21 octubre 2024

"He dejado de escribir en mayúscula palabras como honor, patria o bandera"


Onda Cero - 21/10/2024

El escritor Arturo Pérez-Reverte presenta en 'Más de uno' su última novela, 'La isla de la Mujer Dormida', la historia de una operación secreta contra la República, con la Guerra Civil de fondo y una mujer, Lena. 'La isla de la Mujer Dormida' es la historia que Arturo Pérez-Reverte lleva toda la vida, desde que era un niño, queriendo escribir. Es la historia de una operación secreta contra la República, con la Guerra Civil de fondo y una mujer, Lena. Es una novela de corsarios en el archipiélago de las Cícladas, en el mar Egeo.

Estamos en 1937, a 1.200 millas de las costas españolas y donde la Armada franquista organiza un operativo secreto para hundir los mercantes republicanos y soviéticos que llegan del mar Negro. Para ello, reclutan al marino mercante Miguel Jordán Kyriazis convertido en corsario y que mantendrá una extraña relación con los dueños de Gynaíka Koimisméni, La isla de la mujer dormida, el barón Pantelis Katelios y Lena, su esposa.

Aventura, mar, guerra civil de fondo, amor, sexo como venganza intelectual y espías en Estambul. Todos estos elementos se encuentran en 'La isla de la Mujer Dormida', donde además del argumento principal surgen "novelas laterales" ante las cuales "hay que mantener la disciplina para no caer en la trampa porque si no, se te enreda", confiesa Arturo Pérez-Reverte en 'Más de uno'.

Las mujeres en las novelas de Reverte son, casi siempre, mujeres potentes que luchan bajo un cielo sin dioses, con sus propias fuerzas contra los hombres o contra el mundo. Por el contrario, Lena, la mujer protagonista de su última novela, es "una mujer derrotada". A su autor le interesaba conocer cómo una mujer derrotada vuelve su venganza, el sexo como venganza intelectual, "contra el hombre que le llevó a esa situación".

Hace unos meses se publicó 'Cartas a una reina', un libro colectivo que reúne textos de numerosos autores de distintos ámbitos dirigidos a la princesa Leonor. Recordando este libro orquestado por Arturo Pérez-Reverte, hemos seleccionados a algunos amigos del escritor para que le dediquen un breve mensaje de cariño y afecto. Raúl del Pozo, Manuel Jabois, Karina Sainz Borgo, Santiago Muñoz Machado, Marta Flich o Edu Galán son algunos de los amigos que han querido mandarle unas breves palabras agradeciéndole su labor como escritor. 

En las cartas para Leonor, por su parte, contó con los textos de gente tan diversa ideológicamente como Rufián y Monedero, también. Esta variedad la defiende Reverte como una virtud y critica que la "moda" ahora pase por "no ver ninguna virtud en el bando enemigo ni ningún defecto en el bando propio", sostiene el escritor, que es capaz de reconocer en quien piensa completamente distinto, la agudeza, la capacidad argumentativa o la persuasiva. Últimamente, no sólo en España, sino en todo el mundo, "están trazando líneas del bien y el mal, el blanco y el negro [...] Y con la edad, cada vez estoy más convencido de que el mundo es una gama de grises", dice Reverte asegurando que en esa ambigüedad, es "donde está lo interesante". Para el escritor, su mayor orgullo en la vida es haber llegado a su edad con "una mochila de amigos tan variados y diversos". En definitiva, "el mejor balance que uno puede tener en la vida" es la sensación de que algo bueno has tenido que hacer para estar tan bien rodeado, pero insiste en que él no venía a esto en esta entrevista. 

El escritor asegura que, con los años, tiene menos certezas y más zonas grises, algo que le hace muy feliz. Esto llega hasta el punto de reconsiderar posiciones que hasta ahora creía que en sí mismo eran muy firmes. "Hay palabras que he escrito con mayúscula casi toda mi vida y que en los últimos quince o diez años, escribo con minúscula", dice Reverte sobre las palabras honor, patria, bandera o religión. Por el contrario, las que ahora escribe con mayúscula son "las que nunca fallan; dignidad, honor, lealtad".

Sobre la verdad, el escritor asegura que es "muy relativa" y, por tanto, "se escribe siempre con minúscula". Así, el hecho de llegar a los 63 años con muy pocas palabras con mayúscula aporta "un distanciamiento muy interesante" del mundo y se ve de otra manera cuando la fe ya no te agita. "Ver que tu vida es cada vez es más ambigua en el sentido positivo, que cada vez tienes menos certezas, es formidable. Pensaba que la edad te daba seguridades y, al contrario, esas incertidumbres son maravillosas; y con esas escribo novelas", sentencia Pérez-Reverte.

https://www.ondacero.es/programas/mas-de-uno/audios-podcast/entrevistas/arturo-perezreverte-presenta-nueva-novela-isla-mujer-dormida_20241021671619cbe2e54f00018791b8.html

20 octubre 2024

Una historia de piratas con la Guerra Civil al fondo

Santos Sanz Villanueva - El Cultural (El Español) - 20/10/2024

Con mayor o menor peso en el argumento, la aventura está presente en toda la obra de Arturo Pérez-Reverte (Cartagena, 1951). Ya se halla en el fondo de su estupenda opera prima, 'El húsar', por supuesto que impregna la serie de Alatriste y hasta marca la reflexiva 'Hombres buenos'. Pero solo ahora alcanza esa afición innata la importancia de motivo casi autónomo. Ocurre en 'La isla de la Mujer Dormida', que bien podría definirse como una novela de piratas.

Pérez-Reverte cuenta una historia de acción imaginaria, aunque con alguna base real, muy clara. Tiene un emplazamiento preciso. Se sitúa en 1937, en plena Guerra Civil, si bien la contienda solo funciona como contexto histórico y no da lugar al debate ideológico. Y se localiza en una isla minúscula del mar Egeo, de nombre también imaginario pero igualmente con soporte cierto. En tal marco espacio-temporal, los franquistas preparan una operación naval clandestina para atacar y hundir con una lancha torpedera los barcos mercantes republicanos o rusos que, procedentes de la Unión Soviética y desde puertos del mar Negro, llevan material militar a la República. Al frente del dispositivo secreto se halla un marino mercante incorporado como teniente en el ejército sublevado, Miguel Jordán. La isla que cobija la acción militar pertenece a un matrimonio, un rico aristócrata en decadencia, el barón Katelios, y su mujer, la hermosa y seductora Lena. Pronto se intuye que habrá un fuerte conflicto entre ese triángulo sentimental. La trama anecdótica recoge un puñado de acciones bélicas peligrosas y se amplía con un relato de espías, un agente franquista y otro soviético, que aporta los esperables ingredientes del género: engaños, traiciones, venalidad… 

Si la acción corsaria vertebra la novela, y tiene importancia intrínseca, a la vez ésta se apresta a la exploración psicológica. En todo momento Pérez-Reverte atiende con cuidado la caracterización de los personajes. Presenta con atención y detalles personales al grupo colectivo de mercenarios y a los dos espías. Pero sus grandes dotes de observador de almas las reserva para el trío sentimental. Se trata de tipos muy distintos, cuyas abultadas diferencias sirven para recrear seres individualizados de llamativa diversidad. Un barón de espíritu nietzscheano que atestigua un fin de época. Un oficial poco imaginativo, calmado y fiable que se abisma en una pasión destructiva. Y una mujer insumisa resuelta a conquistar un futuro satisfactorio. Lena pertenece a la estirpe de mujeres fuertes distintivas de la obra de Pérez-Reverte desde hace un tiempo. Aquí el autor consigue una admirable invención de una mente lúcida y atormentada en la que conviven dureza, independencia, valentía y arrojo con lacerantes sentimientos de temor, soledad y fracaso. Con el conmovedor retrato de Lena tenemos una figura literaria de primera categoría, a la altura de las grandes heroínas del siglo XIX.

'La isla de la Mujer Dormida' avanza entre pasajes de acción y remansos reflexivos. Las parcas descripciones se atienen a una impresionista notación de colores y olores. Creativas imágenes paisajistas croman el relato. Nunca afloja el suspense. Arturo Pérez-Reverte maneja con sabiduría técnica e intuición artística estos clásicos recursos narrativos para ofrecer una mirada penetrante y exenta de todo moralismo sobre la compleja condición humana. 

https://www.elespanol.com/el-cultural/letras/20241020/isla-mujer-dormida-perez-reverte-historia-piratas-guerra-civil-fondo/894160886_0.html

«La democracia y las libertades están siendo destruidas, y no solo en España»


Entrevista de Mario de las Heras - El Debate - 20/10/2024

Caminando por los curvos, anchos y alfombrados pasillos del Hotel Palace de Madrid uno se siente como Michael Corleone cuando va a Las Vegas al gran hotel de Mo Green donde trabaja su hermano Fredo. Pero al abrirse la amplia habitación allí no hay ninguna fiesta preparada. No están las chicas, ni los músicos, ni tampoco Johnny Fontane. Al cruzar el umbral, a través del pasillo, al fondo, un solitario y siluetado por la luz del atardecer Arturo Pérez-Reverte observa, semi apoyado en el alféizar, quizá a Neptuno, el dios de su mar, o quizá más allá, por donde la Real Academia se yergue en el barrio de los Jerónimos. Enseguida sale de su ensimismamiento y acude a saludar amable.

Uno esperaba que iba a encontrarse con una montaña, pero es un hombre. Ortega dijo que «todo el que ha conocido algún gran hombre se ha sorprendido de hallar que su alma poseía un halo de puerilidad». Esto, si es así, lo podremos comprobar más tarde, pero lo que sí se pudo confirmar al instante fue la impronta de la humanidad con la que todo es más fácil.

—Tengo la sensación de que ha disfrutado escribiendo este libro.

—Así es. Bueno, ahí hay dos partes. La parte de escritura, la parte mecánica. El trabajo de ocho horas, que es la parte más desagradable de mi trabajo, pero que tiene una fase previa que la justifica. Preparar la novela, viajar, leerla, olerla, vivirla, comerla o escucharla es muy agradable. El periodo previo, los seis meses de preparación de la novela y los sitios, los lugares de lectura. La documentación es maravillosa. Es como enamorarte de una historia y desde la cabeza la vives, la disfrutas. Realmente es lo que justifica dedicar mi vida a esto.

—¿No disfruta escribiendo?

—Lo detesto. Es un acto mecánico, rutinario, donde hay que corregir, revisar o mirar atrás. Es la parte más desagradable, pero lo que resulta luego es maravilloso. Pero yo soy un escritor feliz. Hay que serlo, si no es así te has equivocado. Yo disfruto mucho con mi trabajo.

—¿Ni siquiera disfruta cuando ya sabe que lo tiene todo y solo falta la labor final, como cuando el peluquero da tijeretazos sueltos por un lado y por otro, casi como un artista que finiquita satisfecho su obra?

—Esa todavía es una fase peor. Mientras la novela no está todavía escrita, cuando estás todavía desarrollándola, te da sorpresas. Yo planifico cuidadosamente una novela, pero es verdad que en la escritura surgen ramas laterales, hallazgos, sorpresas, y entonces disfruto con eso, con la estrategia. Pero quitarle y ponerle el aceite... eso es muy desagradable, muy desagradable.

