24 junio 1975

Una reunión de partidos políticos


Pueblo, 24 de junio de 1975

[El Aaiún, crónica telefónica de nuestro enviado especial, Arturo Pérez-Reverte]

La protección y el apoyo material que la vecina Argelia suministra al Frente Pоlisario sigue siendo una espina clavada en lo más vivo de los deseos marroquíes de anexión del Sahara. Con una Argelia vigilante, que cobija en su seno a los que parecen los más radicales enemigos de la marroquización de este territorio, el reino alauita sabe que de no llegarse a un acuerdo la aspiración de un Sahara ligado directa o indirectamente a Marruecos tiene por delante un camino jalonado de serios obstáculos, entre los que no se descarta una confrontación armada. Por eso, a pesar de los furibundos ataques dialécticos que a diario intercambian Rabat y Argel, existe, sin embargo, en ciertos sectores marroquíes la esperanza de un acuerdo quе, а саmbio de concesiones mutuas, permita a ambas partes llegar a un entendimiento sobre la cuestión saharaui.

En esta línea parece incluirse una emisión de la radio argelina, captada en El Aaiún, durante la noche del pasado domingo. En ella Argelia acusa recibo de un comunicado de Abdellah Ibrahim, secretario general de la Unión Nacional de las Fuerzas Populares Marroquíes, encuadrado en la oposición, en cuyo texto se critica la actitud argelina, llena de contradicciones, que obstaculiza la postura mаrroquí y fortalece a España. Para la UNFPM los hechos de Argelia desmienten sus declaraciones de no tener ninguna reivindicación sobre el Sahara y respetar la autodeterminación del pueblo saharaui. Sin embargo —prosigue el cоmunicado del partido marroquí—, sería conveniente la celebración de una reunión a puerta cerrada de los partidos mauritanos, argelinos y marroquíes, a fin de llegar a un entendimiento mutuo.

Por su parte, el FLN argelino, que niega cualquier reivindicación sobre el Sahara, se muestra, sin embargo, partidario de aceptar la invitación del partido marroquí, a la que da la bienvenida, y la califica como "algo nuevo, de gran importancia en su contenido". El FLN hace suya la propuesta de la UNFPM y se muestra interesado en celebrar cuanto antes la reunión consultiva con asistencia del secretario general del mismo partido, así como del Istiglal marroquí y el secretario del partido mauritano. "Con un dialogo democrático —señala el FLN— se pueden superar todas las diferencias".

Hasta aquí, a grandes rasgos, el contenido de la emisión de la radio argelina. Que la citada reunión se lleve a cabo o no depende de la evolución de los acontecimientos; sin embargo, con su manifestación de buenos deseos para con los vecinos países, Argelia no hace más que mantenerse en su postura oficial, abierta al diálogo, que no la compromete a nada en lo que al Sahara respecta. Lo que sí parece indudable es quе, por el momento, el Gobierno de Argel no está dispuesto a tolerar una "marroquización" de este territorio. Y aunque en este tinglado saharaui no se pueden hacer predicciones ni descartar las expectativas futuras que Argelia puede tener en el Sahara, resulta factible suponer que ninguna iniciativa de diálogo por parte de los diversos partidos arrojará fruto alguno sin una modificación profunda de las aspiraciones marroquíes o de la firme postura argelina. Моdificación que, al menos desde aquí, resulta difícil imaginar para un futuro próximо. Aunque, al fin y al cabo, los caminos de Alá son inescrutables.

Por su parte, el Partido de Unión Nacional Saharaui continua desplegando esfuerzos para reorganizar sus maltrechas estructuras, a punto de desmoronarse ante la sucеsión de golpes recibidos en los últimos tieтpos. Para el 16 de agosto próximo el PUNS tiene prevista la celebración de una asamblea general, cuyos preparativos se están llevando a cabo con febril actividad. "En ella —se dijo ayer por la tarde— el PUNS va a debatir su propia supervivencia. Haremos análisis de las fuerzas disponibles, y de ello saldrá nuestra revitalización o el desastre definitivo". De todas formas, hasta el 16 de agosto deben transcurrir casi dos meses. Y en este tiempo pueden suceder muchas cosas en el Sahara.

23 junio 1975

Murieron dos soldados marroquíes


Pueblo, 23 de junio de 1975

[El Aaiún, por teléfono, de nuestro enviado especial, Arturo Pérez-Reverte]

Tah es un pequeño puesto fronterizo, emplazado justo en la frontera con Marruecos, al borde de la "tierra de nadie". El pasado fin de semana, después de atravesar el desierto hacia el Norte, encontramos a los policías territoriales saharauis que en la madrugada del sábado rechazaron el ataque de 25 soldados de las Fuerzas Armadas Reales Marroquíes.

El sargento jefe del puesto, Brahim Hamuadi, nos narró las incidencias del combate. Los atacantes fueron recibidos, a un centenar de metros de la guarnición, por una descarga cerrada de los saharauis, que les causó dos muertos, obligándoles a retirarse inmediatamente. En la huida, los marroquíes "olvidaron" sobre el terreno los 38 kilos de trilita —en 96 paquetes de 400 gramos, de manufactura soviética— con los que intentaban llevar a cabo la voladura del puesto fronterizo.

Todo había comenzado a las dos de la madrugada, cuando la luna creciente permitió a los centinelas de Tah descubrir movimiento en las líneas marroquíes. Tras dar la alerta por radio, los diez policías territoriales de la guarnición se apostaron en los parapetos, las armas a punto, sin perder de vista a los atacantes. Estos, que vestían uniforme, comenzaron a avanzar rodeando el puesto hacia el este, concentrándose en unas "graras" —arbustos— cercanos, donde se estuvieron preparando hasta las cuatro menos diez, hora en que se destacaron nueve hombres, con los explosivos en mochilas, protegidos por una ametralladora y un subfusil, que se instalaron tras unos montículos, a derecha e izquierda del grupo.

—Mis hombres estaban impacientes —dice el sargento Brahim—. Todos tenían el dedo bailando en el gatillo y no cesaban de preguntarme: "¿Les tiramos ya, mi sargento?". Yo les decía que calma, que tranquilos, que yo daría la señal con un disparo de mi revólver. No teníamos miedo. Durante mucho tiempo hemos estado aguantando provocaciones de los marroquíes, y esta vez les teníamos a tiro. Además, y eso era un placer, venían de uniforme, así que les fuimos dejando acercarse...

Los atacantes, confiados al no observar ningún movimiento en el puesto, continuaron su avance, con las cargas de trilita listas para ser utilizadas.

—Nosotros ni respirábamos, por miedo a que los marroquíes se diesen cuenta de que estábamos prevenidos. Se aproximaban más y más... Doscientos metros, ciento cincuenta... Mis hombres ya no podían resistir la impaciencia; entonces empеcé a pegar tiros y esto ardió de punta a punta. Los marroquíes comenzaron a largar los paquetes y salieron zumbando, mientras su ametralladora y el subfusil nos soltaban ráfagas para cubrirles. Entonces les mandamos cinco granadas, y ellos se echaron al hombro la ametralladora y el subfusil y se pusieron a correr como locos... Vimos caer a uno, pero se levantó, o lo recоgieron... Mis hombres estaban eufóricos. Si en lugar de fusiles semiautomáticos llegamos a tener una ametralladora, no dejamos ni uno.

Los marroquíes —lo hemos sabldo después— tuvieron dos muertos durante los diez minutos escasos que duró el tiroteo. Horas más tarde un helicóptero de las Fuerzas Aéreas Marroquíes se posó en las proximidades, al otro lado de la frontera, izando, al parecer, los cadáveres a bordo. Después el aparato despegó, alejándose en dirección a Tarfaya. Más tarde, recorriendo la "tierra de nadie", hemos visto las huellas de los atacantes, las señales de la ametralladora en el montículo y la tierra ennegrecida por las granadas. También tuvimos ocasión de comprobar la inquietud y el nerviosismo de los aduaneros marroquíes, ajenos al ataque, temerosos de recibir en sus espaldas una posible represalia española. Todos los informes parecen confirmar que la unidad atacante había sido traída al sector exclusivamente para volar el puesto de Tah y no formaba parte de la guarnición marroquí instalada al otro lado de la "tierra de nadie", una franja de tierra de un kilómetro de anchura que separa el Sahara de Marruecos.

En el momento de redactar esta crónica ignoramos si se ha producido ya algún tipo de protesta oficial ante el Gobierno de Rabat por parte de las autoridades españolas, en vista de lo que parece ser una flagrante violación de la frontera, con un ataque militar que no fue llevado a cabo por partidas incontroladas, sino por soldados marroquíes con uniforme de las Fuerzas Armadas Reales.

20 junio 1975

Tensa espera


Pueblo, 20 de junio de 1975

[El Aaiún, crónica telefónica de nuestro enviado especial, Arturo Pérez-Reverte]

Tras los incidentes de hace un par de días, la calma tensa parece reinar de nuevo en el Sahara, al menos por el momento. Los soldados que pasean por las calles de El Aaiún conservan el machete en el cinturón, los coches siguen circulando de noche a menos de veinte kilómetros por hora, con el interior iluminado, y las patrullas recorren las calles con el fusil ametrallador en bandolera. En las fronteras, los centuriones montan la guardia esperando.

