15 marzo 2026

Alatriste, la España eterna

Rafael Padilla - diariodesevilla - 15/03/2026

El capitán Alatriste es, creo, mucho más que un personaje nacido del talento de Pérez-Reverte. Tras treinta años de fiel amistad, asistiendo a sus lances en Madrid, Orán, Venecia o La Rochela, a mi juicio encarna una idea permanente de España, este terruño nuestro austero, orgulloso y contradictorio. No es un adalid ni un villano, sino un hombre cansado que sobrevive entre la tizona y la miseria, fiel a un código de honor que parece anacrónico incluso en su propio tiempo. En él se cruzan la grandeza imperial y la decadencia moral, la epopeya de los Tercios y el barro de las sórdidas tabernas. Alatriste no presume de patriotismo, pero lo practica; no cree en banderas ni en consignas huecas; no lucha ni por la gloria ni por el futuro, sino por dignidad. Y en esa porfía silenciosa se reconoce una manera muy nuestra de estar en el mundo, esa capacidad tan española de resistir aunque nos sepamos vencidos.

Como tal símbolo, Diego Alatriste personifica la lealtad a unos valores no siempre recompensados: la palabra dada, la amistad, el desprecio por el engaño, la desconfianza hacia el poder. Vive en una patria que maltrata a sus mejores hombres, gobernada por corruptos e hipócritas, pero aun así se niega a venderse. Esa tensión permanente entre el ideal y la realidad ha atravesado siglos de nuestra historia hasta el presente, y convierte a Alatriste en un espejo incómodo, ya que, como nuestra infeliz nación, sobrevive mal gobernado, mal pagado y peor comprendido; aunque –y en eso asienta, también como ella, su auténtica grandeza– es incapaz de traicionarse a sí mismo.

Arturo Pérez-Reverte construyó en Alatriste un verdadero antihéroe que nos insta a mirarnos sin careta. Su melancolía es la de un país que apenas recuerda lo que fue y duda de lo que es. Su violencia no es gratuita, sino consecuencia de la podredumbre y el cinismo que lo rodean. No promete redención ni mejora: únicamente –y eso ayer y hoy es admirable– coherencia consigo mismo.

Alatriste es, al cabo, la nobleza del abatido, la épica sin aplausos. Por eso representa a una España inexplicable que únicamente se siente; una España que, doblegada, obstinadamente permanece. Una España vieja, herida y orgullosa que sabe, como él, que al final sólo queda la memoria y la honorable forma en que se sostuvo la espada.

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