—Siempre me ha parecido que los escritores que provocan ganas de fumar, de beber o de comer mientras estás leyendo sus novelas son buenos escritores. ¿En su caso es como por ejemplo Hemingway, que le gustaba mucho comer y beber y lo expresaba en sus libros?

—No, una novela para mí es un artefacto narrativo, con una forma lo más eficaz posible. Se unifica una estrategia y se implican una serie de factores que hace que sea eficaz. Hay una cosa fundamental, y es que yo no quiero un lector espectador. Quiero que el lector entre la historia y se moje con la humedad. Trato de pasar la metralla, que sienta la piel de la mujer mojada al abrazarla, que sienta el frío y la incertidumbre de un amanecer en el mar, que sienta la soledad de la derrota, de la victoria. Esto se consigue con un montón de trampas, de trucos, de enganches. El cigarrillo, la música, el sabor de una cosa, la luz, eso ayuda. Para mí una novela es como tender una emboscada a un enemigo. Intento rodearlo de trampas para que él se deje atrapar y venga y me acompañe desde dentro en el punto que yo me ofrezco.

—No he percibido que haya buenos y malos en su historia.

—Hay una cosa que para mí es importante, que es la línea. El mundo actual exige demasiado a menudo una línea que separa el bien y el mal. Hay una exigencia continua de que la gente se defina. Se traza una línea, y eso es muy peligroso, porque cuando crees en ese lado de la línea y tienes fe, esa fe lleva a menudo al fanatismo, y el fanatismo lleva a la inquisición y al exterminio y luego al genocidio o a lo que lleve. El no aceptar una virtud en el adversario, ni una, ni un defecto en el bando propio, no es solo muy español, sino muy universal.

—La novela no traza ninguna línea, más bien todo lo contrario.

—Es como mi propia vida. Yo no pienso en lugares en blanco y negro, rojo, azul, sino en gamas de grises. El ser humano es un ser humano muy vivo. O sea, usted puede ser un padre.... ¿Tiene hijos?

—Sí.

—Pues puede ser un padre de familia maravilloso y al mismo tiempo traficante de cocaína o cliente de prostíbulos. Y eso no quita que usted sea capaz de sacrificarse por un perro, por un amigo, de tirarse a un barranco, por lo que sea. Es humano, es muy complejo. Yo he visto gente buena y mala. Y a menudo eran buenos y malos al mismo tiempo. Es el saludable escepticismo respecto a la grandes diálogos de la humanidad. Y no lo digo por indecisión, sino por conocimiento. Es más, cuando era joven tenía más certezas que ahora. Y me encanta. Estoy orgulloso de ser un hombre con incertidumbres. En mi novela todo se mueve en ese terreno. Es ahí donde estoy a gusto.

—Precisamente quería preguntarle en este sentido: la relativización de la importancia de la izquierda y la derecha se ve en toda la obra, pero quizá de forma más concreta en la relación de los dos espías, el franquista y el republicano, dos amigos. En su cuenta de X dice usted que no tiene ideología, que tiene biblioteca.

—Eso es una "boutade".

—Pero esos hombres tampoco tienen ideología, y en lugar de biblioteca tienen intereses.

—Y complicidad. Pero saben que aquello es un desastre, que no van a llevarse bien.

—Y ahí está esa relativización de los extremos. Ahora vivimos en un mundo de confrontaciones absolutas.

—Es verdad. Y eso es lo que deploro en el mundo actual. Ahora te dicen: «Manifiéstate». Y yo digo: «Pero es que depende». Un día me dicen que estoy con el capitalismo, otro con la revolución proletaria... pues porque ese día lo acepto, una u otra. Yo tengo ya una edad y voy cambiando. Y el corazón cambia y la cabeza cambia. Los intereses cambian. Me piden que me defina, pero ¡si ya me estoy definiendo! Estoy diciendo que eso es indefinible.

—¿La diferencia es la inteligencia?

—Exacto, el problema no son los malos, son los tontos. Si tú eres un hijoputa, así te guste el dinero, las mujeres, la comida o los chistes, podemos entendernos. Es más, incluso puedo aprender de ti, porque del humor se aprende mucho, pero si eres tonto no hay nada que aprender.

—Usted suele mencionar la nostalgia, pero siempre admite que la tiene superada. Hace poco habló de la ruina de Europa, y de cómo ha hecho del turismo y la inmigración un problema.

—Esos mangantes de Bruselas, en vez de estar legislando para cultura, educación, progreso, futuro, ideas, mantener Europa como el foco que ha sido durante tres mil años de cultura y de referencia de democracia y libertad en muchas cosas y derechos humanos, ahora están eligiendo si el tapón de la botella debe ser tal o si la etiqueta ha de ser azul o verde. Pero claro, cuando ves quiénes son, qué puedes esperar de esa gente.

—Por esto que dice, el hecho de que su novela transcurra en una isla, y también la anterior, ¿puede ser el reflejo de una huida de ficción del continente (europeo) y de su contenido?

—No, es casual. No hay una búsqueda de la pureza. Una novela es un problema narrativo que hay que resolver con eficacia. Yo busco elementos. Cuento una historia de piratas moderna porque la tengo en la cabeza desde niño y ahora veo que es el momento y que la isla es el entorno adecuado. Quiero hacer una novela sobre islas, o sea, del Egeo. Y aquí digamos que los elementos narrativos más eficaces, en este caso la isla, son esos.

—«En España los problemas y los errores se disimulan en el caos de taifas, rencores y acusaciones mutuas...». Esto lo ubica en 1937, pero uno piensa en el presente y es perfectamente actual. Puede que incluso se haya superado.

—El mundo es diferente. Ahora no hay comunismos, fascismos, socialismos o anarquismos. Ni siquiera la incultura, ni la injusticia social. Son distintas. Pero es verdad que se dan los síntomas de descomposición, de cainismo, de destrucción, de demolición de las instituciones, de demolición de unos mecanismos de convivencia. La democracia y las libertades están siendo destruidas, no solo en España, en general. Hay un cierto paralelismo de aquella realidad con la actual, pero no es tan dramática, ni tan oscura, ni tan sangrienta como fue aquí.

—Me ha gustado mucho ese párrafo en que el telegrafista le dice a Jordán que es mucho más interesante mirarle a los ojos que miran al barco en llamas que mirar al barco en llamas.

—Sí, es que ahora la gente se mira poco a los ojos. Hay una novela mía que se llama 'Revolución'. En ella hay un diálogo entre una mujer y un hombre. Y él dice que no hace falta preguntar, porque ya lleva esa historia en los ojos. «Por suerte ya nadie mira a los ojos», termina diciendo. Y es verdad. Yo aprendí a mirar a los ojos. Yo la vida que llevé, cuando te quieren matar, te quieren violar, te quieren robar, o incluso cuando alguien te ama o te quiere ayudar, se le nota en los ojos. Por la vida que yo llevé en lugares violentos o conflictivos aprendí que los ojos no son infalibles, pero ayudan. Por eso en mis novelas, todas ellas, los ojos, la mirada, la expresión, el parpadeo, definen cosas precisas.

—¿Sigue siendo un desafío escribir?

—Siempre. Uno puede saber mucho, pero nunca sabe todo. Siempre hay alguno que sabe más que tú de todo. Y entonces ve en la página tal que el torpedo ese se inventó en el año 38 y no en el 37. Me ha pasado. Es un ejercicio de humildad. Hay que buscar a aquellos que saben, muertos o vivos. Aún llamo a Conrad, a Balzac, a Stevenson, a Agatha Christie... Sigues aprendiendo. Pero yo ahora sé más que sabía hace año y medio, sé más de la lengua griega, de la comida griega, de los torpedos, de las mujeres, sé más de todo eso. Tiene sentido seguir aprendiendo. Estoy orgulloso de la incertidumbre. No de todo lo que sé, sino de lo que dudo.

—¿Piensa, como el barón Katelios, que cualquier biblioteca se puede reconstruir con «un Homero, un Plutarco, una Biblia, la 'Historia de la Revolución Francesa' de Michelet y un 'Quijote'»?

—Sí. Yo vivo con la certidumbre de que mi biblioteca puede desaparecer. ¿Y qué haría? Sería maravilloso empezar otra vez, como cuando tenía ocho años. ¿Se imagina otra vez poder empezar a comprar los libros que amaste? Sería un golpe duro, lo reconozco. Pero la vida me dio esa especie de estoicismo tranquilo, aunque sea muy activo. Pero yo soy muy tranquilo por dentro, sereno. A pesar de mi pesimismo profesional, fruto de una vida, mantengo una especie de optimismo intelectual.

—¿De dónde salió el título 'La isla de la Mujer Dormida'?

—Iba a llamarse 'Lobos grises', pero cuando vi que la mujer iba a tener más peso, mientras escribía, decidí que era justo que se llevara el título.

—Las feministas radicales ya no le llamarán machista.

—Me da igual. Las feministas radicales que lean mi novela se darán cuenta de que la protagonista es un personaje potente, fuerte... Pero bueno, no tienen tiempo para novelas, y después, bueno, pues las acompaño en el sentimiento.

—¿Después de 'La isla de la Mujer Dormida' se irá a otra isla?

—Una novela resiste hasta que está escrita. Hay novelas que las dejé a la mitad y luego las retomé, Otras murieron. No lo sé. Tengo una novela en la cabeza. Pero no sé donde irá. No sé si el resultado será el que yo quiero. Tampoco sé lo que me queda a la edad que tengo. Lo que sí espero es que el día en que empiece a flaquear, la gente que me quiere me lo diga y pueda entonces parar. Uno solo no se da cuenta de cuándo debe hacerlo.

https://www.eldebate.com/cultura/20241020/perezreverte-democracia-libertades-estan-siendo-destruidas-no-solo-espana_237366.html

19 octubre 2024

“Perdemos a inocência que nos permitia sair à rua com vontade de mudar o mundo”

Entrevista de António Moura dos Santos - Sapo 24 - 19/08/2024

Em 'Revolução', o afamado escritor espanhol Arturo Pérez-Reverte coloca o seu protagonista no México do início do século XX, no centro dos eventos que dão o nome a este romance. Pretexto então para uma conversa sobre a guerra, a condição humana e sobre as revoluções: porque falham, mas também porque é necessário continuar a fazê-las.

Num dia quente de maio em 1911, o engenheiro de minas Martín Garret vê-se de súbito no epicentro de uma luta que não é a sua, num país que o considera um gringo. Afinal de contas, é espanhol e só se encontra em Ciudad Juárez em trabalho, mas o rebuliço da Revolução Mexicana tem outros planos para si.

Em 'Revolução', Arturo Pérez-Reverte —instituição das letras espanholas, um dos mais conhecidos e acarinhados romancistas do outro lado da fronteira por esse mundo— volta ao romance histórico e, assim, a um dos seus cenários preferidos: o de colocar um certo tipo de heroi perante as engrenagens da história, combatendo adversidades que fizeram tantos tombar e que eternizaram aqueles poucos que as ultrapassaram.

