21 septiembre 2021

Dosier de prensa para 'El italiano'


Alfaguara - 21/09/2021

El italiano relata una asombrosa historia de amor, mar y guerra. En los años 1942 y 1943, durante la Segunda Guerra Mundial, buzos de combate italianos hundieron o dañaron catorce barcos aliados en Gibraltar y la bahía de Algeciras. En esta novela, inspirada en hechos reales, sólo algunos personajes y situaciones son imaginarios. Elena Arbués, una librera de veintisiete años, encuentra una madrugada mientras pasea por la playa a uno de esos buzos, desvanecido entre la arena y el agua. Al socorrerlo, la joven ignora que esa determinación cambiará su vida y que el amor será sólo parte de una peligrosa aventura.

Arturo Pérez-Reverte, que a finales de los años sesenta se adiestró en actividades subacuáticas en el Centro de Buceo de la Armada de su ciudad natal, Cartagena (España), traslada parte de su experiencia a esta novela basada en hechos reales. Reportero de guerra durante veintiún años, cubrió dieciocho conflictos armados para los diarios y la televisión. Con más de veinte millones de lectores en el mundo, traducido a cuarenta idiomas, muchas de sus obras han sido llevadas al cine y la televisión. Hoy comparte su vida entre la literatura, el mar y la navegación. Es miembro de la Real Academia Española.

«Al fin y al cabo, tú me enseñaste a amar a los héroes.»

Hay decisiones que cambian un día y marcan una vida entera. Después del éxito de 'Línea de fuego', Premio de la Crítica 2020 y uno de los mejores libros del año según 'El Cultural', 'Esquire', 'El Periódico' y Vozpópuli, Arturo Pérez-Reverte entra en un complicado mundo de fronteras, saboteadores, espías y operaciones militares ocultas. Estamos en Gibraltar, La Línea y Algeciras durante la Segunda Guerra Mundial. Una geografía salpicada de peligros, donde cualquier error puede costar caro, los riesgos son múltiples y un paso en falso puede resultar fatal. El Mediterráneo es un tablero de estrategias en el que los aliados intentan ganar la partida a las fuerzas del Eje. En ese difícil escenario, nadie puede confiar en nadie, y allí se cruzan los destinos de Elena Arbués y Teseo Lombardo. Un tropiezo imprevisto que originará una admiración mutua y despertará sus sentimientos, pero que también dará pie a una trama de espionaje que discurrirá a ambos lados de la verja gibraltareña. En uno de ellos están los ingleses, que desean extender su dominio naval; enfrente, los italianos, que intentan impedírselo, y, en medio de los dos, la España de la posguerra.

Arturo Pérez-Reverte aprovecha este contexto bélico, colmado de tensiones, para reflexionar sobre el valor de la amistad, las decisiones que se toman en tiempos de guerra, el respeto al adversario y cómo, transcurridos los años, esos recuerdos perviven en la memoria. Pero también ahonda en qué es un héroe y cómo la literatura ha moldeado la idea que conservamos sobre ellos. A través de ese hombre que el mar devuelve a la tierra, resulta inevitable reflexionar sobre cómo nuestra herencia cultural, desde la Odisea y la Eneida hasta las novelas de aventuras más recientes, han modelado nuestra imaginación y nos han predispuesto a identificarlos. «Yo estaba adiestrada para reconocer a un héroe. Y no pronuncio esa palabra en su sentido moderno, sino en el clásico. Por eso pude reconocerlo cuando lo vi», admite Elena Arbués, la protagonista de 'El italiano'. Porque un héroe, como cuenta esta novela, no es alguien ideal, sino una persona que convive con sus fantasmas, como el Aquiles de la 'Ilíada', sobrelleva el dolor y no desprecia «la cólera de los dioses por alarde ni fanfarronería», sino «con sencillez, sin darle importancia, porque la vida, la historia, su patria» lo han «colocado en la necesidad de hacerlo». Es alguien que valora los méritos de la austeridad, la importancia del respeto y aprecia el coraje. Pero que, sobre todo, entiende, como ocurre en esta novela, que las medallas y las condecoraciones no sirven para nada, salvo para honrar a los amigos que ya no están y mantener vivo el tiempo que pasaron a nuestro lado.

