03 mayo 2026

A sala llena, Pérez-Reverte habló de Alatriste, la guerra y su nueva novela, 'Misión en París'


Inés Hayes - Clarín - 03/05/2026

La cola para la sala con más capacidad de la Feria Internacional del Libro de Buenos Aires empezó temprano. El sol llegaba completo a uno de los patios de La Rural. Las 500 sillas de la sala José Hernández se ocuparon todas y a las 17:05 el periodista Jorge Fernández Díaz presentaba a su amigo, el escritor español Arturo Pérez-Reverte, con su nueva novela, 'Misión en París' (Penguin), en la que su mítico personaje, el Capitán Alatriste, vuelve con sus aventuras luego de más de una década de hacerse esperar.

“Después de muchos años, cuando parecía que su mítico espadachín ya lo había dado todo –dijo Fernández Díaz–, Arturo escribió una nueva peripecia de Alatriste en 'Misión en París'. Su autor fue corresponsal de guerra y hoy camina por las calles de Madrid, tiene 7 millones de lectores en todo el mundo. Para este gran narrador, la literatura es el juego más serio del mundo y supo arrebatarles a los anglosajones la épica de los mosqueteros. Desde que comenzamos a leerlo pasamos las páginas y somos de nuevo niños adultos: nunca fuimos más felices que cuando leemos esos libros de aventuras”. Luego de un cálido abrazo de bienvenida, Reverte dijo: “Ya es una vieja tradición que tú y yo nos encontremos acá, con lectores y lectoras, para charlar de nuestras cosas”.

"¿Cómo fue doblegarte a vos mismo para volver a crear a Alatriste?", le preguntó Fernández Díaz, y Reverte explicó que se cumplían 30 años del primer libro y lo que lo venció fue el desafío de volver a escribirlo no siendo el mismo. “Alatriste tampoco es el mismo –explicó el español–, volví a leer los 7 volúmenes de la serie y me sentí bien, fue como reencontrarte con viejos amigos en una taberna. Y fue interesante porque yo tengo un lado oscuro como Alatriste, era como una forma de competencia, a ver quién tenía más fantasmas. El libro no es ficción del todo, se disimula en recovecos narrativos, pero soy yo y es mi memoria. Ha sido un proceso interesante y doloroso: me di cuenta de que soy mayor y llevo una mochila llena de remordimientos”.

Ante la pregunta del periodista sobre qué significó que se hayan hecho series, películas, que se den sus libros en los colegios y que hasta haya rutas gastronómicas en homenaje a sus libros, Pérez-Reverte dijo que había ido más allá de lo que esperaba: “Empecé a escribir para recuperar una parte de nuestra propia historia, pero los libros se terminaron convirtiendo en una reflexión sobre la soledad, la oscuridad, el fracaso, y de qué manera palabras como patria, religión, bandera se han ido desgastando con el paso de la vida. Fui educado en un mundo donde los policías eran honrados y los políticos eran honestos, pero después descubrí que me habían estafado y había que construir un baluarte donde atrincherarte en el valor y la lealtad”.

Fernández Díaz le consultó sobre su desafío de escribir historias sobre mosqueteros siendo español y el escritor le respondió que creció en una casa con biblioteca: “A mis 16 años había leído de todo, me eran familiares las historias, el cine, mi imaginario era la aventura, el mar, el Mediterráneo, para mí nunca hubo complejos, quería escribir aquello que me había hecho feliz. Nunca quise ser novelista, fue un accidente, quería escribir sobre aventuras, por eso me hice reportero, no quería que me aplaudieran los críticos y eso me llevó donde me llevó. Tú entiendes porque nunca has querido complacer, has querido ser feliz contando historias y que el lector las comparta. Para mí cada novela es una aventura”.

'Misión en París' transcurre en el año 1628 y el escritor tenía el trabajo de no repetirse: “Cuidado, porque puede ser un pastiche, me dije. Tenía que crear un libro original, creíble. Cuando tienes mi edad (75 este año), necesitas probarte constantemente cosas, cuando voy a navegar pienso si seré capaz de bancarme lo que pasa, la tormenta, ese desafío de ver si soy capaz todavía, me da valor y respeto por mí mismo y eso es oro puro”.

