05 septiembre 2023

Dosier de prensa para 'El problema final'


Alfaguara - 05/09/2023

—Haría falta un policía —sugirió alguien—. Un detective.

—Tenemos uno —dijo Foxá.

Todos siguieron la dirección de su mirada.

—Eso es ridículo —protesté—. ¿Se han vuelto locos?

—Usted fue Sherlock Holmes.

—Nadie fue Sherlock Holmes. Ese detective no existió jamás. Es una invención literaria.

—Que usted encarnó de manera admirable.

—Pero fue en el cine. Nada tuvo que ver con la vida real. Sólo soy un actor.

Me contemplaban esperanzados, y lo cierto es que yo mismo empezaba a entrar en situación, como si acabaran de encender los focos y oyese el suave rumor de una cámara rodando. Aun así decidí mantenerme silencioso, cruzados los dedos bajo el mentón. No había disfrutado tanto desde que rodé 'El perro de Baskerville'.

Junio de 1960. Un temporal mantiene aisladas en la idílica isla de Utakos, frente a Corfú, a nueve personas alojadas en el pequeño hotel local. Nada hace presagiar lo que está a punto de ocurrir: Edith Mander, una discreta turista inglesa, aparece muerta en el pabellón de la playa. Lo que parece un suicidio revela indicios imperceptibles para cualquiera salvo para Hopalong Basil, un actor en decadencia que en otro tiempo encarnó en la pantalla al más célebre detective de todos los tiempos. Nadie como él, acostumbrado a aplicar en el cine las habilidades deductivas de Sherlock Holmes, puede desentrañar lo que de verdad esconde ese enigma clásico de habitación cerrada. En una isla de la que nadie puede salir y a la que nadie puede llegar, inevitablemente todos se acabarán convirtiendo en sospechosos en una fascinante novela-problema donde la literatura policial se mezcla de modo asombroso con la vida.

La escena del crimen

Una pequeña isla frente a Corfú

«Utakos era bellísima: un minúsculo paraíso de olivos, cedros, cipreses y buganvillas, con el embarcadero en forma de espigón bajo las ruinas de un antiguo fuerte veneciano, una colina espesamente arbolada que conservaba arriba los restos de un templo griego y, en una concavidad de ésta, protegido de casi todos los vientos, el hotel Auslander […], con espléndidas vistas a la costa de Albania y al relieve montañoso de Corfú, que cada mañana se recortaba en la distancia sobre el contraluz de increíbles amaneceres. Ni siquiera el temporal quitaba un ápice de belleza al paisaje, pues el intenso noroeste que agitaba el mar mantenía el cielo sin una nube, despejado, azul y luminoso».

Un temporal en el mar

«Un centro de bajas presiones se desplazaba hacia el Mediterráneo oriental e iba a inmovilizarse entre Chipre y el mar Negro. Aquello haría soplar desde el golfo de Tarento vientos de fuerza 9 a 10, infrecuentes en esa época del año, que azotaron el mar Jónico y la costa occidental de Grecia con un temporal tan violento que durante varios días quedó suspendida la navegación en torno a Corfú».

Un hotel victoriano

«La villa se construyó a principios del siglo pasado. Entre las dos guerras se convirtió en una locanda. Después mi marido la compró y empezó a rehabilitarla como residencia. Lástima que no llegase a verla terminada. […] La terraza-balcón que rodeaba tres de los cuatro lados del  edificio: un corredor común, circundado por una barandilla de hierro, en torno a las habitaciones de la primera planta —en la segunda, sin terraza, se alojaban los empleados del hotel—, cuyos espacios privados delimitaban jardineras con geranios. En cada una de las divisiones había una mesita y sillas, también de forja. […] Se oía, distante, el suave ronroneo del generador eléctrico situado junto a la terraza».

El pabellón de la playa

«El pabellón de la playa era una cabaña de madera. Los huéspedes del hotel lo utilizaban para cambiarse de ropa de baño y tener a mano hamacas, sombrillas y toallas. Contaba con una ducha y un retrete, una estantería, una mesa con una pila de revistas ilustradas —Life, Época, la griega Zephyros— y una pequeña nevera de hielo que estaba abierta y vacía. No había luz eléctrica sino un farol de queroseno. La única ventana daba al lado del hotel y la puerta se abría casi a la orilla de la playa. Por esa parte la colina no ofrecía tanto resguardo y el viento soplaba en rachas a ras del suelo, borrando toda huella».

Los sospechosos

Ormond (Hopalong) Basil

«Yo acababa de cumplir los sesenta y cinco años, y mis vértebras ya no eran lo que habían sido: la edad encoge un poco, pero conservaba la mayor parte del metro ochenta y siete de estatura, el vientre plano y el rostro anguloso y flaco que en otro tiempo habían hecho muy popular las pantallas de cine. También cierta flexibilidad de movimientos. […] Ahora yo tenía canas, pero seguía peinándome hacia atrás con raya alta, iba bien afeitado, y la chaqueta de tweed muy usada —Anderson & Sheppard, naturalmente— y la corbata de punto sobre la camisa gris me conferían un elegante desaliño. Mis ojos oscuros y vivos, un poco saltones, seguían mirando el mundo con penetrante interés. […] Del alcohol había escapado más o menos a tiempo y tenía algunos ahorros, pese a que mi carrera cinematográfica estaba muerta y enterrada. A fin de cuentas, sin contar las otras películas,  había hecho quince lucrativas historias de Sherlock Holmes. El detective al que habían visto en las pantallas no era una interpretación, sino la encarnadura física e intelectual de lo imaginado por Conan Doyle. El actor Hopalong Basil salía de puntillas y dejaba en escena al personaje: Sherlock Holmes era yo».

Paco Foxá

«Era bien parecido y no pasaba mucho de los cuarenta. Hablaba un buen inglés con acento español. Estaba moreno de sol, y el pelo negro, un poco ondulado, le daba aire de galán cinematográfico. Su aspecto era el de quien sabe perfectamente diferenciar una samba de un mambo. Se parecía mucho a un joven que por esa época empezaba a destacar en Hollywood, Cliff Robertson. Se veía confinado en Utakos casi por casualidad, al término de una aventura sentimental con desenlace poco feliz. Ella, casada, había decidido romper la relación, furiosa por su negativa a apoyarla en una separación legal de su marido. Así que dos días atrás, después de una noche de discusiones y reproches, hizo las maletas y pidió que las bajaran al ferry.

—Escribo novelas. […] Son historias baratas, policíacas y del Oeste, que se publican en España e Hispanoamérica. Ninguna, excepto un relato corto, está traducida a otras lenguas... Novela popular, figúrese, que escribo con dos seudónimos distintos: Frank Finnegan y Fox Creek —me guiñó un ojo, cómplice—».

Edith Mander y Vesper Dundas

«Viajaban juntas desde hacía tres meses: una especie de clásico grand tour que las había llevado de Montecarlo a  Venecia, y de allí a Corfú con intención de visitar Grecia durante el verano. Eran amigas desde que se conocieron en París, en una escalera del Louvre, justo delante de la Victoria de Samotracia. Dos inglesas solas en Europa, igual que en las novelas de Henry James. Y como no podía ser de otro modo, habían simpatizado en el acto».

Pietro Malerba y Najat Farjallah

«Malerba era un productor de peso en Cinecittà y en los grandes proyectos del cine y la televisión norteamericanos en Europa. […] Me abrazó con sonoras palmadas en la espalda. Muy meridional, todo, y muy propio de él. Muy italiano. Forzaba un poco el afecto, así que supuse que con mi vieja gloria pretendía impresionar a su acompañante, una señora madura pero todavía de buen ver cuyo rostro me resultaba muy familiar. […] Me quité el sombrero, besé a mano enjoyada y cumplí con los rituales de rigor. Algo extinto ya el fervor del público que la había aclamado como a una semidiosa, la célebre soprano estaba en posesión de una belleza a punto de marchitarse, aunque todavía eficaz: ojos grandes y oscuros bajo un turbante de seda, boca bien dibujada, nariz poco semítica a pesar de su origen libanés, vestimenta adecuada. Modales lánguidos acostumbrados a la admiración ajena, conscientes de sí mismos».

El doctor Karabin

«Se trataba de un turco rechoncho, con barba rizada veteada de canas, cuyo pelo demasiado caoba era un evidente peluquín postizo; director, comentó alguien, de una clínica privada en Esmirna».

Los Klemmer

«La pareja de aspecto germánico —luego supe que eran alemanes y se llamaban Hans y Renate Klemmer— pasó por mi lado para ocupar una mesa cerca de la escalinata de piedra blanca. […] Hans Klemmer era corpulento, sanguíneo, con unos ojos azul claro idénticos a los de su esposa. Una cicatriz horizontal le cruzaba la mejilla izquierda: la inequívoca marca estudiantil de las antiguas universidades alemanas. Me pregunté, no sin malicia, qué habría hecho durante la última guerra».

La señora Auslander

«No había cerca más autoridad que la señora Auslander, propietaria del hotel y la isla. Hace quince años salió de un campo de exterminio».

