Víctor Núñez Jaime - milenio.com - 22/05/2026
Una de las lecturas que marcaron el curso de mi carrera universitaria fue la de 'Territorio comanche'. Porque después del punto final de ese libro breve de Arturo Pérez-Reverte, uno se ve obligado a preguntarse si existe una ética en el filo entre la vida y la muerte. Al contar una visión descarnada de la guerra (no exenta de cierta ternura e ironía), nos acercamos al día a día de un corresponsal en la lucha armada de Yugoslavia, tal vez el último conflicto bélico cubierto por los grandes corresponsales que se forjaron informando sobre las atrocidades de la Humanidad (porque luego, con la llegada de las nuevas tecnologías y la crisis de los medios, todo ha sido diferente).
“Para un reportero en una guerra, territorio comanche es el lugar donde el instinto dice que pares el coche y des media vuelta; donde siempre parece a punto de anochecer y caminas pegado a las paredes, hacia los tiros que suenan a lo lejos, mientras escuchas el ruido de tus pasos sobre los cristales rotos. Territorio comanche es allí donde los oyes crujir bajo tus botas, y aunque no ves a nadie sabes que te están mirando.” Así describía Pérez-Reverte el inquietante escenario donde se movía en aquel conflicto que acabó en la división definitiva de los Balcanes.
Las lecciones de periodismo desprendidas del libro, al igual que el 95% de lo aprendido en la carrera, han sido inaplicables en el ejercicio de mi profesión (poco tiene que ver la romantizada teoría que nos inculcan con la cínica realidad), pero sustentan el testimonio de una época en la que los reporteros crecían “en un nido de piratas desalmados, genios sin escrúpulos, maestros del oficio, donde la exclusiva y el firmar en primera página justificaban casi cualquier método”, como dice, muchos años después, el ahora afamado novelista que acaba de publicar 'Enviado especial. Una biografía de guerra', la antología de sus crónicas, reportajes y columnas sobre los conflictos más cruentos del último tercio del siglo XX.
El volumen es valioso no sólo porque el autor comparte con los lectores las experiencias que marcaron su vida, sino porque el compendio de textos constituye los cimientos de la mayoría de sus posteriores historias de ficción. Se nota, además, que el hoy escritor y académico supo sacarle jugo a los últimos años de una forma de periodismo que hoy ya no se practica, que fue a la guerra con la mirada educada por la lectura y que ahora hace novelas con la mirada que la guerra le dejó.
De manera paralela a la publicación de 'Enviado especial', en el Ateneo de Madrid se exponen varias de las fotografías que ilustraron algunos de sus reportajes bélicos, las cuales enviaba con un piloto o una azafata (“no existía la inmediatez de ahora”). Son 47 imágenes y en sólo dos de ellas parecen personas muertas. “Es que ahora la guerra molesta y se pixela. Antes se hacían fotos para remover conciencias, para mostrar el horror y remover estómagos con niños sobre charcos de sangre o gente con las tripas de fuera. Y ahora esconden eso para no herir sensibilidades”, reflexiona el hombre que estuvo donde pocos querían estar y contó lo que muchos prefieren olvidar.
De Chipre, pasando por Líbano, El Salvador, Nicaragua o Irak, hasta Yugoslavia, Arturo Pérez-Reverte vio guerras que siempre, bajo cualquiera de sus formas, tenían “la misma oscuridad y el mismo miedo”. Primero las contó en las páginas del diario 'Pueblo' o en revistas como 'Gaceta Ilustrada' y, finalmente, en la pantalla de Televisión Española. A la tele se llevó, dice, “una forma personal de mirar el mundo, una mirada amarga que ya no me abandonaría nunca”. Es que, para entonces, la lección ya estaba aprendida: “no hay que huir del riesgo ni abalanzarse a él, sino medirlo. Averiguar antes de hacer el primer movimiento, por dónde vas a entrar y por dónde vas a salir. Y tener conciencia de que cruzar ciertas líneas no tiene vuelta atrás y que dejan huella”.
Finalmente, el joven reportero dio paso al veterano que recordaba los lugares de su vida anterior, ya sólo habitados por fantasmas, y a partir de ese momento la literatura se convirtió en la herramienta más eficaz para ordenar el caos, los remordimientos y los desastres (compruébenlo, por ejemplo, en su novela 'El pintor de batallas'). Porque “la guerra se queda en tu cabeza y ya no te abandona jamás”, dice. “Y sólo los que hemos estado ahí tenemos conciencia de lo frágil, de lo incierto”.
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