome agónico de la página en blanco ni de la creación dolorosa, ese no saber cómo llegar a donde queremos. No: somos artesanos que hacemos artefactos eficaces para que funcionen en un lector determinado. ¿Lo ves así?

Lemaitre: Muchas veces me considero un relojero. Es como si tuviera que hacer un objeto redondo: elijo la pieza, la corto, la cambio, la pulo… Mi objetivo es que mi objeto literario sea redondo como un reloj, y ese es un trabajo artesanal. Pero desde el Romanticismo se nos decía en la escuela que el escritor era un ser diferente, tocado por las musas, trascendente. Y eso hace que muchos lectores tengan una concepción sacralizada de la literatura. A mí me gusta enfatizar que antes que artistas somos artesanos y que el oficio de escribir, aunque requiera ingenio, es ante todo una técnica, un oficio. Quizá no sea un oficio como los demás, pero es que ningún oficio lo es.

EL ESCRITOR-EDITOR

Pérez-Reverte: Hay otra palabra muy sacralizada: la escritura. En realidad, tú escritura y la mía son un work in progress, en el sentido de que estamos continuamente trabajando, cincelando, puliendo y limando una forma expresiva que tarda mucho en ser la final. Volvemos sobre ella, retocamos, corregimos… Yo nunca pienso que lo he hecho bien en cuanto escribo algo, y solo dejo de editar cuando ya no puedo más.

Lemaitre: Yo escribo novelas bastante largas, de unas quinientas páginas, pero si mido el tiempo de escritura van bastante rápido: tardo aproximadamente un año y medio. En lo que tardo es en corregir, me lleva una eternidad. Lo peor son los planes, que los tengo para todo: uno para la estructura, otro para el libro, otro para los capítulos, otro para los párrafos, otro para los diálogos… La mayor parte del tiempo de trabajo se va en los planes y las correcciones, y es agotador. Por algo Colette les decía a los jóvenes que no se dedicaran a la literatura.

LAS LIMITACIONES DE LA LENGUA

Pérez-Reverte: Cuando trabajo me encuentro con un problema técnico: que no siempre la lengua en la que me expreso es lo bastante eficaz. Yo llegué al castellano con el respeto del lector por mi trayectoria como periodista, pero me di cuenta de que no siempre dispongo de los recursos adecuados: hay verbos que hay que repetir, palabras que riman que no puedo sustituir por otras… Y a veces hay que aceptar esas limitaciones. Me doy cuenta de que toda lengua es imperfecta.

Lemaitre: Con el francés pasa igual. Mis primeras frases son siempre un desastre, pero me digo que tengo que solucionarlo yo. Algunos colegas míos hacen un primer manuscrito excelente, así que en realidad no trabajan. Ellos confían en su talento y yo en mi trabajo. Yo no tengo más remedio que trabajar, porque mis primeras versiones son malísimas y, como dices, carezco de los recursos estéticos: me repito, no hilo bien unas frases con otras… Pero cuando escribo lo primero que quiero hacer es contar la historia, no que quede bonito. Una vez que ya está planteada y releo el texto es cuando me pongo a trabajar de verdad para corregirlo. Escribo rápido y edito despacio.

CALLEJÓN SIN SALIDA: AVE, MAESTRO

Pérez-Reverte: Más que con la página en blanco, yo me encuentro con callejones sin salida: no doy con la clave, el tono o la situación adecuada para seguir adelante. Para solucionarlo, voy a la biblioteca buscando libros en los que los autores hayan tratado espléndidamente aquello sobre lo que quiero escribir. Por ejemplo: si quiero escribir sobre el mar, leo a Melville. Releer a los maestros es mi solución, es lo que hago todos los días.

Lemaitre: Yo hago lo mismo, pero con menos sigilo: soy un niño revoltoso y me mato a trabajar. Solo cuando me ha resultado imposible encontrar una solución me planteo buscarla en otros libros, pero está claro que en la propia literatura existen soluciones. A veces me doy cuenta de que algunas cosas que escribo las he leído u oído en otra parte, muchas veces en libros muy conocidos: de Dumas, Victor Hugo… Me divierte pensar que los libros que escribimos son el resultado de algo que hemos estado asimilando durante mucho tiempo en nuestro interior y que resurge de repente bajo la pluma.

LA TRAMA Y LOS PERSONAJES

Pérez-Reverte: Tanto la trama como los personajes son importantes, pero en mi caso lo primero que viene es la trama. Los personajes son herramientas a su servicio: yo quiero contar una historia y me sirvo de ellos, especialmente de los secundarios, que van surgiendo con propósitos muy determinados.

