03 mayo 2026

"Una vez que entiendes que el trabajo del periodista consiste en entrar, salir y contar, ya no vuelves a mirar el mundo como antes"


El Mundo - 03/05/2026

['La Lectura' publica en exclusiva el inicio de 'Enviado especial', un nuevo libro en el que el escritor reúne las crónicas de sus años como reportero de guerra]

A veces, cuando miro hacia atrás, tengo la impresión de que las muchas vidas que viví son ajenas, de otro. No mías. Se me hace extraño recordar los diversos hombres que fui antes de ser lo que, para bien o para mal, pueda ser ahora.

Antes de Nicosia y Beirut, antes del Sáhara, de los paisajes devastados y las fronteras inciertas, había empezado a tantear el oficio al que encaminaba mi futuro. Y hasta que ahora, después de tantos años, me veo enfrentado a esas páginas de entonces, había olvidado casi por completo aquellos primeros textos. Después llegaron los viajes azarosos, los conflictos armados, las fotografías, y a partir de entonces creí que todo para mí biblioteca aparte había empezado con bombas y disparos. Ahora compruebo que no: antes de la primera guerra me había familiarizado con otra clase de oscuridad y otra clase de miedo. Aunque, si lo pienso bien, acabo concluyendo que siempre, bajo cualquiera de sus formas, se trataría siempre de la misma oscuridad y del mismo miedo.

Mi primera experiencia intensa no fue un frente, sino una mina bajo tierra. Siendo estudiante de bachillerato hacía prácticas de reportero en el diario 'La Verdad', y para ese diario bajé a un pozo con la libreta en el bolsillo y el deseo de contar algo que no se entendiese desde fuera. Allí abajo encontré ruido, oscuridad, tiempo detenido y peligros insospechados. Recuerdo mi cuerpo empapado en sudor, la respiración difícil y la noción del día y la noche que dejaba de existir por completo.

Aquellos mineros no me pidieron que los convirtiera en héroes ni en víctimas; no tenían tiempo ni ganas para eso. Eran hombres rudos, cansados, profesionales del riesgo diario, del miedo a morir sepultados. Consciente de que en esa clase de lugares el intruso debe limitarse a mirar y a preguntar lo justo, me apliqué en el descubrimiento de que entre esos hombres y yo, por muchos riesgos que compartiésemos, había una frontera nítida: podía morir con ellos pero no era uno de ellos. Podía bajar, observar, escribir y luego volver a la superficie. Bajaban para quedarse, y esa diferencia no se salvaba con adjetivos, palmaditas en la espalda, compasión ni solidaridad fácil. Hice entonces mi trabajo y así lo hice siempre después, porque tal era el periodismo que deseaba hacer sin fingir que era uno de ellos. Con la mayor honradez posible, sin demagogias ni imposturas.

Después vino, inevitablemente, el mar. Me embarqué en un petrolero de bandera española cuando el petróleo ya no era sólo mercancía, sino factor geoestratégico de primer orden; y también, a bordo, amenaza flotante. Subí al buque-tanque Puertollano en 1971 sabiendo un tío mío era capitán de la marina mercante y mi padre había navegado varios años en petroleros que el mar no era para los marinos un paisaje, sino una rutina profesional y peligrosa. Quería contar la historia de aquellos hombres y su vida a bordo: oficiales veteranos, agregados jóvenes, marineros de todos los lugares de España, guardias nocturnas, supersticiones, conversaciones bajo el zumbido de los ventiladores y con el olor del fuel pegado a la ropa.

También temporales inmisericordes y peligros debidos a los acontecimientos internacionales. Un petrolero era acero y motores, pero también una bomba con chimenea que transportaba a seres humanos. Y al comprenderlo aprendí a contar mejor lo que veía: la realidad no necesitaba adjetivos. Bastaba, una vez más, con mirarla a los ojos, de cerca y bien.

Después llegó el diario 'Pueblo'. Ahí el periodismo no se practicaba, se convertía en vida intensa. Aquel periódico fue un sitio fascinante para el aprendiz que todavía era y el reportero que empezaba a ser: un nido de piratas desalmados, genios sin escrúpulos, maestros del oficio, donde la exclusiva y el firmar en primera página justificaban casi cualquier método. Aterricé allí con una ventaja que no era talento ni suerte, sino la íntima certeza de que ese oficio no se podía ejercer desde la comodidad de una redacción. Y cuando me enviaron a cubrir el misterio del Apollo un supuesto barco espía que trabajaba para la CIA recordé lo aprendido en la mina y en el petrolero. Además de mirar había que arriesgarse y entrar. Así que hice eso: entré.

No iba a subir a bordo por la pasarela, eso era evidente. No me iban a dejar. Y había otros periodistas de la competencia rondando la misma presa. Recurrí por tanto a lo único que tenía como ligera ventaja: un antiguo curso de buceo y cierta dosis de descaro. Alquilé un equipo y me sumergí en el agua oscura, aceitosa y fría. Nadé hasta situarme bajo el casco, moviéndome lo justo para que vieran mis burbujas. Un buzo no autorizado que ronda el casco puede ser un problema; y esa clase de problemas se controlan subiéndolos a cubierta. Cuando me echaron el guante y me izaron con el regulador colgando y el pulso acelerado, me escudé en preguntas, frases técnicas, seguridad impostada. Lo preciso para ganar tiempo. Mientras tanto, el fotógrafo Miguel Garrote, compañero del periódico disparaba primero desde lejos y luego de cerca, como habíamos convenido. Fue mi primera gran firma, con foto incluida, en primera página. Era uno de ellos, y ya no dejaría de serlo nunca.

Cuando aquello terminó, lo importante no era el episodio ni la exclusiva. Lo importante fue la lección aprendida. Que no hay que huir del riesgo ni abalanzarse a él, sino medirlo. Estudiar, en el ajedrez del trabajo y de la vida, las posibilidades más eficaces; averiguar, antes de hacer el primer movimiento, por dónde vas a entrar y por dónde vas a salir. Y tener conciencia de que cruzar ciertas líneas no tiene vuelta atrás. Que deja huella. Yo no era capaz de verlo todavía, pero aquella mina de La Unión, el petrolero y el buque Apollo no fueron episodios sueltos, accidentales, sino idéntico aprendizaje en tres escenarios distintos. Todo lo demás las guerras, los viajes, la literatura, los nombres de personas y lugares que ya no olvidas jamás vino después como una consecuencia lógica, casi inevitable. Porque una vez que entiendes que el trabajo consiste en entrar, salir y contar, ya no vuelves a mirar el mundo como lo mirabas antes.

Así abordé aquel oficio, con el entusiasmo apasionado del joven reportero que fui durante la década de los 70. El año 1974 fue decisivo: la primera guerra de verdad. En Chipre vi por primera vez un cielo lleno de paracaidistas turcos mientras en tierra los soldados griegos se despedían de mujeres e hijos. Cuarenta y un años más tarde lo recordaría en 'El adiós de Héctor' (XLSemanal, 2015) donde me limité a rememorar lo evidente: que ese adiós lo había visto después en escenarios distintos, pero que en realidad siempre había sido el mismo, desde Troya hasta Nicosia y mucho más allá. De Homero al siglo XX los libros que llevaba en la mochila real o imaginaria me ayudaron a comprender, apenas había distancia, y ésta sólo estaba hecha de matices.

En 1975, cuando el Sáhara Occidental empezó a resquebrajarse, llevaba un tiempo aprendiendo el oficio de reportero en su versión más directa. Llegué en abril, enviado para 15 días, y me quedé casi nueve meses. Vi, y conté con crónicas y reportajes diarios, cómo un territorio que había sido provincia española se deshacía entre los dedos de la Historia. Aquel resto colonial no desapareció de pronto; se fue extinguiendo poco a poco: convoyes militares, lugares que cambian de manos, incursiones en la frontera. Conocí a soldados jóvenes y resignados, conocí a oficiales cansados, conocí a tropas indígenas y nativos traicionados. Muchos de ellos fueron mis amigos; y su recuerdo, el de los vivos y los muertos, ha estado volviendo a mi memoria una y otra vez; cuando escribiendo novelas y artículos comprendí que, a medida que vives, acabas inventando mucho menos de lo que creías.

A partir de 1976 viajé al Líbano una y otra vez: Beirut, campos palestinos, líneas invisibles y peligrosas, milicias, religiones y venganzas antiguas. Allí hice muchos amigos soldados, periodistas, civiles, diplomáticos, y vi morir a algunos de ellos. Conocí a combatientes de distintos bandos, milicianos adolescentes con fusiles, mujeres que sobrevivían en medio del caos. Cuando muchos años después pasé a este otro lado de la colina y dejé el reporterismo para dedicarme a la novela, incluso mientras escribía algunas de éstas, Beirut siguió siendo, como el Sáhara, un lugar de continua evocación, porque hay lugares de los que jamás se va uno del todo.

Hubo otros escenarios, en los últimos años de la década, que no siempre fueron zonas de conflicto y que cubrí tanto para 'Pueblo' como para las revistas 'Gaceta Ilustrada' y 'La Actualidad Española', a las que también vendía mis fotografías y reportajes: África, Latinoamérica, Asia, el Mediterráneo, Oriente Medio... Y Eritrea, una guerra cruel casi olvidada por el mundo, que empezó como reportaje convencional y acabó como áspera aventura. Después viajé por todo el mundo árabe —'Viaje al corazón del Islam' se llamó la serie de reportajes y luego a la Antártida, con hielo en lugar de fuego y gorros de lana en vez de cascos de acero. También Iraq y luego Irán, donde vi caer al Sha entre multitudes que aplaudían la llegada del Islam redentor. Y El Salvador y Nicaragua, donde fui testigo de cosas que no habría querido ver y escuché a rebeldes y contrarrevolucionarios pronunciar palabras que ni ellos mismos terminaban de entender, y por las que todavía hoy la realidad les pasa factura.

