25 septiembre 2020

Dosier de prensa para 'Línea de fuego'


Alfaguara - 25/09/2020

La novela

La noche del 24 al 25 de julio de 1938, 2.890 hombres y 18 mujeres cruzan el río Ebro. Forman parte de la XI Brigada Mixta del ejército republicano y su misión es afianzar una cabeza de puente en la localidad de Castellets del Segre, una posición defendida por medio batallón de infantería, un tabor marroquí y una compañía de la Legión. Durante diez días, nacionales y populares, personas de diferente orden, edad, procedencia, conciencia y condición, lucharán por cada palmo de tierra sin descanso y sin ceder al desaliento. Algunos son voluntarios, combatientes aguerridos y valerosos, convencidos de sus ideales, que pelean por sus principios, pero la mayoría son individuos corrientes, muchos de ellos dolorosamente jóvenes, que han dejado sus vidas atrás para participar en la batalla más sangrienta de nuestra historia.

Sin embargo, la XI Brigada Mixta, Castellets del Segre y las tropas atrincheradas en esta localidad jamás han existido. En 'Línea de fuego', Arturo Pérez-Reverte afronta su obra más ambiciosa y construye una novela coral, de una extraordinaria dureza y humanismo, para homenajear a los miles de soldados anónimos de uno y otro bando que participaron en el enfrentamiento que selló el devenir de la Guerra Civil española. En estos personajes, alimentados por las vivencias y los testimonios de docenas de supervivientes, vibra la memoria de nuestros padres y abuelos, y sale a relucir el coraje, la voluntad, el heroísmo, el miedo, el dolor, la generosidad y los sufrimientos que padecieron los miembros de esos contingentes, cuyos nombres pocas veces aparecen consignados como merecen en las páginas de los libros de historia.

Con el rigor documental al que nos tiene acostumbrado en sus novelas y apoyándose en la ingente documentación que ha llegado hasta hoy (partes de guerra, informes militares y las declaraciones de los testigos y principales actores), el autor ha reflejado, en una narración vívida y emocionante, la verdadera magnitud de este acontecimiento como nunca se ha hecho antes. Alejado de entonaciones partidistas y posiciones ideológicas, Arturo Pérez-Reverte, el novelista más leído de nuestra literatura, ha escrito un relato ecuánime sobre aquel capítulo esencial de nuestro pasado común. Una narración que, como en las mejores ficciones, da cuenta de lo que verdaderamente sucedió tan bien como la propia realidad.

Contexto histórico

Doce y quince minutos de la noche. Encubiertas por la oscuridad y agazapadas en botes, las fuerzas republicanas cruzan en silencio la corriente del río. Ha comenzado la batalla del Ebro. A un lado, confiadas y bien apostadas, aguardan las tropas nacionales, muchas de ellas compuestas por veteranos bien fogueados. Están respaldadas por intendencia, divisiones de auxilio, aviación y cañones, pero en ese momento no son muy numerosas y están desguarnecidas. Los mandos son optimistas. Enfrente no existen puentes y el adversario carece de suficiente fuego artillero. Sólo una ofensiva por sorpresa y coordinada en diversos sectores podría sacar adelante uno de los mayores desafíos tácticos que existe en cualquier guerra: el paso de un río.

La República necesita una ofensiva que devuelva la autoestima a su ejército, le reporte un éxito de cara a las grandes potencias democráticas internacionales y alivie el cerco que Franco ha dispuesto alrededor de Valencia. Una victoria que le permita reorganizarse, mantener abierta la guerra y prolongarla el tiempo suficiente para que se desate en Europa el conflicto con Alemania, que a estas alturas ya todos creen inevitable. Para conseguirlo, la República lanza a la batalla a 100.000 hombres que librarán encarnizados combates con las divisiones nacionales. Los dos contingentes harán frente al calor, el hambre y la sed, y verán una brutalidad y una violencia antes desconocida. Cuando los combates concluyan el 16 de noviembre, en el terreno habrán quedado más de 20.000 almas de ambos bandos. El saldo total de bajas se acercaría a las 80.000 en una España que en 1936 no alcanzaba los 25 millones de habitantes. Nunca se había librado en suelo español un choque más cruento y despiadado.

Diez días de guerra

'Línea de fuego' es una novela de guerra narrada desde el frente. Arturo Pérez-Reverte, que durante años fue corresponsal en distintos conflictos bélicos, cuenta como nadie hasta hoy lo ha hecho cómo combatieron los nacionales y los republicanos en el Ebro. Describe las armas que emplearon, los efectos de la artillería y el fuego cruzado desde las tapias, casas, bardas y campanarios; la amenaza que suponen las granadas, los carros de combate, los bombardeos de la aviación, los asaltos a las colinas por pendientes que resultan eternas y las temidas cargas a bayoneta sobre las trincheras y posiciones del enemigo. A través de estas diez jornadas en las que transcurre la acción de la novela se muestra cómo lucharon a brazo partido novatos que nunca habían visto un muerto y curtidos oficiales conscientes de que la veteranía es un grado pero no un chaleco antibalas. Aquí, jóvenes y viejos, tropa y oficiales de este bando y de aquel, sobreviven, pelean y mueren juntos codo con codo.

Pero el autor también recoge aspectos comunes de la vida diaria del combate. Con un acertado pulso literario narra el calor que padecieron (aquel verano tuvo temperaturas extraordinariamente altas), los estragos del hambre (sobre todo entre los republicanos, con líneas de abastecimiento más débiles) y la sed que sufrieron debido a la lejanía de los pozos o las fuentes. Unos y otros mitigaban la sequedad con lo que encontraban a mano: vino, coñac... Pero en la mayoría de las ocasiones sólo les quedó aguantar y mojarse los labios resecos con la lengua. Lo único que no escaseó fue el café, o un derivado semejante que improvisaban, y que preparaban al alba. Tampoco faltaron los mosquitos y los tábanos, que se convirtieron en una pesadilla junto a las picaduras de los piojos que infestaban sus ropas debido al hacinamiento y la deficiente higiene.

Arturo Pérez-Reverte detalla con precisión la tensión de los hombres antes de entrar en acción. Sus rituales y silencios; los minutos en los que redactan una misiva a sus madres o se ponen en paz consigo mismo y piensan en sus esposas o hijos antes de retomar las armas. Se acerca los distintos tipos de miedo que asaltan a los combatientes, independientemente de su rango y experiencia. «El temor a lo que está por llegar es el peor de todos», se comenta. Para aplacar los nervios, la mayoría fuman, porque en la guerra el tabaco es tan imprescindible como la munición.

No escapa a la mirada del novelista el desolador paisaje en el que se desenvolvieron esas unidades. El autor da cuenta de los cadáveres que se pudren al sol porque no pueden ser enterrados, y de cómo, escondidos detrás de parapetos, los soldados, con los rostros sucios, los ojos enrojecidos y las mejillas tiznadas de pólvora, oliendo a sudor, sangre y grasa de armas, ven reducidos sus uniformes a jirones con el transcurso de las jornadas. Todos ellos deambulan por un paisaje en ruinas, salpicado de casquillos, vendas ensangrentadas, arbustos quemados, edificios picados por la metralla y heridos a los que asisten como pueden porque las medicinas van terminándose, la evacuación es lenta, la retaguardia está lejos y los camilleros no disfrutan de salvoconducto y también caen abatidos como todos los demás. Durante la noche o los minutos en los que cesa el fuego, para elevar la moral de los suyos y desanimar al contrario, rojos y fachistas, como se llamaban entre ellos, se dedicaban insultos o coplillas de himnos militares.

En este mundo donde no existen las reglas y el azar es un elemento más de la supervivencia, 'Línea de fuego' no se olvida de los sentimientos. Ahí está el odio, la rabia, el dolor y la impotencia que embargan a los soldados cuando pierden a un compañero, o los ajustes de cuentas cuando la victoria se decanta de uno de los lados. Pero en este territorio hostil, fiero y violento, también hay hueco para la compasión, y en los instantes más inesperados asoma la generosidad hacia el adversario. Es una pequeña rendija de luz en el negro infierno. El lugar por donde asoma el alma de unos hombres que sólo anhelaban que todo terminara pronto para volver a sus hogares.

Una guerra de hombres... y de mujeres

Arturo Pérez-Reverte ha dejado de lado los habituales héroes de sus libros y en 'Línea de fuego', una novela que sigue la senda de 'Un día de cólera' (2007) y 'El Asedio' (2010), teje una obra de múltiples voces que permite acercarnos a los distintos puntos de vista que concurrieron en la batalla del Ebro. A través de sus protagonistas, bien matizados y definidos por el lenguaje castrense, popular, culto o vulgar que cada uno de ellos habla, el autor nos adentra de lleno en el combate, nos revela detalles esenciales que definieron el enfrentamiento y nos permite conocer las razones políticas, ideológicas o vitales que condujeron a muchos soldados hasta este momento clave de nuestra historia. Un abanico de hombres y mujeres, de distintas hechuras y carácter, que retratan el paisaje humano de una batalla, pero que también nos brinda la oportunidad de aproximarnos a las mentalidades que predominaban en la contienda.

Patricia Monzón y el grupo de mujeres de la sección de Transmisiones

Más conocida como Pato. Forma parte de la sección de Transmisiones, integrada únicamente por mujeres. Valiente, disciplinada y con unas creencias políticas situadas más a la izquierda que su propio corazón. A los dieciocho años se afilió a la Agrupación de Mujeres Antifascistas, pero, como toda joven de la capital, aún recuerda los bailes en las Vistillas y la música de un tiempo en que no se necesitaba conciencia política. No ha olvidado a los muertos que han dejado los bombardeos fascistas en Madrid y no siente ninguna lástima por los sublevados. Sin embargo, algo se le remueve por dentro al ver sus cadáveres. «Lo mismo que la mayor parte de sus compañeras, cuando hace cuarenta y ocho horas supo que su destino estaba al otro lado del Ebro se hizo rapar el pelo por dos razones de importancia: que no se vea de lejos que es mujer, y reducir en los próximos días, poco favorables a la higiene, la posibilidad de que le aniden piojos u otros parásitos. A sus veintitrés años eso le da un aspecto andrógino, de muchacho, acentuado por el gorrillo cuartelero, el mono azul, el cinto de cuero con cantimplora, pistola Tokarev TT-33 y dos cargadores de reserva, además de las botas de clavos rusas».

Ginés Gorguel Martínez, soldado del ejército nacional

El primer soldado nacional en advertir el avance republicano. Su pueblo cae en la zona roja, pero el alzamiento lo sorprendió en Sevilla y ahora combate con los sublevados. Su temple no está hecho precisamente de arrojo y valor, y considera que todo esto no va con él. Sólo piensa en regresar a su pueblo junto a su mujer y su hijo. Hasta piensa en cruzar las líneas y desertar, pero la guerra lo persigue como una maldición. Por mucho que intenta escapar del frente, siempre acaba en primera línea, pisando cadáveres y vainas vacías de balas. Piensa que a la fuerza incluso ahorcan y, en el Ebro, el dicho, para él, parece más cierto que nunca. «El soldado de infantería Ginés Gorguel Martínez lía a tientas un cigarrillo con la picadura que guarda en la petaca, pasa la lengua por el filo del papel, lo hace girar entre los dedos y se lo lleva a la boca. […] Tiene treinta y cuatro años, sabe leer y escribir, conoce las cuatro reglas. En su hoja de servicios, si es que alguien la tiene al día, constará su intervención en las batallas de Brunete y Teruel; pero en ambos episodios procuró mantenerse lejos del tomate, actitud para la que posee un especial talento. […] En realidad, carpintero de oficio como es, no entiende de política ni nunca se afilió a nada, ni siquiera a un club de fútbol; y en tal sentido, lo mismo le dan unos que otros».

Los dinamiteros Julián Panizo Serrano y su compañero Olmos

Tosco y más duro de roer que el acero. Minero desde los catorce años en Murcia. Durante diecinueve años estuvo volando piedra en túneles por un salario más justo que una propina. Todo para dar de comer a su mujer, sus cuatro hijos y su padre enfermo. Pelea por la República y luce las mismas agallas que todo un batallón de legionarios. Un combatiente de los que sabe estar a las buenas, pero, sobre todo, cuando las cosas vienen mal dadas. Miembro del Partido Comunista, ahora es barrenero junto a su inseparable compañero Olmos. Ninguno soporta a los fascistas, a quienes llaman despectivamente fachistas. «El compañero se llama Francisco Olmos y es murciano como él, antiguo minero de La Unión, comunista desde el año 34, cuando los de carnet aún eran cuatro gatos, antes de convertirse en fuerza decisiva […]. Veteranos ambos, Panizo y Olmos, de casi todos los fregados desde la sublevación facciosa: dinamiteros improvisados al principio, zapadores de choque después, no se han perdido casi ninguna: Madrid, Santa María de la Cabeza, Brunete, Belchite, Teruel. Un buen currículum».

