05 mayo 2026

Arturo Pérez-Reverte, memoria gráfica: sus fotos de guerra comentadas por él mismo

 

En los 70 y 80, recorrió las regiones más convulsas del mundo armado con una Olivetti y dos cámaras de fotos. Las imágenes que tomó entonces se publican ahora en un libro y una exposición.

En los años setenta y durante un corto período de tiempo, al principio de mi vida como reportero, hice mis propias fotos. Las guerras no eran entonces lugares tan frecuentados como ahora, las oenegés no existían y los testigos exteriores de aquellas tragedias eran muy pocos. A menudo, en África, Asia o Hispanoamérica, un enviado especial debía buscarse la vida en soledad durante semanas o meses. No era un mundo fácil. Tampoco había teléfonos móviles, y las transmisiones, muy difíciles cuando no imposibles, debían hacerse por línea convencional o por télex. Por esa época yo trabajaba para el diario Pueblo –en ese momento el más importante y popular de los periódicos españoles– y solía viajar solo, de forma que debía arreglármelas con mis propios medios. Y de esa forma, cargado con una máquina de escribir portátil Olivetti y mis cámaras Pentax y Nikon, anduve por la vasta geografía de las catástrofes contando lo que veía.

La mayor parte de las fotos de guerra que hice en esos tiempos no las vi nunca. Me encontraba en Angola, en El Salvador o el Líbano, fotografiaba lo que podía y, con la mayor rapidez posible, buscaba la forma de hacer llegar los carretes fotográficos sin revelar a mi periódico para que se publicaran allí. Los entregaba a un piloto o una azafata, un diplomático, un misionero de regreso, un viajero al que abordaba en cualquier aeropuerto del mundo, confiando en que los entregaran en Madrid. Nunca podía saber si las imágenes que procuraba obtener eran buenas o malas. En eso trabajaba a ciegas. Después, a mi regreso, veía algunas que habían sido publicadas con mis reportajes; pero el resto, la mayor parte, las que quedaron descartadas por el redactor jefe o el responsable de Internacional, no llegaba a verlas nunca. Quedaban en los archivos del periódico, inéditas hasta para mí.

Cuando en 1984 desapareció Pueblo, al anunciarnos su inminente cierre fui a los archivos y recuperé casi todos mis negativos: más de tres mil fotografías sin positivar que durante 35 años estuvieron guardadas en unas cajas que hasta ahora no volví a abrir. Se trata de carretes revelados a toda prisa en la agitación urgente de un diario, algunos sucios y con manchas a causa de un deficiente secado. Tampoco son grandes fotografías, de las que labran la fama de un fotógrafo profesional, sino pequeños testimonios gráficos complementarios, imágenes de lo que vi y viví: fotos tomadas por mí, todas, y alguna en la que yo mismo aparezco con veintipocos años, hecha por algún compañero accidental de la época o, lo más frecuente, por los mismos soldados o guerrilleros con los que convivía. Es, en suma, el testimonio gráfico de un tiempo, de los personajes que lo poblaron y del joven periodista que vivió ese tiempo. Algo así como la memoria gráfica de mi juventud.

Esos negativos, olvidados como digo durante muchos años, reaparecieron hace unos meses al rebuscar entre viejos documentos que guardo en casa. La curiosidad, sobre todo el deseo de echar un vistazo a las fotos que nunca había visto, me llevaron a confiarlos a mi amigo Jeosm, fotógrafo de la revista literaria digital Zenda y uno de los mejores y más brillantes profesionales que conocí nunca. Durante semanas, él se dedicó a la paciente tarea de ordenar esos negativos, limpiarlos y positivarlos. Y así, gracias a su amistad, dispongo ahora de una galería de imágenes, de recuerdos personales cuya contemplación me produce sentimientos encontrados: el álbum de guerra de un reportero en su época de aprendizaje, primeros 5 o 6 años de los 21 que acabaría pasando, 12 como periodista de Pueblo y 9 de Televisión Española, entre 1973 y 1994, desde Oriente Medio hasta los Balcanes. Apenas me reconozco ya en esas imágenes de hace medio siglo, pero hay algo que sí es muy cierto; con los libros que leí mientras viajaba por esos mundos y que tantas cosas me ayudaron a soportar y asumir, con la mirada que aquellas escenas me dejaron impresa para siempre –hay lugares de los que nunca se regresa del todo–, hoy envejezco y escribo novelas.

Fotografías de guerra (1974-1985), puede verse en el marco de PHotoESPAÑA del 6 al 31 mayo en El Ateneo de Madrid. La Fábrica presenta a su vez el libro homónimo, que se publica, coincidentemente, con Enviado especial: Una biografía de guerra, editado por Alfaguara.

El Sáhara fue mi primera experiencia larga, pues el diario 'Pueblo' me tuvo allí más de ocho meses para cubrir la crisis que acabó con la Marcha Verde y el abandono de la colonia española. Ya había cubierto en 1974 la guerra en el sur del Líbano y la guerra de Chipre; pero fue en el Sáhara donde, en el ejercicio de la crónica casi diaria, realmente me formé como reportero. Esta fotografía se tomó cerca de Mahbes el 25 de noviembre de 1975, cuando cubría los primeros combates entre las tropas marroquíes y la guerrilla del Frente Polisario, en un reportaje que se publicó bajo el título 'La guerra secreta del Sáhara'. Ese mismo día cumplí 24 años.
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De cumpleaños en el frente

El Sáhara fue mi primera experiencia larga, pues el diario 'Pueblo' me tuvo allí más de ocho meses para cubrir la crisis que acabó con la Marcha Verde y el abandono de la colonia española. Ya había cubierto en 1974 la guerra en el sur del Líbano y la guerra de Chipre; pero fue en el Sáhara donde, en el ejercicio de la crónica casi diaria, realmente me formé como reportero. Esta fotografía se tomó cerca de Mahbes el 25 de noviembre de 1975, cuando cubría los primeros combates entre las tropas marroquíes y la guerrilla del Frente Polisario, en un reportaje que se publicó bajo el título 'La guerra secreta del Sáhara'. Ese mismo día cumplí 24 años.

La guerrilla acaba de tomar la ciudad, y soy el único periodista presente. El ataque empezó al amanecer, y los combates más duros tuvieron lugar en torno a las instalaciones militares. Los últimos supervivientes enemigos han sido cazados como conejos cuando intentaban escapar. Me acerco a uno de los cadáveres para fotografiarlo mientras los dos hombres que le han disparado le registran los bolsillos. Al verme levantar la cámara, uno de ellos coloca un pie sobre la cabeza del caído, como si se tratara de un trofeo de caza. «Meik mi uan foto», dice. Tomo foco y aprieto el obturador. Clic. Paco Cercadillo, el subdirector de 'Pueblo', decidió abrir la edición de ese día con esta foto a un cuarto de página, en primera plana. 'En el infierno eritreo', fue el titular.
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El infierno eritreo

La guerrilla acaba de tomar la ciudad, y soy el único periodista presente. El ataque empezó al amanecer, y los combates más duros tuvieron lugar en torno a las instalaciones militares. Los últimos supervivientes enemigos han sido cazados como conejos cuando intentaban escapar. Me acerco a uno de los cadáveres para fotografiarlo mientras los dos hombres que le han disparado le registran los bolsillos. Al verme levantar la cámara, uno de ellos coloca un pie sobre la cabeza del caído, como si se tratara de un trofeo de caza. «Meik mi uan foto», dice. Tomo foco y aprieto el obturador. Clic. Paco Cercadillo, el subdirector de 'Pueblo', decidió abrir la edición de ese día con esta foto a un cuarto de página, en primera plana. 'En el infierno eritreo', fue el titular.

Combatientes falangistas cristianos sorprendidos en plena calle por francotiradores enemigos. Ocurrió en el barrio beirutí de Hadath y, por alguna extraña razón, recuerdo perfectamente sus nombres: Georges es el que dispara con el Kalashnikov, y Hakim el que corre agachado. El resto del grupo –éramos media docena, y el jefe se llamaba Fuad– ya ha buscado refugio. Pegado a un muro, intento hacer un par de fotos antes de protegerme con los demás. En esta época las cámaras aún no son automáticas y hay que calcular luz y enfoque. Eso supone unos momentos angustiosos antes de apretar el obturador y quitarte de en medio.
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La foto o la vida

Combatientes falangistas cristianos sorprendidos en plena calle por francotiradores enemigos. Ocurrió en el barrio beirutí de Hadath y, por alguna extraña razón, recuerdo perfectamente sus nombres: Georges es el que dispara con el Kalashnikov, y Hakim el que corre agachado. El resto del grupo –éramos media docena, y el jefe se llamaba Fuad– ya ha buscado refugio. Pegado a un muro, intento hacer un par de fotos antes de protegerme con los demás. En esta época las cámaras aún no son automáticas y hay que calcular luz y enfoque. Eso supone unos momentos angustiosos antes de apretar el obturador y quitarte de en medio.

