17 octubre 2017

Dosier de prensa para 'Eva'


Alfaguara - 17/10/2017

Arturo Pérez-Reverte nació en Cartagena, España, en 1951. Su universo es uno de los más fascinantes de la literatura escrita en español. Los mundos y los héroes que dan vida a su obra han transformado sus apellidos en un género literario: lo perez-revertiano, ese territorio construido a partir de los grandes relatos de las pasiones y miserias humanas. Él las conoce, de primera mano. En la obra de Arturo Pérez-Reverte los personajes lo son todo, por ello merece una mención especial 'Las aventuras del capitán Alatriste', serie dedicada al soldado español de los tercios de Flandes Diego Alatriste, un personaje con la fuerza Sherlock Holmes, Marlow o Hércules Poirot, que los lectores hicieron y continúan haciendo suyo incluso después de veinte años. La saga está compuesta hasta ahora por siete volúmenes, reunidos en 2016 por Alfaguara en el compendio 'Todo Alatriste'. 

A partir de este último año, Pérez-Reverte dio inicio a un nuevo ciclo protagonizado por Lorenzo Falcó, un ex traficante de armas y mercenario que trabaja como espía durante los años de entreguerras, en la primera mitad del siglo XX. La novela inaugural de la saga, 'Falcó' (2016), que fascinó a los lectores y a la crítica (más de 300.000 ejemplares vendidos en todo el ámbito hispanohablante), adquiere el carácter de novela inaugural de un ciclo narrativo con la aparición ahora de 'Eva', una novela que demuestra que Arturo Pérez-Reverte está en su mejor momento literario.

Desde el año 1991, Pérez-Reverte escribe su columna semanal 'Patente de Corso', que se difunde en más de veintitrés diarios en toda España. Sus libros han conquistado a veinte millones de lectores en todo el mundo, han sido traducidos a más de cuarenta idiomas y suscitado el interés del cine y la televisión en varias ocasiones, la más importante de ellas 'Alatriste', película dirigida por Agustín Díaz Yanes y protagonizada por Viggo Mortensen. En noviembre de 2017 se estrenó 'Oro', un filme también dirigido por Agustín Díaz Yanes y basado en un texto inédito de Pérez-Reverte. En 2003 Arturo Pérez-Reverte ingresó en la Real Academia Española, y desde abril de 2016 es editor y cofundador de la web de libros y autores Zenda. Comparte su vida entre dos pasiones: la literatura y el mar. Cuando no escribe, navega.

«Para Falcó, palabras como patria, amor o futuro no tenían ningún sentido. Era un hombre del momento, entrenado para serlo. Un lobo en la sombra. Ávido y peligroso.»

Esta no es una historia cualquiera, porque él no es un personaje cualquiera. Lorenzo Falcó es un hombre peligroso. Alguien que sólo es leal a su propia causa y a quien la cercanía de la acción inyecta en sus venas una «intensa y satisfecha lucidez». Arturo Pérez-Reverte lo presentó ante los lectores en una primera entrega, 'Falcó', y ahora ahonda en su territorio en 'Eva', una historia fascinante en la que Pérez-Reverte vuelve a ese mundo de entreguerras en el que los mercenarios y espías se mueven a sus anchas para sacar tajada de la carnicería ajena. Corren los años treinta y cuarenta de un siglo en el que bullen los fascismos, el comunismo y las revueltas. 

Por los dos lados de una línea que separa los hoteles de lujo de los calabozos donde otros mueren como perros se mueve el jerezano Lorenzo Falcó, protagonista de esta historia de aventuras y espionaje. Es alguien a quien no le tiembla el pulso para matar ni tampoco para deslizar la cremallera del vestido de una mujer hermosa. Así es Falcó: un cazador sin escrúpulos. Joven, elegante, apuesto, mujeriego, canalla y aventurero, este ex traficante de armas trabaja para el Grupo Lucero, una sección del Servicio Nacional de Información y Operaciones (SNIO), el departamento de la inteligencia del Movimiento Nacional encargado del trabajo sucio. En pleno estallido de la Guerra Civil, Falcó avanza con una sola lealtad: la que se debe a sí mismo y a su jefe, el Almirante. Ambos se conocieron cuando el Almirante era todavía jefe del servicio de inteligencia español en el Mediterráneo Oriental. Entonces Falcó traficaba con armas por su cuenta. Tuvo dos opciones el Almirante: aniquilarlo o reclutarlo. Optó por lo segundo. Desde entonces, Lorenzo Falcó es el hombre a su servicio, su ficha en este tablero. Y, por qué no, el hijo díscolo que él se empeña en proteger.

Tras la primera misión, que consistía en liberar a José Antonio Primo de Rivera de la cárcel de Alicante, Falcó debe enfrentar ahora una nueva encomienda: traer de vuelta a la España nacional treinta toneladas del oro del Banco de España que un barco de la marina al servicio de la República retiene en el puerto de Tánger. La tarea no es sencilla, pero se complicará todavía más. Reaparecen personajes y fantasmas: un enemigo en la sombra, Lisandro Queralt, y una mujer con la que Falcó no termina de estar en paz, Eva Neretva, alias Eva Rengel o, en esta ocasión, Luisa Gómez. A fin de cuentas la misma persona que había conocido: una mujer capaz tanto de matarlo como de salvarle la vida. Una espía soviética, fría y pasional, que ha abierto grietas en la coraza de hormigón de Lorenzo Falcó. Ella será el obstáculo más peligroso.

Una vez más, la Guerra Civil Española hace las veces de telón de fondo para una historia que sobrepasa la contienda regional y asoma al lector a un mundo en el que mandan los que mejor se colocan. En una guerra en la que todos libran su propia batalla, Lorenzo Falcó avanza encantador y letal, eficaz y amoral. Tras unos años trabajando para quien mejor pagara su servicios, Falcó pasó por Estambul, Lisboa, París, Berlín o el Líbano. Todo lo ha visto, todo lo ha hecho: desde seducir a hermosas y elegantes señoras en restaurantes de cubertería de plata, hasta cerrar, en esos mismos lugares, o acaso otros peores, unos cuantos negocios —casi siempre turbios— en los que él se las arregla, siempre, para salir victorioso. Falcó no trabaja para el bando franquista porque tenga una posición ideológica, aunque todos se la reclamen. Esta no es su guerra, ni ésta una novela sobre la Guerra Civil. Los dieciséis capítulos de 'Eva' lo dejan muy claro, otra vez.

Dotada de todavía más acción y velocidad que 'Falcó', de una dosis aún más ácida de humor e intriga, 'Eva' perfecciona y encarna el mundo que Arturo Pérez-Reverte ya presentó en la primera entrega de una serie que promete llegar lejos. En estas páginas aparecen, además, nuevos pliegues en la biografía de Lorenzo Falcó. Tendrá que combatir con más ferocidad para seguir vivo, acaso porque su verdadero oponente es, en esta ocasión, una mujer por la que se ha metido en problemas. El mayor de ellos: que le importa.

En estas páginas reaparecen personajes como Paquito Araña, un asesino a sueldo capaz de pintarse las uñas antes de torturar a un prisionero, y aparecen otros nuevos, como Moira Nikolaos, una griega, de Esmirna, a la que Falcó conoció cuando la vio subir a una barcaza de refugiados durante el asedio turco a esa ciudad y que vendrá a recordarle quién es él y qué ha sido a lo largo de estos años. ¿Ya era fascinante el mundo que conocíamos de Falcó? Sí, lo era. Pues en Eva irá a más. Porque Lorenzo Falcó resume los claroscuros del ser humano que Arturo Pérez-Reverte conoció en sus años como corresponsal de guerra. Todos aquellos rasgos, que maceró en el oficio de quien acumula una obra sin fisuras, los vuelca ahora en esta serie: una de las mejores versiones literarias de sí mismo.

Marzo de 1937. Han transcurrido apenas cuatro meses desde que Lorenzo Falcó usara su pistola Browning para salvar la vida a Eva Rengel —o Neretva—, aquella espía soviética que le jugó una carta inesperada al jerezano en su misión para liberar a José Antonio Primo de Rivera. A pesar de eso, él le salvó el pellejo entonces. Dejarla en libertad le causó muchos problemas. Al separarse en la frontera con Portugal, en la primera entrega de la serie, ella aseguró que las cosas estaban en paz entre los dos. Pero no lo estaban. En absoluto. Y esta novela lo demostrará.

Mientras la Guerra Civil sigue su trágico curso, una nueva misión encomendada al Grupo Lucero llevará a Lorenzo Falcó hasta Tánger. En esa ciudad mestiza, en la que todos están de paso, mandan varias facciones y países. Es un territorio con demasiados actores en juego: Estados Unidos, Bélgica, Inglaterra, Italia, Francia, España y Portugal tienen ahí sus intereses. El territorio es pasto de espías y trapicheos. Falcó lo sabe de sobra. Estuvo ahí, varias veces, la última en 1934, prestando sus servicios a la joven República. Ahora volverá contratado por el bando contrario.

En los últimos meses, la República ha enviado diez mil cajas con el oro del Banco de España rumbo al Mar Negro. Un buen pellizco del cargamento, sin embargo, no llegó a Rusia. Se desvió en otras direcciones, tanto a cuentas bancarias oficiales de la República como a cuentas particulares. Quedan aún treinta toneladas. Cien millones de pesetas en monedas de oro. Cuatro millones en libras esterlinas que un barco, el Mount Castle, que permanece fondeado en el puerto de Tánger, guarda en su interior. En la bocana está el destructor Martín Álvarez esperándolo. Hay que darse prisa y devolver a la España nacional ese oro, como sea. Por las buenas, sobornando a su capitán; o por las malas, hundiendo al Mount Castle.

Será Lorenzo Falcó (a quien expulsaron de la Academia Naval con deshonor por acostarse con la mujer de un profesor, para mayor ironía) quien tenga que resolver tan delicada operación. El policía franquista Lisardo Queralt, quien compite por conquistar el poder en el aparato de inteligencia del bando nacional, tiene las narices metidas en esta misión. Quiere tres cosas: el mando total del servicio de espías, la cabeza del Almirante y, por supuesto, la de Falcó, con quien tiene cuentas pendientes. Para salvar la vida a la espía rusa Eva Neretva, que el propio Queralt se disponía a machacar, Lorenzo Falcó mató a tres de sus hombres; lo dejó a él en ridículo, en su propio terreno. Si esta operación sale mal, más de uno se verá en problemas.

Un asunto adicional complica las cosas. A bordo del Mount Castle, el barco que custodia el oro que debe viajar a Odessa, una mujer ha sido enviada por Pavel Kovalenko, jefe del NKVD en España, para que supervise y asegure la llegada del cargamento a Rusia. Esa mujer no es otra que Eva Neretva.

Hay suficientes ingredientes en esta novela para que el lector no pueda apartarse de lo que ocurre a lo largo de sus casi cuatrocientas páginas. Eva comienza en Lisboa, pero avanza hacia muchos otros escenarios: Sevilla, Salamanca y Tánger. El lector caminará junto con Falcó por el Zoco Chico; mirará las covachas morunas e israelitas de cueros, babuchas y mercerías de la calle de los cristianos; entrará en bares donde suena el "Mon légionnaire" de Edith Piaf o "Mélancolie, un jour s’achève, mélancolie on n’y peut rien", de Jean Sablon; se topará con moras de piel aceitada y mujeres europeas; con marinos franceses e ingleses, pero también con legionarios españoles. El lugar transmite el rumor cosmopolita de voces y conversaciones en media docena de lenguas.

En ese puerto donde distintas potencias cobran su ración de autoridad y corrupción, todo adquiere el tono turbio de las fronteras. Ahí, Lorenzo Falcó se desenvuelve sin problemas. Ya conoce esos lugares: ha estado en los zocos de África, en tabernas centroeuropeas, en burdeles de Alejandría y cantinas sudamericanas. Se conduce por Marruecos con la misma soltura con que lo haría en el Ritz de París o el Plaza de Nueva York. Eso sí: sin quitar un ojo de la puerta del cabaret donde bebe una copa, palpando la hoja de afeitar escondida en la badana del sombrero y con la pistola —la Browning FN, claro— siempre a mano.

En ese escenario cobran protagonismo dos hombres y sus embarcaciones. Los barcos en esta historia son personajes tan potentes como quienes los comandan. Se trata de dos marinos secos y correctos: Fernando Quirós, el capitán de la marina mercante al mando del Mount Castle, embarcación al servicio de la República, y el marino de guerra y capitán de fragata Antonio Navia, comandante del Martín Álvarez, el barco destructor de los nacionales que espera hasta que se cumpla el plazo para, si es preciso, hundir el Mount Castle. Falcó tendrá que reunir a ambos y convencer a Quirós para que se pase de bando y entregue el cargamento. Eso, si Eva Neretva y su gente no lo impiden antes.

Todo tendrá que hacerlo en tierra, ese lugar donde pululan enlaces que podrían no ser de fiar, tripulaciones enemigas, así como republicanos y nacionales, capaces en ocasiones de apartar las diferencias una noche para dar una paliza a una pandilla de ingleses que les llaman sucios españoles. Pero hay más, mucho más en esa ciudad: rufianes y matones, prostitutas que chasquean la lengua a las puertas de las tabernas, moros que venden la cabeza de alguien por dos duros y el cuerpo entero a quien se lo paga al doble; pero también gente sencilla y escarmentada y, por supuesto, la larga sombra de Eva, el verdadero oponente de Falcó en esta historia. La ocasión resulta propicia a Pérez-Reverte para volcar en tierra los códigos de los hombres de mar, al mismo tiempo que confeccionar la fauna de quienes son capaces de cualquier cosa. Ya sea morir o matar.