Assim, o romancista de 72 anos mergulha no passado para falar no presente, como assume em entrevista ao 'Sapo 24' num hotel no centro de Lisboa. No decurso de uma extensa conversa, Pérez-Reverte defende que as revoluções estão sempre fadadas a falhar, porque “no fim são os homens, as mulheres, que as levam a cabo, e esse é o problema, na medida em que é o ser humano que estropia aquilo que ele próprio organiza”, transformando-as em “ditaduras e miséria”. “É assim a história da humanidade”, lamenta.

Apesar da beleza da Revolução do 25 de Abril, que recorda em mais do que uma ocasião ao longo da entrevista, o romancista aponta que o problema às vezes é que aqueles que fazem as revoluções são postergados pelos que querem recolher os frutos desse acontecimento. No entanto, Pérez-Reverte defende também que, mesmo que as revoluções falhem, o ser humano tem de continuar a tentar. “Não importa se falharmos mais tarde; o facto de os seres humanos sonharem em mudar o mundo, sonharem em pendurar o tirano no candeeiro da rua, cria momentos muito bonitos na história da humanidade e é necessário”, advoga.

—Uma das marcas dos seus romances de aventura é a presença de um protagonista no cenário de um grande episódio histórico. Porque gosta tanto de atirar as suas personagens para as engrenagens da história?

—Primeiro, porque é divertido. Um romance nos dias de hoje seria todo à base de telemóveis, de "hackers", de bens eletrónicos, de carros, etc... Mas se formos ao passado, há possibilidades narrativas muito mais interessantes. Por isso, prefiro mover-me nesses territórios. E depois há o facto de os meus romances serem falsamente históricos, os que são históricos. O que faço é falar do presente, mas uso o passado para compreendê-lo melhor. É assim que penso, que sem história é impossível compreender o presente. O problema grave que temos hoje, no Ocidente, na Europa, em Espanha, em Portugal, é que temos um presente conflituoso, mas falta-nos ter connosco um passado que nos permita compreendê-lo. Portanto, as pessoas estão perplexas porque não sabem. "Como é que isto é possível?". E, se lermos história, vemos que tudo já aconteceu, que há ciclos históricos que se repetem, há constantes históricas que nos permitem compreender, até impedir que coisas que vemos nelas se repitam. Mas como não temos essa formação intelectual ou cultural, estamos indefesos perante um mundo caótico e complexo. Quando falo da revolução no México, não é nela que estou a falar em concreto, é de como a revolução é traída, de como as pessoas que a fazem são postas de lado. Deixa-me dar-te um exemplo de Portugal: o herói português da Revolução de 25 de Abril foi o capitão Salgueiro Maia, que quando a fez disseram-lhe: "Pronto, agora adeus, vais-te embora e é a nossa vez, a dos políticos". Bem, esse é um caso clássico, ou seja, das pessoas que não arriscaram, que ficaram nas bancas a dizer: “Vai, vai, Salgueiro, vai, vai, vai, vai”.

—Um pouco como Pancho Villa é descrito aqui também.

—Sim, e o Salgueiro era um homem desses, tinha "cojones", ou, como vocês dizem, "tomates". Era um homem bom e honesto e por aí fora, mas depois foi posto de parte porque já não tinha interesse. Portanto, isso é uma constante, aconteceu no México, aconteceu na Revolução, em todas elas, por isso é que eu quis usar isso como argumento para este romance. As revoluções são sempre traídas.

—Esta ideia do comum mortal perante um grande evento histórico não é também uma forma avaliar como é que nós, pessoas, reagimos à adversidade, aos grandes momentos?

—Exatamente. Passei 21 anos como repórter a ir para países devastados pela guerra. Não gostava da guerra. Ninguém pode gostar do horror, da dor, fica connosco [aponta para a cabeça], não é? Mas na guerra há algo muito interessante, muito nutritivo do ponto de vista intelectual, que é observar o comportamento das pessoas nesse cenário. Aqui, onde estamos sentados, não é a mesma coisa; vivemos num mundo civilizado, rodeados de conforto e de boas maneiras, telemóveis, de expressões como “por favor, passe primeiro, minha senhora”, etc. Na guerra, não, tudo isso vai para o inferno. É aí que temos o ser humano na sua essência: comer, dormir, aquecer-se, fazer sexo. Ou seja, o ser humano na guerra mostra-se como realmente é. Portanto, para quem assiste é um espetáculo muito interessante. Aprendi muito na guerra, não exatamente por causa dela, mas pela forma como as pessoas se comportam. Portanto, o que me fascinou foi isso, eu passei essa minha aprendizagem, essa minha formação, ao Martín Garret. Por outras palavras, o que me aconteceu a mim acontece a ele. Ele descobre que a revolução, a guerra e a violência são uma escola muito importante de lucidez e maturidade.

—Relativamente a esse tema, já referiu antes em relação a 'Revolução' que o protagonista Martin Garret não é uma transposição sua para a página, mas que o rumo de vida dele tem alguns paralelos com o seu. Em que sentido?

—É um erro procurar o autor por detrás dos romances porque se trata de literatura. Primeiro, eu escrevo romances com o que li, o que vivi e o que imagino. Portanto, o que eu vivi está lá, obviamente, não é? Quando falo de violência, de tortura, de matar, ou de como é que se dá um combate, não me falaram disso, não vi isso no cinema, vivi-o. O que acontece é que eu transformo-o em literatura. Já não é meu, já faz parte da história narrativa que estou a contar. Portanto, uso a realidade, a minha biografia, mas modificada narrativamente.

—Logo no início do livro, faz uma referência ao 'Flecha de Ouro', de Joseph Conrad, e já disse antes que este é um romance de iniciação.

—Sim, é um "Bildungsroman".

—Eu creio já ter lido uma declaração sua que é parecida com uma reflexão de Martin no livro, quando escreve "aqueles olhos, chegou a pensar ao vê-los no espelho, teriam necessitado de dez ou vinte anos de uma vida, ou talvez de uma vida inteira, para perceber o que tinham visto em menos de quarenta e oito horas”. Há esta ideia de que, estando colocado perante um cenário daqueles, uma guerra ou uma revolução, é uma espécie de abre-olhos para as facetas da vida que nos são ocultas.

—Claro, é espreitar para um lado da vida que não vemos aqui, neste hotel. É conhecer melhor o ser humano e conhecermo-nos melhor nessa situação, na guerra. Mas é viver a guerra, não é encará-la do ponto de vista político, onde é tudo claro —“República espanhola boa, Franco mau” ou “Israel mau, Palestina boa”— isso é óbvio, não é? Mas quando nos aproximamos do indivíduo, das trincheiras, então as linhas tornam-se cinzentas, esbatidas. O bem e o mal são relativos, porque há fatores como o medo, a vingança, o ressentimento, a lealdade, que não têm nada a ver com ideologias, apenas com o ser humano. À medida que nos aproximamos do plano curto, digamos, a ideologia desaparece e o ser humano permanece. Portanto, mesmo com o malvado, aprendemos coisas muito interessantes. Eu estive em Angola em 1978 com a guerrilha da UNITA. Estava no mato e havia uma pequena aldeia com um hotel e uma garagem. Era um hotel sofrível, mas tinha eletricidade e cerveja gelada! No espaço ao lado, estava um mercenário português chamado Fernando que tinha estado a combater e tinha ficado lá com a UNITA. Era um tipo gordo e careca, muito simpático, muito engraçado, mas que estava a torturar um preto, um negro, um prisioneiro. Estava eu a beber cerveja e ouvia “tal e tal, ahhhhh”, ao lado. Passado um bocado apareceu o Fernando todo suado, de t-shirt, a pedir uma cerveja. Paguei-lhe duas e ele começou a dizer-me porque é que torturava, como é que as pessoas inteligentes se comportam na tortura, como é mais fácil torturar uma pessoa inteligente do que uma pessoa estúpida, como é que se tem de fazer para ela não morrer. Portanto, em meia hora de conversa, a beber cerveja com o Fernando, aprendi mais sobre o ser humano do que num livro. Quer dizer, são coisas... o Fernando parecia um tipo porreiro, charmoso, com piada, mas tinha estado a torturar! O ser humano é muito complexo, não é bom nem mau. Outro exemplo. Na Eritreia, em 1977, entrei na cidade de Teseney com os guerrilheiros eritreus contra os etíopes. De manhã, os rapazes lutaram, morreram, bateram-se e eu estava a ver, estava a tirar fotografias, estão na Internet, pareciam uns rapazes admiráveis; à tarde, depois de ganharem, violaram mulheres e mataram prisioneiros. Os mesmos rapazes. Portanto, é claro que as pessoas que são capazes do melhor são capazes do pior. A guerra ensina-nos isso, apaga as fronteiras e faz-nos ver o ser humano na sua rica complexidade. Foi essa a aprendizagem que tive e que emprestei a Martin Garret.

—E esse é um dos grandes desafios do jornalismo, não é? Se só representarmos esses guerrilheiros pela parte da manhã, damos uma perspetiva completamente diferente da que surge se só os mostrarmos da parte da tarde. Criamos para o público duas visões completamente distintas da mesma pessoa.

—Exatamente. E hoje em dia, o problema na Europa, em Espanha e em Portugal também, é que as pessoas exigem denominações específicas. Eu digo: “Eu sou de esquerda, mas acho mal que, não sei, que uma mulher seja agredida, que uma mulher seja violada num bairro marginalizado com imigração descontrolada”. Vão dizer: “Ah, mas então és fascista”. O que é que vou fazer? Respondo: “Depende, há dias em que sou, depende do pé que me pisem!”. Esta exigência de nos situarmos —“vamos lá ver, defina-se”— tem um problema: é que a vida é muito complexa. Há coisas em que me sinto de esquerda, outras em que me sinto de direita, ou não sinto nada. O mal, como já disse, traz conhecimento. Quer dizer, imagina que se sentava aqui o Hitler: entrevistava-lo ou não? Vais dizer que não, o que é um erro, porque depois até podemos matá-lo, enforcá-lo, mas primeiro devemos ouvi-lo. Seria muito interessante perguntar “porque é que matou aqueles milhões de judeus?” ou “como é que conseguiu o poder?”. Por outras palavras, deixarmos que o malvado nos mostre a sua mente, isso ajuda-nos a defendermo-no, a prevenirmo-nos, a lutarmos. A ignorância não ajuda a lutar, o que ajuda é o conhecimento do inimigo. Depois da entrevista, tu e eu damos uma tareia no Hitler, damos-lhe um pontapé no cu, metemo-lo na prisão, penduramo-lo a um poste de luz. Mas primeiro ouvimo-lo. O problema é que agora, no mundo de hoje, quando o Hitler aparece, a reação é “não, não, não o deixem falar!”. Esse é o erro. É um erro que se comete muito e que é cometido com boa vontade, com boas intenções. Mas é um erro porque nos está a privar de conhecimento e, sem ele, o inimigo usa a nossa ignorância para nos lixar. Eu falei no Hitler mas podia ser o Salazar. 

—Bem, ainda assim, vai alguma distância entre os dois.

