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23 agosto 2026

Publicación de la versión francesa de 'Línea de fuego'

90 ans après, l'écrivain Pérez-Reverte replonge dans la sanglante Guerre d'Espagne

AFP - 23/08/2026

Quatre-vingt-dix ans après son déclenchement, la Guerre d’Espagne n’en finit pas de hanter les mémoires, dont celle du célèbre écrivain espagnol Arturo Pérez-Reverte, qui fait revivre à hauteur d’homme sa bataille la plus sanglante.

'Ligne de feu' (Gallimard), sorti cette semaine, est un gros roman choral de 650 pages dans lequel l’auteur décrit minutieusement la bataille de l’Ebre, qui marque en 1938 la dernière grande offensive des forces républicaines et leur échec face aux nationalistes de Franco. C’est le premier ouvrage que le prolifique Arturo Pérez-Reverte, pilier des lettres espagnoles avec près de 50 livres [sic] traduits en une quarantaine de langues, consacre à la guerre civile.

L’écrivain a tenu à l’écrire car «les personnalités politiques espagnoles, aussi bien de droite et d’extrême droite que d’extrême gauche, qui n’ont pas connu la guerre civile et n’en savent pratiquement rien, en ont fait un instrument politique», explique-t-il dans un entretien à l’AFP à Paris. A la sortie du livre en espagnol en 2020, il a été critiqué pour avoir placé les combattants des deux camps sur un pied d’égalité. Mais, pour lui, tous ceux qui luttaient dans les tranchées étaient, avant tout, des «êtres humains, des jeunes effrayés, des pères de famille inquiets pour leurs enfants et leur épouse, des hommes qui tuent et souffrent», énumère-t-il.

Comme dans plusieurs de ses autres livres, l’auteur de 74 ans nourrit son œuvre de l’expérience de deux décennies de reportages de guerre. «J’ai l’avantage de porter avec moi un bagage de vie important. Et quand je raconte la douleur, l’échec ou la mort, je n’invente rien. Il me suffit de me souvenir», relate l’ex-journaliste ayant couvert une vingtaine de conflits en Amérique latine, au Moyen-Orient, en Afrique et en Europe de l’Est à partir des années 1970. «La guerre a une odeur qui lui est propre, qu’on n’oublie jamais, une sorte d’odeur de chair en décomposition et de plastique brûlé», se souvient l’écrivain.

Arturo Pérez-Reverte, qui a connu un grand succès avec 'Le Maître d’escrime' et 'Le Tableau du maître flamand', publiera en octobre son prochain roman, 'La hipótesis más peligrosa' ('L’hypothèse la plus dangereuse'). Peu avant, sera mise en ligne sur Netflix une mini-série adaptée de son ouvrage 'Le problème final', qui vient s’ajouter à d’autres adaptations de ses œuvres, comme 'La Neuvième Porte' avec Johnny Depp, et 'Alatriste' avec Viggo Mortensen. Bien qu’il se définisse comme un 'analphabète du numérique', le romancier est très actif sur les réseaux sociaux, où il rassemble 2,5 millions d’abonnés rien que sur X. Mais Arturo Pérez-Reverte estime ne pas avoir besoin de l’intelligence artificielle. S’il dit avoir parfois recours à Google, il consulte surtout sa vaste bibliothèque, qui compte plus de 35.000 volumes. 'Mon IA, ce sont les livres', résume-t-il.

https://www.la-croix.com/90-ans-apres-l-ecrivain-perez-reverte-replonge-dans-la-sanglante-guerre-d-espagne-20260823

'Ligne de feu', d’Arturo Pérez-Reverte : dans l’enfer espagnol

Christian Authier - Le Figaro Littéraire - 28/08/2026

Dans la nuit du 24 au 25 juillet 1938 commença, durant la guerre civile espagnole, la bataille de l’Èbre, qui se solda, près de quatre mois plus tard, par 20.000 victimes et la victoire des nationalistes précipitant la chute de la République. Avec son nouveau roman, Arturo Pérez-Reverte raconte les dix premiers jours de cette bataille autour du village de Castellets del Segre au cours de laquelle les forces républicaines lancent une offensive visant à fixer l’ennemi dans une opération de diversion.

À travers cet épisode imaginé par l’écrivain, mais s’inspirant de personnages réels, le lecteur va découvrir et suivre Patricia Monzon, jeune militante communiste en charge des communications, le dynamiteur Julian Panizo et son camarade Francisco Olmos, le légionnaire Santiago Pardeiro, le monarchiste catholique Oriol des Forques, le caporal maure Seliman, les journalistes étrangers Phil Tabb et Vivian Szerman, le photographe Chim Langer, d’autres encore suscitant l’admiration ou l’effroi.

On pense…

https://www.lefigaro.fr/livres/ligne-de-feu-d-arturo-perez-reverte-dans-l-enfer-espagnol-20260828

15 julio 2026

“La guerra tiene su olor particular, no se olvida nunca”


Esther Sánchez - infobae.com - 16/07/2026

“La guerra tiene su olor particular, no se olvida nunca”. El escritor español Arturo Pérez-Reverte, autor de superventas como la saga del capitán Alatriste, nutre sus obras con retazos de sus dos décadas como reportero en conflictos.

“Un escritor es lo que ha leído, más lo que ha vivido, más lo que imagina [...]. Tengo la ventaja de que yo tengo una mochila de vida importante para mí”, explica el autor, uno de los más conocidos de las letras españolas actuales. “Cuando cuento el dolor, el fracaso, la muerte, no me lo estoy inventando... me basta recordar”, dice el escritor en París, donde promociona 'Línea de fuego', sobre la guerra civil española (1936-1939).

Pérez-Reverte, autor de superventas como 'El maestro de esgrima' y 'La tabla de Flandes', empezó su trayectoria profesional como corresponsal de guerra, en los años 1970, lo que le llevó a cubrir una veintena de conflictos en América Latina, Oriente Medio, África y Europa del Este. En una entrevista con esta agencia en la sede de la prestigiosa editorial Gallimard, que publicará en Francia a finales de agosto su novela sobre el conflicto español, Pérez-Reverte se explaya sobre algunos de los momentos que vivió durante su etapa de corresponsal, en las contiendas en Líbano o Etiopía. “La guerra tiene su olor particular, no se olvida nunca”, asegura este murciano de 74 años. “Es una especie de olor a carne podrida, a plástico quemado”.

Precisamente en 'Línea de fuego', publicada en español en 2020 y reeditada en 2026 en conmemoración de los 90 años del estallido del conflicto, Pérez-Reverte volcó parte de su “mochila de imágenes” para construir este fresco histórico centrado en una decena de días durante la batalla del Ebro, en 1938, la más sangrienta de la guerra. En esta novela coral, ganadora en España del Premio de la Crítica 2020, el escritor presenta a combatientes de los dos bandos enfrentados –el franquista y el republicano– en pleno ataque a una pequeña localidad. Entre estrategias, destacamentos, granadas y disparos, los personajes sobreviven como pueden en el frente.

Pérez-Reverte describe con minuciosidad los avances de unos y otros, los heridos en el frente, el cansancio y la sed, la angustia de los que quieren huir. Ante los que critican el hecho de presentar los dos bandos al mismo nivel, el escritor insiste en que para él los que estaban en las trincheras son todos “seres humanos”. “Chiquillos asustados, padres de familia preocupados por sus hijos, por su mujer, mujeres que sufren, hombres que matan, que sufren”, enumera. “Son por la mañana héroes y por la tarde villanos”.

El escritor, miembro de la Real Academia Española desde 2003, es autor de medio centenar de libros, traducidos en más de 40 idiomas, pero nunca antes había centrado una de sus obras en la guerra civil española. ¿Qué le motivó ahora a hacerlo? “Los políticos españoles, tanto de derecha, de extrema derecha como de extrema izquierda, que no conocen ya la guerra civil ni saben nada de ella, la han recuperado como una herramienta política”, responde. “Están contando la guerra civil gente de una generación que ni la vivió, ni la leyó, ni se la han contado”, dice el escritor, cuyo padre y tío combatieron en el conflicto.

Pérez-Reverte publicará su próxima novela, 'La hipótesis más peligrosa', en octubre, y poco antes verá la luz la miniserie en Netflix sobre 'El problema final', una adaptación más que se suma a las ya conocidas 'La novena puerta', con Johnny Depp, o 'Alatristre', con Viggo Mortensen, entre otras.

Aunque se define como “analfabeto digital”, el novelista se mantiene muy activo en las redes sociales, donde cuenta con 2,5 millones de seguidores sólo en X. Para él, su cuenta en X “es una herramienta útil, eficaz, que me da alegría, me divierte mucho”. Y eso pese a las frecuentes polémicas que desata con sus mensajes, desde criticar a políticos a quejarse por un inodoro tecnológico con instrucciones de uso. Sobre la inteligencia artificial, asegura que no la necesita. Afirma que utiliza de vez en cuando Google, pero que sobre todo recurre a su inmensa biblioteca, con más de 35.000 volúmenes. “Mi IA son los libros”, dice.

https://www.infobae.com/cultura/2026/07/16/arturo-perez-reverte-la-guerra-tiene-su-olor-particular-no-se-olvida-nunca/

29 abril 2026

“Ahora el mundo está lleno de escritores que no han leído un libro en su vida”


Entrevista de Guillermo E. Pintos - infobae.com - 29/04/2026

“¡Pero si el ser humano no ha cambiado! El ser humano sigue siendo un hijo de puta”, suelta con una sonrisa Arturo Pérez-Reverte en un coqueto salón de un hotel de Recoleta, allí donde casi siempre suele pasar sus temporadas porteñas. Le fascina esta ciudad, cuenta, desde la primera vez que la visitó a mediados de los 70. Y le sigue pareciendo fascinante. Por eso la quiere. “Casi no viajo. Sí por Europa, pero más lejos solo vengo a Argentina”, confiesa el escritor español "best seller", polemista y hábil declarante.

Pérez-Reverte, todo un personaje, reflexionó sobre la naturaleza humana y su evolución, el estado de las cosas en Occidente y el devenir de su estilo literario en un extenso y relajado diálogo que se da a propósito de su participación en la Feria del Libro de Buenos Aires para presentar, nada menos, la octava aventura de su gran creación, el Capitán Alatriste. La conversación con Infobae Cultura, marcada por una mirada sin concesiones sobre la vida, la literatura y el paso del tiempo, recorrió también los silencios y los límites de una de las polémicas culturales (y políticas) del año en su país.

“¿Ha leído 'La península de las casas vacías'?”, se le preguntó. Y él respondió tajante: “No”. Y enseguida agregó: “No quiero hablar de esto, porque si hablo de esto va a salir en España... Es un tema que cerré por completo”. Breve explicación para el lector que eventualmente no sepa de qué se trata todo esto: el libro aludido fue escrito por el joven autor David Uclés, un autor de moda en la literatura española, ganador del premio Nadal 2025. Y la polémica surgió cuando Uclés decidió no participar en unas jornadas sobre la Guerra Civil española coorganizadas por Pérez-Reverte, al discrepar del título del evento (“La guerra que todos perdimos”) y de la presencia de ciertos ponentes. Pérez-Reverte criticó duramente la decisión de Uclés, calificándola de descortesía. El conflicto provocó la suspensión temporal del evento y abrió un debate sobre la memoria histórica y el papel político de los escritores en España. Punto.

