26 julio 2025

Entrevista inventada por Grok a Alatriste

X - 26/07/2025

@perezreverte: Diablos. Grok desbarra a menudo, pero esto es muy bueno. Mis saludos a  @pobhabdeept.

"Haz una entrevista a Diego Alatriste como si tú fueras un periodista y él estuviera en la actualidad española.

Entrevista con Diego Alatriste: Un soldado del Siglo de Oro en la España del 2025

Estamos en una taberna moderna en el corazón de Madrid, pero con un aire que recuerda a las antiguas posadas del siglo XVII. Frente a mí, con una jarra de cerveza en la mano, se sienta Diego Alatriste y Tenorio, el célebre "capitán" de los Tercios Viejos, espadachín a sueldo y protagonista de las novelas de Arturo Pérez-Reverte. Por alguna jugarreta del destino, este hombre de mirada fría y pluma roja en el sombrero ha aparecido en la España contemporánea. Aprovecho la ocasión para charlar con él sobre su vida, su tiempo y cómo ve este mundo tan distinto al suyo. Capitán Alatriste, gracias por concederme esta entrevista. Para empezar, ¿cómo se siente un hombre del siglo XVII en la España de 2025?

—(Mira al periodista con ojos entornados, como midiendo sus palabras) No soy capitán, aunque así me llamen. Este mundo… (hace una pausa y da un sorbo a la cerveza) es un caos de luces y ruido. Vuestras máquinas voladoras, esos "móviles" que todos miráis como si fueran reliquias sagradas… Me recuerda a las intrigas de la Corte, pero sin espadas. Todo es más rápido, pero no sé si más noble. En mi tiempo, al menos, sabías quién era tu enemigo cuando desenvainaba.

Hablando de de enemigos, usted vivió en una España de grandes glorias, pero también de decadencia. ¿Qué opina de la situación actual de España, con su política, su economía y su sociedad?

—(Se recuesta en la silla, con un gesto que mezcla cansancio y desdén) Vuestra España es rica, más de lo que nunca soñamos en los días de Felipe IV. Pero veo los mismos males: hombres en el poder que se sirven a sí mismos, promesas que se quiebran como espadas mal forjadas. Vuestros "políticos" discuten en esa caja que llamáis televisión, pero no veo acción. En Flandes, si no actuabas, morías. Aquí parece que todo es hablar y esperar. Aunque, he de decir, vuestras tabernas tienen mejor vino que las de mi Madrid.

Usted fue soldado, espadachín, un hombre de acción. ¿Cree que aún hay lugar para alguien como usted en esta sociedad?

—(Sonríe con amargura). Un hombre como yo… Aquí no hay Tercios, ni duelos en la Plaza Mayor. Pero siempre habrá quien necesite una espada, aunque ahora sea de palabras o de leyes. He visto a vuestros "abogados" y "periodistas" te señala con un dedo, y no son tan distintos de los rufianes de mi tiempo. La diferencia es que yo mataba de frente, con acero. Vosotros lo hacéis con plumas y pantallas. Pero no me quejo; cada época tiene su guerra.

Hablando de guerras, ¿cómo ve los conflictos actuales? No hay Tercios, pero hay tensiones globales, guerras tecnológicas, ciberataques…

—(Frunce el ceño). En mi tiempo, la guerra era sangre, lodo y el grito de un hombre al caer. Ahora veo que lucháis desde lejos, con máquinas que no entiendo. Pero el corazón es el mismo: codicia, poder, traición. Vuestros enemigos no son holandeses ni turcos, sino sombras en esas "redes" de las que habláis. No sé si es más valiente o más cobarde, pero es igual de sucio. Al menos, en Rocroi, sabía por qué moría.

Usted convivió con grandes figuras como Quevedo o Lope de Vega. ¿Qué opina de la cultura actual? ¿Cree que el Siglo de Oro sigue teniendo eco?

—(Suspira, con un brillo nostálgico en los ojos) Quevedo estaría escribiendo versos feroces contra vuestros gobernantes en ese "tuiter" que usáis. Lope… él estaría haciendo esas "series" que la gente ve sin parar. Vuestra cultura es un torbellino: hay belleza, como en los cuadros de Velázquez, pero también mucha basura. En mi tiempo, un poeta podía cambiar el rumbo de una Corte con un soneto. Ahora, parece que cualquiera con un "móvil" se cree poeta. Pero el Siglo de Oro… (se encoge de hombros) vive en los libros, en las calles de este Madrid que aún huele a historia.

