24 diciembre 1995

129 – AQUELLA NAVIDAD DEL 75


El Semanal, 24 de diciembre de 1995

Estaba el arriba firmante el otro día en Sevilla, presentando un libro, cuando en mitad del trajín se acercó a la mesa un tipo grande, cincuentón largo, con una portada de 'ABC' vieja de veinte años.

¿Sabes quiénes son éstos?

Miré la foto. Un Land Rover en el desierto, junto a una alambrada. Soldados con turbantes y cetmes. Un militar fornido, en quien reconocí a mi interlocutor. A su lado, un joven flaco con el pelo muy corto, gafas siroqueras, ropa civil y cámaras fotográficas colgadas al cuello. El titular decía: “Tropas españolas patrullan la frontera del Sáhara Occidental”. Cuando terminé el acto y fui en busca de mi visitante, éste se había ido. Lamenté no poder darle un abrazo. No sé qué graduación tendrá ahora, pero en aquella foto era capitán. Se llamaba Diego Gil Galindo, y durante casi un año compartimos tabaco, arena del desierto y copas en el cabaret de Pepe el Bolígrafo, en El Aaiún, cuando éramos jóvenes y él creía en la bandera y en el honor de las armas, y yo creía en los Reyes Magos y en la virginidad de las madres. Y tal día como hoy, víspera de Navidad, hace exactamente veinte años, a Diego Gil Galindo lo vi llorar.

Ahora, con esto de la transición, y el Centinela de Occidente dos décadas criando malvas, y la peña en plan nostalgia, voy y caigo en la cuenta de que me perdí todo eso. De la muerte del Invicto me enteré tres días después, cuando el grupo de guerrilleros polisarios a quienes acompañaba atacó un convoy marroquí cerca de Mahbes, y entre los efectos personales de los muertos también les quité el tabaco, y dátiles había una radio de pilas. Y luego vine aquí una semana, y me fui a Argel el 3 de enero del 76, de allí al Líbano, que empezaba entonces. Y cuando entre unas cosas y otras regresé a España, resulta que esto era una monarquía y a la gallina de la bandera le habían retorcido el pescuezo. Quizá por eso siempre me sentí un poco al margen de la película.

En realidad, mi transición personal tuvo lugar en el Sáhara aquella víspera de Navidad de 1975, cuando el todavía gobierno Arias Navarro entregó a los saharauis atados de pies y manos a las fuerzas marroquíes. Cuando el ejército español abandonó el territorio de puntillas y con la cabeza baja, mientras los soldados indígenas de Territoriales y Nómadas, desarmados y traicionados, vistiendo todavía nuestro uniforme, huían por el desierto hacia Tinduf, para seguir luchando (ese mismo Tinduf al que iría después Felipe González a hacerse fotos polisarias, hasta que fue presidente y le dio el ataque de amnesia).

Esa última noche, víspera de Navidad, cuando el director de mi periódico —'Pueblo' cedió a la presión de Presidencia del Gobierno y me ordenó salir del Sáhara con las tropas españolas, la pasé en el bar de oficiales de un cuartel desmantelado, mientras los archivos ardían en el patio y los soldados del general Dlimi se apoderaban de El Aaiún. Algunos de los militares que me acompañaban ya están muertos. Pero guardo su amistad bronca y generosa, hecha de cielos limpios llenos de estrellas, nomadeando bajo la Cruz del Sur: viento siroco, combates en la frontera, agua de fuego, chicas de cabaret, infiltraciones nocturnas en Marruecos… Sin embargo, lo que en este momento veo son sus ojos tristes aquella última noche, su amargura de soldados vencidos sin pegar un tiro. Atormentados por su palabra de honor incumplida, por sus tropas indígenas engañadas y por aquella inmensa vergüenza de cómplices pasivos que les hacía inclinar la cabeza. Y también recuerdo la concienzuda borrachera en que nos fuimos sumiendo uno tras otro, y mi desilusión al verlos de pronto tan humanos como yo, infelices peones de la política, víctimas de sus sueños rotos. Compréndanlo: yo tenía veintipocos años y ellos habían sido mis héroes.

También me acuerdo de que aquella noche llovió sobre El Aaiún. A veces se oía un tiro aislado hacia Jatarrambla, o los motores de las patrullas marroquíes que llevaban saharauis detenidos. Veo el llanto infantil del teniente coronel López Huerta, la fría y oscura cólera del comandante Labajos, la sombría resignación del capitán Yoyo Sandino. Y recuerdo a Diego Gil Galindo, la enorme espalda contra la pared de la que colgaban trofeos de combates olvidados que ya a nadie importaban, con lágrimas en la cara, mirándome mientras murmuraba: “Qué vergüenza, Niño. Qué vergüenza”.

