01 septiembre 2026

"Este periódico me obliga a estar más despierto, me exige más lucidez"


Antonio Lucas y Juanma Lamet - El Mundo - 01/09/2026

A los 74 años, con la vida bien apurada y lo aún por vivir como un estímulo grande, Arturo Pérez-Reverte ha decidido dar un golpe de timón en su aventura de periódicos. Treinta y tres años después de comenzar sus colaboraciones en 'XL Semanal', ha dado por concluida esa larga expedición y, después de unas semanas de descanso, comienza a escribir en 'El Mundo'. A partir del próximo domingo alojará sus artículos, titulados 'Patente de corso', en la contraportada de este periódico. Meses de conversaciones quedan rematados en este impulso bueno que lo trae hasta la redacción de la Avenida de San Luis, en Madrid. Uno de sus principios es responder siempre a los desafíos.

Es académico de la Lengua y el narrador español vivo de mejor impacto internacional (más de 27 millones de ejemplares vendidos en todo el mundo). En el articulismo tiene la senda hecha pero aún le quedan batallas que dar, observaciones que hacer, nostalgias que desanudar. Gasta una sastrería convencional que oculta a quien se mueve por la vida sin dogma, por eso algunos sexadores de ideas no saben en qué bando lo han de ubicar. Exactamente ése es su sitio: la frontera entre algún lugar y cualquier lugar. Como los mares.

Bienvenido a 'El Mundo'.

Gracias. Estoy aquí, sobre todo, por algunos amigos. Más concretamente, por un par de ellos. En este periódico tengo buenos colegas y algún enemigo. A los primeros conviene tenerlos cerca y a los otros, más cerca todavía. 'El Mundo' es un buen lugar donde estar.

¿Qué significa para usted el salto a este diario?

Hay un componente sentimental bastante acusado. He escrito en el 'XL Semanal' durante 33 años y estuve bien allí. No me fui por ningún motivo concreto, pero sentí que un ciclo terminaba. En 'El Mundo' me ofrecieron colaborar y lo acepté. Ésta es una redacción viva. Me recuerda, en algunos aspectos, a los viejos tiempos de mis inicios en el diario 'Pueblo'. Además, aquí también estuvo Raúl del Pozo más de tres décadas. Y Raúl era mi vínculo con ese otro periodismo que ejercí en su momento: bronco, de calle y acción. Habitar el espacio donde Raúl escribió hasta el fin de su vida y vincularme al lugar de amigos tan importantes para mí es una sensación grata. Veremos si decepciono o no. A veces creas expectativas que no siempre están a la altura de la realidad. Espero que el interés y el afecto demostrado merezcan la pena. Y que en 'El Mundo' no se arrepientan.

Mantendrá el título de la columna, 'Patente de corso'. ¿Qué pueden esperar los lectores en esta nueva etapa?

Lo mantengo por varias razones. Primero, porque llevo 33 años con él. Uno de mis libros se titula así y la forma de expresar mi opinión está bien reflejada en él. Vaya donde vaya irá conmigo. Es mi patrimonio. Un patrimonio personal para lo bueno y lo malo. Los artículos que ahora publicaré en 'El Mundo' mantendrán ese espíritu. No voy a hacer artículos más políticos, ni necesariamente ceñidos a la actualidad... Haré lo que siempre he hecho: desplegar mis intereses, curiosidades y rechazos, mis lecturas, mi memoria, la literatura, el cine... Sólo cambia el medio al que ahora me vinculo, el contexto, el entorno. Pero mi escritura seguirá siendo la misma.

Suele advertir de que sus artículos son, principalmente, subjetivos.

Porque lo son. Aceptar la propuesta de 'El Mundo' implicaba un riesgo: este periódico, como casi todos, prioriza la información política. Mi reserva tenía que ver con que me pidieran una mayor implicación en el columnismo político. Entre otras cosas, porque mi opinión sobre esos asuntos es subjetiva. Yo no soy un analista, sino un observador con la suficiente edad y experiencia como para saber interpretar lo que veo. Escribiré sobre política cuando sea oportuno o cuando me parezca bien. Pero que el lector no espere de mí una implicación política constante bajo ningún concepto.

¿Ha influido su momento vital a la hora de decantarse por este periódico?

Tengo 74 años y a esta edad uno corre el riesgo de relajarse o ser previsible. 'El Mundo' me obliga a permanecer despierto, me exige lucidez. Es como navegar: el mar te obliga a estar atento y pendiente del barómetro, de aquella racha de viento, de aquel destello, de una nube a lejos... El mar te mantiene vivo por la saludable incertidumbre que genera. Incorporarme a este periódico me provoca esa saludable incertidumbre. Me saca de mi rutina. Me encontraré con nuevos lectores que quizá se sumen a los que ya me acompañan desde hace tres décadas. Y eso sucederá en un espacio diferente y, además, en un momento muy delicado de España.

Los artículos de 'Patente de corso' son también una autobiografía en marcha.

Algunos lectores me sugieren que escriba mi autobiografía, pero ya la he escrito. Acumulo más de tres décadas de artículos, en las cuales he contado de todo: recuerdos personales, historias de guerra, viajes, broncas, peleas, amigos, muertes de amigos, hallazgo de amigos, opiniones políticas, opiniones sociales, religiosas... Mi biografía está ahí como lo está en uno de mis libros recientes, 'Enviado especial', que reúne mis reportajes de guerra. Entre unas piezas y otras está mi vida. En los artículos no invento porque he gozado de una existencia bien agitada, muy movida. Me han pasado cosas buenas y malas, y todo eso lo fui echando a la mochila. Trabajo con ese capital acumulado y seguiré sacando material de esa mochila. Voy dando mi biografía poco a poco, semana a semana. Aún me quedan, por suerte, cosas que contar. De otra manera no estaría aquí. E, insisto, este periódico me obliga a estar muy atento a cómo las cuento.

Un cambio notable respecto a su etapa anterior es que ahora publicará los domingos en la contraportada del periódico.

Es un lugar de honor que agradezco. Estar en las páginas interiores me habría obligado a mantener un vínculo mayor con la actualidad. Y, ciertamente, no quiero estar atado a ella. A mi edad los artículos empiezan a volver la mirada atrás con frecuencia. Al futuro no miro porque futuro no tengo ya. Sólo veo presente y pasado. Publicar en la última página me facilita escribir con libertad, incluso un poco ajeno a lo inmediato si es preciso. Insisto: los amigos que me conocen han acertado con el lugar donde alojarme.

Dice que el periodismo donde aprendió este oficio ya pasó a mejor vida. ¿Qué espera hoy de un periódico?

Me acerco a ellos con más curiosidad que afán informativo. Leo prensa escrita para contrastar más que para estar al tanto. La irrupción de las redes sociales ha cambiado radicalmente nuestra relación con los periódicos. Al amanecer sabes lo que está sucediendo en el planeta por las redes sociales y por la radio. Por eso me acerco a los periódicos para leer a otros columnistas, algunos amigos míos, por si ofrecen claves o enfoques distintos. En los periódicos busco criterio. El error grave es leer un solo medio informativo, por objetivo y limpio que pueda ser.

Cambia de cabecera en un momento político convulso.

A mi edad he asistido a los retos suficientes como para saber hacer un balance ajustado de la realidad. He padecido parte del franquismo, he vivido la Transición, he participado de la llegada democracia, he visto cómo se boicotea la democracia desde dentro... Ahora me siento más testigo que partícipe. Un periodista joven tiene la obligación de participar activamente en la batalla de su tiempo, sea la que sea. Se le debe exigir un compromiso con la verdad, con la justicia, con la honradez, con la decencia, con la ecuanimidad, con la objetividad... Pero yo no soy joven y ahora me corresponde observar. Mi papel en estos tiempos no es militante... ¿Que cómo veo yo el mundo? Es de lo que quiero hablar en mi 'Patente de corso', con la libertad que me conceden mi biografía y mi página. Vienen tiempos convulsos, evidentemente, y de eso quedará reflejo en mis artículos con ironía, con incredulidad, con humor, con sarcasmo. No tengo ya interés en ondear banderas. He visto a demasiados canallas, sinvergüenzas y mangantes envolverse en ellas. 'Patente de corso' es un lema de vida. Los corsarios no tienen dios ni amo.

Nunca ha esquivado un debate fuerte.

He publicado artículos sobre política, religión, nacionalismo o fútbol que han provocado reacciones tremendas. No me preocupa. Voy a seguir haciéndolo.

¿La situación en Ceuta puede generar un estallido social?

De hecho, me sorprende que no haya ocurrido aún. Esto demuestra que la gente tiene una paciencia extraordinaria. Y una lucidez y una prudencia asombrosas. Los ciudadanos son conscientes de que un estallido no tendría vuelta atrás y por eso se están reprimiendo. Pero todo tiene un límite. No podemos forzar la bondad y la prudencia de la gente. Esa situación, tal como está, es insostenible. Por mi experiencia de viejo reportero sé que cuando empujas al ser humano a callejones sin salida se revuelve y aflora la violencia. Me asombra que aquel a quien corresponde vigilar y prever estas cosas no considere peligroso el polvorín de Ceuta. En cuanto haya un incidente, un muerto, una pelea grave será tremendo. La pasividad casi criminal del Gobierno en estos hechos es de una imprudencia pasmosa. O no saben lo que es el ser humano o les importa un carajo. Creer que un estallido social en Ceuta puede ser útil para avivar el miedo a la extrema derecha es otro error y la gente no se lo va a tragar.