«Llevo queriendo escribir esta casi increíble historia, fiel a los hechos, desde que mi padre me la contó siendo yo un niño. Espero haberlo conseguido.» -Arturo Pérez-Reverte

Arturo Pérez-Reverte ha convivido con los hechos que relata El italiano durante más de cuarenta años. Se los escuchó por primera vez a su padre cuando era pequeño y desde entonces han permanecido en su memoria. Fue, como ha sucedido tantas veces en el pasado, uno de esos relatos que nacen al hilo de unos acontecimientos reales y que se van traspasando de unos a otros hasta que alguien los escribe y pasan a formar parte de la literatura. Con esta historia, el novelista hace un acto de reivindicación y rescata a esos soldados, menospreciados en demasiadas ocasiones, como se subraya en el libro, que, con una enorme dosis de valor, participaron en uno de los capítulos más duros y olvidados de la Segunda Guerra Mundial. A diferencia de otros muchos, no sucedieron lejos de España, sino en el mismo litoral de nuestra península.

Estos soldados, constituidos en unidades que no llegaban a una veintena de hombres, acometieron una serie de acciones bélicas a lo largo del Mediterráneo que pusieron en jaque a los aliados. Sus protagonistas eran submarinistas y buzos, previamente entrenados y adiestrados para estas misiones, procedentes de la marina italiana. Estaban dotados con sofisticados equipos submarinos, como reconocen los protagonistas ingleses de 'El italiano'. Con sus trajes de goma y adelantados sistemas para respirar bajo el agua, se sumergían en el mar y, eludiendo las minas y las barreras defensivas, se infiltraban en el puerto de Gibraltar para hundir los barcos de guerra británicos que atracaban allí durante sus travesías. Una delicada operación que ejecutaban con un arma imprevista y moderna: los "maiali", unos torpedos tripulados con cabezas explosivas que pusieron en jaque a la armada de Inglaterra. Con ellos hundieron, sólo en Alejandría, dos acorazados: el Valiant y el Queen Elizabeth. Aunque sus golpes de mano también se conocieron en Argel. La marina inglesa siempre gozó de mayor fama y superioridad que la italiana durante la contienda. Sin embargo, estas operaciones, con un reducido contingente de tropa y oficiales, dejaron fuera de servicio catorce naves sólo en el sur de España y, de haberse implementado esta fuerza, la batalla por el Mediterráneo, decisiva para el devenir de la contienda, hubiera sido muy distinta a la que recogen los libros. Arturo Pérez-Reverte nos enseña ahora quiénes eran estos hombres y lo que hicieron.

«Por entonces no era novelista, ni pretendía serlo. Sólo un periodista joven, reportero entre continuos viajes, al que le gustaban las historias del mar y los marinos.»

'El italiano' discurre en dos tiempos narrativos distintos. El primero, en 1942 y 1943, momento en el que se producen las incursiones en Gibraltar. El segundo, a principios de la década de los ochenta, cuando un reportero que pasea por Venecia entra en una pequeña librería próxima a la Accademia. Con afición por los libros antiguos y las historias de marinos, aunque tiene ya mucha profesión a sus espaldas y sus manos se manchan habitualmente con la tinta de los periódicos, todavía no sospecha que el encuentro con esa librera de pelo canoso y maneras elegantes animará en él una larga investigación alentada por la curiosidad y sus recuerdos. Este periodista iniciará una serie de recorridos y travesías en distintos momentos de su trayectoria vital y profesional para encontrarse con los supervivientes de aquellos acontecimientos y sus descendientes. Su intención es comprender qué ocurrió, acceder a datos desconocidos y descifrar los enigmas sin resolver de aquellas jornadas de la Segunda Guerra Mundial. El hombre, que debido a su fama como novelista también será reconocido por estas personas, irá mencionando sus indagaciones, los autores que lee, expresando sus dudas y apuntando las obras que consulta en un serpenteante recorrido donde los protagonistas de ayer y los de hoy se entrecruzan.