Había conocido bien Beirut antes de la guerra civil, en 1974. Conocía el país y me había enamorado de su paisaje y sus gentes. Después del Sáhara y de un tiempo como enviado especial en Argel, 'Pueblo' me envió al Líbano para cubrir la escalada bélica que enfrentaba a palestinos y facciones musulmanas y cristianas. Durante 12 años no dejé de viajar allí. La Beirut que tanto había amado era un laberinto de bombardeos, ruinas y francotiradores. Desde la tronera de uno de ellos fotografié en 1978 la tierra de nadie que separaba los dos sectores del centro de la ciudad.
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Un laberinto de bombas

Había conocido bien Beirut antes de la guerra civil, en 1974. Conocía el país y me había enamorado de su paisaje y sus gentes. Después del Sáhara y de un tiempo como enviado especial en Argel, 'Pueblo' me envió al Líbano para cubrir la escalada bélica que enfrentaba a palestinos y facciones musulmanas y cristianas. Durante 12 años no dejé de viajar allí. La Beirut que tanto había amado era un laberinto de bombardeos, ruinas y francotiradores. Desde la tronera de uno de ellos fotografié en 1978 la tierra de nadie que separaba los dos sectores del centro de la ciudad.

Antes y ahora, no hay nada más peligroso que un niño o un muchacho con un arma. Vi muchos como el de la fotografía, con miradas que daban escalofríos cuando se fijaban en ti. A esa edad los chicos son estremecedoramente valientes, pues los pocos años los vuelven irresponsables y osados. Y también, llegado el caso, pueden ser imprevisibles y extremadamente crueles, a veces más que los adultos. Algunos de los peores momentos que viví como reportero fue ante jóvenes armados, a esa edad en que incluso matar puede parecer un juego.
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Matar, un juego

Antes y ahora, no hay nada más peligroso que un niño o un muchacho con un arma. Vi muchos como el de la fotografía, con miradas que daban escalofríos cuando se fijaban en ti. A esa edad los chicos son estremecedoramente valientes, pues los pocos años los vuelven irresponsables y osados. Y también, llegado el caso, pueden ser imprevisibles y extremadamente crueles, a veces más que los adultos. Algunos de los peores momentos que viví como reportero fue ante jóvenes armados, a esa edad en que incluso matar puede parecer un juego.

Le tengo especial afecto a esta fotografía, que nunca vi positivada hasta que Jeosm se encargó de ello. El hombre del turbante que mira a la cámara es el ex cabo de la Policía Territorial española Belali uld Mahrabi. Belali era muy amigo mío, y tras haber vivido aventuras juntos antes de la Marcha Verde, lo encontré un año más tarde en la guerrilla del Frente Polisario, combatiendo contra Marruecos. Días después de tomar esta imagen desde el vehículo que me iba a transportar a otro lugar del Sáhara, Belali murió combatiendo en Uad Ashram. Cayó herido y quedó atrás, me contaron, y mientras sus compañeros se retiraban estuvieron oyendo los disparos de su Kalashnikov hasta que agotó la munición y llegó el silencio.
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Un héroe en el Sáhara

Le tengo especial afecto a esta fotografía, que nunca vi positivada hasta que Jeosm se encargó de ello. El hombre del turbante que mira a la cámara es el ex cabo de la Policía Territorial española Belali uld Mahrabi. Belali era muy amigo mío, y tras haber vivido aventuras juntos antes de la Marcha Verde, lo encontré un año más tarde en la guerrilla del Frente Polisario, combatiendo contra Marruecos. Días después de tomar esta imagen desde el vehículo que me iba a transportar a otro lugar del Sáhara, Belali murió combatiendo en Uad Ashram. Cayó herido y quedó atrás, me contaron, y mientras sus compañeros se retiraban estuvieron oyendo los disparos de su Kalashnikov hasta que agotó la munición y llegó el silencio.

No me gustaría estar dentro de esa casa. Eso es lo que pienso mientras hago esta fotografía en Sidón, durante los combates callejeros que enfrentan a facciones musulmanas y palestinas. Acompaño a estos últimos mientras atacan con armas pesadas a un grupo enemigo atrincherado en un edificio. Es de noche y desde abajo en la calle no se ve casi nada, así que subo a uno de los inmuebles próximos para tener mejor vista de la situación. Cuando me asomo a una ventana y apoyo una cámara en el alféizar, dejo abierto el obturador y cuento hasta cinco antes de cerrarlo. Y esto es lo que ocurre en esos cinco segundos.
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Cinco segundos en el Líbano

No me gustaría estar dentro de esa casa. Eso es lo que pienso mientras hago esta fotografía en Sidón, durante los combates callejeros que enfrentan a facciones musulmanas y palestinas. Acompaño a estos últimos mientras atacan con armas pesadas a un grupo enemigo atrincherado en un edificio. Es de noche y desde abajo en la calle no se ve casi nada, así que subo a uno de los inmuebles próximos para tener mejor vista de la situación. Cuando me asomo a una ventana y apoyo una cámara en el alféizar, dejo abierto el obturador y cuento hasta cinco antes de cerrarlo. Y esto es lo que ocurre en esos cinco segundos.

Banco de Etiopía, recién terminado el asalto. Los cadáveres de dos de sus defensores, observados por uno de los atacantes. Al que yace en primer plano ya le han quitado las botas y cuantas armas y objetos de valor que llevaba encima. Un momento después se hará saltar la caja fuerte del interior con dinamita y veré amontonarse sobre una mesa de billar los fajos de billetes y las monedas de oro. Es la primera vez en mi vida –también la última– que participo en el atraco a un banco.
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Mi primer, y último, atraco

Banco de Etiopía, recién terminado el asalto. Los cadáveres de dos de sus defensores, observados por uno de los atacantes. Al que yace en primer plano ya le han quitado las botas y cuantas armas y objetos de valor que llevaba encima. Un momento después se hará saltar la caja fuerte del interior con dinamita y veré amontonarse sobre una mesa de billar los fajos de billetes y las monedas de oro. Es la primera vez en mi vida –también la última– que participo en el atraco a un banco.

Podría ser un niño de cualquier guerra, da igual un sitio que otro. Sujeto a la espalda de su madre, mira, con la serenidad de quien ya ha visto demasiado, al extraño que se acerca con una cámara y se arrodilla a su lado para enfocar. Todo está ahí, pues lo más terrible de una guerra, o al menos lo que recuerdas con más exactitud pasados los años, no son los muertos y la destrucción, sino la mirada de los niños. La de éste es un buen resumen de todo. Si amplío mucho la imagen, puedo verme a mí mismo en el momento de tomar la foto, reflejado en sus pupilas oscuras. No es un buen sitio para verse.
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Mi reflejo en sus pupilas

Podría ser un niño de cualquier guerra, da igual un sitio que otro. Sujeto a la espalda de su madre, mira, con la serenidad de quien ya ha visto demasiado, al extraño que se acerca con una cámara y se arrodilla a su lado para enfocar. Todo está ahí, pues lo más terrible de una guerra, o al menos lo que recuerdas con más exactitud pasados los años, no son los muertos y la destrucción, sino la mirada de los niños. La de éste es un buen resumen de todo. Si amplío mucho la imagen, puedo verme a mí mismo en el momento de tomar la foto, reflejado en sus pupilas oscuras. No es un buen sitio para verse.

Tardé 50 años en ver esta fotografía, que no se positivó en su momento. En la frontera norte del Sáhara entonces todavía español, proximidades de Tah, un grupo de soldados nativos preparan el té y bromean. Mi relación con ellos era excelente, pues llevaba ya ocho meses en la región. Pese a la prohibición oficial de que fueran periodistas a zonas críticas, mi amigo el comandante de la Territorial Fernando Labajos –él tomó la foto–, que fue para mí una especie de padrino de guerra sahariano, me dio un uniforme para que, camuflado entre sus soldados, pudiera acompañarlos clandestinamente en las patrullas. Viví así situaciones que conté en el periódico y otras que no conté jamás, y por eso confiaban en mí. Las reglas eran las reglas.
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El té que no olvidaré

Tardé 50 años en ver esta fotografía, que no se positivó en su momento. En la frontera norte del Sáhara entonces todavía español, proximidades de Tah, un grupo de soldados nativos preparan el té y bromean. Mi relación con ellos era excelente, pues llevaba ya ocho meses en la región. Pese a la prohibición oficial de que fueran periodistas a zonas críticas, mi amigo el comandante de la Territorial Fernando Labajos –él tomó la foto–, que fue para mí una especie de padrino de guerra sahariano, me dio un uniforme para que, camuflado entre sus soldados, pudiera acompañarlos clandestinamente en las patrullas. Viví así situaciones que conté en el periódico y otras que no conté jamás, y por eso confiaban en mí. Las reglas eran las reglas. 

https://www.elcorreo.com/xlsemanal/arturo-perez-reverte-sus-fotos-guerra-20260504165305-garc.html

03 mayo 2026

"Una vez que entiendes que el trabajo del periodista consiste en entrar, salir y contar, ya no vuelves a mirar el mundo como antes"


El Mundo - 03/05/2026

['La Lectura' publica en exclusiva el inicio de 'Enviado especial', un nuevo libro en el que el escritor reúne las crónicas de sus años como reportero de guerra]

A veces, cuando miro hacia atrás, tengo la impresión de que las muchas vidas que viví son ajenas, de otro. No mías. Se me hace extraño recordar los diversos hombres que fui antes de ser lo que, para bien o para mal, pueda ser ahora.