Vuelta a la literatura de aventuras que tan bien escribe Pérez-Reverte y le ha valido cifras relevantes de venta de ejemplares y reconocimiento global (fue traducido a más de 40 idiomas). 'Misión en París'. Las aventuras del Capitán Alatriste se desarrollan apenas un año después de 'El puente de los Asesinos' (Alfaguara, 2011), la entrega que transcurre en Italia. Casi 30 años después del inicio de la saga y 14 desde la última entrega hasta ahora, Pérez-Reverte traslada a sus personajes a La Rochela, epicentro de la resistencia hugonote frente al rey Luis XIII de Francia, asediado por el cardenal Richelieu y con la injerencia de los ingleses, siempre dispuestos a complicar las cosas. En esta nueva misión, Alatriste y sus compañeros se ven envueltos en una trama llena de incertidumbre y guerra de religiones, sin saber del todo a qué intereses responden hasta bien entrada la historia. Como dato de color, la novela introduce cameos de los legendarios personajes de Alejandro Dumas: los tres mosqueteros y D’Artagnan.

—Pasaron catorce años entre un Alatriste y otro... Cambió el mundo, cambiaron los lectores, ¿También cambió usted?

—¡Pero si el ser humano no ha cambiado! El ser humano sigue siendo un hijo de puta. Sigue siendo un hijo de puta al que a veces le sale la parte buena, pero por lo general no ha cambiado. Es el mismo, es el mismo.

—¿Y Alatriste?

—Alatriste se ha hecho más oscuro, porque también el autor se ha vuelto más viejo. Es decir, todo viene de un proceso de demolición. Eso lo decía Scott Fitzgerald... Entonces, claro, uno sale del punto de partida de Alatriste en su mundo y yo en el mío. Salimos del punto de partida con un montón de palabras con mayúscula: Dios, Patria, Bandera, Religión, Amor. Y después la vida poco a poco nos va dando zarpazos y nos va demoliendo... Y al final llegamos a un momento (cada uno tiene el suyo). Todos llegamos a ese momento en el cual dices: “¿Qué me queda? Me quedan cuatro palabras o tres. ¿Qué hago? Bueno, tengo que vivir. Tengo que relacionarme, necesito un lugar donde no tener frío, donde respetarme a mí mismo, ¿no?”. ¿Qué me queda? Pues me queda... Amor, dignidad, valor, lealtad y poco más. "Bueno, pues con eso que me ha quedado", digo, "voy a hacerme una segunda ética práctica para poder aguantar hasta que termine la aventura". Ese es el proceso vital de todos, más o menos. Unos son conscientes, otros no, pero es el proceso. Yo soy consciente del mío por la vida que he llevado. Entonces, Alatriste es consciente de eso. Y yo le presto a Alatriste esa mirada, esa certeza de la demolición. Alatriste mira el mundo como lo miro yo. Yo no soy Alatriste, ojo. Tengo otros fantasmas, pero no esos, ni soy un asesino a sueldo. Pero es verdad que cuando miro el mundo, digo: “Esto me vale”.

—En el relato, el capitán aparece en una época muy especial de Francia, y coincide con personajes tan populares como los mosqueteros. ¿Por qué esa elección y qué relación tiene con su propia experiencia como lector?

—Primero, yo, como lector, cuando leí 'Los tres mosqueteros' me cambió la vida. Yo lo leí con ocho, nueve años, y quedé fascinado. Imagina: con ocho años descubrí la lealtad, la amistad, la mujer peligrosa, el amor inocente, el valor, el desafío, la arrogancia...

—La traición.

—La traición, el poder, el poder en la sombra, los tentáculos del poder, la conspiración. Me quedé fascinado. Pero claro, hay dos tipos de lector, y los dos son respetables. Uno es el lector testigo, que se sienta como el que ve una película: 'Los tres mosqueteros', 'Madame Bovary', 'Los hermanos Karamazov'... Y después está el lector actor: el que entra en la historia, el que se ve dentro, el que forma parte y a quien la historia le cambia su vida, porque él es uno de ellos. Yo era el quinto mosquetero. Y me huelo que tú también eres ese tipo de lector. Ese lector es distinto, porque ese lector hace suya la historia, participa de ella. Incluso influye en ella. La actividad del lector, su actitud la modifica. O sea, no es igual tratar con Milady de Winter desde dentro que desde fuera. Después te pasas la vida buscando a Milady. A ver, entre Milady y Constanza, ¿a quién me quiero follar? Prefiero a Milady... Yo era ese tipo de lector. Y aquí vengo con esa memoria lectora, con esa mirada. Para mí este libro no es una novela, ha sido una especie de de inmersión durante un año y un poco más, una inmersión gozosa. Yo estuve, otra vez, dentro de 'Los tres mosqueteros', y además hice una cosa que me satisface mucho: uso mis personajes, uso los personajes de otro y los ubico en mi propia imaginación. Es una especie de deuda que tuve con Dumas desde siempre, y este es un acto de justicia lectora. Porque insisto: yo no soy un artista, soy un tipo que cuenta historias. Soy un lector que accidentalmente, por ser lector, he escrito. Ahora el mundo está lleno de novelistas, de escritores que no han leído un libro en su puta vida. Basta mirar, basta oír. ¿Pero cómo se atreve a decir que ha escrito un libro? Eso que está contando ya está contado desde Sófocles hasta ahora. Entonces, yo soy un lector. Soy escritor como consecuencia de ser lector, no es al revés. Yo conozco novelistas, y esto lo sé, que me han llamado, novelistas jóvenes. Te llaman para ver qué libros deben leer ahora que son novelistas. Lo mío es una consecuencia. Mañana podría dejar de escribir y sería igual de feliz. O casi, porque leer es lo fundamental. Y además, eso me lleva a otra cosa, que es muy interesante para mí. Cuando has leído lo suficiente (claro, son 75 años y no es mérito, es que son muchos años con libros en la mochila) te das cuenta de que hay libros que ya te han dado todo lo que tenían que darte. Yo leo 'Madame Bovary' por sexta vez, o leo 'La cartuja de Parma' por tercera vez, o leo 'La montaña mágica' por quinta vez, o 'París era una fiesta' por décima vez (es un libro extraordinario, el mejor libro de Hemingway, sin duda, ese es el libro de verdad, el que escribió ya de mayor, cuando no era un fantasma fanfarrón y era un escritor cuajado), y todo tiene su explicación. Hay libros que ya han cumplido su misión, que ya te han dado todo lo que te podían dar. No porque tú seas muy listo, sino porque los has leído tanto que los has exprimido como un limón, ¿no Y hay libros que todavía están ahí. Yo cuando leo a Joseph Conrad, fíjate, hay una cosa curiosa. Yo empiezo a leer a Conrad con quince años. Mi libro favorito es 'La línea de sombra', que es extraordinario. Después, mi libro favorito fue 'Lord Jim'. Después, mi favorita fue 'Victoria'. Y ahora mi favorita es 'El rescate'. ¿Por qué? Porque yo he ido evolucionando. El niño, el jovencito que leía a Conrad, ahora es el veterano de 75 años que lee a Conrad. Descubro cosas que antes no era capaz de ver. Hay libros que todavía te enseñan cosas que no has visto. Y eso me pasa ya con muy pocos. Pero aparte de esos libros, lo que me hace sentir esa especie de excitación, de estímulo, es la novela policíaca. Siempre he leído novela policíaca, pero ahora es lo que más leo. Lo que me hace sentir estremecimiento como lector.

—¿Es un género subvalorado, para usted?

—Bueno, 'El asesinato de Roger Ackroyd', de Agatha Christie, es una obra maestra tan buena como 'Crimen y castigo', de Dostoievski. Solamente que responde a otro nivel, otro momento, otra exigencia. Pero es una obra maestra.

—Al principio de esta entrevista mencionó la palabra "aventura". ¿Piensa que su vida ha sido una aventura?

—Sí, pero yo no la busqué. Es que mi vida ha sido como... Javier Marías y yo tuvimos la misma formación de niños: mismas lecturas, mismas historietas, mismo colegio, mismo tipo de familia. Él quería escribir las novelas que había leído, yo quería vivirlas. Eso fue lo que después en la vejez nos unió. Yo salí de mi casa a vivir aventuras, a conocer a Milady, a conocer a D’Artagnan, y la vida me fue llevando. Hay distintas etapas. En el momento en que la aventura se transformó en trabajo profesional y me vuelvo periodista responsable, serio, ya dejó de ser aventura. Pero cuando ahora miro para atrás, claro, la aventura... Han pasado muchas cosas. He vivido... Empecé a viajar con veinte años, en los años 70. No existía ni el sida todavía. Viajé por África, por Asia, por América, por todos lados. Me pasó de todo. Conocí chicas, amigos, viajes. Eso es una aventura. Mirando para atrás, ha sido una aventura. Pero hay una frase de Conrad que dice que la aventura en realidad era la vida. Pero mi vida todavía es una aventura. Te casas, tienes hijos, te divorcias, luchas en el trabajo, intentas ser digno de mil cosas. Pero mi aventura fue más explícita, más clásica. Pero en realidad es lo mismo que un delincuente, que un médico de urgencias, que un policía pueda haber vivido.

—¿Cómo vive ahora esa etapa?

—He descubierto un espectáculo fascinante que también en mis novelas se va manifestando y se va filtrando. Pensaba que la vejez era la indiferencia, y es verdad. La vejez es que llega Monica Bellucci y te dice “ven” y tú dices: “Joder, hostia, son las cuatro de la mañana, Monica”. Esa es la vejez. Pero esto me produce un estímulo. Es muy interesante el espectáculo al que estoy asistiendo. Ves cómo se repiten los viejos mecanismos de la historia. Lo que había leído otra vez, ahora lo vivo en mi casa. Lo había vivido en otras, pero ahora es en la mía.

—Este año se cumplieron sesenta [noventa] años del inicio de la Guerra Civil y hubo toda una sensación de retrospectiva histórica en España.

—Yo tengo un libro que se llama 'Línea de fuego' sobre la Guerra Civil. Un libro gordo, ha ido muy bien y sigue yendo muy bien. Es así: de mi generación, nuestros padres vivieron la guerra civil combatiendo. Mi familia combatió: mi padre, mi tío y mi abuelo combatieron con la República. Pero la Guerra Civil fue un proceso muy complejo, donde se dieron cita muchos factores políticos, geoestratégicos, geopolíticos con nazis, comunistas, fascistas, la Iglesia, la República, anarquismo, socialismo, falangismo... Muy complicado. Fue una trampa en la cual el país se vio metido. Te pongo un ejemplo: mi padre y mi tío, que eran chicos de buena familia, lucharon con la República. Mientras que mi suegro, que era un joven izquierdista, luchó con los nacionales de falangista, porque vinieron al pueblo y dijeron: “Vosotros, al camión”. Le tocó estar allí. Fue una trampa en la cual España quedó atrapada. Hay un caso que me contó un periodista: en el frente de Huesca había posiciones a treinta metros unos de otros. Un chico de 19 años, con los nacionales. “¿Hay alguien de Tardienta?”. “Sí, yo soy de Tardienta”. “¿Quién es?”. “Soy Pepe, el hijo del estanco”. Un silencio. “Pepito, soy Paco, tu hermano”. Un silencio. El capitán le dice: “Júrame que no te vas a pasar”. Le responde: “Le juro que no me voy a pasar”. Y durante una hora dejaron que los dos hermanos se encontraran y se abrazaran. Luego estuvieron siete años sin verse otra vez. Eso es la guerra civil.