Jorge Fernández Díaz y Arturo Pérez Reverte se conocieron en 1994 en tiempos de 'El Club Dumas' y desde entonces se hicieron amigos y cada uno lee el libro del otro, muchas veces antes de que salgan a la venta. “Estamos a pocos días de que se lance un nuevo libro tuyo que no está todavía en la Argentina, que llegará en unos días y, sin embargo, no puedo resistir la tentación de hablar de ese libro, un libro inesperado. 'Enviado especial' es una biografía de guerra y el hombre que está en la tapa fumando –el periodista y escritor levantó de la mesa el libro y lo mostró al público– es Arturo como corresponsal de guerra. Los editores han hecho un trabajo espectacular con tus reportajes (como les dicen en España a las crónicas) de guerra. ¿En cuántas has estado?”, preguntó el argentino.

“En 17 o 18. Cuando vives pendiente del reloj, de una conexión por satélite para enviar el material, eres un egoísta profesional: si no transmites, nada de eso vale para nada, y para eso necesitas conseguir la información, comprar a policías, a aduaneros, a soldados, llevar mucho tabaco encima para conseguirlo. Las tácticas que tiene que tener un reportero en esos lugares no siempre son honorables y esa lucha entre ética y práctica es muy frecuente. En Sarajevo, íbamos a trabajar para la televisión en medio del bombardeo. Yo tengo mi mochila llena de esas escenas”, recordó Pérez-Reverte.

“La prehistoria de Arturo comienza con una primera crónica que escribió cuando bajó a una mina, ¿qué recordás de esos días?”, preguntó Fernández Díaz. “Tenía 18 años, la editora eligió esa crónica y ahí aprendí una cosa: tú nunca eres uno de ellos sino alguien que entra y sale, y para entrar hay que seducir para que te acepten y después poder salir para poder contarlo. Ese chico había leído mucho y quería ver si la vida se parecía a los libros que había leído. Era un chico viajando por todo el mundo: África, Asia, América Latina, en un mundo fascinante en el que me sumergí con entusiasmo”, compartió ante la sala atenta.

Fernández Díaz contó que, durante unas vacaciones, cuando Pérez-Reverte era adolescente, se anotó para ir en un barco pesquero, hizo un curso de paracaidismo y de buceo. “Me fueron muy útiles esos cursos. Había un barco de la CIA que estaba en Canarias y me mandaron del periódico a cubrirlo. Tenía 22 años, estaba toda la prensa pendiente y yo me alquilé un equipo de buceo porque no quería hacer lo que iba a hacer todo el mundo”, contó el escritor. “¿Y qué pasó cuando desapareciste un tiempo?”, preguntó Fernández Díaz. “El resto no sabía dónde estaba, pero yo sí”, bromeó. “Me fui con la guerrilla de Sudán, entré con ellos en la ciudad, estuve dos meses y nadie sabía nada de mí, volví hecho bolsa, pero volví. Estuve muy enfermo, pensé que iba a morir ahí, tenía 23 años. Conservé las fotos y cuando volví a Madrid, mis fotos salieron en primera plana”.

Cuando Fernández Díaz le preguntó por su mirada del mundo actual, Pérez-Reverte le dijo que sería entrar en un territorio demasiado complejo: “Hay una guerra contra la ilustración, la Europa que llenó al mundo de libertades, que hizo posible los derechos humanos, también con sus monstruosidades, con los colonialismos y con todo lo malo, ahora está resistiendo la guerra de Trump y el Islam contra ello. La democracia ya es un obstáculo en todas partes, ahora los tiranos son tipos con chaquetas de Silicon Valley. Las dictaduras que vienen en camino lo hacen a través de Silicon Valley”.

“Para mi sorpresa, el libro que está por llegar a la Argentina tiene seis relatos largos sobre la Guerra de Malvinas, ¿qué pensás de esa guerra?”, le preguntó Fernández Díaz y Pérez Reverte contestó: “No pude ser ecuánime, cada día luchaba para que mi simpatía no quedara de manifiesto, era consciente de que si ganaban la guerra la junta militar seguiría y por ese lado quería que la perdieran, pero no quería que la perdiera la Argentina. Un día, subiendo por la calle Florida, escuché el grito "goooooooooool" y me acuerdo de que pensé, quizás merezcan perder la guerra: estaban muriendo los chicos allá y acá festejaban un gol. Cuando vengo a Argentina, vengo a mi casa y eso lo digo desde el cariño, Argentina ha sido infame con sus hombres de Malvinas”, dijo y los aplausos se encendieron de a uno hasta multiplicarse en todas las manos.

