07 octubre 2022

Pérez-Reverte, la aventura del lenguaje

José María Pozuelo Yvancos – abc.es – 08/10/2022

Cada escritor, a los buenos me refiero, tiene su estilo, aquello que le distingue de los otros. Una de las singularidades de Arturo Pérez Reverte en la narrativa escrita en español es que inmediatamente reconoces, cuando comienzas a leerle, que es fiel a su estilo, pero al mismo tiempo, si vas conociendo su obra, si la sigues (lo que hacen pocos de los muchos que hablan sobre él), percibes que cada novela impone un cambio, supone la respuesta a desafíos nuevos que se impone a sí mismo. Año y medio después de haber sacado ‘El italiano’ publica ‘Revolución’, que no se le parece al crear un mundo distinto, aunque permanezca fiel a constantes suyas. Incluso una novela como esta, que transcurre en México y donde ese país y sus gentes son protagonistas, supone un cambio muy notable respecto a la novela anterior de tema mexicano, ‘La Reina del Sur’.

Allí la música tenía presencia; en ‘Revolución’ no. Allí la protagonista era una mujer mexicana, aquí es un ingeniero español de veinte y pocos años que se ve metido en la revolución armada de Pancho Villa y Emiliano Zapata (1911 por tanto), pero una novela no puede ser reseñada nunca por un tema, sino por lo que supone como creación de mundo, que es pareja a la creación de un lenguaje. El mundo de cada novela ¬(otra vez tengo que advertir que las buenas) es su lenguaje. En ninguna otra que le conozco, y creo haber escrito sobre todas, he encontrado lo que a propósito de ‘Revolución’ será destacado durante mucho tiempo como un logro difícil de alcanzar.

Hay partes escritas en mexicano, un hablar mexicano muy rico, lleno de plasticidad, de imágenes fulgurantes prendidas a sentencias, a modismos que reproducen el habla de soldados y es, por tanto, un mexicano distinto al que aparece en ‘La Reina del Sur’, sencillamente porque los soldados, analfabetos casi todos, que hablan en esta novela, desde Francisco Villa hasta Genovevo Garza (luego iré a él) o Sarmiento tienen un modo peculiar de expresarse en giros sintácticos, refranes, sentencias, apotegmas nacidos de una riqueza acumulada de tradición oral que han aprendido en la lengua de sus padres, a los que Arturo Pérez-Reverte ha estado muy atento, y que cualquiera que haya visitado México celebra cuando los oye, consciente quizá de que son una fiesta del lenguaje y la expresividad, al gozar de una creatividad tan grande o más que la mejor poesía: “ya oyeron, avienten esos cigarros, no vayan a mandarnos a la fregada”,  “y tú, güero, rejijo de la, puedes irte a la chingada” o la amenaza de que van a sobrar sombreros (por “va a haber muchos muertos”). Ese lenguaje es más que el léxico, es también una manera de ver el mundo, en boca de personajes que contienen en su mirada y sus frases todo el fatalismo desengañado de centurias de pobreza, refugiado en la sabiduría oral.

Y no podemos hablar del lenguaje sin destacar los tipos humanos que lo pronuncian. Entre todos sobresale Genovevo Garza, uno de los mejores personajes que ha salido de la pluma de Pérez-Reverte. Crueldad y lealtad, sentido de la honra e implacable con quien no la tiene, bestial y noble. Este genio Garza, como en ‘Línea de fuego’ había sido el manchego Ginés Gorguel, son piezas únicas que destacan por su riqueza de matices morales. Otra singularidad de la novela es la línea de flotación que supone el protagonista Martín Garret, joven ingeniero de minas, que va entrando casi sin quererlo en la lucha revolucionaria, pero no es un héroe cansado, como suelen ser los revertianos. Casi se diría que es un héroe en el sentido primerizo de la novela de formación, alguien que a lo largo de la novela se va dando cuenta de la complejidad de un mundo lleno de intrigas, donde casi nada es lo que parece y en el que guarda precisamente respeto y homenaje a los que luchan por un ideal que luego, al final de la novela, en palabras de Sarmiento, sabremos que se ha ido prostituyendo, como tantas revoluciones. 

Pero para esa mirada hay primero que tener la experiencia vital de quien comienza casi virgen en experiencia y termina teñido de sabiduría vital. Otra vez las mujeres incorporan diferente acento. La que más me gusta, aunque apenas habla, es la soldadera Maclovia Ángeles, compañera de Geno, a quien sigue mientras viva y se arrejunta a otro cuando muere. Y está también la periodista Palmer, reportera de guerras, una de esas mujeres fuertes, supervivientes escépticas, que el autor gusta incluir en sus novelas.

Considero que sobre cualquiera otra cosa, como lenguaje pero también como destino, esta es la novela de México. El escepticismo es un plano burgués, el fatalismo es campesino, el primero urde una conspiración, el otro se faja en la cuchillada bayonetazo del desmonte. La novela recoge tanto las traiciones de los salones de la alta burguesía y de la política como las refriegas soldadescas. Dejo sin decir lo que todo lector sabe: está narrada de una forma que te atrapa. Otro ejercicio renovado de un maestro de la narración.

La promesa de Pérez-Reverte

Jorge Fernández Díaz - abc.es - 07/10/2022

Hace treinta años, en la Recova de Buenos Aires, Arturo me confesó su propósito: romper el axioma según el cual solo los anglosajones podían practicar con arte, eficacia y autoridad las diversas formas literarias de la épica y el misterio. Se trataba de una idea simple pero osada: los mandarines de la época invisibilizaban desde las universidades y los suplementos culturales a quienes se atrevían a salirse de su cartografía, principalmente bajo el camelo de que la «novela popular noble» estaría siempre atada a convenciones y a clisés. Aquel gesto a contracorriente de Pérez-Reverte, que no hubiera disgustado a Borges —entusiasta impulsor del relato de enigmas y peripecias— era entonces realmente vanguardista, aunque nadie se lo reconocería. Todavía siguen los prejuicios: Bob Dylan puede ganar el Nobel; ni Chandler ni Highsmith ni Simenon lo lograron.

De todas maneras, la misión que se había trazado Reverte hace tres décadas podría haber quedado en una mueca vacía, si no fuera porque sus novelas resultaron un éxito arrasador, lo llevaron a la Real Academia Española y lo transformaron en un autor celebrado por la crítica internacional. Abrió el camino: muchos otros lo siguieron y el panorama en español se modificó de forma contundente; con obras buenas, malas, peores y geniales, tal como sucede con cualquier clase de literatura. Hace unos días, en el lujoso festival Blacklladolid, que orientan Dolores Redondo y César Pérez Gellida, Arturo confesó no saber muy bien qué hacía él en un festival de novela criminal, como no fuera acompañarme ese sábado determinado y ante ese auditorio entusiasta.

Me vi obligado entonces a señalarle que sin dejar de ser el mayor narrador de aventuras de la historia iberoamericana nunca podría desligarse de ser también un escritor policial secreto. 'El maestro de esgrima' es un "thriller" con espada, 'La tabla de Flandes' es una novela de enigma, Lucas Corso y el padre Quart de 'El club Dumas' y 'La piel del tambor' son dos investigadores de serie; incluso 'La carta esférica', que se presenta como homenaje y modernización de las viejas búsquedas del tesoro, está cruzada por la prosa de Dashiell Hammett. La mitad de las siete entregas de Alatriste son narraciones de batallas, pero la otra mitad está cargada de complots, encargos y suspenso.

El siniestro policía de 'El asedio' persigue un asesino serial y nos recuerda a los "sheriffs" luctuosos de Jim Thompson, el protagonista de 'El tango de la Guardia Vieja' es el clásico ladrón de guante blanco, Alejandra Varela de 'El francotirador paciente' es una cazadora urbana, 'Falcó' es un espía —el relato de espionaje es primo hermano de la novela negra—, y 'Los perros duros no bailan' es una fábula paródica de las "detective stories" con un dramático final de gladiadores romanos.

De igual modo, sus vívidos relatos de guerra nunca dejan de inscribirse en aquel cinematográfico género bélico, ni el western clandestino es ajeno a 'Sidi' y a 'Revolución', que parecen inspiradas en Aldrich, Ford y tal vez Peckinpah, pero que denotan una nueva e intensa maestría en los diálogos, producto de las actuales lecturas de Elmore Leonard y de otros maestros del género «negro». Un toque mágico que aprendió y que todavía no tenía en aquella remota Recova de Buenos Aires donde me hizo una ambiciosa promesa que felizmente cumplió.

https://www.abc.es/cultura/cultural/jorge-fernandez-diaz-promesa-perezreverte-20221007180838-nt.html


05 octubre 2022

Desayuno en Sanborn's

María José Solano - zendalibros.com - 05/10/2022

El desayuno consiste en café recién hecho, zumo de naranja, deliciosos sándwiches y bollería francesa. Las mesas circulares cubiertas de manteles blancos se distribuyen como en un banquete lampedusiano a lo largo del elegante salón Neptuno del Hotel Palace de Madrid, donde más de cincuenta periodistas, varias cámaras de televisión, y una docena de fotógrafos esperan la llegada de Arturo Pérez-Reverte, que aparece profesional con una 'Revolución' bajo el brazo. Es cuanto menos admirable, me digo, mientras una nube de cámaras fotografía a Reverte en el "photocall", el trabajo impecable de este escritor que ininterrumpidamente, desde hace treinta años, sigue levantando el mismo revuelo mediático y lector con cada uno de los libros que publica, construidos como singulares y exitosos "tours de force".

El escritor toma la palabra presentando la novela como una historia de aventuras en la que el contexto histórico es realmente la excusa literaria para lograr un objetivo más complejo: mover a su protagonista, Martín Garret, en un recorrido de aprendizaje en torno a la geometría de las sombras que el veterano reportero de guerra conoce demasiado bien. Alejado esta vez del perfil de héroe cansado, tan típicamente revertiano, el joven Martín es un muchacho que mira con la inocencia de quien todavía posee intactos los códigos de honor y que aún ignora (aunque esta novela invita al lector a ser testigo del aprendizaje) dónde demonios se esconde la línea de sombra que todo ser humano lúcido termina cruzando.

Es el turno de las preguntas, y los periodistas plantean a Reverte los diversos temas de interés en torno a la novela, referidos al arduo trabajo en el tratamiento del lenguaje, las fuentes de documentación, el cine, los libros consultados o el amor indiscutible del escritor por un México al que regresa por segunda vez con 'Revolución', tras dar vida a aquella mexicana inolvidable en 'La Reina del Sur'.

En un ángulo del salón, sentada en una de las fastuosas mesas, apunto algunas notas en la Moleskine mientras mordisqueo distraída un "croissant", y es entonces, como en una novela de Proust, cuando aquel recuerdo me sacude nítido como una certeza: se trata de otro desayuno de hace exactamente 26 años; un inolvidable ‘Desayuno en Sanborn’s’.