—¿Por qué hay tanta polémica con la memoria histórica y el relato hoy todavía, 60 [90] años después?

—Ahora, una generación de Podemos, de extrema izquierda, está diciendo que la Guerra Civil fue dos militares, dos obispos y dos banqueros contra el pueblo español. Se está imponiendo ese discurso, pero la guerra fue mucho más compleja, donde hubo hijos de puta en todos los bandos, donde hubo fusilados. Lo que pasa es que unos, como ganaron la guerra, sacaron a fusilar y otros tardaron mucho, pero todo el mundo sufrió. Ese es el discurso. Contra eso escribí ese libro y son estas jornadas. De ahí viene toda la polémica.

https://www.infobae.com/cultura/2026/04/29/arturo-perez-reverte-ahora-el-mundo-esta-lleno-de-escritores-que-no-han-leido-un-libro-en-su-vida/

12 abril 2026

Pérez-Reverte lanza el guante sobre la guerra: "¿Hay diferencia moral entre un muchacho que murió con gorrillo republicano y otro con boina de requeté?"


Entrevista de Daniel Ramírez - elespanol.com - 12/04/2026

Le mete una ensalada de leches espectacular. Falcó a Hemingway. En realidad, es Arturo Pérez-Reverte, hacedor de ese universo, el que lo decide, el que golpea al Nobel de la barba blanca con cierto ánimo de divertida venganza.

Ahora, Reverte, que cuelga el sombrero y el abrigo en un perchero de madera de la RAE, publica 'Enviado especial' (Alfaguara, 2026), sus crónicas de guerra. Y ese título nos empuja a la carcajada porque entrevemos en él una provocación. Es el mismo título que encabezó las crónicas bélicas de Hemingway.

Reverte ama y fustiga a Hemingway a partes iguales. Porque sabe lo que hacía el escritor como corresponsal en las guerras de otros. Reverte también ha vivido esa vida. Beber, descargar adrenalina, pasárselo bien, escribir, pisar el cigarro en el suelo y volver en un avión… cuando los demás, las víctimas de la guerra, se quedan. Y se matan. Destruyendo un país que no es el tuyo.

Hemos venido a hablar de la guerra en su totalidad. Esas crónicas que ahora podemos leer, que al fin están al alcance de cualquier lector, y no en el sótano de una hemeroteca, son el bagaje que explica 'Línea de fuego' (Alfaguara, 2020), su novela sobre la Guerra Civil que ahora se reedita con un prólogo por los noventa años de la contienda.

Vamos a despojar a Reverte de la americana, de los pantalones de pana, de los zapatos limpios. Vamos a reabrirle las cicatrices. Para que manen la sangre y se levante el polvo. Para llevarlo de la mano desde su infancia, donde entrevió nuestra guerra, hasta todos esos países donde contó las guerras de los demás. Vamos a hablar de sus lecturas, de las cartas escondidas en casa, de las frases veladas de sus padres y abuelos, de la educación nacionalcatólica, de la memoria republicana, del tardofranquismo, de la irrupción de la Democracia. De la biblioteca fratricida, con libros de hunos y hotros, que ha ido construyendo y que ha acabado por devorar una pared de su casa como si fuera una enredadera. Demasiado buena como para respetarla; demasiado pesada como para poder robarla.

Su padre, su tío y su abuelo lucharon por la República. Hablemos de ellos en 1939. ¿Qué le pasó a su abuelo?

Mi abuelo fue depurado por haber estado en la Marina, en el lado de la República, durante la guerra. Estuvo en el arsenal. Lo juzgaron y lo metieron en la cárcel. Estuvo allí porque le tocó. Como pertenecía a una familia conocida en Cartagena, lo avalaron y lo soltaron, pero perdió su trabajo y estuvo cinco años sin empleo. Lo pasó muy mal durante unos años, antes de poder recuperar su vida.

¿Y su tío Lorenzo? Fue, quizá, el familiar más importante durante la escritura de la novela.

Sí, porque, entre los tres, mi tío Lorenzo fue el que más estuvo en los frentes de batalla. Formaba parte de una unidad de choque. Lo hirieron en el frente. Poco después de la guerra, salió un día a un baile, agarró una pulmonía y se le complicó a causa de las heridas que tenía. Murió muy pronto, a principios de los cuarenta.

Su padre.

Mi padre iba a ser marino; quería ser marino, pero no pudo por la guerra. Le tocó también en la República, lo llamaron a quintas cuando estaba estudiando Ingeniería. En 1939 le obligaron a hacer la mili de nuevo, esa vez en Logroño.

Para "reciclarse", entiendo. Les pasó a muchos republicanos: una mili para alumbrar "un soldado nuevo".

Solía contar que lo pasó peor en esos dos años de segunda mili que en la guerra. Los tres tenían un perfil poco ideologizado cuando se produjo el golpe. Era lo que se suele decir: "Les tocó allí".

Usted nació doce años después de la guerra. ¿Su padre y su abuelo le hablaban de lo que pasó?

No. Jamás. Nunca me hablaban de la guerra siendo niño. A mis amigos sus padres tampoco les contaban. No querían envenenarnos. Querían mantenernos lejos de la desolación, la vileza y la infamia a la que habían asistido. En Cartagena, además, la guerra fue particularmente dura.

¿Por qué?

Hubo tres años de República con una represión terrible contra "la gente de derechas". Muchos muertos de ese lado, pero también muchos muertos en general por culpa de los bombardeos. Después, cuando llegaron los nacionales, la represión funcionó igual, pero a la inversa. Fue una ciudad que sufrió muchísimo.

¿Cómo convivían en usted, de chaval, la enseñanza nacionalcatólica del colegio y esa experiencia familiar republicana silenciada?

No existía esa convivencia porque en mi casa, en la mayoría de las casas, no se hablaba de la guerra. Mi abuelo y mi padre, lo entendí después, quisieron evitar, como muchos en su generación, que los muchachos desarrolláramos un instinto de rencor. No querían que nosotros pasáramos por algo así. En Cartagena, donde nací y crecí, esta circunstancia era muy habitual. La gran mayoría de mis amigos pertenecía a familias que, en el principio de la guerra, fueron republicanas. Y no nos contaban.

¿Qué intuye que había dentro de su padre y de su abuelo ahora que ha pasado tanto tiempo? Me refiero a lo más concreto, a cómo educar a un hijo en un contexto así.

Querían que miráramos al futuro. Creo que pensaban: "Esta España [la de Franco] un día dejará de ser así y habrá que estar preparados para ser libres". En mi casa ponían muchos libros en mis manos porque la lectura era una forma de libertad. Leer, seguro, me ayudó mucho entonces. Pero me ayudó muchísimo también como periodista, en mis días de corresponsal. Lo que veía en la guerra lo había leído en los libros. Y por eso lo digería. De no haber leído algunos libros, creo que me habría vuelto loco.

¿Cómo eran las huellas de la guerra? Me refiero a las inevitables, a todas esas cosas que estaban ahí y acababan trascendiendo el silencio en un descuido.

De repente encontrabas una bala guardada en un cajón. Y lograbas enterarte de que era la bala que le habían extirpado al tío Lorenzo en la guerra. De repente encontrabas una carta: "Querida mamá, te escribo desde…". Yo estudié en los Maristas, que era un buen colegio. Quiero decir: había una parte de la formación indudablemente política, al estilo de la época, "del espíritu nacional", pero el resto era muy interesante. Crecí sin traumas. Había una expresión muy tópica que definía aquel ambiente, aquel silencio.

¿Cuál?

"Eso fue antes de la guerra; eso fue después de la guerra".

Como el antes y después de Cristo.

Utilizaban la guerra como una referencia temporal, como un parteaguas entre dos vidas. Entre dos mundos. Pero la guerra no era una referencia política ni en mi casa ni en la de mis amigos. Sólo lo era en la formación política del colegio, en la efeméride "de la victoria".

Aquellos cuadernillos de la Formación del Espíritu Nacional.

En Historia de España había materiales sobre el régimen de Franco, "que salvó a la nación de las hordas rojas", y todo eso. Lo que estaba mucho más cerca de nosotros en nuestro día a día, paradójicamente, era la Segunda Guerra Mundial.

Porque no era material inflamable a ojos de los mayores.

De eso sí hablábamos muchísimo: de los americanos, de los alemanes, de los franceses, de los japoneses… Veíamos algunas películas, leíamos tebeos. Fíjese: estoy cayendo en esto conforme se lo cuento. En mi infancia, en mi juventud, estuvo mucho más presente la Guerra Mundial que la Guerra Civil. No había tebeos de nuestra guerra, pero sí de la guerra mundial. 'Hazañas bélicas'. Todos leíamos 'Hazañas bélicas'.

¿El imaginario de esa guerra acabó sustituyendo al de la Guerra Civil?

El imaginario de la Guerra Mundial opacó, sin duda, el de la Guerra Civil. Incluso jugábamos a ser alemanes, a ser americanos, a subirnos en los submarinos del Atlántico… Supongo que nuestras familias procuraron encauzarnos por ahí. Recuerdo que nos daban alas en ese sentido.

Usted luego cubrió como periodista casi dos decenas de guerras, siete de ellas civiles. De entre lo que escuchó de niño y lo que vio en las guerras civiles después, cuente: ¿qué hace parecidas a las guerras civiles en general y qué distinguió a la española?

Creo que la Guerra Civil española fue como son todas las guerras civiles. Cuando el enemigo resulta tan cercano operan otros factores, las cuentas pendientes. Que si me robaste a la novia, que si te llevaste a mi perro, que si me quitaste aquella tierra, que si el reparto de aquella herencia... Todo eso se replica en los pueblos y acaba teniendo su espejo en el país en general. En las guerras civiles existe una serie de factores relativos al rencor y a la familia que no está en las demás guerras. Por eso, las guerras civiles son más crueles. Siempre.

En una guerra civil, la venganza debe de resultar muy sencilla.

Porque sabes quiénes son los padres, los hermanos y hasta los primos de los que han fusilado a uno de los tuyos. Ese rasgo distintivo ya estaba en España antes del 36. Las guerras carlistas fueron todas ellas guerras civiles. Y muy crueles también, con episodios atroces. A la madre del general Cabrera, carlista, la fusilaron los liberales. Luego, él fusiló esposas de oficiales liberales. Esa atrocidad que iba leyendo y entreviendo sobre la guerra en España la vi replicada en Nicaragua, en El Salvador, en Angola o en los Balcanes. El mecanismo es el mismo. Cambian las circunstancias, pero el impulso se repite. Las guerras civiles dejan muchos más fantasmas que las demás. En las guerras civiles la parte más oscura del ser humano se atisba con más nitidez que en cualquier otra.

Pasaron casi cuarenta años y decenas de libros hasta que publicó su novela sobre la Guerra Civil española. ¿Por qué? ¿Temor? ¿Pereza? ¿Desinterés?

No quería entrar en el tema. De verdad que no quería, pero empecé a ver cómo proliferaba en España un relato sobre la guerra que no tenía nada que ver con la realidad. Fueron sobre todo los políticos los que me empujaron a escribir 'Línea de fuego'. La manipulación política lo hizo inevitable.

