22 febrero 2026

“La izquierda actual tiene una intolerancia maniquea, farisaica, oportunista, demagógica, extrema”


Entrevista de Pablo Guimón y Jordi Amat - El País - 22/02/2026

Sables por las esquinas, maquetas de barcos, telescopios, una estatua de Tintín tocada con un casco de la guerra de los Balcanes, un busto de Napoleón, un cuadrito de Richelieu, una foto de Conrad, una carta de Patrick O’Brian, una flor del campo de la batalla de Waterloo. Imagine la biblioteca de Arturo Pérez-Reverte (Cartagena, 1951) y ahora elévelo al cubo. La imagen se aproximará a lo que el visitante encuentra en el centro de operaciones del ex corresponsal de guerra, novelista, articulista y polemista. Tres plantas forradas con miles de libros con cuidadas encuadernaciones y salpicados de recuerdos de una vida vivida intensamente.

Pérez-Reverte accedió, tras solicitar pensárselo 24 horas, a una entrevista con 'El País' [hecha el 17 de febrero] libre de los corsés de la promoción. Las novedades del escritor son la reedición de su novela sobre la guerra civil 'Línea de frente' [sic], en un estuche con un breve volumen con comentarios sobre el libro, y en mayo recuperará sus crónicas de guerra, con el título de 'Enviado especial', acompañado de una exposición con las fotos que tomó en los conflictos. El escritor aceptó hablar de la vida y chapotear en los charcos en los que ha andado metido estas últimas semanas: su arremetida contra la supuesta “moral inquisitoria” de cierta izquierda que derivó en el aplazamiento del seminario sobre la guerra que debía haberse celebrado en Sevilla bajo el título de 'La guerra que todos perdimos'; la pelea con David Uclés que desató la polémica con su decisión pública de rechazar la invitación; así como la aparatosa bomba que soltó en la Real Academia de la Lengua en forma de un artículo en 'El Mundo' en el que dijo que hoy la institución “ni fija, ni limpia, ni da esplendor”.

El padre de Alatriste luce formidable a sus 74 años, con camisa de cuadros gruesos, pantalón de pana marrón y zapato inglés. Un aire como de Balmoral que contrasta armónicamente con las líneas modernas del imponente chalé, los muebles Bauhaus, las lámparas decó. Al fondo, el escritorio con un ordenador cuyo teclado tiene teclas redondas como de vieja Olivetti que imitan el ruido de una máquina de escribir, el que escuchaba hace más de medio siglo en la redacción del diario 'Pueblo'. En una archivadora abierta, apuntes de la que será su próxima novela. Le empieza a preocupar cuántos libros le quedan por escribir, le atormenta tener que priorizar los proyectos que acumula. Se pregunta cómo será el día en que lo que escriba deje de tener valor. Si se lo harán saber y quién será el encargado. Para tranquilidad de sus lectores, a juzgar por esta larga conversación, el temido momento se antoja aún lejano.

En mayo publica 'Enviado especial', con sus artículos como periodista en conflictos bélicos. ¿Qué lecciones aprendió de la guerra?

Nada que no esté en la paz, solo que en la guerra es todo más extremo. Yo tengo la ventaja de que cuando fui por primera vez a la guerra, con 20 años, ya había leído mucho. Eso me permitió abordarlo con serenidad. Si no, a esa edad, la guerra me habría trastornado, pero en mí tuvo un efecto nutritivo. Era horrible, por supuesto. Pero haber leído me permitió digerir la guerra con más naturalidad. Fue un aprendizaje excelente, una escuela de vida. Mi forma de mirar el mundo empezó a fraguarse en mis primeros años allí.

Ha estado en guerras entre países, pero también en guerras civiles.

Sí, en siete.

¿Cuál es la diferencia entre unas y otras?

El ser humano tiene rincones muy oscuros. Y la guerra civil es la que pone de manifiesto con más intensidad la parte oscura del ser humano.

En una entrevista reciente en un periódico italiano, dijo que España no ha superado la guerra civil. ¿Cómo se supera?

Se puede. Pero España no la supera por otras razones. Ya me estoy metiendo, cabrones [risas]. Yo tengo una opinión, que puede ser equivocada. Y como la tengo, pues la manifiesto porque me preguntan por ella. Una guerra civil puede superarse con sentido común. Y la nuestra, en sus aspectos más dramáticos, estaba superada. Más que superada, asimilada, digerida. Pero por razones políticas, se ha desenterrado. No como memoria, sino como herramienta; no como reflexión histórica, sino como arma política. A mí me la contaron mis padres. Mi padre, mi tío, mi abuelo lucharon con la República. Esas tres estanterías son libros sobre la Guerra Civil. Y he visto guerras civiles. Entonces, como sé lo que es, sé que estaba neutralizada. Pero a una generación que no tiene ni libros ni memoria directa es muy fácil manipularla con lugares comunes: Franco malo, República buena total, el paraíso en la tierra fue roto por cuatro banqueros, cuatro militares y cuatro obispos con gomina en el pelo... La Guerra Civil se ha convertido en una herramienta política y eso nos ha devuelto a un territorio de hostilidad que había desaparecido. Yo pertenezco a una generación, y tengo una formación y una experiencia que me permite decir que la Guerra Civil la perdimos todos. Evidentemente, la ganó el bando nacional, Franco y su gente. Y la perdió la República. Pero aparte de ese planteamiento, indiscutible, hay una cosa evidente: los españoles perdimos. Perdimos progreso, una república, libertades. La mujer retrocedió 50 años en la historia. Perdimos mucho todos. Y eso me lleva a una cosa interesante…

Se levanta de pronto, como impulsado por las cintas de cuero de su silla Wassily, y se dirige a la biblioteca, de la que extrae dos libros que tenía colocados en horizontal, sobre el resto de volúmenes, en una estantería. Regresa a la mesa, abre el primer libro, 'El viaje de mi padre', de Julio Llamazares, lee de pie la página que tenía marcada. “A los que perdieron la guerra civil española de uno y otro bando”. Abre 'La península de las casas vacías', de David Uclés. Señala una cita: “¿Qué pone aquí?”.

“En las guerras no gana nadie. Pierden todos. Eso aprendí”. Miguel Delibes.

Como veis, no estoy solo. Incluso alguno ha variado su planteamiento en los últimos tiempos por oportunismo. España perdió. A todos nos arrancó cosas importantes, nos retrasó el reloj respecto a la historia del mundo. Y eso es lo que espero que hablemos en Sevilla en octubre. Lo que pasó es que ahí se dieron otros factores que no tienen que ver con las jornadas. Hubo un movimiento, que detallé en su momento así que no volveré sobre él, de presiones reconocidas.

En un texto que incorpora a la reedición de 'Línea de fuego' habla de superar el maniqueísmo de buenos y malos. ¿No entraña un riesgo en estos tiempos?

He visto matar prisioneros, he visto torturar prisioneros en guerras civiles. No lo he aprendido en la barra de la taberna Garibaldi. Ni en el salón del Ritz. ¿A mí me vas a contar qué es una guerra civil?

¿Pero no es peligroso cuando, por ejemplo, uno de cada cinco jóvenes piensa que la dictadura franquista fue “buena” o “muy buena”?

Lo peligroso es el silencio. Callando dejas que los cánceres se extiendan. Lo que vamos a hacer en Sevilla es debatir, que hable todo el mundo, que expongan sus razones. Que junto al político oportunista esté el historiador serio que lo ponga en su sitio.

Había varios políticos en su congreso.

¿Cómo no va a haber políticos en un debate sobre la guerra? ¿Cómo no van a ir si, justamente, ellos son los culpables? Van, hablan. Y entonces el historiador los corrige. Pero un sector político no quería que ocurriera. ¿Por qué? Porque un debate serio desmonta el argumento de buenos y malos del que están viviendo tantos chiringuitos en este momento.

En su artículo decía precisamente que le estremece el miedo al debate. ¿Cuáles son las fuerzas que impiden debatir?

Fíjese. Vox no quiso ir. Se negó desde el principio. Pero Uclés dijo que iba y después dijo que no. Nos dejó colgados. Y la presión hizo que [el coordinador general de IU Antonio] Maíllo, que iba, tampoco fuera. La historiadora Zira Box dijo que la habían presionado. No me lo inventé yo. Fueron cayendo. Bolaños aguantó muy bien. “Yo te he dado mi palabra”, dijo, “y voy”.

Se ha referido en ocasiones a una inquisición moral. ¿De dónde procede? ¿Cree que hay más intolerancia hoy en la izquierda que en la derecha?

En la izquierda hay de todo. Izquierda es un concepto injusto porque no es lo mismo Pablo Iglesias, Errejón o Echenique que Madina o Pedro Sánchez o Bolaños. La izquierda actual tiene una intolerancia maniquea, farisaica, oportunista, demagógica, extrema. Y ojo a cómo se ve el titular fuera de contexto, que yo he sido puta antes que monja [risas]. Dicho lo cual, esto es pendular. La derecha, la extrema, todavía no se hace oír lo bastante porque no tiene los cauces, ni los escenarios, ni los mecanismos adecuados. Pero cuando se instale, y se va a instalar por los pecados de todos nosotros, será tan intolerante o más que la extrema izquierda. No es que yo sea un profeta, es que es la historia. Son leyes pendulares.

¿Le da más miedo ahora mismo Sánchez o Vox?

A mí no me da miedo nada. Yo soy republicano, y monárquico en defensa propia. Tengo la casa pagada, los libros leídos, el velero en el que paso mi otra vida amarrado en el puerto. Cuando se va todo al diablo, solamente hay un consuelo: saber por qué se va al diablo. Lo he visto mil veces. “¿Qué ha pasado? ¡Pero qué horror, qué espanto! ¡El tren ha chocado con otro, ha habido una guerra, una bomba, Putin!”. Pero si has leído, si tienes los mecanismos suficientes, eres capaz de interpretar. Y cuando interpretas ya no duele tanto. Porque son las reglas. La cultura es un analgésico. No impide el problema, pero te permite soportarlo sin volverte loco.

¿La cultura como resistencia?

El problema está en que cada vez esto [señala a su biblioteca] es menos frecuente. No digo la dimensión, digo esto como ejemplo. La orfandad intelectual del receptor de todo esto lo vuelve loco. Falta cultura. Cultura de verdad, no lo de [menciona un cineasta español]. No pongan eso. Les ruego que me cuiden, coño. No me metan en más jardines de los necesarios, que ya tengo bastante.

