19 abril 2026

En guerra contra la Ilustración

El Mundo - 19/04/2026

Hay una guerra que no ocupa titulares de prensa: el mundo actual está en guerra contra la Ilustración y buena parte de lo que ella hizo posible. Porque hubo un tiempo en que Europa, con sus matanzas, sus hipocresías, sus impulsos depredadores y su talento para predicar virtud mientras limpiaba la sangre de la espada en el mantel del banquete, quiso también comprender el mundo. Buscó poner orden en el caos, sustituir el dogma por la duda, el privilegio por la ley, la obediencia ciega por el imperio de la razón. Casi tres mil años invirtió en esa idea y no siempre lo hizo con nobleza: a menudo la traicionó y otras la prostituyó; pero durante algún tiempo reconoció la existencia de un ideal superior a la tribu, el altar y el cadalso. Ese ideal fue la Ilustración y lo que ésta, a partir del siglo XVIII, hizo posible. Una Ilustración que Europa, su heredera, deja hoy morir con la misma estolidez satisfecha de quien vende la biblioteca del abuelo para irse una semana de vacaciones a Bali o al Caribe.

La Ilustración no fue una tertulia de pedantes que pretendieran cambiar el mundo mediante la filosofía. Fue una batalla sangrienta contra la oscuridad organizada, el poder absoluto, la superstición. Una revuelta de la inteligencia contra Dios y sus representantes que en la tierra susurraban al oído de dictadores y monarcas. Una guerra durísima frente a la vieja idea de que el mundo debía someterse a una autoridad incuestionable: un rey, un sacerdote, un caudillo, una raza elegida, una nación ofendida o una masa vociferante. La Ilustración fue el momento en que el ser humano, tras siglos arrodillado, tuvo la insolencia de erguirse. De proclamarse valiente, culto y libre.

Conviene recordar el precio que se pagó por ello, porque la estupidez se nutre de ignorancia y mala memoria. Las libertades no cayeron del cielo. Hubo que arrancarlas a quienes exigían súbditos obedientes, almas tuteladas y preguntas castigadas. Antes de que Europa aprendiera a tolerar discrepancias, la verdad se decretaba, el conocimiento llegaba filtrado bajo atenta supervisión, la disidencia se pagaba con fuego, cárcel o exilio. Europa quemó a gente por pensar, humilló a científicos por decir lo que veían, persiguió libros como si fueran epidemias. Y eso no ocurrió en arrebatos crueles, sino durante siglos de respetable normalidad.

Poco a poco, apoyándose unos en otros desde la antigüedad clásica, se hicieron oír los que dudaban, los que escribían, los que pensaban: quienes se atrevían a decir que un rey no era de origen divino, que una religión podía ser nefasta, que la ley descartaba el privilegio, que la razón era herramienta necesaria. Y con audacia admirable agrietaron el edificio de la sumisión y la injusticia. Inglaterra pasó por guerras civiles y ejecuciones regias; Francia, por su gloriosa y monstruosa Revolución; Europa entera vivió el fascinante siglo XIX entre sacudidas, restauraciones, levantamientos, represiones, triunfos y fracasos. El siguiente siglo demostraría dos guerras mundiales, fascismos, nazismos, comunismos, gulags y campos de exterminio que la libertad, la cultura, el progreso, no son metas finales sino trincheras que exigen vigilia permanente. El proyecto ilustrado no abolió la bestialidad ni la vileza que, junto a virtudes nobles, alberga el corazón humano; pero dispuso herramientas para mantenerlas a raya.

El error de la Ilustración fue creer que los hombres llegarían de forma irreversible a la libertad. Que el acceso al conocimiento, la educación, la lectura y el debate público engendraría ciudadanos impermeables al dogma, invulnerables al fanatismo, difíciles de engañar por embaucadores con uniforme, sotana o sonrisa televisiva. Y con altibajos, esa idea pareció asentarse. Durante trescientos años los libros fueron palanca ilustrada, ascensor moral, intelectual y social. No para todos, no sin enormes zonas de exclusión e hipocresía, pero sí para muchos. Leer era salir de la mazmorra. Pensar era desconfiar del amo, del sacerdote, del ilustrado mismo. Leer, razonar, era una rebelión civilizada. Una promesa de dignidad.

Durante mucho tiempo Europa fue envidiada por eso. Hasta sus enemigos aprendían de ella. La Ilustración cambió la historia del mundo. Entonces, el ciudadano europeo hizo lo que mejor hace el ser humano cuando se le ofrece una oportunidad: buscar otra más fácil. La televisión fue el primer ensayo de regresión cómoda. Podía enseñar, divulgar, abrir ventanas; pero también introdujo una tendencia tóxica: el reemplazo del esfuerzo por la recepción pasiva. Ya no era imprescindible leer una página, subrayar, imaginar la escena o la idea. Bastaba con sentarse y mirar. La televisión se llenó de espectáculo, sentimentalismo fácil, información troceada y publicidad encubierta para espectadores perezosos o apresurados. Dejamos de aprender el mundo y empezamos a consumirlo.

Aquella televisión, al menos, tenía horarios. Había un momento en que se apagaba. Pero llegaron las redes sociales y el teléfono móvil, y ahí se estableció el mecanismo perfecto. No porque la tecnología sea perversa, sino porque puso en manos de una especie intelectualmente indisciplinada la herramienta para su propia regresión, e incluso destrucción. Nunca hubo tanto acceso al conocimiento ilustrado, ni tan poca voluntad de usarlo. Llevamos en el bolsillo tres mil años de pensamiento, arte, ciencia, filosofía, historia, literatura, jurisprudencia, música y memoria: y sin embargo lo empleamos para insultar a desconocidos, compartir mentiras, manifestar nuestra frivolidad y recibir descargas de placer instantáneo mientras el cerebro se acostumbra a no sostener una idea más de ocho segundos seguidos.

El teléfono móvil se ha convertido en símbolo de nuestra contradicción, por el contraste obsceno entre sus posibilidades y el uso que le damos: biblioteca universal convertida en sonajero, memoria impresionante de una civilización reducida a máquina de dopamina. Es la prueba de que el problema no era la falta de medios, sino de ganas. El móvil no es causa de la estupidez; sólo desvela hasta qué punto la preferimos cuando viene cómoda y socialmente digerible. Aquí es donde apunta la amarga verdad, porque el peor enemigo actual de la Ilustración no es sólo el fanático religioso, ni el dictador, ni el populista, ni el comisario político; es el ciudadano que presume de saberlo todo mientras engulle propaganda adecuada a sus prejuicios; el que vocea indignado mientras acepta que lo sodomicen -metafóricamente o no- con la mansedumbre de un cerdo en el matadero. El que se queja de los políticos, los medios, el sistema, la manipulación y la decadencia cultural mientras dedica su tiempo y su voto a premiar exactamente todo eso. Ahí está la podredumbre principal: no en los tiranos que hacen su trabajo de tiranos, ni en los fanáticos que hacen su trabajo de fanáticos, ni en los charlatanes que jamás fingieron ser otra cosa. El problema está en la mansedumbre voluntaria, analfabeta, del hombre corriente.

Y claro que hay manipulación; siempre la hubo: en los púlpitos, en las cancillerías, en los periódicos, en los manuales escolares, en las guerras, en la publicidad, en la liturgia patriótica o antipatriótica. El problema no es ése, sino la demanda masiva de manipulación consumible. Abrazamos la mentira cuando viene bien empaquetada, coincide con lo que creíamos antes y nos ahorra el trabajo de pensar. El ciudadano no es víctima inocente, sino consumidor voraz de relatos narcóticos: prefiere los que le anestesian la duda. Por eso engordan los enemigos de la razón; no porque sean inteligentes, sino porque han descubierto que la complejidad aburre y la consigna alivia, que sumarse a una tribu proporciona consuelo y gratificación inmediata. Basta con aprender el catecismo, repetir fórmulas, señalar al enemigo común y disfrutar la cálida sensación de pertenencia.

Todo eso ocurre cuando más necesarias son la razón y la cultura. Cuando más de medio mundo está en guerra abierta contra la Ilustración europea y lo que ésta hizo posible. Como lo está el Islam radical, una de las formas más execrables de atentado contra la razón, incompatible con la libertad de conciencia, la separación entre dogma y ley pública, el derecho a dudar, a blasfemar, a disentir y a no vivir sometido a imanes y sacerdotes. El islamismo ortodoxo sólo tolera creyentes disciplinados, mujeres sumisas, sociedad obediente a Dios. Y en vez de imponerse frente a tamaño disparate, la Europa antaño ilustrada lo envuelve todo en algodones burocráticos, cual si mirar hacia otro lado desactivara la mala fe de quienes la odian o desprecian incluso viviendo en ella justo porque todavía es un espacio de libertad.

Pero la cobardía europea frente al Islam no nace solo del miedo. Viene también de la ignorancia, de la idiotez mimética y de esa enfermedad tan occidental que confunde lucidez con autoflagelación. La Europa ilustrada cometió crímenes innumerables: colonizó, saqueó, esclavizó, humilló y mató sin complejos, obvio es admitirlo. Lo suicida es convertir esa memoria en impotencia moral que impide defender logros e ideas que, precisamente, surgieron del coraje para examinarse a sí mismos. Una capacidad crítica, la europea, de la que carecen otras civilizaciones y culturas.

En esa guerra contra la Ilustración juega un destacado papel el populismo. El infame Donald Trump, por mirar hacia ese lado, es uno de los síntomas más repugnantes de la enfermedad: criatura-caricatura perfecta de un ambiente donde la autoridad ya no se gana por conocimiento o sentido de Estado, sino por visibilidad, agresividad y oportunismo. Ese siniestro individuo triunfa porque convierte la complejidad en melodrama binario y porque millones de personas anhelan versiones del mundo aptas para el consumo emocional. El presidente de Estados Unidos simplifica, exagera, miente, gesticula y amenaza con la naturalidad de un charlatán profesional; y su multitud lo adora porque cuando la mentira halaga complejos, carencias y resentimiento, resulta más confortable que el raciocinio y la responsabilidad.

