Santos Sanz Villanueva - elespanol.com - 27/10/2026
La trama de ‘La hipótesis más peligrosa’ suena a trampantojo que remite al consabido mundo imaginario de Arturo Pérez-Reverte (Cartagena, 1951) en el que conviven aventura, acción, gusto por narrar, suspense y defensa de ciertos valores morales.
El argumento refiere un conflicto dramático. El adolescente Cal Gadea localiza en un puerto del Levante español a su padre, Asier Lerrant. Quiere exigirle cuentas por haberles dejado tirados a él, siendo niño, y a su madre, Irene. Cal acepta embarcarse con su padre en el velero Nostos y acompañarle en un viaje en que transporta una talla del siglo XV robada. La travesía recorre de extremo a extremo el Mediterráneo con varias paradas y meta en Tiro. En el itinerario encontramos intriga gansteril. No se reduce esta peripecia a una simple historia de aventuras y peligros –algunos tremendos temporales– porque el viaje da lugar a más motivos. Al minucioso relato de aprendizaje de Cal que incluye el sexo feliz. También a didácticas observaciones sobre los comportamientos humanos y el sentido de la vida. De tal modo, las correrías son la "fermosa cobertura", que dijo Santillana, de un relato cuya intención va mucho más allá del atractivo enredo.
No lo disimula Pérez-Reverte. Lo revela con palmaria claridad el permanente recurso a la etimología: el apellido del protagonista remite al errante, al hombre que viaja; el toponímico Gadea, donde el Cid hizo jurar a Alfonso VI, de origen hebreo, denota linaje noble, valentía y coraje; el nombre de la madre, helenismo que significa paz y equilibrio. Toda la onomástica está cargada de intencionalidad, clásica o reciente: hasta el rótulo del barco, voz griega que remite al esforzado viaje del héroe homérico de vuelta a la patria, o el apodo de Cal, Kowalski, tomado del famoso jefe de pingüinos de una popular serie animada.
El protagonista, Lerrant, imperturbable y misterioso, encarna la tragedia de la inmortalidad. Nada de relato inocente, pues, y todavía queda señalar la urdimbre central de la fábula. Lo anuncia el apellido de Asier, Lerrant, y lo certifica la presencia de un zapatero judío, Ashverus ben Uriel, el que negó al exhausto Mesías, camino del Gólgota, un trago de agua y por ello fue sentenciado a pasar sed "hasta el final de los días". Pérez-Reverte aborda con alguna licencia nada menos que el mito medieval del judío errante. Eso encarna Lerrant, la tragedia de la inmortalidad, insoportable condena renovada periódicamente. No debo aclarar qué pasa con el sueño de morirse, y solo señalaré que ese terrible destino se ilustra con sucesivos cambios de nombre del protagonista que generan diversos episodios en distintos momentos históricos, de la antigüedad a fechas recientes. Lo cual da lugar al otro rasgo formal básico de la novela: el viaje lineal alberga una copiosa matrioska cuyas muñecas cobijan la violencia, la maldad y el horror de la historia humana.
El judío errante ha tenido amplio tratamiento en las artes, en literatura (Borges, Sue, Joseph Roth), música (Wagner) o pintura (Doré, Chagall). Tratarlo de nuevo con originalidad implica un gran reto. Pérez-Reverte le da una dimensión inédita gracias a una confluencia de elementos. Le aporta un plus de máxima actualidad al convertirlo en fuente de algo tan pujante como los videojuegos digitales por medio de Cal, expertísimo gamer. Al acunarlo en la fascinación por el mar y el arte de navegar (habría convenido añadir un léxico náutico para los de tierra adentro). Al celebrar el poder curativo de la literatura. Y al fabricar una magnífica figura literaria, ese Lerrant mayestático, lacónico, misterioso, imperturbable y duro, aunque con un punto de ternura.
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