La anteúltima pregunta fue sobre el miedo: “El miedo es gris, todavía ahora los amaneceres me producen malestar. He tenido mucho miedo, lo tienes siempre”. “¿De qué manera te cambió la guerra?”, preguntó para cerrar Fernández Díaz. “Me hizo mirar el mundo de una manera que no la hubiera visto si no hubiera estado en ella. Te das cuenta de que el ser humano es lo que es, que tiene ángeles y demonios. La guerra me dio una forma de mirar, de no odiar ni admirar al hombre de una manera excesiva. También te da una manera de comer, de dormir, de relacionarte, de vivir y de morir. Lo que yo soy y la mirada en mis novelas se la debo a la guerra. Soy un lector que accidentalmente escribe novelas, pero fundamentalmente soy un lector. Haber leído te da una forma de interpretar el mundo, no ves el mundo de la misma manera habiendo leído. Cuando lees ves que el mundo es una sucesión de catástrofes y de cosas hermosas también, y tu actitud es estoica. Va a haber un apagón, un colapso, esto es insostenible. No es ninguna tragedia, ha pasado ya, lo hemos leído: ocurrió en Grecia, en Roma”.

https://www.clarin.com/cultura/sala-llena-perez-reverte-hablo-alatriste-guerra-nueva-novela-mision-paris_0_mBeC8Uimac.html

02 mayo 2026

Alatriste, las guerras y su filosa mirada sobre Malvinas y el futuro


Cecilia Martínez - La Nación - 02/05/2026

Arturo Pérez-Reverte presentó 'Misión en París' (Alfaguara), el regreso del Capitán Alatriste tras 14 años de espera, en una conversación con Jorge Fernández Díaz que ya es un clásico de la Feria del Libro. Ante más de 500 personas y con colegas como Eduardo Sacheri entre el público en la sala José Hernández, el escritor y su par argentino hablaron de literatura, el paso del tiempo, las guerras, los remordimientos, Malvinas y el porvenir de una civilización que, para el autor español, avanza hacia el colapso.

“Ya es una vieja tradición que tú y yo nos juntemos aquí”, soltó Pérez-Reverte al ser recibido en el escenario, entre aplausos. Fernández Díaz le dio la bienvenida con una primera mención al libro: “Después de muchos años, cuando parecía que su mítico espadachín ya lo había dado todo, el autor volvió con sus libros y documentos del Siglo de Oro español y escribió como si no hubiera pasado el tiempo”.

Para dimensionar el fenómeno, el escritor argentino recuperó una definición del filólogo Alberto Montaner, especialista en aquel período histórico, quien sostuvo que Alatriste ingresó al linaje reservado a los grandes mitos literarios españoles: el Cid, la Celestina, Don Juan y Don Quijote. “La aseveración es asombrosa pero no exagerada; aunque el carácter contemporáneo del padre de la criatura tiende injustamente a relativizarla: ¿cómo va a resultar un mito clásico español este espadachín de ficción si su autor es de carne y hueso, camina por las actuales calles de Madrid y de Buenos Aires y sale todos los años en la radio y en la tele?”.

La saga cuenta con millones de ejemplares vendidos, adaptaciones cinematográficas, juegos, circuitos culturales. Sin embargo, volver a ese universo después de tanto tiempo implicaba para su creador un desafío: “Había lectores que decían: "Usted prometió". Y se cumplían 30 años, pero, ¿era capaz de reencontrarme con esos personajes? Yo ya no era el mismo”. Sin embargo, se puso a ello y fue como encontrarse “con viejos amigos en una taberna”, lo cual, según dijo, lo llenó de felicidad. Volver implicó también enfrentarse a su propia historia: “Descubrí que yo he ido más rápido que Alatriste en oscuridades; no es ficción del todo, hay una parte de mi memoria, por eso también fue un proceso doloroso: he envejecido”, apuntó el escritor de 75 años.

La charla giró luego hacia 'Enviado especial', el nuevo libro que verá la luz en los próximos días y que reúne sus crónicas como corresponsal de guerra, de las que mencionó: “Cuando vives pendiente del reloj, de un télex para enviarlas, te vuelves egoísta. Si no transmites, nada vale para nada. Tienes que conseguir la información, sobornar a policías, aduaneros; llevar tabaco encima. Toda esa táctica requiere no siempre hacer cosas honorables, pero sí necesarias para tu trabajo. Yo era un buen reportero; por eso hice cosas de las que no estoy orgulloso”, confesó. Y dio ejemplos: “En Sarajevo, corriendo entre tiros y bombardeos, una familia salió al paso a pedirnos que paráramos, pero no llegábamos al 'Telediario'... Todavía recuerdo la cara del niño. Cosas que pude hacer y no hice. Todo se va acumulando”.