Pero no debemos mirar a Trump como una anomalía sin parentesco europeo. Europa y España, naturalmente está llena de variantes locales a derecha e izquierda, algunas refinadas y otras más burdas: líderes que convierten cada problema en una guerra identitaria, cada matiz en traición y cada discrepancia en prueba de enemistad; políticos que alimentan la fatiga o el miedo del votante y luego se ofrecen como solución. Gentuza cuya habilidad consiste en rebajar el idioma, el debate y las ideas hasta un punto en que cualquiera pueda sentirse representado sin necesidad de elevarse un centímetro. Y así, la democracia que necesita ciudadanos capaces de razonar acaba produciendo ciudadanos que sólo saben reaccionar.

Por no salir de la geografía general de la infamia, Vladimir Putin representa una tentación más antigua y quizá más europea: la fascinación por el orden despótico, la pasión secreta del cobarde por el hombre fuerte, la nación endurecida, la prensa amordazada, el opositor silenciado y la verdad filtrada desde arriba. Putin que aprendió las lecciones prácticas del nazismo, el fascismo y el comunismo brinda virilidad política y militar a gente harta, resentida o humillada. Ofrece la ilusión de que la historia puede resolverse a golpe de disciplina, policía y represión de quien no marque el paso, y suscita aplausos incluso entre quienes viven protegidos por libertades que desprecian. Porque la libertad fatiga mucho. Obliga a pensar, a aceptar que el otro existe y quizá no piense como tú. El autoritarismo, en cambio, tiene una voz seductora para las almas cansadas: «No te calientes la cabeza, yo decidiré por ti». Y millones responden encantados: «Gracias, eso era exactamente lo que deseaba, aunque no atrevía a decirlo».

No sería honrado detenernos ahí, porque la demolición contemporánea no sólo la protagonizan autócratas, radicales religiosos o populistas, sino también esas formas supuestamente progresistas de fanatismo blando que colonizan universidades, medios, burocracias culturales y conversaciones públicas. Lo que solemos llamar "wokismo" empezó señalando problemas e injusticias reales. El problema es que toda causa contiene el peligro de una inquisición, y entonces ya no importan los hechos, sino la ortodoxia; no cuenta lo dicho, sino quien lo dice; no interesa escuchar, sino etiquetar a los interlocutores. La discrepancia deja de ser estímulo intelectual para tornarse delito, y este mecanismo tiene una eficacia devastadora, porque el miedo a la exclusión es uno de los resortes poderosos del animal humano. Así que la cancelación mediante redes sociales perfecciona viejas cobardías con herramientas digitales: no hay que quemar libros si se puede intimidar a quienes los escriben; no hay que encarcelar a pensadores si basta con arruinar su reputación; no hay que prohibir una obra si se hace tan peligroso defenderla que nadie se atreva a hacerlo.

De ese modo, mientras la cultura se vuelve cada vez más chata, más soluble, más descafeinada, la Europa que alumbró a genios capaces de sacudir generaciones enteras se limita hoy a parir mercancía sentimental, opiniones que no irriten y productos culturales que no dejen cicatriz. Todo es accesible, rápido, compatible con una atención fugaz. La figura del influencer es emblema de esta humillación cultural; no porque todos sean analfabetos funcionales aunque algunos cultiven tal condición como marca registrada, sino porque muestra el cambio de jerarquías: la ignorancia deja de ser un defecto para convertirse en alarde y modelo de negocio. Y lo grave no es que existan estos personajes, sino que millones de imbéciles los tomen como referencia. La civilización que levantó universidades, academias, bibliotecas y observatorios se entrega ahora a criaturas cuya principal virtud es dominar el ángulo de cámara y la explotación de su propia inanidad.

No faltará quien objete que todo esto suena elitista. Naturalmente que lo es, y a mucha honra. Hoy cualquier defensa del rigor y la razón suena elitista, del mismo modo que pedirle a alguien que mastique con la boca cerrada parecerá agresión clasista si se empeñan lo suficiente. Pero aquí conviene ser claro: toda civilización necesita jerarquías de competencia; no de cuna o de fortuna, sino de saber, de mérito, de trabajo intelectual. Una sociedad que deja de distinguir entre quien sabe y quien improvisa, entre quien dedicó años a estudiar algo y quien simplemente opina de todo, merece ser gobernada por charlatanes y aplaudida por idiotas.

Por eso la comparación con la caída de Roma no es coquetería retórica. Los imperios no sólo colapsan por asalto externo; se vacían desde dentro, se ablandan, se corrompen. Los ciudadanos dejan de creer que defenderlos merezca sacrificio: unos por oportunismo, otros por agotamiento, otros por indiferencia. Los bárbaros sólo empujan una puerta entreabierta desde dentro.

Desde luego, la Ilustración no fue perfecta. Ni resolvió todas las injusticias ni estuvo libre de contradicciones, cegueras ni monstruosidades. Solo un imbécil la presentaría como un paraíso de pureza. Pero eso no contradice lo esencial: su pasado cultural, su extraordinaria memoria intelectual, es la mejor defensa jamás inventada contra la barbarie. Renunciar a ella sin tener algo mejor no es progreso; es regresión disfrazada de novedad. Y lo más increíble es que quienes hoy desprecian o destruyen ese legado lo hacen desde el confort que ese legado les proporcionó: sus derechos, su bienestar, su posibilidad de disentir, de viajar, de estudiar, de blasfemar, de votar, de organizarse, de criticar a sus compatriotas sin acabar en una zanja, de amar sin pedir permiso a un obispo o a un imán, de denunciar a un gobierno sin oír de madrugada golpes en la puerta... Todo eso no cayó del cielo. Y que ahora venga una colección de papanatas, de cretinos y de analfabetos a escupir en la escalera por la que todos subieron, es una de las estampas más repugnantes de nuestro tiempo.

No habrá momento solemne en que alguien anuncie la derrota y muerte de la Ilustración. Agoniza como desaparecen las facultades de un anciano: poco a poco, mediante pequeñas renuncias sucesivas. Un día se impondrá por ley que ciertos temas no deban discutirse, que el diccionario sea proscrito, que las sensibilidades se blinden frente a toda crítica, que la universidad proteja más que eduque, que la prensa emocione en vez de informar, que la política se reserve a ignorantes, corruptos y canallas, que la lectura sea una excentricidad ridícula, que pensar y opinar sobre lo que se piensa sea cosa de arrogantes si no coinciden con la mayoría... Se acabará haciendo norma de la intolerancia hacia la razón misma y la realidad se volverá delictiva cuando no encaje en el deseo general. Nadie aceptará que una causa justa pueda errar en sus medios, que una víctima pueda mentir, que un adversario pueda tener razón y que uno mismo pueda estar equivocado.

Es posible que exagere, aunque temo que no demasiado. Aun así, que el panorama sea oscuro no exime de la obligación de pelear. Defender hoy la Ilustración no significa recitar a Voltaire entre dos copas ni adoptar poses de carca ofendido por la vulgaridad del tiempo nuevo. Es, aun sabiendo que la derrota resulta inevitable, practicar una forma de resistencia íntima y pública a la vez, leer con criterio, estudiar antes de opinar, dudar de la propia tribu. También aplaudir el rigor, desconfiar de las certezas sociales y recordar que la verdad no siempre consuela ni es simpática. Entender que el peligro de no pensar es que te acaben pensando otros.

La pregunta ya no es qué fue la Ilustración, sino si somos capaces de merecerla y defenderla en tantos frentes donde es atacada. La respuesta no invita al optimismo: vemos una Europa convertida en parque temático de su ilustre pasado, cada día más frágil e incapaz de soportar un debate intelectual. Un continente que confía su carácter a la hipocresía moral, su presente a los mediocres paniaguados de Bruselas y el futuro a los turistas que nos dan de comer. Un Viejo Mundo, en fin, decidido a suicidarse no con ademán trágico sino con una mueca de estupidez, vulgaridad, aburrimiento y desdén. Lo malo no es que la barbarie amenace, porque desde Troya hasta hoy la barbarie amenazó siempre. Lo peor es la falta de grandeza en esta agonía. Ni siquiera caemos abatidos con el estruendo de la armadura de Héctor: sólo nos dejamos ir, deslizándonos hacia la idiotez colectiva con wifi, café ecológico y una inalterable opinión sobre lo que ignoramos. Aplaudiendo a bufones y sanguijuelas mientras despreciamos a quienes todavía intentan hacernos razonar. Nada más triste que una civilización que, después de llevar al extremo el difícil arte de pensar, decidió dejar de hacerlo. Y que sonríe imbécilmente satisfecha mientras se desploma.

https://www.elmundo.es/opinion/columnistas/2026/04/18/69dfa03de9cf4a9b118b456e.html

18 abril 2026

Mirar el mundo con aplomo desde el principio


La Verdad - 18/04/2026

El inicio de Arturo Pérez-Reverte en el mundo de la creación literaria comenzó hace ahora justamente cuarenta años, cuando sacó a la luz, en una editorial modesta, 'El húsar', con asuntos y obsesiones que aflorarán en el resto de sus novelas.

Cuatro décadas de históricas novelas de Arturo Pérez-Reverte

María Martínez, directora de la Cátedra Arturo Pérez-Reverte de la Universidad de Murcia (UMU) y la Fundación Cajamurcia

Del húsar al (pen)último Alatriste de Pérez-Reverte han pasado 40 años. Con sus novelas hemos vivido aventuras inolvidables. Cuando publicó en 1986 'El húsar' (a quien «la hoja del sable lo fascinaba», frase inicial) aún llevaba la piel impregnada de guerra (su «escuela de vida»), porque ejercía de reportero: en mayo se publica 'Enviado especial', compendio de sus crónicas y fotos. Guerra, una de las claves de su narrativa, simbolizada en las moscas que huelen la muerte.

Con mirada histórica enfoco algunos protagonistas del universo literario revertiano para destacar la aleación literatura e historia. Despojadas de juicio histórico, sus obras iluminan diferentes épocas de la Historia de España: ocho de Alatriste (1996-2025); 'Cabo Trafalgar' (2005), 'Un día de cólera' (2007); 'El asedio' (2010), 'Hombres buenos' (2015); 'Sidi' (2019); 'Línea de fuego' (2020), más 'Revolución' (2022), y protagonistas respectivos: capitán Diego Alatriste; comandante Carlos de la Rocha; pueblo de Madrid; sociedad gaditana y comisario Rogelio Tizón; almirante Pedro Zárate y bibliotecario Hermógenes Molina; campeador Ruy Díaz; miliciana 'Pato' Monzón; e ingeniero de minas Martín Garret.

