(6 de mayo de 2026, 10.30h, Ateneo de Madrid)
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https://ethic.es/galerias/arturo-perez-reverte-fotografias-de-guerra-1974-1985"Empecé a despreciar al público y se me notaba. Por eso dejé el periodismo"
Luis Alemany - El Mundo - 06/05/2026
Dos libros de Arturo Pérez-Reverte llegan esta primavera a las librerías: el primero, 'Enviado especial: Una biografía de guerra' (Alfaguara), reúne los textos de reporterismo del periodista Pérez-Reverte en Mozambique, Irán, Irak, Líbano y Bosnia, entre otros países en guerra, en el periodo de 1970 a 1992. El segundo, 'Fotografías de guerra 1974-1985' (La Fábrica), es el reflejo gráfico de ese trabajo como redactor. El escritor fue también fotógrafo de guerra, siempre con objetivos de 35 y 50 milímetros, siempre de cerca, nunca con teleobjetivo. Después de muchos años de olvido, Pérez-Reverte ha recuperado sus negativos para una exposición (en el Ateneo de Madrid) y un fotolibro.
"No quería hacer estos libros. Pero Pilar Reyes [la directora editorial de Alfaguara] me convenció de que un lector de mis novelas encontrará en estas crónicas el origen de todo lo que está en los libros, del dolor y el horror", dijo Pérez-Reverte en la presentación de los dos libros.
Sus palabras en el acto fueron reconocibles para cualquiera que haya seguido a Pérez-Reverte. Dispuso recuerdos espeluznantes de la guerra como el de una noche, en una aldea de Mozambique cuyos anfitriones, borrachos, planeaban su asesinato, junto a memorias siniestras pero cómicas: cadáveres sentados en una silla y adornados con cigarros encendidos; sargentos coquetos que atravesaban la selva con un chaleco de náufragos por estética... Pérez-Reverte también presentó su mundo como un pasado terminado y perdido: "[Los reporteros de guerra] somos dinosaurios, estamos extinguidos". Abrió una puerta a sus fantasmas: "He hecho cosas que no me gustan. Todos tenemos remordimientos". Y trató de explicar el mundo a través de sus memorias de guerra. El mundo de 2026 y el de siempre.
"Mirad esta foto", dijo Pérez-Reverte en la presentación de sus dos libros. "La tomé en Eritrea". Dos hombres armados aparecen junto a un cadáver. Uno de los supervivientes pisa la cabeza del muerto y posa orgulloso. "Me dijo "meik-mi una photo" y se la hice. Si hoy hiciera esa foto y la publicara me pondrían mil mensajes de reproche. "Debió interponerse". "¿Por qué tenemos que ver algo tan horrible?". Porque es una guerra, gilipollas, la gente se mata, se destripa, se odia, se viola. Ahora el debate sería si es moral reproducir todo eso. Es tan ridículo todo... La gente está muy a gusto en su casa pero los que sabemos lo que es la vida cuando golpea, cuando el ser humano es un hijo de puta sin barnices... Los que lo hemos vivido nos reímos. Serán gilipollas. Nos hemos jugado la vida por contarlo".
La hipótesis de Pérez-Reverte es que la opinión pública perdió el interés por el trabajo periodístico que aparece en sus dos nuevos libros. Que el periodismo de guerra se convirtió en algo demasiado verdadero y desagradable para una audiencia acomodada e hipersensible. "El mundo merece lo que tiene. El público recibe lo que quiere recibir. Tan culpable es el receptor como el emisor. Si Trump manipula, quien lo ha permitido también es culpable. Somos una presa fácil, se lo hemos puesto facilísimo para hacer negocio. No queremos mirar, no queremos la verdad y quien cuenta la verdad es apartado, es un aguafiestas. Somos testigos molestos de la realidad. Bueno, éramos porque hace 40 años que dejé el reporterismo. Llegó un momento en el que empecé a despreciar al público y se me notaba. Por eso dejé el periodismo", dijo el escritor y académico. Más: "Queríamos cortar la digestión a la gente, que la gente supiera lo que es la guerra. Es triste pero la guerra es políticamente incorrecta, molesta, incomoda. Yo quería cortar la digestión. Pero los editores me decían: "Hoy no damos nada, que hay partido de fútbol". Yo les contestaba: "Pero si hay 25 muertos". "Ya, pero la gente...". Ahora la guerra la pixelan".
El otro tema que está escondido detrás de estas memorias de guerra es la literatura, como causa y como consecuencia. Como causa, porque la literatura condicionó la mirada de Pérez-Reverte en los combates. "Algunos colegas se emborrachaban, otros se iban con chicas, otros se quedaba mirando una pared durante horas. Yo tenía los libros que fueron los que me permitieron digerir todo aquello. Jenofonte, Homero, todo lo había leído y eso me permitía racionalizar y digerir lo que vivía. La guerra se me hacía soportable gracias a los libros, pensaba que era la historia de la humanidad, que nada es nuevo. Era un consuelo".
Y como consecuencia porque las novelas de Pérez-Reverte son descifrables a través de sus años en las trincheras. 'El pintor de batallas' y 'Territorio comanche' son los textos que tratan explícitamente de esa experiencia pero, en realidad, todas las novelas del académico dan vueltas al terror de la guerra. "Valió la pena. Lo hice lo mejor que pude, creo que era un buen reportero, Me dejó una mirada. Soy lo que soy porque la guerra me conformo. La forma de moverme, de pararme en una esquina, de mirar si alguien me sigue. La certeza de la incertidumbre. La guerra me dejó esa forma de mirar".
El otro tema que asoma en los nuevos libros de Pérez-Reverte es la amistad. El escritor habló en la presentación de los compañeros de oficio con los que compartió su experiencia: los camarógrafos, los redactores de otros medios, los que tuvieron ataques de pánico, los que tuvieron mala suerte y murieron de un morterazo y los que se salvaron de milagro. "No somos amigos, no nos vemos, somos más que amigos. Hemos podido morir y ese vínculo está en la memoria. Entonces no decíamos: "Me he hecho pupita, que me saque el embajador". Sabías a donde ibas y sabías que si te cogían ya te soltarían", dijo el novelista. "O no. Han matado a amigos muy queridos. Que te mataran iba incluido en tu trabajo, lo asumías cuando ibas. Nos unía un cinismo de periodistas que no era maldad. Era una manera de sobrevivir. eran válvulas de escape".
https://www.elmundo.es/cultura/literatura/2026/05/06/69fb000cfdddff18108b456e.html
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"Los que nos controlan saben que somos una presa fácil"
Jesús Fernández Úbeda - libertaddigital.com - 06/05/2026
Arturo Pérez-Reverte escribía sus crónicas de guerra en una Olivetti Lettera 32 turquesa que guardaba en un estuche decorado por fuera con una pegatina del diario 'Pueblo', y en cuyo interior, escrito con boli Bic, o uno similar, puede leerse la siguiente frase: "Todos los días puede celebrarse el aniversario de alguna bestialidad" (Anónimo). Desde este miércoles al 31 de mayo, cualquier paisano la puede encontrar en la exposición 'Fotografías de guerra (1974-1985)', que alberga el Ateneo de Madrid. El artefacto es un mero detalle: la mandanga de verdad la conforman imágenes durísimas, hoy impublicables, en las que un soldado posa pisando la cabeza de una persona a la que acaba de matar o un niño empuña un fusil. El otrora reportero solitario también fue fotero. Gastaba Nikon y Pentax.
En el lugar y día indicados, el académico ha presentado exposición y nuevo libro: 'Enviado especial: Una biografía de guerra' (Alfaguara, 2026). Sus 611 páginas, editadas y seleccionadas por la columnista y escritora María José Solano, las conforman crónicas in situ y artículos que brotan del "confieso que he vivido", que diría aquel poeta comunista que abandonó a su hija hidrocéfala. Porque, según Pérez-Reverte, "la guerra se queda en tu cabeza y ya no te abandona jamás". El volumen funciona como una mochila que contiene el material —muerte, violaciones, ejecuciones, etcétera— que luego empleó en sus novelas. Novelas que, a su vez, "se convirtieron en herramienta eficaz para ordenar el caos".
En la rueda de prensa, a la que acudieron los cámaras Miguel de la Fuente, José Luis Márquez y Paco Custodio, el autor ha declarado que "la mayor parte de estas crónicas y fotos, hoy, no se publicarían": "Ahora, la guerra la pixelan. Ya en Sarajevo, Miguel grabó una emboscada que no sirvió para nada. (…) Lo que hacíamos, ahora no nos dejarían hacerlo. De hecho, mandábamos crónicas y decían: ‘Demasiados muertos. A la hora del telediario, la gente está comiendo’". Pérez-Reverte ha contado que, precisamente, su objetivo era "remover conciencias, conmocionar. Queríamos cortarle la digestión a la gente. Que se fastidie, que vea lo que es la guerra".
El académico ha lamentado que "la guerra de verdad es políticamente incorrecta, molesta, incómoda", y ha reconocido que incluso los organizadores de la exposición han relegado las imágenes más duras, ya sea poniéndolas "chiquititas" o "en un rincón, por si acaso". Sostiene que "el mundo de los reporteros se ha terminado", que los tiempos han cambiado: "Antes no decíamos: "Nos han hecho pupita, que vengan los marines". Sabías dónde estabas. Te lo comías. No movilizabas al Ministerio de Defensa o al Ejército del Aire para que te rescataran".
En declaraciones a LD, el novelista ha apuntado que "la guerra, aunque parezca asombroso decirlo aquí, puede ser divertida en algún momento. Es algo tan surrealista y asombrosamente caótico que hay momentos en los cuales tienes que reír. Yo he entrevistado a un oficial de guerrilla africano, con unas gafas Ray-Ban con la etiqueta pegada, y no se la quitaba porque eran nuevas y quería que se viera en la entrevista. Márquez ha grabado a un africano con un chaleco salvavidas inflado en mitad de la selva. Eso lo hemos visto. Cuando has estado días y días u horas y horas bajo una presión muy fuerte, llegas al hotel y desarrollas esa especie de cinismo profesional que tiene el periodista, que no es maldad, es que necesitas sobrevivir psicológicamente. Todo ese tipo de bromas, de guiños, a veces, de humor negro, forman parte de la profesión. Son válvulas de escape imprescindibles. Hablo en presente, pero hace cuarenta años que me fui".