Vinieron después los años 80, de intenso trabajo y viajes continuos, todavía en el diario 'Pueblo'. En esa década el mundo aún se explicaba en diarios de papel y el reportero que fui seguía caminando por conflictos con una veteranía que ahora, con la mirada de los años, entiendo que llegó demasiado rápida. En Yugoslavia, antes de que el país se rompiera en pedazos, percibí el temblor previo y lo conté en una atmósfera de difíciles equilibrios y mapas sostenidos por alfileres. En Irán e Iraq volví a ver una guerra de fronteras trazadas con petróleo y sangre. En Angola, Mozambique y el Chad fui testigo, una vez más, del África más violenta. Y el Líbano y Beirut llegaron de nuevo, con el eco de los amigos muertos, los hoteles que aún quedaban en pie y la incómoda sensación, certeza ya a esas alturas, de que la guerra, todas las guerras, eran la misma historia repetida una y otra vez. La de las Malvinas incluyó un nuevo escenario: el Atlántico Sur, las islas barridas por el viento, el hundimiento del crucero Belgrano, soldados jóvenes a los que se arengaba con palabras patrióticas mientras tiritaban de frío, aviadores valientes que despegaban para no volver; y esa dura frase que escribí porque era cierta: mientras sus muchachos luchaban y morían, Argentina hablaba de fútbol.

Hacia 1982 invasión israelí del Líbano y 1983 América y África de nuevo aquellas crónicas se volvieron, compruebo ahora, más personales. Ya no se trataba sólo de contar la guerra, sino de contar también al que la contaba. O al menos, teniéndolo presente. Muchas reflexiones posteriores salieron de ahí. Y cuando 'Pueblo' cerró, lo hizo como tantos lugares que yo había conocido: exhausto, liquidado por un tiempo nuevo. Me fui de allí a la televisión, pero no salí limpio: llevé conmigo una forma personal de mirar el mundo; una manera amarga que ya no me abandonaría nunca. Durante los siguientes años volví una y otra vez a los lugares que conocía terrorismo, guerras, revoluciones, catástrofes, contando nuevas historias que en realidad eran semejantes a las que había contado ya. Cumplí así, entre prensa escrita y televisión, casi tres décadas como periodista y reportero en las que fui acumulando crónicas, libros, fotografías, memoria y cicatrices; también escepticismos, desesperanzas y hartazgos. Todo lo que se iría filtrando después, despacio, en novelas y en artículos; sobre todo en los publicados desde 1993 en 'XLSemanal'.

Ese período de transición, la despedida del reportero que fui y la nueva actividad como novelista me ayudaron a comprender que la voz cambia mientras la mirada se asienta: el joven reportero dejaba lugar al veterano que, al rememorar los lugares diversos de su anterior vida, a menudo los encontraba habitados por fantasmas. Fue entonces cuando la literatura, las novelas, se convirtieron en herramienta eficaz para ordenar el caos, los remordimientos, los desastres, las situaciones que muchas veces tenían nombre propio: Vladimiro en Bosnia, Jasmina cruzando Sarajevo para llegar al Holiday Inn y poder ducharse, Boldai Tesfamicael enseñándome a desmontar un Kalashnikov a ciegas, Kibreab el comandante guerrillero, Márquez el cámara a quien dediqué Territorio Comanche, el entrañable pelmazo de Gerva Sánchez, Julio Fuentes y su sordera, Miguel Gil Moreno el Muyahidín, Grüber y los otros chicos asesinados en Vukovar, Goran apareciendo décadas después en España bajo otra vida... Y los del Sáhara: el comandante Labajos, Diego Gil Galindo, Rex Regúlez, López Huerta, Pepe Albaladejo, Belali Uld Mahrabi... Todos ellos, los muchos vivos y los demasiados muertos: centenares de nombres, rostros de hombres y mujeres vinculados a escenas concretas -un cigarrillo, una bronca a navajazos, una cama cubierta de cenizas, una bomba cercana, una noche de disparos, de nieve, de viento que te clavaba la arena como alfilerazos- que regresan porque así funciona esto: la guerra se queda en tu cabeza y ya no te abandona jamás.

Pero no son sólo nombres y rostros. También los lugares retornan con la misma terquedad: Mostar, Sarajevo, Vukovar, Beirut, Malabo, Kassala, Yamena, Paso de la Yegua, Jartúm, Bucarest, Nairobi, El Aaiún, Bagdad, Luanda, Maputo, Tessenei, Petrinja... Y también los hoteles, esos extraños hogares para reporteros en mitad del caos: el Ledra Palace de Nicosia, el Commodore y el Alexandre de Beirut, el Aletti de Argel, el Intercontinental de Managua, el Meridian de Dhahran, el Holiday Inn de Sarajevo... Con el tiempo los recuerdos se vuelven racimos de cerezas, donde unas tiran de otras: un nombre trae una esquina acribillada a tiros; una ciudad trae un rostro; una habitación de hotel devuelve una conversación; una soledad o una música te hacen recordar una carretera, una sonrisa o una tumba. Y no se trata de nostalgia, sino del simple archivo de una larga vida. Del material con el que luego uno escribe novelas, y algunas noches, desvelado en la oscuridad, paga el precio de haber mirado tanto tiempo al ser humano sin apartar los ojos.

https://www.elmundo.es/la-lectura/2026/05/03/69f3763fe4d4d876618b457e.html

La cicatriz de Ulises

María José Solano Franco – abc.es - 03/05/2026

La trayectoria de Arturo Pérez-Reverte como reportero de guerra constituye una de las miradas más lúcidas sobre los conflictos contemporáneos, pero también puede leerse desde una tradición narrativa mucho más antigua. En sus crónicas de guerra que ahora se publican (‘Enviado especial’) hay algo característico: el presente nunca aparece aislado, sino ensartado por la memoria.

Pérez-Reverte escribe y fotografía el campo de batalla (Chipre, Sahara, Eritrea, El Salvador, Malvinas, Próximo Oriente), capturando los instantes de tensión donde todo parece decidirse. Sin embargo, al igual que en la legendaria escena de la cicatriz de Ulises analizada por Erich Auerbach, ese presente se interrumpe, se dilata, se llena de pasado. El reportero no se limita a narrar lo que ocurre, sino que reconstruye lo que ha ocurrido para que lo que vemos tenga sentido. La guerra, en su obra, nunca es solo un estallido inmediato, sino la consecuencia de una historia acumulada.

Homero introdujo en la ‘Odisea’ una idea fundamental que marcará la literatura posterior: la memoria no es un adorno del relato, sino su estructura profunda. Frente a la urgencia del presente, el pasado actúa como ancla y como explicación. Y el poema, en consecuencia, no avanza en línea recta, sino que se pliega sobre sí mismo para revelar la verdad.

Esa cicatriz de Ulises no era solo un detalle narrativo, sino el punto donde se anudaban tiempo, identidad y relato. Algo similar ocurre en la escritura de Pérez-Reverte: cada escena de guerra, cada crónica, artículo o novela, está atravesada por cicatrices invisibles (recuerdos, experiencias, heridas) que explican lo que vemos en el presente. Sus textos funcionan como esas marcas homéricas: señales de una vida anterior que da sentido a cada gesto, a cada decisión, a cada instante de peligro.

De este modo, el reportero de 'Enviado especial' y el novelista convergen singularmente. Pérez-Reverte no solo cuenta lo que ocurre, sino que, como Homero en aquel fragmento de la Odisea, revela que toda historia es también memoria. Y que sin esa memoria –sin esas cicatrices– no hay verdadera comprensión ni de la guerra ni del hombre, ni del mundo.

https://www.abc.es/opinion/maria-jose-solano-cicatriz-ulises-20260502020912-nt_amp.html

A sala llena, Pérez-Reverte habló de Alatriste, la guerra y su nueva novela, 'Misión en París'


Inés Hayes - Clarín - 03/05/2026

La cola para la sala con más capacidad de la Feria Internacional del Libro de Buenos Aires empezó temprano. El sol llegaba completo a uno de los patios de La Rural. Las 500 sillas de la sala José Hernández se ocuparon todas y a las 17:05 el periodista Jorge Fernández Díaz presentaba a su amigo, el escritor español Arturo Pérez-Reverte, con su nueva novela, 'Misión en París' (Penguin), en la que su mítico personaje, el Capitán Alatriste, vuelve con sus aventuras luego de más de una década de hacerse esperar.

“Después de muchos años, cuando parecía que su mítico espadachín ya lo había dado todo –dijo Fernández Díaz–, Arturo escribió una nueva peripecia de Alatriste en 'Misión en París'. Su autor fue corresponsal de guerra y hoy camina por las calles de Madrid, tiene 7 millones de lectores en todo el mundo. Para este gran narrador, la literatura es el juego más serio del mundo y supo arrebatarles a los anglosajones la épica de los mosqueteros. Desde que comenzamos a leerlo pasamos las páginas y somos de nuevo niños adultos: nunca fuimos más felices que cuando leemos esos libros de aventuras”. Luego de un cálido abrazo de bienvenida, Reverte dijo: “Ya es una vieja tradición que tú y yo nos encontremos acá, con lectores y lectoras, para charlar de nuestras cosas”.