Así fue mi última Navidad en el Sáhara, hace veinte años. La noche que murieron mis héroes, y me hice adulto.

12 agosto 1995

Bufones, juglares o clérigos

Francisco Ayala - El País - 12/08/1995

En esta encenagada hora de España, muchos son los que están echando mano de un adjetivo específicamente literario para calificar situaciones, actitudes o personas: les aplican el valle-inclanesco adjetivo de "esperpénticas". Transportada así al terreno literario, la inmundicia se hace en alguna medida palatable, pronunciable. La asepsia de la invención poética resulta capaz de dignificar aun los más viles objetos. Olvidémonos, pues, por un momento de esta tan podrida realidad en que el país chapalea, y si se nos permite una veraniega distracción hablemos por el momento de literatura. ¡Con la venia, pues!

Puesto a comentar una nueva edición de mi novelita 'Historia de macacos', el crítico amigo Rafael Conte hacía notar que su argumento coincide exactamente con el de un cuento, 'La pasajera del San Carlos', incluido en el libro 'Obra breve', de Pérez-Reverte, que el propio Conte ha prologado. Y Juan Cruz, el editor amigo, me anima a comentar en un artículo tal coincidencia. Así voy a hacerlo.

Para empezar, se advertirá que no estamos ante un caso insólito; muy al contrario, en literatura los argumentos, como las coyunturas mismas de la vida humana, son muy pocos, y siempre iguales, repetidos de una vez para otra. En la presente ocasión se trata de una anécdota curiosa; a saber: la supuesta esposa de un funcionario colonial resultó ser en verdad una prostituta profesional, con quien él se había asociado para explotar la concupiscencia de colegas y demás colonos, dejándolos finalmente burlados. Este simple hilo argumental es, por supuesto, susceptible de diversos tratamientos literarios; y en efecto, muy distintos son el que recibió en mi relato de 1953 y el que ahora le ha dado Pérez-Reverte.

La cosa en sí no tiene nada de particular, pero se presta bien a discurrir sobre la índole de la creación poética plasmada en una obra narrativa de imaginación. O, puesto en otros términos, a marcar la diferencia entre una ficción literaria y la realidad práctica a que ella está referida. Semejante discurso lo he desarrollado yo hace tiempo con análisis detallados de cierto episodio del 'Quijote', el del lavado de barba del protagonista en casa de los duques. A lo escrito entonces quizá pueda añadir ahora alguna matización más, aprovechando la feliz identidad del sustrato argumental de mi añeja noveleta con el del cuento reciente de un colega joven. Pues la casualidad ha venido a poner de relieve el origen común del material anecdótico utilizado por ambos.

Ya en la edición española del libro de Keith Ellis sobre 'El arte narrativo de Francisco Ayala' había puesto la traductora una nota era el año 1964 donde informa al lector: "Un episodio análogo se cuenta en España como anécdota, en relación con Romero Robledo (...): un cierto ambicioso obtiene un cargo del ministro por los favores de la supuesta esposa del solicitante, y éste, cierto tiempo después, revela al ministro que era soltero". Valga esta nota en apoyo de lo antes dicho: las situaciones se repiten siempre de nuevo, tanto en la vida práctica cómo en la literatura. Y la que sirve de base a estos relatos, el de Pérez-Reverte y el mío, pertenece a la vieja categoría del chascarrillo, cuyo esquema consiste en un engaño más o menos ingenioso dando ocasión a regocijo. La mitología griega y el Antiguo Testamento, Esopo, 'El conde Lucanor', el 'Decamerón', el 'Quijote', etcétera, abundan hasta el día de hoy en la elaboración literaria de burlas semejantes.

Volviendo a nuestro caso: mi narración como sabe quien la haya leído está situada en una imprecisa zona tropical del continente africano, donde víctima del engaño no lo será el político español que aquella traductora mencionaba, sino sucesivamente todos y cada uno de los miembros de mi imaginario establecimiento colonial. Escrita y publicada durante mi residencia en Puerto Rico, muchos lectores se maliciaron, a pesar de todo, que la historia debía referirse a esta isla del Caribe. En vista de lo cual, y con el deseo de neutralizar ese tonto pero por lo demás tan frecuente empeño de reconocer modelos reales en las obras ficticias, decidí aclarar las fuentes de inspiración de mi novelita mediante una nota antepuesta al texto que había de reproducirla en una antología. Y lo hice con las palabras siguientes: "En el tiempo de mi infancia (...) fue a Guinea como administrador del Hospital de Fernando Poo, y cada vez que regresaba con licencia nos traía la maravilla de maderas preciosas y relatos fascinantes. Sobre la base de uno de ellos elaboraría yo, al cabo de tantos años, mi Historia". De este modo puntualizaba que la anécdota, eje argumental de la narración situada por mí en tierra africana indeterminada, proviene en concreto de la colonia española de Guinea. Pues bien, Pérez-Reverte reconduce ahora, por su parte, el chascarrillo original de manera explícita a ese mismo punto: "Corrían los tiempos", dice, "en que Fernando Poo era todavía eso: una colonia próspera y ejemplar habitada por blancos altaneros y negritos buenos"; y enseguida cuenta con agilidad su cuento desde la perspectiva del capitán del barco que mensualmente hacía la carrera, ida y vuelta, desde Cádiz a Santa Isabel.

