17 octubre 2026

Aquí puedes leer un extracto de la nueva novela de Pérez-Reverte: "¿Qué pasa, chico, buscas barco?"

elconfidencial.com - 17/10/2026

[Publicamos un capítulo de 'La hipótesis más peligrosa', el nuevo libro del escritor, una novela de viaje e iniciación que es también un gran recorrido por la Historia a través del Mediterráneo]

He vivido entre los seres humanos y conozco cuanto pueden hacer, lo mejor y lo peor. Soy cada nombre de la Historia. (Friedrich Nietzsche)

Nunca, hasta ese día junto al mar, había imaginado que la violencia pudiera ser tranquila. La asociaba con gritos y golpes —como en los videojuegos que tanto frecuentaba—, pero no con aquellos dos hombres que se miraban muy de cerca, inmóviles, hablándose en voz baja. Y sin embargo, todo parecía a punto de estallar entre ambos; de convertirse en un acto brutal, incluso despiadado. Y ésa fue una de las muchas lecciones que Cal Gadea iba a aprender en las siguientes semanas.

Tenía dieciséis años, llevaba una mochila al hombro y acababa de bajar del autobús en un puerto pesquero del Mediterráneo, en la costa española. Estaba frente al varadero, observando a los dos hombres que discutían entre los barcos puestos fuera del agua, cuyos cascos eran sostenidos por puntales o colgaban pendientes de grúas. Uno de ellos, más bajo que el otro, era ancho y lampiño, los brazos fuertes bajo las mangas de la camiseta —le recordaba un poco a Kingpin, el enemigo de Spiderman—; y en un momento concreto, cuando su interlocutor se acercó demasiado, dio un paso atrás, con prudencia, como si creyera oportuno mantener la distancia. Volvió luego el rostro a uno y otro lado, y su mirada resbaló sobre Cal antes de retornar al que tenía enfrente. Dijo entonces algo más, alzó una mano para finalizar la conversación y, tras dar media vuelta, se fue con aire sombrío.

El segundo hombre se había quedado quieto, pensativo, contemplando su sombra en el suelo. Llevaba barba de tres o cuatro días y tenía el cabello oscuro y crespo, muy corto. Era alto, de hombros sólidos bajo una descolorida camisa que en otro tiempo fue azul, vestía unos viejos zapatos náuticos y un gastado pantalón vaquero con remiendos de parches en las rodillas. Al cabo de un momento miró a los lados igual que había hecho el otro hombre y sus ojos se detuvieron en el muchacho que lo observaba. Parecía reflexionar sobre la posibilidad de que éste hubiera escuchado la conversación, pero no debió de darle importancia, pues al fin volvió la espalda y se alejó entre los barcos.

En aquel instante Cal comprendió que ése era a quien buscaba. Sólo tenía de él vagas referencias de sus abuelos, unas cartas manuscritas y una fotografía inconcreta en el teléfono móvil, obtenida tiempo atrás de otro teléfono que no era el suyo: medio rostro de mujer en primer plano —su madre, un año antes de su muerte—y detrás, al fondo y a unos diez pasos, ajeno a la cámara y ocupado en recoger unos cabos junto a la popa de un velero amarrado al muelle, el mismo hombre que ahora se perdía entre las embarcaciones del varadero.

Cal estaba seguro de que era él, sin la menor duda; había pasado el último curso —las notas escolares fueron desastrosas— estudiándolo todo: la foto, los indicios que le permitirían localizar el lugar, el aspecto del hombre, apenas diferente al de la imagen obtenida diecisiete o dieciocho años atrás. Y al verse tan cerca le asombró su propia calma. Después de tanto tiempo esperando lo que había imaginado innumerables veces y de muchas maneras distintas, no sentía nada especial, o al menos no gran cosa; sólo una tensa atención que secaba la boca y agudizaba los sentidos. Una serena lucidez.

Tras dudar un momento, consciente de que daba un paso importante en su vida, Cal siguió de lejos al hombre entre los barcos. Caminaba éste despacio, sin aparente prisa por llegar a ninguna parte, inclinada la cabeza hacia la sombra que lo precedía como si, por alguna rara casualidad, el sol la mantuviera todo el tiempo ante él, obligándolo a seguirla. Llegó así a un muelle donde había amarradas varias embarcaciones y subió a una de ellas: velero de un solo palo, casco blanco con una franja azul, cubierta de madera. El nombre, Nostos, pintado cerca de la popa con letras negras, estremeció al muchacho. Era el mismo barco de la vieja fotografía.

