22 mayo 2026

Sangre en las uñas y en la memoria


ABC - 23/05/2026

[El escritor y académico Arturo Pérez-Reverte se mete en la piel de Ulises y nos muestra al ser humano tras el héroe. Al hombre en el altar de los remordimientos]

Salieron conmigo. Dejaron Ítaca jóvenes, fuertes, en el momento espléndido de su juventud o en pleno vigor adulto. Me siguieron porque les prometí aventuras, botín, mujeres y gloria: todo aquello que la victoria reserva a los guerreros audaces. Salimos de nuestra isla a bordo de las cóncavas y negras naves, remando con vigor al ritmo de viejos cantos épicos, henchidas las velas rumbo a levante, para atacar una ciudad lejana con el pretexto siempre hay un pretexto, y ése era tan bueno como otro cualquiera de rescatar a una mujer hermosa y vengar la ofensa de su rapto. Y una vez allí, en la remota orilla del mar color de vino, peleamos durante diez años hasta que el ardid de un caballo de madera nos dio la victoria.

Yo estaba, con algunos de ellos, en el vientre oscuro de aquel caballo. Y llegada la noche, mientras la ciudad dormía, nos deslizamos fuera y empezamos la matanza. Aún se me crispa la boca en una mueca cruel tal vez sonrisa triunfal, quizá rictus amargo, puede que ambas cosas cuando recuerdo la luz rojiza de los incendios, los reflejos de las llamas en escudos, cascos y corazas, la sangre derramada en escaleras y salones, los hombres degollados y las mujeres violadas en sus propios lechos junto a los cadáveres de esposos, padres e hijos. El oro y la plata que cargamos camino de las naves, ganados hasta la última onza con nuestros peligros, nuestro miedo y nuestras vidas.

Hicimos en Troya la guerra como se hacía, como se hace, como se hizo siempre y como se hará mucho después de que mi cuerpo sea ceniza. Para bien y para mal llevo conmigo todas aquellas imágenes, del mismo modo que llevé la sangre de hombres, mujeres y niños en la hoja de mi espada, en el peto de bronce, en el rostro, en las manos fatigadas de tanto matar. Aún muchos días después, cuando bogábamos para regresar a casa, la sangre seguía incrustada en las manos con que empuñábamos los remos o tensábamos los cabos de las velas. Sangre en las uñas y en la memoria que todavía hoy, cuando contemplo mis dedos envejecidos y nudosos como sarmientos de vid, parece que siga ahí, indeleble, resaca y parda, del mismo color sombrío que tienen los remordimientos.

Regreso solo a esta isla, pues ninguno de los que partieron conmigo, de los que arrastré con mi nombre y mi gloria, sigue vivo ya. Se quedaron atrás, bajo las murallas de Troya, en la ciudad destruida, en los azares del largo regreso. Perdieron los botines duramente ganados y los aniquiló la furia de Poseidón, el desfavor o la indiferencia de los dioses, las asechanzas del piélago, la voraz insania de los cíclopes, las flores que hacen perder la memoria, las hechiceras que convierten a los hombres en cerdos… Creyeron en mí y lo pagaron uno tras otro con la vida, sumándose a los infinitos fantasmas que pueblan mi memoria cansada. Y mientras disfrazado de mendigo –o con la apariencia del mendigo que realmente soy– camino entre los olivos y chozas de la isla, me desazona ver a las mujeres que mis compañeros dejaron atrás, a sus hijos hoy crecidos, a sus padres ancianos, mirar el mar con la esperanza, todavía, de divisar las velas que los traigan de regreso. Sé que debería identificarme, dirigirme a ellos y contarles cómo sus ausentes combatieron y ganaron gloria y riquezas, cómo fueron desapareciendo hasta dejarme solo y desnudo en esta orilla. Pero yo que tantas cosas hice, el astuto navegante, el consejero de reyes, el expugnador de ciudades, carezco de valor para eso. No sería capaz de soportar sus reproches por habérmelos llevado. Ni siquiera de soportar su silencio.

Ahora ya no sé si valió la pena. Después de veinte años, una mujer casi marchita me aguarda tejiendo y destejiendo un tapiz. Un hijo a cuyos ojos mi ausencia me hizo detestable ha crecido sin mi ejemplo y aliento. Unos pretendientes arrogantes devoran mi escasa hacienda, y alguien debe expulsarlos con la violencia y la muerte inevitables… Sólo los dioses inmortales saben cuánta pereza me da verme obligado a matar de nuevo, tensar el arco que nadie sino yo es capaz de armar, disparar flechas que los manden a todos gimiendo a las sombras del Hades. Miro mis manos, cansadas pero aún capaces, y todavía me parece ver sangre en las uñas: la misma que tengo en la memoria y que diez años de guerra y otros diez de aventuras y naufragios no lograron borrar. Toda mi vida, al fin, se resume en un único y prolongado remordimiento. Estoy muy cansado para añadir más fantasmas a los que me acompañan, y debo luchar con la tentación de dar media vuelta y regresar al mar que me trajo; ese incierto mar donde, pese a todo, las cosas son mucho más sencillas que en tierra firme.

Tal vez dentro de treinta siglos, recordándome si todavía me recuerdan para entonces, alguien escriba unas líneas en mi memoria: "Bajé del barco, pero no pasé del primer bar".

La misma oscuridad, el mismo miedo: Arturo Pérez-Reverte y la guerra

Víctor Núñez Jaime - milenio.com - 22/05/2026

Una de las lecturas que marcaron el curso de mi carrera universitaria fue la de 'Territorio comanche'. Porque después del punto final de ese libro breve de Arturo Pérez-Reverte, uno se ve obligado a preguntarse si existe una ética en el filo entre la vida y la muerte. Al contar una visión descarnada de la guerra (no exenta de cierta ternura e ironía), nos acercamos al día a día de un corresponsal en la lucha armada de Yugoslavia, tal vez el último conflicto bélico cubierto por los grandes corresponsales que se forjaron informando sobre las atrocidades de la Humanidad (porque luego, con la llegada de las nuevas tecnologías y la crisis de los medios, todo ha sido diferente).

“Para un reportero en una guerra, territorio comanche es el lugar donde el instinto dice que pares el coche y des media vuelta; donde siempre parece a punto de anochecer y caminas pegado a las paredes, hacia los tiros que suenan a lo lejos, mientras escuchas el ruido de tus pasos sobre los cristales rotos. Territorio comanche es allí donde los oyes crujir bajo tus botas, y aunque no ves a nadie sabes que te están mirando.” Así describía Pérez-Reverte el inquietante escenario donde se movía en aquel conflicto que acabó en la división definitiva de los Balcanes.

Las lecciones de periodismo desprendidas del libro, al igual que el 95% de lo aprendido en la carrera, han sido inaplicables en el ejercicio de mi profesión (poco tiene que ver la romantizada teoría que nos inculcan con la cínica realidad), pero sustentan el testimonio de una época en la que los reporteros crecían “en un nido de piratas desalmados, genios sin escrúpulos, maestros del oficio, donde la exclusiva y el firmar en primera página justificaban casi cualquier método”, como dice, muchos años después, el ahora afamado novelista que acaba de publicar 'Enviado especial. Una biografía de guerra', la antología de sus crónicas, reportajes y columnas sobre los conflictos más cruentos del último tercio del siglo XX.

El volumen es valioso no sólo porque el autor comparte con los lectores las experiencias que marcaron su vida, sino porque el compendio de textos constituye los cimientos de la mayoría de sus posteriores historias de ficción. Se nota, además, que el hoy escritor y académico supo sacarle jugo a los últimos años de una forma de periodismo que hoy ya no se practica, que fue a la guerra con la mirada educada por la lectura y que ahora hace novelas con la mirada que la guerra le dejó.

De manera paralela a la publicación de 'Enviado especial', en el Ateneo de Madrid se exponen varias de las fotografías que ilustraron algunos de sus reportajes bélicos, las cuales enviaba con un piloto o una azafata (“no existía la inmediatez de ahora”). Son 47 imágenes y en sólo dos de ellas parecen personas muertas. “Es que ahora la guerra molesta y se pixela. Antes se hacían fotos para remover conciencias, para mostrar el horror y remover estómagos con niños sobre charcos de sangre o gente con las tripas de fuera. Y ahora esconden eso para no herir sensibilidades”, reflexiona el hombre que estuvo donde pocos querían estar y contó lo que muchos prefieren olvidar.

