13 octubre 2024

Reseñas sobre 'La isla de la Mujer Dormida'

Arturo, el imparable

José Carlos Llop - Diario de Mallorca - 13/10/2024

Cuando hace unos meses nombraron a Pérez-Reverte cónsul de Sildavia, le escribí en mi condición de cónsul del Reino de Redonda -donde Arturo es Duke of Corso- anunciándole que como siguiera así, a sus amigos no nos quedaría más remedio que hacernos agentes de Borduria. Que ya estaba bien de acaparar méritos y dejara algo para los demás. Por supuesto no me contestó, no fuera a facilitarme algún dato sildavo que yo pudiera usar contra el rey Muskar, desde mi hipotética condición borduria, ya envuelto en una gabardina gris y tocado con sombrerito de ala corta. Acababa de leer en pruebas su última novela, 'La isla de la Mujer Dormida', y mientras lo hacía (el libro es estupendo) me acordé de una conversación de verano —hará unos diez años: él estaba acabando de escribir 'Falcó'— en la que me dijo que ahora debía escribir las novelas que estaba obligado a escribir antes de irse, las que tenía ganas. Y ese "irse" era un eufemismo, no el de Lola Flores. La relación entre la muerte y la escritura —o la muerte y la literatura— es una clave de bóveda de la segunda. En cuanto a las ganas, yo creo que siempre son la verdadera clave: aunque un escritor presuma de oficio o se tilde de profesional —y Pérez-Reverte lo es y lo proclama a los cuatro vientos—, o está la llamada del arte detrás, es decir, las ganas, o poco queda después. Desde aquel día cuento diez novelas más sobre las que ya tenía y a este ritmo, las que quedan aún para felicidad de sus lectores.

Pero he dicho que no me contestó, y me equivoco, porque lo hizo. Tarde, pero lo hizo. Al publicarse la semana pasada la novela mencionada, ha sido tal el despliegue en los medios —con viaje a la isla de Agistri, en el Egeo, incluido— que no he tenido más remedio que interpretarlo como un mensaje secreto: "Aquí está mi Armada, y ojo con el que se desmande". Y para más inri, también con munición antigua: ahora mismo tengo ante mí 'Le Figaro' del jueves pasado y en portada está su fotografía llamando a un artículo del interior en el que se dicen maravillas no de 'La isla de la Mujer Dormida', —que ya se dirán, porque aún es mejor— sino de 'El italiano', su antepenúltima, recién publicada en Francia, donde es el único escritor no francés de la Asociación de Escritores de La Marina. 

En 'La isla de la Mujer Dormida' hay una torpedera alemana de último modelo, pilotada por unos mercenarios al mando de un marino español con la misión de hacer saltar por los aires los mercantes rusos, o republicanos, que naveguen por el Egeo en dirección a Valencia o a Barcelona para aprovisionar de armamento a los ejércitos de la República. O sea que la época y la atmósfera enlazan con la trilogía del agente Falcó y las islas griegas con 'El problema final'. La escasa o nula relación con la moral —¿existe la moral durante una guerra?— también enlaza con 'Falcó'. Del argumento no contaré más; ya lo leerán. Pero sí diré que su protagonista es el clásico héroe revertiano —con rasgos que a veces se confunden con los del escritor (por lo de navegante y con aventuras a sus espaldas lo digo)— que viene de muy lejos y deja que el fatalismo del destino lo lleve adonde sea menester, siempre que no le falte al respeto. La derrota en él —o su aura— no tiene que ver con el fracaso sino con el factor humano y así ha de asumirse.