El Sahara es ahora una tensa espera. Se aguardan nuevos acontecimientos, se leen los periódicos que llegan todas las tardes de la península en busca de "noticias de Madrid"... Las paredes continúan cubiertas de rótulos desde la visita de la ONU no se han renovado los slogans y siguen brotando polisarios espontáneos hasta debajo de las piedras. Aunque el maltrecho PUNS se está buscando nuevos planteamientos que le permitan recuperar un lugar de importancia en la situación saharaui, de momento es el Frente Polisario quien se las está cantando todas, con una influencia que parece crecer de día en día. La imagen mítica del antiguo guerrero saharaui pretende ser encarnada por este frente de liberación, y esa aureola ceñida de un cierto romanticismo es como un imán раra buena parte de los saharauis, especialmente las mujeres, que ven surgir otra vez, tras muchos años, a los hombres que en el pasado llegaron a dominar el sur de Marruecos y que ahora se declaran de nuevo dispuestos a combatir por la independencia.

Los hombres del Polisario están seguros de poder garantizar la independencia y convertir el Sahara "en un nuevo Kuwait". La afirmación no es sorprendente, sino absolutamente lógica. Aparte de los fosfatos, con precios que se han multiplicado por cinco en el plazo de un año, el territorio cuenta con abundantes recursos minerales: gas natural, indicios de petróleo, titanio, uranio... y todo ello sin olvidar el gran banco de pesca sahariano, cuyas posibilidades son inmensas.

Sin embargo, dejando al margen las disensiones internas en el seno de la organización, que podrían adquirir caracteres de gravedad en el futuro, los expertos en temas saharianos no se muestran tan optimistas respecto a que se cumplan con exactitud todos los objetivos del Frente Polisario. Este pretende homogeneizar a una población saharaui que, por naturaleza, es heterogénea. Las estructuras tribales tienen capital importancia en el Sahara, y es muy acusada la enemistad entre las diversas tribus, que durante largo tiempo ha jalonado la historia sahariana de choques sangrientos, algunos no demasiado lejanos. Por ello, no falta quien opina que aglutinar en torno a una idea a la población saharaui, confiando en superar unas estructuras sociales profundamente enraizadas y tradicionales, podría ser un error de consecuencias imprevisibles.

19 junio 1975

Parcialidad sospechosa


Pueblo, 19 de junio de 1975

[El Aaiún, crónica telefónica de nuestro enviado especial, Arturo Pérez-Reverte]

Para quienes desde hace años están viviendo la realidad del Sahara, existe la impresión generalizada de que, por encima de este entramado de incidentes fronterizos, confusión y traiciones, se da una serie de factores cuya realidad resulta difícil de captar en su exacta dimensión. Según estos veteranos del Sahara, civiles o militares, alguien podría estar anudando hilos o tomando decisiones de las que los sucesos en este territorio vendrían a ser sólo un pálido reflejo, incluso detalles sin importancia, a pesar de los obsesivos ataques de Hassán II.

Las recientes declaraciones del secretario de estado USA, Henry Kissinger, en el sentido de que Estados Unidos vería con buenos ojos la existencia de un Sahara marroquí, han tenido aquí una clara repercusión, pues se opina que ponen al descubierto parte de esos entrebastidores a los que antes aludíamos. Lo que al respecto se opina en El Aaiún, en términos generales, puede resumirse en los siguientes puntos:

1 - Kissinger. La declaración de Kissinger aparece desde aquí como una notable contradicción con la postura oficial de España, en la que no existe ningún apriorismo sobre el futuro saharaui, excepto el deseo de, en palabras del ministro de Asuntos Exteriores español, "dar a la población saharaui la oportunidad de pronunciarse sobre su futuro, con tal de que esta determinación sea libre y auténtica... Declarar independiente el territorio para que sus habitantes decidiesen luego sobre su propio destino". Las palabras del señor Kissinger, por tanto, se ven aquí no sólo como de una parcialidad sospechosa, sino además como una intolerable injerencia en asuntos que, en teoría, son de la exclusiva competencia de los países directamente interesados en el problema.

Pero, a continuación, viene la pregunta: ¿qué motivos han llevado a Kissinger a hacer tal declaración? Los motivos estratégicos están a la vista. Con un norte de África abocado al socialismo, el Sahara podría caer bajo la influencia argelina, quedando Marruecos como un islote aislado en una zona que, tarde o temprano, acabaría por absorberlo.

Hay otros factores que, se opina aquí, pueden haber motivado la declaración de Kissinger, y podrían resumirse en preguntas. ¿Tienen los Estados Unidos motivos suficientes para esperar una marroquización del Sahara? ¿Existen contactos a nivel desconocido que permitan prever tal futuro para este territorio? ¿Poseen los Estados Unidos las bazas suficientes para que sus deseos se conviertan en realidades? ¿Dónde se están jugando esas cartas, en caso de que existan?

2 -  Marruecos. Las declaraciones de Kissinger le vienen a Marruecos de perlas. Que las intenciones de Hassán coincidan con los deseos de la primera potencia occidental no deja de ser reconfortante para el Gobierno de Rabat, que puede sentirse envalentonado por el espaldarazo que le otorga el Departamento de Estado USA. A menos, se opina aquí, que Marruecos haya tenido garantías de Washington, a fin de poder seguir cumpliendo una misión de "avanzada de Occidente" frente al socialismo africano.

La ausencia de acciones directas concretas contra el Sahara, el desprecio marroquí hacia los saharauis integrados en las filas de las Fuerzas Armadas Reales y un sinnúmero de extrañas circunstancias llevan a pensar que Marruecos podría estar aspirando a obtener el Sahara por otra vía distinta al empleo de la fuerza. ¿Cómo es eso posible, si los saharauis prefieren ser cualquier cosa antes que marroquíes? ¿Se estará interfiriendo de alguna forma el proceso de autodeterminación?

3 - Argelia. "A Argelia le debe de haber sentado como un tiro lo de Kissinger", me comentaba ayer un militar español. Y es cierto. La tensión en la frontera argelino-marroquí puede aumentar de un momento a otro, aunque resulta poco probable un enfrentamiento físico en las actuales circunstancias. Es más probable que Argelia actúe en el Sahara a través del Frente Polisario, intensificando sus acciones contra los puestos del territorio. Cada golpe del Polisario contra el Sahara es, indirectamente, un "no" a la marroquización del Sahara, que hay quien interpreta como un "no" a Marruecos, pero dirigido a España. "Vamos a recordar a España que no queremos ser marroquíes", decía ayer un simpatizante del Frente Polisario. Le respondí que España lo sabe, pero se encogió de hombros. "Escucha las jabaras", dijo. La "jabara" es la noticia que corre por el desierto, y refleja el miedo —aunque sea injustificado— de los saharauis a que España pueda estar negociando un pacto con Marruecos.

4 - Hassán II. Consiga o no el Sahara, Hassán II tiene los días contados. Si fracasa en su empeño de anexión, la oposición marroquí contará con un arma lo suficientemente poderosa para derribar al soberano alauita, que ya se ha metido hasta el cuello en esta partida. A menos, naturalmente, que los Estados Unidos estén dispuestos a conservarlo en el trono a todo trance.

Si Hassán consigue el Sahara —y volvemos a preguntarnos cuál sería la postura de las Naciones Unidas si este hecho se consumase— Argelia no se cruzaría de brazos. También aquí hay que considerar los intereses de los Estados Unidos y la "baraka" —la suerte— que parece indispensablemente unida a Hassán. Pero la vida da muchas vueltas, y no debemos olvidar que ni USA es infalible ni la "baraka" es eterna.

18 junio 1975

Continúan las deserciones



Pueblo, 18 de junio de 1975

[El Aaiún, crónica telefónica de nuestro enviado especial, Arturo Pérez-Reverte]

No es una de cal y otra de arena, sino que los dos sucesos apuntan en direcciones opuestas a Marruecos. El sábado, media guarnición de Guelta Zemmur se pasaba al Polisario con armas y bagajes. El lunes por la mañana, cuatro saharauis, desertores de las Fuerzas Armadas Reales Marroquíes, eran capturados 25 kilómetros al norte de Hausa, a 50 kilómetros de la frontera con Marruecos. Ayer llegaron a El Aaiún el cabo Dehaman Ben Zaini y los soldados Mohamed Uld Uadda y Bachara Uld Mohamed, este último con documento nacional de identidad A-6.248.775, todos de la tribu Ergibat, que desertaron hace cuatro días de la VIII compañía del VII batallón de las FARM de guarnición al norte de Suisaisel. Fueron unos nativos quienes avisaron al puesto de Housa de que había desertores por la zona. Localizados por la Policía Territorial, los cuatro desertores fueron llevados el lunes a Smara y entregados ayer a las tropas nómadas, que se hicieron cargo de ellos.

Según sus primeras declaraciones, los cuatro saharauis formaban parte de las unidades que, igual que la capturada en Mahbes, se encuentran al otro lado de la frontera, colocadas allí para atacar los puestos españoles de Echedeiria, Mahbes y Hagunía. Estas unidades marroquíes, con armamento y órdenes similares a las del capitán Abbua Chej, capturado al intentar tomar el puesto de Mahbes, se encuentran armadas por SAM-7 y están compuestas en gran parte por elementos saharauis, repartidos según tribus.

Los desertores manifestaron que patrullaban la frontera esperando órdenes de penetrar en el Sahara. Sobre el incidente de Mahbes añadieron que tanto la suya como el resto de las unidades marroquíes del sur se iban a dirigir hacia sus objetivos el día del ataque, pero un radio recibido tras la captura del capitán Abbua Chej les hizo detenerse.