Los personajes

Lorenzo Falcó

Ex traficante y mercenario reconvertido en espía al servicio del Grupo Lucero, una sección del Servicio Nacional de Información y Operaciones (SNIO) que forma parte del aparato de inteligencia del Movimiento Nacional. Hombre de acción, de treinta y siete años y proceder amoral. Es elegante y cuidadoso en cada detalle de todo cuanto lleva encima: desde la pitillera de plata, el tubo de las cafiaspirinas para las jaquecas o los gemelos que elige, hasta la pistola Browning. Lorenzo Falcó es un canalla en toda regla. Lo mueven la aventura, las mujeres, el peligro y la adrenalina. Sin embargo, su capacidad para actuar con determinación y frialdad lo hacen letal. «Una navaja suiza en una barra de hielo […]. No conozco a nadie en el mundo en que vivimos capaz de manejar lo cruel y lo oscuro con la naturalidad con la que lo haces tú. Eres un actor perfecto, un truhan redomado y un criminal peligroso», así lo definió su jefe, el Almirante.

Miembro de una familia acomodada de Jerez, vinculada a las bodegas y la exportación de vino, Falcó abandonó el hogar para dedicarse al tráfico de armas. En esta novela, el lector tendrá más pistas sobre el entorno al que él ha renunciado. No quiere ver a su madre ni a su hermano Alfonso, quien desde la muerte del padre dirige el negocio familiar: producción de vino fino Tío Manolo y coñac Emperador. «Después del Alzamiento había recuperado la propiedad de todo, tras la fuga o fusilamiento de los sindicalistas que convirtieron el negocio en una caótica cooperativa de trabajadores. Lorenzo Falcó y su familia llevaban más de diez años sin verse las caras. Sin escribirse, siquiera. El episodio del hijo o hermano pródigo contenía inexactitudes: cierta clase de ovejas negras nunca volvía a casa. Tampoco Caín se enfrentaba siempre a Abel. Para ti los corderos y las hortalizas, querido. Que te aprovechen. A veces, Caín se limitaba a hacer las maletas», escribe Arturo Pérez-Reverte para abocetar su historia familiar.

En esta novela, el lector conocerá rincones y claves de la biografía de Lorenzo Falcó. Datos que apuntan, en ocasiones, a la soledad y al cinismo. Alguien que, aun siendo capaz de degollar con precisión y sin miramientos, posee grietas remotas. Dos mujeres, cada una por una razón diferente, enseñarán esas fracturas que humanizan a Falcó: Eva Neretva y Moira Nikolaos. Ambas lo exponen, cristalizan el espíritu de un hombre que siempre buscó estar en otro lugar. Las dos le mostrarán que hay sitios de los que no se vuelve. Y él lo sabe.

Eva Neretva

Los lectores la conocieron como Eva Rengel, una rubia espía que se hizo pasar por integrante de la Sección Femenina de la Falange durante la primera entrega de la serie. En esta ocasión, la espía soviética Eva Neretva (cuyo alias es Luisa Gómez) será la enviada del NKVD en España para asegurar que el oro de España llegue a Rusia. La ha elegido Pavel Kovalenko, asesor soviético y jefe en España de la Administración de Tareas Especiales de NKVD, un individuo con fama de implacable criminal. Esa es la misión de Eva: impedir cualquier negociación del enemigo con el capitán del Mount Castle y, por supuesto, su hundimiento a manos de los nacionales. Neretva tiene el arrojo y la sangre fría suficiente para hacerlo. La acompaña un comisario político español, Juan Trejo, y otro extranjero, Garrison, pero ella, sin duda, es quien manda en la misión de defender esa embarcación.

Hija de un ingeniero inglés casado con una española, Eva derrocha seguridad y coraje. Es hermosa, inteligente y no tiene piedad. Está ideológicamente comprometida y no está dispuesta a fallar ante los suyos. Se muestra ante el lector como un enigma que no termina de resolverse: una mujer capaz de pegar y torturar, y al mismo tiempo de atravesar el alma de alguien que parece no tenerla: Lorenzo Falcó. Ella es la única persona —la única mujer— que lo ha engañado. La relación entre ambos está a mitad de camino entre la historia de amor y el combate por la supervivencia. Eva siempre resulta mucho más peligrosa de lo que el lector y el propio Falcó puedan llegar a imaginar. «Incluso dormida, desnuda, indefensa, vulnerable en ese momento, Eva Neretva seguía siendo un enigma», asegura Falcó.

Caridad Montero

Ella, como su hermano Ginés, lucha con valor y candidez. Con «aires de chica bien, alterado por vientos de pueblo», Caridad —Cari, como se la llama en la novela— es una mujer voluntariosa, aunque desprovista del arrojo y la dureza de su compañera de lucha, Eva Rengel. Como el resto del comando falangista, desconfía de Lorenzo Falcó. No lo considera un camarada, no lo considera uno de los suyos: no está afiliado, no juega todas sus cartas. Sin embargo, la esperanza y la fe en el resultado de la misión que está por emprender pesan más que cualquier sospecha.

El Almirante

Los lectores se reencontrarán con el responsable del núcleo estratégico dentro del espionaje franquista: el Almirante. Su rango militar se escribe siempre con mayúsculas, como si sustituyera al nombre propio. Pequeño, listo, malhumorado y de muy pocas palabras, el Almirante mantiene con Lorenzo Falcó una relación que se mueve entre el respeto por el rango jerárquico —por parte de Falcó—, y lo paternal —por parte suya—. Ambos se conocieron cuando el Almirante era todavía jefe del servicio de inteligencia español en el Mediterráneo Oriental. En aquel momento, al percibir la determinación de aquel joven jerezano, lo reclutó. En esta segunda novela de la serie, es posible conocer más datos de su biografía: ha perdido a un hijo, una ausencia que lleva al lector a entender por qué su tendencia a mirar a Falcó con una ternura inusual en alguien distante como él.

Coronel Lisardo Queralt

Jefe de policía y seguridad de la Falange: la secreta. Lo conocen como el carnicero de Oviedo debido a su falta de escrúpulos y, lo que es todavía peor, de código ético. Queralt es capaz de cualquier cosa. Se la tiene jurada al Almirante, porque ansía hacerse con el poder una vez que se reunifiquen todos los servicios de inteligencia del Movimiento Nacional. A eso se suma un elemento adicional: Lorenzo Falcó le ha dado un duro golpe de autoridad. Por eso no dudará un minuto en hundirlos a ambos. A su jefe y a él.

Paquito Araña

"¿Puedo recibir refuerzos, en caso necesario?", pregunta Falcó. "Puedes. ¿En quién estás pensado?", responde su jefe. "En Paquito Araña, siempre que no esté ocupado asesinando a alguien". Así presenta Arturo Pérez-Reverte al que puede que sea uno de los personajes secundarios fundamentales del libro, por sus episodios de humor y oscura violencia. Homosexual, torturador, asesino a sangre fría y, al mismo tiempo, pintoresco sujeto capaz de pintarse las uñas antes de molerle la mandíbula a golpes a alguien para sacarle una confesión.

Capitán Fernando Quirós

Capitán de la marina mercante y responsable del Mount Castle, embarcación plegada a la República en la que viajan treinta toneladas del oro de España que deben llegar a Rusia. Quirós es asturiano, un hombre de probado valor y destrezas como marino, tanto como para despistar a varios destructores nacionales antes de llegar a Tánger. Le espera una muerte segura, pues el Martín Álvarez tiene instrucciones de hundirlo. Falcó intentará negociar con él para conseguir que se pliegue. Los principios de Quirós, eso sí, son firmes como su vocación de mar. Parco y desconfiado, «el capitán Quirós parecía tan poco simpático como su barco: ancho, duro, chato, pequeño y compacto a la manera de un ladrillo», describe Arturo Pérez-Reverte. La identidad de Quirós se funde con la de la nave que comanda. Eso lo explica todo. «Había algo especial en el modo en el que había dicho mi barco, y Falcó compendió que se refería a un territorio ajeno a la jurisdicción terrestre. Era obvio que no se trataba de orgullo o vanidad, sino de simple enunciación de un hecho objetivo: el Mount Castle era su barco; el de Fernando Quirós, capitán de marina mercante, único amo a bordo después de Dios. Y, ahora, laica como era, la República simplificaba ese escalafón».

Capitán Antonio Navia

Comandante del destructor nacional Martín Álvarez, embarcación que tiene la orden de hundir al Mount Castle si, llegado el plazo, su capitán no entrega el oro. Navia es un marino seco y correcto. Formal y de maneras rígidas. «Soy marino, soy católico y amo España. Me sublevé contra el caos de la República por mis ideas, y hago la guerra para cumplir con mi deber, no para contentar a mis jefes», se describe a sí mismo ante Falcó y el lector. Ambos: Navia y Quirós comparten códigos. Se respetan aunque las circunstancias los coloquen en extremos opuestos de una misma línea: cazador y presa. Los dos, como los barcos que comandan, son honestos y cumplen su deber.

Moira Nikolaos

A los cincuenta y cuatro años, es todavía una mujer atractiva. Eso sí, escarmentada por los años y la vida. Alguna vez, esta griega fue completamente hermosa y enamoró a Falcó con su carácter y temple. La conoció en Esmirna, cuando la vio subir a una barcaza de refugiados durante el asedio turco a esa ciudad, en el año 1922. En aquel tiempo, Moira perdió mucho más que el brazo, del que ahora exhibe un muñón. Su hijo y su marido murieron en el asedio a la ciudad. Toda ella es cicatriz, propia y ajena. Amante primero; fiel amiga luego, el de Moira por Falcó es un afecto de muchos años. Será ella quien lo ayude en Tánger, pero, todavía más: permitirá revelar las fisuras del jerezano. «¿No te cansas de vivir así?», preguntará Moira a un Falcó que, por primera vez desde que los lectores lo conocen, mirará al pasado.

Ramón Villarrubia

Radiotransmisor, policía e integrante del Servicio de Información para el Norte de África (SINA), uno de los organismos nacionales de espionaje controlados desde Salamanca por el jefe de policía y seguridad Lisandro Queralt. Villarrubia honra a su placa y sus deberes. Será él quien acompañe a Falcó para facilitar las transmisiones de radio en Tánger. Y así como el Ginés Montero o el Fabián Estévez de la primera entrega, este personaje introduce una isla de rectitud en una guerra donde sobrevivir se antepone a cualquier cosa.

Chesca Prieto

En 'Eva' reaparece la magnética Chesca Prieto. Esa mujer rotunda y de ojos claros que desde la primera novela cautiva a Lorenzo Falcó. La inteligente y recelosa esposa de un capitán de infantería del banco Nacional vuelve a cruzarse con el espía, quien en esta ocasión llegará algo más lejos en su acercamiento. Lo suficiente como para provocar un enfrentamiento (de forma algo inusual) con Pepín Gorguel, capitán de los regulares, conde de la Migalota, el marido de la inaccesible presa que Falcó persigue desde la primera entrega.

La crítica ha dicho...

«Bien documentado y perfectamente trazado, Falcó refleja las muchas habilidades narrativas del autor [...]. El lector queda atrapado hasta el final, a la espera de nuevas sorpresas.» Martin Beagles, 'The Times Literary Supplement'

«El modo como Pérez-Reverte demuestra ser artista en su mejor momento está en haber salvado una dificultad inherente a su personaje en relación con la sensibilidad de los lectores. ¿Cómo pueden estos ponerse del lado de un espía a las órdenes de Franco que además parece un cínico guiado por su propio interés y que actúa a menudo con cruel desaprensión? Pues ocurre.» 'ABC Cultural'

«Falcó tiene el gusto del reencuentro con grandes arquetipos de la ficción literaria y cinematográfica […]. Es literatura pop: asimila lo esperado y lo inesperado, marcas de colonias y de pistolas, sexo y tortura, personalidades históricas y criaturas de fábula, todas a merced de un caudillo omnipotente en su cuartel general del palacio episcopal de Salamanca.» Justo Navarro, 'El País'

«Un aventurero en busca de adrenalina y que se basta de sí mismo para torcer el destino a su favor.» 'Clarín'

«Pero nada tiene tanto que ver con su literatura como esa autobiografía de combatiente periodista: a él no hace falta contarle la guerra, ni que se la cuenten los escritos de otros. Esa sabiduría hallada en el mundo real es la que le ha servido, también en esta ocasión, para retratar en Falcó esa pieza que le faltaba a su obra.» 'La Nación'

«El espía con glamour de Pérez-Reverte.» 'Reforma'

«Espía, asesino, sinvergüenza y carismático, Lorenzo Falcó, protagonista de la última creación literaria de Arturo Pérez-Reverte, lleva al autor a revivir los claroscuros del ser humano y la violencia, que tan bien conoce tras veinte años como corresponsal de guerra.» 'La Vanguardia'

«Falcó, la nueva novela de Arturo Pérez-Reverte (Alfaguara), llega con todos los presagios de una serie. El personaje, el desenlace, los secundarios [...]. Todo apunta a que los incondicionales del escritor están conociendo un paisaje nuevo al que volverán más de una vez.» 'El Mundo'

«Sus lectores pueden estar seguros: Lorenzo Falcó ha llegado para quedarse. Falcó podría perfectamente disputar a Alatriste el trono de los héroes revertianos.» Vozpópuli

«Falcó, un best seller de Pérez-Reverte impecable.» El Confidencial

Extractos de la novela

Sobre Lorenzo Falcó

«Lorenzo Falcó era un individuo para el que los años vividos, las incertidumbres, los peligros y el adiestramiento fraguaban en un compacto bloque de reflejos útiles y rutinas defensivas. Su visión del mundo era simple en la forma y compleja en las causas: un mecanismo de relojería hecho de reacciones automáticas, egoísmo vital, realismo descarnado, sentido del humor oscuro y fatalista, y la certeza intelectual de que el mundo consistía en un lugar hostil, regido por reglas implacables y poblado por bípedos peligrosos, donde era posible, con voluntad y ciertas aptitudes, ser tan peligroso como cualquiera.»

