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20 noviembre 2025

La divertida anécdota de cómo Arturo Pérez-Reverte se enteró de la muerte de Franco

Nel Gómez - infobae.com - 20/11/2025

Este 20 de noviembre se cumplen 50 años del fallecimiento de Francisco Franco, el dictador que desde 1939 hasta su muerte dirigió el Régimen que privó a España de las libertades democráticas alcanzadas con la República, en parte retomadas con la llegada de la Transición.

La noticia de la muerte del caudillo despertó, por aquel entonces, todo tipo de reacciones por aquel entonces: hubo muchos que se alegraron, por supuesto, pero también quienes temieron el inicio de otro conflicto como la Guerra Civil, así como otros, afines a la ideología del Régimen o a la figura de su líder, que se acercaron hasta el cuerpo embalsamado del dictador para despedirse de él.

Sin embargo, pocas personas en España recibieron la noticia como Arturo Pérez-Reverte. El famoso escritor de novelas, responsable de títulos tan icónicos como la saga de aventuras del capitán Alatriste, 'El club Dumas' o 'El maestro de esgrima', se encontraba por aquel entonces en el norte de África cubriendo la Marcha Verde, la invasión y posterior ocupación militar marroquí del Sahara español.

Así lo explica Rogorn Moradan (@Rogorn), autor en la revista literaria digital Zenda (creada por el propio Pérez-Reverte) y responsable de la ingente compilación de reportajes que el novelista, por aquel entonces dedicado al periodismo internacional, realizó para el diario 'Pueblo' en su marcha al Sahara Occidental. Gracias a su labor, disponible para todo el mundo en la web La Reverteca, sabemos cómo el escritor se enteró de la muerte de Franco.

El 12 de noviembre, ocho días antes de la muerte de Franco, Pérez-Reverte se encontraba en la ciudad de El Aaiún junto a las tropas españolas, encargado de transmitir los rumores de que la penetración marroquí continuaba al nordeste del territorio. “Ocho días después”, cuenta Rogorn en un post en sus redes sociales, donde también se está haciendo eco de su trabajo, “no se tenían noticias del paradero de Arturo Pérez-Reverte, que estaba siguiendo al Frente Polisario para un reportaje”.

Así, el escritor permaneció incomunicado durante varios días, y para cuando tuvo ocasión de conocer la muerte del caudillo, ya habían pasado varios días. “Me pilló en Mahbes, con el Polisario, atacando un convoy marroquí”, explicaría el propio novelista durante una entrevista en 2010. “Les cogimos una radio y me enteré dos días después. me dije: ‘Ay que joderse. Toda la vida esperando y me entero en el desierto, con retraso’. Cuando volví a España, todo había acabado”. Para cuando Arturo Pérez-Reverte volvió a dar señales de vida, habría pasado incluso su propio vigésimo cuarto cumpleaños, el 25 de noviembre de 1975.

El novelista ha manifestado en más de una ocasión su opinión sobre el dictador, considerándolo “una lacra” para la historia de España. Con todo, al mismo tiempo se ha mostrado crítico con el hecho de que, a día de hoy, se siga desenterrando su figura con fines ideológicos. Muy sonado fue, por ejemplo, su post en X, por aquel entonces Twitter, en el que mostró su desacuerdo con esta tendencia: “El franquismo acabó hace cuarenta años, criatura. Ahora solo es un espantajo para entretener a simples como usted; algo que no se creen de verdad ni quienes lo reivindican ni quienes lo denuncian. El problema de España son los hijos de puta vivos, no los muertos. Y los tontos”.

https://www.infobae.com/espana/cultura/2025/11/20/la-divertida-anecdota-de-como-arturo-perez-reverte-se-entero-de-la-muerte-de-franco-toda-la-vida-esperando-y-me-entero-en-el-desierto-con-retraso/

07 junio 2020

1405 – EL HOMBRE AL QUE PUDE MATAR

XL Semanal, 7 de junio de 2020

Ocurrió hace años. Estaba sentado en la terraza de un bar cuando se me acercaron dos jovencitos quinceañeros. «Tú quisiste matar a mi padre», dijo uno de ellos a quemarropa. Los miré, desconcertado. «¿Quién es vuestro padre?», pregunté. Me lo dijeron. Estuve un momento callado y luego pregunté quién les había contado eso. «Nos lo ha contado él», respondieron. Me gustó su aplomo, su decisión de críos dispuestos a ajustar cuentas. «¿Y vuestro padre me guarda rencor?», inquirí. Fue el mayor quien respondió. «No, porque dice que él habría hecho lo mismo». Entonces les pedí que se sentaran. Lo hicieron, recelosos. No quisieron tomar nada y se quedaron en el borde de la silla, muy tensos. Eran chicos duros y me gustó que lo fueran. Entonces les conté mi versión de la historia.

Ocurrió a finales de 1975 en un lugar del Sáhara llamado El Farsía; que era como estar en mitad de la nada, con la diferencia de que esa nada estaba llena de soldados marroquíes que tenían cercada a una diezmada katiba de guerrilleros saharauis. Y había un problema adicional: había allí dos periodistas españoles de veintipocos años, con la mala suerte de no estar con los marroquíes sino con los otros, los guerrilleros. Y tanto éstos como los periodistas lo estaban pasando muy mal. No había forma de salir de allí, al que se movía lo achicharraban, y para colmo no quedaba agua para beber, el sol pegaba vertical con unos 45º a la sombra si hubiera habido sombra, que no era el caso, y la inmovilidad, el sudor, los tiros, el tormento de las moscas, el miedo, ponían los nervios al límite de su resistencia.

Todo ser humano, por templado que sea, tiene unos límites. Son las circunstancias las que te acercan o alejan de ellos. Aquel día de tortura insoportable, los nervios de uno de los reporteros tocaron el límite antes que los del otro. Salió primero su número. Así que, tras haber aguantado durante días y sobre todo durante las últimas horas, agotado por la tensión, perdió la compostura. Hay que rendirse, dijo. Gritemos que somos periodistas, levantemos los brazos y salgamos de aquí. Su compañero, sin embargo, no lo veía así de fácil. Nadie sabía que estaban allí, opuso con cierto sentido, y a los de enfrente les daban igual dos vidas más o menos. Tampoco les iba a gustar que hubiera testigos de aquello, ni que dos reporteros fueran en plan coleguillas con sus enemigos. Y si los cogían vivos, añadió, quizá fuera peor, porque les iban a ir dando por el culo hasta Tarfaya. Esa fue exactamente la frase, concreta, inolvidable: «Nos van a ir dando por el culo hasta Tarfaya».

El plan, había dicho el jefe de los saharauis, era esperar la noche para infiltrarse entre los marroquíes y escapar. Pero para eso había que estar tranquilos y callados. Sin embargo, el otro periodista no se dejaba convencer. Empezó a ofuscarse y a gritar, todo eso tirados cuerpo a tierra, parapetados entre las piedras desnudas, roncos de sed y con el sol asesino sobre sus cabezas. Y cuando hizo ademán de levantarse para ir hacia los marroquíes, su compañero le sacó a uno de los que estaban tumbados junto a ellos una pistola que el guerrillero llevaba en una funda colgada al cinto: una vieja Astra del 9 largo. El caso es que cogió la pistola, le quitó el seguro, se la puso al colega en la cabeza y señaló a los saharauis. «Nos pones en peligro a todos dijo con toda la firmeza de que fue capaz. Si te pego un tiro, éstos no van a decir nada a nadie». Y los saharauis miraban, callados y aprobadores.

Esa misma noche, en absoluto silencio los guerrilleros y los periodistas consiguieron infiltrarse entre los marroquíes todavía hoy parece un milagro al recordarlo y escapar de allí. Excepto aquellos diez minutos de crisis, el comportamiento del periodista que había perdido un momento los nervios fue impecable. Arrastrándose en la oscuridad se condujo con un valor tranquilo, y hasta se arriesgó un par de veces para esperar y ayudar al compañero. Publicados en España, los reportajes y fotografías fueron una gran exclusiva: éxito total. Ninguno volvió a comentar el incidente hasta una semana más tarde, cuando tomaban juntos una copa con las chicas del cabaret de Pepe el Bolígrafo, en El Aaiún. En un momento determinado, de improviso, uno de ellos sonrió y le dijo al otro: «Supongo que yo habría hecho lo mismo que tú». Ésa fue su absolución de hermanos, y no hubo nada más. Después se miraron a los ojos en silencio y encargaron a Chocolate, el camarero negro, la botella de champaña que Silvia y la Franchute llevaban mucho rato pidiendo.

26 abril 2020

1399 – LA ESTRELLA MORIBUNDA

XL Semanal, 26 de abril de 2020

Durante cierto tiempo, las estrellas fueron importantes en mi vida. Crecí junto al mar cuando la costa no era todavía un continuo paisaje de cemento y luz artificial, y las noches en la playa, junto a fogatas hechas con madera de deriva, transcurrían bajo una hermosa bóveda celeste que giraba despacio alrededor de la Polar. Fue con Paco el piloto, en las noches en que salíamos al mar para que él se buscara la vida con los barcos extranjeros fondeados, con quien aprendí a tomar la distancia desde la Osa Mayor para encontrar la estrella maestra. Más tarde, cuando navegué en mi propio velero, algunas noches apagaba aún lo hago todos los instrumentos de a bordo para, sentado junto al timón, sentir el placer de navegar un rato con sólo las referencias del cielo. Y cuanto tengo alguna duda, todavía consulto el Starfinder, el disco localizador de estrellas que me regaló, hace ya muchos años, el capitán de la marina mercante don Carlos de la Rocha.

También, cuando trabajé en lugares donde la luz no sólo no era posible sino que podía ser peligrosa, muchas noches transcurrieron en la oscuridad, a cielo abierto, y a menudo dormí o esperé tumbado sobre la arena o en el saco de dormir, mirando estrellas hasta aprenderme varias constelaciones de memoria: El Cisne, La Cruz del Sur, Las Pléyades, Cefeo, Orión… De todas ellas, Orión es la que más vinculada está a mi vida, y no sólo por ser la más hermosa. Desde niño me fascinó su leyenda, la del cazador con la espada y el escudo, que vigila el cielo; el que guió a Ulises en su visita al Hades y tiene dos estrellas en los hombros, Betelgeuse y Bellatrix, tres en el cinturón y dos en los pies, una de las cuales se llama Rigel. A Orión debo tal vez la vida, como se la debe mi entonces compañero el fotógrafo Claude Glüntz; porque una noche de febrero de 1976, cuando recorríamos con un Land Rover y un conductor del Polisario una pista cercana a Mahbes, en el Sáhara, fue la posición de Orión, que estaba donde no debía estar o más bien éramos nosotros los que no estábamos la que nos hizo descubrir que nuestro conductor saharaui se había despistado y rodábamos por una pista minada que, además, nos llevaba directamente a las posiciones marroquíes.