Empecemos por su visión de la guerra. ¿Cuál es y qué cosas empezaban a decirse que no se correspondían con su pensamiento?

Hay cuestiones elementales. Primero, la guerra empieza porque se produce un golpe militar contra la República legítima. El golpe no prospera y, entonces, se desata la guerra. A partir de ahí, se suceden crueldades en ambas retaguardias. Y después llega una dictadura de cuarenta años con una represión cruel y prolongada. A mí siempre me ha parecido imprescindible reseñar que las vilezas políticas de las cúpulas no se replicaban en la mayoría de soldados del frente. En mi tío Lorenzo; en el tío, el padre o el abuelo de cada español.

Explíquese.

Muchos de esos soldados estuvieron en un bando porque les tocó. Mi suegro, por ejemplo, era un joven izquierdista aragonés que combatió en la bandera de Falange. Mañas, uno de los personajes de la novela, es mi suegro. Mi padre y mi tío, que eran muchachos de lo que se llamaba "una familia bien", combatieron en cambio por la República. La visión de la guerra en la trinchera no puede ser la misma que la de la retaguardia o la de los políticos y generales que la dirigían. Porque no tuvo nada que ver. Y en la España de hoy se identifica continuamente la trinchera con la retaguardia. Con la novela, quería hacer honor y justicia a los muchachos que tuvieron que ir al frente.

Es una novela, eso se percibe en todo momento, deliberadamente alejada de las retaguardias. Aunque el pueblo que usted inventa a orillas del Ebro es un lugar en torno al que sucede casi todo, no se menciona lo que ocurre en su retaguardia.

Exacto. Yo no quería escribir una novela sobre esas retaguardias donde se robaba, se ajustaban cuentas, se violaba y se asesinaba a discreción. Para mí, y en esto Chaves Nogales lleva siendo mi guía desde hace décadas, lo mismo dan los asesinos del Tercio que los asesinos anarquistas. Todo está en su prólogo de 'A sangre y fuego'.

Lo que le hizo fusilable a ojos de ambos bandos. Eso de decir que saldría un dictador se impusiera el bando que se impusiese.

Lo de Chaves fue de una lucidez prematura, en el peor momento para ser ecuánime. Vuelvo adonde iba… Claro que la retaguardia fue sucia e innoble, claro que se produjo una represión terrible por parte del franquismo tras la guerra, claro que hubo una dictadura de casi cuarenta años, ¡pero honremos a todos esos muchachos del frente!

Al inicio, en el frontispicio de 'Línea de fuego', se incluyen dos frases referidas a una y otra trinchera.

Sí. ¿Podría pedirle que las transcribiera en la entrevista? Creo que son importantes porque resumen mucho mejor de lo que puedo hacerlo yo esto de lo que estamos hablando…

Juan Yagüe, general franquista: “Los rojos luchan con tesón, defienden el terreno palmo a palmo, y cuando caen lo hacen con gallardía. Han nacido en España. Son españoles y, por tanto, valientes”.

Vicente Rojo, jefe de Estado Mayor de la República: “La terquedad contra la tenacidad, la audacia contra la osadía; y también, justo es decirlo, el valor contra el valor y el heroísmo contra el heroísmo. Porque, al fin, era una batalla de españoles contra españoles”.

Decía que los políticos le obligaron a escribir la novela. Le planteo una reflexión: hace diez años, quien dibujaba la República como una arcadia feliz e inmaculada era la extrema izquierda. Y ni siquiera toda la extrema izquierda. Anguita me dijo: "No debemos soñar con una Tercera República que cometa los errores de la Segunda". Carrillo, Besteiro… Muchos acabaron abjurando de cosas que allí sucedieron. Y hace diez años, quien decía que el franquismo no había estado mal era una extrema derecha sin representación parlamentaria. Hoy, el relato de la extrema izquierda lo sostiene el PSOE; y esa extrema derecha tiene más de 50 escaños. Dicho de otra manera: desde que usted publicó la novela, en estos años, el problema no ha hecho más que empeorar.

Claro. Por eso la reedición que publicamos ahora no es casual. Ahora, esta novela, creo, es más necesaria que hace seis años, cuando se publicó. ¡Es que la guerra que unos y otros están contando no tiene nada que ver con lo que sucedió! Insisto: ¿de verdad alguien puede creerse que el soldado republicano o el soldado carlista son lo mismo que el miliciano que asesina en retaguardia o que el falangista que da el paseo en retaguardia? Es injusto. Quería y quiero lavar la imagen de toda esa gente que luchó en los frentes de batalla. Déjeme que lance una pregunta a los lectores de su periódico, la misma que lanzo a los lectores de la reedición de 'Línea de fuego': ¿existe una línea divisoria moral entre dos chicos de 17 años que, reclutados forzosos o voluntarios, pelearon con valor y murieron vistiendo uno el gorrillo miliciano y otro la boina del requeté? ¿En serio quedan imbéciles capaces de comparar a los soldados del frente con los políticos y generales de uno u otro signo, con toda esa chusma criminal emboscada en retaguardias?

¿Qué riesgos entrañan las llamadas políticas de "memoria democrática" del Gobierno y ese "el franquismo no fue tan malo" de la extrema derecha?

Lo deseable es que la guerra nos la cuenten los historiadores, y no los políticos. Porque la guerra que nos están contando la extrema izquierda y la extrema derecha es una barbaridad. ¡No han leído nada! ¡Van por ahí repitiendo las consignas analfabetas que les escriben! Quiero que la guerra la cuenten Enrique Moradiellos, Julián Casanova, Juan Pablo Fusi y todos los grandes historiadores, de sensibilidades distintas, que tiene este país.

¿Tienen los jóvenes con qué defenderse de esas dos visiones sesgadas de la guerra que se imponen en el debate público?

Los muchachos de hoy, por lo general, en su mayoría, están muy cerca de las pantallas y muy lejos de las bibliotecas. No tienen libros ni memoria viva con la que defenderse. Porque los últimos testigos se están muriendo. Les dicen cuatro lugares comunes: Franco malo, la República un paraíso increíble; la guerra propiciada por cuatro generales y cuatro curas.

Lo dice con pesar, pero no me negará que le produce un gran placer que le critiquen la extrema izquierda y la extrema derecha. Es como pasar la ITV.

Sí, es cierto que eso, a la larga, fue lo que más me tranquilizó cuando salió el libro. Y me produjo un retorcido placer.

Hay una paradoja curiosa: en la generación que sufrió e hizo la guerra, existen grandes referentes morales. Chaves Nogales, siempre en la ecuanimidad correcta. Dionisio Ridruejo, con el mayor descargo de conciencia que ha conocido España en el último siglo. El Manuel Azaña arrepentido de sus últimas páginas con el "paz, piedad y perdón". ¿Cómo es posible que no haya hoy referentes morales políticos para hablar de la guerra?

La Guerra Civil estaba neutralizada en la Transición. Quedó digerida, a grandes rasgos, lo que podríamos llamar la memoria. Digo la "memoria" porque es cierto que faltaba la exhumación de las cunetas. Pero cuando un partido político carece de una base intelectual sólida, cuando necesita argumentos fáciles y de trinchera, ese partido es capaz de utilizar cualquier cosa contra el adversario. Zapatero desenterró la Guerra Civil como arma política. Y hoy ese comodín también es utilizado por la extrema derecha. Convertir la guerra en arma arrojadiza hoy es tremendamente infame. Y lo hace gente que no la ha vivido, gente que no ha leído nada sobre eso. Es terrible. Esa tragedia empezó con Zapatero.

Dice que no han leído nada. ¿Cuáles son, a su juicio, los libros imprescindibles sobre la Guerra Civil?

Muchos. Es difícil quedarse con unos pocos. Déjeme pensar… 'A sangre y fuego', de Manuel Chaves Nogales, como representante de la tercera España. 'Madrid, de corte a checa', de Agustín de Foxá; y 'La fiel infantería', de Rafael García Serrano, con una visión falangista. 'La forja de un rebelde', de Arturo Barea; y 'Contraataque', de Ramón J. Sender, con una visión republicana. Creo que con esos cinco libros un lector puede tener un panorama bastante amplio de lo que fue la Guerra Civil.

¿Qué pasa con los libros de los corresponsales? Hemingway le gusta, pero detecto que le cabrea. Le mete varios viajes.

Huelga decir que Hemingway es un escritor enorme, poderosísimo. Y que me gusta mucho. Pero siempre tengo con él cuentas pendientes. Lo sigo leyendo con gran admiración, ¿eh?

Pero hay algo que no le gusta. Oiga, que Falcó, su personaje de otra saga, le pega un palizón en una de las novelas.

No me gusta la fanfarronería de Hemingway. Iba por ahí, por los hoteles de la Gran Vía, dando lecciones a los españoles sobre cómo hacer la guerra. Joder, si hasta se le ve en una foto enseñándole a un tío cómo utilizar un fusil. Creo que era mal amigo, mala persona y un bocazas.

"Mal amigo" lo dice por Scott Fitzgerald.

Sí. Hemingway, al mismo tiempo que se construía como mito, fue humillando y desprestigiando a Fitzgerald. Además, utilizando miserias personales. ¿Sabe, en el fondo, lo que más me molesta de Hemingway en la Guerra Civil? ¡Que yo sé muy bien a qué vino Hemingway a España!

Porque usted también lo hizo en las guerras que visitó.

Claro. Sé lo que es ser corresponsal en una guerra así. Llevas pasta, bebes, te diviertes, descargas adrenalina, hay chicas guapas… Y mientras tanto, lo que sucede no compromete a tu país, al país de tus hijos. A veces ni siquiera a tu continente.

¿Usted llegó a despreciarse en ese sentido como desprecia a Hemingway?

Sí. Llegas, te lo pasas bien, haces la foto, les das un cigarrillo y te marchas porque tienes un billete de avión y ya has terminado tu trabajo. Conté muchos detalles de esa vida en 'Territorio comanche'. Lo que pasa es que Hemingway se engrandecía a sí mismo continuamente. Y eso me repatea. Aunque lo admiro mucho como escritor.

¿Hemingway fue honesto? ¿Los corresponsales eran honestos o también parciales?

Hemingway calló mucho. Los otros, en su mayoría, también. Veían las cosas con más distancia y, por tanto, con más ecuanimidad, pero callaban por no perjudicar al bando en el que iban enrolados. Hemingway supo que el intérprete de Dos Passos fue torturado. También supo lo del asesinato de Andreu Nin. Y nunca lo escribió.

Hay un personaje de su novela, Ginés Gorguel, un soldado de infantería que combate con los franquistas por obligación, que me recuerda a José de Arteche; autor, en mi opinión, del mejor libro sobre la guerra: 'El abrazo de los muertos'. Un nacionalista vasco, profundamente católico, que combatió por obligación con los franquistas. Es un diario formidable.

Sí. Ginés Gorguel es un gran ejemplo para ilustrar esto de lo que estamos hablando: cómo cambia la guerra cuando se coloca el prisma en la línea de fuego, lejos de la retaguardia. Cómo vuelan por los aires los esquemas cuando se aplica el zoom a la trinchera.

El prólogo a la edición especial de su novela se titula 'La guerra que todos perdimos', la frase en el ojo del huracán. Explíquelo para que conste en acta.