Gérard

«Gérard, el encargado, era flaco, distinguido y francés, y vestía con sobrio aplomo el traje negro y la pajarita propios de su digno oficio. Tenía un hermoso cabello gris, una aristocrática nariz aguileña y un diente de oro que, al sonreír, le relucía en el lado izquierdo de la boca, bajo el fino bigote. También era un razonable pianista».

Los camareros: Spiros y Evangelia

«Evangelia, la camarera, solía caminar silenciosa como una gata».

«El camarero hablaba un inglés desenvuelto. Era moreno, delgado, bien parecido: pelo crespo, manos de campesino, ojos tranquilos. Tenía el aspecto físico, un poco descarado, de tantos jóvenes mediterráneos que merodean por hoteles y restaurantes a la caza de extranjeras que solucionen su vida durante unos días o una temporada; pero yo lo había visto trabajar y lo tenía por un muchacho eficiente y serio. También la señora Auslander y Gérard parecían estimarlo».

El culpable

Arturo Pérez-Reverte nació en Cartagena, España, en 1951. Fue reportero de guerra durante veintiún años. Con más de veinte millones de lectores en el mundo, traducido a cuarenta idiomas, muchas de sus obras han sido llevadas al cine y la televisión. Hoy comparte su vida entre la literatura, el mar y la navegación. Es miembro de la Real Academia Española y de la Asociación de Escritores de Marina de Francia.

Las pistas

Arturo Pérez-Reverte regresa a la novela de intriga para bordar un homenaje sin igual a la literatura detectivesca clásica de Arthur Conan Doyle y su Sherlock Holmes y al cine de suspense de la primera mitad del siglo XX.

Literatura y cine se entremezclan en esta novela endiabladamente inteligente construida con todas las claves del policial clásico.

Una narración repleta de referencias a la literatura y el cine de género.

Sus novelas precedentes, 'Sidi', 'Línea de fuego' (galardonada con el Premio de la Crítica 2020) y 'El italiano', han alcanzado ventas de más de 300.000 ejemplares cada una. Su última novela, 'Revolución', fue uno de los libros del año en 2022, con más de 200.000 ejemplares vendidos.

Su obra está traducida a más de cuarenta idiomas.

Con reciente presencia en 'El hormiguero', en canales de YouTube conducidos por jóvenes influencers, con más de 2.400.000 seguidores en Twitter, más de 637.000 en Facebook y 260.000 en Instagram. Además, su columna 'Patente de corso', publicada cada domingo en el XL Semanal, tiene más de 4.500.000 lectores.

El canon elemental

El inmortal Sherlock Holmes

«Yo era el primero en saber que la mayor parte de las deducciones e inferencias de Sherlock Holmes —como las de Hércules Poirot o cualquier otro— no resistían un análisis lógico. Si triunfaban era porque sus creadores novelistas permitían que lo hicieran. Me pasó el libro. Era pesado, un grueso volumen en folio: Sherlock Holmes: The complete illustrated «Strand». Estaba bastante maltratado en la encuadernación, pero las hojas se hallaban bien. Pasé despacio las páginas admirando sus antiguas ilustraciones hasta llegar a la 118: Watson sentado y Holmes de pie, de espaldas a una chimenea. "Luego se situó delante del fuego", decía el pie de la imagen. Se lo mostré a Foxá.

—La hizo Sidney Paget en 1891 —comentó él—. ¿Los ve bien con esta luz?... Esa estampa, la primera que aparece en 'Un escándalo en Bohemia', fijó para siempre el canon: Watson más bajo y algo más fornido, con su bigote, y el detective alto y delgado, la frente despejada y la nariz grande, aguileña. Hubo otros ilustradores, pero ninguno se acercó tanto a la esencia de los personajes. […] Llegué así a la página 197. Ahí estaba la imagen clásica que ya nunca nadie pudo alterar: Holmes en batín, fumando su pipa. También se la mostré. […] Entonces me detuve ante una ilustración del relato 'Silver Blaze': Holmes y Watson en un vagón de ferrocarril. Foxá se inclinó a mirarla.

—Aquí aparecen el abrigo Úlster con capucha y el famoso gorro de campo —dijo, complacido.

—Sí, pero no imagina lo ridículo que me sentía cuando me obligaban a ponerme el deerstalker en las primeras películas».

El doctor Watson

«—Necesitará un Watson —apuntó Foxá.

Sonreía cómplice, cual si eso estuviese resuelto: un ayudante dispuesto a serlo. Yo no tenía escapatoria, ni en verdad lo deseaba. "In and out of character", decíamos los actores británicos. Y eso era exactamente lo que ocurría. Llevaba un buen rato dentro; más de lo que ellos suponían. […] Tal vez debido al desayuno, me sentía imbuido de una repentina energía, lo mismo que cuando en las películas cogía abrigo y sombrero e invitaba a Bruce Elphinstone a seguirme a la calle en una nueva aventura. Hasta me pareció entrever al fiel Watson contemplando escandalizado el anagrama de la reina Victoria grabado a tiros con balas Eley del número 2 en la pared del salón».

El profesor Moriarty

«—Me temo, Holmes —dijo con mucha calma—, que el profesor Moriarty nos lleva ventaja».

Jesús Fernández Úbeda: “El diario 'Pueblo' era un Telecinco ilustrado”

Julio Tovar - vozpopuli.com - 05/09/2023

La Transición, los años que van de los 60 a los 80, ha fascinado al joven periodista Jesús Fernández Úbeda (Ciudad Real, 1989), y sus primeras obras son ensayos personales de figuras como el columnista Raúl del Pozo o este interesante 'Nido de piratas' (Debate, 2023) donde expone los límites, miserias y triunfos del diario tardofranquista 'Pueblo'. Reporteros intrépidos, llenaron de historias no siempre verdaderas a un país que pasaba lentamente, muy lentamente, del blanco y negro al color.

—Quiero empezar con el principio: el ascensor paternóster que daba la entrada a 'Pueblo'. ¿Hubo algún incidente? ¿Quién tomó la iniciativa de instalarlo?

—Supongo que los arquitectos que montaron el edificio. Uno se llamaba Rafael Aburto y el otro no lo recuerdo. El paternóster era una especie de noria en la que tú te subías en marcha. Y al principio daba miedo, pero nadie me ha dado testimonio de accidentes. De incidentes sí, pero eran incidentes, digamos, simpáticos. Raúl del Pozo me dijo que a un conserje lo ataban y le ponían ahí a dar vueltas. Travesuras. Y Raúl Cancio creo que me dijo que hasta al conserje le molaba.

—¿Hubo algún incidente? ¿Quién tomó ahora la iniciativa de instalarlo? ¿De qué año es el edificio? ¿De los años 40? 

—No, es posterior. 

—¿Años 50? 

—Creo que era de finales de los 50 o algo así. Y recuerdo, también, que el edificio fue reformado en los 90 y que con la reforma se destrozó por lo menos la parte exterior, pero que lo que es la fachada original era un edificio típico del desarrollismo franquista.

—¿Cómo definirías la personalidad de Emilio Romero? Con el régimen, fuera de él… Me es muy difícil juzgarlo leyendo los testimonios.

—Lo que más subrayo de la personalidad de Emilio Romero es su gran talento para reclutar periodistas, su gran olfato para decir: "Este tío es la leche y lo quiero a mis órdenes y le voy a dar una libertad bastante considerable dados los condicionantes de este ecosistema". Emilio Romero hizo así con 'Pueblo' un periódico de autor: cuando más brilla es cuando está él, y era un tipo del régimen además de procurador en Cortes. Una vez fue Carrero Blanco y le dijo: "Oye, tienes que despedir a veintitantos". Y él respondió: "Falta un nombre". Escribió el suyo y no se despidió a ningún otro. Un valiente. Luego el tipo se definía como “mujerista”, y tenía a sus amantes, y las faldas le torcieron, digamos, un poco. Rosa Villacastín dijo algo que yo creo que tiene razón: cuando las grandes personalidades se enamoran perdidamente de una tipa descarrilan. Y me ponía el ejemplo de Juan Carlos I con Corinna. Y Emilio Romero con una bailarina que se llamaba Sara Lezana se le nubló la vista e incurrió en algún que otro patinazo.

—Como bien sabes, el periódico vive entre las leyes de prensa de la dictadura. ¿Cuánto incidía la censura en el quehacer diario de los periodistas?

—Mucho. O sea, vamos a ver. Había un equipo de tres abogados que pleiteaban, en el que estaba Cristina Peña, que luego ha acabado siendo una súper abogada de la prensa, y Miguel Gistau, que era el padre de David Gistau.

—Parece que Miguel Gistau le llevaría la afición del periodismo a David.

—Claro, es que llevaba a David Gistau la redacción cuando era un niño chico.

—Volviendo a la censura, ¿podemos decir, parafraseando a Arcadi Espada, que esta hacía casi obligatoria la literatura para el periodismo? La mayoría de clásicos de 'Público' tuvieron carreras destacadas como escritores.

—Digamos que lo que son las páginas políticas de 'Pueblo' están bien escritas, pero lo interesante está en las historias, por las que la censura pasaba muy por encima. Esto era el periodismo de guerra, el internacional, el de sucesos o el de frivolidades. 'Pueblo' tenía una sección muy potente de folclóricas, de actores, de actrices…

—¿No estaba allí Raúl del Pozo allí entrevistando a esta gente? 

