05 septiembre 2023

Dossier de prensa para 'El problema final'


Alfaguara - 05/09/2023

—Haría falta un policía —sugirió alguien—. Un detective.

—Tenemos uno —dijo Foxá.

Todos siguieron la dirección de su mirada.

—Eso es ridículo —protesté—. ¿Se han vuelto locos?

—Usted fue Sherlock Holmes.

—Nadie fue Sherlock Holmes. Ese detective no existió jamás. Es una invención literaria.

—Que usted encarnó de manera admirable.

—Pero fue en el cine. Nada tuvo que ver con la vida real. Sólo soy un actor.

Me contemplaban esperanzados, y lo cierto es que yo mismo empezaba a entrar en situación, como si acabaran de encender los focos y oyese el suave rumor de una cámara rodando. Aun así decidí mantenerme silencioso, cruzados los dedos bajo el mentón. No había disfrutado tanto desde que rodé 'El perro de Baskerville'.

Junio de 1960. Un temporal mantiene aisladas en la idílica isla de Utakos, frente a Corfú, a nueve personas alojadas en el pequeño hotel local. Nada hace presagiar lo que está a punto de ocurrir: Edith Mander, una discreta turista inglesa, aparece muerta en el pabellón de la playa. Lo que parece un suicidio revela indicios imperceptibles para cualquiera salvo para Hopalong Basil, un actor en decadencia que en otro tiempo encarnó en la pantalla al más célebre detective de todos los tiempos. Nadie como él, acostumbrado a aplicar en el cine las habilidades deductivas de Sherlock Holmes, puede desentrañar lo que de verdad esconde ese enigma clásico de habitación cerrada. En una isla de la que nadie puede salir y a la que nadie puede llegar, inevitablemente todos se acabarán convirtiendo en sospechosos en una fascinante novela-problema donde la literatura policial se mezcla de modo asombroso con la vida.

La escena del crimen

Una pequeña isla frente a Corfú

«Utakos era bellísima: un minúsculo paraíso de olivos, cedros, cipreses y buganvillas, con el embarcadero en forma de espigón bajo las ruinas de un antiguo fuerte veneciano, una colina espesamente arbolada que conservaba arriba los restos de un templo griego y, en una concavidad de ésta, protegido de casi todos los vientos, el hotel Auslander […], con espléndidas vistas a la costa de Albania y al relieve montañoso de Corfú, que cada mañana se recortaba en la distancia sobre el contraluz de increíbles amaneceres. Ni siquiera el temporal quitaba un ápice de belleza al paisaje, pues el intenso noroeste que agitaba el mar mantenía el cielo sin una nube, despejado, azul y luminoso».

Un temporal en el mar

«Un centro de bajas presiones se desplazaba hacia el Mediterráneo oriental e iba a inmovilizarse entre Chipre y el mar Negro. Aquello haría soplar desde el golfo de Tarento vientos de fuerza 9 a 10, infrecuentes en esa época del año, que azotaron el mar Jónico y la costa occidental de Grecia con un temporal tan violento que durante varios días quedó suspendida la navegación en torno a Corfú».

Un hotel victoriano

«La villa se construyó a principios del siglo pasado. Entre las dos guerras se convirtió en una locanda. Después mi marido la compró y empezó a rehabilitarla como residencia. Lástima que no llegase a verla terminada. […] La terraza-balcón que rodeaba tres de los cuatro lados del  edificio: un corredor común, circundado por una barandilla de hierro, en torno a las habitaciones de la primera planta —en la segunda, sin terraza, se alojaban los empleados del hotel—, cuyos espacios privados delimitaban jardineras con geranios. En cada una de las divisiones había una mesita y sillas, también de forja. […] Se oía, distante, el suave ronroneo del generador eléctrico situado junto a la terraza».

El pabellón de la playa

«El pabellón de la playa era una cabaña de madera. Los huéspedes del hotel lo utilizaban para cambiarse de ropa de baño y tener a mano hamacas, sombrillas y toallas. Contaba con una ducha y un retrete, una estantería, una mesa con una pila de revistas ilustradas —Life, Época, la griega Zephyros— y una pequeña nevera de hielo que estaba abierta y vacía. No había luz eléctrica sino un farol de queroseno. La única ventana daba al lado del hotel y la puerta se abría casi a la orilla de la playa. Por esa parte la colina no ofrecía tanto resguardo y el viento soplaba en rachas a ras del suelo, borrando toda huella».