El periodista reconocerá también que trabajó en el diario español 'Pueblo', que publicó en sus páginas reportajes sobre esta epopeya y que, cuando ya no quedaba nadie vivo relacionado con aquellos acontecimientos, es cuando se ha decidido a escribir un libro, que es el que los lectores leen: 'El italiano'. Una escritura que cultiva desde los márgenes de la ficción y no de la prosa histórica por motivos que él mismo explica en la narración: «Hacía tiempo que era escritor profesional: ahora contaba historias imaginadas, o tratadas mediante ese filtro. Recreaba el mundo a mi manera y ofrecía a los lectores vidas alternativas, posibles o probables, con la certeza de que, paradójicamente, la ficción permitía penetrar más en lo sucedido que el simple relato de los hechos». Una voz narrativa evocadora que nos ayudará a saber qué ocurrió y, a la vez, impregnará estas páginas con un tono nostálgico, de añoranza, el que sin duda corresponde a los héroes que se han marchado.

«España está en la cuerda floja. Ya no es como cuando Alemania ganaba la guerra. Ahora la cosa anda indecisa; y Franco, que es un fenómeno, hace encaje de bolillos y guarda las formas. No es la primera vez que la Guardia Civil detiene a agentes nazis o fascistas y los expulsa de aquí.»

Arturo Pérez-Reverte cuestiona en esta novela el tópico de la neutralidad española durante la Segunda Guerra Mundial. El novelista refleja la atmósfera que prevalecía en aquella España de los años cuarenta. Es una tierra todavía marcada por las cicatrices que ha dejado la contienda de 1936, que él mismo recordó en la serie 'Falcó', con una población que se divide entre germanófilos y aliadófilos, y que discute en los bares sobre la Convención de Ginebra, el respeto que se debe dispensar a los soldados capturados en acciones bélicas o el derecho a fusilar o no a los individuos que son sorprendidos pasando información o infiltrados entre sus líneas. Nadie ha olvidado todavía la represión contra los maestros republicanos ni tampoco la huida al extranjero de los que defendían posiciones políticas más liberales.

Durante años se ha defendido la idea de una España no beligerante, pero la realidad histórica es que España ha enviado la División Azul a Rusia, el Gobierno ha mantenido una reunión con Hitler en Hendaya en 1940 y algunos sectores reconocen de manera abierta su simpatía hacia las fuerzas del Eje, al menos, mientras Alemania e Italia van ganando la guerra. Pero ese momento ya ha pasado cuando discurre la acción de 'El italiano'. Es un instante posterior. De delicados equilibrios. Nada está claro ya. La prensa recoge los siguientes titulares: "La Wehrmacht, a las puertas de Stalingrado". "La RAF golpea Düsseldorf y Bremen". "Un convoy británico rompe el cerco de Malta". Como reconoce uno de los protagonistas: «Los españoles tienen mucho cuidado, pues quieren parecer irreprochables. La neutralidad les conviene más que nunca».