—Raúl del Pozo y antes Tico Medina. Y luego Jesús María Amilibia, que no está en este libro porque lo pillé al hombre con algún problema de salud. Me hubiera gustado contar con él. En esos temas que se escurrían de la política brillaban verdaderamente los grandes reporteros y entrevistadores de 'Pueblo'. De ahí que el testimonio periodístico que dejaron en sus páginas siga siendo llamativo. Yo aconsejo a quien le haya gustado 'Nido de piratas' que se vaya a la hemeroteca del Conde Duque, en Madrid, y coja esos grandes mamotretos en los que está incluido archivo el periódico. Engancha, está muy bien diseñado, y es muy morboso y llamativo: un Telecinco ilustrado (risas).

—¿No es gracioso que un diario tan poco atado a los hechos, enhebrado de literatura, tuviera de subdirector a Cebrián? 'El País' fue un intento de realizar un periódico aséptico, a la manera europea.

—Bueno, en 'Pueblo' era importante incluso la política, y de hecho tú abres el periódico, está la tercera página y luego viene esta. Pero esas páginas no son tan interesantes, es decir, es oficialidad. Ahora bien, Cebrián proviene del linaje que tú bien conoces, y lo único que puedo decir es que cité un libro suyo, del que hablaste hace poco en Twitter. Cité esa obra porque llamé por teléfono a Cebrián y no me lo cogió, no respondió a los mensajes. Y te cuento esto porque escribió hace poco un artículo en 'El País' diciendo que el libro estaba bien, bastante bien, pero que faltaban cosas. Y me hubiera gustado, esto te lo estoy diciendo en exclusiva a ti, que hubiera llenado los huecos que echaba en falta.

—¿Cuántos artículos sobrevivirían al llamado “fact-checking” en la actualidad? 

—Bastantes más de los que la gente se piensa. Lo que ocurre es que había algunos que ni de broma, y los que ni de broma eran terriblemente escandalosos. Aunque, desde el punto de vista escénico, me han supuesto un material maravilloso para elaborar un libro. Entonces, yo no voy a aconsejar a nadie que se invente una entrevista, pero si a mí me dicen que este tío se ha inventado una en concreto y, además, lo puedo contar, pues lo cuento, y me parece un material cojonudo con el que trabajar.

—El espíritu canallesco, evidentemente cipotudo, de Raúl del Pozo recorre muchas páginas del libro. ¿Cómo pudo durar tanto sin que lo echaran? 

—A Raúl no lo largaron de 'Pueblo', aunque tuvo un tiempo guadianesco cuando entró Juan Fernández Figueroa. Este tipo digamos que era falangista y, claro, a Raúl del Pozo medio lo relegó. Ahí es cuando Del Pozo comienza colaborar con 'Mundo Obrero', y el 23-F de hecho le pilla en el Congreso no con la acreditación de 'Pueblo' sino con la del diario sindical marxista.

—Repito, ¿por qué duró tanto? 

—Pues porque era un reportero cojonudo y un grandísimo columnista, así que te puede gustar más o menos, pero el talento de Raúl es indudable. Dicho lo cual, durante la etapa de la dictadura ahí convivían más o menos en paz falangistas con comunistas y otros partidos de izquierda todavía más radical e incluso demócratas cristianos. Cuando llega la democracia, y sobre todo cuando se empieza a oler que el periódico está en la UVI, es cuando las rivalidades ideológicas se enconan y la gente empieza a disparar contra el de la trinchera de enfrente.

—¿No crees que en ocasiones te pasas de intenso en la reconstrucción de los hechos? Parece un libro de Hunter S. Thompson pasado por Chamberí.

—Es un libro de 'Pueblo', cojones, no es un libro sobre el BOE [risas]. Algo se debía contagiar. Hay un capítulo en el que digo que esto no es la historia de 'Pueblo', es una historia de 'Pueblo' escrita bajo mi filtro, mi visión y bajo circunstancias. El libro está documentado, me he tirado muchas horas ahí, en la hemeroteca de Conde Duque, pero el libro es mío. Es verdad que en el subtítulo dice “La fascinante historia del diario Pueblo”. Entonces yo, para justificar esta posible incoherencia, digo que este adjetivo no es una palabra florero. Esta es la fascinante; luego habrá otras historias del diario 'Pueblo', pero la fascinante es esta.

—Háblame de Felipe Navarro, “Yale”, arquetipo de “periodista hampón” (Valle-Inclán dixit) capaz de todo por un titular.

—Me hubiera encantado entrevistarlo, porque yo creo que era el prototipo de reportero de 'Pueblo': inteligente, astuto, rápido. Emilio Romero decía que Yale es el reportero que cuando todo el mundo llega ya se está marchando. El tío tenía ese punto de personaje de novela de picaresca del Siglo de Oro, pero era terriblemente inteligente y escribía muy bien. Aconsejo a todos su autobiografía, 'Un reportero a la pata coja', que está publicada en Planeta. Divertidísima, además de muy bien escrita. Yo no sé si por idiocia o no sé si porque al margen de 'Pueblo' él estuvo muy pegado a la televisión española de los 50, con Tico Medina inventó un programa de entrevistas. Ahora la sociedad se olvidó de Yale.

—También hay una ruptura en los 80 con el viejo periodista del franquismo.

—Hay que decir que en este olvido se incluye el nombre de Tico Medina.

—¿Cómo se pagaban los reporteros internacionales? No me queda claro, y en tu libro salen muchos. Parece que 'Pueblo' era el que mantenía más corresponsales.

—Imagino que les enviaría el sobre a donde estuvieran. Alguien me dijo, ahora que caigo, cómo cobraban: iba su mujer a Huertas 73 y recogía el sobre, o algo así. Cobraban, o sea, salvo cuando no cobraban, al principio, cuando muchos de ellos eran "pelagra". La pelagra era como una especie de tribu, de hermandad alegal, que estaba formada por gente que quería empezar a hacer periodismo. En 'Pueblo' les decían que sí, pero hasta dentro de x tiempo. 

—Era una especie de becariado.

—Era un becariado a coste cero. Y de hecho, quiero recordar que uno de los primeros viajes que hizo Pérez-Reverte no se lo pagó el periódico. Luego ya empieza a cobrar, y entonces bien. Mientras, a gente como José María Carrascal, por ejemplo, lo tenían como profesional muy prestigioso en Berlín y luego en Nueva York.

—Parte de ese “boom” del periodismo internacional en España era hablar de la situación interna usando el ardid del extranjero. De hecho, ¿quién decidía los destinos de Pérez-Reverte en el extranjero? ¿La actualidad, su superior en el periódico?

—Yo imagino que un poco de todo, pero él tuvo mucha capacidad de decisión. Y un apoyo tremendo de Pérez-Reverte fue el jefe de internacional, Chema Pérez Castro, que me es descrito más que como un jefe como un padre. 

—Cuéntame la “infiltración roja” en el periódico, algo habitual en las postrimerías de la dictadura, y más en un diario de un sindicato. ¿Por qué provenían casi todos de Falange? ¿En qué año pasaron muchos de Falange al comunismo? ¿Finales de los 50, mediados de los 60?

—El diario se llamaba en origen 'Claridad' y pertenecía al socialista Luis Araquistáin. Luego de la guerra se lo apropia Falange, y así colocaría a los suyos. Incluso creo que no hay un cambio de Falange a comunistas: se ficha mucha gente y cuando se hace se te cuela ese tipo de personal. Estoy hablando, por ejemplo, de la periodista Cristina Losada, que estaba en documentación y que militaba en un partido que hacía de derechas al PCE. La propia Mercedes Jansa, fichada en torno al 75, es detenida en una protesta universitaria y ella lo oculta en el periódico. Dice a los compañeros: "Decid que estoy enferma".

—Por lo que comentas, existe una picaresca.

—Absoluta. Todo el mundo sabía de qué pie cojeaba el resto. Lo que pasa es que se disimulaba: en el momento en que dejan de disimular es cuando muere Franco. Pero, insisto, el periódico cuando más se politiza es cuando a la democracia le salen dientes y entonces el diario comienza a toser sangre y los periodistas dicen “yo soy de esto” y surgen enemistades.

—Hablemos de las mujeres en 'Pueblo', donde el diario fue relativamente pionero con Rosa Villacastín o Carmen Rigalt, ¿Se enfrentaban a un clima hostil?

—A lo primero no, a lo segundo sí. No era un clima fácil tampoco, era un clima macho: había muchos más tíos que tías, pero estas eran respetadas, aunque es verdad que algún chiste machista recibían. Ellas publicaban unas informaciones y no se las valoraba por el hecho de ser tías, sino como periodistas. A Julia Navarro sí que es verdad que en sus inicios se le miró con cierta sospecha, pero no por ser tía sino igual también un poco porque era hija de Yale. De hecho, cuando empieza a llegar la democracia lo que hace el periódico era promocionar mujeres para el periodismo político.