Lemaitre: Yo soy incapaz de decir cómo he empezado cada uno de los veinte libros que he escrito. El de aquí lo hizo con una anécdota, el otro con un personaje… Una de mis novelas incluso empezó a partir de una figura geométrica. Pero una vez que las cosas se han puesto en marcha, la relación entre el personaje y la trama no cesa nunca. En el fondo, el lector no entiende una historia más que cuando se siente vinculado con el personaje, ya sea positiva o negativamente, lo ame o lo odie. Serán los personajes, y no la trama, quienes emocionen, indignen y escandalicen al lector. El personaje es una herramienta para la historia, pero su identidad pesa sobre ella y ambos se alimentan recíprocamente. Cuanto más complejo es un personaje, más vívida es la historia.

BUENOS Y MALOS: NI TANTO NI TAN CALVO

Lemaitre: Disfruto más con los personajes malos que con los buenos. Es un placer perverso, cínico. Uno de mis personajes es una auténtica hija de puta, una mala malísima, y me encanta hacerla así de mala. Y además, por darme el gustazo, además de mala la hice tonta. Me encantó ponerle todos los defectos del mundo. Como decía Hitchcock, “cuanto mejor es el malo, mejor es la película”. Bebo mucho de las grandes novelas simplificadoras del siglo XIX, donde el malo lo era con todas las letras, como en Los miserables, de Victor Hugo. Su genialidad fue convertir a sus personajes en arquetipos. Democratizó mucho la literatura, y para que la suya fuera popular tenía que hacer que los personajes fueran comprensibles e inmediatamente reconocibles para todo el mundo, hasta tal punto de que a medida que uno iba leyendo podía prever qué iba a hacer cada uno. A este respecto, Edward Morgan Forster, el gran novelista inglés, decía que había dos tipos de personajes: los previsibles y los que no lo son. En general, los míos son planos y bastante previsibles, especialmente los secundarios. Tienen menos matices que los tuyos, con los que el dilema moral ocupa todo el espacio y con quienes nunca sabemos hasta el final de la novela cómo van a resolver sus contradicciones.

Pérez-Reverte: Yo también prefiero a los malvados. Hace tiempo que dejé de hacer personajes buenos o malos del todo porque me di cuenta de que en la vida real eso no existía: he visto hacer a la misma persona cosas hermosas y otras horribles en el mismo día.

¿MORALEJA? NO, GRACIAS

Pérez-Reverte: Hay autores que dicen que la literatura tiene la obligación moral de mejorar el mundo y a sus lectores. Y yo no estoy de acuerdo: mi misión es contar mundos.

Lemaitre: Para mí tampoco existe una misión moral, en absoluto, pero la literatura sí que tiene ese efecto. Por ejemplo, estoy seguro de que Los miserables no cambió el mundo, pero sí que todos los que lo leyeron en su época entendieron que podían aspirar a una vida mejor. Y esa es la misión de la literatura: decodificar la realidad y permitir al lector interpretar su propia vida.

INICIOS Y PERSISTENCIA

Pérez-Reverte: Cuando yo empecé a escribir, la literatura aplaudida por los grandes mandarines de la cultura era la novela experimental. La trama era algo despreciable: todo eran elucubraciones interiores y angustias existenciales. Yo era periodista y narrador de historias, por lo que al principio fui muy rechazado, atacado y despreciado: no era uno de los suyos. Pero tuve mucha suerte, porque La tabla de Flandes funcionó muy bien en todo el mundo y ahí ya obtuve reconocimiento. A posteriori, he comprobado que de todos los nombres que se barajaban como las grandes promesas de la literatura, tanto en Francia como en España y en Italia, casi ninguno ha pasado a la historia. Pero los artesanos, los del cincel, seguimos.

Lemaitre: A diferencia de ti, cuando yo empecé a escribir novela nadie me conocía, así que no tenían otro yo con quien compararme: o gustaba o no.

LITERATURA POPULAR

Lemaitre: En Francia, la expresión “literatura popular” todavía genera mucho rechazo.

Pérez-Reverte: Pero tú has dignificado esa literatura popular. He leído mucha literatura francesa y mucho sobre literatura francesa, y así se habla de ti. Lemaitre, “le maître”, si lo traducimos al español, quiere decir “el puto amo”.

