Entrevista de Adriana Muscillo - Clarín - 02/05/2026
En un salón versallesco del Hotel Alvear, se presentó un Arturo Pérez-Reverte que no es el columnista algo gruñón y enojado que acaso se muestra habitualmente en los medios. Tampoco es el miembro de número de la Real Academia Española que se adivina como un acartonado y distante purista del lenguaje. Bueno, purista del lenguaje es.
El periodista, escritor y académico español es autor de más de cincuenta [sic] joyas literarias, en su mayoría históricas, muchas de las cuales han sido llevadas al cine, a la televisión y al cómic. Recibió numerosas distinciones internacionales, entre ellas, la de Caballero de las Artes y de las Letras del gobierno francés. Antes de eso, fue cronista de guerra durante veintiún años: cubrió los principales conflictos armados ocurridos entre 1973 y 1994, en territorios como el Golfo Pérsico, el Líbano, Eritrea, el Sahara, Bosnia, nuestras Islas Malvinas, entre muchos otros. Está de visita en Buenos Aires para presentar, en la Feria Internacional del Libro de Buenos Aires, su más reciente entrega de la célebre saga que tiene al Capitán don Diego Alatriste como hidalgo protagonista de múltiples andanzas a capa y espada, quien, junto a sus ya legendarios compañeros, acomete una importante y arriesgada 'Misión en París' (Alfaguara, 2025).
Este libro, que aparece después de una pausa de catorce años, es el octavo de la saga, que ahora cumple treinta. Además, en unos días, se publicará 'Enviado especial' (Alfaguara), que recorre la memoria de un reportero en primera línea. La novela transcurre en 1627, durante el asedio de La Rochelle, que forma parte de los antecedentes históricos de 'Los tres mosqueteros', de Alexandre Dumas –quienes, de hecho, aparecen en la trama–, con lo cual Arturo Pérez-Reverte duplica aquí la ya difícil tarea de cruzar el dato histórico con la ficción: “'Los tres mosqueteros' es un libro fundamental para mí, marcó mi vida. Lo leí con ocho o nueve años, en una edición antigua y con grabados que era de mi bisabuelo, y quedé fascinado”, contó el autor español, con emoción.
—¿Cómo surge la idea de retomar el personaje del Capitán Alatriste?
—Primero, hay unos lectores que son muy fieles. Algunos hasta llevan tatuajes de Alatriste. Entonces, me presionaban. Segundo, el aniversario y, por otra parte, había un desafío personal: “¿Seré capaz, después de haber hecho otras cosas, de recuperar ese mundo que tengo olvidado completamente?”. Y, después, quedaba una deuda íntima con Dumas, que es que mi primer libro leído fue 'Los tres mosqueteros'. Ahí estaba todo: el amor, la amistad, la traición, la mujer peligrosa, la mujer dulce y amorosa, los amigos leales, el poder en la sombra, el misterio, estaba todo. Yo no era un lector, era uno más. ¡Yo formaba parte de esa historia! Me disfrazaba y me pasaba el tiempo jugando al espadachín.
—¿Es quizás ese mismo entusiasmo el que logró usted en sus lectores con la saga de Alatriste?
—Vamos a ver, hay dos tipos de lector: el lector testigo y el lector partícipe. Los dos son respetables, ¿eh? El testigo es el lector que lee un libro, como el que va a ver una película, asiste al espectáculo narrativo de una novela. El partícipe es el lector cuya imaginación lo lleva a meterse en la historia, a formar parte de ella. Ese es el lector, digamos, de verdad o de más alta categoría, de más alto nivel. No despreciemos al otro, porque todo acto de leer ya es noble. Pero ese introducirte en la historia me ha pasado siempre. Entonces, ese es el lector que busco. Alatriste está hecho con los trucos nobles del oficio de que dispongo para que el lector sea un compañero de viaje y no un testigo.
—¿Cuáles son esos trucos?
—Los trucos se aprenden leyendo. No soy un artista, sino un artesano: soy un tipo que ha leído, un lector que accidentalmente escribe. A veces, frente a un papel o a una pantalla, no todo fluye, a veces se encuentra uno con problemas: “¿Cómo resuelvo esto?”. Entonces, me levanto y voy a ver a mis maestros: Conrad, Stendhal, Balzac, Flaubert, y siempre está ahí la solución. Pero ojo, esto es muy importante: tendemos a despreciar la literatura ligera y superficial. Hablo de Agatha Christie, Chandler, Conan Doyle, pero todo es literatura. Ese cóctel de literatura, alta y baja, esos son mis trucos. Los he aprendido de ellos y los aplico a mi mundo, a mi época, a mis temas y a mi propia escritura.
—¿Qué cosas le enseñó cada uno de sus maestros?