Se mete usted solo…

Bueno, es lo que me sale. La cultura sirve para saber por qué se cae el avión. Una vez iba volando a Beirut y cae un rayo en el avión. Y todo el mundo: "¡Ahhhh!". Y me dije: "Hostia, voy a morir rodeado de cantamañanas que no saben que los aviones se caen". La cultura sirve para no gritar cuando se cae el avión. Saberlo te da serenidad. Las reglas del cosmos incluyen el caos. De vez en cuando el caos dice “hola, aquí estoy” y te manda a tomar por culo. Saber todo eso te da un alivio horroroso. Si mañana mi mujer, mi hija, o yo mismo tengo un accidente y me quedo mutilado, por lo menos sabré que eso lleva ocurriendo millones de años y que tampoco es tan grave. No es tan grave. El ser humano, en los últimos siglos, se ha dado demasiada importancia. Es un tema para otra entrevista, cuando seamos mayores todos.

Cuando habla de esa excesiva importancia del individuo…

Fíjense. Cuando has viajado, te das cuenta de que estamos manejando un concepto muy occidental. La Biblia, el Evangelio, Jesucristo, la cultura judeocristiana, la catedral gótica. Pero si te vas fuera de Occidente, que ya es menos cálido que antes, te das cuenta de que tienen más certezas que nosotros. En Asia, que es el gigante del futuro, el individuo no vale nada. Son las hormigas rojas. Todo es sacrificable para que prime la colectividad. Nuestros maravillosos conceptos de humanismo cristiano, de solidaridad, de ilustración, de derechos humanos, se irán a tomar por saco cuando estemos en manos de aquellos para quienes todo eso no es importante. Europa fue referente mundial, desde Homero hasta hace cuatro días. Todo el mundo quería ser como nosotros. Esa fascinación ha desaparecido. Ahora nos desprecian. Europa ya no es nada. Vienen otros imperios. Y nos van a dar, pero bien. A mí no, que yo no voy a estar. A vosotros. Y a vuestros hijos. Ese mundo que viene va a triturar lo que va quedando de Europa. Y Europa es lo mejor que ha ocurrido en la historia. Con sus defectos, todo lo que quieras. Pero ahora Europa no es nada. Un parque temático para turistas. Vienen como el que visita las ruinas de Pompeya. Por eso siempre digo a los jóvenes que aprovechen, que disfruten. Todavía se puede leer y viajar a Roma y a Praga y a Sevilla. Bailar flamenco, comer pizza en el Vesubio, leer a Lampedusa y a Spinoza y a Balzac y a Dumas y a Cervantes. O a Pérez-Reverte, si les apetece. Dentro de un tiempo eso habrá desaparecido. Seremos los siervos de un mundo que no es el nuestro.

¿La batalla está perdida?

Perdida. La única épica posible es no permitir que la batalla se libre sin pelear. Vamos a morir todos. Pero hay que combatir. Pelear por aquello en lo que crees. Pelear por razones lúcidas, no fanáticas. No porque te manipulan, sino porque crees que debes hacerlo. Que al malo, si lo hay, le sangre la nariz aunque gane la batalla. Hay que vender cara tu piel. Cuando eres joven, después de mayor ya es otra cosa. Yo sigo peleando batallas, la de Sevilla, mi novela, mis artículos. Pero un joven debe seguir peleando. Hay que perder. Es compatible la derrota con la pelea.

En ocasiones lo ha formulado con estas palabras: “Mis valores como persona y como escritor se basan en la guerra”.

Correcto.

Defiende un código moral asociado a palabras como lealtad, venganza, coraje. ¿No considera que son valores que durante mucho tiempo se han visto como reaccionarios?

¿Lealtad? Por supuesto. ¿Venganza? Claro que sí. Ahora tiene mala prensa pero es absolutamente higiénica. Y deja el cuerpo estupendo. ¿Coraje? Claro. ¿Eso es reaccionario?

Digamos que los valores que aprende en la guerra, los que defiende en su comportamiento público, en el tipo de personajes y novelas que construye, no han sido durante mucho tiempo los valores éticos del discurso dominante.

Mis novelas no tienen código moral. Están hechas de truhanes, canallas, tramposos, traficantes, villanos.

“No era el hombre más honesto ni el más piadoso, pero era un hombre valiente”, así arranca la saga del Capitán Alatriste.

Ahí está. Hay escritores que creen que la literatura tiene un deber moral, que es hacer mejor el mundo. Saramago, que era muy amigo mío, era muy de esto. Y hay otros, como yo, que creemos que no tiene obligación moral alguna. Cuento historias que me hacen feliz. Me meto ahí [señala su escritorio] cada mañana y soy feliz. Y los que me leen también lo son. No quiero educar. Cuento el mundo tal y como lo he vivido. No hay valores. Hay personajes y situaciones.

¿A usted le gusta pelear?

Claro. Sí. Sí. Me gusta pelear. Me mantiene vivo, despierto y lúcido.

La gente mata por ir al programa de Jordi Wild. Usted debe de ser el novelista que más veces ha estado con uno de los principales youtubers de España. ¿Por qué cree que le llama?

Ha sido buen lector mío de siempre. Y además le doy muchos seguidores. No es una chulería. Una entrevista conmigo le dispara la audiencia. Pasa lo mismo cuando voy a Pablo Motos. Cuando voy a 'El hormiguero', ¡bum!, se dispara. Y si fuera a 'La revuelta'... Me está llamando todo el tiempo. Quiere verme para convencerme. Por alguna razón, que no sé cuál es, tengo una repercusión mediática fuerte.

¿De verdad que no sabe por qué es?

¿Por qué? ¿Porque, según vosotros, defiendo valores reaccionarios, hijos de puta? [risas]

¿Podemos insultar también?

Sé dónde viven y tengo sables. [risas]

¿Tal vez conecta porque no estamos acostumbrados a que alguien esté peleando permanentemente?

No. ¿Saben a lo que no están acostumbrados? A que se diga lo que se piensa e importen un carajo las consecuencias. A eso es a lo que no están acostumbrados. Yo me lo puedo permitir. He vivido, he viajado, he visto lugares maravillosos y lugares terribles. He vivido una vida de verdad. A mi edad, ¿qué pierdo yo?

¿También pelea en Twitter?

Es raro que yo debata en Twitter. ¡Si es un puto tuit, lo puedes decir en la barra de un bar! Es una herramienta poderosa de la que procuro no abusar. Ahora tengo dos millones y medio de seguidores. Me permite el contacto con los lectores de una manera fresca, inmediata, familiar, directa, informal. También aprendes un montón porque la gente muestra más de lo que cree mostrar. Me divierte. Cuando meto una cita clásica, que sale de ahí [señala los estantes de la biblioteca donde tiene ordenados, entre otros, los volúmenes de clásicos grecolatinos de la editorial Gredos], la meto porque menea. No digo "este es Sánchez", "esta mañana iba por Feijoo". Que pongas un tuit y al rato esté Pablo Iglesias o te llame uno de Vox, uno del PSOE, “oye, Arturo”. ¿Qué más me da? ¿Qué pueden hacerme? ¿Hacerme una crítica mala en 'El País' cuando sale el Alatriste? Voy a por una aspirina. ¿Os vais a quedar a comer, cabrones?

Regresa a los pocos minutos. Pasa junto al kalashnikov que tiene apoyado en una estantería y que se trajo desmontado en la maleta de su etapa cubriendo la Guerra de los Balcanes. La aspirina se disuelve en el vaso.

Vamos a pasar a la Academia. Sus críticas a la RAE fueron calificadas por algún académico como el ataque más grande que ha sufrido la institución desde que hay memoria. ¿Comprende que se interpretara así?

Sí, era un ataque. En la RAE ahora no hay debate casi. Cuando se plantea un tema, se habla en el pleno y después se olvida hasta el siguiente. Harto de que todo muera ahí, voy a contarlo en público a ver si meneo un poco. Y se dio lo que esperaba. La parte ofendida se manifestó y la parte que estaba conmigo se calló, como suele hacer, por otra parte. “Son cosas de Arturo…”. La tilde, el “sólo”. Muerto Vargas Llosa y muerto Marías, que eran los más militantes conmigo, me he quedado solo. Decidí contar de una vez lo que pasa. Estaba muy razonado, fue reproducido en muchos países de Hispanoamérica. Quise desvincularme de una manera de entender la RAE que no me gusta y negar la complicidad. Pero, como siempre, me quedé solo. No todo el mundo es capaz de asumir el precio. Yo lo asumo, primero, por mi manera de ser y, segundo, porque me lo puedo permitir.

¿La discrepancia que planteó no era entre recoger usos y el estilo?

Necesitaríamos una entrevista entera sobre esta cuestión. La Academia ha mirado siempre el uso para incorporarlo, pero debería pasar un tiempo de vigencia para que fuese incorporado, no es suficiente que esté documentado en la red. Y antes, además de esta cuestión, la Academia ejercía la autoridad sobre si un uso era correcto o no, como hacía Lázaro Carreter con 'El dardo en la palabra'. Esa labor de señalar los peligros, que hemos pedido mil veces en los plenos, no se cumple. Y esa dejación de autoridad a favor del uso está provocando que la Academia haya perdido impulso.

¿Su ataque ha tenido algún efecto?

Todo sigue igual. Sabía que no iba a cambiar nada, pero mi posición queda clara. Yo no entré en esa RAE. En los primeros años estaba García Yebra, Gregorio Salvador, Rodríguez Adrados, Claudio Guillén, Ignacio Bosque. Yo hablaba cuando me preguntaban. Estuve callado aprendiendo durante años. Pero fueron muriendo, fueron dejando huecos y esos huecos se llenaron de una manera que no me convenció a mí ni a otros. Y por eso empecé a hablar. Y les revienta que menciones los viejos maestros muertos… Y creo que ya he dicho bastante.

¿Echa mucho de menos a Javier Marías?

Mucho. Cada jueves después de la Academia íbamos a cenar. Hablábamos de cine, chicas, amigos, novela policiaca… Éramos como el empollón, él, y el gamberro, yo. Teníamos una complicidad como si fuéramos Zipi y Zape. Era mi hermano de juegos. Cuando vives mucho tiempo hay restaurantes que cierran, lugares que cambian y hay amigos que mueren, cada vez más. Javier es uno de los grandes huecos de mi vida, el escritor con el que he tenido una relación de mayor profundidad. Y realmente lo echo mucho de menos. Pero bueno, son las reglas.

¿Ve diferencias entre la consideración de su obra fuera de España y en España? ¿En España está mediatizada por su imagen pública?

