30 mayo 2026

Esencia de periodismo

Rafael Álvarez Gil - teldeactualidad.com - 20/05/2026

Arturo Pérez-Reverte nos regala un libro inesperado (aunque suele publicar una novela al año) sobre sus andanzas en su época de reportero: ‘Enviado especial: Una biografía de guerra’ (Alfaguara). Acaba de salir a la venta y rescata sus crónicas de los años setenta, ochenta y noventa como corresponsal en medio de diversos conflictos. Y quien dice conflicto es, bajo el aura mítica de antaño, puro periodismo. Aunque no lo es como tal: descubrió lo peor de la condición humana. Sus miserias, sus bellaquerías, sus egoísmos… lo peor de lo peor cuando amenaza el peligro y la muerte. Mas también lo mejor cuando la delgada línea con el morir se siente tan liviana y cercana. Un legado que al escritor siempre le acompaña; en cualquier instante, en medio de los desvelos de la madrugada como cuando estará esperando en Madrid un taxi o en un acto cotidiano similar. Por eso dicen que el peso de la conciencia nunca duerme.

En las páginas del libro aparece el Sáhara Occidental, Líbano, la antigua Yugoslavia… e irrumpe el joven Pérez-Reverte con todas las ganas de comerse el mundo. Ese afán de la juventud por querer conquistarlo todo, a pesar de que concurran señales de prohibido. Su ciclo dorado como reportero coincide con el apogeo de la prensa tradicional. Y aunque hoy parezca otro mundo, hubo un día que las crónicas de los corresponsales eran esperadas en la Redacción como agua de mayo. Una firma cotizaba. 

Pérez-Reverte es una de esas personas con las que debe ser una gozada compartir conversación en una larga sobremesa, sin prisas ni estorbos. Escucharle atentamente. Lo digo con la querencia de un lector mas igualmente con la seguridad del que reconoce con el nacido en Cartagena que atesora el olfato que estila el periodismo y la vida realmente vivida. Cuando muchos se dejaban llevar por la comodidad del sofá, o del teléfono móvil en el presente, él ya estaba batiéndose el cobre en medio mundo. No digo que sea para cambiar unas vidas por otras, la sensatez es una virtud de la madurez, pero sí para reconocer su valía. Pérez-Reverte presume de tener biblioteca más que ideología. Y que molesta a las dos Españas. Lo bueno de ser leído es que no te pueden doblar los prejuicios de uno u otro bando, los embusteros que te rodean en la oficina, familia y diversos entornos. Qué importante es tener criterio. Para empezar, para que nadie te engañe.

https://teldeactualidad.com/art/181437/esencia-de-periodismo-arturo-perez-reverte-biografia-guerra

29 mayo 2026

El infierno de Pérez-Reverte como reportero de guerra, imagen a imagen

Abraham Rivera - elconfidencial.es - 30/05/2026

Con 23 años, Arturo Pérez-Reverte se lanzó al mundo y sus guerras. Se dice pronto. Eritrea, Sahara, Chad, Kuwait, Arabia Saudi, Croacia. Allí fue un barbilampiño reportero del diario 'Pueblo', el más importante de la época. Y desde aquellos lugares contó lo que vio, con una cámara de fotos y su inseparable Olivetti Lettera 32. Objetos que pueden verse en la exposición 'Fotografías de guerra (1974–1985)', una muestra imprescindible si se quiere conocer un poquito de lo que fue un oficio que con los años, y las nuevas tecnologías, ya es muy diferente. Y de cómo uno de nuestros grandes escritores se desenvolvió en trincheras, hospitales y campamentos de refugiados. Son 42 fotografías que retratan sobre todo a personas, a niños guerrilleros y a destinos que cualquier día podrían ser el nuestro. 

“La selección ha sido dificilísima”, destaca la comisaria y escritora María José Solano. “Pero el trabajo de archivo y de elección fue extraordinario, porque además las imágenes son muy buenas: retratos, escenas de combate, momentos íntimos”. Y así es. El trabajo es de un nivel magnífico, ya que además el propio Pérez-Reverte enviaba aquellos carretes sin revelar. La mayoría de esas fotografías ni las vio ocupando las portadas del periódico.

Esos carretes y negativos Pérez-Reverte los recuperó en 1984, cuando 'Pueblo' cerró. En un cajón de su casa, “estaban durmiendo el sueño de los justos”, como le gusta decir al escritor. “Estamos hablando de miles de imágenes, unas tres mil fotografías aproximadamente, tomadas durante toda aquella etapa como reportero. En 'Pueblo' era al mismo tiempo periodista y fotógrafo: escribía las crónicas y hacía también las fotografías”, señala Solano. “Los carretes llegaban a Madrid de las formas más accidentadas que podamos imaginar: en manos de azafatas, amigos, conocidos, gente que salía de un territorio en guerra y podía transportar el material hasta España”. Con la ayuda del fotógrafo Jeosm, el archivo se positivó. Se revelaron las fotografías, se ordenaron y se guardaron. “Algunas las fuimos viendo poco a poco, aunque evidentemente era imposible revisarlo todo de golpe. Y aquello quedó ahí durante bastante tiempo”, dice Solano. “Recuerdo que en el 'XL Semanal' hubo un momento en el que algunas de esas imágenes se publicaron por primera vez. Debió de ser hace un par de años. No se exactamente si coincidió con la publicación de 'Línea de fuego' o vino a raíz de aquello, pero el caso es que parte de ese material empezó entonces a salir a la luz”.

Y así llegó ya el proyecto actual, acompañado de la recopilación y edición de los artículos de guerra de Arturo Pérez-Reverte, de cuya edición se ha ocupado también ella. “Ahí es donde todo empieza a conectarse. Los textos, las fotografías, el archivo personal y toda esa memoria periodística acumulada durante décadas”, advierte. 'Enviado especial' (Alfaguara, 2026) recoge muchas de las crónicas que escribió el autor de 'Soldados de Salamina' [sic] desde el frente armado, y que sirven como excelente lupa desde la que contemplar la exposición. Una obra fundamental también para disfrutar, comprender e imbuirse de todo el aura que esos años nos transmiten.

“Él está especialmente orgulloso de esas imágenes en las que compartía el mismo peligro que los soldados, recibiendo las mismas balas y corriendo exactamente el mismo riesgo. Hay fotografías tomadas a pie de batalla: detrás de un soldado que corre en Eritrea, después de estallar un obús, o en las noches de los hoteles de Beirut. Son imágenes imposibles de conseguir si no estás realmente allí dentro”, destaca Solano mientras menciona también algunos de los objetos que acompañan a las fotografías (en riguroso y nítido blanco y negro), como es el casco que llevó en la guerra de los Balcanes, las cámaras de fotos (una Pentax MX y una Pentax Spotmatic, la Nikon la vendió) o las diversas acreditaciones de prensa. Un recorrido gráfico donde hay una presencia constante de niños. “Niños refugiados, niños armados, niños soldados. Eso impresiona muchísimo en la exposición y también en el catálogo. Porque, al final, son el rostro más brutal de todas esas guerras. Él hablaba mucho de eso, de cómo los niños terminaban convirtiéndose en un paisaje habitual en el conflicto, algo casi insoportable de asumir”, nos recuerda la curadora.