Santiago Pardeiro Tojo y la 3.ª Compañía de la XIX Bandera de la Legión

Competente, minucioso, con inteligencia táctica y, como reclama el puesto en el Tercio, con bravura, cuajo y sentido del deber. Es oficial reciente en la Legión y en la cabeza no deja de darle vueltas a lo que cantan los veteranos: alférez provisional, cadáver efectivo. Lo peor es que sabe que es verdad. En la primera refriega, caen la mitad. Y en esta ocasión, le ha tocado jaleo para dar y tomar. Hombre de orden, defensor del trabajo, se metió en el cuerpo para defender una nación con valores frente al desorden que traen los «rogelios», como denomina a los rojos. Un líder en la retirada y un ejemplo de valor en el ataque. En el bolsillo lleva una carta aún sin acabar para la familia. Por si acaso... «Santiago Pardeiro Tojo, veinte años a punto de cumplirse, jefe accidental de la 3.ª Compañía de la XIX Bandera de la Legión, recibe de un enlace la orden de mover la unidad hacia Castellets para establecer allí, a lo largo de la carretera que cruza el pueblo, una posición de defensa. […] Ignora lo que está pasando de verdad, y no sabe qué encontrará cuando llegue al pueblo. En todo caso, su responsabilidad es mucha: hasta hace un año estudiante de Ingeniería Naval en El Ferrol, es alférez provisional y se halla al mando de la unidad por baja del capitán».

Faustino Landa y la XI Brigada Mixta

Como dicen los suyos, es de los que vive y deja morir. Es teniente coronel de la XI Brigada Mixta. De los que contemplan la guerra con prismáticos y con distancia. Da órdenes, pero no precisamente en las trincheras. Uno de los responsables de la ofensiva republicana. Sabe cuál es su deber y es cumplidor. Talento prudente y templado de humor, desconfía de los líos, le gusta la prensa y goza de la confianza de Líster. No es muy amigo de excesos verbales ni de las discusiones en tono alto. Sobre todo, si hay comisarios políticos del Partido Comunista a su alrededor. «El teniente coronel de milicias Faustino Landa, jefe de la XI Brigada, ascendido de grado hace sólo un par de semanas […], tiene cuarenta años y es ancho de cuerpo, con manos de obrero y ojos de pirata listo. […] Vividor, amante de la buena mesa, […] menos republicano que comunista, como casi todos los mandos y comisarios del ejército del Ebro, antiguo acomodador de sala de cinematógrafo y afiliado de primera hora a las Juventudes Socialistas, se pasó al Partido con la gente de Santiago Carrillo».

Emilio Gamboa (Gambo) Laguna y el Tercer Batallón de la XI Brigada Mixta

Concienzudo, serio y con una valentía sin tacha. Es un comunista de pura cepa. Un alma con ideales aparte de convicciones, pero con la mirada despejada de espurios adoctrinamientos ideológicos. Más frío que el hielo, es un luchador nato, de los que venden cara la piel y que no se arredra cuando vienen duras, y muchas veces le vienen así. Exige a sus hombres, que son de los mejores que tiene la República, todos comunistas convencidos. Tiene fama de ser honesto con ellos y demasiado claro en ocasiones con sus superiores, lo que, en su bando, puede salir muy caro. «El comandante del Tercer Batallón de la XI Brigada Mixta mira el cielo aún con más preocupación que el río. […] Como la mayor parte de su gente, y aunque sólo tiene treinta años, Gambo es un curtido luchador: hijo de albañil asturiano, menor de ocho hermanos y único de su familia que fue a la escuela, botones en un hotel de Oviedo, afiliado al Partido a los dieciocho años, organizador del Sindicato de Oficios Varios, encarcelado dos veces antes de huir a la Unión Soviética […], a su regreso a España fue instructor de las Milicias Antifascistas, defensor de Guadarrama en el verano del 36».

El capitán Juan Bascuñana y los soldados de la quinta del biberón del Cuarto Batallón

Está al mando de los reclutas más jóvenes, la llamada quinta del biberón, y es responsable de doblegar el punto de resistencia más enconado de los nacionales. En pocas palabras, le ha tocado bailar con la más fea. Oficial de izquierdas de cabo a rabo, pero cuestionado por los comisarios políticos. Es un hombre con mucha guerra encima, que ha visto lo suficiente para poner en duda muchas consignas del Partido. «Ser soldado de esta República y pensar no es una combinación cómoda», asegura. Descreído, con un aura triste en el rostro, pero más firme que un roble, mira a la realidad de frente, sin hacerse ilusiones, pero sin arrugarse. Aprecia a sus jóvenes reclutas y siempre se mantiene a su lado. «Lleva la gorra muy inclinada hacia el lado derecho, con un toque de chulería viril, y al cinto una Star Sindicalista. Es un hombre apuesto. Manos finas, poco proletarias. Como de treinta y pocos años. Pese a las huellas de fatiga, su rostro tiene un aire simpático. Ojos tristes sobre una sonrisa de niño. […] Hay en ellos una resignación fatalista, lúcida. […] La mirada de quien no se hace ilusiones sobre el presente ni el futuro».

El cabo Selimán y las tropas de Regulares del tabor marroquí

Le dieron cuarenta duros al mes, una lata de aceite y unas alpargatas, y se apuntó para la guerra de España. Pertenece al tabor marroquí, las temidas tropas moras que los nacionales han traído para sacrificar en el frente como carne de cañón. Los republicanos saben muy bien de lo que son capaces y él es consciente de lo que los republicanos también son capaces si cogen vivos a los suyos. Entre mucho iallah, jandulilá y mektub, sobrevive y reparte cera de la buena. Valiente, sin escrúpulos y más peligroso que una hoja de afeitar, se convertirá en el compañero de Gorguel en mil faenas. Combate a los «arrojos cabrones» por no creer en Dios y considera que Franco es un santo. «El moro que está a la derecha de Gorguel asoma también la cabeza y los dos se miran: una cara atezada sin afeitar, con prematuras arrugas y algunas canas en el bigote, bajo un tarbús sucio de tierra que lleva cosido un galón de cabo. Como de treinta y tantos años largos.

—Si nosotros tener el fusila loca no escapar ni uno —dice el moro, con aire de quien conoce el percal.

—¿Fusila loca?

—Máquina de mucho pum-pum seguido —el moro mueve un dedo en el aire, como apretando repetidas veces un gatillo—. Almitralladora».

Oriol Les Forques, Agustí Santacreu y los requetés de la compañía de choque del Tercio de Montserrat

Amigos desde la infancia, Les Forques y Santacreu se encontrarán en la punta de lanza del contraataque nacional. Son gente de valor probado y de un hondo catolicismo, que sienten un odio profundo hacia los comunistas y los separatistas. Como muchos de los que están con ellos, se curtieron en «la lucha callejera contra la anti-España de Azaña, Negrín, Largo Caballero y Companys», y aunque en un primer momento, después del alzamiento, salieron mal parados, ahora están ahí en primera línea. Los republicanos conocen sus agallas y los temen. Cuando asoman sus boinas rojas, no les hace ninguna gracia. «Sobresaltado, el cabo Oriol Les Forques —rostro moreno y agradable, pelo muy corto, buena planta—, que dormitaba apoyado en el hombro de un compañero, está a punto de caerse al suelo. […] El propietario del hombro contra el que dormitaba abre también los ojos y se los frota con los puños. Es flaco, rubiasco de pelo y gasta patillas a lo Zumalacárregui. Se llama Agustí Santacreu y, como Les Forques, es natural de Barcelona, nacido y criado igual que él en la rambla de Cataluña. […] Tienen veintiún años […] pero son veteranos de guerra con muchos tiros en los ojos, la memoria y el instinto».

Los periodistas internacionales: Phil Tabb, Vivian Szerman y Chim Langer

Son los enviados de la prensa extranjera. Redactores y fotógrafos. En ellos resuenan los nombres de Robert Capa y Gerda Taro. Aunque llegan al frente con permiso de la República y su visión es imparcial, no se engañan ni se hacen ilusiones. La realidad es demasiado cruda y su mirada sobre España es lúcida, cariñosa y lacerante al mismo tiempo. Con ellos entra en 'Línea de fuego' el mundo de los corresponsales de guerra, pero también algunas de las conclusiones y reflexiones más certeras sobre la Guerra Civil española. «Vivian Szerman lo cree en el acto, pues el corresponsal del 'New Worker' tiene el ojo rápido para esas cosas: lleva dos años en España y ha visto de todo. […] Alto y delgado con las piernas flacas y el cabello un poco más largo de lo normal, pausado de movimientos y tan sereno cual si acabara de salir de un club londinense. Así es Phil Tabb. Vivian sale del coche. […] Pelirroja, menuda, lleva el cabello cortado hasta la nuca y tiene unos ojos claros que según la luz viran del azul al gris. Aunque no es guapa, los ojos, las pecas en la nariz y los pómulos, las formas sugeridas por el cinturón y bajo la camisa son una especie de salvoconducto entre los españoles, y no sólo con ellos. Chim Langer […], bajo y fornido, manos rápidas, ojos nerviosos de centroeuropeo desconfiado y siempre al acecho. Espaldas de luchador bajo una mugrienta cazadora de ante con el polvo de algunas batallas. El pelo revuelto, ensortijado, muy negro, se enrosca sobre su frente bovina y estrecha, ancha y aplastada la nariz en gimnasios y rings».

Saturiano Bescós y la XIV Bandera de Falange de Aragón

Un hombre de campo. Terroso, resistente y callado. Hasta que fue reclutado cuidaba cabras en los montes. Aunque es muy joven, está habituado al sol, el frío y la lluvia. Afinó puntería defendiendo el rebaño de los lobos que lo acechaban. Y ahora no falla un tiro. Es de carácter valiente, de los que no retroceden ante los disparos ni una herida lo deja porque sí en el hospital de campaña. Pero también es sencillo, humilde y con un temperamento inclinado a la bondad. «Obediente, el falangista Saturiano Bescós canta con sus compañeros mientras camina cargado con su equipo, el casco colgando del correaje. Rubio de pelo, cachazudo de carácter, pastor de profesión, analfabeto que apenas sabe garabatear su nombre, acaba de cumplir veinte años, aunque su físico grande, fornido, lo haga parecer mayor. Bajo el gorrillo isabelino azul con madroño rojo, el sudor gotea por su cara y le moja la camisa».

Temas principales

Un combate cruel

En la batalla del Ebro se combatió con una ferocidad inusitada. Esto se debió a la presencia de unidades altamente ideologizadas en los dos bandos. En el republicano había numerosos comunistas de carné y gente de Partido que participaban en el conflicto de manera voluntaria y cuya militancia y voluntad estaba fuera de cualquier duda. Entre los nacionales, ese testigo lo recogían los requetés, los falangistas, que no conocían merced alguna en caso de caer prisioneros, y las tropas moras, famosas por sus atrocidades. Pero el grueso de los dos ejércitos estaba conformado por soldados y oficiales que únicamente deseaban regresar vivos a casa. Son los inocentes atrapados entre esas dos posturas enconadas. Hombres que llegaban a plantearse la deserción o cruzarse al enemigo, que sólo pensaban en sus familias y se arrancaban las divisas de su graduación de las camisas cuando atisbaban la derrota o, como refleja muy bien 'Línea de fuego', rompían los carnés de afiliación para escapar de un posible ajusticiamiento en caso de que fueran hechos presos.

Una peligrosa división

En 'Línea de fuego' asoma uno de los motivos que propició la derrota de la República. Los nacionales, a diferencia de sus enemigos, supieron mantenerse unidos a pesar de su diversidad. Compartían un motivo común: había que ganar a los rojos. Uno de los personajes lo expresa con claridad: «No buscamos revolucionar el mundo; sólo echar a esos indeseables... Y luego, cuando hayamos vencido, ya veremos quién nos decepciona y quién no». En cambio, la República se desangraba por las divisiones políticas internas, las depuraciones, la desconfianza y las sospechas. En la novela aparecen los comisarios políticos del Partido Comunista y esa disciplina exportada de Moscú que sugería que se podía disparar a quien no avanzara y que si un militar no alcanzaba sus objetivos, ocurría por una única razón: era un traidor.