Su relación con Íñigo Balboa fue central en su vida. Si estuviera aquí, ¿qué le diría sobre cómo vivir en este siglo?

—(Se queda en silencio, mirando la jarra vacía) Le diría que no confíe en las palabras bonitas, que busque el honor en lo que hace, no en lo que promete. Este mundo es traicionero, Íñigo. Aquí te apuñalan con sonrisas y contratos, no con dagas. Pero también le diría que no pierda la esperanza. Hay cosas buenas: el pan es más abundante, las guerras menos sangrientas… a veces. Que sea leal, como yo intenté serlo, aunque el mundo no siempre lo merezca.

Una última pregunta, capitán. Si pudiera volver a su tiempo, ¿lo haría? ¿O se quedaría en esta España moderna?

—(Se levanta, ajustándose el sombrero con la pluma roja) Mi tiempo era duro, pero claro. Sabías quién eras, para qué luchabas. Aquí… todo es confuso, pero hay comodidades que no soñé. No sé si volvería. Pero te diré algo: en cualquier siglo, un hombre debe encontrar su camino, con espada o sin ella. Ahora, si me disculpas, esta taberna me debe otra jarra.

Con un gesto cortés pero firme, Diego Alatriste se aleja hacia la barra, dejando tras de sí el eco de un hombre fuera de su tiempo, pero eternamente fiel a su código.

22 julio 2025

Los hemos traído nosotros

ABC y medios del grupo Vocento - 22/07/2025

Los hemos traído nosotros: ustedes, yo, la infame clase política española y todos los que durante décadas, pese a las señales, los ejemplos y las advertencias, han preferido encogerse de hombros y mirar hacia otro lado. Ahora, pese a lo que sostienen los demagogos y los oportunistas de guardia, ya no hay quien lo remedie. El problema vino a España para quedarse. A otros países con más eficiencia, más organización y más cabeza que las nuestras, el asunto se les está yendo o se les ha ido de las manos; así que ya podemos, ya pueden ustedes, irse acostumbrando. El único y triste consuelo será ese: que pagamos y vamos a pagar las propias facturas. Las de nuestra estupidez, nuestra imprevisión y nuestro egoísmo.

Unos llegaron por vía natural, cuando este país de licenciados universitarios empezó a encontrarse sin fontaneros, sin carpinteros, sin albañiles; con pocos que trabajasen bajo el plástico de un invernadero de Almería, ni con cuarenta grados en un melonar de Murcia, ni en una obra, ni en un barco pesquero, ni en nada que exigiese partirse el lomo currando. Importamos sin reparos toda esa mano de obra barata y ganamos dinero gracias a ella, del mismo modo que la emigración hispanoamericana vino a cubrir otras necesidades y a enriquecer, o al menos dar vida, a muchos grandes y pequeños empresarios. Lo que pasa es que a diferencia de ésta, con la que compartimos idioma y ciertos valores de los antes llamados occidentales, aquélla otra, la musulmana, era más difícil de integrar, pues el Islam es una potente forma de vida que trasciende lo religioso para ser, también, rígido prescriptor social. Ya entonces hubo quienes –permitan que me incluya entre ellos, pues pagué el precio por hacerlo–, por sentido común o por experiencia viajera, advirtieron de las consecuencias que a largo plazo podía tener aquello si no se encauzaba de manera razonable procurando –o exigiendo, en casos extremos– la integración social adecuada, el respeto a las normas y el señalar la puerta cuando éstas se vulnerasen.

Nada se hizo, por supuesto. Cualquier llamada a imponer reglas claras que no hiciesen retroceder nuestro mundo de derechos y libertades a la Edad Media se calificó de xenofobia y racismo por parte del equipo de imbéciles habituales. Medios informativos de variado signo, a tono con el ambiente, pasaron mucho tiempo edulcorando problemas, escamoteando detalles, filtrando cualquier signo de futuro inquietante por el tamiz de lo políticamente correcto. Y eso se acentuó en la etapa siguiente, cuando los hijos de aquella primera generación de inmigrantes musulmanes instalados en España empezaron a comprobar que lo tenían aún más difícil que sus padres: ni trabajo, ni recursos, ni reconocimiento social, aún más bloqueadas sus vías de integración por la incompatibilidad casi absoluta –insisto, casi absoluta– de sus valores familiares, referencias culturales y religiosas, con la sociedad moderna, avanzada y libre en la que vivían.