«—¿Siempre es así de insolente?

—Tiene virtudes que lo compensan.

—Tranquilíceme. Dígame alguna.

El Almirante lo pensó un segundo.

—El encanto es su segunda naturaleza.

—¿Y la primera?

—Es leal.

—¿A quién?

—A él mismo. Y a mí.

—¿Por ese orden?

—Por ése... Pero hay espacio suficiente para ambas lealtades.»

« Jean Sablon cantaba ahora "Vous qui passez sans me voir", y el kif empezaba a hacer efecto. Falcó se refrescó la boca con un sorbo de absenta y se reclinó un poco más. Antes de hacerlo había retirado la pistola de su cintura, poniéndola bajo el diván. Nunca un arma cerca, con alcohol o drogas de por medio. Eran sus reglas. La mano de Moira se le posó en un brazo.

—Me dejaste hermosos recuerdos, muchacho —murmuró con voz adormecida.

—Tú a mí también.

Se quedaron un rato en silencio, escuchando la canción. Pasándose el kif.

—¿No te cansas de vivir así? —preguntó ella.

—¿Cómo es así?

—Ya sabes. Esa vida incierta. Peligrosa.

Movió la cabeza Falcó.

—¿Existe otra clase de vida?... Hay quien suele creerlo, pero no es cierto. Tú sabes que sólo hay una.

[…]

Había cogido la pistola de debajo del diván antes de ponerse en pie tambaleante, sacudiendo la cabeza para intentar despejarse. Procurando controlar los movimientos, devolvió el arma a su funda. Moira lo miraba desde muy lejos.

—Y veo que allí sigues, muchacho. Con tus piratas... Hay lugares de los que nunca se vuelve.»

Sobre Lorenzo Falcó y Eva Neretva

«Estamos en paz, recordó de nuevo. Eso había dicho Eva Neretva cuatro meses atrás, cuando él fumó el último cigarrillo junto a ella, al lado del coche detenido junto a la carretera, ya en territorio portugués, después de que Falcó hubiera conducido toda la noche mientras Eva dormitaba en el asiento de atrás, reposando su cuerpo torturado bajo el abrigo de uno de los policías a los que él mató para liberarla. Sí. Estamos en paz. Pero eso no era cierto. Sentado ante la ventana por la que se veían el puerto y los barcos a lo lejos, obligándose a beber muy despacio, Falcó decidió que ella y él no estaban en paz en absoluto, ahora en nuevos paisajes y con diferentes personajes. No hay paz, resumió tras otro sorbo de vermut, entre tú y yo. No aquí, ni ahora.»

«Nunca lo habían engañado antes, recordó absorto. Nunca una mujer, y nunca de esa manera. Eva Neretva, alias Eva Rengel, alias sabía Dios qué. Se había revelado maestra indiscutible en el juego turbio, arriesgado, que jugaban ambos. Con su frialdad tan soviética. Casi inhumana.»

 «La recordaba de un modo nada común en él. Con melancolía. Y eso no contribuía a serenarle los sentimientos: caminando de su brazo por Cartagena con Caridad Montero —aquella pobre chica luego fusilada, como otros a los que Eva y el propio Falcó traicionaron—, y también la recordaba a ella torturada y violada a su vez, obscenamente desnuda, atada al somier de la casa de Salamanca donde él, vulnerando todas las precauciones, toda la sensatez y todas las reglas, había matado a tres hombres de Queralt para liberarla.»

«Eva no había tocado nada, aunque había dejado una hoja de papel escrita con la estilográfica de Falcó: un escueto mensaje de despedida, o tal vez un anuncio de cómo iba a ser el próximo encuentro entre ambos. Era una sola línea, en alemán, y leerla arrancó a Falcó una sonrisa triste. "Die letzte Karte spielt der Tod". La última carta la juega la Muerte.»

«Los dos cayeron al suelo. Había sido un impacto violento contra una constitución musculosa y tensa. Más bien sólida. Ella vestía pantalones de hombre y una canadiense. Espaldas de nadadora, recordó. Aquello nada tenía que ver con la carne desnuda y suave que Falcó recordaba de dos noches atrás, en la habitación 108 del hotel Continental. Ahora se trataba de un cuerpo duro, adiestrado. Dispuesto a pelear. A matarlo, comprendió en seguida. (…) Las manos de la mujer, crispadas y duras como garras, se cerraban en torno a su garganta, apretando inexorables. Hombre y mujer tenían los rostros muy juntos, y el aliento agitado de ella, sus gruñidos de furia, el soplo de su respiración entrecortada por el esfuerzo de matar, estaban apenas a unos milímetros de la boca de Falcó. En ese momento, él tuvo una erección.»

Sobre Tánger, el escenario de esta historia

«Entró con los sentidos alerta mientras palpaba instintivamente la pistola bajo la chaqueta, en la funda de cuero sujeta al cinturón. Desde su llegada a Tánger, Falcó tenía siempre la Browning con una bala en la recámara y el seguro puesto. Y ahora, el peso familiar del arma —quinientos setenta sólidos gramos con el cargador lleno—, la certeza de tenerla a mano, resultaba tranquilizador, pues llevaba demasiado tiempo moviéndose por Tánger. Dejándose ver. Había hablado con mucha gente, y aquella ciudad era lugar idóneo para la delación, el espionaje, la maniobra sucia. Allí no había casi nadie que no trabajase para alguien, y a menudo para varios a la vez.»

Sobre los bandos de una guerra, una pelea en el Cabaret de Hamruch

«Victoria española, en fin, por puntos, pensó Falcó. De sutura. Los ingleses se habían marchado ya. Los marinos nacionales y republicanos se iban congregando en la calle, mezclados todavía entre sí, ante la mirada severa de los gendarmes y la curiosidad de los noctámbulos que andaban cerca. Falcó había salido tras ellos y los observaba desde un cafetín moruno. Formaban un conjunto curioso. Se agrupaban con la cabeza baja, mostrando en la cara y los puños las huellas de la reciente pelea, e incluso alguno iba sostenido por sus compañeros. En ese momento estaban mezclados, uniformados del Martín Álvarez y marineros en ropa civil del Mount Castle. Algunos comentaban entre ellos las incidencias de la pelea. […] Ya no había en sus rostros hostilidad, observó Falcó, sino curiosidad. Una especie de mudo y tranquilo reconocimiento. Se miraban estudiándose como si se vieran por primera vez y pretendieran recordarse en el futuro.»

Sobre los barcos y los capitanes de esta historia

«El Martín Álvarez y el Mount Castle, cazador y presa, eran barcos honrados, cumplían su deber. Nada tenían que ver con esos caprichos estilizados, blancos y pulidos, que sólo se aventuraban en mar abierto bajo el cielo azul y con razonable seguridad.»

«—Ha hecho un trabajo difícil en los últimos siete meses —dijo de pronto el comandante Navia.

Quirós lo pensó un instante.

—Tuvo sus momentos.

—Tengo entendido que lo hizo siempre de forma muy competente...

No era fácil moverse por donde usted navegaba.

Asintió Quirós, objetivo.

—No lo era.

—El Mediterráneo es un mar pequeño —señaló Navia.

—Excesivamente.

—¿Demasiadas patrullas nacionales?

—No sólo eso —arrugaba la frente el capitán del Mount Castle, como si tuviera que hacer memoria—. También italianos: submarinos y unidades de superficie.

—Comprendo. Supongo que no se lo hemos puesto fácil.

—En absoluto.

(…)

—¿Qué opinan sus hombres? —insistió Navia—. Ustedes tienen comités de marineros y todo eso. Debaten las cosas.

—Entre mi gente no hay debates. Tienen un capitán.

—Un barco no es una democracia —sonrió el otro.

—Por supuesto que no.

—Me gusta oír eso.

—Me agrada que le guste.

Navia volvió a mirar hacia el ventanal.

—No puede usted escapar de Tánger —dijo—. Haga lo que haga, estaré esperándolo o le iré detrás. Esta vez no tiene ninguna posibilidad. En cuanto salga de la zona de las tres millas de aguas neutrales le voy a dar el alto. (…)

—Sabemos de la lealtad a su armador, que puso sus barcos al servicio de la República —dijo, regresando a la mesa con el quinqué—.

En cuanto a las ideas políticas...

—Mis ideas políticas son cosa mía. Estoy aquí como marino. Y como tal, mis ideas consisten en cumplir con mi deber. (…)

—También se debe a sus hombres, y eso es incompatible con llevarlos a una muerte segura. O, si debe arriar bandera allá fuera, al cautiverio —hizo la pausa adecuada antes de añadir lo importante—. Quizás al paredón, una vez en tierra... No es la primera vez que se fusila a marinos republicanos capturados.

Había procurado que no sonara como una amenaza, aunque lo era.

—Casi siempre lo hacen —murmuró Quirós.»

«Falcó es muy revertiano, mis héroes nunca desertan.»

El escritor y académico publica Eva, la segunda novela de su serie protagonizada por el espía Lorenzo Falcó. Las cosas no estaban en paz entre Eva y Falcó; y a juzgar por esta nueva entrega, no lo estarán en mucho tiempo. Marzo de 1937. Cuatro meses han transcurrido desde que Lorenzo Falcó usara su pistola Browning para salvar a la vida a aquella espía soviética que le jugó una carta inesperada en su primera misión para el Grupo Lucero, un departamento del sistema de inteligencia del Movimiento Nacional.

Mientras la Guerra Civil sigue su trágico curso, una nueva misión lleva a Lorenzo Falcó hasta Tánger, una ciudad que hace las veces de encrucijada de espías, tráficos ilícitos y conspiraciones. Falcó tendrá que conseguir que el capitán de un barco al servicio de la República cargado con oro del Banco de España cambie de bandera y traiga el cargamento a los nacionales. El asunto no sería tan complicado de no ser por un detalle: una mujer viaja a bordo para asegurar la llegada del cargamento a Rusia. Se trata de Eva Neretva.

En 'Eva', esta segunda novela de la serie dedicada a Lorenzo Falcó, Arturo Pérez-Reverte carga tintas. Hay más humor, más incorrección, aventura y lucha. Son dieciséis capítulos escritos con maestría y contundencia. Las suficientes para sujetar al lector, como el cazador a su presa. Espías nacionales, republicanos y soviéticos, hombres y mujeres, calles, zocos, cabarets infectos y hoteles de lujo. Vuelven personajes: desde el Almirante hasta el oscuro Lisardo Queralt. Los ingredientes están servidos y de ellos habla Arturo Pérez-Reverte en esta entrevista.

—Eva es la segunda entrega de la serie. Hay más acción… y mar, claro.

—Lo tiene. Aunque no es una novela de mar. Mis novelas marítimas son 'La carta esférica' y 'Cabo Trafalgar'. Lo que sí es cierto es que, desde hace mucho tiempo, tenía en mente una novela sobre marinos en tierra. Eva me ha dado la oportunidad de escribirla. Yo soy marino. Desde hace veintitrés años navego en un velero. Lo que más respeto en el mundo, por encima de todo, es a un capitán de la marina mercante. Me crié entre ellos y muy probablemente sienta esa veneración por ese motivo. Los barcos en esta novela tienen alma y carácter. Tienen personalidad. Barcos buenos. Barcos malos. Barcos torpes, estúpidos, arrogantes, inteligentes.

—En esta novela comenzamos a saber más cosas de Falcó: su familia, a la que no ve, su soledad.

—Falcó evoluciona. Lo bueno de una serie es que conoces más a los personajes. La narración exige una mayor encarnadura. Ya lo hemos visto en unas situaciones, así que nos toca verlo en otras. Adentrarse en el personaje.

—En 'Eva', Falcó tiene que pelear más, que exponerse más, pero también hay más humor.

—Sí, hay un humor muy de Falcó. Un humor negro, cínico. No es un humor simpático. Falcó es cínico, egoísta, guapo, todo eso genera una especie de fatalismo resignado que se lo he prestado yo.

—Moira Nikolaos, esta vieja amante y amiga, ayudará al lector a saber más de Falcó.

—Lo que ocurre entre Falcó y Moira, se da en la vida: una relación sentimental puede o no acabarse, el sexo puede desaparecer, sin embargo queda un afecto cómplice entre personas que se comprenden. Eso es más duradero que el amor.