Antes de Nicosia y Beirut, antes del Sáhara, de los paisajes devastados y las fronteras inciertas, había empezado a tantear el oficio al que encaminaba mi futuro. Y hasta que ahora, después de tantos años, me veo enfrentado a esas páginas de entonces, había olvidado casi por completo aquellos primeros textos. Después llegaron los viajes azarosos, los conflictos armados, las fotografías, y a partir de entonces creí que todo para mí —biblioteca aparte— había empezado con bombas y disparos. Ahora compruebo que no: antes de la primera guerra me había familiarizado con otra clase de oscuridad y otra clase de miedo. Aunque, si lo pienso bien, acabo concluyendo que siempre, bajo cualquiera de sus formas, se trataría siempre de la misma oscuridad y del mismo miedo.

Mi primera experiencia intensa no fue un frente, sino una mina bajo tierra. Siendo estudiante de bachillerato hacía prácticas de reportero en el diario 'La Verdad', y para ese diario bajé a un pozo con la libreta en el bolsillo y el deseo de contar algo que no se entendiese desde fuera. Allí abajo encontré ruido, oscuridad, tiempo detenido y peligros insospechados. Recuerdo mi cuerpo empapado en sudor, la respiración difícil y la noción del día y la noche que dejaba de existir por completo.

Aquellos mineros no me pidieron que los convirtiera en héroes ni en víctimas; no tenían tiempo ni ganas para eso. Eran hombres rudos, cansados, profesionales del riesgo diario, del miedo a morir sepultados. Consciente de que en esa clase de lugares el intruso debe limitarse a mirar y a preguntar lo justo, me apliqué en el descubrimiento de que entre esos hombres y yo, por muchos riesgos que compartiésemos, había una frontera nítida: podía morir con ellos pero no era uno de ellos. Podía bajar, observar, escribir y luego volver a la superficie. Bajaban para quedarse, y esa diferencia no se salvaba con adjetivos, palmaditas en la espalda, compasión ni solidaridad fácil. Hice entonces mi trabajo —y así lo hice siempre después, porque tal era el periodismo que deseaba hacer— sin fingir que era uno de ellos. Con la mayor honradez posible, sin demagogias ni imposturas.

Después vino, inevitablemente, el mar. Me embarqué en un petrolero de bandera española cuando el petróleo ya no era sólo mercancía, sino factor geoestratégico de primer orden; y también, a bordo, amenaza flotante. Subí al buque-tanque Puertollano en 1971 sabiendo —un tío mío era capitán de la marina mercante y mi padre había navegado varios años en petroleros— que el mar no era para los marinos un paisaje, sino una rutina profesional y peligrosa. Quería contar la historia de aquellos hombres y su vida a bordo: oficiales veteranos, agregados jóvenes, marineros de todos los lugares de España, guardias nocturnas, supersticiones, conversaciones bajo el zumbido de los ventiladores y con el olor del fuel pegado a la ropa.

También temporales inmisericordes y peligros debidos a los acontecimientos internacionales. Un petrolero era acero y motores, pero también una bomba con chimenea que transportaba a seres humanos. Y al comprenderlo aprendí a contar mejor lo que veía: la realidad no necesitaba adjetivos. Bastaba, una vez más, con mirarla a los ojos, de cerca y bien.

Después llegó el diario 'Pueblo'. Ahí el periodismo no se practicaba, se convertía en vida intensa. Aquel periódico fue un sitio fascinante para el aprendiz que todavía era y el reportero que empezaba a ser: un nido de piratas desalmados, genios sin escrúpulos, maestros del oficio, donde la exclusiva y el firmar en primera página justificaban casi cualquier método. Aterricé allí con una ventaja que no era talento ni suerte, sino la íntima certeza de que ese oficio no se podía ejercer desde la comodidad de una redacción. Y cuando me enviaron a cubrir el misterio del Apollo —un supuesto barco espía que trabajaba para la CIA— recordé lo aprendido en la mina y en el petrolero. Además de mirar había que arriesgarse y entrar. Así que hice eso: entré.

No iba a subir a bordo por la pasarela, eso era evidente. No me iban a dejar. Y había otros periodistas de la competencia rondando la misma presa. Recurrí por tanto a lo único que tenía como ligera ventaja: un antiguo curso de buceo y cierta dosis de descaro. Alquilé un equipo y me sumergí en el agua oscura, aceitosa y fría. Nadé hasta situarme bajo el casco, moviéndome lo justo para que vieran mis burbujas. Un buzo no autorizado que ronda el casco puede ser un problema; y esa clase de problemas se controlan subiéndolos a cubierta. Cuando me echaron el guante y me izaron con el regulador colgando y el pulso acelerado, me escudé en preguntas, frases técnicas, seguridad impostada. Lo preciso para ganar tiempo. Mientras tanto, el fotógrafo —Miguel Garrote, compañero del periódico— disparaba primero desde lejos y luego de cerca, como habíamos convenido. Fue mi primera gran firma, con foto incluida, en primera página. Era uno de ellos, y ya no dejaría de serlo nunca.

Cuando aquello terminó, lo importante no era el episodio ni la exclusiva. Lo importante fue la lección aprendida. Que no hay que huir del riesgo ni abalanzarse a él, sino medirlo. Estudiar, en el ajedrez del trabajo y de la vida, las posibilidades más eficaces; averiguar, antes de hacer el primer movimiento, por dónde vas a entrar y por dónde vas a salir. Y tener conciencia de que cruzar ciertas líneas no tiene vuelta atrás. Que deja huella. Yo no era capaz de verlo todavía, pero aquella mina de La Unión, el petrolero y el buque Apollo no fueron episodios sueltos, accidentales, sino idéntico aprendizaje en tres escenarios distintos. Todo lo demás —las guerras, los viajes, la literatura, los nombres de personas y lugares que ya no olvidas jamás— vino después como una consecuencia lógica, casi inevitable. Porque una vez que entiendes que el trabajo consiste en entrar, salir y contar, ya no vuelves a mirar el mundo como lo mirabas antes.

Así abordé aquel oficio, con el entusiasmo apasionado del joven reportero que fui durante la década de los 70. El año 1974 fue decisivo: la primera guerra de verdad. En Chipre vi por primera vez un cielo lleno de paracaidistas turcos mientras en tierra los soldados griegos se despedían de mujeres e hijos. Cuarenta y un años más tarde lo recordaría en 'El adiós de Héctor' (XLSemanal, 2015) donde me limité a rememorar lo evidente: que ese adiós lo había visto después en escenarios distintos, pero que en realidad siempre había sido el mismo, desde Troya hasta Nicosia y mucho más allá. De Homero al siglo XX —los libros que llevaba en la mochila real o imaginaria me ayudaron a comprender—, apenas había distancia, y ésta sólo estaba hecha de matices.

En 1975, cuando el Sáhara Occidental empezó a resquebrajarse, llevaba un tiempo aprendiendo el oficio de reportero en su versión más directa. Llegué en abril, enviado para 15 días, y me quedé casi nueve meses. Vi, y conté con crónicas y reportajes diarios, cómo un territorio que había sido provincia española se deshacía entre los dedos de la Historia. Aquel resto colonial no desapareció de pronto; se fue extinguiendo poco a poco: convoyes militares, lugares que cambian de manos, incursiones en la frontera. Conocí a soldados jóvenes y resignados, conocí a oficiales cansados, conocí a tropas indígenas y nativos traicionados. Muchos de ellos fueron mis amigos; y su recuerdo, el de los vivos y los muertos, ha estado volviendo a mi memoria una y otra vez; cuando escribiendo novelas y artículos comprendí que, a medida que vives, acabas inventando mucho menos de lo que creías.

A partir de 1976 viajé al Líbano una y otra vez: Beirut, campos palestinos, líneas invisibles y peligrosas, milicias, religiones y venganzas antiguas. Allí hice muchos amigos soldados, periodistas, civiles, diplomáticos, y vi morir a algunos de ellos. Conocí a combatientes de distintos bandos, milicianos adolescentes con fusiles, mujeres que sobrevivían en medio del caos. Cuando muchos años después pasé a este otro lado de la colina y dejé el reporterismo para dedicarme a la novela, incluso mientras escribía algunas de éstas, Beirut siguió siendo, como el Sáhara, un lugar de continua evocación, porque hay lugares de los que jamás se va uno del todo.

Hubo otros escenarios, en los últimos años de la década, que no siempre fueron zonas de conflicto y que cubrí tanto para 'Pueblo' como para las revistas 'Gaceta Ilustrada' y 'La Actualidad Española', a las que también vendía mis fotografías y reportajes: África, Latinoamérica, Asia, el Mediterráneo, Oriente Medio... Y Eritrea, una guerra cruel casi olvidada por el mundo, que empezó como reportaje convencional y acabó como áspera aventura. Después viajé por todo el mundo árabe —'Viaje al corazón del Islam' se llamó la serie de reportajes— y luego a la Antártida, con hielo en lugar de fuego y gorros de lana en vez de cascos de acero. También Iraq y luego Irán, donde vi caer al Sha entre multitudes que aplaudían la llegada del Islam redentor. Y El Salvador y Nicaragua, donde fui testigo de cosas que no habría querido ver y escuché a rebeldes y contrarrevolucionarios pronunciar palabras que ni ellos mismos terminaban de entender, y por las que todavía hoy la realidad les pasa factura.