Anoche, cuando pensé en escribir hoy este artículo, me asomé a ver con prismáticos el firmamento, que desde donde vivo se ve nítido y limpio. Y allí estaba el impasible y fiel Cazador, muy próximo al horizonte. Me detuve un rato en el punto rojizo de Betelgeuse, la estrella más hermosa de esa constelación, el Uluriajuak de los esquimales, Basn de los persas e Ib al-Jauza de los árabes, que en las tablas astronómicas de Alfonso X el Sabio aparece ya como Beldengeuze. Y mientras la observaba recordé que estaba mirando una estrella condenada a muerte. Todo el Universo y cuanto contiene lo está, tarde o temprano; pero Betelgeuse tiene, incluso, fecha de caducidad conocida.

Ahí donde se la ve, tan hermosa desde que nació como gigante azul hace ocho millones de años, Betelgeuse agoniza sin remedio. Se desvanece. En sólo un año su brillo ha perdido casi dos tercios de intensidad; y no porque sea una estrella de resplandor variable, que lo es, sino porque está consumiendo su combustible interno y eso la conduce, inevitablemente, al colapso que la hará estallar en lo que los astrónomos llaman supernova: una explosión que durante tres meses iluminará de noche la tierra, que hará el hombro del Cazador tan brillante como la luna llena, y que se irá apagando hasta desaparecer para siempre en uno o dos años. Según los astrónomos, para que eso ocurra quedan, como mucho, menos de 100.000 años. Y de ahí para abajo. O sea, mil cortos siglos. Cifra que si a los estúpidos humanos que estamos aquí nos parece enorme, para el impasible cosmos y sus reglas es un aperitivo de nada. Un simple suspiro entre dos aparentes eternidades.

Recuerdo que una noche, cuando estábamos mojados por el relente a bordo de su barco, esperando cartones de Winston junto a la isla de las Palomas habíamos pescado calamares con potera mientras anochecía, para matar el rato, el Piloto encendió un pitillo con su chisquero, miró la bóveda celeste que recortaba las alturas negras de la costa, y refiriéndose a las estrellas me dijo: «Qué pequeño y qué analfabeto se siente uno aquí debajo. ¿A que sí, zagal?». Y era cierto, y lo sigue siendo. Más de medio siglo después, pese a todo lo visto y leído desde entonces, mientras anoche observaba Orión mirando el hombro rojo y sentenciado a muerte del Cazador, volví a sentirme tan pequeño y analfabeto como aquella noche lejana junto al Piloto, en el barquito que se mecía despacio bajo las estrellas.

22 abril 2018

1294 - EL TENIENTE ALBALADEJO


XL Semanal, 22 de abril de 2018

Hacía cuarenta años que no veía su rostro, aunque lo recordaba bien. Mi amigo el grafitero y fotógrafo Jeosm, que está positivando miles de negativos de mi vida anterior a ésta, acaba de entregarme los del Sáhara de 1975, cuyas fotos nunca vi del todo porque enviaba los rollos por avión desde El Aaiún, y luego sólo veía las que se publicaban. Y en una de esas imágenes está él, de uniforme y de perfil, el pelo corto cano y rizado, los ojos de acero y la boca apretada como una línea de granito silenciosa y dura.

Pepe Albaladejo, como el comandante Labajos, el capitán Gil Galindo, el cabo Belali y algunos otros, fue uno de mis amigos y también de mis héroes. De mis últimos héroes, matizo, pues con ellos quedaron atrás muchas inocencias. Yo tenía veintitrés años cuando me mandaron al Sáhara como enviado especial de 'Pueblo', a contar en crónicas diarias la crisis en la frontera, la Marcha Verde y demás. Todos eran de la Policía Territorial, que tenía mandos españoles y tropas nativas. Les caí bien y me acogieron en su cuartel y sus misiones. Viví con ellos nueve meses de patrullas, de camaradería, de bar de oficiales, de copas nocturnas en aquel Aaiún colonial donde era posible vivir todavía, antes de que desapareciese para siempre, un mundo canalla, áspero, peligroso, fascinante, que hoy sólo es posible conocer en las películas y las novelas.

Llegaron a ser mis amigos, como dije. Muy amigos. Leales y acogedores, me permitieron acompañarlos a lugares y situaciones extraordinarias, y junto a ellos viví cosas que conté lo mejor que supe, y otras que callé y no contaré nunca, o no contaré del todo; no por vergonzosas, pues fueron todo lo contrario, sino porque a algunos les habría costado un consejo de guerra. Hay acciones que en el cine quedan estupendas en plan heroico y tal, cómo nos gusta Clint Eastwood y todo eso, pero que en la vida real, juzgadas por quienes ven los toros desde la barrera, hacen levantar las cejas y se convierten en escandalosos titulares de periódico.

Pepe Albaladejo era teniente chusquero, como se decía de los que ascendían desde simples soldados. Africanista de toda la vida, ex legionario, debía de tener unos cuarenta y cinco años. Era uno de los más duros soldados que conocí en dos décadas largas de mochila y sobresaltos: sobrio, valiente, tranquilo, tenaz, profesional. Conociéndolo comprendías Tenochtitlán, Pavía, Rocroi, Baler o Belchite. Aparte de darle un aplomo extraordinario, la veteranía modelaba su cara curtida por el sol, tallada como a cincel de profundas arrugas. Era implacable en su trabajo, pero también poseía, y eso era lo que más me gustaba de él, una ternura ruda y espontánea. La forma de darte un cigarrillo, de ofrecerte una copa, de quedársete mirando, aprobador, cuando hacías algo de acuerdo con sus códigos. Me llamaba gollete, como sus compañeros: chaval, niño en hassanía.

Las putas de Pepe el Bolígrafo, el dueño del cabaret de El Aaiún humo de grifa, alcohol, música, periodistas, legionarios, tropas nómadas, adoraban al teniente Albaladejo porque las respetaba como nadie, no bebía estando de servicio y nunca permitía que lo invitaran. Además de vivir con él aventuras en el desierto, viví muchas noches cabareteras que parecían sacadas de Marruecos o 'Beau Geste'. Y ligado a él tengo un recuerdo preciso, inolvidable: el de una ocasión en la que una guapa chica del cabaret llamada Silvia bailó un apretado tango, o tal vez fueron dos, con un jovencísimo reportero que le caía simpático, y un técnico canario de Fosbucraa, que andaba encaprichado de la señora e iba pasado de copas, agarró un calentón, empalmó una churi de un palmo de hoja e intentó apuñalar al reportero, tirándole una serie de navajazos ante los que el joven se defendió como pudo. Hasta que el teniente Albaladejo se metió en medio, empezó a darle puñetazos al de la navaja y lo sacó así hasta la calle. Clávamela a mí, le decía. Si tienes huevos.

Murió hace tiempo, sin que yo volviese a verlo nunca después del Sáhara. Su hermano, que vino a saludarme en una firma de libros, me dijo que acabó hace algunos años en una residencia de ancianos, duro e impasible como había vivido, mirando con mucha calma acercarse la muerte cara a cara. Y yo contemplo ahora su foto en blanco y negro, su perfil de granito, las barras de condecoraciones cosidas en la camisa junto a los emblemas de la Legión, el Sáhara y la Policía Territorial, y me viene a la boca una sonrisa tierna y agradecida.

26 abril 2015

1138 - 40 AÑOS DESDE EL SÁHARA

XL Semanal, 26 de abril de 2015

Hacerse mayor, o viejo, es que de todo cuanto recuerdas hayan pasado veinte años. Miras atrás, haces un poco de memoria, y resulta que todo ocurrió en pretérito pluscuamperfecto. Y no digamos cuando lo que han pasado son cuarenta. Ocurre a menudo al mirar viejas fotos o escuchar antiguas canciones, o cuando se te cruza un rostro que ya se cruzó antes, y tras escrutarlo como quien interroga a la esfinge reconoces a un amigo de la mili, un amor de juventud, un compañero de colegio. O no lo reconoces en absoluto, y a veces ni siquiera te reconoces a ti mismo. 

Hace tres días me dijo una señora: «Soy la hija del comandante Labajos», y disparó una intensa cadena de recuerdos y sentimientos. Hace muchísimos años, cuando aún era un joven reportero, me acerqué a un hotel donde se casaba esa misma señora, entonces jovencita. Su padre era el militar español al que más quise y respeté en mi vida, y él me quería tanto como yo a él; así que cuando aparecí por el hotel del convite, el comandante Labajos quizá ya era teniente coronel, pero para mí siempre fue el comandante, vestido de azul oscuro de gran gala, dejó a la hija y a los invitados, se vino al bar a beber conmigo, y a los tres cuartos de hora tuvo que ir su hija, enfadada, a devolverlo a la fiesta. Estábamos hablando de sus recuerdos y de los míos. Estábamos hablando del Sáhara. 

Aterricé en El Aaiún con veintitrés años ahora hace cuarenta, y permanecí allí nueve meses que cambiaron mi vida. El joven reportero que sólo llevaba en la mochila un par de guerras en plan pardillo, sur del Líbano y Chipre, se forjó allí en la disciplina de la crónica diaria, la brega local, la censura, las autoridades militares. Fue una aventura fascinante. En el Sáhara me hice de verdad periodista, y allí, testigo de la agonía de aquel pintoresco mundo africano y colonial, fui amigo de muchos de sus protagonistas, legionarios, paracaidistas, soldados de Nómadas o de la Territorial, y compartí con ellos patrullas, sobresaltos, episodios que nunca conté aquellas incursiones clandestinas en Marruecos, y también borracheras en el antro de Pepe el Bolígrafo y confidencias en compañía de una botella, un cartón de cigarrillos y alguna chica guapa Silvia, la Franchute de las que venían de la Península para animar el cabaret Oasis. 

El comandante Labajos y otros capitán Gil Galindo, capitán Sandino, teniente Albaladejo, teniente de nómadas Rex Regúlez me adoptaron casi como padres y hermanos. Ahora unos están muertos y otros envejecen jubilados, recordando. Como hago yo ahora. Fui hace un rato a mirar sus viejas fotos y ahí están todos, aún jóvenes, apuestos, curtidos por el sol y la arena, en el desierto junto a sus tropas nativas: soldados magníficos, de leyenda, que parecen sacados de las páginas de 'Beau Geste'. Presencié su sacrificio, su valor, su calderoniana disciplina de hombres honrados, y también su amargura y su vergüenza, su desesperación, cuando sus jefes, los generales y los políticos que pasteleaban con Washington y con Rabat, ordenaron desarmar a las tropas nativas y entregar el territorio a Marruecos. Algunos, los que se atrevieron, ayudaron a sus hombres a escapar y unirse al Polisario. Más tarde, durante muchísimo tiempo, cuando nos tomábamos una copa en Madrid después de que yo regresara de algún reportaje en la frontera con Argelia, todos me preguntaban lo mismo: «¿Has visto al cabo Belali, o al sargento Embarek?... ¿Siguen vivos Laharitani, Sidahmed, Brahim?... ¿Se acuerdan de mí?». 