Las mujeres

Están representadas por la sección de Transmisiones. Han avanzado en libertades, derechos y estudios y temen que esos logros puedan perderse si Franco gana la guerra. Saben que la palabra «miliciano» concede prestigio, pero que su femenino, «miliciana», no. De hecho, ocurre todo lo contrario. Al principio las usaron como propaganda para la causa: esas fotografías de mujeres con el pelo a lo garçon, mono y cartucheras que ilustraron las portadas de las revistas. Pero ya llevan hecha mucha guerra y han pagado un precio por esa imagen de revista. Ahora quieren estar al lado de sus compañeros, pero no como enfermeras en la retaguardia, sino en el frente, para demostrar lo que valen.

Las Brigadas Internacionales

El último gran combate que libraron fue en la batalla del Ebro. Aquí sus filas sufrieron incontables bajas. Su voluntad ya venía muy quebrada y sus ilusiones diezmadas. Llegaron a España para detener el fascismo, pero pronto comprendieron, como hizo George Orwell, que los sueños son frágiles y se rompen con extrema facilidad. 'Línea de fuego' ofrece una semblanza amarga y verídica de estas unidades, a la vez idealistas y abnegadas, que afrontaron sus últimos días con más resignación que fe.

La quinta del biberón

Arturo Pérez-Reverte subraya lo jóvenes que eran los soldados de los dos bandos en la batalla del Ebro. Pero sobre todo subraya la juventud de la quinta del biberón. En 'Línea de fuego' les dedica una emotiva descripción: «En mi compañía tengo ciento treinta y cuatro críos de diecisiete y dieciocho años que hace un mes aún estaban en sus casas: catalanes, valencianos, murcianos... Se les ordenó presentarse con cuchara, plato, manta y calzado. Algunas madres los acompañaban de la mano hasta la puerta misma del cuartel con bocadillos envueltos en papel de periódico». Todos estos chicos, muchos de los cuales aún no han conocido lo que es el amor y nunca han pegado un tiro, se verán envueltos en los combates sin saber qué hacer, acobardados por la falta de experiencia y su escasa instrucción. Un destino aciago para las generaciones que, en principio, eran el futuro de todo un país.

Confraternización

El autor recoge varios ejemplos de la confraternización que se dio durante la batalla del Ebro, uno de los aspectos menos conocidos del enfrentamiento. Los dos bandos llegaron a pactar en diferentes momentos treguas para recoger agua de los pozos, intercambiar tabaco y otros artículos menudos que escaseaban y que, si bien no decantaban la balanza de la batalla, al menos sí servían para sobrellevar mejor tantas fatigas y desánimos. En ocasiones también se permitió que el adversario socorriera a sus heridos. Y todo ello ocurrió porque, como dice uno de los protagonistas de la novela: «Es lo malo de estas guerras. Que oyes al enemigo llamar a su madre en el mismo idioma que tú».

Represión

Los protagonistas de 'Línea de fuego' conocen el frente, pero también lo que sucede en la retaguardia. Un republicano asegura: «He visto asesinar a mucha gente. Y no por sublevarse contra la República, sino por haber votado a las derechas. A críos fusilados por ser de Falange, a mujeres a las que pegaban un tiro después de acusarlas de fascistas y violarlas... He visto a criminales liberados de la cárcel, vestidos de milicianos, ir a matar y robar a los jueces que los condenaron». Otro de los personajes de la novela, el falangista Saturiano Bescós, también ha visto cómo se aplica esa misma regla en sus filas y cómo los suyos lo llaman eufemísticamente «depuración de personal desafecto en la retaguardia».

La prensa internacional

Se juegan la vida para informar. Tienen claro, como suscriben, que «a un reportero nunca lo asesinan en una guerra. Muere, eso es todo. Lo matan trabajando». Los periodistas de 'Línea de fuego' reconocen que de todos los hombres y mujeres que están en el frente, ellos son los únicos que están ahí porque quieren. También han asumido que los conflictos, por naturaleza, son «criminales». Con estos preámbulos, cubren la batalla del Ebro. No ignoran los riesgos y los aceptan. Con ellos no llega sólo la voz de una profesión y de los riesgos que se corren al ejercitarla, sino también, la visión de una España dividida que sacrificó a lo mejor que tenía en los campos de batalla. Como concluye Saturiano Bescós: «Cuánto dolor en familias, novias, padres, esposas, hijos. Cuánta fuerza, inteligencia, capacidad de trabajo y promesas de futuro malogradas de modo absurdo».

Más que un contador de batallas

A través de su trayectoria literaria, Arturo Pérez-Reverte nos ha llevado desde la Edad Media hasta el siglo XX. Un conjunto de historias que nos han mostrado cómo eran las batallas en el pasado. Pero con estas historias también ha descubierto a miles de lectores los motivos y la mentalidad de los hombres que participaban en las guerras. En 'Sidi' descubrimos no sólo a un héroe, Rodrigo Díaz de Vivar, el Cid, sino también el pensamiento de aquellos hombres de frontera que abundaron en el siglo XI. En la serie del capitán Alatriste delineó a esos soldados de los tercios que luchan por una paga, pero que también son fieles a un rey y una religión, aunque a cambio de sus desvelos sólo obtengan indiferencia; en 'El húsar' dibujó los sueños de fama que rodea el ejercicio militar y que a más de un joven iluso lo empujó a tomar las armas por Napoleón y descubrir por sí mismo la realidad que esconde la gloria militar; en 'Un día de cólera' esbozó con maestría el levantamiento de un pueblo ciego de rabia que anhelaba la independencia y deseaba expulsar al invasor; y, en las novelas de la serie de Falcó aporta una reflexión nueva y da fe del cinismo que impregna los credos morales del siglo XX y cómo las lealtades ya no se corresponden con valores o principios, sino con la cartera y con quien mejor paga. En 'Línea de fuego', el autor refleja, sin tomar partido, las diferentes mentalidades que confluyeron en los años treinta y en la Guerra Civil española.

07 junio 2020

1405 – EL HOMBRE AL QUE PUDE MATAR

XL Semanal, 7 de junio de 2020

Ocurrió hace años. Estaba sentado en la terraza de un bar cuando se me acercaron dos jovencitos quinceañeros. «Tú quisiste matar a mi padre», dijo uno de ellos a quemarropa. Los miré, desconcertado. «¿Quién es vuestro padre?», pregunté. Me lo dijeron. Estuve un momento callado y luego pregunté quién les había contado eso. «Nos lo ha contado él», respondieron. Me gustó su aplomo, su decisión de críos dispuestos a ajustar cuentas. «¿Y vuestro padre me guarda rencor?», inquirí. Fue el mayor quien respondió. «No, porque dice que él habría hecho lo mismo». Entonces les pedí que se sentaran. Lo hicieron, recelosos. No quisieron tomar nada y se quedaron en el borde de la silla, muy tensos. Eran chicos duros y me gustó que lo fueran. Entonces les conté mi versión de la historia.

Ocurrió a finales de 1975 en un lugar del Sáhara llamado El Farsía; que era como estar en mitad de la nada, con la diferencia de que esa nada estaba llena de soldados marroquíes que tenían cercada a una diezmada katiba de guerrilleros saharauis. Y había un problema adicional: había allí dos periodistas españoles de veintipocos años, con la mala suerte de no estar con los marroquíes sino con los otros, los guerrilleros. Y tanto éstos como los periodistas lo estaban pasando muy mal. No había forma de salir de allí, al que se movía lo achicharraban, y para colmo no quedaba agua para beber, el sol pegaba vertical con unos 45º a la sombra —si hubiera habido sombra, que no era el caso—, y la inmovilidad, el sudor, los tiros, el tormento de las moscas, el miedo, ponían los nervios al límite de su resistencia.

Todo ser humano, por templado que sea, tiene unos límites. Son las circunstancias las que te acercan o alejan de ellos. Aquel día de tortura insoportable, los nervios de uno de los reporteros tocaron el límite antes que los del otro. Salió primero su número. Así que, tras haber aguantado durante días y sobre todo durante las últimas horas, agotado por la tensión, perdió la compostura. Hay que rendirse, dijo. Gritemos que somos periodistas, levantemos los brazos y salgamos de aquí. Su compañero, sin embargo, no lo veía así de fácil. Nadie sabía que estaban allí, opuso con cierto sentido, y a los de enfrente les daban igual dos vidas más o menos. Tampoco les iba a gustar que hubiera testigos de aquello, ni que dos reporteros fueran en plan coleguillas con sus enemigos. Y si los cogían vivos, añadió, quizá fuera peor, porque les iban a ir dando por el culo hasta Tarfaya. Esa fue exactamente la frase, concreta, inolvidable: «Nos van a ir dando por el culo hasta Tarfaya».

El plan, había dicho el jefe de los saharauis, era esperar la noche para infiltrarse entre los marroquíes y escapar. Pero para eso había que estar tranquilos y callados. Sin embargo, el otro periodista no se dejaba convencer. Empezó a ofuscarse y a gritar, todo eso tirados cuerpo a tierra, parapetados entre las piedras desnudas, roncos de sed y con el sol asesino sobre sus cabezas. Y cuando hizo ademán de levantarse para ir hacia los marroquíes, su compañero le sacó a uno de los que estaban tumbados junto a ellos una pistola que el guerrillero llevaba en una funda colgada al cinto: una vieja Astra del 9 largo. El caso es que cogió la pistola, le quitó el seguro, se la puso al colega en la cabeza y señaló a los saharauis. «Nos pones en peligro a todos —dijo con toda la firmeza de que fue capaz—. Si te pego un tiro, éstos no van a decir nada a nadie». Y los saharauis miraban, callados y aprobadores.

Esa misma noche, en absoluto silencio los guerrilleros y los periodistas consiguieron infiltrarse entre los marroquíes —todavía hoy parece un milagro al recordarlo— y escapar de allí. Excepto aquellos diez minutos de crisis, el comportamiento del periodista que había perdido un momento los nervios fue impecable. Arrastrándose en la oscuridad se condujo con un valor tranquilo, y hasta se arriesgó un par de veces para esperar y ayudar al compañero. Publicados en España, los reportajes y fotografías fueron una gran exclusiva: éxito total. Ninguno volvió a comentar el incidente hasta una semana más tarde, cuando tomaban juntos una copa con las chicas del cabaret de Pepe el Bolígrafo, en El Aaiún. En un momento determinado, de improviso, uno de ellos sonrió y le dijo al otro: «Supongo que yo habría hecho lo mismo que tú». Ésa fue su absolución de hermanos, y no hubo nada más. Después se miraron a los ojos en silencio y encargaron a Chocolate, el camarero negro, la botella de champaña que Silvia y la Franchute llevaban mucho rato pidiendo.

26 abril 2020

1399 – LA ESTRELLA MORIBUNDA

XL Semanal, 26 de abril de 2020

Durante cierto tiempo, las estrellas fueron importantes en mi vida. Crecí junto al mar cuando la costa no era todavía un continuo paisaje de cemento y luz artificial, y las noches en la playa, junto a fogatas hechas con madera de deriva, transcurrían bajo una hermosa bóveda celeste que giraba despacio alrededor de la Polar. Fue con Paco el piloto, en las noches en que salíamos al mar para que él se buscara la vida con los barcos extranjeros fondeados, con quien aprendí a tomar la distancia desde la Osa Mayor para encontrar la estrella maestra. Más tarde, cuando navegué en mi propio velero, algunas noches apagaba —aún lo hago— todos los instrumentos de a bordo para, sentado junto al timón, sentir el placer de navegar un rato con sólo las referencias del cielo. Y cuanto tengo alguna duda, todavía consulto el Starfinder, el disco localizador de estrellas que me regaló, hace ya muchos años, el capitán de la marina mercante don Carlos de la Rocha.

También, cuando trabajé en lugares donde la luz no sólo no era posible sino que podía ser peligrosa, muchas noches transcurrieron en la oscuridad, a cielo abierto, y a menudo dormí o esperé tumbado sobre la arena o en el saco de dormir, mirando estrellas hasta aprenderme varias constelaciones de memoria: El Cisne, La Cruz del Sur, Las Pléyades, Cefeo, Orión… De todas ellas, Orión es la que más vinculada está a mi vida, y no sólo por ser la más hermosa. Desde niño me fascinó su leyenda, la del cazador con la espada y el escudo, que vigila el cielo; el que guió a Ulises en su visita al Hades y tiene dos estrellas en los hombros, Betelgeuse y Bellatrix, tres en el cinturón y dos en los pies, una de las cuales se llama Rigel. A Orión debo tal vez la vida, como se la debe mi entonces compañero el fotógrafo Claude Glüntz; porque una noche de febrero de 1976, cuando recorríamos con un Land Rover y un conductor del Polisario una pista cercana a Mahbes, en el Sáhara, fue la posición de Orión, que estaba donde no debía estar —o más bien éramos nosotros los que no estábamos— la que nos hizo descubrir que nuestro conductor saharaui se había despistado y rodábamos por una pista minada que, además, nos llevaba directamente a las posiciones marroquíes.