De Chipre, pasando por Líbano, El Salvador, Nicaragua o Irak, hasta Yugoslavia, Arturo Pérez-Reverte vio guerras que siempre, bajo cualquiera de sus formas, tenían “la misma oscuridad y el mismo miedo”. Primero las contó en las páginas del diario 'Pueblo' o en revistas como 'Gaceta Ilustrada' y, finalmente, en la pantalla de Televisión Española. A la tele se llevó, dice, “una forma personal de mirar el mundo, una mirada amarga que ya no me abandonaría nunca”. Es que, para entonces, la lección ya estaba aprendida: “no hay que huir del riesgo ni abalanzarse a él, sino medirlo. Averiguar antes de hacer el primer movimiento, por dónde vas a entrar y por dónde vas a salir. Y tener conciencia de que cruzar ciertas líneas no tiene vuelta atrás y que dejan huella”.

Finalmente, el joven reportero dio paso al veterano que recordaba los lugares de su vida anterior, ya sólo habitados por fantasmas, y a partir de ese momento la literatura se convirtió en la herramienta más eficaz para ordenar el caos, los remordimientos y los desastres (compruébenlo, por ejemplo, en su novela 'El pintor de batallas'). Porque “la guerra se queda en tu cabeza y ya no te abandona jamás”, dice. “Y sólo los que hemos estado ahí tenemos conciencia de lo frágil, de lo incierto”.

https://www.milenio.com/cultura/laberinto/la-misma-oscuridad-el-mismo-miedo-arturo-perez-reverte-y-la-guerra

16 mayo 2026

Una biografía de guerra

Ricard Gil Otaiza - que-leer.com - 16/05/2026

Tengo sobre mi mesa de trabajo un libro excepcional; tal vez lo mejor que se haya editado en materia de crónica y de reportaje de guerra en los últimos años, se trata de 'Enviado especial: Una biografía de guerra' (edición de María José Solano) (Alfaguara, 2026) de Arturo Pérez-Reverte, y me asomo a estas páginas, que son muchas (611) y densas, desde la mirada asombrada frente a una vida que no ha dado tregua a la experiencia extrema, primero desde el oficio de reportero en distintos escenarios bélicos para múltiples medios por más de dos décadas, y luego como novelista de larga trayectoria, y aunque ambos oficios parecieran antinómicos no lo son; es más, se complementan en una suerte de imbricación y de vértigo frente a la tragedia humana.

El novelista que es Pérez-Reverte no es la resultante de la metamorfosis del reportero, a quien los largos años en duros escenarios de guerra lo agotaron física y anímicamente, para entrar luego en el descanso y la comodidad aburguesada de la autoría de libros, sino que en estos textos que hoy se conjuntan —y en los que nos cuenta todo lo que acontece en medio de las refriegas y el dolor humano, del miedo a la muerte, de la pérdida de esperanza del retorno al hogar ya lejano, de la confrontación entre seres no muy distintos entre sí en los bandos encontrados en armas— hallamos ya el germen de lo literario.

Solo puede contar quien ha vivido. Nos lo recuerda con fino sarcasmo Jorge Luis Borges (quien poco vivió y lo hizo desde los libros, que son una forma de vivir, qué duda cabe), y es esa experiencia y ese moverse en distintos campos de confrontación lo que hoy podemos leer en este imperdible y magnífico tomo, y lo hacemos en un mundo no muy distinto al de las décadas de los 70 y de los 80, periodo de tiempo en el que nuestro autor actuó como reportero en diversos lugares (Líbano, Chipre, Sáhara, Nicaragua, El Salvador, Irán, Iraq, Angola, Mozambique, Sarajevo, Beirut, Eritrea, etc.), y digo esto porque el presente es tan turbulento como el ayer, o  quizás más cruento y enrarecido, y no precisamente por el odio, las rivalidades, los intereses económicos y los atavismos, que serán siempre los mismos —aunque con distintos ropajes— a pesar de los pesares, porque la guerra es la guerra, sino por la tecnología que marca un punto de inflexión insalvable (misiles teledirigidos, drones y sistemas autónomos, inteligencia artificial militar, ciberarmas, armas láser, etc.), y que se erige en eje fundamental en nuestros días y, que, si bien, despersonaliza la guerra, al modo de las trincheras como a la antigua, la hace más letal e inverosímil, aunque tan inhumana y monstruosa como aquella.

Esta “biografía de guerra” (como la denominan los editores) que acaba de entregarnos Pérez-Reverte es de una importancia capital en la comprensión del ayer y del presente, y su estructura u ordenamiento pretende ir desde lo cronológico y por etapas, de manera tal que cuando la leamos tengamos la sensación (o la plena conciencia) del hilo de la historia de décadas aciagas (se incorporan además crónicas posteriores a su etapa como reportero de guerra propiamente dicho, y nos topamos con textos de la actualidad hasta el 2025 que giran alrededor de la temática), y desde cada crónica y reportaje (escritos con la precisión y la hondura del maestro que se ya se perfilaba desde entonces) podamos avistar lo que se esconde tras cada hecho bélico: la estupidez de la naturaleza humana, pero también su desamparo y vulnerabilidad.

En este sentido, hallamos un deslumbrante primer texto, 'Un joven con una mochila y una cámara' (a propósito de “una cámara”, y si la vista no me engaña, la que veo colgada de su cuello en la fotografía de la tapa es una Pentax, como la mía, que tuve que dejar a mi partida de Venezuela), en que a modo de introito el autor narra aquellos años: sus temores y desconciertos, pero también el ingente aprendizaje que hizo de él el hombre que es en el ahora. En esta mirada introspectiva (mejor, retrospectiva) hallamos al prosista del presente, pero además al intelectual que de vuelta de los caminos es capaz de decirnos sin rubor, a propósito del cierre de su periodo como reportero: "El joven reportero dejaba lugar al veterano que, al rememorar los lugares diversos de su vida anterior, a menudo los encontraba habitados por fantasmas. Fue entonces cuando la literatura, las novelas, se convirtieron en herramienta eficaz para ordenar el caos". De seguidas, el libro se abre por etapas cronológicas: 1970-1973: Los años del aprendizaje. Los años 70: Como Fabrizio del Dongo en Waterloo. Los años 80: ¿Hay aquí alguien que haya sido violado y que hable inglés?. 1980-2025: Lugares de los que nunca se vuelve. Y Punto final. Los viejos reporteros sí mueren. Hay en total 149 textos (entre crónicas y reportajes), sin contar el primero y el último de los citados. 

Ni qué decirlo, el libro se deja leer tanto por la prosa muy perezrevertiana (aguda, incisiva, cortante, desnuda, combativa y directa, irónica y sarcástica, culta y al mismo tiempo coloquial, con referentes históricos y a la vez de actualidad, y con una voz narrativa que la hace personal y cercana), como por las temáticas que aborda, que nos llevan a extremos sensibles, muchas veces de inaudita crueldad, pero en los que el autor no se solaza para sacar rédito de ello, sino como punto de partida de hondas reflexiones de carácter ontológico.

Hay en estas páginas la nostalgia por los tiempos idos, la prosa quebrada por los viejos amigos y reporteros que se marcharon y por la desaparición del periodismo “vespertino, cimarrón, bohemio, entrañable” que él conoció; la extraña certeza de ser un veterano en cuya persona se cierran en sí misma épocas y aventuras, aprendizajes y vivencias, que la sostienen en el ahora, y que han hecho de él el hombre, el intelectual, el académico y el narrador que hoy muchos admiramos (y que otros tantos adversan).

https://www.que-leer.com/2026/05/16/una-biografia-de-guerra/

14 mayo 2026

“En la guerra la cámara no servía de escudo, te ponía en peligro”


Moeh Atitar - El País - 14/05/2026

Arturo Pérez-Reverte (Cartagena, 75 años) avisa desde el inicio de la entrevista: “Yo nunca he pretendido ser fotógrafo. Solo era un tío que tiraba fotos”. La conversación, en el bar del hotel Palace de Madrid, con un café y un vaso de leche de por medio, se jalona de un profundo respeto hacia el fotoperiodismo, y el escritor (antes periodista) y académico de la RAE revela cierto síndrome del impostor, pese a que ahora PhotoEspaña expone su trabajo.

