Alfaguara - 18/09/2019
«Sidi, Sidi, clamaban. Reía Diego Ordóñez satisfecho, brutal, quitándose la sangre de la cara con el dorso de una mano.
—Te llaman señor, Ruy. ¿Los oyes?... Te llaman señor.»
La Península Ibérica del siglo XI se vertebraba en reinos que guerreaban unos con otros; a veces los cristianos se enfrentaban a los musulmanes o moros, pero otras luchas eran entre cristianos. Era éste un mundo turbulento en el que la palabra España no existía y Reconquista era un término por forjar en el mismo crisol donde se fundían el acero de espadas y alfanjes. Las alianzas cambiantes iban tejiendo un tapiz donde se anudaban las vidas de personajes malditos y héroes de leyenda. Había hombres, sin embargo, que encarnaban ambas cosas, dependiendo del lugar desde donde se contara la historia. Uno de ellos fue Rodrigo Díaz de Vivar, un guerrero duro y hábil conocido como el Cid Campeador. Ganar ese sobrenombre, temido y respetado a ambos lados de la frontera, le costó odios, traiciones, muertes y renuncias. Y lo hizo inmortal.
Arturo Pérez-Reverte ha recreado en 'Sidi' la precuela del héroe: los primeros meses de exilio, cuando aquel infanzón orgulloso y seguro de sí, diplomático, valiente y desconocido, forjó su propia leyenda. «Yo nací de mí», diría seis siglos después Lope de Vega. Una frase que podría aplicarse a Sidi; en realidad, a todos los héroes creados por el genio inconfundible de este escritor.
"Un relato de frontera" es la frase que completa el título de esta novela. Uno y otra avisan al lector de lo que va a encontrar al franquear la magnífica portada de Augusto Ferrer-Dalmau: una visión nueva y personal dentro de la iconografía cidiana. 'Sidi', el título elegido por el autor, no es casual: subraya el mestizaje del personaje como encarnación de esa España donde él y su mesnada (hombres duros en un territorio duro) luchaban por sus vidas.
En cuanto a la manera de contar un hecho histórico, lo definió el propio autor hace doce años en 'Un día de cólera': «Este relato no es ficción ni libro de Historia». Esta definición está vigente en 'Sidi', novela que constituye un doble concepto fronterizo: cercana al género del "western" americano, de estilo picado, directo y sensorial, también se mueve en la línea difusa entre realidad y ficción que vertebra todo relato histórico revertiano. 'Sidi' es una argamasa narrativa contundente que une con eficacia las piezas históricas documentadas con el rigor y la minuciosidad que caracterizan a su autor.
«La cabalgada», «La ciudad», «La batalla» y «La espada» constituyen las cuatro partes en las que se divide esta novela compacta, donde la fiereza de un puñado de hombres, contada con un lenguaje mesurado en su anacronismo y escogido por su eficacia, consigue que el lector se mantenga suspendido en el relato, magnetizado por los hechos, hasta el final del mismo.
«La cabalgada» se centra en la presentación de Rodrigo Díaz y su hueste: mercenarios dirigidos por un infanzón, contratados todos por los burgueses de Agorbe para perseguir a una aceifa de moros que arrasa el campo entre el río Guadamiel y la sierra del Judío. Esta extensa tierra de nadie entre la Castilla cristiana y los reinos musulmanes es el paisaje que funciona como un personaje más del relato. El lector asiste en esta parte a la espera, la incertidumbre, la camaradería forjada más en los silencios que en las palabras, la tensión de un enemigo que no se materializa pero que se percibe la soledad como compañera inevitable de un líder conocedor de las traiciones y los afectos, que añora el calor de su familia, planea tácticas, asume posibles fracasos y se mantiene impasible ante la victoria. Y la frontera como glacis inabarcable por el que se mueven unos personajes apenas descritos pero reconocibles por sus gestos, actitudes y miradas, con una elocuencia que arrastra inevitablemente al lector hacia la nube desordenada de polvo bajo el infierno de sudor y metal de la cota de malla, lo ciega con el brillo de las armaduras, lo ensordece con el relincho aterrado de los caballos y lo dispone a seguir leyendo a pesar de sentir el latido de la sangre brotar del tajo de carne abierta por una hoja certera.
