31 agosto 2025

Alatriste: paseo visual por todos los secretos de la saga


Manuel P. Villatoro , Julián de Velasco y Javier Torres Santodomingo - abc.es - 31/08/2025

El filo de la ropera del espadachín más famoso de la ficción rojigualda volverá a silbar al desembarazarse de la molesta vaina. Casi quince años después de la publicación de 'El puente de los asesinos', Arturo Pérez-Reverte regresa a las librerías con una nueva entrega del que ha sido su caballo de batalla desde finales de los noventa: don Diego Alatriste. Aunque ahora lo hará lejos de nuestras fronteras. En 'Misión en París', que verá la luz este 3 de septiembre, el veterano soldado de fortuna del Siglo de Oro se trasladará con camaradas, compinches y hasta algún que otro enemigo a aquella Francia que rivalizaba con la Monarquía hispánica. Y lo hará con la aparición estelar de los famosos mosqueteros de Alejandro Dumas, tipos duros que compartirán mesa, acero y desaguisados con el bregado combatiente de los Tercios de Flandes. Ahí es nada.

La última novela de esta popular saga –cuatro millones de ejemplares vendidos la contemplan– arranca entrada la medianoche. Y lo hace con Íñigo Balboa, aquel soldado bisoño al que tutorizó el capitán y que ahora forma parte de los Correos Reales del monarca católico, aguardando la llegada de sus tres compinches: Alatriste, Quevedo y Copons. Pérez-Reverte traslada a los lectores a tiempos controvertidos para Francia. Años en los que los hugonotes de La Rochela, con apoyo inglés, viven un duro asedio por parte de los galos liderados por el cardenal Richelieu. En ese contexto, los coprotagonistas se verán envueltos en una peligrosa misión secreta orquestada por el conde-duque de Olivares. «El reto podría cambiar para siempre el curso de los acontecimientos», adelantaba hace pocas semanas Alfaguara, la editorial que ha dado vida a la obra.

'Misión en París' es la octava entrega de una saga longeva, pero que sigue igual de viva. Fue en 1996 cuando Pérez-Reverte alumbró 'El capitán Alatriste' junto a su hija Carlota. Ahí comenzó su viaje hacia el estrellato. En los dos siguientes años, el académico publicó 'Limpieza de sangre' (1997) y 'El sol de Breda' (1998). Después llegó 'El oro del rey' (2000) y 'El caballero del jubón amarillo' (2003). A este le siguieron los 'Corsarios de Levante', en 2006, y, por último, 'El puente de los asesinos' en 2011. En todas ellas, el escritor se ha esforzado por representar aquella España fascinante que, como él mismo ha señalado en varias ocasiones, se hallaba trufada de callejuelas, tabernas y burdeles. Y siempre con la idea de «borrar las fronteras entre realidad y ficción». «Terminar no pudiendo diferenciar bien lo vivo de lo imaginado, resulta fuente de especial placer para cualquier autor», sostiene.

Diego Alatriste: Nacido en León, es un veterano de los Tercios de Flandes al que denominan “capitán” por haber comandado una compañía tras la muerte de su superior. Hombre taciturno, valiente, leal, marcado por la guerra y la pérdida. Vive en Madrid como espadachín a sueldo, pero con un código de honor férreo. Figura paterna para Íñigo Balboa, a quien cría tras la muerte de su padre.

Íñigo Balboa y Aguirre: Narrador y coprotagonista de toda la saga. Es un personaje profundamente humano, lleno de contradicciones y pasiones. Su vida está marcada por la guerra, la lealtad a Alatriste, y una relación apasionada y peligrosa con Angélica de Alquézar. Queda huérfano tras la muerte de su padre en el cerco de Jülich (1621), durante la guerra de Flandes, y es acogido por Diego Alatriste. A lo largo de los libros, Íñigo pasa de ser un joven paje a convertirse en alférez en los Tercios de la Monarquía hispánica.

Angélica de Alquézar: Uno de los personajes más fascinantes y complejos de la saga. Angélica es sobrina de Luis de Alquézar y menina de la reina. Su relación con Íñigo Balboa es tan intensa como tormentosa. Pronto descubre que tras su dulzura se esconde una personalidad manipuladora y peligrosa y se revela su capacidad para influir en los acontecimientos desde las sombras. Angélica es una de las mujeres importantes en la trama de la saga.

María de Castro: Personaje real. Amante del capitán. Su figura es un reflejo de las mujeres que, pese a las restricciones de la época, lograban poder e influencia desde los escenarios.

Caridad la Lebrijana: Antigua prostituta, es la dueña de la Taberna del Turco, donde acoge a Diego Alatriste y a sus amigos con calidez maternal y desenfado. Su relación con Alatriste es ambigua: se insinúa una atracción mutua, pero también hay celos, orgullo y peligro. Su personalidad y forma de hablar sobre el “matrimonio” influyen directamente en las decisiones de Alatriste.

Luis de Alquézar: Uno de los grandes antagonistas de 'Alatriste', que usa su posición, y a su sobrina Angélica, para tejer conspiraciones y eliminar a quienes se interponen en su camino. Encarna el poder burocrático, la intriga cortesana y la ambición sin escrúpulos en la España del Siglo de Oro. Se convierte en su enemigo tras el fallido intento de asesinato de Carlos I de Inglaterra y el duque de Buckingham. Desde entonces, busca deshacerse del capitán usando a sicarios como Malatesta.

Carlos I de Inglaterra y el duque de Buckingham: Ambos personajes históricos. Su presencia en Madrid está basada en un episodio real. Por encargo del inquisidor Bocanegra y Luis de Alquézar, Alatriste y Malatesta deben asesinarlos.

