29 abril 2026

"La batalla está perdida"


Entrevista de Marcelo Pasetti y Mariano Suárez - Agenda Real - YouTube - 30/04/2026

Arturo Pérez-Reverte analiza el regreso de su emblemático Capitán Alatriste en la obra 'Misión en París'. El escritor y periodista español afirma que la estupidez es el mal verdadero del mundo y la herramienta predilecta de los nuevos tiranos de Silicon Valley. Bajo la premisa de que "la democracia estorba" para los planes de las élites tecnológicas, el académico advierte sobre un ciclo histórico que termina y una libertad que sucumbe ante la manipulación digital.  

Con la mirada de quien fue corresponsal de numerosos conflictos bélicos, Pérez-Reverte evoca su paso por la Guerra de Malvinas y su encuentro con un Leopoldo Galtieri que "olía a alcohol". Entre historias sobre sus amigos "el Negro" Fontanarrosa y Osvaldo Soriano, el autor destaca la necesidad de preparar a las nuevas generaciones para el desastre inminente. Esta charla es un recorrido por la dignidad, el escepticismo y los aromas de la vieja Europa que todavía habitan en las calles de Buenos Aires.

00:00:00 - Introducción y presentación: El regreso de Alatriste

00:01:25 - Por qué retomar 'Misión en París' tras una década

00:03:05 - Diagnóstico del mundo actual: "La batalla está perdida"

00:04:26 - El pasado como herramienta para entender el presente

00:07:04 - Valores de resistencia: Honor, Lealtad y Dignidad

00:09:54 - Dictaduras tecnológicas y la crisis de la democracia

00:12:12 - La evolución del periodismo: De reporteros a redes sociales

00:15:43 - Memorias de Malvinas: La guerra donde se perdió la ecuanimidad

00:17:52 - El encuentro con Galtieri y la realidad de la época

00:23:58 - El peligro de la estupidez humana y la falta de cultura

00:30:40 - El vínculo con Buenos Aires y la herencia de la vieja Europa

00:38:23 - La definición de felicidad: Mar, libros y soledad

https://www.youtube.com/watch?v=J9xTcCQQ93c

“Ahora el mundo está lleno de escritores que no han leído un libro en su vida”


Entrevista de Guillermo E. Pintos - infobae.com - 29/04/2026

“¡Pero si el ser humano no ha cambiado! El ser humano sigue siendo un hijo de puta”, suelta con una sonrisa Arturo Pérez-Reverte en un coqueto salón de un hotel de Recoleta, allí donde casi siempre suele pasar sus temporadas porteñas. Le fascina esta ciudad, cuenta, desde la primera vez que la visitó a mediados de los 70. Y le sigue pareciendo fascinante. Por eso la quiere. “Casi no viajo. Sí por Europa, pero más lejos solo vengo a Argentina”, confiesa el escritor español "best seller", polemista y hábil declarante.

Pérez-Reverte, todo un personaje, reflexionó sobre la naturaleza humana y su evolución, el estado de las cosas en Occidente y el devenir de su estilo literario en un extenso y relajado diálogo que se da a propósito de su participación en la Feria del Libro de Buenos Aires para presentar, nada menos, la octava aventura de su gran creación, el Capitán Alatriste. La conversación con Infobae Cultura, marcada por una mirada sin concesiones sobre la vida, la literatura y el paso del tiempo, recorrió también los silencios y los límites de una de las polémicas culturales (y políticas) del año en su país.

“¿Ha leído 'La península de las casas vacías'?”, se le preguntó. Y él respondió tajante: “No”. Y enseguida agregó: “No quiero hablar de esto, porque si hablo de esto va a salir en España... Es un tema que cerré por completo”. Breve explicación para el lector que eventualmente no sepa de qué se trata todo esto: el libro aludido fue escrito por el joven autor David Uclés, un autor de moda en la literatura española, ganador del premio Nadal 2025. Y la polémica surgió cuando Uclés decidió no participar en unas jornadas sobre la Guerra Civil española coorganizadas por Pérez-Reverte, al discrepar del título del evento (“La guerra que todos perdimos”) y de la presencia de ciertos ponentes. Pérez-Reverte criticó duramente la decisión de Uclés, calificándola de descortesía. El conflicto provocó la suspensión temporal del evento y abrió un debate sobre la memoria histórica y el papel político de los escritores en España. Punto.

Vuelta a la literatura de aventuras que tan bien escribe Pérez-Reverte y le ha valido cifras relevantes de venta de ejemplares y reconocimiento global (fue traducido a más de 40 idiomas). 'Misión en París'. Las aventuras del Capitán Alatriste se desarrollan apenas un año después de 'El puente de los Asesinos' (Alfaguara, 2011), la entrega que transcurre en Italia. Casi 30 años después del inicio de la saga y 14 desde la última entrega hasta ahora, Pérez-Reverte traslada a sus personajes a La Rochela, epicentro de la resistencia hugonote frente al rey Luis XIII de Francia, asediado por el cardenal Richelieu y con la injerencia de los ingleses, siempre dispuestos a complicar las cosas. En esta nueva misión, Alatriste y sus compañeros se ven envueltos en una trama llena de incertidumbre y guerra de religiones, sin saber del todo a qué intereses responden hasta bien entrada la historia. Como dato de color, la novela introduce cameos de los legendarios personajes de Alejandro Dumas: los tres mosqueteros y D’Artagnan.

—Pasaron catorce años entre un Alatriste y otro... Cambió el mundo, cambiaron los lectores, ¿También cambió usted?

—¡Pero si el ser humano no ha cambiado! El ser humano sigue siendo un hijo de puta. Sigue siendo un hijo de puta al que a veces le sale la parte buena, pero por lo general no ha cambiado. Es el mismo, es el mismo.

—¿Y Alatriste?

—Alatriste se ha hecho más oscuro, porque también el autor se ha vuelto más viejo. Es decir, todo viene de un proceso de demolición. Eso lo decía Scott Fitzgerald... Entonces, claro, uno sale del punto de partida de Alatriste en su mundo y yo en el mío. Salimos del punto de partida con un montón de palabras con mayúscula: Dios, Patria, Bandera, Religión, Amor. Y después la vida poco a poco nos va dando zarpazos y nos va demoliendo... Y al final llegamos a un momento (cada uno tiene el suyo). Todos llegamos a ese momento en el cual dices: “¿Qué me queda? Me quedan cuatro palabras o tres. ¿Qué hago? Bueno, tengo que vivir. Tengo que relacionarme, necesito un lugar donde no tener frío, donde respetarme a mí mismo, ¿no?”. ¿Qué me queda? Pues me queda... Amor, dignidad, valor, lealtad y poco más. "Bueno, pues con eso que me ha quedado", digo, "voy a hacerme una segunda ética práctica para poder aguantar hasta que termine la aventura". Ese es el proceso vital de todos, más o menos. Unos son conscientes, otros no, pero es el proceso. Yo soy consciente del mío por la vida que he llevado. Entonces, Alatriste es consciente de eso. Y yo le presto a Alatriste esa mirada, esa certeza de la demolición. Alatriste mira el mundo como lo miro yo. Yo no soy Alatriste, ojo. Tengo otros fantasmas, pero no esos, ni soy un asesino a sueldo. Pero es verdad que cuando miro el mundo, digo: “Esto me vale”.

—En el relato, el capitán aparece en una época muy especial de Francia, y coincide con personajes tan populares como los mosqueteros. ¿Por qué esa elección y qué relación tiene con su propia experiencia como lector?

—Primero, yo, como lector, cuando leí 'Los tres mosqueteros' me cambió la vida. Yo lo leí con ocho, nueve años, y quedé fascinado. Imagina: con ocho años descubrí la lealtad, la amistad, la mujer peligrosa, el amor inocente, el valor, el desafío, la arrogancia...

—La traición.

—La traición, el poder, el poder en la sombra, los tentáculos del poder, la conspiración. Me quedé fascinado. Pero claro, hay dos tipos de lector, y los dos son respetables. Uno es el lector testigo, que se sienta como el que ve una película: 'Los tres mosqueteros', 'Madame Bovary', 'Los hermanos Karamazov'... Y después está el lector actor: el que entra en la historia, el que se ve dentro, el que forma parte y a quien la historia le cambia su vida, porque él es uno de ellos. Yo era el quinto mosquetero. Y me huelo que tú también eres ese tipo de lector. Ese lector es distinto, porque ese lector hace suya la historia, participa de ella. Incluso influye en ella. La actividad del lector, su actitud la modifica. O sea, no es igual tratar con Milady de Winter desde dentro que desde fuera. Después te pasas la vida buscando a Milady. A ver, entre Milady y Constanza, ¿a quién me quiero follar? Prefiero a Milady... Yo era ese tipo de lector. Y aquí vengo con esa memoria lectora, con esa mirada. Para mí este libro no es una novela, ha sido una especie de de inmersión durante un año y un poco más, una inmersión gozosa. Yo estuve, otra vez, dentro de 'Los tres mosqueteros', y además hice una cosa que me satisface mucho: uso mis personajes, uso los personajes de otro y los ubico en mi propia imaginación. Es una especie de deuda que tuve con Dumas desde siempre, y este es un acto de justicia lectora. Porque insisto: yo no soy un artista, soy un tipo que cuenta historias. Soy un lector que accidentalmente, por ser lector, he escrito. Ahora el mundo está lleno de novelistas, de escritores que no han leído un libro en su puta vida. Basta mirar, basta oír. ¿Pero cómo se atreve a decir que ha escrito un libro? Eso que está contando ya está contado desde Sófocles hasta ahora. Entonces, yo soy un lector. Soy escritor como consecuencia de ser lector, no es al revés. Yo conozco novelistas, y esto lo sé, que me han llamado, novelistas jóvenes. Te llaman para ver qué libros deben leer ahora que son novelistas. Lo mío es una consecuencia. Mañana podría dejar de escribir y sería igual de feliz. O casi, porque leer es lo fundamental. Y además, eso me lleva a otra cosa, que es muy interesante para mí. Cuando has leído lo suficiente (claro, son 75 años y no es mérito, es que son muchos años con libros en la mochila) te das cuenta de que hay libros que ya te han dado todo lo que tenían que darte. Yo leo 'Madame Bovary' por sexta vez, o leo 'La cartuja de Parma' por tercera vez, o leo 'La montaña mágica' por quinta vez, o 'París era una fiesta' por décima vez (es un libro extraordinario, el mejor libro de Hemingway, sin duda, ese es el libro de verdad, el que escribió ya de mayor, cuando no era un fantasma fanfarrón y era un escritor cuajado), y todo tiene su explicación. Hay libros que ya han cumplido su misión, que ya te han dado todo lo que te podían dar. No porque tú seas muy listo, sino porque los has leído tanto que los has exprimido como un limón, ¿no Y hay libros que todavía están ahí. Yo cuando leo a Joseph Conrad, fíjate, hay una cosa curiosa. Yo empiezo a leer a Conrad con quince años. Mi libro favorito es 'La línea de sombra', que es extraordinario. Después, mi libro favorito fue 'Lord Jim'. Después, mi favorita fue 'Victoria'. Y ahora mi favorita es 'El rescate'. ¿Por qué? Porque yo he ido evolucionando. El niño, el jovencito que leía a Conrad, ahora es el veterano de 75 años que lee a Conrad. Descubro cosas que antes no era capaz de ver. Hay libros que todavía te enseñan cosas que no has visto. Y eso me pasa ya con muy pocos. Pero aparte de esos libros, lo que me hace sentir esa especie de excitación, de estímulo, es la novela policíaca. Siempre he leído novela policíaca, pero ahora es lo que más leo. Lo que me hace sentir estremecimiento como lector.