Preguntados por los motivos de su deserción, los saharauis coincidieron plenamente: el Sahara es su tierra y querían volver, pues las cosas no son fáciles para ellos en el ejército marroquí —uno de estos desertores, pastor, fue enrolado a la fuerza— y se desconfía de los saharauis integrados en las FARM.

Finalmente, los desertores manifestaron que poco antes de cruzar la frontera habían visto en Tal-Tal tres camiones con terroristas que se dirigían hacia Abatih dispuestos para actuar en El Aaiún. A este respecto, la Policía Territorial no adopta nuevas medidas de seguridad, porque sus tropas se encuentran al máximo de alerta desde hace días pero, según manifestó un oficial, "ahora al menos estamos esperando algo concreto".

La deserción de los cuatro saharauis y sus declaraciones permiten establecer cuatro puntos:

1) Continúan los intentos de Marruecos para infiltrar terroristas en el Sahara. Estos hombres se reclutan entre los desempleados, a quienes se proporciona dinero y una adecuada instrucción en campos destinados al efecto.

2) La vanguardia del ejército de Hassán —ignoramos cómo es la retaguardia— no parece demasiado coherente, y el elevado número de saharauis que la componen es visto con suma desconfianza por el gobierno de Rabat, lo que convierte en poco agradables las condiciones de vida de estos soldados.

3) Los servicios de información de las FARM parecen estar cometiendo sensibles fallos, mientras que los españoles poseen información abundante sobre los movimientos de las tropas marroquíes instaladas al otro lado de la frontera. Ello, en parte, puede deberse a que nadie de aquí se pasa al otro lado, mientras que las deserciones en las filas de Hassán suelen repetirse con cierta frecuencia. Esto demuestra que los saharauis prefieren ser cualquier cosa antes que marroquíes.

4) Los rumores sobre un supuesto "dahir" de Hassán ordenando el licenciamiento de todos los saharauis integrados en sus tropas parecen descartados, especialmente porque eso no encaja en absoluto con los deseos de anexión del monarca marroquí. A menos, naturalmente, que en alguna parte se estén jugando bazas, cuyos oros o bastos desconocemos por completo.

17 junio 1975

El Polisario secuestró a dos militares


Pueblo, 17 de junio de 1975

[El Aaiún, de nuestro enviado especial, Arturo Pérez-Reverte]

—Estaba tomando el té, mientras vigilaba la batería de la emisora, cerca de la media noche, cuando vi venir varias sombras que corrían, apuntándome con sus fusiles y gritando: "¡Alto, no te muevas!". Yo estaba desarmado y no pude defenderme. Por eso ellos me empujaron contra la pared, me quitaron todo el equipo y vaciaron por el suelo el contenido de los cajones y armarios. Después fueron trayendo a todos los compañeros y los colocaron junto a mí, cara a la pared, mientras los registraban. Tenían el rostro cubierto y repetían una y otra vez: "Somos del Polisario".

Bachir Uld Sidi, veinticinco años, radiotelegrafista del puesto aduanero de Guelta Zemmur, señala el suelo cubierto de papeles y las camas, en las que sólo quedan los colchones desnudos. A las 23.20 del sábado, con el resto de los policías territoriales de la guarnición, vio cómo los hombres del Polisario y los desertores del puesto se apoderaban de todo el material y armamento, antes de alejarse hacia la frontera mauritana, que se encuentra a sólo una treintena de kilómetros.

—Se llevaron todo cuanto aquí había de valor: mantas, sábanas, armamento, los vehículos, el grupo electrógeno... Antes de marcharse dijeron: "El que quiera, que se venga con nosotros". Algunos se marcharon con ellos, por lo menos uno que conozco, Mohamed Embareck. Se marcharon a las dos y pico de la madrugada, llevándose con ellos, según me cuentan los que lo vieron, al alférez y a uno de nuestros compañeros, atados, creo... No comprendo por qué los centinelas no dieron la alarma. Había cuatro, ¿sabe? A tres de ellos no les hemos vuelto a ver, así que suponemos que estaban de acuerdo con los polisarios para hacer esto. Es una cochinada; eran compañeros nuestros, nos conocíamos, habíamos vivido juntos mucho tiempo. Sin embargo, no nos dijeron nada. Se pusieron de acuerdo con los polisarios y nos engañaron.

En Guelta Zemmur, donde hasta ayer sólo había nativos, una compañía de legionarios ocupa el puesto y rastrea la zona, en presencia del gobernador militar del Sahara, general Gómez de Salazar, que se ha desplazado hasta aquí en helicóptero. Entre tanto, los agentes territoriales nos cuentan los detalles de lo que ellos califican como "amarga experiencia".

Ahmed Baba, un veterano barbudo y taciturno, chupa el cigarro mientras explica cómo pudo escapar del Polisario:

—Yo estaba de servicio, despierto, en el interior de la casa. Me encontraba tranquilo, porque fuera estaba un compañero de guardia. Salí un momento a orinar, y cuando regresaba, descubrí a dos hombres. Les di el alto y no respondieron. Como yo estaba desarmado, le grité al centinela, pero el centinela se quedó callado un momento y dijo: "¡Son de los nuestros!". Le dije que no, que no lo eran, que disparase, pero se quedó callado otra vez. Entonces comprendí que estaba de acuerdo con ellos y eché a correr hacia la casa para avisar a los demás, pero los polisarios vinieron detrás de mí y nos hicieron prisioneros a todos. Nos sacaron fuera, junto a la pared, pero en un momento de descuido eché a correr y me escondí en el cementerio, dentro de una tumba. Cuando salí ya se habían marchado con todo lo que pudieron llevarse.

Seleima Hamudi fue quien, cuando se marcharon los polisarios, llegó con el cabo Larosi hasta El Aaiún para informar a sus superiores, tras alertarles por teléfono desde Bu Craa.

—¿Por qué no os fuisteis con el Polisario?

—¿Irnos? Somos saharauis, no mauritanos, argelinos o marroquíes. No nos vamos con el Polisario porque somos soldados territoriales que estamos en nuestra tierra. Además, nuestros compañeros que desertaron para irse con ellos nos engañaron, nos tendieron una trampa. No queremos nada con ellos, porque nosotros cumplimos con nuestro deber.

—¿Por qué, entonces, no disparasteis ni un solo tiro?

—No nos dieron tiempo, y las armas las tenían los centinelas que nos traicionaron. Nos cogieron por sorpresa. Si hubiésemos tenido las armas en la mano, esto no habría sucedido así. Habríamos disparado contra los del Polisario.

—¿También contra vuestros compañeros desertores?

—También; nosotros somos soldados, y ellos ya no eran nuestros compañeros.

Así terminó la conversación; con un argumento tajante. Quizá demasiado, pues las cosas no están tan claras en Guelta Zemmur. En realidad, hace tiempo que las cosas no están claras en ningún lugar del Sahara.

16 junio 1975

El Polisario asaltó un puesto aduanero


Pueblo, 16 de junio de 1975

[El Aaiún, por teléfono de nuestro enviado especial, Arturo Pérez-Reverte]

La normalidad aparente de los últimos días se quebró en la noche del sábado. A las 23.30 horas el puesto aduanero de Guelta Zemmur, a unos 35 kilómetros de la frontera mauritana, fue asaltado por treinta hombres del Frente Polisario. El grupo rebelde, entre los que se encontraban cuatro de los desertores del puesto de Ain Ben Tili, del pasado mes de mayo, contaba con la complicidad de la mitad de la guarnición, compuesta, exclusivamente, por agentes nativos —una veintena— de la Policía Territorial. La noticia llegó aquí ayer, al presentarse ante las autoridades militares uno de los miembros de la guarnición de Guelta Zemmur, un cabo, que había viajado durante toda la noche y la manana, recorriendo los 250 kilómetros que separan El Aaiún del puesto aduanero. Según sus primeras declaraciones no hubo enfrentamiento armado, sino que los polisarios y los nueve simpatizantes de la guarnición se hicieron en un momento con el control absoluto, retirándose después con todo el botiquín, la cuba de agua, la ambulancia y el grupo electrógeno del puesto, llevando maniatados al alférez y a un policía territorial, ambos nativos. Otros nueve policías no quisieron acompañar a los rebeldes y permanecieron en el puesto, mientras el cabo escapaba hacia El Aaiún para dar la alarma.

Inmediatamente salieron hacia Guelta Zemmur una compañía del tercio Juan de Austria, de la Legión, y una patrulla de policías territoriales. Se da la circunstancia de que el puesto asaltado, a 200 kilómetros al sudeste de El Aaiún, además de ejercer control aduanero en la carretera que  llega hasta la frontera mauritana, cumplía una labor de ayuda a la población nativa de la zona, proporcionando alimentos y asistencia sanitaria. Con lo que prácticamente podemos calificar de desmantelamiento casi total del puesto, los habitantes de Guelta Zemmur y de las jaimas cercanas se ven considerablemente perjudicados. No es extraño, por tanto, que esta acción del Frente Polisario esté gozando de muy pocas simpatías entre los nativos del sector. Entre tanto, la vida transcurre casi con normalidad en El Aaiún.