"¿Cómo fue doblegarte a vos mismo para volver a crear a Alatriste?", le preguntó Fernández Díaz, y Reverte explicó que se cumplían 30 años del primer libro y lo que lo venció fue el desafío de volver a escribirlo no siendo el mismo. “Alatriste tampoco es el mismo –explicó el español–, volví a leer los 7 volúmenes de la serie y me sentí bien, fue como reencontrarte con viejos amigos en una taberna. Y fue interesante porque yo tengo un lado oscuro como Alatriste, era como una forma de competencia, a ver quién tenía más fantasmas. El libro no es ficción del todo, se disimula en recovecos narrativos, pero soy yo y es mi memoria. Ha sido un proceso interesante y doloroso: me di cuenta de que soy mayor y llevo una mochila llena de remordimientos”.

Ante la pregunta del periodista sobre qué significó que se hayan hecho series, películas, que se den sus libros en los colegios y que hasta haya rutas gastronómicas en homenaje a sus libros, Pérez-Reverte dijo que había ido más allá de lo que esperaba: “Empecé a escribir para recuperar una parte de nuestra propia historia, pero los libros se terminaron convirtiendo en una reflexión sobre la soledad, la oscuridad, el fracaso, y de qué manera palabras como patria, religión, bandera se han ido desgastando con el paso de la vida. Fui educado en un mundo donde los policías eran honrados y los políticos eran honestos, pero después descubrí que me habían estafado y había que construir un baluarte donde atrincherarte en el valor y la lealtad”.

Fernández Díaz le consultó sobre su desafío de escribir historias sobre mosqueteros siendo español y el escritor le respondió que creció en una casa con biblioteca: “A mis 16 años había leído de todo, me eran familiares las historias, el cine, mi imaginario era la aventura, el mar, el Mediterráneo, para mí nunca hubo complejos, quería escribir aquello que me había hecho feliz. Nunca quise ser novelista, fue un accidente, quería escribir sobre aventuras, por eso me hice reportero, no quería que me aplaudieran los críticos y eso me llevó donde me llevó. Tú entiendes porque nunca has querido complacer, has querido ser feliz contando historias y que el lector las comparta. Para mí cada novela es una aventura”.

'Misión en París' transcurre en el año 1628 y el escritor tenía el trabajo de no repetirse: “Cuidado, porque puede ser un pastiche, me dije. Tenía que crear un libro original, creíble. Cuando tienes mi edad (75 este año), necesitas probarte constantemente cosas, cuando voy a navegar pienso si seré capaz de bancarme lo que pasa, la tormenta, ese desafío de ver si soy capaz todavía, me da valor y respeto por mí mismo y eso es oro puro”.

Jorge Fernández Díaz y Arturo Pérez Reverte se conocieron en 1994 en tiempos de 'El Club Dumas' y desde entonces se hicieron amigos y cada uno lee el libro del otro, muchas veces antes de que salgan a la venta. “Estamos a pocos días de que se lance un nuevo libro tuyo que no está todavía en la Argentina, que llegará en unos días y, sin embargo, no puedo resistir la tentación de hablar de ese libro, un libro inesperado. 'Enviado especial' es una biografía de guerra y el hombre que está en la tapa fumando –el periodista y escritor levantó de la mesa el libro y lo mostró al público– es Arturo como corresponsal de guerra. Los editores han hecho un trabajo espectacular con tus reportajes (como les dicen en España a las crónicas) de guerra. ¿En cuántas has estado?”, preguntó el argentino.

“En 17 o 18. Cuando vives pendiente del reloj, de una conexión por satélite para enviar el material, eres un egoísta profesional: si no transmites, nada de eso vale para nada, y para eso necesitas conseguir la información, comprar a policías, a aduaneros, a soldados, llevar mucho tabaco encima para conseguirlo. Las tácticas que tiene que tener un reportero en esos lugares no siempre son honorables y esa lucha entre ética y práctica es muy frecuente. En Sarajevo, íbamos a trabajar para la televisión en medio del bombardeo. Yo tengo mi mochila llena de esas escenas”, recordó Pérez-Reverte.

“La prehistoria de Arturo comienza con una primera crónica que escribió cuando bajó a una mina, ¿qué recordás de esos días?”, preguntó Fernández Díaz. “Tenía 18 años, la editora eligió esa crónica y ahí aprendí una cosa: tú nunca eres uno de ellos sino alguien que entra y sale, y para entrar hay que seducir para que te acepten y después poder salir para poder contarlo. Ese chico había leído mucho y quería ver si la vida se parecía a los libros que había leído. Era un chico viajando por todo el mundo: África, Asia, América Latina, en un mundo fascinante en el que me sumergí con entusiasmo”, compartió ante la sala atenta.

Fernández Díaz contó que, durante unas vacaciones, cuando Pérez-Reverte era adolescente, se anotó para ir en un barco pesquero, hizo un curso de paracaidismo y de buceo. “Me fueron muy útiles esos cursos. Había un barco de la CIA que estaba en Canarias y me mandaron del periódico a cubrirlo. Tenía 22 años, estaba toda la prensa pendiente y yo me alquilé un equipo de buceo porque no quería hacer lo que iba a hacer todo el mundo”, contó el escritor. “¿Y qué pasó cuando desapareciste un tiempo?”, preguntó Fernández Díaz. “El resto no sabía dónde estaba, pero yo sí”, bromeó. “Me fui con la guerrilla de Sudán, entré con ellos en la ciudad, estuve dos meses y nadie sabía nada de mí, volví hecho bolsa, pero volví. Estuve muy enfermo, pensé que iba a morir ahí, tenía 23 años. Conservé las fotos y cuando volví a Madrid, mis fotos salieron en primera plana”.

Cuando Fernández Díaz le preguntó por su mirada del mundo actual, Pérez-Reverte le dijo que sería entrar en un territorio demasiado complejo: “Hay una guerra contra la ilustración, la Europa que llenó al mundo de libertades, que hizo posible los derechos humanos, también con sus monstruosidades, con los colonialismos y con todo lo malo, ahora está resistiendo la guerra de Trump y el Islam contra ello. La democracia ya es un obstáculo en todas partes, ahora los tiranos son tipos con chaquetas de Silicon Valley. Las dictaduras que vienen en camino lo hacen a través de Silicon Valley”.

“Para mi sorpresa, el libro que está por llegar a la Argentina tiene seis relatos largos sobre la Guerra de Malvinas, ¿qué pensás de esa guerra?”, le preguntó Fernández Díaz y Pérez Reverte contestó: “No pude ser ecuánime, cada día luchaba para que mi simpatía no quedara de manifiesto, era consciente de que si ganaban la guerra la junta militar seguiría y por ese lado quería que la perdieran, pero no quería que la perdiera la Argentina. Un día, subiendo por la calle Florida, escuché el grito "goooooooooool" y me acuerdo de que pensé, quizás merezcan perder la guerra: estaban muriendo los chicos allá y acá festejaban un gol. Cuando vengo a Argentina, vengo a mi casa y eso lo digo desde el cariño, Argentina ha sido infame con sus hombres de Malvinas”, dijo y los aplausos se encendieron de a uno hasta multiplicarse en todas las manos.

La anteúltima pregunta fue sobre el miedo: “El miedo es gris, todavía ahora los amaneceres me producen malestar. He tenido mucho miedo, lo tienes siempre”. “¿De qué manera te cambió la guerra?”, preguntó para cerrar Fernández Díaz. “Me hizo mirar el mundo de una manera que no la hubiera visto si no hubiera estado en ella. Te das cuenta de que el ser humano es lo que es, que tiene ángeles y demonios. La guerra me dio una forma de mirar, de no odiar ni admirar al hombre de una manera excesiva. También te da una manera de comer, de dormir, de relacionarte, de vivir y de morir. Lo que yo soy y la mirada en mis novelas se la debo a la guerra. Soy un lector que accidentalmente escribe novelas, pero fundamentalmente soy un lector. Haber leído te da una forma de interpretar el mundo, no ves el mundo de la misma manera habiendo leído. Cuando lees ves que el mundo es una sucesión de catástrofes y de cosas hermosas también, y tu actitud es estoica. Va a haber un apagón, un colapso, esto es insostenible. No es ninguna tragedia, ha pasado ya, lo hemos leído: ocurrió en Grecia, en Roma”.

https://www.clarin.com/cultura/sala-llena-perez-reverte-hablo-alatriste-guerra-nueva-novela-mision-paris_0_mBeC8Uimac.html

02 mayo 2026

Alatriste, las guerras y su filosa mirada sobre Malvinas y el futuro


Cecilia Martínez - La Nación - 02/05/2026

Arturo Pérez-Reverte presentó 'Misión en París' (Alfaguara), el regreso del Capitán Alatriste tras 14 años de espera, en una conversación con Jorge Fernández Díaz que ya es un clásico de la Feria del Libro. Ante más de 500 personas y con colegas como Eduardo Sacheri entre el público en la sala José Hernández, el escritor y su par argentino hablaron de literatura, el paso del tiempo, las guerras, los remordimientos, Malvinas y el porvenir de una civilización que, para el autor español, avanza hacia el colapso.

“Ya es una vieja tradición que tú y yo nos juntemos aquí”, soltó Pérez-Reverte al ser recibido en el escenario, entre aplausos. Fernández Díaz le dio la bienvenida con una primera mención al libro: “Después de muchos años, cuando parecía que su mítico espadachín ya lo había dado todo, el autor volvió con sus libros y documentos del Siglo de Oro español y escribió como si no hubiera pasado el tiempo”.

Para dimensionar el fenómeno, el escritor argentino recuperó una definición del filólogo Alberto Montaner, especialista en aquel período histórico, quien sostuvo que Alatriste ingresó al linaje reservado a los grandes mitos literarios españoles: el Cid, la Celestina, Don Juan y Don Quijote. “La aseveración es asombrosa pero no exagerada; aunque el carácter contemporáneo del padre de la criatura tiende injustamente a relativizarla: ¿cómo va a resultar un mito clásico español este espadachín de ficción si su autor es de carne y hueso, camina por las actuales calles de Madrid y de Buenos Aires y sale todos los años en la radio y en la tele?”.