—¿Es un género subvalorado, para usted?

—Bueno, 'El asesinato de Roger Ackroyd', de Agatha Christie, es una obra maestra tan buena como 'Crimen y castigo', de Dostoievski. Solamente que responde a otro nivel, otro momento, otra exigencia. Pero es una obra maestra.

—Al principio de esta entrevista mencionó la palabra "aventura". ¿Piensa que su vida ha sido una aventura?

—Sí, pero yo no la busqué. Es que mi vida ha sido como... Javier Marías y yo tuvimos la misma formación de niños: mismas lecturas, mismas historietas, mismo colegio, mismo tipo de familia. Él quería escribir las novelas que había leído, yo quería vivirlas. Eso fue lo que después en la vejez nos unió. Yo salí de mi casa a vivir aventuras, a conocer a Milady, a conocer a D’Artagnan, y la vida me fue llevando. Hay distintas etapas. En el momento en que la aventura se transformó en trabajo profesional y me vuelvo periodista responsable, serio, ya dejó de ser aventura. Pero cuando ahora miro para atrás, claro, la aventura... Han pasado muchas cosas. He vivido... Empecé a viajar con veinte años, en los años 70. No existía ni el sida todavía. Viajé por África, por Asia, por América, por todos lados. Me pasó de todo. Conocí chicas, amigos, viajes. Eso es una aventura. Mirando para atrás, ha sido una aventura. Pero hay una frase de Conrad que dice que la aventura en realidad era la vida. Pero mi vida todavía es una aventura. Te casas, tienes hijos, te divorcias, luchas en el trabajo, intentas ser digno de mil cosas. Pero mi aventura fue más explícita, más clásica. Pero en realidad es lo mismo que un delincuente, que un médico de urgencias, que un policía pueda haber vivido.

—¿Cómo vive ahora esa etapa?

—He descubierto un espectáculo fascinante que también en mis novelas se va manifestando y se va filtrando. Pensaba que la vejez era la indiferencia, y es verdad. La vejez es que llega Monica Bellucci y te dice “ven” y tú dices: “Joder, hostia, son las cuatro de la mañana, Monica”. Esa es la vejez. Pero esto me produce un estímulo. Es muy interesante el espectáculo al que estoy asistiendo. Ves cómo se repiten los viejos mecanismos de la historia. Lo que había leído otra vez, ahora lo vivo en mi casa. Lo había vivido en otras, pero ahora es en la mía.

—Este año se cumplieron sesenta [noventa] años del inicio de la Guerra Civil y hubo toda una sensación de retrospectiva histórica en España.

—Yo tengo un libro que se llama 'Línea de fuego' sobre la Guerra Civil. Un libro gordo, ha ido muy bien y sigue yendo muy bien. Es así: de mi generación, nuestros padres vivieron la guerra civil combatiendo. Mi familia combatió: mi padre, mi tío y mi abuelo combatieron con la República. Pero la Guerra Civil fue un proceso muy complejo, donde se dieron cita muchos factores políticos, geoestratégicos, geopolíticos con nazis, comunistas, fascistas, la Iglesia, la República, anarquismo, socialismo, falangismo... Muy complicado. Fue una trampa en la cual el país se vio metido. Te pongo un ejemplo: mi padre y mi tío, que eran chicos de buena familia, lucharon con la República. Mientras que mi suegro, que era un joven izquierdista, luchó con los nacionales de falangista, porque vinieron al pueblo y dijeron: “Vosotros, al camión”. Le tocó estar allí. Fue una trampa en la cual España quedó atrapada. Hay un caso que me contó un periodista: en el frente de Huesca había posiciones a treinta metros unos de otros. Un chico de 19 años, con los nacionales. “¿Hay alguien de Tardienta?”. “Sí, yo soy de Tardienta”. “¿Quién es?”. “Soy Pepe, el hijo del estanco”. Un silencio. “Pepito, soy Paco, tu hermano”. Un silencio. El capitán le dice: “Júrame que no te vas a pasar”. Le responde: “Le juro que no me voy a pasar”. Y durante una hora dejaron que los dos hermanos se encontraran y se abrazaran. Luego estuvieron siete años sin verse otra vez. Eso es la guerra civil.

—¿Por qué hay tanta polémica con la memoria histórica y el relato hoy todavía, 60 [90] años después?

—Ahora, una generación de Podemos, de extrema izquierda, está diciendo que la Guerra Civil fue dos militares, dos obispos y dos banqueros contra el pueblo español. Se está imponiendo ese discurso, pero la guerra fue mucho más compleja, donde hubo hijos de puta en todos los bandos, donde hubo fusilados. Lo que pasa es que unos, como ganaron la guerra, sacaron a fusilar y otros tardaron mucho, pero todo el mundo sufrió. Ese es el discurso. Contra eso escribí ese libro y son estas jornadas. De ahí viene toda la polémica.

https://www.infobae.com/cultura/2026/04/29/arturo-perez-reverte-ahora-el-mundo-esta-lleno-de-escritores-que-no-han-leido-un-libro-en-su-vida/

27 abril 2026

“No hay nada más triste que un escritor que está muerto y no lo sabe”


Entrevista de Natalia Blanc - La Nación - 28/04/2026

De visita en Buenos Aires para presentar 'Misión en París' (Alfaguara), última entrega (hasta la fecha) de la exitosa saga de aventuras protagonizada por el Capitán Alatriste, Arturo Pérez-Reverte resalta en diálogo con 'La Nación' que su célebre personaje ha vuelto a las andadas, catorce años después, “más amargo, más desesperado y con más remordimientos”. En septiembre pasado, cuando salió el libro para el mercado hispano, el autor y periodista español había asegurado a la prensa: “Alatriste ha envejecido y yo también”.

¿El capitán se volvió más cabrón?

Siempre ha sido un personaje oscuro y peligroso. Lo que pasa es que, ahora, con la edad, miras más hacia atrás. Eso sucede cuando tienes más pasado que futuro o cuando no tienes futuro. Ahora los remordimientos, los fantasmas, están más presentes. Alatriste no soy yo, pero es verdad que él mira el mundo como lo miro yo.

¿Y por qué volvió? Más allá de que has contado que los lectores te lo pedían, ¿qué sentías como autor que le faltaba vivir al personaje?

Volvió por varias razones. Hay gente muy fanática, que no lee nada mío más que a Alatriste; hay gente que lleva tatuadas sus frases. Entonces, eso era una presión. Incluso algunos me insultaban: “Cabrón, tiene que volver”. Pero, además, hubo otra razón: se cumplían treinta años del primer libro y la editorial dijo que ya era el momento. Por otra parte, yo quería ver si era capaz, si después de haber abandonado el personaje durante catorce años podía volver a ese mundo, si podía recuperarlo y verlo actualizado para un público que no es el mismo.

En 'Misión en París' hay un homenaje a 'Los tres mosqueteros', de Alejandro Dumas. ¿Esa también era una asignatura pendiente?

Claro. Yo tenía una deuda con Dumas. Desde pequeño he soñado con 'Los tres mosqueteros'. El regreso de Alatriste era la ocasión de saldar esa deuda. Sobre todo, ver si era capaz de hacerlo.

¿Y cómo resultó?

Bueno, ahí está [señala el libro sobre la mesa del salón Embajador del Hotel Alvear]. El proceso fue muy interesante. Me obligó a releer cosas que yo pensaba que ya no iba a leer, a revisitar un mundo que había dejado atrás. Fue un gran ejercicio. Además, tuve que releer los otros siete. Y eso fue nuevo para mí porque nunca me leo cuando publico un libro. Me olvido y ya. Entonces, leerlo así me hizo ubicarme en el lugar del lector, no del autor. Ha sido una experiencia muy original.

¿Habrá un Alatriste más?

No sabemos. Tengo 75 años. No sé cuánto me queda. Pero mientras esté intelectualmente lúcido, sí. El problema es que yo ahora tengo que elegir. Hasta los 85, hasta los 80 más o menos, me quedan cuatro, cinco libros. No mucho más. Entonces, ya no puedo equivocarme. No hay nada más triste que un escritor que esté muerto y no lo sabe.

El 7 de mayo sale en el país 'Enviado especial', libro que recopila tus crónicas de guerra. ¿Por qué crees que la guerra parece ser el único invento del hombre que nunca termina?

Primero aclaro que yo escribí el prólogo de ese libro, y la selección de los textos la ha hecho la editorial. Yendo a tu pregunta, el error del hombre moderno es pensar que la guerra es algo superado, como la violencia o la misoginia. En la sociedad actual hemos conseguido durante un tiempo rodear al hombre de un montón de mecanismos que camuflan, ignoran o disimulan esa pulsión del ser humano. La guerra forma parte de nuestra naturaleza. La guerra, la vanidad, la ambición, la lujuria: todos son mecanismos normales que no vamos a perder nunca por más cambios sociales que haya. Se transforma, claro: ya no incendiamos Troya, ya no pasa no pasamos a cuchillo a los niños ni esclavizamos a los supervivientes.

¿Y lo que está pasando en Ucrania y el Medio Oriente?

Pasa que lo que había conseguido la Ilustración europea, con su idea de progreso, de derechos humanos, libertades y democracia, se está yendo al diablo otra vez. Pero también desde adentro. Somos cómplices también los mismos europeos, y esa franja cultural (no geográfica) incluye a la Argentina. En Occidente somos responsables, somos culpables de lo que pasa. Es la única civilización que ha tenido que hacer autocrítica, criticarse a sí misma para mejorar. Pero esa autocrítica, en lugar de utilizarla para la paz, la hemos utilizado para destruirnos. Nos estamos destruyendo como civilización.

¿Recordás lo que decíamos en pandemia? Que íbamos a salir mejores.