La muestra ―'Fotografías de guerra 1974-1985', hasta el 30 de mayo en el Ateneo de Madrid― recorre su obra fotográfica, que coincide con la publicación de 'Enviado especial', una biografía de guerra, libro editado por Alfaguara y que reúne una destacada selección de crónicas, reportajes y columnas. El nivel de las fotografías seleccionadas, tanto para la exposición como para el catálogo (editado por La Fábrica), haría las delicias de cualquier editor de prensa, historiador o comisario de arte.

La entrevista se ciñe exclusivamente al fotoperiodismo. No asoman ni el capitán Alatriste, ni la RAE, ni las variadas polémicas que suelen acompañar al académico.

Sin querer ser fotógrafo, ¿por qué hacía fotos?

Trabajaba para el diario 'Pueblo' y viajaba solo por África, Asia y América. 'Pueblo' tenía una gran tirada, era espectacular. Si quería publicar mis reportajes tenía que llevar imágenes. Yo no quería hacer fotos: era una necesidad para poder publicar. Sin foto, no había texto. Cargabas un carrete de 36 y te ponías a disparar… Alguna tenía que salir bien. Pero yo enviaba los carretes sin saber qué había hecho.

¿Pero no revelaba los carretes?

No. Yo sé revelar, pero en medio de la guerra no te ponías a hacerlo. Te hacías amigo de algún piloto o de alguna azafata que regresara y mandabas los carretes con ellos a la redacción. No veía el resultado de mis fotos ni de mis reportajes, porque seguía en la guerra: pasaba meses allí e iba enviando material. No existía la inmediatez de ahora; lo que había tomado semanas antes seguía teniendo valor. Nunca le di importancia a mi archivo fotográfico. Cuando cerró 'Pueblo' fui a recoger todo mi material y lo guardé en unas cajas. Hasta hace unos años, cuando con la ayuda de mi amigo el fotógrafo Jeosm me puse a buscar unas fotos familiares y él me dijo: “Aquí hay muy buen material”. Hay imágenes que no había visto hasta hace poco.

¿Con qué equipo trabajaba?

Mi cámara principal era una Nikon F2, una máquina buenísima y muy fiable. Era toda mecánica, salvo el fotómetro. Luego llevaba dos Pentax más ligeras. Mi objetivo preferido era el 50 mm; en combate montaba un 35. Ese angular, en medio de las trifulcas, te ayudaba a sacar algo bueno, porque con un disparo abarcabas toda la escena. Mis fotos son de combate real porque estaba allí metido, vivía con ellos. Llevaba un 135 mm, pero nunca lo usaba: la acción estaba demasiado cerca. Y de carrete utilizaba 400 ASA. Te llevabas 10 o 20 carretes, y cuando se acababan tirabas con lo que podías comprar por allí, así que imagínate.

¿Cuáles son sus referentes en la fotografía? En 'Enviado especial' menciona que la película 'Sangre en Indochina' le motivó a ser periodista de guerra.

Sí, la película de Pierre Schoendoerffer, un francés formidable, me dejó fascinado. Luego, con 14 o 15 años, me hacía con las revistas 'Life' y 'Paris Match'. Los fotógrafos de esas publicaciones fueron mis maestros. Hablamos de Gilles Caron, Catherine Leroy, Larry Burrows y tantos otros con los que después coincidí en la guerra; conocer su trabajo me ayudó a conectar con ellos. Recuerdo que me hizo mucha ilusión que, en la primera guerra que cubrí, la de Chipre (julio 1974), 'Paris Match' publicara una foto de lo que Manu Leguineche llamaba la tribu, ese grupo de unos treinta periodistas que íbamos coincidiendo en distintos conflictos, y yo estaba allí, entre ellos.

En la presentación de la exposición y en el libro que recopila sus crónicas aseguraba que la guerra ahora se pixela…

Hay muchas fotos mías que ahora son impublicables. Nos ha pasado con la exposición, aunque he sido bastante ajeno al proceso de selección. En el catálogo hay unas 50 o 60 fotografías; en la muestra se redujeron a 20. Solo eligieron dos fotos de muertos, y fue porque pedí que estuvieran. En la exposición tienen un tamaño más pequeño: no se atrevieron, por instinto o de forma deliberada, a darles mayor formato.


"Esta fotografía hoy sería impublicable. Fue primera del diario 'Pueblo'. Es en Eritrea. El tipo al verme con cámara me pidió que le hiciera una foto. En la exposición han decido darla en un formato más pequeño", cuenta Pérez Reverte.

¿Por qué cree que sucede?

El ser humano niega ahora el dolor, sobre todo en Occidente. Nuestros padres y abuelos tenían la certeza del dolor y de la muerte. No había penicilina, había hambre, había guerras… Había una aceptación natural, biológica y social de lo que eran. Ahora se muere el abuelito y al niño le decimos que está en el cielo y ni siquiera ha ido al velatorio, para que no se traumatice. Esa hiperprotección es propia de Occidente, porque en el resto del mundo se sigue viviendo con esa certeza. Y la función del reportero de guerra era, justamente, remover conciencias. La prensa contribuyó a acabar con la guerra de Vietnam con fotos como la de Eddie Adams, en la que el general Loan ejecuta a un hombre en plena calle y sin juicio previo. Ahora ya no vemos esas imágenes de la guerra de verdad.

Sin embargo, estamos rodeados de videojuegos con una violencia explícita donde, en cierto sentido, se juega a matar…

Llevan al jugador a una realidad virtual que no es la exacta, con lo cual cree que la violencia es eso. No, la violencia huele, sangra, duele, golpea, mata… Hace 40 años, cuando alguien mataba, sabía lo que estaba haciendo. Ahora la gente puede matar por juego y creerse que en la vida real es solo eso.


"Son milicianos cristianos en Beirut, Líbano. Muy jóvenes. Te pasabas días con ellos en el frente. Eras uno más", recuerda Reverte.

Sorprende que sea tan preciso en la datación de los textos de 'Enviado especial' y, sin embargo, en las fotos no hay ni fecha ni lugar.

No me acordaba con precisión ni de los lugares ni de las fechas. Insisto, nunca le di importancia a mi archivo fotográfico. No soy fotógrafo. La prueba es que dejé la cámara en cuanto llegué a la televisión, y me iba a la guerra con grandes profesionales que tomaban las imágenes. Y al final, todas las guerras son la misma guerra.

¿Le servía la cámara como escudo?

No, en absoluto: la cámara te ponía en peligro. Te veían hacer una foto que no querían que hicieras y… La Nikon era una buena cámara, pero nada discreta. Hacía mucho ruido y más de una vez tuve que sacar el carrete y velarlo porque no les gustaba lo que había fotografiado. Tenías que ganarte su confianza. Hay que tener en cuenta que pasaba días con ellos en el frente. En África me ayudaban mucho los cigarrillos y llevar una Polaroid: nada más llegar le hacía una foto al jefe y se la regalaba. Reconocías su autoridad. Pero, en general, eras bienvenido. Eran todos más inocentes, no veían las consecuencias de las fotos. No había inmediatez: si les hacías una foto, significaba reconocer su heroicidad. Ahora todos saben lo que es una fotografía, y por eso ya no existe el acceso que teníamos antes.

Su novela 'El pintor de batallas' la protagoniza un fotoperiodista retirado obsesionado con la geometría del caos. ¿Tenía usted también esa fijación?

Con el tiempo descubrí que en la guerra hay una geometría: está la parábola de un obús, la línea recta de la trayectoria de una bala o la formación misma de un grupo de soldados… Todo son curvas, rectángulos, líneas. La mayoría de mis fotos están tomadas desde el suelo. Esa visión de la geometría del caos te permite mover la cámara: te da los ejes, el punto, el lugar. Estás en el suelo y un tipo pasa corriendo. No es lo mismo que estar de pie, porque de pie te pegan un tiro. Esa posición te obliga a hacer un encuadre determinado, porque la foto se impone. Pero nunca racionalizas esa geometría del caos. Aún hoy, con 75 años, voy por la calle y sigo viendo lo bueno y lo malo: dónde está el sol, cómo sopla el viento, la lluvia, el semáforo o el tráfico. Es la geometría del mundo. Y esa percepción me la ha dado la guerra.


