Lidia Lozano - clara.es - 14/01/2026
Arturo Pérez-Reverte (74 años) es una de las grandes voces de la literatura de este país, le pese a quien le pese. Es autor de grandes obras como 'La tabla de Flandes', 'El tango de la Guardia Vieja' o la saga de 'El Capitán Alatriste'. Además de escritor, es también miembro de la Real Academia de la lengua Española (RAE) y conocido por los artículos que escribe para diferentes medios y que nunca están exentos de polémica.
Lo que se conoce sobre él es lo que deja entrever en esos artículos, porque las novelas, al final, son ficción. Sus ideas son muy claras: "No tengo ideología, lo que tengo es biblioteca". Ve el mundo con una visión crítica y así es como se percibe en cada uno de los temas que trata. Como, por ejemplo, el de la gastronomía, sobre lo que trataba su artículo para XL Semanal 'La maldita cola de cigala'. "La verdad es que no soy gran aficionado a la comida, pero me gusta despacharla a solas: hacerme un plato de pasta en casa, o una tortilla francesa, o lo que sea, y comerlo sin protocolos mientras echo un vistazo a los periódicos del día". Así es como comienza el artículo de Pérez-Reverte reflexionando sobre lo que le gusta más y lo que menos de la comida, del hecho de comer y de la idea de la gastronomía.
Le gusta comer en soledad, también en restaurantes. "Sin estar pendiente de nadie", únicamente comiendo mientras lee un libro. "Incluso, si el sitio y la clientela son adecuados, pedir un aguamanil con una rodaja de limón dentro y unas chuletillas de cordero levemente churruscadas y zampártelas cogiéndolas con los dedos, como debe ser, para disfrutarlas de verdad. Sin protocolos y sin darle conversación a nadie", añade.
La cosa cambia cuando se trata de comidas familiares o con amigos. Reconoce que suelen ser comidas "agradables", pero que "tampoco es bueno abusar de los afectos", porque no es un gran apasionado de las sobremesas largas. Por eso dice que le gusta organizar las cenas en su propia casa, porque cuando le entra sueño tiene la confianza suficiente de enviar a sus invitados a sus respectivos hogares.
Algo que asegura no soportar el escritor es "lo de compartir platos, sobre todo en los restaurantes". Reniega de pedir algo para compartir en el centro, aunque "lo del jamón ibérico o unas gambas tiene su pase". De lo demás, asevera que prefiere "meter cuchara o tenedor en mi propio plato". Pero hay algo que le molesta aún más a la hora de compartir mesa en un restaurante, y es el tema de dar a probar de plato ajeno. "Cuando estás sentado a la mesa con más gente y alguien que come a tu lado, hembra o varón, dice esa enorme chorrada de "prueba de lo mío, que está buenísimo", ofreciéndote meter el tenedor en su plato", confiesa con cierto enfado en sus palabras. Aunque es una práctica bastante común, sobre todo si hay confianza, Pérez-Reverte la odia con todas sus fuerzas, junto a los "a ver, déjame ver qué tal está lo tuyo".
En otra ocasión, en una entrevista para la revista 'Tapas', contó cuál es su tapa favorita: una copa de vino tinto y jamón ibérico en tacos, "aunque se enfaden mis amigos sevillanos, pero es que yo soy de Cartagena". Sin embargo, al haber pasado tanto tiempo como periodista de guerra cubriendo conflictos bélicos, afirma que ninguna de sus asociaciones gastronómicas tiene que ver "con el placer, con la exquisitez", sino "con situaciones concretas". "En la guerra no hay gastronomía, hay supervivencia", decía, y después contaba que había visto a gente llegar a las manos por un pedazo de pan e incluso por un trago de agua corriente. Así, cuenta que "una lata de sardinas comida en Vukovar (Croacia) puede ser el manjar más exquisito del mundo, por el simple hecho de que la tienes". Esa manera de relativizar la comida solo la puede experimentar alguien que la haya visto escasear, como él.
También se autodefine como un gran amante de los animales, sobre todo de los perros, y asegura que no le gusta ni cazar ni pescar. "Con el tiempo me he vuelto un poco sentimental con ese tipo de cosas", reconoce. A pesar de eso, come tanto carne como pescado, dándose caprichos como un chuletón muy de vez en cuando. Pero cuando se encuentra navegando, que cada vez son menos las veces, nunca hay pescado fresco a bordo.
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