A ese rencor social, perfectamente explicable, vino a sumarse la ciega política de las autoridades educativas españolas, incapaces de integrar a esos jóvenes en un mundo de valores europeos que, después de siglos de lucha y sacrificios, había conseguido erradicar las mismas o parecidas costumbres reaccionarias, machistas, religiosas, de las que esos jóvenes seguían y aún siguen impregnándose tanto en casa como en la mezquita o en su entorno social, sobre todo porque en ellos encuentran respaldo, consuelo, compañía, orgullo, dignidad y ese cálido afecto fraterno y familiar, tan habitual entre musulmanes, que es propio de su cultura. Y así, barrios enteros de población inmigrante se van cerrando en sí mismos, y aquellos lugares donde antes las mujeres gozaban de una mayor o más relativa libertad se ven ahora, como reacción y alarde de identidad propia, bajo la vigilancia de imanes y vecinos cada vez más radicalizados, llenos de hiyabs, niqabs y hasta burkas; mientras el Estado, en vez de adoptar medidas para proteger a esa población musulmana del fanatismo y la coacción, la deja indefensa ante sus propios extremos, condenándola a la sumisión sin alternativas; tolerando usos que denigran la condición femenina, envalentonan el machismo islámico, alientan la hostilidad y el desprecio hacia los no musulmanes y ofenden la razón.

Así ha sido y así es cada vez más. Durante mucho tiempo, en vez de advertir las dimensiones del problema observando lo que ocurría en otros países cercanos como Francia –donde la mayor parte de la comunidad musulmana antes se afirma argelina o marroquí que francesa– en España se mantuvo la política del avestruz, fajándose en estúpidos debates sobre el uso del velo en las escuelas –incluso por parte de profesoras, que son quienes educan–, dando barra libre, salvo en casos clamorosos, a los imanes radicales de las mezquitas y haciendo como que no se oían ni veían los aplausos y tremolar de banderas de jóvenes musulmanes que celebraban la barbarie del ISIS o los ataques de Hamás contra Israel. Todo, naturalmente, con el respaldo público de determinados movimientos sociales autodenominados progresistas –¡incluso feministas!– que nunca tuvieron ni la más remota idea de lo que de verdad es el Islam radical, ni de su rechazo hacia el modo de vida europeo; hacia la libertad duramente conseguida de que éste goza, pudiendo ser adúltera sin que te lapiden, blasfemar sin que te quemen o ser homosexual sin que te cuelguen de una grúa.

Pero no todo acaba ahí. Al problema de los jóvenes musulmanes de segunda generación nacidos o instalados desde niños en España se ha sumado en las últimas décadas la gran inmigración ilegal: los desembarcos masivos que vuelcan en pueblos y ciudades de España a centenares, miles de personas que ni siquiera tienen, con este nuevo mundo donde se mueven, los vínculos de quienes por razones laborales y familiares llevan aquí desde hace mucho. Para muchos recién llegados, gente dura que a veces sufrió mucho para llegar aquí, España, como el resto de Europa, es un territorio ajeno, hostil, débil a menudo, con el que nada tienen de afectivo. Un sitio donde medrar y depredar, con trabajo –si lo hay, que ésa es otra–, o con métodos fáciles e inmediatos: violencia, automarginación, delincuencia. Agrupados en pandillas de supervivencia y ataque –ya hay organizaciones radicales que defienden el rechazo a la tierra de acogida–, solidarios entre sí, como musulmanes que son, frente a estos españoles hoscos y racistas pero tan estúpidos por otra parte, en su opinión, como para permitirles campar con impunidad e incluso beneficiarse de ayudas, sistemas sanitarios y otras ventajas. Vente para acá, Mohamed, primo, que en España puedes ocupar una casa ajena, decirle puta a una zorra con minifalda, robar a punta de navaja y al día siguiente, si te pillan, estás en la calle. Y si eres menor, para qué te cuento. Además, te subvencionan. A qué pasar hambre, si es de noche y hay higueras.

