03 mayo 2026

A sala llena, Pérez-Reverte habló de Alatriste, la guerra y su nueva novela, 'Misión en París'


Inés Hayes - Clarín - 03/05/2026

La cola para la sala con más capacidad de la Feria Internacional del Libro de Buenos Aires empezó temprano. El sol llegaba completo a uno de los patios de La Rural. Las 500 sillas de la sala José Hernández se ocuparon todas y a las 17:05 el periodista Jorge Fernández Díaz presentaba a su amigo, el escritor español Arturo Pérez-Reverte, con su nueva novela, 'Misión en París' (Penguin), en la que su mítico personaje, el Capitán Alatriste, vuelve con sus aventuras luego de más de una década de hacerse esperar.

“Después de muchos años, cuando parecía que su mítico espadachín ya lo había dado todo –dijo Fernández Díaz–, Arturo escribió una nueva peripecia de Alatriste en 'Misión en París'. Su autor fue corresponsal de guerra y hoy camina por las calles de Madrid, tiene 7 millones de lectores en todo el mundo. Para este gran narrador, la literatura es el juego más serio del mundo y supo arrebatarles a los anglosajones la épica de los mosqueteros. Desde que comenzamos a leerlo pasamos las páginas y somos de nuevo niños adultos: nunca fuimos más felices que cuando leemos esos libros de aventuras”. Luego de un cálido abrazo de bienvenida, Reverte dijo: “Ya es una vieja tradición que tú y yo nos encontremos acá, con lectores y lectoras, para charlar de nuestras cosas”.

"¿Cómo fue doblegarte a vos mismo para volver a crear a Alatriste?", le preguntó Fernández Díaz, y Reverte explicó que se cumplían 30 años del primer libro y lo que lo venció fue el desafío de volver a escribirlo no siendo el mismo. “Alatriste tampoco es el mismo –explicó el español–, volví a leer los 7 volúmenes de la serie y me sentí bien, fue como reencontrarte con viejos amigos en una taberna. Y fue interesante porque yo tengo un lado oscuro como Alatriste, era como una forma de competencia, a ver quién tenía más fantasmas. El libro no es ficción del todo, se disimula en recovecos narrativos, pero soy yo y es mi memoria. Ha sido un proceso interesante y doloroso: me di cuenta de que soy mayor y llevo una mochila llena de remordimientos”.

Ante la pregunta del periodista sobre qué significó que se hayan hecho series, películas, que se den sus libros en los colegios y que hasta haya rutas gastronómicas en homenaje a sus libros, Pérez-Reverte dijo que había ido más allá de lo que esperaba: “Empecé a escribir para recuperar una parte de nuestra propia historia, pero los libros se terminaron convirtiendo en una reflexión sobre la soledad, la oscuridad, el fracaso, y de qué manera palabras como patria, religión, bandera se han ido desgastando con el paso de la vida. Fui educado en un mundo donde los policías eran honrados y los políticos eran honestos, pero después descubrí que me habían estafado y había que construir un baluarte donde atrincherarte en el valor y la lealtad”.

Fernández Díaz le consultó sobre su desafío de escribir historias sobre mosqueteros siendo español y el escritor le respondió que creció en una casa con biblioteca: “A mis 16 años había leído de todo, me eran familiares las historias, el cine, mi imaginario era la aventura, el mar, el Mediterráneo, para mí nunca hubo complejos, quería escribir aquello que me había hecho feliz. Nunca quise ser novelista, fue un accidente, quería escribir sobre aventuras, por eso me hice reportero, no quería que me aplaudieran los críticos y eso me llevó donde me llevó. Tú entiendes porque nunca has querido complacer, has querido ser feliz contando historias y que el lector las comparta. Para mí cada novela es una aventura”.

'Misión en París' transcurre en el año 1628 y el escritor tenía el trabajo de no repetirse: “Cuidado, porque puede ser un pastiche, me dije. Tenía que crear un libro original, creíble. Cuando tienes mi edad (75 este año), necesitas probarte constantemente cosas, cuando voy a navegar pienso si seré capaz de bancarme lo que pasa, la tormenta, ese desafío de ver si soy capaz todavía, me da valor y respeto por mí mismo y eso es oro puro”.

Jorge Fernández Díaz y Arturo Pérez Reverte se conocieron en 1994 en tiempos de 'El Club Dumas' y desde entonces se hicieron amigos y cada uno lee el libro del otro, muchas veces antes de que salgan a la venta. “Estamos a pocos días de que se lance un nuevo libro tuyo que no está todavía en la Argentina, que llegará en unos días y, sin embargo, no puedo resistir la tentación de hablar de ese libro, un libro inesperado. 'Enviado especial' es una biografía de guerra y el hombre que está en la tapa fumando –el periodista y escritor levantó de la mesa el libro y lo mostró al público– es Arturo como corresponsal de guerra. Los editores han hecho un trabajo espectacular con tus reportajes (como les dicen en España a las crónicas) de guerra. ¿En cuántas has estado?”, preguntó el argentino.

“En 17 o 18. Cuando vives pendiente del reloj, de una conexión por satélite para enviar el material, eres un egoísta profesional: si no transmites, nada de eso vale para nada, y para eso necesitas conseguir la información, comprar a policías, a aduaneros, a soldados, llevar mucho tabaco encima para conseguirlo. Las tácticas que tiene que tener un reportero en esos lugares no siempre son honorables y esa lucha entre ética y práctica es muy frecuente. En Sarajevo, íbamos a trabajar para la televisión en medio del bombardeo. Yo tengo mi mochila llena de esas escenas”, recordó Pérez-Reverte.

“La prehistoria de Arturo comienza con una primera crónica que escribió cuando bajó a una mina, ¿qué recordás de esos días?”, preguntó Fernández Díaz. “Tenía 18 años, la editora eligió esa crónica y ahí aprendí una cosa: tú nunca eres uno de ellos sino alguien que entra y sale, y para entrar hay que seducir para que te acepten y después poder salir para poder contarlo. Ese chico había leído mucho y quería ver si la vida se parecía a los libros que había leído. Era un chico viajando por todo el mundo: África, Asia, América Latina, en un mundo fascinante en el que me sumergí con entusiasmo”, compartió ante la sala atenta.

Fernández Díaz contó que, durante unas vacaciones, cuando Pérez-Reverte era adolescente, se anotó para ir en un barco pesquero, hizo un curso de paracaidismo y de buceo. “Me fueron muy útiles esos cursos. Había un barco de la CIA que estaba en Canarias y me mandaron del periódico a cubrirlo. Tenía 22 años, estaba toda la prensa pendiente y yo me alquilé un equipo de buceo porque no quería hacer lo que iba a hacer todo el mundo”, contó el escritor. “¿Y qué pasó cuando desapareciste un tiempo?”, preguntó Fernández Díaz. “El resto no sabía dónde estaba, pero yo sí”, bromeó. “Me fui con la guerrilla de Sudán, entré con ellos en la ciudad, estuve dos meses y nadie sabía nada de mí, volví hecho bolsa, pero volví. Estuve muy enfermo, pensé que iba a morir ahí, tenía 23 años. Conservé las fotos y cuando volví a Madrid, mis fotos salieron en primera plana”.

Cuando Fernández Díaz le preguntó por su mirada del mundo actual, Pérez-Reverte le dijo que sería entrar en un territorio demasiado complejo: “Hay una guerra contra la ilustración, la Europa que llenó al mundo de libertades, que hizo posible los derechos humanos, también con sus monstruosidades, con los colonialismos y con todo lo malo, ahora está resistiendo la guerra de Trump y el Islam contra ello. La democracia ya es un obstáculo en todas partes, ahora los tiranos son tipos con chaquetas de Silicon Valley. Las dictaduras que vienen en camino lo hacen a través de Silicon Valley”.

“Para mi sorpresa, el libro que está por llegar a la Argentina tiene seis relatos largos sobre la Guerra de Malvinas, ¿qué pensás de esa guerra?”, le preguntó Fernández Díaz y Pérez Reverte contestó: “No pude ser ecuánime, cada día luchaba para que mi simpatía no quedara de manifiesto, era consciente de que si ganaban la guerra la junta militar seguiría y por ese lado quería que la perdieran, pero no quería que la perdiera la Argentina. Un día, subiendo por la calle Florida, escuché el grito "goooooooooool" y me acuerdo de que pensé, quizás merezcan perder la guerra: estaban muriendo los chicos allá y acá festejaban un gol. Cuando vengo a Argentina, vengo a mi casa y eso lo digo desde el cariño, Argentina ha sido infame con sus hombres de Malvinas”, dijo y los aplausos se encendieron de a uno hasta multiplicarse en todas las manos.

La anteúltima pregunta fue sobre el miedo: “El miedo es gris, todavía ahora los amaneceres me producen malestar. He tenido mucho miedo, lo tienes siempre”. “¿De qué manera te cambió la guerra?”, preguntó para cerrar Fernández Díaz. “Me hizo mirar el mundo de una manera que no la hubiera visto si no hubiera estado en ella. Te das cuenta de que el ser humano es lo que es, que tiene ángeles y demonios. La guerra me dio una forma de mirar, de no odiar ni admirar al hombre de una manera excesiva. También te da una manera de comer, de dormir, de relacionarte, de vivir y de morir. Lo que yo soy y la mirada en mis novelas se la debo a la guerra. Soy un lector que accidentalmente escribe novelas, pero fundamentalmente soy un lector. Haber leído te da una forma de interpretar el mundo, no ves el mundo de la misma manera habiendo leído. Cuando lees ves que el mundo es una sucesión de catástrofes y de cosas hermosas también, y tu actitud es estoica. Va a haber un apagón, un colapso, esto es insostenible. No es ninguna tragedia, ha pasado ya, lo hemos leído: ocurrió en Grecia, en Roma”.

https://www.clarin.com/cultura/sala-llena-perez-reverte-hablo-alatriste-guerra-nueva-novela-mision-paris_0_mBeC8Uimac.html

02 mayo 2026

Alatriste, las guerras y su filosa mirada sobre Malvinas y el futuro


Cecilia Martínez - La Nación - 02/05/2026

Arturo Pérez-Reverte presentó 'Misión en París' (Alfaguara), el regreso del Capitán Alatriste tras 14 años de espera, en una conversación con Jorge Fernández Díaz que ya es un clásico de la Feria del Libro. Ante más de 500 personas y con colegas como Eduardo Sacheri entre el público en la sala José Hernández, el escritor y su par argentino hablaron de literatura, el paso del tiempo, las guerras, los remordimientos, Malvinas y el porvenir de una civilización que, para el autor español, avanza hacia el colapso.