En cuanto a lectores, no. Pero en España hay campañas periódicas a favor y en contra. Como cuando Iglesias dijo en el Parlamento, “más Galdós y menos Pérez-Reverte”. O cuando Abascal se cabrea. Ahora hay parte de la derecha que dice que soy un vendepatrias porque Alatriste habla de la España oscura y no la gloriosa… Cuando parte de la derecha, a la que gustaba tanto Alatriste y los tercios, se ha puesto a leer despacio, ve que lo oscuro también asoma. Entonces me ataca. Ha coincidido con Vox. Nadie se preocupa por eso en Italia o en Francia. Gajes del oficio, va incluido en el sueldo.

¿Tal vez lo atacan porque es la persona con mayor poder literario en España?

Os aseguro que no lo ejerzo. ¿Para qué? Hay gente que se dejaría cortar un brazo por estar en mi situación. No hago vida literaria. En Sevilla no he cobrado un puto duro, jamás. Me pagan el billete de AVE y el hotel. No cobro nunca conferencias. Y del Estado, jamás, como Marías. Hago lo que me apetece. No me considero algo fundamental. Si mañana desaparezco, se pierde un novelista. Nada más. Soy feliz con la vida que llevo, tíos.

Queríamos terminar citando un diálogo de 'El Capitán Alatriste'. Hacia el final de la novela el conde duque de Olivares le dice: “Tenéis cierta propensión a ser herido”. Alatriste contesta: “Y a herir, Excelencia”. ¿Se siente identificado?

Absolutamente. No soy Alatriste, pero Alatriste sin mí sería imposible. Su mirada y la manera de ver el mundo es la mía. Quizá por eso a algunos les quiero bien y a otros les quiero mal.

https://elpais.com/cultura/2026-02-22/arturo-perez-reverte-escritor-la-izquierda-actual-tiene-una-intolerancia-maniquea-farisaica-oportunista-demagogica-extrema.html

16 febrero 2026

L’eleganza dell’enigma: “Senza i libri sarei impazzito”

Entrevista de Francesco Subiaco - pangea.news - 16/02/2026

«Mi ha salvato dalla noia», rispose sbadigliando. «Ahimè! già la sento tornare. La mia vita non è che un continuo sforzo per sfuggire alla banalità dell’esistenza. E questi piccoli problemi mi aiutano». (Arthur Conan Doyle, La lega dei capelli rossi)

È un romanzo-enigma, un labirinto narrativo complesso, fitto di citazioni, dettagli e rimandi, che rigenera la grande tradizione del giallo deduttivo. Ma è anche un saggio mascherato da romanzo: una riflessione sull’ambiguità, sulla detective story e sull’arte narrativa dell’inganno. In cui in controluce si intravedono i meccanismi di Agatha Christie, gli artifici di Conan Doyle e una certa eleganza da conversazione colta, quasi mondana, che rimanda alle memorie hollywoodiane di David Niven.

Questo è 'Il problema finale' di Arturo Pérez-Reverte, tra i romanzi più apprezzati dello scrittore spagnolo, pubblicato in Italia da Settecolori. Un libro che si presenta come un delitto della camera chiusa e che sembra rispettare tutte le regole del genere solo per poi, al tempo giusto, rivoltarle contro il lettore. A indagare è Basil Hoppalong, attore al tramonto che per anni ha interpretato Sherlock Holmes sulle scene e che ora si trova a incarnarlo nella realtà. Il vero duello però non è soltanto tra attore-investigatore e assassino; bensì tra autore e lettore. Pérez-Reverte costruisce, infatti, un duello serrato, una sfida all’ultimo indizio, all’ultima citazione, all’ultima pagina.

Il romanzo costituisce un “Otto e mezzo” del giallo deduttivo, dove il genere riflette su se stesso e ne svela i meccanismi per farli riscoprire in tutto il loro mistero. Ma Pérez-Reverte non è scrittore di genere: in tutte le sue opere tra le pieghe del racconto emerge una profondità tragica, un’idea di scrittura che pur rigettando pedanti rimandi sa farsi portatrice dello stile come potenza isolatrice, eterna giovinezza e richiamo avventuroso verso questi e altri mondi. Un carattere che emerge anche negli altri inediti che verranno pubblicati in esclusiva da Settecolori e che l’autore presenterà ai lettori nelle tappe del suo viaggio italiano il 28 febbraio a Firenze e il primo marzo a Pistoia organizzate dall’editore Manuel Grillo. Abbiamo pertanto incontrato l’autore per conoscere meglio i nodi della sua opera e la genesi di Problema finale. 

Come nasce Il problema finale e che posto occupa all’interno della sua produzione?

Le mie opere nascono sempre nella biblioteca di una vita. Il problema finale, in particolare, nasce dall’accumulo di moltissimi anni di letture appassionate, divertite e affascinate di romanzi polizieschi. Ho sempre sostenuto che non esistono confini netti tra alta e bassa letteratura. Ci sono periodi in cui il lettore cerca profondità e riflessione, altri in cui desidera evasione, enigma, gioco. La forza della letteratura sta proprio nel rispondere alle diverse esigenze di uno stesso lettore. Sono stato, del resto, un lettore di romanzi polizieschi fin da giovanissimo.

Quali?

Agatha Christie, Erle Stanley Gardner, Conan Doyle, Edgar Wallace, Nicholas Blake, i grandi maestri del mistero e dell’enigma. Poi, col tempo, mi sono allontanato da quel genere: ho letto altro, sono cresciuto, ho viaggiato, ho scritto romanzi diversi. Ma con l’età ho riscoperto quanto il poliziesco sappia offrire un piacere particolare. Quando si è letto molto, tornare all’ingenua emozione delle prime letture, a quello stupore originario, regala un piacere raro.

Da ciò la genesi di questo libro…

Esattamente. Ho deciso di mettermi alla prova: applicare tutto ciò che avevo letto e imparato, seguendo le regole della narrativa poliziesca classica, il canone che avevo assimilato da giovane, per vedere se fossi ancora capace di costruire un grande enigma. Mi interessava soprattutto una cosa: oggi la narrativa gialla classica è stata in gran parte sostituita da una letteratura più dura, più urbana, fatta di poliziotti disillusi, violenza, sangue. L’eleganza dell’enigma sembrava qualcosa di antiquato. Mi sono chiesto se fosse possibile riportare quel modello classico nel presente, renderlo efficace per un lettore contemporaneo, ormai esperto e smaliziato. La vera sfida era proprio questa. Scrivere un romanzo che mettesse alla prova un lettore che conosce già il genere. Volevo un libro in cui detective e assassino, autore e lettore, si affrontassero direttamente.  Questo era il cuore del progetto.

Che cosa la affascina dell’arte narrativa dell’inganno?

Il funzionamento. Il cuore dell’enigma. Un buon romanzo poliziesco, se riletto, mostra con chiarezza quanto il lettore sia stato ingannato — proprio lì risiede il piacere. Per questo, prima di scrivere, ho passato due anni a “saccheggiare” la mia biblioteca: ho riletto tutta la grande letteratura poliziesca, cercando trucchi, strutture, artifici narrativi, segnando le trappole già utilizzate mille volte. Il lettore conosce quei trucchi. Sa che li conosco anch’io. Allora, come sorprenderlo? Come fargli abbassare la guardia usando proprio la sua competenza? Era una sfida sottile: giocare con la sua memoria letteraria, sfruttarla contro di lui, trasformare la sua esperienza in una debolezza.

Le è piaciuto realizzare questo romanzo enigma?

È stato un divertimento meraviglioso. Scrivere questo romanzo mi ha reso felice. Ogni romanzo è sempre uno sforzo: una struttura da reggere, personaggi da costruire, tensione da mantenere. In questo caso c’era qualcosa in più: la complicità. Il problema finale è un libro pensato per lettori consapevoli, lettori che conoscono il genere (anche se non solo per loro). Più ne sanno, più si divertono, perché non sono semplici spettatori, ma partecipanti attivi. Non volevo un lettore che osservasse la storia dall’esterno. Volevo un lettore coinvolto, chiamato in causa, costretto a pensare, a sospettare, a sbagliare. Un lettore che gioca davvero la partita fino all’ultima pagina.

Per alcuni scrivere è una forma di nostalgia. Il problema finale è un ritorno alle sue letture, a un’altra epoca della narrativa?

Senza dubbio c’è una componente nostalgica, ma non si tratta di un pastiche. Il problema finale non è un’imitazione, né un’operazione epigonale. Non volevo rifare Dieci piccoli indiani, né ripetere Assassinio sull’Orient Express o Il mastino dei Baskerville. Non mi interessava copiare modelli già esistenti, ma piuttosto giocare con essi. È un romanzo vivo che usa meccanismi narrativi conosciuti per costruire qualcosa di nuovo. Volevo evitare la nostalgia fine a sé stessa, ecco. Certo, riaffiorano la memoria e l’infanzia: le serate a casa dei nonni, mio padre che leggeva vicino al camino. C’è anche una certa nostalgia per un mondo che non esiste più: un modo di vestirsi, di parlare, di relazionarsi. Ho nostalgia dell’educazione, delle buone maniere, che oggi vedo scomparire sempre di più, in Europa e non solo. Ma, insisto, tutto questo era secondario rispetto alla sfida principale: capire se fosse possibile costruire un meccanismo narrativo nuovo usando ingredienti classici. Poi, naturalmente, è il lettore a giudicare se il risultato funziona.

Parliamo del protagonista. Chi è Hoppy?

Basil Hoppalong nasce dall’incrocio di molte passioni. Io sono stato un grande cinefilo. Sono nato nel 1951, in un’epoca in cui in Spagna la televisione ancora non esisteva. La televisione l’ho conosciuta intorno ai dodici anni. Prima di allora leggevo e andavo al cinema: cinema e libri erano il mio mondo. Ricordo benissimo i film di Sherlock Holmes interpretati da Basil Rathbone, che da bambino era il mio attore preferito. Non solo per Holmes: penso, ad esempio, al Capitan Blood di Sabatini, in cui Rathbone interpreta un pirata e duella sulla spiaggia in una scena memorabile. Per me Basil Rathbone è stato – e resta – il miglior Sherlock Holmes della storia del cinema. Ce ne sono stati altri bravissimi, ma nessuno, a mio avviso, ha raggiunto quel livello.

Il cinema gioca dunque un ruolo chiave…

Il romanzo è pieno di rimandi al cinema che ho visto, ai personaggi e alla letteratura di quell’epoca. Il romanzo ha due livelli di lettura. C’è il lettore “normale”, che si avvicina al libro senza particolari competenze di genere, come a una storia nuova. E poi c’è il lettore esperto, quello che riconosce i riferimenti, che coglie gli ammiccamenti, che sa che ogni pagina è disseminata di segnali pensati per lui. Quel lettore prova un piacere supplementare: è un lettore complice, che dialoga con l’autore, che lo anticipa, che sospetta, che si difende. È un duello continuo, non tra detective e assassino, ma tra autore e lettore. Questo gioco, questo confronto diretto, mi interessava molto. In fondo, nel duello ho messo tutto ciò che amo: il cinema, la letteratura, l’immaginario che ha riempito la mia giovinezza. Ed è lì che Il problema finale trova, forse, la sua ragion d’essere più profonda.