He visto muchas desgracias en mi vida y no he visto nunca al ser humano salir mejor de ninguna de ellas. Al contrario. Toda desgracia deja rencores, frustraciones, complejos, amarguras, traiciones, claudicaciones... Además, hay una cosa muy amarga, que es que el ser humano tiene una extraordinaria capacidad de olvidarse de sí mismo, de olvidar las lecciones. Siempre volvemos a hacer lo que hicimos antes de que eso ocurriera y lo que produjo esa cosa. Cuando has leído, cuando has vivido de una manera razonable, no puedes ser optimista. Estamos asistiendo a la demolición de un sistema de derechos y libertades que ha cambiado la historia de la humanidad. Todo el mundo quería imitarlo. Ahora, todo el mundo quiere destruirlo. Hace un siglo y medio, con la Ilustración, todo el mundo quería parecerse a Occidente. Ahora es al revés, ahora todos están contra eso, a todos les molesta, también a gente como Trump y otros, para quienes la democracia es un obstáculo, y por eso necesitan destruirla. Por eso hay una guerra contra la Ilustración, contra todo aquello que hace al hombre libre, individual, pensativo, creativo, independiente y democrático.

Pero al mismo tiempo se llenan la boca hablando de libertad.

Es que nunca hemos sido menos libres que ahora. Es un error pensar que Trump es el problema. Trump es un síntoma del problema. Trump no es más que el efecto de una causa, como lo es Putin. La dictadura que viene no es política. Ahora son los técnicos de Silicon Valley, las grandes corporaciones, los grandes grupos financieros. El error es pensar que es el fascismo, el comunismo. ¿Qué coño? Estás equivocado, gilipollas. El problema son esos tíos de zapatillas y chaqueta que están en Silicon Valley, en Pekín o en Shangai. Esos son los dictadores del futuro que necesitan a estos políticos. Pero lo grave es que estamos asumiendo voluntariamente esa dictadura. Estamos encantados con esto [muestra el celular]. Esto es la cadena en torno al cuello de los nuevos esclavos. Y la gente no se da cuenta. Tengo 75 años, he visto hundirse muchos imperios. Ahora estoy viendo por primera vez hundirse mi propio mundo.

¿Eso te deprime?

Es duro, claro, pero me resulta fascinante. Es muy interesante ver que suceda algo similar a lo que has leído en la historia: la caída de Roma, Bizancio, el Imperio Británico, el Imperio tal y cual, de una manera distinta, claro, acorde al tipo en el que estamos. Hoy hay otra manera de ser un bárbaro. Entonces, claro, ver ese espectáculo refuerza en parte el escepticismo respecto al género humano. Pero, por otra parte, dices: “Es un privilegio ver morir una civilización, ver morir un mundo democrático de libertades y derechos”. Vamos a pagar el precio de nuestros pecados. Tardará, no digo que será mañana, va a tardar a lo mejor medio siglo, un siglo, pero vendrá otro mundo distinto, en el que habrá tiranías que habíamos conseguido apartar, controlar, denunciar, señalar, acorralar y que ahora estamos permitiendo que vuelvan de otra manera. Claro, con la tecnología.

Seguimos tus posteos en redes sociales sobre cuestiones vinculadas al lenguaje, por ejemplo el uso de la tilde, y tus diferencias con la RAE. Si pudieras dirigirla, ¿cómo debería ser esa institución? ¿Te interesaría ese puesto?

Eso está fuera de mí. Yo estoy ahí porque me hicieron académico. No quería ser académico, me convencieron. Entonces, tengo que ser un académico leal a lo que pienso. Resumiéndolo: la RAE tiene la obligación de aceptar toda evolución del lenguaje, pero también tiene obligación de decir: “Cuidado, recordemos que existen normas que usaban Borges, Vargas Llosa, García Márquez”. Vale tanto un tuitero analfabeto que tenga muchos seguidores que algo que ha escrito Vargas Llosa. Yo no estoy de acuerdo con eso. Entonces, claro, no me pudo callar. Lo que hice fue salir al paso, y eso me ha producido desencuentros con la RAE. Hay otra cosa más: la tilde, la ortografía y la gramática son herramientas que hacen que un escritor sea eficaz. Yo utilizo tildes, utilizo lo que sea para que los lectores me comprendan. Yo cada día me levanto a trabajar. No soy un teórico de la universidad. Soy un artesano del lenguaje. Yo y los escritores como yo. Mi lenguaje no es científico ni académico, es un lenguaje práctico, operativo, eficaz. Yo quiero que tú al leerme entiendas perfectamente lo que te voy a decir. Y para eso necesito un montón de herramientas que los teóricos de la lengua me están negando. Están cargándose toda la métrica del Siglo de Oro.

La última pregunta tiene que ver con la “pelea” entre la RAE y el Instituto Cervantes. ¿Es una cuestión territorial, política, a qué se debe?

Tiene que ver con las instituciones: el Cervantes es un organismo que depende del Estado y existe para la difusión del español donde el español no existe. Aquí, por ejemplo, el español existe, luego aquí no se necesita la presencia del Cervantes. Aquí la RAE, en coordinación con todas las Academias de la Lengua locales, tiene prioridad, como en toda América. Pero el Cervantes quiere intervenir, por razones políticas. Entonces, claro, viene el choque; es una cuestión de celos y competencias. El Cervantes quiere invadir, quiere estar presente de una manera más intensa de lo que indica su propia naturaleza como institución. Es así, ese es el problema.

Arturo Pérez-Reverte presentará 'Misión en París' el sábado 2 de mayo, a las 16, en diálogo con Jorge Fernández Díaz, en la sala José Hernández de la Rural. Luego firmará ejemplares en el stand de Penguin Libros.

Pérez-Reverte

Pérez-Reverte

Paul E Palacios - expreso.ec - 28/04/2026

Tarde, pero no por ello extemporáneo, he descubierto la novela de Arturo Pérez-Reverte. Acostumbrado a leer más clásicos traducidos del inglés o del francés, y desde luego de los autores que uno piensa que son los que dictan los caminos de la buena tinta en español, descubrí a Pérez-Reverte del consejo de un amigo que me dio un espacio en su escaparate para mi modesto libro. De quien escribo es un cartagenero nacido a inicios de los años cincuenta, atado a la mar desde su nacimiento por la influencia de su padre, que era marino, y periodista de formación académica. Su vida sin duda fue matizada por los 21 años que dedicó a ser reportero de guerra (1973-1994). Vivió los peores horrores de la naturaleza humana, pero quizá también los momentos de mayor valor y templanza.

Aquella vida de conflicto en conflicto, armado con una cámara fotográfica y una pluma, evidenciando las atrocidades que hacen los seres humanos comunes, contribuyeron a ir construyendo un estilo literario único. Pérez-Reverte combina las epopeyas de ‘Los tres mosqueteros’ de Dumas con la habilidad propia de crear un personaje que los enfrente, como lo ha sido el Capitán Alatriste, en la serie de libros donde cada uno es más entretenido que el otro. Puede ir de la trama romántica, llena de sal marina y aventuras en el Egeo durante los años de la Guerra Civil española, como es ‘La isla de la Mujer Dormida’, a un libro de exquisita burla y sorna, como ‘La sombra del águila’, donde hace de los franceses y de Napoleón el blanco de su picaresca. Con una habilidad de novelista que nos tiene rehenes de su imaginación, Pérez-Reverte se adentra en los detalles de los ambientes y personajes, que solo le es posible alcanzarlos al haber vivido con los perfiles que describe, e investigado en los lugares que su pluma engalana, y haberles agregado una prosa que no tiene algún otro escritor contemporáneo de habla hispana. Este escritor sin duda es un fuerte candidato al Nobel de Literatura, ahora que nada teme decir o escribir, y que su vida, la que ha tenido y la que quiso tener, la plasma en lo mejor de la novela española de hoy. 

https://www.expreso.ec/opinion/perez-reverte-el-escritor-espanol-podria-ganar-el-premio-nobel-280210.html

20 abril 2026

La sombra del águila


Lamastelle - eslahoradelastortas.com - 20/04/2026

Saludos desde la isla de Santa Elena, queridos lectores. Hoy reseñaremos un tebeo que no estaba en el plan reseñístico oficial 2026 de ELHDLT. Hoy iremos con el batallón 326 a las tierras del Imperio Ruso, a matar franceses, cosacos y lo que toque. Hoy nos cubrirá 'La sombra del águila'…

Todo empezó allá por 1993 cuando Arturo Pérez-Reverte publicó durante el verano una novela por entregas en 'El País'. Yo la leí en libro y me descojoné con su humor negro, negrísimo, más negro que el uniforme de un húsar de Brunswick. Humor que  disimula y relaja el horror y la falta de lógica de la guerra que nos cuenta el autor (esta obra se escribió mientras el autor cubría la guerra de Bosnia).

Años después (junio de 2012) el autor Rubén Del Rincón la adaptó al tebeo, publicándola por entregas en el semanario de 'El País'. Y en noviembre de ese mismo 2012 salió en un tomo publicado por Galland. Y en 2021 la saca Planeta en una nueva edición.

Pues resulta que el  otro día me regalaron un ejemplar de una de estas adaptaciones al tebeo. Y aquí estamos, reseñándola mientras esperamos a que Pepe Botella baje al despacho, que no puede ahora, que está borracho (calumnia, que al parecer el hombre era abstemio, pero ya sabemos que la verdad y la guerra no se llevan demasiado bien, queridos lectores).

-Oye, Lamastelle-san…¿De qué me suena a mí el nombre de ese dibujante?

Quién sabe, querida lectora. Tal vez de que eres una seguidora fiel y leal y recuerdas la entrevista que le hicimos hace 16 años. O de verlo en la web de Nuevo Nueve. O por haber leído la biografía del padre de Alejandro Dumas.

Pero vamos con la historia. En la edición de 2012 tenemos un prólogo de tres páginas con Napoleón en Santa Elena, recordando. Ignoro si estas páginas salieron en la versión semanal, aunque calculando el número de páginas creo que no. Y hablando de páginas, este libro tiene 64, mientras que la edición de Planeta Comics de 2021 llega a las 88. ¿Y qué hay en esas 24 páginas más? Además de que el dibujante recoloreó el tebeo, incluye como extras un artículo, bocetos y "storyboards", más la versión original de las dos primeras páginas. Nada que cambie realmente la historia.

'La sombra del águila' es, ya lo hemos dicho, una historia que mezcla el humor negro y el rojo de la sangre de los cuerpos destrozados por una bala de cañón de 12 libras. Basada en un  hecho real, nos cuenta la historia de un batallón obligado a alistarse bajo las águilas napoleónicas y que ha decidido desertar… En plena batalla. Así, con dos cojones. Lástima que Bonaparte piense que están haciendo un último esfuerzo por darle la victoria y ordene apoyarles en su avance… Si es que cuando uno es gafe, pues eso.