Los sospechosos

Ormond (Hopalong) Basil

«Yo acababa de cumplir los sesenta y cinco años, y mis vértebras ya no eran lo que habían sido: la edad encoge un poco, pero conservaba la mayor parte del metro ochenta y siete de estatura, el vientre plano y el rostro anguloso y flaco que en otro tiempo habían hecho muy popular las pantallas de cine. También cierta flexibilidad de movimientos. […] Ahora yo tenía canas, pero seguía peinándome hacia atrás con raya alta, iba bien afeitado, y la chaqueta de tweed muy usada —Anderson & Sheppard, naturalmente— y la corbata de punto sobre la camisa gris me conferían un elegante desaliño. Mis ojos oscuros y vivos, un poco saltones, seguían mirando el mundo con penetrante interés. […] Del alcohol había escapado más o menos a tiempo y tenía algunos ahorros, pese a que mi carrera cinematográfica estaba muerta y enterrada. A fin de cuentas, sin contar las otras películas,  había hecho quince lucrativas historias de Sherlock Holmes. El detective al que habían visto en las pantallas no era una interpretación, sino la encarnadura física e intelectual de lo imaginado por Conan Doyle. El actor Hopalong Basil salía de puntillas y dejaba en escena al personaje: Sherlock Holmes era yo».

Paco Foxá

«Era bien parecido y no pasaba mucho de los cuarenta. Hablaba un buen inglés con acento español. Estaba moreno de sol, y el pelo negro, un poco ondulado, le daba aire de galán cinematográfico. Su aspecto era el de quien sabe perfectamente diferenciar una samba de un mambo. Se parecía mucho a un joven que por esa época empezaba a destacar en Hollywood, Cliff Robertson. Se veía confinado en Utakos casi por casualidad, al término de una aventura sentimental con desenlace poco feliz. Ella, casada, había decidido romper la relación, furiosa por su negativa a apoyarla en una separación legal de su marido. Así que dos días atrás, después de una noche de discusiones y reproches, hizo las maletas y pidió que las bajaran al ferry.

—Escribo novelas. […] Son historias baratas, policíacas y del Oeste, que se publican en España e Hispanoamérica. Ninguna, excepto un relato corto, está traducida a otras lenguas... Novela popular, figúrese, que escribo con dos seudónimos distintos: Frank Finnegan y Fox Creek —me guiñó un ojo, cómplice—».

Edith Mander y Vesper Dundas

«Viajaban juntas desde hacía tres meses: una especie de clásico grand tour que las había llevado de Montecarlo a  Venecia, y de allí a Corfú con intención de visitar Grecia durante el verano. Eran amigas desde que se conocieron en París, en una escalera del Louvre, justo delante de la Victoria de Samotracia. Dos inglesas solas en Europa, igual que en las novelas de Henry James. Y como no podía ser de otro modo, habían simpatizado en el acto».

Pietro Malerba y Najat Farjallah

«Malerba era un productor de peso en Cinecittà y en los grandes proyectos del cine y la televisión norteamericanos en Europa. […] Me abrazó con sonoras palmadas en la espalda. Muy meridional, todo, y muy propio de él. Muy italiano. Forzaba un poco el afecto, así que supuse que con mi vieja gloria pretendía impresionar a su acompañante, una señora madura pero todavía de buen ver cuyo rostro me resultaba muy familiar. […] Me quité el sombrero, besé a mano enjoyada y cumplí con los rituales de rigor. Algo extinto ya el fervor del público que la había aclamado como a una semidiosa, la célebre soprano estaba en posesión de una belleza a punto de marchitarse, aunque todavía eficaz: ojos grandes y oscuros bajo un turbante de seda, boca bien dibujada, nariz poco semítica a pesar de su origen libanés, vestimenta adecuada. Modales lánguidos acostumbrados a la admiración ajena, conscientes de sí mismos».

El doctor Karabin

«Se trataba de un turco rechoncho, con barba rizada veteada de canas, cuyo pelo demasiado caoba era un evidente peluquín postizo; director, comentó alguien, de una clínica privada en Esmirna».

Los Klemmer

«La pareja de aspecto germánico —luego supe que eran alemanes y se llamaban Hans y Renate Klemmer— pasó por mi lado para ocupar una mesa cerca de la escalinata de piedra blanca. […] Hans Klemmer era corpulento, sanguíneo, con unos ojos azul claro idénticos a los de su esposa. Una cicatriz horizontal le cruzaba la mejilla izquierda: la inequívoca marca estudiantil de las antiguas universidades alemanas. Me pregunté, no sin malicia, qué habría hecho durante la última guerra».

La señora Auslander

«No había cerca más autoridad que la señora Auslander, propietaria del hotel y la isla. Hace quince años salió de un campo de exterminio».

Gérard

«Gérard, el encargado, era flaco, distinguido y francés, y vestía con sobrio aplomo el traje negro y la pajarita propios de su digno oficio. Tenía un hermoso cabello gris, una aristocrática nariz aguileña y un diente de oro que, al sonreír, le relucía en el lado izquierdo de la boca, bajo el fino bigote. También era un razonable pianista».