Y el Gobierno español no le planta cara a Marruecos...

Otro error imposible de justificar.

En algunos ámbitos de poder en Marruecos hablan de Ceuta y Melilla como "territorios ocupados" sobre los que tienen "derechos históricos y geográficos".

Desconozco qué hará Marruecos al respecto, pero demasiada gente en España olvida o ignora que Marruecos tiene la diplomacia más fina y sofisticada del mundo árabe. La integran familias que desde hace generaciones se educan para eso. Marroquíes muy bien preparados, gente que viaja, estudia fuera, habla idiomas, y uno por uno le dan mil vueltas a los payasos que a menudo tenemos aquí como ministros de Exteriores. Los torean por los dos pitones sin despeinarse. Pero además hay otro factor importante: Marruecos, militarmente, tiene más el respaldo de EEUU y de Israel. Eso nos deja una situación de inferioridad diplomática y geopolítica. España todavía tiene herramientas para frenar la agresión marroquí, pero utilizarlas sería adoptar una posición de firmeza, de entereza internacional, que les viene grande al Gobierno y a nuestra diplomacia. España no está capacitada en este asunto. Sobran marionetas como el ministro Albares. Necesitamos diplomáticos de mejor nivel.

La inmigración es ahora el gran eje de la política internacional.

Les remito al que será mi segundo artículo en la contraportada de este periódico.

Sostiene que asistimos a la decadencia de Europa. ¿Qué le atrae de este momento histórico?

He visto la caída de muchos mundos. El mío, por ejemplo. Aquel de mi infancia y mi juventud. Lo digo sin lamento. He visto la atrocidad en Sarajevo, en Nicaragua, en Líbano... Pero en esos desastres yo sólo era un turista profesional. Iba allí con mi pasaporte en el bolsillo, un billete de avión, miraba, escuchaba, lo escribía y regresaba. No era mi mundo el que ardía en Sarajevo, ni en Managua, ni en el Golfo, ni en Beirut. Ahora es mi mundo el que empieza a arder. Asistimos al final de eso que llamamos Europa y Occidente. Ver cómo Cervantes, Platón, Aristóteles, Dante y tantos otros están condenados a muerte... Ver cómo 'Las meninas' es pasto de masas que se plantan delante apuntando al cuadro sus teléfonos móviles y lo miran por la pantalla... Ver cómo Europa es un parque temático que perdió, con sus errores y sus aciertos, el sitio como referente mundial y es despreciada y ridiculizada... Son demasiados estímulos adversos. Nuestra Europa de 3.000 años de memoria escrita, en la que fui educado y en la que todavía soy muy feliz leyendo, navegando por ella y viajando, se desmorona ante los nuevos bárbaros, que somos nosotros mismos. Porque nosotros somos nuestros bárbaros. Es un espectáculo muy interesante.

¿La edad le ha hecho más escéptico?

Bastante. Hoy está todo manoseado por los peores: religión, patria, bandera, honor, nación... Cuando lees a los griegos y a los latinos te das cuenta de que ya todo estaba escrito. Pienso en Suetonio, en Tito Livio, en Séneca, en Jenofonte. De ellos he extraído palabras e ideas donde me refugio. La vida no me ha hecho un cínico. Podría haber sido así, pero los libros, los amigos y algunas pocas cosas más me han mantenido lejos del cinismo. Puedo ser irónico, sarcástico o amargo, pero nunca un cínico. Aún sigo creyendo en unas cuantas cosas.

Reivindica la cultura también como una herramienta defensiva.

Porque lo es. Y nutritiva. Y revitalizante. Y fundamental para sobrevivir y mantener en pie lo que queda del mundo que importa. Los canallas llevan décadas desmontando la cultura y eso es terrible, pues nos deja indefensos en manos de todos los manipuladores. Si hubiera un Núremberg cultural en España iban a faltar sogas para tanto ministro de Educación y de Cultura.

¿Y en qué ha cambiado, si es que ha cambiado, su forma de relacionarse con la literatura?

Soy, sobre todo, un lector que escribe novelas. Eso no ha cambiado, aunque sea un lector diferente. Cuando era joven me acercaba a la literatura para descubrir el mundo. Era una primera fase. Más tarde, la literatura pasó a ser una forma de entender y de soportar el mundo en el que vivía. Y ahora, en la vejez, la literatura es una forma de reflexionar y mirar hacia atrás. La literatura que me dio certezas cuando empecé con ella, muy joven, con el tiempo me las ha quitado. Ahora tengo menos certezas que antes.

En octubre publica nueva novela, 'La hipótesis más peligrosa'. ¿Qué trae de nuevo?

Tiene bastante que ver con lo que hemos estado hablando. Narra la historia de un chico joven que busca al padre que no conoció, que trafica con arte en un velero por el Mediterráneo y se embarca con ese padre recobrado con el que nunca ha convivido. En ese viaje descubre aspectos de sí mismo, completa su memoria y aprende sobre historia. Es una novela de aventuras, policial, de intereses culturales. He sido muy feliz escribiéndola. Espero que los lectores sean felices leyéndola.

Este año hay elecciones en la Real Academia Española, a la que pertenece. ¿Qué relación mantiene ahora con la Casa?

Lo sabrán ustedes en un próximo artículo. Quizá el cuarto de mi nueva etapa. Quizá el quinto. Qué sé yo...

https://www.elmundo.es/papel/cultura/2026/09/01/6a971b9ae9cf4ae40c8b459d.html

Vídeo:

https://www.youtube.com/watch?v=IadgKwnRw7U

Pérez-Reverte escribirá su 'Patente de Corso' para 'El Mundo'

El reportero Pérez-Reverte que estaba allí

Alberto Rojas - El Mundo - 01/09/2026

Notábamos el cortisol saliéndonos por las orejas. El cuerpo detecta antes que la cabeza cuándo has cruzado una línea que no deberías traspasar. Ni los pájaros cantaban. El sonido de un dron interrumpió ese silencio inquietante. Un cuadricóptero ruso armado con una carga explosiva se colocó sobre nosotros y nos miró durante los 30 segundos más largos de nuestras vidas. Mi traductor quiso correr hacia los árboles, pero el soldado ucraniano que nos acompañaba hizo un gesto con la cabeza para que se quedara quieto. El piloto de dron, por razones que jamás conoceremos, no quiso matarnos aquel día. Cuando por fin nos movimos, nuestros pies pisaron cristales rotos. Entonces recordé que todo esto ya lo había leído: "Territorio comanche es el lugar donde el instinto aconseja dar media vuelta y se camina escuchando los cristales rotos bajo las botas". Sí, Arturo estaba allí.

La generación de reporteros que nos destetamos con las crónicas de Arturo Pérez-Reverte descubrimos sobre el terreno que él ya había estado allí antes que nosotros. No sólo físicamente -en el Líbano, en el Sahara, en los Balcanes, en Cisjordania-, sino lingüística y conceptualmente. Que las palabras que necesitábamos para explicar el horror de lo que veíamos ya existían, acuñadas con precisión quirúrgica en algún hotel sin agua caliente de Sarajevo, en algún control de carretera sin nombre del Líbano o en la selva de Angola. Pérez-Reverte fijó a fuego unos cánones quizá ya definidos antes por otros artesanos del oficio como Manuel Leguineche o su admirado Jean Lartéguy. Los soldados siguen hoy fumando en las trincheras con la brasa oculta en la palma de su mano, el frente sigue teniendo un olor inconfundible a goma quemada, metal derretido y basura vieja y siempre queda champán en los bares de las ciudades en guerra.

A veces, en un hospital de campaña lleno de mutilados, un cementerio con cientos de tumbas recientes o una posición de artillería me preguntó cómo lo hubiera contado Arturo. Aunque quizá Pérez-Reverte no sólo escribió sobre la guerra: escribió un manual de instrucciones que los demás hemos ido usando mientras la vivíamos. El hotel de los periodistas como ese espacio liminal donde conviven el miedo, el alcohol, la camaradería y la información, la soledad del testigo como la conciencia de que estás viendo algo que el mundo necesita saber pero que nadie, salvo quienes han estado allí, va a entender del todo por mucho que te esfuerces en describirlo, ciertas dosis de cinismo necesario como coraza emocional, la tierra de nadie no sólo geográfica sino moral donde las reglas normales no aplican y el periodista debe seguir su propia brújula ética. "El síndrome de Ulises", "la mirada de los mil metros", "el síndrome del superviviente" o "la línea de no retorno" son ya las llaves maestras de muchas cajas de herramientas, el mundo 'revertiano' como legado intergeneracional.

