09 junio 2000

"Yo no soy un artista, soy un tío que cuenta historias"


Entrevista de Fernando Santullo Barrio - Insomnia (Posdata) - 09/06/2000

Para quienes siguen las historias del Capitán Alatriste o leyeron 'La Tabla de Flandes', 'La carta esférica' no debe de ser una completa novedad, aunque sí una sorpresa mediana. Después de años de declarar su amor por el mar y las historias de piratas y luego de amagar varias veces a escribir una novela digamos “marina”, Arturo Pérez-Reverte cumplió su palabra y se despachó con más de quinientas páginas de tempestades, tesoros en barcos hundidos, mujeres misteriosas y marineros honrados que se sienten incómodos nada más tocar tierra.

Coy es el protagonista de ‘La carta esférica’, un marino español nacido en Cartagena (como el propio Pérez-Reverte) que se encuentra en tierra, suspendido de su permiso de navegación por haber encallado un mercante sobre un banco en el Mediterráneo. En realidad no fue su culpa, sino la de un capitán viejo y algo descuidado, pero, ya se sabe, los héroes de hoy casi siempre deben empezar perdiendo.

La historia en sí es llana: el marinero conoce a una mujer bella y misteriosa que, como él, se interesa por las cosas del mar. Aparecen en escena también un par de personajes más o menos siniestros y terminan todos enredados en la búsqueda de un hipotético barco hundido hace ya varios siglos que perteneciera a la Compañía de Jesús. Por supuesto, más allá de todos los elementos comunes y obvios de una historia de aventuras, Pérez-Reverte ofrece una actualización más que convincente de todos esos tópicos. Así, la mujer misteriosa no es una princesa persa en el exilio sino una funcionaria del Museo Naval de Madrid, los piratas no usan parche ni loro ni pata de palo. Son propietarios de una empresa absolutamente legal que rescata barcos hundidos y tienen su sede en Gibraltar. Tan actualizada es la historia que uno de los matones del dueño es marroquí y el otro un argentino ex torturador de la ESMA.

Lejos del modelo de simplicidad de carácter de los personajes de la novela de aventuras tradicional, los hombres y mujeres de Pérez-Reverte son densos y realistas, algunos más que otros. Como Hitchcock, el escritor cartaginés [sic] sabe que una buena galería de personajes secundarios es lo que aporta la sal a una historia y a eso se dedica, a construir sólidos personajes secundarios, descritos con pequeños detalles que hablan rápidamente de sí mismos. Muy ilustrativa resulta la frase del “jefe de los piratas” cuando, en medio de una situación violenta, señala: “que Horacio le esté apuntando con un arma no le da a usted derecho a insultarlo”. Menos afortunado es Pérez-Reverte con su personaje femenino, quien más allá de cierta tosquedad bien construida, se queda corto en lo que a su vuelo poético refiere. Es decir, no hay mucho en ella como para que Coy, el marinero honesto, éste sí bien delineado, quede prendado de ella hasta el punto en que queda prendado.

La técnica de Pérez-Reverte es depurada, y es muy preciso a la hora de armar situaciones y darles contenido histórico. Lo logra sin ser excesivamente didáctico, incorporando los elementos histórico-científicos que necesita el libro sin dinamitar la historia, sin alterar su fluidez. Es claro que, como apunta en la entrevista, sus libros necesitan tanto de esa etapa de investigación previa como de la disciplina que los vuelve libros complejos y a la vez sumamente ágiles.

Si lo de Pérez-Reverte es literatura con mayúscula o si sus entrevistas merecen ser tapa de algún suplemento cultural o una simple nota, es algo en lo que sus millones de lectores no parecen pensar muy a menudo. Tampoco él, a quien lo que parece importarle es seguir encontrando la vuelta para que la aventura siga siendo aventura y las historias se sigan contando “como siempre se han contado”. Y si esto parece poco, recomiendo leer ‘La carta esférica’ para ver que no, que en realidad es mucho. Y muy bueno. 

