18 febrero 2004

I ciclo de cine y literatura. Arturo Pérez-Reverte, un escritor de cine

laluzylapalabra.blogspot – 18/02/2004 (18/06/2022)

Rescato las notas que tomé en la mesa redonda que tuvo lugar el 18 de febrero de 2004 en Cartagena, en la que participaron Arturo Pérez-Reverte, Diego Galán, Agustín Díaz-Yanes y Antonio Cardenal. A pesar del tiempo transcurrido, lo considero de interés al contener interesantes anécdotas.

Pérez-Reverte comienza hablando de la relación que le une al resto de invitados: “Antonio Cardenal fue el primer productor de una película mía. Hace cine porque le gusta, y es mi amigo. A través de él he conocido a otros, fue mi primera puerta en el cine. A Agustín Díaz-Yanes lo conocía por sus películas. Luego lo conocí personalmente y es un tío muy culto. Ha hecho un muy buen guión de ‘La Reina del Sur’ y, aunque está en pleno rodaje, ha accedido a venir. Todos ellos son mi puerta abierta en el mundo del cine, además de ser muy buenos amigos”.

A continuación, el moderador (Francisco Escudero) le pregunta a Diego Galán sobre las anécdotas del Festival de Cine de San Sebastián y sobre las estrellas que más le han impresionado y decepcionado. En cuanto a las anécdotas, comenta que una muy buena fue ver a Pérez-Reverte y a Antonio Cardenal en el bar del recinto donde se celebraba el Festival y reclamarle a Arturo que escribiera el prólogo de mi libro ‘Jack Lemmon nunca cenó aquí’. Pérez- Reverte interviene y añade: “Es un libro muy digno, sin chismorreos. Diego Galán es la historia del cine en España”. Por lo que se refiere a las estrellas, Galán afirma que “el que más me decepcionó fue Mickey Rooney, que me pareció un pedorro. La mejor fue sin duda Bette Davis que, a pesar de su grave enfermedad, quiso ir a San Sebastián sabiendo que era lo último que iba a hacer. 

Escudero le pide a Antonio Cardenal que explique la relación que le une con Pérez-Reverte. “Lo conocí en la producción de ‘El maestro de esgrima’, responde, aunque cuando llamé a la editorial para comprar los derechos del libro no sabía ni el nombre del autor. Desde entonces he hecho cuatro películas con él y se ha convertido en mi hermano”. Escudero también interpela al productor sobre las dificultades de su trabajo. Cardenal pone un ejemplo: ‘La novena puerta’ fue algo inolvidable. Polanski quería como protagonista a Johnny Depp, y nosotros no lo veíamos claro. En la rueda de prensa en Toledo estuvimos hora y cuarto esperándole junto al alcalde y todas las autoridades, y Depp apareció con una muñequera de pinchos, pantalones bombachos, boina y fumándose un pedazo canuto. Arturo se le quedó mirando y me dijo: “le rompo las piernas como haga así de Corso”. Al día siguiente fuimos al decorado y nos lo encontramos transformado totalmente.

Agustín Díaz Yanes está preparando el guión de ‘Alatriste’, y Escudero le pregunta si ha encontrado difícil resumir cinco libros en un guión de 103 páginas. Díaz-Yanes dice que “al principio te lo encargan y te aterrorizas, pero luego consigues hacerlo y no me resultó tan complicado como pensaba. Tardé unos 78 meses. El casting va bien. Casi seguro que el protagonista será Viggo Mortensen. Arturo y yo pusimos la condición de que se rodara en español”. Pérez-Reverte interviene añadiendo que esta es una película de tres mil millones de pesetas de presupuesto, por lo que hacerla en España es un riesgo y tiene mucho mérito. Por eso también convenía que el protagonista fuera famoso en Estados Unidos. Díaz Yanes continúa diciendo que “a Mortensen llegué por Ray Loriga, que es un amigo común. Leyó el guión y nos citamos en Berlín para hablar cuatro días”. Sobre la viabilidad del proyecto, Diego Galán comenta que suele ser complicado adaptar al cine buenas novelas.

Acto seguido, Francisco Escudero le pregunta a Arturo Pérez-Reverte qué le parece el guión de ‘Alatriste’ que ha confeccionado Díaz-Yanes. Arturo responde que Agustín ha hecho algo de mucho mérito. “No ha caído en la tentación de recrearse, sino que mantiene el ritmo y la disciplina narrativa. El guión me ha parecido espléndido, y me ha llegado a emocionar. Me ha hecho ver matices de Alatriste que yo desconocía. Además, se trata de una persona que tiene una gran humildad profesional. Hubo dos guionistas americanos que vinieron a hacer el guión de Alatriste y...” (en este momento interviene Antonio Cardenal) lo tiramos a la basura. Pensamos que Alatriste en inglés tendría más posibilidades (igual que pasó con ‘La novena puerta’), pero los guiones resultaron espantosos. Pérez-Reverte continúa y comenta estos guiones diciendo que el eje era que Alatriste y la reina habían crecido en el mismo barrio y eran amigos, pero luego crecen y la reina ya no quería saber nada de él.

Ante la pregunta de si hay otros actores firmados para este proyecto, Díaz Yanes dice que “no, prefiero tener al protagonista principal y luego hacer el resto del casting”. Antonio Cardenal detalla que la película puede que se estrene en las Navidades de 2006.

Sobre ‘La Reina del Sur’, Cardenal comenta que “el guión también está hecho por Agustín, pero es algo más sencillo de hacer y no voy a estar tan involucrado”. Pérez-Reverte comenta que el tema del narcotráfico asustó a los directores mexicanos, por lo que hubo que renunciar a rodarla en español. “No sé lo que saldrá, porque a los americanos es muy difícil controlarlos”. Al hilo de esto Díaz Yanes añade que “yo me temo que no van a respetar mi guión, porque ellos tienen su propia mente. Seguro que será diferente”.

Finalmente se habla de la película que se proyectará, ‘La novena puerta’. Diego Galán dice que con esta película probamos el Kursaal. Los críticos hicieron hincapié en el “mundo tenebroso de Polanski”, cuando en realidad había un fallo en el proyector.

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23 enero 2003

Pérez-Reverte, elegido miembro de la RAE



Pérez-Reverte, académico

Efe / El Mundo - 23/01/2003

Amante de la literatura y dotado para contar historias apasionantes, Arturo Pérez-Reverte, elegido académico de la Lengua, es sin duda uno de los escritores españoles de mayor proyección internacional, y buena prueba de ello son los numerosos premios que ha recibido en un buen número de países. Pérez-Reverte (Cartagena, Murcia, 1951), ha ganado el Grand Prix de literatura policiaca de Francia, el Premio de la Academia Sueca de Novela Detectivesca por 'La tabla de Flandes', el Palle Rosenkranz de la Academia Criminológica de Dinamarca por 'El Club Dumas', el Premio Jean Monnet de literatura europea por 'La piel del tambor' o el Premio Mediterráneo a la mejor obra extranjera publicada en Francia por 'La carta esférica', entre otros galardones. Traducido a más de 30 idiomas, el escritor murciano ha visto cómo varias de sus novelas eran elogiadas por la crítica de Estados Unidos y disfruta también del favor del público en la mayoría de los países de Hispanoamérica. 

El nuevo académico de la Lengua se dedica en exclusiva a la literatura desde hace ocho años, pero antes, entre 1973 y 1994, fue reportero de prensa, radio y televisión y cubrió los principales conflictos internacionales que hubo en ese periodo. Así, contó lo sucedido en las guerras de Chipre, del Líbano, Eritrea, el Sáhara (fue dado por desaparecido en este desierto en 1975), las Malvinas, El Salvador y Nicaragua, y fue espectador directo de conflictos como los de Sudán, Mozambique, Angola, Rumanía, el Golfo, Croacia y Bosnia. Su labor periodística recibió varios premios. 

La literatura es una de sus grandes pasiones la otra es el mar: "Me siento un marino que accidentalmente escribe", ha dicho en alguna ocasión, que le ha llevado a escribir libros como 'El húsar', 'El maestro de esgrima' o 'Territorio comanche'. Pérez-Reverte ha sabido también acercar a jóvenes y adultos la historia española del Siglo de Oro a través de su famosa serie 'Las aventuras del capitán Alatriste', con la que el autor pretende "luchar contra la desmemoria" y contar a la generación de su hija "aquello que los libros de historia habían dejado de contar". Dentro de esa serie que recrea las peripecias de un soldado veterano de los tercios de Flandes, ha publicado hasta ahora 'El capitán Alatriste', 'Limpieza de sangre', 'El sol de Breda' y 'El oro del Rey'. El escritor prepara en la actualidad la quinta entrega, que en principio lleva el título de 'La venganza de Alquézar' [sic]. 

Caballero de la Orden de las Letras y las Artes de Francia y premio Grupo Correo a los valores humanos, el escritor mantiene una magnífica relación con el cine y varias de sus novelas han sido llevadas a la gran pantalla, entre ellas 'El maestro de esgrima', dirigida por Pedro Olea; 'La tabla de Flandes', adaptada por Jim McBride; 'Territorio Comanche', firmada por Gerardo Herrero y con guión del propio Pérez Reverte, y 'El club Dumas', dirigida por Roman Polanski. 

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Arturo Pérez-Reverte es desde ayer académico electo de la Española. 

Trinidad de León-Sotelo - ABC - 24/01/2003

Gratísimamente sorprendido. Así se encontraba ayer Arturo Pérez-Reverte cuando el reloj rondaba las 20.00 horas. Acababa de recibir la noticia de que había sido elegido en primera vuelta -puede haber hasta tres votaciones- para ocupar el sillón T mayúscula, que ocupó hasta su muerte Manuel Alvar. Obtuvo veintiséis votos de treinta. Arturo Pérez-Reverte se convierte en el segundo académico más joven. El de menos edad es Antonio Muñoz Molina, nacido en Úbeda en enero de 1956. Cuando el autor de 'El jinete polaco' fue elegido contaba sólo 39 años y 40 cuando leyó su discurso de ingreso. El autor de 'La Reina del Sur' nació en Cartagena en 1951. Como es habitual, le había presentado a la elección una terna de académicos compuesta, en este caso, por Gregorio Salvador, Eduardo García de Enterría y Antonio Muñoz Molina.

La Academia bullía ayer. Era mucha la expectación por conocer la decisión de los miembros de la Española sobre la incorporación de Reverte a la Docta Casa. Y no sólo en España. Baste decir que en 'ABC' se recibieron llamadas incluso de Finlandia preguntando la hora de la votación. Pérez-Reverte convocó a los periodistas, una vez conocida la noticia, a una rueda de prensa en el café Gijón, lugar en el que suele conceder sus entrevistas. El periodista que ganó fama y prestigio como reportero en mil y una guerras hablaba ayer como académico. Es premio Grupo Correo a los Valores Humanos.

Confiesa el autor de 'El capitán Alatriste' que otros confiaban más que él en la candidatura y que su discurso de ingreso versará, probablemente sobre el lenguaje de los delincuentes del Siglo de Oro. Su papel como académico lo cumplirá a rajatabla, ya que «la Academia es la referencia de 400 millones de hispanohablantes. Tomárselo a la ligera sería una arrogancia y una estupidez. Si me han nombrado académico ahora debo corresponder, y lo haré con muchísimo gusto. Lo que pasa es que iré, pero durante mucho tiempo estaré callado. Si luego tengo algo que decir, lo diré. De momento, eso será lo que haga». Declaró que estaba muy agradecido a los académicos mayores, gente a quien respeta de toda la vida. «Los ves como algo muy distante, serio y formal, gente que no has tratado nunca. Gente educada que sabe quién es Galdós, que han leído a Quevedo, que saben quién es Ginés de Pasamonte, el duque de Estrada [sic], y descubres que leen tus libros y te apoyan. Eso hace que te sientas muy bien».