La trama es fácil de seguir. No necesitamos conocimientos previos, ni de Historia ni de la historia. Y lo que necesitemos saber lo aprenderemos mientras leemos, siguiendo a los protagonistas y sus recuerdos. Tendremos humor negro. Tendremos amargura. Tendremos desesperación. Tendremos muerte y casquería a patadas.

El guión no está claramente acreditado, pero pienso que es de Del Rincón, con la aprobación y revisión de Pérez-Reverte (que lo leí en alguna entrevista previa a esta reseña. Aquí nos documentamos, al estilo de dibujantes que deban enfrentarse con los uniformes napoleónicos y salir victoriosos de tal empeño). El dibujo es más caricaturesco que realista. Justo lo que se necesita para mantener ese humor de la obra original y no terminar con una obra demasiado realista, seria y formal. Ah, ese Estado Mayor, qué descojone y qué expresividad tiene cada uno de esos oficiales. Hasta Murat, que lo sepáis. No son solamente sus diálogos, sino sus expresiones, sus reverencias, sus sudores… 

El color en esta edición no es del propio autor, sino de Carlos Del Rincón (que tiene pinta de ser pariente suyo). La edición no trae extras. Como curiosidad, diremos que la contraportada de esta edición es la imagen que se usa en la portada de la edición de 2021.

¿Por qué leer 'La sombra del águila'? El humor de la primera parte de la  obra. La acción bélica e histórica que se nos ofrece en estas páginas. ¿Por qué no leer 'La sombra del águila'? Como en todas las guerras, el final es amargo.

https://www.eslahoradelastortas.com/la-sombra-del-aguila/

19 abril 2026

En guerra contra la Ilustración

El Mundo - 19/04/2026

Hay una guerra que no ocupa titulares de prensa: el mundo actual está en guerra contra la Ilustración y buena parte de lo que ella hizo posible. Porque hubo un tiempo en que Europa, con sus matanzas, sus hipocresías, sus impulsos depredadores y su talento para predicar virtud mientras limpiaba la sangre de la espada en el mantel del banquete, quiso también comprender el mundo. Buscó poner orden en el caos, sustituir el dogma por la duda, el privilegio por la ley, la obediencia ciega por el imperio de la razón. Casi tres mil años invirtió en esa idea y no siempre lo hizo con nobleza: a menudo la traicionó y otras la prostituyó; pero durante algún tiempo reconoció la existencia de un ideal superior a la tribu, el altar y el cadalso. Ese ideal fue la Ilustración y lo que ésta, a partir del siglo XVIII, hizo posible. Una Ilustración que Europa, su heredera, deja hoy morir con la misma estolidez satisfecha de quien vende la biblioteca del abuelo para irse una semana de vacaciones a Bali o al Caribe.

La Ilustración no fue una tertulia de pedantes que pretendieran cambiar el mundo mediante la filosofía. Fue una batalla sangrienta contra la oscuridad organizada, el poder absoluto, la superstición. Una revuelta de la inteligencia contra Dios y sus representantes que en la tierra susurraban al oído de dictadores y monarcas. Una guerra durísima frente a la vieja idea de que el mundo debía someterse a una autoridad incuestionable: un rey, un sacerdote, un caudillo, una raza elegida, una nación ofendida o una masa vociferante. La Ilustración fue el momento en que el ser humano, tras siglos arrodillado, tuvo la insolencia de erguirse. De proclamarse valiente, culto y libre.

Conviene recordar el precio que se pagó por ello, porque la estupidez se nutre de ignorancia y mala memoria. Las libertades no cayeron del cielo. Hubo que arrancarlas a quienes exigían súbditos obedientes, almas tuteladas y preguntas castigadas. Antes de que Europa aprendiera a tolerar discrepancias, la verdad se decretaba, el conocimiento llegaba filtrado bajo atenta supervisión, la disidencia se pagaba con fuego, cárcel o exilio. Europa quemó a gente por pensar, humilló a científicos por decir lo que veían, persiguió libros como si fueran epidemias. Y eso no ocurrió en arrebatos crueles, sino durante siglos de respetable normalidad.

Poco a poco, apoyándose unos en otros desde la antigüedad clásica, se hicieron oír los que dudaban, los que escribían, los que pensaban: quienes se atrevían a decir que un rey no era de origen divino, que una religión podía ser nefasta, que la ley descartaba el privilegio, que la razón era herramienta necesaria. Y con audacia admirable agrietaron el edificio de la sumisión y la injusticia. Inglaterra pasó por guerras civiles y ejecuciones regias; Francia, por su gloriosa y monstruosa Revolución; Europa entera vivió el fascinante siglo XIX entre sacudidas, restauraciones, levantamientos, represiones, triunfos y fracasos. El siguiente siglo demostraría dos guerras mundiales, fascismos, nazismos, comunismos, gulags y campos de exterminio que la libertad, la cultura, el progreso, no son metas finales sino trincheras que exigen vigilia permanente. El proyecto ilustrado no abolió la bestialidad ni la vileza que, junto a virtudes nobles, alberga el corazón humano; pero dispuso herramientas para mantenerlas a raya.

El error de la Ilustración fue creer que los hombres llegarían de forma irreversible a la libertad. Que el acceso al conocimiento, la educación, la lectura y el debate público engendraría ciudadanos impermeables al dogma, invulnerables al fanatismo, difíciles de engañar por embaucadores con uniforme, sotana o sonrisa televisiva. Y con altibajos, esa idea pareció asentarse. Durante trescientos años los libros fueron palanca ilustrada, ascensor moral, intelectual y social. No para todos, no sin enormes zonas de exclusión e hipocresía, pero sí para muchos. Leer era salir de la mazmorra. Pensar era desconfiar del amo, del sacerdote, del ilustrado mismo. Leer, razonar, era una rebelión civilizada. Una promesa de dignidad.

Durante mucho tiempo Europa fue envidiada por eso. Hasta sus enemigos aprendían de ella. La Ilustración cambió la historia del mundo. Entonces, el ciudadano europeo hizo lo que mejor hace el ser humano cuando se le ofrece una oportunidad: buscar otra más fácil. La televisión fue el primer ensayo de regresión cómoda. Podía enseñar, divulgar, abrir ventanas; pero también introdujo una tendencia tóxica: el reemplazo del esfuerzo por la recepción pasiva. Ya no era imprescindible leer una página, subrayar, imaginar la escena o la idea. Bastaba con sentarse y mirar. La televisión se llenó de espectáculo, sentimentalismo fácil, información troceada y publicidad encubierta para espectadores perezosos o apresurados. Dejamos de aprender el mundo y empezamos a consumirlo.

Aquella televisión, al menos, tenía horarios. Había un momento en que se apagaba. Pero llegaron las redes sociales y el teléfono móvil, y ahí se estableció el mecanismo perfecto. No porque la tecnología sea perversa, sino porque puso en manos de una especie intelectualmente indisciplinada la herramienta para su propia regresión, e incluso destrucción. Nunca hubo tanto acceso al conocimiento ilustrado, ni tan poca voluntad de usarlo. Llevamos en el bolsillo tres mil años de pensamiento, arte, ciencia, filosofía, historia, literatura, jurisprudencia, música y memoria: y sin embargo lo empleamos para insultar a desconocidos, compartir mentiras, manifestar nuestra frivolidad y recibir descargas de placer instantáneo mientras el cerebro se acostumbra a no sostener una idea más de ocho segundos seguidos.

El teléfono móvil se ha convertido en símbolo de nuestra contradicción, por el contraste obsceno entre sus posibilidades y el uso que le damos: biblioteca universal convertida en sonajero, memoria impresionante de una civilización reducida a máquina de dopamina. Es la prueba de que el problema no era la falta de medios, sino de ganas. El móvil no es causa de la estupidez; sólo desvela hasta qué punto la preferimos cuando viene cómoda y socialmente digerible. Aquí es donde apunta la amarga verdad, porque el peor enemigo actual de la Ilustración no es sólo el fanático religioso, ni el dictador, ni el populista, ni el comisario político; es el ciudadano que presume de saberlo todo mientras engulle propaganda adecuada a sus prejuicios; el que vocea indignado mientras acepta que lo sodomicen -metafóricamente o no- con la mansedumbre de un cerdo en el matadero. El que se queja de los políticos, los medios, el sistema, la manipulación y la decadencia cultural mientras dedica su tiempo y su voto a premiar exactamente todo eso. Ahí está la podredumbre principal: no en los tiranos que hacen su trabajo de tiranos, ni en los fanáticos que hacen su trabajo de fanáticos, ni en los charlatanes que jamás fingieron ser otra cosa. El problema está en la mansedumbre voluntaria, analfabeta, del hombre corriente.

Y claro que hay manipulación; siempre la hubo: en los púlpitos, en las cancillerías, en los periódicos, en los manuales escolares, en las guerras, en la publicidad, en la liturgia patriótica o antipatriótica. El problema no es ése, sino la demanda masiva de manipulación consumible. Abrazamos la mentira cuando viene bien empaquetada, coincide con lo que creíamos antes y nos ahorra el trabajo de pensar. El ciudadano no es víctima inocente, sino consumidor voraz de relatos narcóticos: prefiere los que le anestesian la duda. Por eso engordan los enemigos de la razón; no porque sean inteligentes, sino porque han descubierto que la complejidad aburre y la consigna alivia, que sumarse a una tribu proporciona consuelo y gratificación inmediata. Basta con aprender el catecismo, repetir fórmulas, señalar al enemigo común y disfrutar la cálida sensación de pertenencia.

Todo eso ocurre cuando más necesarias son la razón y la cultura. Cuando más de medio mundo está en guerra abierta contra la Ilustración europea y lo que ésta hizo posible. Como lo está el Islam radical, una de las formas más execrables de atentado contra la razón, incompatible con la libertad de conciencia, la separación entre dogma y ley pública, el derecho a dudar, a blasfemar, a disentir y a no vivir sometido a imanes y sacerdotes. El islamismo ortodoxo sólo tolera creyentes disciplinados, mujeres sumisas, sociedad obediente a Dios. Y en vez de imponerse frente a tamaño disparate, la Europa antaño ilustrada lo envuelve todo en algodones burocráticos, cual si mirar hacia otro lado desactivara la mala fe de quienes la odian o desprecian incluso viviendo en ella justo porque todavía es un espacio de libertad.

Pero la cobardía europea frente al Islam no nace solo del miedo. Viene también de la ignorancia, de la idiotez mimética y de esa enfermedad tan occidental que confunde lucidez con autoflagelación. La Europa ilustrada cometió crímenes innumerables: colonizó, saqueó, esclavizó, humilló y mató sin complejos, obvio es admitirlo. Lo suicida es convertir esa memoria en impotencia moral que impide defender logros e ideas que, precisamente, surgieron del coraje para examinarse a sí mismos. Una capacidad crítica, la europea, de la que carecen otras civilizaciones y culturas.