Sudán, Medio Oriente, minas, guerrillas, cárceles. La guerra, tras más de 20 años en el oficio, fue horror y aprendizaje. “He tenido mucho miedo, lo tienes siempre”, confesó. “Aunque aprendes que tú nunca eres uno de ellos: no eres un minero, ni un guerrillero; estás de paso, por eso debes tener habilidades para entrar y salir”, sumó.

El autor fue cronista en la guerra de Malvinas y señaló que, en ese caso, vio a “los pilotos con rosarios que iban a jugarse la vida”, pero “era consciente de que si ganaba Argentina, la dictadura seguiría”. De aquellos tiempos, recuerda una escena en Buenos Aires, durante el Mundial de Fútbol: “Yo estaba en el hotel Sheraton y un día, subiendo por la plaza, escuché: "¡goooool!", y pensé: "Quizás merezcan perder la guerra". Ese día, solo ese día, detesté a la Argentina. Fue el momento más amargo: mientras estaban muriendo los chicos ahí, otros estaban viendo el partido”. Y profundizó en el origen de su disgusto: “Que Argentina no haya sabido trazar la línea entre esa dictadura infame y la gente que luchó, esos soldaditos… que se los ningunee y se los olvide, me parece una infamia nacional. Y digo esto porque cuando yo vengo a Argentina, vengo a mi casa, y desde el cariño me permito hablar: Argentina ha sido infame con sus hombres de Malvinas”.

La conversación avanzó hacia el presente. “Hoy hay una guerra contra la Ilustración, contra esa Europa que iluminó el mundo; el peligro son las dictaduras que vienen del teléfono móvil, de Silicon Valley”, sostuvo. Y fue más lejos: “Esto va a terminar muy mal. Va a haber un apagón, un colapso; el mundo artificial que estamos construyendo es insostenible... Esto se va al carajo”. Fernández Díaz, consciente del tono apocalíptico del final del encuentro y antes de que se diera paso a la firma de ejemplares por parte del autor, eligió cerrar el intercambio con humor, evocando el poder de la literatura: “Antes de que venga el colapso, nos quedan todavía muchos libros y muchas oportunidades de escuchar a Arturo; como en 'Casablanca': siempre nos quedará Pérez-Reverte”.

https://www.lanacion.com.ar/cultura/perez-reverte-y-fernandez-diaz-en-la-feria-del-libro-alatriste-las-guerras-y-su-filosa-mirada-sobre-nid02052026/

Arturo Pérez-Reverte en 'Los 7 Locos' con Cristina Mucci


Entrevista de Cristina Mucci - YouTube - 02/05/2026

Cristina Mucci recibe a Arturo Pérez-Reverte en su visita a la Feria del Libro. Charlan sobre 'Misión en París', sus polémicas con la RAE y una confesión: si empezara hoy, ¡escribiría videojuegos!

https://www.youtube.com/watch?v=p7-FF-Xuxvk

"El lector inteligente se da cuenta de que no me lo he inventado todo"


Entrevista de Adriana Muscillo - Clarín - 02/05/2026

En un salón versallesco del Hotel Alvear, se presentó un Arturo Pérez-Reverte que no es el columnista algo gruñón y enojado que acaso se muestra habitualmente en los medios. Tampoco es el miembro de número de la Real Academia Española que se adivina como un acartonado y distante purista del lenguaje. Bueno, purista del lenguaje es.

El periodista, escritor y académico español es autor de más de cincuenta [sic] joyas literarias, en su mayoría históricas, muchas de las cuales han sido llevadas al cine, a la televisión y al cómic. Recibió numerosas distinciones internacionales, entre ellas, la de Caballero de las Artes y de las Letras del gobierno francés. Antes de eso, fue cronista de guerra durante veintiún años: cubrió los principales conflictos armados ocurridos entre 1973 y 1994, en territorios como el Golfo Pérsico, el Líbano, Eritrea, el Sahara, Bosnia, nuestras Islas Malvinas, entre muchos otros. Está de visita en Buenos Aires para presentar, en la Feria Internacional del Libro de Buenos Aires, su más reciente entrega de la célebre saga que tiene al Capitán don Diego Alatriste como hidalgo protagonista de múltiples andanzas a capa y espada, quien, junto a sus ya legendarios compañeros, acomete una importante y arriesgada 'Misión en París' (Alfaguara, 2025).