Gualterio Malatesta: Es el reflejo oscuro de lo que Alatriste podría haber sido si hubiera renunciado a su código de honor. Encarna el peligro constante. Su habilidad con la espada y su falta de moral lo convierten en una amenaza que nunca desaparece del todo.

Fray Emilio Bocanegra: Bocanegra es el poder oscuro y fanático de la Inquisición en la España del Siglo de Oro y aliado de Luis de Alquézar, con quien urde múltiples conspiraciones. Enemigo mortal de Alatriste, por desobedecer una orden suya, y del conde-duque de Olivares. Es un personaje que aunque no aparece en todos los libros deja una huella profunda en la historia.

Gaspar Guzmán Pimentel, conde-duque de Olivares: Personaje clave en la política del reinado de Felipe IV, del que fue su principal consejero (valido) y hombre fuerte del Gobierno. Astuto, ambicioso, reformista, autoritario y despiadado, representa el poder absoluto, pero también el desgaste del imperio español. Varias de las misiones de Alatriste son encargos del propio conde-duque.

Las aventuras de Alatriste se desarrollan dentro y fuera de las fronteras de España. Madrid, Sevilla, Breda, Venecia, el Mediterráneo o París son escenario de sus lances.

Elvira de la Cruz: Encarna la crueldad de la Inquisición. Hija de don Vicente de la Cruz, internada contra su voluntad en un convento y torturada hasta perder casi la identidad.

Ambrosio Spínola: Comandó las tropas en Flandes, y al capitán, Íñigo y Copons durante la Guerra de los Ochenta Años. Íñigo incluso ayuda a Velázquez al describir la escena de la rendición de Breda en la que aparecera Spínola.

El contador Olmedilla: Controla el flujo de oro y plata que llega a Sevilla desde las Indias. Encarna el rostro administrativo del poder, ese que no lucha con espadas pero decide quién vive, quién muere y quién se arruina.

Giovanni Cornaro, dogo de Venecia: Es el objetivo de una conspiración para que la República de Venecia pase a manos de la Corona Española.

Capitán Manuel Urdemalas: Capitán de la Mulata, galera en la que viajan Alatriste e Íñigo durante su campaña en el Mediterráneo. Como oficial de carrera, Urdemalas encarna la disciplina y el orden de la Armada Española, que impone con mano dura.

D'Artagnan, Athos, Porthos y Aramis, los mosqueteros: Última entrega de la saga. Alatriste, Quevedo y Copons viajan a París y se encuentran con los personajes universales de la literatura de Dumas, compartiendo mesa, combate y tensión política.

Toda la obra de la saga de Alatriste está trufada de personajes reales de la vida cultural de la España del XVII, el Siglo de Oro.

Francisco de Quevedo: Uno de los mejores amigos y compañero de armas de Alatriste. Comparte aventuras y tertulias literarias. Por mediación suya, Alatriste se verá inmerso en una misión contra el Dogo (Dux) de Venecia.

Diego Velázquez: Pintor oficial de la corte, plasmó al capitán en su cuadro, 'La rendición de Breda'.

Lope de Vega: Presente en las tertulias teatrales y debates literarios con Alatriste y sus amigos.

Francisco de Góngora: Rival a muerte de Quevedo, su enemistad alimenta el trasfondo de las tertulias del capitán.

Los otros mejores amigos y la taberna del Turco: Son hombres forjados en el filo de la espada y la sombra de los pasillos del Siglo de Oro. Entre ellos destacan compañeros de armas como Sebastián Copons, siempre discreto y leal, o el dominé Pérez, voz de conciencia envuelta en sotana. Muchos de sus encuentros tienen lugar en la Taberna del Turco, su cuartel general y, a veces, el escenario de duelos verbales y físicos refugio de soldados sin fortuna y de conspiraciones entre jarras de vino.

Álvaro de la Marca, conde de Guadalmedina: Noble mecenas y protector en la Corte; su relación con Alatriste se basa en el respeto mutuo y la gratitud por salvar su vida.

Sebastián Copons: Soldado aragonés y camarada de los Tercios de Cartagena; compañero de armas inseparable en batallas y conspiraciones.

Martín Saldaña: Teniente de alguaciles, un habitual de la Plaza Mayor que suele encargar trabajos a Alatriste.

Juan Vicuña: Exsoldado y dueño de un garito en la cava de San Miguel. Es el lado más pícaro del Madrid nocturno.

Licenciado Calzas: Abogado de la plaza de la Provincia. Encarna la burocracia y el ingenio legal de la época.

Dómine Pérez: Sacerdote del Colegio Imperial de los jesuitas, aporta sabiduría y cierta dosis de humor.

El Tuerto Fadrique: Boticario de la plaza de Puerta Cerrada. Apodado “el Tuerto” por una lesión en el ojo, que no le impide ser agudo y perspicaz.

Felipe IV, rey de España: La figura de Felipe IV en Las aventuras del Capitán Alatriste es tan poderosa como el silencio que lo rodea. Aunque no dialogue directamente con los protagonistas, su presencia se siente como una sombra constante sobre Madrid, la corte y los destinos de quienes viven bajo su reinado. Se enfrenta con Alatriste por cuestiones de amor y con las maquinaciones de los hombres de poder. Felipe IV no es solo un rey en esta saga: es el telón de fondo de todas las decisiones, el vértice de las intrigas y el reflejo de una España que se desmorona con elegancia.

Pintores y escritores rodean al Capitán acompañándolo en sus aventuras o siendo referencias en las charlas con sus compañeros.