Lei ha dichiarato: “Per me ogni romanzo è come una nuova battaglia, quando comincio il primo capitolo mi sento sempre giovane”. Che cos’è, per Arturo Pérez-Reverte, il vizio dello scrivere?

Le battaglie invecchiano. Lo so bene, so di cosa parlo. Si combatte, si vince o si perde, ma poi si è stanchi: si ha il sangue sulle mani, si accumulano ricordi pesanti, si porta il peso di ciò che si è vissuto. Si invecchia. Si è giovani solo alla vigilia della battaglia. Ecco perché affrontare ogni nuovo romanzo come una battaglia significa, per me, tornare giovani. Quando inizio una nuova storia mi sento ringiovanito, lucido, pronto al combattimento. È una sensazione di energia, di attesa, di felicità straordinaria. Non scrivo per necessità economiche. Ho risolto la mia vita materiale da molto tempo: i miei libri si vendono in quaranta Paesi, ho milioni di lettori. Non scrivo per questo. Scrivo perché ho settantaquattro anni e sono stanco di molte cose. Ma ogni mattina, sedermi alla scrivania e tentare di vincere una nuova battaglia narrativa, provare a portare ancora una volta il lettore con me, mi fa sentire giovane. Ogni romanzo che termino mi arricchisce. Ogni romanzo che comincio mi ringiovanisce. Scrivere è la mia momentanea eterna giovinezza. 

Il suo rapporto con la lettura è cambiato nel tempo? Cosa legge oggi?

Ho letto e viaggiato tutta la vita e continuo a farlo. Ogni volta che vado a Napoli – la città che preferisco in Italia – torno sempre con la valigia piena di libri. Compro di tutto. L’italiano lo parlo male, ma lo leggo bene. Con l’età succede una cosa curiosa: la grande letteratura che “bisogna” leggere, a un certo punto, l’hai già letta quasi tutta. Le grandi scoperte sono rare. Così oggi rileggo molto. Ho studiato greco e latino, i classici sono stati fondamentali per me. Sallustio, Tito Livio, Seneca, Senofonte, Omero, Virgilio: ciò che ho imparato da loro mi è servito nella vita. Quando ho vissuto la guerra, l’orrore, il dolore, avevo già visto tutto nei libri. Questo mi ha salvato: la guerra non mi ha fatto impazzire, non mi ha distrutto. Ha avuto, per me, anche un valore intellettuale. Oggi rileggo i classici greci e latini. Stamattina, per esempio, leggevo le Lettere a Lucilio di Seneca. E nel pomeriggio, un poliziesco di Elmore Leonard. La narrativa poliziesca mi diverte, mi ossigena, mi dà energia. È come bere un buon caffè forte. O, se vuole, come una Coca-Cola ben fredda.

Tra le sue letture ci sono anche autori italiani?

Per me gli italiani sono fondamentali. Al di là dei classici, tutto Malaparte è stato per me importantissimo: Kaputt e La pelle sono stati libri decisivi, come lettore e come scrittore. E naturalmente Il Gattopardo di Tomasi di Lampedusa: per me è una delle grandi opere della letteratura mondiale. Ne possiedo una prima edizione, leggerlo fa parte dei miei piccoli rituali domestici. È un libro che amo profondamente. Ci sono poi libri italiani che mi hanno segnato da giovane. L’amante senza fissa dimora di Fruttero e Lucentini, per esempio: una storia apparentemente leggera, ambientata a Venezia, che mi colpì profondamente. E poi Cuore di Edmondo De Amicis. Lo lessi da ragazzo perché era stato il libro di scuola di mia madre. Alcuni episodi mi emozionano ancora oggi: il tamburino sardo, il piccolo scrivano fiorentino, il falegname reduce di guerra che saluta il re.

Tra i classici italiani del Novecento?

Nella mia biblioteca gli italiani sono fondamentali: da Manzoni a Moravia, da Calvino a Fenoglio. Li ho letti per tutta la vita e continuo a rileggerli.

Lei ha detto: “Un tempo la cultura era utile alla società, oggi è un analgesico”. Quale dovrebbe essere il ruolo della letteratura? 

Qui rischio di rispondere in modo brutale. Rispetto profondamente gli scrittori che credono che la letteratura possa cambiare il mondo e rendere le persone migliori. È un’aspirazione nobile. Non è la mia. Dubito che la letteratura renda il mondo migliore. Compete con troppe altre cose. Io scrivo perché sono felice scrivendo. Non ho un obiettivo morale, apostolico o salvifico. Non sento il dovere di migliorare l’umanità. Ci sono libri che cambiano la vita, certo. Ma io non aspiro a questo. Sono più umile: racconto storie perché mi piace farlo e perché mi piace condividerle con i lettori. Già da bambino, a scuola, raccontavo storie ai miei compagni, stando in piedi davanti a loro. Non ho un principio morale che governi la mia scrittura. Posso scrivere di personaggi infami, perversi, spregevoli – lo faccio spesso. La vita è fatta di bene e di male, e io uso tutto questo per raccontare storie. 

Oggi però sembra che al romanziere venga chiesto anche un posizionamento morale. Che ne pensa?

Uno scrittore è il risultato dei suoi libri. Nient’altro. Uno scrittore è ciò che pubblica. Il problema, oggi, è che esiste una parte del pubblico che pretende dall’autore non solo una storia, ma un allineamento morale ed etico. Si chiede alla narrativa di aderire agli schemi morali del XXI secolo, di rispettare codici extraletterari ed extranarrativi. Questo, per me, è un problema serio. Io, per fortuna, non lo vivo più: sono anziano, ho i miei lettori, il mio percorso è definito. Se fossi un giovane autore ne sarei preoccupato. Oggi sarebbe quasi impossibile raccontare, per esempio, la storia di un condottiero italiano del Rinascimento. Se gli attribuisci la morale di oggi, falsifichi il personaggio. Se lo racconti per quello che era, il pubblico contemporaneo si scandalizza. Le richieste che vengono fatte agli scrittori sono spesso assurde. Non hanno a che fare con la letteratura, ma con una forma di inquisizione morale. Se iniziassi ora a scrivere, probabilmente non avrei lo stesso successo. Verrei attaccato dai moralisti e dai custodi del politicamente corretto, perché nei miei romanzi ci sono cattivi affascinanti, buoni ambigui, donne nobili e donne perverse, persone meschine e persone generose. C’è la vita – che non obbedisce a un codice morale unico.

Non a caso le sue opere hanno il merito di guardare il passato con gli occhi del passato, non con quelli del presente. In che modo questa idea attraversa i suoi romanzi?

Le faccio un esempio concreto. Ho scritto un romanzo che si intitola L’italiano, pubblicato in Spagna circa sei anni fa e in Italia poco dopo. Racconta la storia dei sommozzatori italiani che durante la Seconda guerra mondiale attaccavano le navi inglesi a Gibilterra e ad Alessandria. Erano uomini coraggiosi, protagonisti di imprese straordinarie. Lavoravano però per un governo fascista, guidato da Mussolini. Questo non cancella il loro valore personale. Il romanzo non è costruito su buoni e cattivi, ma su uomini. È un racconto equo – non equidistante, ma equo – che ascolta tutti, che cerca di comprendere anche chi non la pensa come noi. Questa è la chiave di tutta la mia narrativa. Eppure i miei editori italiani avevano paura a pubblicare quel libro. Non sapevano che copertina scegliere, come presentarlo, se abbassarne il profilo. Era imbarazzante raccontare l’eroismo di uomini che combattevano sotto una bandiera oggi giudicata inaccettabile. Ma il bene e il male non sono mai netti. Esiste una vasta zona grigia, complessa, in cui si muovono gli esseri umani.

Perché la “zona grigia” è centrale nella sua opera?

Perché è la vera essenza della realtà. Ho vissuto guerre vere. Ho visto persone compiere gesti meravigliosi al mattino e atrocità la sera. Le stesse persone. Il mondo è fatto di sfumature, e ciò che è interessante in un romanzo, in un film, in qualunque forma narrativa, è muoversi in quella zona ambigua e contraddittoria. Diffido profondamente delle storie che separano nettamente il bene dal male: i buoni tutti puri, i cattivi tutti mostruosi. È una semplificazione infantile. Nella vita reale ci sono assassini e persone nobili in ogni campo. Negli anni Trenta parole come fascismo, comunismo, anarchismo non avevano ancora mostrato il loro vero volto. Non c’erano ancora stati i campi di sterminio, i gulag, le tragedie che oggi conosciamo. Era un mondo diverso.

Molti autori preferiscono scelte manichee. Per cui il male è sempre il male assoluto…

…ma il male assoluto è narrativamente noioso oltre che falso. Se so che qualcuno è soltanto cattivo, smette di interessarmi. Invece è interessante il criminale che ama la madre, il padre affettuoso che commette un crimine, l’uomo perbene che, spinto dal dolore, scivola nell’oscurità. Penso, per esempio, a Un borghese piccolo piccolo, quel film straordinario in cui un uomo comune tortura l’assassino di suo figlio. È lì, nel conflitto interiore, nella contraddizione, che l’essere umano diventa interessante. Per questo tutti i miei romanzi abitano la zona grigia. Se la letteratura si piega a piacere al commentatore televisivo di turno o al moralista del momento, produrrà solo cattivi libri. E una letteratura che rinuncia alla complessità è una letteratura morta. Soprattutto, è una letteratura che non mi interessa. 

Tra le prossime opere che pubblicherà per Settecolori c’è L’isola della donna addormentata. Può raccontarci di che libro si tratta?

È una storia basata su fatti reali, naturalmente romanzata. Durante la Guerra civile spagnola le navi che trasportavano materiali dall’Unione Sovietica verso la Repubblica vennero attaccate nel Mar Egeo da unità italiane alleate di Franco. Questo è il fatto storico: furono affondati due sommergibili e diverse navi sovietiche. A partire da questo episodio ho immaginato una vicenda in cui un gruppo di mercenari, guidati da spagnoli, opera dalle isole dell’Egeo contro il traffico sovietico. Attorno a questa trama ruotano un’isola, una famiglia, una donna, un marinaio spagnolo e un equipaggio che vive avventure di mare. Ma al centro, più di ogni altra cosa, c’è una storia di solitudine: quella di una donna che ha sposato l’uomo sbagliato.