Anoche, cuando pensé en escribir hoy este artículo, me asomé a ver con prismáticos el firmamento, que desde donde vivo se ve nítido y limpio. Y allí estaba el impasible y fiel Cazador, muy próximo al horizonte. Me detuve un rato en el punto rojizo de Betelgeuse, la estrella más hermosa de esa constelación, el Uluriajuak de los esquimales, Basn de los persas e Ib al-Jauza de los árabes, que en las tablas astronómicas de Alfonso X el Sabio aparece ya como Beldengeuze. Y mientras la observaba recordé que estaba mirando una estrella condenada a muerte. Todo el Universo y cuanto contiene lo está, tarde o temprano; pero Betelgeuse tiene, incluso, fecha de caducidad conocida.

Ahí donde se la ve, tan hermosa desde que nació como gigante azul hace ocho millones de años, Betelgeuse agoniza sin remedio. Se desvanece. En sólo un año su brillo ha perdido casi dos tercios de intensidad; y no porque sea una estrella de resplandor variable, que lo es, sino porque está consumiendo su combustible interno y eso la conduce, inevitablemente, al colapso que la hará estallar en lo que los astrónomos llaman supernova: una explosión que durante tres meses iluminará de noche la tierra, que hará el hombro del Cazador tan brillante como la luna llena, y que se irá apagando hasta desaparecer para siempre en uno o dos años. Según los astrónomos, para que eso ocurra quedan, como mucho, menos de 100.000 años. Y de ahí para abajo. O sea, mil cortos siglos. Cifra que si a los estúpidos humanos que estamos aquí nos parece enorme, para el impasible cosmos y sus reglas es un aperitivo de nada. Un simple suspiro entre dos aparentes eternidades.

Recuerdo que una noche, cuando estábamos mojados por el relente a bordo de su barco, esperando cartones de Winston junto a la isla de las Palomas —habíamos pescado calamares con potera mientras anochecía, para matar el rato—, el Piloto encendió un pitillo con su chisquero, miró la bóveda celeste que recortaba las alturas negras de la costa, y refiriéndose a las estrellas me dijo: «Qué pequeño y qué analfabeto se siente uno aquí debajo. ¿A que sí, zagal?». Y era cierto, y lo sigue siendo. Más de medio siglo después, pese a todo lo visto y leído desde entonces, mientras anoche observaba Orión mirando el hombro rojo y sentenciado a muerte del Cazador, volví a sentirme tan pequeño y analfabeto como aquella noche lejana junto al Piloto, en el barquito que se mecía despacio bajo las estrellas.

18 septiembre 2019

Dosier de prensa para 'Sidi'


Alfaguara - 18/09/2019

«Sidi, Sidi, clamaban. Reía Diego Ordóñez satisfecho, brutal, quitándose la sangre de la cara con el dorso de una mano.

—Te llaman señor, Ruy. ¿Los oyes?... Te llaman señor.»

La Península Ibérica del siglo XI se vertebraba en reinos que guerreaban unos con otros; a veces los cristianos se enfrentaban a los musulmanes o moros, pero otras luchas eran entre cristianos. Era éste un mundo turbulento en el que la palabra España no existía y Reconquista era un término por forjar en el mismo crisol donde se fundían el acero de espadas y alfanjes. Las alianzas cambiantes iban tejiendo un tapiz donde se anudaban las vidas de personajes malditos y héroes de leyenda. Había hombres, sin embargo, que encarnaban ambas cosas, dependiendo del lugar desde donde se contara la historia. Uno de ellos fue Rodrigo Díaz de Vivar, un guerrero duro y hábil conocido como el Cid Campeador. Ganar ese sobrenombre, temido y respetado a ambos lados de la frontera, le costó odios, traiciones, muertes y renuncias. Y lo hizo inmortal.

Arturo Pérez-Reverte ha recreado en 'Sidi' la precuela del héroe: los primeros meses de exilio, cuando aquel infanzón orgulloso y seguro de sí, diplomático, valiente y desconocido, forjó su propia leyenda. «Yo nací de mí», diría seis siglos después Lope de Vega. Una frase que podría aplicarse a Sidi; en realidad, a todos los héroes creados por el genio inconfundible de este escritor.

"Un relato de frontera" es la frase que completa el título de esta novela. Uno y otra avisan al lector de lo que va a encontrar al franquear la magnífica portada de Augusto Ferrer-Dalmau: una visión nueva y personal dentro de la iconografía cidiana. 'Sidi', el título elegido por el autor, no es casual: subraya el mestizaje del personaje como encarnación de esa España donde él y su mesnada (hombres duros en un territorio duro) luchaban por sus vidas.

En cuanto a la manera de contar un hecho histórico, lo definió el propio autor hace doce años en 'Un día de cólera': «Este relato no es ficción ni libro de Historia». Esta definición está vigente en 'Sidi', novela que constituye un doble concepto fronterizo: cercana al género del "western" americano, de estilo picado, directo y sensorial, también se mueve en la línea difusa entre realidad y ficción que vertebra todo relato histórico revertiano. 'Sidi' es una argamasa narrativa contundente que une con eficacia las piezas históricas documentadas con el rigor y la minuciosidad que caracterizan a su autor.

«La cabalgada», «La ciudad», «La batalla» y «La espada» constituyen las cuatro partes en las que se divide esta novela compacta, donde la fiereza de un puñado de hombres, contada con un lenguaje mesurado en su anacronismo y escogido por su eficacia, consigue que el lector se mantenga suspendido en el relato, magnetizado por los hechos, hasta el final del mismo.

«La cabalgada» se centra en la presentación de Rodrigo Díaz y su hueste: mercenarios dirigidos por un infanzón, contratados todos por los burgueses de Agorbe para perseguir a una aceifa de moros que arrasa el campo entre el río Guadamiel y la sierra del Judío. Esta extensa tierra de nadie entre la Castilla cristiana y los reinos musulmanes es el paisaje que funciona como un personaje más del relato. El lector asiste en esta parte a la espera, la incertidumbre, la camaradería forjada más en los silencios que en las palabras, la tensión de un enemigo que no se materializa pero que se percibe la soledad como compañera inevitable de un líder conocedor de las traiciones y los afectos, que añora el calor de su familia, planea tácticas, asume posibles fracasos y se mantiene impasible ante la victoria. Y la frontera como glacis inabarcable por el que se mueven unos personajes apenas descritos pero reconocibles por sus gestos, actitudes y miradas, con una elocuencia que arrastra inevitablemente al lector hacia la nube desordenada de polvo bajo el infierno de sudor y metal de la cota de malla, lo ciega con el brillo de las armaduras, lo ensordece con el relincho aterrado de los caballos y lo dispone a seguir leyendo a pesar de sentir el latido de la sangre brotar del tajo de carne abierta por una hoja certera.

En «La ciudad», el autor modula la acción e invita al lector a recorrer la vida urbana de una urbe medieval española, las intrigas palaciegas y el complejo entramado de filamentos cortantes que el héroe ha de tejer para poder conservar el título de Campidoctor fuera del campo de batalla, logrando el respeto del aliado sin traicionar las propias reglas. O al menos sin traicionarlas del todo al mantener el equilibrio dificilísimo y casi homérico entre osadía tramposa, orgullo y valentía, lo que en esta parte de la novela también se hace extensible al sexo. Al otro lado de los reinos cristianos, la vida refinada y culta de Zaragoza, taifa musulmana, y la relación singular y respetuosa entre su poderoso rey, Mutamán Benhud, y Sidi, contrasta con la actitud del conde Berenguer Remont y su corte de caballeros francos. Piezas todos ellos sobre los escaques grises de un juego lúcido de ajedrez.

«La batalla» es el corazón de la novela: un rebato nocturno, la batalla de Monzón y la presión del rey moro para el enfrentamiento con su hermano Mundir, rey de Lérida, dejan sin aliento al lector. Todo ello está contado con un torrente léxico contenido y perfecto, puesto al servicio de la acción total. Cristianos y moros combatiendo juntos bajo un mismo juramento de lealtad al rey de Zaragoza; hombres procedentes de dos mundos separados por fronteras, lenguas y religiones que la batalla convierte, por un tiempo, en una hermandad de sangre.

«La espada» cierra el relato con una venganza y una merecida y mítica recompensa. El lector, al terminar esta historia sobre un puñado de hombres valientes, comprende por qué el Cid es una leyenda.

«Si flaqueo, muero; si retrocedo, muero; si no venzo, muero.»

En el momento del relato España no es más que una amalgama de reinos cristianos y moros cuya historia belicosa y ruda se forjaba en un juego de conjuras y sangre, coronas, acero, honor, lealtades y traiciones a un lado y al otro de las fronteras, donde un rey valía lo que era capaz de pagar a los hombres que defendían su trozo de tierra. En ese paisaje, el Cid avanza en zigzag como la pieza del caballo que se mueve a ciegas por un tablero difuminado en el que el enemigo cambia de posición cada día. Nunca un héroe fue tan español, duro, seco y resistente, encarnación casi geológica de la tierra que lo vio nacer.

En 'Sidi', Arturo Pérez-Reverte recupera esa crudeza, sacrifica al héroe para recrear al mercenario, por lo que en este relato de frontera no encontraremos la idealización de la leyenda, sino la épica de un hombre. 'Sidi' es también una invitación a la reflexión sobre el acontecer histórico, pues su autor rotura la historia con unos hechos que, si no fueron así exactamente, así pudieron ser.

«Doscientas lanzas, pensaba removiéndose en la oscuridad. Doscientos hombres confiaban en él para ganarse el sustento, y de ellos era responsable. La suerte que le deparase Dios —y no había suerte, buena o mala, que no dependiera también de quien la jugaba— arrastraría consigo la de todos ellos. Para bien o para mal, de sus aciertos o errores iba a depender el futuro inmediato de su gente.»

'Sidi' puede leerse también en clave de lección de liderazgo. El protagonista se desenvuelve como capitán de un ejército improvisado de hombres leales y sabe que su fuerza está, en parte, en la manera en la que es capaz de conservar la lealtad de su hueste. La mesnada campea por esta novela como un protagonista más, movido por reglas impensables en el mundo civilizado, pero necesarias en territorio hostil. Arturo Pérez-Reverte afirma que para ahondar en el liderazgo consultó, además de la bibliografía «sidiana», otros textos más específicos: desde máximas de Napoleón y estudios sobre el combate de Ardant du Picq o Guy Debord, hasta el 'Arte de la guerra' de Sun Tzu, o los códigos de los samuráis de Taira Shigesuke o Jocho Yamamoto. Todos ellos le permitieron afinar la idea del mando y gobernación de los hombres en situaciones extremas.

«Si un guerrero va a morir y está dispuesto a ello, actúa como si ya estuviera muerto […]. Igual que si su vida no fuera suya. Entonces combate con todas sus fuerzas, permanece unido a sus compañeros y no busca la salvación, sino hacer al enemigo todo el daño posible.»

De nuevo estamos ante una novela coral que viene a completar la galería de héroes clásicos de Arturo Pérez-Reverte, pero a diferencia de Alatriste y Falcó, esta vez no se trata de un héroe solitario. Sidi mantiene intacto el territorio literario característico del autor. Como El húsar o Alatriste, es una historia de camaradería, guerra y amistad, y comparte con esas novelas la manera reconocible de mirar el mundo sometido a las reglas singulares de lealtad y honor. Como construcción narrativa, 'Sidi' es pariente directo de 'Cabo Trafalgar' y 'Un día de cólera', por la manera característica de contar y entender ciertos pasajes históricos como una sucesión de hechos que descansan sobre los hombros de un puñado de hombres en la tesitura de morir o matar.

