José Belmonte – laverdad.es - 04/07/2026
En el fondo, tampoco ha cambiado tanto. Al menos, en lo esencial. Sigue igual de flaco y fibroso, como un lobo famélico que caza solo. Expeditivo y tenso como la cuerda de un violín. Se mantiene en forma. Lee todos los días (a los clásicos, sobre todo). Es cumplidor y disciplinado con su trabajo. Y, como la cámara de su viejo amigo Márquez, no deja de observar atentamente cuanto hay a su alrededor. Eso que llamamos mundo. Sólo que ahora ya no fuma. De ahí que la espléndida fotografía, en blanco y negro, de la portada de este nuevo libro resulte muy llamativa. Atractiva, incluso.
Aquel muchacho veinteañero e ingenuo ─aunque ingenuo, lo que se dice ingenuo, nunca lo fue del todo─, algo así como un Fabricio del Dongo, el joven aristócrata idealista y apasionado de 'La cartuja de Parma' de Stendhal, con el paso de los años y su concurso en más de una veintena de conflictos bélicos repartidos por todo el mundo, se ha convertido en una especie de Meursault, el reflexivo, desencantado y existencialista personaje de 'El extranjero' de Albert Camus.
Hace unas cuantas fechas conmemorábamos los cuarenta años de la aparición de la primera novela de Arturo Pérez-Reverte. Fue en 1986 y se tituló 'El húsar'. Algunos de los artículos que se recogen en este hermoso y bello volumen, datan de 1970; es decir, de hace más de medio siglo, cuando el escritor cartagenero era, que diría García Márquez, feliz e indocumentado (o no tanto), e iba por el mundo con una pequeña cámara fotográfica en el bolsillo, con la que hizo excelentes y dolorosas fotografías, y una mochila al hombro cargada de libros y unos pocos enseres de primera necesidad.
La edición y los comentarios preliminares corren a cargo de María José Solano, que se ha empapado de estos textos que aquí se recogen, y ha expresado, con no poco rigor y mucha delicadeza, su opinión sobre los mismos. De esos artículos publicados en prensa entre 1970 y 1973, cuando Reverte era prácticamente un crío, un zagal inquieto y resuelto que ya había leído a Dumas y a Conrad, destaca el aparecido un domingo, 30 de septiembre de 1970, en el diario ‘La Verdad’, titulado 'Profundidad. Así se vive en la mina'. El joven colaborador tenía dieciocho años, y tuvo el cuajo, como cuando luego tenía el valor de asomar la cabeza por donde pasaban las balas en las guerras, de bajar a lo más profundo de una mina de La Unión, la conocida con el nombre de Artesiana, experimentando así, por primera vez, el peligro como condición del oficio.
Pero antes de entrar en estas páginas, el propio Pérez-Reverte se permite legarnos una reflexión sobre esa época, sobre ese tiempo que parece echar algo de menos, refiriéndose a esa impresión de las muchas vidas que vivió y que ahora le resultan un tanto ajenas, como si fueran de otro y no suyas. Yo, que tantos hombres he sido, que dejó escrito Borges. En ese mismo texto, el autor de 'El maestro de esgrima', sin pudor alguno, alude a ese modo de buscar la mayor honradez posible, sin demagogias ni imposturas, que siempre ha perseguido, como si fuera el Santo Grial del mejor periodismo. Y no deja de recordar, con agradecimiento, ese «nido de piratas desalmados, genios sin escrúpulos, maestros del oficio», de las redacciones de diarios como 'Pueblo' del que formó parte. Reverte aprovecha la ocasión para evocar a esos compañeros, la mayor parte de ellos ya desaparecidos, que, como a él mismo le gusta decir, formatearon para siempre su disco duro: colegas de redacción y colegas en el campo de batalla, con sus cámaras al hombro, como sus inseparables Gerva Sánchez o José Luis Márquez, el rubicundo de ojos azules que no le tenía miedo a la muerte, que formó con Arturo la dupla legendaria del reporterismo español.
José Luis Martín Nogales, novelista y crítico literario que ha escrito y reflexionado sobre gran parte de estos artículos, ya nos advirtió del hecho de que, en estos textos, que parecían efímeros, flor de un día, se intuye, tan tempranamente, su obra literaria más seria, más reflexiva, más ambiciosa. Quien no haya estado jamás en una guerra, en una guerra de verdad, jamás podrá llevar a cabo novelas como 'Revolución' o 'Línea de fuego', dos de sus relatos más emblemáticos. Ni podrá reflexionar, de modo profundo, sobre la existencia humana y el escaso valor de una vida, como lo hace Faulques, que, por cierto, es, a su vez, el nombre real de un mercenario enviado por Francia para apoyar la secesión de Katanga, en 'El pintor de batallas', una de las novelas más autobiográficas y desgarradoras de toda su carrera literaria.
En estos artículos que ahora nos presenta, incluso en los más antiguos, el creador de ficciones asoma cuando uno menos se lo espera, como una semilla a punto de germinar, porque la sensibilidad está a flor de piel, y hay momentos en los que uno asiste a ese instante único del que es preciso empaparse la retina por si no hubiera un mañana, y cristalizan descripciones de un marcado e inequívoco lirismo.
Y así, poco a poco, página a página, llegamos hasta los artículos de los años 90 hasta la actualidad, con lo que, como apunta María José Solano, Pérez-Reverte lleva a cabo uno de los proyectos periodísticos de mayor envergadura de todo el contexto español. Y se llega, asimismo, sin proponérselo nuestro autor, a una síntesis entre periodismo y literatura: a esa bien delimitada geografía revertiana, más que reconocible, en la que nuestro escritor sonríe a la memoria de las viejas putas «que me enseñaron el oficio más duro, más ingrato y más hermoso del mundo».
https://www.laverdad.es/ababol/libros/oficio-duro-ingrato-hermoso-mundo-20260704171721-nt.html
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