En «La ciudad», el autor modula la acción e invita al lector a recorrer la vida urbana de una urbe medieval española, las intrigas palaciegas y el complejo entramado de filamentos cortantes que el héroe ha de tejer para poder conservar el título de Campidoctor fuera del campo de batalla, logrando el respeto del aliado sin traicionar las propias reglas. O al menos sin traicionarlas del todo al mantener el equilibrio dificilísimo y casi homérico entre osadía tramposa, orgullo y valentía, lo que en esta parte de la novela también se hace extensible al sexo. Al otro lado de los reinos cristianos, la vida refinada y culta de Zaragoza, taifa musulmana, y la relación singular y respetuosa entre su poderoso rey, Mutamán Benhud, y Sidi, contrasta con la actitud del conde Berenguer Remont y su corte de caballeros francos. Piezas todos ellos sobre los escaques grises de un juego lúcido de ajedrez.
«La batalla» es el corazón de la novela: un rebato nocturno, la batalla de Monzón y la presión del rey moro para el enfrentamiento con su hermano Mundir, rey de Lérida, dejan sin aliento al lector. Todo ello está contado con un torrente léxico contenido y perfecto, puesto al servicio de la acción total. Cristianos y moros combatiendo juntos bajo un mismo juramento de lealtad al rey de Zaragoza; hombres procedentes de dos mundos separados por fronteras, lenguas y religiones que la batalla convierte, por un tiempo, en una hermandad de sangre.
«La espada» cierra el relato con una venganza y una merecida y mítica recompensa. El lector, al terminar esta historia sobre un puñado de hombres valientes, comprende por qué el Cid es una leyenda.
«Si flaqueo, muero; si retrocedo, muero; si no venzo, muero.»
En el momento del relato España no es más que una amalgama de reinos cristianos y moros cuya historia belicosa y ruda se forjaba en un juego de conjuras y sangre, coronas, acero, honor, lealtades y traiciones a un lado y al otro de las fronteras, donde un rey valía lo que era capaz de pagar a los hombres que defendían su trozo de tierra. En ese paisaje, el Cid avanza en zigzag como la pieza del caballo que se mueve a ciegas por un tablero difuminado en el que el enemigo cambia de posición cada día. Nunca un héroe fue tan español, duro, seco y resistente, encarnación casi geológica de la tierra que lo vio nacer.
En 'Sidi', Arturo Pérez-Reverte recupera esa crudeza, sacrifica al héroe para recrear al mercenario, por lo que en este relato de frontera no encontraremos la idealización de la leyenda, sino la épica de un hombre. 'Sidi' es también una invitación a la reflexión sobre el acontecer histórico, pues su autor rotura la historia con unos hechos que, si no fueron así exactamente, así pudieron ser.
«Doscientas lanzas, pensaba removiéndose en la oscuridad. Doscientos hombres confiaban en él para ganarse el sustento, y de ellos era responsable. La suerte que le deparase Dios —y no había suerte, buena o mala, que no dependiera también de quien la jugaba— arrastraría consigo la de todos ellos. Para bien o para mal, de sus aciertos o errores iba a depender el futuro inmediato de su gente.»
'Sidi' puede leerse también en clave de lección de liderazgo. El protagonista se desenvuelve como capitán de un ejército improvisado de hombres leales y sabe que su fuerza está, en parte, en la manera en la que es capaz de conservar la lealtad de su hueste. La mesnada campea por esta novela como un protagonista más, movido por reglas impensables en el mundo civilizado, pero necesarias en territorio hostil. Arturo Pérez-Reverte afirma que para ahondar en el liderazgo consultó, además de la bibliografía «sidiana», otros textos más específicos: desde máximas de Napoleón y estudios sobre el combate de Ardant du Picq o Guy Debord, hasta el 'Arte de la guerra' de Sun Tzu, o los códigos de los samuráis de Taira Shigesuke o Jocho Yamamoto. Todos ellos le permitieron afinar la idea del mando y gobernación de los hombres en situaciones extremas.