El reportero Pérez-Reverte estaba allí y ahora es un privilegio para nosotros que el periodista más influyente de su generación esté aquí, en el diario que de verdad lee.

https://www.elmundo.es/papel/2026/09/01/6a9718efe85ece0d6f8b4575.html

Arturo a bordo

Jorge Bustos - El Mundo - 02/09/2026

«Nació con el don de la risa y la intuición de que el mundo estaba loco, y ese era todo su patrimonio». Estará de acuerdo Arturo Pérez-Reverte en que este, el de 'Scaramouche', es uno de los mejores arranques de la historia de la literatura. Solo un talento fastuoso o uno de esos instantes de gracia que las avaras musas no prodigan permiten a un escritor capturar la mente de varias generaciones con la primera frase. Reverte lo sabe bien porque a mediados de los 90 él también experimentó el divino soplo: "No era el hombre más honesto ni el más piadoso, pero era un hombre valiente. Se llamaba Diego Alatriste y Tenorio".

La originalidad de la obra de Sabatini estriba en que su arco narrativo desanda el camino del héroe clásico: empieza presentando a un cínico que va progresando hacia el idealismo. Alatriste, en cambio, no puede dejar de ser otro quijote cansado que honra un código de bizarría innegociable incluso cuando asesina por encargo. Si el lacónico Alatriste desahoga su indignación moral con la espada, su padre recurre a la tecla cada vez que el mundo le desafía. Porque el mundo está mal hecho desde que lo habitan los hombres, y a menudo no queda sino batirse.

No hay muchos escritores vivos (mucho menos españoles) que hayan legado un personaje inmortal a la cultura popular de su país. Ni que hayan vendido 30 millones de ejemplares en todo el mundo. Ni que hayan ganado su independencia y hasta su barco al ejercicio exclusivo de la escritura. Pero no conviene equivocarse con Reverte: su ferocidad de polemista enmascara al moralista cordial que no transige con la vileza ni con la estupidez, y pese al sillón de académico nunca pasará a la reserva de la opinión senatorial. Por mucho que insista en sus arrugas y sus canas, el cuerpo le sigue pidiendo guerra. Y ha encontrado el tercio idóneo donde librarla.

Arturo llega a 'El Mundo' a solventar sus propias querellas en libertad, sin alquilarse por nadie. En este periódico escriben varios de los mejores, cada cual en su estilo, cada quien con su querencia, pero derrochando todos la destreza y los arrestos. Porque aquí ninguno está de vuelta. Todos salen al folio cada día persiguiendo su verdad, que no siempre coincide con la del lector, mucho menos con la del político. El columnismo es el arte de coincidir honestamente con uno mismo. Y de cobrar la pieza. Y de pagar el precio. Bienvenido, capitán.

https://www.elmundo.es/opinion/columnistas/2026/09/02/6a986450fdddff6f158b4592.html

29 agosto 2026

Una despedida


ABC - 29/08/2026

Durante treinta y tres años, sin faltar un solo domingo, publiqué mis artículos en ‘XL Semanal’: suman en total unos 1.600. Todavía era reportero en aquella época –dejé de serlo a mediados de 1994– y cuando me disponía a emprender un viaje largo dejaba escritos media docena, incluso más. Durante todo este tiempo me mantuve fiel a esta publicación y a sus lectores. No siempre fueron artículos de opinión, o más bien éstos fueron minoría; en su mayor parte se trataba de consideraciones sobre lo que me encontraba por el camino, recuerdos de episodios históricos, escenas de guerra o de viajes. Fui muy feliz contando todo eso, y espero haber contribuido también, con mi trabajo, a la felicidad o el interés de algunos lectores, cuya lealtad me ata a ellos con una deuda imposible de compensar por mi parte. Siempre escribí aquí con absoluta libertad, y es algo que deseo especialmente destacar: en estos treinta y tres años en los que en mi página hablé de lo que quise como quise y cuanto quise, a menudo con escaso respeto por lo divino o por lo humano, nunca nadie de ‘XL Semanal’ ni del grupo Vocento interfirió, protestó ni censuró una palabra. Mi libertad fue siempre respetada y absoluta, incluso cuando algunos artículos especialmente agresivos, religiosa, social o políticamente incorrectos –lo que ocurría con cierta frecuencia– pusieron a la empresa en dificultades con lectores disconformes y clientes irritados, amenazando incluso sus ingresos publicitarios. Entre otras razones, ésa es una de las causas de que durante tantos años haya permanecido férreamente fiel a esta publicación. Orgulloso de ella.

Pero pasa el tiempo, pasan los años y pasa la vida. Dentro de dos meses cumpliré 75, y hay cosas que la edad y el mundo en el que vivo hacen que me replantee y considere con otra mirada. Por eso he tomado, tras pensarlo mucho, la decisión de abandonar ‘XL Semanal’. No por ningún agravio personal –como digo, es todo lo contrario– sino por la necesidad de plantearme mi trabajo en medios periodísticos, aparte mis novelas, de un modo distinto. Con otro ritmo. Aunque en las últimas semanas he dejado temporalmente de publicar artículos, no es mi intención abandonar la prensa escrita. Incluso, al enterarse de mi decisión, amigos situados en otros medios informativos, también de Vocento, me han ofrecido acoger mis próximos trabajos, y le estoy dando a eso algunas vueltas y revueltas sin prisa, con calma. En estos días, supongo, tomaré decisiones al respecto. Pasado el plazo de descanso periodístico que me he concedido –que ha ido muy bien para rematar y corregir mi próxima novela, que se publicará en octubre– los lectores que lo deseen podrán seguir mi rastro en otros lugares, espero. También en las redes sociales, y la revista digital Zenda los seguirá reproduciendo, como hasta ahora, cuando se publiquen.

Son más de tres décadas acudiendo puntual a la cita de cada semana con los amigos –siempre dije que un lector habitual de mis novelas o artículos es mi amigo–, y eso me produce una natural tristeza en el momento de decir adiós a estas páginas que han sido tanto tiempo mi confortable hogar, y al magnífico equipo –Ana Tagarro, Diego Bagnera, Fernando Goitia y los demás– que tan bien y tan respetuosamente me trataron siempre. La buena noticia, la mejor y que más me consuela, es que Andrés Trapiello, de quien soy viejo amigo y viejo lector, hará con su trabajo que los lectores que me echen de menos –si realmente los hay– dejen muy pronto de hacerlo. La erudición, el talento, el inteligente poso cultural de Andrés traerán magníficas y brillantes páginas a este lugar donde tan feliz fui durante tanto tiempo. No puedo imaginar mejor relevo, ni más digna y afectuosa despedida. Gracias, Andrés Trapiello. Gracias, ‘XL Semanal’ y periódicos del grupo Vocento. Gracias, siempre, queridos amigos míos.

28 agosto 2026

Comentario sobre 'Misión en París', de Arturo Pérez-Reverte

Pedro C. Quintana Andrés - Dialnet - 28/08/2026

La octava entrega de las aventuras de Diego Alatriste se muestra, como es habitual en cada una de las publicaciones de su autor, como una trama donde se entremezclan personajes de ficción —el propio Alatriste o Íñigo Balboa— con otros históricos de gran relevancia política, cultural o militar. En esta ocasión el autor hace un guiño a los tres mosqueteros y D'Artagnan —este último es un espadachín inspirado en Charles de Batz-Castelmore, conde de Artagnan—, personajes inmortales surgidos de la pluma de Alejandro Dumas en 1844.

El encuentro de hispanos y franceses se hace con gran tacto por parte del autor, imponiendo la caballerosidad y gallardía en esos episodios donde la guerra empañaba cualquier intento de amistad. Este homenaje a uno de los principales escritores de aventuras de todos los tiempos se inscribe dentro de una novela de aventuras cuyo centro es un momento histórico de gran trascendencia para el equilibrio europeo de inicios del siglo XVII, como fue el cerco de La Rochela, ciudad francesa donde la influencia del protestantismo hugonote la convirtió en uno de los principales centros de la represión religiosa emprendida por Luis XIII y su ministro principal, el cardenal Richelieu. Este trágico episodio se registró entre 1627 y 1628, contando como protagonistas principales a los vecinos de esa ciudad atlántica y a los ejércitos realistas franceses, aunque con un papel no despreciable de Inglaterra, pues la sublevación fue dirigida por George Villiers, I duque de Buckingham, con la anuencia de Carlos I. Buckingham, que se desplazó a la ciudad con unos 6.000 hombres, llegando a un acuerdo de apoyo a la urbe. Esta ya previamente sufría el asedio de las tropas leales a Luis XIII, el cual se diluyó en el transcurso del tiempo, concretándose en el abandono de los hugonotes por las fuerzas inglesas ante la imposibilidad de convertir la resistencia en un foco de rebelión extensible al resto de Francia. La Corona española, al frente de la cual estaba Felipe IV, buscó el equilibrio político en ese momento, ayudando por un lado a la Francia católica, cuya expansión geopolítica era una realidad amenazante del Imperio hispano; y por otro, disuadiendo a los ingleses mediante el fondeo de la flota hispana en el golfo de Morbihan sin entrar en conflicto directo con ellos, pues el impasse del asedio a la ciudad favorecía a los intereses hispanos, procurando la distracción de las fuerzas anglicanas.