En esa guerra contra la Ilustración juega un destacado papel el populismo. El infame Donald Trump, por mirar hacia ese lado, es uno de los síntomas más repugnantes de la enfermedad: criatura-caricatura perfecta de un ambiente donde la autoridad ya no se gana por conocimiento o sentido de Estado, sino por visibilidad, agresividad y oportunismo. Ese siniestro individuo triunfa porque convierte la complejidad en melodrama binario y porque millones de personas anhelan versiones del mundo aptas para el consumo emocional. El presidente de Estados Unidos simplifica, exagera, miente, gesticula y amenaza con la naturalidad de un charlatán profesional; y su multitud lo adora porque cuando la mentira halaga complejos, carencias y resentimiento, resulta más confortable que el raciocinio y la responsabilidad.

Pero no debemos mirar a Trump como una anomalía sin parentesco europeo. Europa y España, naturalmente está llena de variantes locales a derecha e izquierda, algunas refinadas y otras más burdas: líderes que convierten cada problema en una guerra identitaria, cada matiz en traición y cada discrepancia en prueba de enemistad; políticos que alimentan la fatiga o el miedo del votante y luego se ofrecen como solución. Gentuza cuya habilidad consiste en rebajar el idioma, el debate y las ideas hasta un punto en que cualquiera pueda sentirse representado sin necesidad de elevarse un centímetro. Y así, la democracia que necesita ciudadanos capaces de razonar acaba produciendo ciudadanos que sólo saben reaccionar.

Por no salir de la geografía general de la infamia, Vladimir Putin representa una tentación más antigua y quizá más europea: la fascinación por el orden despótico, la pasión secreta del cobarde por el hombre fuerte, la nación endurecida, la prensa amordazada, el opositor silenciado y la verdad filtrada desde arriba. Putin que aprendió las lecciones prácticas del nazismo, el fascismo y el comunismo brinda virilidad política y militar a gente harta, resentida o humillada. Ofrece la ilusión de que la historia puede resolverse a golpe de disciplina, policía y represión de quien no marque el paso, y suscita aplausos incluso entre quienes viven protegidos por libertades que desprecian. Porque la libertad fatiga mucho. Obliga a pensar, a aceptar que el otro existe y quizá no piense como tú. El autoritarismo, en cambio, tiene una voz seductora para las almas cansadas: «No te calientes la cabeza, yo decidiré por ti». Y millones responden encantados: «Gracias, eso era exactamente lo que deseaba, aunque no atrevía a decirlo».

No sería honrado detenernos ahí, porque la demolición contemporánea no sólo la protagonizan autócratas, radicales religiosos o populistas, sino también esas formas supuestamente progresistas de fanatismo blando que colonizan universidades, medios, burocracias culturales y conversaciones públicas. Lo que solemos llamar "wokismo" empezó señalando problemas e injusticias reales. El problema es que toda causa contiene el peligro de una inquisición, y entonces ya no importan los hechos, sino la ortodoxia; no cuenta lo dicho, sino quien lo dice; no interesa escuchar, sino etiquetar a los interlocutores. La discrepancia deja de ser estímulo intelectual para tornarse delito, y este mecanismo tiene una eficacia devastadora, porque el miedo a la exclusión es uno de los resortes poderosos del animal humano. Así que la cancelación mediante redes sociales perfecciona viejas cobardías con herramientas digitales: no hay que quemar libros si se puede intimidar a quienes los escriben; no hay que encarcelar a pensadores si basta con arruinar su reputación; no hay que prohibir una obra si se hace tan peligroso defenderla que nadie se atreva a hacerlo.

De ese modo, mientras la cultura se vuelve cada vez más chata, más soluble, más descafeinada, la Europa que alumbró a genios capaces de sacudir generaciones enteras se limita hoy a parir mercancía sentimental, opiniones que no irriten y productos culturales que no dejen cicatriz. Todo es accesible, rápido, compatible con una atención fugaz. La figura del influencer es emblema de esta humillación cultural; no porque todos sean analfabetos funcionales aunque algunos cultiven tal condición como marca registrada, sino porque muestra el cambio de jerarquías: la ignorancia deja de ser un defecto para convertirse en alarde y modelo de negocio. Y lo grave no es que existan estos personajes, sino que millones de imbéciles los tomen como referencia. La civilización que levantó universidades, academias, bibliotecas y observatorios se entrega ahora a criaturas cuya principal virtud es dominar el ángulo de cámara y la explotación de su propia inanidad.

No faltará quien objete que todo esto suena elitista. Naturalmente que lo es, y a mucha honra. Hoy cualquier defensa del rigor y la razón suena elitista, del mismo modo que pedirle a alguien que mastique con la boca cerrada parecerá agresión clasista si se empeñan lo suficiente. Pero aquí conviene ser claro: toda civilización necesita jerarquías de competencia; no de cuna o de fortuna, sino de saber, de mérito, de trabajo intelectual. Una sociedad que deja de distinguir entre quien sabe y quien improvisa, entre quien dedicó años a estudiar algo y quien simplemente opina de todo, merece ser gobernada por charlatanes y aplaudida por idiotas.

Por eso la comparación con la caída de Roma no es coquetería retórica. Los imperios no sólo colapsan por asalto externo; se vacían desde dentro, se ablandan, se corrompen. Los ciudadanos dejan de creer que defenderlos merezca sacrificio: unos por oportunismo, otros por agotamiento, otros por indiferencia. Los bárbaros sólo empujan una puerta entreabierta desde dentro.

Desde luego, la Ilustración no fue perfecta. Ni resolvió todas las injusticias ni estuvo libre de contradicciones, cegueras ni monstruosidades. Solo un imbécil la presentaría como un paraíso de pureza. Pero eso no contradice lo esencial: su pasado cultural, su extraordinaria memoria intelectual, es la mejor defensa jamás inventada contra la barbarie. Renunciar a ella sin tener algo mejor no es progreso; es regresión disfrazada de novedad. Y lo más increíble es que quienes hoy desprecian o destruyen ese legado lo hacen desde el confort que ese legado les proporcionó: sus derechos, su bienestar, su posibilidad de disentir, de viajar, de estudiar, de blasfemar, de votar, de organizarse, de criticar a sus compatriotas sin acabar en una zanja, de amar sin pedir permiso a un obispo o a un imán, de denunciar a un gobierno sin oír de madrugada golpes en la puerta... Todo eso no cayó del cielo. Y que ahora venga una colección de papanatas, de cretinos y de analfabetos a escupir en la escalera por la que todos subieron, es una de las estampas más repugnantes de nuestro tiempo.

No habrá momento solemne en que alguien anuncie la derrota y muerte de la Ilustración. Agoniza como desaparecen las facultades de un anciano: poco a poco, mediante pequeñas renuncias sucesivas. Un día se impondrá por ley que ciertos temas no deban discutirse, que el diccionario sea proscrito, que las sensibilidades se blinden frente a toda crítica, que la universidad proteja más que eduque, que la prensa emocione en vez de informar, que la política se reserve a ignorantes, corruptos y canallas, que la lectura sea una excentricidad ridícula, que pensar y opinar sobre lo que se piensa sea cosa de arrogantes si no coinciden con la mayoría... Se acabará haciendo norma de la intolerancia hacia la razón misma y la realidad se volverá delictiva cuando no encaje en el deseo general. Nadie aceptará que una causa justa pueda errar en sus medios, que una víctima pueda mentir, que un adversario pueda tener razón y que uno mismo pueda estar equivocado.

Es posible que exagere, aunque temo que no demasiado. Aun así, que el panorama sea oscuro no exime de la obligación de pelear. Defender hoy la Ilustración no significa recitar a Voltaire entre dos copas ni adoptar poses de carca ofendido por la vulgaridad del tiempo nuevo. Es, aun sabiendo que la derrota resulta inevitable, practicar una forma de resistencia íntima y pública a la vez, leer con criterio, estudiar antes de opinar, dudar de la propia tribu. También aplaudir el rigor, desconfiar de las certezas sociales y recordar que la verdad no siempre consuela ni es simpática. Entender que el peligro de no pensar es que te acaben pensando otros.

La pregunta ya no es qué fue la Ilustración, sino si somos capaces de merecerla y defenderla en tantos frentes donde es atacada. La respuesta no invita al optimismo: vemos una Europa convertida en parque temático de su ilustre pasado, cada día más frágil e incapaz de soportar un debate intelectual. Un continente que confía su carácter a la hipocresía moral, su presente a los mediocres paniaguados de Bruselas y el futuro a los turistas que nos dan de comer. Un Viejo Mundo, en fin, decidido a suicidarse no con ademán trágico sino con una mueca de estupidez, vulgaridad, aburrimiento y desdén. Lo malo no es que la barbarie amenace, porque desde Troya hasta hoy la barbarie amenazó siempre. Lo peor es la falta de grandeza en esta agonía. Ni siquiera caemos abatidos con el estruendo de la armadura de Héctor: sólo nos dejamos ir, deslizándonos hacia la idiotez colectiva con wifi, café ecológico y una inalterable opinión sobre lo que ignoramos. Aplaudiendo a bufones y sanguijuelas mientras despreciamos a quienes todavía intentan hacernos razonar. Nada más triste que una civilización que, después de llevar al extremo el difícil arte de pensar, decidió dejar de hacerlo. Y que sonríe imbécilmente satisfecha mientras se desploma.

https://www.elmundo.es/opinion/columnistas/2026/04/18/69dfa03de9cf4a9b118b456e.html

18 abril 2026

Mirar el mundo con aplomo desde el principio


La Verdad - 18/04/2026

El inicio de Arturo Pérez-Reverte en el mundo de la creación literaria comenzó hace ahora justamente cuarenta años, cuando sacó a la luz, en una editorial modesta, 'El húsar', con asuntos y obsesiones que aflorarán en el resto de sus novelas.

Cuatro décadas de históricas novelas de Arturo Pérez-Reverte

María Martínez, directora de la Cátedra Arturo Pérez-Reverte de la Universidad de Murcia (UMU) y la Fundación Cajamurcia

Del húsar al (pen)último Alatriste de Pérez-Reverte han pasado 40 años. Con sus novelas hemos vivido aventuras inolvidables. Cuando publicó en 1986 'El húsar' (a quien «la hoja del sable lo fascinaba», frase inicial) aún llevaba la piel impregnada de guerra (su «escuela de vida»), porque ejercía de reportero: en mayo se publica 'Enviado especial', compendio de sus crónicas y fotos. Guerra, una de las claves de su narrativa, simbolizada en las moscas que huelen la muerte.