—Claro, estava a falar no caso de Portugal. Podia também ser Franco. Eu oponho-me a Salazar, mas seria muito interessante falar com ele. Ou com o chefe da PIDE! Silenciar é perigoso. Eu insisto, silenciar ajuda aquele que é silenciado.

—Dois dias depois de se ter envolvido na Revolução Mexicana, Martin percebe que passou um ponto de não retorno, que a sua vida nunca será a mesma nem nunca mais verá o mundo com os mesmos olhos. No entanto, ele não teme isso, sente-se inebriado pelos acontecimentos. Que sensação é esta?

—Quando via coisas assim, era uma espécie de turbulência de sensações e ideias, mas eu tinha uma vantagem. Passo a explicar: se eu não tivesse lido muito antes, durante e depois, a guerra ter-me-ia traumatizado psicologicamente, perturbado, provocado stress pós-traumático, tornado-me cínico ou vingativo ou antissocial ou o que quer que fosse. O facto de ter lido muito permitiu-me projetar o que via nos livros que li, deu-me explicações. Via-me a caminhar pela selva, pelo deserto e pensava nos 10 mil de Xenofonte na Anábase. Via uma mulher a despedir-se do marido e pensava em Andrómaca e Heitor. Já tinha lido tudo isso antes. Portanto, estava a identificar-me, o que me permitiu compreender. E quando se compreende, dói menos. Ou seja, o problema é quando não se compreende, quando se está desnorteado, embriagado de horror e de dor. Por isso, graças aos livros, consegui digerir e ser um tipo normal, não andar por aí a matar pessoas, a empurrá-las ou a cuspir nelas. O ser humano é um filho da mãe, um grande filho da mãe. Os seres humanos são muito maus, mas também são muito bons. Por isso, a guerra permite-nos ver as duas coisas — amamos os homens o suficiente sem nos deixarmos cegar por eles e desprezamo-los o suficiente para não os odiarmos. É a isso que os livros levam.

—Os livros ajudam a compreender que tudo isto é parte da experiência universal da humanidade, a vida e a morte.

—É sempre a mesma coisa. As circunstâncias específicas, o tempo e o lugar histórico mudam, mas o facto geral continua a repetir-se na história. O Titanic repete-se continuamente. Dou-te um exemplo de como estamos a bordo do Titanic. Isto [aponta para um telemóvel], o carro elétrico, tudo depende da luz. O nosso mundo baseia-se neste funcionamento. Mas quando há um terramoto, uma guerra ou outra desgraça qualquer, a luz vai à vida, deixa de haver. Então, sem ela, os hospitais não funcionam, os carros [elétricos] não funcionam, nada funciona. Vai-se para o aeroporto e acontece que o telefone está sem bateria e não se pode entrar no avião. Depois, tudo fica parado. Ou seja, vivemos no Titanic e desviamo-nos de icebergs a toda a hora, mas o que se passa é que não nos apercebemos de que há sempre mais um iceberg. A humanidade, especialmente no Ocidente, esqueceu-se de que cada Titanic tem o seu iceberg à espera. Isso torna-nos muito vulneráveis. Para alguém com a minha história de vida, com a minha memória, eu olho para isto e digo “não se apercebem que estamos sempre em perigo?” Portanto, este tipo de, digamos, suicídio técnico voluntário e complacente do Ocidente parece-me espantosamente estúpido. Por isso, o meu ensinamento é que uso este telefone [mostra um telemóvel com teclado de botões], não dependo de um smartphone, tenho um carro a gasolina, tenho o meu aquecimento em casa a carbono. Ou seja, estou preparado, digamos assim, porque a vida que levei ensinou-me que todo o progresso técnico tem o seu acidente técnico.

—Já que é um amante da literatura grega, pode dizer-se que esse "suicídio técnico" de que fala é uma forma de húbris?

—Exato. Quero dizer, atingimos um grau de arrogância ao pensar que temos o mundo aos nossos pés, todo aqui [aponta de novo para um smartphone]. Mas olha, outra coisa interessante. Há 100 anos, os teus avós, os meus avós, tinham justificação para não saber mais. Era difícil saber. Se não tivesses privilégios, se não fosses à escola, se tivesses de estar a trabalhar no campo, não podias saber mais, não percebias o mundo. Portanto, só os privilegiados é que podiam ter acesso ao conhecimento. Agora com isto, tens 3.000 anos de cultura e de história, tens tudo aqui, mas nós usamo-los para jogar, para tirar selfies, para as redes sociais, para isto e aquilo. Não há justificação para isso. Quem é analfabeto agora é porque quer, é voluntário. Quem agora ignora 3.000 anos de cultura, economia, sociedade e filosofia é porque quer. Já não há vítimas inocentes, somos todos culpados. E o que é que acontece? O próximo passo é muito perigoso, porque chegas ao seguinte pensamento: será que devemos desprezar a humanidade por isso? Isso pode fazer nós misantropos, que mandamos os outros tomar no cu. É muito perigoso porque pode tirar-nos a compaixão, a caridade, a solidariedade, a humanidade. É uma luta contínua quando se tem 72 anos como eu e uma vida como a minha, é uma luta contínua para nos mantermos agarrados à humanidade apesar de muitas forças nos afastarem dela [risos]. A minha tragédia é continuar a amar estes filhos da puta que estão a devastar Lisboa, este turismo de massas descontrolado em que lhes é indiferente se estão aqui ou no Porto, não falam uma palavra de português, não querem saber, vêm fazer surf e vão-se embora. Continuar a amar a humanidade apesar disso é muito difícil, mas é essa a minha luta, estás a perceber? E os romances ajudam-me. O romance ajuda-me a acalmar, é como uma aspirina: não elimina a causa da dor, mas ajuda-me a suportá-la. Os meus romances são a minha aspirina.

—Já referiu em várias entrevistas que parte da inspiração para este romance veio também da sua história familiar. Como e que tipo de noções é que lhe passaram sobre a revolução mexicana?

—Um dos meus avós era engenheiro de minas e na escola teve um colega que foi para o México e viveu a Revolução. Estando lá, mandava cartas ao meu avô a contar-lhe o que se passava, sobre o Pancho Villa, etc... Então as cartas estão em minha casa, eu li-as e pensei “é uma boa maneira de contar uma história”. Foi aí que tive a ideia. As cartas do amigo do meu avô, mandadas entre 1911 e 1914.

—Esses relatos passaram-lhe uma ideia mais seca e direta da Revolução ou uma coisa mais romanceada?

—Ele foi apenas uma testemunha. Era um homem instruído, era um engenheiro, um técnico que olhava para aquilo e quis contar os factos. Não os analisou, disse “aconteceu isto e aquilo…” Todos os meus romances começam com alguma coisa: uma mulher que passa, uma música, uma conversa, um gosto, um cheiro. Neste caso, foram as cartas.

—Esta não é a primeira vez que retrata o México, já o tinha feito em 'Rainha do Sul'. Entre estas duas histórias dista quase um século. Sente que há alguma ponte de diálogo entre as duas, entre o México que podia ter sido e o México que nos chegou?

—Sim, a crueldade e a ternura. O México é um país muito interessante, muito contraditório. É o país mais interessante da América, mais do que o Brasil, porque tem tudo. Tem dinheiro e pobreza, cultura e ignorância, ternura e violência. Há crueldade, a vida humana não vale nada. Mas, ao mesmo tempo, no norte, há um folclore muito rico, muito interessante, as cantinas, as pessoas, a tequila, as mulheres são lindas e engraçadas e os homens são... bem, quando um mexicano é teu amigo, é um verdadeiro amigo, mas eles também são muito perigosos. Então é um país cheio de possibilidades para um escritor. Gosto muito do México, vendo muito bem lá, conheço-o bem e impregnei-me da sua ambiência, pensei que era um bom cenário para este romance.

—Perguntava-lhe isso também, mais concretamente, porque a ideia que o livro passa é de que a Revolução tinha uma centelha de possibilidade, que não aconteceu ou que foi derrotada, e hoje temos um país muito complexo, como descreveu.

—Também me interessava contar como a revolução é sempre traída. Como estava a dizer, numa revolução há os que vão e a fazem, os que conseguem, mas depois são deixados de fora e chegam os outros. “Vai, vai, sai do meu caminho, agora trato eu disto”, e depois fazem o que quiserem. Olha, eu estive na Nicarágua, em El Salvador e na Roménia. E a Nicarágua passou por uma guerra tão grande... Eu vi miúdos a lutar e a morrer, para que agora o filho da puta do Daniel Ortega tenha uma propriedade chamada Nicarágua. Porque é que todas essas pessoas lutaram e morreram para isso? Como em Cuba com Fidel ou como na Venezuela com Maduro, no final tudo acaba como aconteceu, como a Revolução Russa. Porquê? Porque as boas intenções são uma coisa. Tu lês 'O Manifesto Comunista' de Marx e Engels, e lês e dizes para ti próprio “caramba, eles têm razão, é verdade”, e tens 'O Capital' e pensas “tal e tal processo, a burguesia, é melhor aliar-se a ela, depois destruí-la, tal e tal, “ a ditadura do proletariado e a constituição de um estado, etc…”. Agora, ponham seres humanos a aplicá-lo. O que entra aqui? A ambição, a vaidade, a luxúria do ser humano. Portanto, é claro que as grandes causas acabam sempre por se perverter nas mãos da condição humana, porque nós somos como somos. É por isso que nenhuma revolução triunfa bem, porque no fim são os homens, as mulheres, que a levam a cabo, e esse é o problema, na medida em que é o ser humano que estropia aquilo que ele próprio organiza. É uma espécie de paradoxo, não é? Sim, sim, o ser humano é belo, brilhante e magnífico quando tem a grande ideia de mudar o mundo e depois o mesmo estraga a sua própria ideia e transforma-a em ditaduras e miséria. É assim a história da humanidade.

—A sua tese parece ser que não acredita no resultado das revoluções, mas acredita que têm de acontecer. É essa a sua trágica ironia, de que fazem parte do motor da história?

—Sem dúvida, é claro. Por outras palavras, o que não é possível é conformarmo-nos. Não se pode aceitar que estejamos aqui [no hotel] enquanto há pessoas num bairro marginal a viver com menos de 500 ou 600 euros. Isso não pode acontecer, tem de mudar. Portanto, é normal e é bom que isto aconteça porque é bom que as pessoas tenham medo. É bom que eles, os poderosos com dinheiro, saibam que se forem descuidados vão ter a garganta cortada. É bom, é higiénico, é saudável. Caso contrário, se souberem que se podem safar, não há nada que os impeça. O medo é bom. Quando se perde o medo, estraga-se tudo. Temos de ter medo, porque faz-nos agir melhor. Por isso, não importa se falharmos mais tarde; o facto de os seres humanos sonharem em mudar o mundo, sonharem em pendurar o tirano no candeeiro da rua, cria momentos muito bonitos na história da humanidade e é necessário. Olha para o 25 de Abril, conseguem imaginar como foi esse dia aqui? 

—Ainda não tinha nascido!