Continuaba Pérez-Reverte recordando que ha "visto a un muerto sentado en una silla con un cigarrillo en la boca", o refiriéndose a la fotografía de la contraportada del catálogo de la exposición, en la que él aparece: "Esto es en la Marcha Verde, con unos amigos míos, haciendo un test, riendo, bromeando. Uno de ellos murió dos meses después, luchando contra los marroquíes. La guerra tiene momentos de todo. Como la vida".
Además, el novelista ha apuntado que "el público es tan culpable como los medios": "El mundo merece lo que tiene. El público receptor de la información recibe lo que quiere recibir. Y tan culpable es el receptor como el emisor. Si Trump manipula, tan culpable es aquel que ha pedido que Trump manipule. Los que nos conocen, los que nos han estudiado, los que nos controlan con estos chismes —dijo mientras señalaba un teléfono móvil—, saben que somos una presa fácil". El 6 de mayo de 1527 fue el Saqueo de Roma. Qué razón tiene la vieja Olivetti.
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Las guerras del rey Arturo
Miguel Lorenci - Vocento - 06/05/2026
Hoy es el rey de la ficción. Antes fue durante años el rey de la tribu de los reporteros de guerra. Arturo Pérez-Reverte (Cartagena, 1951) reúne ahora sus crónicas bélicas en 'Enviado especial' (Alfaguara) —«el libro que nunca quise hacer»— y presenta por primera vez sus inéditas fotos al pie de la batalla en la exposición 'Fotografías de guerra (1974-1985)' —«las imágenes que hoy nadie quiere ver»—, las de un incómodo testigo de la verdad.
Durante sus veintiún años como reportero bélico vivió los conflictos más cruentos del último tercio del siglo XX. «Caminé por un mundo en guerra intentando comprender. No me lo contaron. Estuve allí, y es lo que vi», dice el escritor, académico y exreportero. «La guerra es sucia, huele mal, a carne podrida y plástico quemado, hace sudar, da sed, deja la boca seca como un papel de lija», asegura un veterano que firma una biografía bélica y un formidable relato periodístico que desvela su mirada literaria. A las crónicas y reportajes escritos en los setenta y los ochenta se añaden artículos de las últimas décadas con reflexiones sobre la dignidad, la cobardía, la verdad y la manipulación.
«Nunca quise hacer este libro. Pero aquí está el origen de todo, la mirada del novelista: el dolor, el fracaso, la muerte, la sangre, la violación», insiste. «No se trata de nostalgia. Es el archivo de una vida, del material con el que luego uno escribe novelas. Algunas noches, desvelado en la oscuridad, pagas el precio de haber mirado tanto tiempo al ser humano sin apartar los ojos», escribe a sus 74 lúcidos años el padre del Capitán Alatriste.
Sus crónicas no se publicarían ahora. «La guerra de verdad molesta e incomoda. Entonces queríamos cortar la digestión a la gente y ahora no se puede», asegura. ¿La verdad ha muerto? «No hay ya ninguna guerra fiable. Entonces se podía contar la verdad. Ahora no», señala. «La verdad se manipuló siempre, pero los reporteros fuimos su última garantía. Éramos un contacto fiable con la verdad, sus testigos. Ahora es imposible matizarla», lamenta.
Mostar, Sarajevo, Vukovar, Beirut, Malabo, Managua, Yamena, Jartum, Bucarest, Nairobi, El Aaiún, Bagdad, Luanda, Maputo o Petrinja son algunos de los lugares «que retornan con la misma terquedad» a la cabeza del autor. «La guerra se queda en tu cabeza y sus fantasmas no te abandonan jamás.»
Las rescatadas fotos, tomadas en esos conflictos bélicos, podrán verse hasta el 31 de mayo en el Ateneo de Madrid, en una muestra incluida en PhotoESPAÑA. 'Fotografías de guerra (1974-1985)' reúne por primera vez más de treinta imágenes en blanco y negro sin datar tomadas en Líbano, los Balcanes, el Golfo, Mozambique o El Salvador. Las captaba tras cerrar el cuaderno. Alzaba la cámara «casi por instinto», sabiendo que «había algo que las palabras no podían contener». «Tampoco estas fotos se publicarían hoy. Se ocultarían para no herir sensibilidades. Son inadmisibles en el mundo actual, son incómodas y molestan. Ahora la guerra la pixelan», lamenta.
Acompañadas de textos del autor, las fotos no son el archivo de un fotógrafo, sino la memoria visual de un testigo incómodo. Muestran el instante más desnudo de la condición humana y no el horror como espectáculo. «Hacíamos bien el trabajo. Éramos buenos profesionales. Y esta exposición y el libro son un homenaje a los compañeros que vivieron y no pueden contarlo», dijo Pérez-Reverte recordando a Julio Fuente y Miguel Gil. «Un periodista que muere en la guerra es un accidente profesional», asegura reconociendo haber «delinquido en todos los países y todos los idiomas». «He sobornado, he mentido y he robado para poder transmitir», admite sin pudor. «Hoy no iría a ninguna guerra. Hice mi trabajo lo mejor que pude y mereció la pena. He hecho cosas que no me gustan, pero estoy orgulloso de mi biografía», afirma.
Sabe que hoy sería imposible hacer ese trabajo como entonces. «Hay un mundo que se ha terminado. Está perdido. El público prefiere mantenerse cálidamente alejado de la realidad. No quiere muertos, ni vísceras, ni mutilados, ni sangre. La guerra ha dejado de ser real —reitera— parece un videojuego. Es una atrocidad que durante 3.000 años ha sido real, pero ya no», insiste.
«El mundo se merece lo que tiene. Hay censura social. Recibes lo que quieres recibir y tan culpable es el receptor, como el emisor. Si Trump manipula, es porque el emisor se lo ha permitido. No queremos mirar. Somos testigos, molestos de la realidad y nadie quiere que le amarguen la fiesta» , concluye.
"El público ya no quiere que le cuenten la verdad, no quiere vísceras"
Efe - 06/05/2026
El escritor español Arturo Pérez-Reverte fue reportero de guerra durante 21 años, desde el Líbano a Mozambique y del Sáhara a Sarajevo vio y contó lo peor del ser humano, pero ahora cree que el oficio está muerto y que el mundo es otro: "El público ya no quiere que le cuenten la verdad, no quiere vísceras".
"No queremos mirar, no queremos que nos cuenten la verdad, y el que lo cuente es un aguafiestas; nadie quiere que le estropeen la fiesta", aseguró el escritor español, superventas y autor de 'El Capitán Alatriste' durante la presentación de 'Enviado especial' (Alfaguara), un libro que recopila crónicas y reportajes de los 70 y los 80 junto a artículos sobre conflictos publicados en las últimas décadas.
Además del libro, Pérez-Reverte presentó una exposición de fotografías tomadas en los conflictos bélicos que cubrió entre 1974 y 1985, que podrá visitarse del 7 al 31 de mayo en el Ateneo de Madrid, en el marco de PhotoEspaña, festival internacional de fotografía y artes escénicas. "Muchas de esas fotos no se publicarían hoy para no herir sensibilidades, se pixelarían. Son imágenes inadmisibles en el mundo actual porque son incómodas", lamentó en una rueda de prensa en el Ateneo.
El libro se abre con un reportaje que publicó en el diario 'La Verdad' de Murcia a los 18 años, un testimonio de una visita a lo más profundo de una mina en La Unión (sureste de España), pertrechado con una libreta y un bolígrafo y "el deseo de contar algo que no se entendiese desde fuera". Más de cinco décadas después, Pérez-Reverte lamenta que "el mundo de los reporteros se ha acabado" y que el público "acepta lo que le dan", porque "la atención son ocho segundos y pasa a lo siguiente", de modo que "no merece la pena gastarse el dinero en mandar a nadie. Esa superficialidad, ese desinterés, esa negativa íntima a entender la realidad, no querer incomodarse, vivir envueltos en un capullo de algodón que nos anestesia, se manifiesta en todo: hay un mundo que se ha terminado, ahora viene otro".
Acompañado en la presentación por el reportero gráfico Paco Custodio, con quien estuvo en Mozambique y Sarajevo, el escritor subrayó que este libro es también un homenaje a los compañeros con quienes vivió situaciones límite. "Cuando estas ahí, la obsesión es transmitir, a eso lo sacrificas todo. Yo he delinquido en todos los países e idiomas, he sobornado, mentido y engañado para poder transmitir", recordaba, al tiempo que ha reconocido haber pagado un precio por ello.
Para Pilar Reyes, directora editorial de Alfaguara, tanto el libro como la exposición, plasmada en un catálogo que edita La Fábrica, permitirán al lector de las novelas de Pérez-Reverte entender el origen de su mirada literaria, además de descubrir una faceta desconocida, la de fotógrafo. La premisa de la exposición es que todas las guerras son la misma, desde el origen de los tiempos, por lo que las fotos no se contextualizan en espacio ni tiempo. Hay niños soldado, edificios en llamaradas, un hombre armado pisando el cuello a otro tendido en el suelo herido, cadáveres entre los escombros. "Si (el presidente Donald) Trump manipula, tan culpable es él como quien lo ha permitido. Somos una presa fácil y se aprovechan de ello para hacer su negocio y su beneficio. El ser humano ha olvidado lo que es la vida, y eso le hace más vulnerable", zanjó Pérez-Reverte.
«Ahora la guerra la pixelan»
Javier Ors - La Razón - 06/05/2026
Veintiún años contando lo que sucedía. A diferencia de otros, el inicio de su carrera tiene una fecha y un lugar precisos: el domingo 30 de agosto del año 1970. Ese día, un joven aún en periodo escolar descendió a una mina de La Unión para contar cómo vivían y quiénes eran los enjutos y duros hombres que trabajaban allí. Aquel reportaje supuso el comienzo de una carrera periodística y, también, el origen del que, posteriormente, sería un notable y reconocido escritor.
Así eran los tatuajes más antiguos del mundo: aparecieron en dos momias de hace 5.000 años
Arturo Pérez-Reverte había reunido en volúmenes anteriores una selección de sus artículos publicados en Prensa, pero siempre se había resistido a recuperar las crónicas y fotografías de su época como corresponsal de guerra. 'Enviado especial: Una biografía de guerra' (Alfaguara) reúne por fin esas piezas dispersas y olvidadas, que abarcan desde la década de los setenta hasta los inicios de los noventa. Un «territorio comanche» que supone un adecuado planisferio para sus lectores y, también, para orientarse mejor en su obra literaria. «La mayor parte de estas crónicas no se publicarían hoy en día. Estas fotos se pixelarían para no herir sensibilidades. Son inadmisibles para el tiempo que corre. Son incómodas, molestan. Los mismos jefes impedirían que se publicaran».