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Mapa de ciudades, caminos y cicatrices de Alatriste


María José Solano - ABC - 31/08/2025

Hubo un tiempo en que el mundo se doblegaba bajo el peso del acero español, y aunque ya crujía el andamiaje, aún quedaban hombres dispuestos a ser, hasta el final, parte de aquella vieja y parcheada piel del tambor donde aún redoblaba, por momentos, la gloria. Uno de ellos —ni el más honesto ni el más piadoso, pero sin duda, valiente— respondía al nombre de Diego Alatriste y Tenorio.

Alatriste no era un héroe. Ni falta que le hacía. Capitán por costumbre más que por grado, recorrió el mapa deshilachado de una monarquía cansada, aún brillante en apariencia, aunque oxidada en el alma, como una lanza olvidada en el viejo astillero familiar. Lo hizo por ese oscuro sentido del honor que no da de comer, pero obliga a empuñar un arma cuando todos miran hacia otro lado.

A lo largo y ancho de aquellas ciudades —que fueron campos de batalla, de amor, de traición y de supervivencia— Alatriste caminó como se camina hacia el fin de una época: sin mirar atrás. Este que ahora presentamos es el mundo de Alatriste, pues aunque nuestra magnífica historia la escriban los vencedores, son los perdedores como él quienes la encarnan con cada mandoble, cada trago y cada paso dado bajo cielos que ya no eran del todo nuestros.

Madrid, en tiempos del capitán Diego Alatriste y Tenorio, era mucho más que la corte: era un organismo vivo, sucio, glorioso y lleno de contradicciones. El oro que llegaba desde las Indias parecía derretirse en el cieno de las tabernas, en los duelos al amanecer y en las disputas ocultas bajo las capas. Allí, Alatriste caminaba con paso lento y mirada alerta, siempre pendiente del peligro, siempre dispuesto a la espada. La Plaza Mayor, corazón palpitante de la villa, era escenario de mercados bulliciosos, ejecuciones públicas, autos de fe y exhibiciones de poder. Bajo los soportales, el aire olía a inmundicia, gallinas vivas, pescados moribundos y cera de iglesia. Entre los recovecos de esa plaza se codeaban personajes del Santo Oficio y poetas sin blanca que despreciaban a Cervantes y envidiaban a Lope. La calle Mayor, empedrada y traicionera, conectaba la plaza con el Alcázar Real, donde el rey Felipe IV malgastaba el oro de las Indias mientras Olivares manejaba los hilos del imperio. A golpe de guante de secretarios de estado y validos, Madrid jugaba en el tablero político donde se decidía el destino del mundo hispánico. Alatriste transitaba sobre esos escaques con paso firme, y al pasar junto a la iglesia de San Ginés veía el resumen de todo: los nobles corruptos pidiendo perdón y los pícaros sisando las faltriqueras. Las Cavas, territorio de tabernas y mesones, eran clavijas del poder informal. En sus trastiendas se bautizaba el vino de Valdeiglesias al tiempo que se gestaban buena parte de las intrigas que alterarían a la Corona. De noche, Madrid se transformaba. Cerca de El Prado (hoy parque de El Retiro) por aquel entonces un jardín reservado, contrastaba con los arrabales, donde espadachines, gitanos, mozas de partido y veteranos de Flandes dominaban el resto. Bajo faroles de aceite, Alatriste caminaba como un lobo viejo: olfateaba peligro, saludaba a conocidos y se mantenía a medio paso del pasado, consciente de que cada esquina podía ser un filo o una trampa. 

En el Barrio de las Letras, aún sin nombre oficial, convivían genios literarios y conspiradores. En la calle de Francos, luego calle de Lope de Vega, vivía el Fénix, escribiendo a un ritmo que la imprenta apenas alcanzaba. En la calle del León residía Francisco de Quevedo, cuya lengua afilada rivalizaba con su espada. Góngora, rival literario, deambulaba por las mismas calles, con su prosa laberíntica y culta, y más adelante, en la calle de Huertas, moraba un anciano Cervantes manco, recordando al hidalgo de La Mancha desde su modesta alcoba. En ese hervidero de ingenios, Alatriste representaba el alma sin letras del Siglo de Oro: un hombre que callaba donde otros recitaban, que vivía lo que otros apenas escribían.

La taberna del Turco era punto de encuentro de conspiradores, soldados sin blanca, aventureros y poetas desesperados. Allí, la Lebrijana ofrecía sopa caliente, vino fuerte y conversación afilada. Alatriste lo frecuentaba como quien vuelve a un puerto seguro, buscando por un breve espacio de tiempo, refugio, compañía y descanso. En la plaza de San Felipe, el mentidero cortesano bullía de rumores y política clandestina. Buscavidas, comediantes, bravos y estafadores tejían redes de información, chismes, sátiras y venganzas. Allí surgían cargos de traición, se derrumbaban reputaciones y se urdían rebeliones. Alatriste merodeaba esos mentideros, sordo a los versos que matan, pero atento a las palabras que a veces pesaban tanto como una bolsa llena de reales de a ocho. Las noches en la calle Mayor se convertían en territorios de sombra: carruajes, capas, espías y cuchillos ocultos. En una esquina cualquiera, una palabra, un gesto o una daga cambiaban destinos. Madrid no era la villa ordenada de los Austrias: era la ciudad del riesgo, del verso, de la sangre y del honor.