Aquella mañana de primavera de 1996, Pérez- Reverte paseaba por la calle 5 de mayo de Méjico DF buscando su acostumbrado rincón en la cantina en la que un día Pancho Villa entró a caballo, pidió un tequila, y pegó un tiro al aire dejando un agujero negro en el techo que nadie desde entonces se había atrevido a tocar. Allí mismo, frente a un caballito de Herradura Reposado, el novelista repasaba su colección de postales recién adquiridas, reproducciones de las fotografías del mítico archivo Casasola: Pancho Villa a caballo, Emiliano Zapata con sombrero y la carabina 30 30 en la mano, Adelita asomada a la plataforma del tren revolucionario, Villa y Zapata en el sillón presidencial cuando tomaron la capital. Y de ese mismo día, unos anónimos y zaparrastrosos guerrilleros zapatistas desayunando café con panecillos blancos y brioches en Sanborn’s Azulejos, entonces la cafetería elegante de la ciudad.

Y ahí es adonde yo quería llegar. Porque en ese lugar y ese recuerdo de Arturo Pérez-Reverte convertido en artículo del 'XL Semanal', cuajaban las impresiones, lecturas y vivencias que tres décadas después se convertirían en novela. Todos los personajes, las situaciones y la trama de Revolución quedaban fijados en aquel breve texto a modo de fotografía espectral del córtex complejo y único de quien vive cazando historias: “De todas las fotos de la Revolución mexicana, la de Sanborn’s es mi favorita. La estuve mirando largo rato (…) En la foto casi puede sentirse el olor a sudor campesino y revolucionario, la ruda hombría de esos peladitos calzados con guaraches que se echaron al campo a pelear, que tomaron Zacatecas, Torreón, Ciudad Juárez, que se batieron en Celaya y atacaron trenes blindados, y que durante diez años murieron por un sueño: el de no tener que llamarle a nadie patrón, y conseguir unos metros cuadrados de tierra propia donde plantar maíz para que sus chamacos dejaran de pasar hambre. Mirando esa foto, sosteniendo la mirada del guerrillero de la cicatriz, uno es capaz de percibir el eco distante, el fantasma de esas pobres vidas traicionadas, balazos y humo de pólvora, la ilusión que les hizo imaginar un futuro mejor; y morir creyendo que su hora había llegado”.

Por obra y gracia de la literatura, en aquella lejana tarde primaveral del DF se conformaba la trama de una nueva historia que ahora, transformada en novela de aventuras, tesoros, amistad, amores y batallas, llega por fin a las librerías de medio mundo. Algunos la leeremos sabiendo que esta Revolución tiene también el sabor de la victoria sangrienta, breve y triste de un desayuno en Sanborn’s Azulejos.

https://www.zendalibros.com/desayuno-en-sanborns/

“El problema de España es cultural, no político”

Entrevista de Antonio Lucas – elmundo.es – 05/10/2022

Y señalando el anaquel que queda enfrente, donde asoman unos álbumes finos con el lomo en tela de distintos colores, dice: “Si hubiese un incendio sería lo primero que pondría a salvo”. Arturo Pérez-Reverte vive en lo alto de un otero a las afueras de Madrid. Al arquitecto que levantó este lugar le exigió esto: la casona tenía que estar al servicio de los libros. La casa era para ellos. La biblioteca acumula 30.000 volúmenes más o menos. Es su almacén de suministros: primeras ediciones, ejemplares difíciles de encontrar, algunos en encuadernación exquisita, mapas, caprichos… La biblioteca da la bienvenida a una encrucijada: la cabeza de un ciudadano carburando entre viajes, recuerdos de guerras y macutos cebados de lecturas. Los que salvaría de las llamas son los de la colección completa de la primera época de Tintín. El número 1 es de diciembre de 1958: ‘El cetro de Ottokar’. “Hice esta casa para leer escribir y como último refugio. Aquí moriré”, explica. En la segunda altura suma otros tantos millares de DVDs. Arturo Pérez-Reverte tiene 70 años.

Trae novela nueva, ‘Revolución’, publicada por Alfaguara. La primera edición sale con 185.000 ejemplares. 459 páginas en apnea sobre el período revolucionario de México, que se extendió entre 1910 y 1920. La revuelta que desalojó del poder al dictador Porfirio Díaz. Una historia extrema, cautivadora, abundante de aventuras, humanidad y violencia. Sí: humanidad y violencia. “Aquella fue una revolución buena, noble. Las hay cuestionables, oscuras, siniestras”, dice. “Pero la mexicana era indiscutible: un país oprimido, en manos de caciques, que un siglo después de la independencia continúa gobernado por los de siempre y donde la gente sencilla muere agotada, trabajando como bestias en el campo y comprando los productos básicos al mismo sujeto que los explota. México necesitaba una sacudida. La Revolución Mexicana fue necesaria”.

Se hace sitio en un sillón de cuero y dispara la primera ráfaga de conversación sin confitura. Cada vez más lejos de las refriegas, pero aún ágil para cruzar la zona batida o actuar en primera línea de combate. Tiene un claro sentimiento devastado de la existencia. Sherlock y Rumba ladran defendiendo el fuerte. Dos teckel de pelo duro, musculosos, de pata corta. La certeza de una necesaria justicia social permea la novela. Y es que en ese tiempo gran parte del pueblo mexicano era un bulto echado sobre la tierra, palpitando en una esquina. ‘Revolución’ está escrita bajo el volteo general de un entusiasmo: el de Reverte por hacer de la Historia una herramienta para hablar de lo de ahora. De lo de siempre. La Historia como espejo. No como nostalgia, sino como baliza. “Es algo que está en muchas de mis novelas: la interpretación del presente a partir de lo que ya ocurrió”.

El primer párrafo de revolución viene así: “Esta es la historia de un hombre, tres mujeres, una revolución y un tesoro. La revolución fue la de México en tiempos de Emiliano Zapata y Francisco Villa. El tesoro fueron quince mil monedas de oro de a veinte pesos de las denominadas maximilianos, robadas en un banco de Ciudad Juárez el 8 de mayo de 1911. El hombre se llamaba Martín Garret Ortiz y era un joven ingeniero de minas español. Todo empezó para él ese mismo día, cuando desde su hotel oyó un primer disparo lejano”. Es una novela de iniciación con un protagonista español veinteañero, ingeniero de minas, involucrado en la sublevación y que va descubriendo el mundo a partir de su curiosidad y entusiasmo por los revolucionarios. “Necesitaba a un protagonista muy racional, de mente científica, matemática, alejado de cualquier romanticismo ideológico y literario, alguien sereno, un modelo de observación. Es la experiencia que adquiere allí sobre el terreno la que lo hace actuar”.

Tres mujeres puntean también el relato “Ellas impulsan la trama. Una soldadera que acompaña a su pareja en la revolución, una mujer de clase alta y una corresponsal de prensa inquietante, Diana Palmer, un guiño a ‘El hombre enmascarado’.  La novia del protagonista de ese cómic se llamaba Diana Palmer. Un homenaje a los tebeos de cuando era niño. Javier Marías habría apreciado ese detalle”. Y por encima de todas las cosas, ‘Revolución’ indaga en un general inflamado de pasión por la balacera, Pancho villa.

—Escogió como eje de la historia uno de los hitos sentimentales de la izquierda hispánica.

—A la izquierda mexicana la he oído hablar de la revolución muchas veces, como es normal. También a la derecha de allá, pero en España no recuerdo haber escuchado a nadie referirla, ni a izquierda ni a derecha. Es más, creo que los políticos españoles lo ignoran todo sobre aquel movimiento. Callan por ignorancia, no por olvido.

—Para una generación española sí fue cercana: la de aquellos que marcharon a buscarse allí la vida a finales del siglo XIX y el primer cuarto del siglo XX.

—La Revolución Mexicana la vemos ahora muy lejana muy desmitificada, pero cuando comienza, el 20 de noviembre de 1910, es algo insólito. Aún no había ocurrido la Revolución Rusa, no había estallado la Primera Guerra Mundial. Estaba todo por ocurrir. Los grandes acontecimientos que zarandearon Europa en el siglo XX no habían cuajado, así que lo de México antecede a todo.

El estado natural de Arturo Pérez-Reverte se balancea entre un visible desengaño y una condición de sujeto alerta que no pierde la sonrisa, pasando por alguna escaramuza si alguien aprieta demasiado. Cuando se arranca a hablar desmenuza los pormenores de su ánimo y de su visión del mundo. Esquiva la política en la conversación. Está cansado de decir cosas que son tomadas después para meter al oyente en situación. A la izquierda limita con el ejemplar número 79 de la colección de clásicos de Gredos (la tiene completa a la derecha de los tintines). El 79 es el de ‘Vidas’, de Cornelio Nepote, el biógrafo latino más antiguo cuya obra sobrevive en la actualidad. A la derecha con un sable de cuando el desastre de Annual (1921). Hoy despliega un entusiasmo primordial por los días mexicanos de la revolución, y de una zancada maciza salta del sillón a la estantería a por más libros. México es de los países latinoamericanos que mejor conoce, y más el norte que el sur.

El gran alumbramiento de la revolución son las dos figuras inmensas de Emiliano Zapata, que representa al campesino triste, sureño, al indio oscuro, callado, bravo, receloso, y de Pancho Villa, que es lo opuesto: el norteño exultante, festivo, ruidoso, mujeriego, generoso. “Pero los dos querían lo mismo: educación para el pueblo. Si elegí las acciones de Villa es porque conozco mejor el norte que el sur de México, y la revolución norteña me parece más luminosa”, explica a la velocidad acostumbrada. “Una revolución se hace matando. Suele arrancar con ideas nobles, pero la misma ejecución de esas ideas ya supone una carga de realidad humana. Hay que matar, encarcelar, usurpar… Y al final, cuando el revolucionario llega al palacio, suele haber alguien ahí esperando para tomar las riendas, alguien que no combatió para llegar al poder. Y si es el mismo revolucionario el que se queda al frente, antes o después se convierte en un ser tan perverso o más que aquel contra el que combatió. No falla”.

—Ha conocido revoluciones por dentro, como la de Nicaragua. ¿Hubo atracción?

—No era mi papel. Estuve como reportero, así que la exploré bien. También tenía buenas intenciones, pero mira cómo ha terminado: una revolución para que Daniel Ortega tenga una finca. ¿Y qué decir de Cuba? Sin olvidar que el fascismo también tuvo sus revoluciones. El nazismo es lo que más se parece desde la extrema derecha a una revolución, y también contó con gente de buena intención que confió en aquello.

—Pero su aprendizaje fue la guerra.

—La guerra es la escuela de comportamiento más abundante, terrible y fascinante. Solo tienes que sobrevivir a ella. En la guerra aprendí mucho, y esa mirada, ese aprendizaje mío, se lo paso a Martín Garret, aunque no seamos lo mismo.

—Aprender de una guerra no es aprender de una revolución.

—No lo es, pero cuando uno hurga en una y en otra ve aspectos similares. Ambas exhiben al ser humano llevado al extremo. Ideológica y socialmente son diferentes, pero Martín Garret es un observador de la condición humana, ese “tercer hombre” del que hablaba Pascal, y en ese punto ambas se parecen, porque las hacen seres humanos que en el mismo día, en cuestión de horas, son capaces de cosas hermosas y terribles, de ternura y de violencia, de crueldad y de lealtad.