“Ya es una vieja tradición que tú y yo nos juntemos aquí”, soltó Pérez-Reverte al ser recibido en el escenario, entre aplausos. Fernández Díaz le dio la bienvenida con una primera mención al libro: “Después de muchos años, cuando parecía que su mítico espadachín ya lo había dado todo, el autor volvió con sus libros y documentos del Siglo de Oro español y escribió como si no hubiera pasado el tiempo”.

Para dimensionar el fenómeno, el escritor argentino recuperó una definición del filólogo Alberto Montaner, especialista en aquel período histórico, quien sostuvo que Alatriste ingresó al linaje reservado a los grandes mitos literarios españoles: el Cid, la Celestina, Don Juan y Don Quijote. “La aseveración es asombrosa pero no exagerada; aunque el carácter contemporáneo del padre de la criatura tiende injustamente a relativizarla: ¿cómo va a resultar un mito clásico español este espadachín de ficción si su autor es de carne y hueso, camina por las actuales calles de Madrid y de Buenos Aires y sale todos los años en la radio y en la tele?”.

La saga cuenta con millones de ejemplares vendidos, adaptaciones cinematográficas, juegos, circuitos culturales. Sin embargo, volver a ese universo después de tanto tiempo implicaba para su creador un desafío: “Había lectores que decían: "Usted prometió". Y se cumplían 30 años, pero, ¿era capaz de reencontrarme con esos personajes? Yo ya no era el mismo”. Sin embargo, se puso a ello y fue como encontrarse “con viejos amigos en una taberna”, lo cual, según dijo, lo llenó de felicidad. Volver implicó también enfrentarse a su propia historia: “Descubrí que yo he ido más rápido que Alatriste en oscuridades; no es ficción del todo, hay una parte de mi memoria, por eso también fue un proceso doloroso: he envejecido”, apuntó el escritor de 75 años.

La charla giró luego hacia 'Enviado especial', el nuevo libro que verá la luz en los próximos días y que reúne sus crónicas como corresponsal de guerra, de las que mencionó: “Cuando vives pendiente del reloj, de un télex para enviarlas, te vuelves egoísta. Si no transmites, nada vale para nada. Tienes que conseguir la información, sobornar a policías, aduaneros; llevar tabaco encima. Toda esa táctica requiere no siempre hacer cosas honorables, pero sí necesarias para tu trabajo. Yo era un buen reportero; por eso hice cosas de las que no estoy orgulloso”, confesó. Y dio ejemplos: “En Sarajevo, corriendo entre tiros y bombardeos, una familia salió al paso a pedirnos que paráramos, pero no llegábamos al 'Telediario'... Todavía recuerdo la cara del niño. Cosas que pude hacer y no hice. Todo se va acumulando”.

Sudán, Medio Oriente, minas, guerrillas, cárceles. La guerra, tras más de 20 años en el oficio, fue horror y aprendizaje. “He tenido mucho miedo, lo tienes siempre”, confesó. “Aunque aprendes que tú nunca eres uno de ellos: no eres un minero, ni un guerrillero; estás de paso, por eso debes tener habilidades para entrar y salir”, sumó.

El autor fue cronista en la guerra de Malvinas y señaló que, en ese caso, vio a “los pilotos con rosarios que iban a jugarse la vida”, pero “era consciente de que si ganaba Argentina, la dictadura seguiría”. De aquellos tiempos, recuerda una escena en Buenos Aires, durante el Mundial de Fútbol: “Yo estaba en el hotel Sheraton y un día, subiendo por la plaza, escuché: "¡goooool!", y pensé: "Quizás merezcan perder la guerra". Ese día, solo ese día, detesté a la Argentina. Fue el momento más amargo: mientras estaban muriendo los chicos ahí, otros estaban viendo el partido”. Y profundizó en el origen de su disgusto: “Que Argentina no haya sabido trazar la línea entre esa dictadura infame y la gente que luchó, esos soldaditos… que se los ningunee y se los olvide, me parece una infamia nacional. Y digo esto porque cuando yo vengo a Argentina, vengo a mi casa, y desde el cariño me permito hablar: Argentina ha sido infame con sus hombres de Malvinas”.

La conversación avanzó hacia el presente. “Hoy hay una guerra contra la Ilustración, contra esa Europa que iluminó el mundo; el peligro son las dictaduras que vienen del teléfono móvil, de Silicon Valley”, sostuvo. Y fue más lejos: “Esto va a terminar muy mal. Va a haber un apagón, un colapso; el mundo artificial que estamos construyendo es insostenible... Esto se va al carajo”. Fernández Díaz, consciente del tono apocalíptico del final del encuentro y antes de que se diera paso a la firma de ejemplares por parte del autor, eligió cerrar el intercambio con humor, evocando el poder de la literatura: “Antes de que venga el colapso, nos quedan todavía muchos libros y muchas oportunidades de escuchar a Arturo; como en 'Casablanca': siempre nos quedará Pérez-Reverte”.

https://www.lanacion.com.ar/cultura/perez-reverte-y-fernandez-diaz-en-la-feria-del-libro-alatriste-las-guerras-y-su-filosa-mirada-sobre-nid02052026/

Arturo Pérez-Reverte en 'Los 7 Locos' con Cristina Mucci


Entrevista de Cristina Mucci - YouTube - 02/05/2026

Cristina Mucci recibe a Arturo Pérez-Reverte en su visita a la Feria del Libro. Charlan sobre 'Misión en París', sus polémicas con la RAE y una confesión: si empezara hoy, ¡escribiría videojuegos!

https://www.youtube.com/watch?v=p7-FF-Xuxvk

"El lector inteligente se da cuenta de que no me lo he inventado todo"


Entrevista de Adriana Muscillo - Clarín - 02/05/2026

En un salón versallesco del Hotel Alvear, se presentó un Arturo Pérez-Reverte que no es el columnista algo gruñón y enojado que acaso se muestra habitualmente en los medios. Tampoco es el miembro de número de la Real Academia Española que se adivina como un acartonado y distante purista del lenguaje. Bueno, purista del lenguaje es.

El periodista, escritor y académico español es autor de más de cincuenta [sic] joyas literarias, en su mayoría históricas, muchas de las cuales han sido llevadas al cine, a la televisión y al cómic. Recibió numerosas distinciones internacionales, entre ellas, la de Caballero de las Artes y de las Letras del gobierno francés. Antes de eso, fue cronista de guerra durante veintiún años: cubrió los principales conflictos armados ocurridos entre 1973 y 1994, en territorios como el Golfo Pérsico, el Líbano, Eritrea, el Sahara, Bosnia, nuestras Islas Malvinas, entre muchos otros. Está de visita en Buenos Aires para presentar, en la Feria Internacional del Libro de Buenos Aires, su más reciente entrega de la célebre saga que tiene al Capitán don Diego Alatriste como hidalgo protagonista de múltiples andanzas a capa y espada, quien, junto a sus ya legendarios compañeros, acomete una importante y arriesgada 'Misión en París' (Alfaguara, 2025).

Este libro, que aparece después de una pausa de catorce años, es el octavo de la saga, que ahora cumple treinta. Además, en unos días, se publicará 'Enviado especial' (Alfaguara), que recorre la memoria de un reportero en primera línea. La novela transcurre en 1627, durante el asedio de La Rochelle, que forma parte de los antecedentes históricos de 'Los tres mosqueteros', de Alexandre Dumas –quienes, de hecho, aparecen en la trama–, con lo cual Arturo Pérez-Reverte duplica aquí la ya difícil tarea de cruzar el dato histórico con la ficción: “'Los tres mosqueteros' es un libro fundamental para mí, marcó mi vida. Lo leí con ocho o nueve años, en una edición antigua y con grabados que era de mi bisabuelo, y quedé fascinado”, contó el autor español, con emoción.

¿Cómo surge la idea de retomar el personaje del Capitán Alatriste?

Primero, hay unos lectores que son muy fieles. Algunos hasta llevan tatuajes de Alatriste. Entonces, me presionaban. Segundo, el aniversario y, por otra parte, había un desafío personal: “¿Seré capaz, después de haber hecho otras cosas, de recuperar ese mundo que tengo olvidado completamente?”. Y, después, quedaba una deuda íntima con Dumas, que es que mi primer libro leído fue 'Los tres mosqueteros'. Ahí estaba todo: el amor, la amistad, la traición, la mujer peligrosa, la mujer dulce y amorosa, los amigos leales, el poder en la sombra, el misterio, estaba todo. Yo no era un lector, era uno más. ¡Yo formaba parte de esa historia! Me disfrazaba y me pasaba el tiempo jugando al espadachín.

¿Es quizás ese mismo entusiasmo el que logró usted en sus lectores con la saga de Alatriste?

Vamos a ver, hay dos tipos de lector: el lector testigo y el lector partícipe. Los dos son respetables, ¿eh? El testigo es el lector que lee un libro, como el que va a ver una película, asiste al espectáculo narrativo de una novela. El partícipe es el lector cuya imaginación lo lleva a meterse en la historia, a formar parte de ella. Ese es el lector, digamos, de verdad o de más alta categoría, de más alto nivel. No despreciemos al otro, porque todo acto de leer ya es noble. Pero ese introducirte en la historia me ha pasado siempre. Entonces, ese es el lector que busco. Alatriste está hecho con los trucos nobles del oficio de que dispongo para que el lector sea un compañero de viaje y no un testigo.

¿Cuáles son esos trucos?

Los trucos se aprenden leyendo. No soy un artista, sino un artesano: soy un tipo que ha leído, un lector que accidentalmente escribe. A veces, frente a un papel o a una pantalla, no todo fluye, a veces se encuentra uno con problemas: “¿Cómo resuelvo esto?”. Entonces, me levanto y voy a ver a mis maestros: Conrad, Stendhal, Balzac, Flaubert, y siempre está ahí la solución. Pero ojo, esto es muy importante: tendemos a despreciar la literatura ligera y superficial. Hablo de Agatha Christie, Chandler, Conan Doyle, pero todo es literatura. Ese cóctel de literatura, alta y baja, esos son mis trucos. Los he aprendido de ellos y los aplico a mi mundo, a mi época, a mis temas y a mi propia escritura.