Dada su inmensa popularidad como escritor, todo lo que toca duplica el interés. Pero a Reverte le ha costado ser profeta en su tierra. Y es que el hecho de vender a más y mejor —baste decir que de 'La tabla de Flandes' se hicieron 46 ediciones y de 'El club Dumas', treinta y pico, amén de estar traducido a treinta idiomas— no sirvió para que en España creciera su valía como creador. Mientras que en Nueva York se le consideraba un buen escritor y en Francia, el presidente de la República le nombraba Caballero de la Orden de las Letras y las Artes o conseguía el premio Jean Monnet de Literatura europea 1997 por 'La piel del tambor', título que ‘Time’ considera un año después como una de las obras más destacadas en Estados Unidos, la gran mayoría de la crítica española —que ya parece considerarlo de otra manera— no veía en él más que a un «best seller» que sabía atraer a las masas. En julio de 2002, Pérez-Reverte le confiaba a ‘ABC’: «Sé que hay dos premios que en España no tendré jamás, el de la Crítica y el Nacional de Literatura». A la Academia nadie se atrevía a mencionarla. Sin embargo, ha sido la Docta Casa la que primero ha reconocido los méritos literarios del autor de 'La carta esférica'. 

Ayer, Gregorio Salvador, vicedirector de la RAE, decía que «no es sólo un escritor de «best sellers», sino un autor con las ideas muy claras acerca de la narrativa y de lo que el público espera». Añadió que «es el escritor español que tiene más fama en el extranjero. Dentro de las fronteras del mundo hispano es probablemente de los escritores más leídos». Considera que aunque en la actualidad es menos periodista que en el pasado, sí puede afirmarse que hay un periodista más en la Academia. Declara tener un pie en la literatura y otro en el periodismo, y eso proporciona una visión viva del lenguaje de la calle, algo que se nota en las novelas. Es rotundo: «Hasta 'La Reina del Sur' no fui consciente de la enorme dimensión del español en América. Es un idioma en transformación continua».

Un reducido grupo de personas que dijeron pertenecer al mundo editorial protagonizó, ante la Academia y el Café Gijón, una protesta que fue calificada de «acto poético». Rechazaban que Pérez-Reverte hubiese sido elegido miembro de la RAE. Pero el escritor tiene muy clara su elección: «No es un espaldarazo a mi literatura, sino a la literatura en general, a los lectores. Lo que compruebo es que la Española no se resigna a ser algo cerrado, exquisito, aislado del mundo, sino que quiere estar en contacto con la vida real, con la calle. La Academia se preocupa por lo que pasa con el español, y yo estoy en ese mundo».

http://www.abc.es/hemeroteca/historico-24-01-2003/abc/Cultura/arturo-perez-reverte-fue-elegido-miembro-de-la-real-academia-espa%C3%B1ola-por-aplastante-mayoria_157688.html

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Un gran creador de aventuras

Miguel Mora - El País - Madrid - 24/01/2003 

El escritor Arturo Pérez-Reverte, de 51 años, es desde ayer nuevo miembro de la Real Academia Española. El popular autor de 'El club Dumas' ocupará el sillón T, vacante tras el fallecimiento de Manuel Alvar en agosto de 2001. El escritor cartagenero, que salió elegido en primera votación por el apabullante resultado de 26 votos a favor y cuatro en blanco, fue apadrinado por Antonio Muñoz Molina, Eduardo García de Enterría y Gregorio Salvador, vicedirector de la RAE. Poco después, en su querido Café Gijón, Pérez-Reverte mostró su emoción por la noticia, anunció que su discurso tratará del lenguaje de los delincuentes del Siglo de Oro y comentó que lo único que aportará a la RAE son sus lectores y sus novelas. "De momento, estaré mucho tiempo callado".

"Esto no es un respaldo a mi literatura, sino a la literatura", dijo Pérez-Reverte, poco después de conocer la noticia de su entrada en la Academia, en una rueda de prensa. "Y demuestra que la Academia no se resigna a ser algo cerrado, a ser una cosa exquisita, sino que prefiere estar en contacto con la calle. ¡Pero hay que ver qué raro se me hace todo esto!". Arturo Pérez-Reverte estaba nervioso, pero se le notaba también orgulloso y muy ilusionado. El escritor había esperado la noticia en el Café Gijón con sus editores de Alfaguara, Amaya Elezcano y Juan Cruz, y otros colaboradores de la editorial. Y cuando hubo fumata blanca, hacia las ocho de la tarde, los primeros en felicitarle fueron los clásicos de un café que el escritor frecuenta "desde hace 30 años: era mi oficina, mi casa, todo, el sitio ideal para enterarme de una noticia tan agradable". 

Algunos camareros, Alfonso el cerillero y varios tertulianos habituales, como el cineasta Tito Fernández y los actores Manuel Alexandre y Álvaro de Luna, abrazaron aparatosamente al escritor y brindaron con cava. "Este muchacho es como Hemingway", decía 'El Algarrobo' bebiendo una copita a la salud del nuevo académico: "No sólo escribe, sino que cuando era joven nos contaba historias de la guerra, y además le gustan mucho los barcos". Mientras Pérez-Reverte llamaba por el móvil para dar a los amigos el resultado de la votación, varios lectores espontáneos se acercaban, le daban la enhorabuena, le aplaudían, le pedían autógrafos... "¿Y qué hay que hacer para escribir?", le preguntó una joven. "Leer mucho y romper muchísimo".

Antes de la breve rueda de prensa, Pérez-Reverte comentó que "nunca había pretendido, ni esperado", entrar en la Academia, pero que intentará "trabajar con la mayor dignidad posible". ¿Y qué cree que puede aportar? "No tengo ni idea. Lo que haré será estar callado muchos meses, escuchar mucho, y, si luego veo que puedo aportar algo, lo haré". ¿Pero le apetece el plan de ponerse corbata los jueves por la tarde? "Un camarero me ha dicho que antes era más importante la silla del Café Gijón que el sillón de la Academia, y que ahora tengo las dos. Eso está bien. Luego un lector me ha pedido que no me deje domesticar. Pero yo creo que eso es imposible. No hay peligro. Es compatible ser como yo he sido y este honor tan grande que me han hecho". "Pero lo que está muy bien de la Academia", añadió, "es que los académicos son gente educada que ha leído a Galdós, conoce a Quevedo y sabe quién es Ginés de Pasamonte. El oficio de escritor es muy solitario, y que gente así, respetable, mayor, lea tus libros y te vote tan mayoritariamente es muy agradable y muy gratificante".

A una carrera marcada por las ventas de millones de ejemplares —él mismo calculó ayer que hasta ahora ha vendido cinco millones de todos sus títulos—, Pérez-Reverte había sumado ya el reconocimiento de grandes escritores (Juan Marsé habló hace poco de la "gran deuda" que tiene la literatura española con él) y el de la crítica. Pero el reconocimiento de los lectores había sido anterior. Gente de todas las edades y condición, desde jóvenes escolares hasta el propio presidente del Gobierno, José María Aznar, han expresado su admiración por sus novelas de intriga cultural, sus relatos y la serie de Alatriste, personaje nacido en 1996. Sólo de Alatriste se han vendido dos millones de ejemplares. 

Esos lectores, insistió el autor de 'El maestro de esgrima', son su único capital. "No soy un renovador del lenguaje, ni de la novela, ni de nada. Sólo soy un tipo que cuenta historias lo mejor que puede. Así que lo único que puedo aportar son mis novelas y mis lectores de aquí, de América y de otros países. Ellos entran conmigo en la Academia. Si tuviera que volver a hacer de periodista y dar un titular del día de hoy, sería ése: 'Mis lectores entran en la Academia'". 

"Aunque pienso tomarme muy en serio mi trabajo", añadió. "La Academia es la referencia para 400 millones de hispanohablantes, y tomársela a la ligera es una estupidez. Está en un momento muy interesante, tiene una gran vocación americana. Y no es raro, porque un campesino colombiano usa mejor el idioma que un universitario de aquí. El futuro de la lengua se juega allí, el español es una lengua viva, en transformación, en movimiento, y cualquier apoyo que se pueda dar al español es una tarea muy noble". 

Preguntado por si considera que su entrada supone el ingreso de un periodista más, el autor de 'La Reina del Sur' dijo: "Ahora soy menos periodista que antes, pero siempre tengo un pie en cada sitio, y es verdad que en mis novelas está la lengua viva de la calle". Pérez-Reverte se dedica en exclusiva a la literatura, tras vivir 21 años (1973-1994) como reportero de prensa, radio y televisión cubriendo conflictos internacionales. Trabajó 12 años como reportero en el diario 'Pueblo' y nueve en los servicios informativos de Televisión Española.

https://elpais.com/diario/2003/01/24/cultura/1043362801_850215.html

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"Una elección brillante"

María José Díaz de Tuesta - El País - Madrid - 24/01/2003 

Ha sido una entrada espectacular la de Arturo Pérez-Reverte. Si ya en principio no es muy habitual que el candidato logre ser académico en la primera votación —necesitaba 24 votos, dos tercios de los 36 académicos con derecho a voto—, lo verdaderamente inusual es que la totalidad de los académicos presentes voten unánimemente a favor del candidato. Y eso es lo que ocurrió ayer. Acudieron 24 académicos —entre otros, Víctor García de la Concha, Francisco Ayala, Francisco Rico, Mingote, Carmen Iglesias, Fernando Fernán-Gómez, Juan Luis Cebrián, Eduardo García de Enterría, Antonio Muñoz Molina, Gregorio Salvador, Luis María Anson, Guillermo Rojo y Emilio Lledó—, y todos le dieron el sí al único candidato para ocupar el sillón T. Aún le sobraron dos votos favorables de los seis que llegaron por correo. En total obtuvo 26. "De las votaciones más fáciles que he visto aquí", destacó Muñoz Molina.

"Ha sido una elección brillante", dijo entusiasmado el director de la RAE, Víctor García de la Concha. "Pone muy de relieve que alguien que empezó siendo un periodista de combate se convirtió en uno de los narradores de más éxito de público y de crítica. Con él entra la maestría del contar". Con su ingreso, añadió el director de la RAE, se logra un equilibrio entre los tres sectores de la Academia: el de los creadores, el de los lingüistas y filólogos, y el de las ciencias sociales. "¿Cómo no voy a estar contento?", salió diciendo de la sala de votaciones Gregorio Salvador, que fue quien leyó el discurso de elogio del académico electo. "Hace tiempo que pensaba que era un escritor propio de la Academia, porque es el autor español más internacional. La Academia además siempre ha estado atenta a los escritores que rompen con la estricta norma académica". ¿Y qué es eso que se oye fuera?, preguntaban algunos académicos entre risas. Pasaba que unos 10 espontáneos, que se decían del mundo cultural, se instalaron con chufletas y cacerolas en la puerta para protestar y con pancartas a favor de Norma Duval y Chiquito de la Calzada.

Por lo demás, dentro se ocupaban de elogiar a Reverte. "Las novelas son buenas o malas, te cuentan buenas historias o no, y Pérez-Reverte es un buen contador de historias. Es uno de los buenos escritores de Historia que sin pretender contarla la recrea", dijo Carmen Iglesias. "Es una especie de Blasco Ibáñez de nuestro tiempo, un creador del idioma", a juicio de Juan Luis Cebrián, que espera además que el nuevo académico sea aplicado: "Claro que espero que acuda a las sesiones con regularidad".

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Un clásico

José Belmonte Serrano - El País - 24/01/2003 

Cuando decidí organizar un congreso internacional dedicado, monográficamente, a la obra literaria y periodística de Arturo Pérez-Reverte, hubo gente que me dijo que estaba loco. Loco de atar. A quién se le ocurre. En este país, alentados, incluso, por las más altas instituciones, estamos demasiado acostumbrados a no hacer ni puñetero caso a los que aún siguen vivos, a los escritores y artistas que están en activo. Y más locos aún si, además, se trata de un creador que vende muchos libros, aquí y en el resto del mundo; un tío famoso al que la gente, incluso la más humilde, la que lee sus artículos periodísticos, suele parar por la calle —yo lo he visto— para decirle: "Dales caña, Reverte, dales caña". 