A través de los diálogos de ‘Revolución’, como en ‘Línea de fuego’ y en ‘El italiano’, las dos novelas anteriores, Pérez-Reverte desliza ideas, conceptos y descripciones. Los esfuerzos del escritor y académico están más encaminados a que el claustro interior de la novela sea el fraseo entre los personajes. Trabajar con el lenguaje de aquellos días da veracidad. “México es el país lingüísticamente más creativo del mundo. Son muy rápidos e intuitivos. Escuche esto: “Van a sobrar sombreros”, dicen ante una posible balacera. Es maravilloso. Pérez-Reverte tiene allá, desde ‘La Reina del Sur’, una larga huella de éxito. Mientras habla de esos años se le hacen los ojos de agua y afuera huele a hierba recién segada, aún sangrante.

—De la Revolución Mexicana a la guerra de Ucrania el mundo ha cambiado tajantemente.

—Aunque los mecanismos básicos del ser humano siguen siendo los mismos: amor, odio, lujuria, subsistencia, alimentación, nido, familia, tribu, violencia, defensa, compasión…

—¿Qué ganó México con la revolución?

—Saber que la revolución era posible. Eso ya es ganar. Que el poder tenga miedo del pueblo en armas es una victoria.

—Pancho Villa odiaba a los españoles.

—Un odio atroz, sí.

—Recobrado ahora de otro modo por López Obrador, presidente de México, que acusa a este país de genocida en el descubrimiento de América.

—Pero hay una notable diferencia entre el odio de Villa y el de López Obrador: el del revolucionario tenía raíces, venía de una familia explotada, y los españoles eran quienes entonces detentaban el poder o estaban aliados con los poderosos de la dictadura de Porfirio Díaz, así que había motivos. López Obrador no los tiene. Es un nieto de españoles con acceso a la educación, a la cultura. Está casado con una mujer especialmente culta. Él sabe cosas, ha tenido oportunidades, no es un bandolero visceral como Villa, así que en su caso suena todo a demagogia, a impostura.

—Tuvieron algún desencuentro.

—Me señaló dos veces en su espacio televisivo, una de ellas con una fotografía grande. Yo le llamé imbécil, así que fue un intercambio equitativo. Algunos mexicanos se enfadaron conmigo y me insultaron, pero con el tiempo bastantes de aquellos indignados me dieron la razón.

—Y luego está aquel otro México de los años 40, espacio de acogida del exilio español bajo el gobierno de Lázaro Cárdenas.

—Entre las más generosas y conmovedoras hazañas solidarias de la historia del siglo XX está la acogida americana, y sobre todo la mexicana. Permitió reanudar vidas, recomponerlas. España debe estar agradecida a ese México que dio sitio a tanta gente forzada a salir en la guerra civil y en la posguerra.

La tarde va cayendo al suelo y deja un rastro de luz lívida. Pérez-Reverte tiene a su cargo algunas verdades despiadadas. Por ejemplo, la de señalar que el sueño insurgente se malogró cuando algunos revolucionarios codiciosos y traidores cambiaron las mulas por los cadillacs, y los ideales que promulgaron educación y justicia social aún están pendientes.

—¿Le seduce algo de la España de ahora para una novela?

—¿Una novela que tuviese como fondo a Echenique, a Abascal, a Pablo Iglesias, y dedicarles un año y medio de mi vida? Eso no es serio.

—¿Cuál es la emergencia principal de este país?

—La de siempre: cultura y educación. El problema de España es cultural, no político. Un pueblo con los niveles de educación tan bajos y confusos como en este momento no tiene posibilidad de sobrevivir. Por eso las revoluciones de verdad, las serias, promovían la educación para todos como principio. Esa también fue la apuesta de la Segunda República en España. Es la única manera.

—La edad le ha hecho más escéptico.

—Escéptico fui siempre. Cuando tienes libros en la mochila y vives como yo viví desde joven tienes que ser escéptico, no queda otra. Muy pocas ideas resisten. La edad no me ha hecho más escéptico, sino que ha confirmado los temores y sospechas que tenía en mi juventud, y eso no me hace feliz. Me gustaría tener fe, creer en cosas. Envidio a quienes lo pueden hacer. Yo no disfruto con la melancolía ni con el escepticismo, lo pasó mal. Cuando veo a una pareja de jóvenes besarse quisiera pensar que van a ser felices juntos los próximos 60 años de su vida, pero me temo que no podrá ser. Cuando veo a un político prometiendo pan para el pueblo me gustaría creer que es verdad, pero sé que no será así. El escepticismo es muy incómodo. Me protege tener práctica

Los primeros ejemplares de Tintín que Arturo Pérez-Reverte salvaría sobre todas las cosas están junto a la caprichosa colección de diccionarios de la Real Academia Española. He aquí un ejemplo glorioso del poder vinculante de las palabras. Sherlock y Rumba juegan callados en el jardín.

04 octubre 2022

La ‘Revolución’ mexicana de Pérez-Reverte: Buena factura, poco poso

Domingo Ródenas de Moya - elpais.com - 04/01/2022

El subtítulo reza “una novela”, pero lo que ha escrito Pérez-Reverte en 'Revolución' es una película de aventuras en el México revolucionario de 1910 a 1914, con su derroche de pólvora, balas, aspereza y caracteres violentos. La sintaxis narrativa es la propia de un guion, con los hiatos temporales entre escenas que combinan interiores y exteriores, en las que se entrevera la peripecia del héroe con la evolución de la rebelión popular. La guerra como trasfondo y hábitat, la amistad y el amor, la lealtad y la traición, la rectitud y la doblez, el coraje y la insidia alimentan la máquina bien engrasada de la trama: todas las piezas encajan entre sí y adquieren su función en el momento preciso. Incluso el comienzo anticipativo parece dicho por una voz en off (”Esta es la historia de un hombre, una revolución y un tesoro”) que invita a arrellanarse y atender el fluir de un relato cuyos personajes actúan de manera lineal, con la fijeza o rigidez de los estereotipos. El lector los ve cómo hablan y se comportan, pero no es invitado a entrar en su mecanismo mental, en su conciencia resuelta o dubitativa, limpia u oscurecida. Así, es natural —quizá en una autoironía del autor— que el protagonista, el ingeniero de minas español Martín Garret, le diga a Pancho Villa que le “sorprendería lo poco que hay en esos adentros”, los suyos, porque él es solo “un hombre que mira”. Y lo que él mira, y ve el lector, es su inmersión accidental en las tropas villistas a través del ficticio mayor Genovevo Garza, la toma de Ciudad Juárez y la desaparición del botín obtenido en el robo de un banco en Chihuahua. 

El joven Garret, empleado en la Minería Norteña, se convierte en dinamitero, se gana la confianza de Garza y Villa, suscita la inquina del torvo Sarmiento, se cruza con un mercenario gringo y con una reportera bregada en salir de apuros (Diana Palmer), se enamora de la belleza de la inconveniente Yunuen, se enfrenta en duelo (ojo al capitán Córdova) por ese amor impedido y, en fin, se convierte durante año y medio en uno de los hombres que pelean en el Norte a las órdenes de Pancho Villa. La acción trepidante, la fragilidad del destino individual en una coyuntura histórica turbulenta como el México revolucionario, proceden del western y de la gran novela de aventuras (Conrad por supuesto, del que toma el exergo que abre la novela), pero también sin duda de la propia experiencia del autor como reportero de guerra. De hecho no es descabellado suponer que en la maduración del jovencísimo Garret (su aventura se extiende entre sus 24 y sus 26 años) ha alojado Reverte una buena dosis de su propio aprendizaje de la condición humana en situaciones límite, cuando se desvela la catadura moral de los seres humanos. 

El instruido Garret es sometido a una segunda educación, la del mundo de la violencia y los valores primarios que pretenden legitimarla. Su aprendizaje en la rudeza y la inclemencia entre villistas que hablan un laborioso mexicano es paralelo al de la lealtad y la entrega ciega a una causa, en cuya raíz parece estar la búsqueda de la aventura por sí misma pero también la necesidad de dotar de un sentido superior su propia vida. En este sentido, el cruce del río Bravo para incorporarse al estado mayor de Pancho Villa funciona como frontera simbólica desde una épica que remite al cine de John Ford, un contexto ritual en el que debe situarse la educación de Garret como hombre lacónico, curtido, sereno y peligroso. Una novela visualizable, entretenida y de buena factura que deja poco poso y a la que no hay que exigirle mayor trascendencia.

Dosier de prensa para 'Revolución'


Alfaguara - 04/10/2022

Un hombre, tres mujeres y una revolución. Un viaje al corazón humano y a la aventura.

Esta es la historia de un hombre, tres mujeres, una revolución y un tesoro. La revolución fue la de México en tiempos de Emiliano Zapata y Francisco Villa. El tesoro fueron quince mil monedas de oro de a veinte pesos, de las denominadas maximilianos, robadas en un banco de Ciudad Juárez el 8 de mayo de 1911. El hombre se llamaba Martín Garret Ortiz y era un joven ingeniero de minas español. Todo empezó para él ese mismo día, cuando desde su hotel oyó un primer disparo lejano. Salió a la calle para ver qué ocurría y a partir de ese momento su vida cambió para siempre.

Arturo Pérez-Reverte recupera en esta novela los acontecimientos dramáticos que sacudieron la república mexicana en el primer tercio del siglo XX. Lo hace a través del relato del camino de iniciación de un joven que alcanzará la madurez en medio del caos y la violencia. 

'Revolución' es una portentosa historia, repleta de aventuras y trabada con personajes delineados con una enorme lucidez, que ahonda en las reglas ocultas que determinan el amor, la lealtad, la muerte, la amistad y la vida.

Arturo Pérez-Reverte nació en Cartagena, España, en 1951. Fue reportero de guerra durante veintiún años. Con más de veinte millones de lectores en el mundo, traducido a cuarenta idiomas, muchas de sus obras han sido llevadas al cine y la televisión. Hoy comparte su vida entre la literatura, el mar y la navegación. Es miembro de la Real Academia Española y de la Asociación de Escritores de Marina de Francia.

La fascinación por la aventura

«Sentía que se adentraba, paso a paso, en un lugar desconocido, que tal vez careciese de caminos de vuelta. Le sorprendía no estar asustado por eso. Ni preocupado, siquiera. Era como un juego infantil que a ratos dejara de serlo».

Martín Garret Ortiz llegó a México para trabajar en la mina sin advertir en ningún momento que el destino había dispuesto para él un rumbo diferente. Había nacido en Linares, Andalucía, atravesaba la veintena, era ingeniero de minas y jamás imaginó que acabaría encontrándose con su suerte un 8 de mayo de 1911 en las calles de Ciudad Juárez. La detonación de un arma de fuego atrajo su atención y también despertó en él un instinto latente, la punzada de una curiosidad insospechada que le conducirá por los sinuosos meandros de los ideales, la fraternidad, los afectos, los sentimientos encontrados y el choque inevitable entre los principios asumidos y la realidad.

