25 julio 2026

Cuando Alatriste desembarcó en Cartagena

Luis Miguel Pérez Adán – La Verdad – 25/07/2026

Hay monumentos que embellecen una ciudad y otros que la ayudan a recordar quién fue. El inaugurado el pasado 17 de julio pertenece a esta segunda categoría. Cartagena ha incorporado a su paisaje urbano la figura del capitán Diego Alatriste y Tenorio, el inolvidable personaje creado por Arturo Pérez-Reverte, emplazado en un lugar cargado de simbolismo: junto a las históricas Casas del Rey, donde durante siglos se ejerció buena parte de la autoridad de la Corona sobre una de las plazas navales más importantes del Mediterráneo español.

La presencia del propio Pérez-Reverte convirtió el acto en un homenaje a la literatura, pero también a la historia. Porque Alatriste nunca pisó Cartagena. Sin embargo, Cartagena estuvo siempre presente en el mundo donde vivió Alatriste.

Las aventuras del viejo capitán transcurren aproximadamente entre 1622 y 1630, durante el reinado de Felipe IV. El propio autor lo presenta con una frase que ya forma parte de la literatura española: «No era el hombre más honesto ni el más piadoso, pero era un hombre valiente.» Bastan esas palabras para comprender que Alatriste representa a toda una generación de soldados españoles curtidos por las campañas de Europa y del Mediterráneo.

Mientras él recorría las calles de Madrid, combatía en Breda o embarcaba en las galeras de Levante, Cartagena desempeñaba un papel silencioso, pero decisivo.

En torno a 1623, mientras Alatriste sobrevivía entre conspiraciones cortesanas, Cartagena vivía pendiente del mar. Las torres vigía alertaban de las incursiones de los corsarios berberiscos y las galeras reales recalaban con frecuencia en el puerto para aprovisionarse antes de volver a patrullar un Mediterráneo donde la amenaza otomana seguía muy presente.

En 1625, cuando el capitán luchaba junto a Ambrosio de Spínola durante el sitio de Breda, Cartagena contribuía de forma decisiva a sostener el esfuerzo militar de la Monarquía. Desde sus muelles partían soldados, pólvora, hierro, madera, víveres y dinero destinados a Italia, Flandes y el norte de África. Las grandes victorias nacían en el campo de batalla, pero también en puertos como éste.

Cuando Alatriste navega en ‘Corsarios de Levante’, Cartagena era precisamente uno de los grandes refugios de aquellas escuadras. Aquí se reparaban embarcaciones, se embarcaban compañías de infantería y se organizaban convoyes que mantenían abiertas las comunicaciones del Imperio. El olor de la brea, el golpe de los calafates y el ir y venir de soldados eran parte inseparable del paisaje cotidiano de nuestra ciudad.

No resulta casual que Arturo Pérez-Reverte hiciera servir a Íñigo Balboa en el Tercio Viejo de Cartagena, una unidad histórica cuyo nombre evocaba disciplina, prestigio y experiencia. Era un guiño a una ciudad que llevaba siglos sosteniendo el poder naval español en el Mediterráneo.

Todavía faltaba un siglo para la construcción del gran Arsenal borbónico, pero Cartagena ya era una plaza estratégica. Las Casas del Rey, junto a las que hoy monta guardia Alatriste, centralizaban asuntos militares, marítimos y administrativos de enorme importancia. Difícilmente podía encontrarse un escenario mejor para recibir al viejo capitán.

Si yo hubiera tenido el privilegio de ejercer de cronista de Cartagena en aquellos años, quizá habría dejado escrito algo así: «Hoy han entrado en el puerto varias galeras procedentes de Nápoles. Desembarcan veteranos de Flandes como el conocido capitán Alatriste, con las capas remendadas y la espada al costado. Los escribanos registran nuevos embarques; los herreros no descansan; los carpinteros de ribera trabajan sin tregua y en las Casas del Rey se reciben órdenes de Su Majestad. Cartagena vive al ritmo del Imperio.»

No habría sido una licencia literaria. Habría sido una descripción fiel de la ciudad. Por eso emociona contemplar hoy la figura de Alatriste en ese mismo escenario. Parece esperar el embarque hacia Génova o Sicilia. Parece uno más entre aquellos miles de soldados anónimos que cruzaron estas calles camino de guerras de las que muchos nunca regresaron. Como escribió Pérez-Reverte, «Los hombres no medían entonces la vida por los años, sino por las campañas.» Y pocas ciudades conocieron mejor esa realidad que Cartagena.

Este homenaje tampoco habría sido posible sin la voluntad de muchas personas. Es de justicia reconocer el compromiso de la Corporación Municipal, encabezada por su alcaldesa Noelia Arroyo, por impulsar una iniciativa que enriquece el patrimonio histórico de la ciudad. Del mismo modo, merece un sincero agradecimiento Arturo Pérez-Reverte, que ha permitido que uno de los personajes más universales de nuestra literatura encuentre aquí un hogar permanente.

El proyecto lleva también la firma inconfundible de Augusto Ferrer-Dalmau, cuya visión artística ha sabido interpretar como nadie la épica militar española; del escultor Salvador Amaya Montoya, que ha dado vida al bronce con extraordinaria sensibilidad; y, muy especialmente, de dos personas cuya perseverancia ha resultado decisiva para hacer realidad este sueño: Julio Mínguez y Miguel Martínez.

La estatua de Alatriste no representa únicamente a un personaje de ficción. Representa a miles de soldados cuyos nombres permanecen escondidos entre legajos, relaciones de embarque y viejos documentos conservados en nuestros archivos. Hombres que hicieron posible la historia sin esperar jamás un monumento.

Quizá por eso Cartagena era el único puerto donde Alatriste podía terminar desembarcando. Porque antes de convertirse en literatura, ya llevaba siglos caminando entre nosotros.

Y hay un detalle que, sin duda, hará sonreír a muchos cartageneros. Desde hace generaciones, cuando alguien demostraba una resistencia fuera de lo común, era habitual escuchar aquello de: «Eres más duro que Máiquez», en alusión a la estatua de Isidoro Máiquez que desde hace más de un siglo preside la Glorieta de San Francisco y ha soportado impasible el paso del tiempo, las inclemencias del clima y hasta alguna que otra gamberrada. Pues bien, Cartagena ya tiene un serio competidor para ese dicho popular. Porque si había alguien capaz de disputarle ese título al inmortal actor cartagenero, ese solo podía ser Diego Alatriste.

Después de sobrevivir a Flandes, a Breda, a los corsarios berberiscos, a las emboscadas de Madrid y a las traiciones de medio mundo, este viejo capitán ha llegado finalmente a Cartagena para quedarse. Y quizá, con el paso de los años, cuando alguien quiera describir a una persona de carácter inquebrantable, ya no baste con decir que «es más duro que Máiquez». Tal vez haya que añadir, con una sonrisa: «...o más duro que el capitán Diego Alatriste».

https://www.laverdad.es/murcia/cartagena/alatriste-desembarco-cartagena-20260725011830-nt.html

No hay comentarios:

Publicar un comentario