Algunos de los militares de sus crónicas, luego se van a convertir en personajes reales. Por ejemplo, Andrés Faulques, el fotógrafo de guerra que es uno de los personajes principales de su novela 'El pintor de batallas'. “Era un militar real. Y como él, otros muchos personajes, otros muchos nombres y perfiles humanos que después terminarán reapareciendo en sus novelas”, comenta Solano, que también es la encargada de la colección Zenda-Edhasa, dedicada a publicar aventuras de corte clásico. “Y luego está, por supuesto, ese concepto tan profundamente revertiano del héroe cansado. Eso aparece ya clarísimamente en las crónicas”.

A Solano le gusta destacar cómo Reverte ya desde muy joven apunta a cómo será un escritor inquieto y perspicaz y perseverante. “Primero publica en Murcia, cuando todavía no era universitario, apenas un estudiante de bachillerato. Pero ya estaba ahí esa ambición, esa inquietud de reportero, esa necesidad de contar lo que ocurría”, se maravilla Solano, que recuerda una crónica en la que un jovencísimo Pérez-Reverte baja a las minas de La Unión y hace un reportaje fantástico sobre los mineros. “Lo importante es que baja con ellos. Él ya está dentro del territorio, dentro de la historia. Tiene desde muy joven esa obsesión por contar desde el lugar donde ocurren las cosas, nunca desde fuera ni desde casa”, incide. Y luego está también el viaje en petrolero. “Se embarca en un petrolero para narrar cómo viven los marinos, cómo es la vida dentro del barco, en un momento además muy delicado, los años de la crisis del petróleo, en torno a 1973, si no recuerdo mal”, cuenta de esa intuición periodística de estar donde está pasando algo importante. Todos esos artículos están incluidos en el libro de crónicas. “Son los antecedentes de que vendrá después. “Hicimos una selección, naturalmente junto al propio autor, de toda la parte vinculada ya a su trabajo como reportero de guerra y enviado especial”.

En los textos de principios de los setenta todavía se percibe el entusiasmo del reportero joven, casi aventurero, fascinado por el oficio y por el mundo. Según avanzan los años ochenta aparece ya otra mirada. “Sigue siendo un periodista joven, realmente muy joven, pero ya se nota una lucidez mucho más amarga y, sobre todo, un cansancio moral muy evidente”, expresa Solano que para recopilar, bucear y de algún modo asimilar a aquel escritor en ciernes, se va a patear mercadillos y va a comprar muchos de esos periódicos de la época.

“Durante mucho tiempo fui comprando ejemplares antiguos, revistas, copias originales. Tengo bastantes números de 'Pueblo' y, sobre todo, de la revista 'Defensa', de la que Arturo fue editor durante unos años. Allí publicó muchos artículos, algunos reutilizados desde 'Pueblo' y otros completamente originales”, comenta. Además, hay también una labor importantísima de archivo y digitalización que hizo la página iCorso. “Ellos digitalizaron prácticamente todos los ejemplares de 'Pueblo' en los que escribía Arturo. Es una hemeroteca extraordinaria, casi una obra de arqueología periodística”, continúa explicando.

La exposición recoge un documento verdaderamente único. La carta que Manuel Cruz, jefe de internacional del diario 'Pueblo', envió a su corresponsal en El Cairo contándole que llevaba varias semanas sin saber nada de Pérez-Reverte. Se le daba por desaparecido. “Arturo estaba entonces en Eritrea, en plena ofensiva, y habían perdido completamente el contacto. Pensaban literalmente que había muerto”, señala Solano. “En la carta le pide que, por favor, si encuentra el cadáver, lo identifique para poder iniciar los trámites de repatriación y toda la documentación oficial”. Lo fascinante es un final casi novelesco. Nadie logró averiguar nada porque Reverte había conseguido salir andando hasta la frontera. “Y tiempo después, de regreso a España, se cruzó por casualidad con aquel corresponsal en un aeropuerto. El otro se quedó completamente helado y le dijo: "Pero bueno, ¿tú estás vivo? Llevo semanas buscándote". Y sí, estaba vivo”, bromea con una media sonrisa Solano.

Por último, tres compañeros que acudieron a la inauguración de la exposición que termina este fin de semana y que forman parte de ese oficio que tanto ha influido a Reverte. “Aunque en los años de 'Pueblo' trabajaba muy solo —el sistema de reporterismo entonces era así. Mucha precariedad, mucha improvisación y muchísimo oficio aprendido sobre la marcha—, siempre ha mantenido una fidelidad enorme hacia aquella generación de reporteros de guerra con la que compartió oficio y riesgos”, relata Solano. A la presentación acudieron José Luis Márquez, el cámara de guerra al que Pérez-Reverte dedicó 'Territorio comanche'. También estuvo Paco Custodio, que fue quien grabó, entre otras imágenes históricas, el incendio de la biblioteca de Sarajevo. Y estaba Luis Miguel de la Fuente, el más joven de todos ellos, que llegó cuando los demás empezaban ya a retirarse, aunque todavía coincidió con aquella generación en los Balcanes y sigue siendo hoy un estupendo reportero gráfico. “Arturo los cita constantemente. Sigue hablando de ellos con enorme admiración y con una mezcla de memoria, afecto y nostalgia por una manera de ejercer el periodismo que prácticamente ha desaparecido”, concluye Solano.

https://www.elconfidencial.com/espana/madrid/2026-05-30/el-infierno-de-perez-reverte-como-reportero-de-guerra-imagen-a-imagen_4363194/

28 mayo 2026

“Cuando voy a Argentina no voy al extranjero”

Entrevista de Juan Cruz - clarin.com - 29/05/2026

Da escalofríos esta escritura de Arturo Pérez-Reverte, aquel joven escritor que aun no sabía qué iba a ser de su talento. Iba, en seguida, para periodista y muy pronto, además, encontró el camino de la literatura. Ahora es académico de la Lengua en España, conocido en todo el mundo, y es un amigo ferviente, un hermano, de la Argentina.

El triste rostro de la derrota llamó al desarrollo de la contienda de Argentina contra los ingleses. Él vivió ese desastre. Lo contó entonces, se cuenta de nuevo en este libro, 'Enviado especial' (más de seiscientas páginas), que ahora parece una novedad absoluta de su literatura y que en su tiempo formó parte de las crónicas que Arturo hizo para contar el mundo que iba viviendo.