La guerra, en 1939, la perdieron los republicanos y la ganó Franco. Eso está claro. Le decía antes: también está claro que había un bando legítimo, que era la República, y otro ilegítimo, que fue el franquista. Pero la guerra, además, la perdimos todos los españoles que fuimos llegando, independientemente de sus ideas. Porque perdimos libertades, retrocedimos medio siglo, perdimos una república. La mujer retrocedió medio siglo. La guerra dejó a España fuera de hora, anclada en el pasado y eso afectó a todos los españoles.

En las mujeres, en el lado republicano, había una conciencia muy a largo plazo por todo lo que podían perder. Y lo perdieron. Por eso crea a Pato, que integra esa unidad de transmisiones.

Ellas supieron ver que, en esa guerra, se jugaban a largo plazo los avances que habían conseguido. Sabían que, si perdían, las convertirían en esposas sumisas, como así sucedió. Intentaron jugar su papel, sobre todo en el lado republicano, pero pronto se las sacó del frente. Las convirtieron en un elemento folclórico. Consideraron que generaban más inconvenientes que ventajas. Me tomé la licencia de crear esa unidad de transmisiones que usted menciona para que un grupo de mujeres pudiera cruzar el Ebro con los militares. Así, llevaba a la mujer a primera línea y contaba su historia sin folclorismo, lejos de ese retrato tan poco serio que hicieron 'Life' o 'Paris Match'. Quería devolverles la dignidad que esas operaciones de propaganda les quitaron.

Hay un momento sobrecogedor en que un personaje dice: "Oyes al enemigo llamar a su madre en el mismo idioma que tú y se te enfrían las ganas". Pero, al final, no se enfriaron las ganas. Esa es la tragedia de las guerras civiles.

Sí. Eso se lo dice un dinamitero a su amigo. Es verdad que, en general, las ganas no se enfriaron. Y fue una catástrofe. Pero hubo momentos en que esas ganas sí se enfriaron. Momentos muy emocionantes. Por ejemplo, en las trincheras de Huesca. Esto me lo contó Juan, un veterano que combatió del lado franquista. A su hermano le había tocado ir al frente en el lado republicano. Con el frente estabilizado, empiezan a insultarse unos y otros, de trinchera a trinchera. Se cantan coplas. Un día, desde la trinchera republicana, alguien pregunta si al otro lado combate alguno de su pueblo. Juan responde dando su nombre y oye una voz que le grita: "Juanito, soy Pepe, tu hermano". Los dos prometen a sus superiores que no van a cruzar al otro lado y obtienen, bajo juramento, permiso para verse unos minutos. Se juntan allí, junto a una casa o un muro derruido. Se abrazan, fuman juntos y se despiden. Tardarían siete años en volver a verse.

Es cada vez más complicado escribir novelas sobre el frente porque las que quedan como inspiración son muy buenas, pero son de parte: Sender, Aub, García Serrano… Y porque se van muriendo los últimos soldados. Estamos en 2026. La quinta del biberón ya es centenaria; tienen hoy, si quedan lúcidos, 105 o 106 años.

Algunos de esos soldados republicanos, también los carlistas, iban hasta el camión acompañados de su madre, con un bocadillo. "Adiós, hijo, abrígate. Te he puesto una bufanda y un bocadillo".

Como en la obra de teatro de Arrabal, 'Pic-Nic', donde unos padres van al frente a hacer picnic para poder ver a su hijo.

Una buena sátira que da cuenta de lo que sucedió. ¡Es que eso fue la guerra!

Volvamos a la documentación. Le preguntaba por los materiales que han nutrido la novela.

Primero, yo me nutrí mucho de lo documental: prensa, libros, papeles… Después, de mi experiencia como reportero cubriendo guerras civiles. Y, por último, de las conversaciones que pude mantener, habiendo pasado ya mucho tiempo del 36, con algunos soldados. La corresponsalía, la literatura y la memoria.

¿También hubo una parte técnica? El frente es más complejo de describir, en ese sentido, que la retaguardia.

Me hice con manuales técnicos de armamento, compré armas de época, me prestaron otras… Pero es interesante lo que mencionaba usted antes de la memoria. Sí, efectivamente, volviendo a la pregunta de antes, cuando no queda testimonio, la ideología campa a sus anchas. ¡Un tuit de Pablo Iglesias o de Abascal tiene más influencia sobre el relato de la guerra que un libro de Moradiellos o Casanova! ¿Cuántos de todos estos políticos tuiteros de los que hablamos han leído los libros imprescindibles sobre la guerra?

Hablemos de la propia guerra, de su desenlace. ¿La República, que tuvo al inicio más territorio y más tropas, se desmoronó por las revoluciones dentro de la revolución?

Sí. En el bando franquista, había una disciplina militar absolutamente estricta. Mandaban los generales de África, impusieron una jerarquía implacable y dejaron claras desde el primer momento sus reglas del juego: exterminio del adversario y terror en retaguardia para que no hubiera riesgos. Concibieron la guerra como una operación quirúrgica. Ganaron con una serenidad implacable, con un tesón militar tremendo. Con la imposición de lo militar sobre lo político en todo momento.

Y al otro lado, en la República, pronto comenzó a extenderse el caos.

En la República, ese caos, esos enfrentamientos internos, fueron minando la disciplina. ¿Recuerda usted lo de Azaña?: "Pruebe usted a gobernar rodeado de imbéciles". Los socialistas, los anarquistas, los nacionalistas… Se dedicaron a hacerse la puñeta. Fue un viva la virgen. Sufrieron una revolución dentro del propio bando.

Ha dicho alguna vez que le resultó desolador el estudio de las operaciones militares de la República.

Sí, porque, inmerso en eso, uno ve la inutilidad del sacrificio, de tantos hombres muertos, de tanta carne quemada en operaciones que no estaban coordinadas ni iban dirigidas a un mismo fin.

Son muy ilustrativas las instrucciones del general Mola, anunciando el terror y la muerte para quien no acatara la disciplina. Pero, ojo, porque Franco también tuvo dentro sus intentos de revolución.

Sí, el caso de Manuel Hedilla, el falangista que no compartía lo que estaba sucediendo y al que encarcelaron. Hubo represión inmediata contra esos falangistas. Después, los requetés se sintieron engañados. Franco se apropió de todos los elementos revolucionarios que había a su alrededor. Los fagocitó.

De hecho, Franco fue el último general en sumarse al golpe, para la exasperación de Mola.

Franco, en ese momento, no tenía ninguna ideología. Se apropió de todo, lo fagocitó todo y lo puso al servicio de un gran aparato militar. La idea de España como un cuartel enorme. Por eso no le interesaba que sobreviviera José Antonio Primo de Rivera.

Si hubiera sobrevivido Primo de Rivera, que propuso desde la cárcel un pacto con la República, ¿habría habido dictadura de cuarenta años?

No lo sé. Quizá España habría sido distinta, pero puede que José Antonio nos hubiera metido en la Segunda Guerra Mundial al tener una afinidad mayor con el fascismo.

Suele decir usted: "Nadie que haya leído historia de España puede ser optimista con el presente y el futuro". ¡Es usted como los de la generación del 98! ¿Ni un signo para la esperanza?

No voy a responder a esa pregunta.

https://www.elespanol.com/espana/politica/20260412/perez-reverte-lanza-guante-guerra-diferencia-moral-muchacho-murio-gorrillo-republicano-boina-requete/1003744196264_0.html

31 marzo 2026

De nuevo 'Línea de fuego'

Ricardo Gil Otaiza – que-leer.com – 31/03/2026

Con motivo de los 90 años de la Guerra Civil, la editorial española Alfaguara acaba de relanzar una obra emblemática: se trata de la novela ‘Línea de fuego’ (2026), de Arturo Pérez-Reverte (cuya salida en el 2020, en plena pandemia, concitó una crítica favorable unánime y por la que recibiera el autor el Premio de la Crítica 2020 a la mejor obra narrativa en castellano, al representar, en palabras de la propia editorial: “…una obra esencial para conocer el conflicto que marcó el devenir de la España contemporánea.”

En esta nueva oportunidad, la obra sale en un estupendo estuche que engalana, sin más, la denominada Edición Conmemorativa (a casi seis años de su primera salida) y en la que se conjunta también un libro en homenaje a la novela (de 91 páginas), en el que el lector hallará un importante material complementario que contextualiza a la obra, y en el que el propio autor habla en un apartado que titula “La guerra que todos perdimos” de los intríngulis de la misma, de su recepción ante la crítica, del nacimiento de un libro que rinde honor a los caídos de ambas trincheras, sin importar si eran rojos o nacionales, porque en ambas hubo valor y heroísmo, sacrificio y tragedia, dolor y muerte y lo dice un autor con una vasta experiencia de veintiún años como reportero de guerra en distintos contextos, y, además, como si fuera poca razón, se aúna el que su abuelo, un tío y su padre lucharon en la Guerra Civil en el bando de la República.

En este libro homenaje hallamos también un texto de Enrique Moradiellos, que se titula ‘Línea de fuego y el arte de representar literariamente una guerra civil’, en el que se resalta a la novela como a una obra de ficción levantada sobre sólidas bases historiográficas, y en la que se revela un profundo conocimiento por parte del autor de la dinámica de una contienda, y que toma a la batalla del Ebro como epicentro o suceso crucial de la Guerra Civil, desplegando en los bandos unos personajes verosímiles, objetivables y muy humanos, que sufren los avatares de una contienda en la que muchas veces se enfrentan familiares y amigos, vecinos y conocidos: todos hermanados por la tierra que los vio nacer, pero que, por circunstancias azarosas del destino, se ven impelidos a combatir en trincheras distintas para así convertirse en enemigos irreconciliables.

En este apartado, Moradiellos nos advierte de algo que es fundamental en la comprensión de una obra como Línea de fuego de Pérez-Reverte, y es que la ficción no compite con la verdad histórica, sino que la complementa, recrea ambientes y escenarios, articula diálogos y pensamientos, evoca momentos importantes y lleva a los lectores a “vivir” y a recrear en su mente aquello que lee, con gozo o con espanto, con dolor o con alegría, con duda o con certeza, porque este es el fin de lo literario: hacer de un hecho (en este caso histórico) algo verosímil desde las páginas de un libro, que es en sí mismo arte narrativo.

Le sigue a este apartado ‘Acercando el zoom a la gente: La creación de ‘Línea de Fuego’’, en el que se nos muestra el devenir literario del autor, sus libros más emblemáticos, así como la “semilla” que germinaría con una obra de gran densidad literaria como la que nos ocupa, los constituyentes del libro (tres partes, dieciocho capítulos y ciento cuatro escenas, más un epílogo), y se pasa al desglose de sus 682 páginas: personajes, la ofensiva y la defensiva, el Ebro (escenario central de la obra, como queda dicho), el perfil de los combatientes, algunos detalles destacables del gran contexto libresco, así como los temas que lo circunscriben, cito: “la crueldad de los combates, las peligrosas divisiones en el bando republicado, el papel de la mujer, la participación de las Brigadas Internacionales, el drama de la Quinta del Biberón, la represión, la prensa extranjera… y también algún ejemplo de humanidad y hasta confraternización en medio del peor tipo de guerra, la que enfrenta a amigos y familiares”.

Se agregan también los siguientes textos: ‘Nadie que haya estado en un frente de batalla es vencedor: el encuentro con la prensa y los lectores’; ‘Del Premio de la Crítica a las fotos de familia: la huella de Línea de fuego’; ‘Conversación de Arturo Pérez-Reverte con Sergio Vila-Sanjuán’ (octubre de 2020) y ‘La crítica ha dicho…’.