Cuarenta años, ya. Cuatro décadas de esa aventura y esa vergüenza. El Sáhara ya es marroquí sin remedio, y aquel sueño de arena no es más que una quimera de campamentos de refugiados, en la frontera perdida de ninguna parte. Mis amigos de entonces, los que siguen vivos Mayandía, Roberto, Olegario, Yoyo, echan tripa y envejecen añorando lo que fueron. Los demás se fueron, su lista aumenta a medida que envejezco, y algún día también yo me uniré a ellos: Rex Regúlez, Diego Gil Galindo, el teniente coronel López Huerta, el teniente Albaladejo, el comandante Labajos, el cabo Belali uld Maharabi... Como en esos momentos finales de las películas de John Ford, sus rostros de entonces se superponen en mi recuerdo, con el rumor del viento soplando entre las dunas. Cuarenta años ya, desde el Sáhara. Rediós. Eso es toda una vida. Me veo en el espejo, luego miro las viejas fotos, y apenas reconozco al muchacho flaco que sonríe con los brazos en los hombros de tantos amigos muertos.

20 noviembre 2011

959 - EL VIEJO SOLDADO

XL Semanal, 20 de noviembre de 2011

Al principio no lo reconozco. El suyo es un rostro como cualquier otro. Camina bajo la lluvia fina, con la cabeza descubierta y las manos en los bolsillos del chaquetón impermeable. Pasa por mi lado y me mira un instante, tímido y confuso, como si dudara entre saludarme o no, antes de seguir su camino sin decir nada. Entonces, de golpe, recuerdo. Me detengo y lo llamo: grito su nombre por encima del ruido de los automóviles. Se detiene como sorprendido, al oírlo. De que lo recuerde. Y se vuelve hacia mí. La ropa de paisano le sienta mal; no parece propia de él. Ha engordado, y el pelo que le queda es gris. Sin embargo, la sonrisa es la misma. La cicatriz del mentón estuve presente el día que se la hizo, o se la hicieron se embosca entre las arrugas de la cara, en la piel recién afeitada. 

Niño dice. 

Me hace gracia el viejo apelativo, tanto tiempo después. Así me llamaban él y sus compañeros: yo tenía entonces veintitrés años. También lo llamo ahora como entonces. 

Mi capitán respondo. 

Nos estrechamos la mano, entre las luces de los escaparates y los semáforos que se reflejan en el suelo mojado. Tras las primeras palabras quedamos en silencio, mirándonos cautos mientras nos reconocemos los adentros. Resolviendo si es cosa de seguir cada cual su camino, o de quedarse un rato. Recordar y recordarnos. Nos miramos indecisos hasta que, de mutuo acuerdo, decidimos recordar. Con asombrosa naturalidad recobramos antiguos ritos: una palmada en el hombro, más sonrisas, nombres de personas y de lugares que afloran como un torrente. Y luego buscamos un bar apropiado. Una tasca del Madrid de los Austrias, casi vacía. Nos acodamos en la barra, él pide una cerveza y yo un vermut rojo; y con ellos pasamos revista a los recuerdos mientras desgranamos un rosario de nombres queridos: el teniente coronel López Huerta, el comandante Labajos, el capitán Gil Galindo, el teniente Rex Regúlez, el cabo Belali uld Maharabi, el teniente Albaladejo… Casi todos ellos están muertos hace mucho tiempo. Como decíamos entonces, dejaron de fumar. 

Me habla de mis novelas, que ha leído todas. O eso dice. Del capitán Alatriste, que como veterano soldado es, naturalmente, su favorito. Por mi parte hablo de él mismo, de mis recuerdos a su lado. De su juventud, que durante ocho meses también fue la mía. De otros países, otras fronteras y otras guerras que vinieron después. De nuevos compañeros y amigos en los que, sin duda, se habría reconocido. Al fin, con la tercera cerveza y el tercer vermut, me cuenta de su mujer, de sus dos hijas. De sus tres nietos. De cómo acabó siendo su trabajo hasta hace poco: la mesa cubierta de papeles, la jornada con horario burocrático, el desesperado aburrimiento que en los últimos tiempos invadió hasta el último rincón de su vida. El piso familiar que reservó para su jubilación Melilla, apunta con una luz singular en los ojos, África a fin de cuentas. La rutina, los años, la resignación. El consuelo de los recuerdos. De lo que en otro tiempo fue, o creyó ser. Hace siglos, comenta con una sonrisa amarga, que en su vida no hay sorpresas, noches en vela, escaramuzas en el desierto, patrullas nómadas bajo la Cruz del Sur, chicas como las del cabaret de Pepe el Bolígrafo, soldados fieles a los que traicionamos como a perros, apostilla como los saharauis de su tropa nativa. Se acabó, amigo. Safi. Una vez fui de vacaciones, en plan visita, a los campamentos de Tinduf, añade. Y me pasé el tiempo llorando. 

Cuando salimos de nuevo a la calle, las luces verdes de los taxis pasan por Puerta Cerrada. Miro el reloj. Siento marcharme, digo. Tengo una cita de trabajo. Asiente, comprensivo. Está claro que no desea que nos separemos. Soy parte de su memoria, de sus sueños perdidos y sus nostalgias. Durante tres cervezas ha vuelto a ser el que era, junto a un testigo de lo que en otro tiempo fue: un joven oficial que aún creía en patrias y banderas mientras jugaba a los héroes en un escenario perfecto e irrepetible. Y en cuanto nos separemos, a ojos de cuantos se crucen con él pocos llevan la biografía escrita en la cara, volverá a ser un transeúnte más: viejo, anónimo, de aire fatigado. Quizá por eso hay una amarga desolación en su sonrisa cuando estrecha mi mano y vuelve la espalda, alejándose. Aunque se detiene a los tres pasos, como si hubiera olvidado algo. 

Allí no había nada dice de pronto. Sólo viento y arena, ¿te acuerdas?… Pero era el lugar más hermoso del mundo.

05 diciembre 2010

909 - EL SOLDADITO DE EL AAIÚN


XL Semanal, 5 de diciembre de 2010

Lo que voy a contarles ocurrió hace treinta y cinco años exactos, casi día por día, en diciembre de 1975, pero me acuerdo bastante bien. Es una historia que en su momento yo era un jovencísimo reportero, enviado especial del diario 'Pueblo' en el Sáhara desde hacía ocho meses no me dejaron publicar. No eran buenos tiempos ni para la libertad de prensa ni para otras libertades, pero uno se las apañaba allí lo mejor que podía. Aunque en esta ocasión no pude. Recuerdo el episodio con mucho sentimiento, por varias razones. De una parte, los últimos sucesos en el Sáhara le dan, para mí, especial significado. De otra, algunos testigos fueron muy queridos amigos míos. Casi todos de los que tengo memoria están muertos, excepto el entonces capitán Yoyo Sandino, de la Policía Territorial, que creo estaba presente. Yo mismo viví la última parte del episodio, pero ya no recuerdo quién más estaba allí, aparte del teniente coronel López Huerta y el comandante Labajos, ya fallecidos. Acababa de morir Franco, y España entregaba el Sáhara a Hassán II. El Aaiún era una ciudad en estado de sitio, con toque de queda, cuarteles y barrios en poder de los marroquíes, y otros aún bajo autoridad española. Uno de éstos era Casas de Piedra, feudo del Polisario; la custodia de cuyo perímetro, rodeado de alambradas y caballos de Frisia, correspondía a la Policía Territorial. En sus sectores, la gendarmería real y las tropas marroquíes se comportaban con extremo rigor. Había innumerables detenidos. Y cada día, muchos jóvenes saharauis, así como veteranos de Tropas Nómadas y de la Territorial, huían al desierto para unirse a la guerrilla que ya combatía en las zonas abandonadas del este. 

Aquella noche, una patrulla marroquí que pasaba cerca de Casas de Piedra fue tiroteada desde el otro lado de la alambrada. Los dos soldaditos españoles de guardia a la entrada del barrio reclutas de mili obligatoria, destinados forzosos al Sáhara como policías territoriales se apartaron de la luz, inquietos, y se quedaron allí hasta que hubo ruido de motores con resplandor de faros, y varios vehículos se detuvieron en el puesto de control. De ellos bajó nada menos que el coronel Dlimi, comandante general de las fuerzas marroquíes en el Sáhara, acompañado por todo su estado mayor y una sección de soldados de las fuerzas reales. Todos, incluido Dlimi, venían armados con fusiles de asalto, y estaban dispuestos a entrar en Casas de Piedra y arrasar el barrio como represalia por los tiros de media hora antes. Imaginen la escena: la noche, los faros iluminando la alambrada, el coronel en contraluz con todas sus estrellas y galones, y los dos soldaditos con todo aquello encima. Acojonados. 

Lamento no recordar sus nombres, o tal vez no los supe nunca. Pero esto fue lo que hicieron: mientras uno de ellos echaba a correr hacia donde tenían la radio para avisar a sus jefes, el otro tragó saliva, se cuadró y les dijo a los marroquíes que no pasaban yo conocí a su oficial superior, el eficaz y duro teniente Albaladejo, y estoy seguro de que el chico prefirió vérselas con ellos antes que con el teniente. Como pueden ustedes suponer, Dlimi se puso hecho una pantera. A gritos, descompuesto, mandó al territorial que se quitara de allí o le iban a pasar por encima. "Tengo órdenes de no dejar entrar a nadie", dijo éste. "No sabes con quién estás hablando", etcétera, aulló el otro. Luego blandió su arma e hizo ademán de cruzar la alambrada, seguido por todos los suyos. Fue entonces cuando el soldadito dejó de ser lo que era, un humilde recluta forzoso que hacía la mili en el culo del mundo, para convertirse en otra cosa. En lo que juzguen ustedes que fue. Porque en ese momento, casi con lágrimas en los ojos y temblándole la voz, montó su fusil clac, clac, chasqueó el cerrojo al meter una bala en la recámara y le dijo en su cara al poderoso coronel Dlimi, jefe de las fuerzas marroquíes en el Sáhara, estas palabras extraordinarias: "Mi coronel, por mi pobre madre que, como alguien pase de ahí, le pego un tiro". 