Protagonista di questo storia come nel Problema finale è anche il mare, il mediterraneo. Lei ha detto: “La mia patria è il Mediterraneo”. Che ruolo ha questo spazio geografico nella sua vita e nella sua scrittura?

Sono cresciuto a Cartagena, l’antica Nova Carthago, fondata dai Fenici e poi città romana. Da bambino, quando facevo immersioni, trovavo anfore romane e greche. Sono cresciuto tra rovine romane, greche, arabe, bizantine. Nella mia famiglia c’erano libri sulla storia del Mediterraneo, fin da giovane ho navigato studiando il greco e il latino. Il Mediterraneo è il luogo da cui viene ogni cosa: le legioni romane, il marmo, gli dèi, l’olio d’oliva, il vino, i libri, la cultura, la memoria. Sono cresciuto durante il franchismo, ma mio padre mi diceva sempre: “Tu sei europeo, più che spagnolo. Sei mediterraneo. La tua patria è il Mediterraneo”. Le politiche cambiano, le dittature passano, ma il Mediterraneo resta: antico, saggio, immutabile. È lì che si trova la spiegazione di tutto. Oggi non credo più nelle patrie, nelle bandiere, nelle religioni, nei politici. La mia vita di guerra non mi ha aiutato a credere nell’essere umano. Ma il Mediterraneo resta: come consolazione, come memoria, come spiegazione. Ho una barca a vela, navigo ancora, passo molto tempo in mare. Gettare l’ancora accanto a un tempio greco, immergersi vicino a resti fenici, mi restituisce uno sguardo lucido e critico sull’Europa miserabile che stiamo vivendo.

Come vede il nostro Vecchio Continente?

Questa Europa si è ridotta ad essere un decadente parco tematico: ha perso decenza, onestà e cultura. Priva di vitalità, si rintana nella frenesia. Smarrendo ogni slancio, ogni saggezza. Il Mediterraneo è un antidoto contro questa decadenza: non elimina il dolore, ma aiuta a sopportarlo. È lì che mi sento a casa: casa mia è in un caffè di Napoli, Istanbul o Beirut più che Londra o New York. Quando vado in Italia non mi sento all’estero: vado a trovare dei cugini. Lo stesso vale per la Turchia, l’Egitto, il Marocco. Questo è il mio mondo. Se dovessi scegliere un luogo per finire la mia vita, vorrei fosse il Mediterraneo. È un buon posto per morire.

Falcó, Alatriste, Hoppy: personaggi diversi ma intensamente vivi. Cosa li accomuna?

La mia biografia. Scrivo di ciò che ho letto, del cinema che ho visto, di quello che ho vissuto. Sono stato fortunato: fin da giovane sono partito per il mondo con i libri nello zaino. Quando vedevo bruciare Beirut e Sarajevo, quando assistevo a violenze disumane in Angola o in Salvador, conoscevo già quei fatti perché li avevo letti. I libri mi hanno preparato alla vita.

Cosa sarebbe stata la sua vita priva della lettura?

Senza i libri sarei impazzito, sarei stato tormentato di traumi. I libri mi hanno aiutato a comprendere. Sono ciò che ho letto più di ciò che ho vissuto, più di ciò che immagino. Nessuno dei miei personaggi sono io, ma tutti guardano il mondo come lo guardo io. Sono cresciuto in una casa piena di libri: quelli di mio padre, della nonna paterna e di quella materna. Ho iniziato leggendo libri semplici e poi sempre più complessi. Ho studiato greco e latino, ho tradotto Virgilio, Senofonte, Omero, Cicerone. Tutto questo ha edificato il mio territorio interiore. I libri sono all’origine di tutto e sono anche alla fine di tutto. Senza i libri non sarei nulla. Forse sarei stato un avventuriero, un marinaio… ma vuoto. Ecco i libri mi hanno dato profondità, lucidità, capacità di interpretare il mondo. Mi hanno fatto prima giornalista – volevo vedere se il mondo era come lo avevo letto nei libri – e poi romanziere, perché volevo raccontarlo come avevano fatto i miei autori più amati.

C’è un libro che sogna ancora di scrivere?

No. Non più. Non so quanto tempo mi resta, né per quanto conserverò lucidità e immaginazione. So solo che ora devo scegliere con attenzione. Non posso più scrivere qualsiasi libro: devo decidere quali storie far vivere e quali lasciar morire con me. È doloroso. Sapere che alcune non le scriverò mai è forse la parte più dura di questa fase della vita.

Che ruolo ha la Guerra civile spagnola nella sua opera?

Non uno speciale. È una guerra come le altre. In Spagna è ancora un trauma, ma io sono cresciuto con persone che l’avevano combattuta da entrambe le parti e poi ho vissuto le mie guerre. Per me quella guerra non è diversa da quelle che ho visto in Bosnia, Libano, Angola, El Salvador. Narrativamente, è una guerra in più. Se poi, come spagnolo, a volte entro nelle polemiche, è perché qui la guerra civile viene ancora usata come arma politica. Ma come materia narrativa non occupa un posto centrale. 

https://www.pangea.news/perez-reverte-intervista/

12 febrero 2026

Javier Cercas gana el XI Premio de Periodismo de Opinión Raúl del Pozo


Sergio C. Fanjul - El País - 12/02/2026

Javier Cercas (Cáceres, 1962) ha sido galardonado este jueves con el XI Premio de Periodismo de Opinión Raúl del Pozo, que distingue a periodistas y escritores que contribuyen con su trabajo a sustentar la prensa democrática y la opinión libre.

“Estoy muy orgulloso de que haya pensado en mí este jurado compuesto por periodistas de verdad”, explica Cercas en declaraciones a este periódico. “Estoy también un poco abrumado porque no soy periodista... Me han dado algunos premios en este campo, pero cada vez que ocurre tengo que aclarar que yo no me considero un periodista: yo me considero un novelista. El periodismo me parece algo demasiado serio para que yo me considere tal cosa”, explica. Desde hace once años, este premio (sin dotación económica, pero que incluye una cena con el jurado) se destina a reconocer y valorar una labor destacada en el periodismo político español a lo largo del año anterior.

Lo que sí se considera Cercas es un escritor de periódicos, ya que lleva casi 30 años publicando cada dos semanas su columna en 'El País'. Es esta una figura que, como explica, ha tenido suma importancia en las letras españolas. Y pone ejemplos: Larra, “el mejor prosista español del XIX”, Ortega y Gasset, filósofo fundamental del XX, y algunos de los grandes escritores como Azorín o Josep Pla. “Todos ellos escritores de periódicos”, dice Cercas.

“Con esto quiero decir que soy novelista, pero que la escritura en los periódicos me la tomo con la misma seriedad que me tomo las novelas. Yo quiero que una página mía para un periódico esté tan bien escrita como una página para una novela. Reescribo tanto una como la otra: deben tener la misma consistencia literaria”, señala. El autor de 'El loco del fin del mundo', 'El impostor', 'Soldados de Salamina' o 'Anatomía de un instante', novelas con una fuerte carga de eso que llamamos realidad o no ficción —hecho que también entronca de alguna manera con su trabajo en los periódicos—, ha colaborado en la Cadena SER y en medios como 'El Periódico de Catalunya' o 'Crónica Global'. “Tener una columna en 'El País' en la que uno puede decir lo que le da la gana y como le da la gana es uno de los mayores privilegios que puede tener un escritor en nuestra lengua”, reconoce el autor, que en 2023 publicó 'No callar' (Tusquets), una compilación de sus ensayos y artículos entre 2020 y 2022.

¿Qué relación hay entre el novelista y el articulista? “Es compleja, y en cierto sentido esos dos personajes se oponen”, indica el autor. Para la escritura de novelas predomina la parte irracional, pero en los artículos ha de primar la racional. “Si no, tendría un problema”, añade. “Ambos conviven en tensión permanente en mí. Espero que sea una tensión fructífera. Útimamente mis columnas son pequeños ensayos, a veces relatos… Esa misma mezcla de ensayo, relato y autobiografía que hay en mis novelas”.

No es la única diferencia. “Soy un novelista, pero también soy un ciudadano normal y corriente, con los mismos derechos y deberes que otro. El novelista no tiene reglas, trabaja con una libertad total, puede escribir todas las locuras y barbaridades —y, de hecho, debe hacerlo—; pero el ciudadano sigue las mismas normas que cualquier otro ciudadano”, señala Cercas, que apostilla la diferencia fundamental: “El novelista nunca debe tomar partido, el columnista tarde o temprano tiene que hacerlo”.

El jurado de esta edición del premio ha estado integrado por los periodistas y escritores Antonio Lucas, Manuel Jabois, Edu Galán, María José Solano, Juanma Lamet, Marta Flich y Arturo Pérez-Reverte, así como por el fallecido David Gistau como presidente perpetuo, en homenaje de sus compañeros. En anteriores ediciones el premio fue otorgado a Enric González, Soledad Gallego-Díaz, Pedro García Cuartango, Carlos Alsina, Manuel Vicent, Lucía Méndez, Lydia Cacho, Ignacio Camacho y Sergio del Molino.

https://elpais.com/cultura/2026-02-12/javier-cercas-gana-el-xi-premio-de-periodismo-de-opinion-raul-del-pozo-el-novelista-no-debe-tomar-partido-el-columnista-tiene-que-hacerlo.html

https://www.elmundo.es/cultura/literatura/2026/02/13/698ec0a4e9cf4afd468b45a8.html

11 febrero 2026

La Guerra Civil de Arturo Pérez-Reverte

Ángel Peña - The Objective - 10/02/2026

«Los dos jóvenes apoyan otra vez los fusiles en el árbol, se sientan a la sombra y terminan de liar los cigarrillos. Zumban los mosquitos y suena el chirriar confiado de las cigarras». Así termina Línea de fuego. No es el peor spoiler de la historia. Podríamos ir unas páginas más atrás para averiguar en qué bando luchaban los dos jóvenes, pero prefiero hacer otro spoiler, este más personal: tras 675 páginas de infierno, me da igual si son fascistas o rojos, republicanos o nacionales, solo quiero que esos dos jóvenes y todos los demás personajes de la novela y de más acá de la novela salgan de una vez de esa inmensa mierda que, al parecer, algunos prefieren infinita, y puedan hablar de ella serenamente, como algo que ya fue y no debe volver a ser jamás.

Arturo Pérez-Reverte publicó 'Línea de fuego' en octubre de 2020. Vendió muchos ejemplares, como es habitual en él, y ganó el prestigioso Premio de la Crítica, algo menos habitual. Ya explicamos en su momento cómo y por qué quiso retratar el autor nuestro gran trauma nacional desde las trincheras, tal y como la vivieron (y, sobre todo, la murieron) sus verdaderos protagonistas, los combatientes. Otra cosa, deja muy claro el libro, era la retaguardia. Era, es y probablemente seguirá siendo.