De nuevo esta historia, como aquéllas, es narrada por la voz de un escritor que maneja las palabras como un fotógrafo el zoom de una cámara —acercando o alejando la escena en función de la necesidad del relato— con la eficacia veterana del reportero de guerra y el talento fresco e intuitivo de un narrador de raza. 'Sidi' es también la aventura de un puñado de guerreros perdidos en territorio enemigo que se dirigen hacia el mar a lo lejos, en Levante, mientras venden cara su piel para poder sobrevivir. En este relato, entre otras muchas fuentes, emerge la 'Anábasis' de Jenofonte, una lectura escolar de Arturo Pérez-Reverte que fue definitiva para la formación del imaginario del futuro escritor.

Personajes

Rodrigo Díaz, Sidi

"Su nombre ya sonaba legendario, y lo sabía. No sólo por ser el único que, humilde infanzón castellano, se había atrevido a exigir juramento a un rey, sino porque batallaba desde los quince años y nadie tenía un historial de armas como el suyo".

Cuando un hombre se convierte en leyenda suele perder su condición humana. La historia cataloga los hechos y la memoria colectiva los idealiza y transforma en grabados, manuales, estudios críticos y monumentos públicos. Sólo la literatura es capaz de devolver la carne a las estatuas de las plazas, el aliento a los hombres desconocidos cantados en las gestas que hoy apenas recordamos.

El Cid que ha sobrevivido hasta nuestros días, el más famoso, es el Cid de Valencia, alguien con prestigio, guerrero poderoso y respetado. Este relato se centra en el otro Cid: el que cabalga en sus primeros seis meses de destierro, cuando tras el juramento de Santa Gadea, sale de Castilla con una mesnada de cuarenta o cincuenta hombres fieles a buscarse el pan y la vida en la peligrosa frontera del Duero, sin más bandera que la de la propia supervivencia. El Cid de esta novela es un líder hecho de silencios, autoridad y valentía, con un sentido de la justicia forjado en las lealtades que nacen en torno al fuego de un vivac después de enterrar a los muertos, repartir el botín y rezar a Dios más por costumbre que por fe, tras la última cabalgada.

Alvar Fáñez, Minaya

"Tenía las facciones picadas de viruela y cicatrices de aceros: una de esas caras que necesitaban un yelmo y una cota de malla para parecer completas.

—¿Y tú Minaya?... Por qué viniste tú?

— Me aburría en Burgos —emitió el otro una risa corta y seca—. Desde que éramos críos, sé que contigo no se aburre uno nunca".

Pariente lejano y amigo de Ruy Díaz desde la infancia. Tiene facciones picadas de viruela y cicatrices de los golpes del acero. Lento en la reflexión y diligente en la ejecución, es el perfecto subalterno de mesnada castellana.

Diego Ordóñez

"Fue Diego Ordóñez quien alzó una mano.

—¿Necesitamos prisioneros?

—No […]. Podemos matar todo lo que se mueva, hombre o animal.

Sonreía el otro feroz. Satisfecho.

—Me gusta el plan".

Duro, brutal y experimentado. Famoso por matar a tres Arias en el palenque de Zamora cuando desafió a la ciudad por la muerte del rey Sancho. Su ecosistema ideal son las casas incendiadas, los suelos repletos de cadáveres y una parte del botín. Un guerrero magnífico y temible, amante de los asaltos y el degüello.

Mutamán

"Era un hombre atractivo, alto, de buena planta. Debía de rondar la cuarentena. No iba armado, a excepción de plata y marfil en la faja".

Rey de Zaragoza, enfrentado a su hermano Mundir, rey de Lérida, Tortosa y Denia. Astuto, ambicioso, valiente. Un duro negociador que contrata a Sidi para una empresa que sólo el castellano puede sacar adelante.

Raxida

"Su piel o su carne, advirtió él, emanaban una agradable tibieza que nada tenía que ver con los perfumes y que traspasaba la seda del vestido. Sus labios bien dibujados, gruesos, sensuales, removían sensaciones turbadoras en el castellano".

Hermana de Mutamán, junto a quien vive en palacio desde que quedó viuda. Mujer fuerte, seductora, inteligente, culta y desafiante, que vive con una libertad inusual en la época.

Yaqub Al-Jatib

Líder de los moros de Zaragoza en la hueste de Ruy Díaz. Leal, pragmático, inteligente y bravo.

Berenguer Remont II

"Bien parecido, alto de cuerpo, lucía una barbita rubia rojiza con bigote rizado. Sus modales eran de lánguida autoridad y daban por sentado, al primer vistazo, que la máxima jerarquía en aquel lugar de la tierra eran Dios y él mismo, por vía directa y en ese orden".

Conde de Barcelona. Asesinó a su hermano gemelo para no compartir el cargo. Desprecia a Ruy Díaz y a los suyos y, apoyando a Mundir, se enfrenta a la hueste del castellano y al ejército del rey de Zaragoza.

Fray Hernán

"Era joven pero no le faltaba entereza. Fraile, clono o guerrero, la frontera del Duero templaba a cualquiera que sobreviviese algún tiempo allí".

Fraile. Hijo de colonos que proporciona servicio espiritual a la hueste de Ruy Díaz. Ducho en el rosario, pero también con los mapas y usando la ballesta.

El paisaje

"Sobre el campamento, en la bóveda negra del cielo, millares de astros luminosos giraban muy despacio en torno a la estrella maestra; y Orión, el cazador, ya mostraba su aljaba en los bordes sombríos de la cortadura. Todo paisaje tenía cuatro o cinco significados distintos, pero ellos no veían más que uno".

La hueste

"La mayor parte eran hombres de frontera, curtidos en algaras y escaramuzas, de las que sabían cosas por haberlas visto no porque se las contaran. La prueba de que las habían aprendido era que seguían vivos. Aventureros aparte —un tercio aproximado de la hueste—, el resto eran mesnada de Vivar, unida a su jefe por lugar y familia. Eso permitía apretar algo más las clavijas, pues las individualidades se diluían en la disciplina del grupo. Entre todos sumaban setenta años de experiencia militar. Incluso los jóvenes eran tropa hecha, cuajada en escaramuzas [...]. Tenían disciplina y tenían paciencia. Y a todos intimidaba Ruy Díaz. Junto a todos ellos había cabalgado antes y los conocía de sobra. Hasta por su forma de moverse era capaz de adivinarles el estado de ánimo".


03 octubre 2018

Dosier de prensa para 'Sabotaje'


Alfaguara - 03/10/2018

«Hay hombres nacidos para mandar y hombres nacidos para obedecer, pero él no es ni lo uno ni lo otro.»

Arturo Pérez-Reverte (Cartagena, España, 1951). Uno de los autores más destacados de la literatura en español por su estilo directo, culto y envolvente. Los mundos y los héroes a los que da vida en su obra han transformado sus apellidos en un género literario: lo perezrevertiano, ese territorio construido a partir de los grandes relatos de las pasiones y miserias humanas. Lo que hace especial a las historias de Arturo Pérez-Reverte son las fisuras y las contradicciones de los seres que las protagonizan. Ya sea el Lucas Corso de 'El club Dumas', el íntegro Jaime Astarloa, de 'El maestro de esgrima', la Teresa Mendoza de 'La Reina del Sur' o el incorrecto Lorenzo Falcó. Ningún lector sale ileso de esa galería humana.

Los de Pérez-Reverte son mundos construidos con maestría, porque los conoce de primera mano. Fue reportero de guerra durante veintiún años, desde 1973 hasta 1994. Cubrió más de dieciocho conflictos en El Salvador, Nicaragua, Sudán, Mozambique, las Malvinas, los Balcanes e Irak. Ha visto lo mejor y lo peor del ser humano; a los lobos y a los corderos, que consigue esculpir en mármol literario. Académico de la lengua, periodista y escritor, Pérez-Reverte es alguien que descree de las poses, sean cuales sean.

A partir de 2016, Pérez-Reverte eligió el siglo XX como materia narrativa —un tiempo al que se asomaba ya en 'El tango de la Guardia Vieja'— y emprendió un nuevo ciclo protagonizado por Lorenzo Falcó, un ex traficante de armas y mercenario que trabaja como espía para los servicios de inteligencia del bando nacional durante los días cruentos de la Guerra Civil española, en los años de entreguerras de la primera mitad del siglo XX. La novela inaugural de la saga, 'Falcó' (2016), que fascinó a los lectores y la crítica (más 300.000 ejemplares vendidos), tuvo su continuación con 'Eva' (2017). 'Sabotaje' completa ahora lo que, de momento, podría ser una trilogía. 

La nueva entrega de la serie se desarrolla en el París intelectual de los años treinta, el epicentro de la Europa moderna en la que ya se dejan ver las primeras señales de lo que se avecina, una guerra sanguinaria —ésa en la que confluyen el nazismo, el fascismo y el comunismo—, mientras Hemingway farda de su heroicidad de salón en los cafés de Montparnasse y Pablo Picasso, pagado por la República, pinta el 'Guernica' en una buhardilla del número 7 de la rue des Grands-Augustins.

'Sabotaje'. Con ese título firma Arturo Pérez-Reverte la tercera novela protagonizada por Lorenzo Falcó, un jerezano elegante y bien plantado, un ex traficante de armas que trabaja para el Grupo Lucero, una sección del Servicio Nacional de Información y Operaciones (SNIO), el organismo de inteligencia de la Falange, y del que él es su principal estrella. Sin embargo, Falcó libra su propia guerra. Su naturaleza configura sus movimientos. Es un hombre peligroso. Alguien que sólo es leal a su propia causa y a quien la cercanía de la acción inyecta en sus venas una lucidez especial. Para él, vivir es depredar. Sean mujeres o misiones. Sabe paladear el lento placer de los que llevan una navaja escondida en el sombrero mientras beben un cocktail o salen airosos de un sucio calabozo.

Arturo Pérez-Reverte presentó ante los lectores a su más reciente criatura en una primera entrega publicada en 2016, 'Falcó'. A ésa siguió, en 2017, 'Eva', una historia fascinante que se desarrolla en Tánger, un puerto cosmopolita del que entran y salen todo tipo de personajes y donde se dirimen los más turbios asuntos. En 'Sabotaje' el agente habita el París de finales de los años treinta del siglo XX, una metrópoli donde coinciden los cimientos culturales de la modernidad, al mismo tiempo que experimenta la electricidad de los indicios que anticipan su demolición ante el próximo estallido de la Segunda Guerra Mundial. Es la capital donde se mezclan las raíces del pensamiento ilustrado —la cuna occidental moderna— con fugitivos, espías y conseguidores; e intelectuales de la más destacada pluma —algunos de ellos a expensas de un activismo de salón— con otros que se juegan el poco pellejo que les queda.

La acción transcurre apenas unos meses después de la misión de Marruecos narrada en 'Eva'. Estamos en la primavera de 1937. Concretamente, en mayo. Unos pocos días después del bombardeo de Guernica por los aliados alemanes e italianos del bando sublevado. La Guerra Civil Española está a punto de cumplir el primer año de duración. Nada sabe Falcó de la agente Eva Neretva, aquella espía soviética que le juega reveses a este hombre que no acepta sorpresas. A pesar de eso, no consigue borrarla de sus recuerdos. Falcó ignora si Eva vive o muere. Y aunque la memoria de aquella mujer lo aguijonea, lo importante es su siguiente misión, que es doble: por una parte, debe convertir a un afamado intelectual comunista, Leo Bayard, en un traidor, y por otra destruir el Guernica, el cuadro encargado a Picasso para engalanar a la República en la Exposición Internacional de París.

Si en la misión de la primera novela de la serie, que consistía en liberar a José Antonio Primo de Rivera de la cárcel de Alicante, Falcó se adentraba en terreno político, y en la segunda debía traer de vuelta treinta toneladas del oro del Banco de España que un barco de la Marina al servicio de la República retenía en el puerto de Tánger, ahora tendrá que adentrarse en la Europa intelectual, la de la cultura y los artistas. Y lo hará en su capital natural: París. Ese lugar de las vanguardias y los intelectuales comprometidos, la olla a presión de los genios y los farsantes: los que confunden obra con impostura y se relamen, satisfechos de sí mismos, en la propaganda de guerras que nunca han librado.

Para conseguir su objetivo, Lorenzo Falcó habrá de convertirse en Ignacio Gazán, un chico de buena familia española afincada en La Habana. El heredero de un boyante negocio familiar dedicado al tabaco. Alguien con mucho dinero, simpatizante de la República y coleccionista de arte. La ayuda de un agente de la Abwehr permitirá al jerezano llegar a Bayard y tenderle una trampa. El objetivo es provocar su asesinato a manos de los soviéticos tras una campaña de intoxicación para acusarlo de fascista y desacreditarlo como gran fraude de la izquierda internacional. A eso se suma, por supuesto, la encomienda de destruir como sea el 'Guernica' de Picasso, lo cual implica acercarse al malagueño y dar el zarpazo. Hasta el estudio de la rue des Grands-Augustins llegará el espía para cumplir su objetivo.