"El comandate Kibreab era mi amigo. Lo mataron en Tessenei. Originalmente era una diapositiva a color. Eso que tiene arriba que parecen flores son sus sesos. No la quise vender. Después del combate, cruzamos la plaza y al llegar al final no estaba. Pregunto por él y me responden en italiano: 'È andato via'. Se ha marchado. Lo reconocí al pasar. Me acuerdo de la foto porque la pude ver al momento, al ser diapo. Nunca la quise vender. Era mi amigo. Si hice la foto fue por instinto periodístico. Pero no la vendí".

¿Qué más le ha enseñado la guerra?

Los que hemos visto la guerra somos distintos a los que están aquí, porque no tienen conciencia de lo frágil, de lo incierto. Pero hay algo que aprendí muy joven: la humildad profesional. Yo llegaba a un sitio y buscaba al periodista que más sabía. Aquel tipo, aquel viejo que estaba con la puta, borracho, era el que más sabía de ese país. Me acercaba y le decía: “Hola, me llamo Arturo, te invito a una copa. No tengo ni puta idea. Sé que tú eres el que más sabe y quiero aprender”. Y siempre, siempre me ayudaban. Con ellos aprendí el oficio: esa humildad profesional de aprender de los que más saben. Puedes ser lo más chulo del mundo, pero trabajando tienes que aprender. Con los fotógrafos me pasaba lo mismo.

Puede parecer que ahora lo hacemos todo mal en el fotoperiodismo.

¡Para nada! ¡Jamás he dicho eso! Todo lo contrario. El fotoperiodismo es una elección de la realidad que quieres mostrar. Y si el periodista es un tipo formado, inteligente, con visión, de nivel, el resultado es espléndido. El encuadre denota ya un talento, una intención, y es de las pocas cosas que aún conservan la personalización. No engaña: es la prueba del algodón. Hay un problema, y es la saturación de imágenes de retaguardia, que puede hacer cualquiera con su teléfono móvil… pero compárala con la que realiza un fotoperiodista con intención. Y siguen existiendo fotografías espectaculares.

¿Recuerda alguna?

Recuerdo una fotografía magnífica pero tontorrona. Tres chicos en la guerra de Ucrania, chavales universitarios, a los que habían equipado con uniformes y fusiles. Salían del cuartel con edad de estar saliendo del colegio. De la escuela a la trinchera. No es una foto de guerra al uso, pero sí una imagen extraordinaria. Ninguna imagen de televisión o de un aficionado consigue eso.

Dice Koudelka que una buena foto es aquella que no se puede olvidar. ¿Cuál es la suya?

Una de mi madre. Era bellísima. Mi madre era la mujer más guapa de Cartagena. En la foto parece una actriz italiana, de cine: delgada, alta, elegante… Está con sus gatos en la terraza de casa de sus padres, antes de casarse. Cuando veo esa imagen no veo a mi madre, sino a la mujer, con mayúscula. Veo la belleza, la elegancia, la serenidad… Luego la vida va destruyendo esas cosas a medida que pasan los años. Y esa foto de mi madre es la que más quiero. Si antes de morir pienso en una foto, será la de mi madre en aquella terraza.


https://elpais.com/cultura/2026-05-14/arturo-perez-reverte-sobre-sus-fotografias-en-el-frente-en-la-guerra-la-camara-no-servia-de-escudo-te-ponia-en-peligro.html

09 mayo 2026

Rueda de prensa sobre 'Enviado especial'


Carlos Castrosín - que-leer.com - 09/05/2026

«A veces, cuando miro hacia atrás -y la lectura de este libro me obliga a eso-, tengo la impresión de que las muchas vidas que viví son ajenas, de otro. No mías. Se me hace extraño recordar los diversos hombres que fui antes de ser lo que, para bien o para mal, pueda ser ahora.

Antes de Nicosia y Beirut, antes del Sáhara, de los países devastados y las fronteras inciertas, había empezado a tantear el oficio al que encaminaba mi futuro. Y hasta que ahora, después de tantos años, me veo enfrentado a estas páginas, había olvidado casi por completo aquellos primeros textos. Después llegaron los viajes azarosos, los conflictos armados, las fotografías, y a partir de entonces creí que todo para mí -biblioteca aparte- había empezado con bombas y disparos. Ahora compruebo que no: antes de la primera guerra me había familiarizado con otra clase de oscuridad y otra clase de miedo. Aunque, si lo pienso bien, acabo concluyendo que siempre, bajo cualquiera de sus formas, se trataría siempre de la misma oscuridad y del mismo miedo.»

Con estas frases comienza, a modo de prólogo, 'Enviado especial', libro de Arturo Pérez-Reverte, recién publicado por Alfaguara y que desde el 7 de mayo está en todas las librerías.

Dos días antes, fuimos a su presentación en el Ateneo de Madrid. Ubicado en pleno corazón de la capital, es la institución cultural privada más importante de la historia española contemporánea y tiene cerca de 200 años. Por el Ateneo han pasado seis presidentes de Gobierno y casi todos los Premios Nobel españoles, muchos políticos de la Segunda República y diversos integrantes de la generación del 98, de la del 14 y de la del 27. La primera mujer admitida como socia fue Emilia Pardo Bazán el 9 de febrero de 1905 con el número 7.925.

Añadamos que el Ateneo fue pasando por distintas sedes: palacio de Abrantes, calle Carretas, plaza del Ángel y calle Montera, hasta su instalación actual en la calle del Prado, 21. El edificio modernista, que hoy alberga su sede social, es una obra de los arquitectos Enrique Fort y Luis Landecho. Arturo Mélida le dio contenido artístico con valiosísimas pinturas de estilo neogriego en el Salón de Actos y en el Salón Inglés; hoy recién restaurado, estos espacios constituyen una joya indiscutible. Antonio Cánovas del Castillo inauguró esta Casa en 1884, con un famoso discurso al que acudieron los Reyes de España.

Pues bien, puntuales, allí estábamos, cruzando el portalón del Ateneo y subiendo a su primera planta, a la conocida sala de la Cacharrería, para asistir a la presentación de 'Enviado especial', el libro de Arturo Pérez-Reverte, que es una biografía de guerra, como dice el subtítulo, y que reúne, en orden cronológico, una selección de crónicas y reportajes escritos en los setenta y los ochenta, a los que se añaden los artículos publicados en las últimas décadas sobre conflictos pasados y presentes, dignidad y cobardía, verdad y manipulación. Junto a este libro, Pérez-Reverte también presentaba 'Fotografías de guerra (1974-1985)', una exposición de fotografías tomadas en los conflictos bélicos que cubrió entre esos años y que puede visitarse del 7 al 31 de mayo en el Ateneo, en el marco de PhotoEspaña.

Acompañado en la presentación por el reportero gráfico Paco Custodio, Pilar Reyes, directora editorial de Alfaguara, quien hizo la presentación de este acto, y Óscar Becerra, director de La Fábrica, quien edita el catálogo de la exposición, Arturo Pérez-Reverte comenzó diciendo:

«Hay una idea básica que yo quiero plantear, que es que estas fotografías hoy no se publicarían. La mayor parte de estas fotos se pixelaría, se apartaría para no herir sensibilidades. He sido consciente al verlas -y ahora contaré cómo se ha llegado a esto- que ahora esto sería imposible. Son imágenes inadmisibles en el mundo actual. Y eso para mí le da un sentido especial. Las taparían, las esconderían; molestan, son incómodas. Los mismos jefes impedían que se publicaran.

Paco [Custodio] está aquí porque, no puedo traer a todos aquí; [Paco] simboliza a otros compañeros. Durante mucho tiempo en mi vida, como reportero, anduve solo por el mundo, hacía fotografías. Luego ya dejé de hacer fotografías porque ya estábamos con las cámaras. Y Paco, como Miguel de la Fuente, como José Luis Márquez, son compañeros de fatigas, hermanos de sangre, de muchos episodios. Con ellos he estado muchas veces. Márquez es el héroe en 'Territorio comanche'. Y yo quería que uno de ellos estuviera aquí: Paco. Luego diremos por qué Paco está aquí especialmente hoy.