La editorial Alfaguara publica ahora una edición especial «en conmemoración del 90 aniversario de la Guerra Civil». No es un aniversario demasiado redondo, pero la polémica por el aplazamiento de unas jornadas en Sevilla sobre la Guerra Civil le ha proporcionado una relevancia bastante significativa. 

La edición se vende en un estuche que incluye la novela y un libro de 91 páginas con abundante material extra. Arranca este último con un breve texto del propio Pérez-Reverte que lleva por título el mismo que las famosas jornadas interruptus de Sevilla: La guerra que todos perdimos. Siguen un detallado análisis por Enrique Moradiellos sobre «el arte de representar literariamente una guerra civil», una amplia «conversación» del autor con Sergio Vila-Sanjuán en octubre de 2020 y una abundante documentación sobre la creación de la novela y, sobre todo, su recepción, con resúmenes de una buena cantidad de reseñas en prensa.

Lo más llamativo, por supuesto, y más después del follón de Sevilla, es el texto del propio autor. Dice: «Han pasado casi seis años desde que se publicó esta novela en España, y eso me da tiempo suficiente para comprobar sus efectos. Que han sido interesantes, incluso educativos para mí. Los lectores respondieron con su habitual generosidad y eso aumentó mi larga deuda con ellos. También las reseñas críticas en páginas y suplementos culturales fueron casi todas favorables, para mi sorpresa. Y esta sorpresa se vio aumentada por la concesión del Premio de la Crítica, inesperado por la rareza de un reconocimiento unánime en lo que a mis novelas se refiere». ¿Intuyó, o quiso intuir, Pérez-Reverte que ya se podía hablar civilizadamente de la Guerra Incivil, que diría Unamuno?

No seamos ingenuos. Evidentemente, tenía sus dudas. Sigue el texto: «El casi […] se debió a un único reseñador, en el suplemento cultural de un importante diario de edición nacional». Aunque admite que las críticas favorables son «gajes del oficio», dice Pérez-Reverte que recuerda esa «por su carácter pintoresco, que precisamente desnuda la principal razón por la que escribí 'Línea de fuego'. Afirmaba el crítico […] —en ese momento máximo responsable de cultura del diario— que contar una batalla de la Guerra Civil desde ambos bandos tratando con idéntica objetividad a unos y otros combatientes era favorecer al bando llamado nacional, o franquista».

Y entonces dispara: «En la nuestra y en todas las guerras civiles que en el mundo han sido, una cosa es la bondad o maldad de las ideas, las causas, las motivaciones que desde arriba enfrentan a los bandos y llevan a la gente a matarse entre ella, y otra muy distinta la realidad que abajo, en las trincheras, en los campos de batalla, viven seres humanos obligados a luchar y morir por ideas propias —una minoría, y eso no me lo ha contado nadie—-, por azar o por simples circunstancias».

En la novela, el soldado Panizo reivindica una ética de la guerra: «Yo mato fachistas, no los asesino […] Para eso están los hijos de puta de nuestra retaguardia… Los milicianos que defienden a la República en los burdeles y los cafés». Y en el texto de cuatro años después, continúa Pérez-Reverte: «Y mientras como ocurrió en nuestra Guerra Civil las retaguardias son coto de caza de manipuladores, oportunistas. Canallas y asesinos, en los frentes de batalla, en la línea de fuego propiamente dicha, las cosas varían. En ese mundo que llegué a conocer muy bien no sirven los discursos moralizantes; lo que allí importa es la manera en que los seres humanos afrontan el sufrimiento, el horror y la muerte, y también cómo se manifiestan la crueldad y la compasión, la cobardía y el heroísmo, la bajeza y la decencia».

Seres humanos que, mientras están allí, se dedican a perder. Muchas veces la vida, siempre la paz. Pérez-Reverte presenta sus credenciales para contarlo: «Veintiún años como reportero en conflictos armados y nuestra tragedia civil contada por quienes la protagonizaron —mi abuelo, mi tío y mi padre lucharon por la República— me dan cierta autoridad para afirmar lo que afirmo».

Y entonces remata: «¿En serio puede haber imbéciles capaces de comparar a los soldados del frente con los políticos y generales de uno y otro signo, o con la chusma criminal que, emboscada en las respectivas retaguardias, robó y asesinó con impunidad, llenando de cadáveres cementerios y cunetas que las familias de unos exhumaron apenas vencieron y las de otros tardaron medio siglo en poder recuperar?»

Todo apunta a que la reseña a la que se refiere es la de Jordi Gracia en el suplemento 'Babelia' de 'El País', titulada: 'La Guerra Civil de Pérez-Reverte, demasiada pedagogía'. Curiosamente, Gracia acaba de publicar en el mismo medio una reseña del último libro del gran antagonista de Pérez-Reverte en la polémica de Sevilla. El titular: 'El Premio Nadal de David Uclés: un pastiche plano, mohíno y desaborío'. Gracia, autor de artículos tan literarios como 'Franco se le hace bola a Feijóo (y a Ayuso)' o 'Los medios de derechas y el cuento de la neutralidad', no había reseñado en 'Babelia' ninguno de los cinco premios Nadal anteriores. Este sí. ¿Equidistancia de última hora con el woke cancelador de capa caída por el hartazgo generalizado del personal?

Aunque también hay quien aprecia algo parecido a la inquina hacia cierto grupo editorial: véanse las reseñas de Gracia a los tres últimos premios Planeta (aquí sí que repite…): 'Vera, una historia de amor, de Juan del Val, ganadora del premio Planeta: una insipidez pavorosa', 'Victoria, de Paloma Sánchez-Garnica: un Planeta plagado de almíbar, trufado de tragedias y sin literatura', 'Las hijas de la criada: el fallido folletín de Sonsoles Ónega y la autoinmolación del Premio Planeta'. Para la edición anterior, la de 2022, prefirió unir las críticas del ganador y el finalista bajo el título 'La inanidad del Premio Planeta'. Que sí, que literariamente los Planeta tienden últimamente al pestiño más lamentable. Pero… ¿Por qué se tortura Gracia leyéndolos con tanto detenimiento?

Que cada cual haga sus ecuaciones y despeje la equis que le dé la gana.

Unas páginas más adelante en el libro conmemorativo, mediada la conversación con Vila-Sanjuán, Pérez-Reverte abre el objetivo para abarcar un panorama más general: «Esa necesidad tan española de trazar líneas, blanco y negro, rojo y azul, esa vil, infame y a menudo peligrosísima facilidad española para decir ‘nosotros y ellos’ y negar al adversario cualquier virtud y aceptar todo lo de tu bando como bueno es lo que más me crispa, enfada y enfurece, porque linda con la estupidez. Eso es ya o fanatismo o estupidez, y a veces las dos cosas. El peor enemigo de la humanidad no es el mal, insisto, es el fanatismo y la estupidez, sobre todo cuando se alían».

Ya metido en materia, Vila-Sanjuán arranca lo, quizá, más parecido a una adscripción ideológica que se le puede arrancar a Pérez-Reverte: el chaveznogalismo. Cuando menciona a Chaves Nogales, el autor de Línea de fuego salta como un resorte: «Es paradigmático porque, siendo un hombre de izquierdas y un republicano que se esfuerza y trabaja para la República, al final se horroriza tanto de unos como de otros, y dice: ‘Tanto miedo me daban los asesinos del tercio como los analfabetos criminales milicianos’. Se va horrorizado y asqueado y dice: ‘Da igual el que gane, habrá un dictador en España’. Ese hecho no le fue perdonado ni por unos ni por otros. Por eso fue tan apartado. Me di cuenta de que era uno de los nuestros. Uno de los míos. Uno de los que me ayudaban a entender. No generaba rencor y odio, sino comprensión y terror, y espanto ante la barbarie. Me enamoré de él, hice artículos sobre él, y poco a poco los chavesnogalianos nos fuimos reconociendo unos a otros».

Hay mucho más en ese libro conmemorativo que acompaña la nueva edición de 'Línea de fuego', pero hace ya rato que pasé de las 600 palabras. Concluyamos que propicia un completo y fructífero acercamiento a una novela que ya adquirió un tamaño importante en su momento —recuérdese esa «unanimidad» del Premio de la Crítica—, diría que incluso lo dejaba bastante próximo a un hipotético concepto de Novela sobre la Guerra Civil por antonomasia de este tramo ya avanzado de siglo XXI. Vila-Sanjuán apunta que el conflicto «cada cierto tiempo da un gran superventas. En la época de Franco fue Gironella, en el año 2001, Cercas…» ¿Algo parecido a la etiqueta de Gran Novela Americana unánimemente aceptada por los estadounidenses (de cualquier ideología), que necesitan expresar las nuevas formas en que su identidad es puesta en peligro una y otra vez por ciertas desmesuras… y rescatada por las mismas virtudes de fondo?

La identidad española parece encallada en cierto cainismo, y el autor que intenta apuntar a un posible rescate en forma de lucidez suele recibir más palos que zanahorias. Pérez-Reverte le explica a Vila-Sanjuán que, durante mucho tiempo, la Guerra Civil no le interesaba «como materia principal narrativa porque pensaba, justamente, que ya había sido muy, y además muy bien escrita». Pero, «al ver el discurso que se está planteando en los últimos tiempos, que ha muerto la gente que fue testigo de aquello y que sólo queda el discurso ideológico, pero ya no los testimonios que permiten templar la ideología, pensé que sería incluso útil escribir esta novela. Para mí, por supuesto, porque quería ordenar un par de ideas, y también quizá para los lectores. Creo que era el momento. Dije: ‘Ahora sí’, y me puse a ello».

Y en ello estamos.

Los movimientos telúricos que dieron lugar al terremoto de Sevilla parecen indicar que esta novela ha tocado una placa tectónica clave de nuestra identidad. Para bien o para mal, signifique una cosa u otra, lo más lógico quizá sea realizar el extravagante esfuerzo de leerla.

https://theobjective.com/cultura/literatura/2026-02-10/guerra-civil-arturo-perez-reverte/

05 febrero 2026

'Misión en París': Reabriendo la herida hermosa de Alatriste

Rafael Ramírez - rafaramirez.org - 05/02/2026

Hoy os traigo una nueva lectura recomendada, se trata de 'Misión en París'. La obra llega como un regreso largamente esperado, casi como si Pérez‑Reverte hubiera dejado a Alatriste detenido en un gesto a medio hacer durante catorce años y, de pronto, lo viéramos volver a cabalgar bajo la lluvia parisina con la misma mezcla de cansancio, lucidez y fatalismo que siempre lo ha definido.