En ese mundo donde los representantes del poder medraban política y económicamente a costa de utilizar a su antojo a soldados, diplomáticos y pueblos enteros sometidos a perennes guerras, donde la religión era una excusa más para lograr más poder, Alatriste —alter ego del escritor— ofrece, como el propio Pérez-Reverte, una actitud crítica y trasluce un considerable pesimismo, cierta acracia en su discurso y gran desdén hacia lo que ve y, sobre todo, a lo que se le promete. El desengaño es una constante en las acciones de los personajes centrales, que solo aspiran a vivir y lograr una paz que no llega, cuyo paralelismo, siguiendo al autor, puede ser aplicado a casi cualquier momento de la historia de España, donde se observa una forma de actuar de la clase política muy similar entre las épocas. La gran perjudicada es la propia nación, entendiéndose por tal a la población trabajadora, humilde, que ve frustradas sus ansias de prosperar y desarrollarse ante las malas políticas y las ambiciones de un puñado de políticos apropiados de las áreas de decisiones más importantes.

La novela, por tanto, no reconstruye solo un pasado, sino también tiene un carácter de trascender el momento, pues su esencia es casi una constante en el solar hispano. Se pretende entender las razones de este proceso —reiterado en todas las novelas de esta saga—, pero también comprender que en un sistema político amoral, corrupto y nepotista aún existía gente con capacidad crítica, con acciones basadas en una ética humanista y alejada de todo interés por el poder. Pérez-Reverte, en su relato, procura hacer una lectura crítica de la modernidad política europea, utilizando la ficción como herramienta de problematización histórica, donde los personajes reales son moralmente poliédricos, volubles en su toma de decisiones y con un proceder político dominado por la máxima de que el fin justifica cualquier tipo de medio.

Pérez-Reverte, con la ventaja de conocer el proceso histórico, aprovecha para, desde una visión pesimista y fustigadora, elaborar un panorama en el que no solo predomine el hecho histórico —lo cual no pretende, pues se basa en determinadas escenas muy esquemáticas—, sino, sobre todo, sino al mismo tiempo presentar un narración ideológica concreta sobre la decadencia española, no tanto militar como moral. Los ejércitos hispanos conquistadores de América, Canarias y gran parte de la Europa Occidental, por su buena estrategia, coraje y nobleza, decaen debido a la mala gestión política, las venalidades reales, el nepotismo y la corrupción generalizada de una fracción del sector preponderante de aquella sociedad. El general Spínola, otro personaje real con presencia en el libro, es la síntesis del viejo y noble guerreo virtuoso que reconoce a Alatriste porque en ambos viven las esencias de un tiempo pasado, perdido, donde los dos desconocen ya dónde se encuentra el verdadero enemigo y qué representación tiene el nuevo mal.

Frente a un Richelieu práctico, basado en una política real donde todo lo que se oponga a la toma y ejercicio del poder debe ser eliminado, como los vecinos de La Rochela, se oponía la inacción española, esperando que su pasado fuera capaz de salvarla de la hecatombe. Luis XIII, pese a estar influenciado por Richelieu era un rey, como se aprecia en la novela, atento a la vida política internacional, situado al frente de sus tropas y capaz de tomar decisiones sobre el futuro de Francia. Situación similar se presenta en Inglaterra, donde Carlos I intenta llevar la iniciativa en la lucha marítima contra Felipe IV y tener mayor peso en la política europea. En España el rey ha delegado el poder en un valido —el conde-duque de Olivares— cuyo mandato ejerce según propios y de sus allegados, con una nefasta política económica —pese a contarse en la nación con las destacadas aportaciones de la escuela de economistas de Salamanca— y peor política interna y exterior. Es el momento de la transición de la vieja política, representada por la Corona española, en la que prevalecía el honor, la lucha y la conquista, por la nueva surgida en Inglaterra, Francia o los Países Bajos, fundamentada en una estrategia cuyo fin era la hegemonía política y económica.

El texto es una reflexión del autor por comprender el citado proceso, sobre qué mecanismos actuaron dentro de la clase dominante hispana, que les impidió modificar sus horizontes de poder y sus relaciones con el resto de su entorno político. Se mantuvo a grandes rasgos un concepto, aunque no una aplicación, fundado en una ética aristocrática representada por Carlos V, por ejemplo, sin auparse a la nueva mentalidad moderna basada en las filosofías que postulaban la racionalidad del poder y la estructuración social del estado. La figura del francés Descartes y su propuesta racionalista fue la representación de la Francia de Richelieu y Mazarino, mientras en Inglaterra Locke, Hume o Berkeley asentaban las bases del empirismo, cuyo espíritu embargó las grandes empresas exteriores iniciadas por Inglaterra desde el siglo XVII. Este será el nicho para que surja con fuerza la razón de Estado. En España la escolástica siguió siendo la base de la filosofía del poder y de la vida de la élite, justificando una política real fuerte y un derecho positivo del Estado, pese a los intentos de modernización emprendidos por Francisco de Vitoria y Francisco Suárez.

En 'Misión en París' Pérez-Reverte utiliza como estrategia narrativa a un narrador omnisciente que rememora los actos del pasado en los que estuvo presente o no, lo que confiere coherencia al relato y es el eje vertebrador de todas las novelas editadas sobre Alatriste hasta el momento. Balboa realiza un continuo flashback en el que la focalización interna le permite reinterpretar y adelantarse teleológicamente a los acontecimientos, tomando sobre ellos una distancia temporal que no podría registrarse en un mero memorialista. Su papel no se limita solo a narrar unos hechos, sino que introduce reparos sobre diversos y múltiples aspectos; recurre a la nostalgia (varias veces habla del pasado glorioso de los tercios o de cómo morirán algunos de los principales  personajes); e introduce un equilibrio en lo que nos cuenta del pasado y la acción que está por venir. Es decir, se advierte una tensión narrativa que le da dinamismo al relato.

El novelista plantea una obra basada en una mecánica de sucesión de "sketches", en parte cerrados, y, por tanto, casi establecidos como un guion de película. En cada una de estas escenas existe un velo de tensión, dolor, duda o amargura por actuaciones del pasado o del presente, surgiendo estas independientemente del personaje que se encuentre interpretando el momento, ya sea Balboa o Alatriste, pues ellos participan a la vez o individualmente en todas las escenas registradas en el libro.

Pese al citado guiño realizado hacia los personajes de Dumas, Pérez-Reverte no idealiza, magnifica y ennoblece a sus personajes en cada acto como hace el autor francés; al contrario, Alatriste, Balboa y compañía exteriorizan las fatigas, apuros y dolor de la guerra, el desarraigo y la violencia desmedida. Son unos antihéroes bregados en la desilusión, unos fracasados gloriosos, unos derrotados orgullosos y las piezas más débiles en un tablero donde se jugaba sin tregua ni piedad. Este canallismo imperante en la elite hispana representada, junto al egoísmo y el egocentrismo tan presentes entre los personajes políticos más destacados en la novela, son los que intentan erradicar Quevedo, Alatriste y otros, sabiéndose cada vez más perdedores dentro del anquilosado terruño hispano.

El desarrollo de la novela es ágil, como se ha apuntado, con un conocimiento histórico del espacio —descripción de La Rochela y París— que permite aportar verosimilitud al trabajo, con un estilo basado en diálogos dinámicos, donde los personajes hablan intercalando algunos arcaísmos relacionados con aspectos de lances de guerra o tipos de armas, sin renunciar al dinamismo y a la ilustración histórica, con un fondo de melancolía y tristeza emanada de todos sus personajes, especialmente del principal, así como y de un ácido Francisco de Quevedo.

En todo caso, también cabe incidir en que en esta octava entrega se exhibe una reiteración de escenas-tipo ya tanteadas en las otras siete novelas anteriores, con personajes sin un avance en su concepción de la realidad, previsibles en sus acciones y encasillados en un modelo de relaciones del cual no parecen querer salir. Las situaciones base se repiten y acomodan con parecida efectividad en cada teatro donde el autor introduce a sus personajes, incluidos los secundarios, algunos creados mediante pequeños golpes de luz que no permiten ver el fondo de sus introspecciones y acciones. Quedan muchas actuaciones resueltas mediante acciones simples, sin reflexión ética en su resultado final o elaboración de unas conclusiones que no los condenen a continuar un descenso moral in crescendo. Posiblemente en el conjunto de sus novelas centradas en Alatriste, Pérez-Reverte está muy de acuerdo con Gil de Biedma cuando decía: "De todas las historias de la Historia, la más triste sin duda es la de España, porque termina mal".

https://dialnet.unirioja.es/servlet/articulo?codigo=10891418

23 agosto 2026

Pérez-Reverte elige las 30 maravillas del cine: “Me explicaron el mundo y me explican a mí”

David Arroyo – as.com – 23/08/2026

Estamos acostumbrados a las recomendaciones cinéfilas y seriéfilas de don Arturo Pérez-Reverte (de hecho, este fin de semana ha llegado a plataformas su antigua adicción), pero la mayoría de sus consejos vienen en solitario y acostumbran a girar en torno a los grandes estrenos del momento (es histórica su rajada contra ‘La odisea’). Por eso, hoy queremos recordar cuando al escritor le dio por echar la vista atrás y eligió las películas imprescindibles del siglo XX.