[Arturo Pérez-Reverte; pelado, camisa lisa, chaqueta, bigote, barba; se explica con la misma energía y claridad con que lo ha hecho siempre]

Yo no quería hacer este libro. Durante mucho tiempo lo retardé, pues no quería, no quería. Estaba hecho ya en las crónicas. Y yo no tenía mucho interés en él, como saben mis editores. Pero Pilar [y mira a Pilar Reyes, a su derecha], no hace mucho, me dijo, y me hizo pensar, que realmente un lector de mis novelas encuentra en este libro, en mis crónicas, el origen de todo. Quien lee este libro comprende de dónde viene la mirada con la cual escribo novelas. Hablo del dolor, el horror, el fracaso, la muerte, la violencia, la sangre, la violación; todo este tipo de cosas que están ahí lo hacen posible, o la vida hace posible. Todo eso lo aprendí, no me lo ha contado otra gente. Dijo Pilar, y me convenció, que este libro ayuda a un lector de mis novelas para entender de dónde proviene todo. Ese fue el gran argumento.

El otro argumento fueron las fotos. Yo las fotos las hacía, cuando las hacía, y las mandaba a Madrid como podía, en avión, entonces no había como ahora transmisiones, las mandaba en avión con una azafata, un piloto o lo que fuera; y al llegar de vuelta se publicaban. Yo no las veía. Se quedaban en los archivos del diario 'Pueblo'. Cuando cerró 'Pueblo' no me preocupé de ellas, fueron miles de fotos que durante muchos años no toqué ni me preocupé de ellas. Y un día Jeosm, mi amigo, creo que está por ahí, ¿dónde está Jeosm?

[Arturo Pérez-Reverte busca con la mirada a Jeosm, fotógrafo de cabecera de la revista literaria Zenda, que ha retratado a numerosas figuras literarias bajo esta plataforma.]

Por ahí anda. Ven, ven… Entonces un día le pedí que me positivara ese material que yo no había ni siquiera visto. Pero Jeosm lo hizo, lo positivó y ¿qué me dijiste?

[Y Jeosm, cámara al hombro; no ha parado durante toda la rueda de prensa; se acerca al micrófono y responde:]

Te dije que era asombroso ver el trabajo que había de fotografía. Yo, que al final, por mi profesión, tengo muchos libros de fotógrafos de guerra, fotógrafos clásicos que todos hemos estudiado, cuando vi ese trabajo, dije: “Arturo, que son fotos de verdad, reales de una guerra, fotos que hoy no se pueden hacer y que merecen verse”.

¿Y qué te dije? [Interviene rápido Arturo Pérez-Reverte]

Pues: ¡A tomar por culo! [Responde con naturalidad Jeosm, provocando la risa instantánea de todos los asistentes]

Y eso fue lo que pasó [continúa Pérez-Reverte]. Yo no quería, no quería, no quería; para qué, para qué, para qué. Pero ahora coincidió todo. Coincidió la idea de Pilar de editar el libro, que le encargó a María José Solano, que es editora de Edhasa y es cofundadora de Zenda, que hiciera una selección de artículos; ella se pateó todo el material, que un amigo que se llama Salvador Ramos, que es gallego y tiene unos archivos con todo lo mío, trabajó con ello, juntó todo, fotos y demás.

Bueno, vamos con más cosas. [Arturo Pérez-Reverte toma aire unos segundos, antes de seguir]. Paco, ¿por qué Paco? [y mira ahora a su izquierda a Paco Custodio]. Pues Paco no es Paco, es Márquez, es Miguel de la Fuente, y es muchos otros compañeros que me acompañaron en aquellos tiempos. Paco y yo estuvimos juntos en Sarajevo y antes en Mozambique. Y Paco está aquí porque con él viví un momento especial de mi vida y de la suya.

Estábamos en Mozambique, con la guerrilla mozambiqueña. Íbamos con un grupo de guerrilleros a través de territorio rebelde y una noche en un pueblo, en una aldea, estábamos allí en una choza. Yo estaba durmiendo. Íbamos con un ayudante de sonido, que de nombre ahora me da igual, hace mucho tiempo de eso, un chico jovencito, era su primera guerra, y me despertó y dijo: «Arturo”. “¿Qué pasa?”. Y el chico estaba descompuesto; estaba muy oscuro en la cabaña. “Nos quieren matar los negros”. Hablaban en portugués. Pusimos el oído. La idea era que el jefe de la aldea había dicho: «Estos tres blancos, vamos a matarlos, nos quedamos con sus botas, con sus relojes y con todo, y nadie va a saber; y vamos a decir que han muerto en la selva”. El chico se puso muy nervioso, nuestro ayudante de sonido, quería salir y quería decir: “¡No, no!”. O sea, quería hacer algo. Entonces, me puse encima de él, le puse las rodillas en los hombros, le puse mi navaja en el cuello y le dije: «Si gritas, te mato yo».

[Silencio en toda la sala del Ateneo.]

Y lo mantuvimos callado toda la noche, una noche larga, muy difícil. Cuando amaneció, había que seguir el camino. Íbamos a seguir por la selva. Y entonces Paco y yo nos abrazamos. Le dije: «Siento haberte traído hasta aquí». «No importa, es nuestro trabajo», dijo Paco. Nos abrazamos los dos y dijimos: «En cuanto veamos algo sospechoso, nos liamos a hostias -teníamos un kalashnikov- y a la selva y que pase lo que sea».

[Paco Custodio, barba y bigotazo blanco, interviene ahora:]

Así fue. Fue una noche, efectivamente, muy larga, donde, después de darle vueltas y vueltas, Arturo y yo nos quedamos dormidos. El técnico de sonido no. Pero es que después de andar cuarenta kilómetros cada día, estábamos reventados.

Y así fue. Vimos que la vida podía pender de un hilo en un momento dado y, cuando ya llevábamos hora y pico caminando…

[Vuelve a intervenir Arturo Pérez-Reverte:]

Salimos a caminar. Pusimos al cámara en medio; yo delante, Paco detrás y el cámara en medio. Bueno, si se pone mal, a hostias y a la selva, cogemos el kalashnikov o lo que sea. Y entonces me di cuenta de que no pasaba nada. Me acerqué al comandante. “¿Qué pasa, comandante?” “Tudo bem, tudo bem”, me dijo. Entonces me di cuenta de que había que seguir la corriente a los de la aldea. Les seguí el rollo porque estaban borrachos. Y me di cuenta de que no iba a pasar nada. Pero ese momento en que amanecí, abrazándonos allí, es de los momentos que simboliza a otros que pasé con Miguel de la Fuente, con Márquez, con otros cámaras. Por eso quería que Paco estuviera aquí, porque, a través de él, esto es un homenaje mío a los compañeros que, en la segunda fase de mi vida profesional, me acompañaron.

[Paco Custodio se vuelve hacia Pérez-Reverte y le dice:]

Pues muchas gracias, Arturo, por traerme aquí como representante… Y nos despedimos, sí, sí, pensando que aquel era nuestro último día.»

https://www.que-leer.com/2026/05/09/arturo-perez-reverte-rueda-de-prensa-sobre-enviado-especial/

08 mayo 2026

Una biografía en imágenes


María José Solano - zendalibros.com - 08/05/2026

La exposición 'Fotografías de guerra (1974-1985)', de Arturo Pérez-Reverte, puede visitarse en el Ateneo de Madrid, en la Sala Anselma, del 6 al 31 de mayo de 2026, en horario de martes a sábado de 12:00 a 20:00 y domingos hasta las 14:00. La muestra se integra en el marco de PHotoESPAÑA y cuenta con la producción de La Fábrica, lo que la sitúa dentro del circuito institucional más sólido de la fotografía en España.

El recorrido reúne 42 fotografías tomadas entre 1974 y 1985 en distintos escenarios de conflicto donde Pérez-Reverte trabajó como reportero, a partir de negativos recuperados décadas después. Pero la exposición (y el magnífico catálogo de la misma, con más del doble de material fotográfico) no se limita a la imagen: reconstruye, con precisión casi arqueológica, el oficio.