Dotada de todavía más acción y velocidad, de una dosis mayor de humor, incorrección y maestría, en las páginas de esta novela reaparecen personajes únicos de la serie, como el Almirante, el jefe del Grupo Lucero, o Paquito Araña, un asesino a sueldo capaz de pintarse las uñas antes de torturar a un prisionero. Regresan viejos y oscuros fantasmas, como Pavel Kovalenko, jefe de los servicios de inteligencia soviéticos en España, el hombre que puede iluminar y oscurecer el paradero de Eva Neretva. También aparecen en 'Sabotaje' nuevos secundarios extraordinarios: el agente Hupsi Küssen, el contacto del Grupo Lucero en París, Sánchez, la fotógrafa Eddie Mayo o la inolvidable María Onitsha, además de personajes históricos, como el artista Pablo Picasso o la actriz Marlene Dietrich, o los que han sido inspirados en alguno de ellos, como Gatewood, trasunto del escritor norteamericano Ernest Hemingway, o Nelly Mindelheim, tras cuya figura se adivina a la mecenas estadounidense Peggy Guggenheim.

El lector encontrará en 'Sabotaje' a un Falcó más letal y al mismo tiempo divertido, alguien que se entrega al sexo en coches cama del expreso de Hendaya en su trayecto hacia París, pero también aquel al que vendrán a visitarlo algunos demonios. Lorenzo Falcó resume los claroscuros del ser humano que Arturo Pérez-Reverte conoció en sus años como corresponsal de guerra. Y en esta novela ofrece una nueva, refinada y todavía más fibrosa versión del depredador más eficaz. Nada sobra en estas páginas. Diecisiete capítulos y un epílogo llenos de emoción e ironía. Un retrato de la Europa de entreguerras ejecutado con maestría.

Vuelve Falcó. Esta vez para sabotear cualquier voluntarismo. Vuelve Falcó, alguien cuyo encanto y crueldad le permiten caer de pie en todos los tejados y que en estas páginas besará a Marlene Dietrich, zurrará a Ernest Hemingway o se hará retratar por Pablo Picasso. Eso es esta novela, 'Sabotaje': una muestra más de un Arturo Pérez-Reverte en estado de gracia, que intenta cerrar algunas de las grandes incógnitas de esta serie, al tiempo que abre otras nuevas. Porque 'Sabotaje' lo cambia todo. Una novela autónoma que animará a los lectores que no se han sumergido aún en las aventuras de Falcó a buscar las entregas anteriores y que sembrará en los ya iniciados algunos interrogantes.

Una vez más, la Guerra Civil Española hace las veces de telón de fondo para una historia que sobrepasa la contienda nacional y abre ante el lector un mundo fascinante atravesado por la corriente de la modernidad. Ese París donde se juntan las galerías, los marchantes de arte, los fotógrafos, los cafés, las modelos, las musas y amantes, así como editores, periodistas, escritores, comisarios políticos y aprovechados. Un sitio que bulle, al mismo tiempo que intuye ya los oscuros resortes del nazismo, que se cierne como una amenaza implacable. A Francia la gobierna el Frente Popular encabezado por Léon Blum, líder del Partido Socialista Unificado y de la Sección Francesa de la Internacional Obrera. Pero algo ya apunta a lo que será la República de Vichy y la ocupación nazi. París es el hervidero donde coinciden espías británicos del MI6, los servicios de inteligencia rusos, los agentes nacionales y republicanos españoles, así como las mentes oscuras de movimientos nacionalistas y de ultraderecha, que se intercambian la baraja de la vida y la muerte. Huele a guerra, cada vez más cerca, en esta novela. Los fascismos, el comunismo y las revueltas son una realidad en España y en el resto de Europa. Los vascos urden planes de nacionalismo entre San Sebastián y Hendaya y los catalanes se cobran su propia carnicería, mientras nacionales y republicanos se desangran en una contienda que apenas cumple su primer año de duración. Stalin perpetra sanguinarias purgas entre trotskistas y anarquistas, y Alemania ensaya su arsenal en una España que libra una cruenta guerra, ésa que servirá de laboratorio en el bombardeo de la localidad de Guernica, en abril de 1937.

En ese escenario, Francia se convierte en el corredor natural. 'Sabotaje' comienza en Biarritz y se desplaza desde Hendaya y San Sebastián hasta Berlín y los rincones de un París refinado y moderno: el del Mauvaises Filles, un local que alude con su nombre al espíritu liberal de aquella década; el mítico restaurante Le Dôme, uno de los locales señeros del barrio de Montparnasse —un lugar tocado por el espíritu art déco, con sus vitrales y lámparas historiadas— o el boulevard de Saint-Germain, pero también las orillas del Sena, lleno de gabarras, con los arcos de sus puentes —Neuf, des Arts— y al que acuden elegantes caballeros y hermosas modelos que buscan convertirse en musas de algún artista o al menos hacer la calle de la mejor forma posible.

Aparecen en 'Sabotaje' el Picasso consagrado al que la República paga un ático para acometer una obra que devino en maestra, aunque comenzara como propaganda; también un trasunto del Ernest Hemingway que imparte lecciones de valentía con un coñac en la mano, o el remedo de aviador aventurero que inspira a Leo Bayard, un intelectual francés que luchó con la República y hace la vista gorda a las purgas estalinistas mientras bebe una copa de champán. Será justo a ese sujeto a quien Falcó deba perjudicar para avanzar en esta doble misión, una encomienda en la que nadie es lo que parece y su mentor y jefe, el Almirante, le exigirá el doble.

Los personajes

Lorenzo Falcó

Ex traficante de armas y mercenario reconvertido en espía al servicio del Movimiento Nacional. Su historia comenzó en la primera entrega, publicada en 2016. Lorenzo Falcó es un joven seductor y apuesto. Alguien que ha sido contratado por el aparato de inteligencia de la Falange, a través del Almirante, jefe del Grupo Lucero, la unidad de trabajos sucios de los rebeldes. Falcó es un hombre de acción y naturaleza amoral. Aunque aún no cumple los cuarenta, este héroe revertiano se revela en 'Sabotaje' bastante más frío que en las dos novelas anteriores. Su humor es más fino y su proceder más cruel.

Las claves de su biografía aparecen en los libros anteriores, pero resurgen en 'Sabotaje'. Lorenzo Falcó creció en una familia acomodada de Jerez vinculada a las bodegas y la exportación de vino (está emparentado con la dinastía de los Domecq). Es elegante y cuidadoso en cada detalle de todo cuanto hace: desde la pitillera de plata y la cápsula de cristal con las cafiaspirinas para las jaquecas, a su dieta espartana, la afición a los cocktails y el reflejo mecánico de comprobar que su pistola Browning está preparada para disparar. En él todo es letal, desde llevar escondida en el sombrero una hoja de afeitar hasta su forma de librar las batallas de alcoba. No deja nada al azar. Lorenzo Falcó es un canalla en toda regla. Expulsado de la Armada por un asunto de faldas, lo mueven la aventura, las mujeres, el peligro y la adrenalina.

Una vez más, Falcó presume de conocer y controlar los ambientes más lujosos —balnearios, hoteles y restaurantes de la Europa de los años treinta y cuarenta—, pero también los lugares sórdidos de Estambul, los Balcanes, África y las distintas zonas de la Europa de entreguerras, donde se ha cobrado la vida de varios hombres y mujeres, sin parpadear siquiera, ya sea vendiendo armas, visitando Cataluña para matar anarquistas o el Berlín del Reich al que fue a parar para formarse con la Gestapo. Un lobo. Un depredador de ojos grises y traje impecable. Hay un personaje importante en el espíritu de este Falcó, Manuel González-Osborne, el tío Manolo, de quien parece proceder el encanto y la elegancia del díscolo agente secreto.

Si en la anterior entrega, 'Eva', el lector conoció rincones y claves de la biografía de Lorenzo Falcó —el espíritu de un hombre que siempre buscó estar en otro lugar—, en ésta se encontrará una versión más letal del héroe incorrecto. Alguien que se reencontrará con una mujer llamada María Onitsha —un eco de aquella Moira Nikolaos de Tánger— y al que no lo abandona el recuerdo de Eva Neretva, la agente del NKVD que ya aparecía en el primer volumen y que atraviesa 'Sabotaje' como una sombra inquietante. Una pieza clave aun en su ausencia.

Hubert (Hupsi Küssen) 

Agente del Abwehr, organización de inteligencia militar alemana. Dará apoyo en París a Falcó para sabotear el proceso de creación del 'Guernica', cuadro que Picasso pinta por encargo del gobierno de la República para la Exposición Universal. También él será clave para perjudicar al intelectual vinculado con el comunismo Leo Bayard. Küssen se hará pasar por un marchante de arte, amigo personal de Picasso, y servirá de puente para colocar a Bayard y a su pareja, la fotógrafa Eddie Mayo, a tiro de piedra de Falcó. Küssen es de origen austríaco. Alguien dotado de un extraño sentido del humor y la ironía. Destaca por su bonhomía y frivolidad, aunque un rasgo físico habla de su sentido del compromiso y su antigua condición de soldado: una cicatriz que va de mentón a nuca, un recuerdo del ataque con un lanzallamas que asoló su búnker en 1918, en la batalla de Arras, veinte años antes, durante la Primera Guerra Mundial.

Sánchez

Contacto del Servicio Nacional de Información y Operaciones (SNIO) que prestará ayuda a Falcó en su misión en París. Es un hombre de mediana edad, aire cansado y aspecto funcionarial. Será él quien advierta a Falcó de las muchas redes de espías y agentes que operan en esa ciudad en el tiempo extraño de entreguerras: desde los servicios soviéticos, ingleses y alemanes diseminados por toda la capital junto a otros agentes de los bandos nacional y republicano, hasta los miembros de La Cagoule, una organización clandestina de extrema derecha al mando del coronel Verdier. A Sánchez lo sofoca una tos de trinchera —está enfermo a causa de gases tóxicos de combate—. Posee un sentido de la lealtad y del deber inquebrantables. No es un agente sin escrúpulos, y ni siquiera contempla el asesinato como el primero de los métodos a aplicar. En muchas ocasiones se cuestiona la verdadera necesidad de algunos procedimientos cruentos de Falcó, a quien reprocha no tener una lealtad o ideología a la que servir.

Leo Bayard

Intelectual francés. Hombre de mundo, distinguido y arrogante, de cuarenta y dos años. Escritor de éxito, aviador y aventurero simpatizante del comunismo, aunque no milita en el Partido. «Un vanidoso cantamañanas», según el Almirante. Bayard siente admiración por el gobierno de Stalin, que en esos años realiza las purgas contra trotskistas y anarquistas. Pese a ello, Bayard niega las sombras del régimen y sólo proclama las bondades. Partidario de la República, combatió en la primera fase de la Guerra Civil al mando de una escuadrilla de aviación formada por voluntarios que él mismo reclutó. Pero como parte de la política de unificación de la acción internacional soviética, Bayard fue relevado en España por André Marty, comisario político de las brigadas internacionales. De vuelta en París, saborea la gloria adquirida en sus misiones de combate, al tiempo que escribe a favor de la causa republicana. Prepara un libro y una película sobre su experiencia española y presiona al gobierno del frente populista de Léon Blum para que Francia apoye a la República en la guerra. La misión de Falcó es desacreditarlo, relacionándolo con fascistas.

Eddie Mayo

Ex modelo, fotógrafa y artista inglesa, es uno de los personajes más enigmáticos e importantes en los resortes de la trama de esta novela. Amante de Leo Bayard, esta mujer aparentemente delicada, rubia y de ojos azules fríos y penetrantes es dueña de unas poderosas sagacidad e intuición. Estuvo relacionada con figuras como Man Ray, para quien posó en algún momento. Ella será la única en dudar de Falcó. Mujer de carácter y marcada inteligencia, a sus pies se rinden desde el Picasso consagrado que forma parte de su círculo cercano, hasta Gatewood, trasunto del escritor norteamericano Ernest Hemingway, por el que ella siente, en contraposición, un auténtico desprecio.