La Sevilla del siglo XVII actuaba como corazón económico del Imperio español, puerto de llegada y distribución del oro, la plata y los esclavos del Nuevo Mundo. En 'El oro del rey', Alatriste pisa Sevilla como si regresara al lodo con camisa limpia. Babilonia del sur, era una ciudad rica en riquezas y por ello también rica en pícaros, lazarillos y Monipodios, que trajinaban su mercancía en las tabernas del Arenal. Aquel lugar bullía de corsarios disfrazados, marineros, mujeres peligrosas y veteranos de Flandes. Allí el vino sabía dulce, pero los juramentos se pagaban con sangre. El puerto de las Mulas, junto al río, era el punto donde se cargaba y descargaba el tesoro imperial. Entre sogas y toneles, el hedor a brea y sudor se mezclaba con la ambición. Mientras, no lejos de allí, en la Casa de la Contratación instalada en los Reales Alcázares, se decidía qué mercaderías y qué nombres permanecían en el registro oficial. No pocos alijos desaparecían sin rastro, y más de un noble prefería no pasar, prudentemente, por allí. Sobre todo porque, sin apenas darse cuenta, uno podía dar con sus huesos en la "cana". Aquella Cárcel Real de Sevilla, oscura como un pozo, era el final de hombres por deuda, traición o mala suerte. Pérez-Reverte la reconstruye con brutal precisión: corredores que olían a vino rancio y miedo, y celdas que bullían de cuchillos improvisados y desesperación. Fue allí donde Miguel de Cervantes, capturado por un problema fiscal, comenzó a escribir el 'Quijote', inspirado por la condición del cautivo. En esas mismas mazmorras, Alatriste cruzó mirada con asesinos y condenados, reconociendo a los bravos en un campo de batalla que nunca necesitó uniforme. Y a pesar de todo, Sevilla se erguía luminosa como una bella marca que, sin embargo, no se entregaba a cualquiera. Alatriste sedujo y se dejó seducir por ella, aunque siempre con una mano en la empuñadura. Y como cinturón legendario de la hermosa dama, el Guadalquivir, que constituía su arteria vital, pero también su vena vulnerable. Aquel río milenario nacía en Triana y venía a morir en Sanlúcar de Barrameda, puerto y puerta de América, desde donde partían las flotas hacia las Indias y llegaban barcos cargados de riquezas y de muerte. En aquel rincón del mapa, sobre las aguas que cubrían las codiciadas almadrabas, Alatriste se perdió en una red de contrabando y traición en nombre del rey. Donde hubiera oro, él encontraba muerte; donde hubiera muerte, él sabía jugar.

Breda, en los Países Bajos españoles, era una joya helada, silenciosa, ordenada en apariencia, pero viva en sus redes de espionaje. En sus canales tranquilos se escondían complots mortales. Era un campo minado donde un comerciante podía ser espía, y un cochero, asesino. Alatriste, que ya conocía la guerra tradicional, se enfrentó allí a una guerra sutil poblada de palabras que se compraban a precio de estocada. En 'Limpieza de sangre' Breda se convierte en una peligrosa red política en la que cada hilo anuda una traición. Por su parte, Flandes, epicentro del conflicto europeo, era tierra de trincheras, frío, barro y muerte. En 'El sol de Breda' la historia se cuenta desde los ojos de Íñigo Balboa: un asedio interminable, soldados famélicos, lluvia helada, vísceras sobre la nieve y honor como última posesión. Breda fue el altar de fuego para un imperio moribundo. El asedio a la ciudad no supuso solo una victoria militar, sino una elegía a los hombres que combatían sin gloria ni recompensa por ello. En aquella victoria pintada por Velázquez encontramos —como sombra muda— a Alatriste, tal vez presintiendo la última batalla: Rocroi. Ésta marcó el ocaso del Imperio y el destino final del capitán. Allí, en los campos de la actual Francia, los Tercios resistieron hasta el final. Y aunque Pérez-Reverte no describe la muerte de Alatriste, el lector sabe que ese es el lugar: entre los últimos en pie, espada en mano, sin esperanza pero con honor. Morir así no era perder, era cumplir con la vida. El lienzo del pintor Augusto Ferrer-Dalmau capturó aquel instante: soldados cubiertos de sangre, un alférez sosteniendo la bandera rasgada; dignidad en medio de la derrota. Y por entre las sombras de la pintura, Alatriste.

Nápoles aparece brevemente como escenario del pasado de Alatriste, pero su descripción es tan intensa como evocadora. La ciudad se desborda en su memoria, caótica y mestiza: ruidos, acentos y cuchillos por doquier. En los Quartieri Spagnoli, laberinto vertical de callejones empedrados, vivían soldados españoles, viudas y desertores en un medio sin ley ni belleza. Allí, en la Via Speranzella y en la Cuesta de los Tres Reyes, se respiraba supervivencia: posadas humildes, conspiraciones y silencios bajo ventanas abiertas al bullicio y la vida. Aquel era el hogar mil veces añorado del capitán. Un poco más abajo, en los ventorrillos de Chiaia y los oscuros tugurios portuarios del Chorrillo, se trajinaban dados, contrabando y malvasía barata, mientras a lo lejos, envuelto en sombras, el Vesubio recordaba que la gloria y la miseria pendían de un hilo de fuego. Alatriste e Íñigo pasaron por aquella ciudad única entre trifulcas y pasos sigilosos, sabiendo que en Nápoles cada día vivido era una partida de cartas marcadas ganada al mismísimo diablo.