Pero salió bien. Estuvieron los que tenían que estar (incluido Juan Marsé, al que casi nadie suele sacar del exilio voluntario en su propia casa), y se dijo, unánimemente, que, pese a quien pese, incluso yendo en contra de nuestra particular idiosincrasia y nuestra historia cainita y fratricida, Pérez-Reverte ya es un clásico, un autor al que nunca podremos pagar del todo lo que ha hecho por la literatura, creando un nuevo tipo de lector interesado por la aventura, a la vieja usanza, a lo Conrad, a lo Melville; por una historia con principio, medio y fin, como en los tiempos de Galdós y de don Pío; y en cuanto a la forma, sujeto, verbo y predicado, y las comas en su sitio. No hay más secretos para la coctelera revertiana, aunque luego resulte imposible copiar la fórmula, como han intentado hacer tantos otros. 

A Arturo Pérez-Reverte le mueve, fundamentalmente, su fe en la vida (su concepto de la vida daría para un capítulo aparte, pero bastaría escuchar con detenimiento las palabras de Lucas Corso en 'El club Dumas', o de Jaime Astarloa en 'El maestro de esgrima' (para darse por enterado) y también en la literatura. Cualquier otro, después de haber escrito y publicado, en 1986, una de sus mejores novelas, 'El húsar', sin que nadie le hiciera caso (una única reseña fue escrita por entonces, a pesar de tratarse de un reportero de guerra bien conocido), hubiera desistido y arrojado por la borda todas sus esperanzas. 

Su suerte, su gran suerte, y la suerte de todos los que le seguimos, es que, como él mismo ha reconocido, se trata de un lector que, circunstancialmente, escribe novelas. De ahí que no le preocupara el primer fracaso, el silencio de la crítica, la ausencia de lectores por aquellos años aún no lejanos. No le afectó demasiado el golpe y continuó escribiendo lo que a él le apetecía, sin tener que rendir cuentas a nadie, sólo a su propia historia, a su propia conciencia, a su mirada de lobo solitario, de héroe cansado. Y fueron surgiendo 'El maestro de esgrima', 'La tabla de Flandes' y 'El club Dumas'. El éxito no le ha cambiado en absoluto. Y eso le honra. Sólo que ahora, gajes del oficio y de la fama, apenas lo dejan —lo dejamos— en paz, cuando lo que a él realmente le gusta es leer, escribir y navegar, charlar con los amigos y tomarse un cortado con sus paisanos. 

A Reverte le daba vergüenza que se organizara un congreso a él dedicado. ¿Qué he hecho yo para merecer esto? Asistía, como espectador, sin advertirlo nadie, camuflado entre la gente, mezclado entre los estudiantes. Da la sensación —me decía— de que la cosa no va conmigo, que es de otro escritor del que habláis. Incluso no reconozco del todo lo que yo mismo he escrito. Y lo decía con la misma emoción que un joven que acabara de publicar su primera novela, cuando él ya llevaba a sus espaldas, en apenas quince años, casi una veintena de obras y sus libros eran leídos y estudiados en los países más remotos, en las universidades más prestigiosas de todo el mundo. De ahí que no sea un advenedizo, un impostor cualquiera al que, de momento, como ha sucedido con tantos otros, le sonríe la fama. Reverte se lo ha currado él solito y nada le debe a nadie. Escribe bien, casi como los ángeles, se deja la piel en cada libro y luego vende montones de ellos. Y, a pesar de todo, aún cree, en los tiempos que corren, en el honor, en la honradez y la amistad, sin dejar de ser generoso, incluso, con sus enemigos. Más no se puede pedir.

(José Belmonte Serrano fue presidente del Congreso Internacional ‘La obra narrativa y periodística de Arturo Pérez-Reverte’, que se celebró en noviembre de 2002 en la Universidad de Murcia)

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El sonido de un lector

Juan Cruz - El País - 24/01/2003 

Este otoño, cuando Arturo Pérez-Reverte cumplió 51 años, su editora, Amaya Elezcano, llevó a su casa un regalo muy especial: la música que hay detrás de su último libro, 'La Reina del Sur'. Para hacer 'La Reina del Sur' el escritor de Cartagena no sólo viajó a Sinaloa, sino que hizo una larga excursión por la lengua de un continente que es el español y que en uno de sus trayectos tiene como filón principal lo que da de sí el genio del Siglo de Oro. Cuando Pérez-Reverte concibió su serie más emblemática, la del capitán Alatriste, tuvo en cuenta una obsesión que viene de su padre, de una biblioteca que siempre estuvo en su memoria. Anoche, en medio de las celebraciones que ella le dispuso, la editora de Arturo le ayudó al nuevo académico a entrar otra vez en esa biblioteca, de la cual proviene la música que a él le ha hecho: cinco mil libros en los que se sumergió su abuelo y en los que luego su padre estuvo buceando hasta que él mismo se hizo allí lector.

Entre esos libros que Pérez-Reverte transitó estaban los de Quevedo y los de Cervantes, y también los de Dumas. Accidentalmente, dice, es un escritor de ficciones, porque quiere prolongar con lo que supo lo que los demás le permitieron imaginar. Es un lector, simplemente; la música de la escritura es la que le hizo un narrador. El capitán Alatriste nació de esas lecturas; de la convicción de que nadie sabe nada si no lee antes, y de que es imposible ingresar en la historia de la lectura si uno no ha leído lo que otros han hecho en el remoto pasado en el que los libros no eran de papel, sino de sueños.

Es un lector clásico. En esa jornada en la que la música de 'La Reina del Sur' le despertó en su cumpleaños, los que tuvieron ocasión de ver su casa pudieron observar los libros que en ella han encontrado sitio; y ahí están, en efecto, a veces en ediciones principales, Cervantes, Quevedo y hasta Pérez Galdós, observando una vocación literaria que alcanzó en el periodismo su ámbito de leyenda. Arturo Pérez-Reverte se hizo a sí mismo un escritor transitando entre esos libros y tratando de decir adiós a la ficción que era la realidad. Fue un periodista, y aún lo sigue siendo, pues en 'La Reina del Sur' se halla ese estímulo; pero un día dijo adiós a todo aquello y se sumergió en la aventura. En ella vive. Pero nunca antes de esa novela, 'La Reina del Sur', hubo en su obra tanta música. Acaso porque en esa novela es donde él se propone hacer leer al que no sabe, obligar a la aventura al que dijo que no quiere vivir más, que mejor se halla en la cárcel. No es una metáfora tan sólo, es una apuesta, un libro que define su pasión por narrar, pero no por ser narrador, por que le cuenten. Él ha vivido gracias a que le han contado. La música viene en ese viaje que él mismo propone. En 'Alatriste' el escritor trató de detener el tiempo, de decirnos que el Siglo de Oro sigue hablando. Para escribir su última novela ha tenido que escuchar el sonido de aquella biblioteca. Con él llega a la Academia el sonido de un lector.

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Una justicia poética

José Perona - El País - 24/01/2003 

Junto a su primera novela, 'El húsar' (1986), Arturo Pérez-Reverte ha recorrido los ambientes napoleónicos en 'La sombra del águila' (1993), y la memoria emocionada del Emperador late en el nombre del protagonista de 'El club Dumas' (1992), Lucas Corso (de Córcega, la tierra de nacimiento de Napoleón). En las dos primeras novelas citadas existe ya, y se hace explícito en la tercera, la larga sombra de Dumas: entrar a saco en la historia para novelarla. Los ambientes madrileños, galdosianos y valleinclanescos se oyen, se ven y se leen en el fondo de 'El maestro de esgrima' (1988), donde se configura ya una biblioteca originaria y una forma de ser de los protagonistas de todas sus novelas: ser un clásico, tener una cierta estética, no ser de los que huyen, poco sentido práctico, batirse como es debido, mirarse francamente a la cara todas las mañanas. Así se dibujan los personajes como Jaime Astarloa en 'El maestro de esgrima'; Lucas Corso, en 'El club Dumas' (1992); el jugador de ajedrez, Muñoz, que no tiene nombre y detesta ganar, en 'La tabla de Flandes' (1990); el sacerdote cazador de cabelleras que es embrujado en la Sevilla de 'La piel del tambor' (1995); el marino sin barco en 'La carta esférica' (2000), y, por fin, Teresa Mendoza, la sinaloense de 'La Reina del Sur' (2002), que enlaza, salvando las distancias de época, con el ambiente mexicano del 'Tirano Banderas', de Valle-Inclán. Una obra novelística que, si exceptuamos la crónica de la guerra de la ex Yugoslavia, 'Territorio comanche' (1994), se centra en la historia de España de los siglos XIX y XX, y se enmarca alrededor de dos ciudades: Madrid y Sevilla, sin olvidar las salidas esporádicas a Toledo, París y Sintra, que dibujan así las geografías de los saberes cabalísticos, templarios y demoniacos. 

Y, cómo no, Flandes, ese territorio histórico de nuestro señor don Felipe II y, sobre todo, Felipe IV, cuyo reinado se describe minuciosamente en la serie 'Las aventuras del capitán Alatriste'. Las dos primeras entregas, 'El Capitán Alatriste' (1996) y 'Limpieza de sangre' (1997), se desarrollan en el Madrid de los Austrias; la tercera, 'El sol de Breda' (1998), en los Países Bajos, y la última, 'El oro del Rey' (2000), de nuevo en Sevilla. 

Sin olvidar las colecciones de artículos, 'Patente de corso' (1998) y 'Con ánimo de ofender' (2001), y resaltando el conjunto de sus importantísimas narraciones menores agrupadas en 'Obra breve' (1995), parece una justicia poética que el novelista que ha conseguido que centenares de miles de alumnos y lectores de España y América se apasionen por la España de Felipe IV acabe ocupando un sillón en la Real Academia Española, cuyo edificio está sito en la calle del Rey Nuestro Señor del mismo nombre.

(José Perona es catedrático de Lengua Española en la Universidad de Murcia)

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“La Academia me ha reservado una trinchera en la defensa del castellano”

Entrevista de Miguel Ángel Trenas - La Vanguardia - Madrid - 25/01/2003

El lenguaje de los delincuentes en el siglo de oro será el tema del discurso de ingreso del novelista Arturo Pérez-Reverte, elegido el jueves para ocupar el sillón T de la Real Academia Española (RAE). Será un importante hito en una meteórica carrera literaria, apenas doce años, en los que, en solitario, el otrora reportero de guerra se ha convertido en uno de los autores españoles más leídos en todo el mundo.

—¿Un éxito más en su carrera?

—Un honor. Es un regalo inesperado, y lo que me hace más ilusión es que me lo ha hecho gente que no conocía, académicos de los que tienes una referencia lejana, que te llaman y te dicen: "Te leemos, nos interesas". Conmigo, en la Academia, se sentarán mis lectores.

—¿Qué destaca hoy de la Academia?

—Su papel en la batalla con el castellano en América. Se da la paradoja de que un campesino mexicano o colombiano habla con más propiedad, con más limpieza y con un lenguaje mejor que un universitario español. El castellano está muy vivo, y la Academia hace esfuerzos cada vez mayores por abrir la puerta y por seguir esa evolución. El que en esa batalla me reserven una trincherita pequeñita para que yo haga algo es un honor grande.

—¿Qué piensa del lenguaje?

—Es, sobre todo, una herramienta al servicio de lo que se quiere contar. Debe ser el mejor posible, pero sin olvidar que está al servicio de algo. No es el objeto en sí, no se trabaja para que esté muy bonito guardado en una vitrina, es una herramienta que debe evolucionar. En mis novelas ha sido siempre una herramienta para contar historias.

—La suya es una historia de éxitos. ¿Siente vértigo al mirar atrás?

—No siento vértigo. Mi suerte es que he hecho un camino en solitario. Cuando me decían que este tipo de novelas no interesaba me importaba un bledo, porque era lo que quería hacer y no necesitaba palmadas en la espalda. Hoy no observo grandes cambios y sigo bajando cada día a la bodega a escribir, que es lo que me gusta. La decisión de los académicos confirma dos cosas: la primera, que la Academia respeta a mis lectores, y la segunda, que la Academia cree que América es importante.

—¿Su nueva condición va a modificar su escritura?

—Va a seguir siendo la misma. Me han aceptado como soy, no me aceptan para cambiarme. Ayer me decía un lector “no te dejes domesticar”, y yo le dije que si me han elegido es por ser como soy.

—¿Qué hay que hacer para tener lectores?