Los camareros: Spiros y Evangelia

«Evangelia, la camarera, solía caminar silenciosa como una gata».

«El camarero hablaba un inglés desenvuelto. Era moreno, delgado, bien parecido: pelo crespo, manos de campesino, ojos tranquilos. Tenía el aspecto físico, un poco descarado, de tantos jóvenes mediterráneos que merodean por hoteles y restaurantes a la caza de extranjeras que solucionen su vida durante unos días o una temporada; pero yo lo había visto trabajar y lo tenía por un muchacho eficiente y serio. También la señora Auslander y Gérard parecían estimarlo».

El culpable

Arturo Pérez-Reverte nació en Cartagena, España, en 1951. Fue reportero de guerra durante veintiún años. Con más de veinte millones de lectores en el mundo, traducido a cuarenta idiomas, muchas de sus obras han sido llevadas al cine y la televisión. Hoy comparte su vida entre la literatura, el mar y la navegación. Es miembro de la Real Academia Española y de la Asociación de Escritores de Marina de Francia.

Las pistas

Arturo Pérez-Reverte regresa a la novela de intriga para bordar un homenaje sin igual a la literatura detectivesca clásica de Arthur Conan Doyle y su Sherlock Holmes y al cine de suspense de la primera mitad del siglo XX.

Literatura y cine se entremezclan en esta novela endiabladamente inteligente construida con todas las claves del policial clásico.

Una narración repleta de referencias a la literatura y el cine de género.

Sus novelas precedentes, 'Sidi', 'Línea de fuego' (galardonada con el Premio de la Crítica 2020) y 'El italiano', han alcanzado ventas de más de 300.000 ejemplares cada una. Su última novela, 'Revolución', fue uno de los libros del año en 2022, con más de 200.000 ejemplares vendidos.

Su obra está traducida a más de cuarenta idiomas.

Con reciente presencia en 'El hormiguero', en canales de YouTube conducidos por jóvenes influencers, con más de 2.400.000 seguidores en Twitter, más de 637.000 en Facebook y 260.000 en Instagram. Además, su columna 'Patente de corso', publicada cada domingo en el XL Semanal, tiene más de 4.500.000 lectores.

El canon elemental

El inmortal Sherlock Holmes

«Yo era el primero en saber que la mayor parte de las deducciones e inferencias de Sherlock Holmes —como las de Hércules Poirot o cualquier otro— no resistían un análisis lógico. Si triunfaban era porque sus creadores novelistas permitían que lo hicieran. Me pasó el libro. Era pesado, un grueso volumen en folio: Sherlock Holmes: The complete illustrated «Strand». Estaba bastante maltratado en la encuadernación, pero las hojas se hallaban bien. Pasé despacio las páginas admirando sus antiguas ilustraciones hasta llegar a la 118: Watson sentado y Holmes de pie, de espaldas a una chimenea. "Luego se situó delante del fuego", decía el pie de la imagen. Se lo mostré a Foxá.

—La hizo Sidney Paget en 1891 —comentó él—. ¿Los ve bien con esta luz?... Esa estampa, la primera que aparece en 'Un escándalo en Bohemia', fijó para siempre el canon: Watson más bajo y algo más fornido, con su bigote, y el detective alto y delgado, la frente despejada y la nariz grande, aguileña. Hubo otros ilustradores, pero ninguno se acercó tanto a la esencia de los personajes. […] Llegué así a la página 197. Ahí estaba la imagen clásica que ya nunca nadie pudo alterar: Holmes en batín, fumando su pipa. También se la mostré. […] Entonces me detuve ante una ilustración del relato 'Silver Blaze': Holmes y Watson en un vagón de ferrocarril. Foxá se inclinó a mirarla.

—Aquí aparecen el abrigo Úlster con capucha y el famoso gorro de campo —dijo, complacido.

—Sí, pero no imagina lo ridículo que me sentía cuando me obligaban a ponerme el deerstalker en las primeras películas».

El doctor Watson

«—Necesitará un Watson —apuntó Foxá.

Sonreía cómplice, cual si eso estuviese resuelto: un ayudante dispuesto a serlo. Yo no tenía escapatoria, ni en verdad lo deseaba. "In and out of character", decíamos los actores británicos. Y eso era exactamente lo que ocurría. Llevaba un buen rato dentro; más de lo que ellos suponían. […] Tal vez debido al desayuno, me sentía imbuido de una repentina energía, lo mismo que cuando en las películas cogía abrigo y sombrero e invitaba a Bruce Elphinstone a seguirme a la calle en una nueva aventura. Hasta me pareció entrever al fiel Watson contemplando escandalizado el anagrama de la reina Victoria grabado a tiros con balas Eley del número 2 en la pared del salón».

El profesor Moriarty

«—Me temo, Holmes —dijo con mucha calma—, que el profesor Moriarty nos lleva ventaja».

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