La saga cuenta con millones de ejemplares vendidos, adaptaciones cinematográficas, juegos, circuitos culturales. Sin embargo, volver a ese universo después de tanto tiempo implicaba para su creador un desafío: “Había lectores que decían: "Usted prometió". Y se cumplían 30 años, pero, ¿era capaz de reencontrarme con esos personajes? Yo ya no era el mismo”. Sin embargo, se puso a ello y fue como encontrarse “con viejos amigos en una taberna”, lo cual, según dijo, lo llenó de felicidad. Volver implicó también enfrentarse a su propia historia: “Descubrí que yo he ido más rápido que Alatriste en oscuridades; no es ficción del todo, hay una parte de mi memoria, por eso también fue un proceso doloroso: he envejecido”, apuntó el escritor de 75 años.

La charla giró luego hacia 'Enviado especial', el nuevo libro que verá la luz en los próximos días y que reúne sus crónicas como corresponsal de guerra, de las que mencionó: “Cuando vives pendiente del reloj, de un télex para enviarlas, te vuelves egoísta. Si no transmites, nada vale para nada. Tienes que conseguir la información, sobornar a policías, aduaneros; llevar tabaco encima. Toda esa táctica requiere no siempre hacer cosas honorables, pero sí necesarias para tu trabajo. Yo era un buen reportero; por eso hice cosas de las que no estoy orgulloso”, confesó. Y dio ejemplos: “En Sarajevo, corriendo entre tiros y bombardeos, una familia salió al paso a pedirnos que paráramos, pero no llegábamos al 'Telediario'... Todavía recuerdo la cara del niño. Cosas que pude hacer y no hice. Todo se va acumulando”.

Sudán, Medio Oriente, minas, guerrillas, cárceles. La guerra, tras más de 20 años en el oficio, fue horror y aprendizaje. “He tenido mucho miedo, lo tienes siempre”, confesó. “Aunque aprendes que tú nunca eres uno de ellos: no eres un minero, ni un guerrillero; estás de paso, por eso debes tener habilidades para entrar y salir”, sumó.

El autor fue cronista en la guerra de Malvinas y señaló que, en ese caso, vio a “los pilotos con rosarios que iban a jugarse la vida”, pero “era consciente de que si ganaba Argentina, la dictadura seguiría”. De aquellos tiempos, recuerda una escena en Buenos Aires, durante el Mundial de Fútbol: “Yo estaba en el hotel Sheraton y un día, subiendo por la plaza, escuché: "¡goooool!", y pensé: "Quizás merezcan perder la guerra". Ese día, solo ese día, detesté a la Argentina. Fue el momento más amargo: mientras estaban muriendo los chicos ahí, otros estaban viendo el partido”. Y profundizó en el origen de su disgusto: “Que Argentina no haya sabido trazar la línea entre esa dictadura infame y la gente que luchó, esos soldaditos… que se los ningunee y se los olvide, me parece una infamia nacional. Y digo esto porque cuando yo vengo a Argentina, vengo a mi casa, y desde el cariño me permito hablar: Argentina ha sido infame con sus hombres de Malvinas”.

La conversación avanzó hacia el presente. “Hoy hay una guerra contra la Ilustración, contra esa Europa que iluminó el mundo; el peligro son las dictaduras que vienen del teléfono móvil, de Silicon Valley”, sostuvo. Y fue más lejos: “Esto va a terminar muy mal. Va a haber un apagón, un colapso; el mundo artificial que estamos construyendo es insostenible... Esto se va al carajo”. Fernández Díaz, consciente del tono apocalíptico del final del encuentro y antes de que se diera paso a la firma de ejemplares por parte del autor, eligió cerrar el intercambio con humor, evocando el poder de la literatura: “Antes de que venga el colapso, nos quedan todavía muchos libros y muchas oportunidades de escuchar a Arturo; como en 'Casablanca': siempre nos quedará Pérez-Reverte”.

https://www.lanacion.com.ar/cultura/perez-reverte-y-fernandez-diaz-en-la-feria-del-libro-alatriste-las-guerras-y-su-filosa-mirada-sobre-nid02052026/

Arturo Pérez-Reverte en 'Los 7 Locos' con Cristina Mucci


Entrevista de Cristina Mucci - YouTube - 02/05/2026

Cristina Mucci recibe a Arturo Pérez-Reverte en su visita a la Feria del Libro. Charlan sobre 'Misión en París', sus polémicas con la RAE y una confesión: si empezara hoy, ¡escribiría videojuegos!

https://www.youtube.com/watch?v=p7-FF-Xuxvk

"El lector inteligente se da cuenta de que no me lo he inventado todo"


Entrevista de Adriana Muscillo - Clarín - 02/05/2026

En un salón versallesco del Hotel Alvear, se presentó un Arturo Pérez-Reverte que no es el columnista algo gruñón y enojado que acaso se muestra habitualmente en los medios. Tampoco es el miembro de número de la Real Academia Española que se adivina como un acartonado y distante purista del lenguaje. Bueno, purista del lenguaje es.

El periodista, escritor y académico español es autor de más de cincuenta [sic] joyas literarias, en su mayoría históricas, muchas de las cuales han sido llevadas al cine, a la televisión y al cómic. Recibió numerosas distinciones internacionales, entre ellas, la de Caballero de las Artes y de las Letras del gobierno francés. Antes de eso, fue cronista de guerra durante veintiún años: cubrió los principales conflictos armados ocurridos entre 1973 y 1994, en territorios como el Golfo Pérsico, el Líbano, Eritrea, el Sahara, Bosnia, nuestras Islas Malvinas, entre muchos otros. Está de visita en Buenos Aires para presentar, en la Feria Internacional del Libro de Buenos Aires, su más reciente entrega de la célebre saga que tiene al Capitán don Diego Alatriste como hidalgo protagonista de múltiples andanzas a capa y espada, quien, junto a sus ya legendarios compañeros, acomete una importante y arriesgada 'Misión en París' (Alfaguara, 2025).

Este libro, que aparece después de una pausa de catorce años, es el octavo de la saga, que ahora cumple treinta. Además, en unos días, se publicará 'Enviado especial' (Alfaguara), que recorre la memoria de un reportero en primera línea. La novela transcurre en 1627, durante el asedio de La Rochelle, que forma parte de los antecedentes históricos de 'Los tres mosqueteros', de Alexandre Dumas –quienes, de hecho, aparecen en la trama–, con lo cual Arturo Pérez-Reverte duplica aquí la ya difícil tarea de cruzar el dato histórico con la ficción: “'Los tres mosqueteros' es un libro fundamental para mí, marcó mi vida. Lo leí con ocho o nueve años, en una edición antigua y con grabados que era de mi bisabuelo, y quedé fascinado”, contó el autor español, con emoción.

¿Cómo surge la idea de retomar el personaje del Capitán Alatriste?

Primero, hay unos lectores que son muy fieles. Algunos hasta llevan tatuajes de Alatriste. Entonces, me presionaban. Segundo, el aniversario y, por otra parte, había un desafío personal: “¿Seré capaz, después de haber hecho otras cosas, de recuperar ese mundo que tengo olvidado completamente?”. Y, después, quedaba una deuda íntima con Dumas, que es que mi primer libro leído fue 'Los tres mosqueteros'. Ahí estaba todo: el amor, la amistad, la traición, la mujer peligrosa, la mujer dulce y amorosa, los amigos leales, el poder en la sombra, el misterio, estaba todo. Yo no era un lector, era uno más. ¡Yo formaba parte de esa historia! Me disfrazaba y me pasaba el tiempo jugando al espadachín.

¿Es quizás ese mismo entusiasmo el que logró usted en sus lectores con la saga de Alatriste?

Vamos a ver, hay dos tipos de lector: el lector testigo y el lector partícipe. Los dos son respetables, ¿eh? El testigo es el lector que lee un libro, como el que va a ver una película, asiste al espectáculo narrativo de una novela. El partícipe es el lector cuya imaginación lo lleva a meterse en la historia, a formar parte de ella. Ese es el lector, digamos, de verdad o de más alta categoría, de más alto nivel. No despreciemos al otro, porque todo acto de leer ya es noble. Pero ese introducirte en la historia me ha pasado siempre. Entonces, ese es el lector que busco. Alatriste está hecho con los trucos nobles del oficio de que dispongo para que el lector sea un compañero de viaje y no un testigo.

¿Cuáles son esos trucos?

Los trucos se aprenden leyendo. No soy un artista, sino un artesano: soy un tipo que ha leído, un lector que accidentalmente escribe. A veces, frente a un papel o a una pantalla, no todo fluye, a veces se encuentra uno con problemas: “¿Cómo resuelvo esto?”. Entonces, me levanto y voy a ver a mis maestros: Conrad, Stendhal, Balzac, Flaubert, y siempre está ahí la solución. Pero ojo, esto es muy importante: tendemos a despreciar la literatura ligera y superficial. Hablo de Agatha Christie, Chandler, Conan Doyle, pero todo es literatura. Ese cóctel de literatura, alta y baja, esos son mis trucos. Los he aprendido de ellos y los aplico a mi mundo, a mi época, a mis temas y a mi propia escritura.

¿Qué cosas le enseñó cada uno de sus maestros?

