14 octubre 2026

Hay sitio para todos en la mesa de Raúl del Pozo


Juanma Lamet – elmundo.es - 14/10/2026

Parece mentira, pero han pasado ya siete meses desde que nos dejó Raúl del Pozo. Sus amigos aún hablamos de él como si anduviera entre nosotros, como si estuviera a punto de llamarnos para decirnos que a ver qué pasa, que esta semana no comemos, o qué. O para leernos la última puñalada de Benavente, el odiador anónimo y pertinaz que le zurraba todos los días en la letrina virtual de los comentarios de la columna. No hay una comida o una cena en la que no recordemos a Raúl. En la que no nos riamos contando aquella vez que fue en un taxi con la cabeza por fuera y la boca abierta, o el día en que se cagó en todo el árbol genealógico de Carrillo y le espetó el mejor insulto que han escuchado los siglos: «¡Santiago, tienes cara del nueve largo!».

Es como si Raúl estuviera siempre presente. Y vaya si lo va a estar, a partir de ahora, porque ayer el Café Varela inauguró el primero de los muchos homenajes que vienen: la «mesa Raúl del Pozo». Encima de la silla que ocupaba él, Melquiades Álvarez, el buen patrón de la que fue su segunda casa en el esplendor de sus años finales, ha colocado un imponente retrato en blanco y negro (de Jeosm), a la altura de los Machado -otros ilustres inquilinos del café- y encima de Unamuno, lo que a Raúl sin duda le habría dado mucho gusto, porque Unamuno le parecía un coñazo y un curilla.

Raúl aparece guapo, asolerado, con mirada de galán, la melena en su sitio y una incipiente sonrisa de tunante que le perfila certeramente los labios. Así queda para siempre inmortalizado el último faraón de la columna, sentado en la que fue su mesa, siempre al cabo de lo que se dice, siempre junto a nosotros. A la llamada de Melquiades acudimos los íntimos: José María García, Arturo Pérez-Reverte, Edu Galán, Belén Sierra -su última pareja-, Maurizio Carlotti y un servidor. Antonio Lucas brindó desde Roma y Manuel Jabois, desde su never ending tour, que ayer hacía parada en Valencia.

Al llegar, García le lanzó a Raúl un beso desde el otro lado de la mesa y lo saludó como mandan los cánones de la camaradería: «¡Hola, cabrón!». «Está igual de guapo que siempre», añadió Reverte mientras le pasaba el brazo por el hombro a Butano, que encendió un habano a la salud de su «hermanito».

En esa mesa se sentó Raúl decenas de veces. Cientos. Siempre en la esquina, siempre junto al perchero del que ayer colgaba el sombrero panamá de Arturo. Por allí, a su reclamo, pasó todo el que es alguien en la política, o en la cultura.

Ahora hay sitio para todos junto a Raúl, en esa mesa en la que nos dijo cosas asombrosas, como cuando comimos con Ábalos mucho antes de que el Supremo se lo llevara por delante y, a los postres, Raúl sentenció: «Yo he jugado mucho y conozco a los burlangas, y os digo que éste ha trincao». O cuando llamó a Juan Carlos I y al descolgar, le soltó «¡majestad, viva la República!» y el emérito contestó: «¡Francesa!». Y todos escuchamos la risa cómplice de los dos, porque Raúl siempre llamaba con el altavoz.

Todo esto -y lo que no se puede contar- lo recordamos ayer. Y, antes de irnos, brindamos una vez más con la cancioncita con la que él siempre se despedía: «¡Por detrás me aseguran...!».

https://www.elmundo.es/papel/cultura/2026/10/14/6acf3527fdddffb0578b45a7.html

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