«Si un guerrero va a morir y está dispuesto a ello, actúa como si ya estuviera muerto […]. Igual que si su vida no fuera suya. Entonces combate con todas sus fuerzas, permanece unido a sus compañeros y no busca la salvación, sino hacer al enemigo todo el daño posible.»
De nuevo estamos ante una novela coral que viene a completar la galería de héroes clásicos de Arturo Pérez-Reverte, pero a diferencia de Alatriste y Falcó, esta vez no se trata de un héroe solitario. Sidi mantiene intacto el territorio literario característico del autor. Como El húsar o Alatriste, es una historia de camaradería, guerra y amistad, y comparte con esas novelas la manera reconocible de mirar el mundo sometido a las reglas singulares de lealtad y honor. Como construcción narrativa, 'Sidi' es pariente directo de 'Cabo Trafalgar' y 'Un día de cólera', por la manera característica de contar y entender ciertos pasajes históricos como una sucesión de hechos que descansan sobre los hombros de un puñado de hombres en la tesitura de morir o matar.
De nuevo esta historia, como aquéllas, es narrada por la voz de un escritor que maneja las palabras como un fotógrafo el zoom de una cámara —acercando o alejando la escena en función de la necesidad del relato— con la eficacia veterana del reportero de guerra y el talento fresco e intuitivo de un narrador de raza. 'Sidi' es también la aventura de un puñado de guerreros perdidos en territorio enemigo que se dirigen hacia el mar a lo lejos, en Levante, mientras venden cara su piel para poder sobrevivir. En este relato, entre otras muchas fuentes, emerge la 'Anábasis' de Jenofonte, una lectura escolar de Arturo Pérez-Reverte que fue definitiva para la formación del imaginario del futuro escritor.
Personajes
Rodrigo Díaz, Sidi
"Su nombre ya sonaba legendario, y lo sabía. No sólo por ser el único que, humilde infanzón castellano, se había atrevido a exigir juramento a un rey, sino porque batallaba desde los quince años y nadie tenía un historial de armas como el suyo".
Cuando un hombre se convierte en leyenda suele perder su condición humana. La historia cataloga los hechos y la memoria colectiva los idealiza y transforma en grabados, manuales, estudios críticos y monumentos públicos. Sólo la literatura es capaz de devolver la carne a las estatuas de las plazas, el aliento a los hombres desconocidos cantados en las gestas que hoy apenas recordamos.
El Cid que ha sobrevivido hasta nuestros días, el más famoso, es el Cid de Valencia, alguien con prestigio, guerrero poderoso y respetado. Este relato se centra en el otro Cid: el que cabalga en sus primeros seis meses de destierro, cuando tras el juramento de Santa Gadea, sale de Castilla con una mesnada de cuarenta o cincuenta hombres fieles a buscarse el pan y la vida en la peligrosa frontera del Duero, sin más bandera que la de la propia supervivencia. El Cid de esta novela es un líder hecho de silencios, autoridad y valentía, con un sentido de la justicia forjado en las lealtades que nacen en torno al fuego de un vivac después de enterrar a los muertos, repartir el botín y rezar a Dios más por costumbre que por fe, tras la última cabalgada.
Alvar Fáñez, Minaya
"Tenía las facciones picadas de viruela y cicatrices de aceros: una de esas caras que necesitaban un yelmo y una cota de malla para parecer completas.
—¿Y tú Minaya?... Por qué viniste tú?
— Me aburría en Burgos —emitió el otro una risa corta y seca—. Desde que éramos críos, sé que contigo no se aburre uno nunca".
