El Mundo - 05/07/2026
Hay que reconocerle al azar, ese hijo de la gran puta con guadaña y negro sentido del humor, cierta oportunidad pedagógica. En el preciso momento en que una joven de veinte años llamada Leonor de Borbón Ortiz se adiestra para heredar dignamente el trono de España —lo que debería ocurrir con normalidad tarde o temprano—, el país entero se ha convertido en una interesante escuela de ciencias políticas al aire libre. No existen Oxford, Harvard ni universidad alguna capaces de ofrecer un máster como el que esta desdichada nación, país, estado federable o como se llame ahora, lleva tiempo dando en horario de máxima audiencia internacional, con entrada libre y wifi gratis. La ocasión es única, así que confío en que la futura reina esté aprovechando la situación para estudiar los mecanismos. Para calar hondo con qué paisaje, y sobre todo con qué paisanaje, en el futuro se jugará la corona. A fin de cuentas, el que avisa no es traidor. Y la gentuza infame que ha hecho de todo esto su negocio lleva mucho tiempo avisándonos.
Primera lección: la taxonomía del sinvergüenza
España, en su rica variedad de pueblos y gentes bajo ningún concepto españoles, o según, o depende para qué y lo que se cobre, posee un catálogo extraordinario de sinvergüenzas vinculados al ejercicio de la política. No son todos los que están, pero sí muchísimos de los que son. Se trata de una fauna autóctona, distinta a los políticos de otras latitudes, que ningún libro de texto, ningún curso universitario, recogerían con suficiente rigor. Porque aquí hay de todo, y están a la vista en la radio, en la tele, en las redes sociales: el que miente sin pestañear, el que negocia con quien juró que nunca negociaría, el que argumenta que han cambiado las circunstancias cuando lo único que cambia es el precio por el que vende a su madre... Tenemos al sinvergüenza periférico que exige lealtad para él y los suyos mientras por un colmillo escupe rencor y por el otro pide más chicha para el pesebre. Y tenemos, por supuesto —especie más común—, al que acusa a todo cristo de lo que él mismo practica con esmero artesano.
Segunda lección: el lenguaje como arma de destrucción masiva
Las mejores universidades del mundo imparten cursos de retórica. Aquí la impartimos en sede parlamentaria, en "prime time" y sin cobrar matrícula. Hemos logrado retorcer el lenguaje, vaciar unas palabras, abusar de otras y liarlas todas en un arte muy español, depurado por políticos paradójicamente analfabetos. Aprenda quien deba hacerlo a distinguir entre lo que se dice, lo que se quiere decir, lo que se hace y lo que se dice cuando a uno le recuerdan lo que ha dicho, o no dicho, o hecho, o no hecho aunque dijo que lo haría, o viceversa. Aprenda una futura reina española, por la cuenta que le trae, que diálogo significa monólogo ante testigos ajenos con aplausos propios. Que acuerdo de país quiere decir me dan lo que me sale de los cojones. Que regeneración democrática es el comodín para maniobras que olerían a podrido en cualquier democracia normal. Que memoria histórica significa la mía pero no la tuya... Etcétera, etcétera y varios etcéteras más.
Tercera lección: La geografía del poder real
Ningún protocolo, ningún tratado de derecho constitucional, ningún especialista explicará a una princesa, con tanta claridad como esta última legislatura, dónde reside el poder verdadero en España: no en el Congreso, teatro grotesco donde los actores llevan el guión escrito de antemano y aplauden o abuchean según el pienso que les echan —de ahí viene la famosa frase pienso luego existo—. Tampoco en el patético Senado, que cumple la función decorativa de un jarrón chino de quince euros. Está en los despachos de quienes tienen votos que vender y comprar, en los pasillos donde se negocia a oscuras lo que se debería debatir a la luz, en las cloacas donde se ajustan cuentas, se financia a los compadres y se desacredita a hombres y mujeres valientes que todavía creen la justicia, la honradez y la decencia.