En este último aparte aparecen compendiadas las opiniones y las críticas que recibió la novela, tanto dentro como fuera de España: Raúl del Pozo (‘El Mundo’), Sergio Vila-Sanjuán (‘La Vanguardia’), Jesús García Calero (‘ABC’), David Barreira (‘El Español’), María José Solano (‘Publishers Weekly en Español’), Antonio Lucas (‘El Mundo’), Julián Navarro (Europa Press), José María Pozuelo Yvancos (‘ABC’), Juan Gómez-Jurado (‘El Correo’), Karina Sainz Borgo (Vozpópuli), Santos Sanz Villanueva (‘El Cultural’), Javier Ors (‘La Razón’), José Manuel Ruiz (‘GQ’), Alberto Olmos (‘El Confidencial’), Fernando Baudet (‘La Opinión de Málaga’), Antonio Pérez Henares (‘El Día de Valladolid’), Andrés Chaves (‘Crónicas de Lanzarote’), Rafael Fuentes (‘El Imparcial’), Pedro G. Cueto (‘Diario de Córdoba’), Julio Patán (‘El Heraldo de México’), Fernando Alonso Ramírez (‘La Patria’ – Colombia), Antonio Galindo (‘Diario de Sevilla’), Mariela Sagel (Embajadora de Panamá en España, ‘La Estrella’ – Panamá), Juan Carlos Botero (‘El Espectador’ – Colombia), Jorge Fernández Díaz, Francesco Musolino (‘Il Foglio’ – Italia), Rosa Martí (‘Esquire’), Jacinto Antón (‘El País’), Juan Eslava Galán y Edu Galán (‘La Nueva España’).

Siempre de la mano de Alfaguara tenemos de nuevo la inmensa oportunidad de acercarnos a ‘Línea de fuego’, de Arturo Pérez-Reverte, en edición tapa dura y con su tomo complementario, lo que, a los 90 años de la Guerra Civil española, representa una estupenda ocasión para, desde la ficción (en la que el autor es un reconocido maestro), poder comprender uno de los más emblemáticos acontecimientos de la España del último siglo, que se hundió desde entonces en una conflagración dura, sangrienta y fratricida, y cuyas huellas y secuelas hoy se estudian y son, qué duda cabe, espacio para el espanto y también para el dolor.

https://www.que-leer.com/2026/03/31/de-nuevo-linea-de-fuego/

11 febrero 2026

La Guerra Civil de Arturo Pérez-Reverte

Ángel Peña - The Objective - 10/02/2026

«Los dos jóvenes apoyan otra vez los fusiles en el árbol, se sientan a la sombra y terminan de liar los cigarrillos. Zumban los mosquitos y suena el chirriar confiado de las cigarras». Así termina Línea de fuego. No es el peor spoiler de la historia. Podríamos ir unas páginas más atrás para averiguar en qué bando luchaban los dos jóvenes, pero prefiero hacer otro spoiler, este más personal: tras 675 páginas de infierno, me da igual si son fascistas o rojos, republicanos o nacionales, solo quiero que esos dos jóvenes y todos los demás personajes de la novela y de más acá de la novela salgan de una vez de esa inmensa mierda que, al parecer, algunos prefieren infinita, y puedan hablar de ella serenamente, como algo que ya fue y no debe volver a ser jamás.

Arturo Pérez-Reverte publicó 'Línea de fuego' en octubre de 2020. Vendió muchos ejemplares, como es habitual en él, y ganó el prestigioso Premio de la Crítica, algo menos habitual. Ya explicamos en su momento cómo y por qué quiso retratar el autor nuestro gran trauma nacional desde las trincheras, tal y como la vivieron (y, sobre todo, la murieron) sus verdaderos protagonistas, los combatientes. Otra cosa, deja muy claro el libro, era la retaguardia. Era, es y probablemente seguirá siendo.

La editorial Alfaguara publica ahora una edición especial «en conmemoración del 90 aniversario de la Guerra Civil». No es un aniversario demasiado redondo, pero la polémica por el aplazamiento de unas jornadas en Sevilla sobre la Guerra Civil le ha proporcionado una relevancia bastante significativa. 

La edición se vende en un estuche que incluye la novela y un libro de 91 páginas con abundante material extra. Arranca este último con un breve texto del propio Pérez-Reverte que lleva por título el mismo que las famosas jornadas interruptus de Sevilla: La guerra que todos perdimos. Siguen un detallado análisis por Enrique Moradiellos sobre «el arte de representar literariamente una guerra civil», una amplia «conversación» del autor con Sergio Vila-Sanjuán en octubre de 2020 y una abundante documentación sobre la creación de la novela y, sobre todo, su recepción, con resúmenes de una buena cantidad de reseñas en prensa.

Lo más llamativo, por supuesto, y más después del follón de Sevilla, es el texto del propio autor. Dice: «Han pasado casi seis años desde que se publicó esta novela en España, y eso me da tiempo suficiente para comprobar sus efectos. Que han sido interesantes, incluso educativos para mí. Los lectores respondieron con su habitual generosidad y eso aumentó mi larga deuda con ellos. También las reseñas críticas en páginas y suplementos culturales fueron casi todas favorables, para mi sorpresa. Y esta sorpresa se vio aumentada por la concesión del Premio de la Crítica, inesperado por la rareza de un reconocimiento unánime en lo que a mis novelas se refiere». ¿Intuyó, o quiso intuir, Pérez-Reverte que ya se podía hablar civilizadamente de la Guerra Incivil, que diría Unamuno?

No seamos ingenuos. Evidentemente, tenía sus dudas. Sigue el texto: «El casi […] se debió a un único reseñador, en el suplemento cultural de un importante diario de edición nacional». Aunque admite que las críticas favorables son «gajes del oficio», dice Pérez-Reverte que recuerda esa «por su carácter pintoresco, que precisamente desnuda la principal razón por la que escribí 'Línea de fuego'. Afirmaba el crítico […] —en ese momento máximo responsable de cultura del diario— que contar una batalla de la Guerra Civil desde ambos bandos tratando con idéntica objetividad a unos y otros combatientes era favorecer al bando llamado nacional, o franquista».

Y entonces dispara: «En la nuestra y en todas las guerras civiles que en el mundo han sido, una cosa es la bondad o maldad de las ideas, las causas, las motivaciones que desde arriba enfrentan a los bandos y llevan a la gente a matarse entre ella, y otra muy distinta la realidad que abajo, en las trincheras, en los campos de batalla, viven seres humanos obligados a luchar y morir por ideas propias —una minoría, y eso no me lo ha contado nadie—-, por azar o por simples circunstancias».

En la novela, el soldado Panizo reivindica una ética de la guerra: «Yo mato fachistas, no los asesino […] Para eso están los hijos de puta de nuestra retaguardia… Los milicianos que defienden a la República en los burdeles y los cafés». Y en el texto de cuatro años después, continúa Pérez-Reverte: «Y mientras como ocurrió en nuestra Guerra Civil las retaguardias son coto de caza de manipuladores, oportunistas. Canallas y asesinos, en los frentes de batalla, en la línea de fuego propiamente dicha, las cosas varían. En ese mundo que llegué a conocer muy bien no sirven los discursos moralizantes; lo que allí importa es la manera en que los seres humanos afrontan el sufrimiento, el horror y la muerte, y también cómo se manifiestan la crueldad y la compasión, la cobardía y el heroísmo, la bajeza y la decencia».

Seres humanos que, mientras están allí, se dedican a perder. Muchas veces la vida, siempre la paz. Pérez-Reverte presenta sus credenciales para contarlo: «Veintiún años como reportero en conflictos armados y nuestra tragedia civil contada por quienes la protagonizaron —mi abuelo, mi tío y mi padre lucharon por la República— me dan cierta autoridad para afirmar lo que afirmo».

Y entonces remata: «¿En serio puede haber imbéciles capaces de comparar a los soldados del frente con los políticos y generales de uno y otro signo, o con la chusma criminal que, emboscada en las respectivas retaguardias, robó y asesinó con impunidad, llenando de cadáveres cementerios y cunetas que las familias de unos exhumaron apenas vencieron y las de otros tardaron medio siglo en poder recuperar?»

Todo apunta a que la reseña a la que se refiere es la de Jordi Gracia en el suplemento 'Babelia' de 'El País', titulada: 'La Guerra Civil de Pérez-Reverte, demasiada pedagogía'. Curiosamente, Gracia acaba de publicar en el mismo medio una reseña del último libro del gran antagonista de Pérez-Reverte en la polémica de Sevilla. El titular: 'El Premio Nadal de David Uclés: un pastiche plano, mohíno y desaborío'. Gracia, autor de artículos tan literarios como 'Franco se le hace bola a Feijóo (y a Ayuso)' o 'Los medios de derechas y el cuento de la neutralidad', no había reseñado en 'Babelia' ninguno de los cinco premios Nadal anteriores. Este sí. ¿Equidistancia de última hora con el woke cancelador de capa caída por el hartazgo generalizado del personal?

Aunque también hay quien aprecia algo parecido a la inquina hacia cierto grupo editorial: véanse las reseñas de Gracia a los tres últimos premios Planeta (aquí sí que repite…): 'Vera, una historia de amor, de Juan del Val, ganadora del premio Planeta: una insipidez pavorosa', 'Victoria, de Paloma Sánchez-Garnica: un Planeta plagado de almíbar, trufado de tragedias y sin literatura', 'Las hijas de la criada: el fallido folletín de Sonsoles Ónega y la autoinmolación del Premio Planeta'. Para la edición anterior, la de 2022, prefirió unir las críticas del ganador y el finalista bajo el título 'La inanidad del Premio Planeta'. Que sí, que literariamente los Planeta tienden últimamente al pestiño más lamentable. Pero… ¿Por qué se tortura Gracia leyéndolos con tanto detenimiento?

Que cada cual haga sus ecuaciones y despeje la equis que le dé la gana.

Unas páginas más adelante en el libro conmemorativo, mediada la conversación con Vila-Sanjuán, Pérez-Reverte abre el objetivo para abarcar un panorama más general: «Esa necesidad tan española de trazar líneas, blanco y negro, rojo y azul, esa vil, infame y a menudo peligrosísima facilidad española para decir ‘nosotros y ellos’ y negar al adversario cualquier virtud y aceptar todo lo de tu bando como bueno es lo que más me crispa, enfada y enfurece, porque linda con la estupidez. Eso es ya o fanatismo o estupidez, y a veces las dos cosas. El peor enemigo de la humanidad no es el mal, insisto, es el fanatismo y la estupidez, sobre todo cuando se alían».

Ya metido en materia, Vila-Sanjuán arranca lo, quizá, más parecido a una adscripción ideológica que se le puede arrancar a Pérez-Reverte: el chaveznogalismo. Cuando menciona a Chaves Nogales, el autor de Línea de fuego salta como un resorte: «Es paradigmático porque, siendo un hombre de izquierdas y un republicano que se esfuerza y trabaja para la República, al final se horroriza tanto de unos como de otros, y dice: ‘Tanto miedo me daban los asesinos del tercio como los analfabetos criminales milicianos’. Se va horrorizado y asqueado y dice: ‘Da igual el que gane, habrá un dictador en España’. Ese hecho no le fue perdonado ni por unos ni por otros. Por eso fue tan apartado. Me di cuenta de que era uno de los nuestros. Uno de los míos. Uno de los que me ayudaban a entender. No generaba rencor y odio, sino comprensión y terror, y espanto ante la barbarie. Me enamoré de él, hice artículos sobre él, y poco a poco los chavesnogalianos nos fuimos reconociendo unos a otros».