Vinieron después los años 80, de intenso trabajo y viajes continuos, todavía en el diario 'Pueblo'. En esa década el mundo aún se explicaba en diarios de papel y el reportero que fui seguía caminando por conflictos con una veteranía que ahora, con la mirada de los años, entiendo que llegó demasiado rápida. En Yugoslavia, antes de que el país se rompiera en pedazos, percibí el temblor previo y lo conté en una atmósfera de difíciles equilibrios y mapas sostenidos por alfileres. En Irán e Iraq volví a ver una guerra de fronteras trazadas con petróleo y sangre. En Angola, Mozambique y el Chad fui testigo, una vez más, del África más violenta. Y el Líbano y Beirut llegaron de nuevo, con el eco de los amigos muertos, los hoteles que aún quedaban en pie y la incómoda sensación, certeza ya a esas alturas, de que la guerra, todas las guerras, eran la misma historia repetida una y otra vez. La de las Malvinas incluyó un nuevo escenario: el Atlántico Sur, las islas barridas por el viento, el hundimiento del crucero Belgrano, soldados jóvenes a los que se arengaba con palabras patrióticas mientras tiritaban de frío, aviadores valientes que despegaban para no volver; y esa dura frase que escribí porque era cierta: mientras sus muchachos luchaban y morían, Argentina hablaba de fútbol.

Hacia 1982 —invasión israelí del Líbano— y 1983 —América y África de nuevo— aquellas crónicas se volvieron, compruebo ahora, más personales. Ya no se trataba sólo de contar la guerra, sino de contar también al que la contaba. O al menos, teniéndolo presente. Muchas reflexiones posteriores salieron de ahí. Y cuando 'Pueblo' cerró, lo hizo como tantos lugares que yo había conocido: exhausto, liquidado por un tiempo nuevo. Me fui de allí a la televisión, pero no salí limpio: llevé conmigo una forma personal de mirar el mundo; una manera amarga que ya no me abandonaría nunca. Durante los siguientes años volví una y otra vez a los lugares que conocía —terrorismo, guerras, revoluciones, catástrofes—, contando nuevas historias que en realidad eran semejantes a las que había contado ya. Cumplí así, entre prensa escrita y televisión, casi tres décadas como periodista y reportero en las que fui acumulando crónicas, libros, fotografías, memoria y cicatrices; también escepticismos, desesperanzas y hartazgos. Todo lo que se iría filtrando después, despacio, en novelas y en artículos; sobre todo en los publicados desde 1993 en 'XLSemanal'.

Ese período de transición, la despedida del reportero que fui y la nueva actividad como novelista me ayudaron a comprender que la voz cambia mientras la mirada se asienta: el joven reportero dejaba lugar al veterano que, al rememorar los lugares diversos de su anterior vida, a menudo los encontraba habitados por fantasmas. Fue entonces cuando la literatura, las novelas, se convirtieron en herramienta eficaz para ordenar el caos, los remordimientos, los desastres, las situaciones que muchas veces tenían nombre propio: Vladimiro en Bosnia, Jasmina cruzando Sarajevo para llegar al Holiday Inn y poder ducharse, Boldai Tesfamicael enseñándome a desmontar un Kalashnikov a ciegas, Kibreab el comandante guerrillero, Márquez el cámara a quien dediqué Territorio Comanche, el entrañable pelmazo de Gerva Sánchez, Julio Fuentes y su sordera, Miguel Gil Moreno el Muyahidín, Grüber y los otros chicos asesinados en Vukovar, Goran apareciendo décadas después en España bajo otra vida... Y los del Sáhara: el comandante Labajos, Diego Gil Galindo, Rex Regúlez, López Huerta, Pepe Albaladejo, Belali Uld Mahrabi... Todos ellos, los muchos vivos y los demasiados muertos: centenares de nombres, rostros de hombres y mujeres vinculados a escenas concretas -un cigarrillo, una bronca a navajazos, una cama cubierta de cenizas, una bomba cercana, una noche de disparos, de nieve, de viento que te clavaba la arena como alfilerazos- que regresan porque así funciona esto: la guerra se queda en tu cabeza y ya no te abandona jamás.

Pero no son sólo nombres y rostros. También los lugares retornan con la misma terquedad: Mostar, Sarajevo, Vukovar, Beirut, Malabo, Kassala, Yamena, Paso de la Yegua, Jartúm, Bucarest, Nairobi, El Aaiún, Bagdad, Luanda, Maputo, Tessenei, Petrinja... Y también los hoteles, esos extraños hogares para reporteros en mitad del caos: el Ledra Palace de Nicosia, el Commodore y el Alexandre de Beirut, el Aletti de Argel, el Intercontinental de Managua, el Meridian de Dhahran, el Holiday Inn de Sarajevo... Con el tiempo los recuerdos se vuelven racimos de cerezas, donde unas tiran de otras: un nombre trae una esquina acribillada a tiros; una ciudad trae un rostro; una habitación de hotel devuelve una conversación; una soledad o una música te hacen recordar una carretera, una sonrisa o una tumba. Y no se trata de nostalgia, sino del simple archivo de una larga vida. Del material con el que luego uno escribe novelas, y algunas noches, desvelado en la oscuridad, paga el precio de haber mirado tanto tiempo al ser humano sin apartar los ojos.

https://www.elmundo.es/la-lectura/2026/05/03/69f3763fe4d4d876618b457e.html

La cicatriz de Ulises

María José Solano Franco – abc.es - 03/05/2026

La trayectoria de Arturo Pérez-Reverte como reportero de guerra constituye una de las miradas más lúcidas sobre los conflictos contemporáneos, pero también puede leerse desde una tradición narrativa mucho más antigua. En sus crónicas de guerra que ahora se publican (‘Enviado especial’) hay algo característico: el presente nunca aparece aislado, sino ensartado por la memoria.

Pérez-Reverte escribe y fotografía el campo de batalla (Chipre, Sahara, Eritrea, El Salvador, Malvinas, Próximo Oriente), capturando los instantes de tensión donde todo parece decidirse. Sin embargo, al igual que en la legendaria escena de la cicatriz de Ulises analizada por Erich Auerbach, ese presente se interrumpe, se dilata, se llena de pasado. El reportero no se limita a narrar lo que ocurre, sino que reconstruye lo que ha ocurrido para que lo que vemos tenga sentido. La guerra, en su obra, nunca es solo un estallido inmediato, sino la consecuencia de una historia acumulada.

Homero introdujo en la ‘Odisea’ una idea fundamental que marcará la literatura posterior: la memoria no es un adorno del relato, sino su estructura profunda. Frente a la urgencia del presente, el pasado actúa como ancla y como explicación. Y el poema, en consecuencia, no avanza en línea recta, sino que se pliega sobre sí mismo para revelar la verdad.

Esa cicatriz de Ulises no era solo un detalle narrativo, sino el punto donde se anudaban tiempo, identidad y relato. Algo similar ocurre en la escritura de Pérez-Reverte: cada escena de guerra, cada crónica, artículo o novela, está atravesada por cicatrices invisibles (recuerdos, experiencias, heridas) que explican lo que vemos en el presente. Sus textos funcionan como esas marcas homéricas: señales de una vida anterior que da sentido a cada gesto, a cada decisión, a cada instante de peligro.

De este modo, el reportero de 'Enviado especial' y el novelista convergen singularmente. Pérez-Reverte no solo cuenta lo que ocurre, sino que, como Homero en aquel fragmento de la Odisea, revela que toda historia es también memoria. Y que sin esa memoria –sin esas cicatrices– no hay verdadera comprensión ni de la guerra ni del hombre, ni del mundo.

https://www.abc.es/opinion/maria-jose-solano-cicatriz-ulises-20260502020912-nt_amp.html

A sala llena, Pérez-Reverte habló de Alatriste, la guerra y su nueva novela, 'Misión en París'


Inés Hayes - Clarín - 03/05/2026

La cola para la sala con más capacidad de la Feria Internacional del Libro de Buenos Aires empezó temprano. El sol llegaba completo a uno de los patios de La Rural. Las 500 sillas de la sala José Hernández se ocuparon todas y a las 17:05 el periodista Jorge Fernández Díaz presentaba a su amigo, el escritor español Arturo Pérez-Reverte, con su nueva novela, 'Misión en París' (Penguin), en la que su mítico personaje, el Capitán Alatriste, vuelve con sus aventuras luego de más de una década de hacerse esperar.

“Después de muchos años, cuando parecía que su mítico espadachín ya lo había dado todo –dijo Fernández Díaz–, Arturo escribió una nueva peripecia de Alatriste en 'Misión en París'. Su autor fue corresponsal de guerra y hoy camina por las calles de Madrid, tiene 7 millones de lectores en todo el mundo. Para este gran narrador, la literatura es el juego más serio del mundo y supo arrebatarles a los anglosajones la épica de los mosqueteros. Desde que comenzamos a leerlo pasamos las páginas y somos de nuevo niños adultos: nunca fuimos más felices que cuando leemos esos libros de aventuras”. Luego de un cálido abrazo de bienvenida, Reverte dijo: “Ya es una vieja tradición que tú y yo nos encontremos acá, con lectores y lectoras, para charlar de nuestras cosas”.