Pérez Reverte ha llenado su historia de grandes títulos literarios: 'El tango de la Guardia Vieja', 'El pintor de batallas', 'La Reina del Sur', 'El capitán Alatriste', 'Patente de corso', y ahora ha visto publicada esta obra que ahora es uno de sus grandes libros: 'Enviado especial'. Una biografía de guerra recoge lo mejor que ha escrito contando las contiendas mundiales que han jalonado su vida de periodista trotamundos. Él era “un joven con una mochila y una cámara”. Ahora es un académico y sigue siendo un trotamundos. Este libro nuevo (que refleja lo mejor de su periodismo) es también, ahora, una señal de juventud.

No te lo parecerá, pero quizá este es uno de tus mejores libros.

No es mío. Es la recopilación que han hecho de una serie de momentos de mi vida cuya publicación autoricé. Me convenció la editora de Alfaguara, Pilar Reyes. Decía: “Quien lee estos artículos seguidos entienden mejor tus novelas”. Cuando lo he mirado me he dado cuenta de qué cantidad de cosas apuntan en mis novelas de lo que aquí aparece. La forma de ver el mundo, los personajes, la actitud ante la vida y ante la muerte, y ante todo la violencia. Este libro se mueve por las fuentes en las que se formó mi mirada. En ese sentido sí es un libro interesante para mis lectores.

No es una sucesión de columnas de opinión. Es la vida.

Yo nunca he sido columnista. Cuando era reportero era reportero. En los últimos treinta años he hecho columnas, pero no son columnas periodísticas, son imágenes que esa vida me dejó. Yo no estoy hablando de ninguna actualidad. Estoy recordando momentos que me permiten explicar mi vida y el mundo.

La parte argentina es como si lo que pasó en aquella guerra hubiera pasado en tu país…

Cuando voy a Argentina no voy al extranjero. Sigo en un ámbito que se llama lo español, lo hispano, lo hispanoitaliano, lo latino… Ese es mi mundo. Nací en el Mediterráneo, así que cuando voy a Italia, a Gracia, a Turquía… estoy visitando a los parientes. Cuando voy a Buenos Aires ocurre eso también. Es mi patria. Una guerra argentina es también mi guerra… Ahora estuve allí: es mi casa, iba por la calle, a las librerías, charlaba con la gente, y siempre me sentí de allí, y así me recibían. En la guerra, cuando la cubrí, me asombraba que estuvieran muriendo chiquillos y todo el mundo estuviera pendiente de un par de partidos de fútbol.

El artículo principal respecto a ese viaje a la guerra argentina hace referencia al fútbol… “Mientras peleábamos, Argentina hablaba de fútbol”.

Vivía en el Sheraton, el hotel de los periodistas. Hacía mi crónica y la transmitía desde la calle Florida. Ahí escuché, cuando iba a enviar mi escrito “¡¡¡gol!!!” y dije: “¡Hostia, es que a lo mejor no merecen ganar…! ¡Están muriendo chicos y aquí están pendientes de si Maradona ha marcado!”… Desde el punto de vista moral fue una guerra muy difícil, estúpidamente dirigida por una junta militar criminal. No se pueden borrar el valor, el coraje, y la decencia de mucha gente que luchó creyendo que lo hacía por su patria….

¿Cuál sería para ti ahora la lección que tú trajiste de Argentina entonces?

Argentina es un país como España: enfermo. No consigue meter el hilo en el agujero de la aguja nunca. Y me duele porque es un país que amo. Como España. La gente es estupenda y tiene algo que nosotros no tenemos: la cultura sigue teniendo allí un eco extraordinario. Ahí sigue todavía esa Argentina culta, serena. Es posible que no esté, pero el eco está ahí. Existe ese tejido, ese respeto, ese impulso, esa inercia cultural que la hizo un país tan grande que culturalmente no se ha perdido. En el desgaste cultural que vive el mundo en general, Argentina está mejor situada que España. Aquí hemos perdido una tradición cultural que no conserva con afecto ni con devoción.

Este es un libro lleno de periodismo…

Siempre fui un periodista, un reportero. Yo lo he contado siempre: mi vida ha sido mirar y contar. Siempre he recordado al reportero que miraba y contaba. Y es lo que hice en la guerra: era un reportero de guerra, no iba de escritor: mi pasión entonces era la vida como reportero.

Pero por esa vida ha pasado el tiempo y ahora es también pura literatura…

Sí, pero no es algo deliberado. Yo hago novelas, artefactos narrativos que intento que sean eficaces para que el lector los viva conmigo y me acompañe en mis aventuras. Ese es mi objetivo como escritor. Claro, no puedo evitar una mirada forjada en la biblioteca del niño que fui… Esas lecturas me dieron un conocimiento del mundo, de las mujeres, de los hombres, de las guerras, del dolor, de la soledad, de todas las cosas… De modo que ahora todo lo que hago, también la literatura, también el periodismo, es evidentemente literatura. Un escritor es una mirada; un escritor es cómo ve el mundo… El que no tiene mirada no vale, no es un escritor interesante. Borges, Bioy, Valle-Inclán… Cada uno tiene una capacidad, pero sin mirada propia no es nadie.

El reportero no te abandona…

Hay algo importante para mí. Yo he vivido como reportero… Igual dormía con cucarachas en Angola, en Luanda o en Mozambique que en el hotel Alvear o en el Palace de Madrid… Eso te da conocimiento, soltura profesional en ambientes muy opuestos, y eso te da la riqueza de observar, la capacidad de observar que es evidentemente útil. En vi vida eso ha dado una acumulación de informaciones que ahora me sirven como novelista. Es un saco riquísimo del que saquear todo lo que me interesa…

La verdad es que eras novelista casi desde que naciste…

Sí, pero yo no lo sabía. Yo quería ser periodista, y a ello me llevó Pepe Monerri, jefe de 'La Verdad' de Murcia… Me puso a trabajar a los diecisiete años. Y ese aprendizaje mi llevó también a ser novelista, a tener una actitud literaria…

Igual que hiciste muchas guerras también pudiste hacer otros periodismos… ¿Por qué la guerra te llamó tanto?

En realidad fue el periodismo. Javier Marías y yo nos decíamos que habíamos leído los mismos libros y los mismos tebeos… Él quería escribir las historias y yo las quería vivir, y eso nos hizo recorrer los caminos para luego aparecer cada uno con un equipaje diferente… A mí no me gustaba la guerra. La guerra era un máster acelerado. Y me hice periodista para ir a la guerra. Para mí era como un pretexto. Yo quería vivir los libros que había leído, quería conocer chicas guapas por el mundo, burdeles en Bangkok... Creí vivir por calles bajo el suelo, quería ser un héroe. A los dieciocho años lo quieres hacer todo. Fue una manera de abrir un objetivo, pero el impulso era ese: una manera de llegar a ese mundo del que luego nació el periodista.