—La falta de lectores en España es una gran mentira. Si al lector le das lo que quiere te corresponde de forma afectuosísima. Se ha dicho que la novela tiene que ser profunda y aburrida, o superficial y divertida, y eso es una falacia. Tiene que ser profunda, intensa, y al mismo tiempo divertida y amena. Y hacer compatible eso es difícil.

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«La putada de todo esto es que ahora me obliga a ser más humilde»

Entrevista de Antonio Astorga - ABC - 25/01/2003

Un camarero le dice a Pérez-Reverte: «Don Arturo, en otro tiempo un sillón en el Café Gijón era más importante que uno en la Academia. Ahora tiene usted los dos». Y el novelista los paladea.

—¿Con usted ingresa el «espectáculo» en la Academia?

—¿Espectáculo? ¿Por qué? Mi literatura no es espectáculo; es literatura.

—Como agitador cultural.

—No voy como agitador. Van mis novelas y mis lectores. Yo soy lo que son mis lectores, y a la Academia llevo ese capital. Si cada libro lo leen 400.000 personas, son ellas las que se sientan en la RAE. La putada de todo esto es que ahora me obliga a ser más humilde.

—Usted es uno de los escritores que más vende. ¿Con Pérez-Reverte entra la literatura popular en la RAE?

—¡Es que la literatura si no es popular no existe! La literatura elitista solamente existe en tesis doctorales y estudios exquisitos. La literatura es una inmensa biblioteca donde caben desde Agatha Christie a Dostoyevski, desde Proust a Balzac o Dumas, y todo eso forma un tejido inmenso y riquísimo en el cual estamos cada uno haciendo nuestro papel. En ese sentido, es y debe ser popular. Solamente los cretinos y los arrogantes piensan que debe ser un producto exquisito para paladares exquisitos. Y esa es la gente que le ha hecho muchísimo daño a la Literatura. Es contra lo que yo he peleado toda mi vida. Y es la batalla que pienso seguir librando.

—¿Tendrá ahora más «patente de corso» para «acuchillar», literariamente hablando, claro?

—Mis artículos están ahí. Son durísimos y van a seguir siéndolo. ¿Por qué voy a cambiar? Es mi forma de escribir.

—Usted ha creado mucho «lenguaje popular». ¿No cree que podría incluirse en el Diccionario?

—De momento lo que voy es a sentarme, a oír y a callar. Y si tengo algo que decir lo diré después. Allí hay muchas cosas que escuchar y que aprender.

—¿Cuando se le tilda de «bestsellerista» se le está acuchillando?

Pero eso no es malo. Hay «best sellers» que son absolutamente dignos. Follett y 'Los pilares de la tierra'. Umberto Eco es un «best seller», y ya ve los libros que escribe. No voy a defender yo el género. El problema es mitificar el lenguaje. Hacer del lenguaje el becerro de oro es un grave error. El lenguaje no es más que una herramienta para comunicarse, para amar, para conversar, para escribir, para leer.

—Como diría Marsé, usted detesta la «prosa sonajero».

—Por supuesto. Por cierto, cuando me propusieron para la Academia lo primero que dije es: «¿Y Marsé?». Me respondieron que a Marsé se lo propusieron, pero que no quiso estar. En ese caso, dije, puedo aceptarlo dignamente.

—Tampoco está en la Academia Umbral (con quien usted ha tenido trifulcas sonadas), que ha dicho que está bien que entre usted en la RAE, pero que sus libros no le interesan.

—Creo que Umbral también debería estar en la Academia. Umbral y yo no tenemos nada que ver. Su literatura y la mía son muy distintas. Umbral es más de prosa, yo soy más de historias, aunque mi prosa la intento cuidar tanto como él cuida la suya.

—Fue una trifulca sobre si usted insultó o no a Borges allá en la pampa.

—Fue una trifulca durísima en la cual acuchillé sin piedad a Umbral porque él se metió conmigo, evidentemente. Pero ya se resolvió: nos dimos la mano, nos llevamos muy bien y no hay ningún problema. A Umbral se lo contaron mal. Yo dije que Borges (muy presente en mis libros) era un escritor inmenso, pero como persona era absolutamente intratable y esnob. Y lo dije, pero distinguiendo entre persona y obra. Y aquí lo mezclaron.

—En Estados Unidos se le considera a usted un «buen» escritor. En Francia, el presidente de la República le nombra Caballero...

—Etcétera, etcétera, etcétera.

—¿Aquí no se entiende su obra?

—Sí se entiende. Si me leen y me acaban de nombrar académico, se supone que se me entiende. Lo que pasa es que hace una década, cuando empecé, no estaba de moda contar historias. Entonces el modelo era Faulkner, la literatura que no cuenta cosas. Y se decía que la literatura tenía que ser profunda, incomprensible, exquisita y de pocos lectores. Y que si la leía mucha gente eso no era literatura. Yo dije que no, que la literatura tenía que ser al mismo tiempo profunda y entretenida, con trampas al lector. Intenté siempre combinar esas cosas y al principio no lo entendían. Me ignoraban y después me sacudían. Ahora la gente me acoge muy bien y críticos que me denostaban se han templado bastante. Ya no tengo cuentas especiales que saldar.

—¿Sigue pensando que el analfabetismo de los críticos ha hecho mucho daño? ¿A usted también?

—A mí no, en general, pero apartó muchos lectores. Mire, José Luis Sampedro escribió 'La vieja sirena' y me dijo un día: «¿Sabes qué ha ocurrido? Yo he pasado la vida leyendo a Jenofonte, a Tucídides, a Tito Livio, y un crítico dice que en mi novela se ve la influencia de 'Sinuhé el egipcio'. Claro, ese crítico sólo ha leído 'Sinuhé el egipcio', y me está juzgando el libro según su limitado conocimiento de la literatura». No puedes juzgar 'El nombre de la rosa' si no eres un tipo que ha leído mucho; no puedes juzgar 'El Club Dumas' si no eres un tipo que conoce bien esa literatura. Y a eso me refería. A veces ha habido críticos con poca preparación cultural o cuya memoria cultural empezaba en Kundera o en los libros de ayer. Y eso hizo mucho daño. Pero afortunadamente también pasó.

—Usted logró ayer algo inaudito: que la gente se plantara ayer ante la RAE con pancartas del estilo: «Algo huele a podrido en la Academia».

—Hombre, “la gente” no. Fueron exactamente once, que yo creo que eran familiares, además, porque iban todos juntos. Eso fue una anécdota absolutamente irrelevante. Por lo menos me hicieron comprender que hay once personas que no me leen, con lo cual eso es una cura de humildad. Tiene gracia esto, porque me dijo Víctor García de la Concha que hasta acudió la Policía, por si acaso. Y que el oficial le dijo: «Mire usted, don Víctor, yo soy lector de Alatriste, ¿les echo a la tropa?». A lo que Víctor respondió: «¡No, no, no, por Dios! Déjelo, déjelo...».

—Ya sólo le faltan los premios de la Crítica y Nacional de Literatura.

—No, no me faltan. Mi premio es ir en el metro, en un avión, viajar a México o llegar a Nueva York y comprobar que la gente está leyendo mis libros. Lo otro va por añadidura.

—¿Por qué el público español ningunea a los clásicos?

—Es que los hemos aburrido. Por ejemplo, en Francia la gente sí va a ver cine francés. ¿Por qué?... Porque hacen cine interesante, cuentan historias, recuperan clásicos mezclados con los modernos, y ese es el futuro.

—Allí dedican tres días de homenaje a Dumas mientras aquí se deshuesan cadáveres exquisitos una vez muertos y bien muertos.

—Naturalmente. Allí no reniegan del pasado y lo adaptan al presente. En España hace diez o quince años nadie leía. Y gracias a Marsé, a Muñoz Molina, a Sampedro, a Gala, a Terenci, a gente que está hoy denostada, y otros que no, se ha conservado el hilo conductor y las historias. Y ahora hay una eclosión de gente que cuenta historias, desde Cercas a Zafón. Mire, un escritor que escribe 500 páginas sobre lo amarga que es su vida en el café, sobre el polvo que echó o no echó, no puede pretender que eso lo quieran leer 400.000 personas.

—Usted ha sido reportero de guerra desde principios de los setenta hasta mediados de los noventa. ¿Por qué lo dejó?

—Porque estaba cansado. Porque llené la mochila y ya tenía cosas que contar. Tenía una visión del mundo que no podía resolverla en minuto y medio de telediario o en un folio. Necesitaba reflexión, tranquilidad y muchas páginas para contar esas historias. Yo escribo novelas con el punto de vista que me dejó la vida. He navegado mucho, he estado casi tres décadas en países en guerra, he estado solo y mis novelas no las escribo con lo que me han contado, sino con lo que he vivido. Yo no soy Alatriste, pero mis personajes ven el mundo como yo lo veo.

—¿'Territorio comanche' era una «vendetta» contra alguien?

—Contra mí. Yo era un mercenario honesto, pero un mercenario. Yo era un hijo de puta que trabajaba en la guerra durante más de veinte años. Y ese libro era un ajuste de cuentas con mi propia memoria y con mi vida. Pero tampoco hablaba mal de la gente. Los que estaban en ese mundo lo entendieron muy bien. Los que no estaban en ese mundo fueron los que no lo entendieron. Alfonso Rojo, Leguineche... Las viejas putas del oficio lo entendieron todo perfectamente y nadie se molestó.

—Usted disfruta con la jácara, los rufianes de la época, con el quinto Alatriste. ¿No le domesticarán ahora, como le advirtió otro lector?

—Ya soy muy viejo para que me domestiquen. Tengo una ventaja importante: no debo nada a nadie más que a mis amigos. Cuando estaba solo estaba solo, y eso me ha hecho muy libre. Desde esa libertad puedo elogiar libremente a quien quiero elogiar y puedo callar frente a quien quiero callar. Y en la Academia no me van a cambiar por eso, ni pretenden cambiarme. Soy uno de los pocos hombres libres que conozco.

—¿Quién le cuida de sus enemigos?

—De esos me ocupo en mis novelas. Yo he vivido mucho en territorio comanche —incluso literariamente— y siempre desconfié de las palmadas y de los abrazos, porque cuando te abrazan te buscan para clavarte el puñal.

https://www.abc.es/cultura/abci-arturo-perez-reverte-escritor-y-academico-electo-putada-todo-esto-ahorame-obliga-mas-humilde-200301250300-157881_noticia.html

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El académico Pérez-Reverte

Juan Manuel de Prada - ABC - 25/01/2003

Arturo Pérez-Reverte me ha profesado siempre un insensato cariño. Recuerdo que la primera vez que nos vimos me expuso, sin ánimo sermoneador, las vicisitudes de toda carrera literaria; desde entonces aquellas palabras me han servido de brújula en este mar carnívoro que es la escritura: «Hay tres etapas en la vida de un escritor —me dijo—. La primera corresponde a su debut; entonces todo son parabienes y palmaditas en la espalda, a poco que el principiante sepa juntar las letras. Enseguida llega la segunda: las cañas se vuelven lanzas, y las manos de los que antes te aplaudían sostienen súbitamente un puñal; la hospitalidad se transforma en hostilidad, quienes creías amigos son tus más enconados odiadores, todas las noches rezan antes de acostarse para que te descalabres. Muchos escritores flaquean en esta segunda etapa; no son capaces de digerir el encono y los espumarajos; aún son ingenuos y vulnerables. Pero si logras sobrevivir alcanzarás la tercera etapa, cuando por fin te hayas abierto un hueco; seguirás recibiendo varapalos, pero también te habrás ganado la confianza de un puñado de lectores que esperan tus libros; esos lectores, pocos o muchos, serán tu justificación y tu acicate. Tus detractores, para entonces, seguirán lanzando mordiscos, pero con dientes cada vez más mellados. Conque aguanta, chaval, aguanta».