Antes de que romper su relación de más de 33 años con ‘XL Semanal’, Reverte participó en una especial de la revista llamado “las 30 maravillas del cine”. En él admitía que era muy difícil reducir tantas décadas de cine a tan pequeña selección, pero aceptó el desafío. Selección una serie de cintas que “cuando las veo, me producen el mismo estremecimiento que la primera vez. En ellas descubrí resortes que luego siguieron funcionando en mi cabeza y mi trabajo durante el resto de mi vida. Me explicaron el mundo y me explican a mí”.

“Algunos de nosotros, como fue mi caso, no conocimos la televisión hasta cumplir los doce años; y antes de eso, lecturas aparte –o no tan aparte, pues todo iba junto–, nuestra formación audiovisual, la manera de acercarnos mediante imágenes a los lugares, la aventura, el amor, la vida y la muerte, fue casi exclusivamente cinematográfica”, explicó el escritor, que este mes de septiembre estrena en Netflix una nueva adaptación de su obra. Aquí os dejamos con su selección de imprescindibles, un clásico tras otro y un alarde de buen gusto.

‘El expreso de Shangai’ (1932, Josef von Sternberg)

‘La kermesse heroica’ (1935, Jacques Feyder)

‘Una noche en la ópera’ (1935, Sam Wood)

‘La regla del juego’ (1939, Jean Renoir)

‘Perdición’ (1944, Billy Wilder)

‘Tener y no tener’ (1944, Howard Hawks)

‘No eran imprescindibles’ (1945, John Ford)

Trilogía de la caballería: ‘Fort Apache’, ‘La legión invencible’ y ‘Río grande’ (1948, 1949 y 1950, John Ford)

‘El hombre tranquilo’ (1952, John Ford)

‘De aquí a la eternidad’ (1953, Fred Zinnemann)

‘Los siete samuráis’ (1954, Akira Kurosawa)

‘Atrapa a un ladrón’ (1955, Alfred Hitchcock)

‘Centauros del desierto’ (1956, John Ford)

‘El hombre que sabía demasiado’ (1956, Alfred Hitchcock)

‘Moby Dick’ (1956, John Huston)

‘El puente sobre el río Kwai’ (1957, David Lean)

‘Río Bravo’ (1959, Howard Hawks)

‘Un maldito embrollo’ (1959, Pietro Germi)

‘Espartaco’ (1960, Stanley Kubrick)

‘La dolce vita’ (1960, Federico Fellini)

‘Los cañones de Navarone’ (1961, J. Lee Thompson)

‘El hombre que mató a Liberty Valance’ (1962, John Ford)

‘El gatopardo’ (1963, Luchino Visconti)

‘Los profesionales’ (1966, Richard Brooks)

‘El Padrino’ (1972, Francis Ford Coppola)

‘Primera plana’ (1974, Billy Wilder)

‘Los duelistas’ (1977, Ridley Scott)

‘Blade Runner’ (1982, Ridley Scott)

‘Sin perdón’ (1992, Clint Eastwood)

‘El profesional’ (Luc Besson, 1994)

https://as.com/meristation/cine/perez-reverte-elige-las-30-maravillas-del-cine-me-explicaron-el-mundo-y-me-explican-a-mi-f202608-n/

Publicación de la versión francesa de 'Línea de fuego'

90 ans après, l'écrivain Pérez-Reverte replonge dans la sanglante Guerre d'Espagne

AFP - 23/08/2026

Quatre-vingt-dix ans après son déclenchement, la Guerre d’Espagne n’en finit pas de hanter les mémoires, dont celle du célèbre écrivain espagnol Arturo Pérez-Reverte, qui fait revivre à hauteur d’homme sa bataille la plus sanglante.

'Ligne de feu' (Gallimard), sorti cette semaine, est un gros roman choral de 650 pages dans lequel l’auteur décrit minutieusement la bataille de l’Ebre, qui marque en 1938 la dernière grande offensive des forces républicaines et leur échec face aux nationalistes de Franco. C’est le premier ouvrage que le prolifique Arturo Pérez-Reverte, pilier des lettres espagnoles avec près de 50 livres [sic] traduits en une quarantaine de langues, consacre à la guerre civile.

L’écrivain a tenu à l’écrire car «les personnalités politiques espagnoles, aussi bien de droite et d’extrême droite que d’extrême gauche, qui n’ont pas connu la guerre civile et n’en savent pratiquement rien, en ont fait un instrument politique», explique-t-il dans un entretien à l’AFP à Paris. A la sortie du livre en espagnol en 2020, il a été critiqué pour avoir placé les combattants des deux camps sur un pied d’égalité. Mais, pour lui, tous ceux qui luttaient dans les tranchées étaient, avant tout, des «êtres humains, des jeunes effrayés, des pères de famille inquiets pour leurs enfants et leur épouse, des hommes qui tuent et souffrent», énumère-t-il.

Comme dans plusieurs de ses autres livres, l’auteur de 74 ans nourrit son œuvre de l’expérience de deux décennies de reportages de guerre. «J’ai l’avantage de porter avec moi un bagage de vie important. Et quand je raconte la douleur, l’échec ou la mort, je n’invente rien. Il me suffit de me souvenir», relate l’ex-journaliste ayant couvert une vingtaine de conflits en Amérique latine, au Moyen-Orient, en Afrique et en Europe de l’Est à partir des années 1970. «La guerre a une odeur qui lui est propre, qu’on n’oublie jamais, une sorte d’odeur de chair en décomposition et de plastique brûlé», se souvient l’écrivain.

Arturo Pérez-Reverte, qui a connu un grand succès avec 'Le Maître d’escrime' et 'Le Tableau du maître flamand', publiera en octobre son prochain roman, 'La hipótesis más peligrosa' ('L’hypothèse la plus dangereuse'). Peu avant, sera mise en ligne sur Netflix une mini-série adaptée de son ouvrage 'Le problème final', qui vient s’ajouter à d’autres adaptations de ses œuvres, comme 'La Neuvième Porte' avec Johnny Depp, et 'Alatriste' avec Viggo Mortensen. Bien qu’il se définisse comme un 'analphabète du numérique', le romancier est très actif sur les réseaux sociaux, où il rassemble 2,5 millions d’abonnés rien que sur X. Mais Arturo Pérez-Reverte estime ne pas avoir besoin de l’intelligence artificielle. S’il dit avoir parfois recours à Google, il consulte surtout sa vaste bibliothèque, qui compte plus de 35.000 volumes. 'Mon IA, ce sont les livres', résume-t-il.

https://www.la-croix.com/90-ans-apres-l-ecrivain-perez-reverte-replonge-dans-la-sanglante-guerre-d-espagne-20260823

'Ligne de feu', d’Arturo Pérez-Reverte : dans l’enfer espagnol

Christian Authier - Le Figaro Littéraire - 28/08/2026

Dans la nuit du 24 au 25 juillet 1938 commença, durant la guerre civile espagnole, la bataille de l’Èbre, qui se solda, près de quatre mois plus tard, par 20.000 victimes et la victoire des nationalistes précipitant la chute de la République. Avec son nouveau roman, Arturo Pérez-Reverte raconte les dix premiers jours de cette bataille autour du village de Castellets del Segre au cours de laquelle les forces républicaines lancent une offensive visant à fixer l’ennemi dans une opération de diversion.

À travers cet épisode imaginé par l’écrivain, mais s’inspirant de personnages réels, le lecteur va découvrir et suivre Patricia Monzon, jeune militante communiste en charge des communications, le dynamiteur Julian Panizo et son camarade Francisco Olmos, le légionnaire Santiago Pardeiro, le monarchiste catholique Oriol des Forques, le caporal maure Seliman, les journalistes étrangers Phil Tabb et Vivian Szerman, le photographe Chim Langer, d’autres encore suscitant l’admiration ou l’effroi.

On pense…

https://www.lefigaro.fr/livres/ligne-de-feu-d-arturo-perez-reverte-dans-l-enfer-espagnol-20260828

17 agosto 2026

«La guerra ha sido el factor que más ha condicionado mi vida»


Entrevista de María José Solano - Ethic - 17/08/2026

Más que una entrevista, esta charla es, en realidad, la conversación que quedó pendiente después de editar el libro. El proceso de edición de ‘Enviado especial’ (Alfaguara, 2026) me había obligado a convivir manejando una gran cantidad de material, por lo que después de casi un año leyendo crónicas, ordenando guerras, fechas, muertos, hoteles y personajes, me resultaba extraño enfocar una entrevista al uso. Había demasiadas capas de trabajo acumuladas: el reportero que fue, el novelista que vino después y también mi propia mirada; la de quien había tenido que reconstruir todo ese itinerario desde los periódicos viejos, las miles de fotos y las crónicas originales. El recurso me permitía ordenar el aire de la escena, devolver perspectiva y mostrar que, además de las palabras, también estaban ocurriendo otras cosas: silencios, fatigas, ironías, recuerdos que aparecían antes que las respuestas. Por eso decidí, a la hora de escribir esta charla con el autor, alejar mi voz y mirar desde fuera. De alguna manera, esta mirada externa funciona como el último gesto de edición del libro. Después de pasar tantos meses dentro del campo de batalla revertiano, quizás era la única forma posible para mí de contar.