—Ella lo conoce. Hace mención incluso a un episodio de la vida de Falcó que lo descoloca.

—Falcó es un tipo duro y además peligroso. Muy peligroso. Pero como todos los seres humanos, tiene sus rincones húmedos. Su infancia. Sus frustraciones. Miedos. Soledades. Ante alguien con quien tiene la confianza que tiene con Moira, se relaja y asoma algo de eso. Pero inmediatamente se da cuenta y para. "Esto me hace vulnerable", piensa, y entonces se levanta y se va.

—Hablemos de la mujer central de esta historia. Eva demuestra ser todavía más fría y fuerte que Falcó.

—Ellas siempre son más fuertes. Falcó es un hombre peligroso y duro. Pero Eva le ha abierto grietas y él es consciente de eso.

—Se podría decir que, en la relación entre ambos, Eva lleva uno y Falcó cero.

—Eva, como mujer, se toma en serio las cosas, mucho más que un hombre. Tiene esa firmeza implacable. No hay nada más peligroso que una mujer que tiene fe en algo: en el amor, en los hijos, en conseguir triunfar en la vida. Todas sus fuerzas las concentra en aquello que realmente desea. Por eso las mujeres consiguen tantas cosas, porque dedican mucho más esfuerzo y tienen esa concentración en el objetivo a abatir, mientras que el hombre se dispersa.

—Una vez más, la militante Eva sigue reprochándole a Falcó el no creer en nada.

—Porque ella tiene fe en la revolución y el comunismo. En aquel tiempo, los ismos (el fascismo, el comunismo, el nazismo) eran percibidos como soluciones a graves problemas sociales y políticos. Por eso existieron muchos que creyeron de buena fe. Eva es de esos. Fue gente que lo pagó muy caro: con el exilio, la vida, la soledad, la cárcel. Justamente por eso Eva le reprocha a Falcó: «Eres un vividor y yo soy una mujer con fe. Yo mato, yo puedo torturar pero lo hago porque sé que cambio el mundo para mejor. Tú, hijo de la gran puta, lo haces porque para ti es una aventura. No tienes un objetivo noble que lo justifique.» Ese es el razonamiento. Algo como «tu maldad es injustificable, pero la mía sí.» Es un dilema moral serio.

—El sexo y el combate en ellos se solapan. Esta vez, literalmente.

—Esta no es una novela políticamente correcta, claro.

—Eva ha aparecido como un terremoto y como tal vuelve a desaparecer. ¿Estarán en paz alguna vez?

—Esa es la cuestión. En 'Eva' hay varias claves. Falcó es un machista, sí. De acuerdo con su época, claro. Pero desafío a cualquiera a crear un personaje tan poderoso como Eva, un personaje tan feminista como ella cuando serlo podía pagarse con la vida. Y, como ves, entre ambos hay chispa. Porque la vida es así de compleja. Algunos indocumentados me tildan de machista porque no han leído ni una sola novela mía. Les bastaría leer 'La Reina del Sur' para cerrar la boca. Pues bien, Eva es una feminista de verdad, no una folclórica de las redes sociales. En su comportamiento, en su ideología, en su actitud, en su pelea. No es un invento literario, existen mujeres así.

—Falcó y las mujeres: en esta entrega veremos a fondo esa faceta…

—Él es un depredador. Es guapo, peligroso, valiente y un hombre al que le gustan mucho las mujeres. Y es lo bastante guapo para poder tenerlas. Su actitud ante ellas es la de un cazador. Es así. ¿Eso es políticamente incorrecto? Naturalmente que lo es, pero el mundo siempre ha sido así. Justo esa incorrección política de Falcó es uno de los aspectos que me gusta de él. Es más sencillo construir un héroe sin defectos, que respete a las mujeres, que no torture ni mate. Éste no es el caso.

—¿Falcó resume los claroscuros del ser humano que usted ha visto en la guerra?

—Esta es una novela que transcurre en el mundo real. Las personas han olvidado que el mundo es un lugar muy peligroso: la gente viola, mata, tortura, roba y hasta los que presumen de ser muy rectos, cuando les toca, lo hacen. Cuando todo se va al carajo, la gente se vuelve muy peligrosa. Mi novela se mueve en ese mundo real.

—¿Por qué Tánger? ¿Qué añadía con respecto a otro sitio?

—Tánger está elegido deliberadamente: un lugar en el que el poder es corrupto y todos pueden comprar, sobornar. Podría haber elegido Argelia u otro sitio, pero Tánger me parecía perfecto.

—En sus personajes secundarios hay opuestos: desde Rexach, el enlace de los nacionales, un hombre rastrero y traidor, hasta Villarrubia, un hombre recto.

—Ese tipo de gente está en todas partes, el cobarde que busca sacar provecho y el inocente que se ve arrastrado por las circunstancias.

—¿Lisardo Queralt es mucho más oscuro de lo que pensábamos?

—Él es el malo de verdad. Queralt simboliza para mí muchas cosas. Puedo tomarme una copa con Paquito Araña, con un Garrison, con Eva, pero no con un hijo de puta como este. Porque hay hijos de puta que tienen rasgos que los humanizan, Queralt no. Hay gente, como él, compacta en su maldad. No puedes aprender nada de ellos.

—Vuelve Paquito Araña, un personaje que se pinta las uñas para torturar a otro, y que introduce humor y crueldad a partes iguales.

—Aquí crece Paquito Araña. Los personajes secundarios son fundamentales. John Ford me enseñó que los sargentos son los que hacen las películas. Puede estar John Wayne pero sin Victor McLaglen la película no se sostiene. Doy mucha importancia a los personajes secundarios. Paquito Araña tiene muchos contrastes. Es homosexual y un torturador. Es muy maricón, pero viene de un pasado violento y es peligroso como nadie. Es capaz de pintarse las uñas y de cometer la peor brutalidad. Cuando degüella lo hace con una frialdad absoluta, sin pasión. Hay muchos secundarios importantes: el Almirante, los capitanes también me gustan mucho.

—Los capitanes Navia y Quirós como personajes tienen un código.

—Hay una cosa peculiar entre la gente de mar. Si miras la historia de las guerras navales, la guerra en el mar es más cruel, porque el mar es más despiadado. Entre los marinos hay un código mayor que entre la gente de tierra. Existe una camaradería, aunque sean enemigos, se rescatan. Los marinos son muy revertianos, en ese sentido. Me apetecía mucho que en una guerra civil tan violenta y cruel como la nuestra aparecieran personajes como ellos, con unos códigos de humanidad y honor. Esos dos personajes los simbolizan.

—Y ambos aceptan su destino.

—Yo he visto hombres y mujeres así. Personas a las que van a matar y que ese día se levantan, se lavan la cara, montan las armas. Esa gente capaz de asumir su destino inmediato con la naturalidad de quien juega y asume esas reglas. Me gusta esa gente que sabe pagar sin descomponer el gesto. Ese marino asumiendo su destino con naturalidad me gusta. Los he admirado por eso.

—Los ha visto, por supuesto.

—Escribo con mi propia vida, con mis recuerdos, mis amigos, mis odios. Todo eso está ahí. Es una gran ventaja: las cosas que escribo las he vivido. Sé cómo huele el miedo, porque huele. No es una figura literaria. Sé cómo huele un tipo cuando lo han torturado. Ese sudor frío. Eso es oro puro, me da seguridad a la hora de construir esas situaciones.

—En este libro hay muchas metáforas políticas. Por ejemplo, «un barco no es una democracia», dice Quirós.

—En un temporal, en medio de una racha de viento, nadie discute órdenes. Todo el mundo sabe que debe existir una voz. Una sola. De lo contrario, el barco no funciona. «¿Nos estamos hundiendo? ¿Qué opináis?» No, eso no existe. Te lo digo yo, te lo dice un marino. Por eso todo el mundo asume que quien manda es el capitán. Me apetecía dejar muy claro que un barco no es una democracia. Una democracia no vale para todo, y desde luego en un barco no. Para la guerra tampoco, o menos. Tú no puedes decir: «Atacamos mañana, almirante, ¿qué piensa?» En esos momentos deben existir liderazgos indiscutidos, con sus errores, sus aciertos y sus responsabilidades.

—Cada vez que mira a alguien que sobrevive, Falcó se pregunta qué habrá tenido que hacer ¿Por qué?

—Eso me lo pregunto yo también. Es una pregunta injusta. Hay gente que está viva por suerte. Pero hay otros que lo están por terror, por aguantar, o por vilezas. En una ocasión, en la guerra de Croacia, vi a un padre que dejó que a su hijo le pegaran una paliza. Atizaron al chico hasta mearse encima. Cualquier padre hubiese intervenido con tal de no ver a su hijo en esa situación. Pero de haber intervenido, probablemente lo habrían matado. Quizá por eso sobrevivieron los dos. Siempre me pregunto qué hay detrás de la palabra "sobreviviente". No es una acusación. Es una reserva.

—«El cabaret de la Hamruch»: en ese capítulo la tripulación republicana y nacional pelean juntas en un bar contra unos marinos ingleses que los insultan… Sí, cuando les llaman sucios españoles. Esta novela está escrita para poder contar esa escena, la tengo en la cabeza desde hace ya mucho tiempo: dos tripulaciones enemigas que se hacen amigas en tierra.

—«Victoria española, en fin, por puntos, pensó Falcó. De sutura», así cierra la escena.

—La tenía muy elegida, medida y trabajada. Llegar a ella era algo que quería y necesitaba hacer. En España, evidentemente, había un radicalismo político. Pero siempre hubo una comprensión del adversario. En las trincheras, alguien podía decir: «¿Quién vive? ¡Soy Mariano!, ¿De dónde eres?, Soy de Tomelloso y mañana te voy a bombardear. No tienes huevos» —dramatiza Pérez-Reverte—. Pero esa enemistad con complicidad o esa complicidad enemistosa es muy española. Y quería que eso quedara claro en esa escena. ¿Cómo no van a entender dos tíos que son del mismo pueblo? Se pueden odiar porque uno le quitó la novia al otro, o porque la vaca se comió el pasto de su terreno, pero cuando hay un parentesco común y hay un tercero que viene tocar los cojones, se vuelven a entender. 

—Ha insistido siempre en que la Guerra Civil es sólo un telón de fondo en Falcó. Ahora, el escenario se amplía: está más cerca la Segunda Guerra Mundial, Europa está más presente.

—Estas novelas no cuentan la Guerra Civil, cuentan a Falcó. Y Falcó se mueve. De hecho, la tercera entrega ocurre totalmente fuera de España. He tenido cuidado, en todo momento, de que no sean novelas sobre la Guerra Civil.

—El oro de España que desencadena la trama da para retratar a muchos. Queda claro, por ejemplo, que la República lo usó a su antojo.

—Robaron muchísimo y por la documentación pude verlo. Muchos líderes republicanos sacaron dinero hacia sus cuentas personales con la excusa de ponerlo a salvo. Vivieron como reyes en el exilio. Mientras unos estaban en campos de refugiados, otros estaban de maravilla en México, París o Moscú.

—Falcó, Eva, los capitanes… todos van hasta el final. Los héroes de Pérez-Reverte no desertan.

—Es verdad. Mis héroes no desertan. Pueden ser asesinos, torturadores, crueles, muchas cosas, pero no son desertores ni cobardes.

—En esa genealogía de los héroes revertianos ¿cómo se comporta Falcó?

—Falcó es muy revertiano.

—En un hipotético salón de héroes suyos, ¿cómo se relaciona Falcó con el resto?

—Alatriste es un mercenario, pero tiene un fondo moral. Falcó no. Él tiene impulsos. Lealtad hacia gente como Eva o el Almirante, pero no tiene una ética general. No tiene códigos. Cualquier lector de Pérez-Reverte reconoce a Falcó y a Eva, ambos son puro Reverte; lo que no puede hacer un autor es repetir el cliché. Mi propio placer me exige dar variaciones, aunque el territorio sea el mismo. A la hora de asumir Falcó decidí deliberadamente su incorrección; cargar las tintas en lo moral. Está deliberadamente apartado de Alatriste. De todos mis personajes, con Lucas Corso de 'El Club Dumas', es el más cínico. Si los ordenamos en opuestos, en el colmo de la moralidad estaría Astarloa, de 'El maestro de esgrima', y el almirante Zárate, de 'Hombres buenos'. Son la extrema bondad, honradez y decencia. En el otro extremo estaría Falcó. Él es la antítesis de 'El maestro de esgrima'.

—El estilo es importante en esta entrega. Los diálogos y los párrafos sintéticos cobran un protagonismo todavía mayor.

—Cada novela tiene sus técnicas, sus exigencias. No puedes contar 'La sombra del águila' de la misma forma que 'Hombres buenos'. Al plantearme una novela, me pregunto cómo la voy a contar, con qué ritmo, con qué frases, con qué párrafos. Esta es una novela mucho más picada, más viva y sintética, con menos descripciones. Eso lleva mucho trabajo, tanto como un párrafo largo. A veces cuesta más trabajo tres líneas sintéticas que veinte descriptivas.

—El aroma cinematográfico también se intensifica.

—Claro, porque sé que el lector de 'Falcó' ha visto mucho cine. Por eso recurro a esa enciclopedia visual.