Después del éxito de 'El italiano', Arturo Pérez-Reverte reflexiona en 'Revolución', una ejemplar Bildungsroman, con ecos de maestros como Joseph Conrad, sobre la atracción que ejerce el peligro y el poder transformador de las experiencias. El novelista personifica en Martín Garret Ortiz la seducción por el riesgo y los abismos que lo rodean que experimentan algunas personas. Al mismo tiempo, da cuenta de las distintas etapas que experimenta el ser humano en su proceso de maduración. El protagonista se presenta al comienzo adornado con los rasgos propios de la inocencia y la credulidad, pero a lo largo de las páginas evolucionará hasta convertirse en un hombre bien asentado, de pensamientos despejados y con la carga de un pasado inquietante a sus espaldas; un hombre que avanza en su día a día sin vacilaciones, con paso seguro y sin amedrentarse en ningún momento ante la posibilidad de la muerte.

Martín Garret Ortiz, en un gesto impulsivo que ni él mismo sabe explicar con palabras, se sumará al ejército de Pancho Villa. Al lado de esos compañeros inesperados, vivirá un viaje duro, arriesgado, sin concesiones ni segundas oportunidades, que le enseñará los sinsabores de la guerra y los agrios desquites de los amores ingratos. Una aventura en la que conocerá las esperanzas que alientan las revoluciones, las normas que rigen la vida, los peajes y miedos que acompañan las existencias audaces y que, de una manera inesperada, le llevarán a afrontar esa clase de vivencias que perfilan el carácter y acaban cincelando una mirada nueva.

Una memoria personal

«Para él la revolución era el sentido personal de un extraño deber: la lealtad hacia hombres y mujeres a los que admiraba, en cuyas palabras, silencios y actitudes había conocido cosas que no olvidaría nunca, útiles para observar el mundo, la existencia y el posible, o inevitable, final de todo».

Martín Garret Ortiz no es culto ni tampoco muy leído, pero, entre todos los personajes que ha creado, Arturo Pérez-Reverte lo ha escogido a él para convertirlo en el depositario de una parte de su memoria más personal. El novelista ha delineado en Revolución un personaje antagónico, muy alejado de las coordenadas de su formación y de su rumbo vital. Un científico puro, pragmático, observador, habituado a extraer las pautas y conductas que subyacen en la naturaleza, pero que le ha resultado adecuado para recapacitar sobre la adicción que alienta el peligro, un tema ligado de una manera estrecha a su biografía.

El escritor tardó más de veinte años en desengancharse de la guerra y, con ese bagaje de revelaciones, encuentros, desilusiones, desventuras, fatalidades y hallazgos afortunados o no, ha moldeado a su protagonista, un joven que, como le sucedió al escritor, siente la seducción que tienen las situaciones extremas y que, a pesar de las oportunidades recurrentes que se le presentan para escapar y alejarse de ellas, siempre busca la adrenalina que prometen sus lances. No le interesan las batallas, los ideales, las promesas o ilusiones que sostienen vivas las causas. Lo anima un impulso más analítico. Él solo quiere mirar, acercarse a los hombres cuando se desenvuelven en sus pasiones más radicales, estudiar su comportamiento y detenerse a contemplar su capacidad para administrar justicia, actuar con benevolencia o entregarse sin reparos al desahogo que suelen prometer el desquite, la ira o la cólera. Martín Garret, igual que le ocurrió a Arturo Pérez-Reverte, quiere entender el mundo y las pautas que lo rigen: por qué es así, qué es lo que lo mueve y por qué las personas, para bien o para mal, proceden de una determinada manera.

Martín Garret es uno de los personajes más autobiográficos de Arturo Pérez-Reverte. El autor le ha prestado su mirada y le ha entregado en herencia los aprendizajes, sentimientos y emociones que vivió como corresponsal de guerra a lo largo de su larga trayectoria periodística. La educación intelectual del novelista es literaria; la de su protagonista, científica. Pero ambos están unidos por la misma sed de entendimiento. Una necesidad innata, casi imposible de soslayar, que les impulsa a ahondar en ese oscuro enigma que es el alma humana, con toda su carga de iniquidades y, también, de virtudes.

El resultado es un relato vivo, apasionante, sobre la guerra, sus crueldades inherentes y las generosidades implícitas, en ocasiones inesperadas, de las que son capaces las personas que se ven envueltas en su vorágine. Pero también es una narración trepidante sobre el descubrimiento de lo que es el mundo y el papel trascendental que desempeñan en él valores como la amistad y la lealtad.

Origen de una historia

«Eran seres humanos de una pieza, con luces y sombras, resueltos a matar y morir con sencillez, a pagar sin melindres el precio de la vida, el riesgo y la pelea. Quizá no lo habían elegido, y tal vez era resultado del azar, pero allí estaban, sin hurtarse al destino».

La elección de la revolución mexicana no es fruto de la casualidad o del capricho. Desde su infancia, Arturo Pérez-Reverte escuchó hablar de ella en su casa. Un amigo de su bisabuelo, también ingeniero de minas, fue destinado a ese país como representante de la empresa que lo había empleado. Allí vivió en primera persona los sucesos de este acontecimiento histórico. En las frecuentes cartas que le remitía desde el otro lado del Atlántico daba puntual noticia de su discurrir y de los hechos, muchas veces imprevistos y sorprendentes, que ocurrían en ella.

El escritor creció escuchando esa gavilla de historias apasionantes que se repetían sin cesar en su familia. Él mismo se entretenía mirando las fotografías de Pancho Villa, un nombre con leyenda, y de los demás protagonistas que encabezaban la revuelta y que aparecían retratados en las revistas que conservaba en su hogar y que solía hojear en su juventud. Un conjunto de relatos, instantáneas y episodios que fueron acomodando en su imaginación los distintos capítulos de una historia que con los años desembocaría en 'Revolución'.

Después de 'La Reina del Sur', una de sus obras más aclamadas, el novelista regresa de nuevo a México en esta novela. Sus recurrentes visitas a este país americano cimentaron su pasión por este momento de la historia y ampliaron todavía más su fascinación hacia estos hechos capitales del pasado. Esos viajes y la minuciosa lectura de libros que abordaban el tema alimentaron sin cesar su creación literaria y fueron rellenando los huecos que faltaban para completar el hilo narrativo de 'Revolución'. Pero sería el hallazgo casual de una antigua instantánea la que terminaría desencadenando el impulso final para que esta novela adoptara su forma definitiva. En esa fotografía aparecían retratados un puñado de revolucionarios. Permanecían sentados en la mesa de un local distinguido y con evidentes pretensiones de elegancia. Posaban orgullosos, acompañados de sus armas, sus sombreros característicos y unos bigotes oscuros rematando la sonrisa de sus semblantes. Desayunaban en el Sanborns, uno de los salones más distinguidos y reconocidos de México D. F. El contraste entre esas figuras desgarbadas, de extracción humilde, arrellanadas en unas sillas que hasta hacía tan solo unos días no estaban reservadas para personas de su porte y talla social, y el ambiente elegante que los rodeaba ataron los últimos flecos sueltos y acabaron por hilar los hechos ficticios que el escritor había ido guardando en su imaginación con los sucesos reales. Esta ha sido, como el propio Arturo Pérez-Reverte ha reconocido, una de las tareas más complejas.

Las mujeres también llevan pistolas

«Estaba en una edad en la que aún era posible experimentar seducciones inmediatas, fascinaciones y flechazos que, de improviso, parecían arrebatar el corazón para toda la vida».

Tres mujeres, tres nombres: Yunuen Laredo, Diana Palmer y Maclovia Ángeles. La primera es una niña bonita de una familia acaudalada; la segunda, una periodista norteamericana inteligente, intrépida, resuelta y con agallas, y la tercera, una de esas guerrilleras, valerosas, afectuosas y duras a la vez, que no se arredran ante nada y que acompañan en su marcha a los ejércitos de los líderes revolucionarios. Las tres desempeñarán un papel determinante en la formación sentimental de Martín Garret y las tres le mostrarán realidades distintas del amor y los sentimientos.

De Yunuen Laredo, una muchacha racial, ojos de azul cuarzo y silueta esbelta, coqueta por naturaleza y con una innata perspicacia social, aprenderá que existen motivos más poderosos que el amor y que jamás está de más prestar atención a la conveniencias sociales y los intereses familiares y privados. Es lista, educada, con un exquisito talento para los razonamientos que le permiten calibrar con suficiente anticipación los beneficios y las ventajas que procuran las circunstancias. Ella representará un punto y aparte en la vida de Martín Garret y a través de su presencia accedemos a la atmósfera que respiran esas aristocracias urbanas que siempre extraen provecho de las coyunturas, incluso en los tiempos más revueltos y oscuros.

Diana Palmer es enjuta, de ropas desteñidas y polvorientas, no usa maquillaje ni tiene disimulos en el carácter. Una personalidad extraordinaria que se ha hecho respetar por sus colegas de oficio y admirar por los guerrilleros con los que se desenvuelve. Desafía sin titubeos los convencionalismos profesionales que imperan en la época. Es decidida, no guarda temores en el inconsciente y es capaz de encarar cualquier dificultad para obtener una entrevista, escribir un artículo, entregar una noticia a la imprenta o salir indemne de los mayores apuros y percances. Viaja tomando apuntes, con el rostro tostado por el sol y la figura hecha al trote de las monturas y el traqueteo de los carros y los coches que usa para desplazarse. Directa, pero sin malas intenciones, se convertirá en una compañera apreciada por Martín Garret y una mirada brillante y necesaria para enjuiciar los distintos acontecimientos que jalonan la narración.

Maclovia Ángeles, de mejillas atezadas por el sol y ánimo desbrozado por los combates, encarna a esas mujeres que viajaban al lado de revolucionarios como Pancho Villa o Emiliano Zapata. Siguen a sus hombres, atendiéndolos cuando caen heridos, calmando su sed cuando regresan extenuados o procurándoles comida cuando están hambrientos. Saquean cuando es necesario, despojan de pertenencias a los caídos y atienden el rancho cuando la fuerza obliga. Van unidas a sus amores y a sus hijos, a los que jamás dejan solos y que siempre llevan envueltos en refajos. Indóciles y recias, pero sin malos rencores en el corazón, no son esposas sumisas o compañeras pasivas. Portan armas, van bien pertrechadas de municiones y muestran tanto valor como el más bravo. Participan de manera activa en la lucha y no les arredra la posibilidad de caer abatidas por las balas. No poseen cultura de la canónica, de la que se brinda en las escuelas, pero son listas, están bien artilladas de saberes populares y con su voz son capaces de encauzar a cualquier licenciado de ciudad. Intrépidas, aguerridas y valerosas, de pala bras justas y firmes ante el deber, es a partir de estas mujeres, las soldaderas, como el lector accederá a las miserias y condiciones de pobreza que azotaban a una parte del pueblo mexicano.

Idealistas y bandoleros

«Me temo que las buenas intenciones no bastan para gobernar, mi coronel».

'Revolución' es una crónica de la lucha que entablaron unos hombres por sus ideales y las promesas que nunca se pudieron cumplir. «Hacemos la revolución pa que a los pobres no nos chupen la sangre los hacendados capitalistas... Que las tierras se repartan a quienes la trabajan y las minas sean pal pueblo que se deja en ellas la vida», asegura uno de los protagonistas con la seriedad que solo poseen las personas que creen en lo que verbalizan.