19 enero 1975

Un tema explosivo: el de los refugiados de origen turco


Pueblo, 19 de enero de 1975

El problema de los refugiados comenzó en Chipre el 20 de julio, cuando los paracaidistas turcos cayeron sobre Nicosia para consolidar la cabeza de puente de la invasión. La violencia de los combates arrancó de sus lugares a la población turca y grecochipriota, obligándola a errar por la isla entre dos fuegos o a emprender el éxodo hacia la protección de las bases británicas del sur. Desprovistos de socorros, sin medios de vida y envueltos en una confusión total, los refugiados fueron instalándose en improvisados campos de concentración. Tras los primeros días de la guerra, los desarraigados constituían ya un tercio de la población civil de Chipre.

La situación de los refugiados griegos en el sector controlado por el Ejército otomano era la peor de todas. Alejados de sus lugares, en un medio hostil, se vieron sometidos a innumerables vejaciones y, en algunos casos, fueron ejecutados. En las proximidades de la base británica de Epistopis tuve ocasión de comprobar cómo los refugiados turcos debían ser protegidos por el Ejército inglés y pude comprobar la veracidad de las violencias cometidas por ambos bandos.

El mayor número de refugiados se instaló en el sector sur de la isla, bajo dominio grecochipriota, pero al amparo, generalmente, de la bandera de Su Majestad. De los 198.000 refugiados del sur, la mayor parte son de origen turco, incluidos los prisioneros de guerra. Fue el secretario general de las Naciones Unidas, Kurt Waldheim, quien logró incluir en las conversaciones de paz entre turcos y grecochipriotas la cuestión de los refugiados, que era calamitosa. Poco a poco, las ayudas de la Cruz Roja y los organismos internacionales fueron llegando a su destino y comenzaron los primeros intercambios.

Sin embargo, a pesar del alto el fuego, el conflicto diplomático continuó con numerosos escollos, uno de los cuales era el de las transferencias de chipriotas turcos a la zona norte. Esto levantó una airada protesta de las autoridades grecochipriotas, alegando que la repatriación perjudica notablemente los intereses de los refugiados griegos, ya que los turcos recién llegados al norte ocuparán sus hogares y sus tierras, las más fértiles de la isla, que constituyen el 40% de ésta. La decisión británica de proceder a la repatriación de los turcochipriotas ha hecho crecer considerablemente la tensión, amenazando la precaria paz que a duras penas se mantiene en Chipre. Sobre todo si recordamos las declaraciones del Gobierno de Ankara el pasado septiembre, amenazando con utilizar la fuerza en caso necesario, para conseguir el traslado de los turcochipriotas al norte de la isla.

03 enero 1975

Los mercenarios: Fantasmas sobre África

Pueblo, 3 y 4 de enero de 1975

1 – El grupo de los “grandes”

El proceso descolonizador de las colonias portuguesas en África limita la presencia blanca en el continente al cono sur, con Rodesia y Sudáfrica. Especialmente en el caso de Mozambique, los colonialistas del sur se verán privados del colchón protector que la presencia de Portugal les proporcionaba quedando expuestos a la infiltración, cada vez en aumento, de los movimientos que luchan por la “africanización” total del continente negro. En lo que a Angola respecta, los intereses del capitalismo occidental, profundamente enraizados gracias al antiguo régimen portugués, no están dispuestos a verse privados de las materias primas de la rica región, diamantes y, sobre todo, el petróleo de Cabinda.

Todo ello ha vuelto a poner sobre el tapete un tema que parecía olvidado: los mercenarios. Durante los últimos meses, los medios de comunicación de todo el mundo han señalado la existencia de contactos entre acaudalados colonos y soldados de fortuna, con vistas a salvaguardar los intereses europeos en los escasos bastiones que para los blancos van quedando en África. Los rumores del reclutamiento de mercenarios en Europa, e incluso la presencia de algunos de éstos en las zonas de fricción africanas, han sido unas veces desmentidos y otras confirmados por los interesados, sin que hasta el momento se hayan conseguido pruebas evidentes en uno u otro sentido. Mike Hoare, jefe del 5º Comando durante la guerra contra los simbas en el Congo, desmintió públicamente haber sido contratado para combatir al FRELIMO en Mozambique. Sin embargo, por la misma época, un oficial retirado de mercenarios, ex paracaidista francés en Argelia y después militante de la OAS, afirmaba en Alicante que grupos de voluntarios europeos habían sido ya reclutados y se entrenaban en Malawi. Hace un mes, los movimientos de liberación de Angola señalaban la presencia de mercenarios en el área de Cabinda, donde la Gulf Oil se ha sacado de la manga un nuevo “movimiento de liberación”, cuyo objeto no es otro que obtener la secesión del resto de Angola, a fin de que el petróleo siga controlado por la empresa multinacional que ahora lo explota.

¿Otra vez los mercenarios en África? Aunque expertos en el tema sostienen que su época concluyó con la guerra de Biafra, numerosos indicios parecen señalar la presencia de cuadros europeos en el continente, entrenando a los indígenas que se utilizarán, llegado el momento, para un enfrentamiento con los movimientos de liberación africanos, o para “pequeños trabajos” locales. Soldados profesionales procedentes en gran parte de unidades especializadas de ejércitos europeos, enrolados por dinero o por afán de aventura, los mercenarios han forjado su propia leyenda en África al socaire de las convulsiones de países a veces inmaduros políticamente, casi siempre agitados por los intereses colonialistas de las potencias.

Entre los soldados de fortuna existe una gran variedad de tipos, que van desde asesinos a sueldo procedentes de los barrios bajos de cualquier capital del mundo a los reclutados por los gobiernos de Occidente para defender sus intereses zonas determinadas, verdaderos “agentes secretos” de Gran Bretaña, Francia o Estados Unidos.

La primera generación de los mercenarios modernos estuvo compuesta en su mayor parte por “soldados perdidos” de las últimas guerras, antiguos “paras” franceses de Indochina y Argelia, militantes de la CAS, belgas, ingleses, sudafricanos, que por diversas razones habían abandonado sus respectivos ejércitos, y que encontraron en África un ambiente propicio para la aventura, para el dinero y para desempeñar junto a los viejos camaradas el único oficio que conocían a fondo: la guerra. El servicio mercenario convertiría en compañeros de armas a individuos que años atrás se destrozaban mutuamente. Antiguos soldados de la Wehrmacht o las Waffen SS, franceses que se habían fogueado en el maquis, británicos procedentes de los comandos… Todos ellos, por el dinero, la gloria o el folklore, se lanzaron a la apasionante aventura de África.

Muy pronto los nombres de algunos pasaron a la leyenda: Trinquier, Faulques, Duchemin, Michel de Calry, Mueller, Denard, Tony de Saint Paul, Mike Hoare, Peters, Steiner, Schramme, asombraron al mundo con sus métodos, sus barbaridades o sus proezas. Los juicios sobre sus actividades africanas difieren notablemente según los puntos de vista. Faulques, por ejemplo, uno de los mercenarios enviados por Francia para apoyar la secesión de Katanga, calificado de pillo y sádico por el entonces representante de la ONU en Elizabethville, Conor O’Brien, en su libro ‘To Katanga and Back’, es notoriamente ensalzado por Pierre Sergent, autor de ‘Je ne regrette rien’, obra en la que se narra la historia del I Regimiento Paracaidista francés en indochina y Argelia.

Roger Faulques es un caso notorio. Nacido cerca de Coblenza, de un temple e iniciativa admirables, se batió en las dos guerras coloniales francesas: Indochina y Argelia. Gravemente herido en la desastrosa operación de Cao Bang, donde el I REP perdió 470 de sus 500 componentes, fue capturado por los vietminh y liberado después. Tras la guerra de Argelia quedó “sin trabajo” hasta que su amigo el coronel Trinquier, también amigo antiguo “para”, aceptó la oferta de Moise Tshombe y se lo llevó a Katanga. Allí Faulques se puso al frente de la guerra revolucionaria tras desembarazarse hábilmente de los consejeros belgas que había en torno al presidente. Utilizando a un suboficial congoleño analfabeto al que ascendió a general en jefe, el mercenario francés se hizo el amo de Katanga en lo que a “guerra psicológica” respecta. Convertido en pesadilla del representante de las Naciones Unidas, trazó un plan excelente para batir a las tropas de la ONU, plan que no llegó a terminarse con éxito porque Tshombe, político hábil pero extremadamente voluble decidió despedir al grupo de Faulques en pleno combate. Este tuvo entonces que abandonar Katanga, pero su prestigio e inteligencia le hicieron aparecer más tarde en el Yemen, donde fue superior de Bob Denard. Ausente del Congo en la revuelta de los mercenarios, intervino en la guerra de Biafra dirigiendo una audaz operación al mando de voluntarios franceses. Al parecer, las heridas recibidas en los combates, que le dejaron prácticamente inválido, le obligaron a buscar el retiro.