La guerra se quedó en tu cabeza y ya no te abandonó más. Has releído la guerra y ahora este es tu libro…

Las guerras… La guerra española fue aquello, como la guerra de los Balcanes… Me pidieron que hiciera un prólogo del libro… Eso me llevó a leer algunas partes de lo que había escrito. "Qué camino tan largo he recorrido", me dije, y señalo en el prólogo. El chiquillo que creció en una biblioteca mirando al mar y soñando con viajes y aventuras… Treinta y cinco años llenos de cosas. No ha sido una especie de orgullo melancólico.

No: ha sido puro periodismo.

https://www.clarin.com/opinion/perez-reverte-voy-argentina-voy-extranjero_0_Ktk9RJ5CLX.html

Band of brothers


María José Solano - abc.es - 28/05/2026

Forman parte de esa vieja estirpe de cámaras españoles que aprendieron el oficio cuando el reporterismo de guerra todavía consistía en cargar veinte kilos al hombro, cruzar calles con francotiradores y volver, si había suerte, con imágenes que olían a sangre y gasoil. Gente de aquella televisión pública que durante décadas tuvo a algunos de los mejores reporteros gráficos del mundo, aunque en España casi nunca se les reconociera como tales. 

Mientras otros daban la cara, ellos sostenían el plano. Y sostener el plano en Sarajevo, Beirut, Nicaragua o Afganistán significaba sacar medio cuerpo detrás del muro, aunque silbaran las balas. Significaba dormir vestido en hoteles agujereados por morteros, aprender a distinguir el sonido de un Kaláshnikov serbio de un FN belga, correr con veinte kilos al hombro y seguir grabando.

José Luis Márquez fue quizá el más legendario. Vietnam, Angola, Mozambique, Nicaragua, Yugoslavia, la Intifada, Tiananmen. Aquel hombre consiguió sacar clandestinamente de China las imágenes de la represión de Pekín escondiendo las cintas entre ambulancias y heridos. Paco Custodio. Su nombre quedó unido para siempre a la Biblioteca Nacional de Bosnia ardiendo bajo las bombas serbias: millones de páginas convertidas en ceniza mientras Europa discutía diplomáticamente su cobardía. 

En esa generación, muchos cámaras tenían una relación física con el peligro muy distinta de la actual: no iban "a cubrir" una guerra; vivían dentro de ella. Dormían en hoteles bombardeados, viajaban en convoyes militares, cruzaban avenidas bajo fuego de mortero y seguían grabando. El periodista podía esconderse detrás de una libreta; el cámara tenía que sacar medio cuerpo para filmar.

Miguel de la Fuente, más joven, es heredero directo de esa escuela clásica. Trabajó durante más de tres décadas en RTVE y estuvo en Bosnia, Irak, Afganistán, Gaza, Siria, Georgia o Ucrania. De la Fuente pertenece ya al tránsito tecnológico: empezó con cámaras pesadas de televisión analógica y terminó retransmitiendo guerras con mochilas satelitales y equipos digitales. Él mismo ha contado cómo el oficio pasó del celuloide y el U-matic al directo permanente y al teléfono móvil.

Lo extraordinario es que todos parecen salidos de aquel poema de Tennyson. «No puedo descansar de viajar», dice Ulises de vuelta a Ítaca. Y eso podría haberlo pronunciado cualquiera de estos hombres. Viejos compañeros que regresaban una y otra vez al horizonte porque quedarse quietos equivalía a empezar a morir. Aquí siguen. Márquez. Custodio. Miguel de la Fuente. Y también el reportero Arturo Pérez-Reverte, convertido luego en escritor, para siempre miembro de aquella Hermandad. «Venid, amigos míos. No es demasiado tarde para buscar un mundo nuevo». Los viejos compañeros de Ulises. Los hombres que siguieron filmando mientras Troya ardía.

https://www.abc.es/cultura/cultural/maria-jose-solano-band-brothers-20260529232356-nt.html

41 libros al fresco: los escritores eligen su nueva novela favorita para la Feria del Libro 2026

elmundo.es - 28/05/2026 

Arturo Pérez-Reverte: 'Catilina, una revolución fallida', de Luciano Canfora (Punto de Vista Editores)

Sigo al profesor Canfora desde hace tres décadas, pues admiro sin reservas la lucidez de este sólido intelectual de la vieja izquierda italiana, especializado en el mundo clásico. Su 'Catilina, una revolución fallida' me parece una obra extraordinaria sobre la famosa conspiración que fue uno de los más turbulentos episodios del final de la república romana. Este es un libro crítico, fundamental para comprender las manipulaciones del relato político, la conexión entre Historia y propaganda y las luchas por el poder de entonces y de siempre. Una vez más, el viejo profesor nos recuerda que cambian los modos, pero lo nuevo es simplemente lo olvidado.

https://www.elmundo.es/la-lectura/2026/05/28/6a0ed53821efa0ac568b45c6.html

24 mayo 2026

Arturo Pérez-Reverte participa en el VII Festival de Novela Negra Agatha en Atenas


Efe - 24/05/2026

Arturo Pérez-Reverte ha participado en el VII Festival de Novela Negra Agatha en Atenas. Las novelas de Reverte, cuyas tramas combinan erudición con el misterio o el suspense de una novela policíaca, virtuosismo literario con el realismo de sus muchos años de experiencia en el periodismo de guerra, fusionan diversos géneros literarios, tradiciones históricas y estilos de escritura.

Vídeo:

https://www.abc.es/cultura/arturo-perezreverte-participa-ciudad-vii-festival-novela-20260524151226-nt.html

22 mayo 2026

Sangre en las uñas y en la memoria


ABC - 23/05/2026

[El escritor y académico Arturo Pérez-Reverte se mete en la piel de Ulises y nos muestra al ser humano tras el héroe. Al hombre en el altar de los remordimientos]

Salieron conmigo. Dejaron Ítaca jóvenes, fuertes, en el momento espléndido de su juventud o en pleno vigor adulto. Me siguieron porque les prometí aventuras, botín, mujeres y gloria: todo aquello que la victoria reserva a los guerreros audaces. Salimos de nuestra isla a bordo de las cóncavas y negras naves, remando con vigor al ritmo de viejos cantos épicos, henchidas las velas rumbo a levante, para atacar una ciudad lejana con el pretexto siempre hay un pretexto, y ése era tan bueno como otro cualquiera de rescatar a una mujer hermosa y vengar la ofensa de su rapto. Y una vez allí, en la remota orilla del mar color de vino, peleamos durante diez años hasta que el ardid de un caballo de madera nos dio la victoria.