Conrad me ha enseñado a describir a un tipo de gente, un lugar, un mar parecido al alma del hombre que lo está mirando, pero Agatha Christie me ha enseñado a empezar un capítulo, a terminarlo, a agarrar al lector por el cuello y decirle: "Ven aquí". El "best seller" americano más burdo, más torpe, a lo mejor me enseña cómo hacer que el lector tenga un estremecimiento. Thomas Mann no me enseña a abrir un capítulo. Me enseña, a lo mejor, a desarrollar un personaje, un diálogo. Entonces, el autor que soy aprende de todo, sigo aprendiendo todavía ahora, ¿no? Borges sí, claro, y Arlt, naturalmente, y Bioy, que son mis tres iconos argentinos, y Mujica, también, en un cuarto lugar. Pero es que yo me voy a Soriano y entiendo a Argentina. Yo entiendo a Argentina mejor leyendo a Soriano que leyendo a Borges.

¿Su experiencia como cronista de guerra influye en ese cóctel?

Yo tengo una suerte: no he aprendido a vivir en un bar, en un hotel, en un despacho de abogados ni en un banco, aunque son lugares muy respetables, no los desprecio. Entonces, he visto cosas duras, he visto aspectos del ser humano y de la vida que aquí no es fácil ver. A lo mejor he visto en dos días de guerra en Beirut o en Sarajevo lo que otras personas tardan diez años en entender. Eso me ha dado una memoria personal. Pero el haber sido lector antes me permitió identificar el mundo y entenderlo. Entonces, cuando hablo de violencia, de soledad, de fracaso, de muerte, de cómo se degüella a un tío, no es teoría, no me lo han contado. Lo había leído, pero es que, además, lo he vivido.

¿Cómo se lleva con esos recuerdos?

Yo soy una persona serena, no he ido a un psicólogo en mi vida. Esto a un argentino le debe de sonar raro, pero es verdad. Mis psicólogos son los libros. Entonces, todo eso lo digerí muy bien. Todos tenemos fantasmas, yo tengo remordimientos, tengo sangre en las uñas, hay noches en que estás despierto y te pesa, pero soy una persona bastante equilibrada. Lo fui siempre. Entonces, digamos que todo esto, en lugar de traumatizarme, lo he digerido de una manera nutritiva. Yo miro al mundo de Alatriste, una historia es una mirada. Hay gente que mira las que se forjan en un bar, en un café, en el divorcio… En mi escritura, el lector inteligente se da cuenta de que no me lo he inventado todo.

En Alatriste también hay valores como el honor, la amistad, la lealtad… ¿Eso es, igualmente, transmisión de lo vivido? ¿Cómo dialogan esos principios con el presente?

Es un mundo distinto. Yo fui educado para un mundo diferente al que era de verdad. En mi mundo los curas eran santos, los políticos eran honestos, los policías eran honrados. La vida me fue desmontando un montón de ideas: honor, patria, bandera, religión. La vida te despoja, te va arrancando todo eso y te encuentras huérfano. Entonces, necesitas algo en lo que apoyarte. Te dices: “A ver, ¿qué sobrevive?”. La admiración por el valor, la dignidad, la lealtad, la amistad, el amor y poco más. Entonces, con eso, construyes un reducto donde refugiarte cuando hace mucho frío. Esa visión del mundo, ese despojo de grandes palabras, se lo presto a Alatriste.

En la obra se evidencia una investigación de fechas y lugares muy precisa. ¿Cómo logró cruzar los datos históricos con la ficción, la propia y la de Dumas?

Bueno, ese era el desafío. Pero había un problema que intenté evitar, y creo que lo logré, que es algo que se da mucho en la novela histórica, que es que cuando un novelista hace un trabajo histórico, después tiene la tentación de meterlo todo en la novela. Como ha trabajado tanto, quiere que esté todo dentro. Entonces, yo tengo la certeza de que eso estropea una novela. No puedes hacer una novela enciclopédica. Debes dejar fuera todo aquello que no es necesario. Aunque yo lo necesito para entender, el lector a lo mejor lo puede intuir, pero no debe estar escrito.

Si sobra material, ¿quedará para la próxima?

Mira, en noviembre tendré 75 años. La cabeza se desgasta y no hay nada más triste que un escritor que está muerto y no lo sabe. Es lo más triste del mundo. Yo he conocido casos, y algunos de los grandes, lo que no les quita grandeza, pero las decadencias, los finales, son muy tristes y penosos. Y los escritores no siempre son conscientes de que están acabados. Hay autores a los que hay que decirles: “Déjalo, maestro, ya está”. Soy consciente de eso. Pues sí, lo siento, lector. Yo sé que tengo fecha de caducidad. ¿Qué me queda de vida práctica, diez años? ¿Cuántas novelas más podré escribir? ¿Tres, cuatro? Tengo que elegir, no puedo equivocarme, es terrible una novela que dejaré sin escribir. ¿Qué puedo hacer de aquí a diez años que sea capaz de hacer, que no sea una novela senil, ni absurda, ni idiota, ni acabada, ni decadente? Y es muy duro eso, es dolorosísimo. Hay novelas para las que me preparé durante mucho tiempo y que no llegaré a escribir.

https://www.clarin.com/cultura/arturo-perez-reverte-lector-inteligente-da-cuenta-inventado_0_ixtJyQHQNs.html

29 abril 2026

"La batalla está perdida"


Entrevista de Marcelo Pasetti y Mariano Suárez - Agenda Real - YouTube - 30/04/2026

Arturo Pérez-Reverte analiza el regreso de su emblemático Capitán Alatriste en la obra 'Misión en París'. El escritor y periodista español afirma que la estupidez es el mal verdadero del mundo y la herramienta predilecta de los nuevos tiranos de Silicon Valley. Bajo la premisa de que "la democracia estorba" para los planes de las élites tecnológicas, el académico advierte sobre un ciclo histórico que termina y una libertad que sucumbe ante la manipulación digital.  

Con la mirada de quien fue corresponsal de numerosos conflictos bélicos, Pérez-Reverte evoca su paso por la Guerra de Malvinas y su encuentro con un Leopoldo Galtieri que "olía a alcohol". Entre historias sobre sus amigos "el Negro" Fontanarrosa y Osvaldo Soriano, el autor destaca la necesidad de preparar a las nuevas generaciones para el desastre inminente. Esta charla es un recorrido por la dignidad, el escepticismo y los aromas de la vieja Europa que todavía habitan en las calles de Buenos Aires.

00:00:00 - Introducción y presentación: El regreso de Alatriste

00:01:25 - Por qué retomar 'Misión en París' tras una década

00:03:05 - Diagnóstico del mundo actual: "La batalla está perdida"

00:04:26 - El pasado como herramienta para entender el presente

00:07:04 - Valores de resistencia: Honor, Lealtad y Dignidad

00:09:54 - Dictaduras tecnológicas y la crisis de la democracia

00:12:12 - La evolución del periodismo: De reporteros a redes sociales

00:15:43 - Memorias de Malvinas: La guerra donde se perdió la ecuanimidad

00:17:52 - El encuentro con Galtieri y la realidad de la época

00:23:58 - El peligro de la estupidez humana y la falta de cultura

00:30:40 - El vínculo con Buenos Aires y la herencia de la vieja Europa

00:38:23 - La definición de felicidad: Mar, libros y soledad

https://www.youtube.com/watch?v=J9xTcCQQ93c

Entre Alatriste, el tango y el recuerdo de Soriano y Fontanarrosa: Pérez Reverte en Agenda Real

En su paso por 'Agenda Real', el programa de streaming de Canal 8 Mar del Plata y el diario 'La Capital', Arturo Pérez-Reverte no solo habló de política, guerra y decadencia cultural: también dejó una faceta más íntima, ligada a su visita a la Argentina, a la presentación de su libro 'Misión en París' y a las historias personales que lo unen con Buenos Aires, el tango, Osvaldo Soriano y Roberto Fontanarrosa.

El escritor español se presentará este sábado 2 de mayo a las 16 en la Sala José Hernández de La Rural, donde hablará de la nueva aventura de Alatriste, publicada después de más de una década. Según contó, el regreso del personaje estuvo empujado por una combinación de factores: la insistencia de los lectores, el aniversario de los 30 años del primer libro y su propia curiosidad por saber si todavía era capaz de reencontrarse con ese viejo universo. En ese tramo de la entrevista, Pérez-Reverte explicó que quien más cambió con el paso del tiempo fue él, no Alatriste. Incluso remarcó que, a diferencia suya, el personaje todavía tiene por delante un porvenir posible. “Alatriste todavía tiene que ganarse la vida día a día”, dijo, al marcar que ese viejo capitán aún conserva futuro. Pero además planteó que Alatriste representa una forma de resistencia frente a un mundo en decadencia. Explicó que tanto el personaje como su círculo más cercano encarnan la posibilidad de reunirse entre leales, amigos y solidarios para construir pequeños núcleos donde todavía sea posible sobrevivir con dignidad frente al frío del tiempo que viene. En esa línea, sostuvo que en su literatura, incluso en la histórica, siempre habla del presente. Por eso explicó que Alatriste también expresa su propia mirada sobre el mundo: una visión pesimista, escéptica, pero aferrada todavía a unas pocas palabras intactas, como valor, dignidad, lealtad, amor y amistad.