Bob Denard —un metro ochenta centímetros y bigotes de mosquetero— había sido suboficial de los comandos de marina franceses en Indochina. Durante la secesión de Katanga se reveló como un genio en el manejo del mortero, y se asegura que liquidó con su arma predilecta a unos trescientos soldados de la ONU. Muy querido por los congoleños, fue de los últimos en abandonar Katanga. Con solo cuarenta hombres tuvo en jaque a los cascos azules hasta que en 1963, agotados y sin municiones, acosado en todas partes por el enemigo, pasó a Angola con los supervivientes de su grupo. Reclutado por el Yemen, combatió pagado por Arabia Saudita contra los republicanos, teniendo a sus órdenes a otro mercenario que se haría famoso con el hombre de “Mad” (el Loco) Mike Hoare. En 1964, Denard volvió al Congo como coronel del Ejército congoleño. Tras la marcha de Lamouline, se hizo cargo del 6º Comando, interviniendo en la revuelta de los mercenarios contra Mobutu en 1967. Herido en un parietal por un rebote de bala, metió a sus heridos, blancos y negros, en un avión y se fue a Rodesia. Al salir del hospital participó en la frustrada invasión del Congo para apoyar a Schramme, que se estaba batiendo en torno a Bukavu. Tras el fracaso de la operación, cuya responsabilidad le fue atribuida por varios de sus hombres, que hablaron de sobornos de la CIA, Denard tomó el retiro.

Mike Hoare, ex suboficial británico convertido en afrikáner al establecerse como banquero en Durban (Sudáfrica), consejero en Katanga, súbitamente ascendió con rapidez. Hay quien afirma que era un agente del “Intelligence Service” británico. El caso es que más tarde se hizo cargo del 5º Comando, compuesto por voluntarios de habla inglesa, abandonándolo tras el fin de la guerra contra los simbas. Mercenario en el Yemen con la graduación de coronel, Hoare decidió retirarse después, aunque volvió a aparecer públicamente para amenazar a los mercenarios franceses que combatían junto a los biafreños con intervenir él por cuenta del Gobierno federal de Lagos. Dueño de una considerable fortuna reside en la actualidad en África del Sur.

Jean Schramme, heredero de una fortuna importante, “hijo de papá” y plantador en el Congo se vio despojado de sus propiedades tras la independencia. El antiguo plantador belga se convirtió en soldado de fortuna. En 1967 dirigió la revuelta de los mercenarios dispuesto a derribar al Gobierno de Kinshasa. Con solo ciento cuarenta voluntarios blancos y unos centenares de antiguos simbas y katangueños tomó Bukavu y peleó duramente con el Ejército congoleño, que estaba asesorado por agentes de la CIA. Desbordado por los congoleños, tras varios meses de lucha se vio forzado a replegarse a Ruanda, de donde fue repatriado en 1968. En Bruselas fue condenado a prisión por el asesinato un año antes del mercenario Maurive Quentin en el Congo.

2 – Así surgió la leyenda

Durante una década, el soldado mercenario blanco fue un temible instrumento de guerra en manos de quienes le contrataban para pelear en África. Su mayor preparación militar, su capacidad de reacción ataque, contraataque y organización le conferían una notable superioridad sobre el soldado indígena, muchas veces mal armado y peor entrenado. El valor y la iniciativa de los mercenarios produjo seiscientos cincuenta muertos a los cascos azules en Katanga. Su brutalidad aplastó a los simbas en Stanleyville; su audacia mantuvo en jaque durante meses al Ejército congoleño de Mobutu, a pesar de los “consejeros” norteamericanos. La desesperación y el pundonor profesional empujó a los mercenarios a magníficos golpes de mano que prolongaron durante algún tiempo la supervivencia de Biafra… Y así surgió la leyenda

Tshombe, privado de sus consejeros belgas, se vio obligado en 1960 a reclutar mercenarios para apoyar la secesión de Katanga. La muerte de Patricio Lumumba —a manos de mercenarios, según se aseguró— decidió al Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas a intervenir en el Congo y solicitar la inmediata retirada de los voluntarios extranjeros. Sin embargo, Tshombe, que contaba con el apoyo de numerosas potencias occidentales y el respaldo de la Unión Minera belga, formó, encuadrado por mercenarios, un cuerpo militar indígena, al que se denominó Gendarmería Katangueña, cuyo objetivo era enfrentarse al Ejército congoleño de Mobutu, y a la ONU si fuera preciso.

O'Brien, representante de la ONU en Katanga, decidió limpiar el país de mercenarios para debilitar la fuerza de Tshombe. Sin ellos, las tropas de la Gendarmería Katangueña serían insuficientes para mantener durante mucho tiempo la secesión de la provincia. Utilizando los cascos azules, O’Brien desencadenó la “Operación Ponche al Ron”, que obtuvo resultados irrisorios. Únicamente fueron detenidos algunos aventureros europeos con escaso valor militar. Pero 96 mercenarios, de los que 54 eran belgas, escaparon de la red. 

El representante de la ONU no se dio por vencido. Dispuesto a aplastar a los voluntarios extranjeros que le estaban ridiculizando en Katanga, lanzó una nueva operación, “Morthor”, utilizando todos sus efectivos. En el curso de la “operación de limpieza” los cascos azules hindúes cometieron innumerables salvajadas, matando civiles belgas y ejecutando sobre el terreno a todos los heridos de la Gendarmería Katangueña y de los grupos mercenarios. Esta vez, la superioridad militar de la ONU era manifiesta, pero el pequeño grupo de aventureros estaba dispuesto a ganarse el sueldo con creces. Bajo las órdenes de Roger Faulques, los voluntarios europeos se desparramaron por Katanga, hostigando e incesantemente a suecos, irlandeses e hindúes. La batalla fue extraordinariamente dura: frente a 2500 soldados de las Naciones Unidas, apoyados por blindados, los 96 mercenarios y algunos centenares de katangueños se batían a la desesperada. O'Brien estaba seguro de haber ganado ya la partida, pero Faulques le echó encima un jarro de agua fría al ocupar la emisora de radio y hacer 32 prisioneros. Los golpes de mano y las emboscadas se sucedían por todas partes y los cascos azules debieron atrincherarse y esperar. 

Entre tanto, el avión que transportaba al secretario general de la ONU, Dag Hammarskjold, para buscar la solución al conflicto, era derribado por los mercenarios. La guerra se prolongaba demasiado y la Unión minera abandonó a Tshombe. Otro tanto hicieron los Estados Unidos. El presidente de Katanga se había quedado solo con sus mercenarios y la ONU pasó una vez más al ataque. Faulques había sido despedido por Tshombe; muchos voluntarios, reclamados por sus gobiernos, y los cascos azules habían recibido considerables refuerzos. Cuarenta mercenarios “los últimos de Katanga”, se dispusieron a vender cara su derrota, mandados por Bob Denard. Frente a ellos, 16.000 cascos azules y todo el Ejército Nacional congoleño se lanzaron a la última acometida. Renunciando a volar la presa Delcommune, que habría arruinado a Katanga, los mercenarios se retiraron hacia Angola sin dejar de combatir. Allí, en “paro forzoso”, se dedicaron a esperar un nuevo contrato.

En Stanleyville se habían sublevado las tribus, impulsadas por los maoístas. Millares de blancos, atrapados en territorio simba, eran mantenidos como rehenes, violadas las mujeres y despedazados los hombres. Las tropas de la ONU se habían retirado, impotentes, y el Gobierno congoleño comprendió que solo quedaba una solución: los mercenarios. Tras las primeras operaciones, dirigidas por Mike Hoare en 1964, con Mueller —antiguo SS— bajo sus órdenes, quedaba un duro hueso por roer: los rebeldes amenazaban, si los mercenarios persistían en su avance, con ejecutar a todos los blancos prisioneros. El avance quedó paralizado. Pero cuando los simbas comenzaron las violaciones de religiosas detenidas en Bunia y los actos de canibalismo se recrudecieron, Mobutu comprendió que había que actuar rápidamente.

Dos columnas de mercenarios encuadrando el Ejército congoleño se lanzaron sobre Stanleyville en una carrera contra reloj, dispuestos a salvar la vida de la mayor parte posible de rehenes. No se hizo un solo prisionero: por donde pasaban los mercenarios, excitados por una furia asesina, dejaban la tierra arrasada y tras de sí un mar de cadáveres que no siempre fueron simbas. Luchando aldea por aldea, casa por casa, los rebeldes se defendían pegados al terreno. Mientras las dos columnas cercaban Stanleyville, los boinas rojas belgas se lanzaron sobre la ciudad. La matanza de los rehenes había comenzado pero paracaidistas y mercenarios consiguieron poner a salvo a la mayor parte. Los simbas huyeron a la selva, y allí continuó una lucha en la que uno de cada dos mercenarios habría de encontrar la muerte. A pesar de que en muchos casos no consiguieron llegar a tiempo, los combatientes a sueldo se abrieron paso hasta las misiones aisladas en la selva, para liberar a sus habitantes de las atrocidades simbas, e innumerables sacerdotes y religiosas debieron sus vidas a los mercenarios.

En 1967, tras el rapto de Tshombe, los mercenarios que se encontraban en el este del Congo decidieron derrocar al Gobierno de Mobutu. “Tenemos una deuda de honor con Tshombe”, declaró Bob Denard a ‘Paris Match’. No llegaban a doscientos, pero estaban acostumbrados ya a batirse en inferioridad de condiciones y contaban con unos tres mil ex gendarmes katangueños y algunos simbas que les que se les habían unido para vengarse del Gobierno central. En lo que había de ser la más audaz empresa de los soldados de fortuna, se prepararon para enfrentarse a los 25.000 hombres de Mobutu. Sin embargo, dos hechos de vital importancia habían de frustrar la atrevida empresa: la ayuda que mediante “consejeros” de la CIA prestaron los Estados Unidos al Gobierno centra,l y la herida que dejó a Denard fuera de combate el 7 de julio, enviándole a un hospital de Salisbury.