¿Qué cosas le enseñó cada uno de sus maestros?

Conrad me ha enseñado a describir a un tipo de gente, un lugar, un mar parecido al alma del hombre que lo está mirando, pero Agatha Christie me ha enseñado a empezar un capítulo, a terminarlo, a agarrar al lector por el cuello y decirle: "Ven aquí". El "best seller" americano más burdo, más torpe, a lo mejor me enseña cómo hacer que el lector tenga un estremecimiento. Thomas Mann no me enseña a abrir un capítulo. Me enseña, a lo mejor, a desarrollar un personaje, un diálogo. Entonces, el autor que soy aprende de todo, sigo aprendiendo todavía ahora, ¿no? Borges sí, claro, y Arlt, naturalmente, y Bioy, que son mis tres iconos argentinos, y Mujica, también, en un cuarto lugar. Pero es que yo me voy a Soriano y entiendo a Argentina. Yo entiendo a Argentina mejor leyendo a Soriano que leyendo a Borges.

¿Su experiencia como cronista de guerra influye en ese cóctel?

Yo tengo una suerte: no he aprendido a vivir en un bar, en un hotel, en un despacho de abogados ni en un banco, aunque son lugares muy respetables, no los desprecio. Entonces, he visto cosas duras, he visto aspectos del ser humano y de la vida que aquí no es fácil ver. A lo mejor he visto en dos días de guerra en Beirut o en Sarajevo lo que otras personas tardan diez años en entender. Eso me ha dado una memoria personal. Pero el haber sido lector antes me permitió identificar el mundo y entenderlo. Entonces, cuando hablo de violencia, de soledad, de fracaso, de muerte, de cómo se degüella a un tío, no es teoría, no me lo han contado. Lo había leído, pero es que, además, lo he vivido.

¿Cómo se lleva con esos recuerdos?

Yo soy una persona serena, no he ido a un psicólogo en mi vida. Esto a un argentino le debe de sonar raro, pero es verdad. Mis psicólogos son los libros. Entonces, todo eso lo digerí muy bien. Todos tenemos fantasmas, yo tengo remordimientos, tengo sangre en las uñas, hay noches en que estás despierto y te pesa, pero soy una persona bastante equilibrada. Lo fui siempre. Entonces, digamos que todo esto, en lugar de traumatizarme, lo he digerido de una manera nutritiva. Yo miro al mundo de Alatriste, una historia es una mirada. Hay gente que mira las que se forjan en un bar, en un café, en el divorcio… En mi escritura, el lector inteligente se da cuenta de que no me lo he inventado todo.

En Alatriste también hay valores como el honor, la amistad, la lealtad… ¿Eso es, igualmente, transmisión de lo vivido? ¿Cómo dialogan esos principios con el presente?

Es un mundo distinto. Yo fui educado para un mundo diferente al que era de verdad. En mi mundo los curas eran santos, los políticos eran honestos, los policías eran honrados. La vida me fue desmontando un montón de ideas: honor, patria, bandera, religión. La vida te despoja, te va arrancando todo eso y te encuentras huérfano. Entonces, necesitas algo en lo que apoyarte. Te dices: “A ver, ¿qué sobrevive?”. La admiración por el valor, la dignidad, la lealtad, la amistad, el amor y poco más. Entonces, con eso, construyes un reducto donde refugiarte cuando hace mucho frío. Esa visión del mundo, ese despojo de grandes palabras, se lo presto a Alatriste.

En la obra se evidencia una investigación de fechas y lugares muy precisa. ¿Cómo logró cruzar los datos históricos con la ficción, la propia y la de Dumas?

Bueno, ese era el desafío. Pero había un problema que intenté evitar, y creo que lo logré, que es algo que se da mucho en la novela histórica, que es que cuando un novelista hace un trabajo histórico, después tiene la tentación de meterlo todo en la novela. Como ha trabajado tanto, quiere que esté todo dentro. Entonces, yo tengo la certeza de que eso estropea una novela. No puedes hacer una novela enciclopédica. Debes dejar fuera todo aquello que no es necesario. Aunque yo lo necesito para entender, el lector a lo mejor lo puede intuir, pero no debe estar escrito.

Si sobra material, ¿quedará para la próxima?

Mira, en noviembre tendré 75 años. La cabeza se desgasta y no hay nada más triste que un escritor que está muerto y no lo sabe. Es lo más triste del mundo. Yo he conocido casos, y algunos de los grandes, lo que no les quita grandeza, pero las decadencias, los finales, son muy tristes y penosos. Y los escritores no siempre son conscientes de que están acabados. Hay autores a los que hay que decirles: “Déjalo, maestro, ya está”. Soy consciente de eso. Pues sí, lo siento, lector. Yo sé que tengo fecha de caducidad. ¿Qué me queda de vida práctica, diez años? ¿Cuántas novelas más podré escribir? ¿Tres, cuatro? Tengo que elegir, no puedo equivocarme, es terrible una novela que dejaré sin escribir. ¿Qué puedo hacer de aquí a diez años que sea capaz de hacer, que no sea una novela senil, ni absurda, ni idiota, ni acabada, ni decadente? Y es muy duro eso, es dolorosísimo. Hay novelas para las que me preparé durante mucho tiempo y que no llegaré a escribir.

https://www.clarin.com/cultura/arturo-perez-reverte-lector-inteligente-da-cuenta-inventado_0_ixtJyQHQNs.html

29 abril 2026

"La batalla está perdida"


Entrevista de Marcelo Pasetti y Mariano Suárez - Agenda Real - YouTube - 30/04/2026

Arturo Pérez-Reverte analiza el regreso de su emblemático Capitán Alatriste en la obra 'Misión en París'. El escritor y periodista español afirma que la estupidez es el mal verdadero del mundo y la herramienta predilecta de los nuevos tiranos de Silicon Valley. Bajo la premisa de que "la democracia estorba" para los planes de las élites tecnológicas, el académico advierte sobre un ciclo histórico que termina y una libertad que sucumbe ante la manipulación digital.  

Con la mirada de quien fue corresponsal de numerosos conflictos bélicos, Pérez-Reverte evoca su paso por la Guerra de Malvinas y su encuentro con un Leopoldo Galtieri que "olía a alcohol". Entre historias sobre sus amigos "el Negro" Fontanarrosa y Osvaldo Soriano, el autor destaca la necesidad de preparar a las nuevas generaciones para el desastre inminente. Esta charla es un recorrido por la dignidad, el escepticismo y los aromas de la vieja Europa que todavía habitan en las calles de Buenos Aires.

00:00:00 - Introducción y presentación: El regreso de Alatriste

00:01:25 - Por qué retomar 'Misión en París' tras una década

00:03:05 - Diagnóstico del mundo actual: "La batalla está perdida"

00:04:26 - El pasado como herramienta para entender el presente

00:07:04 - Valores de resistencia: Honor, Lealtad y Dignidad

00:09:54 - Dictaduras tecnológicas y la crisis de la democracia

00:12:12 - La evolución del periodismo: De reporteros a redes sociales

00:15:43 - Memorias de Malvinas: La guerra donde se perdió la ecuanimidad

00:17:52 - El encuentro con Galtieri y la realidad de la época

00:23:58 - El peligro de la estupidez humana y la falta de cultura

00:30:40 - El vínculo con Buenos Aires y la herencia de la vieja Europa

00:38:23 - La definición de felicidad: Mar, libros y soledad

https://www.youtube.com/watch?v=J9xTcCQQ93c

Entre Alatriste, el tango y el recuerdo de Soriano y Fontanarrosa: Pérez Reverte en Agenda Real

En su paso por 'Agenda Real', el programa de streaming de Canal 8 Mar del Plata y el diario 'La Capital', Arturo Pérez-Reverte no solo habló de política, guerra y decadencia cultural: también dejó una faceta más íntima, ligada a su visita a la Argentina, a la presentación de su libro 'Misión en París' y a las historias personales que lo unen con Buenos Aires, el tango, Osvaldo Soriano y Roberto Fontanarrosa.

El escritor español se presentará este sábado 2 de mayo a las 16 en la Sala José Hernández de La Rural, donde hablará de la nueva aventura de Alatriste, publicada después de más de una década. Según contó, el regreso del personaje estuvo empujado por una combinación de factores: la insistencia de los lectores, el aniversario de los 30 años del primer libro y su propia curiosidad por saber si todavía era capaz de reencontrarse con ese viejo universo. En ese tramo de la entrevista, Pérez-Reverte explicó que quien más cambió con el paso del tiempo fue él, no Alatriste. Incluso remarcó que, a diferencia suya, el personaje todavía tiene por delante un porvenir posible. “Alatriste todavía tiene que ganarse la vida día a día”, dijo, al marcar que ese viejo capitán aún conserva futuro. Pero además planteó que Alatriste representa una forma de resistencia frente a un mundo en decadencia. Explicó que tanto el personaje como su círculo más cercano encarnan la posibilidad de reunirse entre leales, amigos y solidarios para construir pequeños núcleos donde todavía sea posible sobrevivir con dignidad frente al frío del tiempo que viene. En esa línea, sostuvo que en su literatura, incluso en la histórica, siempre habla del presente. Por eso explicó que Alatriste también expresa su propia mirada sobre el mundo: una visión pesimista, escéptica, pero aferrada todavía a unas pocas palabras intactas, como valor, dignidad, lealtad, amor y amistad.

Pero buena parte de la entrevista giró también alrededor de su relación afectiva con la Argentina. Pérez-Reverte confesó que cada vez que llega a Buenos Aires siente que sigue dentro de Europa, aunque de una Europa que, según él, en muchos lugares ya desapareció. Dijo que en esta ciudad todavía percibe un eco cultural, literario y humano que lo sigue fascinando. En ese vínculo aparece el tango como una marca decisiva. Contó que su pasión argentina empezó en su propia casa, por influencia de su padre, un gran bailarín que cantaba tangos mientras se afeitaba. Esa música, dijo, fue el primer puente emocional con Buenos Aires y con una imaginación que luego se completó con lecturas, viajes y caminatas por la ciudad. Esa fascinación incluso se convirtió en literatura. Recordó que una parte de 'El tango de la Guardia Vieja' transcurre en Buenos Aires y que escribir esa novela fue para él una experiencia especialmente feliz, alimentada por fotografías antiguas, libros, escenarios porteños y todo ese imaginario de pulperías, esquinas y tangos viejos.