De ese modo, en España hemos conseguido un siniestro doblete: una inmigración descontrolada, con la creación de guetos raciales, culturales, sociales y religiosos que rechazan la integración y cada vez son más activos y hostiles, y la cólera creciente de quienes sufren eso, incluso de españoles desfavorecidos que piensan –y a menudo comprueban– que un recién llegado ajeno a todo recibe más atención y más ayudas que él. Con el resultado de que dos extremos se frotan las manos: las izquierdas analfabetas encantadas con ponerse de parte de cualquier víctima real o inventada, con mucha kufiya al cuello y mucho «Hermana, tu velo es un acto de libertad», y las derechas en busca de argumentos que justifiquen el resonar de botas y el palo y tentetieso. Y mientras aquellos idiotas sostienen que la solución es legalizar de golpe a todo cristo, los que han llegado y los que están por llegar, estos otros idiotas afirman que la solución es expulsar a miles o millones de forma indiscriminada, sin especificar de qué manera, ni cómo, ni a dónde. Y ahórrenme, por favor, eso de «En vez de tanto criticar hay que dar soluciones». Mi trabajo no es dar soluciones, sino contar el mundo como lo veo. Y lo que veo, quizá porque tengo 73 años, una biblioteca y cierta biografía a mis espaldas, es que hay cosas que no tienen solución. La hubo en su momento: o goza usted de nuestro respeto y simpatía si juega según nuestras reglas y vive de modo compatible con nuestros usos –por algo vino aquí huyendo de los de su país de origen–, o se atiene a las consecuencias, que son la ley en todo su rigor y la sala de embarque de un aeropuerto.

Eso que acabo de decir, firmeza, tolerancia mutua y respeto por el espacio común, aún era posible hace unos años; pero ahora es demasiado tarde. Así que, me temo, todo irá a más haciendo estallar nuevos conflictos, porque ese rencor social del que antes hablaba acaba volcándose no sobre los verdaderos responsables –los políticos ineptos e incapaces de prevenir y solucionar el problema– sino contra la comunidad musulmana de forma indiscriminada, mezclando a justos con pecadores, poniendo en el punto de mira al inmigrante, sea cual sea su generación, que trabaja honradamente, que tiene su pequeño o razonable negocio, que paga sus impuestos, se gana de la vida de una manera decente y contribuye a que su pueblo, su ciudad, España, la Europa en la que vive, sean lugares mejores, más prósperos y habitables. Y cuando los demagogos y los canallas que cobran por agitar pasiones ajenas utilizan la inmigración y los problemas que de ésta se derivan como arma política, los que pagan el precio del disparate no suelen ser los malvados, sino la gente honrada a la que queman la tienda, destrozan el coche, apalean si la encuentran indefensa por la calle. Y al final, sin remedio, también esa gente, o los hijos de esa gente, acabarán formando sus propios grupos de defensa para ajustar cuentas. Y arderán barriadas y ciudades como ya ha ocurrido en otros lugares de Europa, en estallidos cada vez más intensos de los que, discúlpenme el término, no hemos aprendido una puñetera mierda.

Pero, como digo, los hemos traído nosotros: a todos ellos, a unos y a otros, con nuestro egoísmo nuestra imprevisión, nuestra cobardía, nuestra ignorancia y nuestra incompetencia. Nosotros y la gentuza a la que votamos, seguimos votando y votaremos en el futuro. Así que ahí lo tienen ustedes: lo que tenemos y lo que vamos a tener.

11 julio 2025

Arturo Pérez-Reverte no es de los tuyos (ni de los nuestros)

Gonzalo Cabello de los Cobos - eldebate.com - 11/07/2025

Hace poco estuve en un concierto y me encontré con un amigo al que hacía tiempo que no veía. Tras los saludos de rigor, no tardó en lanzarme la batería habitual de preguntas. Es curioso cómo algunas personas creen que, por escribir en un medio, tu opinión tiene más peso que la de los demás. Tal vez antes fuera así, pero hoy, cuando hasta el más tonto tiene algo que decir y un altavoz donde hacerlo, la cosa ha cambiado bastante. La conversación derivó, como era de esperar, en los inevitables: «Qué desfase lo del PSOE, ¿no? ¿Qué crees que va a hacer Pedro Sánchez? ¿Va a haber elecciones? Es imposible que esto siga así, ¿no?». La verdad, no supe muy bien qué decirle. Y, en el fondo, me alegro.