Pariente lejano y amigo de Ruy Díaz desde la infancia. Tiene facciones picadas de viruela y cicatrices de los golpes del acero. Lento en la reflexión y diligente en la ejecución, es el perfecto subalterno de mesnada castellana.
Diego Ordóñez
"Fue Diego Ordóñez quien alzó una mano.
—¿Necesitamos prisioneros?
—No […]. Podemos matar todo lo que se mueva, hombre o animal.
Sonreía el otro feroz. Satisfecho.
—Me gusta el plan".
Duro, brutal y experimentado. Famoso por matar a tres Arias en el palenque de Zamora cuando desafió a la ciudad por la muerte del rey Sancho. Su ecosistema ideal son las casas incendiadas, los suelos repletos de cadáveres y una parte del botín. Un guerrero magnífico y temible, amante de los asaltos y el degüello.
Mutamán
"Era un hombre atractivo, alto, de buena planta. Debía de rondar la cuarentena. No iba armado, a excepción de plata y marfil en la faja".
Rey de Zaragoza, enfrentado a su hermano Mundir, rey de Lérida, Tortosa y Denia. Astuto, ambicioso, valiente. Un duro negociador que contrata a Sidi para una empresa que sólo el castellano puede sacar adelante.
Raxida
"Su piel o su carne, advirtió él, emanaban una agradable tibieza que nada tenía que ver con los perfumes y que traspasaba la seda del vestido. Sus labios bien dibujados, gruesos, sensuales, removían sensaciones turbadoras en el castellano".
Hermana de Mutamán, junto a quien vive en palacio desde que quedó viuda. Mujer fuerte, seductora, inteligente, culta y desafiante, que vive con una libertad inusual en la época.
Yaqub Al-Jatib
Líder de los moros de Zaragoza en la hueste de Ruy Díaz. Leal, pragmático, inteligente y bravo.
Berenguer Remont II
"Bien parecido, alto de cuerpo, lucía una barbita rubia rojiza con bigote rizado. Sus modales eran de lánguida autoridad y daban por sentado, al primer vistazo, que la máxima jerarquía en aquel lugar de la tierra eran Dios y él mismo, por vía directa y en ese orden".
Conde de Barcelona. Asesinó a su hermano gemelo para no compartir el cargo. Desprecia a Ruy Díaz y a los suyos y, apoyando a Mundir, se enfrenta a la hueste del castellano y al ejército del rey de Zaragoza.
Fray Hernán
"Era joven pero no le faltaba entereza. Fraile, clono o guerrero, la frontera del Duero templaba a cualquiera que sobreviviese algún tiempo allí".
Fraile. Hijo de colonos que proporciona servicio espiritual a la hueste de Ruy Díaz. Ducho en el rosario, pero también con los mapas y usando la ballesta.
El paisaje
"Sobre el campamento, en la bóveda negra del cielo, millares de astros luminosos giraban muy despacio en torno a la estrella maestra; y Orión, el cazador, ya mostraba su aljaba en los bordes sombríos de la cortadura. Todo paisaje tenía cuatro o cinco significados distintos, pero ellos no veían más que uno".
La hueste
"La mayor parte eran hombres de frontera, curtidos en algaras y escaramuzas, de las que sabían cosas por haberlas visto no porque se las contaran. La prueba de que las habían aprendido era que seguían vivos. Aventureros aparte —un tercio aproximado de la hueste—, el resto eran mesnada de Vivar, unida a su jefe por lugar y familia. Eso permitía apretar algo más las clavijas, pues las individualidades se diluían en la disciplina del grupo. Entre todos sumaban setenta años de experiencia militar. Incluso los jóvenes eran tropa hecha, cuajada en escaramuzas [...]. Tenían disciplina y tenían paciencia. Y a todos intimidaba Ruy Díaz. Junto a todos ellos había cabalgado antes y los conocía de sobra. Hasta por su forma de moverse era capaz de adivinarles el estado de ánimo".