Pérez-Reverte también se detuvo en Osvaldo Soriano, a quien reivindicó con fuerza. Dijo que leerlo es una manera de entender a la Argentina y cuestionó con dureza a cierta intelectualidad porteña que, según recordó, lo despreció durante años pese a su enorme conexión con los lectores. “No perdono el trato que dispensó a Soriano”, lanzó. En la misma línea evocó a Roberto Fontanarrosa, de quien habló con afecto y admiración. Recordó entre risas una presentación en la que el rosarino lo dejó plantado para irse a ver un partido de Rosario Central, una escena que definió como absolutamente natural en alguien como el Negro. También contó que conserva en su casa un dibujo dedicado de Boogie el Aceitoso. Lejos de presentarse solo como un escritor exitoso que llega a la Feria del Libro, Pérez-Reverte mostró durante la entrevista una relación mucho más profunda con Buenos Aires y con ciertos nombres de la cultura argentina que, según dejó entrever, forman parte de su educación sentimental.

https://mi8.com.ar/entre-alatriste-el-tango-y-el-recuerdo-de-soriano-y-fontanarrosa-perez-reverte-en-agenda-real/

“Ahora el mundo está lleno de escritores que no han leído un libro en su vida”


Entrevista de Guillermo E. Pintos - infobae.com - 29/04/2026

“¡Pero si el ser humano no ha cambiado! El ser humano sigue siendo un hijo de puta”, suelta con una sonrisa Arturo Pérez-Reverte en un coqueto salón de un hotel de Recoleta, allí donde casi siempre suele pasar sus temporadas porteñas. Le fascina esta ciudad, cuenta, desde la primera vez que la visitó a mediados de los 70. Y le sigue pareciendo fascinante. Por eso la quiere. “Casi no viajo. Sí por Europa, pero más lejos solo vengo a Argentina”, confiesa el escritor español "best seller", polemista y hábil declarante.

Pérez-Reverte, todo un personaje, reflexionó sobre la naturaleza humana y su evolución, el estado de las cosas en Occidente y el devenir de su estilo literario en un extenso y relajado diálogo que se da a propósito de su participación en la Feria del Libro de Buenos Aires para presentar, nada menos, la octava aventura de su gran creación, el Capitán Alatriste. La conversación con Infobae Cultura, marcada por una mirada sin concesiones sobre la vida, la literatura y el paso del tiempo, recorrió también los silencios y los límites de una de las polémicas culturales (y políticas) del año en su país.

“¿Ha leído 'La península de las casas vacías'?”, se le preguntó. Y él respondió tajante: “No”. Y enseguida agregó: “No quiero hablar de esto, porque si hablo de esto va a salir en España... Es un tema que cerré por completo”. Breve explicación para el lector que eventualmente no sepa de qué se trata todo esto: el libro aludido fue escrito por el joven autor David Uclés, un autor de moda en la literatura española, ganador del premio Nadal 2025. Y la polémica surgió cuando Uclés decidió no participar en unas jornadas sobre la Guerra Civil española coorganizadas por Pérez-Reverte, al discrepar del título del evento (“La guerra que todos perdimos”) y de la presencia de ciertos ponentes. Pérez-Reverte criticó duramente la decisión de Uclés, calificándola de descortesía. El conflicto provocó la suspensión temporal del evento y abrió un debate sobre la memoria histórica y el papel político de los escritores en España. Punto.

Vuelta a la literatura de aventuras que tan bien escribe Pérez-Reverte y le ha valido cifras relevantes de venta de ejemplares y reconocimiento global (fue traducido a más de 40 idiomas). 'Misión en París'. Las aventuras del Capitán Alatriste se desarrollan apenas un año después de 'El puente de los Asesinos' (Alfaguara, 2011), la entrega que transcurre en Italia. Casi 30 años después del inicio de la saga y 14 desde la última entrega hasta ahora, Pérez-Reverte traslada a sus personajes a La Rochela, epicentro de la resistencia hugonote frente al rey Luis XIII de Francia, asediado por el cardenal Richelieu y con la injerencia de los ingleses, siempre dispuestos a complicar las cosas. En esta nueva misión, Alatriste y sus compañeros se ven envueltos en una trama llena de incertidumbre y guerra de religiones, sin saber del todo a qué intereses responden hasta bien entrada la historia. Como dato de color, la novela introduce cameos de los legendarios personajes de Alejandro Dumas: los tres mosqueteros y D’Artagnan.

—Pasaron catorce años entre un Alatriste y otro... Cambió el mundo, cambiaron los lectores, ¿También cambió usted?

—¡Pero si el ser humano no ha cambiado! El ser humano sigue siendo un hijo de puta. Sigue siendo un hijo de puta al que a veces le sale la parte buena, pero por lo general no ha cambiado. Es el mismo, es el mismo.

—¿Y Alatriste?

—Alatriste se ha hecho más oscuro, porque también el autor se ha vuelto más viejo. Es decir, todo viene de un proceso de demolición. Eso lo decía Scott Fitzgerald... Entonces, claro, uno sale del punto de partida de Alatriste en su mundo y yo en el mío. Salimos del punto de partida con un montón de palabras con mayúscula: Dios, Patria, Bandera, Religión, Amor. Y después la vida poco a poco nos va dando zarpazos y nos va demoliendo... Y al final llegamos a un momento (cada uno tiene el suyo). Todos llegamos a ese momento en el cual dices: “¿Qué me queda? Me quedan cuatro palabras o tres. ¿Qué hago? Bueno, tengo que vivir. Tengo que relacionarme, necesito un lugar donde no tener frío, donde respetarme a mí mismo, ¿no?”. ¿Qué me queda? Pues me queda... Amor, dignidad, valor, lealtad y poco más. "Bueno, pues con eso que me ha quedado", digo, "voy a hacerme una segunda ética práctica para poder aguantar hasta que termine la aventura". Ese es el proceso vital de todos, más o menos. Unos son conscientes, otros no, pero es el proceso. Yo soy consciente del mío por la vida que he llevado. Entonces, Alatriste es consciente de eso. Y yo le presto a Alatriste esa mirada, esa certeza de la demolición. Alatriste mira el mundo como lo miro yo. Yo no soy Alatriste, ojo. Tengo otros fantasmas, pero no esos, ni soy un asesino a sueldo. Pero es verdad que cuando miro el mundo, digo: “Esto me vale”.

—En el relato, el capitán aparece en una época muy especial de Francia, y coincide con personajes tan populares como los mosqueteros. ¿Por qué esa elección y qué relación tiene con su propia experiencia como lector?

—Primero, yo, como lector, cuando leí 'Los tres mosqueteros' me cambió la vida. Yo lo leí con ocho, nueve años, y quedé fascinado. Imagina: con ocho años descubrí la lealtad, la amistad, la mujer peligrosa, el amor inocente, el valor, el desafío, la arrogancia...

—La traición.

—La traición, el poder, el poder en la sombra, los tentáculos del poder, la conspiración. Me quedé fascinado. Pero claro, hay dos tipos de lector, y los dos son respetables. Uno es el lector testigo, que se sienta como el que ve una película: 'Los tres mosqueteros', 'Madame Bovary', 'Los hermanos Karamazov'... Y después está el lector actor: el que entra en la historia, el que se ve dentro, el que forma parte y a quien la historia le cambia su vida, porque él es uno de ellos. Yo era el quinto mosquetero. Y me huelo que tú también eres ese tipo de lector. Ese lector es distinto, porque ese lector hace suya la historia, participa de ella. Incluso influye en ella. La actividad del lector, su actitud la modifica. O sea, no es igual tratar con Milady de Winter desde dentro que desde fuera. Después te pasas la vida buscando a Milady. A ver, entre Milady y Constanza, ¿a quién me quiero follar? Prefiero a Milady... Yo era ese tipo de lector. Y aquí vengo con esa memoria lectora, con esa mirada. Para mí este libro no es una novela, ha sido una especie de de inmersión durante un año y un poco más, una inmersión gozosa. Yo estuve, otra vez, dentro de 'Los tres mosqueteros', y además hice una cosa que me satisface mucho: uso mis personajes, uso los personajes de otro y los ubico en mi propia imaginación. Es una especie de deuda que tuve con Dumas desde siempre, y este es un acto de justicia lectora. Porque insisto: yo no soy un artista, soy un tipo que cuenta historias. Soy un lector que accidentalmente, por ser lector, he escrito. Ahora el mundo está lleno de novelistas, de escritores que no han leído un libro en su puta vida. Basta mirar, basta oír. ¿Pero cómo se atreve a decir que ha escrito un libro? Eso que está contando ya está contado desde Sófocles hasta ahora. Entonces, yo soy un lector. Soy escritor como consecuencia de ser lector, no es al revés. Yo conozco novelistas, y esto lo sé, que me han llamado, novelistas jóvenes. Te llaman para ver qué libros deben leer ahora que son novelistas. Lo mío es una consecuencia. Mañana podría dejar de escribir y sería igual de feliz. O casi, porque leer es lo fundamental. Y además, eso me lleva a otra cosa, que es muy interesante para mí. Cuando has leído lo suficiente (claro, son 75 años y no es mérito, es que son muchos años con libros en la mochila) te das cuenta de que hay libros que ya te han dado todo lo que tenían que darte. Yo leo 'Madame Bovary' por sexta vez, o leo 'La cartuja de Parma' por tercera vez, o leo 'La montaña mágica' por quinta vez, o 'París era una fiesta' por décima vez (es un libro extraordinario, el mejor libro de Hemingway, sin duda, ese es el libro de verdad, el que escribió ya de mayor, cuando no era un fantasma fanfarrón y era un escritor cuajado), y todo tiene su explicación. Hay libros que ya han cumplido su misión, que ya te han dado todo lo que te podían dar. No porque tú seas muy listo, sino porque los has leído tanto que los has exprimido como un limón, ¿no Y hay libros que todavía están ahí. Yo cuando leo a Joseph Conrad, fíjate, hay una cosa curiosa. Yo empiezo a leer a Conrad con quince años. Mi libro favorito es 'La línea de sombra', que es extraordinario. Después, mi libro favorito fue 'Lord Jim'. Después, mi favorita fue 'Victoria'. Y ahora mi favorita es 'El rescate'. ¿Por qué? Porque yo he ido evolucionando. El niño, el jovencito que leía a Conrad, ahora es el veterano de 75 años que lee a Conrad. Descubro cosas que antes no era capaz de ver. Hay libros que todavía te enseñan cosas que no has visto. Y eso me pasa ya con muy pocos. Pero aparte de esos libros, lo que me hace sentir esa especie de excitación, de estímulo, es la novela policíaca. Siempre he leído novela policíaca, pero ahora es lo que más leo. Lo que me hace sentir estremecimiento como lector.

