Pedro C. Quintana Andrés - Dialnet - 28/08/2026
La octava entrega de las aventuras de Diego Alatriste se muestra, como es habitual en cada una de las publicaciones de su autor, como una trama donde se entremezclan personajes de ficción —el propio Alatriste o Íñigo Balboa— con otros históricos de gran relevancia política, cultural o militar. En esta ocasión el autor hace un guiño a los tres mosqueteros y D'Artagnan —este último es un espadachín inspirado en Charles de Batz-Castelmore, conde de Artagnan—, personajes inmortales surgidos de la pluma de Alejandro Dumas en 1844.
El encuentro de hispanos y franceses se hace con gran tacto por parte del autor, imponiendo la caballerosidad y gallardía en esos episodios donde la guerra empañaba cualquier intento de amistad. Este homenaje a uno de los principales escritores de aventuras de todos los tiempos se inscribe dentro de una novela de aventuras cuyo centro es un momento histórico de gran trascendencia para el equilibrio europeo de inicios del siglo XVII, como fue el cerco de La Rochela, ciudad francesa donde la influencia del protestantismo hugonote la convirtió en uno de los principales centros de la represión religiosa emprendida por Luis XIII y su ministro principal, el cardenal Richelieu. Este trágico episodio se registró entre 1627 y 1628, contando como protagonistas principales a los vecinos de esa ciudad atlántica y a los ejércitos realistas franceses, aunque con un papel no despreciable de Inglaterra, pues la sublevación fue dirigida por George Villiers, I duque de Buckingham, con la anuencia de Carlos I. Buckingham, que se desplazó a la ciudad con unos 6.000 hombres, llegando a un acuerdo de apoyo a la urbe. Esta ya previamente sufría el asedio de las tropas leales a Luis XIII, el cual se diluyó en el transcurso del tiempo, concretándose en el abandono de los hugonotes por las fuerzas inglesas ante la imposibilidad de convertir la resistencia en un foco de rebelión extensible al resto de Francia. La Corona española, al frente de la cual estaba Felipe IV, buscó el equilibrio político en ese momento, ayudando por un lado a la Francia católica, cuya expansión geopolítica era una realidad amenazante del Imperio hispano; y por otro, disuadiendo a los ingleses mediante el fondeo de la flota hispana en el golfo de Morbihan sin entrar en conflicto directo con ellos, pues el impasse del asedio a la ciudad favorecía a los intereses hispanos, procurando la distracción de las fuerzas anglicanas.
En ese mundo donde los representantes del poder medraban política y económicamente a costa de utilizar a su antojo a soldados, diplomáticos y pueblos enteros sometidos a perennes guerras, donde la religión era una excusa más para lograr más poder, Alatriste —alter ego del escritor— ofrece, como el propio Pérez-Reverte, una actitud crítica y trasluce un considerable pesimismo, cierta acracia en su discurso y gran desdén hacia lo que ve y, sobre todo, a lo que se le promete. El desengaño es una constante en las acciones de los personajes centrales, que solo aspiran a vivir y lograr una paz que no llega, cuyo paralelismo, siguiendo al autor, puede ser aplicado a casi cualquier momento de la historia de España, donde se observa una forma de actuar de la clase política muy similar entre las épocas. La gran perjudicada es la propia nación, entendiéndose por tal a la población trabajadora, humilde, que ve frustradas sus ansias de prosperar y desarrollarse ante las malas políticas y las ambiciones de un puñado de políticos apropiados de las áreas de decisiones más importantes.
La novela, por tanto, no reconstruye solo un pasado, sino también tiene un carácter de trascender el momento, pues su esencia es casi una constante en el solar hispano. Se pretende entender las razones de este proceso —reiterado en todas las novelas de esta saga—, pero también comprender que en un sistema político amoral, corrupto y nepotista aún existía gente con capacidad crítica, con acciones basadas en una ética humanista y alejada de todo interés por el poder. Pérez-Reverte, en su relato, procura hacer una lectura crítica de la modernidad política europea, utilizando la ficción como herramienta de problematización histórica, donde los personajes reales son moralmente poliédricos, volubles en su toma de decisiones y con un proceder político dominado por la máxima de que el fin justifica cualquier tipo de medio.
Pérez-Reverte, con la ventaja de conocer el proceso histórico, aprovecha para, desde una visión pesimista y fustigadora, elaborar un panorama en el que no solo predomine el hecho histórico —lo cual no pretende, pues se basa en determinadas escenas muy esquemáticas—, sino, sobre todo, sino al mismo tiempo presentar un narración ideológica concreta sobre la decadencia española, no tanto militar como moral. Los ejércitos hispanos conquistadores de América, Canarias y gran parte de la Europa Occidental, por su buena estrategia, coraje y nobleza, decaen debido a la mala gestión política, las venalidades reales, el nepotismo y la corrupción generalizada de una fracción del sector preponderante de aquella sociedad. El general Spínola, otro personaje real con presencia en el libro, es la síntesis del viejo y noble guerreo virtuoso que reconoce a Alatriste porque en ambos viven las esencias de un tiempo pasado, perdido, donde los dos desconocen ya dónde se encuentra el verdadero enemigo y qué representación tiene el nuevo mal.