Con mirada histórica enfoco algunos protagonistas del universo literario revertiano para destacar la aleación literatura e historia. Despojadas de juicio histórico, sus obras iluminan diferentes épocas de la Historia de España: ocho de Alatriste (1996-2025); 'Cabo Trafalgar' (2005), 'Un día de cólera' (2007); 'El asedio' (2010), 'Hombres buenos' (2015); 'Sidi' (2019); 'Línea de fuego' (2020), más 'Revolución' (2022), y protagonistas respectivos: capitán Diego Alatriste; comandante Carlos de la Rocha; pueblo de Madrid; sociedad gaditana y comisario Rogelio Tizón; almirante Pedro Zárate y bibliotecario Hermógenes Molina; campeador Ruy Díaz; miliciana 'Pato' Monzón; e ingeniero de minas Martín Garret.

Me interesa la función pedagógica de los sucesos novelados y la antropología de sus personajes. En 'Entre la Historia y la Novela. Sidi, de Arturo Pérez-Reverte' (2021) escruté al Cid y algunas características narrativas de la obra. Leer ficción viviendo aventuras bélicas sirve para comprender nuestra historia, luminosa y sombría. Placer y aprendizaje de literatura histórica realista, ensamblaje estructural, retrato de personajes audibles, vestidos de época, aderezados con ironía y humor dentro del drama, ambientación rigurosa y desarrollo de intrigantes tramas como juego de ajedrez convierten esas obras en canon de novela histórica de aventuras. La visión literaria del pasado, sostenida sobre fuentes y bibliografía, despierta los sentidos para adentrarse en el túnel del tiempo revertiano. Novelas provechosas en aulas de Literatura y de Historia.

Pérez-Reverte utiliza seductores recursos literarios (previa documentación de sabueso investigador) que marcan con veracidad el argumento: datos topográficos (planos incluidos), diversidad social, lenguas sonoras y vocabularios adaptados a un estilo moderno incitan a indagar en la historia. Logros del autor que crea (y difunde al gran público) personajes (reales o ficticios) y hechos históricos, si bien aclara que «es privilegio del novelista manipular la historia en beneficio de la ficción», aunque no fantasea la realidad histórica del relato. Personajes reconocibles, resortes emotivos, argumentos sorprendentes, lenguajes de mundos pretéritos, escenarios vívidos, muestran la destreza del literato que historia novelas. Y del historiador que sintetiza con verbo ameno 'Una Historia de España' (2019) y de Europa (entregas en 'XL Semanal'); o ilustra la comprensión en 'La guerra civil contada a los jóvenes' (2016).

Sobre lo histórico emerge lo literario. Con Alatriste, soldado del Imperio español cuando entonces aún no se ponía el sol; en 'Cabo Trafalgar' durante el combate naval en 1805 entre la escuadra británica y franco-española; con quinientos personajes reales que resucitan en Madrid el dos de mayo de 1808 en 'Un día de colera'; en la resistencia recreada de los gaditanos frente a los franceses en 1811 durante 'El asedio'; con la peligrosa compra en París de 'L'Enciclopédie' por dos 'Hombres buenos' en los albores de la Revolución Francesa (manual de cómo hacer una buena novela histórica); con 'Sidi' guerreando en el siglo XI con cristianos y musulmanes; durante la batalla del Ebro de 1938 entre nacionales y republicanos en 'Línea de fuego', cuya reedición (2026) adjunta volumen con textos especializados; y en 'Revolución' con la narrativa de los violentos sucesos vividos en 1911 por un español en Méjico.

El novelista capta literariamente el tiempo y el espacio históricos. Su estética narrativa es refinado cóctel de literatura culta y popular, conocimiento de la historia y de la condición humana. No crea héroes sino hombres (y mujeres) valientes que, aun con pies de barro, entonan valores universales (honor, valor, lealtad, amistad). El éxito y popularidad del escritor se ha sostenido imbatible durante cuatro décadas, golpe a golpe y letra a letra tecleados con la experiencia, mente lúcida y lecturas y vivencias acumuladas. Novelas ejemplares de la intensa e inconfundible narrativa que acreditarían a Arturo Pérez-Reverte al Premio Cervantes. «No nos queda sino batirnos». «Espadas y dagas tenemos, ¿no?... Lo demás, Dios lo remedie» (frase final de 'Misión en París', 2025).

Hasta la próxima aventura y década disfrutando y aprendiendo de las novelas de Arturo Pérez-Reverte.

Desde Homero hasta Hergé (e Indiana Jones) 

Alexis Grohmann, catedrático de Literatura de la Universidad de Edimburgo

Con la publicación en 1986 de su novela corta 'El húsar', Arturo Pérez-Reverte se incorpora ya desde sus inicios como escritor a una tradición literaria que trasciende la española, al cultivar tanto un género (novela corta) como un tipo de obra (relato de aventuras) poco comunes en la historia de la literatura española y mucho más frecuentes en otras tradiciones literarias europeas, con las que el autor ya estaba plenamente familiarizado por aquel entonces. De esta forma, él también, como otros de esa generación de escritores nacidos en los años 50, tales como Javier Marías o Antonio Muñoz Molina, participa a su modo de esa invención de un pasado y una tradición literarios por parte de quienes, a falta de una tradición propia, hubieron de buscar o inventársela, dadas las dificultades, o la imposibilidad de vincularse a un pasado literario, creadas por la victoria franquista en la guerra civil y los derroteros posteriores de la literatura española durante el franquismo.

Su familiaridad con otras tradiciones literarias, sobre todo europeas (y bajo el concepto de literatura también se han de incluir los tebeos o las historietas), le ayudará a construir un prisma a través del cual abordará no sólo su propio ejercicio literario sino toda su vida, hasta cierto punto. Heredero adulto del ánimo infantil y juvenil, lo impulsarán los libros a partir en busca de las aventuras que había leído. Cuando de joven acomete la aventura que es la vida al marcharse del hogar familiar y su ciudad natal de Cartagena, lo hará embarcándose a bordo de un petrolero rumbo a Oriente Medio con toda su memoria lectora intacta y activa y proyectando sobre el mundo y la vida a los que se lanzaba sus lecturas previas; de ahí que él se imaginara a Tintín rumbo al país del oro negro. Y así sucesivamente.

Así que se puede afirmar que todo lo leído y lo visto en el cine le ayudará a Arturo Pérez-Reverte a formar esta cosmovisión mediante la cual se acercará a todo de forma lúdica. Esto le ayudará a mirar el mundo con aplomo desde el principio, ya que le permitirá moverse por él, como él mismo explicó, «con la certeza creciente de que cuanto veía o iba a conocer ya estaba, de alguna forma, en lo que había leído antes». Vida y literatura afrontadas, pues, como juego.

De esta forma forjará una de las obras más originales y fascinantes que ha surgido en España desde el reinicio del período democrático. Una literatura nueva que reconoce lúdicamente sus filiaciones con textos anteriores y que está en permanente diálogo con fuentes literarias, desde Homero hasta Hergé. Y así construirá a un lector modelo a través del diálogo que se entabla mientras se está haciendo la obra. Es decir, su literatura acaba por crear a un tipo de lector nuevo en cierta medida, un lector cómplice que antes no había existido y que, como el lector a quien buscaba Umberto Eco mientras escribía 'El nombre de la rosa', entrase en su juego.

De este modo, las novelas de Arturo Pérez-Reverte rescatan tesoros no sólo concretos sino también abstractos, los sueños de nuestra juventud y sus huellas; sus obras figuran la búsqueda y el rescate del mundo perdido primigenio y elemental de la infancia y juventud, entendido como la tierra poblada menos por un mundo real, empírico, que por un mundo a la vez leído, soñado, imaginado, anticipado, añorado y proyectado sobre el mundo.

Como la serie de películas 'Indiana Jones', de Steven Spielberg, por ejemplo, las novelas revertianas nos deleitan y, a la vez, nos remiten con admirable fidelidad al mundo narrativo que ha contribuido a forjarnos a muchos de nosotros, sus lectores. Y este tesoro no hay quien se lo pague.

Pérez-Reverte y su 'Línea de fuego'

Ángel Basanta, catedrático de Literatura y crítico literario

Arturo Pérez-Reverte tuvo directa noticia de la Guerra Civil por su abuelo, su padre y un tío, que lucharon por la República. Completó su información en libros de Historia, documentos y novelas, con preferencia por las interpretaciones de Chaves Nogales (y el magisterio de Conrad en el arte de contar). Amplió conocimientos en 21 años como corresponsal de prensa que informaba de guerras en el mundo, siete de las cuales fueron guerras civiles en Europa, África y América. La guerra es tema central en su obra literaria, desde 'El húsar' (1986) hasta 'Línea de fuego' (2020), pasando por 'Cabo Trafalgar' (2004), 'El pintor de batallas' (2006), 'Un día de cólera (2007) y 'El asedio' (2010), además de 'Las aventuras del Capitán Alatriste' (1996-2011, continuadas en 2025 con 'Misión en París'). Tan amplia formación y andadura biográfica y literaria favorecen la consideración de 'Línea de fuego' como novela de llegada en plena madurez, tanto por su afortunada síntesis de experiencias y lecturas como por la ejemplaridad de esta obra concebida para contar, sin banderías ideológicas y centrándose en los valores de quienes combatieron en los dos bandos, la trágica historia (aún no amortizada) de nuestra Guerra Civil.

'Línea de fuego' antepone un paratexto explicativo de su creación: «En la noche del 24 al 25 de julio de 1938, al comienzo de la batalla del Ebro, 2.890 hombres y 18 mujeres de la XI Brigada Mixta del ejército de la República cruzaron el río para establecer la cabeza de puente de Castellets del Segre, donde combatieron durante 10 días». A continuación, se aclara que, aunque lugar, personajes y tropas que se enfrentan en 'Línea de fuego' son ficticios, «no lo son los hechos ni los nombres en que se inspiran». Y se añade que, «combinando hechos reales, rigor, invención y algunos recuerdos personales y familiares, el autor ha construido esta novela» imaginada en la histórica batalla del Ebro, «la más dura y sangrienta de cuantas se han librado en suelo español».

La novela se articula en tres partes, en las que se cuenta la invasión de Castellets, la lucha entre los dos bandos y la recuperación del territorio por el ejército franquista, con retirada del republicano. La narración de la historia se desarrolla en calculada simetría, con seis capítulos en cada parte y parejo número de secuencias en cada capítulo, distribuidas en alternancia no sistemática en su atención a uno y otro bando. Hay una equilibrada combinación de narración de combates protagonizados por ambos ejércitos (con intervalos en escenas de entretiempo, confidencias e incluso evasión y humor), descripción de lugares, situaciones y personajes principales y secundarios, reflexión sobre desmanes y horrores de esta guerra civil y diálogos llenos de vida por desnudamiento de almas.