¿Se habrá acordado Pérez-Reverte de sus detractores de dientes mellados en la hora de su apoteosis académica? Imagino que sí: lo habrá hecho con un poco de piedad socarrona, con un poco de benigno sarcasmo, con un poco de enternecida melancolía incluso, porque lo cierto es que los detractores de Pérez-Reverte se han ido convirtiendo en sombras errabundas, a medida que crece el brío de su escritura. Quizá Pérez-Reverte, en aquella somera arenga que me endilgó sobre las vicisitudes de toda carrera literaria, se olvidó de referirse a una cuarta etapa que sólo alcanzan los elegidos, en la que los detractores se quedan desdentados de tanto morder en hueso y acaban comiendo, cabizbajos y mohínos, en la mano del escritor al que en otro tiempo quisieron despedazar. Y el escritor, que podría pisarlos desprevenidamente, como a cucarachas que patalean panza arriba, les dedica una sonrisa conmiserativa y hasta se inclina para ayudarles a dar la vuelta. Así podrán seguir hozando en la mierda que les da sustento.

Arturo Pérez-Reverte siempre ha sido un lobo solitario, un exiliado de todas las camarillas. Esta vocación de pureza y hosquedad se transparenta en cada uno de sus libros, transitados por criaturas de lealtades tan ancestrales como discretas, tan desencantadas como inamovibles. «Me limito a vivir con mi sable y mi caballo —me confesó en cierta ocasión—, como el húsar de mi novela. He visto demasiadas cosas perdurables que, de súbito, caen hechas añicos. A lo único que aspiro es a envejecer sin perder las maneras. A morir de manera digna». Ahora que lo han hecho académico tendrá que resignarse a que su epitafio sea cincelado en mármol, pero estoy seguro de que, mientras fluya la sangre por sus venas, rehuirá las solemnidades y pompas inherentes al cargo. En la amistad, como en la literatura, es abrupto y expeditivo, frugal y vehemente, generoso y entusiasta como un personaje de Dumas; con ese punto de aspereza o desabrimiento que caracteriza a los hombres que encubren por pudor sus sentimientos más acendrados. Excelentísimo Señor don Arturo Pérez-Reverte, ha sido y sigue siendo un honor leer sus libros, esa patria en la que tantos lectores nos reconocemos; pero un placer aún más honroso es haber disfrutado y seguir disfrutando de su amistad, dura y transparente como el cuarzo.

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Pongamos que hablo de Reverte

Julia Navarro - diariodeleon.es - 25/01/2003

Algunos días también hay buenas noticias, y por eso merece la pena pasar por alto las estupideces de algunos políticos, pongo por caso a Donald Rumsfeld, secretario de Defensa de Estados Unidos, que ha intentado proferir un insulto al referirse a Francia y Alemania como representantes de la «vieja Europa». No sé si Rumsfeld es uno de esos norteamericanos que creen que España está más o menos cerca de Argentina, y a los que también cuesta situar a Francia en el mapa. Lo que sí sé es que representa a una Administración en la que desde el presidente hacia abajo no defiende los intereses generales sino los de las grandes compañías petrolíferas en las que estaban trabajando antes de ocupar sus actuales cargos. No se me ocurre mayor perversión política que esa.

Pero me estoy desviando de la cuestión. Porque hoy no quiero analizar la situación política, ni contar qué pasa en el Partido Socialista o en el Partido Popular, o qué se cuece en el Parlamento, y no quiero hacerlo por lo que comentaba al principio: algunos días también hay buenas noticias. A mí, al igual que al resto de sus millones de lectores, me parece una gran noticia que Arturo Pérez-Reverte entre en la Real Academia Española. Hace muchos, muchos años que conozco Arturo. Éramos amigos en los tiempos en que los que él volcaba su pasión vital yendo a cualquier lugar del mundo donde hubiera un conflicto para luego contarlo a los lectores. Entonces era un tipo de una pieza. Me explico: Arturo era una persona que sabía hacer honor a la amistad, era el amigo con el que siempre se podía contar, de los que tienen una sola palabra y, eso sí, no se muerden la lengua. En aquellos tiempos en que ejercía fundamentalmente de corresponsal de guerra jamás se le ocurrió darse mayor importancia, ni mucho menos ponerse medallas porque corría auténtico riesgo con tal de hacer un buen reportaje. Era generoso, además de audaz e intuitivo, y como es un tipo tierno y pelín tímido, aunque ponga todo su empeño en disimularlo, e incluso consiga hacerlo, pues ya entonces cultivaba la media sonrisa administrando el silencio. Hace tiempo que no le veo, pero sé por lo que me cuentan que continúa siendo más o menos igual: sincero, valiente, con su código de andar por la vida intacto y, sobre todo, sin permitir que el éxito alcanzado le haya embotado el cerebro. Que Arturo Pérez-Reverte haya entrado en la Real Academia de la Lengua es de justicia porque son millones los lectores que le avalan, porque este hombre, lo puedo asegurar, no le debe nada a nadie, porque se ha hecho a sí mismo. Arturo pertenece a una raza especial de escritores y de periodistas de esos que no se conforman con contemplar la realidad, sino que la tocan y la sienten, estén donde estén, con quién quiera que estén, en cualquier circunstancia. 

Seguramente Donald Rumsfeld no haya leído nunca un libro de Pérez-Reverte, porque un tipo que se refiere a la Vieja Europa con desprecio es sencillamente un idiota. Así que no me imagino a Rumsfeld leyendo las aventuras del capitán Alatriste, ni emocionándose con ‘El húsar’, ni empaparse de vida sumergiéndose en la lectura de ‘La Reina del Sur’, su última gran novela. Verán, no es que quiera aprovechar el éxito de Arturo para arremeter contra Rumsfeld, es que a veces la actualidad coloca en paralelo a dos personajes y entonces uno ve con claridad dónde anida la grandeza y dónde la estulticia y la mediocridad. 

Para terminar, les contaré que, en estos años en que no he visto a Arturo, sin embargo me he encontrado con él a través de sus personajes, de los protagonistas de sus libros, de esos tipos valientes, aparentemente descreídos, llevados por el vaivén de la vida, abiertos a lo que pudiera pasar, sinceros, haciendo siempre honor a la amistad y a la palabra dada. Y es que Arturo es también un personaje de libro, por eso un tipo como él se ha hecho con el santo y seña y ha entrado por la puerta grande en la Academia. ¡Felicidades!

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Sabina a la Academia

Fernando Iwasaki - ABC de Sevilla - 26/01/2003

Decía Julio Camba en 'Sobre casi nada' (1928) que las Academias suelen ser lugares donde hay muchos obispos y generales, y de vez en cuando algún escritor. Resulta que en este país se asume como algo normal que cada individuo tenga en la mente su propia selección de fútbol o su propio ganador de 'Operación Triunfo', pero cuando uno deja caer sus preferencias sobre la selección de los académicos siempre te tildan de mezquino y envidioso.

Creo que un escritor debe serlo hasta cuando escribe “e-mails”, mas si el valor de sus libros consiste en reproducir el habla de la calle, supongo que las mejores aportaciones lingüísticas del acervo barriobajero siempre las haría un propio del barrio de Malasaña o de las Tres Mil Viviendas, según. ¿Cuál ha sido la docta reacción del flamante académico al enterarse de la noticia?: «La putada de todo esto es que ahora me obliga a ser más humilde».

Ni Valle-Inclán ni Blasco Ibáñez fueron académicos, aunque los dos por distintas razones: Valle Inclán era un autor de minorías, de primoroso estilo y de miniada prosa, cuyo prestigio e influencia entre los jóvenes despertaba una envidia violácea entre los académicos. Blasco Ibáñez era un escritor exitoso, millonario y mundialmente célebre gracias al interés de Hollywood por sus novelas, cuyo resplandor contrastaba con la penumbra en que vivían los sombríos académicos. La literatura de Pérez-Reverte no tiene nada que ver con Valle-Inclán ni mucho menos con la de Blasco Ibáñez. Cualquiera que haya leído 'La araña negra' (1928) o 'La vuelta al mundo de un novelista' (¡Que en 1924 tuvo una primera edición de doce mil ejemplares en tres tomos!), podrá comprobar que hay una distancia sideral entre los espadachines del valenciano y el cartagenero, o las navegaciones de Blasco y Pérez-Reverte. Los antecedentes literarios de Pérez-Reverte habría que buscarlos más bien en otro Pérez, Rafael Pérez y Pérez, quien entre los años 30 y 40 escribió medio centenar de novelas galantes y de aventuras que se vendieron como roscas. A saber, 'El monasterio de la Buena Muerte' (1932), 'El último cacique' (1933), 'Cien Caballeros de Isabel la Católica' (1934) o 'El conde maldito' (1949), entre otros títulos. Así, el antecedente literario del capitán Alatriste no es 'La Araña Negra' sino 'El señor de Albarracín'.

A mí me llama la atención que la globalización sea perversa para algunas cosas y bienhechora para otras, de acuerdo con el interés empresarial o político del mismo grupo de comunicación. Que las novelas de Pérez-Reverte se reseñen en 'The New York Review of Books' ¿es bueno para la lengua española, o para el grupo de comunicación que posee sus derechos? ¿En qué sentido se enriquece nuestra lengua cuando las novelas de Pérez-Reverte se venden en Barnes & Noble? Si los grupos de comunicación hubieran existido a comienzos de siglo, seguro que 'El caballero audaz' o Felipe Trigo hubieran sido académicos.

No conozco a Pérez-Reverte, y debo decir que quienes le conocen aprecian y ponderan su lealtad, pero uno sólo le juzga a través de sus libros, artículos y declaraciones, y no comprendo en qué podría contribuir el nuevo académico al estudio y conocimiento de nuestra lengua. A no ser que la Academia Española se convierta en otra sucursal del «show business» y que a partir de ahora puedan ser académicos quienes más vendan en los supermercados. ¿Cuándo serán académicos Alberto Vázquez Figueroa, Elvira Lindo, Antonio Gala y Joaquín Sabina?

Leo que Pérez Reverte disertará sobre el habla de la cárcel en su discurso de ingreso. Me parece bien, pues si la cárcel no puede ir a la Academia, que vaya la Academia a la cárcel.

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Espectros en la Academia 

Alfonso Ussía - ABC - 26/01/2003 

Me turbó la imagen de esas once sombras fantasmales, espectros del resentimiento, caceroleros de la envidia, que se reunieron en torno a la Real Academia Española para protestar, en nombre del aire, por la admisión del escritor Arturo Pérez-Reverte, que fue recibido por los académicos por abrumadora mayoría. ¿Qué hacían ahí esas estantiguas dolientes y entrepadas? En las entreluces de la calle de Felipe IV se antojaban, a veces, espantos coléricos, almas en pena vocingleras, trasgos tontos del culo. Más dibujo sindical que literario. Parecían acampados de Sintel fuera de tiempo y de sitio. Quizás escritores sin libro, o críticos sin lectores, o simplemente esforzados de la amargura. Pudiera ser que también laringes al cobro, mercenarios a cincuenta euros pagados por un eterno aspirante de los muchos eternos aspirantes que se mueven por los alrededores de la literatura. Todo muy chungo, espeso y cutre. 

Los académicos, tan difíciles y bromistas en algunas convocatorias, no se tiraron en esta ocasión los diccionarios a la cabeza. Con pasmosa mayoría admitieron el ingreso y compañía de un joven novelista que va por libre y no trajina en las trastiendas literarias. Que se ha ganado a pulso de talento y trabajo a millones de lectores. Que tiene sus libros en los escaparates de las mejores librerías de Nueva York, Londres, París, Roma, Sydney e, incluso, Madrid. Y que probablemente se pueden leer sus aventuras medievales también en zulú. Arturo Pérez-Reverte es de los pocos escritores que no le tienen miedo a su verdad. Ha armado follones prodigiosos con su sinceridad descarnada. Todos bebemos de Borges, pero tuvo que ser Pérez-Reverte el que nos recordara que Borges, como persona, era un esnob y un tanto gilipollas. Un argentino que presumía de leer el 'Quijote' en francés merece el cariñoso adjetivo. Y lo de Borges no fue nada comparado al terremoto que regaló a la retroprogresía tópica cuando se atrevió a decir que Manuel Azaña no pasó de mediocre en la literatura y calamidad en la política. Que Azaña había sido un desastre. Las cosas que tuvo que oír y leer Pérez-Reverte de todos los santones de los lugares comunes sobre su persona. 