María Onitsha

Tal y como la describe Pérez-Reverte en estas páginas, es una mujer grande, poderosa y perfecta. Acaso la más hermosa que Falcó hubiese conocido jamás. Una mujer de etnia herero, tribu del África Sudoccidental casi extinguida por el genocidio alemán, una masacre aún más brutal que la perpetrada por los turcos contra los armenios. Perseguida por los nazis, esta hermosa cantante deberá huir del cabaret berlinés donde la conoció Falcó para radicarse en París. Se reencontrarán en el Mauvaises Filles, un local que regenta Toni Acajou, un gigoló turco-armenio que debió salir de una Alemania cada vez más siniestra.

Emilio Navajas

Jefe de la inteligencia republicana en París. Comunista y veterano de las checas murcianas. Un detonante dentro de una trama mayor.

Malena Izaguirre

Agente en una misión previa de Falcó en Biarritz. Una chica joven proveniente de una familia bien posicionada vasca y de tradición carlista. Tras el asesinato de su padre y su hermano a manos de los republicanos en la matanza del 25 de septiembre a bordo del barco prisión Cabo Quilates, atracado en la ría de Bilbao, decidió pasar a la acción directa apoyando a los rebeldes. «Era una buena chica, pensó él. Hembra de fiar, seria y valerosa.»

El Almirante

Los lectores se reencontrarán con el responsable del núcleo estratégico dentro del espionaje franquista: el Almirante. Su rango militar se escribe siempre con mayúsculas, como si sustituyera su nombre propio. Es gallego, pequeño, listo, malhumorado y de muy pocas palabras. El Almirante, a quien llaman el Jabalí, mantiene con Lorenzo Falcó una relación que se mueve entre la jerarquía y lo paterno-filial. Su hijo, asesinado, parece revivir en su trato con este díscolo agente, a quien en esta entrega prodiga más reprimendas… y recompensas. Ambos se conocieron cuando el Almirante era todavía jefe del servicio de inteligencia español en el Mediterráneo Oriental. En aquel momento, al percibir la determinación de aquel joven jerezano, lo reclutó.

Paquito Araña

Puede que sea uno de los personajes secundarios más insólitos y fascinantes de Arturo Pérez-Reverte por su extraño humor y oscura violencia. Homosexual, torturador, asesino a sangre fría y, al mismo tiempo, estrambótico sujeto capaz de pintarse las uñas antes de molerle la mandíbula a golpes a alguien para sacarle una confesión. Su aparición en 'Sabotaje' es fugaz, pero providencial para aquellos que disfrutan riéndose con sus cuitas.

Lisardo Queralt

En esta novela permanece adormecido el oscuro jefe de policía y seguridad de la Falange. Sin embargo, se respira su presencia. Acaso porque, en la medida en que pueda, siempre será un peligro para las carreras profesionales de Falcó y el Almirante. A Queralt lo conocen como el carnicero de Oviedo debido a su falta de escrúpulos. El coronel Queralt es capaz de cualquier cosa.

Eva Neretva

Los lectores la conocieron como Eva Rengel, una rubia espía que se hizo pasar por integrante de la Sección Femenina de la Falange durante la primera entrega de la serie. En Eva, la segunda novela, la espía soviética Eva Neretva será la enviada del NKVD en España para asegurar que el oro de España llegue a Rusia. La eligió para aquella tarea Pavel Kovalenko, asesor soviético y jefe en España de la Administración de Tareas Especiales del NKVD, un individuo con fama de implacable criminal que en esta novela tiene un papel decisivo.

La crítica ha dicho...

«Una sucesión trepidante de lances y situaciones sorprendentes contadas con firme pulso narrativo.» Ángel Basanta, 'El Cultural'

«La combinación Falcó-Tánger resulta irresistible [...]. Eva Neretva es una de las grandes creaciones femeninas de Pérez-Reverte.» Jacinto Antón, 'El País'

«Pocos escritores europeos saben dotar a sus novelas de un mundo propio [...]. La trama, como siempre en Pérez-Reverte, está soberbiamente narrada.» J. M. Pozuelo Yvancos, 'ABC Cultural'

«Sus ojos son una cámara de vídeo; su ritmo, el de las manecillas de un reloj; su limpieza, la del filo de una espada.» Raúl del Pozo, 'El Mundo'

«La segunda aventura de Falcó supera a la primera. Al primero que seduce es a su creador, que escribe sus aventuras con el entusiasmo con que las leerá su público […]. Falcó tiene el gusto del reencuentro con grandes arquetipos de la ficción literaria y cinematográfica.» Justo Navarro, 'Babelia'

«Falcó y Eva habrían sido prohibidos en los años cuarenta.» Jorge Fernández Díaz, 'La Nación'

«Pérez-Reverte ha impreso un nuevo e inesperado brillo al hasta ahora más bien adormilado género de espías español.» Sergio Vila-Sanjuán, 'Cultura/s' de 'La Vanguardia'

«Magnífica Eva, superior a la ya brillante Falcó.» Juan Gómez Jurado, 'ABC Cultural'

«El espía con glamour de Pérez-Reverte.» 'Reforma'

«El trabajo de Reverte en Falcó, una novela trepidante, moral, caníbal, nos recuerda que habita en el podio de los grandes narradores en castellano.» Edu Galán, 'La Nueva España'

«Tanto es Eva una profundización en el mundo de Lorenzo Falcó que este se nos presenta con sus rasgos más característicos aún más pronunciados, e incluso doblando la apuesta […]. Es Falcó al cuadrado, o 2.0, o versión 1937. Es así, y así seguirá siendo, porque la tercera novela ya está en camino.» Rogorn Moradan, Zenda

Extractos de la novela:

Sobre la misión de Falcó en París

«—Como sabes —proseguía el Almirante—, y si no lo sabes te lo digo, ese pintamonas de Picasso está en París. Tiene allí uno de sus estudios. Sus simpatías por la República son conocidas, así como sus amistades; de manera que no voy a extenderme en eso. Lo que importa es que ha aceptado el encargo, y hace días que trabaja en él. […] Tu misión en París es doble. Además de hacer pasar a Bayard por un agente fascista y lograr que se lo carguen sus propios camaradas, tienes que sabotearle el cuadro a Picasso. […]

—¿Perdón?

—Lo que he dicho, carallo —gruñó el almirante—. Sabotearlo, romperlo, quemarlo, acuchillarlo… Lo que se te ocurra. El caso es dar una lección a los rojos... Destruir esa puñetera mierda antes de que la lleven a la Exposición.»

«Sánchez llenó el vaso y lo bebió de un tirón, casi sin respirar. Después se echó hacia atrás en la silla. Toqueteaba la cajetilla de Gitanes. Al fin se la guardó en la chaqueta.

—Estaba previsto que el pabellón español se inaugurara este mes, pero es imposible. La misma Exposición, que ya tendría que estar abierta, va con retraso.

—¿Mucho?

—Demasiado. El gobierno francés, criticado por la derecha, quiere conseguir un respaldo público basado en su apoyo a la cultura. Esperaban inaugurar el primero de mayo, pero no hubo forma. De los cuarenta y cuatro países invitados, sólo están acabados el pabellón ruso, el alemán, el italiano y algún otro. El alumbrado aún no funciona y las calles están sin pavimentar. Es una chapuza. Así que Picasso tendrá tiempo, imagino.

—Si nada se lo impide.

—Claro —el otro volvió a dirigirle la una mirada de curiosidad—. Si nada se lo impide.»

Sobre la naturaleza de Falcó

«A diferencia de otros hombres y mujeres, a Lorenzo Falcó el peligro le inyectaba una fría lucidez. Casi disfrutaba de la sensación de soledad y peligro allá arriba, en un tejado de París y con un artefacto explosivo a la espalda […]. Los hombres, pensó una vez más, nacen, caminan, pelean y se apagan. Mientras tanto, era formidable seguir jugando a los juegos nunca olvidados, vivir en márgenes que uno mismo fabricaba: siempre, naturalmente, que se estuviera dispuesto a pagar cuando llegasen las facturas.»

«—¿Tú crees en algo, chico?

—Creo en un tajo en la ingle, sobre la arteria femoral, no hay torniquete que lo pare.

Movió la cabeza el Almirante, como para esquivar la sonrisa que parecía tentarle los labios.

—¿Hasta cuándo piensas llevar esa vida?

—Mientras el cuerpo aguante.

Chirrió, semejante a un gruñido, la risa queda del Almirante.

—Conozco pocos espías y aventureros que, al cumplir los cincuenta, no deseen haber sido boticarios del pueblo o funcionarios municipales.

—Todavía tengo trece años de margen. Ya se lo contaré, señor, cuando me sienta así.»

«—Tú, sin embargo, follas de marquesa para arriba. Eres una estrella del espionaje patrio y ojito derecho del Jabalí. Te basta con sonreír para que a todos se les haga el culo agua de limón.»

«—Falcó sacó el encendedor del bolsillo, en la mano izquierda, y con un chasquido rojizo se iluminó la sonrisa. Había tiburones que sonreían así.

—Soy el que no se levanta cuando el Caudillo habla por la radio.

—No sé de qué me habla.

Falcó guardó el encendedor.

—Ya lo suponía —dijo.»

«—¿No cree que ya está bien? —preguntó, bajando aún más la voz.

—Ya está bien ¿de qué?

—Dos muertos es suficiente.

De pronto, los ojos de Falcó parecieron cuajarse en metal. Hechos de acero gris.

—En España mueren por docenas o centenares todos los días —dijo despacio, casi con suavidad.

—Esto es diferente.

—Oiga… Cuando usted y sus amigos militares se sublevaron contra la República, yo estaba dedicado a otros asuntos. No empecé esto. Por razones diversas me encuentro de su lado, y no protesto. Hago mi trabajo con lealtad y eficacia. Pero no venga a tocarme las narices con escrúpulos de conciencia… Si los suyos pagaron la orquesta, ahora disfruten de la música.

—También usted es de los míos —objetó Sánchez, molesto.

—Ahí se equivoca. Yo bailo solo.»

«—¿Me permite una pregunta? —aventuró Küssen.

—Hágala y lo sabremos.

—Tengo entendido que Picasso ha sido amable con usted.

—Mucho. Incluso me hizo un retrato.

—¿Y no le causa ninguna clase de…?

Se había detenido buscando la palabra.

—¿Remordimientos? —sugirió Falcó.

—O de reparos. Algo así.

—¿Y por qué habría de causármelos?

—Pues no sé. Usted me lo preguntó a mí hace un par de días hablando de Bayard, ¿lo recuerda? La traición siempre deja pelos en la gatera.

Falcó lo miró con sorna.

Es extraño que usted diga eso, Hupsi. Su vida, por lo que sé, es una traición continua a todos con los que se relaciona.

—Oh, desde luego —sonrió con astucia el otro—. Soy, por decirlo de algún modo, un traidor sin complejos. No pretendo ocultárselo a usted. Pero hay una diferencia.

—¿Que usted se enriquece con ello? […]

—Aquí donde me ve, sirvo al Reich como un soldado fiel —se tocó maquinalmente la cara—. Lo que fui en la Gran Guerra. A diferencia de usted, tengo ideología, ¿sabe? Tengo afectos.»

«—¿Sabe lo que nos dijo su jefe al almirante Canaris y a mí en San Sebastián?

—No.

—Dijo, como si fuese una virtud, que usted era un hombre sin afectos. Y que eso garantizaba su eficacia.

Falcó no dijo nada. Küssen seguía chupando la rodaja de limón.

—Supongo que su jefe tenía razón […]. Los afectos acaban causando sufrimiento, y eso hace vulnerable, comentó… Por eso, en su opinión, usted se aparta de los afectos como de una enfermedad, sustituyéndolos por la lealtad, que es fría y más fácil de gestionar.

—Vaya… ¿Todo eso les contó el Almirante?

—Más o menos. Y también dijo: “Hay hombres nacidos para mandar y hombres nacidos para obedecer, pero él no es ni lo uno ni lo otro”.»

Sobre la Guerra Civil española como laboratorio mundial

«—¿Es verdad lo que se rumorea de Guernica?

—¿Qué se rumorea?

—Que no la han destruido los rojos, sino que la bombardeamos nosotros —indicó a los alemanes—. Ellos, concretamente… Esos guapos chicos rubios.»

«Pensaba Falcó en los aviadores a los que había visto por la mañana en el café, en los Junker y Savoia, con el aspa nacional pintada en el timón de cola. España, eso era fácil adivinarlo, se estaba convirtiendo en ensayo general de algo aún más enorme y más terrible. Con aquella música siniestra terminarían bailando muchos otros.»

«—La cólera de los idiotas llena el mundo —añadió malhumorado—. Y lo nuestro es un bonito ensayo general. Un prólogo para los grandes mataderos que se avecinan.»