—El próximo Falcó será en Biarritz. ¿Qué pasará con Falcó? ¿Adónde va a parar?

—Vamos a verlo evolucionar en los siguientes años, seguro. No sé cuántas novelas voy a escribir, depende de las ganas que tenga y de cómo las acojan los lectores. Lo que sí puedo decir es que veremos a Falcó en los siguientes diez años.

—¿Cómo será Falcó de mayor?

—Voy a escribir un relato para explicarlo. Falcó se jubila en Buenos Aires en los años sesenta. Consigue un golpe de suerte, una renta. Toma una habitación en el Hotel Alvear, se instala allí, y allí envejece hasta su muerte en la Recoleta.

—Hay apuestas al respecto. Hay quienes dicen que se encontrará con Remil, el personaje de Jorge Fernández Díaz.

—Sin duda, se van a encontrar. El Almirante, que lo conoce, se lo presentará.

—¿Habrá alguna otra novela que pudiese llegar a interrumpir esta serie?

—No lo sé. El mundo de un novelista suele ser cambiante. Sé que comienzo el próximo Falcó en otoño. Lo que no sé es si después de esa vendrá otra.

—Finalmente… ¿qué es ganar para Falcó?

—Haber vivido. Que te disparen y no te maten. Le va la marcha, la acción, las mujeres. Él siempre gana y además está dispuesto a pagar si pierde.

09 mayo 2017

«Occidente está desapareciendo»


Entrevista de Nicolás Lucca - relatodelpresente.com.ar - 09/05/2017

Pocos novelistas pueden ostentar la etiqueta «ha roto el molde» pegada en la solapa del saco. En el caso de los periodistas, el número se reduce a cuantos dedos tenga una persona en una mano. Arturo Pérez-Reverte puede darse el lujo de mostrar la misma medalla en ambos terrenos. Por creativo, por provocador, por indomable. Una mentalidad que deja a quienes coinciden con sus ideas, como a quienes no, chiquititos ante el ¿coraje? ¿falta de filtros? ¿honestidad imprudente? del cartaginés que no tiene ningún problema en gritar sin levantar la voz que Europa está vieja y es cobarde frente al avance de los extremistas religiosos. Viniendo de él, la provocación se convierte en una afirmación incómoda: a lo largo de toda su vida ha ejercido el periodismo como corresponsal de guerra en tantos conflictos bélicos que hace prácticamente imposible una refutación. Él no sólo sabe de qué habla: lo vivió. Desde el lobby de un hotel de la Recoleta porteña, don Pérez-Reverte me recibe, y este periodista se siente microscópico sin saber si no resulta una exageración tratarlo como colega, dado que su labor como novelista ya lo ha trascendido, pero nunca se deja de ser periodista…

—Sí, se deja de ser periodista —afirma Pérez-Reverte y, mientras soluciona el enigma de su entrevistador, dispara su primer balazo de incorrección—. Lo que pasa es que es como cuando uno ha sido puta o ha sido sacerdote: queda algo que ya no se puede borrar. Se puede dejar de ser periodista, pero nunca se pierde la mirada que te da el periodismo, una especie de lucidez extrema, de escepticismo oculto. Una cultura no hecha de libros, sino hecha de conocimientos del ser humano. Y uno ya nunca puede mirar a la gente igual cuando uno ha sido periodista, como cuando ha sido puta o ha sido sacerdote. O policía. Uno nunca puede olvidar el periodista que fue, aunque no ejerza como tal. Y hay cosas que ya no se creen como tal, hay fes imposibles, hay palabras con mayúsculas que ya son imposibles y tienen minúsculas todo el tiempo.

—¿El escepticismo le ha jugado en contra?

—No, me ha jugado a favor. El escepticismo hace el mundo más frío, más gris, más hostil. Uno desearía encontrar en la gente virtudes que sólo encuentra en los perros o en los niños. El problema está en que el haber sido periodista —o haber sido puta, o sacerdote o policía— hace que uno vea cosas que no querría ver. Yo puedo ver un joven educado, bien vestido, con chaqueta, camisa blanca, las manos cuidadas, bien peinado, una barba recortada, pero mi especie me dice que ese joven a la vez puede ser un hijo de puta absoluto. Pone siempre una cierta distancia, y eso es bueno, es práctico, es útil, pero también es desolador, porque uno quisiera que el chico que se sienta confiara tu vida. Pero la experiencia hace que uno se frene.

—Sus afirmaciones desde lo que está pasando en Europa con los conflictos migratorios…

—(Interrumpe) No es un conflicto de migraciones: es un conflicto de historia. La historia está cumpliendo su inevitable rigor de siglos.

—¿Qué es lo que le preocupa de la situación actual de Europa?

—A mí no me preocupa nada, porque tengo 65 años. Mi vida está hecha, he vivido como he querido, he tenido una vida muy satisfactoria, he tenido mucha suerte, todo me ha salido bien, estuve donde quise estar, escribo libros, navego, soy dueño de mi vida, de mi tiempo, de mi dinero. En ese sentido no me preocupa. Lo que pasa es que observo la realidad. Y la realidad es como es. Cuando has vivido la historia en primera persona, has sido testigo de ella, o tienes la edad suficiente para que las pasiones, los impulsos y las etiquetas fáciles no pesen tanto como la lucidez, el análisis y el conocimiento del ser humano, te das cuenta de que hay cosas que ocurren inevitablemente. Es complicado responder esto, pero voy a utilizar un ejemplo. Hay una novela que se llama 'El cazador de barcos', de Justin Scott, que es una obra maestra, el mejor libro de barcos que se ha escrito en el siglo XX. Y en ese libro hay un punto en el cual dice el protagonista: “En el mar puedes hacerlo todo bien, pero aún así el mar te matará. Pero si eres buen marino, al menos tendrás el consuelo de saber en qué latitud-longitud estás cuando el mar te mate”. Pues eso es lo que yo quiero. Lo que intento es, a mí mismo y a mis lectores, situarlos en qué latitud-longitud están. Que sepan dónde están y por qué el mar los mata. Pero matarlos los va a matar igual.

—No hay solución.

—La historia no se soluciona, se vive. La cultura occidental está condenada a muerte. Aristóteles, Homero, Dante, Virgilio, Shakespeare, Borges, Cervantes, Rembrandt, Bioy, todo eso se va al carajo. Porque ha pasado su época, porque ahora viene otra época distinta. Tardará a lo mejor un siglo, dos siglos o tres, pero eso pasará y vendrá otra cosa, otra cultura diferente, mezclada, mestiza, no lo sé, no me importa, no voy a estar aquí para verlo. Pero es evidente que hay un sistema de valores, que son la Ilustración, la Revolución Francesa, las ideas, los derechos del hombre, que están en cuestión. Yo me limito a ser notario, a contarlo. Y también a decir: «Frente a eso no hay solución». Hay analgésicos: no quita la causa del dolor, pero ayuda a soportar el dolor. La única forma de asistir al final de un mundo es tener la lucidez bastante para comprender que ese mundo tiene que acabar. Mi actitud es esa. Todo responde a lo mismo: es una actitud ante un final de época.

—¿No hay una falta de comprensión de los ciudadanos de Occidente sobre la gravedad de este tema?

—Hay una diferencia que es para mí muy importante. Nuestros abuelos, la generación que precedió a la mía y todavía parte de la mía, tenía también la certeza de que el mundo es un lugar peligroso, hostil y donde las cosas son caducas, donde se muere con facilidad, donde el ser humano es un hijo de puta depredador. Pero eso lo hemos olvidado, porque somos tan estúpidos… Educamos a nuestros hijos diciendo “el Titanic es insumergible”. El Titanic tiene siempre un iceberg delante. Siempre lo hay. Pero les hemos hecho creer que el Titanic nunca se hunde. Estamos creando generaciones ajenas a la realidad, incapaces de comprender. Entonces, cuando viene el golpe, cuando viene la dictadura de Videla, cuando viene la bomba del montonero, cuando viene la Guerra Civil española, cuando viene el tsunami, cuando viene la guerra de Aleppo, cuando viene el meteorito, la gente dice: “No puede ser”. Claro que puede ser, idiota: son las reglas, solamente que lo habíamos olvidado. Occidente ha olvidado de dónde viene, ha olvidado su historia. Parece que es nuevo, pero en realidad es sumamente olvidado. Mis artículos, toda mi actitud intelectual, si se le puede llamar intelectual a mi actitud, ya que solo soy un tipo que cuenta historias, se encamina a gritar, repetir, recordar a aquellos que quieren o que entienden: “Mira, chico, esto es un lugar muy jodido”. No es que ahora estemos peor. Habíamos creído que nunca íbamos a estar mal. Lo habíamos olvidado.

—¿No estamos equivocando la puntería sobre los problemas reales, como si quisiéramos pintar la pared cuando está en riesgo de que se caiga? 

—Eso es propio de todo final de época. Hay un escritor romano llamado Amiano Marcelino que se queja de los últimos tiempos de Roma: «Ahora las calles están llenas de jóvenes tocando el tambor vestidos como los bárbaros y cantan hasta la madrugada y molestan a los vecinos». Fue en el siglo IV y ya se quejaba de lo mismo. Hay una cosa que está clara, para mí: el mundo occidental, sin cultura, sin la médula espinal de la cultura, no es nada. Nosotros somos lo que somos porque tenemos derechos humanos, tenemos Platón, Virgilio, Aristóteles, Dante. Pero ese mundo está sentenciado a muerte. Platón está muerto, Virgilio está muerto, Cervantes está muerto, Borges está muerto. El mundo actual no tiene herramientas defensivas. Todo el sistema educativo, argentino, español, occidental actual está encaminado a destruir la inteligencia, no a potenciarla. Antes, la élite se consideraba necesaria para tirar del carro. Élites culturales, científicas, políticas, de todo tipo. Antes la educación era una vía adecuada para localizar y destacar aquellos brillantes que podían ser útiles a la sociedad en distintos aspectos. Ahora es al revés: la mediocridad. En un colegio un niño de siete años brillante será machacado por el sistema para no dejar atrás al torpe de la clase. Esa inversión de valores, esa falta de respeto por la ciencia y la élite como mecanismo motor de la sociedad, es propia de los finales de época: cuando todos los mediocres creen ser iguales que los que no lo son. ¿Qué es Twitter? Todos los mediocres intentando hacerse oír para callar la voz de los que realmente sí son brillantes. No hay salvación. No hay solución, es un problema de cultura. La cultura que crea occidente, la que nos nutrió, está desapareciendo.

La conversación vira hacia Falcó (Alfaguara, 2016), su última novela, que ha convertido en apasionante un triste período del siglo XX, y a lo que rodea a la obra en sí. Cada lector habrá tenido su percepción, pero bueno, la tiranía del entrevistador lleva a preguntar por las propias.

—¿Qué es lo que hace que nos resulte agradable consumir tragedias viejas y nos resulten insoportables las tragedias de hoy?

—La pregunta es muy inteligente, pero no estoy de acuerdo. Nos llevaría a un debate ajeno a la entrevista, pero creo que no es así. La historia, la memoria, nos permite soportar cosas que en el presente nos serían insoportables. Es sencillo: la película que yo vi recientemente de Ricardo Darín, 'Capitán Kóblic', es una película insoportablemente sórdida porque está muy cerca en el tiempo. La historia contando cómo tiraban a la gente del castillo a los fosos a los prisioneros sarracenos de las cruzadas es soportable. Al tenerlo tan cerca nos sentimos afectados. Cuando al horror lo sentimos cerca nos hace reaccionar, pero cuando lo sentimos distante lo podemos soportar. Por eso el ser humano prefiere olvidar que el horror pertenece al ahora. Y es el error grave que comete. No es que el libro sea romántico. Al hablar de otra época hace que sean soportables cosas que hoy son insoportables. Hay una escena de tortura en el libro. Si esa escena la contáramos aquí en la ESMA, sería completamente inaceptable que un protagonista torture de esa manera. Pero al haber pasado un siglo es más tolerable. El ser humano es así de estúpido.

—Las mujeres que he consultado sobre la percepción que tienen de Lorenzo Falcó han respondido que es “adorable”.

—(Sonríe) Es que las mujeres son unas cabronas. Todas lo son. Está clarísimo: Falcó es un hijo de una gran puta. Si ese hijo de una gran puta hubiera sido un tipo sucio, feo, vulgar, mediocre, habría sido intolerable por todos. Pero no. Ahí está la habilidad técnica del autor, que no es tonto y conoce su oficio. Decidí dotarlo de otras cosas: inteligencia, simpatía, gracia, pero sobre todo el descaro del sinvergüenza simpático. Y eso con las mujeres no falla jamás. Las mujeres se casan con los caballeros pero se enamoran de los canallas. Es una constante histórica, no es una expresión mía. No es que yo diga “yo pienso que...”. Está probado históricamente y cualquier persona con canas en la barba sabe muy bien a qué me refiero. Yo cuando iba al colegio y tenía amigas, tenía 14 años y era un chico bien educado. Iba a ser un caballero. Me di cuenta de que a las chicas el que las besaba era el malote, el sinvergüenza de la clase. Ahí empecé a entender eso. Una novela es un artefacto narrativo que debe funcionar con eficacia.Yo recurrí a todo aquello que yo sé de la vida para que mi héroe fuese aceptado por lectores hombres y lectores mujeres. Debo de haberlo hecho bien.