Están las dos cámaras Pentax con las que trabajó sobre el terreno (la Nikon F2, según ha contado, terminó vendida), su característico casco, la grabadora, una radio Sony y la máquina de escribir Olivetti Lettera 32. Objetos que funcionan aquí como emblema de una forma de ejercer el periodismo, hoy desaparecida.

A ese conjunto se añaden documentos que introducen la dimensión narrativa; entre otros, una crónica manuscrita, un télex y quizás el más curioso: una carta de Manuel Cruz, entonces jefe de Internacional del diario Pueblo, dirigida al corresponsal en El Cairo para que averiguara el paradero del joven enviado especial, desaparecido (no sabían si vivo o muerto) durante varios meses en algún punto de Eritrea. La exposición, así planteada, no es solo una serie de imágenes de guerra, sino un relato completo del corresponsal: lo que vio, con qué lo contó y qué quedó, en papel y en silencio, de todo aquello.

Y todo aquello empezó cuando, siendo apenas un joven periodista, Arturo Pérez-Reverte ingresó en la redacción del diario 'Pueblo'. Allí comenzó a forjarse como reportero en un ambiente duro, de redacción rápida y callejera, aprendiendo el oficio a pie de calle. Poco después, su vocación, mezcla de inquietud, coraje y una pulsión innata por la narrativa del mundo real lo llevó a convertirse en corresponsal de guerra para RTVE, profesión que ejercería durante algo más de dos décadas, en los principales frentes del planeta.

Pero el joven reportero del diario 'Pueblo' no solo escribía. También fotografiaba. Con sus Pentax colgadas al cuello, recorría trincheras, zonas bombardeadas, hospitales de campaña, campamentos de refugiados, y capturaba imágenes que hoy son documentos valiosos del reporterismo gráfico de guerra. Hay miles de fotografías tomadas por él (muchas inéditas, otras fueron portada y dieron la vuelta al mundo) que completan y enriquecen un territorio hoy más que reconocible. En ellas está el ojo del periodista, la mirada del testigo y también el germen del escritor que siempre fue. No son solo fotos de combate: son fragmentos de historia congelados por alguien que sabía que estaba asistiendo a escenas que merecían ser contadas desde todos los lenguajes posibles.

Con el tiempo, sin embargo, llegó el momento del desprendimiento. En uno de sus artículos, ya muchos años después, confesó que un día decidió dejar de fotografiar. Había llegado al punto en que prefería narrar con palabras. Admitió, con esa mezcla de desdén lúcido y aceptación resignada que lo caracteriza, que “de las imágenes se ocupen otros”. Desde entonces, sus cámaras durmieron en el fondo de un armario, y Pérez-Reverte se dedicó exclusivamente a contar, a reconstruir lo visto con la precisión quirúrgica del cronista, pero también con la sensibilidad narrativa del novelista.

Aun así, las fotografías permanecen. Algunas de ellas son verdaderos testimonios del horror, de la dignidad, del absurdo, del miedo. Son documentos periodísticos, pero también retratos humanos, pequeñas crónicas visuales que complementan su voz escrita. Por eso, porque en esas imágenes vive la mirada del reportero, del hombre y del narrador es por lo que esta muestra tiene sentido. No para ilustrar los textos recopilados en 'Enviado especial' (Alfaguara, 2026) sino para dialogar con ellos, para trazar ese mapa singular que es su biografía de guerra; ventanas en blanco y negro abiertas al último medio siglo de la historia del mundo.

https://www.zendalibros.com/una-biografia-en-imagenes/

Arturo Pérez-Reverte y la guerra

Iñaki Ezkerra - El Correo - 08/05/2026

El de las crónicas de los corresponsales de guerra es un género literario tradicionalmente regido por la austeridad en el estilo (el espectáculo de la destrucción y la muerte no admiten florituras líricas) y que, si no abundante, posee algunas ilustres referencias. Es el caso de 'En las trincheras', el conjunto de crónicas periodísticas que publicó el escritor catalán Graziel sobre la Primera Guerra Mundial, o de 'Despachos de guerra', el alarde de testimonio directo y nuevo periodismo que supo dejarnos el norteamericano Michael Herr sobre la sangría del Vietnam. En un contexto internacional como el actual, marcado por un gran número de conflictos bélicos -la Guerra de Ucrania, la de Irán, Sudán, Gaza, Cisjordania, Siria, Líbano, Yemen…- resulta más que bienvenido un libro como 'Enviado especial' de Arturo Pérez-Reverte porque nos pone delante, con la fuerza gráfica de sus palabras, la verdad de la guerra, esa realidad que eluden con frialdad los discursos de los líderes mundiales y en la que no nos deja reparar a menudo la ataraxia del exceso informativo.

Durante veintiún años, de 1973 a 1994, Pérez-Reverte fue reportero de guerra y cubrió una densa veintena de conflictos armados, algunos de las cuales todavía colean por desgracia en nuestros días, lo cual hace de 'Enviado especial' un libro impagable por lo que su material narrativo y reflexivo tiene de carácter tanto reciente como vigente. Con el subtítulo de 'Una biografía de guerra', el volumen recoge toda aquella etapa de su vida, esas dos largas décadas, reuniendo por orden cronológico una amplia selección de las crónicas y reportajes que escribió en aquellos años y donde no faltan los diálogos, tan expresivos como significativos, que aligeran y agilizan el texto dándole en algunos momentos la clásica fuerza de un relato. A ese material le siguen los artículos publicados en los últimos lustros sobre los conflictos pretéritos o actuales.

El primer bloque de los cuatro en que está dividido el libro recoge los años de aprendizaje, su incursión en una mina, enviado por el diario 'La Verdad' cuando aún era un estudiante de bachillerato en prácticas de reportero. Aquella primera experiencia con su libreta en mano supuso también la renuncia a hacer falso periodismo compasivo y solidario o a caer en la demagogia y la impostura al hablar del trabajo de aquellos hombres bajo el suelo. Resulta curioso el modo en que aquel escritor y periodista en ciernes sabe ubicarse profesionalmente ya en esa época y tomar conciencia del sentido de pertenencia a un gremio. De la misma manera que, ante esos mineros, no intenta «fingirse uno de ellos», cuando pasa a hablar del diario 'Pueblo' y retrata a la peña que conoció -«un nido de piratas desalmados, genios sin escrúpulos, maestros del oficio…»-, con la cual compitió para firmar en la primera página, no duda en afirmar: «Era uno de ellos, y ya no dejaría de serlo nunca».

Las referencias literarias no escasean en este libro y, así, el segundo bloque dedicado a la década de los 70 se titula con una alusión 'stendhaliana' -«como Fabrizio del Dongo en Waterloo»- para llevarnos en una peligrosa búsqueda de los refugiados palestinos al Beirut de 1974, o sea, a las vísperas de lo que pronto sería una cruenta guerra civil. Los conflictos del Líbano y del Sáhara son los que dan cuerpo a esta parte del libro en la que también cabe una escapada a la Antártida de 1978 y que concluye con la experiencia del autor durante la revolución sandinista en la Nicaragua de 1979. La tercera parte se centra en los años 80 y nos lleva por la guerra de Irán contra Irak y por la de las Malvinas, aunque no faltan en esas páginas los recuerdos del Chipre de 1974, del Sáhara de 1975, del Líbano de 1976 o de la Eritrea de 1977, sumida entonces en una guerra de independencia en la que nuestro hombre se implicó especialmente y de la que nos brinda un espectáculo dantesco de heridos por las balas, la metralla y el napalm. Finalmente, el bloque que cierra el libro abarca un período que va de 1990 a 2025 y presta una gran atención al conflicto de los Balcanes para concluir con un homenaje a Luis Ángel de la Viuda, penúltimo director del diario 'Pueblo'.