"¿Cómo fue doblegarte a vos mismo para volver a crear a Alatriste?", le preguntó Fernández Díaz, y Reverte explicó que se cumplían 30 años del primer libro y lo que lo venció fue el desafío de volver a escribirlo no siendo el mismo. “Alatriste tampoco es el mismo –explicó el español–, volví a leer los 7 volúmenes de la serie y me sentí bien, fue como reencontrarte con viejos amigos en una taberna. Y fue interesante porque yo tengo un lado oscuro como Alatriste, era como una forma de competencia, a ver quién tenía más fantasmas. El libro no es ficción del todo, se disimula en recovecos narrativos, pero soy yo y es mi memoria. Ha sido un proceso interesante y doloroso: me di cuenta de que soy mayor y llevo una mochila llena de remordimientos”.

Ante la pregunta del periodista sobre qué significó que se hayan hecho series, películas, que se den sus libros en los colegios y que hasta haya rutas gastronómicas en homenaje a sus libros, Pérez-Reverte dijo que había ido más allá de lo que esperaba: “Empecé a escribir para recuperar una parte de nuestra propia historia, pero los libros se terminaron convirtiendo en una reflexión sobre la soledad, la oscuridad, el fracaso, y de qué manera palabras como patria, religión, bandera se han ido desgastando con el paso de la vida. Fui educado en un mundo donde los policías eran honrados y los políticos eran honestos, pero después descubrí que me habían estafado y había que construir un baluarte donde atrincherarte en el valor y la lealtad”.

Fernández Díaz le consultó sobre su desafío de escribir historias sobre mosqueteros siendo español y el escritor le respondió que creció en una casa con biblioteca: “A mis 16 años había leído de todo, me eran familiares las historias, el cine, mi imaginario era la aventura, el mar, el Mediterráneo, para mí nunca hubo complejos, quería escribir aquello que me había hecho feliz. Nunca quise ser novelista, fue un accidente, quería escribir sobre aventuras, por eso me hice reportero, no quería que me aplaudieran los críticos y eso me llevó donde me llevó. Tú entiendes porque nunca has querido complacer, has querido ser feliz contando historias y que el lector las comparta. Para mí cada novela es una aventura”.

'Misión en París' transcurre en el año 1628 y el escritor tenía el trabajo de no repetirse: “Cuidado, porque puede ser un pastiche, me dije. Tenía que crear un libro original, creíble. Cuando tienes mi edad (75 este año), necesitas probarte constantemente cosas, cuando voy a navegar pienso si seré capaz de bancarme lo que pasa, la tormenta, ese desafío de ver si soy capaz todavía, me da valor y respeto por mí mismo y eso es oro puro”.

Jorge Fernández Díaz y Arturo Pérez Reverte se conocieron en 1994 en tiempos de 'El Club Dumas' y desde entonces se hicieron amigos y cada uno lee el libro del otro, muchas veces antes de que salgan a la venta. “Estamos a pocos días de que se lance un nuevo libro tuyo que no está todavía en la Argentina, que llegará en unos días y, sin embargo, no puedo resistir la tentación de hablar de ese libro, un libro inesperado. 'Enviado especial' es una biografía de guerra y el hombre que está en la tapa fumando –el periodista y escritor levantó de la mesa el libro y lo mostró al público– es Arturo como corresponsal de guerra. Los editores han hecho un trabajo espectacular con tus reportajes (como les dicen en España a las crónicas) de guerra. ¿En cuántas has estado?”, preguntó el argentino.

“En 17 o 18. Cuando vives pendiente del reloj, de una conexión por satélite para enviar el material, eres un egoísta profesional: si no transmites, nada de eso vale para nada, y para eso necesitas conseguir la información, comprar a policías, a aduaneros, a soldados, llevar mucho tabaco encima para conseguirlo. Las tácticas que tiene que tener un reportero en esos lugares no siempre son honorables y esa lucha entre ética y práctica es muy frecuente. En Sarajevo, íbamos a trabajar para la televisión en medio del bombardeo. Yo tengo mi mochila llena de esas escenas”, recordó Pérez-Reverte.

“La prehistoria de Arturo comienza con una primera crónica que escribió cuando bajó a una mina, ¿qué recordás de esos días?”, preguntó Fernández Díaz. “Tenía 18 años, la editora eligió esa crónica y ahí aprendí una cosa: tú nunca eres uno de ellos sino alguien que entra y sale, y para entrar hay que seducir para que te acepten y después poder salir para poder contarlo. Ese chico había leído mucho y quería ver si la vida se parecía a los libros que había leído. Era un chico viajando por todo el mundo: África, Asia, América Latina, en un mundo fascinante en el que me sumergí con entusiasmo”, compartió ante la sala atenta.

Fernández Díaz contó que, durante unas vacaciones, cuando Pérez-Reverte era adolescente, se anotó para ir en un barco pesquero, hizo un curso de paracaidismo y de buceo. “Me fueron muy útiles esos cursos. Había un barco de la CIA que estaba en Canarias y me mandaron del periódico a cubrirlo. Tenía 22 años, estaba toda la prensa pendiente y yo me alquilé un equipo de buceo porque no quería hacer lo que iba a hacer todo el mundo”, contó el escritor. “¿Y qué pasó cuando desapareciste un tiempo?”, preguntó Fernández Díaz. “El resto no sabía dónde estaba, pero yo sí”, bromeó. “Me fui con la guerrilla de Sudán, entré con ellos en la ciudad, estuve dos meses y nadie sabía nada de mí, volví hecho bolsa, pero volví. Estuve muy enfermo, pensé que iba a morir ahí, tenía 23 años. Conservé las fotos y cuando volví a Madrid, mis fotos salieron en primera plana”.

Cuando Fernández Díaz le preguntó por su mirada del mundo actual, Pérez-Reverte le dijo que sería entrar en un territorio demasiado complejo: “Hay una guerra contra la ilustración, la Europa que llenó al mundo de libertades, que hizo posible los derechos humanos, también con sus monstruosidades, con los colonialismos y con todo lo malo, ahora está resistiendo la guerra de Trump y el Islam contra ello. La democracia ya es un obstáculo en todas partes, ahora los tiranos son tipos con chaquetas de Silicon Valley. Las dictaduras que vienen en camino lo hacen a través de Silicon Valley”.

“Para mi sorpresa, el libro que está por llegar a la Argentina tiene seis relatos largos sobre la Guerra de Malvinas, ¿qué pensás de esa guerra?”, le preguntó Fernández Díaz y Pérez Reverte contestó: “No pude ser ecuánime, cada día luchaba para que mi simpatía no quedara de manifiesto, era consciente de que si ganaban la guerra la junta militar seguiría y por ese lado quería que la perdieran, pero no quería que la perdiera la Argentina. Un día, subiendo por la calle Florida, escuché el grito "goooooooooool" y me acuerdo de que pensé, quizás merezcan perder la guerra: estaban muriendo los chicos allá y acá festejaban un gol. Cuando vengo a Argentina, vengo a mi casa y eso lo digo desde el cariño, Argentina ha sido infame con sus hombres de Malvinas”, dijo y los aplausos se encendieron de a uno hasta multiplicarse en todas las manos.

La anteúltima pregunta fue sobre el miedo: “El miedo es gris, todavía ahora los amaneceres me producen malestar. He tenido mucho miedo, lo tienes siempre”. “¿De qué manera te cambió la guerra?”, preguntó para cerrar Fernández Díaz. “Me hizo mirar el mundo de una manera que no la hubiera visto si no hubiera estado en ella. Te das cuenta de que el ser humano es lo que es, que tiene ángeles y demonios. La guerra me dio una forma de mirar, de no odiar ni admirar al hombre de una manera excesiva. También te da una manera de comer, de dormir, de relacionarte, de vivir y de morir. Lo que yo soy y la mirada en mis novelas se la debo a la guerra. Soy un lector que accidentalmente escribe novelas, pero fundamentalmente soy un lector. Haber leído te da una forma de interpretar el mundo, no ves el mundo de la misma manera habiendo leído. Cuando lees ves que el mundo es una sucesión de catástrofes y de cosas hermosas también, y tu actitud es estoica. Va a haber un apagón, un colapso, esto es insostenible. No es ninguna tragedia, ha pasado ya, lo hemos leído: ocurrió en Grecia, en Roma”.

https://www.clarin.com/cultura/sala-llena-perez-reverte-hablo-alatriste-guerra-nueva-novela-mision-paris_0_mBeC8Uimac.html

02 mayo 2026

“Hay lugares de los que nunca se vuelve”


Entrevista de Hugo Alconada - La Nación - 02/05/2026

Arturo Pérez-Reverte presenta 'Enviado especial: Una biografía de guerra', un libro que reúne los mejores textos de sus años como reportero; en conversación con Hugo Alconada Mon, el legendario periodista y escritor repasa sus recuerdos más duros como corresponsal de guerra y reflexiona sobre el rol de los medios, la moral en los escenarios bélicos y la muerte.