El aviso me pilló en el bar del cuartel de los territoriales, y a Casas de Piedra me fui, quemando neumáticos en el Seat 600 con el cartel "Prensa" que teníamos alquilado a medias Pedro Mario Herrero, del diario 'Ya', y el arriba firmante. Tuve así oportunidad de asistir al último acto del episodio, cuando llegaron los jefes españoles y tras una tensa negociación lograron que Dlimi se retirase con su gente. En cuanto al soldadito que le paró los pies salvando el barrio de una represalia, no eran, como digo, tiempos para la lírica. Me temo que la única recompensa que obtuvo aquella noche fue el cigarrillo Coronas que el comandante Labajos le ofreció de su paquete, la palmada en la espalda del teniente coronel López Huertas y esta página en la que hoy lo recuerdo.

13 enero 2008

758 - UNA FOTO EN LA FRONTERA


XL Semanal, 13 de enero de 2008

Guardo entre mis papeles una vieja portada del diario 'ABC'. Se trata de una foto hecha en el Sáhara el 5 de noviembre de 1975, víspera de la Marcha Verde. En la foto, tomada a través de las alambradas de la frontera norte, cerca de Tah, se ve un Land Rover con varios soldados encima. «Miembros de la Policía Territorial del Ejército español patrullan la zona fronteriza», dice el pie. La imagen es un poco borrosa por el efecto del sol en el desierto, y la distancia. En la parte trasera del vehículo, un territorial salta fusil en mano y otro mira a lo lejos, hacia el fotógrafo que, desde el lado marroquí, toma aquella foto con teleobjetivo. Esa portada la conservo porque el soldado que mira hacia las alambradas no es un soldado: soy yo con veintitrés años, vestido con el uniforme que mis amigos de la Territorial me prestaban para que pudiera acompañarlos camuflado en sus patrullas, sin que el cuartel general de El Aaiún, que tenía prohibido a los reporteros el acceso a esa parte de la frontera, se enterase de nada. Pronto supimos que el control de periodistas no era simple rutina. Por órdenes del Gobierno a Franco le quedaban dos semanas de vida se había montado aquel paripé fronterizo, los campos de minas y demás, para justificar la entrega del Sáhara a Marruecos. No querían testigos rondando cerca. Algunos lo hicimos, pese a todo, contándolo todo lo mejor que pudimos y nos dejaron. Gracias, entre otras cosas, a aquel uniforme prestado por los territoriales, cuyo elzam el turbante de tela color arena todavía conservo treinta y dos años después, cuidadosamente doblado en un cajón. 

Hoy quiero hablarles de un tipo corpulento que aparece de espaldas en esa portada del 'ABC', sentado junto al conductor del Land Rover. Se llamaba Diego Gil Galindo y era capitán de la Policía Territorial del Sáhara. También era uno de mis héroes. Después de algunos problemas que tuve con las autoridades militares locales, que no podían expulsarme pero sí quitarme el alojamiento oficial y otras facilidades operativas, él y sus compañeros me habían adoptado como quien se hace cargo de un perro abandonado. Por ese tiempo vivía clandestinamente en su cuartel, salía de patrulla con ellos y trasmitía mis crónicas a hurtadillas, por el teléfono del bar de oficiales. Todos cuidaron de mí hasta el final, correspondiendo generosos a una estrecha relación fraguada desde el primer día en que, joven reportero del diario 'Pueblo', aterricé en El Aaiún. Durante nueve meses ellos fueron mis amigos, mis padres y mis hermanos; y a su lealtad debo exclusivas en primera página, experiencias intensas y episodios singulares; alguno de los cuales, fiel a las reglas, no publiqué jamás. Eso incluyó desde incursiones clandestinas en Marruecos esas playas con marea baja a la luz de la luna a historias personales, como la noche en que el teniente Albaladejo, un tipo duro de los de toda la vida, le partió la cara a un canario borracho cuando éste quiso apuñalarme en el cabaret El Oasis mientras yo me defendía torpemente, acorralado contra la pared, con una cazadora enrollada en el brazo izquierdo. También incluyó las lágrimas del capitán Gil Galindo aquel hombretón de casi dos metros lloraba desconsolado, como una criatura la última vez que recorrimos El Aaiún, entregado a las tropas marroquíes, mientras él repetía, una y otra vez: «Qué vergüenza, gollete siempre me llamaba gollete, niño, en hassanía... Qué vergüenza». 

Diego Gil Galindo murió hace unos días. Me llamó su hija para decírmelo. Estando en las últimas quiso que telefonearan a sus amigos para desearles Feliz Navidad. Entre ellos incluyó mi nombre, aunque en treinta y dos años sólo habíamos vuelto a vernos una vez, durante apenas cinco minutos de agridulce nostalgia de aquel Sáhara que tanto amamos y que ya no existe. Cuando hace unos días recibí el mensaje, el antiguo capitán de la Territorial ya había muerto. Me contó su hija que supo irse como había vivido: mirando el último salto cara a cara, estoico, sereno, con los redaños donde siempre los tuvo: en su sitio. Que un cura fue a verlo, y al terminar Diego le dijo: «¿Ya estoy listo para irme, padre?», y luego fue a Dios callado y humilde, como buen soldado. Él creía en esas cosas, así que deseo que haya llegado a donde quería: a esa orilla donde sólo llegan los hombres valientes. Espero que ahora esté en el bar de oficiales de allí, apoyado en la barra con los viejos camaradas: López Huertas, Fernando Labajos y los otros. Los muertos y los que morirán. Y que, cuando todos se hayan reunido de nuevo, salgan a nomadear por la Eternidad, bajo la Cruz del Sur, recorriendo los grandes desiertos sin fronteras. Ojalá también esta vez me reserven un elzam, una manta y un sitio en el Land Rover.

08 abril 2001

405 - El comandante Labajos


XL Semanal, 8 de abril de 2001

El otro día encontré su nombre por casualidad, en un reportaje sobre el intento de volar el parador nacional de El Aaiún, en 1975, cuando los marroquíes entraron en el Sáhara. A un militar español se le fue la olla y quiso cepillarse al estado mayor del general Dlimi un importante hijo de puta, dicho sea de paso, y otro militar español, un comandante de la Territorial, fue al parador, desmontó la bomba y le dijo al dinamitero que como volviera a jugar a terroristas le daba de hostias. Ese comandante de la Territorial se llamaba Fernando Labajos, había pasado la vida en África con la Legión y con tropas indígenas, y era duro de verdad. Flaco, moreno, la cara llena de cicatrices y mostacho negro. No de esos duros de discoteca que van por ahí marcando cuero y posturitas, sino duro de cojones. Además era mi amigo. Lo era tanto que cuando escribí aquella gamberrada histórica titulada 'La sombra del águila', lo reencarné en el concienzudo capitán García, del 326 de Línea. Y le dediqué el librito, a él y a un saharaui que estuvo bajo sus órdenes antes de unirse al Polisario y morir peleando en Uad Ashram: el cabo Belali uld Marahbi. Ahora también Fernando Labajos está muerto. Y aunque tenía los tres huevos fritos de coronel en la bocamanga cuando dejó de fumar, yo siempre me refiero a él como el comandante Labajos. Así lo conocí, y así lo recuerdo.

Hay cosas de mi larga relación sahariana con el comandante Labajos que no contaré nunca, ni siquiera ahora que a él ya le da lo mismo. Resumiré diciendo que era de esos tipos testarudos y valientes que lo mismo aparecen en los libros de Historia con monumentos en la plaza de su pueblo, que se enfrentan a un consejo de guerra, se comen una cadena perpetua o son fusilados en los fosos de un castillo. También tenía sus lados oscuros, como todo el mundo. Y el hígado hecho polvo, porque era capaz de echarse al cuerpo cualquier matarratas. Muchos de sus subordinados no lo querían, pero todos lo respetaban. Yo lo quería y lo respetaba, entre otras cosas porque me cobijó en su cuartel cuando llegué al Sáhara de corresponsal con veintitrés años y cara de crío, porque me hizo favores que le devolví cuando se jugó la piel y la carrera, y sobre todo porque una noche que los marroquíes atacaron Tah, en la frontera norte, y el general gobernador prohibió ir en socorro de los doce territoriales nativos de la guarnición para no irritar a Rabat ya saben: esa digna firmeza española de toda la vida, Fernando Labajos desobedeció las órdenes y organizó un contraataque. Para que quedase constancia de sus motivos si algo salía mal, me llevó con él en su Land Rover, a modo de testigo; y nunca olvidé aquellos setenta y cinco kilómetros rodando de noche hacia la frontera, los territoriales españoles y nativos embozados en sus turbantes en los coches, entre nubes de polvo, con el general histérico por la radio ordenando que la columna se volviese y Fernando Labajos respondiendo sólo con lacónicos «sin novedad», hasta que se hartó y apagó la puta radio, y a la vuelta no lo encerraron para toda la vida en un castillo de puro milagro, o tal vez porque había un periodista de testigo.

Ya he dicho que está muerto. De coronel, pues no quisieron ascenderlo a general. Muerto como lo está el cabo Belali, que aquella noche era uno de los doce nativos cercados en Tah. Como lo están el teniente coronel López Huerta, el teniente de nómadas Rex Regúlez y algunos otros que marcaron mi juventud y mis recuerdos. Muertos como el joven y apuesto Sergio Zamorano, el reportero Miguel Gil Moreno, el guerrillero Kibreab, el croata Grüber y algunos más parece mentira la de amigos que llevo enterrados ya. Qué cosas. Uno lleva todo eso consigo sin elegir llevarlo. Simplemente porque forma parte de su vida; y a veces se encuentra, sin proponérselo, dialogando con sus fantasmas ante una foto, una botella de algo, un recuerdo inesperado. Nostalgia, supongo. A fin de cuentas, somos lo que recordamos. "Siempre hay uno que sobrevive para contarlo", decía el torero Luis Miguel Dominguín. Y un día, callado o ante otros, recuerdas. Lo cierto es que, aunque han transcurrido por lo menos quince años, el comandante Labajos es una de esas sombras más queridas. No sé si en los cuatrocientos cuatro artículos que llevo tecleados en esta página lo mencioné alguna vez. Pero al ver su nombre en el periódico, con la firma de otro, me he sentido extraño. Incómodo. Como si alguien hurgara en algo que me pertenece.

La última vez que lo vi acababa de casarse su hija. Él era el padrino. La boda era en Málaga, y yo fui a verlo al banquete de boda. Estaba con uniforme de gala y todas sus medallas, dejó plantados a los novios y los invitados y nos fuimos al bar a emborracharnos, hasta que vinieron a buscarlo. Ya les he dicho antes que era mi amigo.