El novelista, sin corbata, pero con camisa azul clara y americana verde, reconoció que no quería hacer este libro. «Pero no hace mucho mi editora me dijo que un lector de mis novelas encontraría en estas crónicas la mirada con la que escribo mis novelas, de dónde viene todo: el fracaso, la violación, la muerte... Todo esto que aparece en mis libros, pero lo aprendí allí, en las guerras. Me lo traje conmigo. Las fotografías las mandaba a Madrid a través de un piloto, en un avión o como podía, porque no había manera de transmitirlas. Cuando cerró el diario 'Pueblo', me llevé a casa mis imágenes, hasta que un día decidí revelarlas».
Pérez-Reverte reveló detalles y anécdotas de su periodo como corresponsal de guerra, como el día que creía que lo iban a matar en Mozambique junto a su equipo. «Fue una noche larga», señaló sonriendo. Pero también aludió a Sarajevo, a emboscadas, a los «hermanos de guerra y sangre» que lo han acompañado durante todas esas experiencias. «Lo que hacíamos ahora no nos dejarían hacerlo. Ya empezó en los noventa esa censura voluntaria de los medios para no herir la sensibilidad de los espectadores. En aquel momento se hacía un trabajo difícil. La idea, la nuestra, era intentar conmover, remover las conciencias, que los espectadores lloraran al ver un charco de sangre en el suelo o un niño o una madre muerta. La guerra de verdad hoy molesta, incomoda, es políticamente incorrecta. Pero yo, entonces, lo que quería era cortar la digestión de los lectores o los espectadores con las crónicas que hacía».
El escritor reconoció que «nosotros éramos testigos directos de la verdad; aunque se manipulara, éramos un contacto fiable con esa verdad. Ahora el reportero está en el hotel. Hay imágenes, pero las graban los soldados o las víctimas con drones y móviles. La verdad se ha alejado tanto de nosotros que es imposible matizarla. Los reporteros de esa época éramos una tenue garantía, la última garantía en realidad, de que lo que se contaba era la verdad, lo que ocurría. Ahora hay tanta interposición tecnológica y también tantos intereses de otros que ya no hay ninguna guerra fiable. Esto es lo que ha cambiado».
Pérez-Reverte matizó que «este periodismo se escribió cuando aún se podía contar la guerra. Las imágenes -como se puede ver en la exposición que acoge el Ateneo de Madrid- están tomadas muy cerca. Nadie puede mentirte cuando estás tan cerca de ellos. Ahora ni siquiera la imagen es fiable, porque puede estar manipulada y el público tampoco quiere que le cuenten la verdad. Prefiere mantenerse cálidamente lejos de la verdad. La guerra ha dejado de ser real y eso es una atrocidad».
Para el autor, la culpa de que ahora ocurra esto no proviene solo de la política de los medios de comunicación. «El pueblo es tan culpable como lo son ellos. La atención de un espectador es solo de ocho segundos y después pasa a lo siguiente, lo que sea. Una guerra es cara de cubrir. Te mandan a algún sitio y estás mucho tiempo manteniendo un flujo de información desde allí. Hoy no se mandan enviados especiales ni se gasta tanto dinero en una corresponsalía para que luego la gente no haga caso de lo que se cuenta. Hay desinterés. Las guerras se ponen y se pasan de moda. Esta superficialidad, esta negativa a enterarse de la realidad, ese querer vivir envueltos en un capullo de algodón, nos anestesia. Hay un mundo que se ha terminado y viene otro nuevo. Pero el mundo de los reporteros, aquellos que se mandaban para sacudir las conciencias de los demás, se ha terminado. Ahora el espectador no quiere que le estropeen la comida».
El escritor, que se acordó de reporteros muertos como Manuel Gil y Julio Fuentes, reconoció que las lecturas que había hecho, desde Jenofonte hasta Homero y los clásicos más recientes, lo protegieron del dolor y le hicieron racionalizar lo que veía, aceptar que todas las guerras son siempre la misma guerra y que las guerras suceden desde el origen de los tiempos. «En ese tiempo acudía a la guerra con la memoria que había leído en libros de otros; hoy escribo mis libros con la memoria de lo que he visto en la guerra», comenta con un gesto de resignación. Cuando se le pregunta si siente miedo de los prejuicios que se alientan hoy en día en todo el mundo, asegura que «a mí no me da miedo. Creo que el mundo merece lo que tiene y tiene lo que quiere. Los que nos tienen controlados, con los móviles y con todo esto, saben que somos una presa fácil, que se lo ponemos fácil para hacer su negocio. No queremos mirar, no queremos contar la guerra. El que lo hace está mal visto, es un aguafiestas y nadie quiere que le agüen la fiesta. Los reporteros somos molestos».
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"El mundo de los reporteros se ha terminado"
Rosa Ballarín - 20minutos.es - 06/05/2026
El escritor y novelista Arturo Pérez-Reverte fue reportero de guerra durante 21 años, un oficio al que no volvería ni aunque tuviera 25 años y no 74, como gasta en la actualidad. Pérez-Reverte ha reunido sus crónicas y reportajes de aquellos tiempos en un libro, 'Enviado especial' (Alfaguara), con el subtítulo de 'Una biografía de guerra', lo que no es baladí; es casi como inventar un género dentro de otro género.
Pérez-Reverte se ha rodeado en el Ateneo de Madrid de bastantes periodistas (nacionales y extranjeros) y de algunos colaboradores necesarios en su anterior vida, otros reporteros que como él se movieron en las trincheras del Líbano, Mozambique, Sarajevo, el Sáhara...: Alfonso Armada, algunos cámaras que le acompañaron en sus travesías, como Paco Custodio, que se sentó a su izquierda, y a los que él siempre nombraba en sus reportajes para TVE; insignes compañeros de un pasado que en su opinión, "no volverá como se entendía entonces. El público ya no quiere que les cuenten la verdad, no quiere vísceras. El mundo de los reporteros que iban a un sitio a agitar conciencias, se ha terminado".
Pérez-Reverte dejó de informar a pie de bomba y de fuego cruzado hace cuarenta años. Vio y contó lo peor del ser humano, pero ahora cree que el oficio está muerto y que el mundo ha cambiado, es otro: "No queremos mirar, no queremos que nos cuenten la verdad, y el que lo cuente es un aguafiestas; nadie quiere que le estropeen la fiesta". Y agregó: "Nuestra intención era cortar la digestión del espectador. En los años 70 y 80 fuimos la garantía de que lo que se contaba era verdad".
El volumen recopila crónicas y reportajes escritos en los 70 y los 80, junto a artículos sobre conflictos publicados en las últimas décadas y muestra un popurrí de fotos hechas en los conflictos armados por el propio Pérez-Reverte, en el interior de la portada y de la contraportada. La portada (hecha por otro periodista) es una foto de él, con un casco israelí, en el sur del Líbano. Los editores querían que apareciera el personaje, para reforzar que son textos personales, sobre el terreno. "Parece periodista pero también fotógrafo en esa imagen, por eso nos gustó", han confirmado a 20minutos. Con esas imágenes y muchas más, Pérez-Reverte ha presentado en paralelo una exposición de fotografías tomadas en los conflictos bélicos que cubrió entre 1974 y 1985, que puede visitarse del 7 al 31 de mayo en el Ateneo de Madrid, en el marco de PhotoEspaña, bajo el nombre 'Fotografías de guerra 1974-1985'.
"Muchas de esas fotos no se publicarían hoy para no herir sensibilidades, se pixelarían; son imágenes inadmisibles en el mundo actual porque son incómodas", ha señalado ante la prensa. El libro comieza con un reportaje que publicó en el diario 'La Verdad' de Murcia (Pérez-Reverte nació en Cartagena), una visita a una mina en La Unión, 'armado' con una libreta y un bolígrafo y "el deseo de contar algo que no se entendiese desde fuera".
Décadas después, convertido en un novelista y articulista de éxito, Pérez-Reverte lamenta que "el mundo de los reporteros se ha acabado" y que el público "acepta lo que le dan", porque "la atención son ocho segundos y pasa a lo siguiente", de modo que "no merece la pena gastarse el dinero en mandar a nadie. Esa superficialidad, ese desinterés, esa negativa íntima a entender la realidad, no querer incomodarse, vivir envueltos en un capullo de algodón que nos anestesia, se manifiesta en todo; hay un mundo que se ha terminado, ahora viene otro. Hoy, hasta lo más horrible lo mutilan, nos han alejado de la realidad", se dolió.
"Ahora graban los soldados o las víctimas con móviles, con la cámara del casco o con drones. Nosotros éramos la última garantía de que todo lo que se contaba era verdad. Ahora hay tanta interposición tecnológica y de intereses de todo tipo que ya no es fiable, ninguna guerra es fiable".
El escritor ha subrayado que este libro es también un homenaje a los compañeros con quienes vivió situaciones de agobios y miserias. "Cuando estas ahí, la obsesión es transmitir; a eso lo sacrificas todo. Yo he delinquido en todos los países e idiomas; he sobornado, mentido y engañado para poder transmitir", ha recordado. "Todos tenemos remordimientos, cuando tienes prisa para transmitir y de camino no miras lo que tienes delante, porque tienes otra cosa en la cabeza. De vez en cuando vienen los fantasmas y te despiertan, todos los tenemos, pero a cambio de ese estrago personal he aprendido mucho sobre el ser humano", ha asegurado.
"La guerra es sucia, huele mal, hace sudar y deja la boca seca como papel de lija", añadió y reiteró que actualmente "la censura ni siquiera es oficial, es social", por lo que "el mundo merece lo que tiene. Si Trump manipula, tan culpable es él como quien lo ha permitido. Somos una presa fácil y se aprovechan de ello para hacer su negocio y su beneficio. El ser humano ha olvidado lo que es la vida, y eso le hace más vulnerable". Aunque Pérez-Reverte no quiso precisar en qué guerra de las que asolan hoy el mundo desearía participar informando, sí admitió que su antiguo oficio, en el que vio morir a mucha gente, también compañeros, ha merecido la pena. "Este mundo no es para gente como nosotros, y no lo digo en plan abuelo Cebolleta. Nuestros mecanismos no son transferibles. Somos dinosaurios, estamos extinguidos, no somos adaptables. Me negaría aunque tuviera 25 años. Esto no lo haría ya", se reafirmó. Pero lo de antes, "valió la pena. Hice mi trabajo lo mejor que pude. Mereció la pena, eso me dejó una mirada sobre el mundo".