—¿Era tan correoso el periodista deportivo José María García? En tu descripción, en el testimonio de Cebrián en sus memorias, parece el arquetipo de trepa metomentodo; me resulta imposible pensar que hubiera llegado tan alto en una democracia consolidada.

—“Butano” es un género, y es un personaje con el que hay que parar y templar y estar muy atento para no recibir una cornada. Pero García yo creo que fue un Red Bull para un periodismo que nació en una dictadura y que tuvo una adolescencia en la transición en los 80. García tiene una cosa que tienen muy pocos, que es el duende. Si a esa genialidad a la hora de decir la dotas de contenido tienes un fenómeno social, periodístico y político como el que fue José María García. Yo no sé si García hubiera triunfado en una democracia consolidada, pero sé que en una democracia que se estaba consolidando fue el rey.

—Echo a faltar más el componente “OVNI” en la reconstrucción del periódico. ¿Te faltaron páginas? Muchos autores consideran a 'Pueblo' fundamental en la moda sobre extraterrestres de los años 70.

—Me faltó tiempo. Me hubiera gustado también indagar el tema de las caras de Bélmez. A mí es una cosa de la que en su momento pasé, porque nunca me ha llamado la atención ese tipo de temas. Pero cuando me lo mencionaron y cuando rasqué a posteriori dije: “Si hay una cuarta edición, algo sobre el misterio va a caer”. Y, por ejemplo, este hombre que no contacté con él, Antonio Casado, hizo el reportaje de las caras de Bélmez. 

—Y aparte, ahora que hablamos de que el periodismo de aquel tiempo no era muy “fact-checking”, no hay nada menos “fact-checking” que el fenómeno OVNI.

—Y de hecho, hasta creo que Raúl del Pozo hizo alguna cosa sobre OVNIs, me quiere sonar. Ahora, no eres el único que me lo ha dicho. Y yo creo que si hay una cuarta edición va a haber una ampliación sobre “los populares del misterio”. 

—¿Cómo fue el despido de Emilio Romero? ¿Das verosimilitud a la anécdota de Rosa Villacastín recibiendo el currículo de Romero en los 80 para encontrar trabajo? Es terrorífica.

—No sé si es una exageración, pero como yo pongo un entrecomillado podría ser. Yo creo que Emilio Romero fue uno de los pocos franquistas a los que la democracia no terminó de amnistiar. Creo que por su enemistad con Suárez. 

—También por las campañas de la prensa de izquierdas contra él.

—Él dice que no contribuyó a que el diario 'Madrid' se fuera al carajo, pero creo tampoco hizo nada por impedirlo. Y de hecho, digamos que de luto no se puso cuando el franquismo cerró 'Madrid'. No sé si lo de Rosa Villacastín es verdad, pero yo me quiero fiar de su palabra y por eso la cito como tal.

—¿Era rentable el diario 'Pueblo'? El PSOE decía que no, y por eso lo cerró sin contemplaciones.

—Ya con Adolfo Suárez, siendo Manuel Cruz el director, se hizo una reestructuración de personal con un despido masivo del carajo, porque las ventas no daban de sí. Yo creo que también hay un antes y después en 'Pueblo', que es el 23-F. Creo que este periódico perdió ese tren que sí cogió 'El País'. Había algo como miedo, ¿no? Claro, y hasta que salió el rey e hizo el discurso el director no se puso a hacer el editorial. Había números rojos, Adolfo Suárez quería cerrarlo, pero lo ejecutaría el PSOE. Lo que pasa es que se lo cargan de forma fea: en la rueda de prensa posterior al Consejo de Ministros se dice que se van a cerrar los periódicos del Estado y no se menciona 'Pueblo', se tiene que preguntar. Una semana antes Javier Solana dijo en las Cortes que no se cerraría.

—Podría empezar aquí la opinión periodística contra el PSOE. Esta explotaría en los años 90 con Raúl del Pozo y otros disidentes no precisamente de derechas.

—Sí. ¿Cómo es eso de que al final el peor enemigo de los socialistas no es uno de derecha, sino uno que es un comunista?

—¿Qué queda del estilo del diario ahora? ¿No es todo más profesional?

—El mundo es distinto. Para empezar, nosotros trabajamos con una herramienta que yo creo que es revolucionaria. Es decir, la imprenta, la máquina de vapor y la herramienta de la que te estoy hablando: Internet. La red yo creo que lo cambia todo: no podemos comparar los medios con los que trabajaba esa gente con los que trabajamos nosotros ahora. Antes la gente depositaba más su confianza en los medios que había. Y, particularmente, no sé qué queda de 'Pueblo'. Supongo que la precariedad, la gente que está empezando...

https://www.vozpopuli.com/altavoz/cultura/jesus-fernandez-ubeda-el-diario-pueblo-era-un-telecinco-ilustrado.html

03 septiembre 2023

La primera vez

Arturo Pérez-Reverte - XL Semanal - 03/09/2023

El pasillo parece interminable. Hay apliques de cristal con luces amortiguadas y moqueta donde se hunden un poco los tacones: hotel de cinco estrellas, fachada blanca y modernista, años veinte, que se abre al paseo, la playa y el mar. Ella pasó hace cuatro minutos entre la recepción y la conserjería sin mirar a uno ni otro lado, decidida, vista al frente, caminando segura hacia el ascensor. Durante media hora, antes, sentada en un banco del paseo marítimo, ha estado planeando esa entrada, ese modo de penetrar en territorio desconocido mientras aguardaba el zumbido del teléfono, el mensaje, el número de habitación. Zum, zum, zum: 362. Luego se ha dirigido a la puerta del hotel repitiendo mentalmente el número: 362, 362, 362. Eso la ha ayudado a concentrarse, a cruzar el vestíbulo con naturalidad, a entrar firme en el ascensor, pulsar el botón de la tercera planta y mirarse en el espejo para comprobar que todo está en orden, y después a caminar por el pasillo como lo hace ahora, ni demasiado despacio ni demasiado aprisa, sintiendo el pulso batirle fuerte en las muñecas y las sienes.

Habitación 362, al fin. Un cartelito blanco cuelga del pomo dorado. No molestar. El timbre suena dentro, cling, clang, como una campanilla lejana. Una sola vez. Ella no oye nada hasta que se abre la puerta. Su sonrisa. Fue lo primero que vio de él. Lo primero que ve ahora.

—No has tardado nada.

—Rondaba por ahí afuera. Como una loba.

No sabe por qué ha dicho eso. Está a punto de azararse por ello, pero no lo hace. Es lo primero que vino a su imaginación, la imagen. Como una loba. Ayer, cuando hablaban por teléfono, conversaron sobre lobos. Animales solitarios aullando a la luna.

—Pasa.

Él se ha hecho a un lado, rozándole los labios con un beso ligero, casi amable. Cierra la puerta a su espalda mientras ella camina hasta el centro de la habitación. Es amplia, luminosa, con una ventana que da al mar. Un saloncito a la izquierda y una cama grande, de matrimonio, a la derecha. La colcha está intacta. Ella mira la cama procurando aparentar naturalidad. Disimulando, mientras deja el bolso y el abrigo en una silla, un leve estremecimiento de pudor. Nunca antes, piensa de nuevo, asombrada de su propia audacia. Realmente nunca.

—¿Quieres tomar algo?

—No.

—Ven aquí. Mira la vista.

Está junto a la ventana, mirando hacia afuera, y ella se acerca hasta su lado, obediente. El mar es verde en la orilla y azul oscuro a lo lejos, y en él centellean los rayos del sol.

—Hermosa, ¿verdad?

—Sí.

Él ha puesto una mano sobre su hombro izquierdo. Lo hace con una naturalidad que a ella casi la conmueve. No por el contacto, sino por la extraña camaradería que establece. No aparenta deseo, sino afecto.

—Hace calor. Deberías quitarte la chaqueta.

La ayuda a quitársela y la coloca sobre otra silla, procurando hacerlo de modo que no se arrugue. Y lo está haciendo muy bien, piensa ella. Con extrema sencillez, procurando que se sienta cómoda. Comportándose como si la situación fuera lo más corriente del mundo.

—¿Qué tal el trabajo? —pregunta él—. Tu congreso.

Ella asiente con la cabeza, despacio.

—Bien. Todo en orden.

—¿Tienes tiempo suficiente?

—Tengo todo el tiempo necesario.

Advierte que él mira de soslayo el reloj que lleva en la muñeca con una mirada rápida, cortés. Es la una y cuarto del mediodía. El reloj es de acero, y el metal destaca sobre la piel morena de él, junto a la mano firme, masculina, sólo levísimamente velluda en el dorso. Las uñas cortas y cuidadas. Los dedos sin anillos.

—Ven.

La besa. Cálido y con ternura. Breve. Lo hace bien, sabe ella desde anoche, cuando salieron del restaurante, en la playa, circundados de luces lejanas. Lo hace muy bien, ni húmedo ni seco, un leve roce de lengua en sus dientes, un suave mordisco con los incisivos en el labio inferior de ella, al acabar.

—Dios mío —lo oye murmurar—. Eres guapísima.

Ella echa un poco atrás la cabeza y lo mira a los ojos. Castaños, tranquilos. Una chispa divertida en ellos, que no se intenta ocultar. Un destello cómplice.