—¿Es un género subvalorado, para usted?

—Bueno, 'El asesinato de Roger Ackroyd', de Agatha Christie, es una obra maestra tan buena como 'Crimen y castigo', de Dostoievski. Solamente que responde a otro nivel, otro momento, otra exigencia. Pero es una obra maestra.

—Al principio de esta entrevista mencionó la palabra "aventura". ¿Piensa que su vida ha sido una aventura?

—Sí, pero yo no la busqué. Es que mi vida ha sido como... Javier Marías y yo tuvimos la misma formación de niños: mismas lecturas, mismas historietas, mismo colegio, mismo tipo de familia. Él quería escribir las novelas que había leído, yo quería vivirlas. Eso fue lo que después en la vejez nos unió. Yo salí de mi casa a vivir aventuras, a conocer a Milady, a conocer a D’Artagnan, y la vida me fue llevando. Hay distintas etapas. En el momento en que la aventura se transformó en trabajo profesional y me vuelvo periodista responsable, serio, ya dejó de ser aventura. Pero cuando ahora miro para atrás, claro, la aventura... Han pasado muchas cosas. He vivido... Empecé a viajar con veinte años, en los años 70. No existía ni el sida todavía. Viajé por África, por Asia, por América, por todos lados. Me pasó de todo. Conocí chicas, amigos, viajes. Eso es una aventura. Mirando para atrás, ha sido una aventura. Pero hay una frase de Conrad que dice que la aventura en realidad era la vida. Pero mi vida todavía es una aventura. Te casas, tienes hijos, te divorcias, luchas en el trabajo, intentas ser digno de mil cosas. Pero mi aventura fue más explícita, más clásica. Pero en realidad es lo mismo que un delincuente, que un médico de urgencias, que un policía pueda haber vivido.

—¿Cómo vive ahora esa etapa?

—He descubierto un espectáculo fascinante que también en mis novelas se va manifestando y se va filtrando. Pensaba que la vejez era la indiferencia, y es verdad. La vejez es que llega Monica Bellucci y te dice “ven” y tú dices: “Joder, hostia, son las cuatro de la mañana, Monica”. Esa es la vejez. Pero esto me produce un estímulo. Es muy interesante el espectáculo al que estoy asistiendo. Ves cómo se repiten los viejos mecanismos de la historia. Lo que había leído otra vez, ahora lo vivo en mi casa. Lo había vivido en otras, pero ahora es en la mía.

—Este año se cumplieron sesenta [noventa] años del inicio de la Guerra Civil y hubo toda una sensación de retrospectiva histórica en España.

—Yo tengo un libro que se llama 'Línea de fuego' sobre la Guerra Civil. Un libro gordo, ha ido muy bien y sigue yendo muy bien. Es así: de mi generación, nuestros padres vivieron la guerra civil combatiendo. Mi familia combatió: mi padre, mi tío y mi abuelo combatieron con la República. Pero la Guerra Civil fue un proceso muy complejo, donde se dieron cita muchos factores políticos, geoestratégicos, geopolíticos con nazis, comunistas, fascistas, la Iglesia, la República, anarquismo, socialismo, falangismo... Muy complicado. Fue una trampa en la cual el país se vio metido. Te pongo un ejemplo: mi padre y mi tío, que eran chicos de buena familia, lucharon con la República. Mientras que mi suegro, que era un joven izquierdista, luchó con los nacionales de falangista, porque vinieron al pueblo y dijeron: “Vosotros, al camión”. Le tocó estar allí. Fue una trampa en la cual España quedó atrapada. Hay un caso que me contó un periodista: en el frente de Huesca había posiciones a treinta metros unos de otros. Un chico de 19 años, con los nacionales. “¿Hay alguien de Tardienta?”. “Sí, yo soy de Tardienta”. “¿Quién es?”. “Soy Pepe, el hijo del estanco”. Un silencio. “Pepito, soy Paco, tu hermano”. Un silencio. El capitán le dice: “Júrame que no te vas a pasar”. Le responde: “Le juro que no me voy a pasar”. Y durante una hora dejaron que los dos hermanos se encontraran y se abrazaran. Luego estuvieron siete años sin verse otra vez. Eso es la guerra civil.

—¿Por qué hay tanta polémica con la memoria histórica y el relato hoy todavía, 60 [90] años después?

—Ahora, una generación de Podemos, de extrema izquierda, está diciendo que la Guerra Civil fue dos militares, dos obispos y dos banqueros contra el pueblo español. Se está imponiendo ese discurso, pero la guerra fue mucho más compleja, donde hubo hijos de puta en todos los bandos, donde hubo fusilados. Lo que pasa es que unos, como ganaron la guerra, sacaron a fusilar y otros tardaron mucho, pero todo el mundo sufrió. Ese es el discurso. Contra eso escribí ese libro y son estas jornadas. De ahí viene toda la polémica.

https://www.infobae.com/cultura/2026/04/29/arturo-perez-reverte-ahora-el-mundo-esta-lleno-de-escritores-que-no-han-leido-un-libro-en-su-vida/

27 abril 2026

“No hay nada más triste que un escritor que está muerto y no lo sabe”


Entrevista de Natalia Blanc - La Nación - 28/04/2026

De visita en Buenos Aires para presentar 'Misión en París' (Alfaguara), última entrega (hasta la fecha) de la exitosa saga de aventuras protagonizada por el Capitán Alatriste, Arturo Pérez-Reverte resalta en diálogo con 'La Nación' que su célebre personaje ha vuelto a las andadas, catorce años después, “más amargo, más desesperado y con más remordimientos”. En septiembre pasado, cuando salió el libro para el mercado hispano, el autor y periodista español había asegurado a la prensa: “Alatriste ha envejecido y yo también”.

¿El capitán se volvió más cabrón?

Siempre ha sido un personaje oscuro y peligroso. Lo que pasa es que, ahora, con la edad, miras más hacia atrás. Eso sucede cuando tienes más pasado que futuro o cuando no tienes futuro. Ahora los remordimientos, los fantasmas, están más presentes. Alatriste no soy yo, pero es verdad que él mira el mundo como lo miro yo.

¿Y por qué volvió? Más allá de que has contado que los lectores te lo pedían, ¿qué sentías como autor que le faltaba vivir al personaje?

Volvió por varias razones. Hay gente muy fanática, que no lee nada mío más que a Alatriste; hay gente que lleva tatuadas sus frases. Entonces, eso era una presión. Incluso algunos me insultaban: “Cabrón, tiene que volver”. Pero, además, hubo otra razón: se cumplían treinta años del primer libro y la editorial dijo que ya era el momento. Por otra parte, yo quería ver si era capaz, si después de haber abandonado el personaje durante catorce años podía volver a ese mundo, si podía recuperarlo y verlo actualizado para un público que no es el mismo.

En 'Misión en París' hay un homenaje a 'Los tres mosqueteros', de Alejandro Dumas. ¿Esa también era una asignatura pendiente?

Claro. Yo tenía una deuda con Dumas. Desde pequeño he soñado con 'Los tres mosqueteros'. El regreso de Alatriste era la ocasión de saldar esa deuda. Sobre todo, ver si era capaz de hacerlo.

¿Y cómo resultó?

Bueno, ahí está [señala el libro sobre la mesa del salón Embajador del Hotel Alvear]. El proceso fue muy interesante. Me obligó a releer cosas que yo pensaba que ya no iba a leer, a revisitar un mundo que había dejado atrás. Fue un gran ejercicio. Además, tuve que releer los otros siete. Y eso fue nuevo para mí porque nunca me leo cuando publico un libro. Me olvido y ya. Entonces, leerlo así me hizo ubicarme en el lugar del lector, no del autor. Ha sido una experiencia muy original.

¿Habrá un Alatriste más?

No sabemos. Tengo 75 años. No sé cuánto me queda. Pero mientras esté intelectualmente lúcido, sí. El problema es que yo ahora tengo que elegir. Hasta los 85, hasta los 80 más o menos, me quedan cuatro, cinco libros. No mucho más. Entonces, ya no puedo equivocarme. No hay nada más triste que un escritor que esté muerto y no lo sabe.

El 7 de mayo sale en el país 'Enviado especial', libro que recopila tus crónicas de guerra. ¿Por qué crees que la guerra parece ser el único invento del hombre que nunca termina?

Primero aclaro que yo escribí el prólogo de ese libro, y la selección de los textos la ha hecho la editorial. Yendo a tu pregunta, el error del hombre moderno es pensar que la guerra es algo superado, como la violencia o la misoginia. En la sociedad actual hemos conseguido durante un tiempo rodear al hombre de un montón de mecanismos que camuflan, ignoran o disimulan esa pulsión del ser humano. La guerra forma parte de nuestra naturaleza. La guerra, la vanidad, la ambición, la lujuria: todos son mecanismos normales que no vamos a perder nunca por más cambios sociales que haya. Se transforma, claro: ya no incendiamos Troya, ya no pasa no pasamos a cuchillo a los niños ni esclavizamos a los supervivientes.

¿Y lo que está pasando en Ucrania y el Medio Oriente?

Pasa que lo que había conseguido la Ilustración europea, con su idea de progreso, de derechos humanos, libertades y democracia, se está yendo al diablo otra vez. Pero también desde adentro. Somos cómplices también los mismos europeos, y esa franja cultural (no geográfica) incluye a la Argentina. En Occidente somos responsables, somos culpables de lo que pasa. Es la única civilización que ha tenido que hacer autocrítica, criticarse a sí misma para mejorar. Pero esa autocrítica, en lugar de utilizarla para la paz, la hemos utilizado para destruirnos. Nos estamos destruyendo como civilización.

¿Recordás lo que decíamos en pandemia? Que íbamos a salir mejores.