Alatriste, las guerras y su filosa mirada sobre Malvinas y el futuro


Cecilia Martínez - La Nación - 02/05/2026

Arturo Pérez-Reverte presentó 'Misión en París' (Alfaguara), el regreso del Capitán Alatriste tras 14 años de espera, en una conversación con Jorge Fernández Díaz que ya es un clásico de la Feria del Libro. Ante más de 500 personas y con colegas como Eduardo Sacheri entre el público en la sala José Hernández, el escritor y su par argentino hablaron de literatura, el paso del tiempo, las guerras, los remordimientos, Malvinas y el porvenir de una civilización que, para el autor español, avanza hacia el colapso.

“Ya es una vieja tradición que tú y yo nos juntemos aquí”, soltó Pérez-Reverte al ser recibido en el escenario, entre aplausos. Fernández Díaz le dio la bienvenida con una primera mención al libro: “Después de muchos años, cuando parecía que su mítico espadachín ya lo había dado todo, el autor volvió con sus libros y documentos del Siglo de Oro español y escribió como si no hubiera pasado el tiempo”.

Para dimensionar el fenómeno, el escritor argentino recuperó una definición del filólogo Alberto Montaner, especialista en aquel período histórico, quien sostuvo que Alatriste ingresó al linaje reservado a los grandes mitos literarios españoles: el Cid, la Celestina, Don Juan y Don Quijote. “La aseveración es asombrosa pero no exagerada; aunque el carácter contemporáneo del padre de la criatura tiende injustamente a relativizarla: ¿cómo va a resultar un mito clásico español este espadachín de ficción si su autor es de carne y hueso, camina por las actuales calles de Madrid y de Buenos Aires y sale todos los años en la radio y en la tele?”.

La saga cuenta con millones de ejemplares vendidos, adaptaciones cinematográficas, juegos, circuitos culturales. Sin embargo, volver a ese universo después de tanto tiempo implicaba para su creador un desafío: “Había lectores que decían: "Usted prometió". Y se cumplían 30 años, pero, ¿era capaz de reencontrarme con esos personajes? Yo ya no era el mismo”. Sin embargo, se puso a ello y fue como encontrarse “con viejos amigos en una taberna”, lo cual, según dijo, lo llenó de felicidad. Volver implicó también enfrentarse a su propia historia: “Descubrí que yo he ido más rápido que Alatriste en oscuridades; no es ficción del todo, hay una parte de mi memoria, por eso también fue un proceso doloroso: he envejecido”, apuntó el escritor de 75 años.

La charla giró luego hacia 'Enviado especial', el nuevo libro que verá la luz en los próximos días y que reúne sus crónicas como corresponsal de guerra, de las que mencionó: “Cuando vives pendiente del reloj, de un télex para enviarlas, te vuelves egoísta. Si no transmites, nada vale para nada. Tienes que conseguir la información, sobornar a policías, aduaneros; llevar tabaco encima. Toda esa táctica requiere no siempre hacer cosas honorables, pero sí necesarias para tu trabajo. Yo era un buen reportero; por eso hice cosas de las que no estoy orgulloso”, confesó. Y dio ejemplos: “En Sarajevo, corriendo entre tiros y bombardeos, una familia salió al paso a pedirnos que paráramos, pero no llegábamos al 'Telediario'... Todavía recuerdo la cara del niño. Cosas que pude hacer y no hice. Todo se va acumulando”.

Sudán, Medio Oriente, minas, guerrillas, cárceles. La guerra, tras más de 20 años en el oficio, fue horror y aprendizaje. “He tenido mucho miedo, lo tienes siempre”, confesó. “Aunque aprendes que tú nunca eres uno de ellos: no eres un minero, ni un guerrillero; estás de paso, por eso debes tener habilidades para entrar y salir”, sumó.

El autor fue cronista en la guerra de Malvinas y señaló que, en ese caso, vio a “los pilotos con rosarios que iban a jugarse la vida”, pero “era consciente de que si ganaba Argentina, la dictadura seguiría”. De aquellos tiempos, recuerda una escena en Buenos Aires, durante el Mundial de Fútbol: “Yo estaba en el hotel Sheraton y un día, subiendo por la plaza, escuché: "¡goooool!", y pensé: "Quizás merezcan perder la guerra". Ese día, solo ese día, detesté a la Argentina. Fue el momento más amargo: mientras estaban muriendo los chicos ahí, otros estaban viendo el partido”. Y profundizó en el origen de su disgusto: “Que Argentina no haya sabido trazar la línea entre esa dictadura infame y la gente que luchó, esos soldaditos… que se los ningunee y se los olvide, me parece una infamia nacional. Y digo esto porque cuando yo vengo a Argentina, vengo a mi casa, y desde el cariño me permito hablar: Argentina ha sido infame con sus hombres de Malvinas”.

La conversación avanzó hacia el presente. “Hoy hay una guerra contra la Ilustración, contra esa Europa que iluminó el mundo; el peligro son las dictaduras que vienen del teléfono móvil, de Silicon Valley”, sostuvo. Y fue más lejos: “Esto va a terminar muy mal. Va a haber un apagón, un colapso; el mundo artificial que estamos construyendo es insostenible... Esto se va al carajo”. Fernández Díaz, consciente del tono apocalíptico del final del encuentro y antes de que se diera paso a la firma de ejemplares por parte del autor, eligió cerrar el intercambio con humor, evocando el poder de la literatura: “Antes de que venga el colapso, nos quedan todavía muchos libros y muchas oportunidades de escuchar a Arturo; como en 'Casablanca': siempre nos quedará Pérez-Reverte”.

https://www.lanacion.com.ar/cultura/perez-reverte-y-fernandez-diaz-en-la-feria-del-libro-alatriste-las-guerras-y-su-filosa-mirada-sobre-nid02052026/

Arturo Pérez-Reverte en 'Los 7 Locos' con Cristina Mucci


Entrevista de Cristina Mucci - YouTube - 02/05/2026

Cristina Mucci recibe a Arturo Pérez-Reverte en su visita a la Feria del Libro. Charlan sobre 'Misión en París', sus polémicas con la RAE y una confesión: si empezara hoy, ¡escribiría videojuegos!

https://www.youtube.com/watch?v=p7-FF-Xuxvk

"El lector inteligente se da cuenta de que no me lo he inventado todo"


Entrevista de Adriana Muscillo - Clarín - 02/05/2026

En un salón versallesco del Hotel Alvear, se presentó un Arturo Pérez-Reverte que no es el columnista algo gruñón y enojado que acaso se muestra habitualmente en los medios. Tampoco es el miembro de número de la Real Academia Española que se adivina como un acartonado y distante purista del lenguaje. Bueno, purista del lenguaje es.

El periodista, escritor y académico español es autor de más de cincuenta [sic] joyas literarias, en su mayoría históricas, muchas de las cuales han sido llevadas al cine, a la televisión y al cómic. Recibió numerosas distinciones internacionales, entre ellas, la de Caballero de las Artes y de las Letras del gobierno francés. Antes de eso, fue cronista de guerra durante veintiún años: cubrió los principales conflictos armados ocurridos entre 1973 y 1994, en territorios como el Golfo Pérsico, el Líbano, Eritrea, el Sahara, Bosnia, nuestras Islas Malvinas, entre muchos otros. Está de visita en Buenos Aires para presentar, en la Feria Internacional del Libro de Buenos Aires, su más reciente entrega de la célebre saga que tiene al Capitán don Diego Alatriste como hidalgo protagonista de múltiples andanzas a capa y espada, quien, junto a sus ya legendarios compañeros, acomete una importante y arriesgada 'Misión en París' (Alfaguara, 2025).

Este libro, que aparece después de una pausa de catorce años, es el octavo de la saga, que ahora cumple treinta. Además, en unos días, se publicará 'Enviado especial' (Alfaguara), que recorre la memoria de un reportero en primera línea. La novela transcurre en 1627, durante el asedio de La Rochelle, que forma parte de los antecedentes históricos de 'Los tres mosqueteros', de Alexandre Dumas –quienes, de hecho, aparecen en la trama–, con lo cual Arturo Pérez-Reverte duplica aquí la ya difícil tarea de cruzar el dato histórico con la ficción: “'Los tres mosqueteros' es un libro fundamental para mí, marcó mi vida. Lo leí con ocho o nueve años, en una edición antigua y con grabados que era de mi bisabuelo, y quedé fascinado”, contó el autor español, con emoción.

—¿Cómo surge la idea de retomar el personaje del Capitán Alatriste?

—Primero, hay unos lectores que son muy fieles. Algunos hasta llevan tatuajes de Alatriste. Entonces, me presionaban. Segundo, el aniversario y, por otra parte, había un desafío personal: “¿Seré capaz, después de haber hecho otras cosas, de recuperar ese mundo que tengo olvidado completamente?”. Y, después, quedaba una deuda íntima con Dumas, que es que mi primer libro leído fue 'Los tres mosqueteros'. Ahí estaba todo: el amor, la amistad, la traición, la mujer peligrosa, la mujer dulce y amorosa, los amigos leales, el poder en la sombra, el misterio, estaba todo. Yo no era un lector, era uno más. ¡Yo formaba parte de esa historia! Me disfrazaba y me pasaba el tiempo jugando al espadachín.