Este libro, que aparece después de una pausa de catorce años, es el octavo de la saga, que ahora cumple treinta. Además, en unos días, se publicará 'Enviado especial' (Alfaguara), que recorre la memoria de un reportero en primera línea. La novela transcurre en 1627, durante el asedio de La Rochelle, que forma parte de los antecedentes históricos de 'Los tres mosqueteros', de Alexandre Dumas –quienes, de hecho, aparecen en la trama–, con lo cual Arturo Pérez-Reverte duplica aquí la ya difícil tarea de cruzar el dato histórico con la ficción: “'Los tres mosqueteros' es un libro fundamental para mí, marcó mi vida. Lo leí con ocho o nueve años, en una edición antigua y con grabados que era de mi bisabuelo, y quedé fascinado”, contó el autor español, con emoción.

¿Cómo surge la idea de retomar el personaje del Capitán Alatriste?

Primero, hay unos lectores que son muy fieles. Algunos hasta llevan tatuajes de Alatriste. Entonces, me presionaban. Segundo, el aniversario y, por otra parte, había un desafío personal: “¿Seré capaz, después de haber hecho otras cosas, de recuperar ese mundo que tengo olvidado completamente?”. Y, después, quedaba una deuda íntima con Dumas, que es que mi primer libro leído fue 'Los tres mosqueteros'. Ahí estaba todo: el amor, la amistad, la traición, la mujer peligrosa, la mujer dulce y amorosa, los amigos leales, el poder en la sombra, el misterio, estaba todo. Yo no era un lector, era uno más. ¡Yo formaba parte de esa historia! Me disfrazaba y me pasaba el tiempo jugando al espadachín.

¿Es quizás ese mismo entusiasmo el que logró usted en sus lectores con la saga de Alatriste?

Vamos a ver, hay dos tipos de lector: el lector testigo y el lector partícipe. Los dos son respetables, ¿eh? El testigo es el lector que lee un libro, como el que va a ver una película, asiste al espectáculo narrativo de una novela. El partícipe es el lector cuya imaginación lo lleva a meterse en la historia, a formar parte de ella. Ese es el lector, digamos, de verdad o de más alta categoría, de más alto nivel. No despreciemos al otro, porque todo acto de leer ya es noble. Pero ese introducirte en la historia me ha pasado siempre. Entonces, ese es el lector que busco. Alatriste está hecho con los trucos nobles del oficio de que dispongo para que el lector sea un compañero de viaje y no un testigo.

¿Cuáles son esos trucos?

Los trucos se aprenden leyendo. No soy un artista, sino un artesano: soy un tipo que ha leído, un lector que accidentalmente escribe. A veces, frente a un papel o a una pantalla, no todo fluye, a veces se encuentra uno con problemas: “¿Cómo resuelvo esto?”. Entonces, me levanto y voy a ver a mis maestros: Conrad, Stendhal, Balzac, Flaubert, y siempre está ahí la solución. Pero ojo, esto es muy importante: tendemos a despreciar la literatura ligera y superficial. Hablo de Agatha Christie, Chandler, Conan Doyle, pero todo es literatura. Ese cóctel de literatura, alta y baja, esos son mis trucos. Los he aprendido de ellos y los aplico a mi mundo, a mi época, a mis temas y a mi propia escritura.

¿Qué cosas le enseñó cada uno de sus maestros?

Conrad me ha enseñado a describir a un tipo de gente, un lugar, un mar parecido al alma del hombre que lo está mirando, pero Agatha Christie me ha enseñado a empezar un capítulo, a terminarlo, a agarrar al lector por el cuello y decirle: "Ven aquí". El "best seller" americano más burdo, más torpe, a lo mejor me enseña cómo hacer que el lector tenga un estremecimiento. Thomas Mann no me enseña a abrir un capítulo. Me enseña, a lo mejor, a desarrollar un personaje, un diálogo. Entonces, el autor que soy aprende de todo, sigo aprendiendo todavía ahora, ¿no? Borges sí, claro, y Arlt, naturalmente, y Bioy, que son mis tres iconos argentinos, y Mujica, también, en un cuarto lugar. Pero es que yo me voy a Soriano y entiendo a Argentina. Yo entiendo a Argentina mejor leyendo a Soriano que leyendo a Borges.