He visto muchas desgracias en mi vida y no he visto nunca al ser humano salir mejor de ninguna de ellas. Al contrario. Toda desgracia deja rencores, frustraciones, complejos, amarguras, traiciones, claudicaciones... Además, hay una cosa muy amarga, que es que el ser humano tiene una extraordinaria capacidad de olvidarse de sí mismo, de olvidar las lecciones. Siempre volvemos a hacer lo que hicimos antes de que eso ocurriera y lo que produjo esa cosa. Cuando has leído, cuando has vivido de una manera razonable, no puedes ser optimista. Estamos asistiendo a la demolición de un sistema de derechos y libertades que ha cambiado la historia de la humanidad. Todo el mundo quería imitarlo. Ahora, todo el mundo quiere destruirlo. Hace un siglo y medio, con la Ilustración, todo el mundo quería parecerse a Occidente. Ahora es al revés, ahora todos están contra eso, a todos les molesta, también a gente como Trump y otros, para quienes la democracia es un obstáculo, y por eso necesitan destruirla. Por eso hay una guerra contra la Ilustración, contra todo aquello que hace al hombre libre, individual, pensativo, creativo, independiente y democrático.

Pero al mismo tiempo se llenan la boca hablando de libertad.

Es que nunca hemos sido menos libres que ahora. Es un error pensar que Trump es el problema. Trump es un síntoma del problema. Trump no es más que el efecto de una causa, como lo es Putin. La dictadura que viene no es política. Ahora son los técnicos de Silicon Valley, las grandes corporaciones, los grandes grupos financieros. El error es pensar que es el fascismo, el comunismo. ¿Qué coño? Estás equivocado, gilipollas. El problema son esos tíos de zapatillas y chaqueta que están en Silicon Valley, en Pekín o en Shangai. Esos son los dictadores del futuro que necesitan a estos políticos. Pero lo grave es que estamos asumiendo voluntariamente esa dictadura. Estamos encantados con esto [muestra el celular]. Esto es la cadena en torno al cuello de los nuevos esclavos. Y la gente no se da cuenta. Tengo 75 años, he visto hundirse muchos imperios. Ahora estoy viendo por primera vez hundirse mi propio mundo.

¿Eso te deprime?

Es duro, claro, pero me resulta fascinante. Es muy interesante ver que suceda algo similar a lo que has leído en la historia: la caída de Roma, Bizancio, el Imperio Británico, el Imperio tal y cual, de una manera distinta, claro, acorde al tipo en el que estamos. Hoy hay otra manera de ser un bárbaro. Entonces, claro, ver ese espectáculo refuerza en parte el escepticismo respecto al género humano. Pero, por otra parte, dices: “Es un privilegio ver morir una civilización, ver morir un mundo democrático de libertades y derechos”. Vamos a pagar el precio de nuestros pecados. Tardará, no digo que será mañana, va a tardar a lo mejor medio siglo, un siglo, pero vendrá otro mundo distinto, en el que habrá tiranías que habíamos conseguido apartar, controlar, denunciar, señalar, acorralar y que ahora estamos permitiendo que vuelvan de otra manera. Claro, con la tecnología.

Seguimos tus posteos en redes sociales sobre cuestiones vinculadas al lenguaje, por ejemplo el uso de la tilde, y tus diferencias con la RAE. Si pudieras dirigirla, ¿cómo debería ser esa institución? ¿Te interesaría ese puesto?

Eso está fuera de mí. Yo estoy ahí porque me hicieron académico. No quería ser académico, me convencieron. Entonces, tengo que ser un académico leal a lo que pienso. Resumiéndolo: la RAE tiene la obligación de aceptar toda evolución del lenguaje, pero también tiene obligación de decir: “Cuidado, recordemos que existen normas que usaban Borges, Vargas Llosa, García Márquez”. Vale tanto un tuitero analfabeto que tenga muchos seguidores que algo que ha escrito Vargas Llosa. Yo no estoy de acuerdo con eso. Entonces, claro, no me pudo callar. Lo que hice fue salir al paso, y eso me ha producido desencuentros con la RAE. Hay otra cosa más: la tilde, la ortografía y la gramática son herramientas que hacen que un escritor sea eficaz. Yo utilizo tildes, utilizo lo que sea para que los lectores me comprendan. Yo cada día me levanto a trabajar. No soy un teórico de la universidad. Soy un artesano del lenguaje. Yo y los escritores como yo. Mi lenguaje no es científico ni académico, es un lenguaje práctico, operativo, eficaz. Yo quiero que tú al leerme entiendas perfectamente lo que te voy a decir. Y para eso necesito un montón de herramientas que los teóricos de la lengua me están negando. Están cargándose toda la métrica del Siglo de Oro.

La última pregunta tiene que ver con la “pelea” entre la RAE y el Instituto Cervantes. ¿Es una cuestión territorial, política, a qué se debe?

Tiene que ver con las instituciones: el Cervantes es un organismo que depende del Estado y existe para la difusión del español donde el español no existe. Aquí, por ejemplo, el español existe, luego aquí no se necesita la presencia del Cervantes. Aquí la RAE, en coordinación con todas las Academias de la Lengua locales, tiene prioridad, como en toda América. Pero el Cervantes quiere intervenir, por razones políticas. Entonces, claro, viene el choque; es una cuestión de celos y competencias. El Cervantes quiere invadir, quiere estar presente de una manera más intensa de lo que indica su propia naturaleza como institución. Es así, ese es el problema.

Arturo Pérez-Reverte presentará 'Misión en París' el sábado 2 de mayo, a las 16, en diálogo con Jorge Fernández Díaz, en la sala José Hernández de la Rural. Luego firmará ejemplares en el stand de Penguin Libros.

Pérez-Reverte

Pérez-Reverte

Paul E Palacios - expreso.ec - 28/04/2026

Tarde, pero no por ello extemporáneo, he descubierto la novela de Arturo Pérez-Reverte. Acostumbrado a leer más clásicos traducidos del inglés o del francés, y desde luego de los autores que uno piensa que son los que dictan los caminos de la buena tinta en español, descubrí a Pérez-Reverte del consejo de un amigo que me dio un espacio en su escaparate para mi modesto libro. De quien escribo es un cartagenero nacido a inicios de los años cincuenta, atado a la mar desde su nacimiento por la influencia de su padre, que era marino, y periodista de formación académica. Su vida sin duda fue matizada por los 21 años que dedicó a ser reportero de guerra (1973-1994). Vivió los peores horrores de la naturaleza humana, pero quizá también los momentos de mayor valor y templanza.

Aquella vida de conflicto en conflicto, armado con una cámara fotográfica y una pluma, evidenciando las atrocidades que hacen los seres humanos comunes, contribuyeron a ir construyendo un estilo literario único. Pérez-Reverte combina las epopeyas de ‘Los tres mosqueteros’ de Dumas con la habilidad propia de crear un personaje que los enfrente, como lo ha sido el Capitán Alatriste, en la serie de libros donde cada uno es más entretenido que el otro. Puede ir de la trama romántica, llena de sal marina y aventuras en el Egeo durante los años de la Guerra Civil española, como es ‘La isla de la Mujer Dormida’, a un libro de exquisita burla y sorna, como ‘La sombra del águila’, donde hace de los franceses y de Napoleón el blanco de su picaresca. Con una habilidad de novelista que nos tiene rehenes de su imaginación, Pérez-Reverte se adentra en los detalles de los ambientes y personajes, que solo le es posible alcanzarlos al haber vivido con los perfiles que describe, e investigado en los lugares que su pluma engalana, y haberles agregado una prosa que no tiene algún otro escritor contemporáneo de habla hispana. Este escritor sin duda es un fuerte candidato al Nobel de Literatura, ahora que nada teme decir o escribir, y que su vida, la que ha tenido y la que quiso tener, la plasma en lo mejor de la novela española de hoy. 

https://www.expreso.ec/opinion/perez-reverte-el-escritor-espanol-podria-ganar-el-premio-nobel-280210.html

20 abril 2026

La sombra del águila


Lamastelle - eslahoradelastortas.com - 20/04/2026

Saludos desde la isla de Santa Elena, queridos lectores. Hoy reseñaremos un tebeo que no estaba en el plan reseñístico oficial 2026 de ELHDLT. Hoy iremos con el batallón 326 a las tierras del Imperio Ruso, a matar franceses, cosacos y lo que toque. Hoy nos cubrirá 'La sombra del águila'…

Todo empezó allá por 1993 cuando Arturo Pérez-Reverte publicó durante el verano una novela por entregas en 'El País'. Yo la leí en libro y me descojoné con su humor negro, negrísimo, más negro que el uniforme de un húsar de Brunswick. Humor que  disimula y relaja el horror y la falta de lógica de la guerra que nos cuenta el autor (esta obra se escribió mientras el autor cubría la guerra de Bosnia).

Años después (junio de 2012) el autor Rubén Del Rincón la adaptó al tebeo, publicándola por entregas en el semanario de 'El País'. Y en noviembre de ese mismo 2012 salió en un tomo publicado por Galland. Y en 2021 la saca Planeta en una nueva edición.

Pues resulta que el  otro día me regalaron un ejemplar de una de estas adaptaciones al tebeo. Y aquí estamos, reseñándola mientras esperamos a que Pepe Botella baje al despacho, que no puede ahora, que está borracho (calumnia, que al parecer el hombre era abstemio, pero ya sabemos que la verdad y la guerra no se llevan demasiado bien, queridos lectores).

-Oye, Lamastelle-san…¿De qué me suena a mí el nombre de ese dibujante?

Quién sabe, querida lectora. Tal vez de que eres una seguidora fiel y leal y recuerdas la entrevista que le hicimos hace 16 años. O de verlo en la web de Nuevo Nueve. O por haber leído la biografía del padre de Alejandro Dumas.

Pero vamos con la historia. En la edición de 2012 tenemos un prólogo de tres páginas con Napoleón en Santa Elena, recordando. Ignoro si estas páginas salieron en la versión semanal, aunque calculando el número de páginas creo que no. Y hablando de páginas, este libro tiene 64, mientras que la edición de Planeta Comics de 2021 llega a las 88. ¿Y qué hay en esas 24 páginas más? Además de que el dibujante recoloreó el tebeo, incluye como extras un artículo, bocetos y "storyboards", más la versión original de las dos primeras páginas. Nada que cambie realmente la historia.