Arturo Pérez-Reverte traza en estas páginas un recorrido por las distintas motivaciones y convencimientos que empujaron a un pueblo a tomar las armas y levantarse contra sus gobernantes. Una sublevación de gentes sencillas, desprovistas de instrucción en la mayoría de los casos, que no han tenido la oportunidad de acceder a la escuela, como sí ocurre en las clases pudientes, y que malogran los días de su existencia en unas tierras que no les ayudan a prosperar y que no les devuelven otra ganancia que un rancho exiguo y la promesa de más sudor en la frente para la mañana siguiente.

«Acabar con los patrones, con los que mandan... Con los que tuvieron la suerte de educarse en vez de ser puros desgraciados como nosotros», se sincera uno de esos hombres. El novelista perfila con acierto ese entramado de ilusiones y de esperanzas, pero no se ciñe solo a contarlas. A partir de esas reivindicaciones, Arturo Pérez-Reverte vertebra las distintas facetas de las revoluciones, desde la chispa inicial que incendia los ánimos y la serie de discursos que mueven las conciencias, hasta las disensiones posteriores que surgen entre los cabecillas y las peleas intestinas que siempre conducen hacia la desintegración de un movimiento y su inevitable derrota.

Pero esta novela también hace un análisis acertado de cómo la revolución acaba devorando a sus hijos y, por supuesto, de la catenaria de fuerzas distintas y calladas que entran en juego y que de manera cauta se mueven para horadar y desprestigiar este tipo de movimientos, como admite uno de los revolucionarios, preocupado por la imagen y la fama de la causa. Unas estrategias que, a pesar de la distancia que nos separa de esos acontecimientos, todavía existen y somos capaces de reconocer: la importancia de la propaganda, de trasladar a la opinión pública una buena imagen, la oratoria convincente y los mensajes dirigidos para poner en entredicho al adversario. «Confiar a trece millones de indios analfabetos la elección de un presidente es como pedir a una clase de escolares que elijan a su profesor», sostiene uno de los protagonistas de esta narración. En el camino, unos descubrirán que las promesas hechas pueden conducir al cadalso y que las buenas intenciones no son suficientes para conseguir impartir justicia. Arturo Pérez-Reverte, con ecuanimidad, pero con precisión, alumbrará la épica de todos estos hombres, de uno y de otro bando, que con sus apasionamientos, equivocaciones y sinsentidos, pelearon por lo que creían, y a los que la vida primero y los intereses después terminaron separando.

Los otros compañeros del héroe

Pancho Villa

«Era poderoso de hombros, que soportaban dos cananas cruzadas llenas de cartuchos. Montaba un caballo flor de caña con silla al estilo vaquero de la tierra, erguido y con los estribos bajos. Tenía el cuello ancho, la cabeza grande y los dientes fuertes. Sus iris color café miraban con intensidad y fijeza entre unos párpados gruesos, entrecerrados».

Es uno de los líderes de la revolución mexicana. Un mando valeroso, intimidante y decidido, magnánimo con los suyos y cruel con los adversarios. Una mezcla insólita de locuacidad, determinación y silencios. Cuando calla, suena severo; cuando ríe, su carcajada resulta atronadora. Es sincero tanto en sus gratitudes como en sus castigos. Vehemente en sus opiniones, que son las del pueblo, y dadivoso en su camaradería. Pancho Villa, siempre cauto y vigilante, extenderá su mano a Martín Garret, el gachupín que le ha venido desde el otro lado del Atlántico y que se le ha colado en medio de la balacera de la revolución. Los percances de la guerra, los incidentes emparejados con la paz y una moneda de oro que va y vuelve de las manos de uno a las del otro unirán a estos dos hombres en una de esas amistades que solo el destino es capaz de forjar.

Francisco Madero

«Tenía un rostro bondadoso. Era pequeño de cuerpo, casi frágil, de menos estatura que su hermano. Lucía una barba cuidada y se peinaba con la raya baja para disimular una incipiente calvicie».

La esperanza de la revolución. Un espíritu escindido entre los ideales del intelecto y las armas que lleva en el cinturón. Correrá la suerte de los hombres con principios en un mundo sin ellos. Su gobierno se desenvolverá entre potentados, cobistas y traidores. Asume los ideales de la revolución y luchará por ellos en el campo de batalla y desde el palacio presidencial. Pretende que la justicia deje de ser una utopía en México y que, por fin, se convierta en una realidad. Es un idealista que acabará extraviándose en la telaraña de los intereses de los que acaparan el dinero y pronto comprenderá que existen juramentos que, por mucho que uno quiera, no se pueden cumplir.

Genovevo Garza

«Ceñía pantalón a rayas descolorido y chaquetilla corta. Llevaba una enorme pistola al costado, en un cinto lleno de balas, y una cruz de pesadas carrilleras sobre el pecho. Había dejado la carabina 30/30 sobre el mostrador, y bajo el ala del sombrero norteño sus ojos negros y duros seguían mirando fijamente».

Trae consigo las maneras bravas de los mejores guerrilleros y acarrea con el desorden que le ha dejado en el semblante una cicatriz que le baja desde la sien hasta el requiebro de la mandíbula. «Tierno y peligroso» a la vez, Genovevo Garza, admirado y temido, es un espíritu sencillo como el pueblo llano, astuto y sibilino, que camina por el mundo sin oscuridades ni dobleces. Avanza por la revolución sin separarse de su mujer, Maclovia Ángeles. Corpulento, de fuerte temperamento y convicciones sólidas, él representa al soldado de mirada clara, obediente y esforzado que no conoce cobardías ni misiones que sean imposibles. Acogerá junto a él a ese españolito que sabe abrir cajas fuertes y volar puentes por los aires como el mejor de los dinamiteros.

Jacinto Córdova

«A su lado estaba un hombre joven vestido de militar: enjuto de cuerpo, con bigote fino bien recortado, tenía el pelo muy negro, lustroso como charol, y los ojos a juego. Rasgos de mexicano apuesto».

De carácter disciplinado, perfil de hombre guapo, trazas de militar severo y con un peculiar sentido de la cortesía y el honor, Jacinto Córdova, herido por los celos y el amor propio, echará un pulso a Martín Garret por el corazón de una mujer. Un oficial pulcro y ambicioso en sus metas sociales que, de la manera más inesperada, demostrará al protagonista que el alma de los hombres no es blanca o negra, sino que está llena de claroscuros y de decisiones desconcertantes.

Tom Logan

«Llevaba el rostro afeitado, pero lucía largas patillas rojizas. Le cruzaba el pecho una canana de cartuchos, portaba un revólver al cinto y en las manos una escopeta de repetición. Su aspecto era insólitamente anglosajón para moverse con esa soltura entre los maderistas».

Es un yanqui enamorado de México. Uno de esos norteamericanos, mercenarios o aventureros pagados a sueldo, que ha bajado hasta la frontera y queda atrapado por la revolución. Afable de trato y grácil de movimientos, es un combatiente digno, que se ha sumado a una empresa que no es la suya, pero que la defenderá hasta las últimas consecuencias. Sin fisuras en su aplomo, se verá inmerso en los vaivenes de una revolución con muchos quiebres y derivas. Aparecerá al lado de la reportera Diana Palmer, pero los días lo acabarán situando hombro con hombro con Martín Garret.

Cronología de una revolución

'Revolución' también es la historia de la sublevación mexicana. Por sus páginas discurren sus protagonistas más importantes, pero también los instantes más re-levantes que marcaron el devenir del país. Pronunciamientos, traiciones, levantamientos, injerencias extranjeras, como la de Estados Unidos, batallas cruciales y el destino que corrieron sus líderes y principales actores jalonan este relato.

Marzo de 1908: Porfirio Díaz concede una entrevista a la revista británica 'Pearson's' sin pensar que se podría leer en México y asegura que el país está listo para la democracia. Días después se publicó en 'El Imparcial' y se leyó en México. Sus palabras se consideran el germen de la revolución.

Junio de 1910:Francisco Madero es arrestado. Un discurso en San Luis Potosí es el pretexto.

Junio y julio de 1910: Elecciones federales. Díaz recibe más del 98% de los votos.

Octubre de 1910: Madero escribe el Plan de San Luis. El documento convocaba al levantamiento de armas para acabar con Porfirio Díaz y convocar elecciones.

20 de noviembre de 1910: Empieza la revolución.

Marzo de 1911: Emiliano Zapata lidera un levantamiento para luchar por los derechos sobre la tierra y la libertad.

Mayo de 1911: Pancho Villa toma Ciudad Juárez. Porfirio Díaz renuncia a la presidencia.

Noviembre de 1911: Madero, presidente de México.

Marzo de 1912: Pascual Orozco encabeza una rebelión en Chihuahua.

Diciembre de 1912: Pancho Villa se fuga de la cárcel, donde permanecía como consecuencia de un desencuentro con Victoriano Huerta.

Febrero de 1913: Varios generales dan un golpe contra Madero, que es depuesto, encarcelado y luego asesinado.

Marzo de 1913: Carranza anuncia el Plan de Guadalupe, por el que acusa a Huerta de traición.

Septiembre de 1913: Pancho Villa agrupa varias guerrillas bajo el nombre de División del Norte.

Abril de 1914: Fuerzas de Estados Unidos ocupan Veracruz.

Junio de 1914: Zacatecas es tomada por Pancho Villa.

Julio de 1914: Huerta dimite.

Agosto de 1914: Carranza entra triunfante en Ciudad de México.

Abril-junio de 1915: Partidarios de Carranza derrotan a Villa en la batalla de Celaya.

Marzo de 1916: Villa invade Columbus, en Nuevo México.

Mayo de 1917: Venustiano Carranza se convierte en presidente de México.

Abril de 1919: Zapata muere en una emboscada.

Mayo de 1920: Carranza es asesinado.

Junio de 1920: Huerta es nombrado presidente interino de México.

Julio de 1920: Pancho Villa firma su rendición. Se considera el punto final de la lucha armada.

Septiembre de 1920: Obregón es elegido presidente.

Julio de 1923: Pancho Villa es asesinado en una emboscada.