Arturo Pérez-Reverte espera de pie junto a la puerta de su habitación del Radisson Victoria Plaza. Sus lentes de armazón delgada le dan a su rostro ancho una expresión más atenta de la que tiene cuando se los quita. De complexión fuerte y estatura mediana, a sus 48 años el escritor cartaginés [sic] es la cabeza del "boom" editorial español más importante de los últimos años. Y si bien esto le ha asegurado un seguro future económico, también le ha provocado diversos dolores de cabeza, sobre todo ante una crítica siempre bien dispuesta a asociar éxito con mala literatura, ventas con oportunismo, precisamente la misma clase de crítica que pide que se separen los "best sellers" del resto de los libros a la hora de analizarlos. Sin embargo, el propio Pérez-Reverte se ofende si a alguien se le ocurre comparar su obra con la de los escritores de "best sellers". No es menos cierto que el ex periodista de guerra no tiene empachos en afirmar que lo suyo no es arte sino oficio y que quien le importa es el lector, ya que él mismo es, antes que nada, un lector. Desmenuzando diversos aspectos de su más reciente novela, 'La carta esférica', dando palo a los "gilipollas” que lo ponen en la misma bolsa que Stephen King y contextualizando una obra que ha vendido millones de ejemplares en una tradición de miles de años, Arturo Pérez-Reverte se muestra con la misma franqueza y simplicidad que desbordan sus personajes.

-En una novela clásica de aventuras se sabe que en algún momento va a aparecer una mujer. En 'La carta esférica, sin embargo, (...)to parece estar más en los posibles (...) del personaje femenino que en los (...) clásicos de género.

-Es que de eso se trata, de jugar con los tópicos, con los elementos. En realidad todo está contado ya varias veces, y por eso se trata de utilizar los mecanismos narrativos de la aventura de toda la vida, inclusive los tópicos del género, y darles una lectura diferente, decir "esto todavía vale". Si todo esto lo cogemos, lo limpiamos, le damos vuelta, conectamos una cosa con la otra, todavía vale v nos permite hacer (...) diferentes de los temas que se trataron. Lo que demuestra que, así como la aventura aún es posible, también es posible escribir novelas sobre esa aventura.

-Lo que no es equivalente a usar el formato, por ejemplo de la aventura, para otros fines.

-'La carta esférica' es una novela muy complicada, en apariencia sencilla pero complicada por eso. Utilizamos una serie de elementos tradicionales: un chico, una chica, un tesoro y un barco hundido. Y luego en torno a eso montamos una historia mucho más compleja, sobre relaciones humanas, de soledades, de miedos, de angustia, de desesperanza, de cansancio, de horror. Y sin embargo, todo eso fluye de una manera limpia, debido a que tiene una estructura muy tradicional.

-Ni siquiera el personaje más siniestro es absolutamente malvado, cosa que sí ocurría con la Aventura tradicional.

-En mis novelas eso ocurre siempre. Yo fui reportero de guerra, pasé veintiún años en países en guerra. Conocí torturadores, asesinos, en Sarajevo viví tres años y conocí un montón de gente horrible. Y ahí aprendí que todo el mundo tiene motivos para hacer lo que hace, que todo hijo de puta, por muy hijo de puta que sea, tiene algo que explica, no digo que lo justifique o que lo limpie, pero sí que explica por qué es un hijo de puta. Y a la hora de hacer una novela, es muy interesante explorar esos mecanismos interiors de los personajes, y eso es algo que todos los personajes tienen. Kiskoros es una caricatura de todos los sicarios, es el esbirro clásico. O sea, que podia haber recibido un tratamiento simplemente utilitario, pero también era tentador darle ese puntito de humanidad. Es el Peter Lorre de 'El Halcón Maltés', el sicario cutre de las películas y la literatura pero en una dimensión distinta, como cuando dice “no hable así de ella, es una dama”. El truco, el mecanismo consiste en usar los grandes temas de siempre, que ya estaban en el teatro griego clásico y, después de que has leído todo lo que se puede leer sobre cómo esos temas han ido evolucionando en la literatura en el mundo, le sumas tu mirada del mundo, montas un campo de minas, una serie de mecanismos, de trampas, en donde por un lado está el lector inocente, que va a gozar con la pasión del pathos de la historia, luego está el lector cómplice, que va a disfrutar con la estrategia de la cual tú lo haces cómplice, y finalmente estás tú mismo como lector ideal. Hay un montón de elementos. Una novela es un artefacto muy complejo, que atiende a un montón de necesidades, a un montón de públicos distintos: a quien leerá a Kiskoros como personaje plano por completo y a quien lo leerá como personaje complejo. Eso es lo hermoso y lo mágico de la literatura. Yo lo que hago es poner todo eso ahí. Lo estructuro, lo doto de vida, y que cada lector haga su lectura propia, eso ya es responsabilidad del lector. Yo sé qué he hecho y para qué lo he hecho. Una novela no es nada más que un mensaje sobre el cual el lector proyecta su propia versión de la realidad.