Pero buena parte de la entrevista giró también alrededor de su relación afectiva con la Argentina. Pérez-Reverte confesó que cada vez que llega a Buenos Aires siente que sigue dentro de Europa, aunque de una Europa que, según él, en muchos lugares ya desapareció. Dijo que en esta ciudad todavía percibe un eco cultural, literario y humano que lo sigue fascinando. En ese vínculo aparece el tango como una marca decisiva. Contó que su pasión argentina empezó en su propia casa, por influencia de su padre, un gran bailarín que cantaba tangos mientras se afeitaba. Esa música, dijo, fue el primer puente emocional con Buenos Aires y con una imaginación que luego se completó con lecturas, viajes y caminatas por la ciudad. Esa fascinación incluso se convirtió en literatura. Recordó que una parte de 'El tango de la Guardia Vieja' transcurre en Buenos Aires y que escribir esa novela fue para él una experiencia especialmente feliz, alimentada por fotografías antiguas, libros, escenarios porteños y todo ese imaginario de pulperías, esquinas y tangos viejos.

Pérez-Reverte también se detuvo en Osvaldo Soriano, a quien reivindicó con fuerza. Dijo que leerlo es una manera de entender a la Argentina y cuestionó con dureza a cierta intelectualidad porteña que, según recordó, lo despreció durante años pese a su enorme conexión con los lectores. “No perdono el trato que dispensó a Soriano”, lanzó. En la misma línea evocó a Roberto Fontanarrosa, de quien habló con afecto y admiración. Recordó entre risas una presentación en la que el rosarino lo dejó plantado para irse a ver un partido de Rosario Central, una escena que definió como absolutamente natural en alguien como el Negro. También contó que conserva en su casa un dibujo dedicado de Boogie el Aceitoso. Lejos de presentarse solo como un escritor exitoso que llega a la Feria del Libro, Pérez-Reverte mostró durante la entrevista una relación mucho más profunda con Buenos Aires y con ciertos nombres de la cultura argentina que, según dejó entrever, forman parte de su educación sentimental.

https://mi8.com.ar/entre-alatriste-el-tango-y-el-recuerdo-de-soriano-y-fontanarrosa-perez-reverte-en-agenda-real/

“Ahora el mundo está lleno de escritores que no han leído un libro en su vida”


Entrevista de Guillermo E. Pintos - infobae.com - 29/04/2026

“¡Pero si el ser humano no ha cambiado! El ser humano sigue siendo un hijo de puta”, suelta con una sonrisa Arturo Pérez-Reverte en un coqueto salón de un hotel de Recoleta, allí donde casi siempre suele pasar sus temporadas porteñas. Le fascina esta ciudad, cuenta, desde la primera vez que la visitó a mediados de los 70. Y le sigue pareciendo fascinante. Por eso la quiere. “Casi no viajo. Sí por Europa, pero más lejos solo vengo a Argentina”, confiesa el escritor español "best seller", polemista y hábil declarante.

Pérez-Reverte, todo un personaje, reflexionó sobre la naturaleza humana y su evolución, el estado de las cosas en Occidente y el devenir de su estilo literario en un extenso y relajado diálogo que se da a propósito de su participación en la Feria del Libro de Buenos Aires para presentar, nada menos, la octava aventura de su gran creación, el Capitán Alatriste. La conversación con Infobae Cultura, marcada por una mirada sin concesiones sobre la vida, la literatura y el paso del tiempo, recorrió también los silencios y los límites de una de las polémicas culturales (y políticas) del año en su país.

“¿Ha leído 'La península de las casas vacías'?”, se le preguntó. Y él respondió tajante: “No”. Y enseguida agregó: “No quiero hablar de esto, porque si hablo de esto va a salir en España... Es un tema que cerré por completo”. Breve explicación para el lector que eventualmente no sepa de qué se trata todo esto: el libro aludido fue escrito por el joven autor David Uclés, un autor de moda en la literatura española, ganador del premio Nadal 2025. Y la polémica surgió cuando Uclés decidió no participar en unas jornadas sobre la Guerra Civil española coorganizadas por Pérez-Reverte, al discrepar del título del evento (“La guerra que todos perdimos”) y de la presencia de ciertos ponentes. Pérez-Reverte criticó duramente la decisión de Uclés, calificándola de descortesía. El conflicto provocó la suspensión temporal del evento y abrió un debate sobre la memoria histórica y el papel político de los escritores en España. Punto.

Vuelta a la literatura de aventuras que tan bien escribe Pérez-Reverte y le ha valido cifras relevantes de venta de ejemplares y reconocimiento global (fue traducido a más de 40 idiomas). 'Misión en París'. Las aventuras del Capitán Alatriste se desarrollan apenas un año después de 'El puente de los Asesinos' (Alfaguara, 2011), la entrega que transcurre en Italia. Casi 30 años después del inicio de la saga y 14 desde la última entrega hasta ahora, Pérez-Reverte traslada a sus personajes a La Rochela, epicentro de la resistencia hugonote frente al rey Luis XIII de Francia, asediado por el cardenal Richelieu y con la injerencia de los ingleses, siempre dispuestos a complicar las cosas. En esta nueva misión, Alatriste y sus compañeros se ven envueltos en una trama llena de incertidumbre y guerra de religiones, sin saber del todo a qué intereses responden hasta bien entrada la historia. Como dato de color, la novela introduce cameos de los legendarios personajes de Alejandro Dumas: los tres mosqueteros y D’Artagnan.

—Pasaron catorce años entre un Alatriste y otro... Cambió el mundo, cambiaron los lectores, ¿También cambió usted?

—¡Pero si el ser humano no ha cambiado! El ser humano sigue siendo un hijo de puta. Sigue siendo un hijo de puta al que a veces le sale la parte buena, pero por lo general no ha cambiado. Es el mismo, es el mismo.

—¿Y Alatriste?

—Alatriste se ha hecho más oscuro, porque también el autor se ha vuelto más viejo. Es decir, todo viene de un proceso de demolición. Eso lo decía Scott Fitzgerald... Entonces, claro, uno sale del punto de partida de Alatriste en su mundo y yo en el mío. Salimos del punto de partida con un montón de palabras con mayúscula: Dios, Patria, Bandera, Religión, Amor. Y después la vida poco a poco nos va dando zarpazos y nos va demoliendo... Y al final llegamos a un momento (cada uno tiene el suyo). Todos llegamos a ese momento en el cual dices: “¿Qué me queda? Me quedan cuatro palabras o tres. ¿Qué hago? Bueno, tengo que vivir. Tengo que relacionarme, necesito un lugar donde no tener frío, donde respetarme a mí mismo, ¿no?”. ¿Qué me queda? Pues me queda... Amor, dignidad, valor, lealtad y poco más. "Bueno, pues con eso que me ha quedado", digo, "voy a hacerme una segunda ética práctica para poder aguantar hasta que termine la aventura". Ese es el proceso vital de todos, más o menos. Unos son conscientes, otros no, pero es el proceso. Yo soy consciente del mío por la vida que he llevado. Entonces, Alatriste es consciente de eso. Y yo le presto a Alatriste esa mirada, esa certeza de la demolición. Alatriste mira el mundo como lo miro yo. Yo no soy Alatriste, ojo. Tengo otros fantasmas, pero no esos, ni soy un asesino a sueldo. Pero es verdad que cuando miro el mundo, digo: “Esto me vale”.

—En el relato, el capitán aparece en una época muy especial de Francia, y coincide con personajes tan populares como los mosqueteros. ¿Por qué esa elección y qué relación tiene con su propia experiencia como lector?

—Primero, yo, como lector, cuando leí 'Los tres mosqueteros' me cambió la vida. Yo lo leí con ocho, nueve años, y quedé fascinado. Imagina: con ocho años descubrí la lealtad, la amistad, la mujer peligrosa, el amor inocente, el valor, el desafío, la arrogancia...

—La traición.

—La traición, el poder, el poder en la sombra, los tentáculos del poder, la conspiración. Me quedé fascinado. Pero claro, hay dos tipos de lector, y los dos son respetables. Uno es el lector testigo, que se sienta como el que ve una película: 'Los tres mosqueteros', 'Madame Bovary', 'Los hermanos Karamazov'... Y después está el lector actor: el que entra en la historia, el que se ve dentro, el que forma parte y a quien la historia le cambia su vida, porque él es uno de ellos. Yo era el quinto mosquetero. Y me huelo que tú también eres ese tipo de lector. Ese lector es distinto, porque ese lector hace suya la historia, participa de ella. Incluso influye en ella. La actividad del lector, su actitud la modifica. O sea, no es igual tratar con Milady de Winter desde dentro que desde fuera. Después te pasas la vida buscando a Milady. A ver, entre Milady y Constanza, ¿a quién me quiero follar? Prefiero a Milady... Yo era ese tipo de lector. Y aquí vengo con esa memoria lectora, con esa mirada. Para mí este libro no es una novela, ha sido una especie de de inmersión durante un año y un poco más, una inmersión gozosa. Yo estuve, otra vez, dentro de 'Los tres mosqueteros', y además hice una cosa que me satisface mucho: uso mis personajes, uso los personajes de otro y los ubico en mi propia imaginación. Es una especie de deuda que tuve con Dumas desde siempre, y este es un acto de justicia lectora. Porque insisto: yo no soy un artista, soy un tipo que cuenta historias. Soy un lector que accidentalmente, por ser lector, he escrito. Ahora el mundo está lleno de novelistas, de escritores que no han leído un libro en su puta vida. Basta mirar, basta oír. ¿Pero cómo se atreve a decir que ha escrito un libro? Eso que está contando ya está contado desde Sófocles hasta ahora. Entonces, yo soy un lector. Soy escritor como consecuencia de ser lector, no es al revés. Yo conozco novelistas, y esto lo sé, que me han llamado, novelistas jóvenes. Te llaman para ver qué libros deben leer ahora que son novelistas. Lo mío es una consecuencia. Mañana podría dejar de escribir y sería igual de feliz. O casi, porque leer es lo fundamental. Y además, eso me lleva a otra cosa, que es muy interesante para mí. Cuando has leído lo suficiente (claro, son 75 años y no es mérito, es que son muchos años con libros en la mochila) te das cuenta de que hay libros que ya te han dado todo lo que tenían que darte. Yo leo 'Madame Bovary' por sexta vez, o leo 'La cartuja de Parma' por tercera vez, o leo 'La montaña mágica' por quinta vez, o 'París era una fiesta' por décima vez (es un libro extraordinario, el mejor libro de Hemingway, sin duda, ese es el libro de verdad, el que escribió ya de mayor, cuando no era un fantasma fanfarrón y era un escritor cuajado), y todo tiene su explicación. Hay libros que ya han cumplido su misión, que ya te han dado todo lo que te podían dar. No porque tú seas muy listo, sino porque los has leído tanto que los has exprimido como un limón, ¿no Y hay libros que todavía están ahí. Yo cuando leo a Joseph Conrad, fíjate, hay una cosa curiosa. Yo empiezo a leer a Conrad con quince años. Mi libro favorito es 'La línea de sombra', que es extraordinario. Después, mi libro favorito fue 'Lord Jim'. Después, mi favorita fue 'Victoria'. Y ahora mi favorita es 'El rescate'. ¿Por qué? Porque yo he ido evolucionando. El niño, el jovencito que leía a Conrad, ahora es el veterano de 75 años que lee a Conrad. Descubro cosas que antes no era capaz de ver. Hay libros que todavía te enseñan cosas que no has visto. Y eso me pasa ya con muy pocos. Pero aparte de esos libros, lo que me hace sentir esa especie de excitación, de estímulo, es la novela policíaca. Siempre he leído novela policíaca, pero ahora es lo que más leo. Lo que me hace sentir estremecimiento como lector.