Venecia, protagonista de 'Corsarios de Levante', era una ciudad de perlas y puñales, de belleza exuberante y traiciones subterráneas. Bajo un cielo de invierno siempre encapotado, espías y cortesanas conspiraban con la misma elegancia con la que una daga se esconde bajo la manga. Alatriste, recién llegado del Mediterráneo oriental, no extrañó esta ciudad de agua. Como tantas veces, requirieron los poderosos de su espada y su valor. En el Arsenal, corazón naval de la Serenísima, se forjaban galeras mientras la corrupción y la traición se tejían en cada astillero. Fue aquí precisamente donde una conspiración para asesinar al Dogo en la misa de Navidad se volvió caos sangriento. Alatriste, espada en mano, vio cómo el plan se desplomaba: conjurados muertos, fieles que huían y él escapando junto a Íñigo por pasadizos secretos y canales oscuros, rodeado de cadáveres y ecos de incienso y sangre. Para Alatriste, Venecia no tenía nada de Serenísima. Muy al contrario, supuso un laberinto turbulento de emboscadas, lucha y supervivencia. La ciudad, amordazada de escándalos, fue también una lección: en Venecia como en ningún otro lugar, la muerte era una máscara lujuriosa, hermosa y absurda.

En 'Corsarios de Levante', el Mediterráneo no es fondo escénico, sino personaje central: campo de batalla, frontera entre cruzada y herejía, belleza y cementerio flotante. Cartagena era puerto de partida: reclutadores del rey, marineros, prostitutas y soldados de ida sin retorno. Entre órdenes, viento y alma de sal, Alatriste se embarcaba rumbo al combate. También se mencionan en las aventuras mediterráneas de Alatriste ciudades portuarias como Túnez, Argel o Mesina, puntos donde la vida valía menos que un grito o una oración. Porque el mar, eterno enemigo, termina ahogando por igual el miedo y las oraciones. Territorios de paso, en sus orillas la vida valía poco y la muerte era moneda corriente. En este mar y esas ciudades, Alatriste no buscaba precisamente fortuna. En mitad de una batalla, sobre la cubierta de una galera llena de sangre, astillas y sal, sobrevivir era el único puerto al que cualquier maldito diablo, espada en mano, ansiaba llegar.

París aparece en 'El puente de los Asesinos' y en la reciente y última de las aventuras: 'Misión en París'. Lejos de ser la ciudad romántica que hoy imaginamos, París se extiende como un tablero político opaco, lleno de niebla, barro y traiciones. Allí, Alatriste reconocerá en sus calles el frío del destino, e Íñigo el de un conocido perfume; pero ambos aceptarán la misión a pesar de percibir el inequívoco, viejo latido de advertencia del veterano; ese que te indica que hasta los aliados podrían apuñalarte por la espalda.

La misión que los llevará desde París hasta La Rochelle, cruzándose en el camino con los Mosqueteros de Dumas, resultará ser un peligroso y sucio juego de tronos. El objetivo será secuestrar al cardenal Richelieu, el hombre más poderoso después del rey de Francia. Una misión suicida, ejecutada sin explicaciones, arriesgada por convicción silenciosa, bajo las no siempre limpias reglas de este mercenario honrado.

Madrid, Sevilla, Flandes (Breda, Rocroi…), Nápoles, Venecia, Cartagena, Túnez, Argel, Mesina, París son más que escenarios: son mundos. En cada uno, Diego Alatriste sobrevivió, luchó, conspiró y honró su código. No buscó fama ni riqueza, solo el honor singular, oscuro, que residía en sus propias reglas. Cada ciudad aporta un matiz: Madrid es literatura y duelo, Sevilla oro y muerte, Flandes barro y final del imperio, Nápoles caos mediterráneo, Venecia traición líquida, el Mediterráneo frontera infinita, París primicias de un mundo que ya no necesitaba espadachines como él. Al final, Alatriste no escribió su historia. La vivió. Y su destino quedó sellado en lugares donde el barro y el acero aún susurran su nombre.

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30 agosto 2025

Misión (de Milady) en París

María José Solano - zendalibros.com - 31/08/2025

Aunque 'Misión en París', la última aventura del capitán Alatriste, no concede presencia directa a Milady, sí nos queda constancia de una huella sutil y elocuente: un breve intercambio de sonetos (¿de amor?) entre ambos. Estos versos, nacidos de una sola noche de escarceo —y no en el fango de La Rochela, sino en el secreto de unas sábanas de Holanda—, atestiguan la intensidad y el peligro de esa pasión. Fue la antesala placentera de una empresa arriesgada, cuando la dama más peligrosa y el soldado más recio se rindieron, por unas horas, a lo inevitable del deseo.

Así pasó aquella noche, víspera de riesgo y de sombra, en que el capitán Alatriste se entregó, no sin cautela, a los brazos de la más peligrosa de las hembras. Lo cuenta, como el resto de su historia junto al capitán, el fiel Íñigo Balboa:

No fue en los caminos de Flandes, ni en las húmedas trincheras de La Rochela donde el capitán arrostró aquel singular enemigo, sino en una alcoba de París: Milady, peligrosa como un amanecer, aguardaba con la paciencia de los que saben que el tiempo les pertenece. Siempre cauta, entre el lino perfumado de las sábanas, ocultaba un puñal tan afilado como la sonrisa que dejaba entrever.

Alatriste la miró con la misma calma resignada con que miraba a la muerte en los campos de batalla. Sabía que esa mujer pertenecía a un tipo de hembra especial; hecha de promesas y abrazos letales. Su amigo don Francisco de Quevedo lo había resumido magistralmente:

“Que eres así a la espada parecida,

que matas más desnuda que

vestida”.

Y sin embargo, se quedó. Tal vez porque el destino pesaba más que la prudencia, y porque, en vísperas de misión incierta, hay un tipo de hombre que busca un último resquicio de consuelo en la piel de quien puede condenarlo. No hubo palabras de amor ni juramentos, sólo placenteros silencios y una primera mirada tan despojada de compromiso como una promesa incumplida. Fue un combate donde ninguno de los dos se rindió, pero donde ambos, a su manera, quedaron heridos.