-Y de alguna forma se apropia de eso.

-Naturalmente se apropia de eso.

-En alguna parte leí que decías que escribías los libros que te gustaría leer.

-Yo antes que nada soy un lector, mejor dicho, soy un marino lector, que accidentalmente escribe. Mi actitud a la hora de contar una historia es ésa: que soy lector. Me planteo la historia como si estuviera leyéndola, y quizá por eso mis novelas funcionan, porque el lector descubre a un hermano. Yo no quiero descubrir la literatura, de hecho no quería ser un novelista, para mí esto es un accidente más de mi vida. Por eso quizá al leer mis novelas el lector dice: “Este es uno de los míos”. No lo sé, lo que sí sé es que no soy un artista, soy un tipo que cuenta historias de la forma más eficaz que puede, es decir, como lector.

-¿Asumís el punto de vista de un hipotético lector?

-No, ya lo tengo, que no es lo mismo. Es que yo soy lector, mi actitud es la del lector. Cualquiera de mis novelas tiene dos partes: una parte es la escritura, y otra, anterior, es la investigación; a veces dura más la parte de investigación que la de escritura. Para ‘La carta esférica’, por ejemplo, leí cosmología, astronomía, navegación antigua, moderna, cartografía, historia del siglo XVIII. Esa fase me tomó trece meses y la de escritura quince. En realidad la novela es un pretexto para leer mucho sobre esos temas. Y después sí, ponerme a escribir una especie de novela ideal sobre todo eso. Yo no soy un escritor, sino un lector. Escribir es un pretexto para jugar a leer.

-¿Definís la literatura como un oficio y no como un arte?

-Es verdad. Lo que ocurre es que se ha abusado tanto de eso... Hay tanto gilipollas hablando de arte en todo. Hay tanto diseño, tanto continente sustituyendo contenido, hay tanto cantamañanas, como decimos en España, no sé como decís aquí.

-No sé… ¿Tránsfuga?

-Eso, hay tanto gilipollas que disimula la mediocridad diciendo “no, lo que pasa es que el arte no se comprende” que me da miedo que me confundan con ellos. Por eso me gusta dejar siempre bien claro que yo no soy un artista, soy un tío que cuenta historias, un novelista que cuenta historias de la forma más eficaz que puede. El arte lo dejo para otros. Yo no tengo angustia creativa, ni dolor de la página en blanco ni traumas. No, yo soy un tipo que es feliz contando historias y si después funcionan, mejor. Y si no funcionaran, si no se vendieran, haría las mismas historias. Nunca jamás me planteé ser artista. Siempre supe que lo que quería hacer era navegar y leer, y lo seguiré haciendo cuando termine esta fase de mi vida. Yo cuento historias. Ahora, que para relatar historias haga falta talento, lucidez, es otra cosa. El impulso que me lleva a contar una historia es eso mismo, querer contar una historia, no querer cambiar la historia de la literatura en cada página.

-También hay algo de disciplina, ¿no?

-Soy tremendamente disciplinado. Cuando estaba en Sarajevo dedicaba el día entero a mandar mis crónicas. La diferencia es que ahora lo hago en otras condiciones. Y también sé que toda la fase de preparación, de documentación, de estructura, no vale para nada si uno no dedica horas y horas a que eso funcione. O sea, que a la parte mecánica se añade otra de oficio, que no es tan mecánica, y ahí está el estilo, el lenguaje… Hay que echarle horas. No es que estoy de vacaciones y paro y escribo una obra maestra. Yo por lo general necesito echarle horas y horas de trabajo. Estoy orgulloso de levantarme temprano, hacer ejercicio en el monte, o nadar si es verano, y luego trabajar ocho o nueve horas diarias. Y si me voy a navegar en mi velero, navego un mes o dos, y luego de vuelta a trabajar. Nadie me regala nada. Además, el tipo de novelas que hago sería imposible hacerlas sin disciplina. Son novelas que bajo su aparente sencillez encierran mucha complicación. Antes decía que era como montar un campo de minas y armar esa escritura minuciosa, que lleva mucha tensión, mucho trabajo. Y de todas formas nunca queda bien del todo. Cuando uno lee la prueba impresa se da cuenta de que hay cosas que podría haber hecho mejor.