Pero Arturo Pérez-Reverte no ha sido elegido miembro de la Real Academia Española por decir que Borges se comportaba en ocasiones como necio y que Azaña fue un mamotreto desdeñoso y un político pésimo. Pérez-Reverte es académico por sus méritos, por conseguir que decenas de miles de españoles hayan adquirido, gracias al capitán Alatriste, el hábito de leer. Por recuperar la novela bien escrita, que además enseña, y para más pecado, entretiene, engancha y divierte. Por desmontar la teoría de que la literatura coñazo es la buena, cuando en realidad sólo es la coñazo. Todo esto le ha servido a Pérez-Reverte para ser libre, parcial, subjetivo y, en algunas ocasiones, distante e intemperante con los pelmazos y con los tontos. Su popularidad es real porque nace de su obra y no de su personalidad. Se ha pasado media vida en el riesgo físico y la crónica espantada. La otra media huyendo de sus peores recuerdos y haciendo buenas palabras. Ha ganado muchísimo dinero y es un triunfador. Y, para colmo, en un país de envidiosos, en una profesión con más envidiosos todavía y en una actividad artística en la que no cabe un envidioso más, se topa con sólo once espectros detractores. 

La Real Academia Española se rejuvenece y se justifica con su presencia. Siempre hay voces y plumas disidentes, que establecen comparaciones y se preguntan por qué uno y por qué no los otros. Ese es un problema de los otros. Los once espectros sindicales han desaparecido y la calle de Felipe IV ha amanecido más risueña después de ver cómo los académicos saludaban al capitán Alatriste.

29 julio 2001

El oso de peluche

No sé ustedes, pero yo tengo mis remordimientos. Cosas que hice o que no hice, fantasmas que a veces, aprovechando las noches calurosas de verano, vienen a sentarse en el borde de la cama y te miran en silencio; y, por más vueltas que das a un lado y a otro, siguen allí hasta que se los lleva la luz del alba. Cuando andas por la vida con una mínima lucidez respecto a tus actos, esa compañía es inevitable. A veces son fantasmas sangrientos y vengativos como el espectro del Comendador, y otras son pequeñas punzadas amargas, tironcitos de la memoria que hacen que te remuevas incómodo. Paradójicamente, éstos pueden ser los peores. Siempre encuentras excusas para justificar los grandes dramas, cuando tomaste tal o cual decisión por necesidad, por supervivencia. Sólo los seres humanos con poca imaginación son incapaces de arreglárselas para tener a raya ese tipo de remordimientos. El problema viene con los otros: las pequeñas manchas de sombra en el recuerdo que sólo pueden explicarse con el egoísmo, el cansancio, la ingenuidad, la indiferencia.

Uno de mis viejos fantasmas tiene la imagen de un oso de peluche; y, por alguna extraña pirueta de la memoria, esta noche pasada estuvo acompañándome durante el sueño que no tuve. El recuerdo es perfecto, al detalle, nítido como una foto o un plano secuencia. Tengo veintidós años y es la primera vez que veo campos inmensos arder hasta el horizonte. En las cunetas hay cadáveres de hombres y de animales, y la nube de humo negro flota suspendida entre el cielo y la tierra, con un sol poniente sucio y rojo que es difícil distinguir de los incendios. En la carretera de Nicosia a Dekhalia, parapetados tras sacos de arena y en trincheras excavadas a toda prisa, algunos soldados grecochipriotas muy jóvenes y muy asustados aguardan la llegada de los tanques turcos, dispuestos a disparar sus escasos cartuchos y luego a escapar, morir o ser capturados. El nuestro es un pequeño convoy de dos camiones protegidos por banderas británicas. A bordo hay algunos ciudadanos europeos refugiados y cuatro reporteros en busca de una base militar con teléfono para transmitir: Aglae Masini con un cigarrillo en la boca y tomando notas con su única mano, Luis Pancorbo, Emilio Polo con la cámara Arriflex sobre las rodillas, y yo. Ted Stanford acaba de pisar una mina en la carretera de Famagusta, y a Glefkos, el reportero del 'Times' que hace dos días se ligó Aglae en la piscina del Ledra Palace, acabamos de dejarlo atrás con la espalda llena de metralla. Es el verano de 1974. Mi segunda incursión en territorio comanche.

Nuestros camiones pasan por un pueblo abandonado y en llamas, donde el calor de los incendios sofoca el aire y te pega la camisa al cuerpo. Y ya casi en las afueras, una familia de fugitivos grecochipriotas nos hace señales desesperadas. Se trata de un matrimonio con cuatro críos de los que el mayor no tendrá más de doce años. Van cargados con maletas y bultos de ropa, todo cuanto han podido salvar de su casa incendiada, y yo todavía ignoro que pasaré los próximos veinte años viéndolos una y otra vez, siempre la misma familia en la misma guerra huyendo en lugares iguales a ése como en una historia destinada a repetirse hasta el fin de los tiempos. Nos hacen señales para que nos detengamos. La mujer sostiene al hijo más pequeño, con dos niñas agarradas a su falda. El padre va cargado como una bestia, y el hijo mayor lleva a la espalda una mochila, tiene una maleta a los pies y con una mano sostiene el oso de peluche de una de sus hermanas. Saben que los turcos se acercan, y que somos su única posibilidad de escapar. Vemos la angustia en sus caras, la desesperación de la mujer, la embrutecida fatiga del hombre, el desconcierto de los chiquillos. Pero el convoy es sólo para extranjeros. El sargento británico que conduce nuestro camión pasa de largo —"tengo órdenes", dice impasible—, negándose a detenerse aunque Aglae lo insulta en español, en griego y en inglés. Los demás nos callamos: estamos cansados y queremos llegar y transmitir de una maldita vez. Y mientras Emilio Polo saca medio cuerpo fuera del camión y filma la escena, yo sigo mirando el grupo familiar que se queda atrás en las afueras del pueblo incendiado. Entonces el niño del oso de peluche levanta el puño y escupe hacia el convoy que se aleja por la carretera.

Ni siquiera los mencioné en la crónica que aquella noche transmití para el diario 'Pueblo'. Conservo el recorte de esa página y sé que no lo hice. Aquellas seis pobres vidas no tenían la menor importancia en la magnitud del desastre y de la guerra. Ahora, si sobrevivió, ese chiquillo tendrá cuarenta años. Y me pregunto si todavía nos recordará con tanto desprecio como yo los recuerdo.

El Semanal, 29 de julio de 2001

08 abril 2001

405 - El comandante Labajos


XL Semanal, 8 de abril de 2001

El otro día encontré su nombre por casualidad, en un reportaje sobre el intento de volar el parador nacional de El Aaiún, en 1975, cuando los marroquíes entraron en el Sáhara. A un militar español se le fue la olla y quiso cepillarse al estado mayor del general Dlimi un importante hijo de puta, dicho sea de paso, y otro militar español, un comandante de la Territorial, fue al parador, desmontó la bomba y le dijo al dinamitero que como volviera a jugar a terroristas le daba de hostias. Ese comandante de la Territorial se llamaba Fernando Labajos, había pasado la vida en África con la Legión y con tropas indígenas, y era duro de verdad. Flaco, moreno, la cara llena de cicatrices y mostacho negro. No de esos duros de discoteca que van por ahí marcando cuero y posturitas, sino duro de cojones. Además era mi amigo. Lo era tanto que cuando escribí aquella gamberrada histórica titulada 'La sombra del águila', lo reencarné en el concienzudo capitán García, del 326 de Línea. Y le dediqué el librito, a él y a un saharaui que estuvo bajo sus órdenes antes de unirse al Polisario y morir peleando en Uad Ashram: el cabo Belali uld Marahbi. Ahora también Fernando Labajos está muerto. Y aunque tenía los tres huevos fritos de coronel en la bocamanga cuando dejó de fumar, yo siempre me refiero a él como el comandante Labajos. Así lo conocí, y así lo recuerdo.

Hay cosas de mi larga relación sahariana con el comandante Labajos que no contaré nunca, ni siquiera ahora que a él ya le da lo mismo. Resumiré diciendo que era de esos tipos testarudos y valientes que lo mismo aparecen en los libros de Historia con monumentos en la plaza de su pueblo, que se enfrentan a un consejo de guerra, se comen una cadena perpetua o son fusilados en los fosos de un castillo. También tenía sus lados oscuros, como todo el mundo. Y el hígado hecho polvo, porque era capaz de echarse al cuerpo cualquier matarratas. Muchos de sus subordinados no lo querían, pero todos lo respetaban. Yo lo quería y lo respetaba, entre otras cosas porque me cobijó en su cuartel cuando llegué al Sáhara de corresponsal con veintitrés años y cara de crío, porque me hizo favores que le devolví cuando se jugó la piel y la carrera, y sobre todo porque una noche que los marroquíes atacaron Tah, en la frontera norte, y el general gobernador prohibió ir en socorro de los doce territoriales nativos de la guarnición para no irritar a Rabat ya saben: esa digna firmeza española de toda la vida, Fernando Labajos desobedeció las órdenes y organizó un contraataque. Para que quedase constancia de sus motivos si algo salía mal, me llevó con él en su Land Rover, a modo de testigo; y nunca olvidé aquellos setenta y cinco kilómetros rodando de noche hacia la frontera, los territoriales españoles y nativos embozados en sus turbantes en los coches, entre nubes de polvo, con el general histérico por la radio ordenando que la columna se volviese y Fernando Labajos respondiendo sólo con lacónicos «sin novedad», hasta que se hartó y apagó la puta radio, y a la vuelta no lo encerraron para toda la vida en un castillo de puro milagro, o tal vez porque había un periodista de testigo.

Ya he dicho que está muerto. De coronel, pues no quisieron ascenderlo a general. Muerto como lo está el cabo Belali, que aquella noche era uno de los doce nativos cercados en Tah. Como lo están el teniente coronel López Huerta, el teniente de nómadas Rex Regúlez y algunos otros que marcaron mi juventud y mis recuerdos. Muertos como el joven y apuesto Sergio Zamorano, el reportero Miguel Gil Moreno, el guerrillero Kibreab, el croata Grüber y algunos más parece mentira la de amigos que llevo enterrados ya. Qué cosas. Uno lleva todo eso consigo sin elegir llevarlo. Simplemente porque forma parte de su vida; y a veces se encuentra, sin proponérselo, dialogando con sus fantasmas ante una foto, una botella de algo, un recuerdo inesperado. Nostalgia, supongo. A fin de cuentas, somos lo que recordamos. "Siempre hay uno que sobrevive para contarlo", decía el torero Luis Miguel Dominguín. Y un día, callado o ante otros, recuerdas. Lo cierto es que, aunque han transcurrido por lo menos quince años, el comandante Labajos es una de esas sombras más queridas. No sé si en los cuatrocientos cuatro artículos que llevo tecleados en esta página lo mencioné alguna vez. Pero al ver su nombre en el periódico, con la firma de otro, me he sentido extraño. Incómodo. Como si alguien hurgara en algo que me pertenece.

La última vez que lo vi acababa de casarse su hija. Él era el padrino. La boda era en Málaga, y yo fui a verlo al banquete de boda. Estaba con uniforme de gala y todas sus medallas, dejó plantados a los novios y los invitados y nos fuimos al bar a emborracharnos, hasta que vinieron a buscarlo. Ya les he dicho antes que era mi amigo.

09 junio 2000

"Yo no soy un artista, soy un tío que cuenta historias"


Entrevista de Fernando Santullo Barrio - Insomnia (Posdata) - 09/06/2000

Para quienes siguen las historias del Capitán Alatriste o leyeron 'La Tabla de Flandes', 'La carta esférica' no debe de ser una completa novedad, aunque sí una sorpresa mediana. Después de años de declarar su amor por el mar y las historias de piratas y luego de amagar varias veces a escribir una novela digamos “marina”, Arturo Pérez-Reverte cumplió su palabra y se despachó con más de quinientas páginas de tempestades, tesoros en barcos hundidos, mujeres misteriosas y marineros honrados que se sienten incómodos nada más tocar tierra.

Coy es el protagonista de ‘La carta esférica’, un marino español nacido en Cartagena (como el propio Pérez-Reverte) que se encuentra en tierra, suspendido de su permiso de navegación por haber encallado un mercante sobre un banco en el Mediterráneo. En realidad no fue su culpa, sino la de un capitán viejo y algo descuidado, pero, ya se sabe, los héroes de hoy casi siempre deben empezar perdiendo.