Me interesa la función pedagógica de los sucesos novelados y la antropología de sus personajes. En 'Entre la Historia y la Novela. Sidi, de Arturo Pérez-Reverte' (2021) escruté al Cid y algunas características narrativas de la obra. Leer ficción viviendo aventuras bélicas sirve para comprender nuestra historia, luminosa y sombría. Placer y aprendizaje de literatura histórica realista, ensamblaje estructural, retrato de personajes audibles, vestidos de época, aderezados con ironía y humor dentro del drama, ambientación rigurosa y desarrollo de intrigantes tramas como juego de ajedrez convierten esas obras en canon de novela histórica de aventuras. La visión literaria del pasado, sostenida sobre fuentes y bibliografía, despierta los sentidos para adentrarse en el túnel del tiempo revertiano. Novelas provechosas en aulas de Literatura y de Historia.

Pérez-Reverte utiliza seductores recursos literarios (previa documentación de sabueso investigador) que marcan con veracidad el argumento: datos topográficos (planos incluidos), diversidad social, lenguas sonoras y vocabularios adaptados a un estilo moderno incitan a indagar en la historia. Logros del autor que crea (y difunde al gran público) personajes (reales o ficticios) y hechos históricos, si bien aclara que «es privilegio del novelista manipular la historia en beneficio de la ficción», aunque no fantasea la realidad histórica del relato. Personajes reconocibles, resortes emotivos, argumentos sorprendentes, lenguajes de mundos pretéritos, escenarios vívidos, muestran la destreza del literato que historia novelas. Y del historiador que sintetiza con verbo ameno 'Una Historia de España' (2019) y de Europa (entregas en 'XL Semanal'); o ilustra la comprensión en 'La guerra civil contada a los jóvenes' (2016).

Sobre lo histórico emerge lo literario. Con Alatriste, soldado del Imperio español cuando entonces aún no se ponía el sol; en 'Cabo Trafalgar' durante el combate naval en 1805 entre la escuadra británica y franco-española; con quinientos personajes reales que resucitan en Madrid el dos de mayo de 1808 en 'Un día de colera'; en la resistencia recreada de los gaditanos frente a los franceses en 1811 durante 'El asedio'; con la peligrosa compra en París de 'L'Enciclopédie' por dos 'Hombres buenos' en los albores de la Revolución Francesa (manual de cómo hacer una buena novela histórica); con 'Sidi' guerreando en el siglo XI con cristianos y musulmanes; durante la batalla del Ebro de 1938 entre nacionales y republicanos en 'Línea de fuego', cuya reedición (2026) adjunta volumen con textos especializados; y en 'Revolución' con la narrativa de los violentos sucesos vividos en 1911 por un español en Méjico.

El novelista capta literariamente el tiempo y el espacio históricos. Su estética narrativa es refinado cóctel de literatura culta y popular, conocimiento de la historia y de la condición humana. No crea héroes sino hombres (y mujeres) valientes que, aun con pies de barro, entonan valores universales (honor, valor, lealtad, amistad). El éxito y popularidad del escritor se ha sostenido imbatible durante cuatro décadas, golpe a golpe y letra a letra tecleados con la experiencia, mente lúcida y lecturas y vivencias acumuladas. Novelas ejemplares de la intensa e inconfundible narrativa que acreditarían a Arturo Pérez-Reverte al Premio Cervantes. «No nos queda sino batirnos». «Espadas y dagas tenemos, ¿no?... Lo demás, Dios lo remedie» (frase final de 'Misión en París', 2025).

Hasta la próxima aventura y década disfrutando y aprendiendo de las novelas de Arturo Pérez-Reverte.

Desde Homero hasta Hergé (e Indiana Jones) 

Alexis Grohmann, catedrático de Literatura de la Universidad de Edimburgo

Con la publicación en 1986 de su novela corta 'El húsar', Arturo Pérez-Reverte se incorpora ya desde sus inicios como escritor a una tradición literaria que trasciende la española, al cultivar tanto un género (novela corta) como un tipo de obra (relato de aventuras) poco comunes en la historia de la literatura española y mucho más frecuentes en otras tradiciones literarias europeas, con las que el autor ya estaba plenamente familiarizado por aquel entonces. De esta forma, él también, como otros de esa generación de escritores nacidos en los años 50, tales como Javier Marías o Antonio Muñoz Molina, participa a su modo de esa invención de un pasado y una tradición literarios por parte de quienes, a falta de una tradición propia, hubieron de buscar o inventársela, dadas las dificultades, o la imposibilidad de vincularse a un pasado literario, creadas por la victoria franquista en la guerra civil y los derroteros posteriores de la literatura española durante el franquismo.

Su familiaridad con otras tradiciones literarias, sobre todo europeas (y bajo el concepto de literatura también se han de incluir los tebeos o las historietas), le ayudará a construir un prisma a través del cual abordará no sólo su propio ejercicio literario sino toda su vida, hasta cierto punto. Heredero adulto del ánimo infantil y juvenil, lo impulsarán los libros a partir en busca de las aventuras que había leído. Cuando de joven acomete la aventura que es la vida al marcharse del hogar familiar y su ciudad natal de Cartagena, lo hará embarcándose a bordo de un petrolero rumbo a Oriente Medio con toda su memoria lectora intacta y activa y proyectando sobre el mundo y la vida a los que se lanzaba sus lecturas previas; de ahí que él se imaginara a Tintín rumbo al país del oro negro. Y así sucesivamente.

Así que se puede afirmar que todo lo leído y lo visto en el cine le ayudará a Arturo Pérez-Reverte a formar esta cosmovisión mediante la cual se acercará a todo de forma lúdica. Esto le ayudará a mirar el mundo con aplomo desde el principio, ya que le permitirá moverse por él, como él mismo explicó, «con la certeza creciente de que cuanto veía o iba a conocer ya estaba, de alguna forma, en lo que había leído antes». Vida y literatura afrontadas, pues, como juego.

De esta forma forjará una de las obras más originales y fascinantes que ha surgido en España desde el reinicio del período democrático. Una literatura nueva que reconoce lúdicamente sus filiaciones con textos anteriores y que está en permanente diálogo con fuentes literarias, desde Homero hasta Hergé. Y así construirá a un lector modelo a través del diálogo que se entabla mientras se está haciendo la obra. Es decir, su literatura acaba por crear a un tipo de lector nuevo en cierta medida, un lector cómplice que antes no había existido y que, como el lector a quien buscaba Umberto Eco mientras escribía 'El nombre de la rosa', entrase en su juego.

De este modo, las novelas de Arturo Pérez-Reverte rescatan tesoros no sólo concretos sino también abstractos, los sueños de nuestra juventud y sus huellas; sus obras figuran la búsqueda y el rescate del mundo perdido primigenio y elemental de la infancia y juventud, entendido como la tierra poblada menos por un mundo real, empírico, que por un mundo a la vez leído, soñado, imaginado, anticipado, añorado y proyectado sobre el mundo.

Como la serie de películas 'Indiana Jones', de Steven Spielberg, por ejemplo, las novelas revertianas nos deleitan y, a la vez, nos remiten con admirable fidelidad al mundo narrativo que ha contribuido a forjarnos a muchos de nosotros, sus lectores. Y este tesoro no hay quien se lo pague.

Pérez-Reverte y su 'Línea de fuego'

Ángel Basanta, catedrático de Literatura y crítico literario

Arturo Pérez-Reverte tuvo directa noticia de la Guerra Civil por su abuelo, su padre y un tío, que lucharon por la República. Completó su información en libros de Historia, documentos y novelas, con preferencia por las interpretaciones de Chaves Nogales (y el magisterio de Conrad en el arte de contar). Amplió conocimientos en 21 años como corresponsal de prensa que informaba de guerras en el mundo, siete de las cuales fueron guerras civiles en Europa, África y América. La guerra es tema central en su obra literaria, desde 'El húsar' (1986) hasta 'Línea de fuego' (2020), pasando por 'Cabo Trafalgar' (2004), 'El pintor de batallas' (2006), 'Un día de cólera (2007) y 'El asedio' (2010), además de 'Las aventuras del Capitán Alatriste' (1996-2011, continuadas en 2025 con 'Misión en París'). Tan amplia formación y andadura biográfica y literaria favorecen la consideración de 'Línea de fuego' como novela de llegada en plena madurez, tanto por su afortunada síntesis de experiencias y lecturas como por la ejemplaridad de esta obra concebida para contar, sin banderías ideológicas y centrándose en los valores de quienes combatieron en los dos bandos, la trágica historia (aún no amortizada) de nuestra Guerra Civil.

'Línea de fuego' antepone un paratexto explicativo de su creación: «En la noche del 24 al 25 de julio de 1938, al comienzo de la batalla del Ebro, 2.890 hombres y 18 mujeres de la XI Brigada Mixta del ejército de la República cruzaron el río para establecer la cabeza de puente de Castellets del Segre, donde combatieron durante 10 días». A continuación, se aclara que, aunque lugar, personajes y tropas que se enfrentan en 'Línea de fuego' son ficticios, «no lo son los hechos ni los nombres en que se inspiran». Y se añade que, «combinando hechos reales, rigor, invención y algunos recuerdos personales y familiares, el autor ha construido esta novela» imaginada en la histórica batalla del Ebro, «la más dura y sangrienta de cuantas se han librado en suelo español».

La novela se articula en tres partes, en las que se cuenta la invasión de Castellets, la lucha entre los dos bandos y la recuperación del territorio por el ejército franquista, con retirada del republicano. La narración de la historia se desarrolla en calculada simetría, con seis capítulos en cada parte y parejo número de secuencias en cada capítulo, distribuidas en alternancia no sistemática en su atención a uno y otro bando. Hay una equilibrada combinación de narración de combates protagonizados por ambos ejércitos (con intervalos en escenas de entretiempo, confidencias e incluso evasión y humor), descripción de lugares, situaciones y personajes principales y secundarios, reflexión sobre desmanes y horrores de esta guerra civil y diálogos llenos de vida por desnudamiento de almas.