Pero en los libros de Pérez-Reverte es muy importante el "dramatis personae", porque ahí se nota lo que disfruta el autor en su escritura. Casi tanto como con esa documentación previa que siempre esgrime como bandera. Casi tanto como cuando le pone título a la novela: lo imaginamos sonriendo satisfecho cuando lo ha atrapado. Casi tanto como al tramar las escenas de combate. Hay un personaje —un barón arruinado y crápula hasta que se le acabó el dinero— que vive encerrado en la casona de su isla privada, donde ejerce de fin de raza y que parece salido del mundo de ayer o de un pasaje de Márai, Roth o Zweig. Hay una mujer condenada a una vida que no es la que deseaba para sí y una historia de amor, o deseo, con ella, y que es uno de los grandes personajes secundarios de la novela. Y hay una tripulación de cínicos valientes que navegan en la torpedera desafiando a la muerte, como si estuvieran en casa. A tener en cuenta al radiotelegrafista, un inglés que recita fragmentos de Shakespeare, con un físico entre Michael Caine y Peter O’Toole y salidas que parecen del profesor Tornasol. Hay cine americano de los 40 y los 50 —no sólo bélico—, y ya callo, repitiendo que la novela no deja que te separes de ella hasta que la acabas.

Bien; hemos empezado con Sildavia y como uno es fiel a sus orígenes, veo que me corresponderán labores de contraespionaje, no separarme de la gabardina gris, ponerme gafas oscuras y comprarme algunos adminículos en la Tienda del Espía, que tan de moda vuelve a estar. En fin, que tiemble Borduria, que no sabe que han contratado a un agente doble. Espero que el cónsul de Sildavia en Cartagena no se entere hasta que acabe todo y el rey Muskar pueda liberar al pueblo bordurio de la temible tiranía de Plekszy-Gladz, algo mermada, eso sí, por la última visita de La Castafiore, esa gran diva del bel canto. Quizá entonces nombren a Pérez-Reverte embajador en Szohôd. De momento, lean 'La isla de la Mujer Dormida'.

Mar, guerra y amor, Reverte en estado puro

José María de Loma - La Opinión de Málaga - 13/10/2024

La parroquia de perezrevertianos está de enhorabuena. Ha llegado un nuevo chute. Una novela de aventuras. Pura. Nada de experimentos. Alta literatura de acción que mezcla guerra, pasiones, anhelos y esa pregunta de fondo que puede hacerse el lector: cómo es la vida cotidiana, la intrahistoria de toda esa gente que asiste al derrumbamiento del mundo. O de un cierto orden, al menos. Personajes que en el fondo tratan de vivir sus vidas conteniendo la respiración antes de que todo se derrumbe. En esta ocasión, personajes involucrados en la Guerra Civil y barruntando la que se avecinaba en la vieja Europa. Y en el mundo.

El libro que nos ocupa llega después le ha cogido gusto al ritmo de una obra al año de ‘El problema final’ (2023), que era un delicioso homenaje a las novelas detectivescas clásicas, con un misterio de habitación cerrada. Nada de novela negra al uso y en boga, nada de horribles formas de matar y cadáveres descuartizados y detectives con problemas sentimentales y de botella. Algo más elegante, jugueteando con la inteligencia del lector y dejándole pistas. Más a lo Simenon. Pero ahora, en ‘La isla de la Mujer Dormida’, retoma sus fueros.

Estamos en 1937. Miguel Jordán Kyriazis, marino español de madre griega, es enviado por el bando franquista a la zona del Egeo para que reclute una tripulación y ataque a los barcos que desde Rusia, cargados de armas, se dirigen a España para auxiliar a la República. El barco que habrá de capitanear toma como base una minúscula isla, que en su día fue prisión, propiedad del barón Katelios, que junto a su mujer y los criados son los únicos que la habitan en una cómoda mansión. La esposa de Katelios, aristocrático, dandy, mundano, un poco de vuelta de casi todo, es Lena («tiene pies de puta» piensa a menudo su marido de ella). Una mujer interesante, misteriosa, elegante, atractiva, rusa, que abjura del bolchevismo. El triángulo está servido.

El marido deja pero no deja, ella es sinuosa, Jordán es cauto, seco, parco, rudo y con un físico imponente que pareciera un vikingo. Tiene en España mujer y un hijo en lo que fue un matrimonio «accidentado y poco feliz». Un tipo que nunca lamenta soltar amarras. Todo lo contrario. Alguien para quien la vida a bordo no supone un recurso y sí una solución. Y sin embargo, «no es un hombre de acción», por mucho que a los catorce años ya estuviera embarcado en un bacaladero en Terranova. Jordán es la clave de bóveda de la narración. Con muchos satélites. Tiene 34 años, lo que la crítica ha interpretado como un guiño a esa leyenda alejandromagnesca sobre la edad a la que mueren los héroes: 33.