-La prensa española te ha llamado “el Michael Crichton de España”. ¿Te gusta ser considerado un escritor de “best sellers”?

-Es un coñazo siempre eso. No escribo “best sellers”, mis novelas se convierten en “best sellers”, que es una cosa muy distinta. Hay que ser imbécil para que entre Grisham, Follett, King y yo haya algún punto de contacto, más allá de estar en la librería o en la lista de más vendidos. Cualquiera que lea, un lector normal, se da cuenta de que hay una diferencia. Yo soy un escritor europeo, con una tradición cultural muy definida que no se da en la narrativa anglosajona. ¿’El nombre de la rosa’ es un “best seller”? ¿Las novelas de Thomas Pynchon? Sí, pero las intenciones que hay detrás de esas obras son bien distintas.

-Has declarado que en España hay dos tipos de escritores: los que han leído y aquellos cuya formación como lectores arranca con Milan Kundera.

-Sin que tenga nada contra Kundera, es sólo un ejemplo. Podría haber dicho, no sé, Auster.

-El énfasis estaría, entonces, en conocer la propia tradición literaria.

-Claro.

-¿En qué medida resulta trasladable eso a Latinoamérica, en donde los ojos siempre están puestos en lo que ocurre en Europa y otros centros de poder?

-Para mí hay una tradición que nace en la Biblia, en la Grecia Antigua, en Roma y en el Islam, que viaja hacia Occidente, que florece en la latinidad medieval, que viaja a América en naves españolas, que vuelve en forma del mestizaje criollo, que se traduce en el barroco, que va al neoclasicismo, que va a las ideas de la Ilustración, que vuelve a América con la emigración. Esa historia que tiene miles de años, en la cual cada eslabón se apoya en el anterior, es la riquísima tradición que nos da una franja cultural común, que es donde se mueve mi literatura y mis gustos, por cierto. Y hay otra franja, que es la franja anglosajona, que está ahí, tan legítima como la nuestra, pero bien distinta, y que aunque comparte algunas cosas va, creo yo, por otros senderos. Entonces, una cosa es, como hago en mis novelas, utilizar la memoria personal y nuestro territorio cultural como base, y a la vez utilizar técnicas narrativas eficaces y apelar a la memoria audiovisual del lector, que está anglosajonizado gracias a los medios, para luego jugar con esas dos cosas para que el producto sea eficaz. Porque ya no se pueden escribir novelas como las hacían Balzac o Dumas, hay que jugar con las armas del enemigo. Yo creo que el futuro es ése. Lo que está claro es que sin memoria estamos perdidos, a merced del primero que llega. Nuestra fuerza es que nuestra cultura es europea y latinoamericana, y sin ella estamos en manos de quienes dicen que es más importante el diseño de la lata de Coca-Cola que la Coca-Cola en sí. Esa lucha solamente podemos librarla si tenemos claro que somos parte de una cadena muy larga. De la misma forma que en mis novelas la historia esta ahí para decodificar el presente y para poder entenderlo, nuestra memoria cultural esta ahí para poder defendernos. Sin eso somos huérfanos. Pero ello no implica negar la presencia de lo otro. Creo que hay que llegar a esa sabia combinación de mantener nuestra memoria, nuestra cultura, nuestra base, y al mismo tiempo utilizar los recursos de la otra tradición. Eso son mis novelas.

-¿Hay una intención explícita de rescatar esa tradición cultural propia? Lo digo porque la serie de Alatriste no me parece casual.