La península ibérica es un confuso escenario donde el espionaje desempeña un papel fundamental y muchas potencias se mueven a su antojo por sus ciudades, traspasando sus fronteras, invadiendo sus aguas territoriales o bombardeando sus mercantes, aunque luego se disculpen ante las autoridades y compensen a las familias. Desde las costas, los españoles distinguen embarcaciones de distintas nacionalidades y se divisan sumergibles. Todos los países tienen muchos intereses en el nuestro. Unos, para que preste su apoyo: los alemanes; y, otros, para que se mantenga al margen, que es lo que procuran los ingleses a través de enviados. Y las preguntas son inevitables: ¿Cuál fue nuestro papel? ¿Fuimos permisivos? ¿Jugamos a dos barajas o nos amoldamos a las circunstancias? Como reconoce uno de los personajes de El italiano: «La idea era golpear sistemáticamente Gibraltar, y que los enemigos no adivinaran de dónde venían los ataques submarinos, buceadores procedentes del mar... Que imaginaran lo que pudieran. Y realmente se volvieron locos. La base de Algeciras era por completo secreta, y lo siguió siendo durante toda la guerra. Sólo después averiguaron los ingleses qué ocurría».

«Las guerras también se ganan con cultura.»

El italiano no es sólo una historia de guerra y amores inevitables. Arturo Pérez-Reverte brinda en este libro, como lo hizo con anterioridad en 'El club Dumas', un espléndido homenaje a la literatura, la cultura clásica y las civilizaciones que han nacido al amparo de los pueblos mediterráneos y dieron a Occidente sus primeras epopeyas. La novela recuerda ese mundo antiguo desde que Elena Arbués halla a un hombre herido en una playa. Una escena que alude a uno de los pasajes de la Odisea, cuando Nausícaa, hija de Alcínoo, rey de los feacios, encuentra a Ulises en la orilla del mar y lo recoge.

Los nombres elegidos para 'El italiano' tampoco son aleatorios ni fruto de la casualidad. Argos, el nombre escogido para el perro de la protagonista, es un guiño al cachorro que cuidaba Odiseo cuando partió hacia Troya. Años después, al regresar el héroe a Ítaca, el can, ya mayor y envejecido, será el primero en reconocerlo debajo de sus prendas de vagabundo y fallecerá en sus brazos. Tampoco es fortuito el nombre seleccionado para el italiano de la novela, Teseo, que invoca al héroe griego que venció al Minotauro, se enfrentó a los centauros y fue rey de Atenas.

En este mundo incendiado por las bombas, con el mar impregnado con el aceite de los motores, donde el olor del salitre se mezcla con el de la gasolina derramada en los puertos y la muerte es corriente, sobresale la importancia de las librerías y los grandes cenáculos de la cultura. Son vehículos para encontrar lecturas de entretenimiento, pero también para acceder al conocimiento. Una de las librerías la dirige Elena Arbués y se llama Circe, como la hechicera que se enamoró de Ulises y que convirtió a su tripulación en animales. Las otras dos que se mencionan en 'El italiano' son Olterra, ubicada en Venecia, que mantiene abierta una anciana muy especial, clave para el inicio de la narración, y, Line Wall Bookshop, en Gibraltar, que lleva un sexagenario de barba blanca, Sealtiel Gobovich, que tendrá un papel esencial para el desarrollo de la narración. A través de sus anaqueles, Arturo Pérez-Reverte menciona las novelas que estuvieron de moda en la época, cita grandes obras de todos los tiempos y, sobre todo, reivindica el papel que desempeñan los libros en la manera de contemplar el mundo.

El novelista, que defiende con frecuencia la cultura clásica desde sus artículos en prensa y su cuenta de Twitter, no olvida la trascendencia de la tradición oral, la manera en que, durante siglos, se transmitió la primera literatura europea. En 'El italiano' apela a ella a través de esas entrevistas y encuentros que el narrador mantiene con los testigos de los sucesos. De esta manera conversacional, entre una bruma de revelaciones y de confidencias, es como llega a los lectores parte de lo que ocurrió y, también, se plantean algunos misterios que tendrán que resolverse. «Nunca supe con certeza, mientras buscaba encajar diferentes versiones de una historia nacida de varias voces, a qué se debió el nuevo encuentro de Elena Arbués y Teseo Lombardo», reconocerá el narrador.