Por la trama desfilan personajes variados, un muestrario humano que ríete tú de 'El Equipo A', aquella mítica serie, siendo el más fascinante Beaumont, uno de los enrolados, un hombre que ya solo bebe cerveza y que habla como si estuviera declamando teatro clásico. Se expresa a base de sentencias solemnes pero a la vez con una pátina de comicidad. Le dan los buenos días y contesta con una sentencia histórica sobre el futuro, tal vez improvisada por él mismo. Muy metáforica es la pareja que forman Pepe Ordovás y Santiago Loncar. Agentes. Uno trabaja para los sublevados y otro para los republicanos. En Estambul se dedican a espiar, a interceptar operaciones del enemigo pero también a mantener una amistad que en España sería imposible. Juegan al ajedrez, cenan jugosas albóndigas, fuman buenos cigarros, pasean y se gastan bromas a cuenta de las batallas que suceden en España; se van juntos a los cabarés y mantienen viva esa llama de fraternidad entre españoles de distinta ideología que el odio y la sinrazón ha hecho imposible en su patria. Se las tendrán tiesas a veces, claro. No falta el agente soviético, experto en apretar tuercas. Taimado. Amable si quiere. Hay dos mujeres: Acracia y Libertad. Hijas de un anarquista, claro.

La novela se lee con placer, con la acción bien dosificada y el texto está plagado de marinerías, de términos náuticos y bélicos. Reverte retoma la Guerra Civil que ya abordó en la serie Falcó, con tres novelas dedicadas a este agente sin escrúpulos que se vio involucrado, en la primera entrega, en una trama para liberar a José Antonio de prisión y que también tenía como personaje a una mujer del orbe soviético, Eva. También en 'Línea de fuego' nos habló de la contienda, centrado en la batalla del Ebro y más y que lo situó en el podio del realismo.

En ‘La isla de la Mujer Dormida’, Reverte maneja con tino la documentación histórica. Ésta no aplasta el relato, como sucede tantas veces en novelas historicistas o ambientadas en el pasado. Tampoco la acción, siempre a un punto de ser trepidante, estorba al lector más intelectual: los diálogos son oportunos. No falta ese deje de macarrismo en algunos de los personajes, un carácter testosterónico tan querido por el autor. El lector se ve envuelto en una atmósfera creíble y es de agradecer que la Guerra Civil se trata desde otro ángulo. O desde otra visión. Sin maniqueismos ni equidistancias que falsean la historia aunque sí con un regusto de que somos un pueblo de cabestros por igual siempre dispuestos a destrozarnos. Todos culpables. La Guerra Civil es nuestro "western". La fuente más inagotable de historias y argumentos. Solo los más desganados y amantes del tópico pueden gritar aquello de "¡otra película sobre la Guerra Civil!", si bien nadie ha dicho aún "¡otra novela sobre la Guerra Civil!". Nos queda mucho por conocer de ella. 

En este sentido el propio Reverte hay que ir pensando en otro mote que el de "Dumas español", que va quedando corto afirma que «mar, amor y guerra» son su vida y pasión, su devenir. No hay moralina. De hecho, ha recalcado en la gira de promoción, en más de una entrevista, que ningún hecho histórico soporta la mirada actual, de la actual moral, quiere decir. Esperemos que a Reverte le queden muchas más cosas que contar, aunque va advirtiendo de que «hemos chocado ya con el Titanic» y aunque la música sigue sonando y pensamos que todo está bien a bordo, no es así. «La cubierta se hunde cada vez más». Es un poco apocalíptico sin dejar de ser marinero. Hay quien debería nacer con un número de metáforas náuticas que emplear y no pasarse nunca y hay quién las está empleando toda la vida y continúa cautivando.