Sin filtros, característica de la casa, el escritor y viejo reportero reconoció también que "la guerra puede ser divertida. Hay momentos en los que tienes que reírte. He entrevistado a un líder de un guerrillero con unas gafas Rayban con la etiqueta colgando. Otra vez estuve con un guerrillero que llevaba un chaleco inflable. Te sale esa especie de cinismo profesional, y es que necesitas sobrevivir. Todo ese tipo de bromas y humor negro forma parte de la profesion".
Y se despidió con una aseveración sobre la profesión de periodista: "Un carnet de prensa nunca te ha protegido de nada. Un periodista es un accidente laboral, no lo matan trabajando. Es rebajar la categoría decir que lo han asesinado. Asumes que eres periodista de guerra. El pánico te derrumba, es peligroso, hace que te puedan matar. Pero ya que estamos allí, hay que hacer bien el trabajo".
Palabra de reportero para terminar: "A veces, cuando miro atrás, tengo la impresión de que las muchas vidas que viví son ajenas, de otro. No mías. Se me hace extraño recordar los diversos hombres que fui antes de ser, lo que para bien o para mal, pueda ser ahora".
Arturo Pérez-Reverte critica el reporterismo de guerra: “Ahora las imágenes más crudas no las vemos”
Constanza Pérez - El País - 06/05/2026
“Nos están tapando la guerra”, ha dicho el escritor y periodista Arturo Pérez-Reverte la mañana de este miércoles en el Ateneo de Madrid, en el lanzamiento de su nuevo libro, 'Enviado especial' (Alfaguara), una antología de las crónicas que escribió cuando era corresponsal de guerra entre 1974 y 1985, primero para el diario 'Pueblo' y después para Televisión Española. Con motivo de la publicación y junto a PHotoEspaña presenta también la exposición 'Fotografías de guerra (1974-1985)', que se podrá visitar del 7 al 31 de mayo en el mismo lugar y que muestran 30 imágenes en blanco y negro tomadas por él, las que cree “inadmisibles en el mundo actual”.
Los 21 años que trabajó como reportero de guerra, ha dicho Pérez-Reverte, le sirvieron para ser el autor que escribe sus novelas actuales y ha explicado que un fiel seguidor de sus libros encontrará en la nueva publicación una serie de claves que le harán sentido. A él no le han contado la guerra ni los horrores cometidos por el hombre, ha repetido, porque él los vivió en primera persona en los conflictos bélicos de Sarajevo, Beirut, Nairobi, Bagdad, entre otros: “Nos han alejado de la realidad: la guerra es un horror terrible. La guerra huele mal, apesta a carne podrida, a plástico quemado, a sangre. En la guerra se grita, los heridos aúllan, las tripas salen”.
Y de esa experiencia se ha tomado para criticar hoy la cobertura de conflictos en la prensa actual. “Ahora la guerra la pixelan”, ha dicho, en referencia a que se “censuran voluntariamente” las imágenes más crudas e impactantes para no incomodar al público quien, a su vez, también tiene una responsabilidad en esta negación de la realidad, porque “nadie quiere que le estropeen la fiesta” ya que “la guerra de verdad molesta”. Ha agregado también que “el mundo merece lo que tiene” porque, ha ejemplificado, si Donald Trump manipula, es porque alguien “pidió” que lo hiciera.
Pero él, junto al equipo de compañeros que lo acompañó durante los años de cobertura, “quería remover conciencias”, y eso es lo que está plasmado en ambos libros, el de relatos y el de fotografías —que además de la exposición también están reunidas en impreso—. En cambio, ha acusado que ahora los reporteros no pueden salir de los hoteles ni estar en medio de los conflictos, por lo que deben alimentar la información con imágenes y testimonios capturados con móviles de los soldados o drones que sobrevuelan el enfrentamiento. “Ya no hay ninguna guerra fiable”, ha dicho, porque ellos, los corresponsales de su época, eran una garantía de que lo que sucedía era real. “No he visto a niños con la cabeza aplastada ni con las tripas fuera. Ni un hombre mutilado, sangrando, no he visto a un herido aullando de dolor, eso no lo he visto. Me refiero a las últimas coberturas”.
En sus tiempos, ha rememorado, si a uno de ellos lo detenían o estaba en peligro, no pedían ayuda a las autoridades ni al Ejército, sino que solucionaban sus problemas solos. Ante una pregunta del público sobre qué percepción tiene de los periodistas que son asesinados hoy en conflictos armados, ha respondido que eso siempre ha sucedido: “Ser periodista y que te maten, en un periodista de guerra va incluido”.
“Hoy mis crónicas y fotografías no se publicarían para no herir sensibilidades”
Julio Antonio Hurtado Diaz - 06/05/2026
Arturo Pérez-Reverte ha presentado este miércoles en el Ateneo de Madrid 'Enviado especial' (Alfaguara), un libro que recoge su “biografía de guerra” a través de una selección de las crónicas que como periodista realizó para diversos medios escritos y televisión, en una edición a cargo de María José Solano.
Además del libro, el acto ha servido para presentar también la exposición fotográfica 'Fotografías de guerra (1974-1985)', que, enmarcada en el festival PhotoEspaña, ofrece una selección de las imágenes que el propio periodista tomó en diferentes conflictos bélicos al inicio de su carrera.
“Caminé por un mundo en guerra intentando comprender. No me lo contaron. Estuve allí. Y esto es lo que vi”. Este es el lema con el que se ha presentado Pérez-Reverte (Cartagena, 1951) ante la prensa en el Ateneo, un auditorio en el que había algunos compañeros de “la tribu”, el nombre con el que Manuel Leguineche bautizó a los periodistas que cubren guerras.
“Hay una idea básica en las fotografías y las crónicas y es que hoy no se publicarían para no herir sensibilidades”, ha iniciado Pérez-Reverte su discurso, en el que ha calificado de “inadmisibles en el mundo actual” las imágenes de la exposición, en la que hay fotografías de muertos en primer plano. Y por esta razón se había resistido a publicar este libro. Sin embargo, se decidió a que saliera finalmente a la luz para que el lector de sus novelas pudiera tener un contexto para entender de dónde viene todo: el horror de sus experiencias como periodista que traslucen sus crónicas y sus fotografías. “Ahora ha coincidido todo”, ha celebrado el también académico de la Real Academia Española a sus 74 años.
“Ahora la guerra la pixelan”, ha denunciado después de recordar algunas de las anécdotas que ha vivido y de dar la palabra a sus compañeros en “territorio comanche”, a sus “hermanos de guerra y de sangre” presentes en el Ateneo. “En los años noventa empezó la censura voluntaria en los medios para no herir sensibilidades y está bien recordar que en aquel momento hacíamos un trabajo difícil, queríamos remover conciencias”, ha descrito el periodista. “Queríamos que se viera lo que era la guerra: el charco de sangre en el suelo”, ha señalado mostrando una foto en la que un combatiente pone el pie en el cuello del hombre al que acaba de matar. “Ahora me exigirían en Twitter que les dijera a los milicianos que éticamente eso es reprobable. ¡Es ridículo”, ha exclamado el escritor, para añadir enseguida que “el ser un humano es un hijo de puta” y hay que saberlo.
“Eso que se veía venir, y por eso me fui del oficio en su momento, ahora ya se ha instalado”, ha concluido Pérez-Reverte antes de dar paso a las preguntas de los periodistas. “Yo tuve una ventaja, yo tenía libros y eso me permitía digerir todo aquello en Sarajevo, Beirut o donde fuera”, ha respondido sobre su método de trabajo, basado en sus lecturas de Homero, Jenofonte... “Todo estaba leído y eso me permitía racionalizarlo, digerirlo, el horror se diluía. Ahora escribo novelas con aquella misma mirada”, ha indicado el antiguo reportero, que hoy no iría a cubrir ninguna guerra porque sus mecanismos de “dinosaurio” ya no permiten explicar este mundo. Aun así, “mereció la pena”, ha dicho, porque le ha dado una perspectiva que le ha servido para su creación literaria y en la vida. “Estoy orgulloso de mi biografía, aunque hay cosas de las que me arrepiento. Todos tenemos remordimientos”, ha concedido.
“Si lees este libro comprendes al Capitán Alatriste”, ha argumentado el novelista. “Antes nosotros éramos la garantía, éramos testigos directos de la verdad, aunque siempre se manipuló. Ahora hay un montón de cosas que se interponen: imágenes de los soldados... La verdad se ha dejado tanto que ya es imposible matizarla. Los reporteros de esa época éramos una tenue garantía de que lo que se contaba era verdad”, ha lamentado Pérez-Reverte ante la “interposición tecnológica y los intereses de todo tipo” que se dan hoy en día en los conflictos bélicos que se dan a lo largo y ancho del mundo.
“Ya no es fiable la imagen, que puede ser manipulada por la inteligencia artificial, pero es que el público tampoco quiere esas imágenes de horror, de muertos, nadie las admitiría. Incluso en la exposición las fotos más duras se han puesto en un rincón chiquititas, por si acaso”, ha sentenciado el periodista, para quien la guerra ha dejado de ser real. “El público es tan culpable como los medios, su atención es de ocho segundos. Y una guerra es muy cara de cubrir”, ha analizado sobre la reacción de los espectadores, que ha calificado de superficial. “¿Cómo pone usted esas imágenes a la hora de comer, que tengo niños pequeños?”, ha ironizado sobre la actitud receptora.
“En nuestros tiempos no decíamos: 'Me han hecho pupita, sacadme de aquí, que venga el embajador'”, ha dicho con sarcasmo sobre el periodismo actual. “Yo me busqué la vida y salí de Eritrea (donde estuvo un mes desaparecido) como pude. Pagamos el precio, pero queríamos que la comida se le indigestara al espectador, pero eso ahora se ha acabado”, ha sostenido Pérez-Reverte, para quien ahora no hay más muertes entre los profesionales de la información que en su época: “Un periodista de guerra asume que lo pueden matar. Yo he delinquido, he sobornado para poder transmitir. Todos hemos hecho cosas oscuras para enviar la crónica, eso era la gloria. Y la suerte, por supuesto, forma parte del trabajo. Es fundamental. Nosotros fuimos chicos afortunados, otros no lo fueron”.