—¿A los hombres nos pasa lo mismo?

—No exactamente. Los hombres somos muy elementales, somos de piñón fijo. La mujer es diferente, es mucho más inteligente que nosotros, tiene unas percepciones de la vida mucho más reales que las nuestras. La mujer sabe que está en el Titanic, el hombre lo ignora. Por razones históricas, genéticas, la mujer tiene una lucidez de la que el hombre carece.

—¿Qué satisfacciones le trajo Falcó?

—Yo detesto escribir. Lo que me gusta es imaginar. Hay algo que para mí es muy importante: un escritor tiene una fecha de caducidad, como los yogures. Depende de su talento, se agota. Es un escritor muy lindo pero está muerto. Y el que ha muerto y no lo sabe es tristísimo, porque va por la vida sin saberlo. Hay escritores que mantienen el vínculo y siguen vivos. Al escribir 'Falcó' descubrí una cosa: yo no estoy muerto porque sigo siendo lector. Y cuando un escritor pierde de vista al lector que fue, muere. Me puse a leer libros antiguos, ver Hitchcock, leer revistas de la época. Me he dado cuenta de que sigo teniendo el impulso inocente, candoroso, del lector que descubre cosas. Por eso sé que aún no estoy muerto. Paradójicamente es más sencillo que los otros, más escueto, más lacónico, más canónico, más adelgazado, pero justamente por eso, al obligarme a hacer un ejercicio de literatura intelectualmente mucho más sobrio, me ha puesto en un lugar de lector. Y he descubierto que todavía soy lector, lo he confirmado, y eso me hace muy feliz.

https://relatodelpresente.com.ar/entrevista-a-perez-reverte-occidente-esta-desapareciendo/

19 octubre 2016

Dosier de prensa para 'Falcó'


Alfaguara - 19/10/2016

«Para Falcó, palabras como patria, amor o futuro no tenían ningún sentido. Era un hombre del momento, entrenado para serlo. Un lobo en la sombra. Ávido y peligroso.»

Europa, 1936. Todo ocurre en un mundo de entreguerras, uno que está por derrumbarse. Al tiempo que los fascismos, el comunismo y las revueltas obreras recorren el continente, los mercenarios y los espías se mueven a sus anchas para sacar tajada de la carnicería ajena. El siglo promete demolición. Y mientras elegantes caballeros y hermosas mujeres se embarcan en transatlánticos y se dejan ver en balnearios y hoteles de lujo, otros se buscan la vida en rincones más sórdidos. 

A ambos lados de esa línea se mueve el jerezano Lorenzo Falcó, protagonista de esta historia de aventura y espionaje. Elegante, mujeriego, canalla y aventurero, este ex contrabandista de armas será contratado como espía para cumplir una misión que puede cambiar por completo la historia de un país. En medio de dos bandos enfrentados, Falcó tendrá que cumplir con aquello para lo que ha sido contratado. En las páginas de esta historia, fascistas, nazis, marxistas, anarquistas y bolcheviques intervienen en favor de sus propios intereses mientras otros, los que defienden un ideario, se descerrajan tiros a ambos lados de una trinchera. Cada uno libra su propia batalla. También Lorenzo Falcó, que avanza encantador y letal, eficaz y amoral. Porque si hay algo claro en esta novela es que Lorenzo Falcó trabaja para sí mismo, aunque lo haga para otros.

Esta historia comienza de noche, en un vagón de primera clase. La mujer que va a morir habla de la temporada en Biarritz, también de la última película de Clark Gable y Joan Crawford. El hombre contratado para identificarla la escucha con un cigarrillo entre los dedos y una pierna cruzada sobre la otra, procurando no aplastar demasiado la raya del pantalón de franela. Ella es una misión más por cumplir. Él es Lorenzo Falcó, el protagonista de un libro que sólo necesita un párrafo para enganchar a quien lee hasta la última línea de sus quince capítulos.

Así es Falcó, la nueva novela de Arturo Pérez-Reverte, una historia memorable de aventura y espionaje en la Europa de las décadas de los años treinta y cuarenta. Todo ocurre en un mundo que todavía tiembla por las sacudidas de la Primera Guerra Mundial y que se prepara para hacerse pedazos en una segunda contienda de magnitudes aún mayores. Es ahí donde Lorenzo Falcó, aventurero y espía, se abre paso con la determinación de los cazadores cuando acechan a sus presas. Así es Falcó: un hombre de acción, alguien peligroso que no tiene remordimientos y apuesta siempre a la mejor jugada, la que pueda beneficiarlo a él. Es el hombre perfecto para la misión que le ha sido encomendada.

La acción tiene lugar en la España de 1936, concretamente durante los cuatro meses que siguen al levantamiento del 18 de julio perpetrado por el bando nacional —comandado por Francisco Franco— contra la República; los días más sangrientos de aquella contienda. Contratado por el servicio de inteligencia del bando franquista, Lorenzo Falcó debe cumplir una misión en territorio enemigo: liberar al líder falangista José Antonio Primo de Rivera, prisionero de la República en la cárcel de Alicante. Tres personajes lo acompañarán en esta tarea: los hermanos falangistas Ginés y Caridad Montero y la enigmática Eva Rengel. Más que una pieza en esta historia, ella es un peso en la balanza.

Tras pasar por Estambul, África, Lisboa, París, Berlín o el Líbano, Lorenzo Falcó se mueve en esa España en guerra con la tranquilidad y la sangre fría de aquel al que no le importa lo que habrá de ocurrir. Falcó todo lo ha visto, todo lo ha hecho: desde seducir a hermosas y elegantes señoras en restaurantes de cubertería de plata y bares con muebles de cuero, hasta cerrar, en esos mismos lugares o acaso otros peores, unos cuantos negocios —casi siempre turbios— en los que él se las arregla para salir victorioso. Falcó no ha venido a esa España a tomar partido por nadie, aunque todos se lo reclamen. Ésta no es su guerra.

Repartidos en ambos bandos, Falcó ya ha visto a los ingenuos y a los canallas, a los que medran y trafican, a los que se redimen en una trinchera y los que se protegen en la retaguardia. A todos esos ya los conoce. Por eso, algo distinto recorre las páginas de esta historia, una novela en la que Arturo Pérez-Reverte retoma algunos de sus temas principales —el combate, la valentía, el arrojo, la mezquindad, la redención— en una versión todavía más depurada. Falcó es una novela planificada y ejecutada con maestría, en la que un narrador omnisciente obra a sus anchas sin apenas dejarse ver, y que ofrece al lector diálogos trepidantes, escenas vertiginosas y contundentes que consiguen, a medida que avanza en la lectura, hacerle sentir parte de esta historia.

Acaso aguijoneado por el atractivo del siglo XX, que ya visitó en 'El tango de la Guardia Vieja', Arturo Pérez-Reverte da un paso más en 'Falcó'. Crea un escenario fascinante, verosímil en sus contradicciones —el lujo de unos y el hambre de otros, la valentía y la abyección—, lleno de matices suficientes para recrear de manera fidedigna aquellos tiempos y a aquellos que los habitaron. Un mundo en el que cuelgan de las paredes de los bares los retratos de Douglas Fairbanks, Paul Muni y Loretta Young, y el protagonista aparca sus remordimientos para examinar los hechos a través del cristal de una copa de Martini con vodka y unas gotas de naranja. Ese lugar en el que fascistas, nazis, bolcheviques, espías y contraespías interferían a sus anchas en la política de una Europa a punto del desastre. La trama se cuece en los entresijos de ese mundo que todo lo abarca. Al recorrer estas páginas, el lector se preguntará: ¿quería Franco dejar morir a Primo de Rivera para que nadie le quitara el protagonismo? ¿Se vio obligado el Caudillo a hacer amagos de rescate por la presión de Mussolini? ¿Cuántos comerciantes de armas, antiguos conocidos de Falcó, hicieron negocios con los bandos que se mataban sin contemplación? ¿Eran todos los nazis tan leales a Hitler como pensábamos? ¿Puede alguien seducir a la mujer de un alto mando y salir airoso del lance? ¿O acaso dejarse deslumbrar por una dama tanto o más dura y tenaz que él?

La vida de ciertos hombres posee un aire de familia. Ya sea el Diego Alatriste de los tercios de Flandes, el Jaime Astarloa de 'El maestro de esgrima' o Coy, el marinero sin barco de 'La carta esférica', a todos los relaciona una cierta forma de ver la vida: son de los que no huyen y defienden su derecho a morir como es debido en el mundo que les ha tocado. Lorenzo Falcó, el protagonista que da nombre a la más reciente novela de Arturo Pérez-Reverte, pertenece a esa estirpe. Con sus matices, es cierto. Aunque su mundo sea otro, él posee los rasgos definitorios de todos los personajes revertianos, aquellos que hacen que el lector empatice con ellos a pesar de su hosquedad, su fiereza, o su carácter implacable.

Los personajes

Lorenzo Falcó

Ex contrabandista de armas y mercenario reconvertido en espía al servicio del Movimiento Nacional. Ha sido contratado por los servicios de inteligencia franquistas para completar una misión en territorio enemigo: liberar al líder falangista José Antonio Primo de Rivera, que permanece prisionero de la República en la cárcel de Alicante. Hombre de acción y de conducta amoral, Falcó, de 37 años, creció en una familia acomodada de Jerez, vinculada a las bodegas y la exportación de vino. Es elegante, educado, encantador y muy preciso en cada detalle de todo cuanto le identifica: desde la pitillera de plata, el pastillero con las cafiaspirinas y los gemelos que elige, hasta el cuidado de su Browning o ese gesto de llevar escondida en el cinto una pequeña hoja de afeitar para utilizar como arma en caso de ser necesario. Con él, nada queda al azar. Lorenzo Falcó es un canalla en toda regla, dueño de una ética muy particular. Expulsado de la Armada por un asunto de faldas, lo mueven la aventura, las mujeres, el peligro y la adrenalina. Conoce y controla los ambientes más lujosos —balnearios, hoteles y restaurantes de la Europa de los años treinta y cuarenta—, pero también los lugares más sórdidos de Estambul, los Balcanes, África y la Europa de entreguerras, donde se ha cobrado la vida de varios hombres y mujeres sin siquiera parpadear. «La guerra de Lorenzo Falcó era otra, y en ella los bandos estaban bien claros: de una parte él, y de la otra todos los demás», escribe Arturo Pérez-Reverte sobre él. Sólo un atributo puede tocar la fibra a Lorenzo Falcó: la valentía y decisión de aquellos a los que, como a él, no les tiembla el pulso a la hora de matar.

Ginés Montero

Joven falangista que, junto a su hermana Cari Montero y a Eva Rengel, forma parte de la misión en territorio enemigo encomendada a Falcó. De probada lealtad, su valentía está recubierta de idealismo, inexperiencia e ingenuidad. Con una fe inquebrantable en el avance del bando nacional, Ginés Montero cree sin fisuras en las ideas que lo empujan. «¿De verdad crees que matar a alguien une a quienes lo matan?» —le espeta Falcó—. «No me jodas. Sé buen chico, anda. Haz tu guerra, salva a José Antonio y salva a España de la horda marxista, si puedes. Pero no me jodas».

Caridad Montero

Ella, como su hermano Ginés, lucha con valor y candidez. Con «aires de chica bien, alterado por vientos de pueblo», Caridad —Cari, como se la llama en la novela— es una mujer voluntariosa, aunque desprovista del arrojo y la dureza de su compañera de lucha, Eva Rengel. Como el resto del comando falangista, desconfía de Lorenzo Falcó. No lo considera un camarada, no lo considera uno de los suyos: no está afiliado, no juega todas sus cartas. Sin embargo, la esperanza y la fe en el resultado de la misión que está por emprender pesan más que cualquier sospecha.

Eva Rengel

Integrante de la Sección Femenina de la Falange y amiga cercana de los hermanos Montero. «Es la chica más valiente que he conocido. Y Ginés también lo dice», asegura Caridad Montero al referirse a ella. Como Lorenzo Falcó, es un ser de pocas palabras y poseedora de un carácter avasallante. Sin embargo, su causa —aunque legítima— tal vez no sea del todo clara. Hija de un ingeniero inglés casado con una española, Eva Rengel derrocha seguridad, coraje y sangre fría. Es hermosa e inteligente. Ella será la única mujer capaz de atravesar la coraza exterior de Lorenzo Falcó, justamente porque está hecha de la misma pasta que él. La relación entre ambos está a mitad de camino entre el amor y el pacto entre los que se reconocen hermanos en la acción. En esta novela, Eva Rengel demostrará ser mucho más importante y peligrosa de lo que el lector pueda llegar a imaginar.

El Almirante

Responsable del servicio de inteligencia franquista. Tiene línea directa con el Caudillo y su hermano, Nicolás Franco. Listo, recio, malhumorado y temible, mantiene con Lorenzo Falcó una relación más cercana a la de un padre que a la de un jefe. Ambos se conocieron cuando el Almirante era todavía jefe del servicio de inteligencia español en el Mediterráneo Oriental. Entonces Falcó traficaba con armas por su cuenta. En ese momento, sólo fueron posibles dos opciones para el Almirante: aniquilarlo o reclutarlo. Optó por lo segundo. Falcó es el hombre a su servicio, su ficha en este tablero.