'La sombra del águila' es, ya lo hemos dicho, una historia que mezcla el humor negro y el rojo de la sangre de los cuerpos destrozados por una bala de cañón de 12 libras. Basada en un  hecho real, nos cuenta la historia de un batallón obligado a alistarse bajo las águilas napoleónicas y que ha decidido desertar… En plena batalla. Así, con dos cojones. Lástima que Bonaparte piense que están haciendo un último esfuerzo por darle la victoria y ordene apoyarles en su avance… Si es que cuando uno es gafe, pues eso.

La trama es fácil de seguir. No necesitamos conocimientos previos, ni de Historia ni de la historia. Y lo que necesitemos saber lo aprenderemos mientras leemos, siguiendo a los protagonistas y sus recuerdos. Tendremos humor negro. Tendremos amargura. Tendremos desesperación. Tendremos muerte y casquería a patadas.

El guión no está claramente acreditado, pero pienso que es de Del Rincón, con la aprobación y revisión de Pérez-Reverte (que lo leí en alguna entrevista previa a esta reseña. Aquí nos documentamos, al estilo de dibujantes que deban enfrentarse con los uniformes napoleónicos y salir victoriosos de tal empeño). El dibujo es más caricaturesco que realista. Justo lo que se necesita para mantener ese humor de la obra original y no terminar con una obra demasiado realista, seria y formal. Ah, ese Estado Mayor, qué descojone y qué expresividad tiene cada uno de esos oficiales. Hasta Murat, que lo sepáis. No son solamente sus diálogos, sino sus expresiones, sus reverencias, sus sudores… 

El color en esta edición no es del propio autor, sino de Carlos Del Rincón (que tiene pinta de ser pariente suyo). La edición no trae extras. Como curiosidad, diremos que la contraportada de esta edición es la imagen que se usa en la portada de la edición de 2021.

¿Por qué leer 'La sombra del águila'? El humor de la primera parte de la  obra. La acción bélica e histórica que se nos ofrece en estas páginas. ¿Por qué no leer 'La sombra del águila'? Como en todas las guerras, el final es amargo.

https://www.eslahoradelastortas.com/la-sombra-del-aguila/

19 abril 2026

En guerra contra la Ilustración

El Mundo - 19/04/2026

Hay una guerra que no ocupa titulares de prensa: el mundo actual está en guerra contra la Ilustración y buena parte de lo que ella hizo posible. Porque hubo un tiempo en que Europa, con sus matanzas, sus hipocresías, sus impulsos depredadores y su talento para predicar virtud mientras limpiaba la sangre de la espada en el mantel del banquete, quiso también comprender el mundo. Buscó poner orden en el caos, sustituir el dogma por la duda, el privilegio por la ley, la obediencia ciega por el imperio de la razón. Casi tres mil años invirtió en esa idea y no siempre lo hizo con nobleza: a menudo la traicionó y otras la prostituyó; pero durante algún tiempo reconoció la existencia de un ideal superior a la tribu, el altar y el cadalso. Ese ideal fue la Ilustración y lo que ésta, a partir del siglo XVIII, hizo posible. Una Ilustración que Europa, su heredera, deja hoy morir con la misma estolidez satisfecha de quien vende la biblioteca del abuelo para irse una semana de vacaciones a Bali o al Caribe.

La Ilustración no fue una tertulia de pedantes que pretendieran cambiar el mundo mediante la filosofía. Fue una batalla sangrienta contra la oscuridad organizada, el poder absoluto, la superstición. Una revuelta de la inteligencia contra Dios y sus representantes que en la tierra susurraban al oído de dictadores y monarcas. Una guerra durísima frente a la vieja idea de que el mundo debía someterse a una autoridad incuestionable: un rey, un sacerdote, un caudillo, una raza elegida, una nación ofendida o una masa vociferante. La Ilustración fue el momento en que el ser humano, tras siglos arrodillado, tuvo la insolencia de erguirse. De proclamarse valiente, culto y libre.

Conviene recordar el precio que se pagó por ello, porque la estupidez se nutre de ignorancia y mala memoria. Las libertades no cayeron del cielo. Hubo que arrancarlas a quienes exigían súbditos obedientes, almas tuteladas y preguntas castigadas. Antes de que Europa aprendiera a tolerar discrepancias, la verdad se decretaba, el conocimiento llegaba filtrado bajo atenta supervisión, la disidencia se pagaba con fuego, cárcel o exilio. Europa quemó a gente por pensar, humilló a científicos por decir lo que veían, persiguió libros como si fueran epidemias. Y eso no ocurrió en arrebatos crueles, sino durante siglos de respetable normalidad.

Poco a poco, apoyándose unos en otros desde la antigüedad clásica, se hicieron oír los que dudaban, los que escribían, los que pensaban: quienes se atrevían a decir que un rey no era de origen divino, que una religión podía ser nefasta, que la ley descartaba el privilegio, que la razón era herramienta necesaria. Y con audacia admirable agrietaron el edificio de la sumisión y la injusticia. Inglaterra pasó por guerras civiles y ejecuciones regias; Francia, por su gloriosa y monstruosa Revolución; Europa entera vivió el fascinante siglo XIX entre sacudidas, restauraciones, levantamientos, represiones, triunfos y fracasos. El siguiente siglo demostraría dos guerras mundiales, fascismos, nazismos, comunismos, gulags y campos de exterminio que la libertad, la cultura, el progreso, no son metas finales sino trincheras que exigen vigilia permanente. El proyecto ilustrado no abolió la bestialidad ni la vileza que, junto a virtudes nobles, alberga el corazón humano; pero dispuso herramientas para mantenerlas a raya.

El error de la Ilustración fue creer que los hombres llegarían de forma irreversible a la libertad. Que el acceso al conocimiento, la educación, la lectura y el debate público engendraría ciudadanos impermeables al dogma, invulnerables al fanatismo, difíciles de engañar por embaucadores con uniforme, sotana o sonrisa televisiva. Y con altibajos, esa idea pareció asentarse. Durante trescientos años los libros fueron palanca ilustrada, ascensor moral, intelectual y social. No para todos, no sin enormes zonas de exclusión e hipocresía, pero sí para muchos. Leer era salir de la mazmorra. Pensar era desconfiar del amo, del sacerdote, del ilustrado mismo. Leer, razonar, era una rebelión civilizada. Una promesa de dignidad.

Durante mucho tiempo Europa fue envidiada por eso. Hasta sus enemigos aprendían de ella. La Ilustración cambió la historia del mundo. Entonces, el ciudadano europeo hizo lo que mejor hace el ser humano cuando se le ofrece una oportunidad: buscar otra más fácil. La televisión fue el primer ensayo de regresión cómoda. Podía enseñar, divulgar, abrir ventanas; pero también introdujo una tendencia tóxica: el reemplazo del esfuerzo por la recepción pasiva. Ya no era imprescindible leer una página, subrayar, imaginar la escena o la idea. Bastaba con sentarse y mirar. La televisión se llenó de espectáculo, sentimentalismo fácil, información troceada y publicidad encubierta para espectadores perezosos o apresurados. Dejamos de aprender el mundo y empezamos a consumirlo.

Aquella televisión, al menos, tenía horarios. Había un momento en que se apagaba. Pero llegaron las redes sociales y el teléfono móvil, y ahí se estableció el mecanismo perfecto. No porque la tecnología sea perversa, sino porque puso en manos de una especie intelectualmente indisciplinada la herramienta para su propia regresión, e incluso destrucción. Nunca hubo tanto acceso al conocimiento ilustrado, ni tan poca voluntad de usarlo. Llevamos en el bolsillo tres mil años de pensamiento, arte, ciencia, filosofía, historia, literatura, jurisprudencia, música y memoria: y sin embargo lo empleamos para insultar a desconocidos, compartir mentiras, manifestar nuestra frivolidad y recibir descargas de placer instantáneo mientras el cerebro se acostumbra a no sostener una idea más de ocho segundos seguidos.

El teléfono móvil se ha convertido en símbolo de nuestra contradicción, por el contraste obsceno entre sus posibilidades y el uso que le damos: biblioteca universal convertida en sonajero, memoria impresionante de una civilización reducida a máquina de dopamina. Es la prueba de que el problema no era la falta de medios, sino de ganas. El móvil no es causa de la estupidez; sólo desvela hasta qué punto la preferimos cuando viene cómoda y socialmente digerible. Aquí es donde apunta la amarga verdad, porque el peor enemigo actual de la Ilustración no es sólo el fanático religioso, ni el dictador, ni el populista, ni el comisario político; es el ciudadano que presume de saberlo todo mientras engulle propaganda adecuada a sus prejuicios; el que vocea indignado mientras acepta que lo sodomicen -metafóricamente o no- con la mansedumbre de un cerdo en el matadero. El que se queja de los políticos, los medios, el sistema, la manipulación y la decadencia cultural mientras dedica su tiempo y su voto a premiar exactamente todo eso. Ahí está la podredumbre principal: no en los tiranos que hacen su trabajo de tiranos, ni en los fanáticos que hacen su trabajo de fanáticos, ni en los charlatanes que jamás fingieron ser otra cosa. El problema está en la mansedumbre voluntaria, analfabeta, del hombre corriente.

Y claro que hay manipulación; siempre la hubo: en los púlpitos, en las cancillerías, en los periódicos, en los manuales escolares, en las guerras, en la publicidad, en la liturgia patriótica o antipatriótica. El problema no es ése, sino la demanda masiva de manipulación consumible. Abrazamos la mentira cuando viene bien empaquetada, coincide con lo que creíamos antes y nos ahorra el trabajo de pensar. El ciudadano no es víctima inocente, sino consumidor voraz de relatos narcóticos: prefiere los que le anestesian la duda. Por eso engordan los enemigos de la razón; no porque sean inteligentes, sino porque han descubierto que la complejidad aburre y la consigna alivia, que sumarse a una tribu proporciona consuelo y gratificación inmediata. Basta con aprender el catecismo, repetir fórmulas, señalar al enemigo común y disfrutar la cálida sensación de pertenencia.