Frente a un Richelieu práctico, basado en una política real donde todo lo que se oponga a la toma y ejercicio del poder debe ser eliminado, como los vecinos de La Rochela, se oponía la inacción española, esperando que su pasado fuera capaz de salvarla de la hecatombe. Luis XIII, pese a estar influenciado por Richelieu era un rey, como se aprecia en la novela, atento a la vida política internacional, situado al frente de sus tropas y capaz de tomar decisiones sobre el futuro de Francia. Situación similar se presenta en Inglaterra, donde Carlos I intenta llevar la iniciativa en la lucha marítima contra Felipe IV y tener mayor peso en la política europea. En España el rey ha delegado el poder en un valido —el conde-duque de Olivares— cuyo mandato ejerce según propios y de sus allegados, con una nefasta política económica —pese a contarse en la nación con las destacadas aportaciones de la escuela de economistas de Salamanca— y peor política interna y exterior. Es el momento de la transición de la vieja política, representada por la Corona española, en la que prevalecía el honor, la lucha y la conquista, por la nueva surgida en Inglaterra, Francia o los Países Bajos, fundamentada en una estrategia cuyo fin era la hegemonía política y económica.
El texto es una reflexión del autor por comprender el citado proceso, sobre qué mecanismos actuaron dentro de la clase dominante hispana, que les impidió modificar sus horizontes de poder y sus relaciones con el resto de su entorno político. Se mantuvo a grandes rasgos un concepto, aunque no una aplicación, fundado en una ética aristocrática representada por Carlos V, por ejemplo, sin auparse a la nueva mentalidad moderna basada en las filosofías que postulaban la racionalidad del poder y la estructuración social del estado. La figura del francés Descartes y su propuesta racionalista fue la representación de la Francia de Richelieu y Mazarino, mientras en Inglaterra Locke, Hume o Berkeley asentaban las bases del empirismo, cuyo espíritu embargó las grandes empresas exteriores iniciadas por Inglaterra desde el siglo XVII. Este será el nicho para que surja con fuerza la razón de Estado. En España la escolástica siguió siendo la base de la filosofía del poder y de la vida de la élite, justificando una política real fuerte y un derecho positivo del Estado, pese a los intentos de modernización emprendidos por Francisco de Vitoria y Francisco Suárez.
En 'Misión en París' Pérez-Reverte utiliza como estrategia narrativa a un narrador omnisciente que rememora los actos del pasado en los que estuvo presente o no, lo que confiere coherencia al relato y es el eje vertebrador de todas las novelas editadas sobre Alatriste hasta el momento. Balboa realiza un continuo flashback en el que la focalización interna le permite reinterpretar y adelantarse teleológicamente a los acontecimientos, tomando sobre ellos una distancia temporal que no podría registrarse en un mero memorialista. Su papel no se limita solo a narrar unos hechos, sino que introduce reparos sobre diversos y múltiples aspectos; recurre a la nostalgia (varias veces habla del pasado glorioso de los tercios o de cómo morirán algunos de los principales personajes); e introduce un equilibrio en lo que nos cuenta del pasado y la acción que está por venir. Es decir, se advierte una tensión narrativa que le da dinamismo al relato.
El novelista plantea una obra basada en una mecánica de sucesión de "sketches", en parte cerrados, y, por tanto, casi establecidos como un guion de película. En cada una de estas escenas existe un velo de tensión, dolor, duda o amargura por actuaciones del pasado o del presente, surgiendo estas independientemente del personaje que se encuentre interpretando el momento, ya sea Balboa o Alatriste, pues ellos participan a la vez o individualmente en todas las escenas registradas en el libro.
Pese al citado guiño realizado hacia los personajes de Dumas, Pérez-Reverte no idealiza, magnifica y ennoblece a sus personajes en cada acto como hace el autor francés; al contrario, Alatriste, Balboa y compañía exteriorizan las fatigas, apuros y dolor de la guerra, el desarraigo y la violencia desmedida. Son unos antihéroes bregados en la desilusión, unos fracasados gloriosos, unos derrotados orgullosos y las piezas más débiles en un tablero donde se jugaba sin tregua ni piedad. Este canallismo imperante en la elite hispana representada, junto al egoísmo y el egocentrismo tan presentes entre los personajes políticos más destacados en la novela, son los que intentan erradicar Quevedo, Alatriste y otros, sabiéndose cada vez más perdedores dentro del anquilosado terruño hispano.
El desarrollo de la novela es ágil, como se ha apuntado, con un conocimiento histórico del espacio —descripción de La Rochela y París— que permite aportar verosimilitud al trabajo, con un estilo basado en diálogos dinámicos, donde los personajes hablan intercalando algunos arcaísmos relacionados con aspectos de lances de guerra o tipos de armas, sin renunciar al dinamismo y a la ilustración histórica, con un fondo de melancolía y tristeza emanada de todos sus personajes, especialmente del principal, así como y de un ácido Francisco de Quevedo.
En todo caso, también cabe incidir en que en esta octava entrega se exhibe una reiteración de escenas-tipo ya tanteadas en las otras siete novelas anteriores, con personajes sin un avance en su concepción de la realidad, previsibles en sus acciones y encasillados en un modelo de relaciones del cual no parecen querer salir. Las situaciones base se repiten y acomodan con parecida efectividad en cada teatro donde el autor introduce a sus personajes, incluidos los secundarios, algunos creados mediante pequeños golpes de luz que no permiten ver el fondo de sus introspecciones y acciones. Quedan muchas actuaciones resueltas mediante acciones simples, sin reflexión ética en su resultado final o elaboración de unas conclusiones que no los condenen a continuar un descenso moral in crescendo. Posiblemente en el conjunto de sus novelas centradas en Alatriste, Pérez-Reverte está muy de acuerdo con Gil de Biedma cuando decía: "De todas las historias de la Historia, la más triste sin duda es la de España, porque termina mal".
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