En algún momento de este excepcional testimonio, Arturo Pérez-Reverte dice algo que puede considerarse un principio de estilo: «La realidad no necesita adjetivos». En efecto, en estas páginas no hay adjetivos de más ni metáforas ni alardes efectistas, sentimentales o ideológicos. Hay un estilo directo como la mirada que el autor proyecta sobre los hechos que le puso delante su trabajo.

https://www.elcorreo.com/culturas/territorios/arturo-perezreverte-guerra-20260509104124-nt.html

"La guerra se queda en tu cabeza y no te abandona jamás"


Ana Gómez Viñas - eleconomista.es - 08/05/2026

Mostar, Sarajevo, Beirut, Malabo, Managua, Yamena, Paso de la Yegua, Jartum, Bucarest, Nairobi, Bagdad, Luanda y tantos otros lugares desde los que Arturo Pérez-Reverte envió su crónica. Reportero en conflictos bélicos durante 21 años, el escritor murciano (Cartagena, 1951) regresa a sus orígenes con el título 'Enviado especial' (Alfaguara).

"La guerra se queda en tu cabeza y ya no te abandona jamás. No son solo nombres y rostros. También los lugares retornan con la misma terquedad", confesó Pérez-Reverte en la presentación de este nuevo título en el que se adentra en la biografía de la guerra.

El autor de 'El club Dumas', 'El Capitán Alatriste', 'La Reina del Sur', 'El maestro de esgrima', 'El italiano', 'Territorio comanche' y 'La tabla de Flandes', entre otros, nos acerca a aquellos escenarios bélicos que pisó en sus coberturas de guerra como enviado especial. "Con el tiempo los recuerdos se vuelven racimos de cerezas, donde unas tiran de otras: un nombre trae una esquina acribillada a tiros; una ciudad trae un rostro; una habitación de hotel devuelve una conversación; una soledad o una música te hacen recordar una carretera, una sonrisa o una tumba", reflexiona Pérez-Reverte ante este texto. "Y no se trata de nostalgia, sino del simple archivo de una larga vida. Del material con el que luego uno escribe novelas y algunas noches, desvelado en la oscuridad, paga el precio de haber mirado tanto tiempo al ser humano sin apartar los ojos".

Coincide el lanzamiento de 'Enviado especial' con la inauguración de PhotoESPAÑA. El festival, la gran cita del año con la fotografía, acoge la muestra 'Fotografías de guerra (1974-1985)'. Por primera vez se exhiben más de 30 imágenes en blanco y negro tomadas por el propio Pérez-Reverte en los conflictos que marcaron las últimas décadas del siglo XX: Líbano, los Balcanes, el Golfo, Mozambique y El Salvador. Imágenes fuera de plano, cuando el reportero cerraba el cuaderno y miraba por el visor de la cámara casi por instinto. En ellas vemos la captura de un instante que nos acerca a la condición humana. Son imágenes de la batalla sin filtros.

https://www.eleconomista.es/evasion/noticias/13910970/05/26/perezreverte-vuelve-a-sus-origenes-de-reportero-con-enviado-especial-la-guerra-se-queda-en-tu-cabeza-y-no-te-abandona-jamas.html

Pérez Reverte recuerda su época de corresponsal de guerra: “Mereció la pena, aprendí mucho del odio”

Guillermo García - Telecinco - 08/05/2026

Hace más de 2.000 años Sun Tzu escribió ‘El arte de la guerra’. Una obra que hoy bien podría firmar Arturo Pérez-Reverte con la experiencia acumulada durante 21 años como reportero de guerra. Bueno, hoy no porque el popular escritor, académico y periodista cartagenero reniega de los actuales conflictos bélicos, así como de la forma de transmitir el horror que allí se vive por parte de los nuevos medios de comunicación.

Pérez-Reverte prefiere las crónicas a la antigua usanza. Las que él transmitió y retransmitió durante más de dos décadas como corresponsal bélico para 'Pueblo' y para Televisión Española. Veinte años de imágenes que no puede sacar de su cabeza, de olores que todavía perviven en su nariz y de recuerdos que le acompañan cada día. Una memoria que ahora ha recopilado en ‘Enviado especial: Una biografía de guerra’, su último libro.

Una obra que se resistía a hacer hasta que le convencieron y a la que ha acompañado con un libro de fotografías y una exposición, ‘Fotografías de guerra’, que muestran 30 imágenes en blanco y negro tomadas por él, las que cree “inadmisibles en el mundo actual”. Porque hoy, en el mundo que vivimos, sus palabras y sus imágenes no tendrían cabida. Y aun así, no se arrepiente.

Es más, el Arturo Pérez-Reverte de hoy tiene claro el mensaje que le mandaría a aquel joven reportero que con poco más de 20 años hizo el petate para afrontar su primera guerra: “Al Arturo joven le diría que mereció la pena”, apunta el escritor, que rememora el pasado con nostalgia. “He hecho cosas de las que no estoy orgulloso, aunque todos tenemos remordimientos y de vez en cuando vienen los fantasmas, les haces frente y les acompañas, pero a cambio de eso he aprendido muchas cosas sobre el ser humano, el amor, el odio y eso se plasma en mis novelas. Todo eso lo aprendí allí. Me dio una forma de mirar el mundo distinta. No sé si mejor, pero sí diferente”.

Porque Pérez-Reverte no habla de la guerra desde la teoría. Habla desde las tripas. Desde las noches sin dormir, desde las carreteras minadas y desde los hoteles destrozados donde aprendió que el miedo no paraliza, sino que acompaña. En ‘Enviado especial’ no hay épica impostada ni romanticismo bélico. Hay polvo, sangre, humo y memoria. Mucha memoria. “En este libro hay dos ejes de artículos: crónicas ‘in situ’ y otro de columnas de recuerdos”, explica el escritor durante la presentación. “El libro propone abrir la mochila de Arturo para entender su universo. Estos dos libros componen una mirada sobre el mundo”.

Quizá por eso no quería hacer este libro. Porque remover según qué recuerdos nunca sale gratis. “Yo no quería hacer este libro. Estaba hecho ya en las crónicas y no tenía mucho interés”, admite. “Pero me convencieron porque muchos de mis libros se ven en estas crónicas. Todo eso lo aprendí, no me lo han contado. Este libro ayuda al lector a entender toda mi literatura”. Algo parecido le ocurrió con la exposición fotográfica que acompaña la publicación. “Yo tampoco quería hacer este libro de fotografías. Pero se juntó todo”.

Y lo que se ha juntado es un retrato incómodo de una profesión y de una época que, según él, ya no existen. Pérez-Reverte habla del periodismo de guerra actual casi con resignación. Como alguien que contempla un oficio extinguido. “Ahora la guerra la pixelan”, lamenta. “Yo recuerdo ya en Sarajevo que nos decían que las imágenes mostraban demasiados muertos porque era la hora de comer con el Telediario”. Lo dice con una mezcla de ironía y desencanto. Porque para él la guerra no puede contarse sin enseñar lo que realmente es.

“La guerra huele a carne podrida, a sangre”, insiste. “Y eso es lo que tiene que hacer que la gente se conciencia. Hoy la guerra no pasa. Nos están tapando la guerra”. Su crítica no va solo dirigida a los medios, sino también al espectador. A una sociedad que, según él, ha decidido anestesiarse. “El público acepta lo que le dan. La atención son ocho segundos. Estamos tan dispersos que no merece la pena mandar un enviado especial”.

En ese punto aparece el viejo Pérez-Reverte periodista. El que todavía reivindica una profesión hecha de intuición, oficio y riesgo. “Cuando tenías un problema no tenías ayuda, te las arreglabas como podías. Te tenías que buscar la vida”, recuerda. Y entonces llegan las anécdotas. Como aquella noche en Mozambique con un joven ayudante de sonido que entró en pánico. “Si gritas te mato yo”, le soltó para evitar que los descubrieran. “Fue una noche muy larga”. La frase, pronunciada hoy entre risas nerviosas, resume bastante bien la lógica salvaje que se instala en cualquier conflicto.

“La relación en guerra genera unos lazos que van más allá de la amistad”, explica. “Pasarán los años y aunque no nos veamos nunca tenemos ese vínculo para siempre”. Quizá por eso le molesta tanto la frivolización contemporánea de los conflictos. “Esa batalla está perdida, la de las imágenes”, asegura. “La guerra es eso y ahora el debate sería si era moral y ético enseñarla. Es todo tan ridículo”. Pérez-Reverte se mueve cada vez menos cómodo en el mundo actual. Considera que la sociedad ha decidido vivir dentro de una especie de burbuja emocional donde todo debe ser filtrado, suavizado y empaquetado para no molestar.