Coronel Lisardo Queralt

Jefe de policía y seguridad de la Falange. Lo conocen como el carnicero de Oviedo debido a su probada eficacia y crueldad como torturador, así como a su falta de escrúpulos. Queralt rivaliza con el mentor de Falcó, el Almirante, y no dudará un minuto cuando surja la ocasión de jugársela a los dos.

Chesca Prieto

Una mujer que no deja indiferente a Lorenzo Falcó y tampoco al lector. Casada con un capitán de infantería del bando nacional, es poseedora de una belleza poderosa y una afilada inteligencia.

Extractos de la novela

Sobre Lorenzo Falcó: su mundo, sus certezas y sus grietas

«Él no era militar, sino todo lo contrario. En 1918 había sido expulsado con deshonor de la Academia Naval de Marín tras un escandaloso asunto con la mujer de un profesor y una pelea a puñetazos con el marido en el aula, en plena clase sobre torpedos y armas submarinas. Sin embargo, al estallar la guerra el Almirante había conseguido para él una graduación provisional de teniente de Navío de la Armada, a fin de facilitar su trabajo.»

«Durante un momento, Lorenzo Falcó permaneció inmóvil estudiando el reflejo, satisfecho de su aspecto: rasurado impecable a navaja, patillas recortadas en el punto exacto, los ojos grises que se contemplaban a sí mismos, como al resto del mundo, con tranquila e irónica melancolía.»

«Falcó provenía de una buena familia andaluza vinculada a las bodegas, al vino y a su exportación en Inglaterra. Los modales y la educación adquiridos en la infancia le habían ido bien más tarde, cuando una juventud poco ejemplar, una carrera militar truncada y una vida vagabunda y aventurera pusieron a prueba otros resortes de su carácter. Ahora tenía 37 años y una densa biografía en la espalda: América, Europa, España. La guerra. Trenes nocturnos, fronteras cruzadas bajo la nieve o la lluvia, hoteles internacionales, calles oscuras e inquietantes, abrazos clandestinos.»

«Para Falcó, las palabras como patria amor o futuro no tenían ningún sentido. Era un hombre del momento, entrenado para serlo. Un lobo en la sombra. Ávido y peligroso.»

«Se lo había preguntado una mujer, en cierta ocasión. Siempre eran ellas quienes preguntaban esa clase de cosas. Por qué lo haces, dijo. Por qué vives así, jugándotelas al filo de la navaja. Y no me digas que es por dinero […]. Tras la pregunta, Falcó había mirado a la mujer con deliberada calma, disfrutando del paisaje perfecto que ella desplegaba ante él; y tras un silencio, encogiéndose de hombros, lo resumió todo en pocas palabras. Sólo dispongo de una vida, dijo. Un breve momento entre dos noches. Y el mundo es una aventura formidable que no estoy dispuesto a perderme.»

«Además de la ropa cara, los cigarrillos ingleses, los objetos de plata y cuerpo, los analgésicos para el dolor de cabeza, la vida incierta y las mujeres hermosas, a Lorenzo Falcó le gustaban las cosas salpimentadas con detalles. Con solera.»

Falcó y las mujeres

«A las señoras solían gustarles sus maneras elegantes combinadas con el perfil apuesto y la sonrisa simpática y atrevida, calculada al milímetro, probada mil veces, que acostumbraba a utilizar ante ellas como tarjeta de visita. Desde muy joven había aprendido, a costa de algunas rápidas desilusiones propias, una lección crucial: las mujeres se sentían atraídas por los caballeros, pero preferían irse a la cama con los canallas. Era matemático.»

«Ahora Chesca lo miraba de un modo diferente. Como si buscara grietas en la estructura. Cruzó las piernas, y Falcó pensó que una mujer como era debido sabía cruzar las piernas, fumar y tener amantes con la elegancia adecuada. Sin darle importancia. Y aquélla, sin duda, sabía.

—¿Es imprescindible que sean guapas? —preguntó ella al fin, a bocajarro.

—¿Perdón?

—Me refiero a las mujeres de su vida.

Falcó siguió sosteniéndole la mirada. Si la apartaba, sabía de sobra, el pez rompería el sedal y se zambulliría con un coletazo […].

—¿Siempre es tan brutalmente sincero?

—Sólo cuando además de guapa la mujer es inteligente.

Vio que apoyaba despacio la mano sobre la mesa. La de los anillos.

—Señor Falcó…

—Lorenzo, por favor. Ya le dije, Lorenzo.

—No va acostarse conmigo.

—¿Ahora, quiere decir?

—Nunca.»

«Greta Lenz era bastante sucia, comprobó Falcó apenas iniciado el primer asalto. Muy alemana, en eso. Muy eficiente para tal clase de asuntos, como había insinuado el Almirante, que parecía conocer el percal. Manejaba la lengua con una soltura sorprendente, disfrutando realmente de la tarea, y él se vio en apuros para conseguir que la cosa no acabara allí mismo, con una explosión de afecto prematura. Pensó con urgencia en el general Franco, en la misión que le esperaba, en los tres falangistas de hacía un rato y eso enfrió algo el ánimo, devolviéndole el control de las circunstancias. Aparte de una boca ávida, ella tenía un cuerpazo colosal, confirmó.»

«Latía en Eva Rengel algo sólido y oscuro que él podía reconocer con facilidad porque estaba hecho de la misma materia. Era consciente de que horas antes había estado abrazando un misterio, y supo que ella se daba cuenta de que él lo advertía. Ni siquiera haciendo el amor se había llegado a abandonar del todo, excepto unos instantes cada vez y recobrando de inmediato el control de sí misma. Como habría dicho el Almirante, concluyó Falcó con una sarcástica mueca interior, ella era uno de los suyos, de su casta, sin duda alguna. Aquel frío desarraigo. Uno de los nuestros.

—Eva… Tu pasado empieza mucho antes de esta guerra, ¿verdad?

Sostuvo la joven su mirada, sin pestañear siquiera. En silencio. Después desvió los ojos al mar y él tuvo que hacer un gran esfuerzo para no besar su cuello desnudo.»

«Pensó Falcó en las recatadas señoras de la nueva y católica España de novena, misa y rosario. En las viudas de guerra y en las que tenían al novio o al marido en el frente; o en las que simplemente tenían hambre, hijos o familiares a los que alimentar, y la suerte de contar entre las piernas con algo que ofrecer: el recurso eterno de todas las mujeres en todas las miserias y todas las guerras, desde que el mundo tenía memoria.»

Sobre matar y vivir

«Matar no es difícil, pensó Lorenzo Falcó. Lo difícil era elegir el momento y la manera. Matar a un ser humano se parecía a jugar a las siete y media, pues una carta de más o de menos podía dar al traste con todo. Matar por improvisación o arrebato estaba al alcance de cualquier imbécil. También lo estaba por creerse impune, caso muy frecuente en tiempos como aquéllos. Sin embargo, matar de forma adecuada, impecable, profesional, era otra cosa. Palabras mayores. Aquí se requerían altas dosis de intención, sentido de la oportunidad, frialdad de juicio y cierto grado de adiestramiento. También era necesaria paciencia. Mucha. Para matar o para no hacerlo.»

«Una vida, la suya, que tal vez algún día acabara por pasarle la factura de un modo implacable, toc, toc, toc, señor Falcó, le toca a usted abonar los gastos. Hasta aquí hemos llegado. Fin de la fiesta. En previsión de que ese fin de fiesta fuera, si llegaba el caso, lo más rápido e indoloro posible, Falcó llevaba escondida en el tubo de cristal de las cafiaspirinas una ampollita de cianuro potásico que le permitiría tomar un atajo si los naipes venían mal dados. Bastaba con ponerla en los dientes y apretar. Clac, y angelitos al cielo, o a donde fuesen. Morir despacio y en pedazos mientras lo interrogaban no era uno de los objetivos en su vida.»

«Falcó los había visto en tiempos inmediatos al alzamiento, enfrentados a tiros en las calles: falangistas, socialistas, comunistas, anarquistas, matándose entre ellos con admirable tenacidad. Jóvenes valientes y decididos, unos y otros, que a veces se conocían o incluso habían sido compañeros en universidades o fábricas y compartido bailes, cines, cafés, amigos y hasta novias. Los había visto asesinarse a conciencia, represalia tras represalia. Unas veces con odio, y otras con el frío respeto hacia un adversario al que se conoce y se valora pese a la diferencia de trinchera. O él o yo. El móvil. O ellos o nosotros. Así que lástima de todo eso, concluyó. De la hoguera donde se iba a consumir, o se estaba consumiendo, lo mejor de una y otra parte […]. No era asunto suyo, se dijo. Allá quien matara o muriera, y sus razones para hacerlo. Su idiotez, maldad o motivos nobles. La guerra de Lorenzo Falcó era otra, y en ella los bandos estaban bien claros: de una parte él, y de la otra todos los demás.»

Aquel mundo de los años treinta y cuarenta

«Con tranquila resignación, rutinaria a estas alturas de su vida, recordaba otros trenes y otros tiempos más confortables, allí donde los hombres parecían —o eran— más elegantes y las mujeres eran —o parecían— más hermosas al cruzarse con ellas en los pasillos de pullmans y wagon-lits. Sobre ese particular, Falcó poseía un buen repertorio mental de imágenes y momentos retenidos como si de un álbum de fotografías se tratase: desayunos en lujosos vagones restaurante camino de Lisboa o Berlín; copas en los taburetes de cuero del Train Bleu, más refinado incluso que el del Ritz de París; cenas con cubertería de plata en el Orient Express, camino de una habitación con buenas vistas al amanecer en el Pera Palace de Estambul…»

Sobre el combate, la valentía y los escrúpulos

«Todo el cuartel general franquista en Salamanca era un hormigueo de agentes y servicios nacionales y extranjeros: paralelo a los alemanes del Abwehr operaba el Servizio Informazioni Militare italiano, además de los múltiples organismos de espías y contraespías españoles que se hacían competencia y a menudo se entorpecían unos a otros.»

«En las zonas ocupadas por los militares rebeldes a la República, toda la gentuza y todos los oportunistas se apresuraban a vestir la camisa azul y a afiliarse al Movimiento Nacional. Con un poco de enchufe y algo de suerte, formar parte de las milicias de Falange en la retaguardia era una forma ideal de mantenerse fuera de los combates. Emboscados, como se decía. Aquellos patriotas de ocasión podían ajustar impunemente cuentas con sus vecinos, delatar a sospechosos, robar en sus casas y hasta pegarles un tiro a la luz de unos faros, en la cuneta de cualquier carretera.»

«Los bombardeos de la aviación nacional, resumió Montero, enfurecían mucho. Sobre todo cuando había víctimas civiles. Y cada vez se daban represalias como las del otro día. Los milicianos sacaban a la gente para matarla en el cementerio o en el campo. Los comunistas guardaban cierto orden y disciplina; pero los anarquistas —todo desharrapado se apuntaba a la FAI y se negaba a obedecer a ninguna jerarquía— eran un peligro para la República. Buena parte de los delincuentes comunes liberados cuando se abrieron las cárceles paseaban con armas y no iban al frente ni en sueños.

—Los decentes están en la línea de fuego, luchando —concluyó—. Aquí se han quedado los que nunca dieron la cara, apoderándose de las fábricas y talleres, y también la marinería de la Escuadra, que después de asesinar a los jefes y oficiales no sale a la mar ni a pescar atunes.»

«Falcó es una consecuencia de mis últimas novelas»

El escritor y académico regresa con una nueva novela, una historia de aventuras y espías ambientada en la Europa de los años treinta y cuarenta del siglo XX. ¿Qué busca? ¿Quién es Falcó y qué representa?

A esas preguntas contesta en esta entrevista.

Han transcurrido exactamente treinta años desde que Arturo Pérez-Reverte (Cartagena, España, 1951) publicara su primera novela —'El húsar', en el año 1986— y veintidós desde que, en 1994, se retirara de su labor como corresponsal de guerra, una tarea a la que dedicó más de dos décadas de su vida y que lo llevó a la primera línea de diecinueve conflictos, entre ellos el de las Malvinas, los Balcanes o la guerra de Irak. Allí vio hombres matándose, gente que moría porque alguien más lo ordenaba. Lo ha visto todo, o casi todo. Por eso sus libros son como son y saben como saben: a sangre en la boca, a veces; también a lucidez, muerte, mierda y mezquindad; a valentía y arrojo; a nobleza y abyección; a estropicio y redención. A fin de cuentas: a contradicción. Esos pliegues donde las heridas escuecen, porque su profundidad confiere, a la vez, entendimiento y dolor.

Justamente por eso, porque Arturo Pérez-Reverte conoce los raros pasillos que conectan mundos entre sí, esta novela sorprende y confirma —al mismo tiempo— la coherencia con el resto de su obra. Se trata de 'Falcó' (Alfaguara), una historia protagonizada por un hombre sin patria ni moral, un ex contrabandista de armas y mercenario, mujeriego y aventurero, al que sólo lo mueve la adrenalina, el peligro, el dinero y las mujeres. Un hombre sin principios, sin moral, sin patria. Ese es Lorenzo Falcó. Todo tiene lugar en la Europa de los años treinta y cuarenta, aquel territorio lleno de lujo y encanto sobre el que pende la oscura y amenazante nube de los fascismos y del comunismo que traerá la segunda entrega de la peor guerra que el hombre contemporáneo haya visto jamás. Es ahí, en esa geografía de intereses cruzados, de nobles y aprovechados, donde Falcó tendrá que cumplir una misión que puede cambiar el curso de la historia de España.