-Y no lo es, para nada. Yo soy europeo. Cuando mis novelas están en Estados Unidos y dicen “el escritor Pérez-Reverte es muy europeo”, a mí me encanta, y además creo que es verdad: me siento europeo en el sentido cultural, que en definitiva es la única patria de verdad que existe. Cuando vengo a Uruguay, Argentina o México no me siento extranjero: estoy recorriendo el patio de mis vecinos, que también es el mío propio. Y creo que ésa es una batalla que estamos perdiendo, nos están desmantelando esa tradición. En ese sentido, mis novelas son también una forma de dejar asentada parte de esa tradición. Porque todavía hay barricadas, hay trincheras, hay iglesias barrocas que defender en Sevilla, libros por los que luchar, incluso matar, hay cosas que debemos conservar si no queremos ser una papilla homogeneizada, pasteurizada y americanizada, en el sentido negativo del término. Alatriste y todas mis novelas son un intento por conservar esa memoria. Pero al mismo tiempo dotándolas de todos aquellos elementos que las hacen atractivas. Es decir, los temas frieron siempre los mismos, es el hombre quien los ha ido actualizando, adaptándolos a los tiempos que está viviendo. Nadie inventa ya nada en literatura ni en cine, ya está todo inventado; yo lo que hago es adecuar esos temas a mi tiempo. Uso los estereotipos, los tópicos, ese bagaje cultural y hablo de cosas de hoy, de hombres de hoy. Y por supuesto, lo hago divirtiéndome muchísimo.

-Sobre el uso de los recursos, a la vez que retomas esa tradición cultural digamos “seria”, estás citando elementos de la cultura popular. En ‘La carta esférica’ aparece ‘El tesoro de Rackham el Rojo’, por ejemplo.

-Es que además de ser “homo faber” y “homo sapiens” soy “homo ludens”. Me gusta jugar, y jugar me parece una actividad muy digna. El que rehúsa a jugar está muerto. Yo crecí con esos libros, con esos cómics. Es un placer hablar de Tintín o de Corto Maltés. Todo eso es parte de mi memoria, y no tengo por qué negarlo. Imagínate un escritor que hablara sólo de Proust y negase a Agatha Christie o a Sherlock Holmes. ¿Por qué negarlo si forma parte de su memoria? Pero somos tan estúpidos que para que no se piense que somos poco cultos fingimos que sólo leemos a Proust. Yo leo a Proust, pero también disfruto yendo a buscar tesoros y a cazar ballenas. Cualquier libro leído a los diez, a los quince o a los cuarenta es un libro diferente. La cultura está viva en la medida en que la vamos reciclando. Y cuando uno sabe mirar y tiene lucidez, descubre que la aventura puede vivir en una mujer, en unos ojos, en una cámara, en un amigo, en un viaje, en cualquier parte. Y los que no han olvidado a Tintín, a los piratas, a Corto Maltés, son los que pueden contar esas historias.

-A pesar de que citas muchos autores de los llamados “juveniles”, Salgari nunca aparece como una referencia.

-No sé por qué, pero Salgari no dejó en mí huella, salvo ‘El Corsario Negro’, que lo leí con más placer que otros de sus libros. Lo mismo me pasa con Julio Verne, de quien también leí mucho pero no me marcó. Prefería a Dumas, a Sabatini, a Salgari no. Leí Salgari de muy niño, Sandokán y esas historias, y muy pronto me pareció muy primitivo. A los diez años ya había leído a Stendhal, a Galdós, y Salgari me dejó de gustar muy pronto. Sólo ‘El Corsario Negro’.

-Tu intención es, de alguna forma, retomar el formato clásico de la novela.

-Canónico.

-Sí, un formato que cuando comenzaste a escribir pocos usaban en España en ese momento. ¿No es lo mismo que le había ocurrido a Vázquez Montalbán a comienzos de los setenta, cuando escribe ‘Tatuaje’ como resultado de una apuesta sobre si se podía escribir una novela clásica y dotarla de vigencia en el presente de entonces?