Hay algo profundamente conmovedor en esta octava entrega de las aventuras del capitán Alatriste: no solo porque marca el 30.º aniversario de la serie y recupera a un personaje que ya forma parte del imaginario colectivo español, sino porque lo hace sin nostalgia impostada ni arqueología literaria, con la naturalidad de quien retoma una conversación interrumpida ayer. La novela comienza —como indican las sinopsis oficiales— a medianoche, cuando los relojes de París dan la hora y cuatro jinetes entran por la Puerta de Saint-Jacques. Esta imagen basta para situar al lector en el universo revertiano: un mundo de acero, barro, lealtades frágiles y una dignidad que solo se sostiene a base de cicatrices.

La trama, situada después de la peligrosa misión veneciana narrada en 'El puente de los Asesinos', vuelve a reunir a Íñigo Balboa, Quevedo, Copons y, por supuesto, al capitán. Íñigo, ya convertido en correo real del rey católico, espera en París para entregar unos despachos al conde de Guadalmedina. Este punto de partida, aparentemente sencillo, es la excusa perfecta para desplegar lo que Pérez-Reverte hace mejor: convertir la historia en un tablero de sombras donde cada gesto tiene un eco político, cada callejón esconde una emboscada y cada conversación puede ser la antesala de una traición.

Lo interesante de 'Misión en París' no es solo el argumento —que, como siempre, mezcla intriga, diplomacia, espadazos y humor seco—, sino la manera en que la novela entabla un diálogo con la tradición. Reverte vuelve a ser ese heredero contemporáneo de Dumas y Salgari que Umberto Eco celebraba, pero también un escritor que ha depurado su estilo hasta convertirlo en una herramienta quirúrgica: frases tensas, diálogos afilados y descripciones que buscan la precisión emocional más que el adorno. París, en sus manos, no es la ciudad romántica de postal, sino un escenario de tensiones europeas, un hervidero de intereses cruzados donde los españoles caminan con la sensación de estar siempre en territorio ajeno.

Además, se aprecia una madurez evidente en la mirada sobre Alatriste. El capitán ya no es solo el soldado taciturno que sobrevive a base de honor y mala leche, sino un hombre que carga con el peso de su pasado, consciente de que su tiempo se agota, pero todavía capaz de una lealtad feroz. Íñigo, por su parte, narra con la mezcla de admiración, ironía y melancolía que siempre ha sido la columna vertebral emocional de la saga.

Lo más notable es que 'Misión en París' no pretende reinventar la serie, sino reafirmarla. Es una novela que confía en la fuerza de sus personajes, en la eficacia de su ritmo y en la capacidad del lector para disfrutar de una aventura clásica sin artificios. Y, sin embargo, se percibe un poso de celebración, la sensación de que este regreso es también un homenaje a treinta años de fidelidad entre autor, personajes y lectores.

En definitiva, es un libro que se lee con el placer de reencontrarse con viejos amigos que, pese al tiempo transcurrido, siguen siendo exactamente quienes debían ser. A todos les sienta bien París: les da un aire de despedida elegante, de misión peligrosa pero inevitable, de esas historias que uno sabe que recordará por la forma en que mezclan la épica con la intimidad.

https://rafaramirez.org/blog/index.php/2026/02/05/mision-en-paris-de-arturo-perez-reverte-lectura-recomendada/

01 febrero 2026

La guerra que todos seguimos perdiendo


El Mundo - 01/02/2026

No fue un error. No fue un malentendido. No fue un exceso puntual, fruto de los nervios o de una sensibilidad mal calibrada. Ni siquiera fue la marcha atrás, en forma de patético lloriqueo público, de un novelista presionado por los suyos. Los ataques de la izquierda radical al debate que iba a celebrarse en Sevilla en torno a la Guerra Civil un debate concebido desde la pluralidad, el rigor y la discusión razonada deben interpretarse como lo que realmente fueron: un acto deliberado de intimidación ideológica y un síntoma evidente de la enfermedad que degrada la vida cultural y política española.

Durante mucho tiempo, en España como en el resto del mundo, se asumió que el gran enemigo de la democracia era la censura explícita: la prohibición legal, el cierre de medios, la persecución física del disidente. Hoy, sin embargo, el fenómeno adopta formas más sofisticadas y eficaces. No hace falta prohibir un acto cultural si se consigue desacreditarlo públicamente. ¿Para qué debatir si es más fácil y barato amedrentar? El resultado es idéntico.

Lo ocurrido en Sevilla no fue un episodio aislado sino un hecho gravísimo: la manifestación miserable de una tendencia cada vez más extendida. La sustitución de ideas por consignas impuestas, del diálogo por el sectarismo y del pensamiento crítico por la adhesión identitaria. En este nuevo procedimiento adoptado en España tanto por la extrema derecha como por la extrema izquierda no se discute para comprender, sino para marcar fronteras; no se argumenta para persuadir, sino para expulsar; no se escucha para aprender, sino para detectar desviaciones. Y en ese ámbito, especialmente para la izquierda radical española, sus figuras políticas, medios afines y palmeros sectarios de plantilla, la Guerra Civil se ha convertido en elemento ideal de tan lamentable práctica. En siniestro buque insignia de un chato e irracional planteamiento político.

Esta actitud parte de una idea profundamente antidemocrática: la sociedad no es capaz de enfrentarse a lo complejo sin extraviarse, el ciudadano necesita ser protegido de las ideas incómodas, el debate plural es un riesgo y no una riqueza. Bajo esta lógica paternalista, el pensamiento deja de ser un ejercicio de libertad para convertirse en una actividad sospechosa. Y lo paradójico es que esta condena del debate se produce en nombre de valores que, históricamente, se asociaron a la ampliación de libertades. Se apela a la memoria, a la justicia, a la dignidad; pero se emplean métodos que niegan el pluralismo, desconfían de la razón y sustituyen el argumento por la consigna. Cualquier opinión contraria venga de donde venga, incluso dentro de la propia izquierda, se califica de fascismo. Y el miedo a ser llamado fascista, la necesidad de gritar más fuerte que nadie para evitarlo, da lugar a episodios de cobardía y claudicación como los que hemos visto en torno a las jornadas de Sevilla.

Para comprender la gravedad de esta deriva conviene mirar atrás. La Transición española fue un proceso de renuncias, tensiones y ambigüedades. No fue un relato épico ni moralmente puro, pero tuvo una virtud hoy olvidada: dialogaron personas que tenían muchos motivos para no hacerlo: antiguos franquistas y opositores al régimen, comunistas perseguidos y ministros del Movimiento, exiliados y herederos del poder. No porque compartieran una misma visión de España, sino porque entendieron que sin diálogo no había futuro. Ahí están los nombres, a menudo simplificados o caricaturizados en el debate contemporáneo. Todo estuvo lleno de tensión, miedo y renuncias dolorosas. Pero hubo una certeza común: la democracia no podía construirse con la exclusión del adversario. La memoria del conflicto estaba demasiado viva como para repetir los viejos errores.

Ese clima dialogante no fue ingenuidad ni claudicación, sino conciencia histórica. Quienes protagonizaron la Transición sabían que cuando el adversario deja de ser interlocutor y se vuelve enemigo, el conflicto es irresoluble. Adolfo Suárez, proveniente del aparato del régimen franquista, comprendió que la reforma sólo era posible desde dentro y asumió costes personales enormes. Santiago Carrillo, secretario general del Partido Comunista, aceptó la monarquía y la bandera rojigualda no por convicción, sino por cálculo democrático. Manuel Fraga, ministro durante el franquismo, representó una derecha que decidió integrarse en el nuevo sistema en vez de dinamitarlo desde fuera. Y nada de esto fue limpio, ni fácil.

La legalización del Partido Comunista dos años después de la muerte de Franco constituyó un acto de enorme riesgo político, no sólo por la reacción de sectores del ejército, sino porque implicaba reconocer como interlocutor legítimo a quien había sido demonizado durante décadas. Aquella decisión no se tomó porque el comunismo dejara de ser incómodo, sino porque se entendió que sin integrar a los comunistas no habría democracia estable. En 1977, Fraga presentó a Carrillo en el Club Siglo XXI. Los Pactos de la Moncloa, en octubre de ese mismo año, son otro ejemplo revelador: en plena crisis económica y conflictividad social extrema, fuerzas políticas y sindicatos ideológicamente enfrentados aceptaron sentarse a negociar. Nadie venció, todos cedieron porque se asumió que el diálogo era preferible al colapso. Y también la Constitución de 1978 es un texto hecho con nobles renuncias: republicanos aceptaron la monarquía, centralistas aceptaron el Estado autonómico, conservadores aceptaron derechos sociales, izquierdistas aceptaron una economía de mercado. No porque creyeran que el texto era perfecto, sino porque era posible.

Comparado con aquello, estremece el miedo actual al debate. La intolerancia suicida. Hoy, cuando no hay violencia política ni amenaza de involución militar, se tolera menos la palabra libre que en los años setenta. Lo que entonces se entendía como necesidad democrática se percibe ahora como amenaza moral; como apología del fascismo, de la masonería, del comunismo. La inminencia de un debate plural y ecuánime sobre la Guerra Civil en Sevilla, dando la palabra a cuantos desearan usarla asistirían el ex presidente Aznar y el político Espinosa de los Monteros, pero también el ministro Félix Bolaños y una prestigiosa nómina de historiadores, estudiosos y periodistas, provocó reacciones airadas en la extrema izquierda VOX se había negado desde el principio a asistir y desencadenó una campaña de presión y descalificaciones que hicieron recular a los más débiles o cobardes entre quienes, varios meses antes, habían prometido su asistencia sabiendo perfectamente quiénes iban a figurar en el cartel. Renunciaron los novelistas David Uclés y Paco Cerdá, el coordinador de Izquierda Unida Antonio Maíllo, la vicesecretaria del PSOE andaluz María Márquez, la historiadora Zira Box que confirmó públicamente las presiones recibidas y la presidenta del Consejo de Estado Carmen Calvo.

Lo advirtió Hannah Arendt al analizar los mecanismos del pensamiento totalitario: el mayor peligro es la destrucción del espacio común donde las cosas pueden discutirse. En este ámbito, la paradoja resulta evidente: quienes se autoproclaman herederos y paladines de la verdadera democracia reproducen mecanismos profundamente autoritarios: no consienten la discrepancia, desconfían de la libertad intelectual y consideran legítimo silenciar al adversario. También en el extremo opuesto del paisaje político, donde soplan aires dictatoriales de otro signo, aspiran a lo mismo: unos apelan al orden y la tradición, otros a una intocable superioridad moral. Y la censura que ambos ejercen todavía ejercida más ruidosamente por la izquierda, pero den ustedes tiempo al tiempo es eficaz porque no necesita justificarse. No argumenta, sino que señala; no persuade, sino que estigmatiza. Y una vez estigmatizado el interlocutor, su palabra queda automáticamente deslegitimada. El debate muere antes de empezar.

