Jesús García Calero - abc.es - 08/05/2026
Puede que tuviera razón Jean Baudrillard y con el paso de los años debamos aceptar que la guerra -para nosotros- no ha tenido lugar, que la vemos cada día más como un videojuego , en un mundo virtualizado en el que las imágenes planean (son planeadas) como drones contra cuerpos y ciudades en los ocho segundos de atención que nos quedan. Pero la guerra sí ocurrió para quienes estuvieron allí y lo contaron, no hace tanto, como los reporteros de hace medio siglo a los que invoca en su libro ‘Enviado especial’ Arturo Pérez-Reverte, que reúne sus crónicas en los peores conflictos desde Mozambique o Eritrea hasta los Balcanes. Y también en las fotos que han acabado recogidas en la exposición ‘Fotografías de guerra’ en el Ateneo de Madrid y en el catálogo de La Fábrica.
Antes de Baudrillard, la guerra saturaba los sentidos y dejaba cicatrices morales. Después de aquel libro suyo, las trazadoras fosforescentes que perforaban el cielo de Bagdad trajeron su lógica de videojuego, y el espectáculo suplantó a la verdad, la hipnosis al horror, el zapeo o ahora el “scrolling” a la lectura consciente. Por eso hay que leer aquellas crónicas arriesgadas, contemplar sus fotos veraces tomadas demasiado cerca de los combates y los combatientes, sin teleobjetivo, y por tanto arrimarnos junto a ellos a la muerte. Subrayar la búsqueda del sentido en este mundo que, sin saber cómo, nos ha hecho creer que pasamos de pantalla y basta.
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