La historia en sí es llana: el marinero conoce a una mujer bella y misteriosa que, como él, se interesa por las cosas del mar. Aparecen en escena también un par de personajes más o menos siniestros y terminan todos enredados en la búsqueda de un hipotético barco hundido hace ya varios siglos que perteneciera a la Compañía de Jesús. Por supuesto, más allá de todos los elementos comunes y obvios de una historia de aventuras, Pérez-Reverte ofrece una actualización más que convincente de todos esos tópicos. Así, la mujer misteriosa no es una princesa persa en el exilio sino una funcionaria del Museo Naval de Madrid, los piratas no usan parche ni loro ni pata de palo. Son propietarios de una empresa absolutamente legal que rescata barcos hundidos y tienen su sede en Gibraltar. Tan actualizada es la historia que uno de los matones del dueño es marroquí y el otro un argentino ex torturador de la ESMA.

Lejos del modelo de simplicidad de carácter de los personajes de la novela de aventuras tradicional, los hombres y mujeres de Pérez-Reverte son densos y realistas, algunos más que otros. Como Hitchcock, el escritor cartaginés [sic] sabe que una buena galería de personajes secundarios es lo que aporta la sal a una historia y a eso se dedica, a construir sólidos personajes secundarios, descritos con pequeños detalles que hablan rápidamente de sí mismos. Muy ilustrativa resulta la frase del “jefe de los piratas” cuando, en medio de una situación violenta, señala: “que Horacio le esté apuntando con un arma no le da a usted derecho a insultarlo”. Menos afortunado es Pérez-Reverte con su personaje femenino, quien más allá de cierta tosquedad bien construida, se queda corto en lo que a su vuelo poético refiere. Es decir, no hay mucho en ella como para que Coy, el marinero honesto, éste sí bien delineado, quede prendado de ella hasta el punto en que queda prendado.

La técnica de Pérez-Reverte es depurada, y es muy preciso a la hora de armar situaciones y darles contenido histórico. Lo logra sin ser excesivamente didáctico, incorporando los elementos histórico-científicos que necesita el libro sin dinamitar la historia, sin alterar su fluidez. Es claro que, como apunta en la entrevista, sus libros necesitan tanto de esa etapa de investigación previa como de la disciplina que los vuelve libros complejos y a la vez sumamente ágiles.

Si lo de Pérez-Reverte es literatura con mayúscula o si sus entrevistas merecen ser tapa de algún suplemento cultural o una simple nota, es algo en lo que sus millones de lectores no parecen pensar muy a menudo. Tampoco él, a quien lo que parece importarle es seguir encontrando la vuelta para que la aventura siga siendo aventura y las historias se sigan contando “como siempre se han contado”. Y si esto parece poco, recomiendo leer ‘La carta esférica’ para ver que no, que en realidad es mucho. Y muy bueno. 

Arturo Pérez-Reverte espera de pie junto a la puerta de su habitación del Radisson Victoria Plaza. Sus lentes de armazón delgada le dan a su rostro ancho una expresión más atenta de la que tiene cuando se los quita. De complexión fuerte y estatura mediana, a sus 48 años el escritor cartaginés [sic] es la cabeza del "boom" editorial español más importante de los últimos años. Y si bien esto le ha asegurado un seguro future económico, también le ha provocado diversos dolores de cabeza, sobre todo ante una crítica siempre bien dispuesta a asociar éxito con mala literatura, ventas con oportunismo, precisamente la misma clase de crítica que pide que se separen los "best sellers" del resto de los libros a la hora de analizarlos. Sin embargo, el propio Pérez-Reverte se ofende si a alguien se le ocurre comparar su obra con la de los escritores de "best sellers". No es menos cierto que el ex periodista de guerra no tiene empachos en afirmar que lo suyo no es arte sino oficio y que quien le importa es el lector, ya que él mismo es, antes que nada, un lector. Desmenuzando diversos aspectos de su más reciente novela, 'La carta esférica', dando palo a los "gilipollas” que lo ponen en la misma bolsa que Stephen King y contextualizando una obra que ha vendido millones de ejemplares en una tradición de miles de años, Arturo Pérez-Reverte se muestra con la misma franqueza y simplicidad que desbordan sus personajes.

-En una novela clásica de aventuras se sabe que en algún momento va a aparecer una mujer. En 'La carta esférica, sin embargo, (...)to parece estar más en los posibles (...) del personaje femenino que en los (...) clásicos de género.

-Es que de eso se trata, de jugar con los tópicos, con los elementos. En realidad todo está contado ya varias veces, y por eso se trata de utilizar los mecanismos narrativos de la aventura de toda la vida, inclusive los tópicos del género, y darles una lectura diferente, decir "esto todavía vale". Si todo esto lo cogemos, lo limpiamos, le damos vuelta, conectamos una cosa con la otra, todavía vale v nos permite hacer (...) diferentes de los temas que se trataron. Lo que demuestra que, así como la aventura aún es posible, también es posible escribir novelas sobre esa aventura.

-Lo que no es equivalente a usar el formato, por ejemplo de la aventura, para otros fines.

-'La carta esférica' es una novela muy complicada, en apariencia sencilla pero complicada por eso. Utilizamos una serie de elementos tradicionales: un chico, una chica, un tesoro y un barco hundido. Y luego en torno a eso montamos una historia mucho más compleja, sobre relaciones humanas, de soledades, de miedos, de angustia, de desesperanza, de cansancio, de horror. Y sin embargo, todo eso fluye de una manera limpia, debido a que tiene una estructura muy tradicional.

-Ni siquiera el personaje más siniestro es absolutamente malvado, cosa que sí ocurría con la Aventura tradicional.

-En mis novelas eso ocurre siempre. Yo fui reportero de guerra, pasé veintiún años en países en guerra. Conocí torturadores, asesinos, en Sarajevo viví tres años y conocí un montón de gente horrible. Y ahí aprendí que todo el mundo tiene motivos para hacer lo que hace, que todo hijo de puta, por muy hijo de puta que sea, tiene algo que explica, no digo que lo justifique o que lo limpie, pero sí que explica por qué es un hijo de puta. Y a la hora de hacer una novela, es muy interesante explorar esos mecanismos interiors de los personajes, y eso es algo que todos los personajes tienen. Kiskoros es una caricatura de todos los sicarios, es el esbirro clásico. O sea, que podia haber recibido un tratamiento simplemente utilitario, pero también era tentador darle ese puntito de humanidad. Es el Peter Lorre de 'El Halcón Maltés', el sicario cutre de las películas y la literatura pero en una dimensión distinta, como cuando dice “no hable así de ella, es una dama”. El truco, el mecanismo consiste en usar los grandes temas de siempre, que ya estaban en el teatro griego clásico y, después de que has leído todo lo que se puede leer sobre cómo esos temas han ido evolucionando en la literatura en el mundo, le sumas tu mirada del mundo, montas un campo de minas, una serie de mecanismos, de trampas, en donde por un lado está el lector inocente, que va a gozar con la pasión del pathos de la historia, luego está el lector cómplice, que va a disfrutar con la estrategia de la cual tú lo haces cómplice, y finalmente estás tú mismo como lector ideal. Hay un montón de elementos. Una novela es un artefacto muy complejo, que atiende a un montón de necesidades, a un montón de públicos distintos: a quien leerá a Kiskoros como personaje plano por completo y a quien lo leerá como personaje complejo. Eso es lo hermoso y lo mágico de la literatura. Yo lo que hago es poner todo eso ahí. Lo estructuro, lo doto de vida, y que cada lector haga su lectura propia, eso ya es responsabilidad del lector. Yo sé qué he hecho y para qué lo he hecho. Una novela no es nada más que un mensaje sobre el cual el lector proyecta su propia versión de la realidad.

-Y de alguna forma se apropia de eso.

-Naturalmente se apropia de eso.

-En alguna parte leí que decías que escribías los libros que te gustaría leer.

-Yo antes que nada soy un lector, mejor dicho, soy un marino lector, que accidentalmente escribe. Mi actitud a la hora de contar una historia es ésa: que soy lector. Me planteo la historia como si estuviera leyéndola, y quizá por eso mis novelas funcionan, porque el lector descubre a un hermano. Yo no quiero descubrir la literatura, de hecho no quería ser un novelista, para mí esto es un accidente más de mi vida. Por eso quizá al leer mis novelas el lector dice: “Este es uno de los míos”. No lo sé, lo que sí sé es que no soy un artista, soy un tipo que cuenta historias de la forma más eficaz que puede, es decir, como lector.

-¿Asumís el punto de vista de un hipotético lector?

-No, ya lo tengo, que no es lo mismo. Es que yo soy lector, mi actitud es la del lector. Cualquiera de mis novelas tiene dos partes: una parte es la escritura, y otra, anterior, es la investigación; a veces dura más la parte de investigación que la de escritura. Para ‘La carta esférica’, por ejemplo, leí cosmología, astronomía, navegación antigua, moderna, cartografía, historia del siglo XVIII. Esa fase me tomó trece meses y la de escritura quince. En realidad la novela es un pretexto para leer mucho sobre esos temas. Y después sí, ponerme a escribir una especie de novela ideal sobre todo eso. Yo no soy un escritor, sino un lector. Escribir es un pretexto para jugar a leer.

-¿Definís la literatura como un oficio y no como un arte?

-Es verdad. Lo que ocurre es que se ha abusado tanto de eso... Hay tanto gilipollas hablando de arte en todo. Hay tanto diseño, tanto continente sustituyendo contenido, hay tanto cantamañanas, como decimos en España, no sé como decís aquí.

-No sé… ¿Tránsfuga?

-Eso, hay tanto gilipollas que disimula la mediocridad diciendo “no, lo que pasa es que el arte no se comprende” que me da miedo que me confundan con ellos. Por eso me gusta dejar siempre bien claro que yo no soy un artista, soy un tío que cuenta historias, un novelista que cuenta historias de la forma más eficaz que puede. El arte lo dejo para otros. Yo no tengo angustia creativa, ni dolor de la página en blanco ni traumas. No, yo soy un tipo que es feliz contando historias y si después funcionan, mejor. Y si no funcionaran, si no se vendieran, haría las mismas historias. Nunca jamás me planteé ser artista. Siempre supe que lo que quería hacer era navegar y leer, y lo seguiré haciendo cuando termine esta fase de mi vida. Yo cuento historias. Ahora, que para relatar historias haga falta talento, lucidez, es otra cosa. El impulso que me lleva a contar una historia es eso mismo, querer contar una historia, no querer cambiar la historia de la literatura en cada página.

-También hay algo de disciplina, ¿no?

-Soy tremendamente disciplinado. Cuando estaba en Sarajevo dedicaba el día entero a mandar mis crónicas. La diferencia es que ahora lo hago en otras condiciones. Y también sé que toda la fase de preparación, de documentación, de estructura, no vale para nada si uno no dedica horas y horas a que eso funcione. O sea, que a la parte mecánica se añade otra de oficio, que no es tan mecánica, y ahí está el estilo, el lenguaje… Hay que echarle horas. No es que estoy de vacaciones y paro y escribo una obra maestra. Yo por lo general necesito echarle horas y horas de trabajo. Estoy orgulloso de levantarme temprano, hacer ejercicio en el monte, o nadar si es verano, y luego trabajar ocho o nueve horas diarias. Y si me voy a navegar en mi velero, navego un mes o dos, y luego de vuelta a trabajar. Nadie me regala nada. Además, el tipo de novelas que hago sería imposible hacerlas sin disciplina. Son novelas que bajo su aparente sencillez encierran mucha complicación. Antes decía que era como montar un campo de minas y armar esa escritura minuciosa, que lleva mucha tensión, mucho trabajo. Y de todas formas nunca queda bien del todo. Cuando uno lee la prueba impresa se da cuenta de que hay cosas que podría haber hecho mejor.

-La prensa española te ha llamado “el Michael Crichton de España”. ¿Te gusta ser considerado un escritor de “best sellers”?

