Adrián Roque - La Vanguardia - 19/01/2026
Son muchas las personas en nuestro país que han disfrutado de las novelas del Capitán Alatriste, escritas por Pérez-Reverte, en un intento histórico de narrar cómo era la España real del siglo XVII a través de un espadachín ficticio (que, además, sacó su octava entrega el pasado noviembre). Casualmente, en sus aventuras y desventuras reconocemos en Diego Alatriste una necesidad casi preocupante de ahogar sus penas en la taberna del Turco con su amigo, afianzado a la bota de vino más que a la poesía, Francisco de Quevedo.
Pero para Pérez-Reverte crear las novelas de su protagonista no era una mera invención de ficción. En ellas, el vino no es un detalle ambiental ni un mero "atrezzo" de época. Es carácter, es atmósfera y es una gran verdad histórica. Cuando el autor menciona qué vino en concreto beben y con qué botellas brindan sus personajes no está haciendo guiños al azar: está señalando qué se bebía, dónde y quién en el Madrid del siglo XVII. Y eso, para el lector atento, dice mucho más de las páginas que incluso la trama.
En la taberna del Turco —uno de los epicentros literarios del universo Alatriste— aparecen nombres concretos, vinos reales conocidos por cualquiera que pisara una tasca madrileña en tiempos de los Austrias. En la época de los noventa, cuando el escritor empezó a publicar las novelas de Alatriste, todavía existían grandes vinos que él mencionaba en las aventuras.
La juventud cercana a las ciudades que se describían en las andanzas del protagonista y su escudero hacían rutas para descubrir los territorios y probar las tabernas y vinos que el personaje probaba. Yedra Núñez, por ejemplo, que se crio en La Adrada leyendo las novelas de Reverte y se independizó en Valdemoro en su juventud, lo cuenta: “Fue increíble poder vivir en el lugar del que salía el vino favorito del Capitán Alatriste. ¡Siempre hablaba de lo bueno que estaba el vino de Valdemoro en sus novelas!”.
Y no fue azar ni licencia literaria. Valdemoro fue durante siglos uno de los grandes proveedores de vino de Madrid. Su cercanía a la capital lo convirtió en un enclave estratégico para abastecer tabernas, mesones y casas particulares. No hablamos de vinos finos ni pensados para el lucimiento, sino de vinos recios, tintos, de consumo diario, hechos para saciar más que para impresionar. Y es que cuando Pérez-Reverte escribe «el vino de Valdemoro, el moscatel, o el oloroso de San Martín de Valdeiglesias» está trazando un mapa social del beber. El vino de Valdemoro es el vino del pueblo llano, del soldado, del buscavidas. El que corre por las jarras sin ceremonia, el que mancha manteles y lenguas. Un vino directo, sin metáfora posible: como la vida del propio Alatriste. Por desgracia, las bodegas de Valdemoro fueron cerrando a lo largo del siglo XX y los viticultores se vieron obligados a trasladar su producción a pueblos como Noblejas. La propia revista local de la ciudad de Valdemoro cuenta que fue así, “a excepción de una pequeña viña ubicada en la calle Libertad, donde la familia Figueras continuó produciendo vino por los métodos que hemos conocido hasta el año 2001”. Por eso, leer Alatriste sabiendo esta situación cambia la percepción del personaje. No es un héroe romántico; es un hombre curtido, acostumbrado a vinos ásperos y decisiones aún más duras con las que, si bien a día de hoy no pueden saborearse, el lector puede hacerse una idea.
Muy distinto es el caso del vino de San Martín de Valdeiglesias. Esta zona, situada al suroeste de Madrid, ya gozaba en el Siglo de Oro de una notable fama vinícola. Y así se describe en los libros. No es un vino de bota para saciar el apetito, sino vinos más potentes, más alcohólicos y algo más peligrosos si se abusaba de ellos. Y ahí entra la literatura con toda su ironía. En una de las escenas más celebradas de la saga, leemos: «Cada vez que a don Francisco se le iba la mano con el vino de San Martín de Valdeiglesias —lo que ocurría con frecuencia—, se empeñaba en tirar de espada». Aquí el vino deja de ser bebida para convertirse en detonante narrativo. El vino de San Martín de Valdeiglesias explica al personaje tanto como sus versos. Francisco de Quevedo, pasado de copas, pendenciero, brillante y excesivo, es inseparable del vino que bebe. No es casual: estos vinos eran conocidos por “subir rápido”, por desatar la lengua… y el ingenio, como se demuestra en las páginas de Pérez-Reverte.
Afortunadamente, beber vino de San Martín de Valdeiglesias a día de hoy no es una misión imposible, como sí es el de Valdemoro. Si eres un verdadero fanático de las aventuras del Capitán Alatriste o de los versos del siglo de Oro, ten por seguro que puedes intuir a lo que sabían las copas de Lope, Quevedo o Góngora, y es que todavía puedes disfrutar de bodegas de San Martín como Las Moradas, con su vino Las Luces, “un vino muy complejo, redondo y equilibrado de garnacha tinta centenaria”; o la bodega Marañones, con el vino que le viene al pelo a un espadachín a sueldo como Alatriste, el 30.000 Maravedíes, “el carácter frutal y más delicado de la garnacha que nace en Gredos, reflejo en botella de la riqueza y diversidad de sus suelos”.
Entender qué vinos se bebían en el Madrid del XVII es otra forma de leer. El vino marca la clase social, el carácter, el estado de ánimo y hasta el ritmo de las escenas. En Alatriste, el vino no embellece: revela. Hoy, cuando hablamos de maridar libros y vinos, solemos hacerlo desde el juego contemporáneo. Pero en esta saga el maridaje ya estaba ahí, incrustado en la historia.
Leer a Alatriste con un tinto potente —pensando en Valdemoro— o con un vino de carácter como los que siguen latiendo en San Martín de Valdeiglesias, no es un capricho: es una forma de entrar en el texto por la puerta correcta. Porque a veces, para entender de verdad un libro, hay que beber lo que bebían sus personajes. Y en el Siglo de Oro español, el vino hablaba tan alto como la espada.
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