La estructura interna descansa en un narrador que conduce el relato con omnisciencia neutral, contando las operaciones militares con precisión en nombres y características de las armas y configurando a los combatientes en fragmentarias minibiografías distribuidas a lo largo de la novela (con nombres y apellidos, lugares de procedencia y aficiones y compañías) y en diálogos con sus compañeros e incluso con los contrarios. Muy representativas son las minibiografías del comandante del Batallón Ostrovski, Emilio Gamboa Laguna, quien ajusta cuentas en confrontación final con el comisario político Ricardo, alias El Ruso; el alférez provisional Santiago Pardeiro Tojo, jefe del Tercio de Legionarios (con 20 años cumplidos estos días) por bajas de los oficiales; y el carpintero albaceteño Ginés Gorguel Martínez, harto de todo y con miedo y sin poder escaparse.

En los diálogos, elaborados con nervio expresivo y profundidad psicológica en su revelación de interiores, destacan por su hondura humana las cinco escenas dialogadas en diferentes momentos entre el capitán Juan Bascuñana y la joven soldado de transmisiones Pato Monzón, quienes esconden con emoción contenida su atracción correspondida, pero sin tiempo para desarrollarse, a la vez que él va descubriendo su resignación fatalista ante la temida derrota final. Esta esmerada caracterización de personajes se enriquece con marcas lingüísticas de la región de procedencia de algunos: el malagueño cabo Longines obedece con el andalucismo "zusórdenes", los falangistas aragoneses prodigan sus "ridiela" y "cagüendiela", y no faltan la cansera murciana de Julián Panizo ni algunos juramentos populares.

Aquella hondura humana de los personajes y esta vitalidad y variedad con que se expresan enriquecen la modélica construcción de la novela en su estilo de impecable factura clásica y abierto a otras posibilidades de la lengua. Todo ello hace de 'Línea de fuego', galardonada con el Premio de la Crítica, la obra cumbre de Pérez-Reverte y la mejor novela sobre los hombres y mujeres que lucharon en la Guerra Civil.

'El húsar': cómo nace y se hace un escritor

José Belmonte, profesor de la UMU, poeta y crítico literario

Parece que fue ayer, pero el inicio de Arturo Pérez-Reverte en el mundo de la creación literaria comenzó hace ahora, justamente, cuarenta años, cuando sacó a la luz, en una editorial modesta como Akal, 'El húsar', un relato ya cuajado (no en vano el autor estaba a punto de cumplir treinta y cinco años, y cargaba sobre sus espaldas una flamante trayectoria de periodista en la redacción de uno de los más prestigiosos diarios españoles) en donde se observan esos asuntos y esas obsesiones que aflorarán en el resto de sus novelas, con decenas de títulos que llevan la inconfundible firma de uno de los creadores españoles más leídos en todo el mundo.

Que se sepa, aunque el escritor cartagenero era portador de un nombre que ya sonaba en el mundo del periodismo, sólo hubo una única reseña de 'El húsar', llevada a cabo en el número 56 de la revista 'Quimera', en su sección titulada 'Escaparate', dedicada a los libros recibidos. Una crítica breve, sin firma, pero que fue, de algún modo, providencial. Porque en la reseña de 'Quimera' ya se habla de la ambientación rigorosamente histórica del relato, así como del contraste existente "entre la lustrosa mitología bélica y la sucia y sangrienta realidad de la guerra", dos conceptos que Pérez-Reverte mantiene todavía intactos en su poética narrativa, en su particular e inimitable coctelera.

Aparece, además, el que se va a convertir en el primer gran personaje de Reverte, un precedente, aunque con sus matices, de otros tan relevantes como Jaime Astarloa, Lucas Corso o Lorenzo Falcó: un hombre llamado Álvaro de Vigal, un tipo adelantado a su tiempo que no oculta su condición de afrancesado, de fiel seguidor de las doctrinas de Rousseau y de Voltaire.

Aunque el ciclo del capitán Alatriste aún estaba por llegar, hecho que sucederá justo diez años después, en 1996, en 'El húsar' ya se vislumbra, además, la figura de don Diego. La combinación de dos personajes de la novela de 1986, Letac y un viejo húsar innominado, dan la medida del futuro Alatriste y Tenorio. El primero es un hombre firme, justo y razonable con los demás soldados, aunque tenía fama de cruel cuando se enfrentaba al enemigo. El otro, el anónimo húsar, coincide, casi por completo, con el aspecto físico de Alatriste: cicatriz perpendicular en la mejilla, nariz aguileña y fuerte como la de un halcón, entre cuarenta y cincuenta y cinco años, piel tostada «y unos ojos tranquilos en torno a los que se agolpaban innumerables arrugas». Un héroe cansado.

En 'El húsar', a pesar de la brevedad de la novela, también hallamos una honda reflexión sobre España y sus gobernantes, dejando con el culo al aire a sus inútiles reyes. El análisis más sesudo y profundo que encontramos en 'El húsar' lo lleva a cabo el afrancesado Vigal, que se convierte así en una especie de "alter ego" del propio Reverte, sobre todo del temido Reverte articulista. Se habla, en esas páginas, de las causas de nuestra decadencia, con una finalidad, incluso, didáctica, con propósito de enmienda; y asoma un Pérez-Reverte aún esperanzado, con algo de fe en un país que ya parecía no tener arreglo. En 'El húsar' el blanco de su mirada será la infame figura de Fernando VII, el cual, ante la invasión napoleónica, sostiene una actitud servil y cobarde.

En 'El húsar', que lleva al frente una cita del libro de Céline 'Viaje al fin de la noche', no faltan, pues, las reflexiones sobre la guerra, con lo que la novela de 1986 entra en conexión con conocidos relatos posteriores como 'La sombra del águila', 'Territorio comanche', la saga del capitán Alatriste y de Falcó, 'Revolución'… hasta llegar a 'Línea de fuego', quizá su obra más redonda y ambiciosa, la 'Ilíada' del siglo XXI, como tan certeramente la han calificado algunos críticos.

En sus novelas siguientes, hasta llegar a nuestros días, personajes de 'El húsar' como Frederic, al que se le considera un «alma pura», uno de esos hombres que sólo en la escena final, cuando teme por su vida, se da cuenta de la enorme distancia que existe entre la realidad y el deseo, irán perdiendo la ingenuidad, su candidez, y verán crecer en su cuerpo una coraza con la que poder defenderse de un loco mundo abocado a la perdición y al abismo.

https://www.laverdad.es/ababol/cuatro-decadas-historicas-novelas-arturo-perezreverte-20260418073857-nt.html

13 abril 2026

"Las editoriales piden libros a cualquier famoso. Lo bueno se asfixia entre tanta basura"


Entrevista de Daniel Ramírez - elespanol.com - 13/04/2026

Lleva Pérez-Reverte pantalones de pana.

Queremos meterle la mano en el bolsillo para ver si son los mismos que llevaba Lucas Corso en 'El club Dumas'. Esos pantalones de bolsillos anchos, grandes, dados de sí por tanto libro secreto y tanto sobre.

Pero no podemos. Reverte, debe de ser la costumbre balcánica, está ya en pleno tiroteo con el fotógrafo cuando llegamos. Además, como no le gustan las fotos, camina con "velocidad Vukovar" y no lo alcanzamos.

Recorremos la calle de Felipe IV, frente a la Real Academia Española de la Lengua, como si nos persiguiera un influencer, que son los tiradores de los días de paz.

Arturo, oiga, un momento.

Ya tienes bastante, ¿no? se dirige al fotógrafo, que afronta con diversión las pruebas de Hércules improvisadas esta mañana.

Mire, ¿podemos parar un segundo a…?

¿Ya lo tienes? vuelve a preguntarle a David Morales, el fotógrafo.

¡Señor Reverte, un poco de agua, por Dios!

Vamos dentro.

Y estamos dentro, previo estiramiento de gemelos, en una de las salas de la RAE. Una sala de esas inundadas de sillones en los que uno se sienta y se hunde más que España en el Mundial de Corea.

Hemos venido a hablar de libros. En realidad, de cómo los libros son percibidos hoy por los lectores y de todo lo que sucede por el camino. Esta es una entrevista para la revista francesa 'La Règle du Jeu', que crearon Bernard Henri-Lévy, Susan Sontag, Salman Rushdie, Vargas Llosa o Carlos Fuentes. Se publica de manera simultánea en 'El Cultural'.

Ha llamado la atención de 'La Règle' el nacimiento de Zenda, que al parecer no tiene su hermana al otro lado de la frontera. Zenda condensa su fundador pretende aunar transversalidad de arriba abajo y de izquierda a derecha.

Es decir, puertas abiertas para los libros de culto y comerciales; y para los libros nacidos en cualquier espacio ideológico, desde la extrema izquierda a la extrema derecha.

Pérez-Reverte se destapó escritor de éxito en París a través de 'La tabla de Flandes', con la que obtuvo el gran premio de literatura policiaca. Después, 'El club Dumas' lo hizo un habitual entre el gran público. El último capítulo de 'Alatriste' lleva el nombre de la capital francesa.

No hace falta rebuscar un titular. Él mismo razona primero con un puñado de frases largas y, sin que se le repregunte, acaba redondeando el argumento con pocas palabras; quizá la costumbre del oficio de periodista ejercido durante años.

Su tesis: la crítica literaria ha ido desapareciendo y ha dado paso a unos "influencers", muchas veces ignorantes, que tienen una gran capacidad de prescripción basada en aspectos emocionales e ideológicos. La crítica tiene parte de culpa por haber orillado una literatura popular que ilumina la vida de mucha gente.

Le miramos los bolsillos. ¿Qué lleva Lucas Corso ahí dentro?

¿Los críticos literarios han muerto? Lo pregunto de manera literal. Ya casi no existe esa figura. Y los que practican la crítica son gente que también se dedica a otras cosas.

La crítica crecía a gran velocidad cuando los medios eran lo que hoy podemos entender como “medios clásicos” y el público era también “clásico”. Era una crítica literaria prescriptiva, casi sagrada, que podía ensalzar un libro y enterrarlo. Existían críticos prestigiosos que eran seguidos por un ejército de lectores. España, en ese sentido, iba a la estela de Francia o Alemania. Un ejemplo muy claro: el éxito de Javier Marías en Berlín.

Fue un crítico el que prendió la mecha.

Un crítico alemán que ensalzó su obra en televisión. Fue un pelotazo en toda Alemania. Esa crítica literaria era prescriptiva y, además, era solvente, que es lo importante. Los críticos tenían una formación de mucha calidad.

¿Hasta cuándo duró esa edad de oro de la crítica?

Diría que imperó por última vez en los ochenta y noventa. Pero ahora todo ha cambiado. Los críticos de prestigio, en estos últimos veinte o treinta años, han ido desapareciendo. Y quienes les han suplido no tienen ese prestigio social y cultural.

¿Por su culpa? ¿Por la culpa de estos nuevos críticos?