Hay mucho más en ese libro conmemorativo que acompaña la nueva edición de 'Línea de fuego', pero hace ya rato que pasé de las 600 palabras. Concluyamos que propicia un completo y fructífero acercamiento a una novela que ya adquirió un tamaño importante en su momento —recuérdese esa «unanimidad» del Premio de la Crítica—, diría que incluso lo dejaba bastante próximo a un hipotético concepto de Novela sobre la Guerra Civil por antonomasia de este tramo ya avanzado de siglo XXI. Vila-Sanjuán apunta que el conflicto «cada cierto tiempo da un gran superventas. En la época de Franco fue Gironella, en el año 2001, Cercas…» ¿Algo parecido a la etiqueta de Gran Novela Americana unánimemente aceptada por los estadounidenses (de cualquier ideología), que necesitan expresar las nuevas formas en que su identidad es puesta en peligro una y otra vez por ciertas desmesuras… y rescatada por las mismas virtudes de fondo?

La identidad española parece encallada en cierto cainismo, y el autor que intenta apuntar a un posible rescate en forma de lucidez suele recibir más palos que zanahorias. Pérez-Reverte le explica a Vila-Sanjuán que, durante mucho tiempo, la Guerra Civil no le interesaba «como materia principal narrativa porque pensaba, justamente, que ya había sido muy, y además muy bien escrita». Pero, «al ver el discurso que se está planteando en los últimos tiempos, que ha muerto la gente que fue testigo de aquello y que sólo queda el discurso ideológico, pero ya no los testimonios que permiten templar la ideología, pensé que sería incluso útil escribir esta novela. Para mí, por supuesto, porque quería ordenar un par de ideas, y también quizá para los lectores. Creo que era el momento. Dije: ‘Ahora sí’, y me puse a ello».

Y en ello estamos.

Los movimientos telúricos que dieron lugar al terremoto de Sevilla parecen indicar que esta novela ha tocado una placa tectónica clave de nuestra identidad. Para bien o para mal, signifique una cosa u otra, lo más lógico quizá sea realizar el extravagante esfuerzo de leerla.

https://theobjective.com/cultura/literatura/2026-02-10/guerra-civil-arturo-perez-reverte/

04 abril 2025

Frente del Ebro: La guerra según Pérez-Reverte

Rafael Narbona - inmediaciones.org - 04/04/2025

España es un país de hombres y mujeres temperamentales, espíritus libres y apasionados que detestan morderse la lengua o reprimir sus emociones. Quizás eso explica su propensión a lo que se ha llamado «energumenismo», una categoría donde se incluyen nombres tan notables como Unamuno, Baroja, Bergamín, Cela o Rafael Sánchez Ferlosio. No empleo el término “energúmeno” con un carácter despectivo. Para mí, no es sinónimo de arbitrariedad, intolerancia o vesania, sino de una convicción sincera que no excluye el diálogo. Los energúmenos no siempre se llevan bien entre ellos, y algunos son más civilizados que otros. Pienso en Unamuno, con sus adhesiones y rupturas, sus paradojas y contradicciones, sus arrebatos y sus arrepentimientos. Es la quintaesencia del genio hispánico. Nunca le he considerado un histrión, sino un escritor que hizo visibles sus conflictos interiores, mostrando una sinceridad tan descarnada como la de Rousseau o san Agustín. Creo que Pérez-Reverte pertenece a este club —no sé si selecto o maldito—. Siempre está en la línea de fuego, aceptando los riesgos que eso conlleva. La prudencia y el cálculo no entran en sus planes. No es un fanático, sino alguien que defiende con ardor sus opiniones. Quizás por eso se ha atrevido a acometer una nueva temeridad, escribiendo una novela sobre la batalla del Ebro, titulada 'Línea de fuego'. No ha elegido la neutralidad, ni la equidistancia, sino la única beligerancia razonable: tomar partido por esa Tercera España que defendió con tanta valentía Manuel Chaves Nogales, distanciándose con idéntico fervor de fascistas y comunistas, reaccionarios y revolucionarios. Su apuesta ha cuajado en una novela extraordinaria, donde la agilidad narrativa convive con hondas reflexiones sobre el ser humano, la guerra, la amistad y el compromiso. 'Línea de fuego' es un poderoso fresco sobre una de las mayores tragedias colectivas de un país que desea vivir en paz, honrando a todos los caídos en esa hora trágica. Añade una página esencial a la literatura sobre la Guerra Civil, mostrando que el hábitat natural del hombre no es el blanco ni el negro, sino un gris repleto de matices.

Pérez-Reverte nunca ha ocultado su admiración por Chaves Nogales, al que ha calificado como «el mejor periodista español del siglo XX». Ante el actual cuadro de crispación de nuestra vida política, ha recomendado leer el prólogo de 'A sangre y fuego' (1937), una lección magistral sobre ética e historia que escarnece mitos y consignas, señalando la miseria de las ideologías que utilizan la retórica para maquillar su deseo de exterminar al adversario. Chaves Nogales se define a sí mismo como «un pequeño burgués liberal». Su trabajo como periodista le hizo viajar a Moscú y Roma, revelándole que comunismo y fascismo oprimían a los trabajadores con la misma ferocidad. Su liberalismo le impidió entusiasmarse con el mito de la revolución, ya fuera proletaria o nacionalsindicalista: «Antifascista y antirrevolucionario por temperamento, me negaba sistemáticamente a creer en la virtud salutífera de las grandes conmociones». Sin miedo a irritar a los supuestos libertadores de los pueblos, el periodista sevillano afirmaba: «Todo revolucionario, con el debido respeto, me ha parecido siempre algo tan pernicioso como cualquier reaccionario». Chaves Nogales describe el fascismo y el comunismo como los dos rostros de una nueva peste fabricada en «los laboratorios de Moscú, Roma y Berlín». Esa plaga ha sembrado la semilla de la crueldad y la estupidez, desatando odios cainitas. Desde que España se partió en dos bandos, los idiotas y los asesinos han proliferado con idéntica feracidad en ambos lados. Sin saber quién vencerá, Chaves Nogales sostiene que el triunfador no será un político, sino un caudillo que utilizará la violencia para conservar sus privilegios. La sangre, lejos de interrumpirse, seguirá fluyendo, anegando un país donde las trincheras continuarán abiertas para disparar contra todo el que opine de otro modo. Al comienzo de la guerra, Chaves Nogales escribió artículos y editoriales a favor de la República, pero cuando el gobierno se trasladó a Valencia, se exilió en París para preservar su independencia y no ser fusilado por cualquiera de los dos bandos, que ya le habían incluido en sus listas: «Yo he querido permitirme el lujo de no tener ninguna solidaridad con los asesinos. Para un español quizá sea éste un lujo excesivo».

Pérez-Reverte ha incurrido en el mismo lujo, atrayéndose la ira de los que han sentido cuestionado su canon de la Guerra Civil. Durante décadas, soportamos la versión del bando triunfador, que hizo lo que pronosticó Chaves Nogales: defender su éxito con un cuchillo entre los dientes. Ahora, sufrimos la versión no ya del bando perdedor, sino de los que intentan obtener réditos políticos manteniendo vivas las heridas. Es indiscutible que las familias de los represaliados del franquismo tienen derecho a recuperar los restos de sus seres queridos, sepultados en cunetas y fosas clandestinas, pero eso no debería abrir la puerta a que ahora «nos vuelvan a contar la guerra desde la otra beligerancia, desde las otras mentiras», como advirtió Julián Marías, víctima de la represión franquista. Creo que Pérez-Reverte coincide con Marías en que «la única manera de que la guerra civil quede absolutamente superada es que sea plenamente entendida». Aquella tragedia debe quedar «detrás de nosotros, sin que sea un estorbo que nos impida vivir». ¿Significa eso blanquear el franquismo? ¿No se puede decir que en Madrid funcionaron más de doscientas checas y que en la retaguardia republicana se cometieron incontables crímenes, como ha documentado Fernando del Rey, el último Premio Nacional de Historia, en su obra 'Retaguardia roja: Violencia y revolución en la guerra civil española'. Señalar que los falangistas, los requetés y los regulares también eran seres humanos capaces de acciones nobles no significa ensalzar la dictadura, sino constatar que la fibra moral de los españoles sobrevivió incluso en los peores escenarios de la contienda. A Pérez-Reverte le trae sin cuidado la corrección política y no le preocupa ser intempestivo. Sabía que 'Línea de fuego' despertaría la cólera de los que no toleran que se ponga en tela de juicio su interpretación de la Guerra Civil. Sus previsiones se han cumplido. De nuevo le han llovido lindezas, acusándole de «fascista», «misógino», «belicista» y otras majaderías. De paso, se ha cuestionado el mérito literario de la novela. Creo que esa andanada, que evoca el clima de histeria de los linchamientos, carece de justificación. La bilis ha prevalecido sobre la razón; el improperio sobre el juicio objetivo.

'Línea de fuego' es una novela excelente, con el aliento de las grandes epopeyas y la humildad de los ejercicios más sinceros de autocrítica. A pesar de su longitud, sostiene el interés del lector con personajes de profunda y creíble humanidad. Los diálogos no son artificiales. Los personajes no se despeñan por un coloquialismo afectado ni incurren en discursos moralizantes. El relato de la batalla del Ebro revela un riguroso conocimiento de la historia, pero sin caer en esa erudición incompatible con un ritmo vertiginoso, capaz de recrear unos días de furia, rabia y confusión. La prosa ágil de Pérez-Reverte siempre deja una esquina al lirismo, pero sin esteticismos gratuitos. Las escaramuzas sobrecogen y los personajes conmueven. Pienso en Patricia Monzón, a la que sus compañeros llaman Pato, una operadora de transmisiones que lleva a la espalda una pesada mochila con un emisor-receptor. Antigua empleada de Telefónica, los crueles bombardeos de Madrid pusieron patas arriba su vida, obligándola a tomar una postura. Tras leer la propaganda marxista, se afilió al Partido Comunista. Es de las pocas mujeres que participa en la ofensiva del Ebro. No es una miliciana que pose ante las cámaras con un fusil, intentando conquistar simpatías, sino una mujer valiente que quiere aportar su granito de arena. Sus convicciones son firmes, pero no es una fanática. Escuchar y presenciar algunas cosas le hace cuestionar las simplificaciones de las obras de propaganda. Vivian Szerman, corresponsal de 'Vanity Fair', no es un personaje menos intenso que Pato. No se arruga con facilidad y contempla los hechos desde una perspectiva libre de filtros ideológicos. No es una mujer atractiva, pero su presencia en el frente enciende las fantasías de hombres que no saben si habrá un mañana donde gozar y reír. Lejos de acobardarse, asume grandes riesgos para escribir una crónica fiel de lo que sucede en el campo de batalla. Los que han acusado a Pérez-Reverte de machista deberían familiarizarse con estos personajes, donde despunta la dignidad de la mujer, sin la necesidad de utilizar estereotipos que falsean la realidad.