En un mundo en el que se dan cita falangistas, anarquistas, bolcheviques, marxistas, nazis, mujeres elegantes, rastreros oportunistas, así como un contingente de asesinos junto a hombres y mujeres que intentan luchar por lo que creen, tres personajes acompañarán a Lorenzo Falcó, no sin cuestionarlo ni sospechar de él: dos jóvenes hermanos falangistas, los Montero, y Eva Rengel. De todo ello habla Arturo Pérez-Reverte en esta entrevista.

—Lorenzo Falcó, ex contrabandista de armas y aventurero que ejerce de agente comisionado en una Europa de entreguerras, en este caso en la España del 1936. ¿Cuál es la guerra de Falcó? ¿Qué es esta historia?

—Ésta no es una novela sobre la guerra, ni siquiera es una novela sobre la Guerra Civil española. Es una novela de personaje, de aventuras, de espías, de aquella Europa de los años treinta y cuarenta, un momento donde existen hoteles lujosos y balnearios pero también lugares sórdidos. Es la Europa de los fascismos, los totalitarismos, del comunismo. Es la Europa de las revueltas obreras en la calle, de la incertidumbre política, de los nubarrones que proveían de la Primera Guerra Mundial y desembocarían en la Segunda. Falcó ha podido comenzar en los Balcanes o cualquier otro lugar del continente. Pero hay que admitir, eso sí, que el episodio que retrata la novela, la liberación de José Antonio Primo de Rivera, jamás se había novelado. Claro, un enfrentamiento en el que todo el mundo toma partido era perfecto para situar mi personaje, para marcar la amoralidad, la apoliticidad y la ausencia de ideología de un aventurero. Sin embargo, eso no convierte esta historia en una novela de la Guerra Civil.

—'El tango de la Guardia Vieja' estaba ambientada en el siglo XX. Con 'Hombres buenos' volvió al XVIII, y ahora regresa a los años treinta y cuarenta del siglo pasado. ¿Por qué?

—Cuando me senté a escribir 'El tango de la Guardia Vieja', comencé a encontrar puertas que no había visto. Me dije: "Aquí hay guías". El personaje de Max me llevó por un largo recorrido. Fui recopilando información que finalmente no utilicé. Pero me di cuenta de que aquel mundo tenía mucho para explotar. Había encanto y glamour, así como muchas miserias y desigualdades. Así que me quedé con todo aquello en la cabeza. Muchas cosas coincidieron en ese proceso. El libro 'La Guerra Civil contada a los jóvenes' sirvió para diseñar un telón de fondo. Incluso 'Hombres buenos' tenía algo que ver, porque retrataba a dos personajes morales. Falcó es una consecuencia de mis últimas novelas.

—Lorenzo Falcó no es un militar. Lo han expulsado de la Armada. Ha sido contrabandista de armas, un mercenario. Sin embargo, en algunas ocasiones parece tener más sentido de la nobleza que muchos otros.

—En eso hay matices. Para explicarlos necesito hacer un paralelismo con Alatriste, que es un personaje con códigos y reglas. Es un soldado, alguien que ha tenido fe. Falcó no. No lo mueve la patria, sino las aventuras, las mujeres (que le gustan mucho, evidentemente), el dinero, el glamour, el ir y venir. Las de Falcó son lealtades sin ética, porque él es un amoral. Se mueve por impulsos del corazón y los sentimientos, más que por una idea del deber. 

—Sin embargo respeta la decisión, la valentía, el arrojo. Es lo que lo deslumbra de Eva Rengel, uno de los personajes femeninos que participa en la misión que le han encomendado.

—Lo que Falcó respeta de Eva Rengel son sus cojones. Respeta que sea una tía entera, capaz de matar sin titubear. Una mujer capaz de hacer lo que él hace. Para Falcó, Eva Rengel es uno de los suyos. Aunque algo los diferencia: Eva Rengel sí tiene fe. Ella cree en su lucha. Falcó no.

—Falcó, como Alatriste, ¿es un héroe escarmentado?

—Falcó es un grandísimo hijo de puta.

—Pero despierta afectos. Hay algo en él brutal y refinado al mismo tiempo.

—Claro. Es simpático, es guapo, tiene una manera de ser que conquista. 

—Es un jerezano de buena familia. Elegante, hasta el más mínimo detalle.

—En un canalla la elegancia también es importante. Porque la elegancia siempre es importante. Alguien puede tener una formación elitista en el sentido de la educación, de la familia, y a la vez moverse en ambientes canallas. Hay personas que deciden ir hacia otros territorios: por envilecimiento, por aventura, por carácter, por lo que sea. Falcó es un tío que donde lo eches se siente a gusto: igual en un burdel de Estambul que en un transatlántico lujoso. Y ese es su encanto. Pero, claro, hay una manera de conducirse en la vida. Incluso en un mundo de canallas, hay que saber estar.

—¿Falcó pertenece a un mundo extinto?

—Yo también. Nací en el año 1951. Llegué a un mundo que ya estaba apagando la luz, pero todavía tuve tiempo de ver los últimos ecos en el salón de baile; de escuchar al último músico que toca antes de cerrar el instrumento. Pude ver las últimas serpentinas en el suelo; oler el perfume de las mujeres que atravesaban los pasillos; ver los gemelos de plata; a mi padre peinarse con brillantina o bailar un tango. Pero también vi el de las tascas, las tabernas, los vinos servidos sobre mostradores de mármol, las colas para conseguir aceite. Vi, por una parte, ese mundo elegante, pero también aquel otro de enormes desequilibrios sociales, de rencores, de vencidos y de tristeza. Este libro, como 'El tango de la Guardia Vieja', intenta recrear ese mundo elegante y a la vez terriblemente injusto.

—En esa Europa donde coinciden nazis, fascistas, falangistas, republicanos, matones y canallas, Falcó es el único que no tiene patria.

—No, no la tiene. Él no se siente cerca de los nacionales. Trabaja para ellos porque su jefe trabaja para ellos. No tiene ideología. Él va hacia donde está la aventura. Le gusta sentir miedo, adrenalina, sentir el peligro, le gustan las mujeres. Hay gente así. Es un aventurero de verdad. Alatriste, en cambio, es un héroe a la fuerza, tiene códigos. Falcó vive a gusto en ese mundo.

—Como en todas sus novelas, los protagonistas están en un permanente combate consigo y con el mundo. En este caso, hay una distinción entre quienes luchan en el frente y los que, siendo falangistas o republicanos, permanecen en la retaguardia sacando partido, ajustando cuentas.

—El combate redime. En una trinchera, hasta el tipo más miserable del mundo, si se levanta y pelea por algo en lo que cree, o porque su coronel va adelante, o su capitán o su compañero, entonces alcanza una redención. Y cuando digo combate, no hablo del combate físico. Cualquier ser humano que pelea, que se arriesga, que sale de lo seguro, que se mete en territorio hostil, que camina entre enemigos reales o simbólicos, merece un respeto. En este mundo donde es más fácil claudicar, bajar la cabeza, mimetizarte con las ratas y congraciarte con el verdugo, y en el que siempre estamos a un dedo de la abyección y la vileza, la única dignidad que nos han dejado es pelear. Por eso en mis novelas siempre hay un combate. El maestro de esgrima, que es un hombre honrado, o Alatriste, que es un mercenario y un asesino, o el pintor de batallas, que ha hecho cosas que lo atormentan, cualquiera de ellos se redime.

—A Falcó no le gustan los dilemas morales, pero siendo un hombre de acción no es indiferente a muchos de ellos. Lo conmueve, por ejemplo, la inocencia de los hermanos Montero, que lo acompañan en esta misión como carne de cañón.

—Él no es de granito. Hay seres humanos que, por muy duros que sean, se ablandan. Yo soy un tipo duro y a mí un perro me moja los ojos. También los niños y los hombres valientes.

—Sobre la naturaleza de Falcó: su relación con el mundo, incluso con las mujeres… ¿Cómo entenderlo?

—Falcó es un vividor pero cae bien. Y ahí estaba el asunto: cómo conseguir que el lector no lo rechazara. Con las mujeres es un depredador pero cuando se encuentra con Eva Rengel, una mujer de carácter, no entabla ese tipo de relación. De Eva Rengel lo deslumbra que sea capaz de matar. De ser lo que él es.

—El libro es un pulso: los diálogos, la velocidad de los hechos, hasta las escenas de sexo tienen algo de lucha.

—Eso es deliberado. Quería que el lector estuviese todo el tiempo en tensión, que se sintiera parte de la historia. Hay pocas descripciones. No hay párrafos largos, hay diálogos muy rápidos. Falcó ha sido como poner a hervir mis novelas anteriores, quitarles toda la grasa y dejarlas en lo necesario para que fuera eficaz. Falcó tiene un objetivo distinto. Las otras ya las he hecho. 'El tango de la Guardia Vieja' ya lo escribí. Yo quería otra cosa, que fuera así: dura, tensa.

—Sin embargo, en esa tensión se permite reflexiones. Una de ellas, sobre la naturaleza del acto de matar. ¿Por qué?

—En esta novela matar es un acto tan natural como comer o dormir, porque en la vida real, y aclaro, en la vida real —Pérez-Reverte señala la ventana de la estancia donde esta conversación ocurre—, me refiero a la vida real, no en ésta, sino en aquella —vuelve a apuntar el cristal con el índice—, en la que he pasado más de veinte años de mi vida, allí, matar y morir es normal. El hombre occidental le ha dado una importancia a la vida humana que, objetivamente, no posee. Quienes viven y se mueven en ese lugar donde la vida se cobra sus tributos no tienen el mismo sentido de respeto por la vida humana que tenemos en el resto del mundo occidental. Porque esos territorios se instalan en la normalidad. Falcó es de ese territorio. Para Falcó, y para la gente que es como Falcó, la vida humana no vale nada.

—Habla usted de un verdugo inocente, incluso un capítulo de la novela se titula de esa manera. ¿Existe algo como eso?

—La fe hace verdugos inocentes. Paradójicamente, el creer en cosas hace verdugos inocentes, que son los peores. Un verdugo no inocente es consciente de su "verduguez", sabe que está haciendo el mal, que matar es un mal gratuito pero a la vez inevitable. Un verdugo inocente, en cambio, tiene coartadas, justificaciones, puede dormir tranquilo porque ha cumplido con su deber, y eso es lo terrible. En esta novela quiero hacer distinción entre los verdugos inocentes y los no inocentes, como Falcó. Él tiene remordimientos, sabe que tiene sangre en las uñas, que es Ulises al volver a casa. Por eso quería confrontar esos dos tipos de verdugos.

—Falcó es un personaje que parece tener recorrido más allá de esta novela. ¿Convivirán Falcó y Alatriste?

—Tengo ganas de hacer más Alatristes, y los seguiré haciendo, pero no podía dejar pasar un personaje como éste. ¿Se te ocurre un personaje como Falcó? ¿Se te ocurre un escenario como la Europa de los años treinta? Si vivo lo bastante haré más Alatriste, pero no podía dejar de hacer un Falcó. No podía.

La crítica ha dicho:

«Un auténtico thriller, una trama maravillosamente compleja.» 'The New York Times Book Review'

«Hay un escritor español que se parece al mejor Spielberg más Umberto Eco. Se llama Arturo Pérez-Reverte.» 'La Repubblica'

«Nada más serio que el juego de Pérez-Reverte. Ese juego se llama literatura.» 'La Revue de Deux Mondes'

«Pérez-Reverte es un hábil constructor de personajes, que se erigen ante nuestros ojos, convincentes, por lo que hacen y por los diálogos en que participan.» Darío Villanueva

«Pérez-Reverte tiene una sensibilidad radicalmente moderna, inteligente y compleja [...]. Un resumen de un argumento de Pérez-Reverte es emocionante, pero no tan interesante como sus libros, cada uno de los cuales crea una atmósfera psicológica que es irresistible.» 'The Boston Globe Book Review'

«Colocando muy alta la bandera de la ficción apasionante, Arturo Pérez-Reverte elabora sus novelas como un viejo barman español refinado y elegante que se emborracha de vez en cuando con Corto Maltés. Déjense ustedes instruir por este maestro de la aventura.» 'Minute'

«Uno se siente como el perro de Goya, enterrado hasta el cuello en las historias de Pérez-Reverte, tan abrumado como fascinado; incapaz de huir, pese a que cada frase arroja en el alma un capazo más de arena, de pesar, de tinieblas.» Jacinto Antón, 'El País'

«No deje de leer este libro. Puedo prestarle mi copia si es necesario.» 'The Herald' (Glasgow)

«Arturo Pérez-Reverte consigue mantener sin aliento al lector.» 'Corriere della Sera'

«Los lectores no serán capaces de volver la página lo suficientemente rápido.» 'Publishers Weekly'

Su sabiduría narrativa, tan bien construida siempre, tan exhaustivamente detallada, documentada y estructurada, hasta el punto de que, frente a todo ello, la historia real resulta más endeble y a veces hasta tópica.» Rafael Conte

«Arturo Pérez-Reverte nos hace disfrutar de un juego inteligente entre historia y ficción.» 'The Times'