Así la recordaría siempre el capitán: como una dulce sombra en la que se dejó envolver la víspera de jugarse la vida. "Nox atra cava circumvolat umbra", que diría el Fénix citando a los clásicos. Fue aquella una derrota inevitable, cuyo recuerdo a veces le sombreaba la piel como una noble cicatriz.

Como epílogo, aquellos dos sonetos, conservados en la Sección “Condado de Guadalmedina” del Archivo y Biblioteca de los Duques del Nuevo Extremo (Sevilla).

De Milady al Capitán Alatriste

Capitán, recordad la noche aquella,

cuando París, rendido a vuestros brazos,

cedió, sin voz, los muros de sus lazos

al asalto feroz de centinela.

Fui plaza abierta al golpe de la estrella

que guió vuestro paso por mis pasos;

y en cada embate, rotos los abrazos,

mi cuerpo fue frontera sin querella.

Vuestro clarín marcó la acometida,

y en sábanas, trincheras encendidas,

juré perder banderas y gobierno.

Hoy guardo en la memoria la embestida,

aquel fragor de lides compartidas,

que aún quema más que todo fuego eterno.

*

Soneto del capitán Alatriste a Milady

No trueco acero por blanduras vanas,

ni el tajo por la flor de galas mansas;

mas sé que en tu bastión hallé las lanzas

que hieren más que pólvoras cristianas.

Tus ojos —dos almenas soberanas—

rindieron mis espadas y mis plazas;

y en campo de tu piel, con breves trazas,

mi estandarte juró nuevas hazañas.

París fue fuerte en noche guarnecida,

sus calles, laberinto de emboscada,

tu abrazo, trinchera en llama erguida.

Mas toda lid, si vence, deja herida:

y amar, Milady, es carga a cuchillada,

gloria que sangra, paz que no se olvida.

28 agosto 2025

Una España de dioses y demonios

Ignacio Camacho - ABC - 29/08/2025

Se viene un nuevo Alatriste en septiembre. Esta vez se trata de una aventura en Francia durante las revueltas de los hugonotes en el siglo XVII, escenario que acentúa aún más el parentesco entre el mosquetero D'Artagnan y el personaje de Pérez-Reverte, aunque este último ofrece un perfil menos idealista, que lo aproxima a las características heterodoxas de un antihéroe. Arturo es en cierta medida una especie de moderno Dumas hispánico, un novelista de producción prolífica y enorme éxito editorial gracias a los rasgos clásicos de su narrativa y, como el hijo del Conde Negro, disfruta de la popularidad en vida y utiliza la relevancia de su firma para participar en el debate público con una mirada crítica, una perspectiva a caballo entre el distanciamiento cínico y el escepticismo pesimista, a menudo desdeñosa y hasta cruel con la estrechez de miras, la banalidad intelectual, la desnudez ética y la precariedad estructural de la nomenclatura política.

La saga de Alatriste, eufónico nombre tomado de un colega mexicano, ha adquirido suficiente valor pedagógico para que algunos centros escolares lo usen como instrumento para explicar a los alumnos la atmósfera social del Siglo de Oro. Y supone de hecho, con los matices de perspectiva que cada cual quiera apreciar, una interesante revisión literaria e histórica de ese período sin el cual resulta imposible entender lo que los españoles somos. Esto es, una mezcla no siempre afortunada de dioses y demonios. De hidalguía y de mezquindad, de egoísmo y de entrega, de nobleza y de materialismo, de cicatería moral y de grandeza épica. Capaces de arruinar el país a base de sangrientas querellas internas y al tiempo de levantar toda una civilización de nueva planta en América. Inquisitoriales y generosos, creativos en las artes y destructivos en la convivencia. Y casi siempre empeñados en dar al traste con los logros colectivos de nuestras mejores épocas.

La comprensión de esos claroscuros requiere un esfuerzo de abstracción objetiva poco grato y menos frecuente en este tiempo de apriorismos doctrinarios, de tensiones polarizadas, hostilidades banderizas y alineamientos esquemáticos cuya óptica sectaria se extiende hasta la interpretación del pasado. Reverte no es un historiador, ni lo pretende, sino simplemente un escritor empeñado en escapar de los brochazos dogmáticos con que cada ciudadano contemporáneo esboza su propio cuadro. Por eso su protagonista es un mercenario; ha elegido, como el anónimo del 'Lazarillo', a un tipo de condición canalla, aunque conserve ciertos códigos de lealtad, para que su relato atraviese con pragmática lucidez un laberinto de espejos cruzados. Sólo mediante esa ambivalencia promiscua, donde conviven la gloria y la mediocridad, la hazaña y el fracaso, es posible pintarnos a nosotros mismos, entonces como ahora, sin miedo a salir desfavorecidos en el autorretrato.

24 agosto 2025

«Misión en París»: El capitán Alatriste catorce años después

Javier Ors - La Razón - 24/08/2025

Después de una larga espera, el próximo 3 de septiembre llega a las librerías la nueva aventura del espadachín. El filólogo Alberto Montaner y el historiador Àlex Claramunt cuentan qué supuso para la literatura la aparición del personaje y cuáles han sido las aportaciones que trajo a la historia y las letras españolas.