Entretanto, Schramme, que había tomado el mando, se retiró hacia Bukavu con sus ciento cuarenta mercenarios, acosado por el Ejército congoleño. La suerte de los soldados blancos que caían en manos de la ANC no era envidiable: 31 de ellos fueron capturados en Kinshasa y torturados durante varios días hasta morir. En Bukavu, Schramme se mantuvo durante cuatro meses, batiéndose con solo sus mercenarios, seiscientos treinta gendarmes katangueños y doscientos simbas contra 13.000 soldados del Ejército congoleño, apoyados por hombres de la CIA. Pero el 28 de octubre la ANC lanzó una formidable ofensiva, con una cobertura aérea proporcionada por T-28 americanos, pilotados por cubanos anticastristas. Schramme, tras una dura defensa, se vio obligado a abandonar Bukavu y replegarse hacia Ruanda. La operación de apoyo, montada por Denard a su salida del hospital, en la que intervenían ciento diez mercenarios españoles, franceses y belgas, fracasó, debido a la intervención de los Estados Unidos. A partir de entonces Denard fue acusado —nunca hubo pruebas— de haber aceptado sobornos de la CIA. Así terminó la revuelta de los mercenarios.

La intervención de los mercenarios en la guerra civil de Nigeria fue confusa, pero evidente. No fue ésta una guerra convencional, sino una sucesión de golpes de mano y operaciones nocturnas en la selva, donde no se hacían prisioneros. Los mercenarios organizaron los llamados “comandos de la muerte”, cuya actuación consistía en infiltraciones tras las líneas federales. El legendario Faulques, Denard, Ropagnol, Steiner y otros viejos conocidos fueron quienes, por mil dólares mensuales, permitieron a los ibos de Biafra resistir algunos meses más, pero Inglaterra necesitaba petróleo nigeriano, e intensificó su apoyo al Gobierno federal, acelerando el desastre de los rebeldes. En medio de una anarquía enloquecedora, en unos combates en los que no se concedía cuartel, los mercenarios murieron o abandonaron el país. Solo un pequeño grupo, bajo el mando de Steiner, resistió hasta que un altercado con el coronel Amadi le hizo coger un avión portugués. Williams, un sudafricano, asumió entonces el mando. Casi no quedaban mercenarios en Biafra. La guerra se proseguía a golpes de machete, y el general Ojukwu, abandonó el campo. Los últimos mercenarios embarcaron en aviones de socorro o se hundieron en la selva con sus ibos. Así terminó la última guerra mercenaria.

08 octubre 1974

¿Por qué luchan los palestinos?

Mundo Árabe - 1974

[Mucha gente se pregunta todavía en España: ¿por qué luchan los palestinos? ¿Qué buscan? Y hay quien piensa que si fueron arrojados de sus casas, podrían ser compensados con una cantidad de dinero. Lo que no comprenden muchos es que el objetivo final de la lucha no es la paz simplemente, ni mucho menos la comodidad, sino la paz basada en la justicia. Si el movimiento revolucionario palestino pudiese ser comprado, caería, por su propio peso, el concepto de REVOLUCIÓN. Nuestro compañero Arturo Pérez-Reverte se ha desplazado a Beirut recientemente y ha buscado, no entre la clase dirigente, no entre los cuadros de mando, sino entre los propios palestinos refugiados y desamparados, las razones de su lucha. He aquí pues, el testimonio de ese pueblo sencillo, sin ambiciones, sin otra ilusión que se cumpla en ellos la justicia internacional, porque se saben pioneros de algo consustancial en el mundo: la lucha por una humanidad mejor.]

Hannah

“El llamado estado de Israel se descompone, como un cuerpo que se pudre al sol. Es ahora cuando, entre su propio pueblo, comienzan a levantarse voces que desean la paz y claman —todavía con voz débil— contra las injusticias que durante años se han cometido contra hombres con los que se podía haber vivido en armonía. Eso lo hace tambalearse. Golda Meir y Dayan sabían que, a partir del momento en que Israel comenzase a horrorizarse de sus actos, eso lo destruiría; habría llegado el principio del fin. Ellos quisieron evitarlo, manteniendo la confianza de su pueblo en sí mismo. Pero pasó su época”.

Entre las ruinas, Hannah recoge el cartucho de un cohete israelí y lo pone ante mis ojos, arrojándolo luego, lejos. Después clava sus ojos negros en un punto lejano, entre las montañas, y su voz suena monótona y cansada en este santuario de silencio que un día fue el campo de refugiados palestinos en Nabatiya.

—Ahora tiene miedo; siente que la tierra comienza a faltar bajo sus pies. Está desapareciendo su orgullo. Si no cede a tiempo, llegará el día en que sea aplastado. Y su final marcará el nacimiento del Estado Democrático Palestino.

Hannah tiene veintiún años, y hace cinco que milita en las filas de la OLP, en el servicio de prensa de Al Fatah. Cuando habla, lo hace absorta en sus propias palabras, como subrayando con un chasquido de la lengua cada una de ellas.

—Sabe que el peligro somos nosotros. Si no existiéramos, todo sería mucho más fácil para él. Somos la corte de los mendigos y de los guerreros que, arrastrando tras nosotros las sombras de todos nuestros camaradas muertos, atormentamos de noche el sueño de los sionistas. Para ellos, la tierra no mana ya leche y miel, sino sangre. Tel Aviv nos tiene miedo. Por eso, con su política actual, quiere destruir los movimientos de liberación árabes y asegurar de esta forma su propia supervivencia. Sus métodos están a la vista: intensificar sus acciones represivas en el interior de Palestina, intensificar sus ataques en el exterior, intensificar sus presiones diplomáticas... Pero no se da cuenta, o no quiere darse cuenta, de que al golpear a los palestinos está golpeando también a los movimientos de liberación de todo el mundo. Y éstos jamás podrán perdonárselo.

—Hannah... ¿Odias a los judíos?

—Odio el sionismo. Odio el racismo, la injusticia y la opresión. Pero no, no odio al judío. ¿Sabes que muchos de ellos colaboran con nosotros? Me gustaría poder llegar a vivir el día en que vea a un palestino y a un judío arar juntos la misma tierra. Pero para eso aún deben morir muchos hombres. Ellos no quieren reconocer nuestra existencia, como si nunca hubiésemos existido. Pero nosotros estamos allí. Y si algún día, no lejano, comprenden que deben construir la paz, tendrán que venir exclusivamente a nosotros.

—Hannah... ¿Has pensado alguna vez que puedes morir antes de que ese momento llegue?

—Sí. Y estoy preparada. Ya muchos otros, antes que yo, bajaron un día por una colina con la sonrisa en los labios, para no volver más. Las vidas son valiosas para construir la paz; pero antes, deben ganar la guerra. Lo único que importa es golpear allí donde el sionismo se cree en seguridad. Mantener las consecuencias positivas de la guerra de octubre. Por eso ahora sólo actuamos en el interior de la Palestina.

—Ahora quiero que me respondas con absoluta sinceridad a una pregunta. En ese Estado Democrático Palestino convivirán judíos y árabes. Todo el mundo será igual ante la Ley, y los hombres, olvidado el odio, trabajarán en un esfuerzo común... ¿Es así?

—Así esperamos que sea, en efecto.

—¿Te casarías con un judío, Hannah?

—Creo que no... Seguro que no. Antes tendría que lavarme demasiada sangre y olvidar los rostros de muchos muertos... Quizás mis hijos... Quizás.

Rahim

Es delgado y nervioso. Mientras mordisquea una “chawarma” habla de modo atropellado, con vehemencia. De vez en cuando se detiene y contempla los muros del castillo de Saida, como si encontrase en ellos argumentos elocuentes. En su rostro, muy moreno, hay profundas arrugas.

—El pueblo está con nosotros. Entiéndeme, el pueblo libanés, el jordano, el egipcio... Todos. Nos apoyan y nos alientan, sintiendo nuestros éxitos como suyos propios. Aquí, en el Líbano, es fácil comprobar que la gente está del lado de los palestinos. Sin embargo, no sucede lo mismo con algunas clases dirigentes.

—¿Por qué esa diferencia de actitud entre la masa popular y esas clases dirigentes del Líbano?

—Es lógico. Para los que estén arriba, somos una fuente inagotable de preocupaciones. Eso sucede aquí y en otros sitios. Si no existiese el pueblo palestino, ya hace tiempo que algunos países árabes se habrían entendido con Israel. Pero nosotros hacemos el papel de conciencia, y se ven obligados a adoptar una línea política que en muchas ocasiones no es la que mejor encaja con sus intereses. Aunque nos acogen, nos ayudan en lo que pueden —que no es mucho— y a veces parece que hasta nos defienden y se preocupan por nuestros intereses, nuestras reivindicaciones y nuestro futuro, en el fondo querrían desembarazarse de todos nosotros. Nos hemos convertido en huéspedes muy molestos.

—¿Y qué opina el Ejército?

—El Ejército, en el Líbano y en casi todas partes, está con las clases dirigentes.

—¿Os ayudarán los otros países árabes a crear vuestro Estado Palestino?

—Palestina sólo confía en los palestinos. Con los otros, o sin ellos, llegaremos al final. Tendremos nuestra tierra, aunque deba ser a pesar de algunos gobiernos árabes.