Yo estaba, con algunos de ellos, en el vientre oscuro de aquel caballo. Y llegada la noche, mientras la ciudad dormía, nos deslizamos fuera y empezamos la matanza. Aún se me crispa la boca en una mueca cruel tal vez sonrisa triunfal, quizá rictus amargo, puede que ambas cosas cuando recuerdo la luz rojiza de los incendios, los reflejos de las llamas en escudos, cascos y corazas, la sangre derramada en escaleras y salones, los hombres degollados y las mujeres violadas en sus propios lechos junto a los cadáveres de esposos, padres e hijos. El oro y la plata que cargamos camino de las naves, ganados hasta la última onza con nuestros peligros, nuestro miedo y nuestras vidas.

Hicimos en Troya la guerra como se hacía, como se hace, como se hizo siempre y como se hará mucho después de que mi cuerpo sea ceniza. Para bien y para mal llevo conmigo todas aquellas imágenes, del mismo modo que llevé la sangre de hombres, mujeres y niños en la hoja de mi espada, en el peto de bronce, en el rostro, en las manos fatigadas de tanto matar. Aún muchos días después, cuando bogábamos para regresar a casa, la sangre seguía incrustada en las manos con que empuñábamos los remos o tensábamos los cabos de las velas. Sangre en las uñas y en la memoria que todavía hoy, cuando contemplo mis dedos envejecidos y nudosos como sarmientos de vid, parece que siga ahí, indeleble, resaca y parda, del mismo color sombrío que tienen los remordimientos.

Regreso solo a esta isla, pues ninguno de los que partieron conmigo, de los que arrastré con mi nombre y mi gloria, sigue vivo ya. Se quedaron atrás, bajo las murallas de Troya, en la ciudad destruida, en los azares del largo regreso. Perdieron los botines duramente ganados y los aniquiló la furia de Poseidón, el desfavor o la indiferencia de los dioses, las asechanzas del piélago, la voraz insania de los cíclopes, las flores que hacen perder la memoria, las hechiceras que convierten a los hombres en cerdos… Creyeron en mí y lo pagaron uno tras otro con la vida, sumándose a los infinitos fantasmas que pueblan mi memoria cansada. Y mientras disfrazado de mendigo –o con la apariencia del mendigo que realmente soy– camino entre los olivos y chozas de la isla, me desazona ver a las mujeres que mis compañeros dejaron atrás, a sus hijos hoy crecidos, a sus padres ancianos, mirar el mar con la esperanza, todavía, de divisar las velas que los traigan de regreso. Sé que debería identificarme, dirigirme a ellos y contarles cómo sus ausentes combatieron y ganaron gloria y riquezas, cómo fueron desapareciendo hasta dejarme solo y desnudo en esta orilla. Pero yo que tantas cosas hice, el astuto navegante, el consejero de reyes, el expugnador de ciudades, carezco de valor para eso. No sería capaz de soportar sus reproches por habérmelos llevado. Ni siquiera de soportar su silencio.

Ahora ya no sé si valió la pena. Después de veinte años, una mujer casi marchita me aguarda tejiendo y destejiendo un tapiz. Un hijo a cuyos ojos mi ausencia me hizo detestable ha crecido sin mi ejemplo y aliento. Unos pretendientes arrogantes devoran mi escasa hacienda, y alguien debe expulsarlos con la violencia y la muerte inevitables… Sólo los dioses inmortales saben cuánta pereza me da verme obligado a matar de nuevo, tensar el arco que nadie sino yo es capaz de armar, disparar flechas que los manden a todos gimiendo a las sombras del Hades. Miro mis manos, cansadas pero aún capaces, y todavía me parece ver sangre en las uñas: la misma que tengo en la memoria y que diez años de guerra y otros diez de aventuras y naufragios no lograron borrar. Toda mi vida, al fin, se resume en un único y prolongado remordimiento. Estoy muy cansado para añadir más fantasmas a los que me acompañan, y debo luchar con la tentación de dar media vuelta y regresar al mar que me trajo; ese incierto mar donde, pese a todo, las cosas son mucho más sencillas que en tierra firme.

Tal vez dentro de treinta siglos, recordándome si todavía me recuerdan para entonces, alguien escriba unas líneas en mi memoria: "Bajé del barco, pero no pasé del primer bar".

La misma oscuridad, el mismo miedo: Arturo Pérez-Reverte y la guerra

Víctor Núñez Jaime - milenio.com - 22/05/2026

Una de las lecturas que marcaron el curso de mi carrera universitaria fue la de 'Territorio comanche'. Porque después del punto final de ese libro breve de Arturo Pérez-Reverte, uno se ve obligado a preguntarse si existe una ética en el filo entre la vida y la muerte. Al contar una visión descarnada de la guerra (no exenta de cierta ternura e ironía), nos acercamos al día a día de un corresponsal en la lucha armada de Yugoslavia, tal vez el último conflicto bélico cubierto por los grandes corresponsales que se forjaron informando sobre las atrocidades de la Humanidad (porque luego, con la llegada de las nuevas tecnologías y la crisis de los medios, todo ha sido diferente).

“Para un reportero en una guerra, territorio comanche es el lugar donde el instinto dice que pares el coche y des media vuelta; donde siempre parece a punto de anochecer y caminas pegado a las paredes, hacia los tiros que suenan a lo lejos, mientras escuchas el ruido de tus pasos sobre los cristales rotos. Territorio comanche es allí donde los oyes crujir bajo tus botas, y aunque no ves a nadie sabes que te están mirando.” Así describía Pérez-Reverte el inquietante escenario donde se movía en aquel conflicto que acabó en la división definitiva de los Balcanes.

Las lecciones de periodismo desprendidas del libro, al igual que el 95% de lo aprendido en la carrera, han sido inaplicables en el ejercicio de mi profesión (poco tiene que ver la romantizada teoría que nos inculcan con la cínica realidad), pero sustentan el testimonio de una época en la que los reporteros crecían “en un nido de piratas desalmados, genios sin escrúpulos, maestros del oficio, donde la exclusiva y el firmar en primera página justificaban casi cualquier método”, como dice, muchos años después, el ahora afamado novelista que acaba de publicar 'Enviado especial. Una biografía de guerra', la antología de sus crónicas, reportajes y columnas sobre los conflictos más cruentos del último tercio del siglo XX.

El volumen es valioso no sólo porque el autor comparte con los lectores las experiencias que marcaron su vida, sino porque el compendio de textos constituye los cimientos de la mayoría de sus posteriores historias de ficción. Se nota, además, que el hoy escritor y académico supo sacarle jugo a los últimos años de una forma de periodismo que hoy ya no se practica, que fue a la guerra con la mirada educada por la lectura y que ahora hace novelas con la mirada que la guerra le dejó.