“Lo terrible es que nos han alejado de la realidad: la guerra apesta a sangre, las tripas salen y no vuelven dentro. Eso es lo que debería conocerse para que la gente supiera lo que es y no la quisiera. Hay una censura social, el espectador no quiere que le digan lo que es la guerra”, ha denunciado Pérez-Reverte, para quien la guerra también puede ser “divertida” en algunos momentos, por lo surrealista, lo caótica que puede llegar a ser y también porque el humor, el cinismo, es un arma del periodista para alejarse de una realidad tan cruda. “La guerra tiene momentos de todo, como la vida”, ha concluido Pérez-Reverte.
“Fui a la guerra con la mirada educada por los autores que había leído. Ahora escribo novelas con la mirada que la guerra me dejó”
Pilar Manzanares - Esquire - 06/05/2026
Nació en 1951 y llegó a alcanzar los últimos años de un reporterismo que ya no se practica. La guerra que él vio no es como la que vemos en la actualidad. “Ahora la guerra la pixelan", dice el académico y escritor que, en otra vida, antes de la “censura” del horror, fue corresponsal. Hoy nos habla de ello durante la presentación de su nuevo libro, Enviado especial, rodeado por las fotografías que hizo en algunos de los conflictos bélicos que cubrió y que se exponen en el Ateneo de Madrid.
Llega ataviado con un sombrero. Desde hace veinte años usa sombrero a diario: fieltro con los fríos y panamá cuando llega el calor. Esa costumbre, lo ha contado en más ocasiones, tiene mucho que ver con lo que hoy le trae al Ateneo de Madrid: en su época de reportero solía cubrirse con sombreros de lona del ejército británico. No fue ninguno de esos su primer sombrero de verdad. El primero de verdad fue un Stetson clásico. Pienso ahora en ello y sonrío al imaginar la relación que esos sombreros tienen con su trayectoria. A la guerra no se va con un Stetson.
A la guerra se iba o no se iba. Pero todos los que fueron lo hicieron con una mirada. La de Arturo Pérez-Reverte ya estaba llena de libros, y eso le salvó. Aquello que veía lo había visto ya, porque la guerra no cambia. La guerra está en Jenofonte, en Homero, en Virgilio, la guerra existe desde hace más de 4.500 años. “Los libros me permitieron digerir todo aquello. Lo que había leído me permitió racionalizar y digerir lo que vivía. La guerra se me hacía soportable gracias a los libros, pensaba que era la historia de la humanidad, que nada es nuevo. Y eso para mí era un consuelo".
Pérez-Reverte no tenía ningún interés en que se publicara 'Enviado especial', el libro que junto al catálogo de fotografías que acompaña la exposición en el Ateneo de Madrid, 'Fotografías de guerra 1974-1985', nos ha reunido hoy con él. Pero los argumentos de la Directora Editorial de la División Literaria de Penguin Random House, Pilar Reyes, le convencieron: “En estas crónicas, el lector encontrará el origen de todo lo que está en tus libros”. Y ¿cómo no ofrecerle a tus lectores todas las pistas posibles?
La verdad es que Reyes no se equivocaba. Conociendo su trayectoria creo que si lo ha hecho alguna vez han debido de ser muy pocas. El escritor así lo reconoce: “Pilar tenía razón. Yo fui a la guerra con la mirada educada por los autores que había leído. Ahora escribo novelas con la mirada que la guerra me dejó. En mis novelas hablo del dolor, del horror, del fracaso, la muerte, la violencia, la sangre, la violación... Todo ese tipo de cosas aprendí”.
En mis tiempos de estudiante de Periodismo recuerdo haber leído con fervor 'Territorio comanche', la novela que fue llevada al cine por Gerardo Herrero y en la que Carmelo Gómez encarnó fantásticamente bien a José Luis Márquez, y no lo digo yo, lo dice el propio Pérez-Reverte. No sé qué opinará de Imanol Arias, que hizo de él. No se lo he preguntado. Verte en el cuerpo de otro tiene que ser cuando menos raro. Sí que sé que con ellos fueron a Bosnia y corrieron algunos riesgos, porque lo cuenta en este último libro. De aquella novela conservo un fragmento que me ha acompañado siempre, aunque no haya estado en zona de guerra.
“...territorio comanche es el lugar donde el instinto dice que pares el coche y des media vuelta; donde siempre parece a punto de anochecer y caminas pegado a las paredes, hacia los tiros que suenan a lo lejos, mientras escuchas el ruido de tus pasos sobre los cristales rotos. Territorio comanche es allí donde los oyes crujir bajo tus botas, y aunque no ves a nadie sabes que te están mirando”.
La guerra a través de los medios ya no es lo que era. Lo dice Pérez-Reverte y lo reafirman algunos invitados sorpresa que hoy están aquí sentados, alguno de ellos a mi lado: Márquez, Alfonso Armada, Miguel de la Fuente, Paco Custodio... “Las imágenes que tomábamos en aquellas guerras hoy no se publicarían. Hoy se esconderían para no herir sensibilidades. Son imágenes que molestan. Ahora la guerra la pixelan. Y los que aquí están, mis hermanos de sangre, pueden decirlo”. Y lo hacen. Todos ellos.
La censura de la que habla comenzó a asomar en los años noventa, cuando les decían: “'No mandéis tantos muertos, que la gente ve las noticias a la hora de comer'. O no las emitían porque había partido de fútbol. Pero nosotros queríamos remover conciencias, mostrar el horror, revolver estómagos para que entendieran lo que sucedía. Queríamos que el público viera lo que es la guerra, donde hay niños sobre charcos de sangre, gente con las tripas fuera intentando que no caigan al suelo, gritos, aullidos de dolor, muertos, muchos muertos, y no solo ruinas”.
Ellos eran la garantía de aquella verdad. De que aquello estaba sucediendo. “Ahora hay un montón de cosas que se interponen. Reporteros a los que no dejan moverse del hotel, las imágenes grabadas directamente por los soldados o por las víctimas con móviles, con cámaras en el casco, con drones... Hay tantas imágenes... La verdad se ha dejado tanto... Nosotros, los reporteros de esa época, éramos una garantía. Éramos la única garantía de que lo que se contaba era verdad. Pero ahora hay tanta interposición tecnológica que sirve a todo tipo de intereses...”. En definitiva, las guerras que ahora vemos no son fiables. Tampoco están completas. Son proyecciones adecuadas. Y eso es lo que ha cambiado.
Dice Pérez-Reverte que el público ya no quiere saber la verdad. “Prefiere mantenerse cálidamente lejos de la realidad. No quiere sangre, no quiere muertes, no quiere nada”. Ese es el eje de esta conversación. También del libro. El gran problema, y estamos de acuerdo, es que es una atrocidad que la guerra haya dejado de ser real cuando sigue ocurriendo con la misma crudeza que lo ha hecho siempre.
Si nos dejamos manipular, tenemos un problema. Lo decía hace unos meses Luis Landero: “Somos carne de cañón”. Pérez-Reverte está de acuerdo. Y aún más: “Si Donald Trump manipula, el culpable es quien le ha permitido hacerlo”. Una llamada a ser parte activa de un cambio, de una exigencia a la que como ciudadanos tenemos derecho, pero que como personas debería ser una autoexigencia, un deber. Como tantos escritores con los que he hablado últimamente, él también coincide en las prisas, la inmediatez, ese pasar a lo siguiente, como si un conflicto pudiera resumirse en los pocos segundos en que llama nuestra atención. Como si las guerras pudieran pasar de moda.
“Hay una negativa íntima a enterarse de la realidad”, afirma seguro de que aquel mundo que él conoció ya no existe. Y en este, él y estos reporteros que hoy le acompañan, son dinosaurios de otra época. Una en la que ellos eran testigos de que la guerra olía mal: a carne podrida, a sangre, a plástico quemado, a pólvora. Y el problema de tapar, de suavizar la guerra, es perderle el miedo.
La guerra es surrealista. Y en ella cabe todo: el horror y también la picaresca y la risa, ese humor que es alivio. O el humor del caos en el que fotografías a un oficial de guerrilla con unas Ray-Ban que conservan pegada la etiqueta en uno de sus cristales porque son nuevas y se tiene que notar. O el muerto sentado en una silla con un cigarro en la boca. O el soldado con un chaleco salvavidas inflable en mitad de la selva. Y así sigue contando el que fue enviado especial la loca estética de la guerra. El histrionismo que me recuerda al fabuloso documental de Joshua Oppenheimer 'The Act of Killing'. Un documento durísimo, pero necesario. Como estas fotografías ante las que me planto. Hay una tomada en Eritrea y en ella hay dos hombres armados. Uno de ellos tiene su bota sobre el cuello de otro hombre. Muerto. Y ambos posan tras pedirle a aquel joven enviado especial: "Meik-mi uan photo". Y se la hizo. Porque la guerra es así. Y uno tiene que pintarla como es.
Pérez-Reverte se ha abrazado con más de un colega pensando que en aquel gesto había una despedida. Ha visto morir a muchos compañeros y amigos. Pero “la muerte de un periodista de guerra en zona de conflicto es un accidente laboral. Lo asumes cuando vas. A un periodista de guerra no lo asesinan trabajando, decir eso es bajarle de categoría”. Y cuando acaba la frase, creo notar un temblor de emoción en la mirada llena de muertos. “La guerra me conformó. Incluso la forma de moverme, de ir por una calle, de buscar el sol y la sombra, de parar en una esquina, de mirar a ver si hay alguien detrás... La guerra me dejó esa forma de mirar. Y estoy orgulloso de ella.
Con el tiempo los recuerdos se vuelven racimos de cerezas, donde unas tiran de otras: un nombre trae una esquina acribillada a tiros; una ciudad trae un rostro; una habitación de hotel devuelve una conversación; una soledad o una música te hacen recordar una carretera, una sonrisa o una tumba. Y no se trata de nostalgia, sino del simple archivo de una larga vida. Del material con el que luego uno escribe novelas, y algunas noches, desvelado en la oscuridad, paga el precio de haber mirado tanto tiempo al ser humano sin apartar los ojos”.