La crítica ha dicho:

«Me gusta Pérez-Reverte. Me recuerda a Dumas y a Salgari.» Umberto Eco

«Arturo Pérez-Reverte sabe cómo retener al lector a cada vuelta de página.» 'The New York Times Book Review'

«Arturo Pérez-Reverte consigue mantener sin aliento al lector.» 'Corriere della Sera'

«Los lectores no serán capaces de volver la página lo suficientemente rápido.» 'Publishers Weekly'

«Hay un escritor español que se parece al mejor Spielberg más Umberto Eco. Se llama Arturo Pérez-Reverte.» 'La Repubblica'

«Arturo Pérez-Reverte nos hace disfrutar de un juego inteligente entre historia y ficción.» 'The Times'

«Pérez-Reverte en su mejor momento. Sus novelas trazan lazos de unión unas con otras, hasta formar una urdimbre que es lo que los clásicos llamaban estilo, y los modernos, mundo.» José María Pozuelo Yvancos, 'ABC Cultural'

«Nada más serio que el juego de Pérez-Reverte. Ese juego se llama literatura.» 'La Revue des Deux Mondes'

«Pérez-Reverte es su sensibilidad radicalmente moderna, inteligente y compleja [...]. Un resumen de un argumento de Pérez-Reverte es emocionante, pero no tan interesante como sus libros, cada uno de los cuales crea una atmósfera psicológica que es irresistible.» 'The Boston Globe Book Review'

«Colocando muy alta la bandera de la ficción apasionante, Arturo Pérez-Reverte elabora sus novelas como un viejo barman español refinado y elegante que se emborrachase de vez en cuando con Corto Maltés. Déjense ustedes instruir por este maestro de la aventura.» 'Minute'

«Uno se siente como el perro de Goya, enterrado hasta el cuello en las historias de Pérez-Reverte, tan abrumado como fascinado; incapaz de huir, pese a que cada frase arroja en el alma un capazo más de arena, de pesar, de tinieblas.» Jacinto Antón, 'El País'

«Su estilo elegante se combina con un gran manejo de la lengua española. Pérez-Reverte es un maestro.» 'La Stampa'

"No quiero ser un gachupín que cuenta como turista la historia mexicana"

Entrevista de José Antonio López - milenio.com - 04/10/2022

Arturo Pérez-Reverte (Cartagena, Murcia, 1951) presentó su nuevo libro en el Hotel Palace de Madrid, donde habló con 'Milenio' de varios temas. De su amor por México, de anécdotas de cantina, del futuro del libro, y de cómo trabaja en el día a día, entre otras cosas. Revolución se publica en toda América Latina.

—Nuevamente México en una novela tuya.

—México siempre está presente en mi vida. Yo soy muy mexicano, de afectos y de querer ser. Ahí está 'La Reina del Sur', una novela muy mexicana. Yo quería hacerla desde dentro, no desde fuera. Yo no quiero ser un gachupín que va a México y cuenta como turista una historia mexicana, quería contarla desde adentro, con el lenguaje, con la mirada, con el carácter de los mexicanos. Entonces, bueno, pues he recurrido a todas las herramientas que pude utilizar para contar esta historia.

—¿Te costó mucho trabajo hacerla?

—Aquí hay un problema fundamental, que es que una novela que transcurría entre 1911 y 1920, entonces, claro, ni siquiera el lenguaje es el mismo. A mí me fascina el lenguaje mexicano, pero entonces no decían "güey", decían otras cosas. He tenido que renunciar, olvidar, amputar el lenguaje mexicano moderno, que conozco bien porque voy mucho allí, e irme al lenguaje mexicano de entonces. Para eso recurrí a la literatura contemporánea. Eso ha sido un trabajo laborioso, pero era necesario.

—¿Cómo llevas lo del albur?

—La novela está llena de albures. Yo albureo, como buen mexicano. Tengo mucha práctica. ¿Sabes lo que me fascina de México? La mezcla de crueldad, de violencia, de ternura y de alegría. Yo creo que en ningún país de América, por consiguiente del mundo, hay esa mezcla. Esos contrastes hacen al mexicano peligroso y entrañable al mismo tiempo. Lo que me enamoró de México fue justamente esa manera de combinar violencia con ternura, con la alta camaradería. Yo tengo anécdotas de cantinas...

—Cuéntanos una.

—Pues mira, un día llegué a Tepito, a una cantina. Tenía sed y me despisté, me metí ahí por casualidad para tomarme una cerveza, una chela, y nada más entrar me dije: "¡Diablos, de aquí no salgo vivo!". Unos tipos, un ambiente... Pensé que si echaba a correr me iban a atrapar. Entonces me apoyé en la barra y me pedí la cerveza. Después hice dos cosas: cogí un peso y me fui a la rocola y puse una rola de Los Tigres del Norte, después fui hacia el que parecía más peligroso y le dije: "Perdone, señor, soy español, no conozco las costumbres, quizá no le gusta la canción, quizá he hecho una cosa incorrecta, pero si he metido la pata con mucho gusto le invito un tequila a usted y a todos". Entonces cambió todo el ambiente. Vinieron todos, estuvimos hablando de Los Tigres del Norte, poniendo canciones. Después me acompañaron al Tenampa, me escoltaron. Ese es el mexicano también, cuando llega el gringo que no conoce y cuando llega el latino que sí y sabes dónde están los mecanismos. Al fin y al cabo México es España y España es México. Eso me encanta. Eso me pasó mucho cuando hice 'La Reina del Sur': estuve en Sinaloa, en cantinas muy cutres, pero nunca me pasó nada. Si conoces los códigos, si sabes que a las mujeres se les respeta, a los hombres invitarles a un tequila, a darles tabaco... pero si pasas como un turista patoso te arriesgas a todo. Pero conociendo al mexicano es una delicia, hasta el mexicano más peligroso puede ser un maravilloso compañero. Por eso México me gusta tanto, es una mezcla de todo, es tan surrealistamente hermoso... El mexicano es tan entrañable y tan cabrón al mismo tiempo que eso hizo que me enamorara de México. Por eso primero 'La Reina del Sur' y ahora 'Revolución'. He estado sin ir por la pandemia, pero iba todos los años.

—¿Qué opinas de que hoy prácticamente cualquier persona escribe un libro?

—Es el mundo en el que estamos. La sociedad actual tiende a eso. No es mejor ni peor, es el mundo actual. ¿Sabes qué pasa? El libro no tiene por qué ser el soporte del futuro. Yo creo que el libro está sentenciado. Yo creo que el libro tiene una fecha de caducidad como los yogures: un día terminará y será una herramienta para muy pocos lectores en plan masónico, como una cofradía secreta. Pero el soporte cambia, la historia sigue estando. Habrá gente que seguirá contando historias, pero el libro estará en videojuegos, series de televisión, en telenovelas, pero lo que importa es que siga habiendo gente que cuente historias. Yo ya estoy muy mayor, ya no puedo adaptarme a ese nuevo mundo. Es que mira mi teléfono cómo es, es un viejo Nokia. No puedo adaptarme a ese nuevo mundo, pero lo hago sin dramatismos. Asumo que viene gente nueva, gente joven con otras ideas, con otros mecanismos narrativos intelectuales.

—Eres una persona totalmente dedicada a tu profesión. ¿Cómo es un día en la vida de Arturo Pérez Reverte?

—Soy una persona muy disciplinada. Para mí escribir no es un arte, ni son las musas las que vienen a darte la inspiración. Yo soy un escritor profesional, cuento historias. Me pongo a trabajar a las ocho de la mañana, después como, me doy un paseo, por la tarde leo, me pongo a corregir y ya está, incluidos los días festivos. Para mí no hay fiestas. Cuando no puedo más me voy a navegar, paso mucho tiempo en el Mediterráneo o hago un viaje profesional, a Italia, Francia, México o Argentina. Una novela es un acto laboral más que un acto de creación de especial. Es mi trabajo, vivo de esto.

—Cuando escribes un libro, ¿qué porcentaje es de inspiración y qué tanto de investigación?

—La investigación es mucha. Una novela me ayuda a investigar. Yo estoy trabajando y al mismo tiempo estoy aprendiendo. Inspiración hay, evidentemente, tienes tus momentos, pero la fase más bonita es la de documentación. Vivir año y medio viendo películas, viajando a todos los lugares, mientras vas generando una historia en la cabeza es un privilegio.

—Entonces, a ti eso de las musas no.

—No. Yo no escribo bajo impulsos de la inspiración. De hecho, la inspiración es engañosa. Una novela de las que yo hago debe hacerse de una manera reflexiva, fría, técnica, aritmética, geométrica. Yo planifico muchos las novelas, hago una estructura, personajes, y cuando tengo todo elaborado es cuando empiezo a escribir. Soy bastante fiel al esquema inicial.

—¿La novela sigue siendo el género top de la literatura?

—Sí. Por encima de la poesía y otras cosas, la buena novela. Requiere un esfuerzo de imaginación. El novelista debe ser imaginativo. La novela para mí es el género rey de la literatura.

—Dices que el novelista es como un cazador.

—Sí, yo me siento como un cazador que va por la vida con una escopeta. Tras una voz, una chica guapa, un chico, lo que sea. El novelista es un francotirador, el novelista que deja de hacer eso está muerto. El novelista que deja de tener la capacidad de cazar, el que se encierra en su propio mundo y escribe sobre sí mismo, sobre su mismidad, ese tipo o tipa está muerto. El novelista vivo es el que está en la calle caminando y mirando. Un novelista es una mirada, y quien pierde la capacidad de mirar pierde la capacidad de novelar.

—¿Hay algo que te falte por escribir?

—Tengo un montón de novelas, y muchas morirán conmigo. Yo vivo con un montón de novelas posibles. Unas desaparecen, otras se transforman, otras nunca las escribiré. Depende del tiempo que tenga, de la salud, de muchas cosas. Mi mundo narrativo va conmigo, es como una especie de enjambre de moscas alrededor, que me acompaña y se va renovando. Lo que no sé es cuánto me queda de vida, ni cuánta salud. El problema es que a mi edad uno tiene que elegir, no vale cualquier novela. El tener que elegir que esta viva y que esta muera es doloroso. Ese es mi principal problema, decidir qué historias que van conmigo viven y qué historias que van conmigo mueren.

https://www.milenio.com/cultura/literatura/arturo-perez-reverte-revolucion-novela-inspirada-mexico

03 octubre 2022

Arturo Pérez-Reverte viaja al México de Pancho Villa en 'Revolución', su nueva novela: “Sé cómo suena un combate”

Entrevista de Juan Cruz - El Periódico - 03/10/2022

Sombrero en mano, la sonrisa feliz como si viniera de ganar una batalla (en este caso, venía de una reunión con libreros), Arturo Pérez-Reverte se adentra en la geografía del Palace, el hotel donde con frecuencia cenaba con sus amigos Javier Marías y Tano Díaz Yanes, con la misma confianza en el futuro con la que hace años departía allí con sus primeros editores, los que le vieron triunfar, por ejemplo, con la serie del Capitán Alatriste y, mucho antes, con 'La tabla de Flandes'. Luego para él vinieron éxitos que se enumeran también como triunfos de ventas, debidos a novelas como 'El tango de la Guardia Vieja' o 'El pintor de batallas', sus novelas más íntimas, o 'La Reina del Sur', que dedicó a las reyertas que han hecho de México un territorio peligroso y fascinante, difícil, una materia que siempre le resultó atrayente como asunto de su literatura. Ahora vuelve a adentrarse en él con 'Revolución', la novela que acaba de presentar, en la que los latidos de aquel México de Pancho Villa y otros héroes que configuraron el México de hoy se confunden con los sonidos de ese país que él mismo lleva en su corazón de hombre y de novelista. Bajo esa cúpula del Palace que tantas conversaciones suyas ha acogido se desarrolló esta conversación, que se reproduce casi como fue.

—No es frecuente empezar haciendo una pregunta con una sola palabra: 'Revolución'. ¿Por qué eligió esa palabra para el título?