‘La isla de la mujer dormida’ es un historión con otro gran protagonista que no se nos ha de olvidar citar: el Mediterráneo. El mar nuestro de cada día. Cuna de civilizaciones, dice el eslogan. Tumba, también.

https://www.laopiniondemalaga.es/libros/2024/10/13/mar-guerra-amor-reverte-puro-109227919.html

La delicadeza secreta de Arturo Pérez-Reverte

Luis Alemany - La Lectura (El Mundo) - 15/10/2024

Hay una especie de tensión o de juego de disfraces o de equívoco misterioso, o quizá haya alguna manera mejor de llamarlo, pero en cualquier caso, hay algo fascinante que une y separa a las novelas de Arturo Pérez-Reverte con la forma en que se presenta al público Arturo Pérez-Reverte (Cartagena, 1951). En resumen: cuanto más errolflynnesco es el personaje APR, más sorprendente y conmovedor es descubrir que lo que merece la pena de sus novelas es una delicadeza casi secreta. Cuanto más quevedesco es el humor del académico y periodista, más cervantinos son muchos de los personajes de sus novelas. Cuanto más abrumador es el despliegue de conocimientos concretos en sus textos (cosas como el funcionamiento de un equipo de radioperadores en los años 30, la diferencia entre un torpedo italiano y uno alemán...), más evidente es que lo que de verdad importa es algo indecible y profundamente humano, mucho más melancólico que triunfante. ¿Será consciente Pérez-Reverte de esa paradoja?

'La isla de la Mujer Dormida' es, quizá, el libro en el que menos secreto es ese secreto, hasta el punto de que dan ganas de emparentar a Pérez-Reverte con la tradición de los novelistas que en cada libro escriben una variación, una ampliación o, simplemente, una continuación de la única historia que quieren contar. Visto desde lejos, Pérez-Reverte parece lo contrario de Patrick Modiano o de nuestro Francisco Umbral. Visto desde lejos parece un devorador de combates, de paisajes y de amantes novelescas. Pero, en la esencia, el conflicto moral que plantea 'La isla de la Mujer Dormida' es la misma que la de 'El italiano' (Alfaguara, 2022), por poner un ejemplo obvio: el héroe equívoco, la causa probablemente equivocada, el miedo como horizonte inevitable, el aplomo como un bien moral, incompleto pero al menos cierto... En eso, básicamente, consisten esta novela y la obra de Pérez-Reverte.

Una síntesis: en 1938, en un paisaje levantino, un poco 'Cuarteto de Alejandría', un poco Patrick Leigh Fermor, el ejército franquista ordena a un marino mercante español, apenas cualificado como militar, que se convierta en su corsario y que actúe en el Egeo con el fin de sabotear el flujo de transatlánticos y cargueros con el que la URSS sostiene al Gobierno de la Segunda República. Alrededor de esa misión clandestina se despliegan espías socarrones, mercenarios albaneses, filósofos derrotados, prostitutas vestidas de negro, modelos cocainómanas...

Miguel Jordán, el capitán de esa dudosa tropa, no es un héroe hecho para complacer. No es culto, tiende a autoritario y sus atisbos de compasión son limitados, por lo menos en principio. No es encantador y atormentado al estilo de 'Lord Jim', sino severo y coriáceo como Spencer Tracy. Su bandera es la de un alzamiento hacia el que es escéptico y que no le va a respaldar si hay problemas. Su matrimonio es infeliz o ni siquiera eso. Pero nada de eso es del todo importante cuando llegue el momento de juzgarlo.

Una paradoja más: lo que pone la piel en esa estructura más o menos arquetípica en el género de la novela de aventuras no es su héroe sino su reparto de secundarios. Antes apareció el adjetivo "cervantino". Cervantinos (más sanchos que quijotes) son los dos espías de 'La isla de la Mujer Dormida', uno republicano y otro falangista, los dos tendentes a la autoparodia y al relativismo. No son héroes ni conducen torpederos pero se unen en una amistad heroica. Y shakespeariano es el radioperador del ejército secreto de Jordán, un inglés borrachuzo y sabio al estilo de Falstaff. Como en las tragedias de Shakespeare, la nobleza humana espera escondida detrás de cualquier figura aparentemente patética e irrelevante. 'La isla de la Mujer Dormida' es el mismo libro de cada año, un poco más complejo.

https://www.elmundo.es/la-lectura/2024/10/15/6707e683fdddfffa7d8b45af.html

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