07 noviembre 1999

331 – EL CABO BELALI

XL Semanal, 7 de noviembre de 1999

Ocurrió hace veinticuatro años. Había una vez un Sáhara que se llamaba Sáhara español, y había una crisis con Marruecos, y en mitad del desierto había un puesto fronterizo llamado Tah: un pequeño fortín como los de las películas, que en las noches sin luna era atacado por los marroquíes. También había, para defender ese fortín, un pequeño destacamento de tropas nativas: doce saharauis mandados por el alférez Brahim uld Hammuadi y el cabo Belali uld Marahbi. También había un periodista jovencito que pasó todo aquel año allí, mandando crónicas diarias para ‘Pueblo’, y que varias noches compartió los sobresaltos bélicos de quienes defendían Tah. Durante aquellas horas de vigilia, oscuridad y frío, paqueo moruno, cigarrillos con brasa escondida en el hueco de la mano y susurros en voz baja, aquel periodista se hizo muy amigo del cabo Belali. Tan amigo se hizo que el cabo, la noche que una compañía marroquí cercó el fuerte, y el comandante Fernando Labajos, desobedeciendo órdenes expresas —doce saharauis no eran importantes para los generales españoles— fue en socorro de sus nativos y el periodista jovencito lo acompañó en la aventura, el cabo Belali le regaló al periodista su anillo de plata saharaui, el que llevaba en la mano desde niño. Y el periodista lo guardó siempre como si fuera una medalla. Su roja insignia del valor.

El cabo Belali era flaco y tostado de piel: un guerrero del desierto, que tenía una sonrisa simpática y un curioso mechón blanco en el pelo. En las fotos que el periodista jovencito y él se hicieron juntos, el cabo Belali viste la gandura de la policía territorial nativa, con el turbante negro en torno al cuello, lleva una corta barbita en punta y su fusil al hombro, y detrás ondea, como un infame sarcasmo, una bandera de España. Tan amigos se hicieron que algo más tarde, poco antes de la Marcha Verde, cuando el periodista jovencito acompañado de Santiago Lomillo, de ‘Nuevo Diario’, y Claude Glüntz, un ex paracaidista francés reconvertido a fotógrafo de guerra, cruzaron un día la frontera y pasaron al otro lado a charlar con los marroquíes, y se demoraron mucho en volver porque el sargento del puesto alauita los interrogó primero y luego los invitó a un té, entonces el cabo Belali y sus compañeros creyeron que los marroquíes los habían apresado. Y tras mucho discutir, Belali, que no podía dejar a su amigo en manos de los marroquíes, convenció al alférez Brahim para atacar el puesto marroquí. Y cuando los tres periodistas volvieron a Tah, se encontraron a los saharauis armándose hasta los dientes, dispuestos a rescatarlos por las bravas. Y supieron que ese día habían estado a pique de desencadenar una guerra.

Después España abandonó a su suerte a los saharauis, y el periodista jovencito vio llorar al cabo Belali el día que sus jefes españoles le ordenaron entregar el fusil. También lo vio, formado en el patio del cuartel de El Aaiún, saludar por última vez a aquella bandera que ya no era suya; y ese mismo día lo acompañó hasta la Seguía, por donde una noche como la de hoy, hace exactamente veinticuatro años, el cabo Belali se fue camino del desierto hacia el este, con muchos de sus camaradas, para unirse al Frente Polisario. El periodista jovencito y él se encontraron cuatro meses más tarde, cuando los guerrilleros saharauis luchaban a la desesperada por mantener abierta la ruta de Guelta Zemmur y Oum Dreiga. El cabo Belali había envejecido, ya no tenía un mechón sino todo el pelo blanco, y era piel y huesos; pero la sonrisa era la misma. Bebieron juntos los tres tés tradicionales: amargo como la vida, suave como el amor y dulce como la muerte. Y aquella noche, a la luz de una fogata, el periodista jovencito escuchó al cabo Belali la más exacta definición de la muerte que oyó nunca: «Alguien cogerá tu fusil, alguien te quitará el reloj, alguien se acostará con tu mujer. Suerte».

Meses después, en Amgala, otro guerrillero amigo, llamado Laharitani, le contó al periodista jovencito que el cabo Belali había muerto peleando en Uad Ashram. Se retiraban después de una emboscada, dijo. Le habían dado, se quedó atrás y no pudieron ir a buscarlo. Estuvieron oyendo el fuego de su Kalashnikov durante mucho rato, hasta que por fin dejaron de oírlo. Esa es la historia del cabo Belali uld Marahbi. Y cada año, por estas fechas, el periodista jovencito —que ya no es periodista ni es jovencito— abre una pequeña caja de madera que tiene, y recuerda a su amigo mientras toca el anillo de plata.

21 septiembre 1997

220 - UNA PAELLA EN EL AAIÚN

El Semanal, 21 de septiembre de 1997

Era decadente y mágico, o al menos yo lo recuerdo así. Se llamaba El Oasis y era el más famoso cabaret local: una especie de puticlub colonial clavadito a los de las películas, con poca luz, legionarios tatuados, oficiales de tropas indígenas que volvían de patrullar el desierto, lumis, traficantes y periodistas. Había una guerra no declarada en la frontera, con minas, y emboscadas, y toda la parafernalia. Franco estaba a punto de caramelo, pero coleaba todavía. Y El Aaiún era la capital de aquel Sáhara del que ahora no se acuerda nadie.

Yo tenía veintitrés benditos años. Cada noche, durante nueve meses, después de transmitir mi crónica al diario 'Pueblo', me iba a tomar una copa al bar de la Territorial, y luego recalaba en El Oasis a charlar con Pepe El Bolígrafo mientras Chocolate, el barman negro, me ponía una copa. Luego iba a sentarme al fondo, a la mesa donde nos reuníamos los tres o cuatro corresponsales fijos en el territorio. Las chicas venían a sentarse con nosotros cuando no había clientes. No usábamos el género, aunque siempre pedíamos una botella para que ellas se ganaran el jornal. Charlábamos, se levantaban para ir con un cliente, volvían al rato. Así discurría noche tras noche, entre la música, el humo, el calor, copa tras copa, interrumpidos a veces por una bomba terrorista que estallaba en la calle, o por una escaramuza en la frontera que nos hacía a todos, militares y periodistas, salir corriendo. Demorabas el irte a dormir, y sólo al final, cuando Chocolate ponía las sillas sobre las mesas vacías y las chicas se despedían soñolientas, o se iban con un cliente, te levantabas con desgana y salías a la ciudad desierta, bajo el cielo increíblemente estrellado, para fumarte un último cigarrillo con la patrulla de policías saharauis que montaban guardia al final de la calle.

Recuerdo aquellos nueve meses como el tiempo más feliz y más intenso que un joven reportero podía desear: patrullas por el desierto, combates en la frontera, borracheras, aventuras, firma diaria en primera página. También recuerdo a los amigos. A los que siguen vivos, como Claude Glüntz, Pedro Mario, Yoyo Sandino, Diego Gil Galindo y los otros. Y a los muertos: el comandante Labajos, el teniente Rex Regúlez, o el cabo Belali uld Maharabi. Pero sobre todo las recuerdo a ellas, a las chicas del cabaret de Pepe El Bolígrafo. A Patricia, una andaluza de bandera que cantaba coplas que te ponían la piel de gallina, y cuando entonaba "Tatuaje" conseguía que los barbudos legionarios llorasen como magdalenas. A la Franchute, tranquila y bondadosa, haciendo punto entre descorche y descorche. A Silvia, morena de verde luna, que tenía unas tetas magníficas y muy mala leche. Y a las demás. En aquellos largos meses llegué a conocerlas igual que a mis mejores amigos. Me contaban sus recuerdos, su cansancio infinito, su historia, que siempre era la misma historia. Me enseñaban los trucos del oficio: cómo elegir a un pringao, cómo sacarle botella tras botella, cómo hacer que se mamara y etcétera. Supe así el modo en que se las ingeniaban para arañarle jirones a la vida. Porque allí, en aquel tugurio del culo del mundo, arrojadas por la resaca de todos los naufragios de todos los cabarets y todos los antros de la Península y Canarias, sólo aguantaban las duras. Las supervivientes. Y sin embargo, aún les quedaba corazón. Cuando estaba tieso de viruta y sin compañeros, y no tenía para pagarles una copa, se venían a mi mesa igual, y se turnaban para no dejarme solo. Un día que volví de una incursión peliaguda en la frontera oriental, Patricia me dedicó públicamente una copla «para mi niño», dijo y luego nos marcamos un baile muy agarrado en la pista; tan agarrado que puso celoso a un canario que se la trajinaba, y mi amigo el teniente Albaladejo tuvo el detalle de romperle la cara al fulano por mí, porque yo no llevaba navaja. Y otro día que cumplí veinticuatro, las chicas, que no parecían las mismas sin maquillaje y con ropa de día, me hicieron una paella y una tarta en la playa, y me cantaron cumpleaños feliz.

Después se murió Franco, y el Sáhara se fue al carajo, y yo me fui a otros sitios y otras guerras. Y cinco o seis años después encontré a Patricia y a la Franchute en un cabaret de Las Palmas. Estaban muy hechas polvo, pero aún mantenían el tipo. Nos abrazamos y se echaron a llorar, poniéndome perdido de colorete y de rímel. Esa noche les pagué todo el champaña del mundo. Me gustó que llorasen por mí, y que todavía me llamaran niño.

24 diciembre 1995

129 – AQUELLA NAVIDAD DEL 75


El Semanal, 24 de diciembre de 1995

Estaba el arriba firmante el otro día en Sevilla, presentando un libro, cuando en mitad del trajín se acercó a la mesa un tipo grande, cincuentón largo, con una portada de 'ABC' vieja de veinte años.

¿Sabes quiénes son éstos?

Miré la foto. Un Land Rover en el desierto, junto a una alambrada. Soldados con turbantes y cetmes. Un militar fornido, en quien reconocí a mi interlocutor. A su lado, un joven flaco con el pelo muy corto, gafas siroqueras, ropa civil y cámaras fotográficas colgadas al cuello. El titular decía: “Tropas españolas patrullan la frontera del Sáhara Occidental”. Cuando terminé el acto y fui en busca de mi visitante, éste se había ido. Lamenté no poder darle un abrazo. No sé qué graduación tendrá ahora, pero en aquella foto era capitán. Se llamaba Diego Gil Galindo, y durante casi un año compartimos tabaco, arena del desierto y copas en el cabaret de Pepe el Bolígrafo, en El Aaiún, cuando éramos jóvenes y él creía en la bandera y en el honor de las armas, y yo creía en los Reyes Magos y en la virginidad de las madres. Y tal día como hoy, víspera de Navidad, hace exactamente veinte años, a Diego Gil Galindo lo vi llorar.