—Tú sí que eres guapísimo.

Ríe. Lo ve y lo oye reír. Primero con los ojos y luego torciendo la boca a un lado mientras asoman los dientes blancos, ajenos en apariencia al tabaco y al café. Una risa que le rejuvenece el rostro, iluminándolo. Mi hijo de quince años, piensa ella, ríe igual. Ríe así.

—¿De verdad tienes toda la tarde?

—Claro.

—¿Y toda la noche?

—Eso ya lo veremos.

Él le ha puesto las manos en las caderas. O más bien las posa, porque lo hace suavemente, con extrema delicadeza. Como si le diera a ella opción de retirarse, de apartar su cuerpo del suyo.

—¿De qué depende?… ¿De mí?

—No. De mí.

Parece pensarlo un instante mientras la observa, atento. Casi curioso. Después la sonrisa llega despacio, todavía reflexiva, curvándole otra vez la comisura de la boca. Todavía tiene esa sonrisa cuando la besa de nuevo. Al sentir la suave humedad, la presión cálida de los labios del hombre, ella se pega a él, deslizándole los brazos por la espalda. Ésta es fuerte, tensa. Parece endurecerse aún más bajo sus manos. Es un hombre delgado, pero entre los brazos de ella parece más corpulento. Más duro. Por alguna extraña asociación de ideas, la mujer piensa en la espalda de un gladiador bien adiestrado, silencioso, surcada quizá por cicatrices de antiguos latigazos.

—Ven —dice él.

La acerca unos pasos a la cama con naturalidad, tras desasirse, conduciéndola de la mano. Ella lo deja hacer, obediente. Junto al lecho él la besa. Esta vez las lenguas se encuentran, tantean, se exploran una a otra, recorren los dientes. Como en broma, casi travieso, él le toca los incisivos con los suyos y eso la hace reír.

—No seas payaso.

Lo ha dicho para ocultar la turbación, pues los cuerpos están pegados uno al otro, el abrazo es ahora más intenso y ella siente entre el vientre y el nacimiento de los muslos la presión del miembro endurecido del hombre. Una de las manos que apoyaba en sus caderas asciende lenta por la cintura hasta el arranque de un seno, deteniéndose justo ahí. Ella siente endurecérsele los pezones bajo la blusa. De pronto él alza la otra mano, índice en alto, como si acabara de recordar algo.

—Espera —dice.

Apartándose un poco con mucha calma, retira la colcha de la cama. Ella permanece de pie, inmóvil, observándolo mientras realiza la operación. Después él se le acerca de nuevo, la mira unos instante sin tocarla y al cabo emite una especie de suspiro suave, agradable, cómicamente resignado.

—Vamos allá —murmura.

Ella lo mira, suspicaz, intrigada por el comentario. O por el suspiro.

—¿Es una obligación?

—No —encoge los hombros—. Sólo son las reglas.

—¿Las reglas?

—Sí —mueve él la cabeza, con expresión casi inocente—. Una maravillosa obligación.

—No te entiendo.

—Claro que no. Apenas nos conocemos, todavía.

—¿Y crees que esta manera…?

—Esta manera es perfecta. La única posible.

Se ha acercado de nuevo y ahora desliza una mano entre sus muslos, bajo la falda, mientras vuelve a besarla. Y bajo el fino tejido de las medias, a ella se le eriza la piel. Cuántas veces habrá hecho esto, se pregunta con extraña lucidez, sorprendida de sí, como si hubiese dos mujeres distintas combinadas en la misma persona, una que siente y otra que observa. Con cuántas mujeres habrá él retirado la colcha de la cama y dicho vamos allá. Sin duda, las suficientes. Esa sangre fría no se improvisa, desde luego. No es algo que suceda, que se adquiera, en un par de minutos. Y sin embargo, todo transcurre con extrema naturalidad. Con delicadeza.

—Hay algo que quiero decirte —murmura ella.

La mira con rapidez, un destello breve de sorpresa en los ojos. Luego vuelve la sonrisa. Si es que te ha bajado la regla, me da igual, parece decir. O si estás fértil como una coneja, tendremos mucho cuidado. Puedes estar tranquila. El caso es que él la mira de ese modo elocuente, silencioso y sereno.

—No lo hemos hablado antes —añade ella tras un momento.

Él mantiene un instante, todavía, la mano bajo la falda. Luego la retira despacio aunque sin apartarla del todo, los dedos acariciándole con suavidad el arranque de los muslos.

—Lealtad, quizá sea la palabra —dice ella.

—Lealtad —repite él, mirándola a los ojos como si intentara situar el término.

—No estoy siendo desleal con nadie.

Asiente él despacio, al fin. Ha comprendido.

—Tengo un marido que…

Con la misma mano que acariciaba sus muslos, él le toca ligeramente la boca, pasando con suavidad los dedos sobre sus labios. Interrumpiéndola.

—No sé de qué me hablas —dice—. Ni me importa. Éste es nuestro territorio. Sólo nuestro.

Ella aún siente la tensión reemplazar por unos instantes al deseo. Atenuarlo. Imágenes externas danzan ante sus ojos, enturbiándole la mirada. Vagas sombras de remordimientos.

—No quiero que creas lo que no es… Lo que no soy ni debo ser.

—No creo nada más que lo que veo. Tú, yo y este lugar. Esta ventana y su paisaje. El resto del mundo se queda fuera. Lejos.

—¿Una especie de tregua? —comprende ella, o define por fin.

—Eso es.

—Una tregua y un lugar aparte, quieres decir.

—Sí.

Ahora siente deseos de reír, aliviada. De abrazarlo fuerte. De que él la abrace más fuerte todavía.

—Celebro que lo entiendas. No he venido aquí para hacer daño a nadie.

—Yo tampoco.

Él le ha puesto ahora el dorso de los dedos en el cuello como si le tomara la temperatura, buscase el latir de sus venas o pretendiera sentir su respiración.

—¿Todo está bien? —pregunta.

Ella suspira entonces muy hondo, relajada al fin. Todos sus remordimientos y su pudor se han desvanecido diluyéndose en la luz silenciosa, ajena a las palabras, de los ojos masculinos que la observan.

—Sí —responde feliz, serena al fin—. Todo está bien.

02 septiembre 2023

Conan Doyle + Christie = Pérez-Reverte

Sergio Vila-Sanjuán - lavanguardia.com - 02/09/2023

'El problema final', que llega la próxima semana a librerías, es la novela que hubiera entusiasmado a Julian Symons. Al británico se debe una Historia del relato policial que tradicionalmente se ha considerado el gran clásico en estudios del género. Luego han seguido buenas aproximaciones del añorado Paco Camarasa, de Antonio Lozano y de Pierre Lemaitre, entre otros, pero Symons sin duda abrió terreno. Symons, extrotskysta con quien conversé en Barcelona en 1982 cuando vino a presentar esta obra que le publicó la editorial Bruguera, establecía una clara diferencia entre la línea británica del enigma intelectual donde el crimen constituye una excepción en una sociedad ordenada, y la corriente "hard boiled" norteamericana en la que el asesinato es un síntoma más de una sociedad confusa y corrupta. Prefería la primera, y dedicó bastantes páginas a trazar sus tipologías. Entre ellas se abre paso con indisimulado placer en su última novela Arturo Pérez-Reverte.

Desde los inicios de la obra de Pérez-Reverte hay una constante aproximación a los a menudo denostados "géneros", por sintonía personal y por inteligencia narrativa de un experiodista con interés de llegar a públicos amplios. La novela policial, la de espionaje y la histórica le han dado cobertura para desarrollar muchas de las historias que vitalmente le interesaba explicar. En su trayectoria reciente cuentan especialmente dos obras de carácter histórico, 'Línea de fuego' (2020), ambientada en la Guerra Civil Española, y 'Revolución' (2022), sobre los avatares mexicanos de Villa y Zapata, ambiciosos trabajos mayores que ha alternado con otros de calado más ligero a ritmo anual.

'El problema final' se presenta en tono aparentemente menor, como un divertimento. Pero tiene su jugo, y es sustancioso. Se trata de un relato muy metaliterario que bucea en el corpus de esa línea británica del género policial (como 'El club Dumas', que consagró internacionalmente al novelista, lo hacía en la extensa producción del creador de 'Los tres mosqueteros', un género en sí mismo). Y a la vez se rinde aquí homenaje al cine de la época dorada de Hollywood y los estudios londinenses, con cuyas estrellas se relacionó intensamente el protagonista, y a las atmósferas y estilo de los viajeros sofisticados de los años 50 y 60, que ya inspiraron parte de las páginas de 'El tango de la Guardia Vieja'.