De manera paralela a la publicación de 'Enviado especial', en el Ateneo de Madrid se exponen varias de las fotografías que ilustraron algunos de sus reportajes bélicos, las cuales enviaba con un piloto o una azafata (“no existía la inmediatez de ahora”). Son 47 imágenes y en sólo dos de ellas parecen personas muertas. “Es que ahora la guerra molesta y se pixela. Antes se hacían fotos para remover conciencias, para mostrar el horror y remover estómagos con niños sobre charcos de sangre o gente con las tripas de fuera. Y ahora esconden eso para no herir sensibilidades”, reflexiona el hombre que estuvo donde pocos querían estar y contó lo que muchos prefieren olvidar.

De Chipre, pasando por Líbano, El Salvador, Nicaragua o Irak, hasta Yugoslavia, Arturo Pérez-Reverte vio guerras que siempre, bajo cualquiera de sus formas, tenían “la misma oscuridad y el mismo miedo”. Primero las contó en las páginas del diario 'Pueblo' o en revistas como 'Gaceta Ilustrada' y, finalmente, en la pantalla de Televisión Española. A la tele se llevó, dice, “una forma personal de mirar el mundo, una mirada amarga que ya no me abandonaría nunca”. Es que, para entonces, la lección ya estaba aprendida: “no hay que huir del riesgo ni abalanzarse a él, sino medirlo. Averiguar antes de hacer el primer movimiento, por dónde vas a entrar y por dónde vas a salir. Y tener conciencia de que cruzar ciertas líneas no tiene vuelta atrás y que dejan huella”.

Finalmente, el joven reportero dio paso al veterano que recordaba los lugares de su vida anterior, ya sólo habitados por fantasmas, y a partir de ese momento la literatura se convirtió en la herramienta más eficaz para ordenar el caos, los remordimientos y los desastres (compruébenlo, por ejemplo, en su novela 'El pintor de batallas'). Porque “la guerra se queda en tu cabeza y ya no te abandona jamás”, dice. “Y sólo los que hemos estado ahí tenemos conciencia de lo frágil, de lo incierto”.

https://www.milenio.com/cultura/laberinto/la-misma-oscuridad-el-mismo-miedo-arturo-perez-reverte-y-la-guerra

16 mayo 2026

Una biografía de guerra

Ricard Gil Otaiza - que-leer.com - 16/05/2026

Tengo sobre mi mesa de trabajo un libro excepcional; tal vez lo mejor que se haya editado en materia de crónica y de reportaje de guerra en los últimos años, se trata de 'Enviado especial: Una biografía de guerra' (edición de María José Solano) (Alfaguara, 2026) de Arturo Pérez-Reverte, y me asomo a estas páginas, que son muchas (611) y densas, desde la mirada asombrada frente a una vida que no ha dado tregua a la experiencia extrema, primero desde el oficio de reportero en distintos escenarios bélicos para múltiples medios por más de dos décadas, y luego como novelista de larga trayectoria, y aunque ambos oficios parecieran antinómicos no lo son; es más, se complementan en una suerte de imbricación y de vértigo frente a la tragedia humana.

El novelista que es Pérez-Reverte no es la resultante de la metamorfosis del reportero, a quien los largos años en duros escenarios de guerra lo agotaron física y anímicamente, para entrar luego en el descanso y la comodidad aburguesada de la autoría de libros, sino que en estos textos que hoy se conjuntan —y en los que nos cuenta todo lo que acontece en medio de las refriegas y el dolor humano, del miedo a la muerte, de la pérdida de esperanza del retorno al hogar ya lejano, de la confrontación entre seres no muy distintos entre sí en los bandos encontrados en armas— hallamos ya el germen de lo literario.

Solo puede contar quien ha vivido. Nos lo recuerda con fino sarcasmo Jorge Luis Borges (quien poco vivió y lo hizo desde los libros, que son una forma de vivir, qué duda cabe), y es esa experiencia y ese moverse en distintos campos de confrontación lo que hoy podemos leer en este imperdible y magnífico tomo, y lo hacemos en un mundo no muy distinto al de las décadas de los 70 y de los 80, periodo de tiempo en el que nuestro autor actuó como reportero en diversos lugares (Líbano, Chipre, Sáhara, Nicaragua, El Salvador, Irán, Iraq, Angola, Mozambique, Sarajevo, Beirut, Eritrea, etc.), y digo esto porque el presente es tan turbulento como el ayer, o  quizás más cruento y enrarecido, y no precisamente por el odio, las rivalidades, los intereses económicos y los atavismos, que serán siempre los mismos —aunque con distintos ropajes— a pesar de los pesares, porque la guerra es la guerra, sino por la tecnología que marca un punto de inflexión insalvable (misiles teledirigidos, drones y sistemas autónomos, inteligencia artificial militar, ciberarmas, armas láser, etc.), y que se erige en eje fundamental en nuestros días y, que, si bien, despersonaliza la guerra, al modo de las trincheras como a la antigua, la hace más letal e inverosímil, aunque tan inhumana y monstruosa como aquella.

Esta “biografía de guerra” (como la denominan los editores) que acaba de entregarnos Pérez-Reverte es de una importancia capital en la comprensión del ayer y del presente, y su estructura u ordenamiento pretende ir desde lo cronológico y por etapas, de manera tal que cuando la leamos tengamos la sensación (o la plena conciencia) del hilo de la historia de décadas aciagas (se incorporan además crónicas posteriores a su etapa como reportero de guerra propiamente dicho, y nos topamos con textos de la actualidad hasta el 2025 que giran alrededor de la temática), y desde cada crónica y reportaje (escritos con la precisión y la hondura del maestro que se ya se perfilaba desde entonces) podamos avistar lo que se esconde tras cada hecho bélico: la estupidez de la naturaleza humana, pero también su desamparo y vulnerabilidad.

En este sentido, hallamos un deslumbrante primer texto, 'Un joven con una mochila y una cámara' (a propósito de “una cámara”, y si la vista no me engaña, la que veo colgada de su cuello en la fotografía de la tapa es una Pentax, como la mía, que tuve que dejar a mi partida de Venezuela), en que a modo de introito el autor narra aquellos años: sus temores y desconciertos, pero también el ingente aprendizaje que hizo de él el hombre que es en el ahora. En esta mirada introspectiva (mejor, retrospectiva) hallamos al prosista del presente, pero además al intelectual que de vuelta de los caminos es capaz de decirnos sin rubor, a propósito del cierre de su periodo como reportero: "El joven reportero dejaba lugar al veterano que, al rememorar los lugares diversos de su vida anterior, a menudo los encontraba habitados por fantasmas. Fue entonces cuando la literatura, las novelas, se convirtieron en herramienta eficaz para ordenar el caos". De seguidas, el libro se abre por etapas cronológicas: 1970-1973: Los años del aprendizaje. Los años 70: Como Fabrizio del Dongo en Waterloo. Los años 80: ¿Hay aquí alguien que haya sido violado y que hable inglés?. 1980-2025: Lugares de los que nunca se vuelve. Y Punto final. Los viejos reporteros sí mueren. Hay en total 149 textos (entre crónicas y reportajes), sin contar el primero y el último de los citados. 