Ahora, con esto de la transición, y el Centinela de Occidente dos décadas criando malvas, y la peña en plan nostalgia, voy y caigo en la cuenta de que me perdí todo eso. De la muerte del Invicto me enteré tres días después, cuando el grupo de guerrilleros polisarios a quienes acompañaba atacó un convoy marroquí cerca de Mahbes, y entre los efectos personales de los muertos también les quité el tabaco, y dátiles había una radio de pilas. Y luego vine aquí una semana, y me fui a Argel el 3 de enero del 76, de allí al Líbano, que empezaba entonces. Y cuando entre unas cosas y otras regresé a España, resulta que esto era una monarquía y a la gallina de la bandera le habían retorcido el pescuezo. Quizá por eso siempre me sentí un poco al margen de la película.

En realidad, mi transición personal tuvo lugar en el Sáhara aquella víspera de Navidad de 1975, cuando el todavía gobierno Arias Navarro entregó a los saharauis atados de pies y manos a las fuerzas marroquíes. Cuando el ejército español abandonó el territorio de puntillas y con la cabeza baja, mientras los soldados indígenas de Territoriales y Nómadas, desarmados y traicionados, vistiendo todavía nuestro uniforme, huían por el desierto hacia Tinduf, para seguir luchando (ese mismo Tinduf al que iría después Felipe González a hacerse fotos polisarias, hasta que fue presidente y le dio el ataque de amnesia).

Esa última noche, víspera de Navidad, cuando el director de mi periódico —'Pueblo' cedió a la presión de Presidencia del Gobierno y me ordenó salir del Sáhara con las tropas españolas, la pasé en el bar de oficiales de un cuartel desmantelado, mientras los archivos ardían en el patio y los soldados del general Dlimi se apoderaban de El Aaiún. Algunos de los militares que me acompañaban ya están muertos. Pero guardo su amistad bronca y generosa, hecha de cielos limpios llenos de estrellas, nomadeando bajo la Cruz del Sur: viento siroco, combates en la frontera, agua de fuego, chicas de cabaret, infiltraciones nocturnas en Marruecos… Sin embargo, lo que en este momento veo son sus ojos tristes aquella última noche, su amargura de soldados vencidos sin pegar un tiro. Atormentados por su palabra de honor incumplida, por sus tropas indígenas engañadas y por aquella inmensa vergüenza de cómplices pasivos que les hacía inclinar la cabeza. Y también recuerdo la concienzuda borrachera en que nos fuimos sumiendo uno tras otro, y mi desilusión al verlos de pronto tan humanos como yo, infelices peones de la política, víctimas de sus sueños rotos. Compréndanlo: yo tenía veintipocos años y ellos habían sido mis héroes.

También me acuerdo de que aquella noche llovió sobre El Aaiún. A veces se oía un tiro aislado hacia Jatarrambla, o los motores de las patrullas marroquíes que llevaban saharauis detenidos. Veo el llanto infantil del teniente coronel López Huerta, la fría y oscura cólera del comandante Labajos, la sombría resignación del capitán Yoyo Sandino. Y recuerdo a Diego Gil Galindo, la enorme espalda contra la pared de la que colgaban trofeos de combates olvidados que ya a nadie importaban, con lágrimas en la cara, mirándome mientras murmuraba: “Qué vergüenza, Niño. Qué vergüenza”.

Así fue mi última Navidad en el Sáhara, hace veinte años. La noche que murieron mis héroes, y me hice adulto.

22 diciembre 1975

“No existe el Polisario”


Pueblo, 22 de diciembre de 1975

[El Aaiún, de nuestro enviado especial, Arturo Pérez-Reverte]

"Safi". Se acabó. "Sahara mogrebía". Sahara marroquí, como gritan esos chiquillos que, ante el Parador Nacional, agitan banderas rojas con la estrella verde de cinco puntas. 

El taxi se detiene con estrépito de chatarra mal atornillada.

¿Dónde vas?

Al aeropuerto.

El nativo, con expresión indiferente, coloca mi reducido equipaje en el asiento. Es cuanto me llevo tras casi seis meses en el Sahara. Una granada vacía de mortero, una vieja pistola inutilizada, que alguien capturó en combate al Frente Polisario, y algunos amigos. Son las 16,30 del domingo 21 de diciembre, y el Ejército marroquí es dueño de la ciudad. 

Y se nota. "Sahara mogrebía".  El coronel Dlimi, jefe del sector sur de las FAR, se ha convertido en el hombre más poderoso del Sahara, el más temido después de Hassán II. "Los saharauis van a tener ahora el amo que merecen", ha dicho alguien de los que se marchan con la conciencia tranquila. Este cronista no sabe lo que merecen los saharauis, pero sí lo que ha visto con sus propios ojos. El Aaiún se ha convertido en una ciudad fantasma, en estado de sitio. "Pas plus d'espagnols ici". Se acabaron los uniformes españoles. Pocos son los transeúntes que circulan por las calles. Algunos saharauis y pocos, muy pocos, europeos. Pero en cada esquina, en cada cruce de calles, soldados de las FAR y gendarmes pasean con el arma en bandolera. Los jeeps blancos asomando los cañones de las armas automáticas recorren la ciudad. Libres al fin de la necesidad de guardar las apariencias, los marroquíes "pacifican" la ciudad. Se asegura, sin confirmación oficial, que se ha entregado a Marruecos una relación de los polisarios fichados por los españoles. Al caer la noche, saharauis con los ojos vendados son conducidos hacia misteriosos puntos de destino, con un fusil apoyado en la espalda. La suciedad se acumula en las aceras, el viento arrastra papeles descoloridos por el sol, y tras las casas abandonadas, basuras e inmundicias despiden un hedor insoportable.

"Safi". En el zoco viejo, donde nuestros soldados fueron durante tiempo los mejores clientes, las tiendas de electrodomésticos muestran sus escaparates casi vacíos. Son los nuevos dueños de El Aaiún quienes entran y salen de los comercios, ostentando sobre la guerrera la insignia de las tropas españolas en el Sahara, de venta en los bazares a cincuenta pesetas unidad. 

Última noche en el cuartel de la Policía Territorial. La tropa ha sido licenciada ya o marchó a Las Palmas. La unidad está disuelta. En el cuartel sólo quedan doce soldados, de dos mil, y un grupo de oficiales. En el desmantelado bar de oficiales, durante mucho tiempo refugio de periodistas desamparados, los mandos dan los últimos toques a su propia evacuación. El teniente coronel López Huerta tiene la mirada perdida en el vacío. "Dios, qué tristeza…". Los oficiales beben en silencio. Un capitán observa el humo de su cigarrillo y chasquea la lengua. Un tercio de su antigua compañía está en la Península, otro en Las Palmas, y el otro, los saharauis, con el Polisario. "Era una magnífica unidad". La placa de madera con los nombres de los muertos, españoles y nativos, ha desaparecido de la pared. En la estancia, desnuda, sólo quedan dos mesas, unas botellas y algunos cartuchos de fusil, trofeo de sabe Dios qué combate.

Ante la residencia del gobernador, y en el edificio donde permanecerán las autoridades españolas hasta el 28 de febrero, gendarmes marroquíes han relevado a los centinelas espanoles. Innumerables perros abandonados por sus dueños durante la evacuación recorren las calles con mirada lastimera, pegándose a los talones de los pocos europeos que encuentran. En el cabaret El Oasis, convertido en sala de bingo, las chicas se han marchado. Aburridos oficiales y soldados marroquíes sustituyen a la clientela habltual. Pepe, el inefable gerente, cruza las manos sobre su estómago y suspira: "Azi ez la vía, compadre".

En los barrios musulmanes, los nativos pegan la oreja al receptor de radio para escuchar Radio Sahara Libre. En el desierto, al este y al sur, la lucha continúa. "Llevaremos nuestra guerra de liberación a las zonas ocupadas, e incluso аl interior de Marruecos". Desde su cuartel general, el coronel Dlimi y su Estado Mayor siguen dirigiendo la "marroquización" del Sahara. "No existe el Polisario", han declarado. "Es una invención de los periodistas". Pero en la mañana de hoy los guerrilleros han atacado Bu Craa con fuego de mortero, causando dos heridos en el destacamento de tropas nómadas que todavía permanece allí protegiendo las instalaciones.

"Sahara mogrebía". En los muros de la capital del Sahara, el sol y las recientes lluvias comienzan a borrar las inscripciones de "Fuera Marruecos" y "Viva el Frente Polisario" que decoran la ciudad. Colgadas de hilos eléctricos, las banderas del Frente son ya sólo jirones sucios y descoloridos. El Aaiún, diría Lartèguy, es una ciudad silenciosamente estrangulada.

Esta es mi última crónica desde el Sahara marroquí. Hace frío. Dentro de tres días será Navidad.

20 diciembre 1975

Se arrió la bandera en El Aaiún


Pueblo, 20 de diciembre de 1975

[El Aaiún, crónica telefónica de nuestro enviado especial, Arturo Pérez-Reverte] 

Sólo diez civiles —nueve europeos y un saharaui— nos encontrábamos presentes ayer, a las 18,15 horas, cuando la bandera española fue arriada por última vez del cuartel general del Sahara, sin ningún tipo de ceremonia especial, sin apenas otros testigos que el pequeño grupo de periodistas y una docena de militares españoles. Un piquete de soldados presentó armas а la enseña que se deslizaba por el mástil. A pesar de la sencillez, el acto, al que no ha querido darse ningún relieve formal por parte de las autoridades españolas, a ninguno de los presentes se le escapaba la importancia del momento. Oficialmente, la presencia militar española en El Aaiún estaba terminando para sjempre. La historia de un siglo español en el Sahara Occidental entra, a partir de hoy, en su epílogo.

Ayer salieron de El Aaiún con destino al BIR de la playa, lugar de concentración de las tropas espanolas antes del embarque hacia Canarias o Villa Cisneros —punto este último todavía confuso—, lo que quedaba en la ciudad de Intendencia, Farmacia, Sanidad. Veterinaria y la Plana Mayor de Tropas Nómadas. Según las órdenes previstas para hoy, a las siete de la mañana debían salir hacia el BIR los restantes servicios, y a las once los efectivos del cuartel general del Sahara, Policía Militar y la VII Compañía del Tercio. A las tres de la tarde, el Grupo Ligero deberá emprender también el camino de la playa.

Con la retirada de estas tropas, el Ejército español abandona hoy definitivamente la ciudad de El Aaiún.

19 diciembre 1975

Encarnizados combates en La Güera


Pueblo, 19 de diciembre de 1975

El personal civil español que permanecía en La Güera, prestando servicios en el puerto y en la empresa de harinas de pescado de esta localidad, evacuada hаce casi dos meses por las tropas españolas, se ha visto obligado a abandonar la ciudad, ante la violencia de los combates que tienen lugar en ella. Desde hace una semana, según declaran los testigos presenciales llegados ayer a El Aaiún, el ejército mauritano se esfuerza por controlar la localidad costera saharaui, en cuyo interior ofrecen desesperada resistencia doscientos guerrilleros del Frente Polisario.