—Escribiendo novelas durante toda mi vida, la guerra ya había ido goteando por todas partes —dice Arturo Pérez-Reverte, acomodándose apenas en la silla—. Había goteado en mis novelas, sobre todo en 'El pintor de batallas', en 'Territorio comanche', y también en los artículos que llevo escribiendo desde 1993. Por eso, la idea de una biografía me parecía superflua.

María José Solano sonríe.

—De hecho, nunca la has escrito.

—Nunca he querido hacer una biografía. Está repartida por toda mi obra, tanto periodística como narrativa. Pero hubo una presión amistosa, de editores, de amigos… Así que permití que el libro existiera. Yo no lo he hecho. He dejado que lo hicieran. No participé en la selección ni en los prólogos. Ni siquiera lo he leído entero.

—Eso precisamente te iba a preguntar. ¿Ni siquiera por encima?

Reverte niega lentamente.

—Muy poco. Fragmentos. A veces ni completos. Apenas una quinta parte.

La periodista baja la vista al ejemplar.

—Lo curioso es que el epígrafe habla de una biografía. Y tú nunca habías querido reunir los textos de guerra, aunque sí existieran otros volúmenes de artículos. ¿Crees que ese subtítulo es justo?

Reverte tarda unos segundos en responder.

—Ahora creo que sí. Nunca me lo había planteado hasta hace dos o tres semanas, cuando me vi frente a este libro. Y comprendí que ahí estaba mi biografía real. La guerra ha sido el factor que más ha condicionado mi vida. Esta selección permite levantar un mapa cronológico y biográfico de lo que he sido. No es una biografía convencional. Es más fiel que una autobiografía escrita deliberadamente.

—Porque aquí están las fuentes directas.

—Exacto. Hasta ahora el lector tenía la memoria mezclada con literatura y con cuarenta años de distancia. Aquí está el barro original.

Solano asiente.

—Y, sin embargo, hay algo más. En el 'XL Semanal' aparecía otra cosa: memoria, personajes, recuerdos… Ese género híbrido tan tuyo. Mi pregunta es si has sido capaz de mirar con objetividad a aquel reportero.

Reverte sonríe con cansancio.

—No lo he releído apenas. Pero sí he comprendido algo. Antes esa biografía estaba dispersa entre muchas cosas; aquí la guerra queda concentrada. Y eso la vuelve brutalmente visible. Me he dado cuenta de hasta qué punto la guerra construyó al hombre que soy ahora.

—¿Y crees que esos artículos tendrían hoy el mismo valor si no hubieras sido novelista después?

—Para mí no lo sé. Pero para el lector, creo que sí tiene valor. Llevo cuarenta años publicando novelas. Cualquier lector mío encontrará aquí claves fundamentales. Escenarios, personajes, colores, soledades, violencia… Verá que cuando hablo de ciertas cosas no hablo desde la teoría ni desde los libros. Hablo desde la experiencia.

Hace una pausa.

—Comprenderá de dónde sale todo.

La periodista sonríe.

—Durante los meses de trabajo leyendo periódicos enteros para preparar esta edición, percibí de manera muy reconocible un estilo propio. Incluso en las primeras crónicas en 'La Verdad' de Murcia, antes de ser periodista, ya hay una voz distinta. Literatura, memoria… El pasado explicando el presente. ¿Eras consciente de eso?

Reverte se encoge de hombros.

—Yo llegué al periodismo con muchos libros leídos. Siempre digo que cuando hay literatura en un reportaje suele haber mal periodismo. Y cuando hay periodismo en una novela suele haber mala literatura. Pero es cierto que yo ya llevaba una formación literaria muy intensa encima. Había leído mucho para mi edad. Eso se nota inevitablemente en la sintaxis. Y también en la manera de mirar.

—No todos los periodistas tenían esa mirada.

—No lo sé. Lo que sí sé es que eso no me hacía mejor ni peor. Me daba un tono. Un sello personal. Desde el principio, el lector atento podía intuir un poso de lecturas.

Solano sonríe.

—Hay un momento singular en una crónica donde dices sentirte como Fabrizio del Dongo en Waterloo. 

Los ojos de Reverte brillan, divertidos.

—Mi gran ventaja, desde la guerra de Chipre en el 74, fue que proyectaba mis lecturas sobre lo que veía. Cuando veía a un soldado despidiéndose de su mujer, veía a Héctor y Andrómaca. Cuando veía a un padre con su hijo, veía a Príamo llevando el cuerpo de Héctor. Los libros eran mis referencias. Me ayudaban a ordenar narrativamente el caos.

—Y esos libros estaban siempre en la mochila.

—Siempre.

—¿Qué libros recuerdas especialmente?

—Plutarco. Jenofonte. Tito Livio. Stendhal. Thomas Mann. Procuraba viajar con obras completas en uno o dos volúmenes porque necesitaba libros que duraran semanas o meses. En Eritrea llevaba a Jenofonte. La montaña mágica viajó conmigo media vida. 

Se ríe. 

—Llegar a un hotel miserable, sacar el cepillo de dientes, el jabón y el libro… Eso era mi hogar.

—¿Y el Plutarco que salvaste en Eritrea?

Reverte asiente lentamente.

—Tuve que tirar casi todo para cruzar a Sudán. Pero el Plutarco sobrevivió. Lo tengo todavía.

María José Solano lo observa unos segundos antes de continuar.

—Sin embargo, cuando haces referencia a tus maestros hablas tanto de escritores clásicos como de reporteros franceses.

—Yo quise ser reportero de guerra desde los catorce años. Me preparé para eso. Buceador, paracaidista, lector obsesivo. En Francia existía el gran reportaje internacional. 'Paris Match' era extraordinario. Yo estudiaba aquellos nombres. Quería ser como ellos.

—¿Y luego los conociste?

—A algunos, sí. Llegué a las guerras siendo un pardillo absoluto, pero conocía sus trabajos. Eso me abrió puertas. Me acogieron muy bien. Hice más amigos franceses e italianos que españoles.

La periodista cambia ligeramente el tono.

—Leyendo el libro hay lugares que aparecen constantemente: el Sáhara, Líbano, Eritrea…

—Porque ahí me hice periodista.

—¿Qué tenía el Sáhara?

—Todo. Aventura, adrenalina, formación. Allí aprendí la crónica diaria, las fuentes, las mentiras, los contactos, la supervivencia profesional. Chipre fue mi bautismo. El Sáhara, mi escuela. El Líbano me enseñó el horror y la complejidad humana. Eritrea fue el límite. Sarajevo, la despedida. Pero en ese momento yo ya escribía novelas y me iba bien. Pude elegir. Siempre tuve mucha suerte.

Baja la voz.

—Empecé muy joven y en unos pocos años maduré de golpe.

—Y también descubriste la ética del oficio. 

Reverte sonríe con ironía. 

—No había ética. En 'Pueblo' aprendí que la ética era relativa. «No dejes que la realidad te estropee un buen reportaje». Cada periodista fabrica su propia ética. Yo tenía límites claros, pero aprendí todos los trucos del oficio.

—¿Qué aprendiste exactamente?

—Que un periodista debe dar un paso más. No limitarse a mirar. Intervenir ligeramente en el hecho para obtener algo distinto. Sin falsearlo. Pero empujándolo un poco.

—La osadía.

—No solo, pero algo de eso había, claro. Ahí nació mi manera de trabajar. 

La conversación avanza lentamente hacia otro territorio. 

—En los años 80 aparece algo nuevo en tus crónicas: el cansancio. El periodista empieza a mirarse a sí mismo. Aparece el futuro novelista.

Reverte asiente.

—Sí. Sin darme cuenta empecé a acumular material humano, emocional, narrativo. No hacía crónicas desde el «yo», pero comprendí que también era interesante contar cómo veía el reportero el miedo de la gente, el cansancio de los soldados, los rostros de la derrota…

—Y aparece el héroe cansado.

—Pero el cansancio era mío.

El silencio se instala unos segundos.

—Comprendí que llevaba veinte años contando guerras y que el mundo seguía igual. Ni una bala menos. Ni un muerto menos. La misma guerra siempre. Entonces pensé: «Al menos esto me ha cambiado a mí». Y de ahí sale el novelista.

Solano lo mira fijamente.

—¿Por eso vuelves siempre al Mediterráneo?

Reverte sonríe y asiente en silencio.

—Porque Europa, la Europa en la que yo creí, ya no existe. Soy un apátrida europeo. Mi única patria verdadera ha terminado siendo el Mediterráneo. Caótico, mestizo, violento, luminoso. Siempre estuvo ahí.

—¿Y la nostalgia? 

Niega con la cabeza.

—No puedo sentir nostalgia de aquel periodismo porque ya no existe. Nosotros éramos una tribu. Competíamos entre nosotros. Ahora compites contra drones, móviles, satélites y redes sociales. Todo eso terminó.