Dejó la mochila en el suelo del muelle y se sentó junto a ella, a seis o siete pasos del velero. Olía a mar, algas, brea, pintura. Sonaban graznidos de las gaviotas que planeaban en torno a la montaña, una roca enorme alzada sobre el puerto. Crujían las amarras de los barcos y la brisa hacía campanillear las drizas en los palos desnudos. La temperatura era agradable, pero Cal tenía sed después de las cinco horas pasadas en el autobús. También sentía hambre, aunque para eso no había remedio por ahora. Sacó de la mochila una botella de agua y bebió lo que quedaba en ella. El hombre trajinaba en la cubierta, cambiaba de lugar unos cabos y unas defensas de plástico azul. Después fue a la proa, abrió el pozo del ancla y metió medio cuerpo dentro. Al terminar miró hacia tierra, se fijó en el muchacho y tras prestarle tres segundos de atención retomó su tarea. Un poco después, mientras comprobaba la tensión de las drizas que bajaban por el palo, volvió a mirarlo y esta vez se detuvo en él más tiempo, con curiosidad.

—¿Te interesan los veleros? —preguntó.

Tardó Cal un momento en responder. Las palabras se formaban con dificultad en su boca, y no era la sed. De pronto descubría que no era lo mismo imaginar las cosas que hacerlas.

—Sí —dijo.

El hombre lo estudiaba ahora con más fijeza. En ambos antebrazos, bajo las mangas vueltas de la camisa, tenía tatuajes desvaídos, casi borrados por el tiempo. Y sin embargo no parecía demasiado viejo: en torno a los cuarenta años, tal vez un poco más. Aún no era hábil Cal en calcular edades.

—¿Qué pasa, chico, buscas barco?

Negó con la cabeza, sin responder palabra. Se encogió de hombros el otro.

—En esta época del año hay muchos jóvenes que lo hacen.

—No es mi problema —replicó el muchacho. Aquello pareció aumentar la curiosidad del hombre, que siguió mirándolo mientras se limpiaba las manos en las perneras del pantalón. Tras un momento metió una mano en un bolsillo y sacó un arrugado paquete de tabaco y un encendedor de plástico. Después, vuelto de espaldas a la brisa y protegiendo la llama en el hueco de las manos, con ademán que traslucía mucha práctica en ello, encendió un cigarrillo.

—¿Qué haces ahí? —preguntó, expulsando la primera bocanada de humo.

Cal lo pensó un momento.

—Miro —dijo al fin.

—¿El barco?

—A usted.

Apenas lo dijo se arrepintió de su propia audacia. Ahora el hombre lo observaba de manera distinta, y una sombra de recelo pareció cruzar sus ojos muy oscuros. Advirtió Cal que se le tensaba el rostro y que, humeante el cigarrillo en la boca, dejaba caer los brazos, no relajados sino ligeramente separados del cuerpo, igual que los de un luchador veterano que aguardase por instinto, calmado pero alerta, el azar de los acontecimientos.

—¿Cómo te llamas, chico?

—Caleb.

Permaneció el otro muy quieto, inexpresivo. Quizá no pensaba en nada, o quizá reflexionaba sobre el nombre, intentando encajarlo en su memoria. Tras un momento pareció salir de su abstracción, se quitó el cigarrillo de la boca y saltó a tierra. Mientras recorría la poca distancia que lo separaba de Cal, éste se puso en pie. Era muy delgado y tan alto como el hombre que se aproximaba; llevaba el pelo largo casi hasta los hombros, los granitos en la cara delataban su adolescencia y las gafas de montura fina de acero le conferían un aire vagamente romántico, estilo poeta ruso de un par de siglos atrás. Cuando estuvo enfrente, el hombre lo recorrió con la mirada de abajo arriba: las zapatillas de deporte, los arrugados chinos, el polo celeste sobre el torso flaco. 

—¿Qué buscas aquí?

Los iris en sus ojos, comprobó el muchacho, eran tan oscuros como las pupilas y se confundían con ellas, haciéndolas desaparecer en forma de dos discos negros que daban un extraño carácter a su mirada: la volvían dura y opaca, y en ella sólo aparecían los reflejos de afuera. El propio Cal podía verse en ellos.

Buscó en su cabeza una respuesta adecuada: algo que mantuviese la curiosidad del hombre sin irritarlo, sin llegar todavía a desvelar qué lo había llevado hasta allí. Estaba en ello, pensando la mejor manera, cuando vio que los dos discos negros se apartaban de él para mirar sobre el hombro, a su espalda. Entonces el otro se movió. Lo hizo lateralmente, hacia la derecha, tenso de nuevo. Miró Cal hacia atrás y vio que tres hombres se acercaban.

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