Con una espada, o toledana, prendida del cinto o tachonado, una vizcaína al alcance de la mano y un coleto de cuero por lo que pueda suceder, apareció, hace ya casi treinta años, el capitán Alatriste. Un hombre de fortuna, espadachín a sueldo, soldado de tercios, que no era el varón más honesto ni tampoco el más piadoso, pero era valiente, como reza la frase que abre sus aventuras, que llegaron a las librerías en un distante ya 1996, cuando nadie las aguardaba. Con la dura garla, o habla, de la germanía la jerga de los delincuentes en la lengua, y la mirada de los jaques y gentes de la carda o de la hoja, los que se ganan la vida con el filo, trajo consigo, y con sus amigos, el recuerdo de la literatura del Siglo de Oro y a los olvidados ejércitos que pelearon por aquella monarquía hispana, convirtiéndose en un éxito imprevisto y, lo más importante, en el último gran arquetipo que han aportado nuestras letras, lo más arduo de conseguir para cualquier escritor. 

«Es un Ulises que vuelve de Troya, un hombre desencantado, derrotado por la vida, no vencido, lo que significa que es capaz de combatir, no por grandes ideas con mayúsculas, sino por las complicidades con los viejos camaradas. Es un personaje que adquiere su talla heroica porque lucha cuando no le quedan ideales y que lo hace solo por fidelidad a él y a esos amigos. Esto es lo que lo salva del nihilismo absoluto y la inacción. Eso es lo que le da su aura y es, por supuesto, una de las claves que han hecho posible que trascienda la literatura y que se convierta en un arquetipo y entre en el panteón donde están Frankenstein, Drácula o Sherlock». Alberto Montaner, filólogo, historiador, amplio conocedor de los territorios novelísticos revertianos, remata la sentencia y asegura: «El principal mérito de la saga es que ha resucitado el género de capa y espada dentro de una logradísima ambientación histórica, pero siempre teniendo presente que no es una novela histórica. Son libros de aventuras, aunque tengan un trasfondo real reconstruido con enorme minuciosidad, como es costumbre en el autor, aunque lo que leemos son historias imaginarias, donde pueden aparecer personajes auténticos. Cuando surge Alatriste, este género había desaparecido de la literatura española y de Occidente. Estaba muerto. Él lo resucita y no lo hace como un pastiche, sino muy bien adaptado a las sensibilidades actuales y con una clara modernidad. De lo contrario no hubiera tenido ni tendría este éxito».

Àlex Claramunt es historiador y director de Desperta Ferro Historia Moderna. Cuenta que «tenía 12 o 13 años cuando leí Alatriste». «Uno de los elementos que despertaron mi pasión por la historia, y los siglos XVI y XVII, fueron estos libros. Me gustaron y me aficioné al tema. Eso fue lo que me abrió la puerta a los grandes cronistas de esa época, el mundo de los tercios y los clásicos de Julio Albi. Eso, sin duda, proviene en una buena medida de Alatriste y Pérez-Reverte». Él mismo apunta cuál ha sido, desde su punto de vista, los logros de estos volúmenes: «Alatriste es un personaje muy vinculado con la tradición española de autobiografías de soldados. Y eso lo recupera. Hay unas soldadescas de personajes reales que nos dejaron las historias de sus idas y venidas, unas más veraces y otras menos, pero todas muy idiosincráticas. En Alatriste se entrevén trazas de ellos, sobre todo de Alonso de Contreras». Para Claramunt, el personaje revertiano encarna a la perfección a estos «típicos soldados, espadachines, de origen hidalgo algunos, pero sin posibilidades económicas, que, a través de la espada, se ganaban la vida como soldados, o a lo mejor de unas formas menos nobles. Este tipo de personaje, que es anterior, va creando el estereotipo del soldado de tercios, en esa dimensión de bravucones, pendencieros... Lo vemos en la Comedia del Arte; en este sentido, Alatriste pertenece a esa tradición y responde al arquetipo del soldado del Siglo de Oro y a cómo se veían a sí mismos».

Pero ¿qué sucedió? Después de siete entregas, todas recibidas con aplauso por parte del público, Arturo Pérez-Reverte dejó de lado a este personaje, el éxito que le había reportado y las reclamaciones insistentes de que regresara a él. Sin decir nada, sin ofrecer una explicación, lo abandonó y dejó de lado durante unos largos catorce años. ¿Por qué? El autor, siempre prudente en este punto, como en otros, eludió respuestas comprometedoras y evitó el asunto, pero una vez reconoció que necesitaba el paso del tiempo se asentara en su mirada y disponer de unos ojos más otoñales, más permeados por las vivencias y el calendario, para abordar la etapa final de Alatriste. Ese momento ha llegado y el próximo 3 de septiembre publicará 'Misión en París' (Alfaguara), el regreso de su héroe más conocido, que acometerá una operación al servicio del conde duque de Olivares y que, en el camino, se encontrará con los tres mosqueteros. ¿Qué ocurrirá entre ellos? ¿Se batirán en duelo?

Alberto Montaner, que, reconoce, ha leído el libro, se muestra prudente como un gato delante de un balde de agua y no revela nada, ni un dato, pero sí afirma con convicción: «Se nota que han pasado estos años en cómo está escrito este libro. Cuando dejó la serie, Pérez-Reverte estaba en el apogeo como narrador, pero ahora ha afinado más sus herramientas narrativas y se nota, por ejemplo, al adjetivar y en cómo está narrada la historia. Aquí hay un guiño a los tres mosqueteros, como usted dice. Eso es algo que, al parecer, tenía en mente». Montaner remarca no solo que «se nota una evolución de Pérez-Reverte como narrador» sino que «sin duda ninguna, esta es una de las novelas mayores de la serie. La impresión que me deja es la de una novela perfectamente ensamblada, de una gran densidad narrativa, una atmósfera bien recreada y una perfecta relación de los personajes. En todos los niveles. Es una rica, con muchas sugerencias, guiños y evocaciones que hacen recordar de dónde proviene Alatriste. Merece la pena que hayamos tenido que esperar 14 años. Cumple, con creces, las expectativas que se habían creado. Ha merecido la pena esperar para leer esto. Es uno de los libros de Alatriste que quedarán en la memoria».