—¿Es quizás ese mismo entusiasmo el que logró usted en sus lectores con la saga de Alatriste?

—Vamos a ver, hay dos tipos de lector: el lector testigo y el lector partícipe. Los dos son respetables, ¿eh? El testigo es el lector que lee un libro, como el que va a ver una película, asiste al espectáculo narrativo de una novela. El partícipe es el lector cuya imaginación lo lleva a meterse en la historia, a formar parte de ella. Ese es el lector, digamos, de verdad o de más alta categoría, de más alto nivel. No despreciemos al otro, porque todo acto de leer ya es noble. Pero ese introducirte en la historia me ha pasado siempre. Entonces, ese es el lector que busco. Alatriste está hecho con los trucos nobles del oficio de que dispongo para que el lector sea un compañero de viaje y no un testigo.

—¿Cuáles son esos trucos?

—Los trucos se aprenden leyendo. No soy un artista, sino un artesano: soy un tipo que ha leído, un lector que accidentalmente escribe. A veces, frente a un papel o a una pantalla, no todo fluye, a veces se encuentra uno con problemas: “¿Cómo resuelvo esto?”. Entonces, me levanto y voy a ver a mis maestros: Conrad, Stendhal, Balzac, Flaubert, y siempre está ahí la solución. Pero ojo, esto es muy importante: tendemos a despreciar la literatura ligera y superficial. Hablo de Agatha Christie, Chandler, Conan Doyle, pero todo es literatura. Ese cóctel de literatura, alta y baja, esos son mis trucos. Los he aprendido de ellos y los aplico a mi mundo, a mi época, a mis temas y a mi propia escritura.

—¿Qué cosas le enseñó cada uno de sus maestros?

—Conrad me ha enseñado a describir a un tipo de gente, un lugar, un mar parecido al alma del hombre que lo está mirando, pero Agatha Christie me ha enseñado a empezar un capítulo, a terminarlo, a agarrar al lector por el cuello y decirle: "Ven aquí". El "best seller" americano más burdo, más torpe, a lo mejor me enseña cómo hacer que el lector tenga un estremecimiento. Thomas Mann no me enseña a abrir un capítulo. Me enseña, a lo mejor, a desarrollar un personaje, un diálogo. Entonces, el autor que soy aprende de todo, sigo aprendiendo todavía ahora, ¿no? Borges sí, claro, y Arlt, naturalmente, y Bioy, que son mis tres iconos argentinos, y Mujica, también, en un cuarto lugar. Pero es que yo me voy a Soriano y entiendo a Argentina. Yo entiendo a Argentina mejor leyendo a Soriano que leyendo a Borges.

—¿Su experiencia como cronista de guerra influye en ese cóctel?

—Yo tengo una suerte: no he aprendido a vivir en un bar, en un hotel, en un despacho de abogados ni en un banco, aunque son lugares muy respetables, no los desprecio. Entonces, he visto cosas duras, he visto aspectos del ser humano y de la vida que aquí no es fácil ver. A lo mejor he visto en dos días de guerra en Beirut o en Sarajevo lo que otras personas tardan diez años en entender. Eso me ha dado una memoria personal. Pero el haber sido lector antes me permitió identificar el mundo y entenderlo. Entonces, cuando hablo de violencia, de soledad, de fracaso, de muerte, de cómo se degüella a un tío, no es teoría, no me lo han contado. Lo había leído, pero es que, además, lo he vivido.

—¿Cómo se lleva con esos recuerdos?

—Yo soy una persona serena, no he ido a un psicólogo en mi vida. Esto a un argentino le debe de sonar raro, pero es verdad. Mis psicólogos son los libros. Entonces, todo eso lo digerí muy bien. Todos tenemos fantasmas, yo tengo remordimientos, tengo sangre en las uñas, hay noches en que estás despierto y te pesa, pero soy una persona bastante equilibrada. Lo fui siempre. Entonces, digamos que todo esto, en lugar de traumatizarme, lo he digerido de una manera nutritiva. Yo miro al mundo de Alatriste, una historia es una mirada. Hay gente que mira las que se forjan en un bar, en un café, en el divorcio… En mi escritura, el lector inteligente se da cuenta de que no me lo he inventado todo.

—En Alatriste también hay valores como el honor, la amistad, la lealtad… ¿Eso es, igualmente, transmisión de lo vivido? ¿Cómo dialogan esos principios con el presente?

—Es un mundo distinto. Yo fui educado para un mundo diferente al que era de verdad. En mi mundo los curas eran santos, los políticos eran honestos, los policías eran honrados. La vida me fue desmontando un montón de ideas: honor, patria, bandera, religión. La vida te despoja, te va arrancando todo eso y te encuentras huérfano. Entonces, necesitas algo en lo que apoyarte. Te dices: “A ver, ¿qué sobrevive?”. La admiración por el valor, la dignidad, la lealtad, la amistad, el amor y poco más. Entonces, con eso, construyes un reducto donde refugiarte cuando hace mucho frío. Esa visión del mundo, ese despojo de grandes palabras, se lo presto a Alatriste.

—En la obra se evidencia una investigación de fechas y lugares muy precisa. ¿Cómo logró cruzar los datos históricos con la ficción, la propia y la de Dumas?

—Bueno, ese era el desafío. Pero había un problema que intenté evitar, y creo que lo logré, que es algo que se da mucho en la novela histórica, que es que cuando un novelista hace un trabajo histórico, después tiene la tentación de meterlo todo en la novela. Como ha trabajado tanto, quiere que esté todo dentro. Entonces, yo tengo la certeza de que eso estropea una novela. No puedes hacer una novela enciclopédica. Debes dejar fuera todo aquello que no es necesario. Aunque yo lo necesito para entender, el lector a lo mejor lo puede intuir, pero no debe estar escrito.

—Si sobra material, ¿quedará para la próxima?

—Mira, en noviembre tendré 75 años. La cabeza se desgasta y no hay nada más triste que un escritor que está muerto y no lo sabe. Es lo más triste del mundo. Yo he conocido casos, y algunos de los grandes, lo que no les quita grandeza, pero las decadencias, los finales, son muy tristes y penosos. Y los escritores no siempre son conscientes de que están acabados. Hay autores a los que hay que decirles: “Déjalo, maestro, ya está”. Soy consciente de eso. Pues sí, lo siento, lector. Yo sé que tengo fecha de caducidad. ¿Qué me queda de vida práctica, diez años? ¿Cuántas novelas más podré escribir? ¿Tres, cuatro? Tengo que elegir, no puedo equivocarme, es terrible una novela que dejaré sin escribir. ¿Qué puedo hacer de aquí a diez años que sea capaz de hacer, que no sea una novela senil, ni absurda, ni idiota, ni acabada, ni decadente? Y es muy duro eso, es dolorosísimo. Hay novelas para las que me preparé durante mucho tiempo y que no llegaré a escribir.

https://www.clarin.com/cultura/arturo-perez-reverte-lector-inteligente-da-cuenta-inventado_0_ixtJyQHQNs.html

01 mayo 2026

“Las guerras me borraron las fronteras entre el bien y el mal”


Entrevista de Carolina Amoroso - Todo Noticias - 01/05/2026

https://www.youtube.com/watch?v=v_GJ9l9LVdo

Es sinónimo de “corresponsal de guerra”. Fue los ojos de España y Europa en conflictos que signaron el destino de incontables países en las últimas décadas. También cubrió otros olvidados por la lógica a veces caprichosa del interés público por las historias del mundo.

Arturo Pérez-Reverte es un rebelde, un amante de las historias, un apasionado por contar la condición humana en todas sus dimensiones y un hombre de la vieja guardia, de un periodismo que entendía que la territorialidad lo era todo. Sarajevo, Beirut, Malabo, Kassala, Managua, Yamena, Paso de la Yegua, Jartum, Bucarest, Bagdad, Luanda, Maputo son apenas algunos de los lugares donde transcurren las crónicas que recopila 'Enviado especial': una biografía de guerra, un libro que reúne las historias y vivencias en sus 21 años como corresponsal de guerra.

“Soy un mercenario honrado”, dice con una sonrisa, en diálogo con TN, ya alejado de la cobertura de conflictos, viviendo sus 75 años navegando en su velero y escribiendo libros. La entrevista es en Buenos Aires, en medio de un viaje por la Feria del Libro, donde presenta esta novedad editorial que justamente repasa su carrera como periodista. En una conversación extensa sobre el oficio y sobre los conflictos actuales, Pérez-Reverte reflexiona sobre el periodismo, los riesgos de normalizar el horror y sobre algunos de sus fantasmas. Además, da su mirada sobre la emergencia líderes como el presidente norteamericano Donald Trump y dice: “El error es pensar que Trump es la causa, y Trump no es más que el síntoma, Trump, Putin, otros, no son más que la manifestación física de una tendencia de la humanidad que en este momento se está dando”.

—¿Qué es lo más duro que le dejó la vivencia de cubrir tantos conflictos?