Ni qué decirlo, el libro se deja leer tanto por la prosa muy perezrevertiana (aguda, incisiva, cortante, desnuda, combativa y directa, irónica y sarcástica, culta y al mismo tiempo coloquial, con referentes históricos y a la vez de actualidad, y con una voz narrativa que la hace personal y cercana), como por las temáticas que aborda, que nos llevan a extremos sensibles, muchas veces de inaudita crueldad, pero en los que el autor no se solaza para sacar rédito de ello, sino como punto de partida de hondas reflexiones de carácter ontológico.

Hay en estas páginas la nostalgia por los tiempos idos, la prosa quebrada por los viejos amigos y reporteros que se marcharon y por la desaparición del periodismo “vespertino, cimarrón, bohemio, entrañable” que él conoció; la extraña certeza de ser un veterano en cuya persona se cierran en sí misma épocas y aventuras, aprendizajes y vivencias, que la sostienen en el ahora, y que han hecho de él el hombre, el intelectual, el académico y el narrador que hoy muchos admiramos (y que otros tantos adversan).

https://www.que-leer.com/2026/05/16/una-biografia-de-guerra/

14 mayo 2026

“En la guerra la cámara no servía de escudo, te ponía en peligro”


Moeh Atitar - El País - 14/05/2026

Arturo Pérez-Reverte (Cartagena, 75 años) avisa desde el inicio de la entrevista: “Yo nunca he pretendido ser fotógrafo. Solo era un tío que tiraba fotos”. La conversación, en el bar del hotel Palace de Madrid, con un café y un vaso de leche de por medio, se jalona de un profundo respeto hacia el fotoperiodismo, y el escritor (antes periodista) y académico de la RAE revela cierto síndrome del impostor, pese a que ahora PhotoEspaña expone su trabajo.

La muestra ―'Fotografías de guerra 1974-1985', hasta el 30 de mayo en el Ateneo de Madrid― recorre su obra fotográfica, que coincide con la publicación de 'Enviado especial', una biografía de guerra, libro editado por Alfaguara y que reúne una destacada selección de crónicas, reportajes y columnas. El nivel de las fotografías seleccionadas, tanto para la exposición como para el catálogo (editado por La Fábrica), haría las delicias de cualquier editor de prensa, historiador o comisario de arte.

La entrevista se ciñe exclusivamente al fotoperiodismo. No asoman ni el capitán Alatriste, ni la RAE, ni las variadas polémicas que suelen acompañar al académico.

Sin querer ser fotógrafo, ¿por qué hacía fotos?

Trabajaba para el diario 'Pueblo' y viajaba solo por África, Asia y América. 'Pueblo' tenía una gran tirada, era espectacular. Si quería publicar mis reportajes tenía que llevar imágenes. Yo no quería hacer fotos: era una necesidad para poder publicar. Sin foto, no había texto. Cargabas un carrete de 36 y te ponías a disparar… Alguna tenía que salir bien. Pero yo enviaba los carretes sin saber qué había hecho.

¿Pero no revelaba los carretes?

No. Yo sé revelar, pero en medio de la guerra no te ponías a hacerlo. Te hacías amigo de algún piloto o de alguna azafata que regresara y mandabas los carretes con ellos a la redacción. No veía el resultado de mis fotos ni de mis reportajes, porque seguía en la guerra: pasaba meses allí e iba enviando material. No existía la inmediatez de ahora; lo que había tomado semanas antes seguía teniendo valor. Nunca le di importancia a mi archivo fotográfico. Cuando cerró 'Pueblo' fui a recoger todo mi material y lo guardé en unas cajas. Hasta hace unos años, cuando con la ayuda de mi amigo el fotógrafo Jeosm me puse a buscar unas fotos familiares y él me dijo: “Aquí hay muy buen material”. Hay imágenes que no había visto hasta hace poco.

¿Con qué equipo trabajaba?

Mi cámara principal era una Nikon F2, una máquina buenísima y muy fiable. Era toda mecánica, salvo el fotómetro. Luego llevaba dos Pentax más ligeras. Mi objetivo preferido era el 50 mm; en combate montaba un 35. Ese angular, en medio de las trifulcas, te ayudaba a sacar algo bueno, porque con un disparo abarcabas toda la escena. Mis fotos son de combate real porque estaba allí metido, vivía con ellos. Llevaba un 135 mm, pero nunca lo usaba: la acción estaba demasiado cerca. Y de carrete utilizaba 400 ASA. Te llevabas 10 o 20 carretes, y cuando se acababan tirabas con lo que podías comprar por allí, así que imagínate.

¿Cuáles son sus referentes en la fotografía? En 'Enviado especial' menciona que la película 'Sangre en Indochina' le motivó a ser periodista de guerra.

Sí, la película de Pierre Schoendoerffer, un francés formidable, me dejó fascinado. Luego, con 14 o 15 años, me hacía con las revistas 'Life' y 'Paris Match'. Los fotógrafos de esas publicaciones fueron mis maestros. Hablamos de Gilles Caron, Catherine Leroy, Larry Burrows y tantos otros con los que después coincidí en la guerra; conocer su trabajo me ayudó a conectar con ellos. Recuerdo que me hizo mucha ilusión que, en la primera guerra que cubrí, la de Chipre (julio 1974), 'Paris Match' publicara una foto de lo que Manu Leguineche llamaba la tribu, ese grupo de unos treinta periodistas que íbamos coincidiendo en distintos conflictos, y yo estaba allí, entre ellos.

En la presentación de la exposición y en el libro que recopila sus crónicas aseguraba que la guerra ahora se pixela…

Hay muchas fotos mías que ahora son impublicables. Nos ha pasado con la exposición, aunque he sido bastante ajeno al proceso de selección. En el catálogo hay unas 50 o 60 fotografías; en la muestra se redujeron a 20. Solo eligieron dos fotos de muertos, y fue porque pedí que estuvieran. En la exposición tienen un tamaño más pequeño: no se atrevieron, por instinto o de forma deliberada, a darles mayor formato.


"Esta fotografía hoy sería impublicable. Fue primera del diario 'Pueblo'. Es en Eritrea. El tipo al verme con cámara me pidió que le hiciera una foto. En la exposición han decido darla en un formato más pequeño", cuenta Pérez Reverte.

¿Por qué cree que sucede?