Teseo Lombardo

Moreno, de ojos verdes. Sonrisa blanca y, cosidos en el uniforme, galones de la marina de guerra italiana. De nervios templados y carácter valiente, está acostumbrado al riesgo y a la muerte. Es un buceador de combate y conoce de sobra el padrenuestro del soldado: camaradería en la unidad, fidelidad al compañero y arrojo en la misión. Tripula uno de los "maiali" que diezman la Armada británica en el puerto de Gibraltar. De buena percha, conducta noble y comedido en el gesto, su estampa recuerda a las esculturas de los viejos dioses griegos y romanos. Su encuentro con Elena Arbués salvará, primero, su vida; después, determinará su misión y, por último, abrirá las puertas a una historia de amor, pero, también, a un arriesgado juego de espionaje.

«Durante su breve y único encuentro anterior no llegó a verlo sonreír: un trazo blanco, simpático, que ahora ilumina el rostro moreno de corte meridional, atractivo, inequívocamente mediterráneo, que ella sabe es italiano, aunque lo mismo podría ser español, griego o turco. Una característica criatura del sur, nacida entre orillas e islas sin árboles ni agua: aceite, vino tinto, atardeceres rojizos, profundidades cálidas y dioses sabios y cansados. Mirarlo trae todo eso a su memoria. Y es, además, un hombre guapo.» (pág. 21)

Gennaro Squarcialupo

Socarrón y divertido, como corresponde a un napolitano de pura cepa y a un joven con apenas veintisiete inviernos tallados en las mejillas. Es el compañero de Teseo Lombardo. Su «binomio», como tienen al uso llamarse en el cuerpo los compañeros que comparten un maiale. Juntos acometen el arriesgado papel de mandar al fondo de la bahía los buques ingleses. Hombre franco, directo, de mayores brusquedades que su amigo, pero no de menos coraje, recordará, desde la altura de la vejez, qué sucedió en aquellas misiones, qué fue de sus amigos y qué los separó. Partidario de Mussolini y de su patria, arrastra la amargura de los hombres que primero han sido jaleados como héroes y después han sido denostados. En su mirada brilla la nostalgia de los buenos momentos vividos y el arrepentimiento de una mano tendida que no se supo recoger a tiempo.

«Es bajo, atlético, con un pelo ensortijado y espeso que intenta domar peinándolo hacia atrás con gomina. Un meridional de buen carácter y excelente humor a quien gusta disfrutar de la vida. Camina despacio, satisfecho, un cigarrillo en los labios y las manos en los bolsillos del pantalón, gozando del paseo y del día soleado que la brisa del sudeste mantiene agradable.» (pág. 44)

Lauro Mazzantini

Es jefe del grupo Orsa Maggiore. Persona decidida, pero cauta, que desconfía de las casualidades, pero sabe aprovechar las oportunidades cuando se presentan. Educado, directo, templado, mide los pasos y sabe coordinar y dirigir a los subordinados en la delicada operación que les han encomendado. Su objetivo: cumplir con las órdenes, mantener oculta su base de operaciones, que hasta ahora ha pasado desapercibida por el enemigo, y proteger a sus muchachos. Cuando Elena Arbués tropieza con ellos, no lo duda. A pesar de que Teseo Lombardo confía en ella, él ordena investigarla para resolver unos interrogantes lógicos: ¿Su aparición es fortuita? ¿Es un cebo de los ingleses? ¿Trabaja para alguien? Enseguida comprenderá que ella trae consigo una ventaja con la que jamás había contado.