La estructura interna descansa en un narrador que conduce el relato con omnisciencia neutral, contando las operaciones militares con precisión en nombres y características de las armas y configurando a los combatientes en fragmentarias minibiografías distribuidas a lo largo de la novela (con nombres y apellidos, lugares de procedencia y aficiones y compañías) y en diálogos con sus compañeros e incluso con los contrarios. Muy representativas son las minibiografías del comandante del Batallón Ostrovski, Emilio Gamboa Laguna, quien ajusta cuentas en confrontación final con el comisario político Ricardo, alias El Ruso; el alférez provisional Santiago Pardeiro Tojo, jefe del Tercio de Legionarios (con 20 años cumplidos estos días) por bajas de los oficiales; y el carpintero albaceteño Ginés Gorguel Martínez, harto de todo y con miedo y sin poder escaparse.

En los diálogos, elaborados con nervio expresivo y profundidad psicológica en su revelación de interiores, destacan por su hondura humana las cinco escenas dialogadas en diferentes momentos entre el capitán Juan Bascuñana y la joven soldado de transmisiones Pato Monzón, quienes esconden con emoción contenida su atracción correspondida, pero sin tiempo para desarrollarse, a la vez que él va descubriendo su resignación fatalista ante la temida derrota final. Esta esmerada caracterización de personajes se enriquece con marcas lingüísticas de la región de procedencia de algunos: el malagueño cabo Longines obedece con el andalucismo "zusórdenes", los falangistas aragoneses prodigan sus "ridiela" y "cagüendiela", y no faltan la cansera murciana de Julián Panizo ni algunos juramentos populares.

Aquella hondura humana de los personajes y esta vitalidad y variedad con que se expresan enriquecen la modélica construcción de la novela en su estilo de impecable factura clásica y abierto a otras posibilidades de la lengua. Todo ello hace de 'Línea de fuego', galardonada con el Premio de la Crítica, la obra cumbre de Pérez-Reverte y la mejor novela sobre los hombres y mujeres que lucharon en la Guerra Civil.

'El húsar': cómo nace y se hace un escritor

José Belmonte, profesor de la UMU, poeta y crítico literario

Parece que fue ayer, pero el inicio de Arturo Pérez-Reverte en el mundo de la creación literaria comenzó hace ahora, justamente, cuarenta años, cuando sacó a la luz, en una editorial modesta como Akal, 'El húsar', un relato ya cuajado (no en vano el autor estaba a punto de cumplir treinta y cinco años, y cargaba sobre sus espaldas una flamante trayectoria de periodista en la redacción de uno de los más prestigiosos diarios españoles) en donde se observan esos asuntos y esas obsesiones que aflorarán en el resto de sus novelas, con decenas de títulos que llevan la inconfundible firma de uno de los creadores españoles más leídos en todo el mundo.

Que se sepa, aunque el escritor cartagenero era portador de un nombre que ya sonaba en el mundo del periodismo, sólo hubo una única reseña de 'El húsar', llevada a cabo en el número 56 de la revista 'Quimera', en su sección titulada 'Escaparate', dedicada a los libros recibidos. Una crítica breve, sin firma, pero que fue, de algún modo, providencial. Porque en la reseña de 'Quimera' ya se habla de la ambientación rigorosamente histórica del relato, así como del contraste existente "entre la lustrosa mitología bélica y la sucia y sangrienta realidad de la guerra", dos conceptos que Pérez-Reverte mantiene todavía intactos en su poética narrativa, en su particular e inimitable coctelera.

Aparece, además, el que se va a convertir en el primer gran personaje de Reverte, un precedente, aunque con sus matices, de otros tan relevantes como Jaime Astarloa, Lucas Corso o Lorenzo Falcó: un hombre llamado Álvaro de Vigal, un tipo adelantado a su tiempo que no oculta su condición de afrancesado, de fiel seguidor de las doctrinas de Rousseau y de Voltaire.

Aunque el ciclo del capitán Alatriste aún estaba por llegar, hecho que sucederá justo diez años después, en 1996, en 'El húsar' ya se vislumbra, además, la figura de don Diego. La combinación de dos personajes de la novela de 1986, Letac y un viejo húsar innominado, dan la medida del futuro Alatriste y Tenorio. El primero es un hombre firme, justo y razonable con los demás soldados, aunque tenía fama de cruel cuando se enfrentaba al enemigo. El otro, el anónimo húsar, coincide, casi por completo, con el aspecto físico de Alatriste: cicatriz perpendicular en la mejilla, nariz aguileña y fuerte como la de un halcón, entre cuarenta y cincuenta y cinco años, piel tostada «y unos ojos tranquilos en torno a los que se agolpaban innumerables arrugas». Un héroe cansado.

En 'El húsar', a pesar de la brevedad de la novela, también hallamos una honda reflexión sobre España y sus gobernantes, dejando con el culo al aire a sus inútiles reyes. El análisis más sesudo y profundo que encontramos en 'El húsar' lo lleva a cabo el afrancesado Vigal, que se convierte así en una especie de "alter ego" del propio Reverte, sobre todo del temido Reverte articulista. Se habla, en esas páginas, de las causas de nuestra decadencia, con una finalidad, incluso, didáctica, con propósito de enmienda; y asoma un Pérez-Reverte aún esperanzado, con algo de fe en un país que ya parecía no tener arreglo. En 'El húsar' el blanco de su mirada será la infame figura de Fernando VII, el cual, ante la invasión napoleónica, sostiene una actitud servil y cobarde.

En 'El húsar', que lleva al frente una cita del libro de Céline 'Viaje al fin de la noche', no faltan, pues, las reflexiones sobre la guerra, con lo que la novela de 1986 entra en conexión con conocidos relatos posteriores como 'La sombra del águila', 'Territorio comanche', la saga del capitán Alatriste y de Falcó, 'Revolución'… hasta llegar a 'Línea de fuego', quizá su obra más redonda y ambiciosa, la 'Ilíada' del siglo XXI, como tan certeramente la han calificado algunos críticos.

En sus novelas siguientes, hasta llegar a nuestros días, personajes de 'El húsar' como Frederic, al que se le considera un «alma pura», uno de esos hombres que sólo en la escena final, cuando teme por su vida, se da cuenta de la enorme distancia que existe entre la realidad y el deseo, irán perdiendo la ingenuidad, su candidez, y verán crecer en su cuerpo una coraza con la que poder defenderse de un loco mundo abocado a la perdición y al abismo.

https://www.laverdad.es/ababol/cuatro-decadas-historicas-novelas-arturo-perezreverte-20260418073857-nt.html

13 abril 2026

"Las editoriales piden libros a cualquier famoso. Lo bueno se asfixia entre tanta basura"


Entrevista de Daniel Ramírez - elespanol.com - 13/04/2026

Lleva Pérez-Reverte pantalones de pana.

Queremos meterle la mano en el bolsillo para ver si son los mismos que llevaba Lucas Corso en 'El club Dumas'. Esos pantalones de bolsillos anchos, grandes, dados de sí por tanto libro secreto y tanto sobre.

Pero no podemos. Reverte, debe de ser la costumbre balcánica, está ya en pleno tiroteo con el fotógrafo cuando llegamos. Además, como no le gustan las fotos, camina con "velocidad Vukovar" y no lo alcanzamos.

Recorremos la calle de Felipe IV, frente a la Real Academia Española de la Lengua, como si nos persiguiera un influencer, que son los tiradores de los días de paz.

Arturo, oiga, un momento.

Ya tienes bastante, ¿no? se dirige al fotógrafo, que afronta con diversión las pruebas de Hércules improvisadas esta mañana.

Mire, ¿podemos parar un segundo a…?

¿Ya lo tienes? vuelve a preguntarle a David Morales, el fotógrafo.

¡Señor Reverte, un poco de agua, por Dios!

Vamos dentro.

Y estamos dentro, previo estiramiento de gemelos, en una de las salas de la RAE. Una sala de esas inundadas de sillones en los que uno se sienta y se hunde más que España en el Mundial de Corea.

Hemos venido a hablar de libros. En realidad, de cómo los libros son percibidos hoy por los lectores y de todo lo que sucede por el camino. Esta es una entrevista para la revista francesa 'La Règle du Jeu', que crearon Bernard Henri-Lévy, Susan Sontag, Salman Rushdie, Vargas Llosa o Carlos Fuentes. Se publica de manera simultánea en 'El Cultural'.

Ha llamado la atención de 'La Règle' el nacimiento de Zenda, que al parecer no tiene su hermana al otro lado de la frontera. Zenda condensa su fundador pretende aunar transversalidad de arriba abajo y de izquierda a derecha.

Es decir, puertas abiertas para los libros de culto y comerciales; y para los libros nacidos en cualquier espacio ideológico, desde la extrema izquierda a la extrema derecha.

Pérez-Reverte se destapó escritor de éxito en París a través de 'La tabla de Flandes', con la que obtuvo el gran premio de literatura policiaca. Después, 'El club Dumas' lo hizo un habitual entre el gran público. El último capítulo de 'Alatriste' lleva el nombre de la capital francesa.

No hace falta rebuscar un titular. Él mismo razona primero con un puñado de frases largas y, sin que se le repregunte, acaba redondeando el argumento con pocas palabras; quizá la costumbre del oficio de periodista ejercido durante años.

Su tesis: la crítica literaria ha ido desapareciendo y ha dado paso a unos "influencers", muchas veces ignorantes, que tienen una gran capacidad de prescripción basada en aspectos emocionales e ideológicos. La crítica tiene parte de culpa por haber orillado una literatura popular que ilumina la vida de mucha gente.

Le miramos los bolsillos. ¿Qué lleva Lucas Corso ahí dentro?

¿Los críticos literarios han muerto? Lo pregunto de manera literal. Ya casi no existe esa figura. Y los que practican la crítica son gente que también se dedica a otras cosas.