«—Es terrible lo que pasa en España. ¿Cómo explicas lo que ocurre?

Falcó miraba su copa.

—No hace falta ser un sabio para explicarlo —respondió—. El comunismo, el anarquismo y el fascismo penetran en un pueblo que lleva siglos queriendo ajustar cuentas consigo mismo… Y que, en su mayor parte, apenas sabe leer.»

Sobre la Europa previa a la Segunda Guerra Mundial

«—Aquí el que no corre, vuela —concluyó entre sorbos el café—. Hasta el hijo de Negrín anda por aquí, mangoneando con parte de los fondos sacados en oro del Banco de España y con la cuenta abierta en Londres por su padre… Francia estaba llena de presuntos exiliados que viven de subvenciones, defendiendo la República en los cafés. […]

—A veces parecen retrasados mentales —dijo de pronto—. ¿Podrá creer que aquí se espían unos a otros, y que nos pasan información para fastidiarse entre ellos?… Y no imagina la de intelectuales que vienen a pavonearse lejos de España y de los tiros… Señoritos y mangantes oportunistas, odiándose y en busca de hacerse la puñeta. Ya vio a los anarquistas en Barcelona, hace unos días.

—Sí. Ya lo vi.

Se lo quedó mirando, el otro.

—Lo dice como si lo hubiera visto de verdad.

Durante un segundo, Falcó rememoró el caos de las calles, los tiroteos. Los italianos a los que había ido a asesinar. La expresión de ambos al comprender que no eran policías quienes les apuntaban en la nuca.»

«—Francia está podrida —opinó—. Que no os despiste que ahora gobierne el Frente Popular. Sus generales son reaccionarios y antisemitas. Si los alemanes atacan, la mitad de los franceses se pasará al enemigo.»

«—Fijaos en Berlín, ahora. Hasta los revisores de tranvía llevan un alfiler con la esvástica en la corbata. Y para pedir un sándwich de pepino en la terraza del Eden, o un cocktail en Ciro Bar, casi te obligan a exhibir un certificado Deutschgeboren de pura raza aria.

—Hiciste bien en salir de ahí —dijo Falcó— Y traerte a María.

—No tenía opción, viejo amigo… Mírame despacio: negro, sexualmente indeciso e intérprete de música degenerada. […]

—¿Y qué tal París, en ese caso? —el trompetista parecía preocupado—. ¿Lo ves como un lugar seguro?

Falcó retiró la boquilla, secándola con el pañuelo que aún tenía rastros del rouge de Marlene Dietrich. Pensaba en las pensiones y cafés baratos de la ciudad, a los que afluían centenares de exiliados que, huyendo de las cárceles, los campos de concentración y el tiro en la nuca, se encontraban allí con la desconfianza de la policía francesa, amenazados con la expulsión y la deportación. Los infelices restos de todos los naufragios de Europa recalaban en París sin recursos, sin pasaporte y sin futuro.

—No sé qué decirte. Tal y como está todo, pronto no habrá lugares realmente seguros.»

Sobre el París de los años treinta

«Se encontró con Marlene Dietrich saliendo del tocador de señoras: cabello rubio ondulado, ojos claros muy maquillados y labios en rouge color cereza. Un pequeño bolso plateado en la mano. Casi tropezaron a la entrada del pasillo y él se detuvo con una disculpa. Fue algo inesperado, pues mientras conversaban con Gatewood no la había visto levantarse.

—Perdón —murmuró Falcó.

—No importa —dijo ella.

—Discúlpeme —dijo apartándose un poco.

La miraba con tal fijeza, tan absorto, que la Dietrich parpadeó con interés […].

—¿Qué le ocurre? —preguntó la actriz, divertida.

—Que ojalá pudiera besarla. […]

—¿Y qué se lo impide?... Hágalo.»

«Fueron a Montparnasse, al Dôme. La terraza bullía de gente como una sartén de patatas fritas, así que entraron a situarse en la barra, pidieron cocktails boston-flip y bebieron en grupo, fumando y charlando con animación mientras Petit-Pierre se quedaba en la puerta. En torno se oía hablar en varias lenguas, y Falcó pensó que, en aquellos tiempos agitados, esa babel internacional parecía organizada por una agencia de relaciones públicas norteamericana libre de complejos raciales o políticos. Como cantos rodados de un torrente, refugiados y fugitivos de toda Europa, lejos temporalmente de las alambradas, las fronteras inciertas y los fusiles, se mezclaban allí con los turistas. A Falcó le gustaba el ambiente abigarrado de los cafés de París, donde tan frecuente era pasar inadvertido como, un minuto después, saludar a todo el mundo.»

«No llovía, y el cielo se dejaba ver azul entre desgarrones de nubes sobre los tejados de pizarra y mansardas del bulevar. La temperatura era agradable y el tráfico poco ruidoso. Turistas, ociosos, trasnochadores y busconas aún no se habían echado a la calle para llenar las terrazas de los cafés.

Las mesas de Les Deux Magots estaban ocupadas por clientela propia de la hora cercana: señoras con sombrero y perrito acurrucado a los pies, tipos de aspecto respetable que leían Le Figaro. Todo discurría tranquilo, formal y burgués. París por la mañana, de toda la vida.»

Sobre el coraje

«Inclinó el herido la cabeza, como si reflexionase, y permaneció así un momento. El rostro moreno y obstinado mostraba una expresión de desafío cuando lo alzó de nuevo.

—Viva la República —masculló entre dientes.

Falcó se inclinó un poco más hacia él.

—Disculpa, no te he oído bien… ¿Qué has dicho?

—He dicho que viva la República, cabrón.

—De acuerdo, camarada. Te vas como un tío. Eres un rojo hijo de puta, pero tienes cojones. A cada cual lo suyo—cogió la pistola y se puso en pie—. ¿Algún encargo de última hora?

—Que te den.

Asintió Falcó, casi melancólico.

—Me darán —sus pupilas se contrajeron, carentes de humor—. A todos nos acaban dando.

Después le apoyó el supresor de sonido en la frente y apretó el gatillo.»

Sobre el compromiso y la impostura de los intelectuales

«Picasso lo había recibido sin entusiasmo, pero tampoco con hostilidad.

Parecía acostumbrado a que a todas horas se presentaran visitas, oportunas o inoportunas. No se le veía molesto, sino indiferente.

— ¿Le apetece tomar algo? —preguntó—. Ayer me trajeron vermut español.

—Sí, gracias. […]

—¿De verdad no piensa viajar allí, maestro?

—¿A España?... Ya se lo dije: no sé. Aunque mis amigos insisten mucho en eso. Al fin y al cabo me han nombrado director honorario del Prado. "Noblesse oblige", como dicen aquí… Pero tengo demasiado trabajo. Tal vez más tarde, dentro de unos meses.

—Madrid es muy peligroso, dicen. Hay bombardeos a todas horas.

—Sí. Esos puercos fascistas. Mujeres y niños —señaló una veintena de fotografías recortadas de revistas, clavadas con chinchetas en la pared—. Ya ve usted las fotos. Pero los madrileños resisten de un modo admirable.

—Admirable —repitió Falcó con aire convencido.

—Es una guerra de clases… Si la ganamos, se fortalecerá la causa del pueblo en el mundo entero.

Encajó Falcó aquel plural con una ácida mueca interior. Picasso no había pisado España en muchos años, ni mostraba intención de hacerlo. Era fácil, se dijo, hablar de ganar guerras del pueblo desde un estudio a orillas del Sena.»

«El sarcasmo cayó en el vacío. Entornaba Sánchez los ojos con desdén, atento a sus propios rencores.

—Por no hablar de ese Alberti —añadió, ácido—. Un mal poeta comunista que se pasea por Valencia pistolón al cinto, del brazo de su mujer, denunciando a gente honrada y pavoneándose en los cafés, sin haber visto el frente más que de visita, para arengar a los camaradas proletarios…»

«El norteamericano se golpeó una pierna con una de sus manazas, cual si todavía le doliera.

—Guadalajara ha sido la batalla más decisiva de la guerra de España —añadió, evocador—. Estuve allí. Aquellos italianos muertos, patéticos, desparramados por la nieve… Se estudiará en las academias militares, ya veréis. Para los italianos fue un desastre comparable con Caporetto —miró con violencia a Falcó—. Yo estuve en Caporetto.

—Tú has estado en todas partes —apuntó desdeñosa Eddie, apagando la colilla del habano en un cenicero.

—No entiendo cómo un español puede estar fuera de España, en vez de estar luchando.

Sonreía Falcó, conciliador.

—No todos somos héroes, ¿sabe?

—Ya lo veo.

—Déjalo en paz —dijo Eddie.

—Todos los españoles deberían de ser héroes. Hay momentos de la Historia en que ser héroe es obligatorio… Si yo fuera español, me avergonzaría estar en París, en la barra de un bar.»

Sobre Falcó y las mujeres

«Pensaba Falcó en Eva Neretva, alias Luisa Gómez, alias Eva Rengel, alias Dios o el diablo sabrían qué. En aquel tiempo, se dijo, a diferencia de otros aún más recientes, sobrevivían las hembras más duras, inteligentes, tenaces. Se veían filtradas por pruebas nuevas. La Historia, acelerada en la modernidad, imponía una selección natural donde la mujer, sin duda, emergía como nueva heroína del siglo. Ellas hacían cosas que nunca habían hecho antes, y las abordaban con más disciplina, con más fe, con más crueldad, incluso, que los propios hombres.»

«—No milito por venganza —murmuró ella después de un largo silencio.

Había girado la manivela de la puerta para bajar el cristal. Arrojó fuera el cigarrillo, y el aire exterior metió dentro centelleos de chispas.

—Ya estaba con quienes preparaban el Alzamiento —añadió— mucho antes de que asesinaran a mi padre y a mi hermano… Esto es una cruzada contra el marxismo ateo y el separatismo.

Asintió Falcó, ecuánime. Empezaban a verse las primeras casas de Hendaya. Los faros iluminaron un cartel con el rotulo de la población.

—El propósito de hacer daño ayuda bastante —dijo en tono neutro, como si eso lo resumiera todo.

—El propósito de hacer daño— repitió Malena dando una palmada en el volante—. Suena bien eso. ¿Hay remordimientos cuando matas, o matas demasiado?

Guardó él silencio unos segundos, como si lo pensara. En realidad, no necesitaba pensarlo.

—Se puede —dijo.

—¿Y deja recuerdos incómodos?

—A veces.

—Me pregunto qué tal te llevas con todos tus muertos.

Aplastó Falcó su cigarrillo en el cenicero, bajó la ventanilla y tiró la colilla apagada.»

«—No era Falcó de los hombres a los que les gusta mirar. No era ése su carácter, ni su visión del mundo y la vida. Dos mujeres semidesnudas acariciándose en la penumbra del departamento sólo tenían sentido para él si contribuía de manera activa a que las cosas discurrieran de modo adecuado.»

«De pronto sintió un hondo cansancio. En otras circunstancias. Con un arrebato de aplomo descarado, habría tomado a aquella mujer en los brazos, la habría llevado al dormitorio y le habría hecho el amor hasta dejar en blanco la cabeza de ella y la suya propia. Al diablo Leo Bayard y al diablo todo. Pero supo que eso no iba a ocurrir nunca. […]

—¿Y usted Eddie? ¿Qué merece usted?

Ella permanecía lejos, al otro extremo de la habitación: un contraluz de mujer sin rostro en la ventana. Y entonces dijo algo extraño.

—Yo tengo mis propios fantasmas, créame. Mis propios remordimientos.»

«Eva Neretva. Desde luego que no podía olvidarla. Resultaba absurdo. Habría hecho falta otra vida para olvidar, y ni siquiera de eso estaba seguro. Eva Neretva, alias Eva Rengel, alias Luisa Gómez. Miembro del Grupo A de Tareas Especiales del NKVD. Se preguntó si seguiría viva a estas alturas.»

«Estudiaba Falcó sin disimulo su vestido y cuanto contenía, pregonado en el escote rotundo donde relucía una fina cadenita de oro sobre la carne tersa y oscura de los senos. María Onitsha, pensó, era la mujer más hermosa entre cuantas había conocido. Una belleza agresiva, casi animal. Sentada en el taburete, cruzadas las piernas perfectas cubiertas de seda, el crespón de color crema moldeaba, esculpiéndolo con minuciosa precisión, un cuerpo espectacular. Millones de hombres, concluyó, y también no pocas mujeres, habrían vendido su alma por poseerlo durante un rato.»