Desde el mar, donde intervienen cañoneras y “vedettes” de la Marina, y desde tierra con piezas de grueso calibre, los mauritanos están llevando a cabo en los últimos días un bombardeo sistemático de la ciudad, mientras unidades del ejército y tropas auxiliares han conseguido ocupar la totalidad del istmo que une La Güera con el continente, encerrando a los polisarios y a la población civil en una estrecha franja de terreno, con el mar a las espaldas. Los guerrilleros, armados con material ligero diverso, sin ningún tipo de armamento pesado y con escasas posibilidades de recibir refuerzos, ya que se encuentran cercados, defienden la ciudad casa por casa, en inferioridad total de medios humanos y materiales. Según la narración de los testigos españoles, el número de bajas por ambas partes está siendo muy elevado. 

No es cierto, como aseguraba la agencia de noticias marroquí MAP que Argelia haya desembarcado hombres y material en la zona. Por el contrario, a los polisarios les empieza a escasear la munición. “No están dispuestos a rendirse”, asegura uno de los españoles llegados de La Güera, “aunque, militarmente hablando, la eficacia de sus medios es mínima. Eso sí: redaños les sobran”. Según estos testimonios. los рolisarios no podrán mantenerse en esta situación durante mucho tiempo, y el ejército mauritano parece resuelto a arrasar la ciudad hasta conseguir acallar el último foco de resistencia.

Lo que está sucediendo en La Güera prueba, aparte de la decisión de los guerrilleros saharauis de pelear hasta el fin, la escasa potencia del ejército mauritano, que. según los informes recibidos, no supera los dos mil hombres. Desde hace una semana, un puñado de guerrilleros resueltos a vender cara su piel están dando trabajo a la mayor parte de los efectivos militares mauritanos, que sólo van a conseguir hacerse con la ciudad tras haberla reducido a escombros con los bombardeos, en el curso de una lucha cruenta que está diezmando las no muy nutridas filas de su ejército. Los observadores opinan que la misma situación se producirá cuando Mauritania pretenda conquistar Auserd, al nordeste de La Güera, donde también los guerrilleros se aprestan a la defensa. Por otra parte, los mauritanos han sufrido también un serio descalabro en la zona fronteriza de Inal, algunos kilómetros al sur de Tichia. 

“Sin embargo”, me decía ayer Bartolomé Peláez, un veterano del Sahara, “los polisarios no están llevando a cabo la lucha de forma adecuada. Persisten en defender las ciudades por aquello del valor simbólico, dejándose encerrar en ellas, donde los cazarán uno por uno tras rociarlos con la artillería. Lógicamente, deberían abandonar las ciudades y combatir desde el desierto, donde nadie puede atraparles. También es absurdo gastar munición en matar hombres. En un territorio como el Sahara, donde las distancias son muy grandes, y muy vulnerables por tanto, las líneas de comunicación, deberían dedicarse a atacar convoyes y destruir y capturar vehículos. Es la única zona en que, con sus medios, podrían mantener una guerra de guerrillas eficaz. Si continúan defendiendo ciudades será muy hermoso y heroico, pero los van a hacer papilla”.

La situación en La Güera hace pensar a los observadores que, en el caso teórico de que fuese Mauritania la que, según los acuerdos de Madrid, lograse tomar Villa Cisneros a mediados del mes próximo, las fuerzas ocupantes serían desembarcadas por mar. Porque si las fuerzas armadas mauritanas deben subir hacia el norte por tierra, у en todas partes van a invertir el mismo tiempo para destruir los focos de resistencia del Polisario, llegado el día 15 sólo habría dos opciones para las tropas españolas que se encuentran replegadas en Villa Cisneros: abandonar la ciudad a los saharianos —es decir, al Polisario— y esperar a los marroquíes, o aguardar, con mucha paciencia, la llegada del ejército mauritano.

18 diciembre 1975

Temores marroquíes


Pueblo, 18 de diciembre de 1975

[El Aaiún, de nuestro enviado especial, Arturo Pérez-Reverte]

En pleno centro de la ciudad, junto a la calle principal de El Aaiún, el coche celular marroquí se detuvo bajo la lluvia. Cuatro gendarmes, fusil en bandolera, penetraron en la vivienda mientras sus compañeros vigilaban los extremos de la calle. Dos periodistas españoles contemplábamos la escena que se desarrollaba en una zona que, teóricamente, todavía se encontraba bajo jurisdicción de las tropas españolas.

A los pocos minutos, los gendarmes reaparecieron conduciendo a un hombre, un saharaui que fue introducido en la trаsera del vehículo, con puertas y ventanas cubiertas de reja metálica. Ante la mirada de los escasos transeúntes que a esa hora circulaban por las calles, el coche arrancó, perdiéndose entre las calles vecinas. De esa forma, todavía discretamente, sin excesiva ostentación, las trоpas marroquíes efectúan diariamente detenciones de saharauis sospechosos de pertenecer al Frente Polisario. Los registros continúan en los barrios musulmanes de la ciudad. Hace unos días, la Policía marroquí se presentó durante la noche en la vivienda de una familia cuya hija se encuentra en el desierto con el Polisario. Según la versión de testigos presenciales, los marroquíes propinaron una paliza a una hermana de la guerrillera que, desgraciadamente, poseía un gran parecido físico con aquélla. Yo conocí a la muchacha, que se unió al Frente Polisario, e incluso ‘Pueblo’ publicó la fotografia que le hice hace menos de un mes en la guerrilla. Desearía creer que no fue mi fotografía la culpable de este incidente. 

Otra escena penosa tuvo lugar ayer. frente al parador nacional, sede de las delegaciones oficiales marroquí y mauritana. Un saharaui, que circulaba con un bulto de ropa bajo el brazo, fue inmediatamente detenido por la Policía de Seguridad marroquí y, tras recibir varios culatazos, fue conducido al interior, a pesar de que en el hatillo de ropa sólo llevaba un viejo “derrah”.

Los marroquíes, a pesar de haberse instalado en El Aaiún con elevado número de soldados, gendarmes y fuerzas auxiliares, a pesar de sus constantes declaraciones de que el pueblo saharaui es amigo y los ha recibido con los brazos abiertos, demuestran una auténtica preocupación ante la posibilidad de acciones terroristas del Frente Polisario, y el temor está justificado. Según fuentes españolas dignas de crédito, un convoy marroquí fue atacado el martes por los guerrilleros, entre Dahora y El Aaiún, con el balance de un oficial de las FAR muerto y varios heridos marroquíes. Por otra parte, a menudo se oyen durante la noche explosiones o algún disparo lejano, pero cоmo todo sucede en zonas totalmente controladas por Marruecos, resulta imposible obtener información al respecto. A partir de las dieciséis horas de ayer, las fuerzas de seguridad marroquíes se hicieron cargo de la custodia en la mayor parte de los edificios oficiales de El Aaiún. Ante el banco, Correos y Telégrafos, Teléfonos, la oficina de Iberia, la Casa de España, el cine local, las fuerzas auxiliares marrоquíes se fueron distribuyendo por las calles, fusil y metralleta al brazo.

La calle principal de El Aaiún se encontraba a media tarde ocupada por varios vehículos de la gendarmería. Durante un par de horas los marroquíes controlaron prácticamente la capital del Sahara... Pero digo durante un par de horas porque aquella maniobra, según informaría más tarde un portavoz oficioso del Estado Maуor del Sahara, se debió a una errónea interpretación de las órdenes recibidas. Sobre las seis de lа tarde, la situación volvía a la normalidad, dentro de lo que cabe. De todas formas, los marroquíes siguen controlando un amplio sector de la ciudad.

Y también Radio Sahara. Desde hace días, Marruecos emite boletines informativos de propaganda en hassanía y árabe a través de las antenas de la radio española e incluso, según medios autorizados, están efectuando gestiones ante las autoridades marroquíes para emitir también sus boletines de información en castellano.

Se acabó también la tolerancia para los fotógrafos de prensa y de televisión españoles. Desde ahora, para inmortalizar gráficamente a los soldados o gendarmes marroquíes hay que jugarse el bigote, de lo que puede dar fe el corresponsal de RTVE retenido tenido durante varios minutos por los marroquíes en la carrеtera de Smara.

Ayer se esperaba la llegada del ministro de Información marroquí, señor Benhima, pero en el último momento fue aplazada la visita por causas que se desconocen. Quien sí llegó fue el secretario general del Sahara, coronel Rodríguez de Viguri, quien durante diez días ha mantenido consultas sobre el futuro del Sahara en medios oficiales de la capital de España. Para las siete de la tarde de ayer, Rodríguez de Viguri tenía prevista una reunión de jefes de servicio para informarles de las instrucciones recibidas del gobierno español respecto a la situación de los funcionarios españoles que permanecerán en el Sahara tras la evacuación de las tropas españolas.

16 diciembre 1975

La capital del miedo


Pueblo, 16 de diciembre de 1975

[El Aaiún, de nuestro enviado especial, Arturo Pérez-Reverte]

La escena se repite desde hace días en cualquiera de los barrios musulmanes de la capital del Sahara. Al caer la noche, una familia saharaui amontona sus escasos enseres en la trasera de un Land-Rover detenido a la puerta de la casa. Procurando hacer el menor ruido posible, con los faros apagados, el conductor dirige su vehículo hacia las afueras de la ciudad, cruzando las calles desiertas, evitando cuidadosamente las zonas donde montan guardia los soldados marroquíes. A su lado, la esposa contempla en silencio el largo camino que se abre ante ellos, mientras sostiene la cabeza de los dos "gualletes" que, envueltos en una manta, duermen sobre su pecho. Una vez fuera de la ciudad, evitando las pistas frecuentadas, donde patrullan los marroquíes, se dirigirán hacia el este. Allí, en el desierto, se unirán a los casi veinte mil refugiados que huyeron a las zonas controladas por el Polisario, alejándose de las tropas marroquíes. 

De esta forma, buena parte de la población nativa de El Aaiún ha emprendido el éxodo en los últimos días. Desde la llegada de los marroquíes a El Aaiún. especialmente a partir de la entrada de dos columnas militares en la capital del Sahara y los registros y detenciones llevados a cabo entre los saharauis tras los ataques del Frente Polisario, centenares de nativos cogen apresuradamente sus bártulos, cierran la puerta de su casa y huyen. Tienen miedo de Marruecos.

