17 septiembre 2026

'El asedio' (II): una partida (siniestra) de ajedrez

Fernando Gómez Redondo – cvc.cervantes.es - 17/09/2026

Cádiz, como se vio en el anterior rinconete, se transforma en un tablero en el que se disputa uno de los lances cruciales de la Guerra de la Independencia y en el que, al compás de esa contienda, un comisario de policía y un metódico criminal librarán una partida en la que las piezas capturadas serán jóvenes torturadas con una saña y una crueldad extremas.

Cada vez que el comisario juega al ajedrez con su amigo Barrull —«su juego es implacable, casi descortés de pura saña homicida»— vuelve a recordar a las víctimas de su otro rival, más cruel y refinado en sus movimientos que el «detestable» —solo cuando jugaba— Barrull: «Termina Tizón de guardar las piezas negras y blancas dentro de la caja, semejantes a cadáveres en una fosa común esperando la paletada de cal viva. El tablero queda vacío, desierto como la arena de una playa con marea baja. La imagen de la muchacha asesinada vuelve a ocuparle el pensamiento».

Las analogías con el desarrollo de la partida real que se va a entablar en el entramado de callejones y plazoletas de Cádiz son continuas. Tizón sabe a quién se enfrenta: «Se trata de un jugador de ajedrez que mira un tablero vacío». Barrull se interesa por las piezas que entran en ese juego: «Ellos, imagino. Nosotros». No sabe siquiera si son franceses o españoles, si estos sucesos tienen que ver o no con la guerra: «Peones blancos y negros, intuye. Ésa es la trama. Con Cádiz como tablero».

Cuando aparece un nuevo cadáver, Tizón se siente desafiado por un rival del que tiene que averiguar, antes que nada, los móviles por los que mata de esa manera despiadada; ante el cuerpo de la tercera muchacha muerta se ve incapaz de dar una respuesta: «Se siente como el jugador que, ante una situación difícil, desprovisto de recursos inmediatos, estudia las piezas esperando que una revelación súbita, un camino hasta ahora inadvertido, inspire otro movimiento».

Se trata de un juego de ajedrez distinto al practicado con su amigo Barrull, porque las piezas caídas y la fiereza con la que son ejecutadas lo remueven por dentro y le hacen cobrar conciencia de la impiedad con la que él también torturaba a los sospechosos que atrapaba. No se había dado cuenta de ello hasta verse enredado en esa sucesión de crímenes que solo puede entender con analogías ajedrecísticas: «Él mismo libra, desde hace tiempo, una partida más oscura y compleja. Tres peones fuera, un jugador oculto y una ciudad sitiada».

Solo sabe que Cádiz sirve de tablero para esta cruel disputa, pero desconoce cuál será la próxima pieza —otra muchacha— amenazada por la salvaje locura de ese criminal y, sobre todo, cuál será el escaque —el rincón de la ciudad— en el que el crimen se cometerá. Cuenta con una vaga intuición para adivinarlo: en ese mismo sitio caerá una bomba francesa, por lo común antes, pero también después como sucede al aparecer el cuarto cadáver; desconcertado, Tizón se sienta en ese lugar, a la espera de «la inspiración clave» que lo ayude a comprender el movimiento realizado: «De intuir la combinación maestra que permite, al jugador paciente, clavar las piezas en lo más profundo del tablero».

Y acierta, porque justo en ese momento cae una bomba muy cerca de él. Se asegura, así, de la relación entre las muertes y los proyectiles disparados por los franceses. Si pretendía anticiparse a su competidor tenía, entonces, que averiguar cuáles eran los sitios que la artillería enemiga había fijado como objetivos. En cuanto descubre al espía que enviaba palomas mensajeras a los sitiadores, para darles cuenta de los lugares exactos en los que las bombas habían impactado, lo convierte en el principal sospechoso y logra capturarlo ya muy avanzada la acción: «Te detengo por espía francés, y por el asesinato de seis mujeres».

Pero será en vano porque volverá a aparecer otra joven muerta. Tizón recorre la ciudad y descubre que, en determinados lugares, se producen unos extraños cambios atmosféricos que le producen la sensación de entrar en un espacio angosto, en donde el aire se inmoviliza y se crea un vacío absoluto. Barrull le explica que los científicos llamaban «vórtices» a esos puntos que eran como remolinos en los que cambiaba la percepción sensorial. Tizón aplica esa idea a la partida que juega: «Tirabuzones de aire, de humo y de plomo, con Cádiz como tablero». Pero cuando intentan reconocer uno de esos vórtices, solo el comisario puede distinguirlo, no su amigo, que le ofrece otra clave, más difícil de aceptar, para que pueda enfrentarse a su enemigo; el comisario no era muy diferente a su rival, mantenía con él una extraña afinidad que lo situaba en su misma dimensión sensible: «Digamos que, en mi opinión, esta partida sólo puede jugarla sobre su propio tablero. Ahí, ni la ciencia moderna puede socorrerlo… Quizá usted y ese criminal vean esta ciudad de forma distinta a como la vemos los otros».

Para descubrir al criminal, Tizón tiene que penetrar antes en los «rincones oscuros» que conforman su ser y convencer, además, al artillero Desfosseux de que lance bombas en unos lugares precisos para poner un cebo con jóvenes prostitutas y poder, así, atrapar al asesino.

No le resultará fácil, por supuesto, ya que su rival, como buen jugador que es, sabe anticiparse a cualquier movimiento y consigue dejar acorralado al comisario, sumido en la más absoluta desesperación:

O quizá concluye otras veces el policía, la partida de ajedrez se esté jugando ya a un nivel distinto, de desafío mental. De inteligencias sutiles, enfermas. Como dos jugadores de ajedrez que no necesitaran mover las piezas sobre el tablero para desarrollar las siguientes jugadas de la partida que los empeña. En tal caso, puede que sea sólo cuestión de tiempo que uno de los adversarios cometa el error.

Pero todo juego, incluido el ajedrez, depende en ocasiones del azar, de hechos que no pueden preverse, de vínculos que solo pueden ser establecidos con la perversa sensibilidad que comparten el comisario y el asesino.

Aquí no se va a destripar el desenlace de esta novela. Baste con señalar que es brillante la solución que Pérez-Reverte idea para esta trama policiaca, urdida sobre el mapa de una ciudad convertida en un sangriento tablero de ajedrez en el que contienden las pulsiones más negativas del ser humano.

https://cvc.cervantes.es/el_rinconete/anteriores/septiembre_26/17092026_01.htm

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