Cuarta lección: el arte de sobrevivir
Es la lección más valiosa del máster, y tampoco figura en ningún programa de estudios oficial. La supervivencia política en España no la garantizan la honestidad ni el talento —virtudes que, practicadas en exceso, son letales para un aspirante ingenuo—. La garantizan la tribu, la red clientelar, la familia pronunciada con acento italiano; el yo te debo a ti y tú me debes a mí de toda la vida, común a políticos del todo el mundo, pero que aquí se ejerce de manera tan descarada y torpe que parece tengamos la exclusiva de rascapuertas, patanes y ladrones. Aprenda la futura jefa del Estado, con los ejemplos a la vista, la importante distinción entre amigos leales y compadres coyunturales. El amigo dice la verdad y el compadre dice lo que quieres escuchar en cada momento. Y en política española, mientras que los amigos son especie casi extinta, los compadres abundan como chinches en costura. Sobre todo cuando, desde un ministerio hasta una concejalía de urbanismo, hay viruta para trincar y repartir.
Quinta lección, la más importante: el ciudadano
Al fondo del espectáculo, pagándolo con su trabajo, su frustración y su amargura, está el español de infantería: ése al que desangran a impuestos y tardan meses en dar cita para averiguar si tiene cáncer, que vive con sus padres porque no puede alquilar un piso, que encuentra en la calle al que hace dos días le robó impunemente a punta de navaja, que lleva cada mañana a sus hijos al colegio en vez de ceder a la tentación de enseñarles a fabricar cócteles molotov. Que encaja toda esa mierda con un estoicismo que Séneca habría admirado, y que llevado por una lucecita de esperanza vota cada cuatro años con la ilusión de que algo cambie un poco. Pero cuidado con ése, estimada princesa, futura reina, querida señora. Porque en ese ciudadano anónimo en apariencia manso pero cada vez más cabreado, está la última línea de cordura. Y la historia de España demuestra que un tiñalpa de ambos sexos aguanta mucho; pero cuando se harta al fin, lo hace de golpe y es capaz de ponerlo todo patas arriba. Nada hay más imprevisible, vengativo y peligroso que un español acorralado.
Sexta lección: los griegos y los romanos lo contaron todo y nadie les hace caso
Aquí es donde viene el consejo más importante para una futura jefa de Estado: leer a los clásicos griegos y latinos. No por necesario ni elegante, que también, sino porque desde hace casi tres mil años describen con precisión admirable el circo que tenemos ante los ojos. Eso significa que lo nuevo es simplemente lo olvidado, y que en naturaleza política no hemos evolucionado un carajo. Lo cual es tan desolador como tranquilizador: demuestra que esto no tiene arreglo, pero también que los seres humanos no somos hoy peores que hace veinte o treinta siglos.
Está bien empezar por Tucídides, porque 'La guerra del Peloponeso' no es un libro de batallitas antiguas, sino un espejo. Ahí encontramos, por ejemplo, al demagogo Cleón de Atenas, comerciante de pieles zafio y vociferante que subió al poder a base de insultar a los aristócratas, prometer lo imposible y halagar al pueblo con promesas irrealizables. Tucídides advierte de que la democracia no cae de golpe sino paso a paso, con cada concesión al populismo, con cada mentira que nadie rebate porque es más cómoda que la verdad desnuda. Y tampoco sobra Plutarco, cuyas 'Vidas paralelas' son el mejor manual de autoayuda política jamás escrito. Plutarco coloca a griegos y romanos ilustres frente a frente para que el lector saque conclusiones: que el poder corrompe, que la vanidad destruye y que hay distancia infinita entre el estadista y el político aunque ambos salgan en los mismos telediarios y frecuenten los mismos restaurantes. El estadista piensa en el siglo siguiente y el político en las próximas elecciones. Distinguirlos es difícil, pero no imposible. Basta con observarlos cuando creen que nadie mira, o fijarse en quienes los vitorean.
Tampoco hay que olvidar a Cicerón, Suetonio, Tácito y otros. Nos recuerdan que la República romana tardó un siglo en morir, pero murió exactamente de lo que vemos ahora en España: erosión de las instituciones, desprestigio de la justicia, demagogia galopante y tendencia a saltarse las normas argumentando que la situación es excepcional —la situación en Roma fue excepcional durante cien años seguidos, hasta que dejó de ser República—. Y ya metidos en faena no olvidemos a Juvenal, autor de una frase que envidiaría cualquier tertuliano de la radio o la tele: pan y circo. Al pueblo, decía ese fulano con sarcasmo vitriólico, no le importan las victorias, las derrotas o las leyes. Sólo quiere comer, entretenerse y aplaudir al que reparte. Dos milenios después, el pan se llama subsidio, bono cultural juvenil o lo que sea, y el circo se llama cervecita del domingo, fútbol y redes sociales; pero el mecanismo es semejante y el resultado igual. Por otra parte, a Juvenal es mejor leerlo en latín, porque traducido al español todavía duele más.