Pérez-Reverte también dignifica a los marroquíes de los tabores de regulares. Selimán al-Barudi no titubea a la hora de fusilar o desvalijar a los muertos, pero es un amigo fiel que cuida del soldado Ginés Gorguel, dominado por el pánico y cuyo único anhelo es sobrevivir. Se ha demonizado a los regulares, sin reparar en que esa forma de proceder escondía una buena carga de racismo. Violadores, asesinos, bárbaros sin entrañas, los moros de Franco han sido despachados como presunta escoria. Pérez-Reverte se atreve a destacar que también eran humanos y que poseían virtudes como el coraje, la lealtad y el sentido de la amistad. La mayoría se alistó huyendo de la pobreza y conservó las costumbres de su cultura rural, donde aún no circulaban los valores de las grandes urbes occidentales. Sin preocuparse por los tópicos y la leyenda negra sobre la Legión, Pérez-Reverte compone un retrato conmovedor del alférez provisional Santiago Pardeiro, que ha asumido sin deshumanizarse su condición de «carne de cañón». Combate en primera línea, adelantándose a sus hombres y sin ignorar su condición de candidato a difunto, pues casi todos los alféreces caen a los pocos días en el frente. En la lucha cuerpo a cuerpo se emplea con dureza, pero cuando los adversarios se rinden respeta sus vidas. Se muestra muy afectuoso con Tonet, un niño de unos diez años que se ha unido a los legionarios, guiándoles por un terreno que conoce como la palma de su mano. Pardeiro intenta retirarlo de la línea de fuego, pero el niño, que sueña con ser legionario, aparece una y otra vez, con una mezcla de obstinación y temeridad no exenta de ternura. Los requetés del Tercio de Montserrat también combaten con nobleza. Disciplinados, valientes y religiosos, nunca rehúyen el peligro y respetan a los prisioneros. Los falangistas son menos escrupulosos. Algunos —como Saturiano Bescós, un pastor enrolado en la XIV Bandera de Falange de Aragón— son buenos soldados que tratan con honor al enemigo vencido; otros —como el teniente Zarallón— disparan a la cabeza de los oficiales rojos que se han entregado, dejándose llevar por el odio, pues mataron a su hermano por la espalda cuando colgaba en las calles carteles de Falange.

Los anarquistas son buenos combatientes. Desprecian los galones, pero nunca escabullen el bulto. El dinamitero Julián Panizo asume misiones suicidas, enfrentándose a los carros blindados con cartuchos de dinamita y no deja atrás a los «biberones» que combaten a su lado, como Rafael, un muchacho de dieciocho años. El mayor de milicias Emilio Gamboa no se preocupa menos por sus hombres. No le importa arriesgarse a ser acusado de traición por increpar a los mandos que contemplan la guerra desde lejos, enviando al piquete de ejecución a los desertores, casi siempre pobres desgraciados dominados por el miedo. Pérez-Reverte destaca que hay mucha miseria en el campo de batalla, pero también afloran los gestos heroicos, los sacrificios y el compañerismo. Nos dibuja un panorama donde no caben los maniqueísmos, ni las consignas ideológicas. Su perspectiva es la de un humanista que intenta comprender, no condenar; razonar, no abominar. Desde mi punto de vista, 'Línea de fuego' debe leerse como una contribución a la causa de la Tercera España. Podría ser una lectura complementaria de la obra completa de Chaves Nogales, que ahora publica Libros del Asteroide, reuniendo por primera vez en una única edición de cinco volúmenes todos los escritos literarios y periodísticos de los que se tiene conocimiento hasta la fecha. Al igual que Chaves Nogales, Pérez-Reverte denuncia la barbarie de los dos bandos. En ambas retaguardias se cometen toda clase de iniquidades. El dinamitero anarquista Juan Panizo se cruza con un herido que agoniza, llamando a Dios y a su madre. Olmos, su compañero, le propone rematarlo. Panizo replica que mata fascistas, pero no los asesina: «Para eso están los hijos de puta de nuestra retaguardia… Los milicianos que defienden a la República en los burdeles y los cafés». Olmos asiente y añade: «Es lo malo de estas guerras. Que oyes al enemigo llamar a su madre en el mismo idioma que tú, y como que así, ¿no?… Se te enfrían las ganas». El hombre puede ser una bestia despiadada, pero también es un animal compasivo. Cada combatiente obra por motivos distintos. Unos por Cristo, otros por el proletariado. Muchos son honestos y consecuentes. Otros, cobardes, mezquinos y oportunistas. A mayor fiereza ideológica, menor respeto hacia el adversario. Los españoles son reacios a la disciplina y la obediencia, pero suelen tener un gran corazón, lo cual no evita los raptos de barbarie, casi siempre fruto del anhelo de venganza. En casi todos hay una aristocracia natural, como la del oficial carlista Pedro Coll de Rei. Su aspecto es sumamente valleinclanesco: boina roja, barba cuidada, notable altura y un bastón de paseo convertido en bastón de mando. Capaz de luchar cuerpo a cuerpo y enfrentarse a las balas con imperturbabilidad, cuando el enemigo se rinde le tranquiliza, diciéndole que bajo sus órdenes no se fusila a prisioneros. No se trata de una promesa huera. Ordena que se destruyan los carnets de los hombres capturados para protegerlos de posibles represalias.

Lejos de exaltar el franquismo, Pérez-Reverte habla de los bombardeos de Madrid, que se saldan con niños y mujeres reventados en las aceras o enterrados bajo los escombros. Eso no le impide hablar de los crímenes del otro lado, donde se caza a los sacerdotes como conejos o se fusila por ir a misa, como le sucedió al yerno de Manuel García Morente. Pese a la indignación con que censura estos comportamientos, Pérez-Reverte no cae en un estéril pesimismo. Los españoles son «valientes hasta la locura y orgullosos hasta el disparate». Los extranjeros tampoco son mala gente. Algunos son aventureros alistados a la Legión; otros, comunistas que combaten en las Brigadas Internacionales. Todos son retratados como seres humanos, eludiendo la caricatura deshumanizadora. Ese respeto se refleja en escenas particularmente conmovedoras, como el intercambio de cigarrillos entre enemigos que deponen las armas unos instantes para relajarse con un placer elemental. No es menos patético el alumbramiento de un niño que impulsa un alto el fuego por respeto a la madre y a la vida que viene en camino. Estas escenas no son concesiones sentimentales, sino manifestaciones de fe en el género humano, donde siempre hay una brizna de magnanimidad y un sincero deseo de paz. Estoicos, fatalistas, los moros de Franco también sueñan con volver a casa y lloran al evocar su niñez. En la guerra todos pierden. «No hay nada bello y romántico en un soldado muerto —escribe Pérez-Reverte—. Eso queda para las pinturas de los museos, los versos de los poetas y la demagogia de los políticos. La realidad inmediata sólo es carne muerta, carroña pudriéndose al sol». La demagogia está en los dos bandos. Gil Robles pide que los malos españoles sean pasados por las armas, y Largo Caballero afirma que el lugar de la mujer está en la cocina, la fábrica y los hospitales. Muchos soldados son indiferentes hacia las consignas de unos y otros. Combaten en el lugar que les ha tocado. Y los que se han alistado voluntariamente a un bando muchas veces titubean, pues no es fácil matar a un compatriota, especialmente cuando se repara en que detrás de cualquier soldado hay una madre, una mujer o tal vez unos hijos. Disparar no significa matar a un hombre, sino destruir a toda una familia.

En algunos pasajes de la novela, se advierten ecos shakespeareanos. «Estamos perdidos en un mundo absurdo», dice Pato. «El sueño de un dios borracho y cruel», contesta el capitán Bascuñana. «Los dioses han muerto. Estamos aquí para que la humanidad tome conciencia exacta de esa verdad histórica», concluye la miliciana. Pérez-Reverte no minimiza en ningún momento la estrategia de terror de los sublevados: «Matan con método», comenta Tabb, el periodista inglés. «Ejecutan una carnicería sistemática con objeto de aterrorizar y desgastar». Vivian, la periodista estadounidense, apunta que la retaguardia es el escenario de las peores vilezas: «Asombra tanta nobleza en los que luchan y tanta vileza en los que están lejos del frente». Tras perder a la mayoría de sus hombres, Gamboa, jefe de milicias, comenta desolado: «Ya no es una guerra de exterminio, sino una guerra donde le ven la cara al enemigo; donde a veces descubren que es del mismo pueblo que ellos y compraba tabaco en el mismo estanco». Línea de fuego nos pide que no hagamos un ajuste de cuentas con el pasado, sino que comprendamos el sufrimiento de todas las víctimas de la Guerra Civil. Como dijo Julián Marías, unos fueron «justamente vencidos»; otros, «injustamente vencedores». Pérez-Reverte nos pide que superemos la polarización derechas-izquierdas que dinamitó la convivencia en los años previos a la guerra. No podemos volver a dividir el país en dos bandos, identificando al otro, al que piensa de modo distinto, con el mal absoluto, pues ese es el primer paso para deshumanizarlo hasta el extremo de justificar su eliminación física. Hay que mirar al futuro con sentido de la responsabilidad, buscando fórmulas integradoras basadas en el diálogo y el consenso. Es necesario ponerse en el punto de vista ajeno, comprendiendo que la política solo funciona cuando no se considera al adversario un enemigo, sino un interlocutor digno de respeto. No valen las recetas mágicas que nos eximen de pensar. Es absurdo hablar a estas alturas de «asaltar los cielos» o de «hacer grande otra vez a España». Ese camino solo nos lleva al envilecimiento.

Durante un tiempo, creí —y suscribí— las mezquindades que circulaban sobre Pérez-Reverte, pero un breve encuentro con él en el Café Gijón me reveló que mis apreciaciones eran muy injustas. Me encontré con una persona cordial y sencilla, sin una pizca de agresividad o rencor. Pasional, sí, pero es un rasgo muy español, y no advierto nada malo en una actitud que revela valentía, independencia de criterio y vocación de compromiso. Tardé en leer sus libros —no lo había hecho hasta entonces— y mi opinión sobre su obra cambió definitivamente. Empecé 'Los perros duros no bailan', pero el sufrimiento de los canes que circulaban por la novela me resultó insoportable. Tengo varios perros y me afecta mucho la crueldad que muestran algunos humanos con los animales. Interrumpí la lectura y pasé a 'Hombres buenos', que me deslumbró. No dudo que será un clásico el día de mañana. Pérez-Reverte no es fascista, ni machista, como dicen sus enemigos, sino una especie de Dumas que ha pasado por el gabinete de Voltaire. Su prosa se inscribe en la mejor tradición del realismo español, con destellos cervantinos y galdosianos. 'Línea de fuego' es una gran novela que molestará a muchos, pero la verdad casi siempre es incómoda e intempestiva. Celebro que en nuestro país aún queden escritores que no se dejan intimidar por la «imbecilidad organizada» de las redes sociales, por utilizar una expresión de Javier Marías. Siempre he sentido curiosidad por la amistad entre Pérez-Reverte y Marías. No sé si cultivan «una de esas amistades inglesas que empiezan por excluir la confidencia y que muy pronto omiten el diálogo» (Borges), pero no tengo ninguna duda de que encarnan los valores de la España defendida por Chaves Nogales, caracterizada por «un odio insuperable a la estupidez y la crueldad».

https://inmediaciones.org/frente-del-ebro-la-guerra-segun-perez-reverte/