«Es un joven delgado y atlético, de hombros anchos. Pelo rubio, ojos azules, mentón cuadrado. Viste ropas civiles, como todos: pantalón corto, camiseta blanca y sandalias.» (pág. 69)

Elena Arbués

Los ingleses mataron a su marido durante una operación y la convirtieron en una viuda prematura. Ensoñadora, leída y culta, hija de un viejo maestro republicano que envejece traduciendo a los clásicos, dirige una librería y ayuda a su amigo Sealtiel Gobovich a llevar otra en Gibraltar. Prudente y discreta, aunque eso jamás le ha impedido dar un paso adelante, posee una intrepidez que nadie sabe definir si proviene de un alma vividora o de ese poso literario que dejan las historias grecorromanas y los viejos relatos de aventuras. Su encuentro con Teseo Lombardo es casual, pero enseguida reconocerá en la talla de ese náufrago de la guerra a un héroe clásico, a un Ulises que el destino ha dejado a sus pies. Por amor, idealismo o venganza, esta enigmática mujer, capaz de enfrentarse a los hombres y de aguantar lo que muy pocos pueden, se embarcará en una labor de espionaje en la que se dirimirán muchos destinos.

«El vestido ligero y veraniego ceñido al talle, las dos manos sosteniendo el bolso contra el regazo, el cabello castaño corto, a la moda, levemente ondulado. Un buen aspecto de mujer todavía joven, figura esbelta, casi delgada, tal vez demasiado alta para la media española, con su 1,76 de estatura cuando no lleva zapatos de tacón: Elena María Arbués Ortiz, veintisiete años, viuda desde hace dos. Propietaria de la librería Circe, situada en la calle Real de La Línea de la Concepción.» (pág. 23)

Doctor Zocas

Samuel Zocas, más conocido como doctor Zocas, es uno de los parroquianos que frecuentan el café Anglo-Hispano y uno de los amigos más cercanos de Elena Arbués. Es un hombre de talante abierto a la conversación, con ideas propias, que participa de los debates que animan las sobremesas y reuniones. Perteneció a una logia masónica y sus ideas liberales le obligaron a refugiarse en Gibraltar durante la contienda española. Sólo pudo regresar cuando tuvo garantías de que estaría a salvo en España. Tiene una extraña afición por los ferrocarriles, un entretenimiento que pocos comprenden en una persona de su inteligencia, pero en el que se esconde algo inesperado y crucial.

«Es menudo, calvo, miope, y la única mácula en su pulcro aspecto son dos dedos de la mano izquierda amarillos de nicotina. Siempre parece recién rasurado y huele a loción de afeitar como si acabara de salir de la barbería. Lleva lentes de acero y cierra con atrevidas pajaritas los cuellos impecables de sus camisas.» (pág. 29)

Harry Campello

Gasta treinta y seis primaveras y no es ningún angelito. De voluntad impetuosa, manos hechas para las friegas más duras y una expresión marcada por las cicatrices de la viruela, tiene la ingrata encomienda de proteger Gibraltar de espías, saboteadores y enemigos. Sobre todo, ahora que los italianos están mandando a pique los navíos de Su Majestad. Posee el instinto natural de los guardias desconfiados y es capaz de detectar quién viene con malas intenciones. Es un guardián astuto y precavido, que huye de las prisas y que se ha fijado en Elena Arbués. No se fía de esa mujer agradable, pero cortante, y ha puesto tras sus pasos a los mejores sabuesos. Junto a él van dos matones de cuidado y, entre los tres, aplican a sus prisioneros unos interrogatorios capaces de ablandar al más entero.

«Comisario de la Policía local, su trabajo coincide con su aspecto: dirige el duro Gibraltar Security Branch, la sección paramilitar que depende directamente del gobernador del Peñón y goza de una autonomía ajena a las normas. Centrado en la represión del sabotaje enemigo, “el Branch”, como lo llaman los iniciados, es una discreta mano izquierda que mantiene limpia la mano derecha de los británicos. Dicho en corto: el que se encarga del trabajo de contraespionaje más sucio.» (pág. 91)

Royce Todd

Desde la atarazana que le dan sus, aproximadamente, veinticinco años, observa la guerra como una contienda entre caballeros. Es el encargado de proteger el puerto y abortar las misiones de los italianos, sus adversarios, a los que va tomando la medida y entendiendo el juego que se traen. Proviene del mundo civil, pero, a pesar de su juventud, es un reputado experto en trabajos submarinos. De talante educado y con una comprensión de lo que hacen las contiendas a los hombres, siente una secreta admiración hacia esos «espagueti» que, en medio de la noche, se internan en el mar para reventar sus barcos. Es elegante, es noble y es inteligente. Un extraño ejemplo de individuo que se mantiene firme a unos principios básicos a pesar de las bombas y los muertos. También es el autor de un libro, 'Deep and Silent', que, con los años, consultará el narrador de la historia.