Séptima lección: cómo este espectáculo explica la guerra civil mejor que un libro de historia
Y llegamos, señora mía, a la lección más incómoda. Observe a los hombres y mujeres que luchan por el poder en España. Estudie sus ademanes, sus palabras, el modo de construir enemigos discurso a discurso, titular a titular. Y luego abra un libro de Historia, ponga el dedo en el año 1936 y verá que la gentuza es idéntica: los mismos odios, envidias y ambiciones, la misma disposición a incendiar lo común para que el adversario no lo herede. Lo que cambia no son los actores, sino el telón de fondo: hace noventa años el pueblo era mayoritariamente analfabeto y la Segunda República un proyecto inconcluso que unos querían demoler por la izquierda y otros por la derecha. Había socios extranjeros, rencor, armas y gente dispuesta a usarlas, porque los irresponsables y los canallas nos habían convencido de que el de enfrente no era un compatriota con el que debatir, sino un enemigo a liquidar.
El resultado está en los libros: medio millón de muertos y una herida de cuarenta años que todavía supura, pretexto favorito de los herederos políticos de quienes a uno y otro lado la abrieron. Carentes de ideas, cultura y grandeza, los mediocres de hoy se agarran a lo que pueden, resucitando fantasmas que costó tiempo y generosidad enterrar. El problema de España no son los hijos de puta muertos, sino los muchos hijos de puta vivos que se alimentan entre sí. Necesitan odio porque un adversario es la fuente de financiación emocional, el monstruo que agitas ante el electorado propio para que no se duerma ni se vaya con otro. Ahora no se mandan pistoleros entre ellos porque no pueden, y no es que algunos no quieran. Lo que pasa es que la Europa del siglo XXI que les suelta pasta, los juzgados que aún funcionan, la prensa que todavía pregunta, lo impiden. Por eso, con descaro y eficacia, fabrican odio industrial y lo distribuyen para que los ciudadanos odien en su nombre. Obligan así a participar en sus rencores y vilezas particulares, a sentirse en guerra con el vecino que vota diferente, con el cuñado que piensa distinto, con el compañero de trabajo que va a lo suyo. Pero cuando les conviene ponerse de acuerdo, esos canallas se van juntos a cenar.
Octava lección: el cuarto poder y sus servidores de alquiler
Observará usted, joven señora, entre quienes maman del poder, una variedad humana que merece capítulo aparte: el periodista al servicio del amo. No hablo del periodista que ejerce con honestidad y un mínimo de rigidez vertebral, sino del chupapollas de cámara, el tertuliano de nómina, el articulista que cada mañana recibe su línea editorial por WhatsApp y la transforma en opinión propia con absoluta desvergüenza. España ha construido un sistema mediático corrupto donde cada trinchera política tiene voceros y tertulianos de plantilla dispuestos a defender lo contrario de lo que defendieron ayer, si quien les llena el pesebre cambió de posición en el intervalo. Aprenda por tanto una futura reina a leer entre líneas. A saber que cuando un tertuliano de cuota habla con especial pasión de la inmoralidad ajena, conviene averiguar quién le paga la moralidad propia.
Novena lección: la izquierda que nos la metió doblada y la derecha que nos la va a meter
Preste atención ahora, joven alteza, a otro espécimen de notable interés pedagógico: el izquierdista sectario incapaz de concebir que alguien con diferente opinión pueda ser algo más que un fascista encubierto, un ignorante o un mal nacido. Hablo de una izquierda sin sentido del ridículo que ha transformado la causa de los trabajadores y parias de la tierra, que originalmente era la suya, en un gallinero de identidades competitivas; la solidaridad, en una lista privada de admisión; y el pensamiento crítico, en una letanía de cancelaciones. Robespierre, señora —nombre que conviene recordar junto con su destino final—, empezó reclamando libertad para el pueblo y aplicó la guillotina como solución final. La certeza moral es la más peligrosa de todas; aún más que el tiro en la nuca, porque éste, a veces, acarrea remordimientos. La convicción ideológica fanática, no. Ésta genera purgas, listas negras, cancelaciones, gulags, verdugos en busca de víctimas para justificarse.