ORÍGENES Y “PRESENTISMO”

Pérez-Reverte: Para mí, el folletín es donde la literatura europea alcanza su momento estructural fundamental. Siempre digo que un escritor occidental debe conocer, lo primero, los clásicos grecolatinos, que son el origen del que venimos. Lo siguiente es el momento en el que se hace la lengua, el Siglo de Oro español, con Quevedo, Lope de Vega, Cervantes, Calderón de la Barca… Y el tercer pilar es la gran novela del siglo XIX y principios del XX, los grandes novelistas populares: Stefan Zweig, Thomas Mann, Scott Fitzgerald… Y creo que hay jóvenes escritores y escritoras con grandes voces narrativas y talento a los que se les nota que carecen de esa base literaria, que han leído poco y carecen de esas estrategias narrativas.

Lemaitre: En Francia hay una palabra para eso: el “presentismo”, la idea de que lo que cuenta es el presente y que la literatura del pasado no tiene ninguna importancia. Lo que les falta a algunos jóvenes autores no es la cultura literaria, sino que no han aprendido a aplicar las técnicas de escritura de esos grandes autores a los que han leído.

EUROPA

Pérez-Reverte: En mi opinión, en comparación con la actual, la Europa de los años 50 y 60 del siglo pasado era una Europa adolescente, feliz, con esperanza: creía en la revolución, en el amor, en el futuro, en el progreso, en una Europa unida en la que todo era posible. Ahora lo que tenemos es una Europa vieja y agonizante, triste y con poca esperanza, que ha renunciado a esos sueños juveniles.

Lemaitre: Referirse a esa Europa como adolescente es muy adecuado, porque en ella había una gran ingenuidad e inconsciencia. En España la historia se escribió de forma diferente por el franquismo, pero en Francia, los años 50 y 60 son casi la última página del siglo XIX, esa época en la que se creía que el progreso técnico iba a traer la felicidad y se tiene confianza en el futuro. Así siguió Francia, creyendo que los que vinieran después tendrían una vida mejor, hasta que llegó la gran crisis del petróleo de 1973. El fin del sueño fue brutal: de repente, la impresión general fue que el país se iba a pique con esa gran crisis del capitalismo. Y lo que Europa no entendió entonces es que eso que llamaban “crisis” no era algo pasajero, sino el nuevo estado del mundo, para el que no estaban preparados. Ahí se rompió la gran utopía europea del liberalismo. Son unos años frescos e inconscientes, pero también criminales: ya en 1974 hay científicos que avisan sobre el enorme deterioro del medio ambiente y que se refieren incluso a la escasez de agua. Europa no les hizo ni caso porque era una adolescente liberada: había llegado la píldora anticonceptiva, la libertad sexual… Cuando llegó la debacle y el progreso se fue al garete Europa vivió un shock del que todavía no se ha recuperado.

Pérez-Reverte: A veces, cuando te leo, me da la impresión de que eres un hombre encolerizado.

Lemaitre: Ah, claro. Y tú también. Sin la cólera no se va a ningún sitio. Pero no hay que dejarse cegar por ella, sino utilizar esa vehemencia para que las cosas lleguen. La cólera la inventamos los novelistas. Hoy en día es una virtud escasa, pero tenemos muchas razones para estar furiosos, y cuanto más tiempo lo estemos, mejor.

Pérez-Reverte: A veces cuando miro a Europa me siento como un romano mirando cómo llegan los bárbaros. Y me digo que era inevitable: Europa está pagando sus propios pecados. Lo que nos ha hecho envidia y referente moral de mundo desde la Ilustración está agonizando. Es el fin de un mundo, del nuestro, por sus propios errores e ignorancia.

Lemaitre: Europa ha cometido muchos pecados, sí. Y ha contribuido al gran malestar del mundo: de aquí partieron los colonos de América del Sur, los que exterminaron a los indígenas de América del Norte, los que colonizaron la India, África… Fueron los europeos los que llevaron la infelicidad a todos esos países. El mayor pecado de Europa fue colonizar el mundo basándose en una supuesta superioridad moral: así fabricamos el mundo tal y como es hoy. La América de Trump es un producto de Europa. Su actitud, de hecho, es muy europea: se lo enseñamos nosotros. Hoy en día miramos a Estados Unidos y pensamos que la gobiernan los bárbaros, pero la barbarie la inventamos nosotros.

Vídeo completo: https://www.youtube.com/watch?v=z6Bgno_Zkcc

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