La crítica crecía a gran velocidad cuando los medios eran lo que hoy podemos entender como “medios clásicos” y el público era también “clásico”. Era una crítica literaria prescriptiva, casi sagrada, que podía ensalzar un libro y enterrarlo. Existían críticos prestigiosos que eran seguidos por un ejército de lectores. España, en ese sentido, iba a la estela de Francia o Alemania. Un ejemplo muy claro: el éxito de Javier Marías en Berlín.

Fue un crítico el que prendió la mecha.

Un crítico alemán que ensalzó su obra en televisión. Fue un pelotazo en toda Alemania. Esa crítica literaria era prescriptiva y, además, era solvente, que es lo importante. Los críticos tenían una formación de mucha calidad.

¿Hasta cuándo duró esa edad de oro de la crítica?

Diría que imperó por última vez en los ochenta y noventa. Pero ahora todo ha cambiado. Los críticos de prestigio, en estos últimos veinte o treinta años, han ido desapareciendo. Y quienes les han suplido no tienen ese prestigio social y cultural.

¿Por su culpa? ¿Por la culpa de estos nuevos críticos?

No lo creo. Pienso que tiene más que ver con el contexto. La sociedad de hoy ya no crea iconos culturales de prestigio. Ahora, los iconos culturales que se crean, en general, son de usar y tirar. Antes, un crítico literario tenía una trayectoria vital.

¿A qué se refiere?

Era alguien que se enfocaba en la crítica desde muy pronto: conocía los clásicos y lo que se llamaba nuevas narrativas. Un verdadero especialista. Escribían críticas muy solventes, canónicas. El crítico entraba en un foro de debate y la gente se callaba. Ese era el mejor reflejo de su influencia. Las redes sociales han democratizado la crítica literaria.

Y eso ha ido laminando a los críticos.

Ha canibalizado su capacidad de influencia. También la de los escritores. Antes, como deslizaba, una buena crítica en el suplemento cultural de un gran periódico disparaba las ventas de ese libro. Hoy…

Hoy, un comentario en Tiktok de un "influencer" tiene mil veces más influencia que la tribuna de un premio Cervantes en el medio de más prestigio.

Desde luego que sí. Un "influencer" analfabeto tiene más influencia sobre un libro que un crítico que lleva toda la vida estudiando. Es exactamente así.

¿Podemos llamar “críticos literarios” a los "influencers" que recomiendan libros en las redes sociales?

No, no son críticos literarios. De ninguna manera. Son, en todo caso, prescriptores literarios, que es muy distinto. Son prescriptores porque tienen una gran influencia en la recomendación, en la vida de ese libro, pero esa recomendación no suele tener que ver con los elementos que hacen bueno o malo a un libro.

Si uno de los objetivos fundacionales de la crítica es dar a conocer libros interesantes, ¿debe escribirse también sobre los libros malos? Para un libro malo, ¿la mejor crítica no es el silencio? En ese sentido, los "influencers" pierden menos tiempo que los críticos: centran sus intervenciones sólo en los libros que les gustan.

Para mí, la crítica clásica, la mejor crítica, es la que describe las características del libro sin destriparlo y, al final, emite un juicio sobre él. Una crítica serena, sensata, donde no hay inquinas personales ni prejuicios ideológicos. Esa crítica ya no se hace. Ahora, la crítica es visceral. Y es en ese aspecto donde las redes sociales hacen notar su revolución. Han cambiado la razón por el sentimiento. Los libros no son buenos o malos por cómo están escritos, sino por los sentimientos que producen en la persona que los enjuicia.

El peligro de lo emocional como argumento primordial, por encima de todo.

Ni con la literatura ni con la razón. En la crítica deben primar la literatura y la razón. Volviendo a su pregunta: esos "influencers" son, en el fondo, comentadores emocionales de libros. “Es que este libro protege a tal colectivo, es que este libro defiende tal causa”. Entonces, se acaba imponiendo el enfoque y la ideología del libro a la calidad del libro. Hoy, libros absolutamente bien escritos son machacados porque no se corresponden con la sensibilidad social del momento.

Eso insufla la tentación de la autocensura a los escritores.

Sí. Es un enfoque perverso porque se acaba orillando dos factores fundamentales de la literatura: la ruptura y la transgresión. “A ver qué van a decir, a ver si me van a machacar”. Creo que eso está cada vez más presente en la cabeza de los escritores que se van incorporando. Es terrible.

Igual que los periodistas, los críticos literarios trabajan con líneas editoriales. Y también con los condicionamientos que implica compartir ambiente con el escritor. En ese sentido, ¿son más libres los "influencers" que los críticos?

Esa libertad es buena, ¡por supuesto! Es decir: yo no abogo por clausurar o limitar a estos "influencers". Claro que no. Lo peligroso es que estos "influencers" sustituyan a los críticos tradicionales. El riesgo está en que los "influencers" se han adueñado del territorio de la prescripción y eso ha provocado que la buena literatura quede marginada. La influencia de los críticos literarios de hoy se circunscribe a un circuito cada vez más cerrado. Pertenece a una élite cultural algo alejada del lector medio.

Es como un corrimiento, entonces. Como un desplazamiento del eje.

Supone el desplazamiento de la crítica cualificada. El desplazamiento de la prescripción con prestigio a la prescripción iletrada. El imperante salvaje oeste de la prescripción en redes sociales está generando unas disfunciones tremendas.

¿Y qué hay del “boca a boca”? Esa siempre ha sido, y es, la mejor crítica. El lector que, entusiasmado, recomienda a otro.

Sí, tiene usted razón. Pero incluso ese territorio se ha visto distorsionado. Porque gran parte del boca a boca de hoy nace de lo que un "influencer" ha dicho en las redes sociales.

Nathan Devers, en un ensayo reciente, llama a combatir el pesimismo y a contar con los "influencers" como soldados de la literatura que la protejan desde dentro: integrarlos en la élite de la crítica. Viene a decir que, con estas nuevas condiciones, hay que jugar el partido. ¿No lo ve posible? Existen ejemplos elogiables, como los de Fernando Bonete o Patricia Fernández.

Sí, conozco esos casos. Pero veo un problema: conforme se crean esos perfiles, conforme sofistican su lenguaje y sus opiniones, van reduciendo su capacidad de llegada. Es triste, pero lo creo así. Es la gran paradoja de nuestro tiempo: cuanta más audiencia, cuanto más respeto mediático en las redes, se va reduciendo la capacidad de prestigio.

¿De verdad no puede existir un camino? Los libros, las historias que atrapen, van a seguir existiendo siempre.

No lo sé. No soy sociólogo, sólo soy un tipo que escribe novelas. Hablo desde mi experiencia en estos cuarenta años. También la crítica literaria tradicional tiene culpa en algunos aspectos: por ejemplo, en haberse olvidado de determinado tipo de libros.

Desarrolle.

Hay un tipo de libros que no ha sido considerado lo suficiente por la crítica. Muchos de los libros que más venden no aparecían ni aparecen en los grandes suplementos. Y creo que es un error. Hablo de Lola y Pepe, que salen de casa muy pronto, llevan a los niños al cole, se pegan una paliza trabajando, luego van a por ellos, los llevan a las extraescolares, llegan a casa, preparan la cena y se tumban exhaustos en la cama. Joder, no les apetece leer a Proust; no les apetece leer la gran novela literaria o una novela que, podemos entender, “de gran calidad”.

¿Qué les apetece leer?

Les apetece leer una historia más elemental, que les atrape y les lleve a otra parte, sin demasiadas profundidades, sin demasiados artificios narrativos. Yo mismo, cuando voy de viaje, me llevo novelas policiacas breves para desconectar y pasar un buen rato. ¿Con qué autoridad condenas una literatura que ilumina la vida de tanta gente?

Y esa literatura se ha condenado por parte de la élite.

Megan Maxwell seguro que vende muchas más novelas que yo, por poner un caso concreto. Porque responde a las necesidades de un público muy acorde con el tiempo que vivimos. La crítica literaria dejó fuera del mundo cultural a unas novelas que, en este sentido, son muy importantes. Esa arrogancia de la crítica literaria le está pasando factura.

En las redes sociales, esas novelas sí que han estado en el radar. Ahí, los "influencers" han sido más hábiles que los críticos.

Las redes sociales, en ese aspecto, han cubierto un vacío que había dejado la crítica.

Le leo algunos datos del ensayo de Devers sobre Francia, que supongo serán parecidos en España: “Los jóvenes pasan un tiempo diez veces mayor con las pantallas que delante de un libro. 19 minutos de lectura en libro por cada tres horas dedicadas a la pantalla”.

Esas son las matemáticas, digamos, que hacen posible el contexto del que le hablo. Y se valen de ese ambiente para ganar la batalla a la crítica de élite, que ha dejado fuera las novelas de las que hablábamos.

¿Quién tiene más poder hoy? ¿El editor, el escritor, el algoritmo o el "influencer"?

El "influencer". Sin duda, el "influencer".

Suele insistir usted en la idea de que, si ahora tuviera veinte años, contaría historias creando videojuegos, y no escribiendo novelas. Esa no es una visión optimista.

Es una visión realista. El hombre necesita de la narración desde que iba a cazar mamuts. En el poblado se contaba cómo Manolo había sobrevivido a la caza del mamut. Los seres humanos van a necesitar siempre de la narración, de las historias que compensan la parte de la vida no vivida. Todo estuvo primero en el teatro griego, después en Shakespeare… Y así sucesivamente. Cervantes, Mann, Balzac… Los temas son siempre los mismos. Cuando llegó el cine, el soporte cambió. Lo que quiero decirle es que el libro no es el soporte del futuro. El libro se va encogiendo, se va muriendo.

¿Podría decirlo con cifras? 

Hace quince años, yo vendía 800.000 ejemplares de un libro en un año. El primer 'Alatriste' vendió 250.000 ejemplares en un mes. Eso hoy es imposible. Los que peleamos por vender 200.000 libros en un año somos cuatro privilegiados. Y, además, vivimos de la inercia. En cinco años, venderé 100.000 raspados. Un libro que hoy vende 3.000 ejemplares es prácticamente un éxito.

Volvamos a lo de los videojuegos.

El soporte, como ve, se va agotando. Ya no interesa. Mucha gente compra, se publica un montón, pero el soporte decrece. Tengo claro que el futuro está en las pantallas y es audiovisual. Y creo que, en concreto, el videojuego es un grandísimo soporte. En este punto, me gustaría hablarle de la fragmentación; creo que es una de las claves del asunto.

