María José Solano - abc.es - 28/05/2026
Forman parte de esa vieja estirpe de cámaras españoles que aprendieron el oficio cuando el reporterismo de guerra todavía consistía en cargar veinte kilos al hombro, cruzar calles con francotiradores y volver, si había suerte, con imágenes que olían a sangre y gasoil. Gente de aquella televisión pública que durante décadas tuvo a algunos de los mejores reporteros gráficos del mundo, aunque en España casi nunca se les reconociera como tales.
Mientras otros daban la cara, ellos sostenían el plano. Y sostener el plano en Sarajevo, Beirut, Nicaragua o Afganistán significaba sacar medio cuerpo detrás del muro, aunque silbaran las balas. Significaba dormir vestido en hoteles agujereados por morteros, aprender a distinguir el sonido de un Kaláshnikov serbio de un FN belga, correr con veinte kilos al hombro y seguir grabando.
José Luis Márquez fue quizá el más legendario. Vietnam, Angola, Mozambique, Nicaragua, Yugoslavia, la Intifada, Tiananmen. Aquel hombre consiguió sacar clandestinamente de China las imágenes de la represión de Pekín escondiendo las cintas entre ambulancias y heridos. Paco Custodio. Su nombre quedó unido para siempre a la Biblioteca Nacional de Bosnia ardiendo bajo las bombas serbias: millones de páginas convertidas en ceniza mientras Europa discutía diplomáticamente su cobardía.
En esa generación, muchos cámaras tenían una relación física con el peligro muy distinta de la actual: no iban "a cubrir" una guerra; vivían dentro de ella. Dormían en hoteles bombardeados, viajaban en convoyes militares, cruzaban avenidas bajo fuego de mortero y seguían grabando. El periodista podía esconderse detrás de una libreta; el cámara tenía que sacar medio cuerpo para filmar.
Miguel de la Fuente, más joven, es heredero directo de esa escuela clásica. Trabajó durante más de tres décadas en RTVE y estuvo en Bosnia, Irak, Afganistán, Gaza, Siria, Georgia o Ucrania. De la Fuente pertenece ya al tránsito tecnológico: empezó con cámaras pesadas de televisión analógica y terminó retransmitiendo guerras con mochilas satelitales y equipos digitales. Él mismo ha contado cómo el oficio pasó del celuloide y el U-matic al directo permanente y al teléfono móvil.
Lo extraordinario es que todos parecen salidos de aquel poema de Tennyson. «No puedo descansar de viajar», dice Ulises de vuelta a Ítaca. Y eso podría haberlo pronunciado cualquiera de estos hombres. Viejos compañeros que regresaban una y otra vez al horizonte porque quedarse quietos equivalía a empezar a morir. Aquí siguen. Márquez. Custodio. Miguel de la Fuente. Y también el reportero Arturo Pérez-Reverte, convertido luego en escritor, para siempre miembro de aquella Hermandad. «Venid, amigos míos. No es demasiado tarde para buscar un mundo nuevo». Los viejos compañeros de Ulises. Los hombres que siguieron filmando mientras Troya ardía.
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