—Lo más lúcido que me dejó fue saber que el ser humano no es bueno ni malo, sino que es bueno y malo al mismo tiempo. Saber que en un mismo día una persona puede hacer cosas heroicas o cosas infames, la misma persona con pocas horas de diferencia. La guerra me borró fronteras entre el bien y el mal, me borró prejuicios, me borró ideas preconcebidas. Empiezo a entender que el mundo es un lugar peligroso, poblado por animales peligrosos llamados seres humanos, y que donde el bien y el mal se mezclan, se confunden, y entonces me enseñó también a despreciar o a ignorar o a desdeñar a aquellos que creen que la vida tiene una línea que separa lo bueno del malo, el blanco y el negro. La vida es una gama de grises.

—¿Qué significa hoy ser corresponsal de guerra, entendiendo que, al parecer, tenemos la ilusión de que cualquiera, levantando una señal de celular, puede contar algo que está pasando en un lugar remoto?

—Yo soy un corresponsal de guerra del siglo pasado, entonces mi trabajo ya dejó de existir. Ese trabajo ya no se hace igual. Ahora la guerra es una cosa diferente, ahora ya no hace falta ir al frente con la cámara, porque ahora hay soldados con el celular, con la cámara en el casco, drones que cuentan todo eso. El corresponsal de guerra ya no es alguien que está en el frente compartiendo la miseria, hay excepciones, pero en general es alguien que está en el hotel, contando conexiones continuas, necesita estar vinculado tecnológicamente a su medio informativo. Entonces, digamos que esa forma de cubrir guerras que era la mía y la de mi generación, hace mucho tiempo que terminó, por eso me fui.

—También hubo una lógica quizás decepcionante en el negocio, porque, con la tiranía de las métricas, de repente, había un corresponsal arriesgándolo todo en un lugar queriendo contar la historia más relevante y quizás le ganaba una historia que tenía mucho impacto, por lo que sea, ¿no?

—O el fútbol.

—O el futbol. Yo he estado en Sarajevo y me han dicho: “No mandes hoy crónica que hay partido de fútbol”. “Es que ha habido 22 muertos”, “Ah, bueno, manda una cosita corta, tal… pero que no sean muchos muertos, porque no conviene a la hora, que vamos a estropearles la cena a los del partido”. Eso me ha pasado. Y todo eso me hizo ver, poco a poco, que el mundo cambiaba y que no valía la pena que me mataran en Sarajevo o donde sea por subir un punto el rating de audiencia frente a un partido y ese tipo de cosas, ¿no? Entonces, poco a poco, fui perdiendo la fe en mi profesión, porque venía una manera nueva de hacer la profesión. No digo que sea mejor o peor, diferente. Pero yo ya no podía, era demasiado tarde para que yo me adaptara a ese nuevo mundo.

—¿Se termina naturalizando el horror? ¿Llega a un punto donde la audiencia hasta se anestesia incluso frente a lo más estremecedor, que son los niños en el centro del horror?

—Cuando en la guerra ves matar a un anciano, o sufrir a un hombre adulto, una mujer, la guerra tiene sus reglas y la vida es así de dura. Pero los niños no comprenden, y lo peor es sufrir sin comprender. En la guerra mis peores recuerdos tienen que ver con niños y con animales, porque no comprenden el dolor, el horror. Un niño quemado, un niño que está sentado junto a su padre, que le han matado, un perro que te sigue con la pata rota porque eres el único ser humano que ha visto desde hace dos días en el lugar donde está todo lleno de cadáveres... No entienden, no comprenden. Comprender es casi analgésico. Comprendo que el ser humano es así, la vida es así, la historia es así, los Balcanes, tal, la dictadura argentina, la dictadura española. Pero cuando no entiendes por qué te hacen sufrir es lo más doloroso. Entonces, mis peores recuerdos de guerra tienen que ver con animales y con niños.

—En algún momento, creo que en un podcast, en una entrevista, le escuché decir que hay territorios que son particularmente difíciles para las mujeres. Pero usted trabajó con mujeres, incluso, creo, con una fotógrafa que después trabajó en una organización de Derechos Humanos. ¿Cuáles son los desafíos que tienen las mujeres en las coberturas?

—Yo había lugares donde no quería ir nunca a trabajar con mujeres, porque me iban a matar para violarlas, entonces no quería correr ese riesgo. África era muy peligroso, ir a una guerrilla africana con una mujer era jugártela.

—Hay como un imperativo que tiene algunos problemas en relación con ese trabajo de ser un enviado especial en conflicto, y es el imperativo de engrosar el cuero para poder plantear una distancia profesional respecto de lo que se está contando. Ahora, ¿qué pasa con el riesgo de que el cuero se engrose tanto al punto tal de que uno se vuelve impermeable a ese dolor?

—Ocurre.

—¿Y ese es el momento en el que hay que dejar de hacerlo?

—He visto casos. Te vuelves cínico, te vuelves egoísta, no crees en lo que haces, y bueno, es más incluso: “A ver si hay algún muerto o tal, que hoy esto está muy...”. Eso lo he visto, no me lo han contado. Lo he visto. Lo que pasa es que también depende de cómo seas, ahí es donde sale la naturaleza del ser humano. Si eres una persona honesta, honrada, con formación, con lucidez, emocionalmente estable, una persona con sentimientos adecuados y has sido educado en la parte buena de la vida, evidentemente no caes en eso. Pero al final, sí que tarde o temprano, algo te afecta. Entonces es el momento de decir "a mí me pasó". Me pasó. Yo ya tuve tres etapas: la primera fue una etapa aventurera juvenil de adrenalina, la segunda fue una etapa profesional seria, yo era un mercenario honrado, como digo siempre, tenía mi trabajo y cobraba por él, me jugaba la vida por contar las cosas, y una tercera en la cual ya dejé de creer.

—¿Cuál es su mirada sobre el conflicto en Ucrania?

—Es uno más, es que para mí es normal que haya conflictos, los ha sabido siempre, desde Troya hasta ahora, que tengamos memoria, y los seguirá habiendo. Es que no va a parar nunca. La guerra va a seguir de muchas formas, ahora Ormuz y mañana será Angola o Mozambique o lo que sea, yo que sé.

—Hablando sobre el carácter cíclico de los conflictos, también hay lugares que, casi como un destino fatídico, parecen destinados a volver a estar en el centro del conflicto. Acá hay en el libro algunas crónicas de Beirut, y vuelve a ser el Líbano un epicentro, en este caso un epicentro secundario de un conflicto que ¿es un conflicto de no acabar, el conflicto en Medio Oriente?

—Hay conflictos que no acaban porque hay conflictos que están enquistados, no ya en la coyuntura, sino en la historia. Líbano forma parte de un conflicto mucho mayor, que es el conflicto de Israel. Israel es un conflicto que viene desde la diáspora de los judíos, viene de la creación del Estado de Israel. Hay un montón de factores que son inconciliables. No hay una solución. Es que tenemos la tendencia a pensar que todo tiene solución, y la verdad es que hay cosas que no tienen solución.

—¿Cuál es su mirada sobre la irrupción de Trump en este escenario de un mundo que repite conflictos?

—El error es pensar que Trump es la causa, y Trump no es más que el síntoma. Trump, Putin, otros, no son más que la manifestación física de una tendencia de la humanidad que en este momento se está dando.

—¿No hay una lógica algo entre mezquina y caprichosa en la tensión que se le pone a algunos conflictos y el olvido, la postergación o la negligencia de otros? Aquí en América pasa…

—Cuando pasa la moda se olvida, claro. El conflicto sigue, pero la gente ya no le interesa, porque es tanto el bombardeo. Se pone de moda, y todo el mundo hablando de Ucrania, o de lo que sea, de Gaza. ¿Quién habla de Gaza ahora?

—¿Por qué hay guerras olvidadas o postergadas? ¿Tiene que ver, por ejemplo, con una lógica hasta racista en el interés?

—Hombre, por supuesto, una guerra en la cual mueran negros en Angola, pues interesa menos que una guerra en la cual mueran blancos en Ucrania, pero que interesa aquí: en Angola les interesa mucho, claro, pero siempre ha sido así.

—¿Quedó algo en el tintero, algún territorio en el que le hubiera gustado estar haciendo lo que sabe hacer?

—¿Sabes qué pasa? Tengo 75 años, he tenido una vida buena, he pagado los precios, por supuesto, precios muy altos, de todo tipo, eso es cosa mía, pero cuando miro hacia atrás creo que tengo una buena mochila llena de cosas interesantes, y justamente con ellas escribo novelas. Me voy a morir, cuando me toque el momento, que ya no me queda tanto tiempo, y me voy a morir sin dejar atrás cosas que la mente no había hecho. Me dejaré detrás muchas cosas que lamento haber hecho, y muchos remordimientos. Cuando trabajas mirando el reloj para transmitir a las tres de la tarde, y tu trabajo es fundamental, haces cosas de las que no estás orgulloso. Para poder ser un periodista eficaz eres un ser humano a veces no tan eficaz, o no tan bueno, ¿no? Y bueno, todos esos fantasmas, que los tengo, están conmigo, están en este libro, otros están en mis novelas, están ahí. Eso es lo que lamento, no haber sido mejor persona en momentos duros, donde el egoísmo profesional se superpuso a la humanidad. Pero aparte de eso, no tengo ningún otro lamento.

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