El anuncio de la inminente retirada de las tropas españolas ha acelerado la marcha de estas gentes. Ayer, durante un recorrido por Casas de Piedra, quedé asombrado ante la cantidad de viviendas que han sido clausuradas definitivamente. El barrio musulmán, que posiblemente poseía mayor densidad de población, ofrece ahora al visitante un aspecto desolador. Muy pocas personas se ven por las calles. Buena parte de antiguos amigos y conocidos desaparecieron rumbo al este, y de vez en cuando alguien trae noticias de aquel Mohamed, Jaffa o Ahmed, que ahora está en Amgala, Mahbes o El Farsia, empuñando un fusil. El enorme barrio de jaimas de Hatarrambla, próximo al cuartel marroquí recientemente atacado por comandos del Polisario, ha desaparecido por completo. Sus habitantes desmontaron sus tiendas y barracas y se han internado en el desierto.

En diversas conversaciones mantenidas con saharauis, éstos me han expresado su intención de abandonar El Aaiún antes de que, con la marcha de las tropas españolas, las fuerzas de ocupación marroquíes puedan iniciar una campaña de represión contra el sector de la población civil, todavía extraordinariamente amplio, favorable al Frente Polisario. “Si ya están sucediendo cosas así, con los españoles todavía en El Aaiún”, me decía un militante del Frente, “imagínate lo que podría ocurrir cuando aquí se queden los marroquíes a solas con nosotros”.

Otro factor que viene a agravar el miedo de los saharauis, que es un miedo sin paliativos, atroz, es el temor de que los archivos que contienen datos sobre personas partidarias del Polisario puedan caer en manos de la Policía marroquí. A este clima de recelo e incertidumbre hay que añadir el hecho de que un buen número de saharauis pro-marroquíes, a los que, según se asegura, también se han unido no pocos oportunistas, colaboran con los nuevos dueños de El Aaiún, е incluso, se dice, proporcionan información y efectúan denuncias. A este respeсto, hace un par de días fue incendiada por personas no identificadas la casa de un saharaui presuntamente pro-marroquí.

La presencia de la Policía Secreta marrоquí, llegada en apreciable cantidad a El Aaiún, no contribuye a proporcionar oрtimismo a los saharauis disconformes con la solución al problema del Sahara. Naturalmente, no todos los saharauis de El Aaiún piensan en la huida. Se forman grandes colas ante el parador nacional o ante el edificio donde se ha instalado provisionalmente la administración marroquí del territorio para presentar respeto a los nuevos gobernantes o para manifestar adhesiones inquebrantables. Entre ellos he visto a antiguos miembros de la Policia Territorial, todavía vistiendo el uniforme, y a no pocos saharauis que todavía no hace un mes agitaban banderas del Frente de Liberación y pedían a gritos la independencia.

Ayer, al caer la noche, todo el mundo se encerró en sus casas. El Frente Polisario ha anunciado una oleada de terrorismo antimarroquí. EN las calles desiertas, centinelas de las FAR hacen guardia con el dedo en el gatillo. El Aaiún, para los saharauis, se ha convertido en la capital del miedo.

15 diciembre 1975

Disciplina y prudencia de los militares españoles


Pueblo, 15 de diciembre de 1975

[De nuestro enviado especial, Arturo Pérez-Reverte]

“No fotos, monsieur...”

El gendarme marroquí se acerca con rapidez, interponiéndose entre mi Pentax y el grupo de soldados de las FAR que me dispongo a fotografiar. Con extrema cortesía, mi interlocutor expone ampliamente su celo en el cumplimiento de las órdenes recibidas. Y cuando al volverse de espaldas escucha el inconfundible clic de la máquina al dispararse, se limita a dirigirme una mirada de reprobadora consternación.

Son serios los marroquíes. Serios y extremadamente corteses cuando se dirigen a los españoles. De guardia en las esquinas, patrullando sobre los jeeps blancos de la gendarmería real, los marroquíes en El Aaiún cumplen a rajatabla las instrucciones recibidas: evitar a toda costa incidentes con los españoles, que pueden alterar la ya muy delicada situación para nosotros. En general, todo son mieles y cumplidos. La enemistad pasó, Marruecos y España son amigos, esta era la única solución posible, a ver si una tarde de estas nos tomamos unas copitas... Y cuando al pasar junto a los gendarmes algún español malhumorado murmura “viva el Frente Polisario”, entre dientes, los marroquíes se hacen los sordos, en un alarde de diplomacia.

Sin embargo, esta difícil convivencia resultaría imposible sin la disciplina y la prudencia de que durante estos poco agradables días están haciendo gala los militares españoles. No es poca la tensión que reina en el ambiente a nivel de la calle. “Habría sido muy distinto”, me decía uno de nuestros oficiales, “que tras un relevo en la administración civil nosotros hubiésemos salido por un lado mientras los marroquíes penetraban por el otro”. Efectivamente. Es la superposición de zonas de influencia respectivas, la confusa delimitación de competencias, los encuentros en mitad de la calle o en la barra de un bar, lo que crea una sensación de malestar, que no siempre es alejada por el amistoso interés de los marroquíes ni por la fría disciplina de los españoles. La incomodidad flota en el aire. Hace dos días estuvo a punto de originarse un incidente en el cabaret Oasis, donde un oficial marroquí confesó haber participado en la instalación de las minas que entre Tah y Negritas costaron la vida a cinco militares españoles.

Otro incidente, que sí pudo tener consecuencias graves, sucedió cuando, tras escucharse dos disparos, un grupo de altos oficiales marroquíes, arma en mano, pretendió penetrar con sus tropas en una zona que todavía se encontraba bajo custodia española, con intención manifiesta de efectuar registros y detenciones entre los saharauis de Casas de Piedra. Un pequeño destacamento de la Policía Territorial, bajo el mando de algunos oficiales, les impidió el paso, y durante algunos minutos la situación atravesó por una fase que podríamos calificar de crítica. Los marroquíes, visiblemente excitados, querían pasar adelante a toda costa, y los españoles, remitiéndose al acuerdo sobre zonas de influencia, se declararon resueltos a impedirlo. Finalmente triunfó el buen sentido y los marroquíes se retiraron. Un día después, las FAR asumían el control absoluto de la zona.

La promiscuidad de tropas españolas y marroquíes en El Aaiún resulta, evidentemente, penosa para quienes desde hace años han defendido este territorio. Es difícil para nuestros últimos centuriones de África aceptar plenamente la idea de que durante tanto tiempo defendieron de Marruecos un Sahara que, en vista de los acontecimientos, está siendo proclamado marroquí. Pero su sentido del deber y la disciplina, eso resulta evidente, se ha impuesto en este caso a cualquier tipo de sentimientos personales, y todo se está llevando a cabo según las instrucciones que en su momento fueron impartidas por el Gobierno español. En el aspecto de la obediencia militar, como en tantos otros, el comportamiento de nuestros soldados del Sahara está resultando irreprochable. Como muy bien señalaba ayer un oficial español: “Los marroquíes están aquí, y se les respeta. Lo que nadie puede esperar, como es lógico, es que nos riamos de los mismos chistes y nos demos con ellos amistosas palmadas en la espalda”.

Ya queda poco tiempo, de todas formas. A sólo cinco días de la evacuación militar de El Aaiún, la presencia española se ve reducida al mínimo. Ya no controlamos sectores importantes del territorio, a excepción de Villa Cisneros y las instalaciones de Bucraa, cuya cinta transportadora quedó paralizada tras los ataques del Polisario, aunque ignoramos si a consecuencia de éstos. “No siento ninguna tristeza por abandonar el Sahara”, ha declarado el general Gómez de Salazar. “Pero sí una enorme satisfacción de haber estado aquí y, especialmente, del comportamiento de mis subordinados”.

Entre tanto, buena parte de los saharauis que habitan la capital del Sahara conocen ya la fecha en que ésta será abandonada polos españoles y hacen a toda prisa los preparativos para salir de aquí antes de que nuestras tropas se marchen y los marroquíes queden con las manos libres en la ciudad. Pero éste ya es tema para la próxima crónica.



13 diciembre 1975

No hubo combates en Smara


Pueblo, 13 de diciembre de 1975

[Smara, de nuestro enviado especial, Arturo Pérez-Reverte]

“Nuestros "fedayines" combaten duramente en Smara. La ciudad está cercada, y tres cuartas partes de ella se encuentran ya bajo control del Frente Polisario. Los marroquíes se defienden en el antiguo cuartel del Tercio, donde han sido rodeados por los nuestros...”.

Es Radio Sahara Independiente, la emisora del Frente Polisario, ubicada en algún lugar de Argelia, la que habla. La emisión, captada en EI Aaiún a las nueve y cuarto de la noche del jueves, la escuchamos con la natural sorpresa tres periodistas españoles, en nuestra tertulia diaria de la Pensión Magaz. El boletín informativo del Frente Polisario añadía otras noticias, como la emboscada a un convoy de cien vehículos marroquíes que circulaban de Echedería a El Farsia, una incursión de comandos en la ciudad marroquí de Zag y la muerte, cerca de Bu-Craa, de un teniente, tres cabos y un soldado de las Fuerzas Armadas Reales Marroquíes. Al día siguiente, ayer por la mañana, los tres periodistas nos fuimos a Smara en un helicóptero marroquí, aprovechando el viaje de varios miembros de la misión alauita de El Aaiún, entre los que se encontraban el coronel Dlimi Driss Basr, secretario de Estado del Interior, Musa Saadi, titular de Comercio, Minas y Marina Mercante, y Benmansur, historiador del Reino. Todos ellos acudían а orar en la ciudad santa del Sahara. Nuestra intención, por supuesto, no era la misma. Deseábamos comprobar la veracidad del informe difundido por Radio Sahara Independiente.

Resultó ser absolutamente falso. En Smara, ciudad, no hay la menor señal de combates. Las tropas marroquíes, desplegadas en torno, ocupan posiciones defensivas, atrincheradas en las alturas y depresiones del terreno. No hemos escuchado un tiro, ni encontramos signos de alarma o inquietud. La población civil saharaui, ni tanta como parece asegurar Marruecos ni tan poca como afirma el Frente Polisario, pasea tranquilamente por las calles y observa a los soldados marroquíes, sentada a las puertas de sus casas. Los soldados de las FAR ocupan los cuarteles del Tercio, Tropas Nómadas y Policía Territorial, con la bandera roja y estrella verde de cinco puntas ondeando en los mástiles. Retratos de Hassán II aparecen pegados con cinta adhesiva en algunos muros, y los “slogans” del Frente Polisario han sido tachados con pintura. Banderas marroquíes estaban colocadas a lo largo del recorrido previsto para la comisión oficial, y frente a la mezquita, donde se oró durante más de sesenta minutos, unos trescientos saharauis, con banderitas de papel y tres pancartas en hassania, escuchaban las palabras de Benmansur, quien les llevaba el saludo de las ciudades marroquies, y les prometía paz, progreso y prosperidad.