Las fotos de guerra de Pérez-Reverte: "Hoy estarían censuradas, hoy la guerra se pixela"
Irene Hernández Velasco - El Confidencial - 06/05/2026
Durante los primeros 12 años de su intensa vida como reportero de guerra, antes de cubrir conflictos bélicos para TVE, Arturo Pérez-Reverte recorrió, acompañado de una máquina de escribir portátil y de varias cámaras de fotos, algunos de los lugares más peligrosos del mundo en las últimas décadas del siglo XX: Líbano, los Balcanes, el Golfo, Mozambique, El Salvador, Eritrea... En todos esos lugares vio el horror en primera persona y en todos hizo fotos. Sin teleobjetivo, disparando su cámara a pocos metros de donde explotaban las bombas, de donde impactaban los morteros, de donde disparaban sus fusiles unos niños soldados, de donde yacían cadáveres acribillados a balazos… Se trata de imágenes tomadas en esos momentos en los que Pérez-Reverte cerraba su cuaderno de periodista y alzaba la cámara casi por instinto, porque había algo que las palabras no podían contener. Más de 30 de esas fotos, todas en blanco y negro y la mayoría nunca antes vistas, se exponen ahora en el Ateneo de Madrid. Sin ninguna cartela que indique dónde ni cuándo fue tomada cada una de esas fotos, porque la idea es que desde la guerra de Troya hasta hoy las guerras son todas igual de crudas y de espantosas. Son imágenes muy, muy duras e impactantes. “La mayoría de esas fotos hoy no se publicarían, se censurarían para no herir sensibilidades. Estas imágenes son inadmisibles en el mundo actual, se esconderían porque son incómodas. Ahora la guerra se pixela”, señalaba el propio Pérez-Reverte durante la presentación de la exposición, que se acompaña de un catálogo que recoge sus fotografías de guerra y de la publicación de Enviado especial (Alfaguara), libro que incluye una selección de sus crónicas periodísticas en escenarios bélicos.
El padre de Alatriste recordaba que ya en los años 90, cuando cubría sangrientos conflictos bélicos como reportero de TVE, sus jefes se quejaban de que sus crónicas contenían demasiados muertos para la hora del telediario, que se hiciera cargo de que la gente comía a esa hora y no quería ver vísceras y sangre. “La guerra molesta, es incómoda, y yo quería cortarle la digestión a quien viera estas imágenes”, admitía Pérez-Reverte. El escritor confiesa que lo que a él le permitió digerir todo ese horror fueron los libros. “Lo que yo veía en la guerra yo ya lo había leído, y eso me permitía racionalizarlo, digerirlo, hacerlo soportable. Los libros para mí fueron un mecanismo analgésico”, explica. Y al revés: lo que Pérez-Reverte vio en las guerras dejó un fuerte impacto tanto en su persona como en su obra literaria. “Los que lean este libro comprenderán lo que hay en el fondo de mis novelas”, señalaba respecto a Enviado especial, volumen que recoge una selección de crónicas y reportajes sobre conflictos bélicos. “Para un lector fiel, este libro está lleno de claves. Un lector de mis novelas encontrará en este libro el comienzo de todo; el dolor, el fracaso, la muerte, la traición, la sangre… Todo eso lo aprendí allí, en la guerra”. “Lo que yo veía en la guerra yo ya lo había leído, y eso me permitía racionalizarlo, digerirlo, hacerlo soportable” Dicen que la primera víctima de una guerra es la verdad. Pero hoy, esa verdad está más muerta que nunca. “Antes los reporteros de guerra éramos testigos directos. Ahora hay un montón de obstáculos que se interponen, la verdad se ha alejado mucho. Nosotros fuimos la última garantía de que lo que se contaba era verdad. Ahora hay muchos intermediarios, incluso tecnológicos. Ya no hay ninguna guerra fiable, ni siquiera las imágenes son fiables, pueden estar manipuladas con inteligencia artificial”, destacaba.
Pero Pérez-Reverte no deja de culpar también al público, a los lectores de periódicos y a los espectadores de televisión, de que las coberturas de las guerras hayan cambiado tanto. “El público no quiere la verdad, no quiere sangre ni vísceras, quiere mantenerse lejos de todo eso. Incluso en esta exposición, las fotos más duras son más pequeñas y están arrinconadas. La guerra ha dejado de ser verdad, y eso es una atrocidad. Desde hace 3.000 años la guerra siempre había sido algo palpable, pero ahora ya no”, concluía el escritor. “El mundo de los reporteros, de los periodistas que iban a los sitios para sacudir conciencia, se ha terminado”, apostillaba. Pero son otras muchas cosas las que han cambiado desde aquellos tiempos en los que Pérez-Reverte ejercía como periodista de guerra. “En nuestros tiempos no decíamos: ‘Me han hecho pupita, sáquenme de aquí, no pedíamos al Ministerio de Defensa y al Ejército que mandara un avión para rescatarnos. Nos buscábamos la vida”, relataba.
placeholderUna de las fotos tomadas por Pérez-Reverte que ahora se exponen en el Ateneo de Madrid.
En la exposición en el Ateneo de Madrid hay imágenes brutales. Una de ellas: La de un joven, fusil en mano, que posa mirando directamente al objetivo de la cámara de Pérez Reverte, mientras aplasta con su pie el cadáver de una de sus últimas víctimas.”Esa foto fue tomada en Eritrea en 1971. Ese tipo acaba de matar delante de mí a un montón de personas y me dijo que le hiciera una foto y yo, claro está, se la hice”, recordaba el escritor. “En las guerras la gente mata, se destripa, viola… Pero hoy, ante esa foto, el debate habría sido si era moral haberla hecho”. Considera Pérez Reverte que ver desde la primera línea todo el horror que vio como reportero de guerra le sirvió. “Valió la pena, eso me dejó una mirada, una forma de ver el mundo, me conformó. Yo estoy orgulloso de mi biografía. He hecho cosas que no me gustan y por las que siento remordimientos, pero allí aprendí mucho sobre el ser humano, sobre el amor, el odio, la violencia… Cuando estás en la guerra, toda tu obsesión es transmitir; a eso lo sacrificas todo. Yo he delinquido en todos los países e idiomas, he sobornado a personas de todo tipo, para poder transmitir”.
«La verdad ya no existe»
Jesús García Calero - abc.es - 06/05/2026
Los lectores de Arturo Pérez-Reverte tienen desde hoy una nueva ventana al universo del escritor, puesto que acaba de reunir en un libro todas las crónicas que escribió como reportero de guerra desde la década de los 70 a los 90, más algunos artículos recientes. 'Enviado especial' (Alfaguara), que así se titula, tiene 600 páginas de periodismo y literatura en una extraña aleación, en edición al cuidado de María José Solano, que aporta además muchas claves para entender las raíces biográficas de su literatura. Pero el autor confiesa que no quería ver publicado este libro. ¿Por qué?
«Hoy no se publicarían muchas de estas crónicas», aseguró ayer Pérez-Reverte en un encuentro con periodistas, «porque los editores no querrían herir sensibilidades. Los jefes las taparían, por incómodas. Para muchos serían inadmisibles en el mundo actual». Para el autor, que se siente testigo de los lugares que recorrió y las tragedias humanas que narró, de Eritrea a Mozambique, de Líbano a Irak, o los Balcanes, siempre hubo un puente entre la literatura y el periodismo: «Los libros me permitían digerir todo aquello, haber leído a Homero o Jenofonte me ayudaba a racionaliza sin traumas las atrocidades que veía y tenía que contar. Era un mecanismo analgésico. Con los libros aprendes que nada es nuevo, hay tres mil años de memoria».
Acompañado por viejos camaradas de aquellas guerras, los fotógrafos y camarógrafos míticos José Luis Márquez, Miguel de la Fuente o Paco Custodio, el novelista no se limitó a recordar anécdotas de momentos de peligro o de bromas con aquellos compañeros. También relató el proceso que ya vivieron en los 90, cuando el público empezaba a dar muestras de que no quería saber tanto, ni saber de tantos muertos: «Nos cortaban o nos decían que era demasiado, pero la guerra es así, y queríamos sacudir conciencias, cortar la digestión a la gente, que vieran lo que es la guerra, el muerto, el niño que llora, el mutilado del hospital, el charco de sangre en el suelo…».
Para el reportero de entonces el riesgo era asumible porque «la emergencia era transmitir, ya que estabas allí, que el trabajo sirviera», porque el mundo ha cambiado, «la información viene con materiales que facilita el ejército, imágenes y acceso. Nosotros éramos garantía de que lo que se contaba era verdad. No usábamos teleobjetivo, estábamos allí. Si nos pasaba algo, no había rescate». Pérez-Reverte señaló que «la verdad ya no existe, y no sólo es culpa de los medios, también es del público, que no exige esa información». De hecho afirmó que lo que hemos visto en Gaza, por ejemplo, no es nada, porque no había reporteros. «La guerra es un horror, es terrible. La guerra huele mal, apesta a carne podrida, a plástico quemado, a sangre; se grita, los heridos aúllan; las tripas salen y no se meten dentro, no hay quien las cosa. Pero ahora la guerra en los medios es poco más que ruinas».
Puede que tuviera razón Jean Baudrillard y con el paso de los años tengamos que aceptar que la guerra -para nosotros- no ha tenido lugar, que la vemos como un videojuego. Pero sí ocurrió para quienes estuvieron allí y lo contaron, como aquellos reporteros de hace medio siglo, en crónicas arriesgadas, demasiado cerca de los combates y los combatientes, sin teleobjetivos y por tanto junto a la muerte.
Tal vez por todo eso, el autor no quería publicar el libro. Pero Pilar Reyes, su editora, le convenció finalmente de que «este libro podía ayudar a un lector fiel a entender de dónde proviene todo en mis novelas. Y ese fue el gran argumento. El otro argumento fueron las fotos», añadió el escritor. «Las hacía, las mandaba a Madrid como podía, en aviones. Entonces no había como ahora transmisiones. Las mandaba en avión, con alguna azafata, un piloto, lo que fuera». Cuando cerró 'Pueblo' se llevó a casa todo el material y hace poco tiempo, cuenta que llamó a su amigo Jeosm, que las positivara. El fotógrafo vio el material y le animó a publicarlo porque le recordaba a trabajos de otros grandes reporteros de la historia, pero Reverte no le hizo caso, de momento… «Me mandó a tomar por culo», contaba ayer entre las risas de los periodistas presentes.