—¿Es un género subvalorado, para usted?

—Bueno, 'El asesinato de Roger Ackroyd', de Agatha Christie, es una obra maestra tan buena como 'Crimen y castigo', de Dostoievski. Solamente que responde a otro nivel, otro momento, otra exigencia. Pero es una obra maestra.

—Al principio de esta entrevista mencionó la palabra "aventura". ¿Piensa que su vida ha sido una aventura?

—Sí, pero yo no la busqué. Es que mi vida ha sido como... Javier Marías y yo tuvimos la misma formación de niños: mismas lecturas, mismas historietas, mismo colegio, mismo tipo de familia. Él quería escribir las novelas que había leído, yo quería vivirlas. Eso fue lo que después en la vejez nos unió. Yo salí de mi casa a vivir aventuras, a conocer a Milady, a conocer a D’Artagnan, y la vida me fue llevando. Hay distintas etapas. En el momento en que la aventura se transformó en trabajo profesional y me vuelvo periodista responsable, serio, ya dejó de ser aventura. Pero cuando ahora miro para atrás, claro, la aventura... Han pasado muchas cosas. He vivido... Empecé a viajar con veinte años, en los años 70. No existía ni el sida todavía. Viajé por África, por Asia, por América, por todos lados. Me pasó de todo. Conocí chicas, amigos, viajes. Eso es una aventura. Mirando para atrás, ha sido una aventura. Pero hay una frase de Conrad que dice que la aventura en realidad era la vida. Pero mi vida todavía es una aventura. Te casas, tienes hijos, te divorcias, luchas en el trabajo, intentas ser digno de mil cosas. Pero mi aventura fue más explícita, más clásica. Pero en realidad es lo mismo que un delincuente, que un médico de urgencias, que un policía pueda haber vivido.

—¿Cómo vive ahora esa etapa?

—He descubierto un espectáculo fascinante que también en mis novelas se va manifestando y se va filtrando. Pensaba que la vejez era la indiferencia, y es verdad. La vejez es que llega Monica Bellucci y te dice “ven” y tú dices: “Joder, hostia, son las cuatro de la mañana, Monica”. Esa es la vejez. Pero esto me produce un estímulo. Es muy interesante el espectáculo al que estoy asistiendo. Ves cómo se repiten los viejos mecanismos de la historia. Lo que había leído otra vez, ahora lo vivo en mi casa. Lo había vivido en otras, pero ahora es en la mía.

—Este año se cumplieron sesenta [noventa] años del inicio de la Guerra Civil y hubo toda una sensación de retrospectiva histórica en España.

—Yo tengo un libro que se llama 'Línea de fuego' sobre la Guerra Civil. Un libro gordo, ha ido muy bien y sigue yendo muy bien. Es así: de mi generación, nuestros padres vivieron la guerra civil combatiendo. Mi familia combatió: mi padre, mi tío y mi abuelo combatieron con la República. Pero la Guerra Civil fue un proceso muy complejo, donde se dieron cita muchos factores políticos, geoestratégicos, geopolíticos con nazis, comunistas, fascistas, la Iglesia, la República, anarquismo, socialismo, falangismo... Muy complicado. Fue una trampa en la cual el país se vio metido. Te pongo un ejemplo: mi padre y mi tío, que eran chicos de buena familia, lucharon con la República. Mientras que mi suegro, que era un joven izquierdista, luchó con los nacionales de falangista, porque vinieron al pueblo y dijeron: “Vosotros, al camión”. Le tocó estar allí. Fue una trampa en la cual España quedó atrapada. Hay un caso que me contó un periodista: en el frente de Huesca había posiciones a treinta metros unos de otros. Un chico de 19 años, con los nacionales. “¿Hay alguien de Tardienta?”. “Sí, yo soy de Tardienta”. “¿Quién es?”. “Soy Pepe, el hijo del estanco”. Un silencio. “Pepito, soy Paco, tu hermano”. Un silencio. El capitán le dice: “Júrame que no te vas a pasar”. Le responde: “Le juro que no me voy a pasar”. Y durante una hora dejaron que los dos hermanos se encontraran y se abrazaran. Luego estuvieron siete años sin verse otra vez. Eso es la guerra civil.

—¿Por qué hay tanta polémica con la memoria histórica y el relato hoy todavía, 60 [90] años después?

—Ahora, una generación de Podemos, de extrema izquierda, está diciendo que la Guerra Civil fue dos militares, dos obispos y dos banqueros contra el pueblo español. Se está imponiendo ese discurso, pero la guerra fue mucho más compleja, donde hubo hijos de puta en todos los bandos, donde hubo fusilados. Lo que pasa es que unos, como ganaron la guerra, sacaron a fusilar y otros tardaron mucho, pero todo el mundo sufrió. Ese es el discurso. Contra eso escribí ese libro y son estas jornadas. De ahí viene toda la polémica.

https://www.infobae.com/cultura/2026/04/29/arturo-perez-reverte-ahora-el-mundo-esta-lleno-de-escritores-que-no-han-leido-un-libro-en-su-vida/

27 abril 2026

“No hay nada más triste que un escritor que está muerto y no lo sabe”


Entrevista de Natalia Blanc - La Nación - 28/04/2026

De visita en Buenos Aires para presentar 'Misión en París' (Alfaguara), última entrega (hasta la fecha) de la exitosa saga de aventuras protagonizada por el Capitán Alatriste, Arturo Pérez-Reverte resalta en diálogo con 'La Nación' que su célebre personaje ha vuelto a las andadas, catorce años después, “más amargo, más desesperado y con más remordimientos”. En septiembre pasado, cuando salió el libro para el mercado hispano, el autor y periodista español había asegurado a la prensa: “Alatriste ha envejecido y yo también”.

¿El capitán se volvió más cabrón?

Siempre ha sido un personaje oscuro y peligroso. Lo que pasa es que, ahora, con la edad, miras más hacia atrás. Eso sucede cuando tienes más pasado que futuro o cuando no tienes futuro. Ahora los remordimientos, los fantasmas, están más presentes. Alatriste no soy yo, pero es verdad que él mira el mundo como lo miro yo.

¿Y por qué volvió? Más allá de que has contado que los lectores te lo pedían, ¿qué sentías como autor que le faltaba vivir al personaje?

Volvió por varias razones. Hay gente muy fanática, que no lee nada mío más que a Alatriste; hay gente que lleva tatuadas sus frases. Entonces, eso era una presión. Incluso algunos me insultaban: “Cabrón, tiene que volver”. Pero, además, hubo otra razón: se cumplían treinta años del primer libro y la editorial dijo que ya era el momento. Por otra parte, yo quería ver si era capaz, si después de haber abandonado el personaje durante catorce años podía volver a ese mundo, si podía recuperarlo y verlo actualizado para un público que no es el mismo.

En 'Misión en París' hay un homenaje a 'Los tres mosqueteros', de Alejandro Dumas. ¿Esa también era una asignatura pendiente?

Claro. Yo tenía una deuda con Dumas. Desde pequeño he soñado con 'Los tres mosqueteros'. El regreso de Alatriste era la ocasión de saldar esa deuda. Sobre todo, ver si era capaz de hacerlo.

¿Y cómo resultó?

Bueno, ahí está [señala el libro sobre la mesa del salón Embajador del Hotel Alvear]. El proceso fue muy interesante. Me obligó a releer cosas que yo pensaba que ya no iba a leer, a revisitar un mundo que había dejado atrás. Fue un gran ejercicio. Además, tuve que releer los otros siete. Y eso fue nuevo para mí porque nunca me leo cuando publico un libro. Me olvido y ya. Entonces, leerlo así me hizo ubicarme en el lugar del lector, no del autor. Ha sido una experiencia muy original.

¿Habrá un Alatriste más?

No sabemos. Tengo 75 años. No sé cuánto me queda. Pero mientras esté intelectualmente lúcido, sí. El problema es que yo ahora tengo que elegir. Hasta los 85, hasta los 80 más o menos, me quedan cuatro, cinco libros. No mucho más. Entonces, ya no puedo equivocarme. No hay nada más triste que un escritor que esté muerto y no lo sabe.