-Es un coñazo siempre eso. No escribo “best sellers”, mis novelas se convierten en “best sellers”, que es una cosa muy distinta. Hay que ser imbécil para que entre Grisham, Follett, King y yo haya algún punto de contacto, más allá de estar en la librería o en la lista de más vendidos. Cualquiera que lea, un lector normal, se da cuenta de que hay una diferencia. Yo soy un escritor europeo, con una tradición cultural muy definida que no se da en la narrativa anglosajona. ¿’El nombre de la rosa’ es un “best seller”? ¿Las novelas de Thomas Pynchon? Sí, pero las intenciones que hay detrás de esas obras son bien distintas.

-Has declarado que en España hay dos tipos de escritores: los que han leído y aquellos cuya formación como lectores arranca con Milan Kundera.

-Sin que tenga nada contra Kundera, es sólo un ejemplo. Podría haber dicho, no sé, Auster.

-El énfasis estaría, entonces, en conocer la propia tradición literaria.

-Claro.

-¿En qué medida resulta trasladable eso a Latinoamérica, en donde los ojos siempre están puestos en lo que ocurre en Europa y otros centros de poder?

-Para mí hay una tradición que nace en la Biblia, en la Grecia Antigua, en Roma y en el Islam, que viaja hacia Occidente, que florece en la latinidad medieval, que viaja a América en naves españolas, que vuelve en forma del mestizaje criollo, que se traduce en el barroco, que va al neoclasicismo, que va a las ideas de la Ilustración, que vuelve a América con la emigración. Esa historia que tiene miles de años, en la cual cada eslabón se apoya en el anterior, es la riquísima tradición que nos da una franja cultural común, que es donde se mueve mi literatura y mis gustos, por cierto. Y hay otra franja, que es la franja anglosajona, que está ahí, tan legítima como la nuestra, pero bien distinta, y que aunque comparte algunas cosas va, creo yo, por otros senderos. Entonces, una cosa es, como hago en mis novelas, utilizar la memoria personal y nuestro territorio cultural como base, y a la vez utilizar técnicas narrativas eficaces y apelar a la memoria audiovisual del lector, que está anglosajonizado gracias a los medios, para luego jugar con esas dos cosas para que el producto sea eficaz. Porque ya no se pueden escribir novelas como las hacían Balzac o Dumas, hay que jugar con las armas del enemigo. Yo creo que el futuro es ése. Lo que está claro es que sin memoria estamos perdidos, a merced del primero que llega. Nuestra fuerza es que nuestra cultura es europea y latinoamericana, y sin ella estamos en manos de quienes dicen que es más importante el diseño de la lata de Coca-Cola que la Coca-Cola en sí. Esa lucha solamente podemos librarla si tenemos claro que somos parte de una cadena muy larga. De la misma forma que en mis novelas la historia esta ahí para decodificar el presente y para poder entenderlo, nuestra memoria cultural esta ahí para poder defendernos. Sin eso somos huérfanos. Pero ello no implica negar la presencia de lo otro. Creo que hay que llegar a esa sabia combinación de mantener nuestra memoria, nuestra cultura, nuestra base, y al mismo tiempo utilizar los recursos de la otra tradición. Eso son mis novelas.

-¿Hay una intención explícita de rescatar esa tradición cultural propia? Lo digo porque la serie de Alatriste no me parece casual.

-Y no lo es, para nada. Yo soy europeo. Cuando mis novelas están en Estados Unidos y dicen “el escritor Pérez-Reverte es muy europeo”, a mí me encanta, y además creo que es verdad: me siento europeo en el sentido cultural, que en definitiva es la única patria de verdad que existe. Cuando vengo a Uruguay, Argentina o México no me siento extranjero: estoy recorriendo el patio de mis vecinos, que también es el mío propio. Y creo que ésa es una batalla que estamos perdiendo, nos están desmantelando esa tradición. En ese sentido, mis novelas son también una forma de dejar asentada parte de esa tradición. Porque todavía hay barricadas, hay trincheras, hay iglesias barrocas que defender en Sevilla, libros por los que luchar, incluso matar, hay cosas que debemos conservar si no queremos ser una papilla homogeneizada, pasteurizada y americanizada, en el sentido negativo del término. Alatriste y todas mis novelas son un intento por conservar esa memoria. Pero al mismo tiempo dotándolas de todos aquellos elementos que las hacen atractivas. Es decir, los temas frieron siempre los mismos, es el hombre quien los ha ido actualizando, adaptándolos a los tiempos que está viviendo. Nadie inventa ya nada en literatura ni en cine, ya está todo inventado; yo lo que hago es adecuar esos temas a mi tiempo. Uso los estereotipos, los tópicos, ese bagaje cultural y hablo de cosas de hoy, de hombres de hoy. Y por supuesto, lo hago divirtiéndome muchísimo.

-Sobre el uso de los recursos, a la vez que retomas esa tradición cultural digamos “seria”, estás citando elementos de la cultura popular. En ‘La carta esférica’ aparece ‘El tesoro de Rackham el Rojo’, por ejemplo.

-Es que además de ser “homo faber” y “homo sapiens” soy “homo ludens”. Me gusta jugar, y jugar me parece una actividad muy digna. El que rehúsa a jugar está muerto. Yo crecí con esos libros, con esos cómics. Es un placer hablar de Tintín o de Corto Maltés. Todo eso es parte de mi memoria, y no tengo por qué negarlo. Imagínate un escritor que hablara sólo de Proust y negase a Agatha Christie o a Sherlock Holmes. ¿Por qué negarlo si forma parte de su memoria? Pero somos tan estúpidos que para que no se piense que somos poco cultos fingimos que sólo leemos a Proust. Yo leo a Proust, pero también disfruto yendo a buscar tesoros y a cazar ballenas. Cualquier libro leído a los diez, a los quince o a los cuarenta es un libro diferente. La cultura está viva en la medida en que la vamos reciclando. Y cuando uno sabe mirar y tiene lucidez, descubre que la aventura puede vivir en una mujer, en unos ojos, en una cámara, en un amigo, en un viaje, en cualquier parte. Y los que no han olvidado a Tintín, a los piratas, a Corto Maltés, son los que pueden contar esas historias.

-A pesar de que citas muchos autores de los llamados “juveniles”, Salgari nunca aparece como una referencia.

-No sé por qué, pero Salgari no dejó en mí huella, salvo ‘El Corsario Negro’, que lo leí con más placer que otros de sus libros. Lo mismo me pasa con Julio Verne, de quien también leí mucho pero no me marcó. Prefería a Dumas, a Sabatini, a Salgari no. Leí Salgari de muy niño, Sandokán y esas historias, y muy pronto me pareció muy primitivo. A los diez años ya había leído a Stendhal, a Galdós, y Salgari me dejó de gustar muy pronto. Sólo ‘El Corsario Negro’.

-Tu intención es, de alguna forma, retomar el formato clásico de la novela.

-Canónico.

-Sí, un formato que cuando comenzaste a escribir pocos usaban en España en ese momento. ¿No es lo mismo que le había ocurrido a Vázquez Montalbán a comienzos de los setenta, cuando escribe ‘Tatuaje’ como resultado de una apuesta sobre si se podía escribir una novela clásica y dotarla de vigencia en el presente de entonces?

-Y Vázquez Montalbán tenía razón. En España, a fines de los setenta y comienzos de los ochenta, estaba de moda una tendencia narrativa que negaba el pasado, esnob y gilipollas, que decía que la novela había muerto, que sólo se podían escribir novelas sobre la imposibilidad de escribir una novela, la deconstrucción y, en fin, novelas para los amigos, para los críticos, para que todos digan “oh, qué importante es esto”, que poco tiene que ver con la literatura. Negaban a Galdós, negaban todo, no había mucho que hacer, la literatura había muerto. Muy poca gente se mantuvo fiel a la novela, muy pocos se atrevieron a oponerse a eso, a la crítica que reclama novelas para la élite cultural, confirmando esa especie de endogamia onanista que tienen las élites culturales en todas partes. Y por supuesto, el lector desertó. Eso no había Cristo que lo leyera. Las ventas cayeron en picado. Pero hubo gente que se mantuvo fiel a la novela canónica, como Mendoza, Vázquez Montalbán, Torrente Ballester, Juan Marsé, que en su momento fueron denostados. Y después llegó otra generación, yo entre ellos, haciendo otra vez historias como siempre se contaron. Y demostramos que teníamos razón, que el lector quiere leer historias y que ese otro tipo de literatura fue una especie de paréntesis artificial, en el cual daba igual lo que contaras y lo que importaba era la escultura léxica, el lenguaje narrativo. Eso ya pasó, pero quedó como una mancha oscura en la historia de la narrativa española.

-El lector sabe identificar cuándo algo tiene densidad, independientemente del formato que se le presente. 

-Claro. Para algunos la literatura debe ser profunda, aburrida y elitista, la que divierte no es literatura. Y en realidad la literatura es las dos cosas: debe ser profunda y divertida. El peor pecado de la literatura es ser aburrida y superficial. Hubo gente que entendió que era eso, pero el lector se dio cuenta. Si un libro llega a vender millones en un año por algo será, no porque haya millones de idiotas.

-Pero alguien podría decir que Stephen King también vende millones. Digo King por decir un nombre. A mí me gusta Stephen King.

-Sí, es cierto, pero si alguien dice que lo que yo escribo y lo que escribe King es lo mismo, me cago en su puta madre. No lo digo por ti [risas], es si alguien dice “porque Stephen King y usted...”. King y yo no tenemos nada que ver, salvo que estamos en la misma librería juntos.

-Y que muy probablemente comparten lectores.

-Es que el error es creer que el lector lee solo una cosa. Hoy puede estar leyendo a King, mañana a Pynchon y luego a Amis. El lector lee muchas cosas, el lector es el crisol. La literatura aislada  no existe, no vale nada, es sólo papel y tinta. Solo cuando el lector la lee, la combina con otras lecturas, con películas, con experiencias personales, es cuando existe en realidad. Es una presunción terrible la del escritor que piensa que él hace algo trascendente en sí mismo. Sin un lector él no es nadie. Por eso quien desprecia al lector es un soplapollas importante, porque justamente es el lector el que convierte su actividad en literatura. Quien combina Tintín, Agatha Christie, Conan Doyle, Dostoyevski, Tolstoi, Cervantes, es el lector, y todo eso junto es literatura. Cuando alguien me dice “pero es que tanto usted como Kundera venden mucho”, yo le digo: “Me cago en tu puta madre, no has entendido nada”. Se trata de autores bien distintos, y es el lector quien los combina.

-En una entrevista te señalaban como autor políticamente incorrecto.

-Eso es una estupidez. Te voy a dar un ejemplo de Patrick O’Brian, que me encanta. Como es inglés, desprecia a los latinos. Nos considera sucios, fanáticos, crueles y estúpidos. Yo tengo una cultura que me dice que eso no es cierto y descarto ese aspecto de sus libros. No me importa, lo que importa es lo que me está contando y cómo me lo está contando. Ya sabré yo separar una cosa de otra. El lector es quien debe poseer esos elementos. Por eso es terrible que se esté creando gente analfabeta.

-¿En qué sentido?

-Estamos privando a la gente de esa capacidad de discernir, privándola de aquellos elementos de conocimiento que no estén vinculado al presente. Y si no se conoce la propia tradición terminas creyendo a O’Brian. En cierta versión cada vez más popular de la historia, los latinos traficaban con negros y saqueamos América por fanatismo y por ambición; los anglosajones, en cambio, venían a traer el progreso, la libertad y la justicia. Esa es una lectura que se hace actualmente, de un analfabetismo cultural que nos deja en manos de quienes tienen el poder de difundir y manipular su versión de los hechos.

-En alguna parte te preguntaban si eras un animal político, y contestabas que dependía de si era en el sentido griego o en el sentido actual.

-Sí, y decía que en el sentido griego quizá, no en el actual.

-A ver, explícame un poquito eso.

-Ya no me jodas [risas].

01 marzo 2000

Cartagena en 'La carta esférica'


Documental de Telecartagena de marzo de 2000, dentro del programa 'Cartagena Cultural', dedicado a "Cartagena en La carta esférica", con Arturo Pérez-Reverte, Carlos de la Rocha y Paco "el Piloto".

https://www.youtube.com/watch?v=eOlbKlcGyyI