La primera consecuencia es la autocensura: historiadores, escritores, periodistas y profesores aprenden qué asuntos evitar y qué enfoques son peligrosos. El silencio pasa a ser voluntario y llega el miedo a pensar en voz alta. Defender hoy el debate ecuánime no es cómodo: exige valor, porque implica resistir presiones, soportar insultos y aceptar riesgos. La segunda consecuencia, eliminado el debate racional, es el enfrentamiento emocional: sentimientos contra ideas. La tercera consecuencia es la degradación de la auténtica y objetiva memoria. Recordar y honrar no es reavivar rencores y odios, sino estudiar, comprender, explicar situaciones trágicas y aceptar hechos complejos. Cuando el pasado se utiliza para envenenar el presente, deja de ser memoria legítima y se convierte en turbia arma política.

Frente a esta deriva conviene recuperar una idea central del pensamiento liberal democrático europeo, desde Ortega y Gasset hasta los teóricos contemporáneos del pluralismo: la democracia no consiste en eliminar el conflicto, sino en civilizarlo. No es imponer una verdad única, sino crear las condiciones para que verdades parciales o incómodas puedan confrontarse sin miedo. Lo ocurrido en Sevilla debe leerse en esta inquietante clave. Cuando una sociedad teme el debate, algo huele a podrido en ella. Lo grave no es que existan ideas que molesten a otros; lo grave es que deje de considerarse legítimo que molesten.

Seamos justos: este clima infame no es exclusivamente español. Se observa en universidades anglosajonas, en debates sobre memoria colonial, en discusiones sobre identidad nacional en Europa. Pero en España adquiere una aspereza particular porque se aplica a un acontecimiento histórico que debería habernos vacunado contra el dogmatismo: una cruel guerra civil, desencadenada por un golpe de estado militar, donde sin duda hubo un bando vencedor y un bando derrotado; pero en la que todos los españoles de entonces y de las posteriores generaciones perdimos mucho quizá también lo habríamos perdido con la victoria de los otros, como valerosamente sostuvo Chaves Nogales: la libertad, la justicia, el progreso, los derechos civiles, la liberación de la mujer, la dignidad y la democracia. Ésa, y no la otra, es la guerra que todos perdimos. La que, sin signos de interrogación, daba y dará título en el próximo mes de octubre a la XI edición de Letras en Sevilla.

Uno de los espacios donde el daño se manifiesta hoy con mayor claridad es la universidad: concebida como un lugar para la discusión rigurosa y la exposición de ideas incómodas, empieza a ser un espacio de asfixiante protección emocional. Durante el franquismo y todavía en la Transición, la universidad fue un lugar de riesgo real: pensar tenía consecuencias, discutir aparejaba riesgos personales. Hoy, cuando ese riesgo ha desaparecido, se tolera menos el conflicto intelectual que cuando opinar en voz alta era peligroso. La aparición de listas negras, vetos informales, campañas de presión estudiantil y exigencias de cancelación de actos prueban que la universidad ha dejado de ser un foro de confrontación argumental y es un entorno de validación moral. El ocaso de la inteligencia.

En las redes sociales, el fenómeno se ve agravado por el ruido, el anonimato, la ignorancia y la mala fe que polarizan cualquier asunto por mínimo que sea. En lugar de fomentar una relación adulta con el mundo y sus circunstancias, con el presente y el pasado, suele imponerse un repertorio de lealtades obligatorias que transforman la conversación pública en una sucesión de insultos y juicios sumarios. El razonamiento extenso recula frente a la indignación breve; la duda es percibida como traición; la discrepancia, como delito. En este contexto el debate es imposible. La consecuencia es una opinión pública elemental e irreflexiva, donde una reputación se destruye en horas y la lógica carece de valor. Una frase sacada de contexto, una fotografía manipulada, una cita incompleta bastan para activar el linchamiento. Cercados por el fragor de la ignorancia y la mala fe si juntas a un malvado con mil tontos obtienes mil y un malvados, el historiador, el pensador, el escritor o el periodista libres dejan de ser referentes o interlocutores válidos y pasan a ser sospechosos. Ya no se les atiende ni responde: se los denuncia, se los cancela.

Conviene introducir una comparación europea. Alemania aborda su pasado traumático el nazismo desde una combinación de memoria institucional y libertad académica: negar el Holocausto es delito, pero debatir sobre las responsabilidades sociales, culturales o históricas del nazismo no lo es. En Francia, el debate sobre la colaboración con los nazis o la guerra de Argelia sigue siendo conflictivo e incómodo; pero se discute, se publican libros y se organizan debates sin considerarlos apología de lo criminal. En cuanto a Italia, su relación ambigua con el fascismo ofrece un ejemplo ilustrativo: la memoria histórica no está del todo cerrada, y precisamente por eso el conflicto sigue siendo materia de estudio político, no dogmático. Se discute, y con frecuencia esa discusión no la capitanean periodistas sectarios o que de todo saben, sino historiadores y especialistas. España, en cambio, se estanca en una esclerosis selectiva, iletrada, analfabeta, que impide el análisis y las lecciones que de éste se obtienen. A los verdaderos historiadores, que los tenemos excelentes y de todo signo en Letras en Sevilla confirmaron su asistencia muchos de los mejores, no se les respeta que estudien seriamente la memoria.

Todo este proceso tiene un hilo conductor: el miedo a la complejidad, a la discrepancia, a perder la hegemonía moral, a que el relato no resista el contraste. Ese miedo se disfraza de sensibilidad indignada, pero actúa como censura; se impone en nombre de las víctimas, pero termina utilizándolas como mercancía electoral. El resultado no es una sociedad más justa sino más frágil, incapaz de tolerar la fricción intelectual. Porque en una democracia sana, el desacuerdo se plantea sobre que el oponente puede estar equivocado, pero no por eso es un malvado. Cuando tal presunción se pierde, el asunto se envilece: si el otro es enemigo, no hay nada que discutir; sólo queda neutralizarlo, silenciarlo, exterminarlo figurada o físicamente. Esto explica por qué el debate ecuánime la equidistancia cobarde es otra cosa genera tanta hostilidad en España; porque presupone algo intolerable para los malvados y los idiotas: que el otro pueda hablar de buena fe, que pueda abordar un tema delicado sin intención de ofender, que disienta sin buscar daño. Esa posibilidad es inadmisible para todo sectarismo político que necesite enemigos para sostenerse, heridas abiertas para hacer negocio instalándose en ellas.

Otra consecuencia de esta deriva es la degradación del lenguaje. Blanquear, normalizar, legitimar, dar voz funcionan como armas retóricas. No explican: marcan y condenan. El lenguaje deja de ser herramienta para pensar y dialogar y se torna mecanismo de control. Quien domina las etiquetas domina el debate o la ausencia de él porque el veredicto ya está dictado. Esta simplicidad lingüística no es casual. Pensar y conversar exigen palabras precisas, categorías claras, conceptos a veces incómodos. La consigna fácil, en cambio, se conforma con términos vagos y emocionalmente intensos. Su eficacia no depende de la claridad razonada, sino de la adhesión colectiva. Resulta relevante, como digo, que esto se haya impuesto con tanta fuerza en espacios que se reclaman, hipócritamente, herederos de la tradición crítica de la izquierda. Ha sido muy significativo el comentario en televisión de Ione Belarra, coordinadora general de Podemos, sobre la anunciada asistencia del expresidente Aznar a las jornadas de Sevilla: «Con los fascistas no se habla».

La consecuencia última de todo este proceso es la conversión de la historia de España en un campo de batalla perpetuo: la conquista de América, la toma de Granada, la monarquía, la República, la Guerra Civil, la Transición... No como ejes de reflexión compartida, sino como frentes ideológicos en permanente movilización. El pasado deja de ser materia de estudio para convertirse en algo que se ataca o se defiende no con conocimiento y razones, sino con sentimientos y vísceras. En ese contexto de insultante simpleza, cualquier intento de introducir complejidad se interpreta como amenaza al chiringuito de turno. La historia debe reducirse a una serie de fábulas morales, útiles para manipular el presente pero incapaces de explicar el pasado. Esta instrumentalización no pretende honrar a las víctimas de las numerosos desgracias nacionales que son infinitas desde hace veinte o treinta siglos ni contribuye a una mejor comprensión de lo que fuimos y lo que somos. Al contrario: secuestra el sufrimiento para convertirlo en infame munición política.

Todo lo anterior conduce a una conclusión inquietante: avanzamos hacia una España sin conversación; una democracia que sólo es presunta, un sistema formalmente plural aunque en realidad cerrado, donde suenan numerosas voces pero pocos diálogos reales. Donde se habla mucho, se escucha poco y se razona menos. Una democracia de esa clase puede sostenerse durante un tiempo, pero será cada vez más indecisa y frágil, incapaz de gestionar conflictos, incapaz de integrar disensos, incapaz de renovarse intelectualmente. La guerra que los malvados y los estúpidos libran hoy contra el sentido común no es sólo cultural ni ideológica: es contra la conversación misma, contra la posibilidad de escuchar, disentir, debatir y seguir conviviendo. En esa clase de guerras créanme, porque pasé veintiún años en ellas no se hacen prisioneros. Si se pierden, y al final en ellas pierden todos, arrastran el mundo consigo.

Quiero volver, para terminar, al punto de partida: un encuentro cultural en Sevilla, un foro de discusión sobre la Guerra Civil, un intento de pensar en voz alta sobre nuestro pasado y una reacción siniestra que no pretendía conversar, sino silenciar. Tal episodio no importa por sí mismo, sino por lo que descubre: la normalización, por parte de muchos, de la idea de que hay debates que no deben darse. De que hay asuntos que sólo pueden abordarse desde un marco moral autorizado por quienes lo controlan y administran. Aceptar eso es asumir una derrota devastadora, no de una u otra ideologías en concreto, sino del principio mismo de libertad intelectual. Una sociedad que renuncia a esa libertad se pone una pistola en la sien. La guerra contra el pensamiento libre es una guerra que no gana nadie, excepto los oportunistas y los canallas. Por eso la Guerra Civil española es, entre tantas otras lo discutiremos el próximo mes de octubre en Sevilla, una guerra que todos los españoles seguimos perdiendo.