—Eu trabalhava como jornalista, estava no Médio Oriente quando o povo veio para aqui, os soldados na rua com os cravos, o povo estava lá. Esse momento de glória foi estragado como tantas coisas são estragadas porque chegaram as pessoas do costume, mas nesse momento bonito.... A humanidade precisa desses momentos bonitos para ter fé, senão seríamos todos sombrios, tristes e derrotados de antemão. É preciso tentar; mesmo que falhemos, temos de tentar.

—A Revolução Mexicana iniciou-se em 1910 e terminou em 1920 (ou 17). Por incrível que pareça, ainda há pessoas vivas desse tempo, ou seja, não é tão distante assim. No entanto, a hipótese de revolução ou de mudança sim. Hoje estamos mais imobilizados que nunca?

—Sim, há uma batalha que a humanidade perdeu. Sabemos agora que não há esperança. No início do século XX, ainda havia esperança de que o mundo mudasse. Até mesmo palavras como comunismo e fascismo ainda não tinham mostrado o seu lado negro. Ainda havia pessoas honestas a pensar “que diabo, comunismo, fascismo, tal e tal…”. Agora, quando dizemos fascismo, isso significa Auschwitz, nazis, etc… Mas nessa altura isso ainda não tinha acontecido. Havia pessoas que acreditavam que estas eram soluções. Havia uma espécie de, digamos, inocência universal, uma esperança de que os “ismos” — o comunismo, o fascismo, o anarquismo, o socialismo, o que quer que fosse, a revolução, a luta — mudariam o mundo. Agora sabemos que não mudaram, sabemos que todos os “ismos” acabam em gulags, em Auschwitz, em cadeias, em prisões e em ditaduras e em canalhas a ganhar dinheiro à custa dos outros. Assim, perdemos, digamos, a inocência que nos permitia sair à rua com vontade de mudar o mundo. Agora, se saímos à rua, é para nos vingarmos dele. Agora, a revolução que será a revolução dos desesperados.

—Não há um projecto?

—Nem existe uma ideologia. Não há futuro. Trata-se de destruir o que é injusto e o que nos está a lixar. Vai ser muito interessante. Eu não vou ver porque estou a chegar ao fim, mas vocês vão ver. Vão ver pessoas a arder e a destruir, não para o bem, mas por vingança. E isso vai ser um processo, vai ser a grande vingança da história, é o que vai ser.

—Está a fazer recordar aquela espécie de maldição chinesa: "Desejo-te tempos muito interessantes".

—Sim, serão muito interessantes. Tudo isto arderá, e não será para fazer aqui uma escola, nem um hospital, nem um colégio. Não, é para destruir e, por vingança, fazer as coisas desaparecer. É esse o futuro. Vai ser muito interessante.

—Desde 2021 que vai escrevendo crónicas chamadas 'História da Europa' no 'XL Semanal'. Antes tinha escrito sobre a História de Espanha. A atualidade e o rumo europeus são algo que o preocupam?

—Tenho quase 73 anos, já não estou preocupado. Tive uma vida óptima, passei por uma excelente etapa da Europa, a melhor. Políticos competentes — comunistas como Berlinguer em Itália, à direita como De Gaulle em França, Adenauer, Churchill… Vi Papas como Paulo VI e João XXIII, não como este, o argentino, que é um palhaço, um demagogo e do mais falso do que há. Este tipo traiu o seu povo, quando a ditadura militar prendeu os padres na Argentina, este sacana não os defendeu, virou as costas e não sabia de nada. Agora anda por aí assim, mas toda a gente sabe. Por outras palavras, o mundo de hoje tem o que merece. Quer dizer, eu tenho esta idade e digo a mim mesmo “não vou estar aqui”. A minha filha tem formação, é historiadora e trabalha no fundo do mar, é arqueóloga subaquática, e fala também sete línguas, está altamente preparada para enfrentar o mundo que aí vem. Eu não vou lá estar. Não estou preocupado com nada. Agora, seria interessante estar à janela com um copo de vinho a ver Roma a arder e os bárbaros a saquear a cidade. Às vezes sinto-me como esse romano à janela... e as pessoas dizem “oh, que horror!”. Claro, mas o que é que esperavam? É normal que isso aconteça. Os próprios romanos aliaram-se aos bárbaros também para destruir uma cidade injusta. Pensaram que o navio era insubmersível? Pensaram que esta ia ser a orquestra que ia estar sempre a tocar? Não é. Portanto, há uma espécie de vingança da história e o que lamento é talvez não estar aqui para vê-la.

—Afirma-se como um escritor à moda antiga, “old fashioned”, e os seus livros seguem também esse recorte clássico. No entanto, tem os pés bem assentes no século XXI, fez um podcast e é presença ativa na rede social X.

—Claro, vivo no meu mundo. Não sou um marciano nem vivo numa torre às escondidas. Não sou um reacionário que grita da janela “o mundo inteiro é mau”. Não, não, o mundo é ótimo! Há mulheres bonitas, há homens interessantes, há coisas novas maravilhosas, há tecnologias excelentes e muito úteis. Acho que isso é ótimo. Não me escondo no meu passado; o que acontece é que eu uso o passado e o presente, mas vivo no meu mundo. A minha literatura é “old-fashioned”, como dizes —e mesmo quando me visto, sou muito “old-money”, visto-me de uma forma mais clássica, com um casaco, etc. Mas não vivo de costas para o mundo, não sou um inimigo do mundo, gosto dele, é divertido— só que tento ser lúcido, manter os olhos abertos, não ficar atordoado nem me deixar envolver de forma absurda e perigosa por um mundo moderno. Aceito a modernidade, mas não me deixo seduzir, enlouquecer ou alienar por ela.

—Portanto, não vive numa torre de marfim.

—Não, não, de todo. E a verdade é que há autores que têm leitores mulheres, homens, idosos, etc… Eu tenho leitores em todas as áreas, tanto me leem pessoas de 80 anos como jovens de 18 anos, porque eu não tenho um só registo, movo-me em todo esse território.

—Conta em entrevistas como herdou duas bibliotecas dos seus avós, uma com clássicos e outra com thrillers e policiais. Podemos afirmar que a sua escrita é uma síntese das duas?

—Para mim, não existe alta e baixa literatura. Cresci com duas bibliotecas e para mim Agatha Christie era tão importante como Dostoievski, Cervantes como Raymond Chandler ou Dashiell Hammett. Portanto, claro, desde criança que tive essa mistura e a literatura foi um lugar amplo onde cabia tudo: o que nos diverte, o que nos faz pensar, o que nos intriga, o que nos muda o coração, muitas coisas. Por isso é que nunca tracei linhas e que a minha literatura envolve as duas coisas. Nos meus livros há conceitos sérios e profundos e há também coisas que são divertidas, aventureiras, cheias de ação. E aprendi tudo isso na literatura. É por isso que tenho a sorte de ter um vasto leque de leitores em muitos países.

—Não diria que a sua literatura se possa considerar literatura de género, mas…

—...a minha literatura toca em muitos géneros. Por exemplo, o meu último romance em Espanha chama-se 'El problema final', é um romance policial puro e clássico. O que vem a seguir, 'A ilha da Mulher Adormecida', é um romance de aventuras passado no Mar Egeu. Por outras palavras, há uma série de constantes nos meus romances. Um certo tipo de mulher que me interessa muito, um tipo de herói que me interessa muito também. Há, digamos, um território Reverte, mas altera-se consoante as circunstâncias, ou seja, estou sempre a mudar os romances. Sou um escritor muito coerente, muito fiel a mim próprio nesse sentido.

—Ia fazer-lhe essa pergunta, mas antes estava a perguntar-lhe sobre literatura de género, porque criou uma editora mais dedicada aos livros de aventura, a Zenda. Sentiu que é um género literário um pouco negligenciado?

—Sim, e no entanto cria leitores. Quero dizer, não se pode dar a um miúdo 'A Cartuxa de Parma' ou 'Crime e Castigo'; ele vai dizer “não, isso não”. Temos de lhe dar livros que o incentivem, como 'A Ilha do Coral' ou os Robinson Crusoé, esse tipo de obras. Mas bem, digo que a Zenda surgiu porque é uma espécie de cooperativa entre amigos. Apercebi-me de que, nos eventos literários e culturais espanhóis, só apareciam os que pertencem à sua ideologia ou os que são bem conhecidos. Um jovem autor que está a começar, que não tem nada disso, ninguém aparece. E nós criámos a Zenda para dar espaço a todo o tipo de autores, desde a alta literatura ou os grandes autores até aos autores desconhecidos, e estamos a ir bem. A Zenda está, neste momento, entre as revistas digitais culturais espanholas mais influentes. E dentro da Zenda decidimos criar um selo editorial para aqueles romances que já não se leem, que já não se publicam, mas que são romances que formam leitores. Romances como os do Fantômas... Já leste Fantômas?

—Não, não posso dizer que tenha lido... 

—É divertidíssimo, são romances muito engraçados. Ou 'A Ilha do Coral', que é um romance de aventuras maravilhoso... “As Quatro Plumas”... Quisemos trazer de volta romances clássicos de aventuras que já ninguém lê. É isso que estamos a fazer e está a correr muito bem, estamos muito satisfeitos com isso.

—Apesar de perder-se em parte na tradução, parece ter tido um forte cuidado na transposição de uma certa oralidade mexicana para o livro. Que trabalho é que isso implicou?

—O romance está escrito em espanhol mexicano, não em espanhol europeu, com palavras distorcidas e por aí fora. Por isso, como eu sabia que seria difícil para os tradutores —imagine um tradutor japonês ou russo, claro que ficariam loucos com isto— foi por isso que eu fiz um glossário de palavras, uma espécie de dicionário de mexicano e todos os editores receberam-no. O editor e o tradutor portugueses receberam esse glossário e aplicaram-no ao romance, ficou muito bem traduzido. É um trabalho excelente, muito completo, é muito bom. Não é que se ponham aspas à volta das palavras que estão em itálico, é muito bom. É muito difícil, quer dizer, este é um romance que deve um grande mérito aos tradutores, sobretudo a este.

—Mas que trabalho é que teve de fazer para passar essa oralidade para os livros?

—Sou um escritor profissional, escrevo romances há 35 anos, tenho experiência. Há um problema com a oralidade, um engano: pensa-se que se escreve como se fala como na rua. Não, a linguagem da rua não funciona na literatura. Temos de a transformar, temos de lhe dar um tratamento narrativo diferente, para que soe como nas ruas, mas não é como nas ruas. Lê-se em voz alta e diz-se “eles não falam assim na rua”, mas tem de funcionar, tem de criar no leitor a impressão de que é da rua. Isto também me acontece com os livros do Capitão Alatriste, são romances que publiquei sobre a Espanha do século XVII numa língua que não é a língua da época mas que tem o perfume. Isso exige um trabalho muito sério de adaptação da língua e isso, bem, é o talento ou o trabalho que se pode ter, ou o que quer que seja, não é? Mas requer muito trabalho, não é por acaso, não surge por si só.

—Mas para este romance, foi ao México?