¿Su experiencia como cronista de guerra influye en ese cóctel?

Yo tengo una suerte: no he aprendido a vivir en un bar, en un hotel, en un despacho de abogados ni en un banco, aunque son lugares muy respetables, no los desprecio. Entonces, he visto cosas duras, he visto aspectos del ser humano y de la vida que aquí no es fácil ver. A lo mejor he visto en dos días de guerra en Beirut o en Sarajevo lo que otras personas tardan diez años en entender. Eso me ha dado una memoria personal. Pero el haber sido lector antes me permitió identificar el mundo y entenderlo. Entonces, cuando hablo de violencia, de soledad, de fracaso, de muerte, de cómo se degüella a un tío, no es teoría, no me lo han contado. Lo había leído, pero es que, además, lo he vivido.

¿Cómo se lleva con esos recuerdos?

Yo soy una persona serena, no he ido a un psicólogo en mi vida. Esto a un argentino le debe de sonar raro, pero es verdad. Mis psicólogos son los libros. Entonces, todo eso lo digerí muy bien. Todos tenemos fantasmas, yo tengo remordimientos, tengo sangre en las uñas, hay noches en que estás despierto y te pesa, pero soy una persona bastante equilibrada. Lo fui siempre. Entonces, digamos que todo esto, en lugar de traumatizarme, lo he digerido de una manera nutritiva. Yo miro al mundo de Alatriste, una historia es una mirada. Hay gente que mira las que se forjan en un bar, en un café, en el divorcio… En mi escritura, el lector inteligente se da cuenta de que no me lo he inventado todo.

En Alatriste también hay valores como el honor, la amistad, la lealtad… ¿Eso es, igualmente, transmisión de lo vivido? ¿Cómo dialogan esos principios con el presente?

Es un mundo distinto. Yo fui educado para un mundo diferente al que era de verdad. En mi mundo los curas eran santos, los políticos eran honestos, los policías eran honrados. La vida me fue desmontando un montón de ideas: honor, patria, bandera, religión. La vida te despoja, te va arrancando todo eso y te encuentras huérfano. Entonces, necesitas algo en lo que apoyarte. Te dices: “A ver, ¿qué sobrevive?”. La admiración por el valor, la dignidad, la lealtad, la amistad, el amor y poco más. Entonces, con eso, construyes un reducto donde refugiarte cuando hace mucho frío. Esa visión del mundo, ese despojo de grandes palabras, se lo presto a Alatriste.

En la obra se evidencia una investigación de fechas y lugares muy precisa. ¿Cómo logró cruzar los datos históricos con la ficción, la propia y la de Dumas?

Bueno, ese era el desafío. Pero había un problema que intenté evitar, y creo que lo logré, que es algo que se da mucho en la novela histórica, que es que cuando un novelista hace un trabajo histórico, después tiene la tentación de meterlo todo en la novela. Como ha trabajado tanto, quiere que esté todo dentro. Entonces, yo tengo la certeza de que eso estropea una novela. No puedes hacer una novela enciclopédica. Debes dejar fuera todo aquello que no es necesario. Aunque yo lo necesito para entender, el lector a lo mejor lo puede intuir, pero no debe estar escrito.

Si sobra material, ¿quedará para la próxima?

Mira, en noviembre tendré 75 años. La cabeza se desgasta y no hay nada más triste que un escritor que está muerto y no lo sabe. Es lo más triste del mundo. Yo he conocido casos, y algunos de los grandes, lo que no les quita grandeza, pero las decadencias, los finales, son muy tristes y penosos. Y los escritores no siempre son conscientes de que están acabados. Hay autores a los que hay que decirles: “Déjalo, maestro, ya está”. Soy consciente de eso. Pues sí, lo siento, lector. Yo sé que tengo fecha de caducidad. ¿Qué me queda de vida práctica, diez años? ¿Cuántas novelas más podré escribir? ¿Tres, cuatro? Tengo que elegir, no puedo equivocarme, es terrible una novela que dejaré sin escribir. ¿Qué puedo hacer de aquí a diez años que sea capaz de hacer, que no sea una novela senil, ni absurda, ni idiota, ni acabada, ni decadente? Y es muy duro eso, es dolorosísimo. Hay novelas para las que me preparé durante mucho tiempo y que no llegaré a escribir.

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