«Un inglés excéntrico de la variedad agradable; uno de esos individualistas inclinados al deporte y la aventura, a los que sólo circunstancias excepcionales logran vestir de uniforme; e incluso entonces se toman la guerra como un partido de tenis. Todd encaja en el perfil: seguro de sí mismo, enemigo de protocolos, indisciplinado en tierra, todo indica que en el mar él y su equipo de Protección Submarina ya son otra cosa.» (págs. 108-109)

Jack Wilson

El mundo le ha conducido a la guerra, pero su vocación queda en el campo de la literatura. Bien formado, con gusto por el teatro, escribe poesía, le gusta visitar librerías, es risueño y tiende por carácter a la alegría. Tiene la ardua tarea de llevar la cultura a aquellos que no saben leer ni las tiras cómicas. Y, como tantos de sus compatriotas, y más en los severos tiempos de guerra, siente cierta debilidad por la bebida. Uno de sus comentarios pondrá a Elena Arbués en el ojo del huracán.

«En la guerrera lleva los tres galones de sargento y la insignia —un libro abierto sobre dos rifles cruzados— del Grupo de Educación del Ejército. Su rostro es vulgar, pero habla un inglés elegante, de resonancias cultas. Hay mucha literatura leída en esa voz.» (pág. 162)

La crítica ha dicho sobre el autor:

«Arturo Pérez-Reverte sabe cómo retener al lector a cada vuelta de página.» 'The New York Times Book Review'

«Arturo Pérez-Reverte consigue mantener sin aliento al lector.» 'Corriere della Sera'

«Los lectores no serán capaces de volver la página lo suficientemente rápido.» 'Publishers Weekly'

«Hay un escritor español que se parece al mejor Spielberg más Umberto Eco. Se llama Arturo-Pérez-Reverte.» 'La Repubblica'

«Arturo Pérez-Reverte nos hace disfrutar de un juego inteligente entre historia y ficción.» 'The Times'

«Pérez-Reverte en su mejor momento. Sus novelas trazan lazos de unión unas con otras, hasta formar una urdimbre que es lo que los clásicos llamaban estilo, y los modernos, mundo.» José María Pozuelo Yvancos, 'ABC Cultural'

«Nada más serio que el juego de Pérez-Reverte. Ese juego se llama literatura.» 'La Revue des Deux Mondes'

«Pérez-Reverte es su sensibilidad radicalmente moderna, inteligente y compleja [...]. Un resumen de un argumento de Pérez-Reverte es emocionante, pero no tan interesante como sus libros, cada uno de los cuales crea una atmósfera psicológica que es irresistible.» 'The Boston Globe Book Review'

«Colocando muy alta la bandera de la ficción apasionante, Arturo Pérez-Reverte elabora sus novelas como un viejo barman español refinado y elegante que se emborrachase de vez en cuando con Corto Maltés. Déjense ustedes instruir por este maestro de la aventura.» 'Minute'

«Uno se siente como el perro de Goya, enterrado hasta el cuello en las historias de Pérez-Reverte, tan abrumado como fascinado; incapaz de huir, pese a que cada frase arroja en el alma un capazo más de arena, de pesar, de tinieblas.» Jacinto Antón, 'El País'

«Su estilo elegante se combina con un gran manejo de la lengua española. Pérez-Reverte es un maestro.» 'La Stampa'

«Pérez-Reverte tiene un talento endiablado y un sólido oficio.» 'Avant-Critique'