¿Fragmentación?

Hace quince o veinte años, para publicar un libro tenías que pasar una serie de filtros de calidad. Tu libro llegaba a las librerías tras un calvario, tras haber superado las pruebas de Hércules. Se rechazaban muchísimas novelas. Hoy las editoriales se hallan en una huida hacia delante, una carrera suicida: publicarlo todo. “A ver si algo de todo lo que publico funciona”. A cualquiera que tenga un nombre medianamente conocido le piden un libro. Eso ha invadido las mesas de novedades. Los buenos libros, los que sí han pasado filtros, están rodeados de basura en las mesas de novedades. El buen libro se asfixia entre la basura firmada por la gente con nombre conocido.

En este contexto, usted crea Zenda, una revista de crítica literaria, que ha llamado la atención de 'La Règle du Jeu'. ¿Qué aporta Zenda en este panorama?

Como le decía, la crítica literaria se ha vuelto elitista y está dejando fuera una parte muy importante de la novela. Al mismo tiempo, también lo hemos comentado, prolifera un factor ideológico en los medios de izquierda y derecha, que dejan fuera a lo del otro lado. Zenda es una revista literaria verdaderamente transversal. Tanto de arriba abajo como de izquierda a derecha. Creo que es una fórmula que no existía; un espacio que hemos venido a llenar.

https://www.elespanol.com/espana/politica/20260412/perez-reverte-lanza-guante-guerra-diferencia-moral-muchacho-murio-gorrillo-republicano-boina-requete/1003744196264_0.html

12 abril 2026

Pérez-Reverte lanza el guante sobre la guerra: "¿Hay diferencia moral entre un muchacho que murió con gorrillo republicano y otro con boina de requeté?"


Entrevista de Daniel Ramírez - elespanol.com - 12/04/2026

Le mete una ensalada de leches espectacular. Falcó a Hemingway. En realidad, es Arturo Pérez-Reverte, hacedor de ese universo, el que lo decide, el que golpea al Nobel de la barba blanca con cierto ánimo de divertida venganza.

Ahora, Reverte, que cuelga el sombrero y el abrigo en un perchero de madera de la RAE, publica 'Enviado especial' (Alfaguara, 2026), sus crónicas de guerra. Y ese título nos empuja a la carcajada porque entrevemos en él una provocación. Es el mismo título que encabezó las crónicas bélicas de Hemingway.

Reverte ama y fustiga a Hemingway a partes iguales. Porque sabe lo que hacía el escritor como corresponsal en las guerras de otros. Reverte también ha vivido esa vida. Beber, descargar adrenalina, pasárselo bien, escribir, pisar el cigarro en el suelo y volver en un avión… cuando los demás, las víctimas de la guerra, se quedan. Y se matan. Destruyendo un país que no es el tuyo.

Hemos venido a hablar de la guerra en su totalidad. Esas crónicas que ahora podemos leer, que al fin están al alcance de cualquier lector, y no en el sótano de una hemeroteca, son el bagaje que explica 'Línea de fuego' (Alfaguara, 2020), su novela sobre la Guerra Civil que ahora se reedita con un prólogo por los noventa años de la contienda.

Vamos a despojar a Reverte de la americana, de los pantalones de pana, de los zapatos limpios. Vamos a reabrirle las cicatrices. Para que manen la sangre y se levante el polvo. Para llevarlo de la mano desde su infancia, donde entrevió nuestra guerra, hasta todos esos países donde contó las guerras de los demás. Vamos a hablar de sus lecturas, de las cartas escondidas en casa, de las frases veladas de sus padres y abuelos, de la educación nacionalcatólica, de la memoria republicana, del tardofranquismo, de la irrupción de la Democracia. De la biblioteca fratricida, con libros de hunos y hotros, que ha ido construyendo y que ha acabado por devorar una pared de su casa como si fuera una enredadera. Demasiado buena como para respetarla; demasiado pesada como para poder robarla.

Su padre, su tío y su abuelo lucharon por la República. Hablemos de ellos en 1939. ¿Qué le pasó a su abuelo?

Mi abuelo fue depurado por haber estado en la Marina, en el lado de la República, durante la guerra. Estuvo en el arsenal. Lo juzgaron y lo metieron en la cárcel. Estuvo allí porque le tocó. Como pertenecía a una familia conocida en Cartagena, lo avalaron y lo soltaron, pero perdió su trabajo y estuvo cinco años sin empleo. Lo pasó muy mal durante unos años, antes de poder recuperar su vida.

¿Y su tío Lorenzo? Fue, quizá, el familiar más importante durante la escritura de la novela.

Sí, porque, entre los tres, mi tío Lorenzo fue el que más estuvo en los frentes de batalla. Formaba parte de una unidad de choque. Lo hirieron en el frente. Poco después de la guerra, salió un día a un baile, agarró una pulmonía y se le complicó a causa de las heridas que tenía. Murió muy pronto, a principios de los cuarenta.

Su padre.

Mi padre iba a ser marino; quería ser marino, pero no pudo por la guerra. Le tocó también en la República, lo llamaron a quintas cuando estaba estudiando Ingeniería. En 1939 le obligaron a hacer la mili de nuevo, esa vez en Logroño.

Para "reciclarse", entiendo. Les pasó a muchos republicanos: una mili para alumbrar "un soldado nuevo".

Solía contar que lo pasó peor en esos dos años de segunda mili que en la guerra. Los tres tenían un perfil poco ideologizado cuando se produjo el golpe. Era lo que se suele decir: "Les tocó allí".

Usted nació doce años después de la guerra. ¿Su padre y su abuelo le hablaban de lo que pasó?

No. Jamás. Nunca me hablaban de la guerra siendo niño. A mis amigos sus padres tampoco les contaban. No querían envenenarnos. Querían mantenernos lejos de la desolación, la vileza y la infamia a la que habían asistido. En Cartagena, además, la guerra fue particularmente dura.

¿Por qué?

Hubo tres años de República con una represión terrible contra "la gente de derechas". Muchos muertos de ese lado, pero también muchos muertos en general por culpa de los bombardeos. Después, cuando llegaron los nacionales, la represión funcionó igual, pero a la inversa. Fue una ciudad que sufrió muchísimo.

¿Cómo convivían en usted, de chaval, la enseñanza nacionalcatólica del colegio y esa experiencia familiar republicana silenciada?

No existía esa convivencia porque en mi casa, en la mayoría de las casas, no se hablaba de la guerra. Mi abuelo y mi padre, lo entendí después, quisieron evitar, como muchos en su generación, que los muchachos desarrolláramos un instinto de rencor. No querían que nosotros pasáramos por algo así. En Cartagena, donde nací y crecí, esta circunstancia era muy habitual. La gran mayoría de mis amigos pertenecía a familias que, en el principio de la guerra, fueron republicanas. Y no nos contaban.

¿Qué intuye que había dentro de su padre y de su abuelo ahora que ha pasado tanto tiempo? Me refiero a lo más concreto, a cómo educar a un hijo en un contexto así.

Querían que miráramos al futuro. Creo que pensaban: "Esta España [la de Franco] un día dejará de ser así y habrá que estar preparados para ser libres". En mi casa ponían muchos libros en mis manos porque la lectura era una forma de libertad. Leer, seguro, me ayudó mucho entonces. Pero me ayudó muchísimo también como periodista, en mis días de corresponsal. Lo que veía en la guerra lo había leído en los libros. Y por eso lo digería. De no haber leído algunos libros, creo que me habría vuelto loco.

¿Cómo eran las huellas de la guerra? Me refiero a las inevitables, a todas esas cosas que estaban ahí y acababan trascendiendo el silencio en un descuido.

De repente encontrabas una bala guardada en un cajón. Y lograbas enterarte de que era la bala que le habían extirpado al tío Lorenzo en la guerra. De repente encontrabas una carta: "Querida mamá, te escribo desde…". Yo estudié en los Maristas, que era un buen colegio. Quiero decir: había una parte de la formación indudablemente política, al estilo de la época, "del espíritu nacional", pero el resto era muy interesante. Crecí sin traumas. Había una expresión muy tópica que definía aquel ambiente, aquel silencio.

¿Cuál?

"Eso fue antes de la guerra; eso fue después de la guerra".

Como el antes y después de Cristo.

Utilizaban la guerra como una referencia temporal, como un parteaguas entre dos vidas. Entre dos mundos. Pero la guerra no era una referencia política ni en mi casa ni en la de mis amigos. Sólo lo era en la formación política del colegio, en la efeméride "de la victoria".

Aquellos cuadernillos de la Formación del Espíritu Nacional.

En Historia de España había materiales sobre el régimen de Franco, "que salvó a la nación de las hordas rojas", y todo eso. Lo que estaba mucho más cerca de nosotros en nuestro día a día, paradójicamente, era la Segunda Guerra Mundial.

Porque no era material inflamable a ojos de los mayores.

De eso sí hablábamos muchísimo: de los americanos, de los alemanes, de los franceses, de los japoneses… Veíamos algunas películas, leíamos tebeos. Fíjese: estoy cayendo en esto conforme se lo cuento. En mi infancia, en mi juventud, estuvo mucho más presente la Guerra Mundial que la Guerra Civil. No había tebeos de nuestra guerra, pero sí de la guerra mundial. 'Hazañas bélicas'. Todos leíamos 'Hazañas bélicas'.

¿El imaginario de esa guerra acabó sustituyendo al de la Guerra Civil?

El imaginario de la Guerra Mundial opacó, sin duda, el de la Guerra Civil. Incluso jugábamos a ser alemanes, a ser americanos, a subirnos en los submarinos del Atlántico… Supongo que nuestras familias procuraron encauzarnos por ahí. Recuerdo que nos daban alas en ese sentido.

Usted luego cubrió como periodista casi dos decenas de guerras, siete de ellas civiles. De entre lo que escuchó de niño y lo que vio en las guerras civiles después, cuente: ¿qué hace parecidas a las guerras civiles en general y qué distinguió a la española?