No lo creo. Pienso que tiene más que ver con el contexto. La sociedad de hoy ya no crea iconos culturales de prestigio. Ahora, los iconos culturales que se crean, en general, son de usar y tirar. Antes, un crítico literario tenía una trayectoria vital.

¿A qué se refiere?

Era alguien que se enfocaba en la crítica desde muy pronto: conocía los clásicos y lo que se llamaba nuevas narrativas. Un verdadero especialista. Escribían críticas muy solventes, canónicas. El crítico entraba en un foro de debate y la gente se callaba. Ese era el mejor reflejo de su influencia. Las redes sociales han democratizado la crítica literaria.

Y eso ha ido laminando a los críticos.

Ha canibalizado su capacidad de influencia. También la de los escritores. Antes, como deslizaba, una buena crítica en el suplemento cultural de un gran periódico disparaba las ventas de ese libro. Hoy…

Hoy, un comentario en Tiktok de un "influencer" tiene mil veces más influencia que la tribuna de un premio Cervantes en el medio de más prestigio.

Desde luego que sí. Un "influencer" analfabeto tiene más influencia sobre un libro que un crítico que lleva toda la vida estudiando. Es exactamente así.

¿Podemos llamar “críticos literarios” a los "influencers" que recomiendan libros en las redes sociales?

No, no son críticos literarios. De ninguna manera. Son, en todo caso, prescriptores literarios, que es muy distinto. Son prescriptores porque tienen una gran influencia en la recomendación, en la vida de ese libro, pero esa recomendación no suele tener que ver con los elementos que hacen bueno o malo a un libro.

Si uno de los objetivos fundacionales de la crítica es dar a conocer libros interesantes, ¿debe escribirse también sobre los libros malos? Para un libro malo, ¿la mejor crítica no es el silencio? En ese sentido, los "influencers" pierden menos tiempo que los críticos: centran sus intervenciones sólo en los libros que les gustan.

Para mí, la crítica clásica, la mejor crítica, es la que describe las características del libro sin destriparlo y, al final, emite un juicio sobre él. Una crítica serena, sensata, donde no hay inquinas personales ni prejuicios ideológicos. Esa crítica ya no se hace. Ahora, la crítica es visceral. Y es en ese aspecto donde las redes sociales hacen notar su revolución. Han cambiado la razón por el sentimiento. Los libros no son buenos o malos por cómo están escritos, sino por los sentimientos que producen en la persona que los enjuicia.

El peligro de lo emocional como argumento primordial, por encima de todo.

Ni con la literatura ni con la razón. En la crítica deben primar la literatura y la razón. Volviendo a su pregunta: esos "influencers" son, en el fondo, comentadores emocionales de libros. “Es que este libro protege a tal colectivo, es que este libro defiende tal causa”. Entonces, se acaba imponiendo el enfoque y la ideología del libro a la calidad del libro. Hoy, libros absolutamente bien escritos son machacados porque no se corresponden con la sensibilidad social del momento.

Eso insufla la tentación de la autocensura a los escritores.

Sí. Es un enfoque perverso porque se acaba orillando dos factores fundamentales de la literatura: la ruptura y la transgresión. “A ver qué van a decir, a ver si me van a machacar”. Creo que eso está cada vez más presente en la cabeza de los escritores que se van incorporando. Es terrible.

Igual que los periodistas, los críticos literarios trabajan con líneas editoriales. Y también con los condicionamientos que implica compartir ambiente con el escritor. En ese sentido, ¿son más libres los "influencers" que los críticos?

Esa libertad es buena, ¡por supuesto! Es decir: yo no abogo por clausurar o limitar a estos "influencers". Claro que no. Lo peligroso es que estos "influencers" sustituyan a los críticos tradicionales. El riesgo está en que los "influencers" se han adueñado del territorio de la prescripción y eso ha provocado que la buena literatura quede marginada. La influencia de los críticos literarios de hoy se circunscribe a un circuito cada vez más cerrado. Pertenece a una élite cultural algo alejada del lector medio.

Es como un corrimiento, entonces. Como un desplazamiento del eje.

Supone el desplazamiento de la crítica cualificada. El desplazamiento de la prescripción con prestigio a la prescripción iletrada. El imperante salvaje oeste de la prescripción en redes sociales está generando unas disfunciones tremendas.

¿Y qué hay del “boca a boca”? Esa siempre ha sido, y es, la mejor crítica. El lector que, entusiasmado, recomienda a otro.

Sí, tiene usted razón. Pero incluso ese territorio se ha visto distorsionado. Porque gran parte del boca a boca de hoy nace de lo que un "influencer" ha dicho en las redes sociales.

Nathan Devers, en un ensayo reciente, llama a combatir el pesimismo y a contar con los "influencers" como soldados de la literatura que la protejan desde dentro: integrarlos en la élite de la crítica. Viene a decir que, con estas nuevas condiciones, hay que jugar el partido. ¿No lo ve posible? Existen ejemplos elogiables, como los de Fernando Bonete o Patricia Fernández.

Sí, conozco esos casos. Pero veo un problema: conforme se crean esos perfiles, conforme sofistican su lenguaje y sus opiniones, van reduciendo su capacidad de llegada. Es triste, pero lo creo así. Es la gran paradoja de nuestro tiempo: cuanta más audiencia, cuanto más respeto mediático en las redes, se va reduciendo la capacidad de prestigio.

¿De verdad no puede existir un camino? Los libros, las historias que atrapen, van a seguir existiendo siempre.

No lo sé. No soy sociólogo, sólo soy un tipo que escribe novelas. Hablo desde mi experiencia en estos cuarenta años. También la crítica literaria tradicional tiene culpa en algunos aspectos: por ejemplo, en haberse olvidado de determinado tipo de libros.

Desarrolle.

Hay un tipo de libros que no ha sido considerado lo suficiente por la crítica. Muchos de los libros que más venden no aparecían ni aparecen en los grandes suplementos. Y creo que es un error. Hablo de Lola y Pepe, que salen de casa muy pronto, llevan a los niños al cole, se pegan una paliza trabajando, luego van a por ellos, los llevan a las extraescolares, llegan a casa, preparan la cena y se tumban exhaustos en la cama. Joder, no les apetece leer a Proust; no les apetece leer la gran novela literaria o una novela que, podemos entender, “de gran calidad”.

¿Qué les apetece leer?

Les apetece leer una historia más elemental, que les atrape y les lleve a otra parte, sin demasiadas profundidades, sin demasiados artificios narrativos. Yo mismo, cuando voy de viaje, me llevo novelas policiacas breves para desconectar y pasar un buen rato. ¿Con qué autoridad condenas una literatura que ilumina la vida de tanta gente?

Y esa literatura se ha condenado por parte de la élite.

Megan Maxwell seguro que vende muchas más novelas que yo, por poner un caso concreto. Porque responde a las necesidades de un público muy acorde con el tiempo que vivimos. La crítica literaria dejó fuera del mundo cultural a unas novelas que, en este sentido, son muy importantes. Esa arrogancia de la crítica literaria le está pasando factura.

En las redes sociales, esas novelas sí que han estado en el radar. Ahí, los "influencers" han sido más hábiles que los críticos.

Las redes sociales, en ese aspecto, han cubierto un vacío que había dejado la crítica.

Le leo algunos datos del ensayo de Devers sobre Francia, que supongo serán parecidos en España: “Los jóvenes pasan un tiempo diez veces mayor con las pantallas que delante de un libro. 19 minutos de lectura en libro por cada tres horas dedicadas a la pantalla”.

Esas son las matemáticas, digamos, que hacen posible el contexto del que le hablo. Y se valen de ese ambiente para ganar la batalla a la crítica de élite, que ha dejado fuera las novelas de las que hablábamos.

¿Quién tiene más poder hoy? ¿El editor, el escritor, el algoritmo o el "influencer"?

El "influencer". Sin duda, el "influencer".

Suele insistir usted en la idea de que, si ahora tuviera veinte años, contaría historias creando videojuegos, y no escribiendo novelas. Esa no es una visión optimista.

Es una visión realista. El hombre necesita de la narración desde que iba a cazar mamuts. En el poblado se contaba cómo Manolo había sobrevivido a la caza del mamut. Los seres humanos van a necesitar siempre de la narración, de las historias que compensan la parte de la vida no vivida. Todo estuvo primero en el teatro griego, después en Shakespeare… Y así sucesivamente. Cervantes, Mann, Balzac… Los temas son siempre los mismos. Cuando llegó el cine, el soporte cambió. Lo que quiero decirle es que el libro no es el soporte del futuro. El libro se va encogiendo, se va muriendo.

¿Podría decirlo con cifras? 

Hace quince años, yo vendía 800.000 ejemplares de un libro en un año. El primer 'Alatriste' vendió 250.000 ejemplares en un mes. Eso hoy es imposible. Los que peleamos por vender 200.000 libros en un año somos cuatro privilegiados. Y, además, vivimos de la inercia. En cinco años, venderé 100.000 raspados. Un libro que hoy vende 3.000 ejemplares es prácticamente un éxito.

Volvamos a lo de los videojuegos.

El soporte, como ve, se va agotando. Ya no interesa. Mucha gente compra, se publica un montón, pero el soporte decrece. Tengo claro que el futuro está en las pantallas y es audiovisual. Y creo que, en concreto, el videojuego es un grandísimo soporte. En este punto, me gustaría hablarle de la fragmentación; creo que es una de las claves del asunto.

¿Fragmentación?

Hace quince o veinte años, para publicar un libro tenías que pasar una serie de filtros de calidad. Tu libro llegaba a las librerías tras un calvario, tras haber superado las pruebas de Hércules. Se rechazaban muchísimas novelas. Hoy las editoriales se hallan en una huida hacia delante, una carrera suicida: publicarlo todo. “A ver si algo de todo lo que publico funciona”. A cualquiera que tenga un nombre medianamente conocido le piden un libro. Eso ha invadido las mesas de novedades. Los buenos libros, los que sí han pasado filtros, están rodeados de basura en las mesas de novedades. El buen libro se asfixia entre la basura firmada por la gente con nombre conocido.

En este contexto, usted crea Zenda, una revista de crítica literaria, que ha llamado la atención de 'La Règle du Jeu'. ¿Qué aporta Zenda en este panorama?

Como le decía, la crítica literaria se ha vuelto elitista y está dejando fuera una parte muy importante de la novela. Al mismo tiempo, también lo hemos comentado, prolifera un factor ideológico en los medios de izquierda y derecha, que dejan fuera a lo del otro lado. Zenda es una revista literaria verdaderamente transversal. Tanto de arriba abajo como de izquierda a derecha. Creo que es una fórmula que no existía; un espacio que hemos venido a llenar.

https://www.elespanol.com/espana/politica/20260412/perez-reverte-lanza-guante-guerra-diferencia-moral-muchacho-murio-gorrillo-republicano-boina-requete/1003744196264_0.html