Además de 'Enviado especial', las fotos que Pérez-Reverte hizo como reportero de guerra entre 1974 y 1985 son objeto de una exposición en el Ateneo de Madrid. Impresiona verlas en su conjunto, porque definen una mirada propia del mundo, y en su detalle por la fuerza testimonial y estética de los encuadres. Víctimas y victimarios, paisajes y desiertos, cadáveres y sufrimiento, pero también risas, bromas y miradas temibles. Forman ese tratado sobre los hombres y la guerra que el escritor también hallaba en la literatura. Son un fondo documental y también biográfico, que se completa, además, con los salvoconductos, la máquina de escribir, el casco que usó en los Balcanes, carretes, hilos de télex que no son como el wasap de hoy, billetes de avión, sellos de frontera, recortes de portada. Los disparos de la cámara de Arturo Pérez-Reverte son certeros, relevantes, conmocionan, dan en el blanco: hacen pensar, aun hoy, en todas las guerras de las que ya no queda nada. Otras vinieron después. El pasado no enseña y queda muy poco de aquella devastación, apenas sus recuerdos como cráteres abiertos, sus pesadillas en las que vuelve el salario del miedo del reportero, y las imágenes, llenas de cuerpos quebrados, armas al aire y miradas de señores de la guerra que merecerían, por sí solas, una novela del autor. No hay olvido posible. Quizá esos rostros están detrás de muchas de ellas, como él afirma. La Fábrica ha editado un catálogo espectacular, con todas las imágenes y citas del escritor, y ha incluido la exposición en PhotoEspaña.
El encuentro se extendió en anécdotas y confesiones: «Estoy orgulloso de aquel trabajo, aunque no lo esté de muchas cosas que hice porque todos teníamos que delinquir, sobornar, usar mil trucos para transmitir y sobrevivir». Sin embargo no siente pesadumbre por lo que vivimos hoy, la guerra en los tiempos de la posverdad: «Creo que el mundo merece lo que tiene. El receptor de la información es tan culpable como el emisor. Si Trump manipula, es por que se le ha permitido. Para los que nos tienen controlados somos una presa fácil. Siguen con sus negocios. Lo hemos puesto muy fácil, no queremos mirar. El que cuenta la verdad está mal visto, es un aguafiestas, y nadie quiere que le estropeen la fiesta a estas alturas», concluyó.
Arturo Pérez-Reverte critica la censura actual en la cobertura bélica: "Mostrábamos niños mutilados, hospitales destruidos. Era un trabajo dificilísimo. Y, con el tiempo, nos avisaron de que no podíamos herir sensibilidades"
Pedro del Corral - El Periódico - 06/05/2026
La guerra no pudo con él. Qué difícil cuando, frente al terror y la incertidumbre, ojo, sólo la verdad puede salvarte. Contarla fue el motor de Arturo Pérez-Reverte (Cartagena, 1951) durante 21 años. Una época que, entre trincheras, bajo las bombas, ha ido desmenuzando deliberadamente en toda su obra literaria. Recuerda el olor de la sangre, el silencio de la muerte. Hay caras que aún se le aparecen de noche. De aquellas jornadas en Bosnia, Mozambique y Líbano no sólo aprendió a sobrevivir, también descubrió la peor cara del ser humano. La misma, precisamente, que hoy está asolando Ucrania, Irán y Palestina. Sólo un matiz las diferencia: "Hoy sería imposible publicar aquellas crónicas. Ni siquiera las fotografías. Son incómodas, inadmisibles en el mundo actual". Por ello, acaba de editar 'Enviado especial': una biografía para comprender el mundo que fue y ya no.
"Yo no quería hacer este libro. Pero mi editora, Pilar, me dijo que en él se encuentra el origen de todo. Quien lo lea entenderá la mirada con la que escribo novelas", ha explicado en un encuentro celebrado en el Ateneo de Madrid. En él reúne por primera vez, en orden cronológico, una selección de crónicas y reportajes escritos en los 70 y 80, a los que se añaden los artículos publicados en las últimas décadas sobre conflictos pasados y presentes, sobre verdad y manipulación. Un ejercicio de periodismo que, según Pérez-Reverte, insistente, hoy sería imposible de llevar a cabo: "Las guerras molestan. Y yo lo que quería era cortar la digestión a la gente. Mostrábamos niños mutilados, hospitales destruidos. Era un trabajo dificilísimo. Y, con el tiempo, ya nos empezaron a avisar de que podíamos herir sensibilidades. Así hasta llegar a la actualidad. Hoy sería imposible mostrar aquellas imágenes".
Acompañado por Paco Custodio, su cámara entonces, a quien siempre citaba en sus artículos, Pérez-Reverte ha recordado algunos de los episodios más impactantes de su trayectoria. Como el que vivió junto a un grupo de guerrilleros en Maputo: "Un técnico de sonido nos despertó en mitad de la noche. Nos dijo que nos iban a matar. El jefe de la aldea quería quitarnos de en medio para llevarse todo lo que teníamos. Fueron horas difíciles. Y, cuando amaneció, proseguimos el camino. Les seguimos la corriente y, al final, no pasó nada". Con motivo de la publicación de Enviado especial, PHotoESPAÑA ha presentado la exposición Fotografías de guerra (1974-1985) . En ella, que podrá verse hasta el 31 de mayo en el Ateneo, se muestran por primera vez 30 imágenes en blanco y negro tomadas por el propio Pérez-Reverte en las contiendas que marcaron las últimas décadas del siglo XX. Fotografías tomadas en los momentos en que el periodista cerraba el cuaderno y alzaba la cámara casi por instinto, pues había algo que las palabras no podían contener.
Acompañadas por textos suyos, no constituyen el archivo de un fotógrafo, sino la memoria visual de un testigo. En ellas late lo que toda gran fotografía de guerra promete y pocas veces cumple: mostrar el instante más desnudo de la condición humana y no el horror como espectáculo. "Todos los conflictos son iguales. Y eso, en parte, era un consuelo porque me permitía adoptar analgésicos para soportar lo insoportable. Por ello, siempre he vinculado mis libros al trabajo [...]. Las guerras pueden ser divertidas. Son tan surrealistas que hay momentos en los que te ríes. Recuerdo entrevistar a un oficial africano con una gafas Rayban que no quería quitarse. Entonces, claro, surgían momentos que rebajaban la tensión. Y, cuando no, llegabas al hotel y te abrías una botella. Era la forma de sobrevivir", ha sostenido.
Para el autor de Las aventuras del Capitán Alatriste, aquel mundo de reporteros que conoció ya no existe. Se ha transformado y, por tanto, tal y como asegura, ya no zarandea al público como antes. "Éramos testigos directos, el contacto más fiable con la verdad. Ahora, se ha interpuesto la tecnología. Y la inteligencia artificial. Por lo que las coberturas no son tan fiables. Nuestras imágenes eran auténticas. Nadie puede mentir cuando está viendo a la gente morir. A todo ello hay que sumar la actitud receptora de los lectores. No quieren la verdad, sino la suya", ha proseguido. De todas las contiendas que ha cubierto, la de Eritrea en 1977 le marcó especialmente. En ella estuvo desaparecido durante varios meses y logró sobrevivir gracias a sus amigos de la guerrilla. Aunque nunca ha dado detalles, en alguna ocasión ha confesado que tuvo que defenderse con armas.
Sobre el genocidio en Gaza, Pérez-Reverte no tiene dudas: "No he visto un niño aplastado ni un hombre mutilado por ahora. En nuestro tiempo, eran constantes. Poco a poco, nos han alejado de la realidad. La guerra es un horror, huele mal. Los heridos gritan. Y hay quien se sujeta las tripas que acaban de sacarle. Hoy, en cambio, vemos las ruinas que ha dejado a su paso. Existe una censura que ni siquiera es oficial. Simplemente, el espectador no quiere que le digan la verdad". En su último libro recuerda los desastres en Luanda, Malabo, Sarajevo, Beirut, Jartum, Nairobi y Vukovar, entre otros lugares. Y en todos, sin excepción, los efectos perduran en el tiempo. Hasta hoy.
-De seguir en activo, ¿cuál de las guerras actuales le hubiera gustado cubrir?
-Ninguna. Este mundo ya no es para gente como nosotros. Nuestros mecanismos profesionales no son transferibles. Somos dinosaurios, estamos extinguidos.
Pérez-Reverte reúne sus crónicas y fotografías bélicas en 'Enviado especial': "Ahora nos están tapando la guerra"
Europa Press - 06/05/2026
El escritor y periodista Arturo Pérez-Reverte ha reunido sus crónicas y reportajes de guerra en el libro 'Enviado especial' (Alfaguara) y sus fotografías bélicas en la exposición 'Fotografías de guerra (1974-1985)', con las que constata cómo han cambiado las coberturas de estos conflictos ya que, como ha afirmado, "ahora están tapando la guerra".
"Nos han alejado de la realidad: la guerra es un horror terrible. La guerra huele mal, apesta a carne podrida, a plástico quemado, a sangre: En la guerra se grita, los heridos aúllan, las tripas salen (...) La guerra es eso y eso es lo que tiene, cuando la gente lo conoce y dicen 'cuidado con la guerra' (...) Ahora nos están tapando la guerra", ha afirmado el periodista en un encuentro con medios este miércoles en el Ateneo de Madrid.
Además, ha asegurado que, en la actualidad, existe en el periodismo una "censura voluntaria" para no herir sensibilidades, lo que aleja al espectador de la realidad. En ese sentido, ha reconocido que, durante sus coberturas de los conflictos en Sarajevo o Mozambique, entre otros, su intención era la de "cortar la digestión" al espectador. "No he visto a niños con la cabeza aplastada ni con las tripas fuera. Ni un hombre mutilado, sangrando, no he visto a un herido aullando de dolor, eso no lo he visto. Me refiero a las últimas coberturas. En nuestro tiempo se veía continuamente, para eso estábamos allí", ha asegurado el escritor.
Al respecto, Pérez-Reverte ha considerado que los corresponsales de guerra desplazados a los conflictos internacionales entre los años setenta y ochenta fueron la "última garantía" de que lo que se "contaba era verdad. Ahora graban los soldados o las víctimas con móviles, con la cámara del casco o con drones. Nosotros, los reporteros de esa época -los que están aquí y los que están muertos- éramos la última garantía de que lo que se contaba era la verdad. Ahora, hay tanta interposición tecnológica y de intereses de todo tipo que ya no es fiable, ya no hay ninguna guerra fiable", ha apuntado.
El escritor publica 'Enviado especial', una biografía de guerra que reúne en orden cronológico una selección de crónicas y reportajes escritos en los años setenta y ochenta. Además, Pérez-Reverte suma artículos publicados en las últimas décadas sobre conflictos pasados y presentes. Además del recopilatorio de crónicas y para acompañar a la obra, PHotoESPAÑA presenta la exposición 'Fotografías de guerra (1974-1985)', que podrá visitarse del 7 al 31 de mayo en el Ateneo de Madrid, con una selección de fotografías tomadas por el propio autor en los conflictos bélicos en los que participó como enviado especial entre 1974 y 1985. Tanto el libro como las fotografías que componen la muestra, ha explicado el escritor, son un "homenaje" a los compañeros que vivieron aquellas coberturas con Pérez-Reverte, que ha incidido durante numerosas ocasiones en que las guerras actuales son "políticamente incorrectas".