—La novela no iba a llamarse así. Iba a llamarse 'Desayuno en Sanborns'.

—Como uno de los capítulos.

—Sí. Pero me di cuenta de que eso, que en México hubiera sido completamente comprensible, no se habría entendido aquí ni en otros lugares. Entonces decidí dejar ese título a un lado y llamarla 'Revolución', algo mucho más general y universal.

—Nada más empezar ya anuncia de qué va la novela. “Esta es la historia de un hombre, una revolución y un tesoro”.

—Soy un novelista profesional, llevo muchos años en este oficio y sé que tengo que utilizar las mejores herramientas narrativas para que el lector se enganche. Los principios no se improvisan, se elaboran durante mucho tiempo. Porque un mal principio puede estropearte toda la novela.

—¿Cómo se fue decantando esta historia?

—Uno vive con un montón de historias que te acompañan. Luego van saliendo. Estuve un año o año y medio escribiendo esta, pero a veces el proceso de escritura es sólo la culminación de algo que lleva en ti toda una vida. Imaginarla, estructurarla, desarrollarla… fueron unos 10 o 15 años. Dicho lo cual, uno de mis bisabuelos era ingeniero de minas, en Cartagena, y un compañero suyo se fue a México y le mandaba cartas contándole de Pancho Villa y de aquel universo de personajes. O sea, que en mi casa yo ya oía desde pequeño cosas de la Revolución Mexicana y crecí con los nombres de Pancho Villa y de Emiliano Zapata en la cabeza. Luego esos recuerdos y lecturas y conversaciones… tomaron forma de novela y me puse a escribirla.

—El lenguaje mexicano, por así decirlo, también está muy presente a lo largo de la novela. Es decir: hay una voluntad de adentrar al lector en México. Incluso de dar la sensación de que esto ha sido escrito por un mexicano.

—Sí. Porque quería que el lector no viera todo esto desde fuera. Quería que desde el principio se sintiera dentro de la historia. Para eso había que hablar como se habla en México. Yo, por la experiencia de 'La Reina del Sur', sabía que no podía hacer hablar igual a todos. Sabía, por ejemplo, que Villa hablaba diferente a Madero, que era un abogado. Pero también sabía que el lenguaje mexicano de hoy es diferente al que se hablaba en 1913, y lo que hice fue leer varios textos de la época. Novelas como 'Los de abajo', 'Cartucho', 'Vámonos con Pancho Villa'… De libros como esos fui sacando palabras, refranes, nombres de lugares… cosas que me servían para recrear el habla de esa época. Pero lo que hice fue una especie de adaptación. Porque el lenguaje no va directamente de la calle a la novela. Hay que transformar todo en un lenguaje literario. Este, he de decirte, fue el trabajo más laborioso de la novela, pero también el trabajo más divertido…

—Además de las palabras, aquí también se escuchan los fusiles, las pistolas…

—Eso es por las onomatopeyas. Lo que pasa es que yo he vivido la guerra, la conozco, sé cómo suena un combate. Entonces intento rodear al lector de ese ambiente, que se meta en ese mundo con sonidos, onomatopeyas, diálogos picados… Son técnicas. Llevo muchos años en esto y he aprendido a desarrollar mis métodos para lograr ese tipo de cosas.

—Está el sonido de la Revolución, pero no está el sonido del miedo.

—El miedo se ve diferente si estás fuera o si estás dentro. Quien está dentro de la acción siente el miedo de una forma diferente. Cuando estás fuera te parece que el miedo es la sensación dominante, pero si estás dentro el miedo es un factor secundario. Es que no es lo mismo el miedo que el instinto de supervivencia, el saberte mover, el adecuarte a un territorio hostil. El miedo suele venir antes o después de una acción. Raras veces durante la acción. Por lo menos esa es mi experiencia personal.

—¿Cuál es la relación que quiso contar entre los españoles que estaban ahí y los mexicanos?

—En ese momento no había muchos españoles. Y los que había solía ahorcarlos Pancho Villa. Villa era muy antiespañol. Pero Martín, un español que no parece español, se integra a la lucha, y Villa lo ve como a uno de los suyos. Es decir: Martín no ejercita su españolidad. Al contrario: renuncia a ella o la diluye y se integra en la Revolución. Y ahí… permíteme que te cuente algo: yo le he prestado a Martín esa característica. Porque cuando yo voy a México no me siento extranjero. ¡Nunca! A ver: yo no soy Martín. No soy su cabeza o su biografía o sus sentimientos o su forma de hacer las cosas. Pero le he prestado mi mirada. Cuando fui a la guerra [como enviado especial de prensa y televisión] por primera vez, me di cuenta de que ahí se podían aprender cosas, al margen del horror. Y esa forma de ver las cosas es la que le he prestado a Martín.

—Hasta tal punto se la ha prestado que a veces habla como usted.

—Pues… sí. Cuando yo volvía de una guerra no volvía con el horror en la cabeza, sino con una geometría en la cabeza. Es decir: qué es el ser humano, que es la vida, qué es la muerte. Eso es la geometría.

—La violencia es un instrumento principal de este libro. Está la crónica de una ejecución.

—De varias. Muchas ejecuciones.

—Sí. Pero a lo que me refiero es aquella en la que la lentitud de la violencia llega a ser cruel.

—Es que la violencia suele ser lenta. No es un estallido. Es una sucesión de momentos. Cuando la violencia es parte de la rutina, ya no te horroriza. La analizas, la observas, buscas las causas… Y sólo así sacas lecciones reveladoras de lo que es el corazón humano, para lo bueno y para lo malo.

—Aquí hablan hasta las balas.

—"Las balas las disparan los hombres y las reparte Dios", dice uno de los mexicanos. Y ante las balas, el que observa dice: "¿Qué diablos estoy haciendo aquí?". Yo dije eso en más de una de las guerras a las que fui.

—También hay cierta melancolía en la narración.

—Es que una novela se alimenta, entre otras cosas, de la memoria. Y en la memoria hay, entre otras cosas, nostalgia. También tiene olores, por ejemplo. Mira: los olores de la guerra perduran. Hoy, que han pasado 30 años de la última guerra a la que fui, todavía tengo el olor conmigo. Te cuento algo: poco después del 11-S llegué a Nueva York y dije: "¡Aquí huele a guerra!". Claro, estaba a dos manzanas de donde estaban las Torres Gemelas.

—Todo ocurre, obviamente, en el tiempo de la novela. Pero en estas páginas hay cosas que podrían ser del México de hoy.

—Sí. Lo penoso es que la Revolución mexicana sirvió para que otros ocuparan el poder, pero con los mismos vicios de quienes fueron echados del poder. Gran parte del pueblo, que fue el que hizo la Revolución, todavía hoy vive como en esa época. Desgraciadamente es así. Tanto heroísmo, tanta muerte… para poco o nada.

—Esa percepción, ¿le ha llevado a usted al escepticismo político?

—Sí. Pero no sólo respecto a México, sino en general. ¿Sabes qué pasa? Cuando uno escucha cosas que ya escuchó en otros lugares y sabe cómo terminaron, se te quita la esperanza, te vuelves escéptico. Ya me gustaría a mí percibir en algún discurso político de hoy esperanza, alegría, futuro… Pero no, no.

—En medio de la Revolución, le preguntan a Martín algo que muchas veces nos han preguntado a los que vamos a México: “¿Usted cómo nos ve?”. Y Martín dice: “Crueles y tiernos al mismo tiempo.”

—Sí. Y esa es mi respuesta también. Yo veo así a los mexicanos.

—Pancho Villa le responde: “¡¿Tiernos?! Vigila las nalgas cuando duermas por si te dan tu agua”.

—Sí, jajajaja. Es el lenguaje machista de Villa. O de la época, también. Mira: de todos los personajes de la novela, quizá el de Pancho Villa es el más real. Era un bandolero, no un político. Quizá por eso es más fascinante que Zapata. Zapata es el indio serio, triste, revolucionario, con el destino pintado en la frente: te van a matar un día. Pancho es un bandolero mujeriego, que no bebía ni fumaba, pero era pendenciero, bronco, ingenioso, un brillante guerrillero.

—¿Qué relación le ve al México de hoy con España?

—Para mí México y España es el mismo ámbito. No hay ninguna diferencia. La lengua nos hermana de una manera fraternal. Pero luego entra la política y… con mala fe cava pozos. Pero eso es algo artificial. Ningún español que vaya a México se siente extranjero. Y ningún mexicano que venga a España se siente extranjero. Yo lo veo así. Yo voy a México y voy a mi casa. Por eso me permito decir públicamente cosas sobre México como las que digo aquí públicamente sobre España. Tengo tanto derecho a hablar de México porque es mi patria también. Es más, fíjate lo que te digo: esta novela está escrita por un mexicano, no por un gachupín. Yo no soy un gringo que se pasea por México para hacer luego una novela exótica. No. Yo soy un mexicano nacido en España que escribe sobre México con una mirada mexicana. Ese es mi orgullo personal.

—Cuida mucho el paisaje.

—Sí. El paisaje crea ambiente, crea clima. No abuso, ¿eh? Pero de pronto describir un atardecer, por ejemplo, hace que el lector se sienta más arropado en la historia. La guerra, la Revolución, es como ir en un taxi: te subes a un taxi y, hasta que te bajas, el mundo queda en suspenso. El pasado y el futuro desaparecen, viven en una especie de situación intermedia en la cual importa el presente y nada más. Por eso hay que ser tan meticuloso al describir ese periodo. Porque la sensación de que la guerra te encierre durante un rato es una sensación que hay que desarrollar. Es muy interesante y muy educativa.

—Hay un momento en que la guerra de Martín y la de Garza [revolucionario de la partida de Villa] se parecen.

—Sí. Porque cuando acaba un conflicto ves que no ha beneficiado a quienes lo merecían. Tú mira a Nicaragua: esa guerra sirvió para que ahora Ortega tenga su feudo familiar. Y como esa guerra, otras tantas. ¡Lo he visto tantas veces! Mira a Rusia también: cayó un régimen y con el paso del tiempo mira ahora quién está. Pasa siempre.

—Lo que quiero decir es que no hay tanta diferencia entre los que están de un lado y de otro.

—Sí. Por eso escribí 'Línea de fuego'. Cuando te acercas al ser humano… ves que es así. Cuando estás con la gente en una trinchera o en otra, ves que sólo hay seres humanos con características comunes. Da igual la causa o la ideología. Pero hay gente que no se da cuenta de eso, no sé por qué. No es que la guerra te haga equidistante, esa es una palabra estúpida. La guerra te da ecuanimidad para ver las virtudes del enemigo y los defectos en el bando propio.

—“En la guerra hay la costumbre de la crueldad”, escribe.

—No es costumbre. Es necesidad. Sin crueldad no hay guerra.

—Crueldad y ternura, parece.

—Sí. Como los mexicanos. Por eso me gustan tanto los mexicanos, porque son las dos cosas. No son ni bobalicones ni bestias. Son dos cosas a la vez: tiernos y crueles. Y eso es muy humano.

—México es en sí una novela. Es decir: esta novela se llama 'Revolución' pero se podría haber llamado 'México'.