—Conrad me ha enseñado a describir a un tipo de gente, un lugar, un mar parecido al alma del hombre que lo está mirando, pero Agatha Christie me ha enseñado a empezar un capítulo, a terminarlo, a agarrar al lector por el cuello y decirle: "Ven aquí". El "best seller" americano más burdo, más torpe, a lo mejor me enseña cómo hacer que el lector tenga un estremecimiento. Thomas Mann no me enseña a abrir un capítulo. Me enseña, a lo mejor, a desarrollar un personaje, un diálogo. Entonces, el autor que soy aprende de todo, sigo aprendiendo todavía ahora, ¿no? Borges sí, claro, y Arlt, naturalmente, y Bioy, que son mis tres iconos argentinos, y Mujica, también, en un cuarto lugar. Pero es que yo me voy a Soriano y entiendo a Argentina. Yo entiendo a Argentina mejor leyendo a Soriano que leyendo a Borges.
—¿Su experiencia como cronista de guerra influye en ese cóctel?
—Yo tengo una suerte: no he aprendido a vivir en un bar, en un hotel, en un despacho de abogados ni en un banco, aunque son lugares muy respetables, no los desprecio. Entonces, he visto cosas duras, he visto aspectos del ser humano y de la vida que aquí no es fácil ver. A lo mejor he visto en dos días de guerra en Beirut o en Sarajevo lo que otras personas tardan diez años en entender. Eso me ha dado una memoria personal. Pero el haber sido lector antes me permitió identificar el mundo y entenderlo. Entonces, cuando hablo de violencia, de soledad, de fracaso, de muerte, de cómo se degüella a un tío, no es teoría, no me lo han contado. Lo había leído, pero es que, además, lo he vivido.
—¿Cómo se lleva con esos recuerdos?
—Yo soy una persona serena, no he ido a un psicólogo en mi vida. Esto a un argentino le debe de sonar raro, pero es verdad. Mis psicólogos son los libros. Entonces, todo eso lo digerí muy bien. Todos tenemos fantasmas, yo tengo remordimientos, tengo sangre en las uñas, hay noches en que estás despierto y te pesa, pero soy una persona bastante equilibrada. Lo fui siempre. Entonces, digamos que todo esto, en lugar de traumatizarme, lo he digerido de una manera nutritiva. Yo miro al mundo de Alatriste, una historia es una mirada. Hay gente que mira las que se forjan en un bar, en un café, en el divorcio… En mi escritura, el lector inteligente se da cuenta de que no me lo he inventado todo.
—En Alatriste también hay valores como el honor, la amistad, la lealtad… ¿Eso es, igualmente, transmisión de lo vivido? ¿Cómo dialogan esos principios con el presente?
—Es un mundo distinto. Yo fui educado para un mundo diferente al que era de verdad. En mi mundo los curas eran santos, los políticos eran honestos, los policías eran honrados. La vida me fue desmontando un montón de ideas: honor, patria, bandera, religión. La vida te despoja, te va arrancando todo eso y te encuentras huérfano. Entonces, necesitas algo en lo que apoyarte. Te dices: “A ver, ¿qué sobrevive?”. La admiración por el valor, la dignidad, la lealtad, la amistad, el amor y poco más. Entonces, con eso, construyes un reducto donde refugiarte cuando hace mucho frío. Esa visión del mundo, ese despojo de grandes palabras, se lo presto a Alatriste.
—En la obra se evidencia una investigación de fechas y lugares muy precisa. ¿Cómo logró cruzar los datos históricos con la ficción, la propia y la de Dumas?
—Bueno, ese era el desafío. Pero había un problema que intenté evitar, y creo que lo logré, que es algo que se da mucho en la novela histórica, que es que cuando un novelista hace un trabajo histórico, después tiene la tentación de meterlo todo en la novela. Como ha trabajado tanto, quiere que esté todo dentro. Entonces, yo tengo la certeza de que eso estropea una novela. No puedes hacer una novela enciclopédica. Debes dejar fuera todo aquello que no es necesario. Aunque yo lo necesito para entender, el lector a lo mejor lo puede intuir, pero no debe estar escrito.
—Si sobra material, ¿quedará para la próxima?
—Mira, en noviembre tendré 75 años. La cabeza se desgasta y no hay nada más triste que un escritor que está muerto y no lo sabe. Es lo más triste del mundo. Yo he conocido casos, y algunos de los grandes, lo que no les quita grandeza, pero las decadencias, los finales, son muy tristes y penosos. Y los escritores no siempre son conscientes de que están acabados. Hay autores a los que hay que decirles: “Déjalo, maestro, ya está”. Soy consciente de eso. Pues sí, lo siento, lector. Yo sé que tengo fecha de caducidad. ¿Qué me queda de vida práctica, diez años? ¿Cuántas novelas más podré escribir? ¿Tres, cuatro? Tengo que elegir, no puedo equivocarme, es terrible una novela que dejaré sin escribir. ¿Qué puedo hacer de aquí a diez años que sea capaz de hacer, que no sea una novela senil, ni absurda, ni idiota, ni acabada, ni decadente? Y es muy duro eso, es dolorosísimo. Hay novelas para las que me preparé durante mucho tiempo y que no llegaré a escribir.
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