El tratamiento de la información bélica -desde la "censura social"- es la razón por la que el escritor dejó el periodismo, según ha explicado. "La guerra molesta, incomoda. Yo quería cortar la digestión al que estaba y nos decían 'hoy no mandéis que hoy tenemos partido de fútbol', ¿os acordáis? (...) Y eso que se veía venir es por lo que me fui del oficio en su momento", ha añadido.
Por su parte, la directora Editorial de la División Literaria de Penguin Random House, Pilar Reyes, ha asegurado que 'Enviado especial' es "una pieza que le faltaba" a la lectura literaria de Pérez-Reverte y él mismo ha asegurado que para sus lectores "fieles" será "el origen" de todas sus novelas. Aun así, ha criticado al público por "aceptar lo que le den" y ha afeado que la capacidad de atención ha pasado a ser "de 8 segundos". "Ahora el público ve Ormuz, Gaza, el partido... La atención es tan dispersa que no merece la pena gastarse el dinero en mandar a alguien a la guerra. Hoy tenemos un barco y una epidemia y mañana tendremos otra cosa", ha dicho.
Pérez-Reverte, recuerdos de la guerra: "Queríamos cortar la digestión de la gente"
Jaime Cedillo - El Español - 06/05/2026
Antes se mutilaban cuerpos en las guerras y allí había un periodista para dejar constancia de la barbarie humana. Hoy se sigue haciendo, claro, pero lo que ahora se mutilan son las imágenes crudas para no herir sensibilidades. "Es la guerra, gilipollas", piensa el escritor y académico Arturo Pérez-Reverte (Cartagena, 1951) cuando advierte reacciones que ponen de manifiesto la deriva pacata que ha tomado el mundo.
En unos tiempos donde la norma es poner el grito en el cielo por las artimañas que emplean los gobernantes para escamotearnos la verdad, Pérez-Reverte señala al espectador. Lo que más escama al creador del capitán Alatriste es que "el público ya no quiere que le enseñes la verdad". Por tanto, asegura, "es tan culpable como los medios".
Lo ha dicho este miércoles en el Ateneo de Madrid, en el marco de la presentación del libro Enviado especial. Una biografía de guerra (Alfaguara), que recoge sus crónicas y reportajes acerca de los conflictos bélicos que cubrió como reportero durante veintiún años, entre los 70 y los 80.
Acto seguido, se inauguraba en las mismas instalaciones del Ateneo la exposición Fotografías de guerra 1974-1985, que podrá visitarse del 6 al 31 de mayo. Enmarcada en PHotoESPAÑA 2026, es una selección de instantáneas tomadas por el propio escritor que datan su experiencia como corresponsal en las guerras más cruentas del último tercio del siglo XX: Mostar, Sarajevo, Beirut, Malabo, Managua, Bucarest, Nairobi, El Aaiún, Bagdad, Luanda...
"Algunas fotos hoy no se publicarían porque son inadmisibles en el mundo actual. Molestan, son incómodas", ha aseverado Pérez-Reverte. "Incluso en la exposición han puesto más pequeñas las fotos más duras y aparecen arrumbadas en un rincón", ha añadido el escritor, convencido de que "ese mundo se ha terminado". No sabría decir si el de ahora es mejor o peor, pero sí lamenta que "la verdad ya no es fiable en la guerra".
Entonces "había un contacto más fiable con la verdad", ha relatado, mientras que ahora "se graba con la cámara en un casco de un soldado. Ahora la imagen incluso puede ser manipulada". Nada que ver con los años en que, acompañado por sus fieles José Luis Márquez –cámara al que convirtió en protagonista de Territorio comanche– o el reportero de TVE Miguel de la Fuente, presentes en el acto junto a Alfonso Armada, también compañero de batallas, se jugaba la vida para registrar las entrañas del horror.
"Queríamos remover conciencias, conmocionar, cortar la digestión al espectador", ha dicho. Aquello implicaba una danza demasiado arrimada con la muerte. En no pocas ocasiones sintieron que la vida se esfumaba. Una vez incluso se despidió con un abrazo de su compañero Paco Custodio, que lo ha acompañado en la mesa esta mañana. Aquella camaradería los convirtió para siempre en "hermanos de sangre".
¿Si sintió miedo? Por supuesto. "Lo peligroso era el pánico", ha dicho. Con todo, "a un periodista que lo matan en la guerra no lo asesinan, es un accidente profesional. Decir que lo asesinan es rebajarlo de categoría, es insultarlo". Precisamente por su integridad profesional, tuvo que sobornar a policías, entre otros delitos cuya comisión se justificaba en el propósito de informar.
A ningún lector fiel de Pérez-Reverte se le escapa la relevancia que tiene en su obra narrativa su experiencia como reportero de guerra. "Mis lectores encontrarán en este libro el origen de todo", ha dicho. En efecto, en él están las claves de toda su obra. "La guerra es como la vida", considera el escritor, y por tanto de ella se desprenden los grandes temas de la literatura, que son los que atañen a la condición humana. La crueldad, la venganza, pero también el honor, la dignidad.
Aunque su caso es el del escritor determinado por la experiencia extrema, resulta crucial que transitara por ella pertrechado de lecturas. En los tiempos muertos, "había gente que se quedaba mirando la pared mientras fumaba un cigarro. Yo leía porque así el horror era más soportable". Las historias de aquellos libros no distaban tanto de lo que Pérez-Reverte veía con sus propios ojos. "Fui a la guerra con una mirada educada", ha reflexionado. Después de todo, "valió la pena".
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“En nuestros tiempos no decíamos: ‘nos han hecho pupita, que vengan los marines a rescatarnos’”
Grego Casanova - vozpopuli.com - 06/05/2026
"La guerra es sucia, huele mal, hace sudar, da sed, deja la boca seca como papel de lija". La frase del escritor Arturo Pérez-Reverte podría aplicarse en 2026 a Gaza o Ucrania, pero a él le tocó Chipre, Líbano, Sáhara, Eritrea, Nicaragua, Irán, Angola, Iraq… Ahora, el antiguo reportero recopila en Enviado especial. Una biografía de la guerra una selección de aquellas crónicas y reportajes en los que contó los conflictos desde los setenta hasta los noventa.
Unos africanos fumando y jugando a las damas comparten páginas con saharauis apuntando con un fusil, chavales centroamericanos con metralletas y bebés con moscas en la cara. Esa fue la guerra que, además de narrar, plasmó Pérez-Reverte. El novelista superventas vuelve a las librerías con una antología de textos que, según confiesa, no quería publicar. Animado por la editorial, regresa a su cita anual con el mercado por partida doble, con otro tomo fotográfico que recopila algunas de las escenas que ha decidido no identificar. “Desde Troya a Sarajevo, de Salamina a Bagdad, de las Termópilas a Ucrania o Gaza, se trató y se tratará siempre de la misma guerra. Así es como la leí, la viví y la recuerdo”. Las páginas de Enviado especial recorren nombres que inevitablemente identificamos con conflictos como Mostar o Vukovar, Tessenei o Petrinja, y que, según el escritor, ayudan a sus lectores de novelas a entender de dónde viene todo.
En el acto de presentación del doble volumen, el escritor ha denunciado la forma en que la sociedad actual mira la guerra: “Ahora la guerra la pixelan. En las últimas coberturas no hemos visto un niño con la cabeza aplastada o las tripas fuera. Nos han alejado de la realidad. Hay una censura que ni siquiera es oficial, es una censura social. La guerra de verdad molesta, incomoda; nosotros queríamos remover conciencias”.
“Recuerdo que ya en Sarajevo empezaba esa especie de censura en los medios”, señala mientras recuerda que sus jefes desde Madrid le anulaban o recortaban la crónica diaria por circunstancias como que se emitiera un partido de fútbol. También ha reflexionado sobre la excasa capacidad de atención del público actual: "Ahora el público ve Ormuz, Gaza, el partido... La atención es tan dispersa que no merece la pena gastarse el dinero en mandar a alguien a la guerra. Hoy tenemos un barco y una epidemia y mañana tendremos otra cosa", ha señalado.
El escritor reivindica el papel de los que se jugaron la piel por contarnos las contiendas sobre el terreno: “Los reporteros fuimos la última garantía de que lo que se contaba era verdad”, aunque detecta un cambio de actitud en algunos profesionales de la información: “En nuestros tiempos no decíamos ‘nos han hecho pupita, que vengan los marines a rescatarnos’. Ahora parece que tienen que movilizar al Ministerio de Defensa para que nos rescaten”. Y apuesta por no considerar “asesinados” a los reporteros muertos en conflicto: “Un periodista que muere en la guerra es un accidente profesional”.
La doble publicación se complementa con una exposición de fotografías y objetos personales del reportero que desde que podrá visitarse del 7 al 31 de mayo en el Ateneo de Madrid. Cascos, grabadoras, una Olivetti Lettera 32, cámaras fotográficas o pases de prensa en hasta cuatro alfabetos diferentes dan muestra de sus andanzas por el mundo entre 1974 y 1985
“Yo estaba en el hotel del terror”, reza el titular de la crónica que envió desde Chipre, donde también ejerció de fotógrafo. “No contaba ni fotografiaba la guerra: contaba y fotografiaba al ser humano dentro de ella. El escenario podía ser un desierto, una ciudad hecha escombros o una frontera invisible, pero los rostros repetían siempre una misma historia antigua”. Con el tiempo comprendió que la cámara no era inocente. Cada fotografía era una elección, un encuadre, un instante arrancado al caos para convertirlo en memoria. De lo acertado de esa elección dependía convertir el dolor en imagen, la tragedia en documento, el caos en fragmento ordenado del mundo, apunta la editorial.
Ahondando en la censura actual, el escritor ha señalado que la mayor parte de estas fotos hoy no se publicarían. “Son imágenes inadmisibles en el mundo actual”. Y concluye en la exposición con una última reflexión sobre los conflictos: “La guerra despoja al hombre de todas sus máscaras; en ella desaparecen las coartadas ideológicas, las explicaciones elegantes, las retóricas patrióticas, y queda al desnudo lo esencial: el miedo a morir, el instinto de supervivencia, la inagotable capacidad de crueldad del ser humano y también, a menudo, una asombrosa dignidad. Quien vio ese espectáculo durante mucho tiempo no puede volver a mirar el mundo de otra manera”, insiste el escritor.