La periodista cierra lentamente la Moleskine.

—Siempre hablas de remordimientos. ¿Con qué soñabas después de las guerras?

Reverte tarda en responder.

—Con hoteles vacíos. Con calles oscuras. Con aeropuertos. Con taxis que no llegaban nunca. Curiosamente, durante la guerra apenas soñaba. Quizá porque la pesadilla ya estaba afuera.

—Y el miedo.

—El miedo siempre tiene para mí la misma imagen: un amanecer gris y kleenex blancos atrapados en unos arbustos. 

—¿Y la felicidad? 

Esta vez sonríe de verdad.

—Salir vivo de Sarajevo. Sentarte al sol después de semanas. Comer caliente. Que no te disparen. Eso era la felicidad absoluta.

Solano hace una última pregunta.

—¿Y la foto más importante?

Reverte le sostiene la mirada.

—La del etíope muerto mostrado como trofeo: Meik-mi uan photo. Ese día comprendí que era capaz de mantener la cabeza fría en medio del horror. La foto era perfecta técnicamente. Y estoy orgulloso de ella, no por el horror que muestra, sino porque significa que aquel día pasé la prueba.

Luego guarda silencio.

—Y porque seguí vivo.

https://ethic.es/entrevistas/entrevista-arturo-perez-reverte-enviado-especial

15 agosto 2026

Pérez-Reverte deja de publicar 'Patente de corso' en 'XL Semanal'

Pérez-Reverte comunica a Vocento que dejará su artículo semanal

Rubén Arranz – El Confidencial - 15/08/2026

Tres décadas y media después de que Arturo Pérez-Reverte comenzara a colaborar con la revista ‘XL Semanal’, el afamado escritor dejará de publicar de forma semanal su columna, ‘Patente de corso’, y lo hará por voluntad propia, tal y como han detallado a este periódico fuentes del grupo Vocento, propietario de la cabecera.

La editora prevé que su sustituto sea Andrés Trapiello, cuya incorporación a la casa anunciaba en fechas recientes, tanto para su dominical como para ‘ABC’. "El escritor leonés (Manzaneda de Torío, 1953) es uno de los grandes nombres de nuestras letras y un columnista lúcido y libre", detallaba el diario en la nota en la que anunció el fichaje.

Este movimiento dejó a ‘El Mundo’ sin una de sus firmas de referencia, de ahí que en la cabecera de Unidad Editorial reaccionara y presentara una propuesta a Pérez-Reverte para que se una a su nómina de columnistas, detallan desde su redacción de la madrileña Avenida de San Luis, que aclaran que todavía no existe ningún acuerdo entre las partes.

Durante los dos últimos años, Pérez-Reverte había enviado algún texto ocasional a esta cabecera. La última se publicó el pasado julio con el título ‘Lecciones de la cloaca’, en el que exponía un "manual de educación política para una futura reina".

En la planta noble de Vocento confían en que el escritor pueda firmar de forma ocasional en ‘ABC’ a partir de ahora, pero reconocen que el pasado julio expresó su voluntad de desvincularse de su colaboración semanal, que era una de las más longevas de la prensa española. En estos años, el escritor y académico de la lengua ha publicado más de 1.700 columnas en la citada revista dominical, que también cuenta con autores como Juan Manuel de Prada, Isabel Coixet, Carmen Posadas y Lorenzo Silva.

En 1991, firmó su primera colaboración para ‘Suplemento Semanal’, una publicación que posteriormente fue rebautizada como ‘XL Semanal’. En 1993 inauguró su 'Patente de corso', que ha mantenido hasta la fecha. Si nada cambia, Andrés Trapiello le sustituirá a partir de septiembre. Autor por autor. Tres décadas y media después de que Arturo Pérez-Reverte comenzara a colaborar con la revista 'XL Semanal', el afamado escritor dejará de publicar de forma semanal su columna, Patente de corso, y lo hará por voluntad propia, tal y como han detallado a este periódico fuentes del grupo Vocento, propietario de la cabecera.

https://www.elconfidencial.com/comunicacion/2026-08-15/perez-reverte-abandonara-su-colaboracion-semanal-en-vocento-tras-mas-de-30-anos_4406533/

Arturo Pérez-Reverte anuncia su adiós de la revista XL Semanal tras más de 30 años

David Lorao - Artículo 14 - 17/08/2026

Una de las columnas más longevas y reconocibles de la prensa española llega a su final. Arturo Pérez-Reverte dejará de publicar semanalmente en 'XL Semanal' después de más de tres décadas vinculado al suplemento dominical, una decisión adoptada por voluntad propia y que pone fin a una etapa iniciada a comienzos de los años noventa.

Según ha informado 'El Confidencial', el escritor había comunicado ya durante el mes de julio su intención de abandonar su colaboración regular con la publicación de Vocento. Si no se producen cambios de última hora, Andrés Trapiello ocupará desde septiembre el espacio que deja Pérez-Reverte, después de que el grupo anunciara recientemente su incorporación como una de sus nuevas firmas.

El movimiento cierra una relación periodística que ha acompañado prácticamente toda la carrera literaria de Arturo Pérez-Reverte y que ha dado lugar a más de 1.700 artículos sobre política, historia, libros, guerras, lenguaje, sociedad y vida cotidiana. La relación de Arturo Pérez-Reverte con el suplemento comenzó en 1991, cuando publicó sus primeras colaboraciones de manera esporádica. Dos años después, en 1993, quedó definitivamente establecida 'Patente de corso', la columna con la que terminó convirtiéndose en una de las firmas más reconocibles del dominical. Desde entonces, prácticamente cada semana ha publicado un texto en el que ha mezclado experiencia personal, memoria periodística, literatura y opinión.

La columna sobrevivió a cambios de nombre, de diseño y de etapa editorial. El antiguo 'El Semanal' terminó convirtiéndose en 'XL Semanal', pero Pérez-Reverte permaneció como uno de sus autores de referencia durante más de treinta años. Su propia página oficial conserva además un enorme archivo de esos artículos, muchos de los cuales fueron posteriormente recopilados en volúmenes como 'Patente de corso', 'Con ánimo de ofender', 'No me cogeréis vivo' o 'Los barcos se pierden en tierra'.

Patente de corso terminó adquiriendo una identidad muy definida. Arturo Pérez-Reverte utilizó durante décadas ese espacio para escribir sin necesidad de ajustarse a los asuntos de la actualidad inmediata. En una misma temporada podía abordar una guerra que había cubierto como reportero, recomendar una novela de aventuras, discutir sobre el idioma, recordar una taberna desaparecida o lanzar una crítica política especialmente contundente. El propio escritor explicó en una ocasión que había escogido el nombre porque poseía una auténtica patente de corso del siglo XIX y le parecía una buena justificación para “navegar sin dios ni amo”. Esa independencia se convirtió precisamente en la principal característica de la columna, tanto para quienes compartían sus opiniones como para quienes discutían frecuentemente con ellas.

La salida de Trapiello ha provocado otro movimiento dentro de la prensa nacional. Según las informaciones conocidas hasta ahora gracias a 'El Confidencial', 'El Mundo' ha planteado una propuesta a Arturo Pérez-Reverte para incorporarlo a su nómina de articulistas. No existe, sin embargo, un acuerdo cerrado. El escritor ya había publicado ocasionalmente algunos textos en el diario durante los últimos años, pero eso no significa que su salida de 'XL Semanal' vaya a desembocar necesariamente en una colaboración fija. Su último texto ocasional en esa cabecera apareció en julio bajo el título 'Lecciones de la cloaca', donde construía un particular “manual de educación política para una futura reina”. Vocento, por su parte, confía en que Pérez-Reverte pueda mantener alguna colaboración ocasional en 'ABC', aunque desaparezca su compromiso semanal.

La retirada de Patente de corso también permite medir la extraordinaria duración de la carrera periodística de Arturo Pérez-Reverte. Nacido en Cartagena en 1951, comenzó a trabajar como periodista a principios de los años setenta. Durante más de dos décadas ejerció fundamentalmente como reportero, primero en el diario 'Pueblo' y después en Televisión Española. Cubrió conflictos en lugares como Líbano, Eritrea, el Golfo Pérsico, Croacia o Bosnia. Buena parte de aquella experiencia terminaría alimentando posteriormente tanto sus novelas como sus artículos. Cuando abandonó el reporterismo diario para concentrarse en la literatura, la columna semanal quedó como uno de sus vínculos más estables con el periodismo.