Dicho esto, no hará falta señalar, pues resulta obvio, que el autor de ‘La pasajera del San Carlos' desconocía mi obrita. Y ello se comprende: la publicación de libros es hoy tan abundante y continua que nadie pude estar al tanto de cuanto se encuentra en el mercado, por no hablar de las estanterías de bibliotecas. Por lo pronto, los estilos de la prosa, las técnicas narrativas, los respectivos desarrollos de la acción son totalmente distintos en ambos relatos, el suyo y el mío. En suma, lo único que una y otra composiciones literarias tienen en común es la anécdota, probablemente real, sobre la que fueron montadas. Y, siendo así, proporcionan, como antes dije, excelente oportunidad para reflexionar una vez más en términos generales acerca de la relación entre los materiales de la experiencia viva y la invención literaria en ellos basada.

Digamos ante todo que sólo el tipo mostrenco de lector o de espectador, en su caso a quien de la obra de arte no le interesa sino "aquello que pasa", o mejor aunque no quiere saber sino "lo que pasó", podría hacerse cuestión acerca de la "originalidad" de un relato literario a juzgar por la "novedad" del argumento que desarrolla. Es ese lector que, impaciente, se salta "la paja", se detiene en los diálogos, y quizá se apresura a buscar en las últimas páginas del libro el desenlace de la acción; y claro está que su curiosidad podría quizá saciarse mejor con un resumen, o tal vez pidiendo a alguien que le cuente cómo termina la novela (o la película); pero ¿cabría en cambio afirmar que el argumento de una novela es mero soporte, o pretexto, para levantar a su alrededor un edificio de valor estético?, ¿que una cosa es la verdad, y otra, de calidad muy diferente, quizá más alta, la poesía? Sostener esto equivale a ignorar la calidad literaria que es propia y peculiar de la vida humana misma; y que la anécdota original de un poema constituye, siquiera sea en germen, una creación literaria.

En efecto, el complejo de hechos constitutivo de una anécdota sólo adquiere la condición de tal, es decir, sólo adquiere sentido, mediante una forma verbal capaz de comunicarlo; y es cosa bien sabida que los mismos chistes, los sempiternos chascarrillos, se repiten siempre de nuevo, con mayor o menor efecto, en las más variadas versiones, a lo largo de los siglos. También es de vulgar conocimiento que su eficacia depende del arte un arte modesto, pero arte al fin, de la gracia con que el chistoso de turno acierte a desempeñarse.

A partir de la común experiencia dé la vida, cuyo sentido -misterioso en su fondo- se quiere descubrir y busca expresión desde los niveles elementales del folclore y la paremiología hasta los más profundos tratados de metafísica (o hasta la novela, que para Unamuno era el instrumento máximo del conocimiento), todos los esfuerzos literarios vienen a parar, a final de cuentas, en un mester de clerecía, cuando no de juglaría. 

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Historia de macacos

Rafael Conte - ABC - 18/08/1995

'Historia de macacos', que fue en su tiempo el primero de sus libros que Francisco Ayala pudo publicar en España después de su exilio, en 1955, en una edición casi clandestina y minoritaria de Revista de Occidente, es un conjunto de seis relatos cortos uno de ellos es una novela breve, género en el que Ayala es un maestro absoluto cuya relectura me ha descubierto un dato curioso: contiene, en uno de sus dos "leit-motivs" argumentales, la misma historia que 40 años después ha manejado Arturo Pérez-Reverte en su cuento breve 'La pasajera del San Carlos', incluido en 'Obra breve' (Alfaguara, 1995), que he tenido el placer de prologar. No se trata de un plagio, ni de una influencia directa, sino de un hecho real, acaecido durante la administración colonial española de Guinea, en la isla de Fernando Poo, del que Ayala tuvo noticia por un familiar funcionario colonial, y Pérez-Reverte por otro marino, y de ahí la notable diferencia entre ambos relatos, uno más terrestre y otro más especialmente marinero. El de Ayala, casi medio siglo antes, es más amplio, más globalizador, y su crítica del colonialismo mucho más serena y terrible, pues la completa con la esperpéntica historia de la apuesta gastronómica de los simios, y deja un final tan ambiguo que casi parece abierto.