Creo que la Guerra Civil española fue como son todas las guerras civiles. Cuando el enemigo resulta tan cercano operan otros factores, las cuentas pendientes. Que si me robaste a la novia, que si te llevaste a mi perro, que si me quitaste aquella tierra, que si el reparto de aquella herencia... Todo eso se replica en los pueblos y acaba teniendo su espejo en el país en general. En las guerras civiles existe una serie de factores relativos al rencor y a la familia que no está en las demás guerras. Por eso, las guerras civiles son más crueles. Siempre.

En una guerra civil, la venganza debe de resultar muy sencilla.

Porque sabes quiénes son los padres, los hermanos y hasta los primos de los que han fusilado a uno de los tuyos. Ese rasgo distintivo ya estaba en España antes del 36. Las guerras carlistas fueron todas ellas guerras civiles. Y muy crueles también, con episodios atroces. A la madre del general Cabrera, carlista, la fusilaron los liberales. Luego, él fusiló esposas de oficiales liberales. Esa atrocidad que iba leyendo y entreviendo sobre la guerra en España la vi replicada en Nicaragua, en El Salvador, en Angola o en los Balcanes. El mecanismo es el mismo. Cambian las circunstancias, pero el impulso se repite. Las guerras civiles dejan muchos más fantasmas que las demás. En las guerras civiles la parte más oscura del ser humano se atisba con más nitidez que en cualquier otra.

Pasaron casi cuarenta años y decenas de libros hasta que publicó su novela sobre la Guerra Civil española. ¿Por qué? ¿Temor? ¿Pereza? ¿Desinterés?

No quería entrar en el tema. De verdad que no quería, pero empecé a ver cómo proliferaba en España un relato sobre la guerra que no tenía nada que ver con la realidad. Fueron sobre todo los políticos los que me empujaron a escribir 'Línea de fuego'. La manipulación política lo hizo inevitable.

Empecemos por su visión de la guerra. ¿Cuál es y qué cosas empezaban a decirse que no se correspondían con su pensamiento?

Hay cuestiones elementales. Primero, la guerra empieza porque se produce un golpe militar contra la República legítima. El golpe no prospera y, entonces, se desata la guerra. A partir de ahí, se suceden crueldades en ambas retaguardias. Y después llega una dictadura de cuarenta años con una represión cruel y prolongada. A mí siempre me ha parecido imprescindible reseñar que las vilezas políticas de las cúpulas no se replicaban en la mayoría de soldados del frente. En mi tío Lorenzo; en el tío, el padre o el abuelo de cada español.

Explíquese.

Muchos de esos soldados estuvieron en un bando porque les tocó. Mi suegro, por ejemplo, era un joven izquierdista aragonés que combatió en la bandera de Falange. Mañas, uno de los personajes de la novela, es mi suegro. Mi padre y mi tío, que eran muchachos de lo que se llamaba "una familia bien", combatieron en cambio por la República. La visión de la guerra en la trinchera no puede ser la misma que la de la retaguardia o la de los políticos y generales que la dirigían. Porque no tuvo nada que ver. Y en la España de hoy se identifica continuamente la trinchera con la retaguardia. Con la novela, quería hacer honor y justicia a los muchachos que tuvieron que ir al frente.

Es una novela, eso se percibe en todo momento, deliberadamente alejada de las retaguardias. Aunque el pueblo que usted inventa a orillas del Ebro es un lugar en torno al que sucede casi todo, no se menciona lo que ocurre en su retaguardia.

Exacto. Yo no quería escribir una novela sobre esas retaguardias donde se robaba, se ajustaban cuentas, se violaba y se asesinaba a discreción. Para mí, y en esto Chaves Nogales lleva siendo mi guía desde hace décadas, lo mismo dan los asesinos del Tercio que los asesinos anarquistas. Todo está en su prólogo de 'A sangre y fuego'.

Lo que le hizo fusilable a ojos de ambos bandos. Eso de decir que saldría un dictador se impusiera el bando que se impusiese.

Lo de Chaves fue de una lucidez prematura, en el peor momento para ser ecuánime. Vuelvo adonde iba… Claro que la retaguardia fue sucia e innoble, claro que se produjo una represión terrible por parte del franquismo tras la guerra, claro que hubo una dictadura de casi cuarenta años, ¡pero honremos a todos esos muchachos del frente!

Al inicio, en el frontispicio de 'Línea de fuego', se incluyen dos frases referidas a una y otra trinchera.

Sí. ¿Podría pedirle que las transcribiera en la entrevista? Creo que son importantes porque resumen mucho mejor de lo que puedo hacerlo yo esto de lo que estamos hablando…

Juan Yagüe, general franquista: “Los rojos luchan con tesón, defienden el terreno palmo a palmo, y cuando caen lo hacen con gallardía. Han nacido en España. Son españoles y, por tanto, valientes”.

Vicente Rojo, jefe de Estado Mayor de la República: “La terquedad contra la tenacidad, la audacia contra la osadía; y también, justo es decirlo, el valor contra el valor y el heroísmo contra el heroísmo. Porque, al fin, era una batalla de españoles contra españoles”.

Decía que los políticos le obligaron a escribir la novela. Le planteo una reflexión: hace diez años, quien dibujaba la República como una arcadia feliz e inmaculada era la extrema izquierda. Y ni siquiera toda la extrema izquierda. Anguita me dijo: "No debemos soñar con una Tercera República que cometa los errores de la Segunda". Carrillo, Besteiro… Muchos acabaron abjurando de cosas que allí sucedieron. Y hace diez años, quien decía que el franquismo no había estado mal era una extrema derecha sin representación parlamentaria. Hoy, el relato de la extrema izquierda lo sostiene el PSOE; y esa extrema derecha tiene más de 50 escaños. Dicho de otra manera: desde que usted publicó la novela, en estos años, el problema no ha hecho más que empeorar.

Claro. Por eso la reedición que publicamos ahora no es casual. Ahora, esta novela, creo, es más necesaria que hace seis años, cuando se publicó. ¡Es que la guerra que unos y otros están contando no tiene nada que ver con lo que sucedió! Insisto: ¿de verdad alguien puede creerse que el soldado republicano o el soldado carlista son lo mismo que el miliciano que asesina en retaguardia o que el falangista que da el paseo en retaguardia? Es injusto. Quería y quiero lavar la imagen de toda esa gente que luchó en los frentes de batalla. Déjeme que lance una pregunta a los lectores de su periódico, la misma que lanzo a los lectores de la reedición de 'Línea de fuego': ¿existe una línea divisoria moral entre dos chicos de 17 años que, reclutados forzosos o voluntarios, pelearon con valor y murieron vistiendo uno el gorrillo miliciano y otro la boina del requeté? ¿En serio quedan imbéciles capaces de comparar a los soldados del frente con los políticos y generales de uno u otro signo, con toda esa chusma criminal emboscada en retaguardias?

¿Qué riesgos entrañan las llamadas políticas de "memoria democrática" del Gobierno y ese "el franquismo no fue tan malo" de la extrema derecha?

Lo deseable es que la guerra nos la cuenten los historiadores, y no los políticos. Porque la guerra que nos están contando la extrema izquierda y la extrema derecha es una barbaridad. ¡No han leído nada! ¡Van por ahí repitiendo las consignas analfabetas que les escriben! Quiero que la guerra la cuenten Enrique Moradiellos, Julián Casanova, Juan Pablo Fusi y todos los grandes historiadores, de sensibilidades distintas, que tiene este país.

¿Tienen los jóvenes con qué defenderse de esas dos visiones sesgadas de la guerra que se imponen en el debate público?

Los muchachos de hoy, por lo general, en su mayoría, están muy cerca de las pantallas y muy lejos de las bibliotecas. No tienen libros ni memoria viva con la que defenderse. Porque los últimos testigos se están muriendo. Les dicen cuatro lugares comunes: Franco malo, la República un paraíso increíble; la guerra propiciada por cuatro generales y cuatro curas.

Lo dice con pesar, pero no me negará que le produce un gran placer que le critiquen la extrema izquierda y la extrema derecha. Es como pasar la ITV.

Sí, es cierto que eso, a la larga, fue lo que más me tranquilizó cuando salió el libro. Y me produjo un retorcido placer.

Hay una paradoja curiosa: en la generación que sufrió e hizo la guerra, existen grandes referentes morales. Chaves Nogales, siempre en la ecuanimidad correcta. Dionisio Ridruejo, con el mayor descargo de conciencia que ha conocido España en el último siglo. El Manuel Azaña arrepentido de sus últimas páginas con el "paz, piedad y perdón". ¿Cómo es posible que no haya hoy referentes morales políticos para hablar de la guerra?

La Guerra Civil estaba neutralizada en la Transición. Quedó digerida, a grandes rasgos, lo que podríamos llamar la memoria. Digo la "memoria" porque es cierto que faltaba la exhumación de las cunetas. Pero cuando un partido político carece de una base intelectual sólida, cuando necesita argumentos fáciles y de trinchera, ese partido es capaz de utilizar cualquier cosa contra el adversario. Zapatero desenterró la Guerra Civil como arma política. Y hoy ese comodín también es utilizado por la extrema derecha. Convertir la guerra en arma arrojadiza hoy es tremendamente infame. Y lo hace gente que no la ha vivido, gente que no ha leído nada sobre eso. Es terrible. Esa tragedia empezó con Zapatero.

Dice que no han leído nada. ¿Cuáles son, a su juicio, los libros imprescindibles sobre la Guerra Civil?

Muchos. Es difícil quedarse con unos pocos. Déjeme pensar… 'A sangre y fuego', de Manuel Chaves Nogales, como representante de la tercera España. 'Madrid, de corte a checa', de Agustín de Foxá; y 'La fiel infantería', de Rafael García Serrano, con una visión falangista. 'La forja de un rebelde', de Arturo Barea; y 'Contraataque', de Ramón J. Sender, con una visión republicana. Creo que con esos cinco libros un lector puede tener un panorama bastante amplio de lo que fue la Guerra Civil.

¿Qué pasa con los libros de los corresponsales? Hemingway le gusta, pero detecto que le cabrea. Le mete varios viajes.

Huelga decir que Hemingway es un escritor enorme, poderosísimo. Y que me gusta mucho. Pero siempre tengo con él cuentas pendientes. Lo sigo leyendo con gran admiración, ¿eh?