—Sim, sim. Eu conheço bem o México, mas fui lá outra vez. Estive no norte, tomei notas, gravei conversas, escrevi palavras, perguntei aos meus amigos, etc… E fui tomando notas para que, quando introduzisse esses termos no texto, desse a impressão de que tudo era assim, mas não é. É criada artificialmente, mas parece ser a língua mexicana autêntica da época. Fiz isso lendo muitos livros da altura, romances da época, e pegando em glossários e palavras desse período.

—A dado momento, o revolucionário Genovevo Garza diz o seguinte ao protagonista, que é espanhol: “há uma coisa que me está aqui atravessada, sabe?... Alguns louros vêm passear ao México à turista e olham como que de longe. Julgando o que veem ou o que julgam ver, não com os nossos olhos, mas sim com os deles.” O que é que é o México, olhamo-lo de forma inexata? 

—É um erro muito ocidental, muito europeu também. É aplicar o nosso ponto de vista a tudo. A nossa visão é uma visão ocidental, civilizada, dos direitos humanos, da história europeia, das monarquias e das repúblicas. Mas é claro que no mundo, em África, na Ásia, no México, não é assim, por isso não podemos julgar com os nossos critérios morais, éticos, sociais ou políticos, ações que não têm nada a ver com o nosso mundo. O México é diferente, por isso o que temos de fazer é ir lá e falar com eles, não olhar para o mundo daqui e dali, e a visão é completamente diferente. Na minha vida de jornalista, habituei-me a fazer isso. Costumava dar-me com os palestinianos, os angolanos, os timorenses, os nicaraguenses, e vivia com eles, dava-lhes cigarros, conversava, comia e tentava ver o mundo como eles o viam. É a única maneira, senão não funciona. Por isso, como romancista, faço a mesma coisa. Ponho-me lá e tento ver o mundo como eles o veem. É por isso que Garza diz que é preciso ver o mundo não como um turista —“ah, que bonito! Vamos tirar uma foto!”— mas a partir do interior. Eu tento fazer com que os meus leitores vejam o mundo por dentro. Não quero que o meu leitor seja uma testemunha do espetáculo, quero que participe. Quero que o leitor se sinta dentro da luta de Celaya, que esteja com Geno Garza, que se apaixone por Yunuen, que vá. Quero que o leitor esteja lá dentro. É essa a minha intenção.

—Representa algumas das facetas menos positivas da sociedade mexicana da altura: o machismo, o papel subordinado —mas nem sempre— das mulheres…

—É que havia de todos os tipos. As mulheres são muito importantes no meu romance. Mulheres poderosas num mundo de homens que lutam contra as regras feitas por eles com essas próprias regras. No romance, há três mulheres que são significativas. Uma é a guerrilheira, analfabeta. A outra é uma jornalista americana, com um olhar perante a situação. E a outra é a mulher da boa sociedade, que é uma sacana. O que ela quer é o casamento, quer estabilidade. Portanto, claro que são abordagens diferentes, mas são todas mulheres que lutam para desempenhar, digamos, um papel no mundo que lhes foi dado.

—Tomou a decisão narrativa de não dar tanto destaque a Emiliano Zapata no livro, o que é curioso, porque Zapata é, de todas estas figuras históricas, é o único que ainda perdura fortemente no atual panorama político mexicano com o movimento zapatista.

—Porque Zapata era mais honesto do que Villa. Zapata era realmente um revolucionário, Villa era um brigante, um oportunista, mas era com Villa com quem teria ido beber uns copos, rir-se-ia connosco, teria sido nosso amigo, percebes? Zapata era o índio, revolucionário, sério, trágico, sabia que o iam matar, tinha a morte pintada na testa. Portanto, é claro que Zapata era uma figura nobre no sentido revolucionário, Pancho Villa era um fura-vidas, um boémio, dormia com várias mulheres, era um tipo diferente. Portanto, é claro que, como figura nobre revolucionária, Zapata sobrevive, enquanto Pancho Villa é folclore.

—Não há muitos escritores com um ritmo de publicação tão incessante como o seu. O que o leva a continuar a produzir assim?

—Gosto de o fazer, é a minha vida. É como brincar em criança. Quando era miúdo e via um filme, vestia-me de soldado, de índio, de cowboy, de tudo. E agora é a mesma coisa, é brincar. Todos os dias levanto-me para brincar. “Vou ser um guerrilheiro, vou ser um detetive”. É um modo de vida, faz-me feliz. Sou um escritor feliz. E tenho amigos que são escritores e para eles é um horror, a página em branco, a amargura.... Eu só penso “rapaz, muda de profissão. Cometeste um erro...”. E sou feliz, divirto-me muito, gosto muito. É verdade que também gosto mais da fase de preparação; escrever é mais mecânico, mais rotineiro, mais árido — mas a preparação de um novo romance, ir ao país, viajar para o sítio… O meu novo romance passa-se nas ilhas gregas, então ir à Grécia, estar lá e ver as coisas, as mulheres, os homens, tomar nota da comida, da luz, da cor, ler livros. É maravilhoso, é uma aventura diária.

—É um pouco como uma revolução, tem um mundo de possibilidades à sua frente.

—Exatamente. Além disso, tudo é possível e depois, quando acaba, dizemos “não, ainda posso fazer outra coisa”. Nunca se acaba, nunca se chega ao fim, fica sempre qualquer coisa, vamos ver se consigo fazer no próximo. Estou a desafiar-me. Há nisto uma parte boa, que é o facto de me obrigar a estar em forma, a estar lúcido. Não é estar ali, velhote, a ver televisão ou a ouvir rádio, ou só a ler. Não, não, obriga-me a estar vivo, a ver, a falar contigo, a viajar e a observar os sítios. Obriga-me a ler, a ver filmes. Por outras palavras, obriga-me a viver. Mantém-me em forma. É um exercício pessoal muito interessante.

—Não sei se esta expressão também existe em espanhol, “parar é morrer”.

—Exatamente, é como pedalar numa bicicleta, se parares vais lixar-te todo. Bem, eu continuo a pedalar.

https://24.sapo.pt/vida/artigos/arturo-perez-reverte-perdemos-a-inocencia-que-nos-permitia-sair-a-rua-com-vontade-de-mudar-o-mundo-agora-se-saimos-a-rua-e-para-nos-vingarmos-dele

18 octubre 2024

"Solo soy un periodista que cuenta historias"

ANSA - 18/10/2024

"De Gaulle, Churchill, Berlinguer, eran las referencias de una Europa que miraba hacia adelante. Hoy, ¿quiénes son los intelectuales de Occidente capaces de influir en el mundo? Enumeremos los nombres: ¿son diez, cinco, tres, uno?", es la amarga reflexión del escritor español Arturo Pérez-Reverte. "El siglo XX, con todos sus horrores, para bien o para mal, tuvo intelectuales lúcidos, prestigiosos, capaces de contar y de construir una Europa brillante. Pero ese siglo se acabó. Nunca me he considerado un intelectual, solo soy un periodista que cuenta historias", agrega.  No suena nostálgico, sino apenado Arturo Pérez-Reverte, por un Occidente que "está viviendo las consecuencias de la demolición general de su cultura".

El escritor español, autor de "best sellers" traducidos a 50 idiomas y con 27 millones de libros vendidos, habla de un imperio en decadencia en una conversación con la prensa extranjera en Madrid. La ocasión es el lanzamiento en los países hispanos de su última novela, 'La isla de la Mujer Dormida', en la que el académico de la lengua, testigo de muchos conflictos como reportero de guerra, capaz de explorar los abismos humanos, funde sus pasiones y obsesiones.

Al igual que 'El italiano', la historia se desarrolla en el Mediterráneo, protagonista de la narración, en una isla del mar Egeo. En 1937, con la Guerra Civil Española de fondo, un joven oficial de la marina mercante recibe la orden de la Armada franquista de hundir los barcos que zarpan de la Unión Soviética para traer armas y ayuda a la República española. A sus 34 años, Miguel Jordán Kyriazis es un "corsario moderno" al mando de un torpedero alemán y una tripulación mercenaria con base en una pequeña isla de las Cícladas. Propiedad de un noble griego, está casado con Lena, una antigua modelo de origen ruso. Una mujer madura que, con fría desesperación, intenta escapar de su destino.

 "Es un personaje femenino distinto a todos los anteriores, caracterizados por mujeres fuertes, que luchan en un mundo de hombres, en territorio enemigo", explica el autor. "Lena, en cambio, es una mujer derrotada, sin espaldas. Una mujer inteligente y con personalidad, que dejó su trabajo para seguir al hombre del que se enamoró. Y luego descubre en su vejez que ha entregado su vida a un canalla. Pero es demasiado tarde para dar marcha atrás y solo le queda un camino: la venganza", prosigue Reverte. Inevitable es la historia de amor con el marinero corsario, en un triángulo en el que los protagonistas intentan, cada uno a su manera, superar las heridas del pasado.

Beirut, Estambul, las islas griegas son los escenarios. Aventura, valor, dignidad, amistad y lealtad, incluso entre un espía republicano y uno franquista, vida y muerte: vuelven los temas caros a la narrativa de Reverte, que aquí alterna los ritmos vertiginosos de los ataques navales y el naufragio de las misiones secretas con los ritmos nocturnos y crepusculares de una pasión a término. "Es un territorio ideológicamente ambiguo, llevado al extremo, que reivindico en un mundo como el actual, donde se impone la necesidad de posicionarse en un bando o en otro, todo es blanco o negro", apunta el autor. "Mis novelas son todo lo contrario. El mes que viene cumplo 73 años con una orgullosa incertidumbre, que ha ido creciendo a medida que he ido madurando. Me enorgullece moverme en los pliegues grises del ser humano", destaca. Para un autor que creció entre tres bibliotecas, "con un territorio literario que va de Somerset Maugham a Stevenson, pasando por Hemingway, Conrad, Irving Wallace y Stefan Zweig, es imposible definirse". 

La guerra fue, para Reverte, "un maestro de vida". La primera mitad del siglo XX, a la que vuelve, "es una época muy fértil para explorar narrativamente, con suficiente distancia del presente". Su experiencia como corresponsal de guerra en muchos países, entre ellos Líbano, "te da la frialdad y la lucidez de la mirada para no tener respuestas fáciles. O una fe, porque el primer paso de una fe es defenderla y el siguiente es convertirse en verdugo en su nombre. Desconfío profundamente de cualquier fe", asegura.

En cuanto a la crisis política en España, como en Europa, "es un problema de educación, de cultura", dice Pérez Reverte. "Estamos demoliendo todo lo que nos da certidumbre, solidaridad, historia común. Estamos asesinando a Voltaire, a Montaigne, a Rousseau, a Cervantes, a Galdós, los estamos exterminando. Estamos formando generaciones de jóvenes carentes del espíritu crítico necesario para defenderse de la mentira y la canallada.

https://www.ansalatina.com/americalatina/noticia/cultura_y_moda/2024/10/18/perez-reverte-occidente-demolio-su-cultura_8b07b5a0-4b9f-412b-b61e-1d4edfb8366c.html

«Detesto al lector testigo. No me interesa»

Entrevista de María José Solano - Zenda - 18/10/2024

La nueva novela de Arturo Pérez-Reverte, 'La isla de la Mujer Dormida' (Alfaguara, 2024), es un juego de ajedrez en el Egeo. Una novela compleja y completa: quien busque aventura la va a encontrar; aventura elegante, de esas de las películas de guerra inglesas de los años 40; quien busque amor lo va a encontrar, de ese construido literariamente con la pronunciación de frases memorables de doble y triple sentido donde se piensan las relaciones, los equívocos de la vida, la maldición del deseo y el destino de los hombres y las mujeres. Algo singularísimo, pues son diálogos que llenan la novela, casi podríamos decir que la sustentan, pronunciados por personajes cuya característica principal es la de ser personas silenciosas.