Nueve personajes quedan aislados en el hotel de una isla griega, próxima a Corfú, como consecuencia de un temporal. El narrador es el actor ya en decadencia Hopalong (Ormond) Basil, trasunto de Basil Rathbone, el más célebre intérprete cinematográfico de Sherlock Holmes. A su alrededor el productor de cine Pietro Malerba y la soprano Najat Farjallah; las turistas británicas Edith Mander y Vesper Dundas; el autor español de novelas de quiosco Paco Foxá; el matrimonio alemán Hans y Renata Klemman; el médico doctor Karabin; la propietaria señora Auslander y el personal del pequeño establecimiento: Evangelia, Gérard y Spiros. En la página 32 se descubre el primer cadáver en un pabellón de playa que, conforme a la tradición, está cerrado por dentro. Tras algunos titubeos entre los huéspedes, y dado que la policía de Corfú no puede llegar debido al mal tiempo, queda a cargo de la investigación Basil: tras tantos años interpretando al héroe de sir Arthur Conan Doyle, se da por hecho que algo de sus dotes detectivescas le debe haber quedado. Y con la investigación en marcha, veremos algún crimen más al tiempo que Basil y Foxá, convertido en su efímero Watson, abordan y discuten temas clave del género, desde los tres misterios clásicos: “quién es el culpable, cómo lo hizo y por qué”. Y a partir de ahí el valor de la deducción; las formas de resolver el enigma de la habitación cerrada, “el más tramposo”, y el del asesino en un grupo acotado, ambos tan caros a Agatha Christie. El papel arquetípico del Investigador (con clara preferencia revertiana de Holmes sobre Poirot) y el de La Mujer (Irene Adler); la influencia del que indaga sobre el desarrollo de los hechos. El criminal que juega con sus perseguidores; el dilema ético sobre si es obligatorio entregar a la ley a un asesino y “restablecer el orden social”. Los trucos del novelista: “No hay más que un método eficaz: escamotear los hechos esenciales”.

Este Pérez-Reverte lúdico y luminoso, con el protagonista que disfruta de la vida en un muy digno ocaso tras haber dejado atrás su temporada en el infierno, brinda un verdadero festival para cualquier que alguna vez en su vida haya disfrutado leyendo una novela policiaca.

https://www.lavanguardia.com/cultura/culturas/20230902/9196511/el-problema-final-perez-reverte-alfaguara.html

Una novela-problema, como las de antes

Arturo Pérez-Reverte - ABC Cultural - 02/09/2023

Hay muchas formas de nostalgia, y escribir novelas es una de ellas. Para ciertos novelistas entre los que me cuento, narrar historias no es sólo un ejercicio de creación sino también una forma de recobrar, de reescribir incluso, libros que en otro tiempo amó. Que marcaron su vida y su trabajo. Su manera de mirar el mundo, la literatura y la vida.

'El problema final' es el intento de un novelista profesional por recobrar cierto placer perdido: volver a ser lector inocente, o jugar a serlo —la palabra juego es fundamental en este relato—, situándose ante una trama policial con la antigua visión de cuando cada página leída era sorpresa, emoción e intriga. El inconveniente, en este caso, era que para eso no basta la voluntad. No puedes renunciar, olvidar o prescindir de la mirada que una larga vida lectora te dejó, ni de los resabios de un oficio que practicas desde hace treinta años.

Sólo advertí una forma de resolverlo: combinar al escritor veterano con el lector ingenuo que antaño fui. Mezclar ambos extremos, asombro y experiencia. En un tiempo en que, al socaire del momento, la hoy llamada novela negra tiende a plantear sus tramas como ¿quién lo hizo?, mi intención era volver al viejo ¿cómo lo hizo?, recuperando las maneras de la antigua novela-problema. Aquélla —Agatha Christie, Ellery Queen, John Dickson Carr— cuya construcción y resultado pueden considerarse como la resolución de un enigma matemático.

Una vez decidido eso, esta novela se planteó como un desafío: comprobar si todos aquellos años y lecturas, y la vida vinculada a unos y otras, bastaban para conseguir una trama que fuese reescritura de muchas otras, pero elaborada ahora de modo original, con mecanismos narrativos que las conectaran entre sí. Con referencias cruzadas, guiños, trampas y trucos del oficio. Un estructura novelesca que me hiciera disfrutar mientras la desarrollaba y que hiciera disfrutar al lector inteligente al sentirse víctima, y también partícipe, de una perversa estrategia narrativa.

Esta novela no podía escribirse de modo unidireccional, con el autor limitándose a inventar o reelaborar materiales. Para resolver, no el enigma, sino el problema técnico de contarlo, era imprescindible recurrir, no a la benevolencia del lector, sino a su complicidad. Incluso a su complicidad activa. No se trataba, en fin, del clásico choque entre detective y asesino, sino de un duelo de inteligencia entre el autor y el lector: una partida de ajedrez en la que uno y otro manejasen como piezas —y también como trampas— sus conocimientos de literatura policial: esa enciclopedia lectora que podría, incluso, volverse contra uno y otro.

Confieso que recobré el placer, no sólo por la escritura, planeando jugadas y acechanzas contra el lector, sino porque no era suficiente con recurrir a mi memoria. Debía refrescar viejas lecturas, pero también leer lo que no había leído antes, y hacerlo con la experiencia de sesenta y cinco años de biblioteca y tres décadas de escribir novelas. Con una mirada hecha a la lectura y al oficio. En consecuencia, la construcción de 'El problema final' —guiño a uno de mis relatos preferidos de Conan Doyle— me ha deparado año y medio de felicidad lectora, revisitando no sólo el canon de Sherlock Holmes, sino también cuanta literatura encontré referida al personaje. Pero eso no fue todo, porque la historia me forzaba a profundizar en el relato policial de antaño, la novela de enigma, los problemas de crimen imposible, el asesinato en cuarto cerrado y otros elementos tradicionales; y eso implicaba la deliciosa necesidad de volver a los clásicos citados más arriba, pero también a Poe, Wilkie Collins, Chesterton, Futrelle, Gaboriau, Leroux, Edgar Wallace, S. S. Van Dine, Dorothy Sayers, Stanley Gardner y muchos otros, incluido el Borges de Seis problemas para Isidro Parodi. De todos he vuelto a aprender, y a todos he saqueado sin piedad.

Y en fin, ahí la tienen. 'El problema final' no es una novela negra, dicho sea con todo el respeto para quienes las escriben, sino una novela-problema como las de antes, sólo que de ahora. Una apuesta arriesgada, que mientras trabajaba en ella me hizo sentir lector inocente, a ratos, y manipulador perverso, en otros. Al fin y al cabo —vida, libros, juego, enigma— ¿qué más puede un autor pedir a una buena historia?

https://www.zendalibros.com/perez-reverte-una-novela-problema-como-las-de-antes/

31 agosto 2023

Arturo Pérez-Reverte es Conan Doyle

José María Pozuelo Yvancos - abc.es - 31/08/2023

Sherlock Holmes adquirió tal dimensión de realidad que su autor, Arthur Conan Doyle, tras haberle dado muerte en la cascada de Reichenbach, en Suiza, hubo de resucitarlo tres años más tarde, debido a las protestas de miles de lectores. Incluso ese intervalo recibió el nombre de "El Gran Hiato". Como le ocurre a otros grandes personajes (el Ulises de Homero o don Quijote de Cervantes) su vida sobrepasa la dimensión de la letra, y ha sido capaz de hacerse eterno y omnipresente hasta en los guiños verbales, («elemental querido Watson») que la gente reproduce.

Arturo Pérez-Reverte es gran degustador de textos literarios, y no es la primera vez que pasan a sus novelas sus preferidos. De hecho, el que quizá fuera su primer gran éxito, alabado por exigentes como Umberto Eco, la conocida novela 'El club Dumas', le hizo recrear el mundo de los tres mosqueteros creados por el gran autor francés. Otras veces han sido Conrad o Melville (y en el cine John Ford). El gran desafío abordado ahora por Arturo Pérez-Reverte, que desarrolla de magistral modo, ha sido ofrecer una novela sobre Sherlock Holmes, en que está todo él, tanto en su mundo literario (hay decenas de citas concretas de frases tomadas de Conan Doyle, y no a bulto, sino en los momentos recreados precisos), como su mundo fílmico (pues Sherlock Holmes ha sido y es personaje cinematográfico). 

De hecho, el artificio central es hacer que la novela, de igual título que aquella en la que Conan Doyle le había dado muerte, la protagonice el actor Basil Rathbone, quien fue protagonista de catorce películas que sobre el héroe se rodaron entre 1939 y 1946. La trama de esta novela, fechada en 1960, lo sitúa ya casi forzosamente retirado, tras una vida de actor que le llevó a ser compañero de reparto de muchos grandes de Hollywood. En realidad, la novela de Arturo Pérez-Reverte debe tanto al cine como a la literatura, pues va constantemente de una a la otra en un ejercicio de intertextualidad realmente sabroso para los degustadores de las dos artes. 

"Intertextualidad" es palabra creada por la teoría literaria de los años sesenta en su ejercicio, algunas veces pretencioso, de descubrir mediterráneos, pues la relación de las obras literarias con sus precedentes es materia que se dio siempre. No hay literatura que no recree la previa. No hay gran autor que no edifique su obra como versión y homenaje a maestros de los que aprendió el oficio. Lo hizo Virgilio con respecto a Homero y el Quevedo amoroso respecto a Petrarca. El mejor elogio que podría hacerse en literatura durante siglos era que una obra remitía a una fuente, a ese gran maestro del que partía. Pues comenzaré con ese elogio para la de Arturo Pérez-Reverte. Parece que la hubiera escrito Arturo Conan Doyle. Con una diferencia tan solo: la novela de Pérez-Reverte, a la vez que crea un caso de Sherlock Holmes, lo recrea mediante el procedimiento de ir desgranando ante el lector la lógica de su inteligencia narrativa, de forma que además de una espléndida trama (con un final de sutil inteligencia) ofrece un tratado de lo que debe ser una buena novela de investigación criminal, con sus ardides (el caso del lugar cerrado) y opciones desechadas, explicadas en un ejercicio de inteligencia dialéctica entre Hopalong Basil y el español Foxá, escritor de novelas criminales de quiosco, quien ejercerá de Watson.