El sectarismo de esa izquierda extrema no se diferencia gran cosa, en los últimos tiempos, del sectarismo en el que se engolfa la extrema derecha, cada vez más xenófoba, populista y crecida. Ambos dividen a los ciudadanos entre los que piensan correctamente y los que no, sitúan la frontera según les conviene y administran la indignación y el cansancio de los ciudadanos como recurso propio. Es interesante que tanto esa izquierda como esa derecha devoren a sus propios hijos, o padres, cada vez que alguno disiente del dogma en vigor. Para unos eres un fascista nostálgico y para otros un vendepatrias masón. Hay una ironía perfecta en el hecho de que unos y otros, los supuestos herederos del jacobinismo revolucionario y los duros apologetas de la ley y el orden, manifiesten —unos empezaron antes que otros, pero todos lo hacen ya— el mismo afán de control ideológico que dicen detestar en el adversario.
Décima lección: el arte de mantenerse en el poder demoliendo un estado
Llegamos a la lección contemporánea más notable: el político que convierte la supervivencia personal en asunto de Estado y la permanencia en el poder en único objetivo, que persigue con una tenacidad que en otras circunstancias, al servicio de una causa noble, sería digna de admiración. No escribiré hoy nombre ni apellido porque tampoco he escrito otros, pero no hace falta; hablo de ese individuo profundamente amoral, con capacidad extraordinaria para absorber golpes políticos, reinventar el discurso y empezar cada día con el cinismo descarado de quien parece que acaba de ganar cuando en realidad acaba de perder. Con el descaro de quien considera que los hechos son una opinión y las palabras una realidad cambiante según convenga. Ese político de feroz intuición e instinto de supervivencia, enfrentado a una oposición incompetente, patética, torpe, incapaz de utilizar las herramientas de que dispone, ha decidido que el poder no es un medio, sino un fin en sí mismo. Que una presidencia de Gobierno no se ejerce, se habita. Y que todo lo demás —instituciones, equilibrios, pactos para la convivencia, medios públicos, Boletín Oficial del Estado— sólo son herramientas para quien tenga la desvergüenza necesaria y la mayoría suficiente; aunque esa mayoría haya que comprarla cada vez más cara, en distinta moneda y a proveedores oportunistas.
Lo que ese gobernante hace con el Estado no es dirigirlo, sino negociarlo trozo a trozo, competencia a competencia, como quien desmonta un reloj que no es suyo para pagar deudas con las piezas, con la certeza de que cuando ya no quede reloj, dar o no dar la hora será problema de su sucesor. La clave del método es que nunca destruye de golpe: eso generaría alarma, resistencia, escándalo. Destruye en cuotas, con el lenguaje de la modernización, del diálogo, de la España plural y diversa que avanza hacia un horizonte que se desplaza cada vez que uno se acerca. Toda claudicación se vende como logro planetario, cada cesión se camufla de generosidad democrática; y si alguien señala el agujero donde antes había un pilar sólido, se le acusa de estar al servicio de oscuras fuerzas fascistas. Es el mecanismo defensivo del político sin escrúpulos desde el Catilina ciceroniano: si te pillan, ataca; si te acorralan, insulta; si demuestran que mentiste, acusa de conspirar. Basta volver a los clásicos y echar un vistazo. Todo ocurre desde hace siglos, las consecuencias están en los libros de Historia y sin embargo seguimos dejándonos torear. Cada vez menos, tal vez. Cada vez con menos paciencia. Pero seguimos.
Así que bienvenida a esta nueva y siempre vieja España, princesa Leonor, futura reina, estimada señora. Aproveche el máster que con tanta elocuencia la gentuza que nos rige y la que aspira a regirnos ofrecen a su todavía tierna generación. Tarde o temprano será usted quien deba lidiar con esta pandilla de sinvergüenzas y payasos enfermos de incultura, de envidia, de ambición, de poder, de odio. Le será todavía más difícil que a sus muy dignos padres —que hacen su trabajo con extraordinaria profesionalidad y prudencia—. Pero con tales bueyes tendrá que arar. Hay, de todas formas, una frase de su lejano y fugaz antecesor en el trono, Amadeo de Saboya, que ahora que están de moda los tatuajes tal vez debería usted situar en algún lugar adecuado de su joven anatomía:
"Si al menos fueran extranjeros los enemigos de España, todavía. Pero no. Todos los que con la espada, con la pluma, con la palabra, agravan y perpetúan los males de la nación son españoles".
https://www.elmundo.es/opinion/2026/07/05/6a4ac139e85ece821f8b4570.html