Claramunt incide en una de las aportaciones que trajo consigo Alatriste. «Cuando apareció, las tendencias de historia militar iban por otros vericuetos. A nadie le interesaban los tercios. Pero ya a partir del primer libro de Alatriste, recobraron su importancia en el ámbito académico y divulgativo, sobre todo porque luego coincidió con los centenarios de Carlos V y Felipe II en 2000. Sí, esto ha sido uno de sus méritos. Es innegable. Recuperar el interés militar de la España imperial». Pero, Claramunt añade otros méritos, nada menores, como es la evocación de la figura de Quevedo, siempre entre la espada y la poesía, que caló entre los jóvenes, volver a traer a la actualidad la literatura de aquellas centurias y la recuperación de la jerga de los delincuentes del Siglo de Oro y el complejo ejercicio de ensamblarlo con nuestro lenguaje actual: «Para mí, este es uno de los grandes aciertos de la novela y uno de los puntos que aporta más verosimilitud. Muchas veces, cuando leemos novela histórica, las elecciones del habla de los personajes y el tono narrativo, desentona, pero en Alatriste no ocurre eso. Al contrario. Es una delicia. Al igual que la inclusión de una selección de poemas, algunos de época, otros de amigos suyos... Eso le da un punto extra, realmente».

Montaner, en ese mismo sentido, comenta: «Lo que pretendía Arturo Pérez-Reverte no era dar clases de historia, sino contar unas aventuras que suscitaran interés por la historia. Ahí existe una labor de divulgación histórica, aunque entre los historiadores profesionales despierta recelo. Pero aquí la pretensión pasaba por hacer un producto literario que sirviera de vía de acceso a la literatura relacionada con esa época y con la historia de España, que, al final, también es la de Europa, porque con Alatriste hemos estado en Flandes, en galeones de las Indias, el norte de África, Italia y, ahora, en Francia. Ese componente de llamar la atención es formativo, porque incita la curiosidad intelectual, abre la mente a otros espacios, empezando por nuestro pasado más afín. Creo que sí es verdad que Arturo Pérez-Reverte ha modelado y ha construido la percepción de la historia en este sentido». Pero Montaner aprovecha para puntualizar un tema: «Los que busquen una defensa o una condena de ciertos valores en estos libros se equivocan de pleno. Tanto los que ven a Alatriste como una exaltación de las gestas imperiales como aquellos que lo interpretan como una crítica a esos hechos se equivocan. Lo único que demuestran esas voces es que entienden mal a este personaje que, en realidad, no cree en muchos ideales y que es un intento de recuperar las grandes novelas de aventuras».

https://www.larazon.es/cultura/literatura/mision-paris-capitan-alatriste-catorce-anos-despues_2025082468aa641dfb354e4b3d1c86da.html

06 agosto 2025

'The Times' se hace una seria pregunta sobre España tras ver estos dos tuits de Pérez-Reverte


Sergio Coto - huffpost.com - 06/08/2025

El prestigioso periódico británico 'The Times' ha publicado un artículo este martes tras el debate que se ha formado en pleno verano con dos tuits que publicó el escritor Arturo Pérez-Reverte. El citado medio se ha hecho una pregunta que el novelista ha planteado en las últimas horas: "Picasso o Goya: ¿Quién creó la pintura más importante de España?", se ha preguntado.

Reverte publicó un mensaje el pasado 3 de agosto tras lo que escuchó decir en la radio. "Esta mañana oí decir en una emisora de radio a un especialista en historia del Arte que el Guernica 'es el cuadro más relevante de la pintura española'. Siete horas después, todavía no me he repuesto de la impresión", explicó, junto a una imagen de la pintura de Picasso. Un usuario le preguntó que cuál cree que es la pintura más relevante de España y contestó lo siguiente: "¿El cuadro más relevante de la pintura española?.. No estoy completamente seguro. Tal vez Las meninas, pero es sólo mi opinión", ha detallado. Minutos después, el propio Arturo Pérez-Reverte compartió otro mensaje sobre cuál creía que era uno de los cuadros más representativos de España, el Duelo a garrotes de Goya: "Y, bueno. Relevante no sé, oigan. Doctores tiene el Arte. Pero, en mi opinión, éste es el más representativo. Picasso nos pintó el Guernica, pero Goya nos pintó el alma".

Tras ver el "acalorado debate público" que se ha formado con los mensajes del escritor español, 'The Times' ha hablado de ello. "El combativo novelista superventas, cuestionó la afirmación de Miguel Ángel Cajigal, crítico de arte, de que el Guernica de Picasso era la obra más importante de España", ha detallado el citado medio. "El debate sobre qué pintura define mejor a España se ha dividido ampliamente entre aquellos que ven el Guernica como la pintura de una España democrática moderna que una vez vivió bajo la dictadura, y aquellos que consideran que la obra de Goya no es menos trágica, un autorretrato de un país sumido en su propia historia", ha explicado el medio británico.

https://www.huffingtonpost.es/virales/the-times-seria-pregunta-sobre-espana-ver-dos-tuits-perezreverte.html

https://www.elconfidencial.com/cultura/2025-08-06/debate-perez-reverte-pintura-espanoles-1qrt_4186941/

https://www.telecinco.es/noticias/cultura/20250807/arturo-perez-reverte-debate-pintura-espanola-picasso-goya_18_016318916.html