El 7 de mayo sale en el país 'Enviado especial', libro que recopila tus crónicas de guerra. ¿Por qué crees que la guerra parece ser el único invento del hombre que nunca termina?

Primero aclaro que yo escribí el prólogo de ese libro, y la selección de los textos la ha hecho la editorial. Yendo a tu pregunta, el error del hombre moderno es pensar que la guerra es algo superado, como la violencia o la misoginia. En la sociedad actual hemos conseguido durante un tiempo rodear al hombre de un montón de mecanismos que camuflan, ignoran o disimulan esa pulsión del ser humano. La guerra forma parte de nuestra naturaleza. La guerra, la vanidad, la ambición, la lujuria: todos son mecanismos normales que no vamos a perder nunca por más cambios sociales que haya. Se transforma, claro: ya no incendiamos Troya, ya no pasa no pasamos a cuchillo a los niños ni esclavizamos a los supervivientes.

¿Y lo que está pasando en Ucrania y el Medio Oriente?

Pasa que lo que había conseguido la Ilustración europea, con su idea de progreso, de derechos humanos, libertades y democracia, se está yendo al diablo otra vez. Pero también desde adentro. Somos cómplices también los mismos europeos, y esa franja cultural (no geográfica) incluye a la Argentina. En Occidente somos responsables, somos culpables de lo que pasa. Es la única civilización que ha tenido que hacer autocrítica, criticarse a sí misma para mejorar. Pero esa autocrítica, en lugar de utilizarla para la paz, la hemos utilizado para destruirnos. Nos estamos destruyendo como civilización.

¿Recordás lo que decíamos en pandemia? Que íbamos a salir mejores.

He visto muchas desgracias en mi vida y no he visto nunca al ser humano salir mejor de ninguna de ellas. Al contrario. Toda desgracia deja rencores, frustraciones, complejos, amarguras, traiciones, claudicaciones... Además, hay una cosa muy amarga, que es que el ser humano tiene una extraordinaria capacidad de olvidarse de sí mismo, de olvidar las lecciones. Siempre volvemos a hacer lo que hicimos antes de que eso ocurriera y lo que produjo esa cosa. Cuando has leído, cuando has vivido de una manera razonable, no puedes ser optimista. Estamos asistiendo a la demolición de un sistema de derechos y libertades que ha cambiado la historia de la humanidad. Todo el mundo quería imitarlo. Ahora, todo el mundo quiere destruirlo. Hace un siglo y medio, con la Ilustración, todo el mundo quería parecerse a Occidente. Ahora es al revés, ahora todos están contra eso, a todos les molesta, también a gente como Trump y otros, para quienes la democracia es un obstáculo, y por eso necesitan destruirla. Por eso hay una guerra contra la Ilustración, contra todo aquello que hace al hombre libre, individual, pensativo, creativo, independiente y democrático.

Pero al mismo tiempo se llenan la boca hablando de libertad.

Es que nunca hemos sido menos libres que ahora. Es un error pensar que Trump es el problema. Trump es un síntoma del problema. Trump no es más que el efecto de una causa, como lo es Putin. La dictadura que viene no es política. Ahora son los técnicos de Silicon Valley, las grandes corporaciones, los grandes grupos financieros. El error es pensar que es el fascismo, el comunismo. ¿Qué coño? Estás equivocado, gilipollas. El problema son esos tíos de zapatillas y chaqueta que están en Silicon Valley, en Pekín o en Shangai. Esos son los dictadores del futuro que necesitan a estos políticos. Pero lo grave es que estamos asumiendo voluntariamente esa dictadura. Estamos encantados con esto [muestra el celular]. Esto es la cadena en torno al cuello de los nuevos esclavos. Y la gente no se da cuenta. Tengo 75 años, he visto hundirse muchos imperios. Ahora estoy viendo por primera vez hundirse mi propio mundo.

¿Eso te deprime?

Es duro, claro, pero me resulta fascinante. Es muy interesante ver que suceda algo similar a lo que has leído en la historia: la caída de Roma, Bizancio, el Imperio Británico, el Imperio tal y cual, de una manera distinta, claro, acorde al tipo en el que estamos. Hoy hay otra manera de ser un bárbaro. Entonces, claro, ver ese espectáculo refuerza en parte el escepticismo respecto al género humano. Pero, por otra parte, dices: “Es un privilegio ver morir una civilización, ver morir un mundo democrático de libertades y derechos”. Vamos a pagar el precio de nuestros pecados. Tardará, no digo que será mañana, va a tardar a lo mejor medio siglo, un siglo, pero vendrá otro mundo distinto, en el que habrá tiranías que habíamos conseguido apartar, controlar, denunciar, señalar, acorralar y que ahora estamos permitiendo que vuelvan de otra manera. Claro, con la tecnología.

Seguimos tus posteos en redes sociales sobre cuestiones vinculadas al lenguaje, por ejemplo el uso de la tilde, y tus diferencias con la RAE. Si pudieras dirigirla, ¿cómo debería ser esa institución? ¿Te interesaría ese puesto?

Eso está fuera de mí. Yo estoy ahí porque me hicieron académico. No quería ser académico, me convencieron. Entonces, tengo que ser un académico leal a lo que pienso. Resumiéndolo: la RAE tiene la obligación de aceptar toda evolución del lenguaje, pero también tiene obligación de decir: “Cuidado, recordemos que existen normas que usaban Borges, Vargas Llosa, García Márquez”. Vale tanto un tuitero analfabeto que tenga muchos seguidores que algo que ha escrito Vargas Llosa. Yo no estoy de acuerdo con eso. Entonces, claro, no me pudo callar. Lo que hice fue salir al paso, y eso me ha producido desencuentros con la RAE. Hay otra cosa más: la tilde, la ortografía y la gramática son herramientas que hacen que un escritor sea eficaz. Yo utilizo tildes, utilizo lo que sea para que los lectores me comprendan. Yo cada día me levanto a trabajar. No soy un teórico de la universidad. Soy un artesano del lenguaje. Yo y los escritores como yo. Mi lenguaje no es científico ni académico, es un lenguaje práctico, operativo, eficaz. Yo quiero que tú al leerme entiendas perfectamente lo que te voy a decir. Y para eso necesito un montón de herramientas que los teóricos de la lengua me están negando. Están cargándose toda la métrica del Siglo de Oro.

La última pregunta tiene que ver con la “pelea” entre la RAE y el Instituto Cervantes. ¿Es una cuestión territorial, política, a qué se debe?

Tiene que ver con las instituciones: el Cervantes es un organismo que depende del Estado y existe para la difusión del español donde el español no existe. Aquí, por ejemplo, el español existe, luego aquí no se necesita la presencia del Cervantes. Aquí la RAE, en coordinación con todas las Academias de la Lengua locales, tiene prioridad, como en toda América. Pero el Cervantes quiere intervenir, por razones políticas. Entonces, claro, viene el choque; es una cuestión de celos y competencias. El Cervantes quiere invadir, quiere estar presente de una manera más intensa de lo que indica su propia naturaleza como institución. Es así, ese es el problema.

Arturo Pérez-Reverte presentará 'Misión en París' el sábado 2 de mayo, a las 16, en diálogo con Jorge Fernández Díaz, en la sala José Hernández de la Rural. Luego firmará ejemplares en el stand de Penguin Libros.

Pérez-Reverte

Pérez-Reverte

Paul E Palacios - expreso.ec - 28/04/2026

Tarde, pero no por ello extemporáneo, he descubierto la novela de Arturo Pérez-Reverte. Acostumbrado a leer más clásicos traducidos del inglés o del francés, y desde luego de los autores que uno piensa que son los que dictan los caminos de la buena tinta en español, descubrí a Pérez-Reverte del consejo de un amigo que me dio un espacio en su escaparate para mi modesto libro. De quien escribo es un cartagenero nacido a inicios de los años cincuenta, atado a la mar desde su nacimiento por la influencia de su padre, que era marino, y periodista de formación académica. Su vida sin duda fue matizada por los 21 años que dedicó a ser reportero de guerra (1973-1994). Vivió los peores horrores de la naturaleza humana, pero quizá también los momentos de mayor valor y templanza.

Aquella vida de conflicto en conflicto, armado con una cámara fotográfica y una pluma, evidenciando las atrocidades que hacen los seres humanos comunes, contribuyeron a ir construyendo un estilo literario único. Pérez-Reverte combina las epopeyas de ‘Los tres mosqueteros’ de Dumas con la habilidad propia de crear un personaje que los enfrente, como lo ha sido el Capitán Alatriste, en la serie de libros donde cada uno es más entretenido que el otro. Puede ir de la trama romántica, llena de sal marina y aventuras en el Egeo durante los años de la Guerra Civil española, como es ‘La isla de la Mujer Dormida’, a un libro de exquisita burla y sorna, como ‘La sombra del águila’, donde hace de los franceses y de Napoleón el blanco de su picaresca. Con una habilidad de novelista que nos tiene rehenes de su imaginación, Pérez-Reverte se adentra en los detalles de los ambientes y personajes, que solo le es posible alcanzarlos al haber vivido con los perfiles que describe, e investigado en los lugares que su pluma engalana, y haberles agregado una prosa que no tiene algún otro escritor contemporáneo de habla hispana. Este escritor sin duda es un fuerte candidato al Nobel de Literatura, ahora que nada teme decir o escribir, y que su vida, la que ha tenido y la que quiso tener, la plasma en lo mejor de la novela española de hoy. 

https://www.expreso.ec/opinion/perez-reverte-el-escritor-espanol-podria-ganar-el-premio-nobel-280210.html