Hasta hace no tanto, siempre tenía una opinión para todo. Recopilaba datos, los analizaba y me esforzaba por construir un juicio sobre cualquier asunto que considerase relevante. Pero cada vez me descubro más ajeno a esa actitud. Prefiero simplemente callar. En un tiempo donde el análisis crítico no le importa a prácticamente nadie, todo empieza a darme bastante igual. Y con cada nueva noticia, más escabrosa, más grotesca, crece en mí el impulso de alejarme, casi con desesperación, de la podredumbre moral que nos envuelve.

Por eso, cada vez me siento más identificado con esa actitud vital que Arturo Pérez-Reverte profesa desde hace años y que logró condensar magistralmente en una célebre (al menos para mí) frase: «No tengo ideología, tengo biblioteca». Pérez-Reverte cabrea a muchos porque dice lo que piensa, sin importarle las consecuencias. Está por encima de la estupidez de los partidos y los bandos. A mí, personalmente, me divierten mucho las reacciones de sus dolidos fans cuando no sigue la pauta que ellos mismos se han inventado. Cuando unos creen que está de su lado, abre la boca y se sienten traicionados; cuando otros lo imaginan en el bando contrario, vuelve a hablar y se desesperan porque, en su pequeñez, no entienden nada. Compungidos, exclaman: «¿Cómo alguien a quien he seguido durante treinta años puede decir esto o aquello sobre algo que creía que compartíamos profundamente?». Pues muy sencillo, señor o señora: porque don Arturo solo se casa con el criterio de Pérez-Reverte.

Y eso, en el fondo, es lo que debería alegrarles. Pero parece que hoy en día lo que de verdad desconcierta, y molesta, es que alguien piense por su cuenta. «Es que no es monárquico y entonces es republicano», «es que se ha metido con Abascal o Feijóo, y eso es inadmisible en un patriota como él», «es que ha dicho no sé qué bueno de Giorgia Meloni, entonces es un facha». Y claro, uno entiende que, al escuchar semejantes sandeces repetidas una y otra vez, el escritor piense: «Pues miren, ¿saben qué? Váyanse a la mierda». Lógico.

Por eso no me sorprendió en absoluto la reacción de Pérez-Reverte ante un periodista hace pocos días, en una escena que se pudo ver en redes sociales y que retrata a la perfección el circo en que se ha convertido el debate público. El periodista, presumiblemente conservador o algo parecido, lo abordó en plena calle, micrófono en mano, para preguntarle por la imputación del fiscal general del Estado: «¿Cree que debería dimitir?». Reverte, visiblemente incómodo, le soltó un sequísimo «no me interesa». Al insistir el entrevistador, el escritor intentó zafarse, cubrió el micrófono con la chaqueta y remató: «¡He dicho que no, que no!».

Tras el incidente, Pérez-Reverte lo despachó con un tuit: «Ya no me acordaba de este imbécil», y el periodista, que en el fondo solo buscaba su complicidad desde el primer momento, respondió con una salida burda, más propia de un niño de cuatro años con una rabieta que de un supuesto profesional: «Iba borracho y con una jovencita, es lo único que se me había olvidado mencionar».

Más que una anécdota, el episodio retrata con bastante precisión el estado actual del diálogo público en España y, en este caso concreto, la calidad moral del «periodista». Aquí no importa la pregunta ni la respuesta, sino el teatrillo posterior: la bilis, la indignación prefabricada, la necesidad de hacer ruido, aunque no haya nada que decir.

Frente a toda esta basura, qué quieren que les diga, uno solo puede agradecer que aún quede alguien dispuesto a mandar a paseo a cualquier cantamañanas que se le cruce por delante. Sea quien sea.

Por eso, hoy lo más sensato es callar ante la necedad y no alimentar el hambre insaciable de contenido vacío. No se dejen arrastrar por esta maquinaria de bandos y odios prefabricados, diseñada para distraerles de lo verdaderamente importante. Solo hay una forma de resistir la manipulación masiva: guardar silencio frente a la idiocia y pensar por uno mismo. El criterio, el suyo, sigue siendo la única forma auténtica de libertad.

https://www.eldebate.com/opinion/en-primera-linea/20250711/arturo-perezreverte-no-tuyos-nuestros_315988.html