El Mediterráneo de nuevo como un personaje más es ya casi un territorio revertiano, como Alejandría lo fue de Durrell: aparece como fondo de la aventura y como el envés de la trama novelesca en 'La carta esférica', en 'Corsarios de Levante', en 'El pintor de batallas', en 'El problema final', en 'El italiano'. En 'La isla de la Mujer Dormida', la aventura de unos piratas modernos enmarcados en la Guerra Civil Española librada en territorio griego es una trama exótica, como de novela de Eric Ambler, donde no faltan espías en Estambul, encuentros secretos en Beirut y una historia triste y apasionada de amor en Syros, una pequeña isla de las Cícladas.

He acudido a la cita de Reverte en Atenas con breve pero intensa incursión en una isla cercana a la capital griega, una de las pequeñas islas del archipiélago Sarónico: Agistri, vecina de Poros y Salamina, mucho más conocidas. Allí, recortado contra el perfil de las casitas de piedra encaladas con las contraventanas pintadas de azul como un mar de fondo intenso y solitario, el novelista nos cuenta lo que para él significa la memoria, el mar, las mujeres, los libros y los héroes.

—Ha definido usted la aventura que se narra en 'La isla de la Mujer Dormida' como “una partida de ajedrez en el Egeo”. De nuevo, el revertiano recurso del ajedrez.

—Me produce fascinación. Una vez le dije a Leontxo García que en algún momento de mi vida cambié a Dios por el ajedrez y que asisto a las partidas como el que entra en una iglesia, y es verdad. Me da serenidad, me reconcilia con el mundo; el concepto, las piezas y sus movimientos, me dan una singular paz espiritual. Y además el ajedrez me lleva a mi infancia y a mi padre, que jugaba todas las tardes. Mi padre ha sido un hombre importantísimo en mi vida. El ajedrez supone para mí el primer momento en el que me asomo a un juego con reglas que él me enseña y con el tiempo encuentro que es un símil muy útil para la vida. Por eso en todas mis novelas, de alguna manera, está presente el ajedrez.

—Curiosamente, usted siempre ha dicho que niega el negro o blanco de las cosas, de la vida; que prefiere o reconoce los grises.

—Cuando descubro que la vida y el ser humano se matizan en grises, comienzo a mirar el tablero de forma diferente; con más curiosidad, si cabe, sabiendo que lo que ocurre ahí es mentira. Yo veo en el tablero cosas difíciles de explicar: contradicciones, mentiras, engaños, manipulaciones… Me resulta útil como ejemplo en negativo de muchas cosas. Es complicado de explicar y es la primera vez que reflexiono sobre esto en voz alta. El ejemplo del ajedrez me vale para decir que el ajedrez está equivocado. De tanto mirar el tablero se han ido difuminando los colores, igual que se difuminan en la vida. En definitiva, el ajedrez es un fraude, pero un fraude heroico, con reglas.

—¿Qué es un héroe para usted?

—El héroe o, mejor dicho, “mi héroe”, es alguien que se enfrenta a algo inesperado, o esperado pero inevitable, y lo afronta sabiendo que debe conseguir en sí mismo las energías, fuerzas, mecanismos, ideas para afrontarlo.

—Para afrontarlo en solitario…

—Si. Lo que caracteriza a mis héroes es precisamente eso, la soledad, incluso dentro del grupo. Todos mis héroes son héroes solitarios, sea un hombre o una mujer. No están vinculados a ninguna causa, aunque aparentemente lo estén para los demás, pues todos ellos poseen, por lo general, la conciencia de no pertenecer al grupo al que parecen pertenecer. Y esa soledad no es un rasgo del carácter, sino una situación propicia para desarrollar al personaje; es precisamente la soledad la que los pone a prueba: no es tan difícil actuar como héroe cuando estás en un grupo que te respalda, una ideología que te sostiene, una fe, una patria, un amor o lo quiera que sea aquello por lo que peleas. Pero cuando no tienes nada de eso, tan solo el desnudo paisaje de tu soledad y tu deber, la cosa cambia. Pero por favor, usemos héroe en el sentido de protagonista literario, no en el que la gente suele entender. Me refiero siempre a un “héroe” entrecomillado.

—¿Podría desarrollar esa idea del “deber” de sus “héroes”?

—El deber de mis héroes no es convencional, no está escrito o regulado; es un deber personal, que ellos mismos se crean. Justamente por eso, apelando a su deber personal, que nada tiene que ver con la idea del deber general, ni siquiera con el de sus compañeros de lucha, se esfuerzan en cumplir con él. Mis héroes solitarios responden solamente ante sí mismos.

—Esos personajes revertianos estaban, en sus primeras novelas, realmente solos, pero desde 'El problema final' y 'El italiano' y ahora en esta 'Isla de la Mujer Dormida' aparecen en grupo junto a secundarios muy unidos al héroe. ¿A qué se debe ese cambio?

—No lo sé, no es deliberado, ha ocurrido. Tienes razón, ahora que lo dices, y haciendo memoria de las otras novelas es cierto que estas son las primeras veces en que mis héroes trabajan en equipo. A ver, yo soy un escritor profesional, y como tal poseo fórmulas que voy agotando y renovando. Imagino que, tras haber exprimido al héroe solitario, mi instinto profesional me ha llevado a buscar territorios no transitados. Imagino que, ahora, situar al héroe en causas generales, aunque manteniendo su identidad personal individual, me da una nueva mirada narrativa que me impide repetirme, abriendo nuevas posibilidades. Para bien o para mal, yo no soy como otros novelistas, muy dignos y a los que admiro mucho como escritores de espionaje internacionales o escritores históricos, que repiten una fórmula casi indisimulada cada vez. A mí ese recurso me parece bien, incluso como lector, pues en el fondo uno espera de sus autores predilectos precisamente eso, que repita las fórmulas. Es más, en ocasiones me ha pasado abrir una nueva novela ilusionado y encontrar otra cosa: “¡Este no es mi Anthony Burgess!”. O “¡en esta novela no aparece mi Dumas de siempre!”. Dicho lo cual, en un caso como el mío, con más de treinta novelas a la espalda, es cierto que por instinto uno tiende a abordar de diferentes maneras los temas que son los suyos de siempre. Es decir, en un territorio narrativo que es el mío, por pura necesidad de sentirme vivo (vivo como lector, pero también y sobre todo vivo como escritor) tiendo a buscar fórmulas narrativas frescas, nuevas. Y eso es todo un reto, una especie de juego de las siete y media contigo mismo, pues si dejas de ser tú, el lector se decepciona, pero si eres demasiado tú, el lector se aburre. Ahí está justamente el quid de la cuestión.

—En estos casos, la novela sale ganando, pues los secundarios, al estar más cerca del héroe, se vuelven más atractivos, más densos literariamente.

—Los secundarios siempre han sido muy importantes en mis novelas. Lo que ocurre es que ahora, al estar danzando en torno al protagonista, son más visibles, es cierto.

—Por no salir del territorio Reverte, podríamos decir que son secundarios casi “alatristescos”.

—Alatriste arranca directamente de una concepción de la narración que tengo desde hace mucho tiempo; no es consecuencia de una evolución narrativa. Alatriste aparece. Es decir, desde 'El húsar' hasta ahora, yo voy evolucionando como escritor; voy cambiando, modificando, adaptándome a los tiempos actuales, claro. Y no olvido que escribo para un público diferente del de hace treinta y cinco años. Sin embargo, como te decía antes, Alatriste no forma parte de esa evolución; irrumpe como personaje específico con un proyecto específico que se alimenta tanto de lecturas como de cine. Alatriste llega con un equipaje propio y se inserta en mi literatura como una isla no vinculada directamente a la evolución de las otras historias. Es, digamos, un caso aparte.

—Pero de alguna forma, Alatriste ha alimentado su manera posterior de narrar.

—Vamos a ver, los secundarios de Alatriste los aprendo de los mosqueteros de Dumas y de los sargentos de John Ford. Ese concepto me lo traigo a mi literatura. Y en mis últimas novelas los secundarios cobran más presencia porque hay equipo, porque las historias así lo exigen. Eso sí, me he dado cuenta de algo: el secundario puede ser perjudicial, pues cuando un secundario te queda bien, brillante, redondo, tienes siempre la tentación o el instinto de desarrollarlo más, de que tenga más espacio en la novela, más diálogo, más presencia, más situaciones. Y esta novela de 'La isla de la Mujer Dormida' es un buen ejemplo de eso. Yo era consciente de que las hermanas anarquistas de Estambul o los espías están poco desarrollados y que darían mucho de sí narrativamente. Como novelista me enfrento a la doble tesitura: por un lado lamento no haberles dado más papel en la historia, por el otro comprendo que, si lo hubiera hecho, se habrían comido la trama principal. Mi prudencia narrativa sabe que una novela no se puede complicar con excesivas tramas laterales.

—Recuerdo que, en el llamado 'Quijotillo' de la Academia ('Don Quijote de la Mancha', edición escolar, Santillana 2014), hizo usted precisamente eso: eliminar las tramas adyacentes del 'Quijote' cervantino.

—Yo lo llamé así, 'Quijotillo'; lo bauticé yo. Sí, se trata de un 'Quijote' trabajado por mí. Insisto en la palabra “trabajado”. Y mira, no lo había pensado, pero es un buen ejemplo y está muy bien enganchado por tu parte en esta conversación. En ese trabajo me guié de nuevo por mi instinto, en el que insisto mucho, porque realmente es así: yo tengo un instinto muy desarrollado como lector, que me es muy útil en mi trabajo como escritor. Lo que lastra al 'Quijote' son las tramas secundarias, que son muy buenas, pero esta edición está pensada sobre todo para los jóvenes, para el primer lector del 'Quijote', y para él las tramas secundarias retrasan, perturban, enredan la historia principal quijotil-sanchopancesca. En este delicado trabajo se puso de manifiesto algo que he vuelto a sentir en 'La isla de la Mujer Dormida' y cuya idea antes esbozaba: tener que manejar la dolorosa disciplina del escritor que no puede perder nunca de vista lo que la novela no necesita, por muy bueno que sea. Yo dejo morir muchísimas cosas, muchas. Tener la disciplina de la economía narrativa no es fácil; cuesta mucho. Es bastante doloroso, pero un novelista nunca debe perder de vista el hilo de acero que sustenta la historia principal, que es la del héroe, y en este caso especialmente, la de la heroína.

—¿Qué es para usted una heroína?