—Sí. Absolutamente de acuerdo. Los pueblos tienen un determinismo que tiene que ver con factores interiores y exteriores. México es el resultado de su propia idiosincrasia. Como España o Inglaterra lo es de la suya. México lleva dentro el dolor, la desigualdad y la injusticia.

—¿Cómo explicaría hoy qué es México?

—Una mirada de rencor en una cara aindiada. México es la mirada de un indio que está en la calle pidiéndote que le dejes limpiarte los zapatos. Entonces tú les miras a los ojos y te das cuenta de que no han perdido el orgullo y que ahí, en los ojos, tienen un rencor hecho de dolor e injusticia durante siglos.

—“Los ricos son los de antes y los pobres también”, es una frase que he subrayado en la novela.

—¡Pues muy bien! Porque eso resume lo que es la novela. Y eso define México también.

—Otra frase: “Ninguna palabra es tan bonita como Revolución, pero se hace matando”.

—Es la pura verdad. No es una opinión de Pérez-Reverte. Es así.

—Cuando termina un ejercicio novelístico como este, de más de 400 páginas, ¿qué se queda en su alma?

—Un gran aprendizaje. Cada novela te obliga a leer, a pensar, a mirar. Entonces, al terminar cada novela has vivido más. Has multiplicado tu vida por muchas vidas. Por eso una novela es un acto de aprendizaje.

Pérez-Reverte regresa a México con ‘Revolución’, una novela de aprendizaje, amistad y lealtad en las fieras filas de Pancho Villa

Entrevista de Jacinto Antón - El País - 03/10/2022

“¡Afusílenlos de sargento parriba!”. El mandato del mayor Genovevo Garza, ficticio comandante de tropas de Pancho Villa y uno de los personajes principales de la nueva novela de Arturo Pérez-Reverte, 'Revolución' (Alfaguara), que se pone a la venta el martes, estaba a la orden del día durante la revolución mexicana, un acontecimiento histórico de una inusitada violencia con episodios que parecen pura invención por su desmesura. En ese arrebatador territorio de pólvora, adrenalina, testosterona, sangre y tequila se mueve, incorporado por casualidad a las filas villistas, el protagonista de la novela, Martín Garret, un joven ingeniero de minas andaluz de Linares reconvertido en dinamitero que vivirá grandes y peligrosas aventuras entre los revolucionarios.  

Pérez-Reverte vuelve de nuevo a México, escenario de 'La Reina del Sur' y de otros textos como el relato 'Ojos azules', sobre el episodio histórico conocico como la “noche triste”. “México forma parte de mi geografía personal, de mis escenarios vitales y literarios, que incluyen el mar Mediterráneo y el mundo árabe”, señala a este diario, y recalca, tocando un tema que no suele, que su territorio de creación, su ámbito, se circunscribe a esas regiones. “Hasta el Río Bravo; no me interesa EE UU; y por el este, Marruecos, Libia, hasta Oriente Próximo, Líbano, Irak, Irán… También Portugal, la Europa Vieja, África negra, esa es mi franja; en cambio, Extremo Oriente nunca me ha llamado la atención”. ¿Porque ya está ahí Conrad? “No sé, por una cierta impenetrabilidad del oriental, que encuentro menos expresivo, con una resignación que me es ajena y donde en general parece importar menos el individuo que la colectividad”. Pero en la India está Kipling y se puede ser rey. “No me siento aludido por la India, a mí me encontraréis en un cafetín en Estambul, en Tánger, en Nápoles, ahí estoy en mi casa. Soy napolitano, tangerino, mexicano, marsellés, porteño, pero no hindú. En Bangkok, en Manila, en Bombay, en Tokio, no me siento parte, sigo siendo un extranjero, soy un extranjero en Asia”. ¿Los Balcanes de 'Territorio comanche'? “Sí, también, y todos los escenarios de mis guerras como periodista, Nicaragua, Salvador, África… podría ser congoleño. He ido mucho a Argentina, incluso a la Antártida argentina”. 

En esa geografía personal, con el Mediterráneo, el de sus navegaciones, el mar de 'Corsarios de Levante' y 'El italiano', como uno de sus grandes centros, México destaca como otro gran hogar y destino. “Lo conozco bien, comprendo México, donde no soy un turista, y al mexicano. A México, que forma parte de mi aprendizaje, un país que ayuda a entender la condición humana, con su crueldad y su dulzura, y a donde todavía voy para aprender, instalándome en apostaderos de observación como las cantinas, lo amo y lo comprendo, por eso me atrevo a escribir una novela mexicana, no soy un español que ha ido a hacer de México desde fuera”. 

Novela esencialmente perezrevertiana, llena de acción y emoción, 'Revolución' contiene un emotivo, hermosísimo y deslumbrante canto a la amistad y la lealtad entre sombreros grandes, chaquetillas charras, cananas de cartuchos cruzadas, botas con espuelas, ametralladoras, guitarras que acompañan 'La cucaracha' o 'Adelita', y mucho peligro. “No sé, escribo y va saliendo, esos detalles, esos códigos se filtran, aflora una mirada”, reflexiona el escritor. “Es una novela de amistades y lealtades, y de aprendizaje. Como 'La flecha de oro', de Conrad, de la que he tomado la cita del principio. A Martín la revolución no le importa, no es su revolución, no está implicado ideológicamente. Te vinculas a la gente cuya sangre te salpica”. 

El joven español se encuentra de bruces con la revolución en Ciudad Juárez como Fabrizio del Dongo con Waterloo, la misma curiosidad; y los acontecimientos le llevarán a evolucionar de una forma inesperada, participando en voladuras de puentes y de trenes, en cargas de caballería con los dragones de Durango de la División del Norte, afrontando pelotones de fusilamiento y emboscadas, y hasta un duelo. O buscando un oro perdido. ¡Qué escenario la revolución mexicana! “Es la primera del siglo XX, antes que la rusa, fue una novedad enorme, con el pueblo tomando las armas”. Se describe la guerra con el realismo característico del autor. “Hay una dosis de experiencia personal, el olor, el sabor de la guerra, haberla vivido ayuda mucho”. Martín es dinamitero en la desarrapada y solemne tropa villista, sonora especialidad cantada por Miguel Hernández y sublimada en Lawrence de Arabia, el emir dinamita. “Y ahí está también Robert Jordan, el protagonista de 'Por quién doblan las campanas', y mis dinamiteros de 'Línea de fuego', hay toda una iconografía. Me gusta esa figura, me interesa mucho, yo he visto los trenes volados por Lawrence en el desierto. He estudiado manuales de explosivos para la novela, he aprendido de mechas. El oficio me iba bien para darle entrada a Martín en la tropa villista como agente externo, algo que justificara su adhesión a la bola, como llaman en México a la revolución”. 

Subraya Pérez-Reverte esa calidad de ajeno a las ideas revolucionarias del protagonista. “No es un nihilista, y no es nada romántico, es un técnico, racional, no tiene ideología, entra en la revolución por curiosidad, es un observador frío, el hombre que mira de Pascal. Sin implicación emocional, un joven sin imaginario propio que desarrollará su visión de la geometría a partir de la experiencia de la guerra y la violencia, descubrirá claves que son más fáciles de ver allí que en la vida civilizada, y se vinculará por afecto a las personas en el torbellino de seres humanos de la revolución. Se transformará y al final en el simbólico cruce del río Bravo será alguien sin nada que ver con el del principio”. El novelista está muy satisfecho de ese pasaje de la historia muy fordiano, y señala: “Hay mucho John Ford y mucho cine del oeste en la novela”. Elemento fundamental de 'Revolución' es el lenguaje, lleno de sonoros mexicanismos (“Píquenle, muchachos! ¡Denles padentro a esos putos!”, “¡Abran jijos de la chingada o entramos echando bala!”, “orita mesmo denles reata, que aprendan a no venadear cristianos”, “pos vamos a verlo, que pa luego es tarde”, “Újole, es el mero mero”). “Lo he trabajado mucho, leyendo libros de la época, el habla mexicana de ahora no es la misma de entonces y he vigilado no poner anacronismos. Las que uso son todas expresiones auténticas”. 

Martín Garret, ebrio de México, tiene algo de un 'Gringo viejo' a la inversa y en español, un gachupín joven, ¿hay un homenaje en la novela a los que transitaron ese terreno de la revolución mexicana, a Carlos Fuentes, al propio Ambrose Bierce, que se unió a Pancho Villa en 1913 y desapareció (por cierto a los 71 años, la edad que va a cumplir, en noviembre, Pérez-Reverte)? “No, como decía, se van filtrando cosas, lecturas, no puedes evitarlo, pero no es deliberado. Volví a leer 'Gringo viejo' y no me ha gustado tanto”. Pancho Villa es un secundario de lujo. “Lo retrato como era, excesivo en todo, está muy documentado, me invento muy poco en general. Las batallas son reales, las cargas con que desangró Villa a su caballería en Celaya contra los obregonistas fueron así”. Ahí recuerda Villa a Napoleón en Waterloo, un Napoleón con toque de degüello. “No era un táctico”, resalta el escritor. Emiliano Zapata sale en la novela, pero poco. “Tenía que elegir, y elegí a Pancho Villa. Zapata es el indio triste, melancólico, Villa es el norte desaforado y bronco, de pasiones y mujeres, el norte es más alegre que el sur de Zapata. Para el tipo de historia me iba más el norte villista, la revolución aparatosa, espectacular”. 

Como siempre en Pérez-Reverte, aparecen en 'Revolución' unos secundarios espléndidos y que conforman el elenco clásico de la aventura: los adversarios, con el “apache cabrón” Sarmiento y el oficial Jacinto (!) Córdova a la cabeza, “oponente, pero uno de los nuestros”; y las mujeres: la abnegada y conmovedora Soldadera, la niña pija Yunuen (con esa obsesión del novelista por los ojos azules), la periodista estadounidense corresponsal de guerra Diana Palmer… ¡Diana Palmer!, ¡es el nombre de la novia de 'El Hombre Enmascarado', el Fantasma de los tebeos! Pérez-Reverte ríe encantado. “Sí, es un guiño personal, fue mi primer amor, mi primer cosquilleo sexual romántico; hoy solo unos pocos nos acordamos de ella, como de Roberto Alcázar y Pedrín, El guerrero del antifaz, Flash Gordon o Pumby”. Pérez-Reverte, en la setentena, observa con pesimista realismo digno de sus personajes (”cuando esto acabe van a sobrar sombreros”) el paso del tiempo, y más estos días tristes. “Vamos cayendo, estamos en primera línea de fuego, y cada vez hay más huecos en las filas”. Es fácil colegir que piensa en Javier Marías. “Lo hemos despedido muy bien, con un acto muy emocionante, con mucha gente”. Marías era más de Sigrid que de Diana Palmer. “A mí también me gusta mucho Sigrid, que es rubia y tiene algo de Milady, pero Diana Palmer…”. 

Tras los trompetazos de carga, el estrépito revolucionario, el rasgar de tela de la artillería y los moscardones de las balas, el novelista se despide con un suspiro por el amigo y el recuerdo de los viejos tebeos.