Adeuda a Agatha Christie el encerrar a los nueve personajes en un islote sometido a tal temporal que no pueden salir ni nadie pudo entrar. Sólo revelaré que hay más de un crimen y que el lector va sospechando de todos, incluido quien hace de Sherlock Holmes. No hay necesidad de revelar más, sí de conjeturar que Conan Doyle habría escrito de inmediato a Arturo-Pérez Reverte para comentarle su admiración por cómo se le había ocurrido concluirla como lo hace. Imagino el modo de reconocerle como uno de los suyos. La literatura esta hecha de esos reconocimientos.

https://www.abc.es/cultura/cultural/arturo-perezreverte-conan-doyle-20230831213413-nt.html

28 agosto 2023

'El problema final'

Raúl del Pozo – El Mundo – 28/08/2023

"En junio de 1960 viajé a Génova para comprar un sombrero". Lo cuenta para iniciar la historia Basil Rathbone, que durante muchos años encarnó en el cine a Sherlock Holmes, y que después queda atrapado con otros en la isla de Utakos, frente a Corfú, donde se suceden tres asesinatos y le toca averiguar quiénes son los autores. El actor que tantas veces interpretó al detective es el investigador porque también la vida imita del cine, al que se le dedica gran parte del texto. En esta novela, 'El problema final', Arturo Pérez Reverte despliega tal erudición sobre novelas de detectives que juega con todos los tópicos del género, partiendo de la tesis de que el asesino no suele ser el mayordomo. El autor es el que más se divierte porque, como él mismo dice, lleva el engaño a cabo con la meticulosidad de un artista o un asesino. Aborda el crimen como una de las bellas artes, siguiendo a De Quincey.

El mejor novelista de nuestro tiempo considera que Holmes, el Quijote y los Tres Mosqueteros son los personajes más fascinantes de la literatura. Y en esta novela, como Cervantes se burlaba de los libros de caballería, Arturo vacila con las novelas de misterio, juega con el lector, con los asesinos, en un argumento de sorpresas que la policía griega es incapaz de descifrar. Es una novela trampa, con un diálogo constante, con suspense y trucos, en la que el lector tiene el papel de detective.

Hace, además, una exhibición de cinéfilo cuando dice de Greta Garbo: "Bella. Tímida. Más sensible que un sismógrafo". Cuenta que Errol Flynn, el pobre, fue un pésimo esgrimista. Describe a Monty Clift con su mirada de loco, a Brando y sus camisetas, y a Burt Lancaster, que iba a vela y a motor, preguntándose algo así como quién con cuatro copas no se ha tirado a un amigo.

En 317 páginas salen además campos de concentración, las SS, el odio, los celos y la consideración final de que el duelo de una novela policíaca no está entre el asesino y el detective, sino entre el asesino y el lector. 'El problema final' es una novela divertida, evocadora, un juego, una teoría. Un arquitecto de la fabulación, que hace trabajo de albañilería con maestría, echa a la obra año y medio de jornales. En cuanto a su pasión por el cine, se puede explicar porque Hollywood ha salvado la poesía épica, que fue la primera forma de poesía: en este caso el trote del cowboy.

12 agosto 2023

'La piel del tambor', un filme de misterios barrocos, espías y hackers en pantalla grande

elpais.com.co - 12/08/2023

Espías, "hackers", intriga y suspenso forman parte de la coproducción entre Colombia, España e Italia, que puso de pie en salas de cine al propio autor de la novela, Arturo Pérez-Reverte, al ver la “gran adaptación al cine” que de su obra hizo el director caleño Sergio Dow. La película involucra a la iglesia católica por cuenta de un correo electrónico anónimo que recibe el papa por parte de un "hacker" que le pide investigar las muertes ocurridas en una iglesia barroca del siglo XVII que se desmorona y que, aparentemente, mata para defenderse. Hablamos con el realizador sobre este filme protagonizado por el actor británico Richard Armitage y la española Amaia Salamanca, y que cuenta en su elenco con el italiano Franco Nero, el colombiano Víctor Mallarino y el español Rodolfo Sancho.

—¿Cómo llegó a ese libro de Arturo Pérez Reverte para volverla película?

—De una manera peculiar. Un amigo mexicano, Eugenio Castillo, estaba visitándonos en Chicago y se le olvidó el libro en mi casa. Sentí curiosidad, lo leí y descubrí que era una historia muy interesante, con una clarísima vocación cinematográfica y contemplé la posibilidad de llevarlo al cine, y afortunadamente pudimos lograrlo.

—Y se volvió una coproducción de tres países...

—Cuatro, si se tiene en cuenta una participación menor de Estados Unidos. Esta película contó con una inversión privada, pero la mayor parte provino de los institutos del cine y ministerios de cada uno de los países que participaron en la coproducción.

A pesar de estar clasificada para mayores de 12 años, tiene todos los elementos: misterio suspenso, intriga. Los jóvenes pueden encontrar afinidad con el joven hacker, y les va a encantar   porque está interpretado por Carlos Cuevas, actor de Merlí y Smiley, la revelación española

—Tiene un elenco muy internacional... ¿Cómo fue trabajar con tantos actores de diversos países?

—En eso hubo mucha dedicación de la directora de casting, Camila-Valentine Isola, con mucha trayectoria, quien vive en Madrid, pero permanece muy conectada con los representantes de los actores en Estados Unidos y Europa. No se trató solamente de ensamblar un reparto que es excepcional, sino de contar con la suerte de que estuvieran todos disponibles al mismo tiempo, eso no es fácil. Hubo que reemplazar algunos pocos, pero las opciones con las que terminamos eran las ideales. Me siento muy satisfecho teniendo actores de 11 países y de haber superado el primer reto, que era que todo armonizara, porque había podido convertirse en una Babel, pero logramos con esos actores de altísimo nivel, que esto funcionara, no se nota ninguna discordancia.

—También contó con actores colombianos, como Víctor Mallarino. ¿Qué pondera de él?

—Es uno de los más grandes, a quien aprecio inmensamente, además me honra con su amistad. Víctor es un talentosísimo actor que está en su mejor momento, con una trayectoria como ninguna y una dedicación y una escuela extraordinarias, estuvo al nivel y muchas veces por encima del reparto internacional.

—Hacer adaptaciones es muy difícil en estos tiempos, por producción y por recursos. ¿Cómo se logró esta hazaña y qué expectativa tienen respecto al impacto en taquilla?

—Hacer películas aquí y en cualquier parte es difícil. Es una actividad de mucho riesgo, que compromete capitales muy grandes, esta es una película de 8 millones de dólares, 7 y medio millones de euros. Se logró mediante la fórmula de coproducción que reparte ese riesgo, y se emplearon también los programas de incentivos que existen en todos los países, —exceptuando los Estados Unidos, en donde se producen películas de grandes presupuestos con la inversión privada—. Era el principal obstáculo, que logramos vencer. La notoriedad del autor estuvo a favor, así como el reparto y los productores, que eran lo suficientemente sólidos, y constituyeron una garantía de que la película se iba a realizar y a terminar.

—La película se lanzó oficialmente en España, Arturo Pérez-Reverte estuvo allá, ¿cómo tomó la adaptación cinematográfica de su obra?

—Ojalá todos los espectadores de la película reaccionaran como Arturo, que a la mitad de la proyección se levantó y me besó; está feliz, considera que es la mejor adaptación de su novela, no me correspondería a mí decirlo, repito sus palabras. Competimos con películas que realizaron autores como Polanski: 'La Novena Puerta', con grandes repartos como Johnny Depp o Viggo Mortensen. Y algo que es muy estimulante es que Pérez-Reverte publicó sus opiniones en una columna extensa en el 'ABC' en Madrid y me ha ofrecido que hagamos otros proyectos. La historia intrincada no es fácil, hay que seguirla con cuidado, pero cuando la gente se conecta, se pega de la pantalla y no se mueve. Me sorprendió ver eso en funciones comerciales en España, salían muy satisfechos con la película. Estuvo muchas semanas en Amazon Prime, y fue segunda, después de 'Top Gun' en España, lo mismo en Rusia, dos idiosincrasias diferentes.

https://www.elpais.com.co/entretenimiento/la-piel-del-tambor-un-filme-de-misterios-barrocos-espias-y-hackers-en-pantalla-grande-1123.html

03 agosto 2023

Carta a Arturo Pérez-Reverte

Eduardo Martínez Rico - zendalibros.com - 03/08/2023

Querido Arturo:

No sé dónde estarás ahora, tal vez en tu velero, en el Mediterráneo, que es tu mar, como sueles decir. Tal vez estés en tu casa, maquinando otra novela, otra novela que hará las delicias de todos los que te leemos, en España y en el mundo.