Pero hay algo que no le gusta. Oiga, que Falcó, su personaje de otra saga, le pega un palizón en una de las novelas.

No me gusta la fanfarronería de Hemingway. Iba por ahí, por los hoteles de la Gran Vía, dando lecciones a los españoles sobre cómo hacer la guerra. Joder, si hasta se le ve en una foto enseñándole a un tío cómo utilizar un fusil. Creo que era mal amigo, mala persona y un bocazas.

"Mal amigo" lo dice por Scott Fitzgerald.

Sí. Hemingway, al mismo tiempo que se construía como mito, fue humillando y desprestigiando a Fitzgerald. Además, utilizando miserias personales. ¿Sabe, en el fondo, lo que más me molesta de Hemingway en la Guerra Civil? ¡Que yo sé muy bien a qué vino Hemingway a España!

Porque usted también lo hizo en las guerras que visitó.

Claro. Sé lo que es ser corresponsal en una guerra así. Llevas pasta, bebes, te diviertes, descargas adrenalina, hay chicas guapas… Y mientras tanto, lo que sucede no compromete a tu país, al país de tus hijos. A veces ni siquiera a tu continente.

¿Usted llegó a despreciarse en ese sentido como desprecia a Hemingway?

Sí. Llegas, te lo pasas bien, haces la foto, les das un cigarrillo y te marchas porque tienes un billete de avión y ya has terminado tu trabajo. Conté muchos detalles de esa vida en 'Territorio comanche'. Lo que pasa es que Hemingway se engrandecía a sí mismo continuamente. Y eso me repatea. Aunque lo admiro mucho como escritor.

¿Hemingway fue honesto? ¿Los corresponsales eran honestos o también parciales?

Hemingway calló mucho. Los otros, en su mayoría, también. Veían las cosas con más distancia y, por tanto, con más ecuanimidad, pero callaban por no perjudicar al bando en el que iban enrolados. Hemingway supo que el intérprete de Dos Passos fue torturado. También supo lo del asesinato de Andreu Nin. Y nunca lo escribió.

Hay un personaje de su novela, Ginés Gorguel, un soldado de infantería que combate con los franquistas por obligación, que me recuerda a José de Arteche; autor, en mi opinión, del mejor libro sobre la guerra: 'El abrazo de los muertos'. Un nacionalista vasco, profundamente católico, que combatió por obligación con los franquistas. Es un diario formidable.

Sí. Ginés Gorguel es un gran ejemplo para ilustrar esto de lo que estamos hablando: cómo cambia la guerra cuando se coloca el prisma en la línea de fuego, lejos de la retaguardia. Cómo vuelan por los aires los esquemas cuando se aplica el zoom a la trinchera.

El prólogo a la edición especial de su novela se titula 'La guerra que todos perdimos', la frase en el ojo del huracán. Explíquelo para que conste en acta.

La guerra, en 1939, la perdieron los republicanos y la ganó Franco. Eso está claro. Le decía antes: también está claro que había un bando legítimo, que era la República, y otro ilegítimo, que fue el franquista. Pero la guerra, además, la perdimos todos los españoles que fuimos llegando, independientemente de sus ideas. Porque perdimos libertades, retrocedimos medio siglo, perdimos una república. La mujer retrocedió medio siglo. La guerra dejó a España fuera de hora, anclada en el pasado y eso afectó a todos los españoles.

En las mujeres, en el lado republicano, había una conciencia muy a largo plazo por todo lo que podían perder. Y lo perdieron. Por eso crea a Pato, que integra esa unidad de transmisiones.

Ellas supieron ver que, en esa guerra, se jugaban a largo plazo los avances que habían conseguido. Sabían que, si perdían, las convertirían en esposas sumisas, como así sucedió. Intentaron jugar su papel, sobre todo en el lado republicano, pero pronto se las sacó del frente. Las convirtieron en un elemento folclórico. Consideraron que generaban más inconvenientes que ventajas. Me tomé la licencia de crear esa unidad de transmisiones que usted menciona para que un grupo de mujeres pudiera cruzar el Ebro con los militares. Así, llevaba a la mujer a primera línea y contaba su historia sin folclorismo, lejos de ese retrato tan poco serio que hicieron 'Life' o 'Paris Match'. Quería devolverles la dignidad que esas operaciones de propaganda les quitaron.

Hay un momento sobrecogedor en que un personaje dice: "Oyes al enemigo llamar a su madre en el mismo idioma que tú y se te enfrían las ganas". Pero, al final, no se enfriaron las ganas. Esa es la tragedia de las guerras civiles.

Sí. Eso se lo dice un dinamitero a su amigo. Es verdad que, en general, las ganas no se enfriaron. Y fue una catástrofe. Pero hubo momentos en que esas ganas sí se enfriaron. Momentos muy emocionantes. Por ejemplo, en las trincheras de Huesca. Esto me lo contó Juan, un veterano que combatió del lado franquista. A su hermano le había tocado ir al frente en el lado republicano. Con el frente estabilizado, empiezan a insultarse unos y otros, de trinchera a trinchera. Se cantan coplas. Un día, desde la trinchera republicana, alguien pregunta si al otro lado combate alguno de su pueblo. Juan responde dando su nombre y oye una voz que le grita: "Juanito, soy Pepe, tu hermano". Los dos prometen a sus superiores que no van a cruzar al otro lado y obtienen, bajo juramento, permiso para verse unos minutos. Se juntan allí, junto a una casa o un muro derruido. Se abrazan, fuman juntos y se despiden. Tardarían siete años en volver a verse.

Es cada vez más complicado escribir novelas sobre el frente porque las que quedan como inspiración son muy buenas, pero son de parte: Sender, Aub, García Serrano… Y porque se van muriendo los últimos soldados. Estamos en 2026. La quinta del biberón ya es centenaria; tienen hoy, si quedan lúcidos, 105 o 106 años.

Algunos de esos soldados republicanos, también los carlistas, iban hasta el camión acompañados de su madre, con un bocadillo. "Adiós, hijo, abrígate. Te he puesto una bufanda y un bocadillo".

Como en la obra de teatro de Arrabal, 'Pic-Nic', donde unos padres van al frente a hacer picnic para poder ver a su hijo.

Una buena sátira que da cuenta de lo que sucedió. ¡Es que eso fue la guerra!

Volvamos a la documentación. Le preguntaba por los materiales que han nutrido la novela.

Primero, yo me nutrí mucho de lo documental: prensa, libros, papeles… Después, de mi experiencia como reportero cubriendo guerras civiles. Y, por último, de las conversaciones que pude mantener, habiendo pasado ya mucho tiempo del 36, con algunos soldados. La corresponsalía, la literatura y la memoria.

¿También hubo una parte técnica? El frente es más complejo de describir, en ese sentido, que la retaguardia.

Me hice con manuales técnicos de armamento, compré armas de época, me prestaron otras… Pero es interesante lo que mencionaba usted antes de la memoria. Sí, efectivamente, volviendo a la pregunta de antes, cuando no queda testimonio, la ideología campa a sus anchas. ¡Un tuit de Pablo Iglesias o de Abascal tiene más influencia sobre el relato de la guerra que un libro de Moradiellos o Casanova! ¿Cuántos de todos estos políticos tuiteros de los que hablamos han leído los libros imprescindibles sobre la guerra?

Hablemos de la propia guerra, de su desenlace. ¿La República, que tuvo al inicio más territorio y más tropas, se desmoronó por las revoluciones dentro de la revolución?

Sí. En el bando franquista, había una disciplina militar absolutamente estricta. Mandaban los generales de África, impusieron una jerarquía implacable y dejaron claras desde el primer momento sus reglas del juego: exterminio del adversario y terror en retaguardia para que no hubiera riesgos. Concibieron la guerra como una operación quirúrgica. Ganaron con una serenidad implacable, con un tesón militar tremendo. Con la imposición de lo militar sobre lo político en todo momento.

Y al otro lado, en la República, pronto comenzó a extenderse el caos.

En la República, ese caos, esos enfrentamientos internos, fueron minando la disciplina. ¿Recuerda usted lo de Azaña?: "Pruebe usted a gobernar rodeado de imbéciles". Los socialistas, los anarquistas, los nacionalistas… Se dedicaron a hacerse la puñeta. Fue un viva la virgen. Sufrieron una revolución dentro del propio bando.

Ha dicho alguna vez que le resultó desolador el estudio de las operaciones militares de la República.

Sí, porque, inmerso en eso, uno ve la inutilidad del sacrificio, de tantos hombres muertos, de tanta carne quemada en operaciones que no estaban coordinadas ni iban dirigidas a un mismo fin.

Son muy ilustrativas las instrucciones del general Mola, anunciando el terror y la muerte para quien no acatara la disciplina. Pero, ojo, porque Franco también tuvo dentro sus intentos de revolución.

Sí, el caso de Manuel Hedilla, el falangista que no compartía lo que estaba sucediendo y al que encarcelaron. Hubo represión inmediata contra esos falangistas. Después, los requetés se sintieron engañados. Franco se apropió de todos los elementos revolucionarios que había a su alrededor. Los fagocitó.

De hecho, Franco fue el último general en sumarse al golpe, para la exasperación de Mola.

Franco, en ese momento, no tenía ninguna ideología. Se apropió de todo, lo fagocitó todo y lo puso al servicio de un gran aparato militar. La idea de España como un cuartel enorme. Por eso no le interesaba que sobreviviera José Antonio Primo de Rivera.

Si hubiera sobrevivido Primo de Rivera, que propuso desde la cárcel un pacto con la República, ¿habría habido dictadura de cuarenta años?

No lo sé. Quizá España habría sido distinta, pero puede que José Antonio nos hubiera metido en la Segunda Guerra Mundial al tener una afinidad mayor con el fascismo.

Suele decir usted: "Nadie que haya leído historia de España puede ser optimista con el presente y el futuro". ¡Es usted como los de la generación del 98! ¿Ni un signo para la esperanza?

No voy a responder a esa pregunta.

https://www.elespanol.com/espana/politica/20260412/perez-reverte-lanza-guante-guerra-diferencia-moral-muchacho-murio-gorrillo-republicano-boina-requete/1003744196264_0.html