Todo eso ocurre cuando más necesarias son la razón y la cultura. Cuando más de medio mundo está en guerra abierta contra la Ilustración europea y lo que ésta hizo posible. Como lo está el Islam radical, una de las formas más execrables de atentado contra la razón, incompatible con la libertad de conciencia, la separación entre dogma y ley pública, el derecho a dudar, a blasfemar, a disentir y a no vivir sometido a imanes y sacerdotes. El islamismo ortodoxo sólo tolera creyentes disciplinados, mujeres sumisas, sociedad obediente a Dios. Y en vez de imponerse frente a tamaño disparate, la Europa antaño ilustrada lo envuelve todo en algodones burocráticos, cual si mirar hacia otro lado desactivara la mala fe de quienes la odian o desprecian incluso viviendo en ella justo porque todavía es un espacio de libertad.

Pero la cobardía europea frente al Islam no nace solo del miedo. Viene también de la ignorancia, de la idiotez mimética y de esa enfermedad tan occidental que confunde lucidez con autoflagelación. La Europa ilustrada cometió crímenes innumerables: colonizó, saqueó, esclavizó, humilló y mató sin complejos, obvio es admitirlo. Lo suicida es convertir esa memoria en impotencia moral que impide defender logros e ideas que, precisamente, surgieron del coraje para examinarse a sí mismos. Una capacidad crítica, la europea, de la que carecen otras civilizaciones y culturas.

En esa guerra contra la Ilustración juega un destacado papel el populismo. El infame Donald Trump, por mirar hacia ese lado, es uno de los síntomas más repugnantes de la enfermedad: criatura-caricatura perfecta de un ambiente donde la autoridad ya no se gana por conocimiento o sentido de Estado, sino por visibilidad, agresividad y oportunismo. Ese siniestro individuo triunfa porque convierte la complejidad en melodrama binario y porque millones de personas anhelan versiones del mundo aptas para el consumo emocional. El presidente de Estados Unidos simplifica, exagera, miente, gesticula y amenaza con la naturalidad de un charlatán profesional; y su multitud lo adora porque cuando la mentira halaga complejos, carencias y resentimiento, resulta más confortable que el raciocinio y la responsabilidad.

Pero no debemos mirar a Trump como una anomalía sin parentesco europeo. Europa y España, naturalmente está llena de variantes locales a derecha e izquierda, algunas refinadas y otras más burdas: líderes que convierten cada problema en una guerra identitaria, cada matiz en traición y cada discrepancia en prueba de enemistad; políticos que alimentan la fatiga o el miedo del votante y luego se ofrecen como solución. Gentuza cuya habilidad consiste en rebajar el idioma, el debate y las ideas hasta un punto en que cualquiera pueda sentirse representado sin necesidad de elevarse un centímetro. Y así, la democracia que necesita ciudadanos capaces de razonar acaba produciendo ciudadanos que sólo saben reaccionar.

Por no salir de la geografía general de la infamia, Vladimir Putin representa una tentación más antigua y quizá más europea: la fascinación por el orden despótico, la pasión secreta del cobarde por el hombre fuerte, la nación endurecida, la prensa amordazada, el opositor silenciado y la verdad filtrada desde arriba. Putin que aprendió las lecciones prácticas del nazismo, el fascismo y el comunismo brinda virilidad política y militar a gente harta, resentida o humillada. Ofrece la ilusión de que la historia puede resolverse a golpe de disciplina, policía y represión de quien no marque el paso, y suscita aplausos incluso entre quienes viven protegidos por libertades que desprecian. Porque la libertad fatiga mucho. Obliga a pensar, a aceptar que el otro existe y quizá no piense como tú. El autoritarismo, en cambio, tiene una voz seductora para las almas cansadas: «No te calientes la cabeza, yo decidiré por ti». Y millones responden encantados: «Gracias, eso era exactamente lo que deseaba, aunque no atrevía a decirlo».

No sería honrado detenernos ahí, porque la demolición contemporánea no sólo la protagonizan autócratas, radicales religiosos o populistas, sino también esas formas supuestamente progresistas de fanatismo blando que colonizan universidades, medios, burocracias culturales y conversaciones públicas. Lo que solemos llamar "wokismo" empezó señalando problemas e injusticias reales. El problema es que toda causa contiene el peligro de una inquisición, y entonces ya no importan los hechos, sino la ortodoxia; no cuenta lo dicho, sino quien lo dice; no interesa escuchar, sino etiquetar a los interlocutores. La discrepancia deja de ser estímulo intelectual para tornarse delito, y este mecanismo tiene una eficacia devastadora, porque el miedo a la exclusión es uno de los resortes poderosos del animal humano. Así que la cancelación mediante redes sociales perfecciona viejas cobardías con herramientas digitales: no hay que quemar libros si se puede intimidar a quienes los escriben; no hay que encarcelar a pensadores si basta con arruinar su reputación; no hay que prohibir una obra si se hace tan peligroso defenderla que nadie se atreva a hacerlo.

De ese modo, mientras la cultura se vuelve cada vez más chata, más soluble, más descafeinada, la Europa que alumbró a genios capaces de sacudir generaciones enteras se limita hoy a parir mercancía sentimental, opiniones que no irriten y productos culturales que no dejen cicatriz. Todo es accesible, rápido, compatible con una atención fugaz. La figura del influencer es emblema de esta humillación cultural; no porque todos sean analfabetos funcionales aunque algunos cultiven tal condición como marca registrada, sino porque muestra el cambio de jerarquías: la ignorancia deja de ser un defecto para convertirse en alarde y modelo de negocio. Y lo grave no es que existan estos personajes, sino que millones de imbéciles los tomen como referencia. La civilización que levantó universidades, academias, bibliotecas y observatorios se entrega ahora a criaturas cuya principal virtud es dominar el ángulo de cámara y la explotación de su propia inanidad.

No faltará quien objete que todo esto suena elitista. Naturalmente que lo es, y a mucha honra. Hoy cualquier defensa del rigor y la razón suena elitista, del mismo modo que pedirle a alguien que mastique con la boca cerrada parecerá agresión clasista si se empeñan lo suficiente. Pero aquí conviene ser claro: toda civilización necesita jerarquías de competencia; no de cuna o de fortuna, sino de saber, de mérito, de trabajo intelectual. Una sociedad que deja de distinguir entre quien sabe y quien improvisa, entre quien dedicó años a estudiar algo y quien simplemente opina de todo, merece ser gobernada por charlatanes y aplaudida por idiotas.

Por eso la comparación con la caída de Roma no es coquetería retórica. Los imperios no sólo colapsan por asalto externo; se vacían desde dentro, se ablandan, se corrompen. Los ciudadanos dejan de creer que defenderlos merezca sacrificio: unos por oportunismo, otros por agotamiento, otros por indiferencia. Los bárbaros sólo empujan una puerta entreabierta desde dentro.

Desde luego, la Ilustración no fue perfecta. Ni resolvió todas las injusticias ni estuvo libre de contradicciones, cegueras ni monstruosidades. Solo un imbécil la presentaría como un paraíso de pureza. Pero eso no contradice lo esencial: su pasado cultural, su extraordinaria memoria intelectual, es la mejor defensa jamás inventada contra la barbarie. Renunciar a ella sin tener algo mejor no es progreso; es regresión disfrazada de novedad. Y lo más increíble es que quienes hoy desprecian o destruyen ese legado lo hacen desde el confort que ese legado les proporcionó: sus derechos, su bienestar, su posibilidad de disentir, de viajar, de estudiar, de blasfemar, de votar, de organizarse, de criticar a sus compatriotas sin acabar en una zanja, de amar sin pedir permiso a un obispo o a un imán, de denunciar a un gobierno sin oír de madrugada golpes en la puerta... Todo eso no cayó del cielo. Y que ahora venga una colección de papanatas, de cretinos y de analfabetos a escupir en la escalera por la que todos subieron, es una de las estampas más repugnantes de nuestro tiempo.

No habrá momento solemne en que alguien anuncie la derrota y muerte de la Ilustración. Agoniza como desaparecen las facultades de un anciano: poco a poco, mediante pequeñas renuncias sucesivas. Un día se impondrá por ley que ciertos temas no deban discutirse, que el diccionario sea proscrito, que las sensibilidades se blinden frente a toda crítica, que la universidad proteja más que eduque, que la prensa emocione en vez de informar, que la política se reserve a ignorantes, corruptos y canallas, que la lectura sea una excentricidad ridícula, que pensar y opinar sobre lo que se piensa sea cosa de arrogantes si no coinciden con la mayoría... Se acabará haciendo norma de la intolerancia hacia la razón misma y la realidad se volverá delictiva cuando no encaje en el deseo general. Nadie aceptará que una causa justa pueda errar en sus medios, que una víctima pueda mentir, que un adversario pueda tener razón y que uno mismo pueda estar equivocado.

Es posible que exagere, aunque temo que no demasiado. Aun así, que el panorama sea oscuro no exime de la obligación de pelear. Defender hoy la Ilustración no significa recitar a Voltaire entre dos copas ni adoptar poses de carca ofendido por la vulgaridad del tiempo nuevo. Es, aun sabiendo que la derrota resulta inevitable, practicar una forma de resistencia íntima y pública a la vez, leer con criterio, estudiar antes de opinar, dudar de la propia tribu. También aplaudir el rigor, desconfiar de las certezas sociales y recordar que la verdad no siempre consuela ni es simpática. Entender que el peligro de no pensar es que te acaben pensando otros.

La pregunta ya no es qué fue la Ilustración, sino si somos capaces de merecerla y defenderla en tantos frentes donde es atacada. La respuesta no invita al optimismo: vemos una Europa convertida en parque temático de su ilustre pasado, cada día más frágil e incapaz de soportar un debate intelectual. Un continente que confía su carácter a la hipocresía moral, su presente a los mediocres paniaguados de Bruselas y el futuro a los turistas que nos dan de comer. Un Viejo Mundo, en fin, decidido a suicidarse no con ademán trágico sino con una mueca de estupidez, vulgaridad, aburrimiento y desdén. Lo malo no es que la barbarie amenace, porque desde Troya hasta hoy la barbarie amenazó siempre. Lo peor es la falta de grandeza en esta agonía. Ni siquiera caemos abatidos con el estruendo de la armadura de Héctor: sólo nos dejamos ir, deslizándonos hacia la idiotez colectiva con wifi, café ecológico y una inalterable opinión sobre lo que ignoramos. Aplaudiendo a bufones y sanguijuelas mientras despreciamos a quienes todavía intentan hacernos razonar. Nada más triste que una civilización que, después de llevar al extremo el difícil arte de pensar, decidió dejar de hacerlo. Y que sonríe imbécilmente satisfecha mientras se desploma.

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