Se me ha ocurrido escribirte esta carta porque últimamente te veo poco, aunque te siento mucho, digamos. Digamos que te leo, con pocas interrupciones. Miro tus libros constantemente en mi biblioteca y vuelvo a ellos para recordarlos, para no olvidarlos, o para que ellos no me olviden a mí, que acaso es más exacto de decir, para no olvidar nunca la diversión que me proporcionaron, ni su enseñanza, una enseñanza ya permanente, como escritor, como lector, como persona, y también como periodista. Yo creo que lo sigues siendo y siempre lo serás, pues es muy posible que sea cierto eso de que no dejamos de ser lo que hemos sido, lo que nos ha hecho felices, o a lo que hemos dado todo nuestro ser… Lo mejor que tenemos.

Una vez te dije que yo notaba, al hablar contigo, que tú habías sido más feliz en tu época de reportero que en tu época de escritor. Me contestaste que sí, aunque admitías que para tu edad estaba bien el ser escritor. Una vez le oí decir a José Luis Garci que los que añoraban tiempos pasados lo hacían porque entonces habían sido jóvenes. No sé si será tu caso. Lo que sé, fíjate, es que tú lo has puesto todo como escritor, y creo también que lo pusiste todo como reportero, como periodista, y que si hubieras sido profesor, por ejemplo, también lo hubieras hecho, porque no conoces, en mi opinión, otra forma de trabajar, de vivir. Y así escribes tus novelas.

Pronto, dentro de unas semanas, vas a publicar una nueva, 'El problema final'. En parte por esto yo te escribo esta carta, y porque cuando publiques tu nueva novela todo el mundo querrá escribir sobre ella y sobre ti, y tendrán menos sentido mis palabras, estas palabras.

¿Qué estás leyendo ahora? Siempre te pregunto lo mismo. Seguro que ya estás escribiendo un nuevo libro, porque tú los encadenas unos detrás de otros. Tal vez el verbo enlazar sea más exacto. Pasas de una novela a otra, y a veces unas te llevan a otras, intuyo. Hace poco me dijiste, y tu tono no incluía la más mínima petulancia, que llevabas este ritmo actual de un libro al año porque no tenías ninguna dificultad para escribir los libros. Supongo que no sólo te referías a lo literario, sino a lo vital, a la vida en general. Me alegro muchísimo. Todos tus lectores nos alegramos.

Antes de escribir esta carta he vuelto a algunos libros tuyos, para documentarme, para refrescar. Y me he llevado algunas pequeñas sorpresas, personales. Por ejemplo, 'Línea de fuego' me gusta más ahora que cuando la leí por primera vez, consciente siempre de que es un gran libro. 'La sombra del águila', que es una novela muy corta que tú escribiste en su día para 'El País', por entregas, y que en un principio no quisiste que se publicara en libro, ahora es de lo que más me gusta de tu obra, o de lo más grato… No sé si te gustará que te lo comente, aunque también valoro mucho tus novelas grandes, y las suelo preferir sobre otras más breves. De todos modos yo creo que la literatura no tiene mucho que ver, en su calidad, con la extensión o el peso, sino que finalmente es algo subjetivo, propio de cada lector: lo que le da cada libro en un momento determinado; también lo que pone el lector en cada libro en su momento. Sin embargo pienso que al 'Quijote' le ha ayudado mucho su extensión para ocupar el puesto que ocupa en la literatura universal.

Volviendo a esta pequeña, pequeñísima, relectura de tu obra, te diré que 'La piel del tambor', por ejemplo, me gusta mucho, me sigue gustando mucho, una obra enormemente novelesca, entre otras razones porque en ella encuentro que están muy fusionadas mis experiencias personales, lo que viví mientras la leía por primera vez. Y lo mismo puedo decir de 'El club Dumas', que seguramente es tu libro que más me gusta. Tú me has dicho alguna vez que también es el que te gusta más a ti. Dijiste “novela”, no “libro”, pero creo que podemos considerar que te referías a tus libros en general.

Cuando oímos algunas canciones, música en sentido amplio, volvemos con frecuencia al pasado. Cuando releemos algunos libros directamente nos retrotraemos a lo ya vivido, volviéndolo a vivir de algún modo, con lo que el libro se convierte en una máquina del tiempo extraordinariamente potente, una máquina, al final, de vivir. Y de aprender, añadiría. De soñar. De disfrutar. Tú has construido muchas de estas máquinas y, siendo muy feliz construyéndolas, has conseguido que lo fuéramos muchos otros, muchísimos otros, leyéndolas. Tanto que yo pienso que hay una relación directa entre la experiencia del escritor haciendo su libro, su texto, y la experiencia del lector leyendo ese mismo libro, ese mismo texto.

Tú lo deberías saber muy bien, porque aparte de gran escritor —para mí lo eres, y para muchos—,  eres un grandísimo lector, y siempre has dicho que escribes como lector. Además, yo creo que lo dices como el que da una clave importante de su quehacer. Creo que esa humildad, la de considerarte, por encima de todo, lector, esa felicidad es efectivamente uno de los secretos de tu éxito, algo de lo que tomo buena nota, para aprender de ello, como lector y como escritor.

https://www.zendalibros.com/carta-a-arturo-perez-reverte/

01 agosto 2023

Para Arturo

Alfonso Ussía - eldebate.com - 01/08/2023

Me figuro que estarás navegando. Pero te emplazo para septiembre, querido Arturo Pérez-Reverte. Te ofrezco un empleo, no remunerado, que quedó vacante cuando se me marchó Antonio Mingote. El de mi Pepito Grillo en la Real Academia Española. El changurro, el pato malvasía y la camioneta que vuelca en una curva. La primera solicitud de ayuda tuvo como protagonista la definición en el Diccionario de la RAE del changurro. Antonio Mingote expuso mis argumentos –y los de mi padre fallecido, gran conocedor del vascuence– en una de vuestras reuniones periódicas, y se molestó con él Alonso Zamora Vicente, el que fuera sempiterno secretario perpetuo de la docta institución. Según me confesó Antonio, Zamora Vicente fue el que impulsó la errónea descripción académica de la voz «changurro», y montó en cólera educada, si ello es posible, cuando se sintió aludido. Antonio, con su buena educación serenísima renunció a proseguir el debate y dejó las cosas como estaban. La RAE define de esta guisa al changurro. «Changurro. (del eusk. 'txangurro') m. Plato vasco popular hecho con centollo cocido y desmenuzado en su caparazón". Esa descripción es un disparate, Arturo, una aurora boreal. Antes de todo, porque el changurro no es un plato, y menos aún popular, por su carestía. El changurro, vivo o muerto, desmenuzado o sin desmenuzar, es el centollo. En vascuence «changurro o txangurro» es la denominación del centollo, el crustáceo decápodo marino, el gran cangrejo de caparazón redondo cubierto de pelos cuya carne es tan sabrosa como apreciada. El changurro se puede degustar de diferentes maneras, y es el animal, no el plato, y jamás popular. Ya en mis tiempos de niño, el mejor changurro de San Sebastián se ofrecía en Juanito Kojúa, y de popular nada de nada. Te arreaban un sablazo de aúpa en la factura. Urge la corrección para la vigésima cuarta edición.

Más éxito tuvo Antonio con el pato malvasía, especie al borde de la extinción y que sobrevive en los humedales del este y sur de España y en Portugal. Un pato maravilloso, el "oxiura leucocephala", con su cabeza blanca y su gran pico azul. El único pato que no aparecía en el Diccionario. Ya está instalado en él. Antonio Mingote me envió un precioso dibujo. Un pato malvasía nadando sobre la tapa del Diccionario de la RAE me agradecía el interés: «Gracias, don Alfonso, por hacerme sitio, al fin, en este libro tan gordo».

Y en la tercera petición, sin éxito, se montó un rifirrafe académico. Creo que todo lo que se pueda decir a viva voz debe poder escribirse. Se lo expuse a Antonio mientras devoraba un plato de borrajas. Una camioneta, con una baca sobre el capó, transporta a una vaca en el amplio volquete trasero. Al tomar una curva, la camioneta vuelca y se caen las dos vacas, la baca con b, y la vaca con uve. ¿Cómo se escribe «cayeron las dos vacas»? Camilo apoyó a Mingote. «¡Urge solucionar el problema! Lo que se dice se tiene que escribir». Emilio Alarcos también se puso del lado de Mingote, pero la mayoría tumbó la posibilidad de estudiar la solución.

Tengo la mala costumbre y quizá el gusto lector deteriorado. Me divierten e interesan los diccionarios, y los leo. En quince años, sólo en tres ocasiones me atreví a molestar a Antonio Mingote. Desde que se fue no tengo interlocutor en la RAE, y creo que el único que reúne todos los requisitos para serlo eres tú. Sabes que, a cambio, te regalaré la edición en chino de 'La Isla Negra', de Tintin. Espero que adoptes la decisión correcta. Un abrazo.

https://www.eldebate.com/opinion/20230801/arturo_131625.html