Samir

Es un periodista de veinticinco años, reflexivo e inteligente. En su despacho de Beirut, con las paredes cubiertas de carteles con las efigies de los camaradas muertos, hojeamos la prensa libanesa. “Un enfrentamiento entre un grupo de libaneses y palestinos tuvo lugar ayer en...”.

—El Estado Democrático Palestino albergará en su seno a árabes y judíos, y las representaciones en el Gobierno se establecerán según los porcentajes demográficos. Esa es una de las razones por las que Israel no quiere aceptarlo. Su ritmo de crecimiento es cada vez menor. Ellos practican la anticoncepción, por lo que el número de hijos por familia es reducido. Para ellos sólo queda aceptar fuertes contingentes de judíos inmigrados... Sin embargo, el crecimiento demográfico de los árabes es altísimo. Israel tiene miedo a desaparecer entre nosotros.

—Debe haber muchas otras razones por las que los judíos no están dispuestos a compartir Palestina con vosotros.

—Indudablemente. Hay factores de todo tipo: culturales, sociales, políticos, económicos, religiosos... Al final, puestos entre la espada y la pared, deberán doblegarse. Pero queda mucho camino todavía.

—Y el precio será muy alto.

—Ya ha sido muy alto. Hay gentes que pagan más que otros, eso es todo. El “fedayín” que va a morir como un lobo acosado paga más que el comerciante que contribuye con dinero. Todo cuesta; pero hay algo que es claro para pobres y ricos, para los que tienen cultura y una ideología y para los que carecen de ellas. Hay algo de lo que sí están seguros: que quieren volver. No tienen nada; ni pasaporte, ni dinero, ni siquiera personalidad. La mayoría no existen jurídicamente. Pero saben que allí, al otro lado, está Palestina.

—¿Es auténtica esa armonía que dicen existe entre los palestinos y os libaneses?

—Sólo en parte, y según los niveles sociales. Los partidos de derecha libaneses están radicalmente contra nosotros. Nuestra situación aquí es muy difícil. Nos asesinaron en Jordania... El Líbano es nuestro último refugio y, al mismo tiempo, nuestra gran posibilidad. Pero los dirigentes se sienten incómodos con nuestra presencia. Hay muchas tensiones, especialmente con el Ejército, los capitalistas y algunos partidos. Opinan que somos un semillero de discordia y un imán para los ataques sionistas, que nos utilizan como excusa. El Líbano se siente perjudicado. Por eso, todos nuestros esfuerzos se encaminan a que no se produzca un conflicto. En este punto, esos grupos a los que he aludido, que se encuentran enfrentados a nosotros, también buscan cuidadosamente evitar complicaciones serias entre libaneses y palestinos. Un enfrentamiento grave entre ambos podría significar tanto el desastre para los palestinos como el desastre para los libaneses.

—Eso es lo que procura Israel, ¿verdad?

—Eso es lo que procuran Israel y Jordania. Constantemente emplean todas sus fuerzas para que se produzca un conflicto. El ataque a los puertos, los secuestros, los desórdenes, están alentados y organizados precisamente para enfrentar físicamente a libaneses y palestinos. Por eso se bombardea y se abusa y se mata. Para forzar al Líbano a desembarazarse de los “peligrosos” palestinos. Cada vez que Israel ataca al Líbano, no dice hacerlo porque le interesa, por ejemplo, llegar a las fuentes del Litani, sino porque los palestinos son un peligro en la frontera. Y así se ha llegado a crear este clima de tensión.

—¿Por qué sigue en el trono Hussein de Jordania?

—Uno de los objetivos de nuestra revolución es liquidar al régimen jordano. Sin embargo, aún no es el momento. Los tanques israelíes no están demasiado lejos de Ammán. Hay que tomar las cosas con calma, si se quiere vencer al final.

—Samir; supongamos que estalla un conflicto grave entre libaneses y palestinos...

—Habría guerra civil en el Líbano. Recuerda que la masa popular está de nuestro lado. Pero esa guerra civil, sin lugar a dudas, terminaría provocando una intervención israelí o norteamericana. Eso es lo que busca Israel.

—Una última pregunta, Samir. Considero que eres un hombre realista... ¿Crees en ese Estado Democrático Palestino? ¿Crees en la victoria final?

El periodista sonríe y me alarga un cigarrillo. Después, pausadamente, me señala las fotografías de la pared.

—Ellos creyeron. Si yo no tuviese la misma fe, no estaría aquí. Habría abandonado la Revolución.

Yussef

Tiene los ojos azules y el aire indolente. Pero cuando habla, sus palabras adquieren tal seguridad que parecen pesar como el plomo. Tiene 32 años, nacido en Jerusalén. Doctor en Ciencias Sociales.

—Creo en el Estado Democrático de Palestina. Considero que árabes y judíos pueden vivir en paz, sobre la misma tierra. De hecho, muchos judíos ayudan ya a los palestinos en los territorios ocupados, e incluso están encerrados en cárceles sionistas. Diversos movimientos —especialmente jóvenes— judíos dan su apoyo total a un diálogo con la OLP. Sin embargo, antes de llegar a eso habrá que solucionar muchos problemas. El pueblo palestino no sólo debe enfrentarse al sionismo, sino que también se ve amenazado, y muy seriamente, por los regímenes reaccionarios árabes. Y en realidad, si me detengo a pensarlo, no puedo predecirle a largo plazo cuál de los peligros va a ser el mayor.

—¿Cuál es su opinión sobre la actitud de Jordania respecto al problema de Palestina?

—Muy personal. A mi mejor amigo lo mataron en Ammán. Quizá se esté preguntando usted por qué no se dedican los palestinos a derribar el régimen hachemita... En primer lugar, nosotros no tenemos intención de liberar Jordania, sino Palestina. En segundo lugar, para la liberación de Jordania...

—Perdón. ¿Liberar quiere decir rescatar una zona ocupada por un enemigo?

—En este caso, sí. Decía que, en segundo lugar, para la liberación de Jordania haría falta un frente democrático jordano que, por desgracia, ya no existe. La oposición organizada contra Hussein fue aniquilada en septiembre de 1970. En tercer lugar, hacer caer a Hussein no es tarea fácil. Su caída sería también la de Feysal y la de otros regímenes reaccionarios. Le recuerdo que Arabia Saudí participó también indirectamente en la matanza de septiembre.

—Resumiendo: existe un complot contra los palestinos.

—Efectivamente. Por un lado, tenemos a Israel y los EEUU. Por otra parte, alineamos a los regímenes reaccionarios árabes, para los cuales los palestinos son un peligro. Esa es la tenaza que cada día amenaza estrangular a mi pueblo.

—Una pregunta, Yussef. ¿La revolución palestina está encaminada sólo a liberar los territorios ocupados y a crear el Estado Democrático?

—Esa es solo su primera fase.

—Luego hay otras después...

—Efectivamente. La siguiente es extender la revolución a todos los países árabes.

—Y la tercera, entroncar con la revolución mundial.

—Exacto.

—Entonces, no creo que los países más reaccionarios, que al fin y al cabo son los que más tienen que perder, estén muy dispuestos a que ustedes consigan sus objetivos.

—Naturalmente que no. Están desplegando todos sus esfuerzos para que nuestra revolución fracase. Piensan, no sin razón, que el Estado Democrático Palestino puede ser en el futuro un foco que exporte subversión a sus respectivos países. Esa es la razón de que, mientras declaran hacer causa común con el pueblo palestino, se dediquen bajo cuerda a su auténtico objetivo, que es eliminarnos del mapa. Su problema es que ellos mismos se han cogido los dedos en su propia trampa y, lo que es paradójico, algunos nos esgrimen todavía como bandera de combate.

Shalim

Le he conocido en las calles de Saida. Viene caminando desde el campo de Angelua, donde no quiere permanecer durante el día porque tiene miedo a los Phantom israelíes. Como él, una multitud de palestinos vaga por la ciudad, sin atreverse a regresar a los campos hasta la caída del sol. Es joven, delgado y muy moreno. Correctamente vestido, con algo de dinero en el bolsillo, me ha contado que es estudiante, pero aún no sé si creerle o no. Tiene los ojos grandes y asustados, y no se avergüenza de contarme su miedo mientras comemos frente al mar, en la Escuela de Hostelería de Saida.

—Ya ves... No todos los palestinos somos comandos, ni somos valientes... Yo tengo miedo las veinticuatro horas del día. Creo que se puede hacer una clara distinción entre los palestinos: un grupo, el que se encuentra movido por una ideología profunda, el que tiene fe en el futuro de Palestina y está dispuesto a luchar por él, y a morir si es necesario, es el que nutre las filas de los “fedayín”, los hombres para el sacrificio. En el otro grupo estamos los que tenemos miedo a morir, los que odiamos las bombas... Los que estamos cansados de recoger cadáveres entre las ruinas, de vivir acosados como animales... Los que estamos hartos de ser nadie, hombres sin patria y sin personalidad... Los eternos vapuleados por todos, árabes y judíos. A nosotros, a los que son como yo, que no tienen madera de héroes, que estamos hartos de morir de hambre y de vivir entre la miseria y la indiferencia, nos da igual ir allí que a otra parte, con tal de que nos dejen vivir tranquilos y no tengamos que pasar el día mirando al cielo, esperando ver aparecer los bombarderos judíos, esperando ver aparecer nuestra propia muerte. Mírame. ¿De veras me ves cara de comando? Yo ya estoy muerto; todos estamos muertos. Si no nos matan los israelíes lo harán los libaneses, o los americanos... No. Todos los palestinos no somos héroes; algunos hasta hemos perdido ya la capacidad de odiar. Queremos, quiero trabajar; quiero comer. Y me da igual que sea aquí o en otro sitio. Todo lo que deseo es que esto se acabe de una maldita vez.