-Y Vázquez Montalbán tenía razón. En España, a fines de los setenta y comienzos de los ochenta, estaba de moda una tendencia narrativa que negaba el pasado, esnob y gilipollas, que decía que la novela había muerto, que sólo se podían escribir novelas sobre la imposibilidad de escribir una novela, la deconstrucción y, en fin, novelas para los amigos, para los críticos, para que todos digan “oh, qué importante es esto”, que poco tiene que ver con la literatura. Negaban a Galdós, negaban todo, no había mucho que hacer, la literatura había muerto. Muy poca gente se mantuvo fiel a la novela, muy pocos se atrevieron a oponerse a eso, a la crítica que reclama novelas para la élite cultural, confirmando esa especie de endogamia onanista que tienen las élites culturales en todas partes. Y por supuesto, el lector desertó. Eso no había Cristo que lo leyera. Las ventas cayeron en picado. Pero hubo gente que se mantuvo fiel a la novela canónica, como Mendoza, Vázquez Montalbán, Torrente Ballester, Juan Marsé, que en su momento fueron denostados. Y después llegó otra generación, yo entre ellos, haciendo otra vez historias como siempre se contaron. Y demostramos que teníamos razón, que el lector quiere leer historias y que ese otro tipo de literatura fue una especie de paréntesis artificial, en el cual daba igual lo que contaras y lo que importaba era la escultura léxica, el lenguaje narrativo. Eso ya pasó, pero quedó como una mancha oscura en la historia de la narrativa española.

-El lector sabe identificar cuándo algo tiene densidad, independientemente del formato que se le presente. 

-Claro. Para algunos la literatura debe ser profunda, aburrida y elitista, la que divierte no es literatura. Y en realidad la literatura es las dos cosas: debe ser profunda y divertida. El peor pecado de la literatura es ser aburrida y superficial. Hubo gente que entendió que era eso, pero el lector se dio cuenta. Si un libro llega a vender millones en un año por algo será, no porque haya millones de idiotas.

-Pero alguien podría decir que Stephen King también vende millones. Digo King por decir un nombre. A mí me gusta Stephen King.

-Sí, es cierto, pero si alguien dice que lo que yo escribo y lo que escribe King es lo mismo, me cago en su puta madre. No lo digo por ti [risas], es si alguien dice “porque Stephen King y usted...”. King y yo no tenemos nada que ver, salvo que estamos en la misma librería juntos.

-Y que muy probablemente comparten lectores.

-Es que el error es creer que el lector lee solo una cosa. Hoy puede estar leyendo a King, mañana a Pynchon y luego a Amis. El lector lee muchas cosas, el lector es el crisol. La literatura aislada  no existe, no vale nada, es sólo papel y tinta. Solo cuando el lector la lee, la combina con otras lecturas, con películas, con experiencias personales, es cuando existe en realidad. Es una presunción terrible la del escritor que piensa que él hace algo trascendente en sí mismo. Sin un lector él no es nadie. Por eso quien desprecia al lector es un soplapollas importante, porque justamente es el lector el que convierte su actividad en literatura. Quien combina Tintín, Agatha Christie, Conan Doyle, Dostoyevski, Tolstoi, Cervantes, es el lector, y todo eso junto es literatura. Cuando alguien me dice “pero es que tanto usted como Kundera venden mucho”, yo le digo: “Me cago en tu puta madre, no has entendido nada”. Se trata de autores bien distintos, y es el lector quien los combina.

-En una entrevista te señalaban como autor políticamente incorrecto.

-Eso es una estupidez. Te voy a dar un ejemplo de Patrick O’Brian, que me encanta. Como es inglés, desprecia a los latinos. Nos considera sucios, fanáticos, crueles y estúpidos. Yo tengo una cultura que me dice que eso no es cierto y descarto ese aspecto de sus libros. No me importa, lo que importa es lo que me está contando y cómo me lo está contando. Ya sabré yo separar una cosa de otra. El lector es quien debe poseer esos elementos. Por eso es terrible que se esté creando gente analfabeta.

-¿En qué sentido?

-Estamos privando a la gente de esa capacidad de discernir, privándola de aquellos elementos de conocimiento que no estén vinculado al presente. Y si no se conoce la propia tradición terminas creyendo a O’Brian. En cierta versión cada vez más popular de la historia, los latinos traficaban con negros y saqueamos América por fanatismo y por ambición; los anglosajones, en cambio, venían a traer el progreso, la libertad y la justicia. Esa es una lectura que se hace actualmente, de un analfabetismo cultural que nos deja en manos de quienes tienen el poder de difundir y manipular su versión de los hechos.

-En alguna parte te preguntaban si eras un animal político, y contestabas que dependía de si era en el sentido griego o en el sentido actual.

-Sí, y decía que en el sentido griego quizá, no en el actual.

-A ver, explícame un poquito eso.

-Ya no me jodas [risas].

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