La marcha de Arturo Pérez-Reverte no significa que vaya a dejar de escribir artículos ni que desaparezca su presencia pública. Continúa desarrollando su obra literaria, mantiene una intensa actividad a través de Zenda y sigue interviniendo con frecuencia en debates culturales y políticos. Lo que termina es algo mucho más concreto y, precisamente por eso, significativo: la obligación autoimpuesta de entregar una columna cada semana a la misma revista durante más de treinta años. Desde septiembre, 'XL Semanal' comenzará una etapa diferente con Andrés Trapiello. Y Pérez-Reverte quedará liberado de una rutina periodística que había acompañado a varias generaciones de lectores desde 1993.

https://www.articulo14.es/cultura/arturo-perez-reverte-anuncia-su-adios-de-la-revista-xl-semanal-tras-mas-de-30-anos-20260817.html

31 julio 2026

El día que odié a la Argentina


La Nación - 1 de agosto de 2026

Hay una superstición más estúpida que creer en la filantropía de un político o en las dietas milagro: pensar que Internet tiene memoria. Y no la tiene. Lo que tiene es rencor. La memoria exige antecedentes y cierto esfuerzo intelectual; el rencor sólo necesita una frase fuera de contexto y la mala fe, la ignorancia o la imbecilidad de quien interpreta. Así funciona el vertedero digital donde cuarenta años de artículos, entrevistas, libros y declaraciones desaparecen de golpe, borrados por un comentario de ciento cuarenta caracteres. Eso ocurrió con quien firma este artículo, a causa de la final del Mundial de fútbol entre España y Argentina: un mensaje en Twitter un día antes y un mensaje un día después.

El comentario previo al partido fue el siguiente: “Deseo que gane España. Pero si hubiera que perder, prefiero que sea con los primos hermanos argentinos que ante Inglaterra. En familia las cosas son diferentes”. El comentario posterior, suscitado por el coro internacional de críticas que se alzó contra la selección argentina tras el partido, fue: “No seamos injustos, no nos equivoquemos. Con su zafio comportamiento, sucias maneras y mal perder, la selección que jugó contra España no representó a Argentina, que es mejor que eso. Representó sólo a la parte más violenta e irracional de cierta detestable sociedad argentina”. Podía haber añadido para ilustrar el comentario, pero no lo hice, un video –anterior al partido– que circulaba por las redes: un niño de seis años, con la bandera argentina pintada en la cara, animado por el periodista a decir algo a los españoles, afirmaba “Que se vayan a la mierda, que son unos hijos de puta” ante la sonrisa orgullosa del padre; y como premio, recibía un beso del reportero.

Pero dejemos aparte al niño, al papá y al reportero besucón. Pocos argentinos agradecieron el primer mensaje, ni éste buscaba eso; pero con el segundo, miles de ellos descubrieron de pronto que yo había pasado media vida odiando a Argentina y ahora me quitaba la careta uniéndome a una conjura internacional. Una revelación extraordinaria –ahí están las hemerotecas y los archivos de televisión– sobre todo porque pasé media vida haciendo exactamente lo contrario. Y probaron, de nuevo, que es más fácil convertir una frase en un delito de lesa patria que dedicar cinco minutos a conocer la biografía de quien la escribió.

Lo pintoresco es que el mensaje que me convirtió en enemigo público empezaba pidiendo no confundir al país entero con el comportamiento –que a mí no me gustó, cada cual tiene sus gustos y disgustos– de unos futbolistas. O sea, que intenté que los dos millones y medio de seguidores que tengo en Twitter no confundieran a toda la Argentina con once, o los que fueran, jugadores de su selección. Pero como saben los veteranos de las redes sociales, pedir que lean lo que escribes y no lo que dicen que has escrito es pedir que el niño de la banderita en la cara y el que se vayan a la mierda recite ante el micrófono un poema de Borges. Señalas un árbol, dices que crece torcido, y miles de repentinos expertos forestales gritan que le acabas de declarar la guerra al bosque.

La situación resulta más absurda, o extravagante, porque ningún español ha hablado con tanto amor y entusiasmo de la Argentina como yo desde que, en 1982, cubrí –viviendo varios meses en Buenos Aires, con un brevísimo viaje al teatro de operaciones– la guerra de Malvinas. Desde entonces he recorrido el país, elogiado su cine, su teatro, su literatura, su cálida hospitalidad y esa admirable tradición de tratar a Borges, Bioy Casares o Cortázar –pese a los golpes que desde hace décadas asestan sus gobernantes a la cultura– con una hondura que envidiarían muchas universidades de este lado del Atlántico, mientras en España el gran debate intelectual consiste en decidir si una influencer se ha operado las tetas. Pero eso dejó de existir con las 43 palabras de un tuiteo, o con el resumen sesgado que de ellas se hizo. Cuarenta años de artículos, declaraciones y comentarios pesaron menos que un dicen que ha dicho, y se cumplió el siniestro protocolo de las redes sociales: la trayectoria, la biografía, no importan. Lo que cuenta es disponer de algo inflamable que caliente a la turba.

Entonces comenzó el ritual acostumbrado. Como discutir el fondo del mensaje era complicado, había que desacreditar al autor. De pronto aparecieron miles de especialistas en Pérez-Reverte que jamás habían leído un libro ni un artículo mío, ni visto mis reportajes de televisión. Unos señalaron la deleznable calidad de las novelas –“Buenas para encender el fuego de un asado” es mi frase favorita– y otros cuestionaron mis años como reportero de guerra. La sucesión de adjetivos fue espectacular, y como además de pertenecer a la Real Academia Española soy miembro de la Academia Porteña del Lunfardo por la novela El tango de la Guardia Vieja, eso me permitió interpretar –y disfrutar, pues trabajo con palabras– una serie de insultos que anoté cuidadosamente: boludo, gil, salame, pelotudo, tarado, forro, sorete, bolacero, careta, fantasma, chorro, garca, chanta, cagón, hijo de puta y la concha de mi madre.

Tampoco faltaron políticos y periodistas de los que nunca desaprovechan la ocasión de convertir una gilipollez en epopeya patriótica. Varios de ellos se envolvieron en la bandera nacional, porque fútbol, política y cierto periodismo bastardo mantienen, en la Argentina y fuera de ella, un ménage a trois donde el sentido común acaba triturado por las barras bravas, los votos y la audiencia. Sin embargo, el asunto es simple: yo no ataqué a la Argentina; hablé de unos futbolistas, señalando que ciertas actitudes no representaban al país. Y lo singular es que, para mi estupor, buena parte del país afirmó que sí se sentía representado por ellos. Incluso, supongo, por el niño de la banderita pintada en la cara.

Pero lo más revelador no fue la bronca futbolística, sino hasta qué punto las redes sociales sustituyen pensamiento por sentimiento. Hoy las emociones relevan a la razón. Pocos leen de verdad; lo que hacen es buscar pretextos para aplaudir u ofenderse. La indignación exige menos esfuerzo que pensar y concede una superioridad moral que complace a quienes confunden activismo y compromiso con insultar desde el sofá mientras sostienen el móvil en una mano y el ego en la otra.

Lo que en este disparate argento más me entristeció no fueron los insultos, sino los mensajes de algunos lectores –lectores auténticos– de mis novelas y artículos, cuya lealtad creía probada y que sin embargo se dijeron ofendidos aunque conocen mis novelas, opiniones y trayectoria; amigos que me han escuchado en la Feria del Libro y en las televisiones argentinas, testigos de mi afecto y respeto, del cariño con que siempre hablé de un país que admiro en lo que tiene de admirable y al que siempre critiqué a cara descubierta y sin miedo a las consecuencias –lo hice allí mismo, nunca fuera de él–, en lo que tiene de criticable: el desprecio de los intelectuales argentinos a Osvaldo Soriano, la indiferencia y el maltrato hacia quienes combatieron en Malvinas y tantas otras cosas manifestadas durante décadas. Pues, como dije muchas veces, el medio centenar de viajes que hice a la Argentina nunca fue a un país extranjero, sino a mi propia casa. A visitar a mis primos y mis hermanos.

Por fortuna, en estos días también aparecieron muchos argentinos que hicieron algo insólito: leer el mensaje y comprenderlo. Algunos señalaron que una crítica no es una condena nacional; otros recordaron los elogios que durante cuarenta años dediqué a su país: las librerías, la altura intelectual y cultural, mis desayunos en la Biela, mi afecto por Soriano, Horacio Ferrer y el negro Fontanarrosa, mi hermandad inquebrantable con Jorge Fernández Díaz, mis comidas en Los Inmortales, mi añoranza por la vieja Munich, mi lealtad a los lectores cada año en La Rural…. Otros, incluso en desacuerdo conmigo, comprendieron algo sencillo pero incompatible con el fanatismo y la estupidez: criticar un acto puntual de una selección de fútbol no es despreciar a un país ni a quienes lo habitan. Esa costumbre llamada conversación, donde dos personas pueden disentir sin buscar el exterminio del contrario, parece hoy un resto arqueológico digno de exponerse en un museo junto a los sables de caballería, las cintas VHS y la educación. Porque en realidad la polémica nunca trató sobre Argentina, ni España, ni siquiera sobre fútbol; trató de cuando una sociedad enferma de culpas y extraños complejos decide que una captura de pantalla vale más que una biografía, que un tuit pesa más que cuarenta libros y miles de artículos publicados. Y, bueno. Dentro de unos meses nadie recordará aquella final ni aquellos mensajes: habrá otros linchamientos y otra multitud furiosa creyendo defender a su patria mientras aporrea un teclado con la misma destreza intelectual de un bruto golpeando un tambor. O como el niño de la banderita. Pero ésa no es la Argentina que amé siempre; ni la que, a pesar de ella misma, todavía amo.

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