—La heroína es distinta. Yo sí diferencio entre el hombre y la mujer. Para mí el heroísmo no es paritario. La heroína se enfrenta a situaciones diferentes y a menudo con reglas no hechas por ella. El hombre (hablo de mis héroes) se mueve en un territorio que conoce, aunque sea nuevo para él; conoce las reglas, los peligros, los comportamientos, porque son todos masculinos, probados durante siglos. Pero la mujer ha de enfrentarse no a sus reglas femeninas, sino a las de otros. Son reglas ajenas, que ella no ha inventado: no son ni genética, ni biológica ni históricamente suyas. Por eso, mientras que el héroe revertiano juega con reglas de hombres, la mujer revertiana se ve obligada a jugar también con esas mismas reglas de hombres. Y ahí reside la tragedia; el conflicto. En ese sentido, el concepto base es absolutamente feminista. Y claro, las soluciones, y sobre todo los estragos, son distintos. Un hombre derrotado todavía conserva a los compañeros de aventura; puede irse con ellos a tomar un coñac y recordar a los muertos porque así son los códigos desde la 'Ilíada'. Hasta en la derrota, el hombre posee mecanismos intelectuales que incluso ennoblecen dicha derrota. ¿Qué hay más bonito que 'El galo herido'? Pero 'La gala herida' no funciona. Por eso mis heroínas se separan radicalmente de los héroes masculinos con conflictos, soluciones y, sobre todo, tragedias propias. En la derrota de la mujer no hay nada heroico. Hablo de mis novelas, claro. Eso no le quita ni grandeza ni fuerza, pero el resultado plástico, digamos, no es heroico. La mujer vencida es menos “decorativa” que el guerrero herido.

—Quizás está por construir en literatura la imagen “decorativa” o icónica de las heroínas derrotadas.

—Bueno, en realidad ya está y, que yo recuerde, solo hay una: Milady. Es la precursora de la mujer derrotada por excelencia en la literatura; un ejemplo claro de lo que estamos hablando: ella lucha en un mundo de hombres con reglas de hombres y muere sin heroicidad. Fíjate en la figura de Milady siendo degollada por el verdugo de Meung a la orilla del río: no tiene grandeza, sino patetismo. Yo he aprendido mucho de esta mujer desde que leí los Mosqueteros con ocho o nueve años; me di cuenta de que en ella había algo singular. No en vano mi perro se llamaba Mordaunt, por el hijo de Milady. Más que Ana Karenina, Juana de Arco o Madame Bovary, Milady ha modificado fuertemente mi mirada sobre las mujeres. Porque a mí la que toma veneno o se tira a un tren, literariamente no me interesa.

—¿Cómo sería para usted el final perfecto, literariamente hablando, de una heroína?

—Enfrentarse a la muerte matando: el final de la Reina del Sur. La mujer que pelea sola.

—¿Para quién escribe Arturo Pérez-Reverte ahora?

—Escribo para mí, pero haciendo concesiones. Vamos a ver: en este momento mis novelas no tienen un objetivo económico ni de fama; han llegado adonde tenían que llegar. No me puedo quejar de nada. Pero es que para el escritor que soy, una novela es algo más; es una aventura personal: es viajar, leer, aprender, seguir viviendo vidas ya imposibles. Y también me estoy dando la oportunidad de mantener vivas la lucidez y la imaginación. Ahora bien, yo estoy en el mundo y sé que me leen en muchos países, así que el planteamiento es: “Ya que imagino y escribo historias, hagámoslo de manera que todos esos lectores la disfruten también”. Por eso hago concesiones, no claudicaciones. Me adapto con mis textos y mi manera de contar a un mundo en el que estoy viviendo; lo que no tiene nada que ver con mantener un territorio narrativo honorable y coherente.

—Un territorio narrativo que desde hace varias novelas se enmarca en las primeras décadas del siglo XX. ¿Qué tiene de atractivo ese momento para usted?

—Es cierto. 'El tango de la Guardia Vieja' abrió una nueva etapa; me hizo darme cuenta de lo bien que me sentía en ese territorio. Primero, porque yo vengo de esa época; esos primeros años del siglo pasado, con un abuelo nacido en el siglo XIX y un padre nacido en 1918, así como una infancia personal que transcurre en los años 50 que, sin embargo, no desarrollo en mis novelas hasta mucho más tarde. Y es que de pronto descubro que con el mundo actual me pasa como en aquellos versos: “Este mundo me aburre, ¡oh muerte, zarpemos!”. El mundo actual es vulgar, no con respecto a mí; me refiero a que todos somos vulgares en el mundo de hoy. Todo se hace con los teléfonos móviles y los ordenadores. El territorio en el cual mis héroes se desenvuelven no es este momento histórico. Considero que le quitaría nobleza, que de alguna manera bastardearía la historia que quiero contar.

—¿Se definiría usted como un escritor del siglo XX, como una vez le dijo el novelista Jorge Fernández Díaz?

—De la primera mitad del siglo XX, diría yo. Probablemente él se refería a ser heredero de una tradición literaria y cultural muy densa, muy interesante, muy intensa y muy decisiva, que aún no había sido intoxicada por la deriva cultural e intelectual que ha tenido el final de aquel siglo y principios del actual. Justamente ese territorio se encuentra en la franja en la cual tienes la biblioteca, la filmoteca y la experiencia vital que se apoya en el XIX, pero aún no está contaminado por la vulgaridad. Con la edad me he hecho más consciente de esa realidad y he decidido que, aun pudiendo hacer todavía novela histórica, como hice en Sidi, lo que no voy a hacer nunca más es una novela actual. Entiende esto: un novelista no puede decir “nunca jamás”, pues si se cruza alguna historia irresistible por supuesto la escribiré, pero narrativamente me siento más a gusto en esas décadas iniciales del pasado siglo. Y hay otro factor también: cuanto más escribo de esos años más los conozco, los refresco, los recuerdo. Tengo que documentarme menos. Me he adentrado tanto que estoy muy cómodo ahí; tengo mucho material, por lo que es natural que las historias que me surgen se sitúen por instinto en ese momento.

—¿Hasta qué punto ha influido 'El italiano', novela homérica ambientada en esas décadas, en 'La isla de la Mujer Dormida'?

—Hay un parentesco indudable. Es que vivir en ese mundo te deja cosas. Nadie vive sin consecuencias. Y desde luego, nadie escribe impunemente. Vivir de manera orgánica, casi física, en las novelas me deja cosas nuevas, me da enfoques, percepciones que no tenía antes, abonando en ocasiones el terreno para que la siguiente novela se beneficie de ello. Es evidente que 'El tango de la Guardia Vieja' me lleva a 'Falcó', sin la menor duda. Imagino que en este caso ocurrió algo de eso.

—¿Qué ha modificado en usted 'La isla de la Mujer Dormida'?

—No lo sé; no voy por ahí autoanalizándome. Mi ego no llega tan lejos como para estar continuamente planteándome esas cosas.

—¿Qué ha aprendido usted tras la escritura de 'La isla'?

—He aprendido a optimizar mejor los recursos, a reforzar el uso de diálogos en vez de descripciones; he confirmado ideas narrativas, como que ahora es mejor un comentario en un diálogo que una descripción. En eso Conrad me ha enseñado mucho, y es algo de lo que me he dado cuenta en los últimos años: Conrad no es nunca diáfano en los diálogos, tal vez porque le costaba lidiar con una lengua que no era la suya. No lo sé. El caso es que esa oscuridad, esas insinuaciones en los diálogos, obligan al lector a preguntarse con mucha frecuencia a qué se refiere. Esa cierta ambigüedad fértil, tan sugestiva y rica, es la que yo trato de llevar a mis novelas, pues considero que otorga un provechoso margen de actuación al lector, que le permite ser capaz de resolver los enigmas, de interpretar, de tener contradicciones, desconcierto, descubrimientos… El lector no es un testigo que está sentado viendo una película; yo detesto al lector testigo. No me interesa. Creo, además, que esos no son mis lectores, pues yo no doy el libro lo suficientemente acabado para ese tipo de lector. Digamos que mis historias se acercan más a la 'Pietà' medio esbozada de Miguel Ángel: prefiero ese mármol sugerentemente inconcluso que el otro acabado. Mis diálogos, mis historias, mis novelas, son así.

—Hay novelas que cambian el mundo y novelas que cambian la vida. ¿Hay en el lector que es usted la certeza de haber topado con esa novela?

—Por supuesto, pero hay muchas. No caben aquí. Imagino que Los tres mosqueteros fue fundamental. Y luego los clásicos: la 'Ilíada', la 'Odisea' y la 'Eneida' están continuamente presentes en mis novelas, sobre todo en las últimas. Pero me resulta muy difícil pensar en eso. Podría haberte contestado con más claridad, y tal vez más inocencia, hace treinta años que ahora.

—Inocencia. A propósito de la inocencia, sus personajes vinculados con el mar (Coy, el italiano y ahora Jordán) parecen compartir ese rasgo.

—En mi imaginario, el mar ennoblece. Yo sé que no es verdad. He conocido a marinos de todo tipo: gente perversa, miserable. Pero mi mejor marino, el que yo tengo en la cabeza, y los he conocido también, es aquel que posee una mirada limpia, cierto candor en su forma de mirar el mundo y sobre todo a las mujeres. También en este sentido el cine ha sido fundamental. Hay películas que influyen y otras que confirman, y Hombres intrépidos, de John Ford, estaría en ese importante segundo grupo: ahí John Wayne hace de “el Sueco”, un marino absolutamente tontorrón, bondadoso, fácil de engañar. También hay perversiones y maldades, pero sobre toda la historia y sus héroes planea una especie de ingenuidad o inocencia del marino en tierra que me interesa mucho narrativamente. Y luego están mis propios recuerdos de mi tío o los amigos de mi padre, marinos mercantes en su mayoría; hombres tranquilos que fumaban en pipa, jugaban al ajedrez y miraban la vida con cierto desapasionamiento. Es curioso, nunca he conocido a un marino apasionado. Supongo que los habrá, sin duda, pero el mar, por lo general, calma las pasiones. Todo esto me hizo admirarlos mucho. Y luego, claro, yo mismo también navegué. Entendí actitudes, miradas y desapasionamientos que luego he llevado a mis novelas.

—Regresamos inevitablemente a Joseph Conrad, que vuelve de nuevo a esta novela (la tercera vez) con una cita sobre la mujer, que abre la historia. La importancia de las citas es un rasgo ya revertiano.

—Supongo que sí. Las mujeres conradianas no han influido en mis novelas; no me resultan sobresalientes, a excepción de la protagonista de 'Rescate'. Y fíjate, hay una cosa interesante: de pronto, releyendo hace poco esa novela me di cuenta de que la mujer que envía al capitán Lingard a jugarse la vida por ella es precisamente lo que hace Lolita Palma con el corsario en 'El asedio'. Y en su momento, cuando la escribí, no estaba pensando en Conrad. Quizás se me quedó esa imagen en la cabeza. En este caso, te recuerdo que el protagonista, Jordán, que no es lector, sí ha leído 'Lord Jim'. Pero el elegir a Conrad para las citas sobre mujeres por tercera vez es, de nuevo, puro instinto de novelista. Todo cazador termina pareciéndose a la presa que persigue, y yo persigo novelas desde hace treinta años.

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