El ser humano niega ahora el dolor, sobre todo en Occidente. Nuestros padres y abuelos tenían la certeza del dolor y de la muerte. No había penicilina, había hambre, había guerras… Había una aceptación natural, biológica y social de lo que eran. Ahora se muere el abuelito y al niño le decimos que está en el cielo y ni siquiera ha ido al velatorio, para que no se traumatice. Esa hiperprotección es propia de Occidente, porque en el resto del mundo se sigue viviendo con esa certeza. Y la función del reportero de guerra era, justamente, remover conciencias. La prensa contribuyó a acabar con la guerra de Vietnam con fotos como la de Eddie Adams, en la que el general Loan ejecuta a un hombre en plena calle y sin juicio previo. Ahora ya no vemos esas imágenes de la guerra de verdad.

Sin embargo, estamos rodeados de videojuegos con una violencia explícita donde, en cierto sentido, se juega a matar…

Llevan al jugador a una realidad virtual que no es la exacta, con lo cual cree que la violencia es eso. No, la violencia huele, sangra, duele, golpea, mata… Hace 40 años, cuando alguien mataba, sabía lo que estaba haciendo. Ahora la gente puede matar por juego y creerse que en la vida real es solo eso.


"Son milicianos cristianos en Beirut, Líbano. Muy jóvenes. Te pasabas días con ellos en el frente. Eras uno más", recuerda Reverte.

Sorprende que sea tan preciso en la datación de los textos de 'Enviado especial' y, sin embargo, en las fotos no hay ni fecha ni lugar.

No me acordaba con precisión ni de los lugares ni de las fechas. Insisto, nunca le di importancia a mi archivo fotográfico. No soy fotógrafo. La prueba es que dejé la cámara en cuanto llegué a la televisión, y me iba a la guerra con grandes profesionales que tomaban las imágenes. Y al final, todas las guerras son la misma guerra.

¿Le servía la cámara como escudo?

No, en absoluto: la cámara te ponía en peligro. Te veían hacer una foto que no querían que hicieras y… La Nikon era una buena cámara, pero nada discreta. Hacía mucho ruido y más de una vez tuve que sacar el carrete y velarlo porque no les gustaba lo que había fotografiado. Tenías que ganarte su confianza. Hay que tener en cuenta que pasaba días con ellos en el frente. En África me ayudaban mucho los cigarrillos y llevar una Polaroid: nada más llegar le hacía una foto al jefe y se la regalaba. Reconocías su autoridad. Pero, en general, eras bienvenido. Eran todos más inocentes, no veían las consecuencias de las fotos. No había inmediatez: si les hacías una foto, significaba reconocer su heroicidad. Ahora todos saben lo que es una fotografía, y por eso ya no existe el acceso que teníamos antes.

Su novela 'El pintor de batallas' la protagoniza un fotoperiodista retirado obsesionado con la geometría del caos. ¿Tenía usted también esa fijación?

Con el tiempo descubrí que en la guerra hay una geometría: está la parábola de un obús, la línea recta de la trayectoria de una bala o la formación misma de un grupo de soldados… Todo son curvas, rectángulos, líneas. La mayoría de mis fotos están tomadas desde el suelo. Esa visión de la geometría del caos te permite mover la cámara: te da los ejes, el punto, el lugar. Estás en el suelo y un tipo pasa corriendo. No es lo mismo que estar de pie, porque de pie te pegan un tiro. Esa posición te obliga a hacer un encuadre determinado, porque la foto se impone. Pero nunca racionalizas esa geometría del caos. Aún hoy, con 75 años, voy por la calle y sigo viendo lo bueno y lo malo: dónde está el sol, cómo sopla el viento, la lluvia, el semáforo o el tráfico. Es la geometría del mundo. Y esa percepción me la ha dado la guerra.


"El comandate Kibreab era mi amigo. Lo mataron en Tessenei. Originalmente era una diapositiva a color. Eso que tiene arriba que parecen flores son sus sesos. No la quise vender. Después del combate, cruzamos la plaza y al llegar al final no estaba. Pregunto por él y me responden en italiano: 'È andato via'. Se ha marchado. Lo reconocí al pasar. Me acuerdo de la foto porque la pude ver al momento, al ser diapo. Nunca la quise vender. Era mi amigo. Si hice la foto fue por instinto periodístico. Pero no la vendí".

¿Qué más le ha enseñado la guerra?

Los que hemos visto la guerra somos distintos a los que están aquí, porque no tienen conciencia de lo frágil, de lo incierto. Pero hay algo que aprendí muy joven: la humildad profesional. Yo llegaba a un sitio y buscaba al periodista que más sabía. Aquel tipo, aquel viejo que estaba con la puta, borracho, era el que más sabía de ese país. Me acercaba y le decía: “Hola, me llamo Arturo, te invito a una copa. No tengo ni puta idea. Sé que tú eres el que más sabe y quiero aprender”. Y siempre, siempre me ayudaban. Con ellos aprendí el oficio: esa humildad profesional de aprender de los que más saben. Puedes ser lo más chulo del mundo, pero trabajando tienes que aprender. Con los fotógrafos me pasaba lo mismo.

Puede parecer que ahora lo hacemos todo mal en el fotoperiodismo.

¡Para nada! ¡Jamás he dicho eso! Todo lo contrario. El fotoperiodismo es una elección de la realidad que quieres mostrar. Y si el periodista es un tipo formado, inteligente, con visión, de nivel, el resultado es espléndido. El encuadre denota ya un talento, una intención, y es de las pocas cosas que aún conservan la personalización. No engaña: es la prueba del algodón. Hay un problema, y es la saturación de imágenes de retaguardia, que puede hacer cualquiera con su teléfono móvil… pero compárala con la que realiza un fotoperiodista con intención. Y siguen existiendo fotografías espectaculares.

¿Recuerda alguna?

Recuerdo una fotografía magnífica pero tontorrona. Tres chicos en la guerra de Ucrania, chavales universitarios, a los que habían equipado con uniformes y fusiles. Salían del cuartel con edad de estar saliendo del colegio. De la escuela a la trinchera. No es una foto de guerra al uso, pero sí una imagen extraordinaria. Ninguna imagen de televisión o de un aficionado consigue eso.

Dice Koudelka que una buena foto es aquella que no se puede olvidar. ¿Cuál es la suya?

Una de mi madre. Era bellísima. Mi madre era la mujer más guapa de Cartagena. En la foto parece una actriz italiana, de cine: delgada, alta, elegante… Está con sus gatos en la terraza de casa de sus padres, antes de casarse. Cuando veo esa imagen no veo a mi madre, sino a la mujer, con mayúscula. Veo la belleza, la elegancia, la serenidad… Luego la vida va destruyendo esas cosas a medida que pasan los años. Y esa foto de mi madre es la que más quiero. Si antes de morir pienso en una foto, será la de mi madre en aquella terraza.


https://elpais.com/cultura/2026-05-14/arturo-perez-reverte-sobre-sus-fotografias-en-el-frente-en-la-guerra-la-camara-no-servia-de-escudo-te-ponia-en-peligro.html