Sakir

Es un doctor en Historia de veintinueve años, con largo bigote y los ojos escondidos tras los gruesos cristales de unas gafas. En su oficina del Palestine Research Centre de Beirut escucho su voz, a veces apagada por el ruido de los automóviles que circulan por la calle. Tiene el pelo castaño claro, casi rubio, y sabe sonreír como los niños.

—No. Yo no creo que los libaneses quieran terminar con los palestinos. Lo que sí desean es quitarnos las armas, desarticular nuestra organización política, etc. Tenga en cuenta que el Líbano necesita de los palestinos, porque alguien debe encargarse de los trabajos duros. Nuestro pueblo constituye aquí una clase social que es explotada. Desde hace cinco años, el objetivo de las clases dirigentes es mantenerlos a ese nivel. Los libaneses son muy prácticos. La creación del Estado Democrático Palestino les privaría de su más barata mano de obra.

—¿Cuál es en la actualidad el balance de fuerzas en el Líbano?

—Por una parte está el pueblo palestino armado, con su organización, sus cuadros de mando, sus medios de información y su aparato burocrático. Mucho más fuertes que en la Jordania de 1970, contamos con la simpatía de las masas árabes que, aunque no inciden poderosamente en el Líbano, nos respaldan con su apoyo. En contra, tenemos parte del Ejército, a las fuerzas paramilitares de los partidos de derecha, los regímenes árabes más reaccionarios, Israel y el imperialismo. En realidad, no estoy seguro de que este segundo grupo pueda liquidarnos fácilmente. El Líbano no es Jordania. Aquí estamos bien organizados, y ello daría lugar a una guerra civil en la que no intervendríamos solos. Cuando los combates del mes de mayo, gran parte de la población se puso de parte de la Resistencia. Cuando venga el ataque de nuestros enemigos, creo que no será de tipo militar.

—¿Cómo piensan sus enemigos impedir la creación del Estado Democrático?

—Nos gustaría contar con el incondicional apoyo de Siria, pero ellos se ven seriamente condicionados por una serie de problemas en su propio territorio. Llegado el momento, podrían acudir en nuestro socorro; pero también podría suceder que se viesen imposibilitados de hacerlo. El complot consiste en llevar a la Resistencia hasta una situación de conflicto que termine por hacerla capitular incondicionalmente, entregando sus armas. Eso quieren los regímenes reaccionarios, que prefieren tolerar la existencia de Israel con tal de que los palestinos no se vuelvan una fuerza política. Quieren que, si hay un Estado Palestino, en último término éste no sea independiente. Nos tienen verdadero miedo. En el Líbano se encuadra concentrada la potencia militar palestina independiente. El enemigo no sólo quiere enfrentar a libaneses y palestinos, sino que incluso desea oponer a la población palestina con la Resistencia. Quiere dividir con sus represalias y con el terrorismo al mismo pueblo palestino.

Fatma 

Licenciada en Derecho, joven y bonita. Cree firmemente en el futuro Estado Democrático Palestino, pero ello no le impide ser plenamente consciente de los peligros que amenazan el nacimiento de su nación.

—Los sionistas, en las condiciones actuales, no pueden emprender una guerra contra el Líbano para limpiar la franja sur de palestinos hasta el río Litani. Esa es la razón por la que buscan que sean los dirigentes libaneses los que hagan para ellos el trabajo sucio, presionando sobre los palestinos, desarmándoles y desguarneciendo los campos de refugiados. Por eso los jefes de la Resistencia procuran andar con pies de plomo; son muchos los problemas alentados por el enemigo, incluso la división en el mismo seno de la OLP. La exigencia es doble: por una parte, hay que continuar la presión de tipo militar contra las ciudades de Palestina ocupada, si queremos hacernos respetar e ir —si alguna vez vamos— con argumentos de peso a Ginebra. Sin embargo, no podemos indisponernos con los libaneses, quienes ya están bastante preocupados por su propia seguridad... El segundo aspecto es que se debe mantener la difícil armonía entre las diversas ramas de la Resistencia, pues un conflicto armado entre ellas es precisamente el objetivo esperado por el enemigo. No olvidemos que uno de los problemas a que debe enfrentarse la tarea de creación del Estado Palestino es precisamente la división que existe en el mismo movimiento de la Resistencia.

Abu 

Es un famoso médico dentista de Beirut. En su consulta de la calle Hamra me muestra folletos y estudios que él mismo ha realizado sobre el potencial humano del futuro Estado Democrático Palestino.

—Me preocupan los hombres que deben construir la paz, cuando la guerra haya terminado. He tenido la suerte de poder efectuar estudios sobre los palestinos que han hecho carreras universitarias, incluso los que se encuentran en países distantes. De paso, comprobaba sus sentimientos y los lazos que les unen a su pueblo. Todos han respondido.

—¿Cuál será el papel de esos hombres, élite altamente cualificada, en el Estado Palestino?

—Muchos de mis encuestados, que se encuentran trabajando en excelentes condiciones en el extranjero, me han escrito diciendo que están dispuestos a trabajar por la causa, a regresar a su tierra cuando llegue el momento. No son guerreros, sino técnicos. Y Palestina necesitará muchos técnicos cuando sea libre. Al mismo tiempo, esa élite palestina es la que, sin saberlo, ha empujado a existir a la Revolución. Los primeros cuadros no fueron 1os jóvenes de ahora, sino ese grupo ilustrado. Es la élite la que ha potenciado el movimiento, la que ha impulsado a las masas. Vive y trabaja en todos los países árabes y aporta su contribución a la Revolución. Otros, como yo, tienen la nacionalidad libanesa, o kuwaití... Pero no se lavan las manos. Cada uno aporta en la medida de sus posibilidades.

—Sin embargo, si están bien situados en otros países árabes, no creo que estén dispuestos a cambiar una posición estable por un problemático futuro dentro del Estado Palestino.

—En efecto, muchos no tienen ya deseos de volver, pues ya han normalizado su vida y están sólidamente establecidos. Pero ello no les impide continuar sintiendo amor por su patria. Son nuestros aliados en el exterior, envían dinero, etc. Otros sí están dispuestos a regresar. Pero no es cuestión de que llegado el momento lo hagan o no. Lo que buscamos es el reconocimiento de nuestro derecho a dejar esto e irnos a Palestina, no porque alguien nos haya obligado, sino porque nosotros queremos ir. En una palabra, exigimos el derecho a elegir.

—Entonces, el papel de estos hombres en la Revolución es por el momento más bien pasivo.

—En parte sí, en parte no. Habrá muchos intelectuales que, creado el Estado, irán a Palestina. Siempre habrá gente dispuesta a ir allá y preguntar: “¿Qué debemos hacer?”.

—¿De qué tipo son esos técnicos de los que en el futuro dispondrá el Estado Palestino?

—Ha comenzado a cambiar la antigua tendencia hacia carreras humanísticas. Ahora los palestinos altamente cualificados se dedican más bien a la electrónica, química y mecánica. En el Estado Palestino, el sector educativo será el que esté mejor cubierto. El profesional electromecánico y médico será el más deficiente. Por esa razón la Organización Mundial de la Salud ha hecho un llamamiento a los jóvenes para que estudien Medicina, pues hay una escasez alarmante. Palestina necesita urgentemente técnicos. Es un fenómeno que se da también en todos los países árabes: hay carencia de estamentos intermedios entre los ingenieros de la élite y la masa. Falta el técnico. Eso no sucede en Israel, que se encuentra mucho mejor preparado que nosotros en ese terreno. Además, posee escuelas especiales e incluso los importa de Europa, dándoles preferencia.

—Doctor; constantemente remarcan ustedes la palabra “democrático” cuando hacen referencia al futuro Estado Palestino. En ese Estado, dicen, convivirán pacíficamente árabes y judíos. Sin embargo, hay algo que puede ser fuente de innumerables problemas: las diferencias de tipo socio-cultural entre “sabrás” y palestinos. ¿Cree que para la creación de ese Estado Democrático habrá evolucionado lo suficiente el pueblo palestino? ¿No existirá en el seno de ese estado una desigualdad de nivel entre las dos comunidades?

—En efecto, opino que habrá un tremendo problema de tipo cultural y social. Esa es la razón de que algunos palestinos piensen que no será posible hacer un Estado Democrático, sino que es preferible dar a cada comunidad un Estado independiente. Yo creo que debe ser un Estado democrático. Por eso debemos esforzarnos en ampliar las perspectivas de nuestro pueblo. Lo importante es la buena voluntad y el deseo de vivir en paz. Tengo gran confianza en los cristianos de Palestina. A ellos corresponde ser lazo de unión y limar las asperezas que, sin lugar a dudas, surgirán. Pero creo que, hartos los hombres de la injusticia y de la guerra, llegará el día en que comprendan que vivir sin odio, hermanados en el trabajo, que es lo único que realmente cuenta, es mucho más precioso que el afán de poder o el racismo.

Recopilación completa de los reportajes de Pérez-Reverte sobre la guerra de las Malvinas.