“La gente estará muy a gusto, pero los que sabemos lo que es la guerra ahora nos reímos”, dispara. “No quieren mirar ni que les cuenten la verdad. Y quien la cuenta se le aparta porque somos molestos”. Es una reflexión que atraviesa toda la presentación de ‘Enviado especial’. La idea de que el periodismo incómodo ha dejado de tener espacio. Que ya no interesa el matiz, ni la complejidad, ni siquiera la verdad.

Y sin embargo volvería a hacerlo. Con fantasmas incluidos. “Todos hemos hecho cosas oscuras para poder transmitir”, admite. “Eso tiene daños colaterales que son los fantasmas que nos acompañan”. Fantasmas que aparecen de vez en cuando y con los que ha aprendido a convivir. “Les haces frente y les acompañas”. Quizá esa sea la verdadera definición del veterano de guerra: alguien que nunca regresa del todo.

Por eso ‘Enviado especial’ no funciona solo como una recopilación de crónicas o fotografías. Es también una despedida parcial. Una forma de ordenar recuerdos antes de que desaparezcan. O antes de que el mundo termine de olvidar cómo olía realmente una guerra.

https://www.telecinco.es/noticias/cultura/20260508/perez-reverte-primera-corresponsal-guerra-merecio-pena-aprendi-del-odio-upp3rs_18_019097779.html

Si la guerra no tiene lugar

Jesús García Calero - abc.es - 08/05/2026

Puede que tuviera razón Jean Baudrillard y con el paso de los años debamos aceptar que la guerra -para nosotros- no ha tenido lugar, que la vemos cada día más como un videojuego , en un mundo virtualizado en el que las imágenes planean (son planeadas) como drones contra cuerpos y ciudades en los ocho segundos de atención que nos quedan. Pero la guerra sí ocurrió para quienes estuvieron allí y lo contaron, no hace tanto, como los reporteros de hace medio siglo a los que invoca en su libro ‘Enviado especial’ Arturo Pérez-Reverte, que reúne sus crónicas en los peores conflictos desde Mozambique o Eritrea hasta los Balcanes. Y también en las fotos que han acabado recogidas en la exposición ‘Fotografías de guerra’ en el Ateneo de Madrid y en el catálogo de La Fábrica.

Antes de Baudrillard, la guerra saturaba los sentidos y dejaba cicatrices morales. Después de aquel libro suyo, las trazadoras fosforescentes que perforaban el cielo de Bagdad trajeron su lógica de videojuego, y el espectáculo suplantó a la verdad, la hipnosis al horror, el zapeo o ahora el “scrolling” a la lectura consciente. Por eso hay que leer aquellas crónicas arriesgadas, contemplar sus fotos veraces tomadas demasiado cerca de los combates y los combatientes, sin teleobjetivo, y por tanto arrimarnos junto a ellos a la muerte. Subrayar la búsqueda del sentido en este mundo que, sin saber cómo, nos ha hecho creer que pasamos de pantalla y basta.

https://www.abc.es/cultura/cultural/jesus-garcia-calero-guerra-lugar-20260508141131-nt.html

06 mayo 2026

La guerra, el gran laboratorio del Arturo Pérez-Reverte escritor

Karina Sainz Borgo - abc.es - 06/05/2026

Es un libro necesario. A los revertianos los deslumbrará. Al resto de los lectores los agasajará. ‘Enviado especial: Una biografía de guerra’ (Alfaguara, 2026), de Arturo Pérez-Reverte, reúne más de 140 textos —crónicas, reportajes y artículos— escritos a lo largo de más de cinco décadas. Organizado en tres grandes bloques (1970-1973, ‘Los años de aprendizaje’; 1974-1981, ‘Las crónicas de guerra’, y 1990-2025, ‘Los textos de memoria’), el libro funciona como una autobiografía indirecta. Está construida desde el periodismo y atravesada por una experiencia central: la guerra como oficio y huella que acontece más adelante como centro de la literatura de Arturo Pérez-Reverte.

Leídas en conjunto, estas crónicas aportan una mirada profunda, necesaria y hasta ahora inexplorada sobre el Pérez-Reverte que ya carbura como novelista en la mirada urgente del periodismo. Aquí se manifiesta el reportero novísimo y feroz, la pura energía y fibra de un lector que acabará tomando forma en un autor robusto y firme como un roble. El aprendiz del diario ‘La Verdad’ que se sube a un buque o baja a la mina demuestra y anticipa la forma en que habrá de cuajar como profesional en ‘Pueblo’. Abona un sentido clarísimo de la observación y del riesgo que la edición y selección de María José Solano ofrecen ante los lectores en su estado puro.

Desde sus primeras páginas, ‘Enviado especial’ deja claro su principio rector y su razón de ser: «Caminé por un mundo en guerra intentando comprender. No me lo contaron. Estuve allí, y esto es lo que vi». Esa voluntad de presencia –de estar físicamente en el lugar de los hechos– lo define y lo constituye. Ya desde el reportaje inicial sobre la mina en La Unión, Pérez-Reverte fija un método: observar sin intervenir, registrar sin retórica. Estar cerca, muy cerca, lo más cerca posible. Acceder a la realidad implica, en ocasiones, saltarse determinadas barreras y es justo eso lo que el lector aprecia estilísticamente en este Arturo Pérez-Reverte espabilado y eficaz.

El segundo bloque, dedicado a los años setenta del siglo pasado, contiene algunas de las crónicas más contundentes. En ‘Los muertos boca arriba’, ambientada en Eritrea, la guerra se muestra sin filtros: «El primer eritreo que cruza el puente no recibe su trofeo. Está muerto». Aquí no hay épica, sólo constatación. El reportero está dentro de la escena, obligado a seguir trabajando incluso cuando la realidad lo desborda: «Los lectores esperan que les muestres cómo es la guerra, y tú no puedes defraudarles». Esa tensión entre testimonio y conjunto propone al lector un pulso tanto histórico como estilístico. Asistir en primerísima línea, en el pellejo de la presa y del depredador.

Están aquí los conflictos árabe-israelíes, las guerras civiles de Oriente Próximo y África, y la inestabilidad política en amplias regiones del Mediterráneo. Estas crónicas confirman lo que apuntaban los primeros reportajes del autor: «El reportero no reconstruye los hechos mediante fuentes secundarias, sino que viaja a los lugares de combate, convive con soldados y población civil, y describe hechos y situaciones vividos en primera persona, sin por eso perder de vista la prioridad de la información por encima de las impresiones personales, que completan el material ofrecido a los lectores». Así lo describe Solano en este volumen y así lo asimila el lector. Los Balcanes, Centroamérica, el desmadre de la naturaleza humana exhibida sin anestesia en la parrilla informativa.

Es justo en el tercer bloque —el más extenso, con textos publicados entre 1990 y 2025— donde la obra adquiere una dimensión distinta. La guerra ya no acontece como episodio, sino como retablo. ‘Regreso a Vukovar’ es su ejemplo más claro. «Imagino que a la mayor parte de ustedes Vukovar le importa un carajo. Pero […] yo me acuerdo muy bien, porque estaba allí». Anticipa al Reverte de ‘El pintor de batallas’. El compromiso con lo narrado —en tanto que vivido— explota en las manos del lector en un ejemplar literaria y editorialmente deslumbrante. «Nos pasamos aquel verano y aquel otoño corriendo como liebres delante de los tanques serbios». Los senderos para recorrer y estudiar su obra están perfectamente podados.

El foco se desplaza del hecho bélico al poso vital: la memoria, el paso del tiempo y la huella. El protagonismo recae cada vez más en los individuos, en personajes concretos que encarnan esa experiencia, en lugar de en los acontecimientos históricos. Estas columnas funcionan como un puente entre el reportero y el escritor. Juntas, forman el laboratorio del Pérez-Reverte novelista: alguien experimentado, y puede que por eso irónico y escéptico, que goza, ahora sí, del tiempo suficiente para tajar a sus personajes. En su conjunto, estas crónicas ilustran el taller del escritor. Suponen un regalo de lujo para el conocedor de la obra de Pérez-Reverte, a la vez que un manual de observación para aquel que se inicia en su lectura.

https://www.abc.es/cultura/cultural/guerra-gran-laboratorio-arturo-perezreverte-escritor-20260506165318-nt.html